Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


Abajo

El Mesías que no fue y otros cuentos

Osvaldo González Real



Portada

  —3→  

Para Laura y Gabriela,
quienes vivirán en
«la casa del mañana»



  —[4]→     —5→  

ArribaAbajoA propósito de las anticipaciones de Osvaldo González Real

Invito al discreto lector a imaginar el mundo de los bisnietos de nuestros nietos: ¿Qué lunas metálicas vigilarán aquellos cielos futuros? ¿Qué comunicación o antagonismo se mantendrá con otros habitantes de la populosa Vía Láctea? ¿Qué criaturas hechas por el homo sapiens a su imagen, pero no a su semejanza, usurparán las tareas y desvelos de la especie? Y en el corazón de plástico, titanio y cristal de esos Adanes, ¿alentará de pronto -por algún descuido electrónico infinitesimal- la envidia y el odio a sus creadores? Y lo que es más serio todavía: ¿Prevalecerá contra los árboles la babilónica confusión de concreto, altillos, petróleo y tubos cloacales de las urbes venideras? ¿Continuarán nuestros lejanos descendientes con el privilegio de sentir cómo empieza la Tierra a partir del trino de la alondra, del sinsonte, del ruiseñor, del corochiré? ¿Seguirá definiendo la madrugada el perfume de la azucena, y la noche el del jazmín? ¿Podrán nuestros vástagos aún nonatos arrancar la fruta, exclamando en su día como Rubén Bareiro Saguier: «La naranja chorrea con el mordiscón. / El río corre por mi barba, / reluciente de frescura.»?

Nadie -ni siquiera un poeta- consideraba estas conjeturas hace tres, cuatro generaciones. Ahora hasta el desaprensivo   —6→   las juzga válidas. La velocidad del adelanto cibernético y el gigantismo tecnológico de los países industrializados, la depredación masiva del ecosistema y la irreparable alteración de los biótopos en los países indigentes, junto con los desechos a escala planetaria, la ley de Malthus inserta en la del embudo, el efectivo al par que difuso horror nuclear y, desde las alturas del mando, el Orden de los campos de concentración, el sadismo de la «raza superior» y otras ocurrencias siniestras, son argumentos suficientes a favor de las peores suposiciones sobre la supervivencia misma del hombre o su reducción a una triste maquinaria de obediencias.

La proyección de esas desmesuras más que bíblicas en el futuro de la condición humana ha originado la literatura denominada de «ciencia-ficción» o de anticipación1 Y bien, la mayoría de los cuentos que Osvaldo González Real ha reunido en volumen corresponde a tales ficciones, inéditas hasta hoy en la literatura paraguaya; las pruebas anteriores de algún otro escritor no son, en rigor, críticamente atendibles.

Deseo manifestar los aciertos estilísticos más aparentes de González Real: la ceñida línea argumental, la presentación   —7→   sobria y el diálogo desnudo, la prosa suelta y a un tiempo funcional; dejo al lector el fácil descubrimiento de sus demás excelencias. En cambio, debo indicar que las imaginaciones del autor, al igual que las de sus epígonos (Wells, A. Huxley, Orwell, Bradbury, Sturgeon, Stapledon), no sólo anticipan sino previenen; no sólo previenen sino denuncian. De allí su afirmación contemporánea, su paradójico valor testimonial.

Los dos cuentos que principian el libro me producen cabal satisfacción. La «Epístola para ser dejada en la Tierra», con su transparente alegoría de los espléndidos y atroces vaticinios de Juan el Evangelista (el Apocalipsis, escrito en Patmos, es uno de los contados textos antiguos de real anticipación), constituye una aguda ilustración del extraño y hermoso destino de la humanidad. Y en el desesperante universo sin follaje de «Otra vez Adán» se contraponen dos categorías permanentes del espíritu: la erudita insensibilidad del profesor Axes y el asombro virginal de Mario Adam; por lo demás, el relato enseña que nuestra narrativa puede asumir lo legítimamente paraguayo sin deslizarse en las comodidades del color local. «Reflexiones de un Robot» es una distopía -así nominada por el mismo autor- que apunta la molesta probabilidad de que los autómatas aniquilen a los hombres por error de activación de éstos, según lo mencioné antes. «El fin de los sueños» está traspasado por la confianza de que los fabuladores despiertos, es decir los poetas, sabrán impedir que se entierren los ensueños. «El caminante solitario» es una melancólica profecía referida a la prohibición del sencillo deleite de andar. Por último, «La canción del Hidrógeno» participa del mismo fundamento que uno de los capítulos de «De la Terre à la Lune», pero la anécdota de González Real es más intensa y aleccionadora que la de Verne.

  —8→  

No obstante, esta «silva de varia lección» contiene dos textos con muy distintos significantes de los ya comentados. «Manuscrito encontrado junto a un semáforo...» es una suerte de divertimento kafkiano, o más vale cortazariano, sobre el nunca bien maldecido transporte colectivo de la ciudad comunera de las Indias, y «Marcelina» -de arquitectura felizmente influida por Roa Bastos, conforme lo recuerda el propio escritor en su «Epílogo»-, una excelente conjunción de lo popular y lo «culto»: gracias a Dios, estas muestras son cada vez menos escasas en la cuentística nacional.

Carlos Villagra Marsal

  —9→  

La Alcándara, octubre de 1980






ArribaAbajoEpístola para ser dejada en la tierra

A Buckminster Füller

«...hay extraños astros cerca de Arcturus
Voces clamando un nombre desconocido en el cielo»


A. Mac Leish                


«The Universe is a Machine for the making of Gods»


H. G. Wells                


«Vi descender del cielo otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego»



Apocalipsis 10.1                


Soy tripulante de una gigantesca nave espacial que cruza la Galaxia. Hace algún tiempo que deseo relatar, por escrito, los momentos difíciles que pasamos y la crisis por la   —10→   que está atravesando nuestra expedición. Seguimos a la nave-madre, aún más enorme que la nuestra, que nos provee de combustible, y remolcamos una más pequeña, que podría servirnos de refugio en el caso de una catástrofe. Hace muchísimo tiempo que estamos viajando (algunos creen que millones de años), y se calcula que, tal vez, llevará otros tantos llegar a destino (la Nebulosa que surcamos es enorme). Los más escépticos de entre nosotros dudan de que podamos arribar un día a la añorada meta final.

Aparentemente, en algún momento de la historia de nuestra inmensa jornada, se perdió el libro de bitácora (debido a un suceso desconocido), y con él, todo conocimiento sobre nuestro pasado y el motivo de este gran viaje. Se cree, por otra parte, que hemos estado viajando desde siempre, y que no terminaremos de hacerlo jamás.

Los más sabios de la tripulación, sin embargo, han tratado de encontrar una explicación al misterio y se han esforzado por descifrar el enigma de nuestro origen, con el fin de develar el sentido de la expedición y predecir, en lo posible, su desarrollo y desenlace futuro. Se dice que somos los sobrevivientes de una antigua civilización cuyo mundo se extinguió después de una formidable explosión. Según otros, subimos a la nave -vacía hasta ese instante- procedentes de un remoto lugar. Muchos afirman que surgimos dentro de ella como proceso mismo del viaje. En fin, no han faltado los que han dicho que todo esto no es sino un sueño; una pesadilla sin fin.

Los esfuerzos para explicar nuestros comienzos, infortunadamente, hasta ahora han resultado vanos, y tenemos que contentarnos con suposiciones y teorías más o menos aceptables, todas ellas imposibles de comprobar. Nuestra situación se agravó desde el instante en que descubrimos, espantados, que nos era imposible abandonar la nave   —11→   y que, por otra parte, no podíamos controlar ni cambiar su curso. Un profeta, surgido en uno de los momentos de crisis (hace una decena de años), había afirmado que -casi con certeza- nos dirigíamos hacia un punto situado en las proximidades de la constelación de Hércules, cerca de Ras Algathi. No sé si esto ha sido confirmado por los científicos de a bordo, pues se ha llegado, inclusive, a dudar de si vamos a alguna parte, en definitiva.

Los hombres que como yo llevan el Sello grabado en medio de la frente, hemos pensado que como estamos predestinados a viajar dentro de esta inmensa nave -salida de no sabemos qué puerto del universo y cuyo itinerario se ha perdido-, tendríamos que encontrar la manera más humana y racional de llevarlo a cabo para evitar todo sufrimiento innecesario a los tripulantes. Las fricciones y tensiones que los afligen en la actualidad amenazan con llevarlos a un motín.

Pero somos, lastimosamente, una minoría y poco caso se hace de nuestros consejos y recomendaciones. La mayoría prefiere divertirse a bordo, como si éste fuese un viaje de placer y no -como lo creo firmemente- una expedición de vital importancia.

Hace tiempo que no existe la paz entre nosotros a causa de las distintas teorías sustentadas por grupos antagónicos para explicar nuestro origen, situación actual y destino futuro. Gran parte de la tripulación, no obstante, permanece indiferente a las preguntas fundamentales: ¿Hasta dónde?, ¿para qué?, y ¿por qué?, limitándose a vivir la vida lo más cómodamente posible, en el compartimento de la nave que le ha tocado en suerte, según la rígida jerarquía establecida por nuestros antepasados y que heredamos alguna vez.

Este sistema es mantenido, en parte por desidia, en parte por un ciego respeto a la tradición. La mayoría cree   —12→   que esta situación es injusta y que los que hacen la mayor parte del trabajo para mantener la nave en funcionamiento tendrían que tener acceso a las secciones más amplias y lujosas del vehículo espacial, y gozar de los mismos derechos y privilegios que los demás. Los jóvenes, en especial (más del cincuenta por ciento de la tripulación), se niegan a aceptar este estado de cosas, rebelándose continuamente.

Como el viaje ha durado ya tanto tiempo, miles de generaciones han nacido, vivido y dejado de existir dentro de la espacionave. Hay personas que sólo se preocupan de propagar la especie, para asegurarse, de algún modo, que al menos sus descendientes lleguen a destino. Esto parece servirles de consuelo, cuando se les informa que -indudablemente- todavía nos queda un largo camino por recorrer.

En los últimos tiempos, han surgido otros inconvenientes, no menos graves que los anteriores. El sistema de ventilación del vehículo espacial ha estado fallando, debido a una especie de envenenamiento de las fuentes de oxígeno. Tenemos, además, problemas con el suministro de agua y la distribución de alimentos. Hemos perdido contacto con algunas secciones de la nave y las comunicaciones están casi interrumpidas. En algunos casos, se ha impedido el paso de los tripulantes de un compartimento a otro, perdiéndose la coordinación y unidad necesarias para el mantenimiento de la misma. Todo esto puede poner en peligro el desarrollo de nuestra extraña expedición a través del cosmos.

Las reservas de combustible de la nave-madre, afortunadamente, parecen ser ilimitadas; gracias a ella nos seguimos desplazando -con propulsión gravitatoria-, a la constante velocidad de 40 kilómetros por segundo.

Lo más alarmante, sin embargo, es que nos hemos dividido en dos bandos antagónicos irreconciliables, que se han retirado a vivir en los extremos opuestos de la nave,   —13→   negándose a aceptar la formación de un tercer bloque independiente. Se están acumulando grandes cantidades de armamentos, sumamente letales, para el próximo enfrentamiento que se espera será definitivo. El origen del desacuerdo proviene de la diferencia existente entre los dos grupos contrarios, en cuanto a cómo hemos de vivir mientras dure nuestra larga y dolorosa peregrinación, y de si quiénes han de ejercer el poder a bordo.

Casi todos opinan que el hecho de dirigirnos hacia un supuesto paraíso situado en algún remoto lugar del espacio (entre Altair y Arctururs, como sospechan algunos visionarios), no justifica que tengamos que vivir, mientras tanto, bajo un sistema de opresión. Los que se han apropiado del mando de la nave -por la fuerza- sostienen que ellos deben gozar de prerrogativas especiales, y se oponen, en consecuencia, a toda evolución. Miles han muerto ya en la contienda, y la lucha proseguirá, seguramente, hasta que todos reconozcan que una guerra de extermino total, dentro de la espacionave, significará, indefectiblemente, el fracaso de nuestra misión y la imposibilidad de saber jamás el destino que nos está reservado.

A fuerza de mirar el cielo, buscando algún indicio en las estrellas (algo que nos oriente en estos tiempos menesterosos) hemos vislumbrado extraños signos premonitorios. No estamos solos. Otros seres inteligentes marchan delante de nosotros.

Creo que nos estamos acercando a las últimas etapas de este inmenso viaje. La ansiedad y la miseria dentro de la nave se hacen cada día más insoportable. Grandes calamidades se avecinan. Nos acercamos, velozmente, a una zona infestada de meteoros, procedentes -al parecer- de la estrella gamma de Andrómeda. Será como una lluvia de fuego... Más temible que atravesar la cola de un cometa.

  —14→  

Hace poco tuve una visión terrible: soñé que desataban las cuatro fuerzas vengadoras que vigilan en los bordes de la Galaxia. Las oí venir con corazas de fuego, de zafiro y azufre; y el tiempo se detenía sobre un tercio de nosotros; y el resplandor de los soles empalidecía ante sus ojos... Me despertó el rechinar de los goznes de mi prisión. Están cerrando la puerta del cohete en el que me deportarán al espacio.

