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ArribaActo III


Cuadro I

 

Los violines, a telón corrido, suenan con una marcha muy bizarra. Salón de Consejos, en Palacio.

 
 

(En primer término, en el centro, una enorme mesa alargada. EL REY, sentado en un riquísimo sillón de rojo y oro, preside. Lleva puesta la corona, se cubre con un gran manto y tiene el cetro en la mano. A su derecha, se sienta GRAVELOT. Luego, a un lado y a otro, los cinco MINISTROS, el bravo MARISCAL y el PRECEPTOR, en sus nuevas funciones de sabio y ministro. El MINISTRO 1º está en pie, terminando su discurso. Todos se hallan bastante agitados, excepto GRAVELOT, que asiste al debate con gesto de indolente ausencia.)

 

MINISTRO 1º.-   (En orador.) Y bien. Esto es todo. ¿Qué más puedo decir para que la clara inteligencia de nuestro Rey absoluto forme su juicio? Nada, absolutamente nada. ¡La guerra es necesaria! ¡Lo exige el honor del Rey!

MINISTRO 2º.-  ¡A la guerra!

MINISTRO 3º.-  ¡No! ¡A la guerra, no!

MINISTRO 4º.-  ¡A la guerra!

MINISTRO 5º.-  ¡No, no, no!

 

(Todos hablan a la vez. Un escándalo. EL REY, indignadísimo, pega un puñetazo sobre la mesa.)

 

EL REY.-  ¡Orden! ¡Orden!  (Todos callan.) ¿Tú crees que debemos ir a la guerra con los prusianos?

MINISTRO 1º.-  Tal creo, Majestad.

UNOS.-  ¡Sí, sí!

OTROS.-  ¡No, no!

EL REY.-  ¡Orden! Que hable el ministro de la Guerra. ¡Tiene la palabra el bravo mariscal!

 

(Se sienta el MINISTRO 1º y se levanta el bravo MARISCAL.)

 

MARISCAL.-  Con la venia de su Majestad... Yo creo que esto de la guerra es una barbaridad.

TODOS.-   (Rumores.) ¡¡Oh!!

MARISCAL.-  Yo soy muy pacífico... La guerra me pone nervioso. La guerra lo destroza todo. Es una pena. Los bosques, los jardines, los museos...  (Suspira.) Pero sobre todo los jardines... En fin, señores, yo, el bravo mariscal, si hay guerra presento la dimisión. Es una cuestión de delicadeza. Yo soy muy sensible.

 

(Rumores. Unos aplauden fervorosamente. Otros protestan. El bravo MARISCAL, fatigadísimo, se sienta y se seca el sudor.)

 

TODOS.-  ¡¡Oh!!

MINISTRO 3º.-  ¡Viva el bravo mariscal!

MINISTRO 1º.-  ¡Un momento! Su Majestad, ¿es o no es un Rey absoluto?

EL REY.-   (Modestamente.) Hombre, yo creo que sí.

MINISTRO 1º.-  Entonces, haga Su Majestad lo que yo digo ¡A la guerra!

UNOS.-  ¡Bravo! ¡Muy bien!

OTROS.-  ¡No! ¡No!

 

(Un escándalo. Todos gritan y manotean. EL REY está en pie, en jarras.)

 

EL REY.-  ¡Silencio! Le voy a dar a uno un sopapo...

PRECEPTOR.-  ¡Orden! ¡Orden! Cálmense sus excelencias...

EL REY.-   (Bajo a GRAVELOT.) Oye, tú, ¿Quién es ese?

GRAVELOT.-  Es un sabio que protege la marquesa de Lenoir.

PRECEPTOR.-   (En orador.)  Nosotros, los sabios...

MINISTRO 1º.-   (Indignadísimo.) ¡¡Oh!! Pero, ¿de verdad cree su señoría que es un sabio?

PRECEPTOR.-  ¿Cómo?  (Furioso.) ¿Es que dudáis de mi sabiduría?

TODOS.-  ¡Oh! ¡Oh!

EL REY.-  ¡Silencio! Si le ha nombrado sabio la favorita, es sabio y muy sabio. Sigue, hijo. ¡Que tu sabiduría nos ilumine!

PRECEPTOR.-  Con la venia de Su Majestad... Nosotros, los sabios, creemos que para la buena marcha de la gobernación del país...

EL REY.-   (Casi en un brinco.) ¡Alto!

TODOS.-  ¡Oh!

EL REY.-   (Con profunda amargura.) Se acabó. Pero, ¿es que a un Rey no se le puede hablar más que de la gobernación del país? ¿Eh?

MINISTRO 1º.-   (Bajo.) Tiene muchísima razón...

MINISTRO 2º.-  Es que estos sabios son muy cargantes. Ya se sabe...

 

(Todos miran al PRECEPTOR con franco reproche. El pobre está avergonzado.)

 

PRECEPTOR.-  ¡Señor!... Yo... Yo siempre estoy de acuerdo con Su Majestad.  (De pronto. Frenético.) ¡Viva el Rey!

TODOS.-  ¡Viva!

 

(Rumores. EL REY se sienta, muy ufano. Se alza la voz del MINISTRO 1º.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Señores ministros! ¿Vamos o no a la guerra con los prusianos?

UNOS.-  ¡Sí, sí!

OTROS.-  ¡No! ¡No!

GRAVELOT.-   (Rotundo.) ¡Silencio!

 

(Todos, incluso EL REY, enmudecen y miran a GRAVELOT con muchísimo respeto.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

MINISTRO 5º.-  ¡Va a hablar Gravelot!

