El gran minué
Farsa ballet en un prólogo y tres actos, el último dividido en dos cuadros1
Víctor Ruiz Iriarte
Juan Antonio Ríos Carratalá (ed. lit.)
A Víctor Ruiz Iriarte le gustaba definirse como «un cazador de sonrisas». Buena parte de su producción teatral participa de esa cacería, nunca salvaje, porque el sentido del equilibrio es otra de sus características. Sus comedias y farsas se alejan de la carcajada y rechazan el coetáneo radicalismo del absurdo o el disparate como norte casi exclusivo. El objetivo del comediógrafo es una sonrisa amable y discreta, de contornos suaves para hacerla compatible con el mantenimiento de una elegante compostura no exenta de apuntes críticos. Se lo agradecía su selecto público y le deparó una época de importantes éxitos.
En ese contexto se
sitúa la farsa-ballet titulada El gran
minué, escrita en 1948 y estrenada dos años
después bajo la dirección de Cayetano Luca de Tena.
El prestigioso director contó con un amplio reparto
encabezado por figuras como Guillermo Marín y Elena
Salvador, a la que acompañaba una jovencísima
María Jesús Valdés. Las condiciones eran
inmejorables para que este espectáculo, ambientado en una
corte europea del siglo XVIII, gustara al público del Teatro
Español. Las reseñas hablan de «un éxito
de auténtica calidad» porque, según Alfredo
Marqueríe, los espectadores rieron «con el suave humor
y la fina ironía que destila» la farsa-ballet de
Víctor Ruiz Iriarte (ABC, 9 dic. 1950). El gran minué
pasaría a ser una de las obras mejor valoradas por el propio
autor, «uno de los más destacados
valores de la escena española, revelación
auténtica de estos últimos años, joven,
animoso, realidad sólida y firme, al que le está
reservado un lugar preeminente entre los autores de la nueva
generación»
(Manuel de Cala. El Noticiero
Universal, 6 sept. 1951).
Nadie parecía albergar dudas al respecto.
La puesta en
escena disfrutó de los privilegios otorgados a los autores
capaces de garantizar el éxito ante «un numeroso y
distinguido público». Según Jorge de la Cueva,
el montaje de El gran minué «es de una elegancia y de un lujo y buen gusto
impresionantes; la fastuosidad de la corte francesa de los
últimos Borbones está completamente lograda en
trajes, decorados, momentos y conjuntos»
(Ya, 9
dic. 1950). El crítico del diario católico se
equivoca al hablar de Francia y la dinastía
borbónica. Víctor Ruiz Iriarte ambienta su obra en
«una corte de Europa» de la primera mitad del siglo
XVIII. Utiliza unas coordenadas sin nombres propios de personajes
históricos ni fechas con posibilidad de ser contrastadas.
Son estrictamente teatrales, de una farsa sin voluntad historicista
o documental, ni siquiera realista. «Es
una fábula -según el autor- nacida exclusivamente en
la imaginación. Fantasía que juega con muñecos
que pudieron haber ocurrido»
(Ya, 8 dic.
1950).
Jorge de la Cueva
acierta al subrayar en su reseña el elemento espectacular de
la puesta en escena dirigida por Cayetano Luca de Tena. Los citados
muñecos eran «una nadería seductora»,
según Emilio Morales de Acevedo (Marca, 9 dic.
1950). Su encanto encontraba acomodo en los armoniosos movimientos
de un ballet: «la música y la danza no son
accidentales, sino absolutamente adheridas a la
acción», concluye Alfredo Marqueríe, cuya
reseña califica la obra como un «baile de figuras de
caja de música». El propio autor advirtió que
la palabra ballet no la eligió «porque en la acción surjan a veces unos
pasos de danza dieciochesca y, de cerca o de lejos, lleguen al
espectador unas deliciosas ilustraciones musicales del maestro
Parada, sino porque en el ir y venir de la peripecia o incluso en
el tono del diálogo, hay como un eco o ritmo de
ballet»
(Solidaridad Nacional, 7 sept. 1951).
Víctor Ruiz Iriarte asociaba así el ritmo de su
cuidado estilo y hasta de la construcción dramática
con conceptos bien valorados por su público: finura,
elegancia, armonía, buen gusto...
Figuras de una caja de música... La imagen del reputado crítico del ABC es certera para dar cuenta de una farsa que parte de una premisa establecida por el autor en el prólogo: «Vamos, pues, a empezar a jugar. Porque si el teatro es siempre un juego, esta noche es más juego que nunca. En el mundo alegre y desenfadado de la farsa no se respeta nada... Las cosas más serias tienen dentro música de minué». Este espíritu lúdico puesto en boca de Diana, la protagonista, no implica necesariamente frivolidad o intrascendencia, pero tampoco cabe un análisis sesudo de la oposición entre el joven Valentín y el cínico Nicolás de Gravelot acerca del gobierno de un reino dieciochesco. Algunos críticos como Jorge de la Cueva y Luis Marsillach lo pretendieron; otros hablaron del «gran fondo moral de la obra», pero solo mostraron su incapacidad para aceptar el envite del juego. La figura de la favorita, Diana de Lenoir, no supone un menoscabo de la moralidad y, por supuesto, el coro de favoritas -«damas de lunados escotes»- no permite hablar de un retrato de la Corte con implicaciones antimonárquicas. Al parecer, fueron detectadas por quisquillosos censores que impidieron la adaptación televisiva de la obra a principios de los años setenta. Aparte de quisquillosos, eran ignorantes y malhumorados porque fueron incapaces de entender un juego basado en la convención teatral y deudor de una tradición inmune a los referentes históricos.
Víctor Ruiz
Iriarte prescindió de pretensiones de originalidad en El
gran minué. Diana es una ingenua campesina convertida
en la nueva favorita del rey, aunque sin conciencia del
«pecado» e ilusionada con la defensa de la moral.
Mientras aguarda su presentación en la Corte, asistimos a
algunos momentos de su formación a cargo de preceptores
similares a otros muchos, desde los creados por Molière
hasta los benaventinos. Las lecciones de Historia, Música y
Filosofía dan ocasión para sonreír con las
maneras de «ingenua» de Diana -«todavía no ha pecado porque
ignora»
(II)-, poco dadas a lo árido de las
Ciencias y las Artes. Aparece entonces Valentín, un aldeano,
«de provincias», imbuido de afán reformista y
moralizador. El joven busca el apoyo de la favorita para llevar a
cabo su utopía en la Corte: «un programa
político» basado en la moral (I). Y en la virtud,
porque «es alegre, tan alegre como una
moza bonita que canta en el prado»
(II). Del encuentro
surge el encanto del amor entre ambos por su juventud y belleza. El
«revolucionario» simboliza la fe y el candor de acuerdo
con unas pautas no exentas de tópicos. Se enfrenta a
Nicolás de Gravelot, «el primer
filósofo de Europa»
(I). Su oponente es un
cínico convertido en experimentado gobernante -«El cinismo es una virtud de la
inteligencia»
(II)- y capaz de manipular a un Rey
presentado en términos farsescos. «¡Y vos,
iluso, queréis reformar al hombre, desviar a la Humanidad de
sus rutas eternas, con la ciencia que os ha enseñado un cura
de aldea! ¡Y vos habéis venido a Palacio para hablar
de amor y virtud a una Humanidad que solo se siente unida por lo
que odia, no por lo que ama! ¡Pobre muchacho! ¡Pobre
loco estúpido!», afirma Nicolás de Gravelot en
el segundo acto, cuando comprende que su enemigo encarna un pasado
que creía haber arrumbado en la desmemoria.