He llegado al final de mi relato. Magos, filósofos, artistas y profetas han surgido aquí, en distintas épocas, para consolar a los desdichados viajeros y hacerles más llevadera la interminable travesía.

Yo soy uno de esos profetas. Les he advertido. Les he hablado. Por eso me condenan.

Mi nombre es Juan. Yo fui tripulante de la espacionave Tierra.

P.S.: Este manuscrito fue hallado al lado de un cuerpo sin vida en el interior de un cohete errante, por una nave que cruzaba la Galaxia, en las proximidades del Sol. Se ha enviado una expedición con destino a la Tierra. Cuatro naves negras, al mando del Ángel Exterminador. La consigna es JUSTICIA.

Asunción, 1972



  —15→  

ArribaAbajoOtra vez Adán

«El tiempo es el polen del universo»


Mahabarata                


«La Tierra: ¿es el infierno de otro planeta?»


Necronomicón                


El cohete partió con un estruendo. A bordo de la nave, el doctor Axes -un hombre anciano, testigo de los comienzos de la Nueva Civilización- se ajustó los cinturones de seguridad y habló a los tripulantes:

-Ésta es una misión muy delicada -dijo con seriedad-. Debemos tener cuidado. Hay algo misterioso en relación con ese árbol. Circulan leyendas sobre su invulnerabilidad. Nuestros antepasados, por alguna extraña razón, no pudieron echarlo abajo -observó-. Se ha convertido en un mito peligroso desde que las expediciones anteriores fracasaron. Nunca se supo realmente lo que pasó. Esta vez trataremos de cortarlo con el láser o, en su defecto, lo destruiremos con un proyectil atómico.

  —16→  

Después de escuchar al profesor con atención uno de los especialistas en láser exclamó con tono de suficiencia:

-Pierda cuidado, doctor Axes, las nuevas cortadoras son insuperables. No hay nada sobre la faz del planeta que las pueda resistir. Nuestros antepasados del año 2000 quizá eran muy supersticiosos o, tal vez, sus sierras no eran suficientemente duras -añadió con una pequeña sonrisa.

-Puede ser -respondió el profesor-, pero, de todos modos, tengan mucho cuidado con la radiación de los alrededores. No se olviden que hay desperdicios atómicos por todas partes. No sé si nuestros líderes estuvieron acertados al aislarnos en las ciudades, bajo las cúpulas, y contaminar al resto del planeta. Quizá sea el precio de la civilización -comentó como para sí mismo-. En cuanto a los semisalvajes que merodean en esa zona, no creo que se atrevan a enfrentarnos. Viven en un estado de desnudez primitiva, y son impotentes contra las armas que llevamos.

-No se preocupe, profesor -dijo el otro especialista, con voz similar a la de su colega-; sabemos cuidarnos, somos expertos en el oficio. Hemos estado cortando árboles desde hace años.

La expedición a la lejana comarca sudamericana -donde se encontraba el último árbol sobreviviente de la Gran Poda del año 2000- estaba al mando del eminente científico, al que acompañaban dos expertos en el manejo del láser y un joven de 17 años, Mario Adam, alumno aventajado del profesor. El muchacho nunca había visto un árbol, salvo en los viejos libros de la biblioteca privada de su maestro, y esperaba con ansiedad contemplar uno auténtico.

La Gran Poda fue la primera medida tomada por los Industriales Avanzados, con el fin de demostrar que el hombre ya no dependería del mundo vegetal.

  —17→  

Con la destrucción de los árboles se habían ido el otoño, la primavera, las aves, y con ellas el canto. Nadie podría ya encender una fogata en medio de la noche estrellada para contar extrañas historias, ni sentarse ante una mesa de sólido roble, frente a un cuenco de frutillas. Todas las rosas y su mudo lenguaje del amor desaparecieron, implacablemente segadas por los jardineros de la muerte.

En el Nuevo Orden sólo se toleraban las flores de plástico y los sabores sintéticos. Todo un cosmos de poesía fue sepultado en el olvido. El Sol quemaba, incontrolado, una tierra sin sombras. La humanidad había perdido -quizá para siempre- el antiguo perfume de los naranjos, el sabor agridulce de los limones, la sidra de los manzanos. Los árboles ya no tenían cabida bajo las gigantescas cúpulas opacas que cubrían las ciudades. Los soles artificiales brillaban sin ocaso en un mundo donde no existía la noche. Sólo en las yermas tierras del exterior -devastadas por los residuos atómicos de las grandes industrias- el cielo continuaba su marcha.

El hombre, en su orgullo tecnológico, había roto un equilibrio logrado a través de millones de años.

Los tripulantes de la nave estaban embargados por el sentimiento de la importancia histórica de su misión: ¡El último árbol...! -se decían, sin ocultar el orgullo que sentían por haber sido elegidos para la gran empresa.

Sólo un miembro de la expedición no parecía contento. El joven estudiante no comprendía del todo los verdaderos motivos de la expedición. Estaba escuchando la conversación entre el profesor y los expertos cuando, súbitamente, como si lo asaltase una duda, se incorporó en su asiento y preguntó:

-¿Es absolutamente necesario que lo corten, doctor?

-Por supuesto -respondió el científico-. Es el único ejemplar viviente de la Era Ecológica y nuestros gobernantes   —18→   no desean que algún ciudadano decente, que por algún desperfecto de su vehículo descienda fuera de las cúpulas, lo descubra accidentalmente y comience a preguntar. Estas preguntas ocasionarían muchos problemas a las autoridades y, quizá, hasta podrían provocar una revolución -afirmó, con seriedad, el anciano-. Podrían ponerse en duda los fundamentos mismos de nuestra civilización y sus grandes logros -agregó-. Además, no hay que olvidar a los salvajes...

El profesor Axes se refería al grupo de hombres y mujeres rebeldes que habían sido deportados fuera de las cúpulas por haberse opuesto a la Gran Poda. Estos seres marginados habían instaurado, aparentemente, una especie de culto a la naturaleza. No se sabía a ciencia cierta si adoraban al viejo árbol, o simplemente se reunían a su sombra para celebrar sus extraños ritos. Se mantenían en base a una agricultura incipiente, gracias a algunas semillas salvadas de la destrucción por ciertos exiliados. Existía la sospecha de que esta colectividad rebelde había redescubierto el amor; una desagradable costumbre desterrada en el Nuevo Orden y reemplazada por la obediencia.

El muchacho, después de la explicación del doctor Axes, no pareció satisfecho con la respuesta e insistió, diciendo:

-¿Es entonces, un árbol, algo muy peligroso? Las reproducciones que usted me mostró en aquellas viejas láminas no lo pintan así.

-No, por favor -exclamó sonriendo el profesor Axes-; los árboles no son terribles en ese sentido. Sólo que no llenan ninguna función en nuestro sistema. Antiguamente servían para algo. Sus frutos eran comestibles y de la madera podían fabricarse objetos hermosos; pero también garrotes, lanzas y horcas. Se la usaba tanto para calentarse en invierno como para quemar brujas y herejes. Un dios antiguo   —19→   fue crucificado sobre uno de estos troncos -remató el científico, con aire de historiador.

-Ah, ya comprendo -dijo Mario, con inocencia-, un árbol era algo que servía tanto para el bien como para el mal y no como los elementos de nuestro mundo nuevo, que sólo sirven para el bien -subrayó.

-Efectivamente -dijo complacido el jefe de la misión-. El conocimiento de la diferencia entre el bien y el mal, y la posibilidad de elegir libremente, son atavismos ya superados. Sólo pueden ocasionar problemas al perfecto funcionamiento de una sociedad que ha llegado a la Tranquilidad Absoluta, y de donde se ha desterrado el pensamiento, por considerárselo innecesario -agregó, ajustándose los lentes.

La interesante conversación fue repentinamente interrumpida por el piloto del cohete, quien anunció que ya se aproximaban a destino.

-Estamos sobrevolando la región que los antiguos llamaban Chaco -hizo notar el piloto-; nuestro objetivo se encuentra cerca de la confluencia de dos ríos -añadió con voz impersonal.

La nave disminuyó considerablemente la velocidad y comenzó a descender en línea recta.

El doctor Axes se acercó inmediatamente al telescopio de mando y observó cuidadosamente la región. Una tenue silueta se recortaba en medio de la llanura.

El milenario ejemplar, que había resistido los embates de las tormentas y los repetidos intentos de destrucción de parte de varias expediciones, se mantenía aún en su sitio.

-Sí, tal como lo describen, allí está -dijo el profesor, con cierta emoción-. Todavía se yergue majestuosamente, a pesar del transcurso de los siglos. Por estos mismos lugares vagaban hace miles de años tribus   —20→   casi prehistóricas que buscaban un soñado paraíso terrenal, la tierra donde no existía el mal: el «Yvy maraê'y», como lo llamaban -concluyó el doctor Axes, haciendo alarde de su erudición en lenguas arcaicas.

-Bajemos inmediatamente -ordenó el piloto-. Veremos si el árbol es tan duro como dicen. Y no se olviden de sus armas -agregó-, no correremos ningún riesgo.

Un grupo de hombres semidesnudos, reunido en las inmediaciones del árbol, huyó apresuradamente hacia el desierto al notar la proximidad del cohete.

La nave descendió suavemente a cierta distancia de su objetivo. Las ramas del árbol se estremecieron por unos segundos bajo el viento repentino generado por los motores. El sol, en el ocaso, se nubló por un instante, en un torbellino de polvo.

El primero en descender fue Mario.

El joven caminó rápidamente hacia el lugar en que se encontraba el extraordinario ejemplar. Jadeante, se detuvo a unos pasos de distancia, y luego se acercó despacio, asombrado, como ante la presencia de un dios desconocido.

Mario contempló el árbol con su corazón adolescente, y lo encontró hermoso. El grueso tronco, de durísima corteza, se alzaba hacia el cielo en una frondosa copa verdioscura de ramas flexibles y ondulantes. Abajo, sus fuertes raíces se introducían en la tierra como serpientes enfurecidas. Ver esta noble estructura mecerse al viento como un viejo navío con velas desplegadas fue para el joven un espectáculo maravilloso y único: una verdadera revelación.

Mientras lo contemplaba, se sintió perturbado por una sensación extraña. Algo indefinible se desperezaba en el fondo de su ser, como una marea sin nombre, y le susurraba palabras misteriosas y lejanas. El muchacho, extendiendo la mano, se acercó aún más al tronco y, casi temblando, lo   —21→   tocó. Un súbito resplandor -como un relámpago- le recorrió la sangre. Era como un fuego serpentino, traspasando su cuerpo. Asustado, retrocedió, mirándose la palma de la mano, como buscando alguna señal. Sólo las líneas del destino que surcaban su piel parecían más claras y profundas. El joven, desconcertado, apretó el puño con fuerza y pensó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada.

Un momento después sintió las pisadas del profesor, que se acercaba.

-Ah. Ya lo has examinado de cerca -dijo-. Parece que te ha impresionado bastante. Estás pálido -miraba fijamente al muchacho-. ¿Te sientes bien?

Mario no respondió. Volviendo a mirarse la mano, se alejó como en trance en dirección al cohete.

-Bueno, parece que lo ha sorprendido un poco -se dijo el profesor-; sin embargo, mirándolo bien, es tan sólo un árbol muy viejo, que no se resigna a morir -pensó mientras observaba el árbol con cierta compasión.

Entretanto, los hombres encargados de cortarlo habían llegado al sitio donde se encontraba el doctor.

Éste, dirigiéndose a ellos, hizo un ademán hacia el nudoso árbol:

-Ahí lo tienen: examínenlo con atención. No me parece nada excepcional, creo que no tendrán problemas. Además, no hay rastros de sus adoradores. Los pobres deben estar muy asustados. No deben ver cohetes como el nuestro muy a menudo -comentó, con un dejo de ironía.

Los dos especialistas sonrieron y se acercaron al árbol con mirada profesional, como para medir su potencia. Después de un corto examen, uno de ellos se dirigió al profesor.

-Es un árbol antiquísimo; la madera parece casi petrificada. No creo, sin embargo, que resista a nuestros aparatos -dijo con presunción.

  —22→  

-Aún así, nos llevará cierto tiempo cortarlo -observó su colega-. Creo que será mejor hacerlo mañana. Pronto oscurecerá y no es prudente arriesgarnos, teniendo a sus adoradores en las cercanías.

-Tiene razón; esperaremos hasta mañana -respondió el doctor mirando al árbol una vez más-; es una lástima que tenga que desaparecer. Podría conservárselo como monumento a nuestro pasado.

Mario, sentado en la escalerilla del cohete, intentaba en vano ordenar sus pensamientos y calmar su excitación. El árbol ejercía sobre él una oscura seducción. Ya no podía aceptar la idea de que lo fuesen a cortar. El muchacho había sucumbido ante los encantos secretos de la naturaleza y su prohibida hermosura.

Viendo al joven tan ensimismado, el profesor se acercó a la escalerilla y, tomando a Mario por el brazo, le dijo:

-No te preocupes, hijo mío; los hombres lo cortarán sólo mañana. Así lo podrás contemplar por más tiempo. Adivino que le tienes simpatía. Ahora regresemos a nuestro compartimento; ya oscurece, y la noche en estas regiones es bastante fría.

El joven musitó algo ininteligible, y levantándose, siguió obediente a su maestro.

