Por mentalidad entendemos unos modos colectivos de pensar, de sentir, de soñar totalmente interiorizados por el individuo hasta formar un complejo mental y afectivo que parece elemento natural de la personalidad y que, por lo tanto, obra de manera inconsciente. No viene al caso en estas páginas abrir el debate sobre esta importante cuestión, objeto, en nuestra época de multitud de estudios por parte de determinados ramos de la psicología, de la sociología y piedra angular de la renovación de los estudios históricos emprendida por la escuela de los Annales. Tampoco es oportuno recordar que, en los tiempos mismos en que se escribían nuestras novelas, varios intelectuales eminentes, más o menos relacionados con las orientaciones pedagógico-sociológicas de la Institución Libre de Enseñanza, Urbano González Serrano, Adolfo Posada, Rafael Salillas, Gumersindo de Azcárate, etc., y el mismo Francisco Giner, al asimilar los nuevos datos proporcionados por las ciencias europeas, se interrogaban sobre «la psicología» del pueblo español y sobre su mentalidad. Las reflexiones de Gonzales Serrano, Posada y Clarín en tomo a la teoría de Gabriel Tarde (1843-1904) sobre la imitación y la interacción social son al respecto significativas de la conciencia que los intelectuales de la época (entre los cuales figuraban los mismos novelistas, Clarín, Galdós, Palacio) tenían del problema de las mentalidades. Está por hacer una síntesis focalizada en este aspecto de la incipiente sociología y concomitante con el desarrollo de la representación novelesca.
Basta aquí analizar la materia novelada, según este ángulo, para «revelar» los rasgos dominantes de una mentalidad colectiva encarnada en los personajes novelescos pertenecientes a los varios grupos sociales y subrayada por la expresión irónica, humorística o gravemente seria de la lucidez de los narradores que, quiéranlo o no, son, a pesar de su indiscutible superioridad, unos de tantos.
A partir de La
desheredada, es decir, cuando la novela deja de ser vertebrada
por una tesis, y cuando es resultado de una observación
directa de la sociedad, se ve hasta qué punto el deseo de
ascender polariza la imaginación y algunas veces moviliza
las actividades de numerosos personajes de la clase media y de la
burguesía. El querer llegar a ocupar una posición
superior a la que se siente uno condenado a vivir es el impulso
dominante en la psicología de la gente de clase media y de
algunos individuos de baja extracción (como Salabert de
La espuma, Gaitica de La desheredada)
contaminados por la «ley»
de
la imitación y por la «locura
crematística»
. En cuanto a los ya enriquecidos,
los que han pasado de la mesocracia a la burguesía, su
aspiración, como se ha dicho, es comprar un título
para así satisfacer su deseo de encumbramiento. Para todos,
poner los ojos en lo de arriba provoca el general desprecio por lo
de abajo. Tal es, resumida en extremo, la mentalidad social
dominante en la «sociedad presente», la que puede
deducirse de los comportamientos de numerosos personajes y, a
veces, de los comentarios de los narradores.
Ya hemos evocado el caso de doña Javiera, la carnicera amiga de Manso, que tras una vida enteramente dedicada al trabajo y al ahorro, puede disfrutar de repleta fortuna que la incita a imitar, con el acostumbrado mal gusto de los advenedizos, el modo de vivir de la asentada burguesía y a desear para su hijo un destino superior al de su propia clase. En tal situación, doña Javiera no puede sino despreciar a los inferiores y particularmente la querida de su hijo, la institutriz Irene. Y eso que la antigua carnicera es buena persona, pero se le impone como obligación imitar las maneras al uso y casar con la mentalidad colectiva.
Aparte algunas
notables excepciones, como Agustín Caballero de
Tormento, el desprecio manifestado por los individuos de
la capa inferior es general y es tanto más fuerte
cuanto que éstos se encuentran en el peldaño social
más próximo. Doña Lupe, que mantiene
relaciones de vecindad con la rica familia de Santa Cruz, no pierde
ocasión de rebajar y humillar a Fortunata por ser
ésta mujer del pueblo (FyJ), Los Sobrado, ricos
comerciantes del Barrio de Abajo de Marineda, prohíben el
paso a su territorio a cuanto viene desde abajo; el hijo, Baltasar,
de esta familia, nunca podrá casarse con la cigarrera Amparo
y el narrador (la narradora), aceptando sin ambigüedad el
hecho de que «las clases no son
iguales»
, comenta: por eso «es
un crimen que un señorito de clase media engañe a una
obrera»
( La Tribuna, 199 -¡sí, el
narrador es uno de tantos!-). Rosalía Piapón, la de
Bringas, esposa de un subalterno funcionario del Estado, afirma sin
contemplaciones la superioridad suya sobre Amparo y Refugio, a las
que no perdona ser hijas de un portero (Tormento, 29). En
consecuencia, los individuos así despreciados (casi todos
mujeres) o se resignan, aceptando como natural su inferioridad
(Tormento, Fortunata hasta cierto punto, la Tribuna), o desean,
resentidos, desquitarse a cualquier precio (es el caso de Refugio,
que, enriquecida por sus amantes, se otorga el placer de humillar a
su vez a Rosalía Piapón -Tormento-).
Según la
visión galdosiana, la clase media madrileña, la de
las modestas familias de funcionarios, no tiene identidad propia.
Todo se le va en el anhelo de aparentar, en su casa cuando hay
visitas, en las calles, en la iglesia, en los teatros. Codearse con
la buena sociedad en el Real, el teatro de más prestigio, es
título de gloria para Rosalía, la de Bringas y para
las Miau, aunque vayan «de
limosna»
. «A Rosalía
-comenta el narrador- la gustaba sobre todas las cosas, figurar,
verse entre personas tituladas o notables por su posición
política o por su riqueza, aparente o real»
(Tormento, 48). En ese afán de aparentar,
según el narrador de Miau, Tormento,
La de Bringas, las mujeres son protagonistas; los hombres,
grises e insulsos, en general, les siguen la corriente en espera de
que las buenas relaciones surtan algún beneficio. Francisco
Bringas acepta la manía nobiliaria de su mujer porque, dice
el narrador, «en esta sociedad [...], no
vigorizada por el trabajo, y en la cual tienen más valor que
en otra parte los parentescos, las recomendaciones, los
compadrazgos y amistades, la iniciativa individual se sustituye por
la fe en las relaciones»
(Tormento, 28). En
cambio, el pobre Ramón Villaamil, ya cesante definitivo y
sin esperanza, lamenta la mentalidad de las mujeres que le rodean,
su esposa, su cuñada, su hija: «El maldito suponer, el trapito, las visitas, el
teatro, los perendengues y el morro siempre estirado para fingir
dignamente de personas encumbradas nos perdieron»
(Miau, 359). Pobre es la familia de José Relimpio,
pequeño funcionario y tío de Isidora, y, sin embargo,
«como es ley -otro comentario del
narrador- que todas las clases de la sociedad a excepción de
los jornaleros, vistan de la misma manera y como hay un verdadero
delirio en los pequeños para imitar la manera de los grandes
[...], las de Relimpio [la madre y las dos hijas] se emperifollaban
tan bien con recortes, deshechos, pringos y cosas viejas remozadas,
que más de una vez dieron chasco a los poco versados en
fisonomías y tipos madrileños»
(La
des., 143).
En cuanto a los
hijos de estas familias, resultan contaminados por la mentalidad
ambiente. Las hijas de Relimpio «con ser
tipos perfectos de la miseria disimulada [...] se habrían
horrorizado de que se les propusiera casarse con un hábil
mecánico»
(ibid., 144); su
hermano, Melchor, nunca pensó en trabajar, pues «fanatizado por lo que oía decir de
fortunas rápidas y colosales, quería la suya de una
pieza, de un golpe»
(ibid., 149). Para
Joaquín Pez (La des., FyJ), hijo de Manuel Pez, no
es cuestión de trabajar, ya que el buen manejo de una
adecuada gramática parda permite conseguir ese dinero sin el
cual la vida «es una enfermedad del
cerebro»
(ibid., 377). En una
sociedad en la que un Salabert es duque de Requena y recibe al rey
en su casa (La esp.) y que
tolera el escandaloso enriquecimiento de un Gaitica (La
des.), todo parece posible,
con un poco de suerte, mucha habilidad y total falta de
escrúpulos. El trabajo honrado, al cual se dedicaron durante
toda la vida los comerciantes de Madrid (los Santa Cruz, los
Trujillo, los Arnaiz de FyJ) o de ultramar
(Agustín Caballero de Tormento), no es la manera
más rápida de hacer fortuna; por otra parte, el
trabajo, además de ser degradante, impide gozar de la vida.
Es de añadir que Juanito Santa Cruz, hijo de los orondos
burgueses Baldomero y Barbarita, bien asentados en su fortuna, como
Paco, hijo de los ociosos marqueses de Vegallana que siguen
reinando en Vetusta (La R.),
sólo piensan en darse buena vida; y, a propósito de
Baldomero, comenta el narrador que «no
había podido sustraerse a esa preocupación tan
española de que los padres trabajen para que los hijos
descansen»
(FyJ, 153).
