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ArribaActo III

 

El mismo decorado.

 
 

(Al levantarse el telón, ROSALÍA, MAGDALENA y DON JULIÁN meriendan sentados en torno a la mesa camilla. CLOTILDE, en pie, sirve.)

 

CLOTILDE.-  Hala, hala, don Julián. Otro bollito.

DON JULIÁN.-  Sí, hija. Se agradece.

MAGDALENA.-  Las rosquillas también están ricas.

DON JULIÁN.-  ¡Vaya si lo están!

ROSALÍA.-  ¿Quiere usted una copita?

DON JULIÁN.-   (Encantado.) También, también. ¡Ay! Estas meriendas a la antigua, como Dios manda, son una bendición... Yo es lo que más noto en falta cuando paso una semanita en Madrid, como ahora. Porque, hijas mías, la verdad es que en Madrid ya no saben comer.

MAGDALENA.-  ¿De veras?

ROSALÍA.-  ¡Ay! Cuente, cuente, don Julián.

DON JULIÁN.-  No queráis saber. En casa de mis sobrinas, que siempre han sido muy apegadas a la tradición, se desayunan con una taza de té y un jugo de naranja.

ROSALÍA.-  ¡No!

DON JULIÁN.-  Sí, hija, sí. A mediodía se toman cualquier piscolabis y, por la noche, con una pandilla de amigos, se van a cenar a una cafetería...

MAGDALENA.-  ¡Qué poco recato!

DON JULIÁN.-  ¿Y a que no sabéis lo que cenan?

ROSALÍA.-  ¿Qué cenan?

DON JULIÁN.-  ¡Bocadillos de lechuga!

MAGDALENA.-  ¡Virgen!

CLOTILDE.-   (Indignada.) Pero a esa gente la tiene que castigar Dios...

DON JULIÁN.-  Eso digo yo.

MAGDALENA.-  ¡Ay, Madrid, Madrid!

DON JULIÁN.-  Yo, que siempre he sido un liberal, en lo que toca a comer, soy el más reaccionario... Por estas cosas, no paso.  (Con nostalgia.)  Antes, cuando le invitaban a uno a almorzar, la dueña de la casa se levantaba al amanecer, empezaba a guisar y ya no paraba hasta la hora de la comida. ¡Y cómo guisaban las señoras hace treinta años! ¡Qué comidas! Daba gloria. Ahora está todo muy cambiado. Aquí mismo, en Villanueva, desde que el alcalde ha empezado a dar cenas frías, estamos perdidos...

MAGDALENA.-  A mí eso de las cenas frías me parece de muy mala educación...

ROSALÍA.-  Es que es una costumbre de Nueva York...

DON JULIÁN.-  Lo creo. ¡Nueva York está haciendo mucho daño a los pueblos!

MAGDALENA.-  ¡Ay, sí! Estos pueblos ya no son lo que eran...

DON JULIÁN.-  ¡Figuraos! Las damas de la Junta contra las Malas Costumbres, para recaudar fondos contra las malas costumbres, van a dar una fiestecita con una animadora...

MAGDALENA.-   (Con severidad.) ¿Está usted seguro?

DON JULIÁN.-  Te diré.

MAGDALENA.-  Pues no me parece bien. Porque lo de las animadoras es muy mala costumbre...

DON JULIÁN.-  ¡Toma! Eso les he dicho yo. Pero las damas dicen que si no hacen concesiones se quedan solas...

MAGDALENA.-  ¡Oh!

DON JULIÁN.-  ¿Y qué quieres que hagan las pobres? Total, que tendremos animadora.

MAGDALENA.-   (Muy sensata.)  ¡Ay, don Julián, don Julián! ¿Y yo que creo que la culpa de todo la tiene el fútbol?

DON JULIÁN.-   (Muy sorprendido.) ¡No me digas!

MAGDALENA.-  Que sí, señor. Antes, cuando no había tanta afición al fútbol, la gente era más respetuosa. ¡Ea!

DON JULIÁN.-  Pues mira, Magdalena, a mí que no me toquen al Deportivo de Villanueva...

MAGDALENA.-   (Asombradísima.) Pero, don Julián...

ROSALÍA.-  ¿Usted también?

DON JULIÁN.-  ¡Je!  (Un poco corrido.) No lo puedo negar. Y si supieras42 qué disgustos me cuesta esta afición... Estos días los estoy pasando fatal.

ROSALÍA.-  ¿De veras?

DON JULIÁN.-  Sí, hija. Tenemos lesionado a Juanote, el defensa central, y no sé qué va a ser de nosotros el domingo...

ROSALÍA.-   (Riendo.) ¡Don Julián!

