Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

El médico

Concepción Gimeno de Flaquer

¡El médico! ¡He aquí una de las figuras más importantes, más simpáticas de la sociedad! El médico debe enorgullecerse de su profesión, tan noble, tan alta, que no puede cambiarse por los más ilustres blasones.

El médico es superior al sacerdote, porque este, cura solamente las heridas del alma, mientras que aquel fortifica el alma y el cuerpo. ¡Cuántas veces las enfermedades físicas tienen por origen las enfermedades morales! Nuestro ser moral se halla estrechamente enlazado a nuestro ser material, el alma es la esencia, el cuerpo el vaso que la contiene: indivisibles el cuerpo y el alma hasta la muerte, el médico no puede gobernar el uno desconociendo la otra; por eso revestido de carácter sagrado como el confesor, confíansele los más graves secretos, porque para él son inviolables. El médico ejerce dos sacerdocios simultáneamente.

¡Qué dramas de la vida real, qué terribles misterios, qué espantosas tragedias se desenlazan en el estrecho escenario de una alcoba, sin más espectador que el médico!

¡Con qué impaciencia, con qué anhelo es esperado el médico en la casa del paciente! Para el enfermo, el médico es aurora que aparece repentinamente en la oscura noche de su espíritu, torturado por fatídicas ideas, rasgando densas nieblas; anodino consolador, panacea, iris que anuncia la lontananza de la tormenta.

El que haya observado a una madre, al pie de la cuna del niño moribundo, con la vista fija en el semblante del médico, envidiará la misión de aquel. La madre, suspendido el aliento, palpitante de emoción, condensa su vida en la investigadora mirada que le dirige, esperando que aquel misterioso esfinge le permita descifrar el enigma que cuidadosamente guarda. En tan crítico momento, el médico se agiganta en la imaginación de la mujer, que ve en él, a un ángel protector, a un mensajero celestial, encargado de devolverle con la vida de su hijo la paz, la calma, la felicidad. Si el adorado enfermo recobra la salud, la madre encuentra insuficientes los laureles del sabio y las palmas del héroe, para dedicarlas al médico: ¿cómo ofrecer tales dones a quien merece una aureola, a quien trasfigurado en su pensamiento, no puede concebir sin nimbo de luz?

Interesante es el papel que desempeña el médico en la familia; la respetabilidad de que está rodeado, compénsale de sus arduas tareas, de su responsabilidad. El médico necesita grandes condiciones para llenar dignamente su cometido; no le basta ser hombre de ciencia, necesita ser hombre de honor, hombre de táctica social, hombre de educación, hombre de moralidad: sus sentimientos no deben ser burdos, para que no lastimen los delicados sentimientos de los demás; no debe mentir, ni debe presentar descarnada la verdad, no debe adular las opiniones del enfermo ni rechazarlas bruscamente aunque sean disparatadas, tiene que sufrir con calma su distesia; el médico, en suma, necesita ser diplomático y hombre de salón.

Entre las grandes dificultades que se le presentan, no es la mayor para el médico tener que luchar con enajenados, sino con los locos que se creen cuerdos. Ocúpanse los alienistas de las múltiples monomanías observadas en las personas de talento, de las exaltaciones que padecen los seres dotados de genio, llegan a determinar hasta las especiales monomanías que se apoderan de los artistas tales como la megalomanía, pero ¿quién puede precisar las manías del necio? Lo que llamamos chifladura en lenguaje familiar, puede tolerarse en el hombre de ingenio, pero es insoportable en el tonto.

Una de las cualidades indispensables al médico, es el pudor; sí, el pudor del alma para no herir brutalmente el del cuerpo. Lastimar el pudor de una virgen es más infame que azotar el rostro de un hombre.

La medicina es una de las ciencias primitivas: fue ejercida desde que los hombres abandonando la vida nómada formaron sociedad. En la antigua Grecia dejaron buena reputación los asclepiades, que más tarde introdujeron en Roma la ciencia de curar.