Con esta
mentalidad totalmente viciada por la «locura crematística»
y por el
mezquino deseo de parecer que, por lo demás, no
engaña a nadie, pues en el Madrid mesocrático todos
se conocen, la clase media, objeto predilecto de la
representación galdosiana, lejos de ser como quería
verla don Benito en 1870, «la clase que
asume por su iniciativa y por su inteligencia la soberanía
de las naciones»
(en Bonet, 1999, 130), yace, ofuscada
por ilusiones, inconsciente de sí misma, estancada en un
bache histórico.
Tanto es
así que, en el panorama literario, el personaje de Isidora
Rufete, aunque estudiado («experimentado»
) como un caso de
esquizofrenia, alcanza categoría de figura simbólica.
La ficción nobiliaria que se ha construido el personaje a
partir de un engaño y bebiendo los vientos falsos de un
imaginario colectivo alimentado, entre otras cosas, por una falaz
literatura folletinesca (la que, por ejemplo, escribe Ido del
Sagrario), aparece como el símbolo de un sueño de
grandeza, por lo demás totalmente ilusorio, pues apenas
queda vestigio de ella (la condesa de Aransis es un vestigio,
también simbólico de una época
pretérita - La des.-). En otra escala, el sueño
de Isidora puede verse también como la
representación, igualmente simbólica, de la
irracional y difusa aspiración colectiva a una ilusoria
identificación con una aristocracia mitificada. De igual
manera, pueden explicarse los sentimientos monárquicos de
algunos personajes del pueblo como la Sanguijuelera, para quien en
tiempos de su venerada Isabel II «los
grandes eran grandes y los chicos chicos»
(La
des., 450). Al respecto,
escribe atinadamente el profesor Jover, la vieja aristocracia
«encierra una apelación de casta,
afirmada desde dentro y recibida [...] por el subconsciente del
entero cuerpo social»
, y prosigue: «tardaría mucho en extinguirse,
especialmente entre las clase medias tradicionales y entre las
clases populares no proletarizadas, ese mágico prestigio del
conde, del marqués o del duque»
(Jover, 1976,
303).
Por eso
será, tal vez, que el narrador de Fortunata y
Jacinta, al encontrarse en empatía con su protagonista
popular, «verdadero tipo de mujer del
pueblo»
, «pura esencia de los
sentimientos del pueblo rudo»
, sienta la necesidad de
generalizar, atribuyéndole a la entidad pueblo la
autenticidad elemental de que carece la sociedad que ocupa los
barrios «decentes»
de la
corte. «El pueblo posee las verdades
grandes y en bloque y a él acude la civilización
moderna conforme se le van gastando las menudas de que
vive»
(citado ya). El narrador, que se dedica a mostrar
la hipocresía y la vanidad vetustense, tampoco oculta la
impresión que le causa el encuentro con la energía
vital y la brutal autenticidad de los obreros del bulevar (La
R.). La misma doña Emilia
se encariña con su personaje, Amparo, por su vitalidad, su
entereza moral, superior en todo caso a las hipocritonas medias
tintas de la burguesía de Marineda y a las pusilanimidades
de algunos de sus representantes. Esta visión en
simpatía no basta para sugerir el «sentir y hasta el respirar de la
gente»
de las clases populares, si bien revela los
sentimientos filantrópicos de la novelista... En la materia
novelada, son pocas, por cierto, las auténticas
«visitas al cuarto estado»
, y
menos aún los textos que profundizan las descripciones para
captar la mentalidad popular. Es de observar, al respecto, que las
más profundas representaciones son las que se focalizan en
la mujer. (Esta observación, aquí incidente,
merecería ensancharse y abrirse sobre amplia perspectiva, ya
jalonada por varios estudios de gran interés, a los cuales
remitimos.) Sin embargo, del conjunto de los cuadros pueden sacarse
algunos rasgos que articulan los modos de pensar y sentir de las
clases populares.
El primero
sería precisamente éste, el que no haya en Fortunata,
en Mauricia la Dura, en la Tribuna, en la Sanguijuelera, pensar sin
sentir; es decir, que en estos personajes femeninos, la
afectividad, el sentimiento envuelve siempre el pensamiento. Esta
peculiaridad no es, por cierto, privativa de la mujer del pueblo,
pues lo encontramos también en Ana Ozores, en Maximina de
Palacio Valdés. Es un aspecto, cuyo estudio exigiría
tiempo y espacio; por eso nos limitaremos a decir que es prueba de
autenticidad. La mujer del pueblo no conoce la hipocresía.
Fortunata, Amparo, la Sanguijuelera, la mujer de Ido del Sagrario y
todas las que pueblan la casa de Mira el Río pueden callar,
disimular, mentir, pero no toman posturas para engañar. (No
es el caso de los hombres: José Izquierdo,
Platón, vecino de la casa de Mira el Río, es
hermoso y noble por fuera y muy pardo por dentro.) Sobre este
punto, la casa de vecindad es el positivo en negro del negativo
blanquecino de los barrios de la «buena
sociedad»
, gran teatro de una comedia de engaños.
Las familias miserables de Mira el Río, las del barrio de
las Peñuelas (La des.), como la mayoría de las
cigarreras de Marineda (La Tribuna), parecen aceptar con
cierta resignación sus duras y tristes condiciones de vida.
No se trata de resignación cristiana, sino de la
aceptación de una situación que para la
mayoría parece natural pues no han conocido otra; por eso
está tan llena de vida esta animada corte que vive de
milagro. Sin embargo, esas mujeres y esos niños reciben
gozosos los caritativos regalos de la Santa práctica,
Guillermina Pacheco. En esta especie de corrala, todo se oye, todo
se ve y, a pesar de esa promiscuidad, el narrador no nota
ningún asomo de envidia porque una tiene más que
otra. En los barrios «decentes» no hay tal cosa:
palidecen de envidia las damas de Vetusta o las Miau o la
de Bringas cuando, en el teatro, en la iglesia, asoma un vestido
más lujoso que el suyo. Sin que pueda hablarse de
solidaridad, como la que existe entre las cigarreras de La
Tribuna, que acuden a ayudar, cuando el parto, a la «Lucina plebeya»
(así llama,
desafinando, doña Emilia a Amparo), las mujeres de la casa
de vecindad se prestan servicios; una se ocupa de los niños
de otra y viceversa. La resignación de las buenas gentes de
Pereda es de otra índole; a pesar de sus estrecheces y de su
constante lucha por la vida, son felices porque se conforman con
poco y tienen confianza en la vida ultraterrena (La
Puchera).
El conformismo religioso de los tipos literarios de Pereda es mucho más estereotipado que el conformismo social (o político) de que hacen muestra las mujeres de la casa de Mira el Río o la Sanguijuelera u otros personajes secundarios, como por ejemplo, don Florencio, conserje del Observatorio (Doctor Centeno). Pero el caso más profundizado es el de Fortunata, mujer del pueblo, cuyos valores y criterios mentales muy arraigados se encuentran enfrentados, después de casarse con Maximiliano Rubín, con unos códigos y con un sistema de normas que le son extraños. Esta dramatización interior del conflicto, que trastorna sin transformarlo del todo la mentalidad del personaje es, por su universalidad, uno de los logros más notables del gran realismo.
La Sanguijuelera
(La des.), las mujeres de
la casa de vecindad, incluso Nicanora y su marido el desclasado Ido
del Sagrario (FyJ), totalmente enajenados
por la lucha por la existencia (por la «puchera»), no
tienen conciencia social. Aceptan su condición sin amargura;
no se les ocurre rebelarse contra las injusticias. Se creen
inferiores y parecen considerar cosa natural que las personas de
arriba las traten con condescendencia. Cuando Fortunata, «nacida para menestrala»
, cambia de
clase y tiene que vivir en casa de doña Lupe, no puede
superar el complejo de su inferioridad, tanto más que
ésta no pierde ocasión de recordarle su baja
condición. Fortunata es ignorante, como cualquier mujer del
pueblo: «lo que saben los niños y
los paletos, ella lo ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su
clase y aun de clase superior»
(FyJ, 326); le falta el
lenguaje; se muestra insegura en el uso de la palabra y, por temor
a equivocarse ante personas de clase media, se refugia en el
silencio. A pesar de la evolución, en pocos años, de
su sistema mental de referencias y de su dominio cada vez
más atinado del lenguaje, hasta discurrir interiormente
mejor que cualquiera pues consigue expresar que las cosas que le
pasan «no tienen nombre»
(ibid., 891), no consigue borrar la
conciencia de que en esa esfera social superior se encuentra
«fuera de su centro natural»
(ibid., 521). El caso aislado de Fortunata,
tratado con toda la hondura artística de la intuición
psicológica de Galdós, no autoriza conclusión
sociológica general. Limitémonos, pues, a subrayar
que, según el autor, una mujer del pueblo bien arraigada en
la cantera de sus valores no llega, ni siquiera con la ayuda de las
lecciones de «filosofía
práctica»
de su buen amigo Evaristo Feijoo, a
diluir su entereza moral en el pantano de los códigos de
apariencias que rige la moral pública de las clases
superiores. De modo que resulta ilustrada (si no demostrada) la
convicción de que el pueblo «conserva las ideas y los sentimientos
elementales en toda su plenitud»
(ibid., 776).
