Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

El oscuro [Fragmento]

Daniel Moyano






Arriba- VI -

Hijo querido, yo sabía que lo vería una vez más antes de morirme. Doña Dora cuando me habla me dice muchas veces que mi hijo es un desagradecido y que no lo veré nunca más. Su visita, que no puede ser otra cosa que la forma de su cariño, está demostrando qué equivocada estaba.

Me avergüenza un poco que me encuentre en este estado, al que yo ya estoy acostumbrado. Para mí la degradación hasta llegar a esto ha sido muy lenta, y mi situación no me ha sorprendido ahora, cuando usted, entrando, me puso otra vez en el mundo de los deseos. Además soy el actor de la situación. Pero para usted, que no participó en los pequeños hechos que me colocaron en este lugar, mi enfermedad es una cosa súbita; y como además es el espectador, sin duda yo soy ahora una cosa horrible para usted.

Lo miro y me parece mentira tenerlo tan cerca. Hacía muchos años que no lo veía. Usted me ha besado y ahora me habla de tantas cosas eligiendo, como lo hacen todos, cuidadosamente las palabras para decir cosas que no requieren respuesta. Así que yo sé de antemano todo lo que pueda decirme, incluso usa el mismo tono de voz que usan todos los que me hablan, como si fuese un tono apto para ingresar directamente en mi memoria. Usted me habla y yo mientras tanto me deleito mirando de a poco las formas de su cara, su traje civil y sus manos que se parecen tanto a las mías. Pienso que si no fuera por esta parálisis le pasaría la mano por la cabeza, lo acariciaría como en otros tiempos allá en nuestra casita de La Rioja.

Aunque no sé si me animaría. Usted entró por esa puerta, de golpe, como si hubiese sido la prolongación de mis pensamientos y deseos constantes. Muchas veces, cuando lo veía triunfar, me corría un estremecimiento por todo el cuerpo. Ahora no siento mi cuerpo, veo sus formas como si no me perteneciesen, pero cuando lo vi entrar sentí como un ahogo. Durante un momento me pareció que mi cuerpo iba a resucitar. Así que nada pierdo estando paralítico, porque no sé si me hubiera animado a tocarlo. Usted ha sido siempre para mí algo inalcanzable. Pero sé que es mis nervios, mis células, y por eso me siento orgulloso. Yo sabía que lo vería todavía una vez antes de morirme; algo me lo decía. Y si hubiera podido hablar y decírselo en vez de sentirlo como lo estoy sintiendo, ya sé lo que me hubiera contestado: que no dijera eso, que voy a vivir muchos años todavía. Es lo que se dice en circunstancias como esta. Pero suponiendo que voy a vivir algunos años más, como nuestra relación se mide por años y acontecimientos muy distantes en el tiempo; como es necesario que pasen tantos años para que pueda verlo, es justo pensar ahora que esta sea la última vez. Incluso usted me diría que no hace tantos años que no nos vemos, que aquella vez nos vimos en su casa, olvidando que no fue una visita, que apenas estuvimos juntos quince minutos porque usted estaba muy ocupado con un viaje inminente. Es una manera muy suya de razonar, producto de su gran inteligencia, capaz de demostrar cualquier cosa. Si nos habremos reído con su madre de esa habilidad que tuvo desde chico. Pero yo esta vez tengo una prueba muy segura contra su posible argumento, que demuestra que hace mucho que no nos vemos y que somos casi dos extraños: recién, involuntariamente, hice con los ojos el gesto necesario para que doña Dora o Luisito me cambien de posición en el sillón. Tengo otros para que me coloquen un almohadón en la nuca o me lleven a la cama. Ellos conocen cada uno de mis gestos. Para usted ha pasado inadvertido, y eso demuestra que hace muchos años que no me ve.

Pero no es un reproche. Me siento muy feliz en este momento. Ahora sé que es cierto que usted tiene un poco de amor por su padre, y que no podía ser de otra manera. Doña Dora no sabe lo que dice. Ella no lo quiere a usted. Está medio loca. No hay que hacer caso de lo que diga. Pero yo la quiero muchísimo porque es una compañía para mí, y porque me trajo aquí después que me jubilaron. No sé qué hubiera sido de mí si no me hubiera traído a la pensión, porque estuve más de un año sin cobrar un centavo.

Pero no importan los años transcurridos ni lo que se pueda decir o pensar. En los primeros minutos de contemplación ya sentía que todo había vuelto de algún modo al comienzo, porque su rostro me es familiar como si lo viera todos los días; que usted, hijo, es el de siempre, siempre firme en la vida y dispuesto a transformar el mundo. Yo soy acá la única novedad, con esta enfermedad de la que usted solo estaba enterado por las cartas. Me dio un poco de vergüenza, de momento, que usted me viera en este estado, pero ahora esto también parece una cosa familiar y largamente sabida.

Me hubiera gustado encontrarme con usted, plenamente como ahora, y por iniciativa suya, en otros años, cuando el corazón era fuerte todavía y la vida una promesa a largo plazo. Yo busqué muchas veces esa ocasión, pero no se dio porque el deseo tendría que haber sido mutuo. Pero pensaba entonces, y lo pienso ahora, que usted estaba haciendo su vida y que yo no tenía derecho a interrumpirlo. La coyuntura se da un poco tarde, cuando ni siquiera puedo moverme ni comunicarme. Me hubiera gustado mucho poder volver un día con usted a nuestro pueblo y decirles a todos este es mi hijo. Había una señora santafecina, esposa del tambor mayor, que no creía que tuviera un hijo coronel. No era que no creyese, pero me miraba como burlándose o dudando cuando yo le hablaba de mi hijo. Mire señora, este es mi hijo, le digo, y ella se avergüenza y corre a buscar una copa para servirnos un vino de la costa, y bebemos y todos nos reímos. Pero de todos modos este encuentro colma mis deseos porque al fin se da lo que tanto esperaba. Eso sí, me abochorna un poco que mi situación pueda producirle malestar. Yo ya soy muy viejo y en realidad no sé para qué necesitaría moverme, no sé adónde podría ir. Además, no crea que me doy por vencido. Luisito habla siempre de un instituto de rehabilitación donde se hacen verdaderos milagros. Es muy posible que a fin de año me dé una vuelta por allí. Quizás todavía podamos volver juntos algún día a La Rioja y brindar con ese vinito costeño que a usted mismo le gustaba.