CLOTILDE.-   (Muy campechana.) Ande, ande, don Julián. Tómese otro bollito y no se preocupe, que ya verá usted cómo juega Juanote el domingo...

DON JULIÁN.-   (En confianza.) ¿Tú crees?

CLOTILDE.-  Sí, señor. ¡Juanote es muy bruto!

DON JULIÁN.-   (Más reconfortado.) Esa esperanza me queda.

 

(Ríen todos. De pronto, estalla en la calle el mismo jubiloso rumor de las burlas infantiles en torno a LORENZO, tal como se oían en el primer acto. Se oye, además, un prolongado y aterrador silbido. En escena se hace un súbito silencio. Y ROSALÍA se pone en pie como movida por un resorte.)

 

DON JULIÁN.-  ¡Caramba! ¿Qué es eso?

ROSALÍA.-   (Indignada.)  ¡Mi marido!

DON JULIÁN.-  ¿Cómo?

ROSALÍA.-  ¡Que viene mi marido!

DON JULIÁN.-  ¡Oh! (Va al fondo y mira a la plaza a través de los cristales del balcón.)  ¡Demonio! Esas chicas... Pero ¿es que otra vez le han perdido el respeto?

ROSALÍA.-  ¡Otra vez!

DON JULIÁN.-  Entonces, estamos como antes...

ROSALÍA.-  ¡Quia! Estamos muchísimo peor.

DON JULIÁN.-  ¡Ave María! ¡Pobre Lorenzo!...

ROSALÍA.-   (Con hondísima amargura.) Sí, don Julián. La farsa de mi marido no ha caído bien en Villanueva. En este pueblo la gente es muy seria. Y cuando alguien dice que se muere es para morirse de verdad... ¡Pues no faltaría más!

DON JULIÁN.-  ¡Qué barbaridad!

ROSALÍA.-  Por eso, como yo sabía que la enfermedad de Lorenzo era un embuste suyo y estaba muy segura de que no se moría, porque yo soy muy mal pensada y siempre pienso lo peor...

DON JULIÁN.-  ¡Rosalía!

MAGDALENA.-  Mujer...

ROSALÍA.-  Quiero decir que yo estaba muy tranquila por su vida, porque a mí no me engañó como a los demás. ¿Entendido? Por eso me43 callé y me aproveché de su mentira para vivir una vida que no había vivido nunca... ¡Y qué días! ¡Qué popularidad! ¡Qué halagos! ¡Qué delicadezas! ¡Digo! Pero si hasta me hacían el amor, que es la mayor delicadeza que se puede tener con una mujer casada...

DON JULIÁN.-  ¿Tú crees?

LORETO.-  Sí, don Julián. Pero todo eso acabó.

CLOTILDE.-   (Muy sentida.) Se comprende. ¿Quién se va a fijar en la señora, sabiendo que el señor tiene una salud de hierro?

ROSALÍA.-  Nadie, Clotilde, nadie.

CLOTILDE.-  ¡Pobrecita señora! ¿Tiene o no tiene mala suerte?

DON JULIÁN.-   (Absorto.)  ¡Demonio! Entonces, ¿a ti te perjudica que tu marido haya recobrado la salud?

ROSALÍA.-  Naturalmente, doctor. ¿No lo está usted viendo?

DON JULIÁN.-  Vaya, hija. Pues te acompaño en el sentimiento...

ROSALÍA.-  Muchas gracias, don Julián. Pero ya no tiene remedio. He vuelto a ser la mujer de un hombre del que se ríe todo el mundo... (Se seca un lágrima, vuelve la cabeza y se queda mirando en éxtasis el retrato del general.)  Si él levantara la cabeza...

DON JULIÁN.-  ¿Quién?

ROSALÍA.-  ¡El general!

DON JULIÁN.-  ¡Ah!

 

(Todos, sugestionados, se quedan mirando con embeleso el retrato.)

 

ROSALÍA.-  ¡Él sí era un gran hombre!

CLOTILDE.-  ¡Y qué buen mozo!

ROSALÍA.-  ¡Qué gesto! ¡Qué arrogancia!

CLOTILDE.-  ¡Qué señor más cabal!

ROSALÍA.-  ¡El héroe de la guerra de Cuba! Era amigo de la reina Cristina y entraba en Palacio como en su casa. ¡Nadie podrá borrarle de la Historia de España! (Aparta los ojos del retrato. Se seca otra lágrima.)  Buenas tardes, don Julián... Discúlpeme.

DON JULIÁN.-  Sí, hija...  

(Sale ROSALÍA. Dócilmente, la siguen, en silencio. MAGDALENA y CLOTILDE. Queda solo DON JULIÁN. Muy confuso, se queda mirando, en suspenso, el retrato del general.)