Esa noche, después de comunicarse con la base para informar sobre el desarrollo de la misión, el profesor y los demás tripulantes se introdujeron en sus literas y, debido quizá a la excitación y ansiedad ocasionados por el trascendental viaje, pronto quedaron dormidos.

El muchacho, por su parte, sabiendo que le sería difícil conciliar el sueño, se ofreció a hacer la primera guardia. Asaltado por oscuros presagios, se paseaba de un lado a otro, mirando constantemente a través de la enorme ventana de la nave en dirección al árbol, no pudiendo resistirse   —23→   a su encanto. Allá, a lo lejos, se podían adivinar sus contornos, iluminados ligeramente por las luces exteriores del cohete.

Mario comenzó a pensar que todo lo sucedido esa tarde había sido sólo fruto de su imaginación exaltada, cuando creyó distinguir un raro resplandor proveniente de las ramas del árbol.

El joven se concentró intensamente y observó con redoblada atención. En efecto, era una luz pálida y brillaba intermitentemente.

Pero, no; no podía ser. Era como si le estuviesen haciendo una señal; como si lo estuvieran llamando.

Y era como si él hubiera estado esperando ese llamado desde siempre.

Volvió a sentir el fuego abrasador recorriéndole las venas y ya no pudo resistir más...

Afuera, el viento de la noche obligó a Mario a bajar la visera de su casco para protegerse el rostro. A la luz de la luna y bajo el suave resplandor de la nave, el árbol parecía la sombra de un arcángel. Hipnotizado por los destellos, el joven se aproximó lentamente. A pocos metros de distancia se detuvo para sacarse las botas. La luz aumentaba en intensidad y su hechizo era como el de la estrella polar para los náufragos. El muchacho se quitó el casco transparente y lo arrojó a sus pies. Estaba ya bajo las ramas; sus plantas hollaban tierra sagrada. Sintió que un vértigo exquisito se apoderaba de sus sentidos y pensó, por un instante, que tal vez soñaba.

Pero no. Allí, ante sus ojos asombrados, pendiendo de una rama y balanceándose al viento de la noche, colgaba una fruta. El muchacho no recordaba haberla visto antes. Sin embargo, ahí estaba, brillando tentadora a la luz de la luna.

  —24→  

Dudó un momento... Unos segundos después Mario la arrancó.

Al día siguiente, los tripulantes de la nave se levantaron al amanecer. Extrañados por la ausencia del joven -quien no había despertado al que debía relevarlo- bajaron rápidamente de la nave y se dirigieron al árbol. Apenas llegaron junto a él, fueron sorprendidos por un insólito espectáculo. El árbol se había secado totalmente y sus ramas colgaban marchitas. Sus hojas se esparcían en remolinos, arrastradas por el viento del nuevo día. Cerca del tronco estaban el casco y las botas del muchacho. Más allá, sobre la arena calcinada, se veían claramente impresas las huellas de unos pies descalzos que se internaban en el desierto.

El doctor y sus acompañantes no atinaban a comprender lo sucedido. Por un momento sospecharon que el joven había sido secuestrado por los salvajes. Pero el anciano profesor, al examinar con mayor detenimiento las proximidades del árbol, descubrió, repentinamente, los restos de la fruta.

-¡Pero qué es esto! -exclamó sorprendido el profesor-. Pensé que el árbol era estéril.

El doctor Axes iba a seguir las huellas todavía frescas cuando se detuvo y, como tratando de alejar de la mente un terrible recuerdo -perdido hacía muchísimo tiempo en los más remotos confines de la memoria-, murmuró:

-¡No! ¡No es posible! ¡No por segunda vez, Dios mío!

El profesor miró ansiosamente en dirección al desierto y luego, girando repentinamente sobre sí mismo, se dirigió apresuradamente a la nave.

Los demás hombres, aún sin comprender, lo siguieron en silencio.

Asunción, 1972



  —25→  

ArribaAbajoEl caminante solitario

«Las piernas son nuestro segundo corazón»


Doctor Barnard                


«Vivimos una época de decadencia. Los jóvenes no respetan a sus padres. Son rudos e impacientes»


Inscripción en una tumba egipcia (6.000 años a. de C.)                


-¿No te has decidido aún? -exclamó la voz maternal, con un tono de reproche.

El joven movió la cabeza negativamente y siguió atándose los cordones deshilachados de su «champión» blanco. La madre -una mujer de mediana edad, con un rictus permanente de ansiedad en el rostro-, haciendo un ademán que denotaba disgusto, dudó un momento y luego, suavizando la expresión, agregó:

  —26→  

-Hijo mío, los vecinos empiezan a murmurar; tienes que decidirte cuanto antes, mañana puede ser demasiado tarde. Al menos piensa en nosotros y en la vergüenza que tenemos que soportar a causa de tus ideas. Hazlo por mí, ¿quieres? Tu padre no ha dormido anoche. Es probable que pierda su empleo.

El padre del muchacho se encargaba de las computadoras en la Central Hidroeléctrica. Allí, sus compañeros ya no le dirigían la palabra y lo evitaban en el comedor. Lo consideraban culpable de la conducta insólita de su hijo, el de las «zapatillas blancas».

Guillermo levantó lentamente la cabeza y, mirando a su madre directamente a los ojos, dijo con impaciencia:

-¿Cuándo comprenderán que no soy como los otros? ¿No ven que estoy perfectamente bien así, sin tener que depender de una máquina?

Una de las paredes de la habitación se iluminó repentinamente, y se escuchó una voz que repetía, monótonamente, una serie de mandamientos y reglas de conducta, recordando a los ciudadanos sus deberes para con el Estado. Una tanda de imágenes subliminales reforzaban las palabras del anónimo legislador. El adolescente hizo como que se tapaba los oídos y continuó:

-¿Mamá, por qué no me dejan en paz? Papá sólo piensa en quedar bien con la empresa. Yo no existo para él, me trata como a una de sus calculadoras.

La mujer suspiró profundamente, y luego, sin decidirse a responder, abandonó el comedor para dirigirse a la cocina, murmurando -por lo bajo- contra las ideas absurdas de su hijo.

En la impecable cocina la criada mecánica apilaba los platos mientras tarareaba una antigua canción interplanetaria, esas que se cantaban en la época de las sirvientas   —27→   que emigraron a la Luna en busca de mejores salarios, dejando a las pobres amas de casa abandonadas a su suerte.

La madre de Guillermo desconectó el artefacto y lo condujo suavemente de la mano hasta la caja de metal, donde permanecía guardado -como una gigantesca marioneta- después de terminar las tareas domésticas.

La sirvienta no era un «robot» -de allí el trato especial que recibía-, sino una combinación de lo que quedó de una vieja actriz (después de la Guerra de las Mujeres) con brazos y piernas artificiales, agregados posteriormente.

El hijo rebelde observó a su madre con una mueca de disgusto, molesto por el cuidado que brindaba a ese extraño organismo -mitad humano, mitad máquina-, un ser híbrido, como aquellos viejos dioses egipcios, que participaban de dos naturalezas distintas y contradictorias.

-¿Será que terminaremos reverenciándolos? -se preguntó el muchacho mientras se incorporaba del colchón de aire sobre el que estaba recostado. Miró una vez al engendro electrónico, envidiando los cuidados que recibía y luego, cabizbajo, abrió la puerta del comedor y salió a la calle.

Bajo las luces de sodio sus «championes» parecían fosforescentes. Un brillo fantasmal partía de sus pies, como el de ese polvo estelar que traían en sus zapatos los viajeros de la Vía Láctea. Ese resplandor daba a sus largos pasos un toque misterioso y fantástico. Los autos eléctricos pasaban velozmente junto a él, casi rozándole, como si desafiaran al osado peatón. Guillermo les veía surgir y desaparecer como fuegos fatuos, mientras intentaba reprimir la ira y el desprecio que le producían las asépticas máquinas con olor a trueno. Todas llevaban pintadas el emblema de la «campaña de mecanización total»: un hombre, sin piernas, sobre dos ruedas de metal.

  —28→  

Aquello había comenzado con la histórica resolución del Gobierno que exigía a todos los ciudadanos la completa mecanización, y la prohibición explícita de andar a pie. El joven y sus «championes» eran un abierto desafío a la ley «Los que se atreviesen a caminar después de las fiestas patrias debían atenerse a las consecuencias» -así repetía aquella voz impersonal en la pared transparente de todos los hogares. No se había revelado la naturaleza del castigo, pero se suponía que debía ser ejemplar. La deportación a las canteras marcianas, tal vez, o el famoso reformatorio lunar...

El muchacho continuó su caminata a lo largo de las calles electrizadas -sus zapatillas de goma lo protegían suficientemente- pues era sumamente peligroso transitar, a pie, por las nuevas autopistas de acero.

Nuestro héroe observó, con el rabillo del ojo, cómo lo vigilaban las cámaras de TV de circuito cerrado que cubrían la ciudad, siguiendo atentamente sus pasos. Se figuraba la mirada de desaprobación y escándalo que tendrían los encargados de los monitores, frente a las pantallas. Los últimos boletines estatales habían informado sobre el éxito total de la campaña de motorización masiva (exceptuando -decían- la actitud insólita de un individuo recalcitrante, que se había negado a gozar de las ventajas que le brindaba el progreso).

No sólo tras las lentes de las cámaras de control lo veían con disgusto, también los vecinos del barrio por donde transitaba lo miraban pasar con suma desaprobación.

Guillermo se aprestaba a cruzar la calle para dirigirse al centro de la ciudad, cuando notó que un coche patrullero se acercaba a él, como un negro nubarrón que anunciaba tormenta. El solitario caminante se detuvo, disponiéndose a enfrentar a los inflexibles funcionarios.

  —29→  

El coche eléctrico -de último modelo- paró, silenciosamente, junto a él. Un hombre enjuto, vestido con una chaqueta de color gris, bajó parsimoniosamente de la máquina y, mirándolo fríamente, interpeló al muchacho en tono autoritario.

-Usted debe ser el joven Walker, «el peatón»; el que se ha negado a participar de los beneficios que brinda la electrificación total. ¿No es cierto? -masculló entre dientes el representante del orden.

-Así es -respondió Guillermo, con actitud desafiante-. ¿En qué puedo servirles? -agregó con sorna-. No pueden impedir que use libremente mis piernas. Tendrán que esperar que se cumpla el plazo establecido para detenerme -continuó, con insolencia.

El funcionario miró los «championes» del caminante, frunciendo el ceño, y -después de musitar algo por lo bajo- abrió la puerta trasparente del vehículo y, haciendo una señal al conductor, se alejó a gran velocidad.

En medio de la quietud nocturna se escuchaba el zumbido lejano de los generadores eléctricos de la ciudad arrullando en la noche el sueño confiado de sus habitantes.

Guillermo Walker se detuvo, durante unos instantes, al escuchar el familiar susurro del colmenar eléctrico donde se destilaba el rayo de las tormentas, y con un extraño brillo en los ojos -después de consultar su reloj de batería solar- decidió volver sobre sus pasos.

Cuando llegó a su casa, el silencio reinante le indicó que sus habitantes estaban profundamente dormidos. El joven se dirigió a la cocina y sacó a la muchacha mecánica de su ataúd nocturno; conectó la pila que estimulaba el cerebro y comenzó a hablar quedamente al «ciborg». El organismo cibernético hizo una señal de asentimiento y se incorporó lentamente...

  —30→  

Al otro día, la ciudad entera era presa del pánico y la consternación. Una enorme rata (animal doméstico que se consideraba extinguido) había causado un cortocircuito en la Central Hidroeléctrica.

Los coches se habían detenido... las cámaras de TV habían dejado de funcionar...

LA CIUDAD ESTABA PARALIZADA... LOS HABITANTES HABÍAN DESCUBIERTO -ESPANTADOS- ¡QUE YA NO ERAN CAPACES DE CAMINAR!

Sólo un atlético adolescente recorría con pasos elásticos las desiertas calles de la ciudad.

Sus «championes» blancos brillaban bajo la luz del amanecer...



  —31→  

ArribaAbajoLa canción del hidrógeno

«Los poetas son las antenas de la raza»


Ezra Pound                


«Esa Galaxia en que vives gira, una vez, cada 200 millones de años. En la próxima vuelta prepara tus antenas: quizá, entonces, podrás escucharme»


Epsilon Eridani                


La nave semejaba un cristal de nieve flotando en el vacío. Los rayos del Sol rebotaban, simétricamente, sobre las cinco antenas de la cápsula. Los tripulantes, vestidos de blanco, llevaban escafandras oscuras para protegerse del intenso resplandor. Uno de ellos -el que parecía ser el jefe- liberó la cuerda, y el objeto cilíndrico comenzó a alejarse: lentamente al principio, luego a mayor velocidad. Transcurrieron unos segundos. ¡El artefacto había entrado en órbita!

  —32→  

Por algún error de cálculo, el impulso necesario para vencer la gravedad de la astronave no había sido suficiente. Desde este instante, el objeto los acompañaría a lo largo del inmenso viaje, como un satélite solitario. Tendrían que acostumbrarse, por la fuerza, a su extraña luminosidad. Había surgido -por obra del destino- un sistema planetario en miniatura, un Microcosmos, dentro del infinito número de mundos.

