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ArribaAbajoActo II

 

A telón corrido se oye un fragmento musical de la época, ejecutado por una orquesta de violines y violoncelos. El Palacio Real. Una galería. Al fondo, entre dos grandes grupos de columnas, una anchísima entrada con grandes cortinajes, que, al descorrerse, descubrirán el gran salón. A los lados del cuerpo central del fondo, dos pequeñas terrazas simétricas, por las cuales, al fondo, detrás de las blancas balaustradas, se vislumbra el cielo, rico de estrellas, de una noche gozosa. De cuando en cuando, independientemente de la acción, en las dos terrazas surgen parejas de cortesanos.

 
 

(Al levantarse el telón, sentada junto a la terraza de la izquierda, está la DUQUESA. A su lado, LISSETA. Entra ANGÉLICA de la terraza y se une a ellas. La DUQUESA es una gran dama, ya de cierta edad. LISSETA, algo más joven. ANGÉLICA es casi una muchacha.)

 

ANGÉLICA.-  ¡Ay!  (Suspira.) Nunca hubo tanta emoción en el pueblo ni en la Corte... ¡Si supierais cuánta gente la espera junto a las rejas del jardín!...

DUQUESA.-  Es asombroso. ¡Jamás en tantos años de Corte, vi nada parecido! Aquí en Palacio, todos llenos de curiosidad, y fuera, el pueblo, aglomerándose para ver llegar a la nueva favorita a la fiesta del Rey. ¡Y cuando aparezca su carroza la aplaudirán muchísimo más que si fuera la misma Reina!

LISSETA.-  ¡El pueblo es tan romántico! No olvidéis que en el amor del Rey, la Reina es la Constitución, y la favorita lo subversivo... El pueblo adora lo prohibido.

DUQUESA.-  Lo que tiene el pueblo es una falta de vergüenza...

ANGÉLICA.-  ¡Ay! Pero, ¿qué es eso? ¿Van a encender antorchas?

DUQUESA.-   (Se estremece.) ¡Qué horror! ¡Antorchas para la favorita! ¡Qué poco pudor!

ANGÉLICA.-   (Ingenua.) Decid, Duquesa: ¿os recibieron con antorchas cuando vos fuisteis la amante del Rey?

DUQUESA.-   (Con gran dignidad.)  Hija mía, cuando yo fui la amante del Rey era todo más decente...

LISSETA.-   (Inocente.) ¡Claro! ¡Han pasado tantos años!...

DUQUESA.-  ¿Qué decís, deslenguada?

LISSETA.-  ¡Duquesa!

DUQUESA.-  Lo que ocurría entonces era que el Rey y yo llevábamos nuestro amor en secreto.  (Suspira.) Era un secreto que solo conocíamos el Rey, mi marido y yo...

LISSETA.-  ¡Qué conmovedora situación!

DUQUESA.-   (Sibilina.) Peor fue lo vuestro, querida Lisseta. Cuando fuisteis la favorita del Rey engañasteis a Su Majestad con todos los capitanes de la guardia. ¡Sois tan... apasionada!

LISSETA.-  ¡Duquesa!  (Indignadísima.) ¡Me obligaréis a perder el decoro!

DUQUESA.-  ¿Otra vez?

LISSETA.-  ¡¡Oh!!

DUQUESA.-  ¡Vos creéis que el decoro se pierde a diario!

LISSETA.-  Me quejaré al Rey de vuestras insolencias.

DUQUESA.-  ¿Sí, eh? Quejaos. ¡Si supierais lo que Su Majestad dice de vos!... ¡No queráis saber!

LISSETA.-  ¿Ah, sí?  (Transición.) No me extraña. Así son los hombres. ¡Y el Rey es como todos!

DUQUESA.-   (Airadísima.) Bien podéis decirlo. ¡El Rey es un granuja!

 

(ANGÉLICA rompe a llorar muy conmovida.)

 

ANGÉLICA.-  ¡El Rey es un golfo!

LISSETA.-  ¡Angélica!

DUQUESA.-  Pero, hija mía. ¿Qué os ocurre?

ANGÉLICA.-  ¡Es que estoy celosa!

DUQUESA.-  ¡Oh!

LISSETA.-  ¡La pobre!

ANGÉLICA.-   (Dolorida.)  ¿Os parece bonito el comportamiento que ha tenido Su Majestad conmigo? Dos meses de amor apasionado, y luego el abandono... ¡Oh!

DUQUESA.-   (Escéptica.) Bueno. Eso de que el Rey es un apasionado... ¡Tururú!

LISSETA.-   (Igual.) Es que esta Angélica tiene una imaginación...

ANGÉLICA.-   (Dolorida.) Y si aun me abandonase por una aristócrata como nosotras. Pero me deja por esa campesina, que nadie conoce y que esta noche presenta en la Corte. ¿No es para volverse loca?

 

(ANGÉLICA llora. La DUQUESA y LISSETA la acarician tiernamente.)

 

DUQUESA.-  ¡Pobrecita Angélica!

LISSETA.-  Valor, Angélica. ¡Las tres hemos sufrido su ingratitud!  (Suspira.) Su Majestad es un frívolo.

DUQUESA.-   (Muy maternal.) Vamos, vamos. Después de todo, dos meses de amor con el Rey, no son para presumir. Eso no es más que un pequeño devaneo. Un amorío.  (Con orgullo.) ¡Lo mío duró cinco años!

LISSETA.-   (Sonríe, nostálgica.) ¡Lo mío, tres!

DUQUESA.-  Yo actué en política... Impuse a los conservadores.  (Con legítimo orgullo.) ¡Realicé un plan de obras públicas! ¡Hice puentes y carreteras!  (Sonríe.) ¡El país no lo podrá olvidar!

LISSETA.-  Mi gobierno fue progresista. Yo soy más liberal... ¡Protegí las Artes y las Letras! Me llamaban la reina de los artistas.

DUQUESA.-  Angélica, hija mía, vuestro devaneo no pasará a la Historia. ¿Qué son dos meses en la vida del país?

ANGÉLICA.-   (Muy humillada.) Tenéis razón, Duquesa. No puedo darme tanta importancia como vosotras.  (Mohína.) Pero el caso es que yo..., yo me había hecho ilusiones.

LISSETA.-  ¡Oh!

DUQUESA.-  ¡Criatura!

 

(Las tres damas salen a la terraza de la izquierda. Durante la escena que sigue, las tres hablan, cuchichean y miran lo que sucede allá detrás de los jardines. La galería está vacía. Música de baile en la orquesta de violines, muy suave, muy tenue, muy lejos. Y con mucho sigilo, surgen en la galería DIANA e INÉS. DIANA viene asustadísima, mirando a todas partes con los ojos muy abiertos. INÉS la lleva de la mano y tira de ella, porque DIANA está decidida a escapar. Trajes de gran gala.)

