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Las mentalidades

Por mentalidad entendemos unos modos colectivos de pensar, de sentir, de soñar totalmente interiorizados por el individuo hasta formar un complejo mental y afectivo que parece elemento natural de la personalidad y que, por lo tanto, obra de manera inconsciente. No viene al caso en estas páginas abrir el debate sobre esta importante cuestión, objeto, en nuestra época de multitud de estudios por parte de determinados ramos de la psicología, de la sociología y piedra angular de la renovación de los estudios históricos emprendida por la escuela de los Annales. Tampoco es oportuno recordar que, en los tiempos mismos en que se escribían nuestras novelas, varios intelectuales eminentes, más o menos relacionados con las orientaciones pedagógico-sociológicas de la Institución Libre de Enseñanza, Urbano González Serrano, Adolfo Posada, Rafael Salillas, Gumersindo de Azcárate, etc., y el mismo Francisco Giner, al asimilar los nuevos datos proporcionados por las ciencias europeas, se interrogaban sobre «la psicología» del pueblo español y sobre su mentalidad. Las reflexiones de Gonzales Serrano, Posada y Clarín en tomo a la teoría de Gabriel Tarde (1843-1904) sobre la imitación y la interacción social son al respecto significativas de la conciencia que los intelectuales de la época (entre los cuales figuraban los mismos novelistas, Clarín, Galdós, Palacio) tenían del problema de las mentalidades. Está por hacer una síntesis focalizada en este aspecto de la incipiente sociología y concomitante con el desarrollo de la representación novelesca.

Basta aquí analizar la materia novelada, según este ángulo, para «revelar» los rasgos dominantes de una mentalidad colectiva encarnada en los personajes novelescos pertenecientes a los varios grupos sociales y subrayada por la expresión irónica, humorística o gravemente seria de la lucidez de los narradores que, quiéranlo o no, son, a pesar de su indiscutible superioridad, unos de tantos.

A partir de La desheredada, es decir, cuando la novela deja de ser vertebrada por una tesis, y cuando es resultado de una observación directa de la sociedad, se ve hasta qué punto el deseo de ascender polariza la imaginación y algunas veces moviliza las actividades de numerosos personajes de la clase media y de la burguesía. El querer llegar a ocupar una posición superior a la que se siente uno condenado a vivir es el impulso dominante en la psicología de la gente de clase media y de algunos individuos de baja extracción (como Salabert de La espuma, Gaitica de La desheredada) contaminados por la «ley» de la imitación y por la «locura crematística». En cuanto a los ya enriquecidos, los que han pasado de la mesocracia a la burguesía, su aspiración, como se ha dicho, es comprar un título para así satisfacer su deseo de encumbramiento. Para todos, poner los ojos en lo de arriba provoca el general desprecio por lo de abajo. Tal es, resumida en extremo, la mentalidad social dominante en la «sociedad presente», la que puede deducirse de los comportamientos de numerosos personajes y, a veces, de los comentarios de los narradores.

Ya hemos evocado el caso de doña Javiera, la carnicera amiga de Manso, que tras una vida enteramente dedicada al trabajo y al ahorro, puede disfrutar de repleta fortuna que la incita a imitar, con el acostumbrado mal gusto de los advenedizos, el modo de vivir de la asentada burguesía y a desear para su hijo un destino superior al de su propia clase. En tal situación, doña Javiera no puede sino despreciar a los inferiores y particularmente la querida de su hijo, la institutriz Irene. Y eso que la antigua carnicera es buena persona, pero se le impone como obligación imitar las maneras al uso y casar con la mentalidad colectiva.

Aparte algunas notables excepciones, como Agustín Caballero de Tormento, el desprecio manifestado por los individuos de la capa inferior es general y es tanto más fuerte cuanto que éstos se encuentran en el peldaño social más próximo. Doña Lupe, que mantiene relaciones de vecindad con la rica familia de Santa Cruz, no pierde ocasión de rebajar y humillar a Fortunata por ser ésta mujer del pueblo (FyJ), Los Sobrado, ricos comerciantes del Barrio de Abajo de Marineda, prohíben el paso a su territorio a cuanto viene desde abajo; el hijo, Baltasar, de esta familia, nunca podrá casarse con la cigarrera Amparo y el narrador (la narradora), aceptando sin ambigüedad el hecho de que «las clases no son iguales», comenta: por eso «es un crimen que un señorito de clase media engañe a una obrera» ( La Tribuna, 199 -¡sí, el narrador es uno de tantos!-). Rosalía Piapón, la de Bringas, esposa de un subalterno funcionario del Estado, afirma sin contemplaciones la superioridad suya sobre Amparo y Refugio, a las que no perdona ser hijas de un portero (Tormento, 29). En consecuencia, los individuos así despreciados (casi todos mujeres) o se resignan, aceptando como natural su inferioridad (Tormento, Fortunata hasta cierto punto, la Tribuna), o desean, resentidos, desquitarse a cualquier precio (es el caso de Refugio, que, enriquecida por sus amantes, se otorga el placer de humillar a su vez a Rosalía Piapón -Tormento-).

Según la visión galdosiana, la clase media madrileña, la de las modestas familias de funcionarios, no tiene identidad propia. Todo se le va en el anhelo de aparentar, en su casa cuando hay visitas, en las calles, en la iglesia, en los teatros. Codearse con la buena sociedad en el Real, el teatro de más prestigio, es título de gloria para Rosalía, la de Bringas y para las Miau, aunque vayan «de limosna». «A Rosalía -comenta el narrador- la gustaba sobre todas las cosas, figurar, verse entre personas tituladas o notables por su posición política o por su riqueza, aparente o real» (Tormento, 48). En ese afán de aparentar, según el narrador de Miau, Tormento, La de Bringas, las mujeres son protagonistas; los hombres, grises e insulsos, en general, les siguen la corriente en espera de que las buenas relaciones surtan algún beneficio. Francisco Bringas acepta la manía nobiliaria de su mujer porque, dice el narrador, «en esta sociedad [...], no vigorizada por el trabajo, y en la cual tienen más valor que en otra parte los parentescos, las recomendaciones, los compadrazgos y amistades, la iniciativa individual se sustituye por la fe en las relaciones» (Tormento, 28). En cambio, el pobre Ramón Villaamil, ya cesante definitivo y sin esperanza, lamenta la mentalidad de las mujeres que le rodean, su esposa, su cuñada, su hija: «El maldito suponer, el trapito, las visitas, el teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para fingir dignamente de personas encumbradas nos perdieron» (Miau, 359). Pobre es la familia de José Relimpio, pequeño funcionario y tío de Isidora, y, sin embargo, «como es ley -otro comentario del narrador- que todas las clases de la sociedad a excepción de los jornaleros, vistan de la misma manera y como hay un verdadero delirio en los pequeños para imitar la manera de los grandes [...], las de Relimpio [la madre y las dos hijas] se emperifollaban tan bien con recortes, deshechos, pringos y cosas viejas remozadas, que más de una vez dieron chasco a los poco versados en fisonomías y tipos madrileños» (La des., 143).