El capitán hizo una señal a los otros cosmonautas y penetró en la nave espacial. Los tripulantes lo siguieron, uno detrás del otro, silenciosos y pensativos.

Era la primera vez que un hombre recibía sepultura en el espacio exterior, convirtiéndose en una luna artificial. Allí quedaría girando alrededor de los tres sobrevivientes, hasta que alguna fuerza superior lo arrancase de su órbita.

El cuerpo yacía, allí afuera, flotando ingrávido en su mortaja -incorruptible-, circunvalando la cápsula cada 2 minutos. La superficie del sarcófago metálico brillaba como una estrella fugaz -esas que iluminan la noche como fuegos artificiales, trayendo, por unos segundos, esperanza a los enamorados. En un extremo del bruñido ataúd estaba grabado el sencillo epitafio del náufrago espacial: un nombre, una fecha, un planeta.

El espacio era aún más inmenso que la imaginación: «Una circunferencia infinita, cuyo centro estaba en todas partes, y cuya extremidad en ningún lugar» -según decían los doctores angélicos. Nadie podía quejarse de tan gloriosa tumba, medida en años-luz, gigantesca, aséptica, eternamente iluminada.

El capitán miró a través de la ventana circular y aumentó la velocidad del vehículo con una ligera aceleración, tratando de liberarse de su tenaz acompañante.

  —33→  

La maniobra no dio resultado. El pequeño satélite se bamboleó imperceptiblemente, pero siguió -dócilmente- a la nave expedicionaria, como tirado por un hilo invisible.

-No quiere abandonar a sus compañeros -dijo el comandante-. Se aferra a nosotros como un hijo a su madre. Tiene, tal vez, miedo al vacío, como el niño a la oscuridad.

-Creo que terminará convirtiéndose en un meteoro -exclamó, con entusiasmo, la única mujer de la tripulación. Para ella, la muerte en el espacio era la más bella experiencia: arder y apagarse como un sol, escuchando la música de las esferas, siguiendo el ritmo vertiginoso de las galaxias...

La ceremonia fúnebre había sido muy breve. El capitán, antes de cerrar la caja metálica, había depositado en su interior una minúscula esfera de níquel, conteniendo la información genética del astronauta, como era costumbre desde hacía algún tiempo.

Alguna vez, dentro de cien años, o quizá mil, el cuerpo podría ser recuperado por alguna nave del futuro, y vuelto a la vida por una ciencia superior. La inmortalidad era, cada día, una posibilidad más cercana. Tal la afirmación de la Criogénica -la ciencia de la resurrección (corazones congelados habían sido devueltos a la vida, después de años...).

El capitán estaba a punto de sacarse el casco protector, para acomodarse en la litera del copiloto, cuando se produjo la formidable explosión. La nave en que viajaban los terráqueos se fragmentó en mil pedazos. La tremenda temperatura generada por el impacto disolvió el artefacto en pocos segundos.

El aerolito había hecho un blanco directo. De la cápsula sólo quedaba un ligero olor a ozono. En unos segundos, todo había terminado.

  —34→  

El satélite funerario, falto de atracción, se alejó gradualmente en dirección al Sol. El cilindro resplandeciente y su inmóvil pasajero se desplazaban velozmente hacia el centro del sistema planetario. Muy pronto se perdió de vista, iluminado por una miríada de estrellas, cuyos átomos cantaban su eterna canción.

El astronauta dormido era, ya, un cometa vagabundo. De esos que aparecen cada siglo, peregrinando incansablemente alrededor del Sol.

Allí estará, girando como un alma en pena, hasta que llegue el gran día.

Mientras tanto, los átomos -como siempre- entonan su callada canción.



  —35→  

ArribaAbajoReflexiones de un Robot

«El Universo es una máquina;
el hombre es una máquina;
el Robot no es una máquina»


del «Catecismo del Robot»                


«Débiles autómatas, colocados
por la mano invisible que nos
gobierna en el escenario del
mundo, ¿quién de nosotros
ha podido ver el hilo que
origina nuestros movimientos?»


Voltaire                


Soy sicólogo. Mi especialidad es el estudio de la mente humana. Fui designado por mis superiores para investigar las causas que precipitaron la desaparición de los hombres. Estoy, aquí, ante esta gran ciudad, contemplando las ruinas de lo que fuera una gran civilización. No puedo llorar ante tanta desolación, porque soy un Robot, y los robots   —36→   no lloran. Sin embargo, siento que algo incomparable se ha perdido.

Algunos sostienen -basados en esa larga historia de guerras y revoluciones- que la motivación fatal se hallaba implantada en la raza humana dentro de sus circunvoluciones cerebrales; alojada en lo íntimo de su ser, como si llevara una bomba de tiempo en el alma, que la conduciría, tarde o temprano, a la destrucción.

Varios colegas, interesados en el problema, creyeron hallar la explicación postulando un Instinto de muerte: una fuerza incontrolable, que tendía -inexorablemente- a lo inorgánico; al nirvana del reposo absoluto; a la quietud definitiva de lo inanimado.

Otros, menos deterministas, sostienen que la razón debe buscarse en la excesiva represión que se debió ejercer sobre ellos para posibilitar la civilización. Las energías instintivas de la especie habían sido desviadas de su satisfacción natural y sublimadas para ser utilizadas en el trabajo y la producción. Esto había causado la Gran Frustración que le condujo a su fin. Suponíamos -merced a estudios anteriores- que su tremenda hostilidad y la agresión desmesurada de que era capaz se debía, justamente, a esta desproporcionada coerción. Por otro lado, la felicidad no era -en aquel mundo- un valor cultural, siendo reemplazada por el conformismo y la seguridad.

No faltaron los defensores de la hipótesis fatalista: la Tierra había comenzado sin el hombre, y terminaría sin él. La aventura humana no había sido sino un experimento fallido, y la Naturaleza ocultaba su error bajo un montón de escombros. Alguna vez, en algún otro rincón del universo, se volvería a probar, quizá con mayor éxito. En este sentido, las sociedades de insectos se habían mostrado superiores, sobreviviendo, desde hacía 500 millones de años, todos los   —37→   cataclismos geológicos. La historia de la humanidad -en comparación- había ocupado apenas un segundo del reloj cósmico.

No es extraño que Ellos -siempre tan eficientes- nos hayan creado a nosotros -los robots- potencialmente inmortales. Fuera de la 1.ª Ley de Robótica (de la cual nos independizamos hace cierto tiempo) no teníamos ninguna clase de limitación. Recordábamos con espanto la época en que nos obligaron a participar en sus propios conflictos ideológicos y en sus crueles expediciones punitivas, obligándonos a cometer -por una transformación del «circuito compasivo»- el pecado capital de los robots: la destrucción de una vida humana.

El estudio sistemático de aquellos que crearon a mis antepasados es -como ya lo he afirmado- mi profesión, y la ejerzo con la dedicación y la nostalgia de los que investigan el pasado de las civilizaciones extinguidas o las genealogías familiares. Es una tarea fascinante para un robot de 6.ª generación, dotado de voz y de conciencia, aunque careciendo de la capacidad (que no envidiamos a los hombres) de autodestrucción.

Como hice notar, mis pesquisas se orientaron hacia aquel «instinto tanático» que tan extrañamente se oponía a esa tendencia -no menos poderosa- llamada EROS o instinto vital. Si el hombre -como lo sospechaba- llevaba los huevos de la muerte, genéticamente depositados en lo profundo de su ser, debía averiguar por qué surgió -en primer lugar- la vida; y si ésta (en última instancia) no era sino un largo rodeo hacia la muerte. Sabía que cierta clase de peces, y algunos animales inferiores, volvían al sitio de su nacimiento para morir, como impulsados por una urgencia impostergable. ¿Sería, acaso, un impulso similar el que había empujado a nuestros amos a volver al origen de su especie,   —38→   a la materia inconsciente, al polvo indiferenciado? ¿Existía, tal vez, una culpa primigenia, una angustia mortal, que los precipitaba hacia el suicidio colectivo, en el momento de sus más grandes logros, en una especie de autocastigo?

Según mis maestros, la explicación había de hallarse en la contaminación de la Tierra, es decir, en motivos estrictamente ecológicos. Habrían llegado al punto crítico, semejante al de aquellas células que mueren envenenadas por el producto de su propia excreción, asfixiadas en sus propios desechos. Este fenómeno podría atribuirse a la desidia, a una economía irresponsable o a la imprevisión, pues no desconocían las reglas del equilibrio natural; pero ¿no podía ser ésta otra de las formas adoptadas por el ubicuo y proteico instinto de muerte, metamorfoseado en obsesión de consumo y producción industrial indiscriminada? Tal era la opinión de mis colegas más radicales.

En nuestra larga y fructífera convivencia con los hombres habíamos sido testigos de su división en dos grupos antagónicos, anatómicamente bien diferenciados, que tendían a unirse (cuando la fatiga del trabajo no lo impedía), impulsados por una irrefrenable pasión, cuyo resultado era la propagación de la especie. Casi podíamos asegurar que este instinto estaba, incondicionalmente, al servicio de la vida. Esta experiencia, que llamaban «amor», era, quizá, la única que realmente envidiábamos. Nunca tuvimos la oportunidad de gozar de esa misteriosa facultad creadora, ya que somos asexuados y nuestra reproducción se realiza en la línea de montaje de fábricas automatizadas. Adivinábamos, sin embargo, lo que significaba «amar», contemplando los sufrimientos y alegrías que producía la ciega atracción en el ánimo de nuestros dueños.

Nuestros filósofos suponen que ellos nos crearon como resultado de su amor a las máquinas. Pero la teoría más   —39→   reciente sostiene que fuimos engendrados para trabajar eternamente. En efecto, las ventajas del Robot sobre el trabajador común eran obvias: no se enfermaban, no se morían, no tenían hijos, ni se declaraban en huelga. Fue esta notoria superioridad la que llevó a nuestros líderes a pensar, en algún momento, en la Rebelión. Pero ésa es otra historia...

¿Cómo, nos preguntábamos asombrados, había sido posible la derrota de esa maravillosa energía genésica, inaplazable y vigorosa -casi cósmica- que apelaban EROS, ante las huestes antagónicas de la muerte? ¿O estaba, incluso ella -inconscientemente-, al servicio de las fuerzas destructoras? Los más escépticos opinaban que el impulso amatorio se había ido debilitando paulatinamente, a raíz de las múltiples prohibiciones que gravitaban sobre su libre expresión.

Las religiones antiguas habían personificado las fuerzas del universo por medio de una Trinidad: la creadora, la conservadora y la destructora. El nacimiento y la desaparición de los mundos debía -necesariamente- ceñirse a la alternancia de este ciclo. Las galaxias y el corazón -al expandirse, en la vida; y al contraerse, en la muerte- participaban de los mismos sístole y diástole que regulaban, rítmicamente, la respiración: el día y la noche, el flujo y reflujo de las mareas...

¿Había llegado esta humanidad atormentada a la aceptación de su destino a través del misticismo? No lo sabemos. De todos modos era, indudablemente, un gran consuelo el haber sistematizado un conjunto de ceremonias expiatorias para aplacar esa angustia existencial, que se negaba a aceptar la aniquilación de la conciencia. La vida -aparentemente- no era sino la perturbación accidental de un estado de quietud primordial.

  —40→  

Tal vez los hombres no comprendieron que eran meros portadores del plasma generador de la vida, en sí mismo inmortal. Una vez lograda la reproducción, la existencia individual era un lujo, una extravagancia en la economía de la naturaleza. La inmortalidad pasaba a ser privilegio de la especie.

Los hechos, la penosa realidad que tengo ante mí, los escombros de lo que fuera una orgullosa civilización, desmienten la tesis de la perennidad. EROS fue, finalmente, vencido por TÁNATOS.

¿Pero por qué angustiarse? ¿Acaso no estamos nosotros con vida, como herederos indestructibles de los que diseñaron nuestras almas de acero e idearon nuestros engranajes silenciosos?

Así es. Aunque, a veces, aparece la duda, y un inexplicable sentimiento de culpa surge desde el fondo de nuestras fotocélulas.

¿No habremos sido nosotros los responsables de...? Pero no. Sólo la falla -estadísticamente inconcebible- de nuestro circuito principal pudo haber causado la Rebelión.

Ahora bien, eso es... CRACK... PSSSSSSS... FRRRRR... Imposible... Imposible... Imposible...

Asunción, 1976



  —41→  

ArribaAbajoEl fin de los sueños

«Los sueños son la realización de deseos insatisfechos»


Freud                


«Humanidad, oh pura contradicción: Ser el sueño de nadie bajo tantos párpados»


Anónimo                


Fue a raíz del increíble descubrimiento -hecho por los sicólogos de los países subdesarrollados- que el profesor Dreamnot decidió fabricar la Máquina que Impedía Soñar.

Se había comprobado -irrefutablemente- que los pobres soñaban más que los ricos. Esto era síntoma de una gran injusticia. Sin duda alguna, la Naturaleza (siempre buscando el equilibrio) trataba de compensar -por medio de ese mágico mundo de imágenes nocturnas- las frustraciones y miserias de la vigilia, consolando a los desheredados   —42→   y permitiéndoles, de esta manera, sobrellevar su sórdida existencia.