Diana cae entonces
en la embriaguez de la Corte, cede ante sus halagos y olvida
momentáneamente al aldeano que había confiado en su
intercesión. Sin embargo, Nicolás de Gravelot
reconoce en Valentín sus propias aspiraciones de juventud y
decide nombrarle ministro para probar su perseverancia en la senda
del reformismo moralizador. El joven, provisto de una pila de
propuestas, se presenta en el Consejo de gobierno presidido por el
rey, pero fracasa en su intento de llevarlas a la práctica.
El consiguiente desánimo del ingenuo es compensado por el
renacido amor de Diana, con quien escapa. A su regreso a la Corte,
Nicolás de Gravelot contempla en la caída de
Valentín su propio fracaso existencial. La reacción
es airada: «¡Vos de aventura con la
amante del Rey! Vos, el puritano; el poeta de la virtud, el
moralista, el hombre que llama a la conciencia el castillo
encantado. ¡El que vino a salvarnos!»
(III). Su
joven interlocutor no parece inmutarse porque «ha descubierto
la vida» gracias al amor: «Mis
ideas eran como los versos de un soneto: hermosas, pero
inútiles. Todo es distinto. Todo ha cambiado. Ahora ya
sé cuál es la verdad que duerme en el corazón
de los hombres»
(III). Valentín ha perdido la
inocencia porque ha empezado a saber de la vida. La mirada
escéptica del «primer filósofo» concluye
haciendo gala de su experiencia: «La
Historia vuelve... En esta mañana de primavera ha muerto un
poeta y nace un filósofo. ¡La Corte puede dormir
tranquila! Cuando, dentro de poco, muera este viejo señor
Gravelot, un joven y magnífico Gravelot ocupará mi
puesto. Seréis vos, Valentín. Como yo,
comprenderéis y justificaréis los pecados de los
hombres... Y los dominaréis. Pero, como yo mismo,
seréis un cobarde»
(III). Ninguna sorpresa, justo
en el desenlace, desdecirá el vaticinio.
Alfredo
Marqueríe señala que, en El gran
minué, «se exalta el valor de la inocencia sobre
la claudicación y la corrupción». Apenas cabe
hablar de exaltación cuando el escepticismo es la nota
dominante. Jorge de la Cueva muestra sus prevenciones morales
cuando lamenta que «nada se opone a este deprimente
desenlace» y echa de menos «muchas resistencias
heroicas y muchas virtudes triunfantes»; incluso habla de
«una atmósfera de desenfreno y de cinismo
elegantizado, pero tan fuerte que llega a la desvergüenza y la
procacidad». Era una forma de recordar al autor los
límites de lo permitido. Luis Marsillach habla en su
reseña del «error filosófico» de la obra
de Víctor Ruiz Iriarte, porque «la
filosofía puede conducir al cinismo, pero también a
la fe más sólida y a la renuncia a todas las
vanidades»
(Solidaridad Nacional, 7 sept. 1951).
Eran frases habituales en aquella adusta crítica tan
proclive a velar por las esencias, pero también resultaba
frecuente, sobre todo a partir de los años cincuenta,
encontrar posturas como la de Eduardo Haro Tecglen, dispuesto a
establecer un paralelismo entre la farsa y el presente
histórico: «Víctor Ruiz
Iriarte se distancia de la farsa clásica en que no ha
querido utilizar la sátira y en que su pensamiento es
completamente moderno y definitivamente aplicable a nuestra
época y no a aquella en que se sitúa la
acción»
(Informaciones, 9 dic. 1950). La
escritura en caliente de una reseña invitaba, a veces, a
confundir la realidad con el deseo acerca de lo visto esa misma
noche. Cuesta percibir el paralelismo entre el plan reformista de
Valentín, una etérea invocación de la
moralidad, y cualquier situación contemporánea o
histórica. Víctor Ruiz Iriarte era «uno de nuestros autores más amenos y
duchos en frivolidades escénicas»
(E. Morales de
Acevedo, Marca, 9 dic. 1950), opta por el juego, por
«un ajedrez de ideas»
(Ángel Zúñiga, La Vanguardia, 7 sept.
1951) y el resultado es un «feliz y a veces
melancólico juego cortesano, que entre los fugaces giros de
un gran minué nos ofrece una divertida lección de
moral y de escepticismo, sin pretender hondas
preocupaciones», según Díez Crespo
(Arriba, 9 dic. 1950).
La lección
de moral y escepticismo pronto quedaría olvidada entre
tantos otros lugares comunes. Cualquiera comparte la idea del poder
como fuerza capaz de corromper las más nobles aspiraciones
del ser humano, pero pocos dramaturgos de aquella época en
España disponían de ingenio suficiente para no
olvidar jamás su condición de escritor y, al mismo
tiempo, procurar un «gran espectáculo» que
«se contempla con verdadero deleite
visual»
(Marqueríe). Y con una sonrisa, que aflora
en los diálogos aparentemente menores, entablados por
personajes secundarios y situados en los comienzos de cada acto,
como mandan los cánones. Estas escenas conservan su gracia
frente a lo caduco del citado ajedrez de ideas, donde cualquier
apunte crítico o lúcido habría sido un riesgo
excesivo para quien aspiraba a gozar de los favores del
«numeroso y distinguido público». La farsa y el
ballet de El gran minué van dirigidos a su
satisfacción, los recursos utilizados son tan nobles como
coherentes con la tradición teatral y el resultado se
ajustó a las expectativas. La clave radica en la
sintonía del autor con un engranaje escénico
convertido en un ritual. Su recreación a través de la
imaginación toma cuerpo apenas hagamos una lectura atenta
del texto. El resultado puede producir distanciamiento en el lector
del siglo XXI, incluso extrañeza, pero ilumina una
época y una mentalidad que gustaba de las identidades
ilusorias: ingenuas ignorantes del pecado, jóvenes amantes
de la virtud y la moral, filósofos que nunca terminan de ser
cínicos... Y, sobre todo, de un concepto de la elegancia -la
finura- que permitía la evasión de una sonrisa
elegante.