MINISTRO 1º.-  ¡Callad!

MINISTRO 4º.-  Chiss...

GRAVELOT.-   (Solemne.) Su Majestad, el Rey absoluto, en uso de sus soberanas atribuciones, va a pronunciar su última palabra sobre este pleito con los prusianos...

 

(Todos se miran empequeñecidos. Un gran silencio. EL REY escucha atentísimo las palabras de GRAVELOT y dice que sí con la cabeza.)

 

El Rey en estos momentos mide todas vuestras razones...

EL REY.-   (Convencido.) ¡Todas!

GRAVELOT.-  Y su clarísima inteligencia nos ilumina una vez más...

EL REY.-   (Sencillamente.) Hombre, hago lo que puedo.

GRAVELOT.-  ¡Señores! El Rey no quiere la guerra...

TODOS.-   (Un rumor.) ¡Oh!

MARISCAL.-  ¡Gracias a Dios! Yo estaba en vilo...

GRAVELOT.-  Pero, señores del gobierno, el Rey no rechaza la guerra por debilidad, o por esa vieja superstición de que la guerra es cruel e inhumana... No. Si fuera necesario, el Rey sería un héroe...

EL REY.-   (Asustado.)  ¡Caray! Tanto como un héroe... Te diré.

TODOS.-  ¡Sí, sí! ¡Un héroe!

GRAVELOT.-  ¡La guerra no es más que un proceso inevitable de la Humanidad, y la Humanidad es siempre cruel, en la guerra y en la paz! ¡Señores ministros! ¿Para qué vamos a conquistar Prusia, si Prusia ya es nuestra?

TODOS.-   (Un rumor.)  ¡Oh!

GRAVELOT.-   (Brillantemente.) Como es nuestra Baviera y Sajonia, como es nuestro todo un continente que vive bajo nuestra influencia. ¿Es que en las Cortes extranjeras nuestros embajadores no dictan al mundo el espíritu de nuestra Corte? ¿Es que la Humanidad no piensa ya con arreglo a nuestra filosofía? ¿Es que nuestra Corte no es el modelo que copian todas las Cortes de Europa?

 

(Los MINISTROS se ponen en pie entusiasmados.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Bravo!

MINISTRO 3º.-  ¡Qué ingenio!

MINISTRO 2º.-  ¡Qué elocuencia!

EL REY.-   (Modestamente.) Gracias. ¡Muchas gracias!

GRAVELOT.-  ¡Señores ministros! Dejad que el bravo mariscal enfunde su espada y cuide de nuestros jardines...

MARISCAL.-   (Entusiasmado.)  ¡Bravo, bravísimo!

GRAVELOT.-  ¡En nuestra Corte, los guerreros cultivan las rosas, y los filósofos hacen la guerra imponiendo al mundo el espíritu de nuestra Corte!

TODOS.-   (Muy alborozados.) ¡Bravo! ¡Bravo!

 

(Gran entusiasmo. El Consejo se pone en pie y aplaude.)

 

GRAVELOT.-  ¡Estas que habéis oído son las razones de nuestro monarca! ¡Una vez más su gran talento de gobernante nos lleva a la verdad! ¡Viva el Rey!

TODOS.-   (Con frenesí.) ¡Viva! ¡Viva el Rey!

 

(Todos aclaman al REY calurosamente, enardecidos. EL REY, emocionadísimo, se levanta.)

 

EL REY.-  Mis queridos ministros... Estoy muy emocionado. Celebro que mis ideas os gusten. Yo soy un déspota, pero no me gusta hacer las cosas a la fuerza. Yo...

 

(Entra el Gran CHAMBELÁN.)

 

CHAMBELÁN.-  ¡Señor!

EL REY.-   (Enfadado.) ¡A la porra! ¡Ya me han chafado el discurso!...

CHAMBELÁN.-  ¡El nuevo ministro espera la venia de Su Majestad!

EL REY.-  ¡Demonio! Se me olvidó que había nombrado un ministro nuevo...

 

(Rumores de alarma entre los MINISTROS.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Hola!

MINISTRO 2º.-  ¿Qué dice?

MINISTRO 3º.-  ¿Un nuevo ministro?

EL REY.-  ¡Que pase el señor ministro!

 

(Sale el CHAMBELÁN.)

 

Ya veréis. Es un chico muy decente y muy moral...

TODOS.-  ¿Qué?

 

(En el fondo, tímidamente, aparece VALENTÍN. Lleva entre los brazos un inmenso montón de pliegos enrollados, cada uno atado con una cintita, que transporta con evidente riesgo de que se le derramen.)

 

VALENTÍN.-  Con permiso de Su Majestad... ¿Se puede?

EL REY.-  Adelante, muchacho. ¡Diablo! ¿Qué es eso?

VALENTÍN.-   (Muy ufano.) ¡Decretos!

TODOS.-   (Atónitos.)  ¡Qué!

 

(VALENTÍN cruza el salón muy aprisa y arroja la brazada de pliegos sobre la mesa y los señala, muy ufano.)

 

VALENTÍN.-  ¡Muchos decretos!  (Se limpia el sudor y luego se abanica con el pañuelo.) ¡Uf, si supiera Su Majestad cómo he trabajado!... Una barbaridad. Claro que todavía faltan algunos, pero ya vendrán después...  (Con orgullo.) Cuando Su Majestad haya firmado estos decretos, el país se habrá transformado de arriba abajo. ¡La inmoralidad habrá desaparecido! Los vicios serán castigados. Y el espíritu de la Corte se habrá extinguido para siempre...