La mujer del tambor mayor (la mujer de Bermúdez, usted quizás se acuerde de él, era un artista en los desfiles) usaba siempre un tono de duda cuando yo le hablaba de usted. Yo iba allí los sábados, a comer con ellos, y después jugábamos a la baraja. Aquella noche habíamos terminado de comer y ella estaba pasando un trapo húmedo sobre la mesa para que después no se mancharan los naipes. Hacía varios meses que me había jubilado y las cosas no andaban muy bien, así que ellos me ayudaban siempre con alguna cosita. Durante la comida yo había estado hablando de irme de La Rioja para estar más cerca suyo (no me acuerdo si usted en ese entonces estaba en Buenos Aires o en Córdoba), y ella puso en duda también eso. Se resistía a aceptar lo que yo decía, me trataba como a un viejo que no sabe lo que dice. Le conté que tenía una carta de Margarita, donde me daba a entender que si quería podía irme a vivir con ustedes. Ella hizo uno de sus clásicos gestos y me pidió la carta. Yo no la tenía allí, así que me sentí un poco humillado, como si la carta no existiese, pero le dije que al día siguiente se la mostraría. Se fue a la cocina a buscar los naipes y desde allá me dijo que si la carta hubiera sido de usted habría tenido valor; pero que no creía en la carta de Margarita. Yo le dije entonces, alzando bien la voz para que me oyese, y un poco molesto por su actitud, que si Margarita decía algo era porque contaba con su aprobación Después volvió y echando los naipes sobre la mesa me dijo: «vamos, don Blas, usted es una persona grande y además inteligente para creer en algunas cosas». Bermúdez hizo un gesto de fastidio y mezcló los naipes.

La actitud de la mujer me dejó intranquilo, con dudas. Durante el juego estuve pensando que usted en realidad me despreciaba, que no me quería y que se sentía indigno de mí. Nunca había sentido una cosa tan fea. Estaba acostumbrado a perder cosas en la vida, pero no me resignaba a perder lo único que me quedaba. Me acordé de muchas actitudes suyas, juzgándolas erróneamente, fuera de su circunstancia, y advertí en cada una de ellas que la mujer tenía razón cuando decía, no con palabras pero sí con gestos y a veces con monosílabos significativos, que a usted no solo no le importaba nada de mí sino que incluso había algo más. Ese algo más era el desprecio. «Pero vamos, don Blas, qué me le está pasando esta noche», decía el tambor mayor dándome ánimos. Esa noche el juego no fue como otras veces. El tambor hizo muchas señas a su mujer, como diciéndole que ella era culpable de mi estado de ánimo y que no me hablara más de esas cosas.

Me acosté intranquilo, con la certeza de que la mujer tenía razón. En muchos años no me había costado nada estar solo, vivir solo, pero aquella noche me di cuenta de que la casa había estado siempre desierta y de que yo estaba solo. No pude dormir. De una sola ojeada podía ver todos los acontecimientos producidos, desde que mi hijo nació, hasta ese momento; pero así, juntos, nada me decían. Así que me puse a analizarlos uno por uno, descubriendo detalles ya olvidados.

Esa noche fue muy importante para mí. Descubrí que la mujer tenía razón, que yo siempre lo había sabido pero que me lo había ocultado a mí mismo, quizás en procura de que no fuese cierto. En lo que ella se equivocaba era en la palabra, porque no era desprecio lo que usted sentía por mí (de eso me dio varias pruebas) sino vergüenza. Desde chiquito usted se avergonzaba de su padre. Usted había comenzado a vivir en otro mundo, tenía otras amistades, otros gustos, y eso me alegraba porque significaba que tendría un gran futuro. Para mí era importante que lo tuviera, porque desde muy chiquito usted fue medroso, tenía un miedo terrible al mundo y a las cosas. Asegurar el futuro de antemano era la mejor manera de terminar con esos miedos que lo convertían en un niño apartado y silencioso, sin amigos ni afectos. Por eso a mí nunca me ofendió el hecho de que se avergonzara de su padre. Así se salvaba de la precariedad que significaba el pequeño mundo que yo podía ofrecerle. Y aun admitiendo que mi hijo me despreciara, como se lo dije a la mujer, ¿qué significaba eso? ¿Podía dejar yo de quererlo a causa de su desprecio? ¿Me impedía alguien amarlo como lo amaba? El supuesto desprecio era un problema suyo, que incluso aumentaba mi cariño porque me apenaba verlo sufrir por un problema que, en cuanto a mí, no existía. Su desprecio, si existía, no me impedía amarlo. Y no impidiéndomelo usted, mi amor se satisfacía con el solo hecho de que no le impidieran su existencia.

Casi todas las tardes, cuando me sacan a la galería, Luisito se para delante mío y me dice: «y ahora, estimado don Blas, voy a representar para usted otra pantomima. La de hoy trata de una mucama que lleva a pasear cinco chicos a la plaza». Esa fue la última. Usando el delantal como si fuese un vestido, se mueve y camina como una mujer que está buscando quien la mire, pero los chicos, que hacen distintas travesuras, no la dejan menearse libremente. Cuando ha logrado llamar la atención de alguien tiene que salir corriendo bruscamente, perdiendo toda su elegancia, para alcanzar a uno de los chicos, que quiere bajar a la calle, o limpiarle la nariz o incluso hacerle hacer otros actos indecorosos para las circunstancias. Él sabe que no puede hacerme reír, al menos por fuera, pero debe advertir en mis ojos que el asunto me divierte. Así como él no necesita de mi risa ni de mis palabras para llevar adelante su tarea, me pasa a mí con respecto a su vergüenza. Claro que a veces manifiesto mi alegría. Algunas pantomimas son tan cómicas que se me llenan los ojos de lágrimas, de puro contento. Cuando él lo advierte deja de representar, me las seca con el delantal y se va, considerando quizás que la situación es excesiva. Lo que el pobre ignora es que a veces yo ni lo oigo ni lo miro porque estoy muy triste; y entonces, al ver que todos sus esfuerzos para divertirme son inútiles, se me llenan los ojos de lágrimas, pero de dolor, por mí, por mi situación y también por él. Él ignora ese proceso oculto, de manera que cree que lloro de contento. Y en el caso de que lo advirtiera (he creído ver alguna vez preocupación en su rostro), sería imposible para él saber cuándo lloro de dolor o cuándo lloro de alegría.