 

INÉS.-  ¡Chiss! Entrad.

DIANA.-  ¿No nos ha visto nadie?

INÉS.-  Creo que no. Vamos venid. ¿Estáis más tranquila?

DIANA.-   (Temblando.) ¡Quia! Yo quiero volver a mi pueblo...

 

(Y se escapa. INÉS la coge de una mano y la atrae con energía.)

 

INÉS.-  ¡Señora! ¿Vais a perder la serenidad en el último momento? ¿Olvidáis que esta noche se han abierto estos salones en honor vuestro? ¿No sabéis que este palacio es el centro de vuestro Poder?

DIANA.-  ¡Ay, mi dichoso Poder! Me hace pasar unos sustos.  (Sofoca un grito.) ¡Inés!

INÉS.-  ¡Señora!

DIANA.-   (Señala la terraza.) ¡Ahí! ¡Ahí hay alguien!

INÉS.-   (Mira y vuelve.) La Duquesa, Lisseta y Angélica. Seguramente esperan la llegada de vuestra carroza para fisgar y criticar un poco.

DIANA.-   (Regocijadísima.) ¡Huy! Pues si supieran que hemos entrado por la puerta de las caballerías... ¡Vaya chasco!

 

(En este momento sale de la terraza LISSETA, entre el NOBLE 1º y el NOBLE 2º. Está furiosa. Los tres cruzan la galería sin ver a DIANA y a INÉS, que se han refugiado a escape allá en las columnas.)

 

LISSETA.-  ¡La odio! ¡La odio!

NOBLE 1º.-  ¡Oh, mi querida Lisseta!

NOBLE 2º.-  Moderaos, por favor.

LISSETA.-  ¡He dicho que la odio!

DIANA.-   (Muy bajito.)  ¡Ay, Inés, me parece que lo dice por mí!

INÉS.-  ¡Chiss!

LISSETA.-  ¡Y aún dicen que es bonita! ¡Pchss! En todo caso será una belleza campesina. Una rústica. Una de esas muchachas rollizas y coloradas...

NOBLE 1º.-  ¡Claro!

DIANA.-   (Revolviéndose entre los brazos de INÉS.) ¡Ay, Inés, que la voy a tirar del pelo!

INÉS.-   (Aterrada.) ¡Señora! Callaos.

LISSETA.-  ¡La bella salvaje!

DIANA.-  ¡Que la araño!

INÉS.-  ¡Quieta!

LISSETA.-   (Furiosísima.) ¡He dicho que la odio, y la odio!  (Transición.) Por cierto, ¿quién de vosotros dijo que me encuentra bonita?

NOBLE 1º.-  ¡Oh!

 

(Desaparecen LISSETA y los dos NOBLES. INÉS aún sujeta a DIANA, que está tremolante de indignación.)

 

DIANA.-  ¡Te digo que me sueltes! Ya le voy a decir yo a esa pécora. Conque gorda y colorada. ¿Eh? Conque salvaje. La muy...

INÉS.-  ¡Señora marquesa, por favor!  (Suplicante.) ¡Que estáis en la Corte! ¿Comprendéis ahora qué peligroso resulta entrar por las caballerizas cuando todos nos esperan por la puerta principal? Ha sido un inoportuno capricho vuestro.

DIANA.-   (Refunfuñando.) ¡No ha sido un capricho! Es que, como había tantísima gente esperando, me daba mucha vergüenza. Y lo de las antorchas me ha sacado de quicio...

 

(Rumores lejanos más allá de la terraza. DIANA se estremece y se estrecha más contra INÉS.)

 

¡Ay! ¿Qué es eso?

INÉS.-  Vuestra carroza llega. ¡Es el pueblo que os aclama, señora!

DIANA.-  ¿A mí?

INÉS.-  Aplauden a Marieta, que va en la carroza con el rostro tapado, pero creen que sois vos...

DIANA.-  ¡Huy!  (Transición.)  Vámonos a casa, Inés.

INÉS.-   (La sujeta.) ¡No!

 

(En la terraza de la izquierda, junto a la DUQUESA y LISSETA, hay varios cortesanos, NOBLES y DAMAS, que miran al jardín y aplauden.)

 

DAMA 1ª.-  ¡Ya llega!

NOBLE 3º.-  ¡Miradla!

DAMA 2ª.-  ¡Ahí! ¡Ahí!

DUQUESA.-  ¡Ya baja de la carroza!

ANGÉLICA.-  Pero no puedo verle la cara. Se tapa con un velo...

DIANA.-   (Sofocando la risa.) ¡Ay, Inés; no digas que ha estado mal dispuesto! Lo que se debe estar riendo Marieta...

 

(Entran en la galería la DUQUESA y LISSETA.)

 

DUQUESA.-  ¡Lisseta! Debemos ser las primeras en saludarla... Es lo político.

LISSETA.-  ¡Sí, sí! Corramos...

 

(Un rumor de risas fuera. Surgen MARIETA y CELIA muy sofocadas.)

 

MARIETA.-  ¡Señora marquesa!

DIANA.-  ¡Marieta!

DUQUESA.-   (En vilo.) ¡Marieta! No era ella. Lisseta, me parece que estamos en ridículo.

 

(MARIETA, CELIA e INÉS rodean a DIANA, y las cuatro están muy divertidas.)

 

MARIETA.-  ¡Ay, señora, si supierais!  (Se pavonea.) Todo el mundo me ha confundido con vos. Los estudiantes me han dicho lisonjas; las muchachas me han arrojado flores; me han rodeado con antorchas...  (Cómicamente triste.) Pero al descubrir mi rostro, el Gran Chambelán se ha desmayado... ¿No os parece poco galante?

 

(Grandes risas entre DIANA y sus damas. DIANA hasta palmotea. La DUQUESA, al otro lado, está indignadísima.)

 

DIANA.-  ¡Viva Marieta!

LAS DAMISELAS.-  ¡Viva!

MAESTRO.-  ¡Se ha burlado del protocolo!

LISSETA.-  ¡Qué horror!

DIANA.-   (Transición.) ¡Marieta! ¿Qué habéis hecho de Valentín?

MARIETA.-  Pero si juraría que entró conmigo en el zaguán...

DIANA.-   (Muy asustada.) ¡Ay! Ya se ha perdido, como si lo viera.

MARIETA.-  ¡Ay, señora!