MINISTRO 1º.-  ¡Cristo!

MINISTRO 2º.-  ¿Qué dice este majadero?

MINISTRO 3º.-  ¡Es un loco! ¡Un loco!

 

(Un estupor enorme. Los MINISTROS y EL REY miran atónitos el pavoroso montón de legajos derramados sobre la mesa, y luego, consternados, se miran entre sí. VALENTÍN está muy contento.)

 

EL REY.-   (Anonadado.) Oye, Valentín, ¿no crees que son demasiados decretos?

VALENTÍN.-  ¡Quia, no señor! Aún faltan muchísimos. Como en la Corte hay tan poca vergüenza.

TODOS.-  ¿Qué?

VALENTÍN.-   (Muy fino.) Véalos, véalos Su Majestad. Y sus excelencias también pueden verlos si gustan. Me parece que algunos me han salido muy bien.

 

(EL REY y los MINISTROS se abalanzan sobre la mesa, y cada uno toma un pliego que desdobla y lee ávidamente. Durante unos segundos, hay en el aire un rumor general de lecturas entre labios. Cada uno, al leer, sufre un profundo susto.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Demonio!

MINISTRO 2º.-  ¡Hola!

MINISTRO 3º.-  ¡Santo Dios!

MINISTRO 4º.-  ¡Caramba!

PRECEPTOR.-   (Sofocando un grito.) ¡¡Ay!! Esto es el colmo.  (Angustiadísimo.) Este es un decreto que deja cesante al primer ministro, Gravelot.

TODOS.-  ¿Quéeee?...

MINISTRO 1º.-  ¡Cuerno!

MINISTRO 2º.-  ¡Cesante Gravelot!

MINISTRO 4º.-   (Asustadísimo.) ¡Esto es un golpe de Estado!

VALENTÍN.-   (Con cierto apuro.)  No he tenido más remedio. Él es el espíritu de la Corte. ¡Es el mismísimo diablo!

TODOS.-  ¡Oh!

 

(Todos miran a GRAVELOT con enorme consternación. Este, muy tranquilo, alza los ojos del pliego que leía.)

 

GRAVELOT.-  Pero, señores, este otro decreto de nuestro colega Valentín, es muchísimo más interesante...

TODOS.-  ¿Qué?

 

(Todos rodean a GRAVELOT, y este lee, risueño y solemne.)

 

GRAVELOT.-  Oíd. «Artículo único: Queda prohibido el adulterio en todo el territorio nacional».

 

(Un estremecimiento general.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Qué horror!

MINISTRO 2º.-  ¡Qué espanto!

MINISTRO 3º.-  ¡Es intolerable!

MINISTRO 5º.-  ¡Es monstruoso!

GRAVELOT.-  ¡Escuchad!  (Vuelve a leer.) «Los que contravengan este decreto, serán considerados como delincuentes y puestos en prisión».

TODOS.-   (Con espanto.) ¡¡No!!

GRAVELOT.-   (Risueño.) ¿Qué opinan sus excelencias? ¿Debe aprobarse el decreto de Valentín?

 

(Un griterío. EL REY, como desde hace un rato nadie le hace caso, pasea muy preocupado con las manos a la espalda y silba.)

 

TODOS.-  ¡No! ¡No!

MINISTRO 1º.-  ¡Fuera!

MINISTRO 2º.-  ¡Jamás!

MINISTRO 3º.-  ¡Nunca!

MINISTRO 1º.-   (Estentóreo.)  Pero, señores, ¿estamos o no en un país civilizado?

MINISTRO 2º.-  ¡Caballeros! ¡Yo tengo una amante!  (Indignado.) ¡Voto contra ese decreto!

MINISTRO 1º.-  ¡Y yo!

MINISTRO 2º.-  ¡Y todos!

TODOS.-  ¡Fuera! ¡Fuera!

EL REY.-   (Silba.)  ¡Huy, qué jaleo! Valentín, ¿no crees que has ido demasiado lejos? Ya verás cuando se entere la Reina...

VALENTÍN.-  ¡Señor! Mi tío, el señor cura, dice que el adulterio es la peor de todas las malas costumbres...

 

(El MINISTRO 1º, en actitud de iluminado, pega un puñetazo sobre la mesa.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Caballeros!

TODOS.-  ¿Eh?

MINISTRO 1º.-  ¡Ese decreto es anticonstitucional!

VALENTÍN.-  ¿Por qué señor?

MINISTRO 1º.-   (Triunfante.) ¡Porque el Rey es adúltero!

 

(Todos se alegran muchísimo del notable descubrimiento. EL REY pega un respingo. Todos los ministros le señalan, acusadoramente, con el dedo.)

 

TODOS.-  ¡Sí! ¡Adúltero! ¡Adúltero!

EL REY.-  ¡Alto! ¿Qué dice ese idiota? ¿Quién os ha dicho que al Rey le atañen los decretos? ¿Es que os olvidáis de que soy un tirano?

VALENTÍN.-   (Valerosamente.)  ¿Qué decís, señor? Mi decreto está inspirado en la Ley de Dios. Y esa Ley es igual para todos los hombres...

EL REY.-   (Un brinco.)  ¡Porras! ¿Quieres decir que debo abandonar a mi pequeña Diana? Quia, eso sí que no.

VALENTÍN.-  Es lo moral, señor.