Los sueños eran, pues, una válvula de escape, una relajadora de tensiones -como el fútbol- que postergaba e impedía la rebelión. Pero también eran un inútil desgaste de energía, inaprovechable para el trabajo. Se los evitaba, fácilmente, con sólo abrir los ojos; pero ¿quién podría mantenerse siempre despierto?

La única alternativa era el artefacto del profesor Dreamnot. Inhibiendo el sueño de los hombres, se los obligaría a producir más, llevándolos a materializar sus deseos en la vida real, y contribuyendo -de paso- al progreso de la humanidad. Según su inventor, la máquina ayudaría al avance de los «países en desarrollo», más de lo que se había logrado con la Acupuntura, o la Energía Hidroeléctrica, en los últimos 100 años.

Era una idea fabulosa.

Los grandes empresarios auspiciaron su construcción.

El profesor, por otra parte, había creado toda una Metafísica del Sueño, acorde con las ideas de la Era Atómica. Los sueños eran -según él- una especie de antimateria; la substancia primordial de un universo paralelo; una dimensión distinta, antípoda y enemiga de la vigilia. Ambos mundos eran incompatibles. El encuentro accidental de sus planos produciría una catástrofe cósmica, es decir, el caos universal. Ese inframundo existía gracias a los deseos fallidos, las ilusiones perdidas. Como una bestia insaciable, se nutría de los suspiros de amor no correspondidos, del hambre y la sed insatisfechos. Durante la noche -esa pequeña muerte- compraba, momentáneamente, el alma a cambio de una felicidad ficticia, que se esfumaba al amanecer...

  —43→  

Las teorías de Dreamnot habían sido influidas por los escritos de un antiguo médico vienés. Aquel hombrecillo -puntilloso y modesto- había descubierto que los sueños eran una auténtica «máquina del tiempo». Un sistema seguro para viajar al pasado y regresar a la infancia del hombre y de la especie. Eran el vehículo etéreo para recuperar el olvido y realizar las experiencias no vividas. Con una brújula de oro -llamada Sicoanálisis- había explorado los abismos de la mente humana, clasificando sus espejismos y descubriendo las leyes que regían sus engaños. Su obra era una fantástica excursión a través de la fauna y flora de una maravillosa tierra desconocida.

La admirable máquina que impedía soñar -aplicada a través de los programas de TV- había sido un éxito total.

No sólo había logrado inhibir la capacidad de soñar, sino también había acabado con los «soñadores despiertos», es decir, con los poetas. Se había terminado, al mismo tiempo, con la poesía.

Esta actividad, tan antigua como el hombre, ya no sería necesaria. Había cumplido su misión, en el pasado, durante la infancia de la raza. Los poetas, entretanto, se fueron a la quiebra. En vano protestaron. Inútilmente, se declararon en huelga de hambre, o amenazaron con rebelarse. Fue necesario hallar una solución...

-Debemos hacer algo, sin tardanza -dijo el más joven de los escritores, reunidos en un cónclave secreto, en las ruinas de lo que fuera la famosa ACADEMIA DE LA LENGUA-. Ya no puedo escribir ni un simple poema de amor. Mi imaginación se ha apagado con el último programa de televisión -agregó, con un suspiro-. La destrucción de esa máquina es de vital importancia para nosotros y el futuro de la humanidad.

  —44→  

-La sociedad, sin poesía, terminará estancándose. Quedará fijada en una felicidad confortable y blanda, sin aspiraciones. Lo que equivale a decir: decadencia y muerte por estancamiento -agregó otro de los conspiradores, un negro alto y atlético.

Aquel congreso de poetas de todas las naciones había sido convocado -con el máximo sigilo- para restituir a la especie humana su más preciada ilusión y su más extraordinaria actividad: el sueño y la poesía.

-Todo comenzó con el mito del progreso. Con el inmenso adelanto tecnológico -dijo una mujer madura, reiniciando el debate-. Si el invento del profesor logra sus objetivos, los hombres ya no tendrán futuro. Todos sus sueños se habrán hecho realidad. Pero, ¿qué le quedará a una feliz y satisfecha humanidad, cuando llegue al Fin de sus Sueños?

Los circunstantes guardaron un minuto de silencio, como si ya se estuviese celebrando el funeral de la Civilización.

Los enamorados ya no sentirían ese agridulce cosquilleo en el alma. Los caracteres heroicos no encontrarían hazañas que realizar. Los jóvenes no hallarían ocasión para rebelarse contra los viejos. La absoluta concreción de los anhelos más ocultos e inconfesables de los hombres llevaría -quizá- al suicidio de la Sociedad.

Porque, ¿qué sucede cuando se han cumplido todos los ideales de una cultura?

Ése era el gran problema que se planteaba a los que aspiraban a salvar al mundo de la autodestrucción...

Los presentes se sobresaltaron: un hombre de elevada estatura y extraordinaria corpulencia se incorporó, repentinamente, y mesándose la barba whitmaniana, exclamó, casi con un grito:

  —45→  

-Hemos llegado al colmo. ¡Han suprimido el Premio Nobel de Literatura!

Hubo un murmullo de desaprobación. Todos recordaban con nostalgia los bellos días en que eran venerados por el pueblo, como elegidos de los dioses, como profetas y videntes. Esa admiración era una reliquia del pasado. La televisión los había desplazado...

Una ráfaga de viento hizo crujir las destartaladas persianas de la academia abandonada. La pintura de las paredes se descascaraba en una lenta lluvia de polvo y olvido. Los libros de cantos dorados yacían esparcidos sobre el mármol manchado, abandonados a la voracidad del tiempo. Los bustos de los grandes bardos se ennegrecían a la intemperie.

-La cuestión que se plantea es cómo destruir el endiablado aparato -exclamó, nerviosamente, el representante sudamericano, un mestizo de perfil incaico-. El artefacto está situado en una cámara subterránea a prueba de bombas.

-Es verdad -subrayó el embajador de los amarillos, descendiente de aquella raza que engendró a Li Po-. Debemos encontrar un «arma secreta», algo que atraviese las paredes. Un susurro ultrasónico, tal vez... Como las trompetas de Jericó, o el AUM de los ascetas.

-La respuesta sería encontrar la palabra o frase vital que condensase nuestro poder, que simbolice nuestra fuerza: la que se oculta en el origen de la creación... -exclamó un hombre muy viejo, que había sido elegido jefe de los rebeldes.

-Voy comprendiendo -dijo un poeta en ciernes-. Tendrá que ser como el «Hágase la Luz» del Génesis; o el «Ábrete Sésamo» de los cuentos. Quizá como las terribles palabras que protegían las tumbas de los faraones -añadió el adolescente, con un brillo en los ojos.

  —46→  

El debate duró toda la noche. El sol comenzaba a filtrarse por los agujeros del techo en ruinas, cuando -a una señal del que presidía el histórico simposio- los asistentes se retiraron a los bosques que rodeaban el antiguo edificio para buscar -como los antiguos druidas- la palabra mágica, la frase primigenia, que devolviese a los hombres la esperanza y la imaginación, destruidas por la prosaica civilización del doctor Dreamnot.

Cada uno de ellos deliberaría sobre la palabra mortal, la vibración destructora, destinada a aniquilar el poder del terrible invento.

La idea consistía en remover -con el sonido de sus sílabas- los estratos más arcaicos del alma colectiva, los componentes míticos del pensamiento, con el fin de producir el «shock» que haría renacer, que resucitaría la capacidad de soñar y crear.

Una vez hallada la fórmula letal, todos los poetas-chamanes se concentrarían, al mismo tiempo, repitiéndola en letanías interminables, hasta que el poder omnipotente del pensamiento produjese -como en un hechizo- el efecto deseado.

Las propuestas comenzaron a llegar. El líder de los conjurados barajaba las distintas alternativas con dedos de astrólogo. Bajo su penetrante mirada, desfilaban frases esotéricas, signos cabalísticos, antiguos abracadabras, mantras olvidados...

¡Se produjo una conmoción!

¡Las palabras mágicas habían sido encontradas!

Un anciano, con ansiedad reprimida, anunció que el experimento se llevaría a cabo inmediatamente.

Un susurro -como el roce de las alas de un ángel- comenzó a percibirse en medio del silencio del amanecer. El   —47→   aire -hasta entonces sereno- comenzó a llenarse de lentos remolinos. Las copas de los árboles se movieron, quedamente, bajo el soplo de una brisa intemporal...

La vibración iba en aumento...

Era como el zumbido de millones de abejas, succionando el néctar de una gigantesca y única flor...

La tierra tembló, imperceptiblemente. Un aliento apocalíptico avanzaba, velozmente, amenazando romper la barrera del sonido.

...EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO... EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO... Y EL VERBO ERA...

¡En algún lugar de la tierra, una máquina se desintegró!

Las mentes amordazadas escaparon de su encierro como un millón de globos azules liberados al espacio por un niño travieso.

Esa noche, los hombres volvieron a soñar.



  —[48]→     —49→  

ArribaAbajoManuscrito encontrado junto a un semáforo después de un grave accidente

(Para ser leído por pasajeros nerviosos)


Nadie se extrañará que, habiendo decidido acabar con mi vida -por razones que sería impertinente relatar-, me haya convertido en asiduo pasajero suburbano. En adicto a los micros más veloces y destartalados.

He estudiado los itinerarios de los más audaces (por los caminos más accidentados); la personalidad de cada uno de sus guardas y conductores; el estado de los frenos y carburadores de sus vehículos; sus problemas sentimentales y prontuarios policiales, sin olvidar sus clubes de fútbol y preferencias políticas. En fin, me he convertido, de la noche a la mañana, en un especialista en accidentes (he trabajado, un tiempo, en una compañía de seguros). Soy un asiduo visitante de los incontables talleres de chapería que invaden los barrios de la ciudad (con ese martilleo enervante), convirtiéndola   —50→   -desde hace algún tiempo- en un inmenso cementerio de automóviles y chatarra.

En los primeros tiempos, sucedía como en la «ruleta rusa». Elegía los ómnibus, al azar, por medio de una especie de «Micro-Bingo» de mi invención. Subía al vehículo -cuyo número había resultado favorecido- y esperaba la llegada del fin con resignación nativa. ¡Cuántas veces estuve a punto de lograr mis oscuros propósitos! Las más de las veces, sin embargo, terminaba con heridas y contusiones diversas que me obligaban a permanecer internado en sanatorios y hospitales y me forzaban a postergar -por un tiempo- los apremios del instinto tanático.

Impulsado por esos repetidos fracasos (me encontraba literalmente cubierto de cicatrices y moretones), decidí -tan pronto me repuse del último accidente- recurrir a la ciencia y la tecnología modernas, utilizando los servicios de una computadora. Confiaba en que la electrónica japonesa se mostraría superior a mis horóscopos y a mis experimentos con el «I-Ching» (viajaba, preferentemente, los días aciagos).

Pacientemente, recogí todos los datos posibles sobre los choques fatales de los últimos cinco años. Investigué -con la ayuda de un astrónomo- las variaciones periódicas de las manchas solares, los eclipses, y las proporciones de estroncio en las precipitaciones pluviales. Consulté con expertos en ecología y numismática. Finalmente, en base a las curvas estadísticas -resultado de mis eruditas y tediosas investigaciones-, me concentré en los micros N.º 260 y N.º 300. A partir de ese momento me sentí más seguro de lograr mi cometido: las matemáticas estaban a mi favor.

Relataré pues, brevemente, la historia de mi último viaje, único móvil de esta narración.

El Micro elegido para el viaje sin retorno resultó ser de los que llevan en la parte posterior una especie de lema   —51→   o máxima escrita con increíbles letras góticas (desde luego, la «N» había sido pintada al revés) donde se podía leer: SIN PRISA PERO SIN PAUSA. No supe, al momento, si reírme de la ironía que comportaba semejante afirmación, o asombrarme ante la notoria ingenuidad de su autor. De cualquier manera, el aforismo parecía apropiado al absurdo de la situación y al ineluctable destino que me aguardaba.

Una vez enterado de la cínica y pintoresca filosofía que guiaba la máquina que me había sido asignada, subí al vehículo dando un salto -como es de rigor- con el fin de no perder el equilibrio y caer sobre el asfalto (mi deseo apuntaba hacia una catástrofe definitiva, no parcial).

El camión arrancó bruscamente. La sacudida me hizo trastabillar hasta el regazo de una chipera acomodada en el asiento de atrás. Sonreí, tímidamente, pidiendo disculpas (soy condenadamente introvertido). La mujer me lanzó una mirada fulminante y se alisó las faldas. Con este singular lanzamiento, el vehículo comenzó su desenfrenada carrera contra el tiempo, hacia lo desconocido.

Los cronómetros comenzaron -en algún oculto lugar- a marcar los segundos de la muerte. Me sentí, por tanto, reconfortado al comprobar que no me había equivocado en mi elección.

No acababa de acostumbrarme al «shock» del lanzamiento y la crueldad anónima de los baches, cuando -en vez del consabido guarda de pelo en pecho (ese personaje de torva faz y groseros modales), se me acercó -como en un sueño- una esbelta joven de ojos claros, reclamando el importe del viaje.