Ustedes no han tenido hijos, así que quizás no sepan bien el significado de la paternidad. Yo creo que tener un hijo es muy importante en esta vida. He estado mirando sus facciones mientras me hablaba, sus ojos, la frente, las manos, y aun ahora, viejo y vencido, siento lo mismo que sentía cuando lo veía crecer; esa seguridad y a la vez ese olvido que lo ponen a uno en el centro del mundo, es decir, que lo hacen sentir a uno su propia existencia. El hijo, al nacer, nos vulnera, pero nos da a la vez la certeza de nuestro propio cuerpo, como si la herida abierta nos demostrase de una vez por todas que habíamos estado existiendo y que eso precisamente está pasando. Yo me casé un poco grande. Su madre, de existencia tan breve, pasó por mi casa como un sueño y me dejó el hijo, crecido ya, pero débil todavía y lleno de miedo al mundo. Para mí la paternidad fue un hecho tan importante que modificó no solo mi vida de entonces sino la anterior. Lo vivido hasta ese momento pasó a ser un hecho que la memoria solo retenía por imposición, pero no porque tuviera alguna importancia. Sentí, al poder llamarme padre, que al nacer el hijo mi vida había comenzado, por otra parte, a carecer de sentido, al menos del que tenía antes. Sentía que el hijo me prolongaba un poco más, que me salvaba de los dolores que ya entonces sentía y que eran un anuncio de mi parálisis. Y es necesario decir también que en algunos momentos sentía que ser padre era un desgarramiento, algo emparentado con los animales, esos seres que llamamos animales, que sienten pero no parecen advertir el dolor. Sin duda a los hombres nos correspondía una forma menos cruel de prolongación en el tiempo, y yo hubiera preferido dividirme como las amebas, porque en todo caso aquella división no significaba un desgarramiento sino un acto ulterior y decisivo, que concluía allí mismo. Al principio de su crecimiento me atormentaba el padecimiento de verlo en esa situación de permanente lucha con el mundo hostil que yo conocía demasiado, veía y palpaba sus carnes pequeñas y sus huesos débiles, y tenía miedo a los terremotos, a los ladrones, a los murciélagos y a no sé cuántas cosas más. Comencé a ir a la biblioteca para leer libros que lo protegieran, libros sobre enfermedades, sobre el trabajo, sobre la tierra, sobre astronomía, y en general relacionados con cuanta cosa lo rodease por arriba y por abajo, a fin de protegerlo. Esa angustia afortunadamente pasó pronto. Crecía, adquiría poco a poco esa expresión tan suya que significa seguridad y dominio del mundo. Después descubrí que ningún peligro podía ya acecharlo. Entonces empecé a temer por mí; sufría ante la presunción de que yo pudiera faltarle y no asistirlo en algún momento de su vida. Pero al mismo tiempo lo veía vivo, articulando sus primeras palabras, y en esos momentos casi deseaba estar muerto, a ver si con eso aseguraba más su existencia.

Sin embargo, esa fue la época más feliz. Todavía vivía la mamá, a la que usted se parecía tanto. El desgarramiento y el temor eran cosas remotas. En primer término, porque, cumplido el ciclo primario, el desgarramiento parecía haber concluido y, en ese caso, se había cumplido más bien el acto definitivo de la división de la ameba, de modo que toda crueldad había desaparecido en la sonrisa que nos hacía a mí y a su madre. En segundo lugar, el temor no era ya un motivo permanente porque usted había establecido todas las relaciones y armonías con el mundo que le habíamos dado; tenía conexiones imperecederas con los edificios y con los meses, con las ciudades y con las estaciones. Los ciclos de la tierra, que yo advertí en la biblioteca, se cumplían para usted; los veranos sucedían a los inviernos en un perfecto movimiento acorde con la vida de mi hijo.

Después sus conexiones con el mundo se ampliaron. Del conocimiento perfecto de la casa, y aun de casas vecinas; de la calle, cuyos peligros pronto aprendió a evitar, y de sus padres, que aprendió a conocer, pasó a la escuela primaria, a la vida de relación, y con ella al dominio de los hombres, de cuya vida, como militar, ahora está acostumbrado a disponer. Yo lo advertía y sentía que el desgarramiento no había concluido todavía, la ameba presentida desaparecía y volvía al largo parto de los animales bajo la luna, según lo había atisbado en no sé qué lugar.

Pero en ese lapso de felicidad total todo se dio con plenitud. Mi error posterior fue buscar algo semejante en el resto de la vida, cuando las circunstancias habían desaparecido. De ese lapso puedo decir que es como esa parte inviolada de la infancia que uno suele recordar, donde no hay nada, ni siquiera recuerdos que puedan alterar ese transcurrir tan puro. Mi infancia estuvo en usted, en la suya, y nadie podrá quitarme eso, ni la mujer del tambor mayor, ni el desprecio o la vergüenza de mi hijo. Era el tiempo en que yo lo acariciaba. Usted era mi hijo, no tenía defensas, yo lo cuidaba desesperadamente; mi hijo me quería también, dentro de su inocencia; me miraba, reía, estiraba sus brazos hacia mí, buscaba mi protección. Después las cosas cambiaron. Empezó a avergonzarse de mí, el viejo. Claro que habían pasado los años.

No me hubiera gustado acordarme del asunto de las cartas, pero recién, mientras usted me hablaba procurando adaptar el sentido y el tema de sus frases a un auditor que nada podrá responder, refiriéndose a hechos y cosas que usted cree que pueden interesarme, cometió varios errores que me demuestran que la mayoría de ellas no fueron leídas. Ya me lo había dicho Margarita, años antes. «Abuelo, es mejor que no escriba tantas cartas; a veces no estamos en casa durante varios meses y cuando volvemos Víctor se encuentra con tantas cartas suyas que va postergando su lectura y al final muchas cartas quedan sin leer». Margarita tampoco decía la verdad, porque nunca estuvieron tantos meses afuera. Sé también, por Olga, que las cartas importantes eran redespachadas. Comprendo que fui exagerado al escribir tanto. Lo hacía en esas noches de insomnio tan frecuentes. A veces escribía dos cartas en una sola noche, pero las despachaba con una o dos semanas de intervalo. Yo no esperaba respuesta. Se lo aclaré en muchas de ellas. Escribía solamente porque lo necesitaba, porque creía que debía contarle cosas que usted no debía ignorar. En algunas, es cierto, le reprochaba su falta de amor, su indiferencia; me quejaba porque creía que mi hijo no me quería. Comprendo que esto lo molestaba, como cuando «lo acosaba», según me lo dijo usted violentamente, pero no podía evitarlo. Aquel día usted me insultó por primera vez, me dijo entre otras cosas que agradeciera que era su padre, porque de lo contrario hubiera sido otra su actitud. Creo que usted esa noche me hubiera pegado. Había mucho odio en su mirada. Fue después del episodio del baño, del cual me avergüenzo, cuando usted saltó sobre mí, mientras yo buscaba los anteojos en el suelo, creyendo que yo no lo había visto. Posiblemente cuando me insultó descargó la ira que le produjo el episodio del baño. Usted salía de un club nocturno con otras personas, indudablemente militares, aunque todos de civil. Era muy tarde. Yo había ido al centro a caminar a causa de mi insomnio. No era que hubiera ido a buscarlo en ese lugar; simplemente me habían dicho que usted solía ir, y me arrimé cerca de la puerta por si lo veía. Eso es todo. Ni siquiera iba a saludarlo en el caso de verlo. Hacía muchos meses que no podía encontrarlo en su casa, y no podía perder la oportunidad de verlo y sentirme reconfortado con ese hecho tan simple. Usted, cuando me vio, no me dio tiempo para escabullirme como otras veces en otras partes, y tomándose la cabeza con las manos insultó, no sé a quién, con todas sus fuerzas. ¿Creería que yo le contaría a Margarita que usted salía de un lugar como ese con una mujer que no era ella? Si lo pensó, era porque no conocía bien a su padre. Fue tan fuerte su insulto que sus amigos se pararon para preguntarle qué pasaba. Yo estaba parado contra la pared, aterrorizado por lo que yo había hecho. De pronto usted sacó las manos de la cabeza y señalándome con un brazo extendido dijo a sus amigos «este hijo de puta que es mi padre». Le juro que fue como una puñalada. Menos mal que el efecto que estaban produciendo sus palabras en mí, la humillación y la vergüenza que comencé a sentir (no por las palabras sino porque usted las había dicho) se interrumpieron para dar lugar al miedo que me produjo verlo avanzar hacia mí, tomarme por las solapas y golpearme contra la pared. Me zamarreaba y decía cosas abriendo muy grande la boca, pero yo no oía ya porque estaba tratando de que mi cabeza no diera contra la pared. Sus amigos lo tomaron por los brazos y me liberaron. De lo contrario quizás usted me hubiese golpeado. Sin duda estaba por decirme algo más, pero se lo impidió el policía, a quien usted también insultó malamente cuando se acercó para preguntarle qué estaba pasando. Uno de sus amigos sacó la cédula militar y se la mostró al policía, y en seguida subieron al auto. Yo estaba componiéndome la ropa. El policía murmuraba algo, y cuando me acerqué para decirle algo, porque me daba mucha vergüenza, me dijo quizás lo que usted me hubiera dicho de no mediar su interrupción: «y usted raje de aquí de una vez; hágase luz ya mismo». El automóvil había desaparecido cuando realmente oí, o terminé de oír su insulto. Eran palabras duras que lo habían transformado a usted súbitamente, y en cierto modo a mí. Pero apenas acabé de oírlas una parte de mí guardó las palabras en un lugar muy secreto, para que yo pudiera olvidarlas, para que yo, de algún modo, no me enterara de aquello.