EL REY.-  ¿Qué moral ni qué historias? Pero, ¿no comprendes que un rey sin favorita, es un rey en ridículo? ¿Qué diría de mí el pueblo? ¿Qué pensaría de mí la Reina? ¿Olvidas que yo debo de velar por el prestigio del trono?

VALENTÍN.-  ¡Señor! Su Majestad prometió que me ayudaría.

EL REY.-  Bueno. Yo prometí que te ayudaría, pero, la verdad, porque creí que yo no tenía nada que ver con la moral... ¿Entiendes?  (Transición.) Además, no me importa confesarlo... Yo siempre he tenido favoritas, por seguir la tradición, y para que mi mujer vea que soy un hombre interesante, pero esta vez estoy enamoradísimo de mi pequeña Diana.  (Suspira.) Es tan salada.  (Suplicante, como un argumento.)  Me llama Carlitos.

VALENTÍN.-  ¡Oh, por piedad! Oídme...

MINISTRO 1º.-  ¡Fuera!

TODOS.-  ¡Fuera! ¡Fuera!

VALENTÍN.-   (Imponiéndose.) ¡Dejadme hablar! Yo no soy vuestro enemigo... ¡Yo quiero salvaros!

TODOS.-  ¡Oh! ¡Oh!

VALENTÍN.-  ¿Sabéis siquiera, vosotros, grandes hombres, lo que es el hombre? ¡El hombre es un ser que renuncia! ¡Solo avanzan los que retroceden ante el pecado! ¡El pecado es un fracaso del hombre!

TODOS.-  ¡Oh!

VALENTÍN.-  ¿Sabéis, acaso, lo que es la vida? ¡La vida del hombre es la conquista del castillo encantado de su conciencia! Y esa conquista es la salvación... Vosotros, en medio de esa perversa filosofía del placer que nos gobierna, aun no habéis descubierto el secreto de la vida. ¡La felicidad es burlarse del pecado! Yo os digo que el gozo de renunciar al placer es mil veces más placer que el propio placer. Mis decretos destruirán esta Corte maldita y levantarán una nueva Corte donde los hombres vayan con alegría a la conquista de su castillo encantado. Vosotros gritáis en nombre de vuestro derecho a pecar; yo os hablo en nombre de vuestro derecho a salvaros...

EL REY.-  ¡Basta!

VALENTÍN.-  ¡Señor!

EL REY.-   (Emocionadísimo.) ¡Qué bien hablas, hijo mío! Casi me has hecho llorar... Dime, Valentín, ¿todo eso es verdad?

 

(Aparece en el fondo DIANA. Viste de amazona. Lleva una fusta en la mano. Soberbia, erguida, resplandeciente de furia.)

 

DIANA.-  ¡No! ¡Ese hombre miente!

TODOS.-   (Un largo rumor.) Señora...

DIANA.-  ¡Ese hombre es mi enemigo!

TODOS.-   (Un gran revuelo.)  ¿Qué?

DIANA.-  ¡Es mi enemigo! ¿Y sabéis por qué? ¡Porque está enamorado de mí!

TODOS.-  ¡¡Ah!!

 

(Gran revuelo.)

 

VALENTÍN.-  ¡Oh, no!  (Un sollozo.)  Eso, no, Diana. ¡No!

DIANA.-  ¡¡Cállate!! ¡Yo digo la verdad! Mis damas de honor saben que ese hombre se ha ocultado muchos días entre los árboles de mi jardín. Le he despreciado y quiere vengarse. Toda su estúpida moral aldeana no es más que una farsa para derribarme de mi Poder...

 

(Un escándalo. Todos gritan. Se vuelven hacia VALENTÍN y le increpan.)

 

TODOS.-  ¡Oh! ¡Fuera! ¡Fuera!

MINISTRO 1º.-  ¡Ah, miserable! ¡Era un conspirador!

EL REY.-   (Chillando.) ¡Ah, pillo! Conque me has engañado. Conque estás enamorado de ella, ¿eh? ¡Ah, bandido!

VALENTÍN.-   (Desfalleciendo.) No, no, no. Yo hablaré. Yo diré.

EL REY.-   (Colérico.) ¡Calle el desvergonzado! ¡Y yo que estuve a punto de ceder! ¡¡Vivo!! ¡A mí, la guardia!

TODOS.-  ¡La guardia! ¡La guardia!

MINISTRO 1º.-   (Excitadísimo.) ¡Caballeros! ¡La guardia, no! Nosotros mismos vengaremos el honor de la marquesa de Lenoir.

PRECEPTOR.-   (Bravo.) ¡Sí! Viva nuestra señora la marquesa de Lenoir...

TODOS.-  ¡¡Viva!!

 

(Todo el grupo de MINISTROS, heroicamente avanza hacia VALENTÍN, pero DIANA se interpone y les sonríe.)

 

DIANA.-  ¡No! ¡Os suplico que no le castiguéis! Ya tiene bastante. Es... un fracasado.  (Sonríe.)  ¡Señores ministros! He tenido un gran placer en saludaros esta mañana. Buenos días, caballeros.

TODOS.-  ¡Señora!

 

(Un gran cumplimiento. Ella corresponde gentil. Y marcha. Al pasar junto a VALENTÍN, le mira un segundo de arriba abajo.)

 

DIANA.-  ¡Mi enemigo!  (Transición.) Vamos, Carlitos. Ven conmigo. Y no alborotes...