Juan Antonio Ríos Carratalá
Universidad de Alicante
Estrenada en el Teatro Español, de Madrid, la noche del 8 de diciembre de 1950, con el siguiente reparto, (por orden de aparición en escena):
| PERSONAJES |
ACTORES |
| DIANA DE LENOIR. | ELENA SALVADOR. |
| EL PRECEPTOR. | ALBERTO BOVÉ. |
| MARIETA. | MARÍA JESÚS VALDÉS. |
| CELIA. | MARÍA JESÚS JORGE. |
| INÉS. | MARUJA RECIO. |
| LUCÍA. | JULIA DELGADO CARO. |
| EL MAESTRO DE MÚSICA. | RAFAEL GIL MARCOS. |
| UN CRIADO. | JOSÉ MARÍA HORNA. |
| NICOLÁS DE GRAVELOT. | GUILLERMO MARÍN. |
| VALENTÍN. | GABRIEL LLOPART. |
| ANGÉLICA. | ESPERANZA GRASES. |
| LA DUQUESA. | ADELA CARBONÉ. |
| LISSETA. | CÁNDIDA LOSADA. |
| NOBLE 1º. | MIGUEL MIRANDA. |
| NOBLE 2º. | JOSÉ LÓPEZ MARTÍN. |
| NOBLE 3º. | JUAN MARTÍN PEÑA. |
| NOBLE 4º. | GUILLERMO FERNÁNDEZ. |
| DAMA 1ª. | JOSEFINA RIZO. |
| DAMA 2ª. | PAULINA APARICIO. |
| EL GRAN CHAMBELÁN. | PAULINO ÁLVAREZ. |
| ANTOLÍN. | CARMELO PESTAÑA. |
| CÁNDIDO. | ALBERTO JOSÉ PESTAÑA. |
| DOMINICO. | PEPITO MARTÍNEZ. |
| EL REY. | JOSÉ CAPILLA. |
| EL BRAVO MARISCAL. | MANUEL KAYSER. |
| MINISTRO 1º. | JOSÉ CUENCA. |
| MINISTRO 2º. | FULGENCIO NOGUERAS. |
| MINISTRO 3º. | MIGUEL MIRANDA. |
| MINISTRO 4º. | JACINTO MARTÍN. |
| MINISTRO 5º. | FERNANDO M. DELGADO. |
Una Corte de Europa. En la primera mitad del siglo XVIII.
Decorados y figurines de Vicente Viudes.
Coreografía de María Jesús Jorge.
Ilustraciones musicales de Manuel Parada.
Dirección de Cayetano Luca de Tena.
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Se alza el telón. Unas cortinas corridas cubren todo el espacio de la embocadura. A un lado o por el centro, asoma el rostro de DIANA. Un rostro bonito, pícaro e ingenuo a la vez. |
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DIANA.- ¡Chiss! ¡Chiss! Buenas noches, señoras. Buenas noches, señores. Todo está ya preparado para el juego... Los violines, el Palacio2, los candelabros, el jardín, el rayo azul de luna y las luces claras de la mañana. Los caballeros se atusan el bigote y las damas se pintan los labios un poquito más. Yo misma estoy dispuesta en un santiamén. Vamos, pues, a empezar a jugar. Porque si el teatro siempre es un juego, esta noche es más juego que nunca. En el mundo alegre y desenfadado de la farsa no se respeta nada... Las cosas más serias tienen dentro música de minué. El minué es un baile cortesano y grave, pero muy dado a la malicia y a la picardía, en el que, dichas al oído, caben todas las burlas. Por eso, la fábula es pura farsa. Una alegre travesura de las palabras que vibran entre los violines de la orquesta. Figuraos que los primorosos muñequitos de un grabado antiguo comienzan a hablar como el autor imagina que pudieran haber hablado... Para soñar, basta una vieja caja de música. Un resorte escondido pone en marcha la cajita y llega de lejos, de muy lejos, a través de los siglos, una musiquilla melodiosa y mágica... Las figuritas del grabado se mueven y hablan a su capricho. (Se oye una suave melodía dieciochesca, que, paulatina y graciosamente, va subiendo de tono. A DIANA se le ilumina el rostro con una nueva sonrisa.) ¿Oís? Alguien ha puesto en marcha la cajita de música y la farsa va a comenzar... (Se pone alegremente un dedo en los labios.) Chiss... Escuchad. |
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(Desaparece detrás de las cortinas. Durante unos instantes continúa la música. Al fin se descorren totalmente las cortinas.) |
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Estamos en el saloncito íntimo de un palacete próximo al Palacio Real3. Al fondo, una gran puerta central de cristales y dos altísimos ventanales, uno a cada lado de la entrada. Detrás, el jardín. Un jardín verde e infinito, con rosales sobre el césped, que se pierde allá, a la orilla de un lago. En el salón hay un juego frívolo y alegre de arañas y de espejos. Una mañana de primavera. |
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(Al levantarse el telón, reclinada en un gran canapé, cuajado de almohadones, está DIANA. Su actitud, entre sedas y encajes, y el frufrú de su lujoso atavío de gran dama, es la de una reina bonita y llena de encanto, pero sin la más mínima majestad. Cuando se enoja -y como se verá, eso ocurre con frecuencia-, un mohín le frunce los labios, y los ojos le brillan con más brío. La rodean MARIETA, INÉS, CELIA y LUCÍA. MARIETA, CELIA e INÉS son tres damiselas jóvenes y lindas, con ojos de picardía. Las tres muy elegantes, muy reidoras, muy coquetas, dan los últimos toques al tocado de DIANA. MARIETA, arrodillada sobre un almohadón, la calza delicadamente. CELIA e INÉS, a los lados, tienen entre las suyas cada una una mano de DIANA, cuyas uñas abrillantan. LUCÍA, en pie, detrás del canapé, concluye de arreglar los bucles del peinado de DIANA. La buena LUCÍA es una vieja doméstica cuyo discreto atavío aún guarda indicios de su antigua mocedad aldeana. El grupo que componen las cinco mujeres tiene todo el encanto de un cuadro de Boucher4. Al otro lado de la escena, el MAESTRO de música, sentado ante un pequeño clavicordio o clavecín, con un enorme aire de aburrimiento, teclea suavemente de cuando en cuando. Y en el centro del salón, en pie, dando pequeños paseítos, pensativo, retórico y solemne, el PRECEPTOR. Es un vejete rechoncho, que explica a DIANA su lección de Historia, y toma su oficio con gran dignidad.) |
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PRECEPTOR.- Prosigamos nuestra lección de Historia con la venia de la señora. (Elocuente.) Fue, sin duda, en el siglo XV, cuando nuestra patria alcanzó su mayor gloria. ¡Ah! Eran otros tiempos. Las antiguas naves de nuestros piratas formaron la gran Armada que navegaba por todos los mares. En el nombre del Rey... |
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DIANA.- (Un gritito.) ¡Ay! ¡Ay! |
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LUCÍA.- ¡Señora! |
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DIANA.- Me pinchas. ¿No puedes tener cuidado? |
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INÉS.- Perdonad, señora. No lo haré más. |
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PRECEPTOR.- (Indignado.) ¡En el nombre del Rey! |
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DIANA.- ¡Ay! Seguid, seguid, señor preceptor, con vuestra lección de Historia. El señor Maestro aguarda que terminéis vos para comenzar su lección de Música. |
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PRECEPTOR.- (Delicadamente.) ¿Os gusta la Historia, señora? |
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DIANA.- Ni pizca... Es una lata. |
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PRECEPTOR.- (Dolorido.) ¡Oh! |
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DIANA.- (Indignada.) Pero como el Rey está empeñado en que yo sepa Historia y Latín, y Música y Filosofía, y todas esas cosas... (Dándole un puntapié al almohadón.) ¡Maldita sea! Está una más harta... |
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PRECEPTOR.- (Una reverencia.) El Rey, nuestro señor, quiere que la amada de su corazón, su favorita, pueda ser presentada dignamente en los salones de Palacio... |
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(DIANA se incorpora airadamente.) |
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DIANA.- ¿Cómo? ¿Queréis decir que el Rey se avergüenza de mí? ¿Es que soy una salvaje? |
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TODOS.- ¡Oh! |
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DIANA.- (Casi llorando.) ¿Has oído, tía Lucía? ¡Esa mosca negra me ha llamado salvaje! ¡¡A mí!! ¡Se lo diré al Rey! |
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TODOS.- ¡Oh! ¡Oh! |
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(DIANA llora rodeada por sus tres damiselas, y por LUCÍA. El PRECEPTOR, aterrado, se ha refugiado junto al MAESTRO de Música.) |
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PRECEPTOR.- (Aterrado.) ¡Me ha llamado mosca negra! |
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MAESTRO.- No os ofendáis. Ayer me llamó a mí animal. |
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PRECEPTOR.- ¡Oh! (Una transición. Va hacia el grupo de mujeres.) ¡Señora! Yo ruego a la señora que disculpe mi torpeza. Para mí es un honor ser el preceptor de la amante de Su Majestad. Pero recuerde la señora que, hasta ahora, el Rey siempre eligió sus favoritas entre las primeras damas de la Corte. Casi todas fueron amigas íntimas de la Reina, que es lo más delicado. Por primera vez en la historia del reinado, el Rey da su real amor a una mujer de las clases inferiores y claro... |