DIANA.-  ¡Ay, pobrecito mío, que él es muy tímido y no está acostumbrado a estas cosas! ¿Qué va a ser de él entre esta gente? ¡Búscalo, Marieta! Y vosotras también.  (Muy en secreto.) Pero, ¿no sabéis que él ha venido a Palacio para traer la moral?  (Dando pataditas en el suelo.)  Vamos, ¿qué esperáis?

MARIETA.-  ¡Sí, sí, señora!

CELIA.-  Como mandéis...

 

(MARIETA, INÉS y CELIA salen corriendo. DIANA, al volverse, se encuentra cara a cara con la DUQUESA y LISSETA, que se fueron acercando pasito a pasito, y la contemplan ahora muy risueñas. Viene una música de ballet cómico. Una brevísima escena muda. DIANA, asustada, escapa de las dos damas y ellas la persiguen. Al fin, le cortan el paso, y queda DIANA entre LISSETA y la DUQUESA. Estas miran a DIANA y se miran luego ellas, con un mohín de inteligencia. Le hacen también un gran cumplimiento.)

 

DUQUESA.-   (Tiernamente.) ¡Hija mía! Vuestra llegada a la Corte esta noche me recuerda tantas cosas que ya no volverán...

LISSETA.-  ¡Y a mí!

DIANA.-   (Asombrada.) ¿De veras? ¿Es que también vos sois de pueblo?

DUQUESA.-  ¡¡No!!

LISSETA.-  ¡Criatura!

DUQUESA.-  No es eso...  (Mirando misteriosamente alrededor.) Lisseta y yo queremos ser vuestras amigas. Escuchad algunas advertencias que pueden seros muy útiles...  (Sigilosa.) Mucho cuidado con la Reina. A lo mejor es muy capaz de tomaros ojeriza...

DIANA.-  ¿Es posible?

LISSETA.-  ¡Huy! Es más quisquillosa...

DUQUESA.-  Oíd. Lisseta y yo creemos que, si sois discreta, en el porvenir nuestros consejos pueden seros muy útiles...

LISSETA.-   (Pícara.) ¿Quién como nosotras para aconsejaros?

DIANA.-   (Rotunda.) ¡Nadie!

DUQUESA.-  Figuraos...

 

(La DUQUESA y LISSETA se miran entre sí y lanzan una risita. LISSETA hace un dengue de coquetería.)

 

LISSETA.-  ¿No adivináis por qué todavía? ¡Oh! En mi vida hay un pasado...

DIANA.-   (Jovial.) Bueno. Eso les pasa a muchas señoras de la Corte.

DUQUESA.-   (Con una tremenda dignidad.) ¡¡No!! ¡A muchas, no! En veinte años, cinco, incluyéndoos a vos...

DIANA.-  ¿Qué decís?

DUQUESA.-  Pero, hija mía, ¿es que aún no habéis comprendido? Nosotras...

 

(Se inclinan las dos hacia DIANA y, al tiempo, le cuchichean algo en los oídos. Muy bajito, muy picaruelas. DIANA se pone muy colorada y abre muchísimo los ojos y chilla.)

 

DIANA.-  ¡Ayyyy! ¡Qué indecencia!

 

(La DUQUESA y LISSETA retroceden de un salto, espantadas.)

 

LISSETA.-  ¡Oh!

DUQUESA.-  ¿Qué dice esta insensata?

DIANA.-   (Ya en jarras.) Pero, ¡qué poca vergüenza!

 

(Golpe final en la orquesta. Entran, con sus pasitos menudos y presurosos, MARIETA, CELIA e INÉS.)

 

MARIETA.-  ¡Ay, señora! Valentín...

DIANA.-  ¿Qué?

MARIETA.-  ¡No queráis saber; no podéis imaginar!

CELIA.-  ¡Mirad!

INÉS.-  ¡Mirad!

 

(Y aparece VALENTÍN, muy peripuesto, de gran gala, entre dos damiselas lindísimas, que se han colgado de sus brazos y se estrechan, mimosas, contra él.)

 

UNA DAMISELA.-  ¡Ay! ¡Qué amor!

OTRA DAMISELA.-  ¡Ay, Valentín!

DIANA.-   (Asustadísima.) ¡Valentín! ¿Qué es esto...?

VALENTÍN.-   (Muy ruborizado. Muy apurado.) ¡Señora! Esto es que les gusto a todas... ¡Yo no sé qué voy a hacer!

DIANA.-   (Furiosa.) ¡Ah, no! ¡Pues, eso no!  (Un grito.) ¡Soltadle! ¡Soltadle he dicho, desvergonzadas! ¿Qué habéis creído?

UNA DAMISELA.-  ¡Ay!

OTRA DAMISELA.-  ¡Es una fiera!

 

(Las dos damitas han soltado a VALENTÍN y se han refugiado, corriendo, en un rincón de la galería con LISSETA y la DUQUESA. Las cuatro están asustadísimas. DIANA tira de VALENTÍN y tiene lágrimas en los ojos.)

 

DIANA.-  Vámonos de aquí, Valentín. Esto no es para nosotros. Yo quiero volver a mi pueblo. ¿No me oyes? ¡Yo no quiero el Poder!

TODOS.-  ¡Oh!

VALENTÍN.-  ¡Señora!

 

(Por el fondo surge Nicolás de GRAVELOT con el Gran CHAMBELÁN, dos CRIADOS y algunos NOBLES. Todos se inclinan con pleitesía ante DIANA.)

 

GRAVELOT.-  ¡Señora marquesa de Lenoir! A vuestros pies. En nombre del Rey, sed bienvenida a su real morada. ¡El Rey, con toda su Corte, os espera!

 

(A una señal del Gran CHAMBELÁN, los dos CRIADOS descorren los cortinajes de la entrada del fondo. Y surge allá, detrás de las columnas, el gran salón y su mundo, confuso y radiante, suntuoso, todo esplendor. Un mundo de cortesanos engalanados, de bujías encendidas, de espejos que multiplican las columnas, las luces y las figuras. Han entrado por las terrazas algunos NOBLES que ahora están también en la galería, y todos giran hacia la derecha del salón del fondo en una enorme reverencia. Allí es el lugar en el que se supone están Sus Majestades. Solo VALENTÍN y DIANA, confusos, inmóviles, permanecen en pie, cogidos del brazo.)

 

DIANA.-   (Sobrecogida. Casi sin voz.)  ¡Oh! ¡Qué hermosura!

GRAVELOT.-   (Sonriendo.) ¡Señor Chambelán! ¡Os ruego que anunciéis a Su Excelencia la señora marquesa de Lenoir!

 

(El Gran CHAMBELÁN, solemne, tieso, en funciones, da un golpe en el suelo con su fabuloso bastón y anuncia, en medio de un gran silencio.)

 

CHAMBELÁN.-  ¡Su Excelencia la señora marquesa de Lenoir!