Jamás le hubiera contado esto, hijo. Lo guardé en esa parte desconocida que no me pertenece, y de allí no salió más. Tampoco puedo decir que me hiciese sufrir. Yo lo comprendía. Y una prueba de lo acertado que estaba es ese beso que me dio recién, al llegar. En el caso de que yo hubiera mantenido aquel suceso, usted me habría demostrado ahora que era yo el equivocado.

Aquella noche, después de salir de la casa del tambor mayor, me acordé de todo esto y de mucho más. Si ella no me hubiera dicho «vamos don Blas, me extraña que usted crea todavía en algunas cosas», refiriéndose a la asistencia que podría darme usted y poniendo en duda su posible cariño, tal vez esos recuerdos habrían quedado en esa parte secreta donde yo suelo guardar esas cosas que pueden vulnerarlo a uno. Lo feo del caso es que después del recuerdo de cada episodio venía otro peor. Decidí sacarlos a todos a la luz para agotar aquello. Así al otro día podría enfrentar a la mujer del tambor mayor y defender a mi hijo.

Y el resultado fue excelente. La parte abierta de mí me decía que era peligroso sacar de la parte secreta aquellas cosas que siempre había temido: podían significar dar con la cabeza contra la pared. Pero la voz de la mujer, que venía desde la cocina hacia la mesa donde yo estaba, llegaba ahora hasta mi cama y me exigía que lo hiciese. Abrí esa puerta con mucho miedo. Una vez, siendo yo muy chico, enterré algo en el patio del fondo y olvidé el asunto. Una tía mía solía tener visiones nocturnas y gritaba, en medio de la noche, pidiendo que la asistieran y la protegieran de ciertos bichos que venían a devorarla aprovechando su sueño. Nosotros buscamos a los bichos por todas las partes donde pudieran estar ocultos, pero sin resultado. Me acuerdo que yo rompí el cielo raso de lona con una caña larga, y hurgué adentro hasta tocar los rincones, pero los bichos no aparecieron. Después alguien le dijo a mi tía que enterrando no sé qué objetos rarísimos dentro de una botella, en el fondo del patio, los bichos desaparecerían y podría dormir tranquila. Mi tía se burló del consejo pero yo lo llevé a cabo. En un cuarto del fondo, lleno de objetos múltiples, busqué no sé qué cosas y las puse dentro de la botella, que enterré luego. Olvidé el asunto completamente, y tiempo después me acordé y me puse a buscar el lugar donde pudiera estar la botella, dudando sin embargo porque al final no sabía si se trataba de un hecho real o de un sueño mío.

El caso es que encontré la botella y en el momento de destaparla tuve mucho miedo porque no sabía qué cosas horribles había podido poner adentro. Abrí entonces esa parte de mí, adonde había olvido y también memoria, y dejé que las cosas salieran. En ese momento me pareció ver que del fondo de la botella salían unos enormes pájaros negros, de ojos rojos que me miraban, quizás los mismos pájaros que había visto mi tía.