  ¡Caramba! ¡Caramba!
 

(Por el fondo, asoma, con bastantes precauciones, la cabeza de LORENZO.)

 

LORENZO.-  ¡Chiss! ¿Está usted solo?

DON JULIÁN.-  ¡Lorenzo!

LORENZO.-  Es que no quisiera encontrarme con Rosalía. La pobrecita está muy dolida. Y tiene razón. Como cuando yo estaba a punto de morir ella lo pasaba tan bien...

DON JULIÁN.-   (Emocionadísimo.) ¡Hijo! ¿Qué voy a decirte? Ten valor. ¡Mucho valor!

LORENZO.-  ¡Anda! Pero si lo peor no es eso...

DON JULIÁN.-  ¿No?

LORENZO.-  No, señor. Tampoco me preocupa que mi mujer haya vuelto a su manía de ensalzar a todas horas la memoria del pobre general, que en paz descanse, solo para demostrarme que yo soy muy poquita cosa. ¡Pchs! Eso no tiene importancia. Después de todo, ya se sabe: todas las mujeres tiene un abuelo para fastidiar al marido... Y si no lo tienen se lo inventan, y fastidian muchísimo más. Lo peor...  (Afligidísimo.) ¡Lo peor es que han vuelto a darme para merendar chocolate con polvorones!

DON JULIÁN.-   (Indignado.) ¡No!

LORENZO.-  Sí, señor. Desde que gozo otra vez de buena salud se acabaron para mí los mimos, los cuidados, las zalamerías. Se acabaron los huevos fritos.

DON JULIÁN.-  ¿También?

LORENZO.-  También. Claro que fuera de casa, en el pueblo, es muchísimo peor. Para mí que a la gente de Villanueva le ha sentado muy mal que yo no me haya muerto de verdad... Yo lo comprendo. La gente de este pueblo tiene mucho amor propio. Y como se habían hecho a la idea... Cuando voy por la calle, algunos se me quedan mirando de muy mala manera, como pidiéndome explicaciones por no haberme muerto. Por delante del Ayuntamiento no me atrevo a pasar. El alcalde está furioso. Me han contado que va diciendo por ahí que de él no se ríe nadie. Que, o me muero de verdad, o me rompe la cabeza. Y le creo muy capaz. El alcalde es muy bruto. Cuando había elecciones, ganaba siempre...

DON JULIÁN.-  ¡Pobre Lorenzo!

LORENZO.-   (Sonríe humildemente.) Sí, señor. Tiene usted razón. ¡Pobre Lorenzo!... ¡Pobrecito embustero! Mi mentira solo me ha dado unos días de felicidad, tan pocos y tan fugaces, que ahora los recuerdo como un sueño... El más bello sueño de toda mi vida. ¡Cómo me admiraban! ¡Cómo me querían! Y todo por nada: porque me iba a morir. Hay que ver... ¿Eh? La verdad me ha devuelto otra vez a lo que era. Un solitario. Un sabio ridículo. ¡Je! Un pobre hombre al que nadie cree preciso demostrarle su cariño, porque ya no está en peligro de muerte... ¡Como si solo necesitáramos que nos quisieran cuando nos vamos a morir!  (Transición.)  ¿Sabe usted, don Julián? He descubierto que ese amor repentino que todos sentimos junto a la persona que se va a morir no es un verdadero amor. Es miedo... ¿Comprende usted? Es miedo y remordimiento por no haberle querido antes todo lo que debiéramos44 haberle querido. Por eso, a los moribundos se les colma de amor. Es como si en esas últimas horas quisiéramos devolverles todo el cariño que no les hemos dado antes. Todo el amor que podría haberles45 hecho tan felices, tan felices. ¡Y pensar que solo por lograr un poco de ese amor se me ocurrió el grotesco juego de fingir mi muerte! Solo por eso los engañé a todos. Por un poco de mimo, por unas migajas de ternura, que me hacían tanta falta, tanta falta...

DON JULIÁN.-   (Enternecido.) ¡Hijo mío! Entonces, ¿tu caso no tiene remedio?

LORENZO.-  Si no46 me muero de verdad, no, señor.

DON JULIÁN.-  ¡Porras!

LORENZO.-   (Dolorosamente.) Y, la verdad, no me decido, aunque se empeñe el alcalde...

DON JULIÁN.-  ¡Lorenzo! ¿Sabes que esta mañana ha muerto Jerónimo, el librero?

LORENZO.-   (Muy asustado.)  ¿De verdad?

DON JULIÁN.-  Sí, hijo. Ya te dije que a mí no me falla uno. Donde yo pongo el ojo...