Frente a la
hondura analítica de tal empática plasmación
del personaje de Fortunata, parecen poco originales los rasgos de
la mentalidad conservadora del pueblo que pueden espigarse en una u
otra novela. La Sanguijuelera, don Florencio (Doctor
Centeno), los tipos populares de Pereda y también las
cigarreras de La Tribuna que, a pesar de su
adhesión gregaria al artificial bullicio revolucionario
(doña Emilia dixit), «afirman una
fervorosa piedad»
, dispuesta a defender el buen
catolicismo de los excesos de los carlistas y de los republicanos,
todos acatan el orden social establecido: monarquía,
capas sociales bien deslindadas y cada uno en su sitio.
Don Florencio, que por ser portero ya tiene un pie en la clase
superior, declara a menudo: «yo he sido
siempre un hombre de orden, muy español [...] Las
democracias extranjeras echan a perder la juventud de
hoy»
(Doctor Centeno, 54). La Sanguijuelera, que
según el narrador «encarnaba en
sí [...] el entusiasmo monárquico del antiguo pueblo
de Madrid»
(La des., 451), expresa en su jugoso lenguaje
sus recortadas opiniones sobre el mundo de ayer y el de hoy; para
ella, éste es degradación de aquél: «Yo me acuerdo de los tiempos de la reina, de
aquellos tiempos, hija, en que el pan estaba a doce cuartos las dos
libras y en que había más religión, más
aquel, más principio [...]. Dicen que libertad... Miseria,
hija. Los pobres están más pobres [...] ¡La
libertad!... Pillería, chica pillería. Entonces
había más señorío créelo, y
donde hay señorío corre el dinero y vive el
pobre»
(ibid., 450-451). Ya se
ve que este personaje, de recio temperamento e indudablemente
resultado de seria observación por parte de Galdós,
es, por lo que a mentalidad se refiere, hermano de las buenas
gentes de Pereda.
La mentalidad
conservadora de los personajes del pueblo es, como siempre,
resultado de muchos factores sociológicos y culturales;
entre estos últimos, es indudable que la religión
tiene un peso determinante. Por ejemplo, ante la custodia,
Fortunata («la muy tonta»
,
exclama el narrador que la hace hablar en indirecto libre), que ha
interiorizado las normas religiosas y sociales, se dice a sí
misma que la religión predica la resignación, que no
debe alterarse la ley social (FyJ, 471-472). En numerosas
novelas, asoman con papel activo varios representantes de esa
Iglesia católica que, en algunas obras, es omnipresente y
omnipotente (La R., La
fe, Peq., y
por supuesto las novelas de Pereda y Alarcón) y, sin
embargo, pueden contarse en los dedos de la mano los personajes que
viven como auténticos cristianos, citemos a Monseñor
Caimorán, obispo de Vetusta, al padre Gil de La Fe,
a Nazarín, a Misericordia y también, en cierto modo,
a Guillermina Pacheco (FyJ), a Halma, las «santas prácticas»
.
Los representantes
de la Iglesia católica, curas, canónigos, obispos,
padres, muchos padres, escolapios, dominicos, jesuitas, muchos
jesuitas, etc., ocupan un
espacio importante en la materia novelada. Su papel y su
peso social son considerables, como apoyo de la oligarquía
dominante (el padre Osorio de La espuma, el clero catedral
de Vetusta...), como rectores y correctores de conductas de la
aristocracia descarriada (el padre Cifuentes y demás
jesuitas de Pequeñeces), como correctores de
conductas de pecadores y pecadoras (Nicolás Rubín de
Fortunata y Jacinta, el padre Nones de Tormento,
cura simpático, buen conocedor del alma humana), como padres
padrinos de sus feligreses (los buenos párrocos de Pereda),
como meros salvajes con los largos pelos de sus dehesas (Pedro Polo
de Tormento, don Eugenio, cura de Naya de Los Pazos de
Ulloa, o el cura Contracayos, «aquel animal»
que convierte el
confesonario en escuela de seducción - (La R., 460-464)-, etc. Estos clérigos, buenos o
malos, y que merecerían reunirse en una galería
particular para facilitar un estudio especial, impregnan todos los
estratos del tejido social para seguir cuadriculándolos con
dogmas y ritos. Aunque el padre Coloma lamenta que se haya roto la
red homogeneizadora de la Unidad Católica (tal es el tema y
la finalidad de Pequeñeces), el poder de la Iglesia
sobre la sociedad y sobre la parte social de las conciencias es
enorme. En el conjunto de la novela de la Restauración, el
campo semántico relativo a religión, Iglesia, dogmas,
moral católica, ritos es muy extenso (tal vez el más
extenso de todos). De modo que la mentalidad colectiva (en el mundo
de la novela) está saturada de catolicismo, de
«cultura» y de rutina católicas. El lenguaje de
los diversos narradores vehicula buena parte de ese vocabulario
«religioso», que surge en descripciones y discursos,
con la coloración crítica (ironía, humor,
frialdad seudo-neutral) o apologética, que le comunica la
finalidad del autor, según su grado de repulsa o
adhesión. El análisis lingüístico de
cualquier descripción de un motivo religioso desemboca en
conclusiones bastante claras como para hacer redundantes los
juicios de los narradores. Las descripciones que Galdós y
Clarín hacen de la Noche Buena (La R., II, 271-281; FyJ, 258-260; La
des., 199-203) bastan para
evidenciar que, para ellos, la fiesta es una profanación
«del misterio sagrado de la
encarnación»
; el comentario del narrador es mera
insistencia pedagógica: «La
conmemoración más grande del mundo cristiano se
celebra con el desencadenamiento de todos los apetitos»
(La des., 200).
La tesis de las novelas tendenciosas anteriores a La desheredada gira siempre en torno a cuestiones religiosas. Y eso que dichas novelas (El escándalo, Doña Perfecta, De tal palo tal astilla, etc.) son menos significativas de la realidad social de la religión que las novelas de los años ochenta, pues el debate de ideas, como se ha dicho, es el que organiza la materia novelada con el solo límite de la verosimilitud. Con la observación más serena de la realidad (sin renunciar a la finalidad) la novela accede a la veracidad. Entonces, la religión aparece, como en la vida real, más diluida en la mentalidad colectiva y los dramas y conflictos de los que es causa pocas veces constituyen el argumento central y único, aunque en algunas obras dichos conflictos cobren singular relieve (Doña Luz, La R., La fe, Nazarín, Raima, La prueba, etc.).
Primera página de la obra El escándalo, de Pedro Antonio de Alarcón, cuarta edición, Madrid, 1878. Biblioteca Nacional, Madrid
Ahora bien, si los
ritos del culto católico acompasan la vida social e
individual y si los dogmas siguen siendo referencias obligadas de
los comportamientos y los fundamentos de la moral pública,
pocos personajes (los antes citados, y algunos más) en el
conjunto de las novelas han interiorizado los valores
auténticamente cristianos como para vivir movidos por una fe
que acorde el pensar, el sentir y el obrar. El buen obispo
Camoirán, Nazarín, el padre Gil, Benina
podrían verse, cada cual según su temple, como
paradigmas de autenticidad cristiana. Frente a estos casos
aislados, la gran mayoría de los personajes (como es de
suponer, la gran mayoría de los españoles)
sólo viven en la geometría del catolicismo,
inconscientemente cuadriculados por prácticas rituales e
inveterados imperativos dogmáticos. La religión no
les «llega al alma»
, se limita
a ordenar y regular las conductas sociales; se reduce, pues, a un
código normativo, que la vida social obliga a seguir
más o menos blandamente, pero del cual es tanto más
fácil zafarse cuanto que esté desactivada la
distinción entre la buena y la mala conciencia. Aparte
algunas excepciones, como el seudo-ateo de Vetusta, don Pompeyo
Guimarán y su compinche Santos Barinaga, que se proclaman no
católicos, todos los personajes de la novela de la
Restauración, grandes y chicos, pobres y ricos, si se les
preguntara se dirían católicos. Si se les preguntara,
en efecto, pues ocurre que en varias novelas de Galdós
(El amigo Manso, Lo prohibido, La de
Bringas, Miau) la religión está
totalmente ausente, como rechazada fuera de campo. En todo caso,
está fuera del campo de las conciencias y pasa lo mismo en
casi todas las novelas, incluso aquellas en que el catolicismo, la
geometría católica, es una pauta social. Es decir,
que, en su gran mayoría, los personajes «se dicen o se creen católicos -como
escribe Clarín en Su único hijo- pero viven
como ateos perfectos»
. Lo que quiere decir
Clarín es que con la disolución de la idea de
trascendencia, lo sagrado ha perdido su sentido: es un simulacro
(véase Lissorgues, 1996, 94-109). Es inútil tomar
ejemplos; basta mirar cualquier personaje de clase media arriba
para ver que, en cuanto a religión, su lema es «católico por fuera, por dentro lo que me
da la gana»
.
Esta manera de
considerar el catolicismo no es la causa única, por cierto,
de la doble moral que rige a la mayoría de los personajes de
la sociedad «decente» y que denuncian todos los
narradores sin excepción, pero es significativa de la
incapacidad de la religión para fundamentar una
auténtica moral individual y colectiva. La hipocresía
es el motor de la comedia social. «Aquí -escribe Clarín en 1885 - la
moral pública está asegurada por mucho tiempo. La que
está corrompida es la privada»
(Alas, 1885, 209).