Una de las cosas que salieron de la botella fue el cometa. Hasta entonces, cuando mi hijo negaba algo que yo decía o afirmaba, su negativa me alegraba en el fondo: «es un hombre», pensaba. Pero con el asunto del cometa me entristecí un poco, por primera vez, porque me parecía que él no creía nada de las cosas que yo decía. Y me dolía también porque cuando yo hablaba del cometa lo hacía entregando cosas, conocimientos que había buscado precisamente para él cuando quería protegerlo, en la biblioteca, de todo lo que lo rodeaba, y buscaba afanosamente en los libros (muchos de ellos recomendados por el tambor mayor; me acuerdo de los hermosos tomos encuadernados de La tierra, de Reclus, que tenían tanto sabor a misterio), entre tanta cantidad de libros, la seguridad de ese rostro que yo había arrojado al mundo. Ya estaba acostumbrado a que todo lo que yo hiciera o dijese fuese error o defecto, pero aquello del cometa no lo había inventado yo; lo decían hombres sabios que habían pasado su vida estudiando. Era una noche serenísima. Usted dormía ya, creo que era muy tarde. Me había quedado copiando partituras. Por la ventana se asomó Vargas, el flicorno tenor, y me preguntó si había visto el cometa. Parecía asustado. Yo había oído hablar de él, pero no lo había visto todavía. Salí al patio y lo vi, en medio del cielo, con su cabeza y su inmensa cola echando fuego. Lo miré un instante y sonreí lleno de una inmensa alegría. Algo que yo había leído en las letras muertas estaba allí, demostrando la verdad. Pensé ir a despertarlo a usted inmediatamente para mostrarle esa maravilla y demostrarle que era cierto lo que le había contado acerca de los cometas, pero Vargas no dejaba de hablar, bastante excitado, contando supersticiones del campo llenas de terrores. Se veía que no creía en lo que decía, pero el asunto le gustaba. Yo lo oía a medias porque me puse a pensar en el miedo que usted tenía a las estrellas. La primera vez que las vio conscientemente tuvo miedo de que se le cayeran encima. Fue inútil todo lo que pude explicarle sobre la imposibilidad de ese hecho. Cuando usted no entendía algo se ponía ceñudo, apretaba los párpados y decía «no puede ser» y luego se negaba a seguir hablando del asunto. Aquella vez no quiso aceptar que nuestra tierra formase parte de la vía láctea. Era uno de los tantos errores de su padre. El flicorno se olvidó pronto del cometa y siguió hablando de otras cosas. Cuando yo dejé de pensar en el asunto de la vía láctea y volví a oírlo con atención, él estaba hablando de los sueldos que nos habían prometido y de la posibilidad de que en la legislatura no aprobasen el nuevo presupuesto porque había ambiente en contra entre los diputados. Felizmente se fue y yo corrí a su cuarto. «Hijo, venga a ver el cometa», le dije. Usted no me oyó bien, se dejó tomar y arropar, pero cuando llegamos al patio y abrió los ojos y vio esa bola de fuego en el cielo, me miró como aterrorizado. Había un maizal vecino que se veía casi como si fuese de día. Cerca cantaban los gallos, y los perros lloraban a lo lejos. Usted me pidió que lo bajase. Cuando lo hice, miró hacia el cometa y en su expresión había, creo, un destello de aceptación. Me miró como diciéndome que estaba asombrado de comprobar lo que antes había creído leyenda o error en boca de su padre. Yo me sentía orgulloso. Me hizo algunas preguntas que yo contesté rápidamente. ¿Se acuerda? Crinito, caudato. Conocía muchas cosas de los cometas. El gesto de duda volvió a su rostro cuando yo afirmé que el cometa volvería a la tierra dentro de 76 años. Le dije que usted alcanzaría a verlo otra vez y que era una verdadera suerte porque muchas personas pasaban por la vida sin poder ver un cometa. Usted se acostó en seguida. Su madre estaba ansiosa por llevarlo a la cama, como si ella también temiese al cometa. Yo me quedé un rato mirándolo hasta que empezó a debilitarse. Después me acosté pensando que la incredulidad permanente que usted tenía con respecto a casi todas las cosas debía tener algún fundamento, alguna certeza primera, pero no alcanzaba a imaginarme qué podía ser, tenía miedo de que fuese algo peligroso. Después me dormí con una respuesta que anteriormente, refiriéndose a otros hechos, me había dado el tambor mayor: sus negativas no eran sino formas de su seguridad, eran demostraciones de que ya era un hombre. Al otro día, cuando se levantó, yo estaba en el patio y levantando un dedo hacia el cielo le dije, apenas lo vi, a manera de saludo: «la calle del cometa». Usted no miró hacia arriba pero me parece que sonrió. Yo estuve muy contento ese día.

Mientras aquella noche me acordaba del cometa no podía apartar de mí la expresión del rostro de la mujer del tambor mayor cuando me decía que yo era demasiado grande para seguir creyendo en ciertas cosas. Si le hubiera contado a ella lo del cometa, sin duda hubiera usado la misma expresión de triunfo o de seguridad como diciéndome que esa era una prueba más de los sentimientos de mi hijo con respecto a mí. La verdad es que me humillaba un poco; pero todavía había mucho más y yo debía llegar al fondo de la vergüenza para saber, según lo vislumbraba, que todo eso no era nada, que mi rostro, mi contorno, padre; y su rostro, su contorno, hijo, subsistían todavía y que esa relación de vida era indestructible pese a todo lo que pudiera haber dentro de la botella.

Porque uno no es más que su contorno irreemplazable, con su nariz, que puede ser un hermoso recuerdo, sus orejas, el corte de la cara, como esas caricaturas que hacen algunos. Una vez me hicieron una. «Sí, soy yo», tuve que decir al mirarla, porque no podía ser otro que yo. Uno no es más que su contorno, que lo limita con el resto del mundo. Adentro están las vísceras y todo lo demás, pero uno es finalmente eso, el óvalo de la cabeza, la forma total apenas estrangulada en el cuello, los ojos, los brazos que fingen sinuosidades, y luego las líneas rectas hasta el suelo concluyendo en puntos móviles que se desplazan por la tierra. Uno es finalmente un contorno que contiene una sola vida y una sola muerte. Es una especie de cárcel donde está condenado a vivir y a morir. Pero hay algo que lo salva a uno cuando uno presiente la existencia total de otro ser (su contorno y lo que contiene) y siente de pronto que ese otro ser responde, y entonces los contornos, tocados por el amor, se unen y sienten que ya no son un solo contorno, una sola cárcel, sino que participan de la maravillosa multiplicidad. Cuando uno ha sentido eso, cuando uno se ha sentido tocado por esa visión de los contornos que se llama amor, entonces qué importan la muerte y el olvido, qué importa todo lo demás si de algún modo siente que todos los demás seres están respondiendo por uno, están afirmando la precariedad de la propia limitación. Por eso, al descubrir ahora que usted me ama, siento, hijo, que mi vida está plenamente cumplida. Así es hermoso vivir, sentir que todos los seres del mundo, los que están cerca de uno y aun los que no conoce y están en otras latitudes, responden a uno, lo acompañan en el mundo, están con nosotros para asegurarnos la propia existencia. Puedo decirle que ha sido hermoso vivir y que estoy agradecido por haber podido hacerlo en esta forma y en este mundo.