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(DIANA grita, se pone en pie, pega un puntapié a otro almohadón, y se suelta de CELIA e INÉS.) |
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DIANA.- ¡Ayyy! Estúpido, estúpido, estúpido... |
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PRECEPTOR.- ¡Oh, señora! |
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DIANA.- ¿Vais a recordarme otra vez que soy una campesina que conoció al Rey en una cacería, en medio del campo? ¿Eh? ¿Es eso? |
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PRECEPTOR.- (Angustiadísimo.) ¡¡¡Oh!!! |
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DIANA.- (Llorando.) ¡Oh, tía Lucía, qué desgraciada soy! |
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LUCÍA.- ¡Mi pobre niña! |
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INÉS.- ¡Oh, señora! La pobre señora... |
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(El PRECEPTOR, con enorme angustia, se seca el sudor.) |
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PRECEPTOR.- ¡Señora! Yo ruego a la señora que me disculpe... Yo soy un humilde servidor de la señora. Yo soy un admirador de la señora. |
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DIANA.- (Transición.) ¿Eso es verdad? |
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PRECEPTOR.- ¡Lo juro, señora! |
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DIANA.- ¡Ah! (Sonríe.) ¿Y qué es lo que admiráis más en mí, señor preceptor? |
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PRECEPTOR.- ¡Oh, señora! Esos ojos, esas manos, esa sonrisa. Todos vuestros encantos. Comprendo perfectamente que el Rey esté loco por vos. |
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DIANA.- (Felicísima.) ¡Oh, señor preceptor! (Se vuelve hacia las damiselas.) ¿Verdad que, después de todo, es simpático? |
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MARIETA.- Es encantador. (Suspira.) ¡Si fuera más galán! |
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DIANA.- ¡Pobrecito! ¿Qué haré para que me perdonéis mi mal genio? Bueno, le diré al Rey que os dé una condecoración... (Dignamente.) Me parece que vuestros desvelos para enseñarme Historia bien pueden ser considerados como servicios prestados a la nación. |
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MARIETA.- ¡Claro! |
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PRECEPTOR.- ¡Oh! |
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(El MAESTRO de Música teclea rapidísimamente en el clavecín do-re-mi-fa-sol-la-si.) |
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DIANA.- (Gentilmente.) Ahora, señor maestro, nos gustaría oír un poco de vuestra lección... |
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MAESTRO.- ¡A las órdenes de la señora! (En funciones, como una letanía.) ¡Ejem! Siete fueron los sabios de Grecia, siete son las maravillas del mundo y siete los días de la semana. Y siete, señora mía, son los grados del sistema musical diatónico. (Teclea.) Do, re, mi, fa, sol, la, si... |
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DIANA.- (Interrumpiendo.) ¡No, no, no! ¡Eso, no! |
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MAESTRO.- ¡Señora! |
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DIANA.- (Resuelta.) ¡No quiero solfeo! (Dando pataditas en el suelo.) ¡No me da la gana! Yo quiero oír canciones bonitas... ¡Tocad una canción de amor, señor Maestro! Mis damas y yo lo queremos. |
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INÉS.- ¡Ay, sí! |
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CELIA.- ¡Tocad! |
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MARIETA.- ¡Tocad, señor maestro! |
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MAESTRO.- Como gustéis... |
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(Eleva los ojos al cielo y, resignadamente, empieza a tocar en el clavicordio una romántica canción amorosa de la época. DIANA, MARIETA, CELIA e INÉS, muy complacidas, tararean con los labios cerrados la melodía y empiezan a danzar en torno al PRECEPTOR, marcando unos pasos de baile. El PRECEPTOR, muy azorado, trata de huir, pero las cuatro le rodean, siempre bailando. Y ríen. Al cabo, DIANA, con una carcajada, se retira y cae rendida en el canapé. LUCÍA acude a su lado; MARIETA, CELIA e INÉS, continúan bailando alrededor del PRECEPTOR.) |
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DIANA.- ¡Ay, tía Lucía! (En secreto.) ¿Sabes por qué me gusta tanto esta música? |
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LUCÍA.- ¡Hum! Vete a saber. |
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DIANA.- (Ensoñadora.) Porque me recuerda al campo de nuestra aldea, el río y el bosque. ¿Te acuerdas? Hace solo tres meses que me trajeron aquí y ya parece todo aquello tan lejano... Cuando al amanecer salía al prado con mis corderos, me bañaba en el río, me dormía bajo los árboles... |
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LUCÍA.- Calla, calla. Siempre fuiste más loca... |
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DIANA.- (Refugiándose en ella muy contenta.) ¡Tía Lucía! Verdaderamente, el Rey ha sido muy bueno permitiendo que vinieras tú aquí a vivir conmigo. Sin ti, todo esto me daría muchísimo miedo. |
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(Termina la pieza en el clavicordio y cesa la danza de las damitas.) |
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TODOS.- ¡Oh! |
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DIANA.- ¡Se acabó! (Todas aplauden.) Ahora, os toca a vos seguir, señor preceptor. Os escuchamos. |
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(Se vuelve a acomodar en el canapé y las muchachas, como antes, en torno suyo. Todas adoptan un aire de circunspecta atención.) |
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PRECEPTOR.- ¡Ejem! ¿Dónde íbamos? ¡Ah, ya! Época moderna, eso es. ¡Señora! (En orador otra vez.) Es muy triste reconocer que, a partir de los últimos años del pasado siglo, nuestro país, tierra de tan rancias virtudes, adopta costumbres de una terrible inmoralidad... |
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DIANA.- (Seriamente.) La verdad es que la gente de ahora tiene poca vergüenza... ¿No crees, tía Lucía? |
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LUCÍA.- Calla, hija. Nadie vive como Dios manda. Un asco. |
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PRECEPTOR.- ¡Ejem! Al mismo tiempo florecen como nunca las Artes y las Ciencias. El espíritu de nuestras instituciones influye en todas las cortes de Europa. El mundo entero admira a nuestros filósofos y a nuestros artistas... (Una transición. Preocupadísimo.) Por cierto, yo no sé por qué, pero resulta que las épocas de más cultura son las épocas de más desvergüenza... Es curioso5. |
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DIANA.- ¿De veras, señor preceptor? |
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PRECEPTOR.- ¡Digo! Acordaos del Imperio Romano, cuya lección os expliqué ayer. |
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DIANA.- (Ruborizada.) Realmente os pusisteis un poco verde, señor preceptor. ¿No es cierto, Marieta? |
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MARIETA.- ¡Ay, sí! Fue delicioso. |
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PRECEPTOR.- Pues veréis, señoras mías, cuando os cuente al detalle la historia de la Grecia antigua... |
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DIANA.- (Escandalizada.) ¿Más todavía? |
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PRECEPTOR.- (Púdico.) Muchísimo más. |
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(MARIETA, CELIA e INÉS rodean al pedagogo, muy risueñas, muy curiosas. Hablan las tres a un tiempo.) |
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CELIA.- ¡Diga, diga el señor preceptor! |
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MARIETA.- ¡Ay, sí, señor preceptor! |
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(Se ríen muy pícaras. El PRECEPTOR se vuelve a azorar. Y de un rincón surge la destemplada voz de LUCÍA, muy enfadada.) |