LORENZO.-  ¡Pobre Jerónimo! Entonces, si mi mentira hubiera sido verdad, ¿hoy hubiera muerto yo?

DON JULIÁN.-  Eso es...

LORENZO.-  ¡Qué espanto!  (De pronto.)  Doctor..., ¿me encuentra usted bien?

DON JULIÁN.-  ¿Qué dices?

LORENZO.-  ¿Por qué no me hace usted un reconocimiento?

DON JULIÁN.-  ¡Vamos, hombre, vamos! ¿Te has vuelto loco?

LORENZO.-  Mire usted, doctor, que yo soy muy supersticioso... Y tengo muchísimo miedo.

 

(Salen los dos. Por un instante queda la escena sola. Entra ROSALÍA, muy agitada, con un sobre en la mano.)

 

ROSALÍA.-  ¡Magdalena! ¿Dónde estás? ¡Magdalena!

 

(Surge MAGDALENA precipitadamente.)

 

MAGDALENA.-  ¡Ay! ¿Qué quieres?

ROSALÍA.-  ¡Carta de Méjico!

MAGDALENA.-   (Muy contenta.)  ¿De Victoria? A ver, a ver...

ROSALÍA.-  Toma, lee... Ya verás.

MAGDALENA.-  ¿Qué ha pasado?

ROSALÍA.-  ¡Es increíble! Nunca me lo hubiera figurado... ¡Nunca!

 

(MAGDALENA toma la carta con ansiedad. ROSALÍA pasea de un lado para otro.)

 

MAGDALENA.-   (Leyendo.) «Méjico, diez de noviembre.... Queridísimas hermanas.»

ROSALÍA.-  Sigue, sigue.

MAGDALENA.-   (De pronto.) ¡Virgen!

ROSALÍA.-  ¡Sigue!

MAGDALENA.-  ¡Victoria se separa de su marido!

ROSALÍA.-  ¡Sí!

MAGDALENA.-  ¡Por eso nos ha mandado a Pedrín!

ROSALÍA.-  ¡Sí!

MAGDALENA.-  Pero ¡todo esto es horrible, Rosalía! ¡No puede ser! ¡Si los creíamos tan felices! ¿Es que Victoria nos ha engañado durante tantos años?

ROSALÍA.-  ¡Sí! Ella misma lo confiesa al final... Todo, todo era mentira. Durante veinte años en sus cartas ha desfigurado la realidad. Se ha inventado otro marido. Solo para presumir ante nosotras, claro. Para hacerme sufrir a mí. Eso es. Porque Victoria es mujer y sabe que a las mujeres la buena suerte de las demás nos afecta mucho...

MAGDALENA.-  ¡Oh!

ROSALÍA.-  ¡Qué grandísima embustera!

MAGDALENA.-  ¡Rosalía! ¡Por Dios!...

ROSALÍA.-  ¡Y este es el matrimonio más feliz del mundo! Ahora resulta que el marido ideal es un fresco, que la abandona como el último de los granujas. ¡Claro! Lo natural. Como también es muy natural que se divorcien, porque para eso viven en América. ¡Si debí figurármelo todo! ¡Si no sé cómo ha podido engañarme! (Ofendidísima.)  ¡Vamos! ¿Es que se puede mentir tanto durante tanto tiempo?

MAGDALENA.-   (Tímidamente.) Mujer... A ti, ¿qué voy a decirte?

ROSALÍA.-  ¡Engañarme a mí! ¡A su hermana! ¿Se puede hacer esto conmigo?

MAGDALENA.-  Bueno... Tú también la has engañado a ella.

ROSALÍA.-   (Con dignidad.) ¡No es lo mismo!

MAGDALENA.-   (Boquiabierta.) ¿No?

ROSALÍA.-  ¡No! Te lo digo yo.

 

(Surge PEDRÍN, en el fondo, alborozadamente.)

 

PEDRÍN.-  ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra! Me estoy aprendiendo de memoria la historia de Villanueva. ¿Queréis verlo? Esta muy noble ciudad fue fundada en el siglo doce, por un capitán de infantería. Como desde entonces la población aumenta sin cesar, se calcula que dentro de cincuenta años Villanueva tendrá más de sesenta mil habitantes. En el Ayuntamiento están muy preocupados con esta amenaza de superpoblación, y parece que van a tomar medidas... ¿Qué os parece? (De pronto, repara en el sobre que está sobre la mesa camilla.)  ¡Oh! ¡Carta de Méjico! ¡Letra de mamá! ¿Puedo leerla?

 

(Y sin esperar respuesta, se embebe alegremente en la lectura de la carta. ROSALÍA y MAGDALENA, asustadas, dan un paso hacia el muchacho.)