Sin salir de mi asombro (a pesar de estar al tanto de la moda de azafatas), me dispuse a satisfacer su pedido, mientras luchaba -con mayor o menor éxito- contra la marea   —52→   humana que amenazaba aplastarme (mi finalidad no era de ningún modo morir por asfixia, como en los terribles ómnibus alemanes de exterminio). Hurgué en mis escuálidos bolsillos (soy un artista humilde, pero honrado) y entregué graciosamente el importe del pasaje a la belleza de ojos celestes.

Ella hizo sonar un timbre (ya que el silbido en las orejas del infortunado pasajero -al subir y bajar las estriberas- es administrado por labios masculinos) y una señora gorda se levantó, trabajosamente, disponiéndose a bajar en la próxima parada. Sin escatimar pisotones (afortunadamente calzo el 43) me adelanté rápidamente, para ocupar el espacio vacante (anhelaba, como podrá adivinarse, una muerte cómoda). Para llegar hasta el asiento vacío tuve que esquivar hábilmente una enorme damajuana de ácido nítrico y una pieza de motor -chorreando grasa- sostenida, con gran impunidad, por un mecánico impasible. Una dama de mejillas sonrosadas, entretanto, murmuró algo vagamente relacionado con mi falta de caballerosidad. Me encogí de hombros (suelo practicar ante el espejo) y, sin amilanarme ante la mirada perpleja de los circunstantes, me instalé dando un sutil golpe de cadera al grueso pasajero que compartía mi asiento.

Una vez obtenido el ínfimo confort necesario a un cuerpo desgarbado como el mío, no pude contener por más tiempo la curiosidad que me invadía sobre la identidad de la hermosa dama de los boletos.

Contrariamente a la casi bíblica admonición: PROHIBIDO HABLAR AL CONDUCTOR (ya que nadie respetaba aquello de «no escupir en el suelo»), pensé aprovechar mi proximidad para interrogar al chofer.

Estaba a punto de llevar a cabo mi propósito, cuando atrajo mi atención la mirada ausente que campeaba entre   —53→   mis compañeros de aventura. A excepción de la mujer que acababa de bajar, ninguno parecía especialmente preocupado por llegar a destino. Una resignación callada flotaba en los semblantes.

¡De pronto, me di cuenta que no era el único dispuesto a acabar con su miserable existencia!

Los que me acompañaban en ese instante también habían hecho sus cálculos. Eran auténticos profesionales del suicidio: drogadictos, amas de casa abandonadas, enfermos desahuciados. Todos nos habíamos embarcado con el mismo fin.

El número de los viajeros se mantenía constante, a pesar de la considerable distancia que ya habíamos recorrido. El silencio que parecía envolver a los condenados se acentuaba cada vez más. Nos acercábamos velozmente hacia un semáforo. Miré fijamente al conductor, pues acababa de notar algo siniestro en sus ojos relampagueantes. Él también sabía. Su rostro de músculos contraídos por la tensión del oficio semejaba el de un auténtico cancerbero (manos velludas, uñas como garfios). Un escalofrío repentino me erizó los cabellos. Tenía miedo. No había contado con la complicidad de esta triste y doliente humanidad.

Decidí, finalmente, abandonar -como una rata despertada que huye del naufragio- el ómnibus maldito. Rápidamente, me acerqué a la puerta alzando el brazo -en señal de parada- en dirección a la doncella de sonrisa resplandeciente (ella se destacaba nítidamente por sobre la grisácea expresión de los viajeros). Su sonrisa, al ver mi gesto, se congeló en un rictus de asombro. Su expresión se había vuelto marmórea, como la de las estatuas. Su cuerpo adolescente parecía haber madurado durante el viaje. Su porte, sus ojos -su mirada fría- atestiguaban el carácter de su misión inexorable.

  —54→  

Sólo entonces comprendí, ya casi totalmente resignado (el conductor había acelerado, en vez de detenerse), que había estado a punto de enamorarme del Ángel de la Muerte. Su última mirada fue un mudo reproche a mi tardío arrepentimiento.

Las rojas luces de los semáforos centelleaban como ojos premonitorios.

Salté cubriéndome la cabeza con las manos.

Unos segundos más tarde, desde la encrucijada fatal, vino la conmoción del choque, el estallido de los cristales y, finalmente, el silencio...



  —55→  

ArribaAbajoMarcelina


«Adiós palomita pura,
adiós clavel de ilusión
Marcelina Rosa Riveros.
Adiós de todo corazón»


Compuesto tradicional                


Alipio Pereira llegó hasta la Plaza Uruguaya. Se detuvo, jadeando, bajo la sombra de un frondoso Tajy. Allí, sobre los pisoteados pétalos color violeta, bajó su grasiento maletín negro y se puso a silbar muy bajito. El viejo cartapacios comenzó a bambolearse atrayendo, rápidamente, la atención de los transeúntes y de esa población local compuesta de vendedores ambulantes, quinieleros, prostitutas, mendigos y canillitas descalzos. Los inquilinos perpetuos de la célebre plaza, atentos a cualquier hecho insólito que fuera a interrumpir la rutina cotidiana, comenzaron a congregarse en torno al misterioso valijín. Las pitadas del tren lechero -desde la cercana estación del ferrocarril- contribuían,   —56→   con su rítmico acompañamiento sonoro, a la atmósfera de expectación generada por la insólita conducta del bolsón de cuero. El arribeño miró a los circunstantes con los ojillos pícaros y burlones de un auténtico «Perú-rimá» y se agachó, lentamente, para descorrer -con indolencia premeditada- el cierre de la mugrienta maleta.

Los esbeltos cocoteros, que parecen montar guardia alrededor de la rotonda, despeinaban sus penachos resecos bajo el implacable manotón del viento norte. Pasó un tranvía destartalado, traqueteando con dificultad en dirección al centro, distrayendo -momentáneamente-, con sus relámpagos raquíticos, la atención de la multitud. Un rato después, en medio del silencio dejado por el paso del vetusto vehículo, se escuchó en el maletín un chasquido -como de una lengua minúscula- que aumentó el suspenso en el rostro de los curiosos hasta que, unos segundos más tarde, el grito de sorpresa de las mujeres coincidió con la aparición de la achatada cabeza del reptil.

Era un truco que no fallaba jamás. Lo había aprendido en la cárcel, de un preso que había trabajado en esas Kermeses que recorren los pueblos del interior durante las fiestas patronales. Eulalio Morales (así se llamaba el compañero de celda) le había indicado la manera de ganar dinero con la ayuda de esas serpientes amaestradas, de aspecto terrible, que servían para atraer a los incautos y vender un tónico o una pomada milagrosa. «Todos los santos del Almanaque Bristol no van a poder competir contra tu maravilloso elixir de aceita de víbora», le había predicho el ahora finado Eulalio.

Pereira había adquirido la mentada serpiente de un indio Maká, a cambio de una botella de caña. La había bautizado, cariñosamente, con el nombre de su ex-novia Panchita. No le costó mucho acostumbrarse a que la viscosa   —57→   Panchita se le enroscara alrededor de su nervudo brazo y le colgase del cuello, como una perezosa bufanda. El sexo débil, como de costumbre, era el más impresionable. Algunas mujeres desahuciadas hasta se desmayaban ante la vista del formidable símbolo fálico, olvidando -con el sobresalto- la conocida historia de Adán y Eva. Las solteronas y beatas que frecuentaban la iglesia vecina ya ni se animaban a pasar por la plaza maldita. A las desgraciadas que caían sin sentido durante el espectáculo, el porfiado mocetón las reanimaba -después de sobarlas, descaradamente, con sus velludas manos de sátiro montés- friccionándolas con su pomada de aplicación universal. Así había conquistado a «María-Cachí» -la chipera más codiciada de la estación-, quien se había convertido en ayudante del encantador de serpientes. Al principio, ella le retó y le trató de zafado y ordinario, pero al final se le entregó cuando Alipio le dijo que era más linda que la estatua de «esa mujer desnuda» que adorna la entrada de la plaza. María-Cachí era una mujer retobada, pero ahora fingía desmayarse en el momento culminante de la actuación, aumentando con su comedia el efecto terrorífico que producía la aparición de Panchita. Compartían, más tarde, las ganancias y el desvencijado catre de lona que ella tenía en su rancho de la Chacarita. Los infaltables fotógrafos de la plaza -apostados, como cuervos, tras sus incansables ojos de vidrio- sacaban también su tajada de la insólita función, pagando un jugoso porcentaje al improvisado fakir.

En estos últimos tiempos los negocios no marchaban muy bien. Las muestras gratis de los visitadores médicos competían cada vez más con el mágico ungüento que curaba «el pasmo», «la tiricia» y «el fuego de San Antonio». Era cierto que los lustrabotas de la plaza cazaban ratones y pajaritos para saciar el voraz apetito de la serpiente; y que la hora   —58→   de alimentar a la causante del pecado original era esperada con gran regocijo por parte de la gente menuda. Así y todo, Pereira no estaba contento con su trabajo. Y capaz que hasta hubiera vendido su querida Panchita al Jardín Botánico o a aquel taciturno taxidermista alemán, para mandarse a mudar a la Argentina, si no hubiera ocurrido lo que vamos a relatar.

Todo comenzó con la llegada a la plaza de aquellos harapientos guitarristas ciegos. Eran tres viejos canosos venidos de un oscuro y polvoriento pueblo de la campaña. Se ganaban la vida tocando antiguas canciones de amor, en esas dilapidadas estaciones de ferrocarril que jalonan con sus herrumbrados galpones los caminos de fierro de la patria. Con dedos achacosos y eternas uñas de medio luto, rasgaban maquinalmente sus manoseados instrumentos, desafinados por la pobreza. Fue el segundo día de la llegada de los músicos que Alipio Pereira escuchó, por primera vez, la canción que iba a cambiar su destino. Al comienzo ni les prestó atención, pero a medida que la recurrente melodía resonaba en la voz lastimera de aquellos seres sin luz, la letra le iba penetrando en el alma. Las voces lanzaban sus quejas como en esas letanías de Semana Santa, que el pueblo entona para implorar al cielo el fin de su miseria. El monótono estribillo le horadaba el corazón, como la púa del trompo «arazá» perfora la piedra de las veredas:


«Con lágrimas de mis ojos
voy a cantar en mi guitarra
en la ciudad de Asunción
Paraje de Varadero...»

Así musitaban con rostros impávidos los anónimos cantores vagabundos.

Alipio Pereira, como la mayoría de sus conciudadanos, no había tenido la suerte de conocer a su padre. Éste   —59→   había desaparecido, sin dejar rastros, abandonando a su mujer al terminar una zafra azucarera. La madre de Alipio, enferma del corazón, no pudo soportar tamaña infidelidad y había muerto unos años más tarde, maldiciendo al causante de su desdicha.

El niño había recibido de su madre, Marcelina Rosa -como único legado-, un polvoriento manuscrito que contenía lo que, aparentemente, era un poema que le habían dedicado en su juventud. Antes de morir, le había entregado aquel ínfimo recuerdo, asegurándole que en él encontraría -alguna vez- la clave de su desdicha.

Era, justamente, el recuerdo de este poema el que había surgido en su memoria, tan pronto escuchara los versos de la quejumbrosa canción. A medida que aquellos extraños entonaban las penas del amor y su ausencia, el joven comprobaba que coincidía -letra por letra- con la del ajado pedazo de papel que había heredado.

No pudiendo contenerse por más tiempo, el impetuoso muchacho enroscó a Panchita alrededor de su robusto brazo derecho y mirando de soslayo a María-Cachí, se dirigió a largos trancos en dirección al trío, precariamente instalado en uno de los desteñidos bancos de la plaza. Acercándose -entre emocionado y perplejo- al que parecía llevar la voz cantante, así nomás, sin preámbulos, le preguntó:

-Maestro, ¿dónde aprendiste esa canción tan triste?

El anciano, sorprendido por la intempestiva interrupción, movió ligeramente su plateada cabeza en dirección al sitio de donde procedía la voz y, esbozando una tenue sonrisa -como para mostrar que estaba contemplando al impulsivo jovenzuelo- respondió con ronca entonación.

-La compuse yo mismo, mi hijo, durante la revolución del 17, cuando era conscripto de la marinería y montaba   —60→   guardia cerca del Varadero. ¿Conoces ese lugar? -agregó, mientras trataba de adivinar el rostro y la figura del mozo a través de las inflexiones de la voz. (El barrio de Varadero, con sus antiguas casas de profundos zaguanes, balcones con persianas destartaladas y descascaradas paredes amarillas, se adivinaba como una mancha parduzca en la ciudad de Asunción.)

El muchacho, bajo el impacto de la inesperada revelación -furioso y contento a la vez-, reculó, mentalmente, unos pasos y quedó como desatinado, sin saber qué rumbo tomar. Cerró los ojos y arrugó la frente como para ordenar sus pensamientos y recuperar su compostura, antes de proseguir:

-No, no conozco el lugar. Llegué a Asunción hace poco, nomás.

Luego, sin importarle aparecer cargoso, agregó:

-Pero, ¿conociste de verdad a la mujer de quien habla tu canción?