Aquella noche yo había querido pasar rápidamente por los sucesos de su infancia para sacar hacia la luz otros hechos más recientes y dolorosos y vencerlos lo más pronto posible, pero la mirada en el tiempo fue demasiado larga y tuve que ver otros, como si el cometa mismo los hubiese iluminado. Si no me hubiera acordado del cometa, quizás aquellos otros hechos tangenciales habrían quedado en el olvido. Y buscándome yo alguna culpabilidad, algún acto que hubiese vulnerado a mi hijo, me acordé de aquel veinticinco de mayo, del desfile donde mi hijo fue abanderado y tuvo que sufrir mucho porque yo no quise ir a verlo en el desfile. Su madre y usted me lo reprocharon duramente al día siguiente. Yo callé. Y todo lo que callé me lo dije luego ante el recuerdo del rostro adusto de la mujer del tambor mayor, como si ella me lo exigiese. Recordé entonces que antes de ese veinticinco de mayo hubo otro. La plaza estaba llena de gente y de soldados. Había terminado la misa de campaña y las columnas blancas de escolares convergían hacia la bandera para rendir sus homenajes. Su madre y yo tratábamos de ubicar el lugar que ocuparía su escuela. Estábamos en la esquina de la catedral. En esos años yo le tenía miedo al tiempo; es decir, tenía miedo de que el tiempo pasara. La Rioja está rodeada de montañas, es chiquita y allí todo el mundo se conoce. Las caras siempre familiares e idénticas y las montañas tan próximas me dieron siempre la sensación de un encierro. Yo me crié en los llanos, donde se es siempre libre. Allí, entre las montañas y las caras repetidas, sentía que el tiempo pasaba velozmente, sentía que nos vulneraba de un día para otro. Había empezado a descubrir no sé qué horrible forma adulta en su rostro infantil. Las escuelas habían iniciado el desfile y yo miraba esos miles de rostros entre los que más tarde aparecería el suyo. Centenares de caras pasaban ante mí, morenas, coloradas, blancas, y todas ellas, en rápido descenso hacia la madurez, me indicaban que el tiempo había pasado y continuaba pasando. Cuando le tocó el turno a su escuela usted pasó sin mirarnos. Sin duda una mínima distracción quebraría la solemnidad del acto. Nosotros respetábamos la importancia que usted daba a esas cosas como los desfiles y los emblemas patrios. Para nosotros no tenían importancia pero los aceptábamos porque eran veneraciones de nuestro hijo. Usted era escolta de la bandera. Su madre y yo advertimos que su rostro, además de la solemnidad del acto, estaba como mortificado. Esa mañana, mientras se vestía, dijo algunas palabras por las que entendimos que estaba disgustado porque le hubiera gustado ser el abanderado y era solamente escolta. Sin embargo, esa distinción era un gran honor. Usted era el más marcial. Se me llenaron los ojos de lágrimas, igual que a su madre. Yo no sé por qué lloraba ella, pero sí sabía por qué lloraba yo: porque el tiempo había pasado, porque se hacía un hombre, pequeñito, que tenía que afrontar el mundo de pronto con las estrellas en lo alto y la interminable sucesión de las estaciones y todos los peligros del mundo. Su rostro entre miles había pasado, era algo que yo había dado a la humanidad: un rostro, un contorno. No me volví para ver su espalda. Seguí mirando las otras caras, adultas también en una interminable repetición. Después vi que su madre había vuelto la cara para verlo desde atrás. Recuerdo bien el perfil de su madre contra el sol. La voz por el altoparlante anunciaba ya el paso de la escuela siguiente ante el palco oficial. Se trataba de la escuela industrial, «la reserva de la patria», según el altoparlante. Por eso no quise ir al desfile del año siguiente, cuando usted había logrado ser abanderado. Mientras se vestía, con esa pulcritud tan suya, no demostró que el hecho de ser por fin abanderado lo alegrase. Se lo dije a su madre y ella me dijo que sí estaba contento, pero que el disgusto que se veía en su rostro era porque sabía que yo no iría al desfile. Hubiera querido explicarle los motivos, pero me daba vergüenza. Cuando quise besarlo para despedirlo usted me esquivó la cara. Pero yo no adjudiqué ese acto a su momentáneo enojo porque ya otras veces había esquivado la cara cuando intentaba besarlo. Eso era simplemente parte de su carácter, de modo que no creí, contra los temores de su madre, que estuviese disgustado conmigo porque no iba al desfile. Por otra parte, si yo le hubiera dicho «hijo, no voy porque tengo miedo de que el tiempo pase», usted se hubiera ofendido realmente. Pero esa noche me di cuenta de que su madre tenía razón. No vino a cenar ni se juntó con nosotros para ir a ver los fuegos artificiales como habíamos convenido. Cuando más tarde abrió la puerta de calle -desde casa se oía el chisporroteo de los juegos que comenzaban- y vio que yo estaba esperándolo en la sala, desvió sus pasos hacia el pasillo y entró por la cocina. Se fue directamente a la cama. Al rato me acerqué a su cama para decirle buenas noches. No me contestó, aunque estaba despierto. Sentí una gran humillación, vergüenza, algo de eso. Me hubiera arrodillado para pedirle perdón. Creo que aquella noche comencé a padecer esos insomnios que luego, con la vejez, se volvieron más frecuentes y más largos. Estuve mucho sin poder dormir. Me levanté y salí al jardín. Me apoyé contra la verja y vi alto, en el cielo, uno de los fuegos artificiales. Parecía un cometa breve. Me acordé de aquella noche de años atrás, cuando usted era muy chico y, arropado en una frazada, movía su cuerpo contra el mío porque tenía miedo al fuego desconocido.

Si no hubiera sido por la actitud de la mujer aquella, yo jamás hubiera sacado de mí todas esas cosas. Jamás se las hubiera dicho a nadie, ni a mi hijo, y si él mismo me hubiera exigido que se las dijese, me hubiese negado diciéndole que eran cosas absolutamente mías, y que por lo tanto en mí permanecerían. La verdad es que recordaba algunas y me detenía en los detalles, en los procesos, y atisbaba que más allá había cientos de cosas semejantes. Y para aliviarme un poco de esa vergüenza que me producía el recordarlas, de la agresión que significaban, recordé en cambio otras donde sin duda yo era el culpable principal, como para decirle luego a la mujer que usted realmente tenía motivos para avergonzarse de mí. Me acordé entonces del asunto del baño, doloroso porque transcurrió en silencio por ambas partes. Viendo bien, era preferible el insulto del club nocturno y no ese silencio tan terrible de aquella noche.