En cuanto a los hijos de estas familias, resultan contaminados por la mentalidad ambiente. Las hijas de Relimpio «con ser tipos perfectos de la miseria disimulada [...] se habrían horrorizado de que se les propusiera casarse con un hábil mecánico» (ibid., 144); su hermano, Melchor, nunca pensó en trabajar, pues «fanatizado por lo que oía decir de fortunas rápidas y colosales, quería la suya de una pieza, de un golpe» (ibid., 149). Para Joaquín Pez (La des., FyJ), hijo de Manuel Pez, no es cuestión de trabajar, ya que el buen manejo de una adecuada gramática parda permite conseguir ese dinero sin el cual la vida «es una enfermedad del cerebro» (ibid., 377). En una sociedad en la que un Salabert es duque de Requena y recibe al rey en su casa (La esp.) y que tolera el escandaloso enriquecimiento de un Gaitica (La des.), todo parece posible, con un poco de suerte, mucha habilidad y total falta de escrúpulos. El trabajo honrado, al cual se dedicaron durante toda la vida los comerciantes de Madrid (los Santa Cruz, los Trujillo, los Arnaiz de FyJ) o de ultramar (Agustín Caballero de Tormento), no es la manera más rápida de hacer fortuna; por otra parte, el trabajo, además de ser degradante, impide gozar de la vida. Es de añadir que Juanito Santa Cruz, hijo de los orondos burgueses Baldomero y Barbarita, bien asentados en su fortuna, como Paco, hijo de los ociosos marqueses de Vegallana que siguen reinando en Vetusta (La R.), sólo piensan en darse buena vida; y, a propósito de Baldomero, comenta el narrador que «no había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los padres trabajen para que los hijos descansen» (FyJ, 153).

Con esta mentalidad totalmente viciada por la «locura crematística» y por el mezquino deseo de parecer que, por lo demás, no engaña a nadie, pues en el Madrid mesocrático todos se conocen, la clase media, objeto predilecto de la representación galdosiana, lejos de ser como quería verla don Benito en 1870, «la clase que asume por su iniciativa y por su inteligencia la soberanía de las naciones» (en Bonet, 1999, 130), yace, ofuscada por ilusiones, inconsciente de sí misma, estancada en un bache histórico.

Tanto es así que, en el panorama literario, el personaje de Isidora Rufete, aunque estudiado («experimentado») como un caso de esquizofrenia, alcanza categoría de figura simbólica. La ficción nobiliaria que se ha construido el personaje a partir de un engaño y bebiendo los vientos falsos de un imaginario colectivo alimentado, entre otras cosas, por una falaz literatura folletinesca (la que, por ejemplo, escribe Ido del Sagrario), aparece como el símbolo de un sueño de grandeza, por lo demás totalmente ilusorio, pues apenas queda vestigio de ella (la condesa de Aransis es un vestigio, también simbólico de una época pretérita - La des.-). En otra escala, el sueño de Isidora puede verse también como la representación, igualmente simbólica, de la irracional y difusa aspiración colectiva a una ilusoria identificación con una aristocracia mitificada. De igual manera, pueden explicarse los sentimientos monárquicos de algunos personajes del pueblo como la Sanguijuelera, para quien en tiempos de su venerada Isabel II «los grandes eran grandes y los chicos chicos» (La des., 450). Al respecto, escribe atinadamente el profesor Jover, la vieja aristocracia «encierra una apelación de casta, afirmada desde dentro y recibida [...] por el subconsciente del entero cuerpo social», y prosigue: «tardaría mucho en extinguirse, especialmente entre las clase medias tradicionales y entre las clases populares no proletarizadas, ese mágico prestigio del conde, del marqués o del duque» (Jover, 1976, 303).

Por eso será, tal vez, que el narrador de Fortunata y Jacinta, al encontrarse en empatía con su protagonista popular, «verdadero tipo de mujer del pueblo», «pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo», sienta la necesidad de generalizar, atribuyéndole a la entidad pueblo la autenticidad elemental de que carece la sociedad que ocupa los barrios «decentes» de la corte. «El pueblo posee las verdades grandes y en bloque y a él acude la civilización moderna conforme se le van gastando las menudas de que vive» (citado ya). El narrador, que se dedica a mostrar la hipocresía y la vanidad vetustense, tampoco oculta la impresión que le causa el encuentro con la energía vital y la brutal autenticidad de los obreros del bulevar (La R.). La misma doña Emilia se encariña con su personaje, Amparo, por su vitalidad, su entereza moral, superior en todo caso a las hipocritonas medias tintas de la burguesía de Marineda y a las pusilanimidades de algunos de sus representantes. Esta visión en simpatía no basta para sugerir el «sentir y hasta el respirar de la gente» de las clases populares, si bien revela los sentimientos filantrópicos de la novelista... En la materia novelada, son pocas, por cierto, las auténticas «visitas al cuarto estado», y menos aún los textos que profundizan las descripciones para captar la mentalidad popular. Es de observar, al respecto, que las más profundas representaciones son las que se focalizan en la mujer. (Esta observación, aquí incidente, merecería ensancharse y abrirse sobre amplia perspectiva, ya jalonada por varios estudios de gran interés, a los cuales remitimos.) Sin embargo, del conjunto de los cuadros pueden sacarse algunos rasgos que articulan los modos de pensar y sentir de las clases populares.

El primero sería precisamente éste, el que no haya en Fortunata, en Mauricia la Dura, en la Tribuna, en la Sanguijuelera, pensar sin sentir; es decir, que en estos personajes femeninos, la afectividad, el sentimiento envuelve siempre el pensamiento. Esta peculiaridad no es, por cierto, privativa de la mujer del pueblo, pues lo encontramos también en Ana Ozores, en Maximina de Palacio Valdés. Es un aspecto, cuyo estudio exigiría tiempo y espacio; por eso nos limitaremos a decir que es prueba de autenticidad. La mujer del pueblo no conoce la hipocresía. Fortunata, Amparo, la Sanguijuelera, la mujer de Ido del Sagrario y todas las que pueblan la casa de Mira el Río pueden callar, disimular, mentir, pero no toman posturas para engañar. (No es el caso de los hombres: José Izquierdo, Platón, vecino de la casa de Mira el Río, es hermoso y noble por fuera y muy pardo por dentro.) Sobre este punto, la casa de vecindad es el positivo en negro del negativo blanquecino de los barrios de la «buena sociedad», gran teatro de una comedia de engaños. Las familias miserables de Mira el Río, las del barrio de las Peñuelas (La des.), como la mayoría de las cigarreras de Marineda (La Tribuna), parecen aceptar con cierta resignación sus duras y tristes condiciones de vida. No se trata de resignación cristiana, sino de la aceptación de una situación que para la mayoría parece natural pues no han conocido otra; por eso está tan llena de vida esta animada corte que vive de milagro. Sin embargo, esas mujeres y esos niños reciben gozosos los caritativos regalos de la Santa práctica, Guillermina Pacheco. En esta especie de corrala, todo se oye, todo se ve y, a pesar de esa promiscuidad, el narrador no nota ningún asomo de envidia porque una tiene más que otra. En los barrios «decentes» no hay tal cosa: palidecen de envidia las damas de Vetusta o las Miau o la de Bringas cuando, en el teatro, en la iglesia, asoma un vestido más lujoso que el suyo. Sin que pueda hablarse de solidaridad, como la que existe entre las cigarreras de La Tribuna, que acuden a ayudar, cuando el parto, a la «Lucina plebeya» (así llama, desafinando, doña Emilia a Amparo), las mujeres de la casa de vecindad se prestan servicios; una se ocupa de los niños de otra y viceversa. La resignación de las buenas gentes de Pereda es de otra índole; a pesar de sus estrecheces y de su constante lucha por la vida, son felices porque se conforman con poco y tienen confianza en la vida ultraterrena (La Puchera).