La misma Fortunata, al enterarse de que el cura Nicolás
Rubín, «este tonto de capirote,
ordinario y hediondo»
, acaba de ser nombrado (como
cualquier vulgar funcionario) canónigo de Orihuela, se dice
a sí misma: «Hay dos sociedades,
la que se ve y la que está escondida»
(FyJ, 740). La
que se ve es la que pasea su fachada de honradez por los teatros,
por los paseos, por las iglesias; la otra, la que se esconde
detrás de las máscaras, es la que va movida por el
egoísmo, la envidia, el vicio, el engaño.
Rosalía de Bringas es, por fuera, una buena burguesa; por
dentro, una envidiosa, que para satisfacer su manía
nobiliaria cae en el adulterio. Fermín de Pas, el Magistral
de Vetusta, uno de los personajes de mayor densidad de la novela
del gran realismo, es uno de los mejores ejemplos de duplicidad
inteligente. Doble moral, pues, imperante en todas las esferas
sociales (salvo en las clase populares que, ellas, viven en primer
grado) y representada en todas las novelas, tanto las de
Galdós, Clarín, Palacio, Picón, Pardo
Bazán como en las de Pereda (La Montálvez) y
Coloma (Pequeñeces). A lo más, habría
que hacer una distinción entre lo que pasa en las clases
medias y las altas clases. Algunos personajes de las aristocracias,
la del dinero y la antigua, considerándose por encima del
bien y del mal, se entregan sin empacho y hasta con cinismo a sus
vicios, como Curra Albornoz y el grande de España Jacobo
Téllez (Peq.), Nica Montálvez
(La Montálvez), Salabert y su hija Clementina
(La esp.), Álvaro
Mesía, Obdulia (La R.).
Emilia Pardo Bazán
Luis Coloma, escritor jesuita
Otra dualidad
moral, de distinta naturaleza y de otro alcance, que aparece en la
mentalidad colectiva, es la que radica en la distinción que
Emilia Pardo Bazán nota en «la
sociedad presente»
entre la moral masculina y la moral
femenina y que ella misma dramatiza en sus novelas. Pero es de
observar que las obras de otros novelistas, particularmente
Galdós, Clarín, Picón, Palacio Valdés,
dan cuenta de las diferencias de criterios para enjuiciar las
conductas de los hombres y de las mujeres. Un seductor, como el
huero Álvaro Mesía o el casquivano Juanito Santa
Cruz, pueden ostentar como glorioso trofeo sus conquistas
femeninas, mientras que la mujer seducida es objeto de
reprobación y repulsa. El que Juanito Santa Cruz tenga un
hijo ilegítimo no levanta escándalo en la familia de
los honrados burgueses Baldomero y Barbarita; al contrario, pues
así tienen a un heredero y con bendición de la
«santa práctica»
Guillermina. Mientras que Fortunata, por haber fallado, es una
perdida de por vida. El diputado Botín, casado y con
familia, apenas disimula su relación con Isidora y nadie
censura su conducta, ni siquiera su mujer (La des.). Bien se sabe que en aquella
época, por varios motivos culturales, sociológicos,
fisiológicos, a la mujer se la considera inferior al hombre
o, y casi viene a ser lo mismo, diferente. Es un tema muy explorado
y sólo se evoca aquí para subrayar una paradoja,
seguramente explicable, a propósito de lo que se acaba de
decir acerca de la doble moral social, más apremiante para
las mujeres que para los hombres. En efecto, en varias novelas se
le atribuye a la mujer un papel preponderante y hasta determinante.
En dos novelas tan distintas como Fortunata y Jacinta y
Pequeñeces, los personajes femeninos ocupan el
primer plano y son los más activos (que sea para bien o para
mal no es el problema). En ésta, las mujeres aventajan en
inteligencia y actividad a los hombres, rebajados, de modo
caricaturesco, al papel de zánganos dañinos o
grotescos. Aparte algunas figuras masculinas de singular
personalidad, Maximiliano Rubín, Avaristo Feijoo, en el
mundo de Fortunata y Jacinta, las mujeres son superiores a
los hombres, moral e intelectualmente. Jacinta, por ejemplo, con su
lucidez, su perspicacia, su capacidad de observación,
eclipsa a su marido, que parece girar en torno a las cosas como
astro apagado. Además de las destacadas protagonistas bien
conocidas de los lectores: Ana Ozores, Fortunata, Jacinta, Gloria,
Isidora Rufete, Maximina, Benina, etc., aquí están las Miau,
Rosalía de Bringas, Isabel Cordero (FyJ), Irene (la
Dulcinea-Aldonza de Máximo Manso) y tantas otras. En la
galería de personajes, las mujeres ocupan un puesto de
primer plano y su actividad es más incisiva que la de los
hombres. Algunas consiguen manejar el tinglado político para
intervenir en el nombramiento de empleados, gobernadores y
quién sabe si ministros (Miau, 309). En
Pequeñeces, Butrón y sus secuaces pretenden
manipular el cotarro de la damas, pero resultan cómicamente
desenmascarados en una grotesca posición en la escena,
claramente simbólica, del teatro donde están reunidas
las «conspiradoras»
(Peq., 328-338).
¿Qué significación se le puede atribuir a tal
escenificación de la mujer en el retablo de la materia
novelada? En una sociedad oficialmente dirigida por unos
hombres que gozan, en la mentalidad colectiva, de los inveterados
privilegios de una moral de señores, las mujeres, si no
hacen la historia, influyen de modo decisivo en la sociedad
(novelada). Machismo, feminismo o lo que se quiera, el
testimonio intrahistórico de los novelistas diluye el
sentido de estas recortadas etiquetas en las abigarradas y
movedizas aguas de la representación de la vida de la
época.
Cabe ahora alzar
la mirada al nivel de las tendencias generales de la mentalidad
colectiva y preguntarse primero si ésta integra de una
manera u otra la conciencia de los indudables avances de la
civilización, consecuencias del proceso de
industrialización y del desarrollo técnico, de los
que da cuenta la novela en una multitud de alusiones, descripciones
más o menos breves, relatos parciales, que emergen, casi de
pasada, en la narración de la sociedad presente. Las
aplicaciones más visibles de estos adelantos (ferrocarril,
fábricas, minas) se inscriben en la geografía, urbana
o rural; otras influyen en la vida cotidiana, facilitando
desplazamientos (tranvía, tren), abriendo horizontes
culturales (viajes, prensa, publicaciones diversas), proporcionando
nuevas posibilidades de lucha contra enfermedades y dolencias. Si
se sacara de la materia novelada esas representaciones,
dispersas y fugaces en general, se vería cómo,
entrelazadas unas con otras, tejen ya una red de la que la sociedad
presente no puede escapar. El progreso, llamémoslo
así, se introduce paulatinamente en los espacios
geográficos y sociales. Por ejemplo, después de
casarse, Ana Ozores y su marido salen de Vetusta en diligencia;
ocho años después, el tren de Madrid sale cada tarde
de la estación de la «heroica
ciudad»
. Al regresar de Leganés, Augusto Miquis le
anuncia a Isidora que pronto «van a
poner un tranvía»
, el primero inaugurado en
Madrid, en 1871 (La des.,
35).
La gente, la que
puede, va en tren a San Sebastián, a Barcelona, a Biarritz,
a París, se instala en el nuevo barrio de Salamanca, llama
al médico, lee periódicos, pero pocas veces los
personajes dan su opinión sobre las nuevas posibilidades
ofrecidas por la ciencia y la técnica. Según la
novela, la idea de progreso no se ha filtrado en la mentalidad
colectiva; pocos, muy pocos son los que como Pepe Rey
(Doña Perfecta), Carlos y Teodoro Golfín
(Marianela), Mariano de Elorza, padre de Marta y
María, tienen conciencia de que asisten al advenimiento de
una nueva época. De este último, Elorza, dice Palacio
Valdés (prestándole sus propias ideas) que «profesaba amor fervoroso a los
increíbles adelantos de la época presente»
y que «la política nacional le
preocupaba poco en comparación del incesante y sublime
progreso realizado por la humanidad»
(Marta y
María, 80-81).
Según el
testimonio de las novelas, la mentalidad colectiva está
estancada en un pantano de aspiraciones, deseos, ilusiones
mezquinas y egoístas, sólo capaces, por lo que se
refiere a la colectividad, de alimentar un patriotismo de
campanario, pero que alejan de una verdadera conciencia
histórica. En el capítulo anterior hemos evocado
brevemente la mentalidad dominante en las altas esferas:
aspiración, compartida por la aristocracia antigua y la del
dinero, a hacer fructificar el capital; falta de conciencia
política e histórica. Las clases medias, por su
parte, se empeñan en remedar las clases superiores. Por fin,
en todas las capas que se consideran decentes, con respecto al
cuarto estado, dominan el desprecio al trabajo productivo y el
deseo de ganar y gastar dinero para lucirse y gozar de la vida y
cuando faltan pesetas hay que fingir que pueden gastarse para
presumir. Ante tal estado de ánimo colectivo, los novelistas
parecen preguntar: ¿Adonde irá la sociedad presente?