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LUCÍA.- ¡Silencio! |
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TODAS.- ¡Oh, Lucía! |
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LUCÍA.- ¡Señor preceptor! La niña debe ignorar ciertas cosas por muy históricas que sean. |
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LAS DAMISELAS.- (Mohínas.) ¡Oh, Lucía! |
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MARIETA.- Esta Lucía es más moral... |
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CELIA.- Ya, ya. ¡Se está quedando anticuada! |
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DIANA.- Continuad, señor preceptor. |
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PRECEPTOR.- ¿Con la cultura? |
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DIANA.- No, no. Con la inmoralidad... Por lo visto, a mis damas les divierte muchísimo más. |
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LAS DAMISELAS.- (Aplaudiendo.) ¡Sí, sí! |
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PRECEPTOR.- (Resignado.) ¡Sea! Preciso es decir que hoy día la inmoralidad en nuestra Corte ha llegado a lo más alto... (Muy triste.) Ya nadie tiene decoro. Fue el rey Mauricio, abuelo de nuestro soberano, quien por primera vez dio carácter oficial a su amante, y desde entonces, hasta hoy, la favorita del Rey es una institución dentro de la Corte. Es otro poder. |
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DIANA.- (Muy sorprendida.) ¡Alto, señor preceptor! ¿Queréis decir que ese poder soy yo? |
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(El PRECEPTOR la mira y mueve la cabeza con melancolía.) |
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PRECEPTOR.- Sí, señora. Vos. |
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DIANA.- (Se mira a sí misma confundida.) ¡Caramba! Pues a ver qué hago yo con el Poder... |
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PRECEPTOR.- (Una reverencia.) Lo mismo dice Su Majestad... |
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DIANA.- (Enfurruñada.) Tía Lucía, a mí no me gusta tener el Poder. ¡No quiero! |
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(Sensata) LUCÍA.- Niña, niña. ¿Te has vuelto loca? Si no te gusta el Poder, te aguantas. |
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DIANA.- He dicho que no quiero. Yo quiero mis vestiditos y mis alhajas. Pero no quiero el Poder porque no sé para qué sirve. |
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PRECEPTOR.- ¡Señora! El Poder es un sueño que no permite soñar porque hace posibles todos los sueños. Así es de maravilloso. Vos, que hoy tenéis el Poder, podéis lograrlo todo: incluso que este humilde servidor vuestro, este pedagogo sin importancia, sea declarado sabio por decreto... |
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DIANA.- ¿De veras? |
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PRECEPTOR.- Sí, señora. |
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DIANA.- ¿Basta mi voluntad para que vos seáis un sabio? |
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PRECEPTOR.- ¡Sí, señora! Vuestra voluntad es una orden para el Rey... |
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DIANA.- Hombre, pues ya está. ¡Os hago sabio! |
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PRECEPTOR.- (Se estremece de emoción.) ¿Eh? ¿Yo sabio? ¿No he oído mal? |
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TODOS.- (Con admiración.) ¡Sabio! |
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(MARIETA, CELIA e INÉS rodean al PRECEPTOR y se inclinan ante él con grandes reverencias de CORTE.) |
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MARIETA.- ¡Oh, sabio! ¡Sabio! |
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CELIA.- ¡Enhorabuena, señor! |
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INÉS.- ¡Excelencia! |
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PRECEPTOR.- ¡Yo, sabio! ¡El sueño de toda mi vida! |
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MAESTRO.- ¡Os felicito, colega! |
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PRECEPTOR.- (Muy enfadado.) ¿Cómo colega? Excelencia habréis querido decir. ¿Olvidáis que soy un sabio?... |
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MAESTRO.- ¡Cierto! ¡Perdón, excelencia! |
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(El PRECEPTOR toma una mano de DIANA y se la besa apasionadamente.) |
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PRECEPTOR.- ¡Oh, señora! ¡Que el Señor conserve largos años vuestro poder para bien de nuestra patria! Ea, se acabó la lección de hoy. Señora, progresáis de un modo asombroso. ¡Os felicito! (Muy superior, al MAESTRO.) Vamos, buen hombre. ¡Seguidme! ¡Oh, sabio, sabio! ¡Ya soy sabio! Corro a decírselo a mi mujer... |
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(Se va nerviosísimo, por el fondo, seguido por el MAESTRO de Música. CELIA e INÉS le hacen paso entre grandes reverencias. Y marchan tras él con LUCÍA. Quedan solas en escena DIANA y MARIETA, que rompen las dos en una gran carcajada.) |
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DIANA.- (Felicísima.) Anda, qué contento se ha puesto el pobre. Si yo hubiera sabido que le gustaba tanto, le hubiera hecho sabio muchísimo antes. Por lo visto eso de ser sabio es muy importante... Oye, Marieta. |
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MARIETA.- ¡Señora! |
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DIANA.- ¿Sabes que ya me gusta el Poder? Nos vamos a divertir de lo lindo... |
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(Se ríen. Surgen en la puerta del jardín, muy alborozadas, INÉS y CELIA.) |
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INÉS.- ¡Chiss! ¡Chiss! Venid. |
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CELIA.- ¡Señora! ¡Ahí está! |
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DIANA.- ¿Quién? |
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INÉS.- ¡El desconocido! |
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DIANA.- ¿Otra vez? |
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(Y, con MARIETA, corre hasta las cristaleras del fondo. Allí las cuatro escudriñan en la lejanía del jardín.) |
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CELIA.- ¡Oh! ¡Ya es inútil! Se ha escondido entre los árboles. Pero era él. Es buen mozo, guapo y asustadizo. ¡Debe de ser encantador! |
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(Vuelven las cuatro. Las tres damitas rodean a DIANA.) |
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DIANA.- ¿Quién será ese hombre? |
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MARIETA.- ¡No hay duda! Un mozo que ronda el parque desde hace tres días... Es un enamorado vuestro. (Romántica.) ¡Ay! Debe de ser un príncipe extranjero que se ha enamorado de la favorita de nuestro Rey. Os robará cualquier noche y habrá guerra. Y vos seréis Helena de Troya6. ¡Qué suerte! |
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INÉS.- Quizá sea un poeta. Los poetas siempre se enamoran de un imposible para sufrir un poco. En el fondo, lo que a ellos les gusta es sufrir. |
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DIANA.- ¿Tú crees? |
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INÉS.- Figuraos... Siempre hay poetas que se enamoran de mí y todos, no sé por qué, se empeñan en que yo soy un imposible. (Un mohín.) Y os aseguro que no. |
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(Ríen.) |
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CELIA.- Yo creo que el desconocido es un rico caballero que está enamorado de vos... Son los que a mí me gustan. Os envidio, señora. |
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MARIETA.- ¡Qué hermosa aventura! |
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DIANA.- ¿Qué estás pensando? Olvidáis que soy la amante del Rey y no estaría bien visto... ¿Qué dirían en la Corte? (Ríen a coro las muchachas. DIANA se ruboriza.) ¿Os burláis de mí? |
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MARIETA.- ¡Sois tan inocente, señora! Se os olvida que en la Corte lo único que no está bien visto es la virtud... |
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(Ríen. Surge un CRIADO.) |
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CRIADO.- ¡Señora! |
