El milenio se despide
Daniel Moyano
La Historia (con mayúsculas) narra los hechos generalmente no deseados que podríamos llamar externos; el arte, en cambio, da cuenta de los hechos internos, es decir, los sueños y deseos de las personas, que son la historia deseada, como contrapartida ante la brutal realidad del mundo. A la Historia la hace, en solitario, el Poder; a la otra la hacen, también en solitario pero de otra manera, los Mozart y Cervantes y Miguel Hernández de este mundo. El arte en general es un discurso contra el poder. El poder, en general, es un discurso contra las personas. Y todo esto viene a cuento por este terrible asunto de la guerra del Golfo Pérsico, o de las cien horas, o del tiro al pichón, o del petróleo, o de la involución de Occidente, o de la salvación de la industria bélica de los USA, o como quiera llamársela, ningún nombre modificará el horror (y la vergüenza) de fin de siglo y de milenio que este genocidio (100 000 muertos) significa.
Las secuelas de esas vergüenzas humanas mal llamadas guerras suelen ser imprevisibles. El nazismo alemán más el fascismo y el catolicismo austríacos condicionaron la obra de un Thomas Bernhard por ejemplo, porque los hechos irracionales de la Historia siempre encuentran una respuesta racional del Arte, ciencia de los deseos contrapuesta por naturaleza a la así llamada realidad, como diría Bernhard. Y una de esas secuelas es que esta guerra nos ha quitado un fundamento, porque después de este nuevo genocidio producido por la «civilización» occidental uno no sabe bien cómo seguir escribiendo con alguna convicción o sea con alguna creencia en las palabras.
El mundo que nosotros mismos llamamos civilizado acaba de agregar una matanza más o nuestro siglo signado por el crimen, por «el tiempo de los asesinos»
mentado por Rimbaud, un nuevo hecho de sangre que se suma a este degolladero patentizado por la guerra del petróleo. Entonces, para los que estamos de este otro lado de la historia, que no pasa por Kuwait ni por sus inversiones en España sino por esos sueños llamados Mozart o Miguel Hernández, qué es lo que nos queda, ahora que 100 000 personajes de Cervantes o de Mozart han quedado calcinados en las arenas del desierto por la ira norteamericana que se siente dueña del planeta.
Mi pregunta es: qué hacemos los que escribimos, los que intentamos usar las palabras para entender la realidad, contra los que usan las armas para explicarla. Cómo escribir después de este tiro al blanco del mundo civilizado, ahora que 100 000 de nosotros murieron calcinados por la cultura occidental, una cultura donde están nada menos que Arthur Rimbaud (mancillado por el ejército francés contra Irak), John Keats (traicionado por el ejército inglés contra Irak), Walt Whitman (vilipendiado por el ejército del imperio contra el dictador iraquí), y hasta el propio Cervantes, cuya grandeza, junto con la de Lepanto, ha sido humillada por las carabelas que enviamos al Golfo y por el apoyo llamado logístico que hubimos; a partir de ahora don Quijote en vez de «un palomino de añadidura» saborea una hamburguesa.
Las balas norteamericanas apuntaron también al corazón de Mozart y dieron en el blanco, Mozart y Miguel Hernández agonizan entre esos 100 000 muertos y los miles que todavía morirán de cólera, tifus o meningitis.
Soy (o era, después de esta guerra no se sabe) un escritor, es decir, una persona que cree en las palabras (españolas), esos sonidos inocentes con los que uno intenta explicarse el mundo. Esta guerra de despedida del milenio intenta matar también esas palabras. No sé, en medio del estruendo producido por la rotura de los valores en los que me hicieron creer desde niño, si soy un usador de esos sonidos de la vida o un oficiante de la muerte. Todo está mezclado y todos somos culpables de lo sucedido.
Y ahora que han dejado de existir esos valores en los que siempre creímos, como filosofía, religión, arte, cultura, justicia, democracia (los aviones B-52 los convirtieron en mentiras piadosas), las cosas han cambiado drásticamente para los que amamos las palabras (su inocencia), todo se vuelve cuesta arriba después de este banquete/carnicería/despedida de nuestro segundo milenio occidental y cristiano.