EL REY.-  Sí, hijita. Lo que tú mandes. Pobrecita mía. (Al pasar junto a VALENTÍN le amenaza con el cetro.)   ¡Ah, bergante!

 

(Sale detrás de DIANA. Los ministros están alegrísimos: se abrazan, se dan golpecitos en la espalda, etc. GRAVELOT está allá en el fondo. VALENTÍN, derrumbado en un sillón de bruces sobre la mesa.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Viva la marquesa!

TODOS.-  ¡Viva!

MINISTRO 2º.-  ¡Qué mujer!

MINISTRO 3º.-  ¡Qué gesto!

MINISTRO 4º.-  ¡Qué arrogancia!

MINISTRO 5º.-  ¡La Corte está salvada! ¡Viva el Rey!

TODOS.-  ¡Viva!

PRECEPTOR.-  Yo corro a contárselo a mi mujer... La pobrecilla se divertirá muchísimo.

MINISTRO 5º.-  Vamos, vamos.

TODOS.-  ¡Vamos!

 

(Ya en el fondo todos, el MINISTRO 1.º se vuelve y señala a VALENTÍN.)

 

MINISTRO 1º.-  ¡Miradle! ¿Sabéis dónde está?

MINISTRO 2º.-  ¿Dónde?

MINISTRO 1º.-   (Burlón.) ¡En su castillo encantado!

 

(Una gran carcajada en todo el grupo. En los violines, unas notas burlonas, sarcásticas, algo como una irónica y delicada risa, mientras el grupo de ministros desaparece. Ahora, un gran silencio. Están solos, GRAVELOT y VALENTÍN.)

 

GRAVELOT.-  ¡«Voilá»!

VALENTÍN.-   (Dolorosamente.)  ¿Cómo ha podido mentir así? Es mala, muy mala...

GRAVELOT.-   (Suspira.) No... Es, simplemente, una mujer. Una pobre criatura.

VALENTÍN.-  ¿Quién la trajo?

GRAVELOT.-  Nadie. Si acaso, el instinto, que es un gran espía.  (Otro silencio.) Ya sabéis. Eso es todo, Valentín. Por mi parte creo que no volveré a preguntarle al destino... No merece la pena.

 

(Toma de la mesa uno de los pliegos y lo rompe en pequeños pedacitos. VALENTÍN le mira. Él, sonríe.)

 

Es el decreto de mi cesantía. Amigo mío, el diablo es inmortal...

 

(Sonríe, saluda y se va. Se queda solo VALENTÍN. Se desploma de nuevo sobre el sillón y solloza. Un silencio. Asoma por el fondo el rostro de DIANA, y luego entra de puntillas... Se acerca a VALENTÍN y le susurra.)

 

DIANA.-  Valentín...

VALENTÍN.-  ¡Vos!

DIANA.-   (Muy bajo. Imperiosa.)  Calla. Ya sé que te he hecho mucho daño... Pero yo lo necesitaba. Ya estás como yo quiero, como yo te necesito. Así: humillado, vencido, fracasado, a mis pies. ¡Necesitándome!  (Se acerca a él más: muy cerca, casi apoyada en su pecho, le mira fijamente.) ¿Es que no me necesitas ahora? ¿Es que los hombres, cuando fracasan, no necesitan un beso aunque sea de sus enemigos? ¿No quieres un beso mío?

 

(Le enlaza el cuello con los brazos y le besa apasionadamente.)

 

VALENTÍN.-   (Casi sin voz.) ¡Diana! Eres mala, eres mala...

DIANA.-  ¿Estás ciego? ¡Todavía no has comprendido que te quiero desde el primer día!

VALENTÍN.-  Diana...

DIANA.-  Ven. Abajo, en el parque, tengo mi caballo... Pero, espera. ¡Bésame tú ahora!

 

(Una duda fugaz. Pero la besa.)

 

 
 
TELÓN
 
 


Cuadro II

 

A telón corrido, al clavicordio, unas notas de la canción de amor del primer acto. Un rincón en el parque que rodea al palacete de DIANA. Mucho cielo encantadoramente azul. Unos árboles. En el centro, un banco de piedra blanca. Una mañana de sol, muy luminosa.

 
 

(Al levantarse el telón, LUCÍA, desconsolada, solloza sentada en el banco. La consuelan, rodeándola, MARIETA, CELIA e INÉS.)

 

LUCÍA.-  ¡Ay, Virgen Santísima! ¡Ay, mi pobre niña!

CELIA.-  Calmaos, Lucía. Os lo ruego.

MARIETA.-  No lloréis más, buena mujer. A la señora no le habrá ocurrido nada malo...

LUCÍA.-  ¡Ay, mi niña! Estaba tan bonita con su traje nuevo de amazona. ¡Ay, mi niña, mi niña, mi niña!

INÉS.-  Pero, Lucía. Lo que sucede no es tan grave. Figuraos. Ayer por la mañana, la señora se vistió de amazona, pidió su caballo y se fue a dar un paseo...

LUCÍA.-   (Desgarradoramente.) ¡Pero no ha vuelto!

INÉS.-  ¡Oh! Claro que no... Eso, sí.

LUCÍA.-  ¿Dónde ha pasado la noche?

CELIA.-   (Suspira.) ¡Quién sabe!

MARIETA.-  ¡Oh, mi pobre Lucía! Después de todo, qué dama principal no pasó, por lo menos, una noche fuera de su casa... No tiene nada de particular.

LUCÍA.-   (Indignada.) ¿Qué os atrevéis a pensar, desvergonzadas?

MARIETA.-  ¡Oh!