 

ROSALÍA.-  ¡Pedrín!

MAGDALENA.-  ¡Espera!

 

(Un silencio. PEDRÍN deja de leer la carta, que se le47 desprende de las manos y cae al suelo. Baja la cabeza.)

 

PEDRÍN.-  Bueno... Entonces ya lo sabéis todo.

ROSALÍA.-  ¡Hijo!

MAGDALENA.-  Pedrín...

ROSALÍA.-  ¿Tú lo sabías?

PEDRÍN.-  Sí...

ROSALÍA.-  ¿Por qué no nos lo dijiste?

PEDRÍN.-  Porque me daba vergüenza.

ROSALÍA.-  ¡Hijo mío! ¿Vas a llorar?

PEDRÍN.-  ¿Yo? Yo no lloro nunca.

ROSALÍA.-  Pedrín...

PEDRÍN.-  ¡Déjame!

 

(Se suelta. Sale corriendo. Solas, otra vez, MAGDALENA y ROSALÍA.)

 

ROSALÍA.-  ¡Pobre hijo! ¡Dios mío, qué locos! ¡Pero qué locos!... (Una pausa. ROSALÍA va de un lado para otro. De pronto, se detiene indignada ante MAGDALENA.)  ¡Magdalena!

MAGDALENA.-   (Sobresaltada.)  ¡Ay! ¿Qué?

ROSALÍA.-  ¿Por qué no dices algo?

MAGDALENA.-  Pero si nunca me dejas hablar...

ROSALÍA.-  ¿Qué estás pensando?

MAGDALENA.-  Nada... Me acuerdo ahora de cuando las tres éramos niñas y nos reuníamos en esta misma habitación, a escondidas, para contarnos nuestros secretos. Claro que entonces tampoco me dejabais hablar... Yo era la hermana buena, insignificante y pobrecita, que oía con los ojos abiertos de par en par vuestras maravillosas fantasías. Porque yo también soñaba, ¿sabes? Pero a vosotras mis sueños os hubieran hecho reír. Yo soñaba aventuras humildes y sencillas, de esas que pasan de verdad en la vida. ¿Comprendes? Un marido, unos hijos. Esta casa... Yo no hubiera sabido inventarme otro marido, como vosotras. Yo hubiera querido de verdad a mi marido. Al mío. Yo, ¿oyes, Rosalía?, yo hubiera sido muy feliz con un hombre como Lorenzo. Y estaría muy orgullosa de ser su mujer...

ROSALÍA.-   (Muy bajo, sorprendida.) ¡Magdalena!...

MAGDALENA.-   (Ruborizada.) ¡Jesús! ¡Qué cosas digo! Bueno, después de todo, lo que yo diga no puede tener importancia. Yo no soy más que la solterona de la familia. ¡La pobre Magdalena! ¿Qué sé yo de las cosas de hombres y mujeres? ¿Qué sé yo de la vida? Nada. Perdóname, Rosalía, ¿quieres?

ROSALÍA.-  Pero, Magdalena...

MAGDALENA.-   (Sonríe.) Deja... Me voy. Me voy a rezar un poco.

 

(Sale. ROSALÍA queda inmóvil, viéndola marchar.)

 

ROSALÍA.-  ¡Magdalena! Espera... Escucha...

 

(Piensa. Bruscamente, parece que toma una decisión y sale corriendo. La escena, sola. Lentamente, abstraído, entra PEDRÍN. Durante unos segundos queda en el fondo, contemplando la placita, junto a los cristales del balcón. Y en seguida, LORETO, por el fondo.)

 

LORETO.-  ¡Pedrín! ¿Estás ahí?

PEDRÍN.-  ¡Loreto!

LORETO.-  ¡Ay, Pedrín de mi alma!

PEDRÍN.-  ¡Chica!

LORETO.-  ¡Ay, qué desgraciadísima soy!

PEDRÍN.-  Oye, oye... ¿Qué te pasa?

LORETO.-  Pues que me he pegado con Purita, la pelirroja.

PEDRÍN.-  ¡Atiza!

LORETO.-  Pedrín, no seas flamenco...

PEDRÍN.-  Oye... ¿Y os habéis hecho daño?

LORETO.-  Ella a mí, ni pizca, porque no le he dado tiempo; pero yo le he arrancado un poquito de pelo... Para que lo sepas.

PEDRÍN.-  ¡Chica! ¿Sabes que eres de cuidado? ¡Mira que arrancarle el pelo! ¡Pobre Purita!

LORETO.-  ¡Eso, eso!... ¡Ponte de su parte! ¡Defiende a esa pécora, después de que la culpa de todo la tienes tú!