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DIANA.- ¡Callad! |
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CRIADO.- Acaba de entrar en el parque la carroza del primer ministro, su excelencia el señor Nicolás de Gravelot. |
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TODAS.- ¡Oh! |
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INÉS.- ¡El hombre más importante del país! |
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MARIETA.- Gravelot en nuestra casa... Ya no hay duda. El Rey está loco por vos. Decididamente sois el verdadero Poder. |
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DIANA.- ¿Tú crees? (Muy azorada.) Pues la verdad es que, a mí, todo esto me pone nerviosísima... |
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(Entra otro CRIADO y lo anuncia.) |
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OTRO CRIADO.- ¡Su excelencia el señor Nicolás de Gravelot! |
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(Los dos CRIADOS se sitúan cada uno a un lado de la puerta, y entre ellos surge la figura de su excelencia el señor Nicolás de GRAVELOT. Su excelencia es un hombre de bastante edad, con una superior gentileza mundana en sus ademanes y en el brillo cínico de sus ojos. Peluca blanca, casaca de raso bordada, encaje en la pechera. A su aparición, DIANA, MARIETA, CELIA e INÉS se inclinan reverentemente.) |
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GRAVELOT.- (Risueño.) ¡Saludo a la más graciosa belleza del Reino y a sus damas de honor! |
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DIANA.- ¡Señor de Gravelot! |
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INÉS.- ¡Señor! |
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CELIA.- ¡Dios os guarde, señor! |
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MARIETA.- ¡Sea bienvenido nuestro gran filósofo! |
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(El Señor de GRAVELOT avanza orondo entre las dos filas que forman las cuatro mujeres y sonríe a unas y a otras. Los dos CRIADOS desaparecen.) |
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GRAVELOT.- ¡Bellísima Marieta! Siempre tan gentil. En Palacio todos los oficiales de la guardia están dispuestos a morir por vos... |
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TODOS.- (Riendo.) ¡Oh! |
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MARIETA.- ¿Es cierto, señor? |
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GRAVELOT.- ¡Inés! |
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INÉS.- ¡Señor! |
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GRAVELOT.- Habéis enloquecido a mi secretario... |
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TODAS.- ¡Oh! |
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GRAVELOT.- (Besando la mano de la muchacha.) Os traigo su saludo y su desesperación... Realmente, hija mía, ¿cuándo accederéis a ser su amante? |
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(Ríen todas, menos DIANA, que, enfurruñadísima, se retira a un lado, sin dejar de escuchar atentamente lo que se dice.) |
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CELIA.- ¿Habéis escrito un nuevo libro, excelencia? |
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GRAVELOT.- Sí, querida Celia. He escrito en este tiempo mi obra maestra. Un tratado sobre el amor. (Suspira.) Pero no podrá publicarse porque lo prohíbe la censura de monseñor... |
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TODAS.- ¡Oh! ¡Oh! |
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GRAVELOT.- No importa. Se hará una gran edición clandestina con permiso de Su Majestad. Yo, en política, soy un cortesano, y en literatura, un conspirador... |
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(Ríen las muchachas con gran jolgorio.) |
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TODAS.- ¡Oh! ¡Oh! |
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MARIETA.- ¿Cómo está la Corte, excelencia? |
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GRAVELOT.- Como siempre... Deliciosamente inmoral. |
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DIANA.- (Refunfuñando.) No me gusta la Corte, ea. ¡En el pueblo la gente es más decente! |
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GRAVELOT.- (Se vuelve hacia ella bondadosamente.) ¡Hija mía! Os ruego que no creáis en la virtud de las clases inferiores. El pueblo es virtuoso porque no tiene más remedio que serlo; de igual modo que las mujeres feas no pueden dejar de ser honestas. La virtud a la fuerza es algo muy cómico, hija mía... |
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(MARIETA, CELIA e INÉS se entusiasman.) |
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MARIETA.- ¡Bravo, señor de Gravelot! |
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INÉS.- ¡Sois admirable! ¡Qué elocuencia! |
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CELIA.- ¿Qué sería de la Corte sin vos, señor? |
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GRAVELOT.- (Muy complacido.) Gracias, amigas mías. Sois muy gentiles. Pero, sobre todo, ¡qué hermosas sois! Por bellas, tenéis todos los derechos, hasta el de ser virtuosas, si es que lo sois todavía. Pero, si lo sois, no abuséis de ese derecho. ¡Es tan incómodo!... |
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LAS DAMISELAS.- (Con gran alborozo.) ¡Ay! ¡Ay! |
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(Ríen las tres, y GRAVELOT con ellas. DIANA se vuelve y grita, muy brusca.) |
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DIANA.- Bueno, ¡se acabó! |
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TODOS.- (Suspensos.) ¿Eh? |
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GRAVELOT.- ¡Hola! |
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DIANA.- ¿Vos habéis venido a mi casa para verme a mí o para divertiros con mis damas de honor? |
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MARIETA.- ¡Señora! |
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GRAVELOT.- (Curioso y condescendiente.) ¡Hola! ¡Hola! ¿Qué es eso, muchacha? Esos ojos y esos gritos de fierecilla me recuerdan cierto personaje de Shakespeare7. ¿Conocéis a Shakespeare? |
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DIANA.- ¡Un cuerno! |
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MARIETA.- ¡Señora! |
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DIANA.- ¡Me revienta Shakespeare, y el Latín, y la Astronomía, y todas vuestras ciencias! Pero no quiero oír desvergüenzas. (Irritadísima.) ¿Qué hacéis vosotras ahí, pasmadas? |
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MARIETA.- ¡Señora! |
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DIANA.- ¡Largo de aquí!... |
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MARIETA.- ¡Oh, señora! Perdonad... |
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CELIA.- ¡Señora! |
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INÉS.- ¡Señora! |
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(Y las tres, en silencio, se inclinan y salen casi de puntillas. Quedan solos DIANA y GRAVELOT. Un silencio. GRAVELOT sonríe y, con elegante aire displicente, teclea unos compases sobre el clavicordio. DIANA se retira a su canapé donde adopta una postura que ella cree muy majestuosa.) |
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GRAVELOT.- (Sonríe.) ¡Señora! Vengo a vuestra casa enviado por el Rey. |
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DIANA.- (Se incorpora, asustada.) ¿Le sucede algo a Carlitos? |
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GRAVELOT.- (Estupefacto.) ¿Cómo Carlitos? |
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DIANA.- (Se ruboriza.) Bueno; perdonad. Es que al Rey le gusta mucho que le llame así. ¡Como es tan tierno!... |
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GRAVELOT.- ¡Ah, ya! (Suspira.) Los graves negocios de Estado impiden a Su Majestad visitaros hoy, como sería su real deseo... ¡Ah, gobernar, gobernar! ¡Qué difícil verbo! Si supierais, hija mía... |
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DIANA.- Ya, ya me hago cargo, señor. El Rey siempre me está diciendo que le fastidia la gobernación del país... Por lo visto es una gaita. ¡Pobre Carlitos! |