 

(Todos, allá en el salón y aquí en la galería, se inclinan. Ella, como fascinada, despacio, muy despacio, se desprende de VALENTÍN, y sin dejar de mirar fijamente hacia la derecha del fondo, avanza, entre dos filas de personajes que la reverencian. Así llega hasta el umbral. La orquesta inicia una pieza brillante, y DIANA, después de hacer una reverencia de Corte, desaparece en el salón. La siguen MARIETA, CELIA e INÉS; las tres hacen la misma reverencia. Pasan después la DUQUESA, LISSETA, una damisela, otra damisela, los NOBLES y las DAMAS. Al fin, el último, entra el Gran CHAMBELÁN. Los CRIADOS vuelven a correr los cortinajes. Quedan solos en la galería, frente a frente, NICOLÁS y VALENTÍN. Se sigue oyendo la música, pero ahora muy lejos.)

 

GRAVELOT.-   (Gentil.) Vos, esperad. Os lo ruego.

 

(VALENTÍN se detiene cohibido. Un silencio.)

 

¿Me reconocéis?  (Sonríe.)  ¡Yo soy vuestro enemigo!

VALENTÍN.-   (Se estremece suavemente.) ¿Mi enemigo?

GRAVELOT.-  Sí, muchacho. Vos venís a regenerar la Corte y yo soy el espíritu de la Corte.  (Sonríe.)  ¡Yo, amigo mío, soy el espíritu de todo lo que odiáis! ¡«Voilá»! ¡El espíritu del mal os saluda!  (En otro tono de generosa condescendencia.)  Tengo muy buenas noticias sobre vos. Comprenderéis, amigo mío, que para un primer ministro no pueden ser indiferentes las ambiciones políticas de un protegido de la favorita. Y, en verdad, que mis informes son excelentes. ¡Ah, qué vida tan pura y tan limpia la vuestra! Dais envidia... ¡Y qué interesante ese viejecito virtuoso que os ha creado a su imagen y semejanza! (Sonríe delicadamente.)  Pero, he aquí que, al fin, ya estáis en Palacio.  (Con ironía.) ¡Ea, comenzad! Ya estáis frente al enemigo...

VALENTÍN.-   (Sin mirarle.) ¿Es que vos sois el diablo?

GRAVELOT.-   (Ríe.) ¡Quién sabe! A veces pienso que sí. De cualquier modo soy el más difícil enemigo que podéis tener... ¡Figuraos! Vos sois la ilusión y yo soy la inteligencia. Mi querido muchacho, ¿quién creéis que vencerá?

 

(VALENTÍN va a contestar, pero se detiene y baja los ojos al suelo sobrecogido.)

 

¿Calláis? Bien. Ya sé, ya sé que sois tímido.  (Mundano.)  Así era yo. La timidez es el gran truco de los ambiciosos.  (Le mira atentamente y sonríe.)   Decid, Valentín. ¿Vais a asesinar al Rey?

VALENTÍN.-   (Se asusta.) ¡No! ¡No, señor!  (Dignamente.) No está en mi programa...

GRAVELOT.-  ¡Magnífico! Entonces, ¿podéis decirme, de enemigo a enemigo, qué armas usaréis?

VALENTÍN.-   (Heroicamente.)  ¡Hablaré!

GRAVELOT.-   (Irónicamente.)  ¡Ah! ¡La elocuencia!... Política clásica. Sois de mi escuela. Eso me gusta. ¿Y qué diréis?

VALENTÍN.-  ¡Hay tantas cosas que decir!  (Da tímidamente un paso hacia él.) ¡Señor! Esta noche son huéspedes de Palacio, entre una Corte de aristócratas, los mejores ingenios del país. ¡Los príncipes de la sabiduría! ¡Los que con vos han creado ese espíritu universal que tanto nos envidian las Cortes del extranjero! Pues ellos, que lo saben todo, es posible que no supieran responder a una sencilla pregunta. ¿Qué es la virtud? La virtud es alegre, tan alegre como una moza bonita que canta en un prado. Nuestros sabios, señor, creen que la virtud es cosa de monjas. Ellos van detrás del placer y toda su filosofía no ha descubierto aún que el placer tiene una tristeza amarga y sucia. ¡Una tristeza de remordimiento! Todo eso diré, señor; cosas que entienden los niños y no conocen los sabios...

GRAVELOT.-  ¡Soberbio!

VALENTÍN.-   (Muy contento.)  ¿Os gusta?

GRAVELOT.-  ¡Qué ideas! ¡Qué lírico estilo!

VALENTÍN.-   (Muy ilusionado.) Todavía estoy empezando, pero cuando me suelte...

GRAVELOT.-  Tenéis grandes condiciones.  (Suspira.) Así empecé yo...

VALENTÍN.-   (Cejijunto.)  ¿Os burláis?

GRAVELOT.-  ¡No!  (Le vuelve la espalda. Y pasea un poco. Luego se encara nuevamente con el mozo.) ¡Valentín! Pienso, como vos, en esas gentes ilustres que esta noche llenan los salones de Palacio. Los conozco mejor que vos, amigo mío. Entre ellos están los fanáticos de la Monarquía que odian al Rey. Mis discípulos, que me atacan con mis propias doctrinas, y esperan mi caída para encaramarse a mi puesto. Sé qué noble tiene amores con la mujer de su más fiel amigo, que, naturalmente, está en el secreto. Y sé qué dama horrible acecha a un mozo de la Guardia Real.  (De pronto.) ¡¡Miradlos!!

 

(Con un gesto nervioso, descorre de nuevo los cortinajes del fondo. Y surge otra vez el gran salón. Damas y caballeros, ordenados por parejas, bailan rítmicamente un minué. La música de violines se oye más cerca. Las luces fascinan. Todo es armonioso y deslumbrante. VALENTÍN retrocede, impresionado.)

 

VALENTÍN.-  ¡Oh!

GRAVELOT.-  ¿Los veis? ¿Oís esa música? ¡Qué hermoso espectáculo! Es bello como la misma vida. ¿Se puede creer que entre tanta belleza se esconda tanta miseria? Miradlos, uno a uno, si podéis, Valentín. ¿No es muy difícil adivinar lo que hay detrás de cada sonrisa? ¡Pensad en lo peor! Unos son ambiciosos. Otros son traidores. Otros han perdido el honor...  (Su voz ha ido adquiriendo violencia.) Pero, ¿sabéis lo que representa ese grupo de gentes que baila ante nosotros? ¡Esas gentes, Valentín, representan la Humanidad! ¡Toda la Humanidad! No es una Corte lo que tenéis ahora ante vuestros ojos, sino la vida, con su armonía y su mentira; todos los hombres de la tierra.  (Con airado desdén.) Yo he triunfado sobre ellos porque los conocí a tiempo y los he aceptado como son. ¡Y vos, iluso, queréis reformar al hombre, desviar a la Humanidad de sus rutas eternas, con la ciencia que os ha enseñado un cura de aldea! ¡Y vos habéis venido a Palacio, para hablar de amor y virtud a una Humanidad que solo se siente unida por lo que odia, no por lo que ama! ¡Pobre muchacho! ¡Pobre loco estúpido!

