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De la información mandada abrir para conocer y mejorar la situación de la clase obrera se obtendrán algunos datos, pocos, pero que serán de suma importancia, porque sabiendo cómo están los obreros en un pueblo, con ligeras modificaciones, a veces sin ninguna, se viene su conocimiento de su situación en todos o en la mayor parte. De Gijón tenemos los auténticos datos siguientes. Un oficial de carpintero, cantero o albañil, que gana tres pesetas de jornal en los días de trabajo, descontados los que no le tiene por mal tiempo, fiestas, etc., no tiene útiles más de 237 días, y después de pagar la casa sólo le quedan 567 pesetas, o sea 1,55 diarias; y como lo que necesitaría para la alimentación indispensable fisiológica son 2,745, suponiendo que tenga mujer y tres hijos, resulta que no gana ni dos tercios de lo que debería emplear en alimentos. Los peones no llegan a reunir el tercio de lo que necesita para comer una familia. Como en realidad tienen que gastar en vestir, resulta que, aun cuando la mujer y algún hijo gane algo, la regla es que entre todos no reúnen para alimentarse como es preciso para no perder la salud.

 

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La afirmación de Adam Smith, de que la recompensa pecuniaria que una clase da a otra aumenta en proporción del desprecio y no de la simpatía, es insostenible, y apenas puede citarse en su apoyo más que el caso del verdugo u otro análogo, en que se indemniza con algún dinero, no mucho, el horror y la infamia que inspira el oficio que se retribuye; así y todo, véase la diferencia de retribución que recibe el que firma la sentencia y el que la ejecuta.

 

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Esto se entiende en los países verdaderamente cultos y bien gobernados, porque hay otros en que el miserable, ni enfermo, ni acusado, ni reo, recobra la personalidad de que le ha privado la miseria.

 

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Histórico.

 

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Desgraciadamente, estos procedimientos razonables, que eran la regla en las Trade's Unions que cuentan más larga vida, han dejado de serlo desde que las asociaciones de obreros han emprendido derroteros nuevos, con marcada tendencia a establecer un estado de guerra, casi permanente, entre el capital y el trabajo.

 

16

Nos referimos a otros países, porque en España no la hay ni buena ni mala; hemos querido empezar a formarla, y no hallamos en parte alguna la indispensable cooperación.

 

17

Y creemos haberlo probado en La mujer de su casa.

 

18

Discurso pronunciado en la Asamblea general de la obra de las penadas licenciadas de San Lázaro (prisión de mujeres de París, y una de las más corrompidas del mundo antes que la caridad penetrara en ella).

 

19

En el núm. 93 de La Voz de la Caridad, correspondiente al 15 de Enero de 1874.

 

20

Véase La mujer de su casa.