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GRAVELOT.- ¡Ejem! Traigo, además, a vuestra casa un delicado encargo del Rey. Su Majestad desea vivamente presentaros pronto a la Corte, y quiere que por mí mismo compruebe cómo marcha vuestra educación. |
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DIANA.- (Asustadísima.) ¿Mi educación? |
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GRAVELOT.- Sí, hija mía. Vuestra educación. |
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DIANA.- ¡Y dale con mi educación! ¡Qué manía! ¡Estoy más harta! (Transición.) Señor de Gravelot, ¿es que vais a examinarme de Latín o de Shakespeare? |
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GRAVELOT.- ¡Oh, no! |
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DIANA.- ¿Le diréis al Rey que he tenido ese arrebato de mal genio? |
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GRAVELOT.- ¡Hum! Veremos. |
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DIANA.- Es que esas tres chicas me desesperan. Siempre están pensando en desvergüenzas y picardías. (Sensata.) ¡Si no las vigilara una!... |
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GRAVELOT.- (Muy asombrado.) ¿Qué decís? ¿Que vigiláis vos a vuestras damas de honor? |
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DIANA.- Sí, señor. No tengo más remedio. (En secreto.) Me parece que no son decentes. |
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GRAVELOT.- ¡¡Ah!! (Absorto.) Le diré a Su Majestad que la favorita quiere una Corte decente. Pero, hija mía, os aseguro que esto no ha sucedido nunca... |
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DIANA.- No le digáis nada al Rey, señor. Ya cuidaré yo de ellas... Después de todo, las he tomado cariño. Pero, sentaos a mi lado, señor de Gravelot. ¡Cuánto siento que no venga hoy el Rey! ¡Se divierte tanto conmigo el pobrecito! En cuanto me ve se pone más dulce... |
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GRAVELOT.- (Suspira.) Lo creo. Es un sentimental. |
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DIANA.- Y me dice unas ternezas... (Riendo.) Me llama paloma. |
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GRAVELOT.- ¡Oh! |
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DIANA.- Y margarita silvestre. Y amapola... |
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GRAVELOT.- Por lo visto, Su Majestad sigue haciendo el amor al viejo estilo... |
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DIANA.- ¿Es que os burláis de Su Majestad? ¡No os lo consiento! |
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GRAVELOT.- ¡Hija mía! Todos sabemos que Su Majestad no es demasiado inteligente. Pero no temáis. Este secreto no saldrá jamás de la Corte. Su Majestad pasará a la Historia como un gran Rey, absoluto, poderoso y lleno de talento. ¿Y sabéis cuál es su talento? El mío. El talento de Nicolás Gravelot, el primer filósofo de Europa, el primer ministro, que dicta las leyes que firma Su Majestad; el autor de todo el programa político que nos gobierna. (Sonríe. Superiormente.) Hija mía: yo soy otro poder dentro del Poder. ¿Os parece, pues, que abuso si, de vez en cuando me permito decir que el Rey me parece un pobre señor? |
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DIANA.- (Muy pensativa.) Es curioso. ¿Decís que vos sois otro poder dentro del Poder? |
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GRAVELOT.- Así es. |
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DIANA.- (Ríe, muy contenta.) ¡Anda, pues entonces estamos iguales!... |
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GRAVELOT.- ¿Cómo? |
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DIANA.- ¡Claro! (Muy alegre.) Como yo también soy otro poder... La favorita del Rey es otro poder dentro de la Corte. ¡Lo dice la Historia! |
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GRAVELOT.- (La mira muy despacio.) ¡Ah! Ya lo habéis descubierto. (Un silencio.) No creí que esto ocurriera tan pronto. (Transición.) ¿Y puedo saber cómo habéis descubierto vuestro poder? |
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DIANA.- (Ufana.) Ya lo creo. Me lo ha dicho mi preceptor. |
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GRAVELOT.- Ese majadero... |
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DIANA.- (Ofendida.) ¿Cómo majadero? Nada de eso. Es un sabio... |
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GRAVELOT.- (Indignado.) ¿Un sabio ese imbécil? |
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DIANA.- (Golpea el suelo con el pie.) ¡He dicho que es un sabio! Yo misma lo he nombrado. |
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GRAVELOT.- ¡Ah! |
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DIANA.- Desde hoy es tan sabio como vos. ¡Y si hace falta inventará otro programa político! |
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GRAVELOT.- (Se inclina ceremoniosamente.) ¡Saludo con todo afecto a mi nuevo colega! Y vos, señora, perdonad si hasta ahora os traté con cierta indiferencia. Olvidé que la campesina también es mujer. ¡Rectifico! |
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(Una enorme reverencia.) |
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DIANA.- (Ríe, muy divertida.) Vamos, vamos, señor de Gravelot. No gastéis cumplidos. Yo soy una pobre chica, y me pongo colorada en seguida. |
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(Se ríe de muy buena gana. Él la mira con mucha curiosidad.) |
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GRAVELOT.- ¿Y os ha enseñado, señora, en qué consiste el Poder? |
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DIANA.- ¡Anda, ya lo creo! Eso es lo más fácil. El Poder es mi voluntad. |
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GRAVELOT.- ¡Qué profunda filosofía! |
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DIANA.- Yo mando porque soy la favorita del Rey. Mi poder es tan grande, que, si quiero, puedo hacer que a vos mismo os encierre el Rey en un castillo. |
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GRAVELOT.- (Se estremece.) ¡Señora! |
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(GRAVELOT se sienta, palidísimo, y se seca el sudor. Ella acude, muy solícita.) |
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DIANA.- ¡Ay, señor de Gravelot! ¿Os habéis asustado? Pero si yo hablaba en broma, señor de Gravelot. ¿Cómo podéis creer que yo quiero encerraros en un castillo? Al contrario. Si algún día el Rey os mete en prisión, yo haré que os perdone... |
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|
(Y, de rodillas a sus pies, le toma una mano cariñosamente. Él la mira aterrado.) |
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GRAVELOT.- De cualquier modo os disponéis a ser mi dueña... Esto es extraordinario. |
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DIANA.- (Riendo.) Es que le estoy tomando gusto al Poder. Como es tan divertido... (Se ríe otra vez.) , pero a vos lo único que os ordeno es que no volváis a burlaros de Carlitos. ¡Pobrecito mío! Es un infeliz. (Una transición.) Bueno, ¿cómo encontráis mi educación? |
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GRAVELOT.- (Boquiabierto.) ¡Asombrosa! |
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DIANA.- ¿De veras? |
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GRAVELOT.- Vine dispuesto a hablar con aquella campesina que conocí hace tres meses, cuando el Rey os halló en medio del campo y os encuentro capaz de gobernar el mundo... ¡Señora! Estoy trastornado. |
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DIANA.- (Muy feliz.) ¿Os gusto? Sometedme a alguna prueba, os lo suplico. Pero no me preguntéis nada de Latín, ¿eh? Hacedme pruebas de cortesía. |
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GRAVELOT.- (La mira y sonríe, a pesar suyo.) ¿Os gustaría? |
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DIANA.- ¡Sí! Quiero que llevéis de mí un buen informe para Su Majestad... |
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GRAVELOT.- Pues bien... El Rey quiere presentaros a la Corte con motivo de una fiesta que dará dentro de unos días en honor del embajador de Prusia. La fiesta será, realmente, en honor vuestro. La Corte os espera con enorme curiosidad. Se habla de vos, de vuestra belleza; se sabe que, desde hace tres meses, residís en este palacete, pero nadie os conoce... Pues bien, cerrad los ojos. En vuestra carroza habéis llegado a Palacio. La guardia os rinde armas. Subís la gran escalera entre dos filas de cortesanos... |