 

(VALENTÍN se yergue con los puños apretados. Y ronco.)

 

VALENTÍN.-  ¡Cobarde!

GRAVELOT.-   (Se revuelve pálido.) ¿Qué?

VALENTÍN.-  ¡Cobarde, he dicho! Esa es toda vuestra ciencia. Esa es la sabiduría del gran filósofo Nicolás de Gravelot. ¡La cobardía! Os encontrasteis con una Humanidad malvada y dormida y, en vez de agitarla en nombre de Dios, preferisteis alzaros sobre ella haciéndoos la ilusión de que Dios no existe. ¡Triunfasteis, pero vuestro triunfo es la cobardía! Y gobernáis para protegerlos. Y os llaman sabio porque vuestra cínica inteligencia justifica los pecados de ese mundo frívolo y desvergonzado.

GRAVELOT.-  ¡Callad!

VALENTÍN.-  ¡Pero yo no me rindo! Yo voy a luchar. Diana tiene más poder que vos mismo. Y ella está de mi parte...

GRAVELOT.-   (Ronco.)  ¡Callad! Os lo mando.

 

(Un silencio. VALENTÍN, solo, en primer término, se seca el sudor y mira hacia él a hurtadillas.)

 

VALENTÍN.-  Señor de Gravelot. Perdonad mi intemperancia. Reconozco que he estado un poco violento. Es que tengo un genio. Ya lo dice mi tío...

 

(Otro silencio. GRAVELOT le observa desde lejos. A VALENTÍN le pone nerviosísimo la mirada de GRAVELOT.)

 

GRAVELOT.-  ¡Valentín!

VALENTÍN.-  ¡Señor!

GRAVELOT.-  ¿Diana y vos os amáis?

VALENTÍN.-   (Muy ruborizado.) Quia, no señor. Diana es muy decente. Y yo también. Lo que sucede es que Diana me ha tomado mucha simpatía porque los dos somos de pueblo...

GRAVELOT.-   (Un silencio.) ¿Conocéis a las mujeres, Valentín?

VALENTÍN.-   (Ruborizado.) ¡Je! Pues..., no mucho, la verdad. Como mi tío es tan severo... No he podido... ¿Comprendéis?

GRAVELOT.-  ¿Qué haréis si un día os falta la ayuda de Diana?

VALENTÍN.-  ¡Oh, eso no ocurrirá nunca!  (Tiernamente.)  Diana es de los nuestros. Todavía no sabe que ser la favorita del Rey es un pecado. Piensa que es un honor que no mancha. Y la pobre se asusta muchísimo de la inmoralidad de los demás, sin descubrir su propia inmoralidad. Todavía no ha pecado, porque ignora. Así es de inocente.  (Con ternura.) ¡Claro que es una fierecilla! Debe estar armando un jaleo ahí dentro...

GRAVELOT.-  Pero, ¿olvidáis que la fierecilla tiene un alma y puede despertar? ¡Y es tan maravilloso despertar a la luz de esos candelabros! La Corte tiene una luz mágica. Cuando esos candelabros se encienden, dejan ciegos a los que están cerca. Mirad bien, Valentín. ¡Todo eso es tan hermoso!

VALENTÍN.-   (Clava los ojos en el salón. Muy confuso.) ¿Qué queréis decir, señor?

GRAVELOT.-  ¡Mirad! Esta noche entra Diana en una nueva vida que hasta hoy ni siquiera se hubiera atrevido a soñar. Ya conoce el halago, las sonrisas, la lisonja que hace dulce la vida. Ahora, seguramente, ya ha descubierto que ser la amante del Rey es un pecado, pero sabe también que ese pecado es un pecado prodigioso que la convierte en la primera mujer del reino. Ahora tiene todo aquello por lo que realmente luchan los seres humanos: el poderío, el triunfo, la riqueza, la pleitesía de los demás. Y Diana es un ser humano, Valentín. Una pobre muchacha que vive un sueño entre cien nobles que se disputan su mano para bailar un minué. ¿Y creéis, Valentín, que todo eso se puede resistir fácilmente?

VALENTÍN.-   (Con angustia.)  ¡¡No!! ¡No podrán con ella! Diana es fuerte. ¡Resistirá! Yo lo sé.

GRAVELOT.-  ¡Callad! ¿No veis?

 

(Los dos están en primer término, vueltos hacia el gran salón del fondo. Allí hace unos instantes ha terminado el minué. Y ahora se ve cómo DIANA, rodeada de numerosas personas, entre las que están la DUQUESA, LISSETA, ANGÉLICA, INÉS, MARIETA, CELIA, DAMAS y NOBLES, corresponde al homenaje que la tributan. En el rostro de DIANA hay una brillante emoción. Todos se inclinan ante ella. Ella tiende la mano a los hombres y saluda graciosamente a las mujeres.)

 

DIANA.-  Querido amigo. Os aseguro que me complace mucho vuestra amistad.

NOBLE 1º.-  ¡Dios os guarde, señora!

DUQUESA.-  ¡Señora!

DIANA.-   (Risueña.) Os suplico, Duquesa, que me tratéis con más familiaridad...

DUQUESA.-   (Muy alegre.) ¡Hija mía!

DIANA.-  ¡Así!  (En voz muy baja.) Lisseta, creo que en el porvenir me serán preciosos vuestros consejos.

LISSETA.-  ¡Oh, señora! Soy vuestra mejor amiga.

DIANA.-  Angélica, querida. Espero el honor de recibiros pronto en mi casa...

ANGÉLICA.-   (Gran reverencia.)  ¡Oh, mi señora!

NOBLE 2º.-  ¡Marquesa!

DIANA.-  Amigo mío, sois muy gentil.

VALENTÍN.-   (Desesperado.)  ¡No es ella! ¡No es mi Diana!

GRAVELOT.-   (Sonríe.)  La vuestra, no. La mía, sí.

 

(DIANA escapa del salón, rodeada por MARIETA, CELIA e INÉS, y se refugia en la galería. Se apoya en una columna y respira, con infinito y dichoso cansancio.)

 

MARIETA.-  ¿Estáis contenta, señora?

DIANA.-   (Tapándose los ojos como si estuviera ciega.)  ¡Esto es un sueño!