CELIA.-  ¡Lucía! Moderaos.

LUCÍA.-  ¡No me da la gana! ¡La niña es muy decente, no como vosotras, pícaras, deslenguadas, insolentes!

CELIA.-   (Molestísima.) Esta buena mujer es insoportable...

MARIETA.-  La gente del pueblo no sabe llorar con discreción... Ya está visto.

LUCÍA.-  ¡La niña es una paloma! ¡Ay, Santísima Virgen! En la aldea era la moza más buena, la más reidora, la más limpia... ¡Y tan honesta! ¡Ay, pobrecita mía! ¿Por qué habremos venido a la Corte? ¿Qué ha sido de ti esta noche, hija mía? ¿Dónde estás?  (Aterrada.) ¿Me la habrán robado los bandidos?

MARIETA.-  ¡Oh! ¡Robar a la favorita! ¿Quién se atrevería a desafiar al Rey?

LUCÍA.-  ¡Ay, mi niña, mi niña!

 

(Sale sollozando sin consuelo. MARIETA, CELIA e INÉS, al quedarse solas, se miran y rompen a reír irreprimiblemente.)

 

CELIA.-  ¿Qué piensas tú, Marieta?

MARIETA.-  ¿Y vosotras?

INÉS.-  Yo estoy confundida.

CELIA.-  ¡Y yo!

MARIETA.-  Yo aún no lo creo. La inocente Diana de Lenoir, se ha escapado de su palacete, una mañana de primavera, y se ha perdido en una noche de luna. ¿No es asombroso? Yo estaba segura de que esto ocurriría un día u otro; pero tan pronto...

CELIA.-  Es que esta gente de pueblo da unos chascos. Ya dice el señor de Gravelot, que el pueblo es virtuoso porque no puede ser otra cosa. Pero cuando puede...

 

(Las tres se miran y vuelven a reír jubilosamente. Luego, muy bajito.)

 

MARIETA.-  Yo tengo una curiosidad. ¿Quién será él?

LUCÍA.-  Lo mismo estaba pensando yo...

INÉS.-  Y yo, y yo.

 

(Más risas. Allá, entre los árboles, aparece la figura del señor GRAVELOT. Contempla el grupo de las tres muchachas y sonríe encantado.)

 

GRAVELOT.-  ¡Buenos días!

MARIETA.-  ¡Oh, excelencia!...

INÉS.-  Vos tan de mañana, señor...

CELIA.-  Buenos días, señor de Gravelot!

 

(Se inclinan reverenciosas. GRAVELOT avanza.)

 

GRAVELOT.-   (Galán.) Amo el cielo azul, los árboles verdes y la risa de las muchachas...

INÉS.-   (Ríen las tres.) ¡Oh, señor!

GRAVELOT.-  Y me encanta la primavera porque es una estación desvergonzada.  (Suspira.) En primavera parece obligatorio el pecado...

LAS TRES.-  ¡Oh!

GRAVELOT.-  Adorables amigas mías. En vosotras saludo esta mañana al Universo.

MARIETA.-  Venís muy galante, señor.

GRAVELOT.-  Vengo un poco triste porque soy viejo... La primavera, como las mujeres, no tiene piedad.  (Toma delicadamente del brazo a MARIETA y a CELIA. Y pregunta risueño.) Y bien, hijas mías, ¿nuestra señora, la favorita, ha descansado?

 

(Las muchachas se miran entre sí, un poco azoradas.)

 

MARIETA.-  Pues... Creo que no, señor.

GRAVELOT.-  ¿Cómo?

CELIA.-  Marieta quiere decir...

INÉS.-  Eso. Marieta dice que aún no vimos a la señora esta mañana...

GRAVELOT.-  ¡Ah! Entonces, ¿quién de vosotras hará saber a la marquesa mi presencia en esta casa?  (Un guiño.) Quiero consultarle una grave decisión política. Necesito su aprobación para el nombramiento de un embajador en la Corte de Prusia.

 

(Las muchachas se miran rapidísimamente, en un mudo conciliábulo.)

 

MARIETA.-  ¡Oh! El caso es, excelencia, que la señora...

CELIA.-  La señora...

GRAVELOT.-  ¡Decid!

INÉS.-   (Muy rápida.) ¡La señora no está en casa!

GRAVELOT.-  ¿Cómo? ¿A esta hora de la mañana, y sin vuestra compañía? ¿Ha salido?

MARIETA.-  No, señor. Es que no ha vuelto...

GRAVELOT.-  ¿Qué decís?

CELIA.-  ¡Señor!

INÉS.-  ¡Señor de Gravelot! Es mejor que lo sepáis todo. ¡La señora se ha escapado!

GRAVELOT.-   (Alarmado.)  ¡Diablo! ¿Qué decís, muchacha?

MARIETA.-  Como lo oís, señor. Ayer mañana, a esta hora, la marquesa salió a dar un paseo a caballo y no ha vuelto...

GRAVELOT.-  ¡Cielos!

MARIETA.-  De madrugada, los criados han recorrido el lugar en cuatro leguas a la redonda. Pero ha sido inútil. ¡La señora ha desaparecido!

GRAVELOT.-  Esto es, sencillamente, sensacional... ¡Hola!

 

(Lejos, se oye la voz de DIANA, que llama gozosamente.)

 

VOZ DE DIANA.-  ¡Marieta!

TODOS.-  ¿Eh?

CELIA.-  ¡Ella!

INÉS.-  ¡La señora!