PEDRÍN.-  ¡Anda!... ¿Dices que tengo yo la culpa?

LORETO.-  ¡Sí! ¡Tú y nadie más que tú! Para que lo sepas. Que hasta que tú llegaste a este pueblo estábamos todas tan tranquilas...48

PEDRÍN.-   (Francamente satisfecho.)  ¿Es que Purita y tú os habéis pegado por mí?

LORETO.-  ¡Sí!

PEDRÍN.-  No me extraña... En Méjico me pasaba lo mismo.

LORETO.-   (Admiradísima.) ¡Ah! ¿Sí?

PEDRÍN.-  Sí, chica. Es mi destino. Por donde yo paso, hay jaleo... Yo no sé qué les doy a las mujeres.

LORETO.-   (Indignadísima.) ¡Pedro, Pedrín!...

PEDRÍN.-  ¿Qué?

LORETO.-  Tú eres un frívolo... Para que lo sepas.

PEDRÍN.-  Bueno, si lo tomas así... Pero te aseguro que yo a Purita no le he dado pie para que se tome estas libertades.

LORETO.-  ¿Palabra de honor?

PEDRÍN.-  Palabra...

LORETO.-  Bueno, eso ya me deja más tranquila.  (Se seca sus lágrimas.)  Oye, Pedrín, ¿por qué te sientas tan lejos?

PEDRÍN.-  Mira...  (Muy prudente.) Porque cuando estoy a solas con una chica me gusta guardar las distancias. ¿Sabes? Estoy muy escarmentado.

LORETO.-  ¿Sí?

PEDRÍN.-  Sí... Las mujeres se propasan en seguida.

LORETO.-   (Un chillido.) ¡Ayyyy!...

PEDRÍN.-  ¡Loreto!

LORETO.-   (Llorando.) Pero ¿por quién me tomas?

PEDRÍN.-  Bueno, bueno... Si sabré yo lo que pasa.

LORETO.-  ¡Pedrín!

PEDRÍN.-  ¿Qué?

LORETO.-  Dime la verdad. ¿Toda la vida vas a ser tan cruel con las mujeres?

PEDRÍN.-  ¡Pchs! Qué sé yo. Los hombres de carácter no cambiamos así como así...

LORETO.-  ¡Ay, Virgen Santísima! Entonces, ¿qué va a ser de mí cuando nos casemos?

PEDRÍN.-   (Casi en un brinco.) Oye, tú... Pero ¿es que tú y yo nos vamos a casar?

LORETO.-  ¡Claro! Por eso le he arrancado el pelo a Purita. Para que se vaya enterando y no se haga ilusiones...

PEDRÍN.-  ¡Loreto! Pero si todavía no me he declarado...

LORETO.-  ¡Anda, hijo! ¿Y eso qué importa? ¿No sabes que todo el mundo dice que somos novios? En los pueblos hay que hacer siempre lo que dice la gente... Para que lo sepas.

 

(Se oyen fuera unas voces angustiosas de LORENZO. LORETO y PEDRÍN se ponen en pie súbitamente.)

 

LORENZO.-   (Dentro.) ¡Socorro!

LORETO.-  ¡Ay! ¿Has oído?

PEDRÍN.-  ¡El tío Lorenzo...!

LORENZO.-   (Dentro, más cerca.) ¡Rosalía! ¡Magdalena! ¡Clotilde!

LORETO.-  ¡Don Lorenzo!

LORENZO.-   (Dentro.) ¡Socorro!

LORETO.-  ¿Oyes? Está pidiendo socorro...

 

(Aparecen por distintos lugares MAGDALENA y CLOTILDE.)

 

MAGDALENA.-  ¿Qué pasa? ¿Qué voces son esas?49

 

(Aparece LORENZO en la puerta del fondo. Viene completamente trastornado. En el rostro se le reflejan el miedo y el susto. Va cubierto de polvo.)

 

PEDRÍN.-  ¡Tío!

LORETO.-  ¡Don Lorenzo!

CLOTILDE.-  ¡Señorito!

LORENZO.-   (Desfalleciendo.)  ¡Socorro...! Ayudadme. No puedo más. Me voy a caer de un momento a otro.

MAGDALENA.-  Pero ¿qué te sucede?50

TODOS.-   (Gritando.)  ¡Ay...!51

MAGDALENA.-  ¡Dios mío!

LORETO.-  ¡Ay, don Lorenzo!

PEDRÍN.-  ¡Tío Lorenzo!

 

(Todos le rodean. LORENZO está temblorosísimo.)

 

MAGDALENA.-  ¡Habla! Di qué ha pasado...