Nos habíamos visto unos minutos, unos días antes. Usted estaba preparando un viaje y me dio el dinero para que yo volviera a La Rioja. Yo no me volví y me fui a la casa de un compadre, tenía ganas de verlo, eso es todo, y no sé cómo me enteré de que asistía a una comida en un hotel céntrico. Creo que vi la noticia en el diario. Yo sabía que usted tenía la obsesión de que yo lo perseguía, lo acosaba, así que me cuidé bien aquella noche. Quería ver simplemente cómo era la comida aquella, cómo brillaba usted entre tanta gente distinguida. Entré por la puerta de servicio y me metí en el baño. Desde allí lo veía perfectamente. La mesa era inmensa y había muchos oficiales con sus esposas. Margarita era una de las más bellas. Reían y comían. El baño era un lugar ideal para mirar. Solamente dos oficiales entraron en más de media hora de tiempo, para orinar y peinarse. Uno de ellos me dijo «¿qué le pasa abuelo?», y yo le dije que estaba perfectamente bien. Después me distraje oyendo una discusión entre dos mozos y no advertí que usted se había parado y se dirigía al baño donde yo estaba. Caminaba con pasos rápidos y decididos, con una expresión de gravedad muy distinta a la risa casi permanente que mantenía en la mesa. Atiné entonces a sacarme los anteojos y tirarlos al suelo y a agacharme como si los estuviera buscando. Cuando usted abrió la puerta, la hoja chocó contra uno de mis zapatos. Yo alcé la vista como para decirle que había entrado allí por casualidad y que estaba buscando los anteojos, pero no pude decir nada. Usted me miró con ira y yo me acordé de muchas cosas. Por un momento tuve mucho miedo, pero usted levantó un pie y después otro y pasó sobre mí, y yo seguí buscando los anteojos. Los dos estábamos fingiendo que no nos conocíamos. Cuando quise salir tuve la mala suerte de que la entrada de servicio estuviese clausurada a esa hora, así que tuve que atravesar todo el salón, donde ustedes comían. Pegado contra la pared, caminaba con miedo y vergüenza. Creo que en la pared había un espejo; y aunque no me miré en él, supe que mi aspecto no era para estar en ese lugar. Las luces eran cada vez más intensas a medida que me acercaba a la puerta de salida. Margarita también me vio, estoy seguro, no pude evitar que sus ojos se dirigieran hacia la pared contra la cual yo me deslizaba despacito, agachándome para que por lo menos algunos no me vieran. Cuando llegué a la puerta el portero me miró sorprendido. Yo sonreí, hice durar la sonrisa en mi cara, con esfuerzo, hasta que salí del alcance de la mirada del portero, y después sentí que los músculos faciales me pesaban, cómo si las mejillas hubieran estado por caer. Decidí volver esa misma noche a La Rioja, pero advertí que no me alcanzaría para el pasaje porque había gastado algo. Podía pedirle a mi compadre, pero no me animaba. Pero en realidad pensaba en volver y en todo eso para no pensar en la humillación que estaba sintiendo, la culpabilidad que me producía tanta angustia. Lo peor de todo era que usted no me hubiese dicho nada, que no me hubiese insultado por lo menos. Sentí que éramos dos extraños y que ya no había contacto posible entre nosotros. Me di cuenta entonces de que toda mi actitud con respecto a usted no era nada más que imbecilidad, ridiculez. Pero no podía evitarlo porque deseaba hacerlo; necesitaba estar cerca de usted, tener alguna forma de comunicación. Si a esa necesidad inevitable por mi parte sumaba lo absurdo o ridículo de la situación, el resultado era la certeza de que usted era ya para mí una causa perdida. Esa noche terminé en un boliche. Unos muchachos me pagaron varias copas. Les recité una buena parte del Martín Fierro de memoria.

No sé qué estará conversando usted con Luis ahora. No presté atención al comienzo de la conversación, y ahora las palabras de ustedes no tienen sentido. Al principio entendí todo. Usted le preguntaba cosas a Luis sobre mí, y él le contestaba otras, porque lo que usted preguntaba no tenía sentido en mi estado. Entonces él quiso preguntarle cómo se comunicaba conmigo y dijo varias veces «a ver don Blas, ahora dígame si quiere que lo lleve a la cama; a ver don Blas, si quiere que lo lleve al baño», esperando que yo inclinase los ojos para un lado u otro, pero no he querido hacerlo, no quiero que mi hijo sepa cómo se hacen estas cosas. Y si usted se queda hasta la hora de comer me va a dar mucha vergüenza que sepa cómo le dan de comer a su padre, él que sabía tantas cosas.

Todo llega en su tiempo justo. La postración obligada me ha llevado casi a las puertas de la sabiduría (calcule, lo que la sabiduría puede significar para mí). Ya no tengo impaciencias, y si antes hubiera podido pensar así jamás lo habría seguido por tantas calles y ciudades. Además, es en la espera donde madura el deseo. Es bueno ver desarrollarse el día, sentir el movimiento de la tierra como algo que sucede íntimamente. Las estaciones, antes temidas, son ahora la misma existencia de uno que finge hermosas mutaciones. Los recuerdos mismos son una forma de permanencia, vida detenida, no sepultada, que está siempre al alcance de la mano, que es siempre una nueva posibilidad de vivir. Cuando yo era un padre joven y usted un hijo indiferente, me desesperaba su frialdad. Jamás tenía usted actos espontáneos de cariño y aceptaba apenas los míos. Aquella vez que estuve enfermo entró dos veces en mi cuarto, pero no dijo nada. Cuando el médico se fue y el temor pasó, su madre, alborozada, me abrazó en la cama y lloró en mi oído. «tenía miedo de que hubiera pasado algo malo», dijo. Después se levantó y gritó con toda su alegría: «Víctor, vení a abrazar a tu padre, que está sano y que no tiene nada malo». Usted entró poco después y se paró al lado de mi cama. Era una situación embarazosa para los dos. Yo me sentía como alguien que se ha herido voluntariamente para conseguir amparo. Usted vacilaba, no sé qué sentiría, y viendo yo que su vacilación era larga extendí los brazos y le dije «venga hijo a darle un abrazo a su padre», sintiendo, avergonzado, que estaba implorando un acto de amor que de otro modo no se hubiera producido. Usted trepó a mi cama, recibió primero mi abrazo y luego me abrazó usted mismo. Pero no me dio el beso que yo esperaba. Esa actitud suya fue motivo, durante años, de vergüenzas secretas. Aquel beso perdido llegó ahora, muchos años después, como si hubiese estado buscando hasta ahora el punto perfecto de madurez. ¿De qué valía entonces la impaciencia? El hijo adulto que me besó recién es el mismo hijo que no se animaba a inclinarse sobre la cama cuando yo estaba enfermo. Comprendí ahora que su madre tenía razón: «no es que no te quiera; él es así». Pero yo necesité toda la vida para darme cuenta. Menos mal que mientras tanto mi deseo maduró hasta la posesión.

Todas esas cosas las pensé en la cama, dando vueltas y vueltas como para huir de algunas de ellas. De pronto recordé que no había buscado la carta de Margarita donde me invitaba a pasar unos días con ustedes, y que le había prometido a la mujer del tambor mayor. Me levanté y hurgué por algunos armarios, pero me di cuenta de que sería muy difícil hallarla porque se trataba de una carta muy vieja. Volver sin la carta era vergonzoso, así que decidí escribir una yo, donde me decía a mí mismo que usted y ella querían que me fuese con ellos porque estaba muy viejo ya y no debía andar por allí sufriendo necesidades. Reconozco que fue un acto vergonzoso. Después me apoyé contra la verja para mirar el cielo y me acordé otra vez del cometa. Arriba había una calle perfectamente trazada por donde el cometa pasaría, lleno de fuego, dentro de muchos años, cuando mi hijo fuera tan viejo como yo. Y entonces no me dolía ya que el tiempo hubiese pasado, como aquella vez en el desfile. Había empezado a comprender la verdad última de las cosas.