El conformismo religioso de los tipos literarios de Pereda es mucho más estereotipado que el conformismo social (o político) de que hacen muestra las mujeres de la casa de Mira el Río o la Sanguijuelera u otros personajes secundarios, como por ejemplo, don Florencio, conserje del Observatorio (Doctor Centeno). Pero el caso más profundizado es el de Fortunata, mujer del pueblo, cuyos valores y criterios mentales muy arraigados se encuentran enfrentados, después de casarse con Maximiliano Rubín, con unos códigos y con un sistema de normas que le son extraños. Esta dramatización interior del conflicto, que trastorna sin transformarlo del todo la mentalidad del personaje es, por su universalidad, uno de los logros más notables del gran realismo.

La Sanguijuelera (La des.), las mujeres de la casa de vecindad, incluso Nicanora y su marido el desclasado Ido del Sagrario (FyJ), totalmente enajenados por la lucha por la existencia (por la «puchera»), no tienen conciencia social. Aceptan su condición sin amargura; no se les ocurre rebelarse contra las injusticias. Se creen inferiores y parecen considerar cosa natural que las personas de arriba las traten con condescendencia. Cuando Fortunata, «nacida para menestrala», cambia de clase y tiene que vivir en casa de doña Lupe, no puede superar el complejo de su inferioridad, tanto más que ésta no pierde ocasión de recordarle su baja condición. Fortunata es ignorante, como cualquier mujer del pueblo: «lo que saben los niños y los paletos, ella lo ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase superior» (FyJ, 326); le falta el lenguaje; se muestra insegura en el uso de la palabra y, por temor a equivocarse ante personas de clase media, se refugia en el silencio. A pesar de la evolución, en pocos años, de su sistema mental de referencias y de su dominio cada vez más atinado del lenguaje, hasta discurrir interiormente mejor que cualquiera pues consigue expresar que las cosas que le pasan «no tienen nombre» (ibid., 891), no consigue borrar la conciencia de que en esa esfera social superior se encuentra «fuera de su centro natural» (ibid., 521). El caso aislado de Fortunata, tratado con toda la hondura artística de la intuición psicológica de Galdós, no autoriza conclusión sociológica general. Limitémonos, pues, a subrayar que, según el autor, una mujer del pueblo bien arraigada en la cantera de sus valores no llega, ni siquiera con la ayuda de las lecciones de «filosofía práctica» de su buen amigo Evaristo Feijoo, a diluir su entereza moral en el pantano de los códigos de apariencias que rige la moral pública de las clases superiores. De modo que resulta ilustrada (si no demostrada) la convicción de que el pueblo «conserva las ideas y los sentimientos elementales en toda su plenitud» (ibid., 776).

Frente a la hondura analítica de tal empática plasmación del personaje de Fortunata, parecen poco originales los rasgos de la mentalidad conservadora del pueblo que pueden espigarse en una u otra novela. La Sanguijuelera, don Florencio (Doctor Centeno), los tipos populares de Pereda y también las cigarreras de La Tribuna que, a pesar de su adhesión gregaria al artificial bullicio revolucionario (doña Emilia dixit), «afirman una fervorosa piedad», dispuesta a defender el buen catolicismo de los excesos de los carlistas y de los republicanos, todos acatan el orden social establecido: monarquía, capas sociales bien deslindadas y cada uno en su sitio. Don Florencio, que por ser portero ya tiene un pie en la clase superior, declara a menudo: «yo he sido siempre un hombre de orden, muy español [...] Las democracias extranjeras echan a perder la juventud de hoy» (Doctor Centeno, 54). La Sanguijuelera, que según el narrador «encarnaba en sí [...] el entusiasmo monárquico del antiguo pueblo de Madrid» (La des., 451), expresa en su jugoso lenguaje sus recortadas opiniones sobre el mundo de ayer y el de hoy; para ella, éste es degradación de aquél: «Yo me acuerdo de los tiempos de la reina, de aquellos tiempos, hija, en que el pan estaba a doce cuartos las dos libras y en que había más religión, más aquel, más principio [...]. Dicen que libertad... Miseria, hija. Los pobres están más pobres [...] ¡La libertad!... Pillería, chica pillería. Entonces había más señorío créelo, y donde hay señorío corre el dinero y vive el pobre» (ibid., 450-451). Ya se ve que este personaje, de recio temperamento e indudablemente resultado de seria observación por parte de Galdós, es, por lo que a mentalidad se refiere, hermano de las buenas gentes de Pereda.

La mentalidad conservadora de los personajes del pueblo es, como siempre, resultado de muchos factores sociológicos y culturales; entre estos últimos, es indudable que la religión tiene un peso determinante. Por ejemplo, ante la custodia, Fortunata («la muy tonta», exclama el narrador que la hace hablar en indirecto libre), que ha interiorizado las normas religiosas y sociales, se dice a sí misma que la religión predica la resignación, que no debe alterarse la ley social (FyJ, 471-472). En numerosas novelas, asoman con papel activo varios representantes de esa Iglesia católica que, en algunas obras, es omnipresente y omnipotente (La R., La fe, Peq., y por supuesto las novelas de Pereda y Alarcón) y, sin embargo, pueden contarse en los dedos de la mano los personajes que viven como auténticos cristianos, citemos a Monseñor Caimorán, obispo de Vetusta, al padre Gil de La Fe, a Nazarín, a Misericordia y también, en cierto modo, a Guillermina Pacheco (FyJ), a Halma, las «santas prácticas».