LORENZO.-  Pero si casi no lo sé... Iba yo dando un paseo por la carretera, junto al río, como todas las tardes, cuando de pronto he sentido un golpe tremendo y he salido rodando. Después he visto un coche lleno de gente, que paraba, y dos señores que han venido a mí y han empezado a dar gritos...

MAGDALENA.-  ¡Ah! ¿Sí?

LORENZO.-  Sí, sí. Estaban muy enfadados. Por lo visto les52 ha molestado mucho que yo también fuera por la carretera.

MAGDALENA.-  ¿Es posible?

LORENZO.-  Claro que yo les he pedido perdón. Entonces se han apaciguado un poco y me han dejado solo.  (Apuradísimo.) Pero yo estoy muy malo. Me duele todo el cuerpo... ¡Ay, mi cabeza! Me mareo. Me caigo.

TODOS.-  ¡Ay!

MAGDALENA.-  ¡Lorenzo!

LORENZO.-  Dame algo, Magdalena. Llamad a don Julián... No puedo más. Yo me voy a morir...

MAGDALENA.-  ¡Ay, Lorenzo!

PEDRÍN.-  ¡Tío!

LORETO.-  ¡Don Lorenzo!

 

(En medio de la confusión, CLOTILDE se planta en jarras.)

 

CLOTILDE.-  ¡Vamos! Pero qué cosas se le ocurren al señor...

TODOS.-  ¡Clotilde!

LORENZO.-  Oye... ¿Qué te figuras?

CLOTILDE.-  Ande, ande, don Lorenzo. No me haga paripés ni sea zalamero... Conque le han atropellado, ¿eh? Lo que pasa es que el señor lo ha pasado muy ricamente cuando estaba moribundo, y ahora, como le ha tomado el gusto, quiere repetir la hazaña...

LORENZO.-   (Aterrado.) ¡Clotilde! ¿Es que no me crees?

CLOTILDE.-  Quite, quite, señorito. ¡Ay, qué hombre! Pero qué hombre este... ¿Pues no dice que le han atropellado? ¿Tiene o no tiene gracia?

 

(Y sale riendo, divertidísima. MAGDALENA, muy severa, se encara con LORENZO.)

 

MAGDALENA.-  ¡Lorenzo! Mírame bien... ¿Es verdad o no es verdad?

LORENZO.-   (Casi llorando.) ¡Te juro que sí, Magdalena!

MAGDALENA.-  Conque sí, ¿eh?  (Muy enfadada.)  Pues ¿sabes lo que te digo? Que esta vez no cuentes conmigo. ¡Ea!

LORENZO.-  Pero, Magdalena...

MAGDALENA.-  Esta vez no pienso rezar por ti ni un Padrenuestro... Para que te enteres. (Y sale con toda su dignidad herida.) 

LORENZO.-   (Casi sin voz.) Magdalena...  

(LORENZO, desconsoladísimo, se queda frente a LORETO y PEDRÍN, que le miran con evidentes reservas.)

  ¡Hijos míos! ¿Es que vosotros tampoco vais a creerme?

LORETO.-  Vamos, vamos, don Lorenzo. Pero qué picardías se le ocurren...

PEDRÍN.-   (Con severidad.)  Pero, hombre, tío Lorenzo...

 

(Salen juntos LORETO y PEDRÍN. LORENZO, al quedarse solo, lleno de temblor, de miedo y de angustia, da un paso hacia ellos. Y casi solloza.)

 

LORENZO.-  ¡Pedrín! ¡Hijo! ¡Loreto! ¡Que es verdad! ¡Que ahora es de verdad! ¡Que me han dado un golpe morrocotudo! ¡Que era un auto grandísimo! ¡Que estoy muy malo! ¡Que me duele todo el cuerpo! ¡Que no puedo!... ¡Que no puedo más! ¡Que me caigo! Pedrín, Loreto, Magdalena... ¡Socorro! ¡No me dejéis solo! Por piedad... ¡Que tengo mucho miedo!

 

(Está desoladoramente53 solo en medio de la estancia. Se seca unas lágrimas con desesperación. Mira en torno. Se encoge de hombros en un escalofrío. Toma la manta que está doblada en el sofá, se envuelve en ella y se sienta en su sillón, junto a la mesa camilla. Un silencio. Durante unos instantes se54 oyen sus entrecortados gemidos, mezclados con algún debilísimo sollozo. Hasta que, cerca, se oye la voz apremiante de ROSALÍA.)

 

ROSALÍA.-   (Dentro.) ¡Lorenzo!

LORENZO.-   (Debilísimo.) Mi mujer...