La visión de la calle del cometa me hizo desistir de seguir sacando cosas de ese fondo oscuro. Era tan larga su ausencia pero tan seguro su regreso, que sentí vergüenza de la pequeñez de todos mis actos. Rompí la carta que me había escrito para mostrarle a la mujer de mi amigo. Ya no tenía importancia no solo la carta sino la mujer misma.

Me acosté nuevamente, decidido a no pensar más en todo aquello, pero los pájaros negros seguían saliendo del fondo de la botella. El acto de mi voluntad hizo que muchos quedaran adentro, pero no pude dejar de ver a los que ya estaban en vuelo. Algunas de esas aves eran Lanús, Liniers, Pompeya; Buenos Aires. En esa época fue usted el perseguidor. Yo alquilaba piecitas por allí (tenía una mujercita) tratando de ocultarme de usted para que no se enterara de mi pobreza. Pero a veces llegaba yo y los vecinos me decían «estuvo un militar aquí, dejó esta tarjeta». Yo tenía que ir entonces a verlo y usted me reprochaba «la vida escandalosa» que llevaba. Otra vez mandó dos soldados para que fumigaran mi habitación. Sacaron papeles y ropas y quemaron todo en el patio. Usted me dijo que se trataba de inmundicias, que por eso había ordenado quemar todo aquello. Pero había allí papeles valiosos para mí, fotografías, recuerdos, recortes de diarios, documentos. Yo y mi compañera decidíamos entonces mudarnos de lugar, pero siempre llegaban sus soldados y nos perseguían, o aparecía usted y me dejaba esas tarjetas. Después empezaron las revoluciones y dejó de perseguirnos. Usted figuraba en los diarios. Cuando los vecinos y amigos me oían decir que yo era su padre, muchos de ellos se reían; pero muchos otros lo creían. Finalmente fuimos a parar a una casa en Boedo, donde nos alquilaron un garaje. Allí murió la mujercita y yo me volví a Córdoba, donde me recogió doña Dora. Después vino mi enfermedad y con ella la lucidez, la comprensión de tantas cosas.

Pero al día siguiente de aquella noche volví a la casa del tambor mayor. Habíamos jugado tres manos de truco cuando la mujer me preguntó por la carta. Me hice el tonto, contestándole entre bromas y veras, diciéndole que dentro de un rato la sacaría del bolsillo de adentro. A mí me gustaba mucho hacerla reír, adoptar personalidades distintas y hablar con voz impostada. Ella era muy simple y se reía por cualquier cosa, con tal de que yo la dijese. Entonces le hablé como un mago de circo cuando anuncia que va a sacar algo del fondo de la galera. Dentro de cinco minutos, le dije, voy a sacar tres cartas del fondo de mi bolsillo. Después, poco a poco, me las arreglé para hablarles del cometa. La mujer abrió unos ojos grandísimos. Inventé tantas cosas del cometa, que ella quedó maravillada para toda la noche. Después salí despacito, bajo la luna, fumando un puro que me había dado el tambor mayor.

Era una familia muy buena. Él era de Malanzán. En verano me convidaban con frutas. Tome, don Blas, estos son duraznos de Malanzán, decía ella. Él tenía una casita allá, con árboles frutales, y todos los años recibía cajones de fruta. A él lo recuerdo sobre todo por la caída que tuvo aquel día. Un gobierno militar se había hecho cargo de la provincia, y tuvimos que desfilar y tocar. Yo venía con los tambores, detrás de los flicornos barítonos, pero podía verlo perfectamente, a la cabeza de la fila, haciendo piruetas en el aire con el bastón. Lo manejaba muy bien. Cuando llegamos a la esquina del Banco ordenaron conversión a la derecha y él quiso cambiar el bastón de mano revoleándolo en el aire, pero el bastón fue a caer a dos metros de él, y él salió en cuatro patas, a pocos metros del palco oficial donde estaba el interventor militar. Mucha gente se largó a reír. Él nunca quiso hablar del asunto. Después alzó el bastón en la forma más digna posible, y siguió enarbolándolo, con más destreza aun, como si nada hubiese pasado. Después tuvo un serio apercibimiento. Parece que usted quiere irse y trata de buscar una salida estratégica como para que yo no me desespere. Se lo ha sugerido Luis, parece, y eso demuestra que tampoco él me conoce como debiera. Su partida no me afectará como piensan. He llegado a la comprensión de muchas cosas. Lo he visto, lo he oído, he recibido ese beso postergado en la infancia y mis deseos han quedado satisfechos. De ahora en adelante, aunque no lo vea más, podré dedicar muchas horas y días a la contemplación y al nuevo goce de este encuentro. Todo ha sucedido tan rápido, usted llegó tan imprevistamente, que necesitaré mucho tiempo para asimilar bien tantas cosas realmente hermosas. Podré mirar ese umbral y decirme que por allí entró usted y que estuvo sentado en esa silla mirándome y hablándome aunque yo haya escuchado muy poco de lo que me dijo. Yo no percibo palabras ya sino actitudes. Ésas son las que valen. Lo veo inquieto y con ganas de irse. Quizás esto le resulte doloroso. No sabe cómo hacer y busca la ayuda de Luis. Yo mismo acudiré en su ayuda. Aunque quisiera retenerlo aquí para siempre, sé que eso no es posible. Usted tiene que seguir viviendo su vida en cumplimiento de un gran destino. Usted tiene que ver el cometa. En seguida, cuando Luis me mire, haré con los ojos los gestos necesarios para que él comprenda que estoy fatigado y que quiero que me lleven a la cama. Entonces usted podrá irse porque yo fingiré dormir. Pero antes haré una cosa: le indicaré que quiero que usted mismo me lleve. Será como retribuirle el beso que me ha dado.

Luis entendió perfectamente la seña del cambio de lugar, pero le costó un poco captar mi deseo de que fuese usted quien me trasladase. Usted sonríe con un relámpago de su madre en los ojos y me toma en sus brazos. Ahora toda medida está colmada, toda espera concluida. Como si usted fuera mi padre, me he vuelto a sentir pequeño, necesitado de afectos.

Ahora quisiera que se vaya lo más pronto posible. En seguida tendrán que limpiar mis intestinos, lavarme y prepararme para la cena, y no quiero que usted se entere de esas cosas. Le daré instrucciones a Luis para que le entreguen mi tambor, con el que me he ganado la vida. Últimamente yo era redoblante. No quiero que se lleve una imagen dolorosa de su padre. Yo sé que no soy digno de usted, pero no quiero que el recuerdo que tenga de mí sea más desagradable que mi condición. Me gustaría que, en los muchos años que le quedan por vivir, me recuerde como un hombre que podía hablarle con precisión de los cometas y del movimiento de los astros.





Indice