VOZ DE DIANA.-  ¡Celia! ¡Inés! ¿Dónde estáis?

MARIETA.-  Es ella. ¡Ya está aquí!

 

(Corren las tres hacia el fondo. Y, entre los árboles, aparece DIANA. Viste aún de amazona, y el rostro le resplandece de júbilo.)

 

LAS MUCHACHAS.-  ¡Señora!

DIANA.-  ¡Oh, Marieta, dame un beso! Un beso, Inés. Un beso, Celia. ¡Os adoro!

MARIETA.-  ¡Ay, señora! ¡Qué alegre venís!

DIANA.-  ¡Y a vos, señor de Gravelot, también quiero daros un beso!

 

(Se acerca a él, se alza sobre la punta de los pies y le besa en la mejilla. Todos ríen.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

DIANA.-  ¡He besado a los jardineros y al centinela de la guardia! Quiero besar a todo el mundo. ¡Quisiera besar a la Humanidad! ¿Y sabéis por qué? ¿Lo adivináis vos, señor de Gravelot?

GRAVELOT.-  ¡Indudablemente es que sois muy feliz esta mañana!

DIANA.-  ¡Sí! Porque soy muy feliz... Porque la vida es hermosa. Porque los almendros del camino están llenos de flores, porque los rosales se abren. ¡Porque soy la mujer más feliz de la tierra! Porque ya lo tengo todo: el poder, la riqueza y el amor...

TODOS.-  ¡Oh!

MARIETA.-  ¿De dónde venís, señora?

DIANA.-   (Dulcemente.) Vengo de un sueño, Marieta. ¡Qué hermoso es volver de un sueño para empezar a soñar otra vez! Parece que a una le nacen alas y puede volar, como un águila! ¡Señor de Gravelot! Cuando viajéis hacia el norte, a tres horas de caballo, en el camino de Holanda, encontraréis una pequeña posada, escondida entre los árboles. Se llama la «Posada del Gallo de Oro». Tiene un farol rojo en la puerta, las ventanas están llenas de flores, y en el huerto hay una vieja encina. Deteneos en la «Posada del Gallo de Oro» y acercaos a la vieja encina. Y allí veréis mi nombre, escrito en el tronco, con la punta de un cuchillo... Dice: «Diana». Nada más. ¿No es bastante?  (Riendo inmensamente feliz.)  Dame otro beso, Marieta. Y tú, Celia. Y tú, Inés.  (Vuelve a besar a las tres muchachas.)  A vos, señor de Gravelot, no os daré otro beso si antes no me decís que habéis comprendido a vuestra aliada en la Corte.

GRAVELOT.-   (La mira y sonríe.) Sí. Y os felicito.

DIANA.-  Entonces, tomad. Os lo habéis ganado.

 

(Ríen. Las muchachas la rodean.)

 

CELIA.-  ¡Señora!

INÉS.-  ¡Querida señora!

MARIETA.-  Pero, ¿nos diréis quién es él?

DIANA.-  ¿Él?  (Con alegre emoción.) Se ha quedado en el jardín, cortando para mí las primeras rosas de la primavera... ¡Miradle!

 

(Y señala, allá, un lugar a lo lejos. Todos vuelven la cabeza. Y en GRAVELOT, en MARIETA, en CELIA y en INÉS, hay un gesto de inmenso estupor.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

MARIETA.-  ¡¡Él!!

CELIA.-  ¡Era él!

INÉS.-  ¡Dios mío! ¿Quién lo iba a pensar?

GRAVELOT.-   (Atónito.) Pero, ¿es posible?

DIANA.-   (Una carcajada.) ¿No es como un milagro? Buenos días, señor de Gravelot. Seré con vos en seguida. Pero antes he de contar a mis damas, qué linda y misteriosa es la «Posada del Gallo de Oro».  (Ríe.) ¡Están muertas de curiosidad!

MARIETA.-  De veras que sí...

INÉS.-  ¿Nos lo contaréis todo?

DIANA.-  Todo. Venid...

 

(Y muy regocijadas y bulliciosas, desaparecen DIANA, MARIETA, CELIA e INÉS. Queda solo GRAVELOT que, estupefacto, no ha separado sus ojos del lugar que DIANA señaló. Una pequeña pausa. Y surge, azorado, azoradísimo, VALENTÍN. Trae unas pocas rosas en la mano.)

 

GRAVELOT.-  ¡Valentín!

 

(VALENTÍN, muy avergonzado, avanza un poco más, con la cabeza muy baja, sin atreverse a mirarle.)

 

¿Erais vos?

VALENTÍN.-   (Casi no le oye.) Sí, señor.

GRAVELOT.-  ¿Cómo? ¿Sois vos el galán que ha escapado con la favorita a la «Posada del Gallo de Oro»?

VALENTÍN.-   (Casi llorando.) Sí, sí, señor.

GRAVELOT.-  ¡Pero si aún no puedo creerlo! ¡Vos de aventura con la amante del Rey! Vos, el puritano; el poeta de la virtud, el moralista, el hombre que llama a la conciencia el castillo encantado. ¡El que vino a salvarnos! ¡El que dijo que el pecado es el fracaso del hombre! ¡Vos habéis caído como un pobre mozo cualquiera! Vamos, decid algo. Quiero oírlo de vuestros labios. ¿Sois vos ese hombre?

VALENTÍN.-  El mismo, sí, señor.

GRAVELOT.-   (Indignado.) ¿Y no os da vergüenza?