ROSALÍA.-   (Más cerca.) ¡Lorenzo! (Surge ROSALÍA. Viene de la calle y tiene puesto el abrigo. Está sobresaltadísima. Corre a LORENZO y se arrodilla a sus pies.)  ¡Lorenzo! ¿Cómo estás? ¿Te han hecho mucho daño esos salvajes? Habla. ¿No me oyes? ¡Habla, por Dios!

LORENZO.-  Rosalía... ¿Es que tú me crees?

ROSALÍA.-  Pero, hombre de Dios, ¿cómo no voy a creerte, si no se habla de otra cosa en el pueblo?

LORENZO.-   (Resucitando.) ¿De veras? ¡Rosalía!

ROSALÍA.-  La gente está indignada con los del coche y no me extrañaría que hicieran un disparate... Pero habla, Lorenzo. Dime que no ha sido nada. Dime que estás bien. Dime que no vas a morirte. Dímelo, por Dios, Lorenzo, dímelo. ¿No ves que lo necesito?

LORENZO.-  Pero ¿eres tú, Rosalía, la que habla así?

ROSALÍA.-  ¡Sí! Yo. Tu mujer. Una loca, una insensata. Una soñadora. Una pobre mujer que hasta hace unos minutos no ha podido comprender todo lo que vales y todo lo que significas para ella. Estaba ciega, Lorenzo. ¡Perdóname! Solo tengo una disculpa. Tú no sabes lo que es la vida de una mujer con imaginación en el último rincón de una provincia.

LORENZO.-   (Emocionadísimo.) ¡Rosalía!

ROSALÍA.-  Porque tú...  (Muy orgullosa.)  ¡Tú sí que eres un gran hombre de verdad!  (Mirando airadamente el retrato del general.)  ¡Como que ya quisieran muchos que presumen!

LORENZO.-  ¡Rosalía!

ROSALÍA.-  ¡Calla! No te muevas. No te alteres. Hay que reanimarte. Voy a darte una copa de coñac...

LORENZO.-  ¿Una copa de coñac? Déjalo, mujer, que tú lo guardas para las visitas...

ROSALÍA.-  ¡Eso era antes! Desde hoy, lo mejor de esta casa será para ti...

LORENZO.-  ¿El coñac también?

ROSALÍA.-  También. Toma, bebe. ¿Cómo estás ahora? ¿Cómo te encuentras? ¿Qué te duele? Dímelo, Lorenzo. ¡Por Dios! ¿No ves que me muero de angustia?

 

(Entra precipitadamente DON JULIÁN.)

 

DON JULIÁN.-  Lorenzo, hijo mío. ¿Qué me dicen? ¿Cómo ha sido eso? ¿Cómo estás?

LORENZO.-  Don Julián... Yo...

ROSALÍA.-  ¿Qué?

DON JULIÁN.-  ¿Qué?

LORENZO.-   (Conmovidísimo.) Yo estoy en la gloria...

 

(Surgen PEDRÍN, LORETO y MAGDALENA.)

 

MAGDALENA.-  ¡Ay, Lorenzo! ¿Me perdonas? ¿Cómo iba yo a imaginarme? ¡Ay, Lorenzo, Lorenzo!

PEDRÍN.-  ¡Tío Lorenzo!

LORETO.-  ¡Ay, el pobrecito don Lorenzo, que casi me lo matan!

LORENZO.-  ¡Je! Pedrín, Loreto... Hijos.

 

(Entra CLOTILDE.)

 

CLOTILDE.-  ¡Señorito! ¿Me perdona el señorito por haber sido tan mal pensada?

LORENZO.-  ¡Claro que sí! Estoy tan contento, tan contento. Porque ahora es de verdad...

 

(Todos le rodean. LORENZO les55 mira de uno en uno, emocionado.)

 

¿Se da usted cuenta, don Julián? Ha sido hoy, precisamente hoy, cuando yo me tenía que haber muerto... ¿No es un aviso de la Providencia? Sí. Pero también es un consuelo que me envía Dios. Para que yo sepa que me quieren. Porque ahora es verdad. Todo es verdad. ¡Je! Todos. Todos me quieren. Si usted supiera qué hermoso es esto... Pero, Rosalía, si es verdad que nos queremos, ¿por qué no nos queremos todos los días, a todas las horas; si, en realidad, el fin siempre puede estar cerca, si de verdad, de verdad todos los días estamos a punto de morir? Si siempre puede quedarnos tan poco tiempo de estar juntos..., ¿por qué somos tan locos y tan egoístas? ¿Por qué nos regateamos los unos a los otros un poco de cariño? Si solo vivimos para eso. Para querer. Para que nos quieran...56


 
 
TELÓN