Al fracaso, por alejarse cada vez más de los inveterados y
certeros criterios religiosos y morales, dicen con fuerza Pereda,
Alarcón, Coloma. Al fracaso, si las mentalidades cristalizan
en esas vanidades, impidiendo el despertar de las conciencias,
afirman todos los novelistas liberales. Por eso Galdós
dedica La desheredada «a los
que son o deben ser»
los verdaderos médicos de las
dolencias sociales: «a los maestros de
escuela»
. Por eso, sobre todo, nuestros autores escriben
novelas. Sin lugar a dudas, escribir novelas les parece más
interesante y más eficaz para influir en las mentalidades y,
desde luego, para hacer evolucionar la sociedad presente, que
dedicarse a la política, de la que dan una imagen no muy
lucida.
La política no es, en efecto, un tema de primer plano en la novela del gran realismo. Sin embargo, está casi siempre presente, pero en lontananza, en el fondo oscuro del cuadro, de donde llegan, de vez en cuando, hasta los proscenios iluminados por las miradas de los narradores, rumores de sus percances y actividades, que alimentan las conversaciones en los salones, en las calles, en los cafés, sobre todo en los cafés. En La espuma, en Pequeñeces, dos importantes novelas focalizadas en las altas clases, la política está al lado, en la antecámara, pero en el mismo nivel. Fuera de campo, el poder político obra para defender los intereses de la oligarquía; los ministros y los diputados que frecuentan por necesidad del servicio los suntuosos salones, pertenecen a la espuma, casi como empleados, mientras duran sus funciones. La presencia del ministro de Fomento en el salón de Calderón, y sobre todo de la familia real en la recepción del duque de Requena, Salabert, son simbólicas representaciones del enganche de la política con la alta sociedad; así se patentiza que la espuma es la clase dirigente. También en Pequeñeces, la política está fuera del campo en el que obran y se agitan los conspiradores alfonsinos, manejados por Butrón; cuando, al final de la novela, sale éste al escenario con Cánovas y con el rey, es para mostrarse, según Coloma, en su duplicidad transaccionista: la Restauración, según Coloma, barre por dentro y recoge en su seno los desechos del período revolucionario (véanse Hibbs, 1991; Botrel, 1999).
Estas apariciones directas de la política en el universo de la novela son excepcionales. La política se ve generalmente desde abajo o desde lejos. En Vetusta hay un cacique conservador, el marqués de Vegallana, y un cacique liberal dinástico, Álvaro Mesía; un representante no muy activo del carlismo, Carraspique; un portavoz poco fiable del liberalismo, Foja; cada cual cumple blandamente con su función de manera más o menos limpia, pero en relativa autonomía con relación al gobierno central. El verdadero poder nacional está lejos: en La Regenta sólo hay una alusión a Cánovas y a Sagasta. La resaca de la onda revolucionaria, al llegar a Coteruco (Don Gonzalo González de la Gonzalera), a Marineda (La Tribuna), a los Pazos de Ulloa, provoca trastornos más o menos superficiales, según los autores. Allí también, en esos pueblos, el núcleo de la agitación política está lejos, allá en la corte.
¿Qué
pasa en la corte? ¿Cómo viven los madrileños
la política? De la misma manera que los vecinos de Vetusta,
no la viven; a lo más oyen hablar de ella. En todo caso no
la hacen; la aceptan, la critican, pero sin pasión, sin
sentirse implicados. Los ricos burgueses madrileños, los
Santa Cruz, las Arnaiz, etc.,
se muestran indiferentes a la forma de gobierno, con tal que puedan
dedicarse sin demasiado susto a sus negocios. «A mí no me asusta la república
-afirma el marqués de Casa Muñoz- lo que me asusta
son los republicanos»
(FyJ, 146). Cuando Amadeo
dimite y cuando está a punto de proclamarse la
República, la familia Santa Cruz y sus invitados
están cenando y bromeando como si tal cosa, a pesar de la
contrariedad causada por la baja de la bolsa: «¡Pobre España! La acción a
138... el consolidado a 13»
(FyJ, 160) (¡La medida
de la salud de España es la bolsa!). Lo que realmente les
asusta es que «se levante el pueblo
en masa»
(ibid., 162) y que la
anarquía lo arrase todo. Para ellos, la buena
política es la que propicia «mucha libertad y mucho palo»
(ibid., 154). Después del golpe de
Pavía, Baldomero se siente aliviado, pues «el ejército había salvado una
vez más a la desgraciada nación
española»
. Para esos representantes de la alta
burguesía, la buena política es nada más que
esa forma de fuerza, en la que ellos no participan directamente,
pero que garantiza el pleno ejercicio de sus actividades
comerciales y financieras. Con la Restauración, la
política está verdaderamente al servicio de sus
intereses, de tal modo que ahora sus intereses pueden sin temor
identificarse con el interés de la nación. En
Fortunata y Jacinta, la perspicacia y el arte de
Galdós nos ponen ante los ojos los mecanismos y las
mentalidades que presiden a lo que Manuel Tuñón de
Lara (1972) llamaría la oligarquía
político-financiera de la Restauración.
Los que
están enganchados con la política son todos los
empleados del Estado, desde el gobernador hasta el humilde
secretario de la última oficina administrativa. No es que
tengan, según la novela galdosiana, opiniones determinadas;
sólo están al servicio del Estado, venerado por
algunos como entidad suprema, y se agarran, esperando la ola fatal
del turno que les echará en las costas de la miseria.
«Era sin duda -escribe el narrador de
Miau- una honrada plebe anodina, curada del espanto de las
revoluciones, sectaria del orden y de estabilidad, pueblo con
gabán y sin otra idea política que asegurarse y
defender la picara olla»
(Miau, 314).
En cuanto a los
políticos, reales o ficcionales, profesionales u
ocasionales, sólo aparecen de manera episódica y sin
gran significación. En varias novelas, algunos personajes o
el mismo narrador evocan a Cánovas, a Sagasta, a Castelar, a
Salmerón, sin dar precisiones de importancia. Al diputado
Botín, sólo se le conoce como amante de Isidora
(La des.). Villalonga,
también diputado al final de 1873, viene a casa de Santa
Cruz para contar lo que pasa en las Cortes, en aquellos días
memorables en que muere la República. En los salones y en
las comidas de la alta sociedad aparece en claroscuro tal o cual
diputado, tal o cual ministro (La esp., FyJ). En La Tribuna,
el representante regional de la Federal viene a dar un mitin. No,
en la novela de la Restauración, no se le atribuye a la
política un papel activo. El relato, cuyo título
podría ser: «Como se hace un diputado» y que
constituye un episodio, entrelazado con otros, de El amigo
Manso, debe tomarse como significativo de la posición
de Don Benito sobre los políticos y la política de la
Restauración. Recordemos que el autor de La
desheredada se dejó hacer diputado, en 1886, cunero por
más señas, sin convicción, para «conocer de cerca la vida
política»
(Shoemaker, 1970, 205). No cabe duda de
que el personaje de José María Manso es resultado de
la observación del novelista-diputado. Pues bien,
José María, indiano rico, quiere «consagrarse al país»
sin saber
nada del país, sin tener ideas ni principios
políticos, sin saber siquiera qué partido le conviene
mejor. Y hace lo que todos: cultivar relaciones, buscar
complicidades, comprar amistades, demostrando que la
política es un juego artificial, una comedia inmoral de
apariencias y trampas. A lo cual el filósofo Máximo
Manso opone sus convencidas reflexiones que, por ser las del autor,
merecen citarse: «Era necesario
distinguir la parte apócrifa de la auténtica,
buscando ésta en su realidad palpitante, por lo cual
convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de
los mil engaños que nos rodean, cerrar los oídos al
bullicio de la prensa y de la tribuna, cerrar los ojos a todo este
aparato decorativo, teatral y luego darse con alma y cuerpo a la
reflexión asidua y a la tenaz observación»
(El amigo Manso, 67-68). Este discurso, que podría
atribuirse a cualquier regeneracionista del fin de siglo, define
también lo que debe ser (o debería ser) el compromiso
ético del novelista, de cualquier novelista, con la realidad
política y social del país.
Cuestión delicada es la visión que da la novela del sexenio revolucionario y de sus consecuencias ulteriores.
La mayoría
de las novelas del gran realismo (con las notables excepciones de
La Fontana de Oro, 1870, y de Pepita
Jiménez, 1873) se publican después de 1875; son
realmente, si nos atenemos a la fecha de publicación,
novelas de la Restauración. Ahora bien, un hecho, que no
puede ser de pura forma literaria, atrae la atención; es el
de la distancia temporal que, en varias grandes obras
frecuentemente aludidas y citadas en las páginas que
preceden, media entre el tiempo de la historia contada y el tiempo
de la redacción (entre el tiempo del relato y el de la
narración). La «sociedad presente», casi nunca
es formalmente la sociedad inmediata, la que observa el
autor en el momento en que escribe. Se dirá que una
perspectiva temporal es necesaria para dominar los hechos y para
dar densidad a los acontecimientos o a las representaciones
sociales. Más puede decirse; la distancia entre la fecha de
la acción y la de la redacción, en lugar de ser
alejamiento, establece relación entre el presente y el
pasado. Dicho de otra manera, el vector entre lo pasado y lo actual
representa la Historia en movimiento. De ello están
perfectamente conscientes los autores; lo sugieren
explícitamente algunos, como Clarín en La
Regenta. Galdós, por su parte, confiesa claramente que
sitúa a su narrador en 1884, pongamos por caso, para contar
una historia ocurrida en 1867 o 1868 y utiliza este procedimiento
ficcional para mostrar lo que va de ayer a hoy. «En una sociedad como aquélla [la de
1867] o como ésta [la de 1884], pues la variación en
dieciséis años no ha sido muy grande [...]»