Los representantes de la Iglesia católica, curas, canónigos, obispos, padres, muchos padres, escolapios, dominicos, jesuitas, muchos jesuitas, etc., ocupan un espacio importante en la materia novelada. Su papel y su peso social son considerables, como apoyo de la oligarquía dominante (el padre Osorio de La espuma, el clero catedral de Vetusta...), como rectores y correctores de conductas de la aristocracia descarriada (el padre Cifuentes y demás jesuitas de Pequeñeces), como correctores de conductas de pecadores y pecadoras (Nicolás Rubín de Fortunata y Jacinta, el padre Nones de Tormento, cura simpático, buen conocedor del alma humana), como padres padrinos de sus feligreses (los buenos párrocos de Pereda), como meros salvajes con los largos pelos de sus dehesas (Pedro Polo de Tormento, don Eugenio, cura de Naya de Los Pazos de Ulloa, o el cura Contracayos, «aquel animal» que convierte el confesonario en escuela de seducción - (La R., 460-464)-, etc. Estos clérigos, buenos o malos, y que merecerían reunirse en una galería particular para facilitar un estudio especial, impregnan todos los estratos del tejido social para seguir cuadriculándolos con dogmas y ritos. Aunque el padre Coloma lamenta que se haya roto la red homogeneizadora de la Unidad Católica (tal es el tema y la finalidad de Pequeñeces), el poder de la Iglesia sobre la sociedad y sobre la parte social de las conciencias es enorme. En el conjunto de la novela de la Restauración, el campo semántico relativo a religión, Iglesia, dogmas, moral católica, ritos es muy extenso (tal vez el más extenso de todos). De modo que la mentalidad colectiva (en el mundo de la novela) está saturada de catolicismo, de «cultura» y de rutina católicas. El lenguaje de los diversos narradores vehicula buena parte de ese vocabulario «religioso», que surge en descripciones y discursos, con la coloración crítica (ironía, humor, frialdad seudo-neutral) o apologética, que le comunica la finalidad del autor, según su grado de repulsa o adhesión. El análisis lingüístico de cualquier descripción de un motivo religioso desemboca en conclusiones bastante claras como para hacer redundantes los juicios de los narradores. Las descripciones que Galdós y Clarín hacen de la Noche Buena (La R., II, 271-281; FyJ, 258-260; La des., 199-203) bastan para evidenciar que, para ellos, la fiesta es una profanación «del misterio sagrado de la encarnación»; el comentario del narrador es mera insistencia pedagógica: «La conmemoración más grande del mundo cristiano se celebra con el desencadenamiento de todos los apetitos» (La des., 200).

La tesis de las novelas tendenciosas anteriores a La desheredada gira siempre en torno a cuestiones religiosas. Y eso que dichas novelas (El escándalo, Doña Perfecta, De tal palo tal astilla, etc.) son menos significativas de la realidad social de la religión que las novelas de los años ochenta, pues el debate de ideas, como se ha dicho, es el que organiza la materia novelada con el solo límite de la verosimilitud. Con la observación más serena de la realidad (sin renunciar a la finalidad) la novela accede a la veracidad. Entonces, la religión aparece, como en la vida real, más diluida en la mentalidad colectiva y los dramas y conflictos de los que es causa pocas veces constituyen el argumento central y único, aunque en algunas obras dichos conflictos cobren singular relieve (Doña Luz, La R., La fe, Nazarín, Raima, La prueba, etc.).

Primera página de la obra El escándalo

Primera página de la obra El escándalo, de Pedro Antonio de Alarcón, cuarta edición, Madrid, 1878. Biblioteca Nacional, Madrid

Ahora bien, si los ritos del culto católico acompasan la vida social e individual y si los dogmas siguen siendo referencias obligadas de los comportamientos y los fundamentos de la moral pública, pocos personajes (los antes citados, y algunos más) en el conjunto de las novelas han interiorizado los valores auténticamente cristianos como para vivir movidos por una fe que acorde el pensar, el sentir y el obrar. El buen obispo Camoirán, Nazarín, el padre Gil, Benina podrían verse, cada cual según su temple, como paradigmas de autenticidad cristiana. Frente a estos casos aislados, la gran mayoría de los personajes (como es de suponer, la gran mayoría de los españoles) sólo viven en la geometría del catolicismo, inconscientemente cuadriculados por prácticas rituales e inveterados imperativos dogmáticos. La religión no les «llega al alma», se limita a ordenar y regular las conductas sociales; se reduce, pues, a un código normativo, que la vida social obliga a seguir más o menos blandamente, pero del cual es tanto más fácil zafarse cuanto que esté desactivada la distinción entre la buena y la mala conciencia. Aparte algunas excepciones, como el seudo-ateo de Vetusta, don Pompeyo Guimarán y su compinche Santos Barinaga, que se proclaman no católicos, todos los personajes de la novela de la Restauración, grandes y chicos, pobres y ricos, si se les preguntara se dirían católicos. Si se les preguntara, en efecto, pues ocurre que en varias novelas de Galdós (El amigo Manso, Lo prohibido, La de Bringas, Miau) la religión está totalmente ausente, como rechazada fuera de campo. En todo caso, está fuera del campo de las conciencias y pasa lo mismo en casi todas las novelas, incluso aquellas en que el catolicismo, la geometría católica, es una pauta social. Es decir, que, en su gran mayoría, los personajes «se dicen o se creen católicos -como escribe Clarín en Su único hijo- pero viven como ateos perfectos». Lo que quiere decir Clarín es que con la disolución de la idea de trascendencia, lo sagrado ha perdido su sentido: es un simulacro (véase Lissorgues, 1996, 94-109). Es inútil tomar ejemplos; basta mirar cualquier personaje de clase media arriba para ver que, en cuanto a religión, su lema es «católico por fuera, por dentro lo que me da la gana».

Esta manera de considerar el catolicismo no es la causa única, por cierto, de la doble moral que rige a la mayoría de los personajes de la sociedad «decente» y que denuncian todos los narradores sin excepción, pero es significativa de la incapacidad de la religión para fundamentar una auténtica moral individual y colectiva. La hipocresía es el motor de la comedia social. «Aquí -escribe Clarín en 1885 - la moral pública está asegurada por mucho tiempo. La que está corrompida es la privada» (Alas, 1885, 209). La misma Fortunata, al enterarse de que el cura Nicolás Rubín, «este tonto de capirote, ordinario y hediondo», acaba de ser nombrado (como cualquier vulgar funcionario) canónigo de Orihuela, se dice a sí misma: «Hay dos sociedades, la que se ve y la que está escondida» (FyJ, 740). La que se ve es la que pasea su fachada de honradez por los teatros, por los paseos, por las iglesias; la otra, la que se esconde detrás de las máscaras, es la que va movida por el egoísmo, la envidia, el vicio, el engaño. Rosalía de Bringas es, por fuera, una buena burguesa; por dentro, una envidiosa, que para satisfacer su manía nobiliaria cae en el adulterio. Fermín de Pas, el Magistral de Vetusta, uno de los personajes de mayor densidad de la novela del gran realismo, es uno de los mejores ejemplos de duplicidad inteligente. Doble moral, pues, imperante en todas las esferas sociales (salvo en las clase populares que, ellas, viven en primer grado) y representada en todas las novelas, tanto las de Galdós, Clarín, Palacio, Picón, Pardo Bazán como en las de Pereda (La Montálvez) y Coloma (Pequeñeces). A lo más, habría que hacer una distinción entre lo que pasa en las clases medias y las altas clases. Algunos personajes de las aristocracias, la del dinero y la antigua, considerándose por encima del bien y del mal, se entregan sin empacho y hasta con cinismo a sus vicios, como Curra Albornoz y el grande de España Jacobo Téllez (Peq.), Nica Montálvez (La Montálvez), Salabert y su hija Clementina (La esp.), Álvaro Mesía, Obdulia (La R.).

Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán

Luis Coloma

Luis Coloma, escritor jesuita

Otra dualidad moral, de distinta naturaleza y de otro alcance, que aparece en la mentalidad colectiva, es la que radica en la distinción que Emilia Pardo Bazán nota en «la sociedad presente» entre la moral masculina y la moral femenina y que ella misma dramatiza en sus novelas. Pero es de observar que las obras de otros novelistas, particularmente Galdós, Clarín, Picón, Palacio Valdés, dan cuenta de las diferencias de criterios para enjuiciar las conductas de los hombres y de las mujeres. Un seductor, como el huero Álvaro Mesía o el casquivano Juanito Santa Cruz, pueden ostentar como glorioso trofeo sus conquistas femeninas, mientras que la mujer seducida es objeto de reprobación y repulsa. El que Juanito Santa Cruz tenga un hijo ilegítimo no levanta escándalo en la familia de los honrados burgueses Baldomero y Barbarita; al contrario, pues así tienen a un heredero y con bendición de la «santa práctica» Guillermina. Mientras que Fortunata, por haber fallado, es una perdida de por vida. El diputado Botín, casado y con familia, apenas disimula su relación con Isidora y nadie censura su conducta, ni siquiera su mujer (La des.). Bien se sabe que en aquella época, por varios motivos culturales, sociológicos, fisiológicos, a la mujer se la considera inferior al hombre o, y casi viene a ser lo mismo, diferente. Es un tema muy explorado y sólo se evoca aquí para subrayar una paradoja, seguramente explicable, a propósito de lo que se acaba de decir acerca de la doble moral social, más apremiante para las mujeres que para los hombres. En efecto, en varias novelas se le atribuye a la mujer un papel preponderante y hasta determinante. En dos novelas tan distintas como Fortunata y Jacinta y Pequeñeces, los personajes femeninos ocupan el primer plano y son los más activos (que sea para bien o para mal no es el problema). En ésta, las mujeres aventajan en inteligencia y actividad a los hombres, rebajados, de modo caricaturesco, al papel de zánganos dañinos o grotescos. Aparte algunas figuras masculinas de singular personalidad, Maximiliano Rubín, Avaristo Feijoo, en el mundo de Fortunata y Jacinta, las mujeres son superiores a los hombres, moral e intelectualmente. Jacinta, por ejemplo, con su lucidez, su perspicacia, su capacidad de observación, eclipsa a su marido, que parece girar en torno a las cosas como astro apagado. Además de las destacadas protagonistas bien conocidas de los lectores: Ana Ozores, Fortunata, Jacinta, Gloria, Isidora Rufete, Maximina, Benina, etc., aquí están las Miau, Rosalía de Bringas, Isabel Cordero (FyJ), Irene (la Dulcinea-Aldonza de Máximo Manso) y tantas otras. En la galería de personajes, las mujeres ocupan un puesto de primer plano y su actividad es más incisiva que la de los hombres. Algunas consiguen manejar el tinglado político para intervenir en el nombramiento de empleados, gobernadores y quién sabe si ministros (Miau, 309). En Pequeñeces, Butrón y sus secuaces pretenden manipular el cotarro de la damas, pero resultan cómicamente desenmascarados en una grotesca posición en la escena, claramente simbólica, del teatro donde están reunidas las «conspiradoras» (Peq., 328-338). ¿Qué significación se le puede atribuir a tal escenificación de la mujer en el retablo de la materia novelada? En una sociedad oficialmente dirigida por unos hombres que gozan, en la mentalidad colectiva, de los inveterados privilegios de una moral de señores, las mujeres, si no hacen la historia, influyen de modo decisivo en la sociedad (novelada). Machismo, feminismo o lo que se quiera, el testimonio intrahistórico de los novelistas diluye el sentido de estas recortadas etiquetas en las abigarradas y movedizas aguas de la representación de la vida de la época.

Cabe ahora alzar la mirada al nivel de las tendencias generales de la mentalidad colectiva y preguntarse primero si ésta integra de una manera u otra la conciencia de los indudables avances de la civilización, consecuencias del proceso de industrialización y del desarrollo técnico, de los que da cuenta la novela en una multitud de alusiones, descripciones más o menos breves, relatos parciales, que emergen, casi de pasada, en la narración de la sociedad presente. Las aplicaciones más visibles de estos adelantos (ferrocarril, fábricas, minas) se inscriben en la geografía, urbana o rural; otras influyen en la vida cotidiana, facilitando desplazamientos (tranvía, tren), abriendo horizontes culturales (viajes, prensa, publicaciones diversas), proporcionando nuevas posibilidades de lucha contra enfermedades y dolencias. Si se sacara de la materia novelada esas representaciones, dispersas y fugaces en general, se vería cómo, entrelazadas unas con otras, tejen ya una red de la que la sociedad presente no puede escapar. El progreso, llamémoslo así, se introduce paulatinamente en los espacios geográficos y sociales. Por ejemplo, después de casarse, Ana Ozores y su marido salen de Vetusta en diligencia; ocho años después, el tren de Madrid sale cada tarde de la estación de la «heroica ciudad». Al regresar de Leganés, Augusto Miquis le anuncia a Isidora que pronto «van a poner un tranvía», el primero inaugurado en Madrid, en 1871 (La des., 35).

La gente, la que puede, va en tren a San Sebastián, a Barcelona, a Biarritz, a París, se instala en el nuevo barrio de Salamanca, llama al médico, lee periódicos, pero pocas veces los personajes dan su opinión sobre las nuevas posibilidades ofrecidas por la ciencia y la técnica. Según la novela, la idea de progreso no se ha filtrado en la mentalidad colectiva; pocos, muy pocos son los que como Pepe Rey (Doña Perfecta), Carlos y Teodoro Golfín (Marianela), Mariano de Elorza, padre de Marta y María, tienen conciencia de que asisten al advenimiento de una nueva época. De este último, Elorza, dice Palacio Valdés (prestándole sus propias ideas) que «profesaba amor fervoroso a los increíbles adelantos de la época presente» y que «la política nacional le preocupaba poco en comparación del incesante y sublime progreso realizado por la humanidad» (Marta y María, 80-81).