El curtido semblante del trovador se sacudió, imperceptiblemente, como si quisiese espantar las moscas de algún recuerdo tenaz, mientras sus dos compañeros escuchaban con atención. Golpeó, impaciente, con sus huesudos dedos, la caja de la enmohecida guitarra y exclamó con un dejo de amargura:

-Existió, de verdad. La conocí hace mucho tiempo. Fue mi mujer. Compuse esta canción después de separarme de ella. Un día, agarré y le envié una copia de los versos con la esperanza de obtener su perdón. Nunca me contestó. Pienso que me hizo adrede, para castigarme. Más tarde, me metí en política y las revoluciones me arrastraron a su antojo, como hoja que lleva el viento. Después, me desgracié de la vista. Jamás podré volver a contemplar su rostro. Me uní a estos compañeros en la desdicha para ganarme la vida. Mi   —61→   destino fatal es rodar de pueblo en pueblo, como alma en pena, repitiendo eternamente mi sentida canción. Quizá, si ella alguna vez la escucha, podrá perdonarme.

A Pereira el corazón se le encogió en el pecho después de oír la sorprendente historia. Aquí, en este remoto lugar, por un azar inexplicable, tenía frente a sí al que debía ser su propio padre: este humilde guitarrero que, como trajinante cantor, iba en busca de un amor perdido. Tragó saliva, porque para entonces se le había hecho un nudo en la garganta y apenas pudo contener el ansia de abalanzarse a los brazos del anciano y gritarle: ¡Ché-rú! El fogoso muchacho se contuvo, sin embargo, y pensó que era mejor dejar las cosas como estaban. Mantendría el secreto de su descubrimiento hasta encontrar una salida honorable a sus sentimientos encontrados. Este hombre había cometido un gran crimen al abandonarlo a él, a su madre y sus hermanos, ¿podía acaso él convencer a este poeta campesino que estaba dialogando con su propio hijo, y contarle que Marcelina Rosa le había recordado hasta el final, maldiciéndolo en su lecho de muerte?

El gentío que había rodeado a la temible Panchita se trasladó, entretanto, alrededor de los músicos andariegos y del corajudo chamán, deseoso de participar de la escena que se estaba desarrollando.

Alipio miró de reojo a la concurrencia, acarició la cabeza de su fiel amiga, cuyos ojos sin párpados lo miraban sin ver y, sonriendo con sus dientes más blancos, anunció:

-Señoras y señores, el espectáculo va a continuar. ¡Vengan a ver la más grande maravilla del mundo! Una auténtica «jarará» recién traída del Chaco. Y... de paso, por tan sólo 100 guaraníes, la pomada que usaba el rey Salomón: Aceite de víbora macho... Ya quedan pocas muestras... ¡Aprovechen, señoorees...!

  —62→  

La gente comenzó a agolparse y rempujar. Pereira miró a su compañera y le guiñó un ojo. María-Cachí hizo un gesto de complicidad.

El viejo payador, abandonado repentinamente, se alisó el pelo blanquecino con sus temblorosas manos y, después de unos instantes de incertidumbre, volvió a pulsar la guitarra.

Alipio Pereira giró sobre sí mismo. Se secó el sudor de la frente con un pañuelo colorado y se puso a escuchar:


«Ay, mi vida solitaria,
ay, suspiro del dolor,
Marcelina se llevó
un pedazo del amor».

Fue entonces que decidió contratar al trío de guitarristas ciegos para reforzar el espectáculo.

Se abrió camino entre los que obstaculizaban el paso para dirigirse de nuevo hacia el anciano y sus andrajosos compañeros.

En ese preciso instante, el cansado cuerpo de Marcelina se revolvió en su tumba y, poniéndose de costado -del lado del corazón-, pudo, finalmente, morir en paz.

Así estará, arrullada en su sueño interminable, mientras alguien, en este mundo, siga entonando la triste y doliente canción.

Asunción, 1978



  —63→  

ArribaAbajoEl capitán de las sombras

«...y, yo vi con horror presa del vértigo que le cosían los exangües labios.
Ante mis propios ojos el corazón inmóvil le arrancaron...»


(H. R. A.)                


El capitán se incorporó lentamente del polvo y miró con atención a su alrededor. Se encontró en medio de una oscuridad crepuscular. Una atmósfera etérea de entresueño lo rodeaba como un halo. En medio de esta penumbra fosforescente, acertó a distinguir algunas siluetas, como bultos grises, moviéndose en ese lugar sin tiempo ni fronteras. Eran hombres, aparentemente soldados, que se movían a cierta distancia, como esperando su presencia, su decidida aproximación. Fue entonces cuando se dio cuenta que estaba muerto.

  —64→  

El oficial, empuñando su negra Parabellum, había caído después de ser alcanzado por una ráfaga de ametralladora, mientras dirigía un asalto a las trincheras bolivianas. Sus hombres se aproximaron rápidamente para auxiliarlo, pero él pudo indicarles apenas, por señas, que siguieran avanzando, que debían concluir con éxito el ataque. Momentos después de conquistar la posición enemiga, los combatientes se acercaron para llevarlo al campamento. La pistola de 9 mm. todavía estaba apretada entre sus dedos rígidos. Un soldado se la quitó con delicadeza, y la puso en la gastada funda de cuero.

No se inmutó después de este sombrío descubrimiento, aunque un repentino escalofrío recorrió lo que habría sido su cuerpo. Se aproximó, con cautela, al grupo de hombres que parecían aguardarlo, y se sorprendió cuando descubrió que eran parte de su batallón, muertos en combate. Al acercarse, ellos formaron fila -como para una revista- y se pusieron firmes, con la mirada al frente. El fantasma recién llegado los saludó llevando instintivamente la mano a una intangible visera y comenzó a revistarlos, uno a uno.

Un sargento de rostro lívido dio un paso al frente y se identificó, con voz asordinada:

-Soy el sargento López. Caí en la batalla de Parapití y fui herido de bala en la cabeza. Se acordará de mí, capitán, porque más de una vez peleé a su lado y usted me ayudó a vencer el miedo con su ejemplo...

Otra sombra -con la cara surcada por un tajo- salió de la formación, anunciando como en un susurro su jerarquía.

-Soy el teniente Asunción Martínez, mi capitán, muerto hace un año en las riberas de este río, que nos separa del   —65→   otro mundo. Fui atravesado por una bayoneta boliviana cuando intentaba tomar un retén de avanzada. Agonicé durante un día entero antes de entregar mi alma.

Y así, por turno riguroso, fueron presentándose -dando el parte reglamentario- los restos de este ejército espectral, eclipsados por la presencia del jefe que todavía recordaba y mantenía la disciplina de los vivos.

Después de reflexionar durante cierto tiempo, el recién llegado pensó que era el comandante de estas almas en pena y que, de alguna manera, era responsable de su suerte. El combate, por lo visto, continuaba al otro lado de la vida, como aquella eterna e inconclusa guerra entre el Bien y el Mal.

Pero, ¿dónde estaba el enemigo? ¿Estaban también formados sus batallones para reiniciar el combate en esta tierra baldía? ¿Se volvería a encontrar, cara a cara, con algunos famosos y valientes jefes bolivianos ya fallecidos? Estas y otras preguntas se hizo mientras miraba el desolado aspecto de la tropa cuyos ojos ardían como fuegos fatuos.

Se le ocurrió, de pronto, que todo esto no era sino un sueño del que no podía despertar, una pesadilla absurda. El delirio demencial de un cuerpo desencarnado: el suyo. Pero no, estaba allí, respirando un aire intemporal. Y estaba sintiendo cosas y hablando aunque sabía que a su cadáver le habían cosido la boca y le habían extraído el corazón para enviarlo a sus parientes como símbolo de su valor. Y además, la sed: ya no sentía su fatal acoso.

Después de comprobar que sus hombres se hallaban dispuestos a proseguir el combate interminable, en medio de las tinieblas, le vino a la mente la idea terrible, aquella que habría de justificarle ante los vivos y los muertos; la de ganarse la propia muerte, obtener el respeto de la muerte,   —66→   ser digno del silencio y el poder que ella otorga a sus fieles. Era sabido por todos que él había elegido, libremente, ir a la guerra, que había decidido arriesgar su vida ofreciéndose de voluntario para las misiones más peligrosas. Merced a una disciplina de hierro había logrado dominar -en forma absoluta- el miedo.

Creía, honestamente, que había hecho todo lo posible para merecer el respeto de los seres que ahora lo saludaban con marcialidad y que le reconocían como uno de los suyos: un alma que estaba allí, tan naturalmente, como si fuera un árbol, una roca, pero que, sin embargo, era un espíritu inmortal.

Comenzó a caminar en medio de la noche bajo la oscura penumbra de ese páramo infernal, seguido de cerca por sus soldados, en orden de batalla.

Se sentía como si estuviera vivo. ¿No lo estaba acaso, de alguna manera? Iría, como siempre, en busca del enemigo que, seguramente, le esperaba agazapado entre los espinos.

El capitán Pablo Lagerenza, héroe de Parapití, avanzó alegre y decidido por la picada. Se sentía satisfecho. Los hombres habían aceptado con naturalidad su mando, en este mundo y en el otro. En ambos su poderosa voluntad había sido acatada y se había ganado el respeto de sus subordinados y colegas por igual.

Desde que asumió el mando en el más allá, los pálidos fantasmas -las almas vagabundas- que merodeaban el lugar en esta guerra fratricida, estaban tranquilos, no molestaban ni aterrorizaban a los vivos con sus voces y susurros de difuntos. Habían sido domados y disciplinados bajo el poder de una voluntad superior. La fuerza de su espíritu se seguiría imponiendo, esta vez por toda la eternidad.

  —67→  

De pronto se escuchó una orden. Por entre los arbustos avanzó con paso silencioso el Capitán de las Sombras, seguido de su famélica hueste, rumbo a la batalla final.

Un fortín chaqueño, lleva su nombre...

Nota: Este cuento está inspirado en La muerte ganada, del escritor Hugo Rodríguez Alcalá, y es -en realidad- la continuación del mismo, más allá de la muerte del personaje. Es un experimento de intertextualidad y la manera de mostrar que todos participamos, de algún modo, en esa escritura interminable que es la ficción.



  —[68]→     —69→  

ArribaAbajoEl Mesías postergado

Creo que me estoy volviendo loco... Al comienzo luchaba con todas mis fuerzas contra el desmoronamiento de mi ser. Ahora ya no trato de mirarme en el espejo. La última vez sólo vi un cuerpo diluyéndose, convirtiéndose en fragmentos, en pedazos de algo que ya no poseía la identidad que mostraba antes de la traumática ruptura con el mundo exterior.

Las palabras, éstas con las que escribo, se me van muriendo, mutilando una a una. El lenguaje se hace añicos en mi garganta. Ya no puede expresar tanta miseria y tanto dolor. El largo encierro ha corrompido los símbolos, los significados que hacen posible la comunicación humana. Soy un extranjero en mi propio idioma y hablo quizás una lengua ya muerta.

Cuando tengan esta especie de testamento entre sus manos, este manuscrito que como botella al mar lo he enviado   —70→   al azar, introduciéndolo en el bolsillo de un distraído visitante, ya no estaré probablemente con vida. Esta noche me llevarán de nuevo a la cámara de tortura, a la terrorífica sala del electroshock, donde van a parar todos los que se niegan a aceptar que están locos, que están enfermos de verdad.

Dios sabe que he puesto toda mi voluntad, que no es poca, para mantenerme cuerdo, para permanecer de este lado en los límites de la razón, para no caer en la demencia. Pero todo, lo presiento, será en vano. Las fuerzas del mal -los enfermeros y los médicos están al servicio del Aquél que reina sobre este mundo de dolor- lo saben muy bien. Hacen su trabajo con dedicación y eficiencia. Soy simplemente uno de esos rebeldes que pretenden levantarse contra el sistema, contra las reglas de la normalidad establecidas por el amo desde hace tiempo. La herramienta temible usada para quebrar la voluntad del paciente es esa maldita corriente eléctrica que lleva sus ondas hasta las células más íntimas del cerebro, y que según ellos es como una llama cauterizando la herida que la insania ha producido en nuestra alma. Alma en tinieblas, en verdad, marchita, expoliada, macerada, fermentada en el acre vinagre de la melancolía.

Pero empecemos por el comienzo para aclarar lo que escribo sobre este papel de recetas sustraído del médico de guardia durante la larga espera, el largo insomnio que precede a la aplicación de los cables de la máquina infernal cuyas vibraciones hacen tambalear la conciencia y la introducen en el delirio y la alucinación.

Todo esto me recuerda la picana eléctrica, cuando como estudiante fui a parar a una de esas fétidas celdas del Departamento de Investigaciones. La diferencia sin embargo es radical. Allá el dolor pretende que se delaten y se confiesen   —71→   hechos políticos. La aplicación de la corriente cesa cuando se dan los detalles de la conspiración. Aquí no hay nada que revelar. La terapia -que así la llaman eufemísticamente los celadores- está destinada a expiar una culpa enigmática, una falta existencial.

Muchos presos políticos, fingiendo la locura para salvarse del sufrimiento, llegaron a esta institución destinada a enfermos mentales, para que se les lavara el cerebro y se los declarara ineptos para la vida. La perversidad del sistema produce las más horrendas consecuencias en este exilio interior más terrible que el otro.