(Tormento, 28). Es verdad, según el testimonio de
la novela, que, a pesar de las evoluciones, han cambiado poco las
costumbres y las mentalidades. Sin embargo, durante esos «dieciséis años»
, hubo
muchos trastornos políticos desde la Gloriosa hasta el golpe
de Sagunto y la vuelta de Alfonso XII. No puede escapar que las
historias contadas en varias obras importantes se sitúan
durante ese período. He aquí, sucesivamente, para
varias novelas, la fecha de publicación y, en bastardilla,
el período durante el cual se desarrolla la acción:
Don Gonzalo González de la Gonzalera, 1879,
sexenio; La desheredada, 1881, sexenio y
primeros años de la Restauración; La
Tribuna, 1882, sexenio hasta 1874; Pedro
Sánchez, 1883, 1854; Tormento, 1884,
1867 y primeros meses de 1868; La de Bringas,
1884, primer semestre de 1868; Los pazos de
Ulloa, 1886, en torno a 1868. Fortunata y
Jacinta, 1886-1887, 1869-1876;
Pequeñeces, 1890, 1873-1876.
Ahora bien,
ninguna de estas obras dramatiza directamente los acontecimientos
del sexenio, que se perciben desde espacios sociales o
geográficos alejados de las zonas candentes de la
«revolución». Si, en Coteruco (Don
Gonzalo...), en Marineda (La Tribuna), en Ulloa, la
resaca revolucionaria provoca trastornos, más o menos
profundos, más o menos pasajeros, para la aristocracia
madrileña de Coloma el sexenio interesa como
justificación de la reacción restauracionista, en la
cual se focaliza la acción, y, en las profundas aguas
intrahistórica del Madrid burgués, mesocrático
y popular de Galdós llegan sólo ecos atenuados del
bullicio. Parece que ningún novelista se atreve a encarase
directamente con la «revolución». Habrá
que esperar la quinta serie de los Episodios Nacionales
(1909-1912) para que el período de 1868 a 1875 sea real y
directamente materia novelable... Sorprende. Antes de intentar
comprender esta desatención deliberada, es preciso examinar
qué visión de la revolución da la materia
novelada. En Coteruco, en Marineda, en Ulloa, la Gloriosa
y la Federal, desencadenan, según los autores, nefastos
trastornos mentales y económicos. El patriarca de Coteruco
(intérprete de las ideas de Pereda) increpa en un
monólogo a sus labriegos que se han dejado contaminar por el
virus revolucionario: «ayer
teníais los hogares llenos de pan y abundancia; hoy
vivís hambrientos, desnudos, desesperados y con la envidia y
el odio en el corazón. ¡Esto os han dado los
apóstoles que os redimieron de la esclavitud, de la fe y del
trabajo honrado!»
(Don Gonzalo..., 459). La
adhesión a la Federal le permite a Amparo afirmar su
personalidad de mujer combativa y honrada, pero el narrador, mejor
dicho la narradora, aprovecha la posición de superioridad
que se otorga para sugerir que es víctima del engaño
de una propaganda periodística superficial y poco sincera;
para los crédulos obreros «el
sentido de las cosas no les era patente»
(La
Tribuna, 77). No pueden esperarse grandes adelantos
históricos de tal agitación. Sí, nota la
narradora, con la revolución cambia un poco la mentalidad de
la clase media: se hace más frívola y «comienza a imperar el traje corto»
.
Algo es algo (!). De vez en cuando, pese a sus prejuicios, la
condesa deja escapar opiniones pertinentes: «España estaba próxima a la gran
lucha de la tradición contra el liberalismo»
(La Tribuna, 96).
Primera página de la obra María y María, de Armando Palacio Valdés, edición ilustrada por J. Luis Pellicer en Madrid, 1883. Biblioteca Nacional, Madrid
En la obra de
Galdós o de Palacio Valdés no hay ningún
turiferario de la revolución, ni siquiera en el cuarto
estado (aparte el charlatán mentiroso José Izquierdo,
parodia del falso revolucionario -FyJ, 201-205-). Los burgueses
y los aristócratas de Fortunata y Jacinta, poco
implicados en los acontecimientos, temen ante todo que se levante
el pueblo en masa. Igual temor, pero exacerbado por su
precaria situación profesional a la que están
agarrados como náufragos a un madero, embarga a la multitud
de funcionarios de la Administración, temerosos de que se
vuelque la olla. Algunos meses antes de la Gloriosa, Francisco
Bringas, Joaquín Pez, etc., exclaman que «la revolución se acerca con su tea
incendiaria y su piqueta demoledora»
(Tormento,
124). Francisco Bringas se espanta a sí mismo con
previsiones apocalípticas: «Los
descamisados harán de Madrid un lago de sangre [...].
Adiós propiedad, adiós familia, adiós
religión de nuestros mayores»
(ibid. 241). Según la novela
galdosiana de los años setenta y ochenta, no es en esta
parte de la clase media donde la Revolución va a reclutar a
sus adeptos; tampoco en la alta burguesía y menos aún
en el bajo pueblo... ¿Dónde están los
entusiastas defensores del progreso y de la libertad que lucharon
contra el oscurantismo y la reacción durante los gloriosos
día del 68? Pues no están. En las novelas de
Galdós, de Palacio Valdés, han desaparecido...
¿Se
equivoca Clarín, pecando de idealista, cuando escribe, en
1880, que la Revolución del 68 «llegó a todas las esferas de la vida
social, penetró en los espíritus y planteó por
primera vez en España todos los arduos problemas que la
libertad de conciencia había ido suscitando en los pueblos
libres y cultos de Europa»
(Alas, 1880, 67)?
Ateniéndonos al balance del período revolucionario,
bien sabemos que no, que no se equivoca Clarín. Así
pues, ¿cómo explicar que la Revolución
esté ausente de la novela; más aún cuando va a
buscar la «sociedad presente» en el sexenio?,
¿deseo, por parte de Galdós, de atenuar un fracaso
histórico, explicable por la falta de conciencia
política del «pueblo»?, ¿resentimiento
ante una ilusión perdida? Plantear estas preguntas es ya
contestarlas.
Palacio
Valdés da una respuesta clara cuando le hace decir al
narrador de Marta y María, indignado al ver
cómo se desencadena el furor del pueblo de Nieva contra
María, acusada de participar en la conspiración
carlista: «La muchedumbre estaba
compuesta en su casi totalidad por lo que durante el período
revolucionario se llamó pueblo soberano, esto es, por todos
los pilluelos y ganapanes de la ciudad, a los cuales se agregaban
algunas personas dignas, aunque ociosas, y casi todas las comadres
de los arrabales»
(Marta y María, 204).
En cuanto expresión de desprecio al pueblo, la cita no tiene
desperdicios.
En las Novelas
contemporáneas, los narradores galdosianos nunca
manifiestan semejante desestimación de la acción del
pueblo. En cambio, en 1870, en La Fontana de Oro, y en los
Episodios Nacionales dedicados al trienio liberal de
1820-1823, particularmente en El Grande Oriente (1876), se
acusa claramente al populacho, sin conciencia, ciego y presa de
despreciables manipuladores oportunistas, de preparar con sus
desmanes el restablecimiento del absolutismo. La culpa del fracaso
del trienio liberal la tienen algunos falsos liberales, disfrazados
de «exaltados»
, «bribones que engañan al pueblo
ignorante»
, como la muleta engaña al toro. El
mundo de La Fontana de Oro da una visión poco
halagüeña de los liberales populares que frecuentan la
famosa taberna: son groseros, bebedores, bestiales, sin conciencia
política (La Fontana de Oro, 231). En El Grande
Oriente «la furia
populachera»
, irracional y estúpida, es un ariete
manejado por las sectas masónicas, que salen mal paradas de
la representación. La asociación de 1820 «era una poderosa cuadrilla política que
iba derecho a su objeto, una hermandad utilitaria que miraba los
destinos como una especie de religión (hecho que
parcialmente subsiste en la desmayada y moribunda masonería
actual)»
(El Grande Oriente, 71). El autor de
El Grande Oriente y de La Fontana de Oro hubiera podido
firmar la frase siguiente, referida a grupos revolucionarios de
1854 («légamo que sube a la
superficie»
y destroza cuanto encuentra a su paso):
«Aquello era una jaula de mentecatos,
una puja indecente de merecimientos que, o eran ridículos, o
afrentaban a la causa en cuyo nombre se exponían»
.
Estas palabras son de Pereda (Pedro Sánchez, 392).
Es que coinciden Pereda y Galdós en la condena de los
excesos, a pesar de que el ideal histórico de éste es
radicalmente opuesto al de aquél.