Según el testimonio de las novelas, la mentalidad colectiva está estancada en un pantano de aspiraciones, deseos, ilusiones mezquinas y egoístas, sólo capaces, por lo que se refiere a la colectividad, de alimentar un patriotismo de campanario, pero que alejan de una verdadera conciencia histórica. En el capítulo anterior hemos evocado brevemente la mentalidad dominante en las altas esferas: aspiración, compartida por la aristocracia antigua y la del dinero, a hacer fructificar el capital; falta de conciencia política e histórica. Las clases medias, por su parte, se empeñan en remedar las clases superiores. Por fin, en todas las capas que se consideran decentes, con respecto al cuarto estado, dominan el desprecio al trabajo productivo y el deseo de ganar y gastar dinero para lucirse y gozar de la vida y cuando faltan pesetas hay que fingir que pueden gastarse para presumir. Ante tal estado de ánimo colectivo, los novelistas parecen preguntar: ¿Adonde irá la sociedad presente? Al fracaso, por alejarse cada vez más de los inveterados y certeros criterios religiosos y morales, dicen con fuerza Pereda, Alarcón, Coloma. Al fracaso, si las mentalidades cristalizan en esas vanidades, impidiendo el despertar de las conciencias, afirman todos los novelistas liberales. Por eso Galdós dedica La desheredada «a los que son o deben ser» los verdaderos médicos de las dolencias sociales: «a los maestros de escuela». Por eso, sobre todo, nuestros autores escriben novelas. Sin lugar a dudas, escribir novelas les parece más interesante y más eficaz para influir en las mentalidades y, desde luego, para hacer evolucionar la sociedad presente, que dedicarse a la política, de la que dan una imagen no muy lucida.




Lo político. Revolución, reacción, evolución

La política no es, en efecto, un tema de primer plano en la novela del gran realismo. Sin embargo, está casi siempre presente, pero en lontananza, en el fondo oscuro del cuadro, de donde llegan, de vez en cuando, hasta los proscenios iluminados por las miradas de los narradores, rumores de sus percances y actividades, que alimentan las conversaciones en los salones, en las calles, en los cafés, sobre todo en los cafés. En La espuma, en Pequeñeces, dos importantes novelas focalizadas en las altas clases, la política está al lado, en la antecámara, pero en el mismo nivel. Fuera de campo, el poder político obra para defender los intereses de la oligarquía; los ministros y los diputados que frecuentan por necesidad del servicio los suntuosos salones, pertenecen a la espuma, casi como empleados, mientras duran sus funciones. La presencia del ministro de Fomento en el salón de Calderón, y sobre todo de la familia real en la recepción del duque de Requena, Salabert, son simbólicas representaciones del enganche de la política con la alta sociedad; así se patentiza que la espuma es la clase dirigente. También en Pequeñeces, la política está fuera del campo en el que obran y se agitan los conspiradores alfonsinos, manejados por Butrón; cuando, al final de la novela, sale éste al escenario con Cánovas y con el rey, es para mostrarse, según Coloma, en su duplicidad transaccionista: la Restauración, según Coloma, barre por dentro y recoge en su seno los desechos del período revolucionario (véanse Hibbs, 1991; Botrel, 1999).

Estas apariciones directas de la política en el universo de la novela son excepcionales. La política se ve generalmente desde abajo o desde lejos. En Vetusta hay un cacique conservador, el marqués de Vegallana, y un cacique liberal dinástico, Álvaro Mesía; un representante no muy activo del carlismo, Carraspique; un portavoz poco fiable del liberalismo, Foja; cada cual cumple blandamente con su función de manera más o menos limpia, pero en relativa autonomía con relación al gobierno central. El verdadero poder nacional está lejos: en La Regenta sólo hay una alusión a Cánovas y a Sagasta. La resaca de la onda revolucionaria, al llegar a Coteruco (Don Gonzalo González de la Gonzalera), a Marineda (La Tribuna), a los Pazos de Ulloa, provoca trastornos más o menos superficiales, según los autores. Allí también, en esos pueblos, el núcleo de la agitación política está lejos, allá en la corte.

¿Qué pasa en la corte? ¿Cómo viven los madrileños la política? De la misma manera que los vecinos de Vetusta, no la viven; a lo más oyen hablar de ella. En todo caso no la hacen; la aceptan, la critican, pero sin pasión, sin sentirse implicados. Los ricos burgueses madrileños, los Santa Cruz, las Arnaiz, etc., se muestran indiferentes a la forma de gobierno, con tal que puedan dedicarse sin demasiado susto a sus negocios. «A mí no me asusta la república -afirma el marqués de Casa Muñoz- lo que me asusta son los republicanos» (FyJ, 146). Cuando Amadeo dimite y cuando está a punto de proclamarse la República, la familia Santa Cruz y sus invitados están cenando y bromeando como si tal cosa, a pesar de la contrariedad causada por la baja de la bolsa: «¡Pobre España! La acción a 138... el consolidado a 13» (FyJ, 160) (¡La medida de la salud de España es la bolsa!). Lo que realmente les asusta es que «se levante el pueblo en masa» (ibid., 162) y que la anarquía lo arrase todo. Para ellos, la buena política es la que propicia «mucha libertad y mucho palo» (ibid., 154). Después del golpe de Pavía, Baldomero se siente aliviado, pues «el ejército había salvado una vez más a la desgraciada nación española». Para esos representantes de la alta burguesía, la buena política es nada más que esa forma de fuerza, en la que ellos no participan directamente, pero que garantiza el pleno ejercicio de sus actividades comerciales y financieras. Con la Restauración, la política está verdaderamente al servicio de sus intereses, de tal modo que ahora sus intereses pueden sin temor identificarse con el interés de la nación. En Fortunata y Jacinta, la perspicacia y el arte de Galdós nos ponen ante los ojos los mecanismos y las mentalidades que presiden a lo que Manuel Tuñón de Lara (1972) llamaría la oligarquía político-financiera de la Restauración.

Los que están enganchados con la política son todos los empleados del Estado, desde el gobernador hasta el humilde secretario de la última oficina administrativa. No es que tengan, según la novela galdosiana, opiniones determinadas; sólo están al servicio del Estado, venerado por algunos como entidad suprema, y se agarran, esperando la ola fatal del turno que les echará en las costas de la miseria. «Era sin duda -escribe el narrador de Miau- una honrada plebe anodina, curada del espanto de las revoluciones, sectaria del orden y de estabilidad, pueblo con gabán y sin otra idea política que asegurarse y defender la picara olla» (Miau, 314).