La antigüedad tuvo médicos tan notables como Esculapio, Hipócrates y Galeno, la Edad Media tan famosos como Avicena y Averroes. El arte de curar perteneció en remotos tiempos al sacerdote, el cual tenía un carácter muy caballeresco, pues manejaba la espada en defensa del oprimido, en defensa de la justicia y la verdad; libertando al espíritu de la esclavitud del pecado, y al cuerpo de la esclavitud del dolor.

Cuando creó Felipe Augusto la Universidad de París en el año 1200, la medicina tomó gran vuelo. Ilustres personajes han desempeñado las funciones del médico; los héroes de Homero saben curar sus heridas; Orfeo y Hesíodo conocían las virtudes de las plantas, Salomón tenía fama de buen médico lo mismo que Pitágoras, Plinio y Aristóteles: el poeta Empédocles adornó sus poemas con sus conocimientos en medicina, y también fueron médicos Alberto el Grande, Bacón, Roger, Guillermo de Baufet, obispo de París y Gevandan, capellán de Clemente XI.

La medicina alcanzó brillante época en la famosa escuela de Alejandría, gloriosa sucesora de la civilización ateniense, donde fundaron Praxágoras y Erasístrato el estudio de la anatomía descriptiva, siendo los primeros que hicieron disecciones humanas.

Los árabes que se distinguen como notables médicos, pues no solo cuentan entre los famosos a Avicena y Averroes, sino también a Maïmonide, Rhazés, Serapión, Albucasis y Avenzoar, deben su ciencia a un sacerdote cristiano, de Alejandría, al sabio Aaron que vivió en el siglo VII.

En la época de Luis XIV, la medicina adquirió gran desenvolvimiento a la sombra de la filosofía cartesiana: los mayores progresos brillaron en ese afortunado siglo, en que descubrieron los glóbulos de la sangre Leuwenhoeck y Malpighi. No se estacionaron dichos progresos, pues el siglo XVIII cuenta con dos fisiólogos eminentísimos, Haller y Morgagni, dignos de figurar junto al inmortal Lavoisier. La aurora de nuestro siglo anunció con los gloriosos nombres de Pinel, Bichat y Broussais, que tendríamos médicos de primer orden, los cuales son incontables en Berlín, París, Madrid y en la América Española Sabido es que la Facultad de Medicina de México, ha sido considerada como una de las más sobresalientes del mundo. México tiene también doctoras dedicadas a las enfermedades del sexo femenino, como las tiene New York, como las tuvieron los druidas, los hebreos, los egipcios, griegos y romanos.

En todas épocas ha gozado el médico de consideración social, habiendo sido estimado por reyes y emperadores. Los reyes Merovingios protegieron la medicina, lo mismo que los emperadores Constantino y Carlo Magno: este mandó escribir a su médico un libro titulado Tables de Santé.

Carlos VIII favoreció al médico Pumèe, Luis XI a Coictier. Enrique II a Miron, Luis XIV a Desfongerais, Luis XV, admirador de los quirurgos, fundó una Academia de Cirugía.

Las bellas artes y las letras han representado al médico en múltiples formas: la escuela holandesa se ocupa mucho de ellos; Balzac les enaltece en su libro Medecin de campagne; y si Molèire les dirigió sátiras fue por llevar a la escena un tipo que despierta general interés; Pascal, Rabelais y Sganarelle, que cultivaban la medicina, dirigieron a los médicos epigramas ingeniosos, sacrificando la verdad a la brillantez de la frase, con el intento de hacer ruido. Ninguna profesión exige cual la del médico, tan constante estudio, tanta perseverancia, tan gran abnegación, tantos sacrificios.

El médico es un tipo notablemente generoso: dotado de gran valor moral, arrostra todos los peligros para consagrarse al servicio de la humanidad doliente, sin vacilar ante la peste, ante el contagio, ante la muerte. El médico es el ser caritativo por excelencia, es un héroe desconocido, es un mártir que sacrifica su vida por conservar la de los demás. ¡Honremos al médico!

México, noviembre de 1889.