Este rodeo por la
visión del Trienio liberal no es fortuito, pues el mismo
Galdós afirma sin ambages la semejanza que «la crisis actual [la de 1868 a 1874] tiene con
el memorable período de 1820-23»
(La Fontana
de Oro, 7). Así pues, condenar los excesos de 1820-1823
es condenar las desmanes del sexenio. Está claro que, para
él, la culpa del fracaso es, principalmente, la falta de
conciencie política y social del pueblo español.
Antes de hablar de
revolución, nos dicen Galdós y Clarín,
hablemos de educación y de instrucción. Los capaces,
los que dominan el lenguaje, deben dirigirse al pueblo por todos
les medios y sobre todo por medio del arte, del arte de la novela,
para que la evolución de la sociedad contemporánea
tome el buen camino. El buen camino, en las primera décadas
de la Restauración, no es, por cierto, la revolución
(ningún novelista, por lo demás, pone en tela de
juicio las estructuras sociales y económicas), sino la lenta
evolución de las conciencias. Desde tal punto de vista, el
mejor homenaje que se le puede tributar a Galdós es el
siguiente: «Este hombre ha revelado
España a los ojos de los españoles que la
desconocían, ha contribuido a crear una conciencia nacional,
ha trabajado para que España despierte y adquiera conciencia
de sí misma»
(citado por Gómez
Marín, 1975, 98). Este juicio es de Azorín; bien lo
merece el autor de Fortunata y Jacinta por su incansable
labor artística, pero debería ensancharse a todos los
novelistas del período que, cual más cual menos,
según visones distintas, y a veces opuestas, contribuyen a
construir el abigarrado panorama literario de la «sociedad presente»
, para que el
«pueblo»
lo contemple, se vea,
reflexione.
No, no se equivocaba Clarín, en 1880; las ideas nuevas caldeadas durante el período revolucionario, a pesar del fracaso político, arraigan cada vez más. En todo caso son la levadura que permite el desarrollo de la novela nacional, en una dirección o en la otra. No lo olvidemos. Una novela nacional, eso sí y por todo lo dicho en estas páginas, pero también una novela que en sus logros más artísticos «llega al alma» de las cosas y de los seres, allí donde pueden intuirse, entre los universales del pensar y del sentir, las profundas opacidades humanas, para hacer salir del cuadro algunos personajes animados, ya conocidos de todos, y que siempre serán, de una manera u otra, nuestros semejantes.
-
Novelas analizadas
(Ediciones por las cuales citamos)
- ALARCÓN, Pedro Antonio: El escándalo
[1875], Obras completas. Madrid, Ediciones Fax, 1968,
págs. 481-613.
- -El Niño de la Bola [1880], Obras completas, Madrid, Ediciones Fax, págs. 614-713.
- -El Capitán Veneno [1881], Obras completas. Madrid, Ediciones Fax, 1968, págs. 714-744.
- ALAS, Leopoldo (Clarín): La Regenta
[1884-1885], edic. de Gonzalo
Sobejano, Madrid, Castalia, 1981.
- -Su único hijo [1890], edic. de Carolyn Richmondd. Madrid, Espasa, 1979.
- -Cuentos: Pipa [1879], Doña Berta [1891], ¡Adiós Cordera! [1892], La contribución [1896]: Cuentos, edic. de Ángeles Ezama. Barcelona, Crítica, 1997. De la comisión [1880]: Solos de Clarín, Madrid, Alianza, 1971, págs. 271-284. Un jornalero [1891 o 1892], El Señor y lo demás son cuentos, edic. de Gonzalo Sobejano. Madrid, Espasa, 1988. Véase Alas, Leopoldo (Clarín), Cuentos completos, Ediciones de Carolyn Richmond, Madrid, Alfaguara, 2001, 2 tomos.
- COLOMA, padre Luis: Jeromín [1903]. Bilbao,
Imprenta del Corazón de Jesús, 1905.
- -Pequeñeces [1890], edic. de Rubén Benítez. Madrid, Cátedra, 1975.
- PALACIO VALDÉS, Armando: Marta y María
[1883]. Madrid, Espasa, 1946.
- -Maximina [1887]. Buenos Aires, Espasa Calpe Argentina, 1952.
- -La Hermana San Sulpicio [1889]. Madrid, Hernández, 1889.
- -La espuma [1890], edic. de Guadalupe Gómez Ferrer. Madrid, Castalia, 1990.
- -La fe [1892], edic. José Luis Campal. Oviedo, GEA, 1992.
- -La aldea perdida [1903], edic. Álvaro Ruiz de la Peña. Madrid, Espasa, 1991.
- PARDO BAZÁN, Emilia: La Tribuna [1882],
edic. José Hesse.
Madrid, Taurus, 1968.
- -Los Pazos de Ulloa [1886], edic. Nelly Clemessy. Madrid, Espasa, 1987.
- -La Prueba [1890], Obras completas, t. XXV. Madrid, Renacimiento, [s. a.].
- PEREDA, José María DE: Blasones y
talegas [1871], en Tipos y paisajes. Madrid,
Fortanet, 1874.
- -Don Gonzalo González de la Gonzalera [1878], Obras completas, t. III. Madrid, Tello, 1884.
- -De tal palo tal astilla [1879]. Madrid, Tello, 1880.
- -Pedro Sánchez [1883], Obras completas, t. XIII. Madrid, Tello, 1891.
- -Sotileza [1885], Obras completas, t. IX. Madrid, Victoriano Suárez, 1927.
- -La Montálvez [1888]. Madrid, Tello, 1888.
- -La Puchera [1889], edic. de Laureano Bonet. Madrid, Castalia, 1980.
- -Peñas arriba [1894], Obras completas, t. XV. Madrid, Victoriano Suárez, 1933.
- PÉREZ GALDÓS, Benito: La Fontana de Oro
[1870]. Madrid, Alianza, 1970.
- -El Grande Oriente [1876]. Madrid, Hernando, 1970.
- -Doña Perfecta [1876]. Madrid, Imprenta de Noguera, 1878.
- -Gloria [1877]. Madrid, Hernando, 1977.
- -La familia de León Roch [1878]. Madrid, Alianza, 1979.
- -Marianela [1878], edic. de Joaquín Casalduero. Madrid, Cátedra, 1997.
- -La desheredada [1881], edic. Enrique Miralles. Barcelona, Planeta, 1992.
- -El amigo Manso [1882]. Madrid, Alianza, 1983.
- -El Doctor Centeno [1883]. Madrid, Hernando, 1975.
- -Tormento [1884]. Madrid, Alianza, 1975.
- -La de Bringas [1884], Obras completas, t. II. Madrid, Aguilar, 1970.
- -Lo prohibido [1884-1885], Obras completas, t. II. Madrid, Aguilar, 1970.
- -Fortunata y Jacinta [1886-1887], edic. de Adolfo Sotelo Vázquez y Marisa Sotelo Vázquez. Barcelona, Planeta, 1993.
- -Miau [1888]. Madrid, Alianza, 1990.
- -Las novelas de Torquemada [1889-1895]. Madrid, Alianza, 1985.
- -Ángel Guerra [1890-1891]. Madrid, Alianza, 1986.
- -Tristona [1892]. Madrid, Alianza, 1994.
- -Nazarín [1895]. Madrid, Hernando, 1986.
- -Halma [1895]. Buenos Aires, Losada, 1943.
- -Misericordia [1897]. París, Nelson, 1951.
- -El Abuelo [1897]. Madrid, Hernando, 1945.
- -Cánovas [1912], Episodios Nacionales, t. V. Madrid, Aguilar, 1990.
- VALERA, Juan: Pepita Jiménez [1874],
edic. Leonardo Romero Tobar.
Madrid, Cátedra, 1992.
- -Doña Luz [1878], edic. Enrique Rubio Cremades. Madrid, Espasa, 1990.
- -Juanita la Larga [1895], edic. de Enrique Rubio Cremades. Madrid, Castalia, 1985.
-
Obras citadas
- ALARCÓN, Pedro Antonio: «Juicios literarios y Artísticos», Obras completas. Madrid, Ediciones fax, 1968, págs. 1748- 1832.
- ALAS, Leopoldo (Clarín): Solos de
Clarín [1881]. Madrid, Alianza, 1971.
- -«La desheredada, novela de Don Benito Pérez Galdós», en La literatura en 1881. Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, 1882.
- -... Sermón perdido [1885]. Madrid, Fernando Fe, 1885.
- -Nueva campaña [1885-1886], edic. Antonio Vilanova. Barcelona, Lumen, 1989a.
- -«Alcalá Galiano y el período Constitucional de 1820 a 1823», en La España del siglo XIX. Colección de conferencias históricas del Ateneo, curso de 1886. Madrid, Antonio de San Martín, 1886.
- -Apolo en Pafos [1887], edic. Adolfo Sotelo Vázquez. Barcelona, PPU, 1989b.
- -Mezclilla [1889], edic. de Antonio Vilanova. Barcelona, Lumen, 1987.
- -Ensayos y revistas [1892], edic. de Antonio Vilanova. Barcelona, Lumen, 1991.
- ALTAMIRA, Rafael: «El realismo y la literatura contemporánea», La Ilustración Ibérica, 1886: 172, 24-IV; 174, 1-V; 176, 15-V; 179, 5-VI; 182, 26-VI; 186, 24-VII; 187, 31-VII; 188, 7-VIII; 189, 14-VII; 191, 28-VIII; 192, 4-IX; 193, 11IX; 194, 18-IX; 195, 26-IX; 196, 2-X; 197, 9-X; 198, 16-X; 199, 23-X.
