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Casi de manera tácita, la crítica ha descartado el inoperante criterio genérico para establecer una clasificación de las obras teatrales de Juan de la Cueva, y se ha inclinado por una división tripartita basada fundamentalmente en los temas tratados.
a) Las obras de tema histórico nacional, que toman sus argumentos de las crónicas, la épica o el romancero: La muerte del rey don Sancho, Los siete infantes de Lara y La libertad de España por Bernardo del Carpio. En este grupo se incluye también la comedia El saco de Roma que, aunque inspirada en la historia reciente, trata un asunto histórico.
b) Los dramas que se inspiran en temas de la antigüedad clásica: Ayax Telamón sobre las armas de Aquiles, La muerte de Virginia y Apio Claudio y La libertad de Roma por Mucio Cévola.
c) Las piezas de asunto novelesco, bien de inspiración costumbrista: El degollado, El tutor, El viejo enamorado y El infamador, bien de argumentación fantástica sin fundamento en la realidad: La constancia de Arcelina y las homónimas, comedia y tragedia, dos piezas de El príncipe tirano.
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En efecto, don Ramón Menéndez Pidal había destacado la primacía de nuestro dramaturgo en la utilización de las fuentes romanceriles y en su efecto teatral ante el público; véase La leyenda de los infantes de Lara, Madrid, Espasa-Calpe, 1971, 3.ª ed., pp. 119, 121, 122, y La epopeya castellana a través de la literatura castellana, Madrid, Espasa-Calpe, 1959, p. 177.
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Véanse los vv. 671-688 y 1710-1712 de su Exemplar poético, ed. de J. Mª. Reyes Cano, Sevilla, Alfar, 1986, pp. 61-62.
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Ibidem, vv. 1608-1610, p. 100. La crítica se encargó de restar a Cueva el mérito que sobre este particular se había autoconcedido injustamente; véase M. Bataillon, «Simples réflexions sur Juan de la Cueva», BH, XXXVII, 1935, pp. 329-336 (traducido al castellano y reeditado en su Varia lección de clásicos españoles, Madrid, Gredos, 1964, pp. 206-213), E. Asensio, Itinerario del entremés, Madrid, Gredos, 1971, p. 72, en nota.
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Así lo supo apreciar, de hecho. Ch. Aubrun, La comedia española 1600-1680, Madrid, Taurus, 1981, 2ª ed., p. 35.
6
Véase B. W. Wardropper, «Juan de la Cueva y el drama histórico», NRFH, IX, 1955, pp. 149-156.
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Así lo afirma A. García Berrio, Formación de la Teoría Literaria moderna (2). Teoría poética del Siglo de Oro, Murcia, Universidad, 1980, pp. 506-507.
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El propio Juan de la Cueva había declarado en su Epístola dedicatoria a Momo que prologaba su Primera parte de las comedias y tragedias: «Y a llegado la malicia de nuestros tiempos en algunos a querer formar escrúpulo de afrenta en las composiciones dellas, sin considerar el provecho que en la república resulta de su lectura. Pues la Comedia es imitación de la vida humana, espejo de las costumbres, retrato de la verdad, en que se nos representan las cosas que devemos huir, o las que nos conviene elegir, con claros y evidentes exemplos», ed. de F. A. de Icaza, Madrid, SBE, 1917,1, pp. 6-7.
9
A. Watson destacó el valor y el significado alegórico del teatro de nuestro autor como una censura contra Felipe II, convirtiéndose, según esta hipótesis, en el primero en usar los corrales para la sátira y la propaganda políticas; véase Juan de la Cueva and the Portuguese Succesion, London, Tamesis, 1971. Véase también E. M. Wilson y D. Moir, Historia de la literatura española, 3. Siglo de Oro: teatro, Barcelona, Ariel, 1985, 6ª. ed., p. 77.
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La obra se abre con la intervención del rey don Sancho, quien manifiesta desde el primer momento su obsesión: «¿Es posible que el suelo / Tenga cosa que impida / El querer mío y lo que yo demando, / Y, sin ningún recelo, / De mi saña encendida / Mi voluntad me vayan contrastando?», sigo la citada edición de F. A. de Icaza, p. 14. (Como siempre citaré por esta edición, y en adelante sólo anotaré, entre paréntesis, la página que corresponda al texto).