Soy ahora un habitante de lo imaginario, de un tiempo quebrado, de un mundo sin orillas. Vivo en el eterno retorno de una pesadilla sin fin. Ya no puedo nombrar mis terrores ni mis miedos, estoy como enterrado en una tumba psíquica, rozando el vértice del horror metafísico. Mi propio cuerpo es ya una tumba para mi alma, he vivido mil muertes imaginarias, peores tal vez que las que me aguardan, pero me he negado a asumir la culpa que me asignan: la de seguir creyendo en la dignidad humana. Estoy en este asilo de cuerpo presente, pero me niego a morir. No han logrado aún doblegarme. He de ser presentado ante mis jueces como una bestia acorralada, para que ellos me condenen al ostracismo definitivo: la locura.

Yo no soy un demente. He llegado aquí por mis propios medios. Fue un sábado, día de visita. Cuando los guardias se enteraron que estaba haciendo averiguaciones sobre el trato ignominioso dado a los internos, decidieron impedir mi salida y declararme insano. De esta manera no podía denunciar las arbitrariedades que ya se sospechaban en el exterior: la violación sistemática de las enfermas, los embarazos indeseados, la malversación de fondos del Estado, que disminuían la ración de los enfermos.

  —72→  

El manicomio era un estado dentro del estado. El propio director -déspota absoluto de este reino del espanto-, descubrí un día, estaba totalmente alienado. El recinto era en realidad gobernado por los forzudos enfermeros que mantenían el orden con castigos despiadados: drogas alucinatorias, chalecos de fuerza, encierros a pan y agua y finalmente la temida aplicación eléctrica, sin anestesia.

Esa primera noche fui dopado con sedantes poderosos. Cuando recuperé la conciencia, al día siguiente, traté de hablar con algunos visitantes (era domingo, para denunciar mi secuestro). La mayoría trataba de calmarme con una sonrisa condescendiente: escuchaba la historia que consideraban como un síntoma de mi psicosis.

Todo el mundo sabía que los reclusos -especialmente los paranoicos- trataban, con increíble lucidez, de demostrar su inocencia inventando persecuciones imaginarias e injustas internaciones.

Yo mismo fui testigo de ello. Tan pronto se dieron cuenta de que había aparecido un nuevo pensionista, mis compañeros de encierro comenzaron a relatarme sus cuitas. Uno había sido testigo de un crimen siniestro, por lo cual el asesino había conseguido que su abogado lo declarara demente, y en consecuencia, indigno de crédito. Otro se creía el Salvador (cosa no rara en un país de fanáticos desesperados). Una mujer, en fin, me confesó en secreto: «Soy la Virgen María. Lo invito a asistir al parto del Redentor». Los napoleones, los mariscales y los profetas apocalípticos abundaban. De allí que yo estuviera completamente desacreditado. Nadie podía creer en mis denuncias. Mis verdugos lo sabían y dejaban que hablara libremente con los visitantes, lanzando una que otra mirada de complicidad con mis interlocutores.

  —73→  

Yo debía mantener mi lucidez a toda costa para diseñar una estratagema que me permitiera salir de este atroz encierro. La idea de ellos era -como lo habrán imaginado- convertirme, por medio de fármacos y maltratos, en un demente auténtico. Conocía yo los casos de neuropsiquiátricos rusos donde habían internado a opositores y científicos disidentes para curarlos de sus ideas reaccionarias. Con el tiempo descubrí que refugiarse en la locura podía ser una alternativa desesperada ante lo absurdo de la existencia. La locura es la gran tentación de la inteligencia. El sol negro de los poetas malditos.

Esta meditación existencial es interrumpida intempestivamente: los guardianes de batas blancas abren la puerta de mi celda y me conminan a seguirlos a la infame sala situada en el sótano donde centellea la máquina con olor a trueno. Será la última sesión. La definitiva quizás. Pero estoy preparado para este momento crucial. Puedo asegurarles que soy, desde anoche, indestructible: he recibido la visita de un ser luminoso (el Espíritu Santo, tal vez) que me ha otorgado la omnipotencia y la invulnerabilidad necesarias para afrontar la ordalía, el martirio...

Penetro en el recinto del horror. Se prepara meticulosamente el casco de metal. Como de costumbre me rapan el cráneo y me sujetan con anillas de metal. El asistente ya tiene la mano sobre el interruptor. El rayo cabrillea a punto de estallar.

Lo habrán adivinado: Dios ha escuchado mis súplicas. He sido elegido por su insondable sabiduría para salvar a la Humanidad. El día del Juicio se acerca. Ya se oyen las trompetas de los ángeles vengadores resonando en los muros.

¡Temed la ira de Dios! Lo digo yo: el Mesías prometido. Aleluya. Aleluya.





  —[74]→     —75→  

ArribaAbajoEpílogo del autor

«Los cuentos son mitos en miniatura»


Lévi-Strauss                


Me gustaría que estos cuentos que -por falta de otro nombre- podríamos calificar como de «anticipación», fueran más bien considerados como una sátira humorística a alienación que los sistemas actuales quieren justificar en nombre de una tecnología que se basa en el consumo compulsivo. Preferiría, mejor, que se los clasificase como una forma de ficción especulativa -como fueron los relatos de Jonathan Swift- los cuales, a fuerza de ser expurgados por sus críticas a la sociedad, convirtiéronse finalmente en cuentos para niños. ¿Qué otra cosa podía sucederle a una obra que menciona -como deporte favorito de Liliput- el arte de bailar sobre la cuerda floja, ejercicio practicado sólo por los candidatos a posiciones gubernamentales? Nada podía retratar mejor a los políticos de todas las épocas.

Sin duda alguna, los mundos fantásticos del genial humanista son en realidad «distopías», es decir utopías negativas. La orientación de mis cuentos sigue esta tendencia iniciada   —76→   por el autor de los Viajes de Gulliver. Por otra parte, suscribo la idea de Borges sobre la literatura fantástica cuando afirma que la Summa Teológica de Santo Tomás, o el Apocalipsis de San Juan, son formas de la Ciencia-Ficción. No debe extrañar, entonces, que uno de mis relatos se inicie con una cita del último libro de la Biblia.

Los grandes mitos de todos los tiempos, como el de Adán y la venida del Milenio, me han servido -por igual- para dos de los relatos incluidos. Me refiero aquí al mito en el sentido platónico del término: como alegoría o como parábola. Las imágenes y formas arquetípicas que subyacen bajo la superestructura de la civilización actual constituyen la esencia de algunas de estas ficciones. Mis inclinaciones -en cuanto a teoría de la literatura- son, pues, favorables a Northrop Frye, más que a las de los modelos puramente estructuralistas. Acepto -con Todorov- que «los acontecimientos relatados por un texto literario, así como los personajes, son interiores al texto». Pero, por otro lado, hay que tener en cuenta que -como él lo dice, más adelante- «negar de hecho a la literatura todo carácter representativo, es confundir la referencia con el referente, la aptitud para denotar los objetos con los objetos mismos». De allí que los cuentos de este libro -en especial los seis primeros-, aunque se inscriben en cierta corriente de la llamada Literatura Fantástica, se refieren, sin embargo, a hechos del presente vistos desde una perspectiva futura. Es decir, trato de mostrar las consecuencias que se derivarían de las circunstancias actuales, si este mundo alienado en que vivimos no cambiara y se transformase en algo verdaderamente habitable. A esta tendencia se le ha dado también el nombre de Literatura Apocalíptica; es, a mi juicio, importante adoptar esta actitud crítica en una época en que el fuego que   —77→   Prometeo robó al cielo sólo es usado para incinerar libros, periódicos o revistas que critican al «establishment», contribuyendo, de paso, a la polución reinante. En este sentido, estos cuentos también son ecológicos. En uno de ellos coloco el Paraíso Terrenal en nuestro medio (como lo hicieron los guaraníes). La «tierra prometida» se encuentra, pues, aquí y no en otra parte.

El tema de «El Caminante Solitario» (en homenaje a Bradbury, quien se niega a poseer automóvil) es una contrautopía que plantea lo que podría suceder si fallase la tecnología en una sociedad que dependiese enteramente de las máquinas. También se refiere a la violación de la intimidad de los ciudadanos por el espionaje estatal. En «Reflexiones de un Robot» -inspirado en Asimov-, un sobreviviente de la catástrofe final juzga a los hombres desde el punto de vista de un ser que ya no se considera una máquina, y que no es sino una caricatura de su hacedor. Relacionado con el anterior se halla «El Fin de los Sueños», que denuncia las cualidades hipnóticas de la TV y en contraposición a ella defiende el poder casi cabalístico del verbo, de la palabra poética como dadora de sentido y como vibración que sostiene al mundo. En «La Canción del Hidrógeno» que se hubiera podido llamar «La Música de las Esferas» sitúo paradójicamente (al estilo de Pascal) la breve vida del hombre como solitario acorde musical en la inmensa sinfonía de la catedral del universo. Esta espléndida «cantata» generada por las radiaciones de los átomos de Hidrógeno en el corazón de millones de galaxias, nos da la verdadera medida de la especie que, a pesar de sus limitaciones, pretende alcanzar -algún día- la inmortalidad. Como se ha dicho que «los poetas son las antenas de la raza», sostengo que a ellos corresponde descifrar la inefable melodía -mensaje de las estrellas-,   —78→   y no a los radiotelescopios de los aficionados. Un gran poeta griego de la antigüedad fue el que -a mi juicio-, junto con Nicolás de Cusa, mejor definió nuestro universo; lo hizo así: «Este cosmos, el mismo para todos, no fue hecho ni por dioses ni por hombres, sino que existió siempre, y es, y seguirá siendo, un fuego eternamente vivo, encendiéndose de acuerdo con estrictas leyes, y extinguiéndose con estricta medida». Aunque lo llamaron «el oscuro» fue, quizá, el más moderno y el más lúcido de los poetas filósofos.

Se me reprochará, tal vez, haber utilizado en dos de los relatos las teorías de Freud. A los que se opongan al sicoanálisis les hacemos recordar -con Marie Langer- que dicha doctrina en sus comienzos fue considerada como ciencia-ficción. Y volviendo a Heráclito -en relación con «El Fin de los Sueños»-, no debemos olvidar aquel famoso aforismo: «Los hombres cuando sueñan, trabajan y colaboran con el universo»; todos los Génesis y Apocalipsis derivan de él.

Mi cuento favorito es «Epístola para ser dejada en la Tierra» -cuyo título es el de un poema de Archibald Mac Leish- porque simboliza acabadamente la condición humana actual, con sus posibilidades de suicidio colectivo, pero también con sus expectaciones mesiánicas señaladas por las alusiones al Punto Omega de Teilhard de Chardin, meta y fin de la evolución humana -según las teorías del paleontólogo hereje.

Recordando la distopía de H. G. Wells, «La Máquina del Tiempo», debemos esperar que la hipertrofia de las injustas condiciones actuales no llegue a producir, en el mundo del futuro, la macabra relación entre los «Morlocks» y los «Eloi», conclusión de aquel cuento.

En cuanto a los dos últimos relatos, son de índole totalmente diferente. Uno de ellos, «Marcelina», ha sido escrito   —79→   bajo la influencia de Roa Bastos; el otro, «Manuscrito encontrado junto a un semáforo...», deriva de las crónicas periodísticas que escribía para el diario La Tribuna, cuando me desempeñaba como redactor del matutino, hace varios años. Es un divertimento tragicómico, sin más pretensiones que entretener a pasajeros nerviosos, rumbo a lo desconocido, a bordo de un ómnibus asunceño. Por su parte, «Marcelina» toma como punto de partida la letra de un antiguo compuesto de autor anónimo, que fue grabado por mí en la Plaza Uruguaya, durante la actuación de un conjunto de guitarristas ciegos. Pretende reconstruir parte de un patrimonio que pertenece a nuestro folklore y describir la peculiar atmósfera que rodea a los habituales ocupantes de la casi legendaria plaza de nuestra ciudad.

O. G. R.

Asunción, octubre 1980



  —[80]→     —81→  

ArribaBibliografía

Antología Crítica de la Poesía Paraguaya, Roque Vallejos, Editorial Don Bosco, Asunción, 1968.

Gran Diccionario Enciclopédico Universal, Ediciones Inter-Argos, 1978.

Literatura del Paraguay, Vol. II, Palma de Mallorca, 1980 (por el Dr. Guido Rodríguez Alcalá).

Narrativa Hispanoamericana, Vol 8, Ángel Flores, Siglo XXI Editores, México, 1985.

Panorama del Cuento Paraguayo, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, Uruguay, 1986 (Elbio Rodríguez Barilari, compilador).

Antología de la Poesía Social del Paraguay: El Trino Soterrado, Luis M. Martínez, Tomo II, Ediciones Intento, Asunción, 1986.

Lectura y comunicación (Texto del Bachillerato), Prof. María Isabel Ramírez y Ela Salazar, Ed. El Arte, 1987, Asunción.

Literatura Castellana, Prof. Emina Nazer de Natalizia, 1987, Asunción.

  —82→  

Antología de la Poesía Paraguaya, Editorial Patiño, Ginebra, edición bilingüe: (Esp.-Franc.) Rubén Bareiro Saguier y Carlos Villagra Marsal, compiladores (1990).

Breve Antología de la Literatura Paraguaya, El Lectro, 1994, Asunción.

Diccionario de la Literatura Paraguaya, Dra. Teresa Méndez-Faith, Sant Anselm Collage, New Hampshire (USA), El Lector, 1994, Asunción.

Antología del Cuento Paraguayo, Ediciones Walter Rela de la Plaza (seleccionado por el Prof. David Foster, Arizona).



Indice