- AUERBACH, Erich: La représentation de la réalité dans la littérature occidentale [1945]. París, Gallimard, 1968.
- AYALA, Francisco: La novela: Galdós y Unamuno. Barcelona, Seix Barral, 1974.
- BENÍTEZ, Rubén (Introducción), COLOMA, padre Luis, Pequeñeces. op. cit., 1975, págs. 9-43.
- BESER, Sergio: Leopoldo Alas: Teoría y crítica de la novela. Barcelona, Laia, 1972.
- BONET, Laureano: Benito Pérez Galdós. Ensayos de crítica literaria. Barcelona, Península, 1999.
- BOTREL, Jean-François: Preludios de
Clarín. Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1972.
- -«La recepción de Pequeñeces del padre Luis Coloma», A Further Range. Studies in Modern Spanish Literature from Galdós to Unamuno. In memoriam Maurice Hemingway, University of Exeter Press, 1999, págs. 205-218.
- CAUDET, Francisco: Zola, Galdós, Clarín: El naturalismo en Francia y en España. Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 1995.
- FERNÁNDEZ, Pura: Eduardo López Bago y el naturalismo radical. La novela y el mercado literario en el siglo XIX. Amsterdam, Atlanta, GA, 1995.
- GARCÍA CASTAÑEDA, Salvador: «Pereda y la prensa: unos textos olvidados», Ínsula, 547-548, julio-agosto, 1992.
- GINER DE LOS RÍOS, Francisco: «Consideraciones sobre el desarrollo de la literatura moderna» [1862], en López-Morillas, 1973, op. cit., págs. 111-161.
- GÓMEZ-FERRER, Guadalupe: Palacio Valdés y el
mundo social de la Restauración. Oviedo, IDEA, 1983.
- -«Literatura y sociedad: reflejos y actitudes sociales en el mundo de la Restauración», en Homenaje a José Antonio Maravall. Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 1985, págs. 199-214.
- -«Introducción biográfica y crítica» a PALACIO VALDÉS, A., La espuma, op. cit., págs. 9-60.
- -«Otra visión del proceso de modernización: la perspectiva de las mujeres», en C. SEGURA, G. NIELFA (eds.), Entre la marginación y el desarrollo: mujeres y hombres en la historia. Homenaje a María Carmen García Nieto. Madrid, Ediciones del Orto, 1996.
- GÓMEZ MARÍN, José Antonio: Aproximaciones al realismo español. Madrid, Castellote, 1975.
- GONZÁLEZ HERRÁN, José Manuel: Emilia
Pardo Bazán. La cuestión palpitante. Barcelona,
Anthropos, 1989.
- -«Pereda y la novela regional», Ínsula, 548, julio-agosto, 1992.
- GONZÁLEZ SERRANO, Urbano: Ensayos de crítica
y filosofía. Madrid, Aurelio J. Aralia, 1881.
- -Cuestiones contemporáneas. Madrid, Fernando Fe, 1883.
- GILMAN, Stephen: Galdós y la novela europea, Madrid, Taurus, 1985.
- HIBBS-LISSORGUES, Solange: «La Iglesia católica
española frente al naturalismo: un debate literario e
ideológico», Ínsula, 514, octubre
1989.
- -«Le personnage de Butrón: le marquis de Molins/Cánovas dans Pequeñeces du Padre Coloma», en La construction du personnage historique. Lille, Presses Universitaires de Lille, 1991, págs. 53-64.
- JOVER, José María: «Situación política de la España de Isabel II», en Política, diplomacia y Humanismo popular. Madrid, Turner, 1976.
- LISSORGUES, Yvan: «Concepción de la historia en
Leopoldo Alas (Clarín): una historia artística al
servicio de progreso», Los cuadernos del Norte,
mayo-junio, 1981, págs.
50-55.
- -(edit.): Realismo y naturalismo en España en la segunda mitad del siglo XIX. Barcelona, Anthropos, 1988.
- - «El “naturalismo radical”: Eduardo López Bago (y Alejandro Sawa)», en LISSORGUES, Y. (ed.), Realismo y naturalismo..., op. cit., págs. 237-253.
- -Clarín político, II. Barcelona, Lumen, 1989.
- -y SALAÜN, S., «Crisis del realismo», en SERRANO, Carlos y SALAÜN, Serge, 1900 en España, Madrid, Espasa-Universidad, 1991, págs. 161-191.
- -El pensamiento filosófico y religioso de Leopoldo Alas, Clarín -1875-1901-. Oviedo, GEA, 1996.
- -«Benito Pérez Galdós: la novela tendenciosa de fin de siglo (Realidad, Ángel Guerra, Nazarín, Halma, Misericordia, El Abuelo)», en SANTA, Angels (ed.), Benito Pérez Galdós. Camins creuats II. Homenatge a Víctor Siurana. Lleida, Universitat de Lleida, 1997, págs. 177-193.
- -y Gonzalo SOBEJANO (coords.), Pensamiento y literatura en la España del siglo XIX. Idealismo, positivismo, espiritualismo. Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1998.
- -«Hacia una estética de la novela realista», en AUBERT, P. (ed.), La Novela en España (siglos XIX-XX), Madrid, Casa de Velázquez, 2001, págs. 53-72.
- LÓPEZ, Ignacio Javier: «Revolución, Restauración y novela de tesis», en Revista hispánica Moderna, LII, 2, junio 1999, págs. 5-23.
- LÓPEZ-MORILLAS, Juan: Krausismo: estética y literatura. Barcelona, Labor, 1973.
- MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino: «Contestación del Excmo. Sr. Don Marcelino Menéndez y Pelayo» [al discurso del Sr. Don Benito Pérez Galdós], en Discursos leídos ante la Real Academia Española en las recepciones del 7 y 21 de febrero de 1897. Madrid, Viuda de Tello e Hijos, 1897, págs. 33-96.
- MONTERO Paulson, D. J.: La jerarquía femenina en la obra de Galdós. Madrid, Pliegos, 1988.
- MONTESINOS, José F.: Galdós (3 volúmenes). Madrid, Castalia, 1968-1972.
- OLEZA, Juan: La novela del XIX. Del parto a la crisis. Valencia, Bello, 1976.
- PALACIO VALDÉS, Armando: «Prólogo» a La Hermana San Sulpicio. Madrid, Hernández, 1889.
- PEREDA, José María: «Discurso del Sr. Don José María de Pereda», en Discursos leídos... Véase: Menéndez Pelayo, páginas 99-147.
- PÉREZ GUTIÉRREZ, Francisco: El problema religioso en la generación de 1868. Valera, Alarcón, Pereda, Pérez Galdós, «Clarín», Pardo Bazán. Madrid, Taurus, 1975.
- RAMOS-GASCÓN, Antonio: Clarín. Obra olvidada. Madrid, Júcar, 1971.
- RIBBANS, Geoffrey: «Los Episodios Nacionales o la huella del caracol», en Benito PÉREZ GALDÓS, Trafalgar, La Corte de Carlos IV, edic. de Dolores Troncoso. Barcelona, Crítica, 1995, págs. IX-XXIII.
- RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS, Julio: Galdós. Burguesía y revolución. Madrid, Turner, 1975.
- SAILLARD, Simone, y SOTELO VÁZQUEZ, Adolfo (eds.): Zola y España. Barcelona, Universitat de Barcelona, 1997.
- SHOEMAKER, William: Estudios sobre Galdós. Madrid, Castalia, 1970.
- SOBEJANO, Gonzalo: Forma literaria y sensibilidad
social. Madrid, Gredos, 1967.
- -«El primer manual de historia social de la literatura española», en Hispanic Review, 48, 1980, págs. 319-333.
- -«La inadaptada», en BESER, Sergio (ed.), «Clarín» y «La Regenta». Barcelona, Seix Barral, 1982, págs. 187-224.
- -«Semblantes de la servidumbre en La Regenta», Serta Philologica F. Lázaro Carreter. Madrid, Cátedra, 1983, II, páginas 519-529.
- -Clarín en su obra ejemplar. Madrid, Castalia, 1985.
- -«El lenguaje de la novela naturalista», en LISSORGUES, Yvan (edit.), Realismo y naturalismo..., op. cit., págs. 583-615.
- -Véase Lissorgues, 1998.
- SOTELO VÁZQUEZ, Adolfo: Juan Valera. El arte de la novela. Barcelona, Lumen, 1996.
- TUÑÓN DE LARA, Manuel, Estudio sobre el siglo XIX español, Madrid, Siglo XXI de España, 1972.
- UNAMUNO, Miguel DE: En torno al casticismo [1895], edic. de Jon Juaristi. Madrid, Biblioteca Nueva, 1996.
- URÍA GONZÁLEZ, Jorge: «La historia social y el contemporaneísmo español. La deuda del pasado», en La Historia en el Horizonte del año 2000. Revista de Historia Jerónimo Zurita 71/1995. Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 1997, págs. 95-141.
- VICENS VIVES, Jaime: Historia de España y América, social y económica, vol. 5. Barcelona, bolsillo, 1972.