CELIA.-  ¡Qué triunfo el vuestro!

INÉS.-  ¿Quién igualará ahora vuestro Poder?

DIANA.-  ¡Sí! ¿Quién igualará ahora mi Poder?

VALENTÍN.-  ¡Diana! Soy yo, Valentín.

GRAVELOT.-  ¡Señora! El gobierno os saluda.

DIANA.-  ¡Mi querido Nicolás!  (La orquesta ataca otro baile.)  Llevadme otra vez al salón. Este baile es para vos.

GRAVELOT.-   (Gentil.)  Soy el caballero más afortunado...

 

(Entra en el salón con las damiselas. La Corte baila otra vez. DIANA y GRAVELOT, en primera fila, evolucionan entre sonrisas. Ha quedado en la galería solo, abandonado, VALENTÍN. Con una infinita melancolía se deja caer en un sillón, junto a la terraza de la izquierda. Esconde la cabeza entre las manos, y un gemido se le escapa del pecho. Un rayo de luz viva, muy blanca, cae sobre él. Mientras, poco a poco, muy lentamente, va haciéndose el oscuro en el escenario. Cuando la oscuridad es absoluta, solo destaca entre las sombras la silueta iluminada de VALENTÍN. No se interrumpe la música, y, de nuevo, tan despacio como desapareció vuelve la luz. Pero en el salón ya no están las parejas de bailarines. Salvo VALENTÍN, no hay nadie en la galería, ni en las terrazas, ni en el salón. La orquesta trueca el ritmo del baile por una música burlesca, jocunda, irónica, muy suave. Y, de pronto, de distintos rincones del salón del fondo, surgen tres diminutos personajes. Son tres niños, tres pajes de palacio: ANTOLÍN, DOMINICO y CÁNDIDO. Al compás de la música, con pequeños pasitos de duendecillos, comienzan a apagar algunas bujías de los candelabros. De pronto, uno de ellos, ANTOLÍN, descubre a VALENTÍN y llama sigilosamente a sus camaradas.)

 

ANTOLÍN.-  ¡Chiss! Mirad.

CÁNDIDO.-  ¿Quién es?

DOMINICO.-  No le conozco. Es nuevo.

 

(Los tres avanzan de puntillas, al unísono, hasta VALENTÍN y le hacen una gran reverencia.)

 

ANTOLÍN.-  ¡Señor! La fiesta ha terminado.

VALENTÍN.-   (Los mira como si despertara.) ¿Quiénes sois vosotros?

ANTOLÍN.-  Somos pajes de Palacio, señor. ¡Yo soy Antolín!

CÁNDIDO.-  ¡Yo soy Cándido!

DOMINICO.-  ¡Yo soy Dominico!

ANTOLÍN.-  ¿De dónde habéis venido, señor?

VALENTÍN.-  Yo... Yo vengo de otro mundo, Antolín.

ANTOLÍN.-  ¿Y queréis ser noble o sabio, señor?

DOMINICO.-  Siempre que se viene a la Corte es porque se quiere ser algo. Noble o sabio, o lo que más os guste.

CÁNDIDO.-  Mi padre dice que uno no puede ser nada en la vida si no está en la Corte. Por eso me han traído a mí desde pequeñito, para que sea un hombre grande.

ANTOLÍN.-  ¡Y a mí!

DOMINICO.-  ¡Y a mí!

VALENTÍN.-  ¡Ah! Y, ¿qué queréis ser vosotros?

ANTOLÍN.-  Yo, gentilhombre, porque me gusta Palacio.

CÁNDIDO.-  Yo, almirante, porque me gusta el mar.

DOMINICO.-  Yo, mariscal, porque me gusta la guerra.

VALENTÍN.-   (Los mira y sonríe.)  El gentilhombre Antolín, el mariscal Dominico, el almirante Cándido. ¡Sí! Será muy bonito...

ANTOLÍN.-  ¿Y vos, señor?

VALENTÍN.-   (Con angustia.) Yo... Yo quisiera llorar.

ANTOLÍN.-  ¿Qué decís, señor?  (Se vuelve a sus compañeros y cuchichean los tres.)  Este señor es muy raro.

CÁNDIDO.-  ¡Muy raro!

DOMINICO.-  No, hombre. Es que es nuevo...

 

(En el salón del fondo aparece DIANA llamando, muy bajito.)

 

DIANA.-  ¡Chiss! Valentín... ¿Dónde estás?

ANTOLÍN.-  ¡La favorita!

 

(Los tres niños se separan de VALENTÍN, y con sus pequeños pasitos gnómicos pasan al salón, hacen en línea una gran reverencia a DIANA y desaparecen. Calla la orquesta. VALENTÍN está inmóvil.)

 

DIANA.-  ¡Valentín! ¿Qué haces aquí solo? ¿No sabes que la fiesta ha terminado? Carlitos se ha retirado ¡El pobrecillo tenía sueño! La Reina dice que es un dormilón.  (Ríe.) ¡Pobre Carlitos! Oye, ¿sabes que la Reina es muy simpática? Me parece que le he caído en gracia. Dice que me va a hacer confidencias. Bueno, también me ha preguntado si estoy enamorada de ti... Qué cosas ¿verdad?  (Se sienta a su lado, apoya la cabeza en su hombro.) Estoy rendida. También he bebido un poco y me parece que todo me da vueltas...  (Dulcemente.) Valentín, tengo que contarte muchas cosas. Resulta que me gusta muchísimo la Corte. ¿Sabes? Es... Está muy bien la Corte, Valentín. Y si supieras cuánto he aprendido esta noche.  (Se aprieta dulcemente contra él.) Te aseguro que tú, a mi lado siempre, serás lo que yo quiera.

VALENTÍN.-   (Estremeciéndose.) ¡Suéltame!

DIANA.-  ¡Valentín!

VALENTÍN.-  Mírame, Diana.

DIANA.-   (Muy contenta.) ¡Claro que sí! Me gusta mucho mirarte a los ojos. ¡Tienes unos ojos muy bonitos, Valentín!

VALENTÍN.-  ¡Calla! ¿Qué has aprendido esta noche?

 

(Un tenue silencio. DIANA baja los ojos y habla muy bajo.)

 

DIANA.-  Todo. Hasta hoy he sido una pobre chica que no se daba cuenta de nada... Ya ves.

VALENTÍN.-  Y, ¿qué piensas hacer?

DIANA.-   (Otro silencio.) Nada. Me gusta todo esto... Es muy hermoso.  (Transición.) Vámonos, Valentín. Es tarde. Mi carroza nos espera.

VALENTÍN.-  Vete tú sola.

DIANA.-  ¿Qué dices?