VALENTÍN.-  Anda, muchísima, sí, señor. Como que estoy a punto de llorar. Pero ya no tiene remedio.

GRAVELOT.-   (Atónito.) ¡Valentín!

VALENTÍN.-   (Un gemido en la voz.) ¿Es que queréis atormentarme?¿Es que vos, el más cínico e inmoral de los hombres, os creéis con derecho a recriminarme?

GRAVELOT.-  ¡Valentín!

VALENTÍN.-  ¿Es que olvidáis que yo también soy un ser humano?

GRAVELOT.-  ¡Vos también! Y yo que os creía un ángel...

VALENTÍN.-  ¡No hay ángeles sobre la tierra, señor de Gravelot, solo hay hombres!  (Con doloroso orgullo.)  ¡Yo también soy un hombre!

GRAVELOT.-  Ya lo habéis descubierto...  (Transición.) ¡Valentín!

VALENTÍN.-  ¿Qué?

GRAVELOT.-  ¿Qué va a decir vuestro tío?

VALENTÍN.-  ¿Mi tío?

GRAVELOT.-  ¡Claro! El señor cura. Vuestro maestro de moral...

VALENTÍN.-  Es curioso. Pero ya me había olvidado de mi tío...

GRAVELOT.-  ¡Oh!

VALENTÍN.-  Ya no volveré a verle más.

GRAVELOT.-  ¡Valentín!

VALENTÍN.-  ¡Señor!

GRAVELOT.-  ¿Olvidasteis que esa mujer era vuestra enemiga? ¿Olvidasteis que ayer en la Corte os humilló cruelmente?

 

(VALENTÍN baja la cabeza.)

 

¿Qué bebedizo os ha dado?

VALENTÍN.-   (Muy bajo.) Un beso.

GRAVELOT.-  ¡Ah!

VALENTÍN.-  Un beso que me ha descubierto la vida, señor Gravelot. ¡La vida! Y no es como yo la creía. Desde ahora empezaré a aprenderlo todo de nuevo. Disculparé los pecados de los hombres, porque el hombre es su propio esclavo. Yo hablaba de la virtud, sin conocer la fuerza del pecado... Yo hablaba de la moral, y no conocía el amor. ¡Mi pobre moral, tan débil, que ha sido vencida por un beso! ¿No os parece ridículo? Mis ideas eran como los versos de un soneto: hermosas, pero inútiles. Todo es distinto. Todo ha cambiado. Ahora ya sé cuál es la verdad que duerme en el corazón de los hombres... Ahora ya he descubierto su secreto.

GRAVELOT.-  Pero, ¿no os dais cuenta de todo lo que se ha derrumbado dentro de vos esta noche? ¿No comprendéis que desde hoy seréis un bailarín más en el gran minué de la Corte? ¿No sabéis que habéis perdido vuestra pureza, vuestra fe, lo más noble que había en vos, todo aquello por lo que realmente merece la pena vivir? ¿Qué habéis hecho, desdichado?

VALENTÍN.-  Pero, señor... Usáis contra mí los mismos argumentos que yo empleaba ayer frente a vos. Creo que estáis un poco en ridículo.

GRAVELOT.-  ¡Pobre Valentín! Habéis perdido la inocencia.  (Están los dos sentados en el banco, muy juntos. GRAVELOT habla mirando al infinito con una cansada melancolía.)  Siempre es igual. La Historia vuelve... En esta mañana de primavera ha muerto un poeta y nace un filósofo. ¡La Corte puede dormir tranquila! Cuando, dentro de poco, muera este viejo señor Gravelot, un joven y magnífico Gravelot ocupará mi puesto. Seréis vos, Valentín. Como yo, comprenderéis y justificaréis los pecados de los hombres... Y los dominaréis. Pero, como yo mismo, seréis un cobarde.

 

(Un silencio. VALENTÍN vuelve hacia él los ojos con angustia.)

 

VALENTÍN.-  Y, ¿así será siempre, señor?

GRAVELOT.-  Así será hasta que aparezca en la Corte un nuevo recién llegado, más fuerte que nosotros. Un hombre tan fuerte, tan fuerte, que no pierda nunca la inocencia. Permitidme, Valentín... Buenos días.

 

(Marcha hacia el fondo. VALENTÍN, sentado en el banco, inmóvil. De pronto, mira en torno y se estremece. Un sollozo, como un niño perdido. Se tapa la cara con las manos. El manojito de rosas ha caído en el suelo. Surgen, despacio, de puntillas, muy risueñas, muy pícaras, MARIETA, CELIA e INÉS. Las tres, con cautela, llegan sin ruido hasta VALENTÍN. Muy mimosas, muy dulcemente, se aprietan contra él. MARIETA le tapa los ojos con las manos.)

 

MARIETA.-  ¡Valentín! Aquí estoy yo, Marieta.

CELIA.-  Y yo, Celia.

INÉS.-  Y yo, Inés.

 

(Él se desprende con dulzura, las mira y sonríe.)

 

DIANA.-  ¡Ayyy!... ¡Valentín!

 

(VALENTÍN, en silencio, corre hacia ella, la recoge en sus brazos y la besa. DIANA se transfigura. Las tres muchachas, riendo, muy jolgoriosas, cubren con sus sombrillas abiertas, el grupo de los dos antes abrazados. Al fondo, su excelencia el señor de GRAVELOT, que lo ha visto todo, sonríe, inclina la cabeza y marcha entre los árboles. Muy cansado, un poco más viejo.)

 

 
 
TELÓN