En cuanto a los políticos, reales o ficcionales, profesionales u ocasionales, sólo aparecen de manera episódica y sin gran significación. En varias novelas, algunos personajes o el mismo narrador evocan a Cánovas, a Sagasta, a Castelar, a Salmerón, sin dar precisiones de importancia. Al diputado Botín, sólo se le conoce como amante de Isidora (La des.). Villalonga, también diputado al final de 1873, viene a casa de Santa Cruz para contar lo que pasa en las Cortes, en aquellos días memorables en que muere la República. En los salones y en las comidas de la alta sociedad aparece en claroscuro tal o cual diputado, tal o cual ministro (La esp., FyJ). En La Tribuna, el representante regional de la Federal viene a dar un mitin. No, en la novela de la Restauración, no se le atribuye a la política un papel activo. El relato, cuyo título podría ser: «Como se hace un diputado» y que constituye un episodio, entrelazado con otros, de El amigo Manso, debe tomarse como significativo de la posición de Don Benito sobre los políticos y la política de la Restauración. Recordemos que el autor de La desheredada se dejó hacer diputado, en 1886, cunero por más señas, sin convicción, para «conocer de cerca la vida política» (Shoemaker, 1970, 205). No cabe duda de que el personaje de José María Manso es resultado de la observación del novelista-diputado. Pues bien, José María, indiano rico, quiere «consagrarse al país» sin saber nada del país, sin tener ideas ni principios políticos, sin saber siquiera qué partido le conviene mejor. Y hace lo que todos: cultivar relaciones, buscar complicidades, comprar amistades, demostrando que la política es un juego artificial, una comedia inmoral de apariencias y trampas. A lo cual el filósofo Máximo Manso opone sus convencidas reflexiones que, por ser las del autor, merecen citarse: «Era necesario distinguir la parte apócrifa de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, por lo cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil engaños que nos rodean, cerrar los oídos al bullicio de la prensa y de la tribuna, cerrar los ojos a todo este aparato decorativo, teatral y luego darse con alma y cuerpo a la reflexión asidua y a la tenaz observación» (El amigo Manso, 67-68). Este discurso, que podría atribuirse a cualquier regeneracionista del fin de siglo, define también lo que debe ser (o debería ser) el compromiso ético del novelista, de cualquier novelista, con la realidad política y social del país.

Cuestión delicada es la visión que da la novela del sexenio revolucionario y de sus consecuencias ulteriores.

La mayoría de las novelas del gran realismo (con las notables excepciones de La Fontana de Oro, 1870, y de Pepita Jiménez, 1873) se publican después de 1875; son realmente, si nos atenemos a la fecha de publicación, novelas de la Restauración. Ahora bien, un hecho, que no puede ser de pura forma literaria, atrae la atención; es el de la distancia temporal que, en varias grandes obras frecuentemente aludidas y citadas en las páginas que preceden, media entre el tiempo de la historia contada y el tiempo de la redacción (entre el tiempo del relato y el de la narración). La «sociedad presente», casi nunca es formalmente la sociedad inmediata, la que observa el autor en el momento en que escribe. Se dirá que una perspectiva temporal es necesaria para dominar los hechos y para dar densidad a los acontecimientos o a las representaciones sociales. Más puede decirse; la distancia entre la fecha de la acción y la de la redacción, en lugar de ser alejamiento, establece relación entre el presente y el pasado. Dicho de otra manera, el vector entre lo pasado y lo actual representa la Historia en movimiento. De ello están perfectamente conscientes los autores; lo sugieren explícitamente algunos, como Clarín en La Regenta. Galdós, por su parte, confiesa claramente que sitúa a su narrador en 1884, pongamos por caso, para contar una historia ocurrida en 1867 o 1868 y utiliza este procedimiento ficcional para mostrar lo que va de ayer a hoy. «En una sociedad como aquélla [la de 1867] o como ésta [la de 1884], pues la variación en dieciséis años no ha sido muy grande [...]» (Tormento, 28). Es verdad, según el testimonio de la novela, que, a pesar de las evoluciones, han cambiado poco las costumbres y las mentalidades. Sin embargo, durante esos «dieciséis años», hubo muchos trastornos políticos desde la Gloriosa hasta el golpe de Sagunto y la vuelta de Alfonso XII. No puede escapar que las historias contadas en varias obras importantes se sitúan durante ese período. He aquí, sucesivamente, para varias novelas, la fecha de publicación y, en bastardilla, el período durante el cual se desarrolla la acción: Don Gonzalo González de la Gonzalera, 1879, sexenio; La desheredada, 1881, sexenio y primeros años de la Restauración; La Tribuna, 1882, sexenio hasta 1874; Pedro Sánchez, 1883, 1854; Tormento, 1884, 1867 y primeros meses de 1868; La de Bringas, 1884, primer semestre de 1868; Los pazos de Ulloa, 1886, en torno a 1868. Fortunata y Jacinta, 1886-1887, 1869-1876; Pequeñeces, 1890, 1873-1876.

Ahora bien, ninguna de estas obras dramatiza directamente los acontecimientos del sexenio, que se perciben desde espacios sociales o geográficos alejados de las zonas candentes de la «revolución». Si, en Coteruco (Don Gonzalo...), en Marineda (La Tribuna), en Ulloa, la resaca revolucionaria provoca trastornos, más o menos profundos, más o menos pasajeros, para la aristocracia madrileña de Coloma el sexenio interesa como justificación de la reacción restauracionista, en la cual se focaliza la acción, y, en las profundas aguas intrahistórica del Madrid burgués, mesocrático y popular de Galdós llegan sólo ecos atenuados del bullicio. Parece que ningún novelista se atreve a encarase directamente con la «revolución». Habrá que esperar la quinta serie de los Episodios Nacionales (1909-1912) para que el período de 1868 a 1875 sea real y directamente materia novelable... Sorprende. Antes de intentar comprender esta desatención deliberada, es preciso examinar qué visión de la revolución da la materia novelada. En Coteruco, en Marineda, en Ulloa, la Gloriosa y la Federal, desencadenan, según los autores, nefastos trastornos mentales y económicos. El patriarca de Coteruco (intérprete de las ideas de Pereda) increpa en un monólogo a sus labriegos que se han dejado contaminar por el virus revolucionario: «ayer teníais los hogares llenos de pan y abundancia; hoy vivís hambrientos, desnudos, desesperados y con la envidia y el odio en el corazón. ¡Esto os han dado los apóstoles que os redimieron de la esclavitud, de la fe y del trabajo honrado!» (Don Gonzalo..., 459). La adhesión a la Federal le permite a Amparo afirmar su personalidad de mujer combativa y honrada, pero el narrador, mejor dicho la narradora, aprovecha la posición de superioridad que se otorga para sugerir que es víctima del engaño de una propaganda periodística superficial y poco sincera; para los crédulos obreros «el sentido de las cosas no les era patente» (La Tribuna, 77). No pueden esperarse grandes adelantos históricos de tal agitación. Sí, nota la narradora, con la revolución cambia un poco la mentalidad de la clase media: se hace más frívola y «comienza a imperar el traje corto». Algo es algo (!). De vez en cuando, pese a sus prejuicios, la condesa deja escapar opiniones pertinentes: «España estaba próxima a la gran lucha de la tradición contra el liberalismo» (La Tribuna, 96).