VALENTÍN.-  ¡Dejadme! Os lo suplico. Esta noche ya no puedo subir a vuestra carroza...

DIANA.-  ¡Toma! ¿Es que te has vuelto loco?  (Estupefacta, le zarandea de un hombro, suavemente.)  ¿Por qué no puedes subir en mi carroza?

VALENTÍN.-  ¡Porque esta noche soy vuestro enemigo!

DIANA.-  ¿Mi enemigo?

VALENTÍN.-  ¡Sí!

DIANA.-  ¡Tú, mi enemigo!  (Con ira.) Y, ¿quién eres tú?

VALENTÍN.-  ¡Señora!

 

(Ella retrocede y le mira de arriba abajo con cólera.)

 

DIANA.-  ¿Quién eres tú, pobre diablo, estudiante de mala muerte, mozo de aldea? ¿Quién eres tú para hablarme a mí así?  (Con infinita soberbia.)  ¿Es que no sabéis quién soy?

VALENTÍN.-   (Con amargura.)  ¡Sí! Sois un ser humano. Y yo os creía un ángel.

DIANA.-   (Loca de furia.) Pero, ¿es que olvidas que estás hablando con la mujer que es deseada por un Rey? ¿Has olvidado que yo soy el Poder? ¡Todo el Poder!

VALENTÍN.-  ¡Oh, Diana!

DIANA.-   (Frenética.)  ¡¡Ponte en pie!! ¡Estás delante de la marquesa de Lenoir!

 

(VALENTÍN se levanta en silencio y le hace una gran reverencia. Ella, viéndole inclinado a sus pies, le escupe las palabras, con los ojos brillantes de furia.)

 

¡Conque mi enemigo! ¡Te juro que te acordarás de mí!

 

(Se separa airadamente. Corre. Y sale. Un segundo antes, a tiempo de oír la última frase, ha surgido en el salón Nicolás de GRAVELOT. Entra muy despacio. Se dirige a VALENTÍN y le da unos suaves golpecitos en el hombro.)

 

GRAVELOT.-  ¿Y bien?

VALENTÍN.-   (Un sollozo.) ¡Miserables! ¿Qué han hecho de ella?

GRAVELOT.-  ¡La han encantado!

VALENTÍN.-  ¡Mi pobre fierecilla!

GRAVELOT.-   (Suspira.)  La Corte es una gran encantadora de fierecillas. Es como la misma Humanidad, que se alimenta de rebeldes fracasados.

 

(VALENTÍN se vuelve y le mira con un odio terrible.)

 

VALENTÍN.-  ¿Para qué habéis venido? ¿Queréis que os felicite por vuestro triunfo? Pues sí. ¡Habéis ganado, señor! Ha vencido sobre Diana el espíritu de la Corte. ¡Vuestro espíritu de la Corte! ¡Vuestro espíritu! ¡Bien podéis estar contento! ¡Ahora, sí, estoy seguro de que sois el mismo diablo!

 

(Un silencio.)

 

GRAVELOT.-  Valentín, lo siento muchísimo.

VALENTÍN.-  ¿Vos?

GRAVELOT.-  Sí, soy un sentimental terrible. Y como buen cínico, soy un enemigo leal.  (Suspira hondamente.)  ¿Qué queréis? Os he tomado afecto.

VALENTÍN.-  ¿Vos a mí?

GRAVELOT.-  Sí. En vos he descubierto esta noche algo muy mío... Mi propia mocedad.  (Sonríe.) No olvidéis, querido, que el diablo fue primero ángel. Yo también llegué un día a la Corte dispuesto, como vos, a regenerar el mundo, en nombre de los más nobles ideales. Yo también quería hablar a los hombres de amor y de moral. Reconozco que entonces aun no los conocía. Pero tardé poco en dejarme deslumbrar por los candelabros de la Corte... Entonces murió un poeta y surgió el filósofo Nicolás de Gravelot. Pero esta noche, cuando me lanzabais a la cara vuestros improperios, he sentido que algo se agitaba dentro de mí. Era que algo muy dormido en mi conciencia, la sombra de aquel mozo puritano que fui un día, estaba a vuestro lado, y de buena gana lo hubiera gritado con vos...

VALENTÍN.-  ¿Es eso cierto, señor?

GRAVELOT.-  Sí, amigo mío. Pero fue solo un instante; no os hagáis ilusiones. Quizá fue una pura emoción artística. Estabais tan arrogante llamando cobarde al hombre que con una seña os hubiera encerrado en el torreón de un castillo... Pero, ¿sabéis qué idea cruzaba entonces por la mente de Nicolás de Gravelot? Yo, el primer ministro de Su Majestad, el hombre más poderoso del Reino, al oíros me preguntaba a mí mismo cuál hubiera sido mi destino si, en vez de ceder al encantamiento de la Corte, hubiera seguido siendo aquel mozo que fui, el hombre puro que vos sois ahora. ¿Qué hubiera sido mejor: lo que soy o lo que pude ser? Creo que esta pregunta se la hacen todos los hombres una vez en la vida... Y he sentido un enorme deseo de saber. Y he resuelto que el destino os ha enviado a vos para que yo lo sepa.

VALENTÍN.-  ¿Qué estáis pensando, señor? ¿Qué vais a hacer?

 

(GRAVELOT, muy sonriente, saca un pliego del bolsillo de su casaca y se lo tiende a VALENTÍN.)

 

GRAVELOT.-  ¡Tomad!

VALENTÍN.-  ¿Qué me dais?

GRAVELOT.-  Es un nombramiento de ministro a favor vuestro, firmado por Su Majestad. Guardadlo.

VALENTÍN.-   (Emocionadísimo.)  ¡Ministro yo!

GRAVELOT.-  ¡Vos, ministro! (Sonríe.) 

VALENTÍN.-   (Atónito.)  ¿Es que vos estáis conmigo?

GRAVELOT.-   (Huraño.) ¿Qué decís? ¡Yo soy vuestro más ferviente enemigo! ¿Es que todavía no me conocéis? Quiero, sencillamente, saber si he equivocado mi vida. Quiero averiguar hasta dónde puede llegar un hombre tan puro como vos. Es una curiosidad de viejo pervertido...

VALENTÍN.-   (Con tímido desafío.) ¿No os da miedo pensar que puedo destruir todo lo que habéis creado?

GRAVELOT.-   (Le mira, pensativo.) Quizá... Pero la prueba es tan interesante... Ya os he dicho que soy un cínico. Y no me pesa. El cinismo es una virtud de la inteligencia.  (Se vuelve y, muy gentil, saluda.) ¡Buenas noches, señor ministro!

VALENTÍN.-  ¡Buenas noches, señor!