Primera página de la obra María y María

Primera página de la obra María y María, de Armando Palacio Valdés, edición ilustrada por J. Luis Pellicer en Madrid, 1883. Biblioteca Nacional, Madrid

En la obra de Galdós o de Palacio Valdés no hay ningún turiferario de la revolución, ni siquiera en el cuarto estado (aparte el charlatán mentiroso José Izquierdo, parodia del falso revolucionario -FyJ, 201-205-). Los burgueses y los aristócratas de Fortunata y Jacinta, poco implicados en los acontecimientos, temen ante todo que se levante el pueblo en masa. Igual temor, pero exacerbado por su precaria situación profesional a la que están agarrados como náufragos a un madero, embarga a la multitud de funcionarios de la Administración, temerosos de que se vuelque la olla. Algunos meses antes de la Gloriosa, Francisco Bringas, Joaquín Pez, etc., exclaman que «la revolución se acerca con su tea incendiaria y su piqueta demoledora» (Tormento, 124). Francisco Bringas se espanta a sí mismo con previsiones apocalípticas: «Los descamisados harán de Madrid un lago de sangre [...]. Adiós propiedad, adiós familia, adiós religión de nuestros mayores» (ibid. 241). Según la novela galdosiana de los años setenta y ochenta, no es en esta parte de la clase media donde la Revolución va a reclutar a sus adeptos; tampoco en la alta burguesía y menos aún en el bajo pueblo... ¿Dónde están los entusiastas defensores del progreso y de la libertad que lucharon contra el oscurantismo y la reacción durante los gloriosos día del 68? Pues no están. En las novelas de Galdós, de Palacio Valdés, han desaparecido...

¿Se equivoca Clarín, pecando de idealista, cuando escribe, en 1880, que la Revolución del 68 «llegó a todas las esferas de la vida social, penetró en los espíritus y planteó por primera vez en España todos los arduos problemas que la libertad de conciencia había ido suscitando en los pueblos libres y cultos de Europa» (Alas, 1880, 67)? Ateniéndonos al balance del período revolucionario, bien sabemos que no, que no se equivoca Clarín. Así pues, ¿cómo explicar que la Revolución esté ausente de la novela; más aún cuando va a buscar la «sociedad presente» en el sexenio?, ¿deseo, por parte de Galdós, de atenuar un fracaso histórico, explicable por la falta de conciencia política del «pueblo»?, ¿resentimiento ante una ilusión perdida? Plantear estas preguntas es ya contestarlas.

Palacio Valdés da una respuesta clara cuando le hace decir al narrador de Marta y María, indignado al ver cómo se desencadena el furor del pueblo de Nieva contra María, acusada de participar en la conspiración carlista: «La muchedumbre estaba compuesta en su casi totalidad por lo que durante el período revolucionario se llamó pueblo soberano, esto es, por todos los pilluelos y ganapanes de la ciudad, a los cuales se agregaban algunas personas dignas, aunque ociosas, y casi todas las comadres de los arrabales» (Marta y María, 204). En cuanto expresión de desprecio al pueblo, la cita no tiene desperdicios.

En las Novelas contemporáneas, los narradores galdosianos nunca manifiestan semejante desestimación de la acción del pueblo. En cambio, en 1870, en La Fontana de Oro, y en los Episodios Nacionales dedicados al trienio liberal de 1820-1823, particularmente en El Grande Oriente (1876), se acusa claramente al populacho, sin conciencia, ciego y presa de despreciables manipuladores oportunistas, de preparar con sus desmanes el restablecimiento del absolutismo. La culpa del fracaso del trienio liberal la tienen algunos falsos liberales, disfrazados de «exaltados», «bribones que engañan al pueblo ignorante», como la muleta engaña al toro. El mundo de La Fontana de Oro da una visión poco halagüeña de los liberales populares que frecuentan la famosa taberna: son groseros, bebedores, bestiales, sin conciencia política (La Fontana de Oro, 231). En El Grande Oriente «la furia populachera», irracional y estúpida, es un ariete manejado por las sectas masónicas, que salen mal paradas de la representación. La asociación de 1820 «era una poderosa cuadrilla política que iba derecho a su objeto, una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de religión (hecho que parcialmente subsiste en la desmayada y moribunda masonería actual)» (El Grande Oriente, 71). El autor de El Grande Oriente y de La Fontana de Oro hubiera podido firmar la frase siguiente, referida a grupos revolucionarios de 1854 («légamo que sube a la superficie» y destroza cuanto encuentra a su paso): «Aquello era una jaula de mentecatos, una puja indecente de merecimientos que, o eran ridículos, o afrentaban a la causa en cuyo nombre se exponían». Estas palabras son de Pereda (Pedro Sánchez, 392). Es que coinciden Pereda y Galdós en la condena de los excesos, a pesar de que el ideal histórico de éste es radicalmente opuesto al de aquél.

Este rodeo por la visión del Trienio liberal no es fortuito, pues el mismo Galdós afirma sin ambages la semejanza que «la crisis actual [la de 1868 a 1874] tiene con el memorable período de 1820-23» (La Fontana de Oro, 7). Así pues, condenar los excesos de 1820-1823 es condenar las desmanes del sexenio. Está claro que, para él, la culpa del fracaso es, principalmente, la falta de conciencie política y social del pueblo español.

Antes de hablar de revolución, nos dicen Galdós y Clarín, hablemos de educación y de instrucción. Los capaces, los que dominan el lenguaje, deben dirigirse al pueblo por todos les medios y sobre todo por medio del arte, del arte de la novela, para que la evolución de la sociedad contemporánea tome el buen camino. El buen camino, en las primera décadas de la Restauración, no es, por cierto, la revolución (ningún novelista, por lo demás, pone en tela de juicio las estructuras sociales y económicas), sino la lenta evolución de las conciencias. Desde tal punto de vista, el mejor homenaje que se le puede tributar a Galdós es el siguiente: «Este hombre ha revelado España a los ojos de los españoles que la desconocían, ha contribuido a crear una conciencia nacional, ha trabajado para que España despierte y adquiera conciencia de sí misma» (citado por Gómez Marín, 1975, 98). Este juicio es de Azorín; bien lo merece el autor de Fortunata y Jacinta por su incansable labor artística, pero debería ensancharse a todos los novelistas del período que, cual más cual menos, según visones distintas, y a veces opuestas, contribuyen a construir el abigarrado panorama literario de la «sociedad presente», para que el «pueblo» lo contemple, se vea, reflexione.

No, no se equivocaba Clarín, en 1880; las ideas nuevas caldeadas durante el período revolucionario, a pesar del fracaso político, arraigan cada vez más. En todo caso son la levadura que permite el desarrollo de la novela nacional, en una dirección o en la otra. No lo olvidemos. Una novela nacional, eso sí y por todo lo dicho en estas páginas, pero también una novela que en sus logros más artísticos «llega al alma» de las cosas y de los seres, allí donde pueden intuirse, entre los universales del pensar y del sentir, las profundas opacidades humanas, para hacer salir del cuadro algunos personajes animados, ya conocidos de todos, y que siempre serán, de una manera u otra, nuestros semejantes.






Bibliografía

  • Novelas analizadas

    (Ediciones por las cuales citamos)


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