 

(Sale GRAVELOT. Inmediatamente, de un ángulo, salen los tres pajecillos, que rodean a VALENTÍN, se cogen de la mano y juegan al corro en torno suyo.)

 

ANTOLÍN.-  ¡Ministro!

CÁNDIDO.-  ¡Ministro!

DOMINICO.-  ¡Ministro!

ANTOLÍN.-  ¡Viva el señor ministro!

LOS TRES.-  ¡Viva! ¡Viva!

 

(En el salón del fondo ha penetrado un rarísimo personaje. Es un individuo rechoncho, regordete, que anda con gran parsimonia. Va en zapatillas, lleva un largísimo batín y se toca con un puntiagudo gorro de dormir. Lleva una vela en una palmatoria y canturrea inocentemente. Vaga por el salón, y cada vez que pasa ante una bujía todavía encendida, sopla y la apaga con verdadera fruición. Los tres niños, al verle, muy enfadados, suspenden su alegre juego.)

 

ANTOLÍN.-  ¡Oh! ¡Ya está ahí!

CÁNDIDO.-  ¡Apagando velas, como todas las noches!

DOMINICO.-  ¡Tiene una manía!

VALENTÍN.-  Pero, ¿quién es?

LOS TRES.-  ¡El Rey!

 

(Los tres pajecillos, de un salto desaparecen. VALENTÍN, observa asombradísimo las andanzas del REY. Allá, en el salón, Su Majestad sigue creyéndose solo y canturrea en el mejor de los mundos. Al fin, sin dejar su canturreo, con gesto apacible, de hombre absolutamente feliz, entra en la galería, ve la sombra de VALENTÍN, se pega un susto morrocotudo y le mete la palmatoria en la cara.)

 

EL REY.-  ¡Hola! ¿Quién anda ahí? ¿Eh? ¿Quién eres tú? ¿Eh? ¿Qué demonios haces en Palacio a estas horas? No te conozco.

VALENTÍN.-  ¡Señor! Soy un ministro de Su Majestad.

EL REY.-   (Muy enfadado.) ¿Eh? ¿Ministro tú?

VALENTÍN.-  ¡Sí, señor!

EL REY.-  ¡Un cuerno!

VALENTÍN.-  ¡Señor!

EL REY.-   (Ofendidísimo.) ¡Pero, hombre! ¿Es que aquí todo el mundo puede ser ministro sin que yo me entere? Pero, ¿es que se os ha olvidado que yo soy el Rey absoluto? ¡He dicho que no, ea! ¡A la calle!

VALENTÍN.-   (Humildemente.) ¡Su Majestad firmó mi nombramiento esta tarde!...

EL REY.-  ¿Cómo? ¡Ay!  (Furioso.) ¡Esto es otra jugarreta de ese granuja de Gravelot! Me pone a firmar papeles, papeles y papeles, y, claro, no me entero. ¡Qué sinvergüenza!  (Suspira y le mira resignadamente.) ¿Eres amigo de Gravelot?

VALENTÍN.-  ¡Soy su enemigo, señor!

EL REY.-  ¡Hola! ¡Eso me gusta! Estoy hasta la coronilla de Gravelot.  (Suspira.) Pero ten mucho cuidado, hijo. Es el amo. A mí me tiene frito.  (Transición.) Bueno. Estoy muy contento de haberte nombrado ministro. Es una medida patriótica. Reconozco que, de vez en cuando, tengo buenas ideas... Y perdona mi mal genio, ¿eh? Me asusté al verte, porque me advirtieron que tenga cuidado.  (En secreto.)  ¿No lo sabes? Esta noche en la fiesta hubo un revolucionario...

VALENTÍN.-   (Sencillamente.) Era yo, señor.

 

(El REY pega un respingo y se esconde detrás del sillón.)

 

EL REY.-  ¡Cuerno! ¡Eras tú! Entonces, ¿me vas a asesinar? ¡Socorro!  (Despavorido.) ¡A mí la guardia! ¡A mí los leales! ¡Ah de Palacio!

VALENTÍN.-  ¡Señor!

EL REY.-   (Aterrado.) ¡¡Socorro!! ¡La guardia!

VALENTÍN.-  ¡Señor! Yo no soy un asesino. ¡Yo quiero hacer una revolución moral!

EL REY.-   (Transición. Boquiabierto.) ¡Ah, la moral! Pues mira, de eso no me ha hablado nadie...

VALENTÍN.-  Lo sé, señor.

EL REY.-   (Puesto en jarras.) Por cierto: ¿tú crees que hay derecho a que un Rey absoluto, como yo, pegue dos voces llamando a la guardia y no se presente ni un cabo? ¿Dónde estará esa partida de gandules?

VALENTÍN.-  Tranquilícese Su Majestad...

EL REY.-  ¡Berrr!... ¡Te digo que estoy más harto!... ¿De manera que vienes a implantar la moral? Pues ya ves, eso está muy bien. Me gusta.

VALENTÍN.-   (Contento.) ¿De veras, señor?

EL REY.-  Como lo oyes.  (Bondadosamente.) Pero, hijo mío, si estoy deseando que seamos todos más decentes. Si es que así no se puede vivir, hombre. ¡Si esto es una vergüenza! ¡Si yo te contara las cosas que pasan en Palacio! ¡Huy! Pero todo es inútil.  (Muy enfadado.) Resulta que como yo soy un tirano, todos hacen lo que les da la gana... Voy a tener que implantar la democracia, y ya verán lo que es bueno.  (Transición.) Oye.

VALENTÍN.-  ¡Señor!

EL REY.-  ¿No te dejarás engañar por Gravelot?

VALENTÍN.-  ¡No, Majestad! ¡Lo prometo!

EL REY.-  Pues duro, hijo, duro con ellos.  (Bosteza.) ¡Berrr! A mí me aburre muchísimo la gobernación del país. No lo puedo remediar. Y no me hablan de otra cosa: que si la gobernación del país por arriba, que si la gobernación del país por abajo. Una lata.  (Bosteza escandalosamente.) ¡Berrr!... Vaya, muchacho. Buenas noches. Cuenta conmigo para eso de la moral. Estoy a tu lado. Me caigo de sueño. Siempre que hay fiestecita se me pone la cabeza como un tambor... ¡Berrr!...

 

(Coge otra vez su palmatoria y marcha hacia el fondo, bostezando. VALENTÍN le ve marchar en silencio. Surgen ANTOLÍN, DOMINICO y CÁNDIDO, los tres niños, que, de puntillas, marchan detrás del REY. Uno le imita grotescamente los andares, otro sofoca la risa y el otro le burla con la mano en la nariz. Unos compases de música burlesca.)

 

 
 
TELÓN