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DIANA.- (Sonríe, con los ojos cerrados.) ¡Huy, qué vergüenza que me va a dar! |
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GRAVELOT.- (Sonríe.) Imaginad que se acerca a vos el señor embajador: ¿qué le diréis? |
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(DIANA hace una gran reverencia de Corte y sonríe a GRAVELOT.) |
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DIANA.- ¿Cómo está Prusia, señor embajador? |
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GRAVELOT.- ¡Admirable! ¡Sencillamente admirable! Suponed ahora que llegáis ante el Rey, entre las miradas de toda la Corte... |
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|
(DIANA hace una nueva reverencia, más profunda que la anterior, y baja los ojos al suelo.) |
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DIANA.- ¡Señor! (Y con otra voz, tierna, en secreto.) Querido mío... |
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GRAVELOT.- (Boquiabierto.) ¡Soberbio! ¡Magistral! ¿Quién os ha enseñado? |
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DIANA.- (Ríe.) ¡Anda, pero si estas cosas las aprende una sola!... |
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|
GRAVELOT.- ¡Santo Dios! Bueno; pensad ahora que en la fiesta soy yo, el señor de Gravelot, quien se acerca a cumplimentaros. Toda la Corte espera lo que sucederá cuando se encuentren vuestro poder y el mío. ¿Qué haréis vos? Yo me acerco: ¡Señora! |
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|
(DIANA, muy gentil, muy risueña, le tiende una mano para que él la bese.) |
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|
DIANA.- ¡Mi querido Nicolás! |
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GRAVELOT.- (Entusiasmado.) ¡Diana!... ¡Mi querida Diana! Cuando en la Corte vean que me saludáis así, seremos invencibles. |
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|
DIANA.- ¿Es posible? |
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GRAVELOT.- (Radiante.) Unidos los dos, seremos los verdaderos dueños del país. ¡Oh, Diana! (Le besa la mano.) Necesito vuestra amistad para bien del país. ¿Amigos siempre? |
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|
DIANA.- Sí, hombre. Pero si yo quiero llevarme bien con todos. |
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|
GRAVELOT.- Sois encantadora. Corro a felicitar a Su Majestad por la deliciosa prenda que ha elegido su corazón. Claro que, ¡quién iba a esperar menos del delicado espíritu de nuestro Soberano! ¡Señora! Estoy seguro de que la Historia os hará justicia. |
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|
DIANA.- ¡Eh! A propósito de la Historia. ¿Es cierto, señor, que la Historia no es muy amable con las favoritas de los reyes? |
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|
GRAVELOT.- ¡Bah! La Historia es como una vieja puritana, que gruñe por todo... |
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|
DIANA.- ¡Ah, ya! La Historia es como Lucía. Un poco anticuada. |
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GRAVELOT.- Algo así. |
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DIANA.- Pues no me gusta. Le diré al Rey que cambie la Historia. |
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|
GRAVELOT.- ¡Señora! |
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DIANA.- Nada, nada. No quiero que el día de mañana la gente diga que yo soy una cualquiera... ¡Quia! ¡Eso sí que no! |
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(Y salen los dos. En el jardín, por el lado opuesto al que salieron DIANA y GRAVELOT, surge VALENTÍN. Es un mozo de veintitantos años, que viste sencillo y humilde atavío de estudiante. Viene muy sigiloso. Mira con curiosidad el interior del salón a través de las vidrieras del fondo, da unos pasos y se planta bajo el dintel. Ahora, seguro de su soledad, entra. Y, de pronto, en el jardín, suena un gran rumor de risas. Detrás de las vidrieras aparecen los rostros jolgoriosos de MARIETA, CELIA e INÉS, que entran gritando con gran alborozo.) |
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|
MARIETA.- ¡Ahí está! |
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CELIA.- ¡Cogido! |
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|
INÉS.- ¡El pájaro ya tiene jaula! |
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|
(Las muchachas no dejan de reír incesantemente. VALENTÍN, azoradísimo, intenta escapar por un lateral, pero MARIETA corre más que él y se interpone.) |
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MARIETA.- ¡Quieto! (Coqueta.) Yo soy Marieta. |
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(VALENTÍN corre al otro lado, pero se cruza INÉS.) |
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INÉS.- ¡Ah, no! ¡Ahora sois nuestro, y bien nuestro! Yo soy Inés... |
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|
(VALENTÍN, cada vez más perdido, escapa hacia el fondo, pero a tiempo se lanza CELIA y se lo impide.) |
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CELIA.- (Riendo.) ¡No vale correr! Yo soy Celia. |
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(VALENTÍN, muy compungido, dándose por derrotado, vuelve al centro del salón. Las tres damiselas, sin dejar de reír a carcajadas, le acosan y le hacen burlonas reverencias.) |
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INÉS.- ¡El desconocido! |
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MARIETA.- ¡El misterioso enamorado de la favorita! |
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CELIA.- Pues no parece muy audaz... |
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MARIETA.- Los héroes son como niños en presencia de las mujeres... ¿No lo sabías? |
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INÉS.- ¡Ay, sí! |
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(Ríen. Le acosan más.) |
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MARIETA.- Decidnos, señor desconocido. ¿Sois un príncipe? |
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|
INÉS.- ¿Sois poeta? |
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CELIA.- Por lo calladito, más parece seminarista. |
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LAS TRES.- (Riendo muy fuerte.) ¡Ay, sí! ¡Seminarista! |
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|
(Aparece DIANA en la puerta del jardín.) |
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DIANA.- ¿Qué ocurre? |
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MARIETA.- ¡Señora! (Silencio. Las tres damitas cohíben la risa a duras penas y le señalan a VALENTÍN.) ¡Es él! |
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DIANA.- (Muy bajo. Muy impresionada.) ¿El desconocido? |
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MARIETA.- ¡Sí! |
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DIANA.- ¡Oh! |
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(Las cuatro ahora, en torno a VALENTÍN, le examinan con los ojos muy abiertos y con toda minucia. Él está avergonzadísimo. Durante un silencio, las cuatro mujeres le fisgan de un modo aterrador.) |
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LAS CUATRO.- ¡Oh! |
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DIANA.- (De pronto.) ¡Marieta! |
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MARIETA.- ¡Señora! |
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DIANA.- Salid. |
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LAS TRES DAMISELAS.- (Desconsoladas.) ¡Oh! |
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MARIETA.- ¡Señora! |
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DIANA.- ¡Salid, he dicho! |
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(Las tres muchachas se inclinan muy mohínas. Luego, al pasar ante VALENTÍN, cada una le hace una reverencia y dice, bajito.) |
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|
MARIETA.- Yo soy Marieta. |
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CELIA.- Yo soy Celia. |
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INÉS.- Yo soy Inés. |
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(Ya han salido las tres damiselas, sin dejar de mirar a VALENTÍN. Solos ya él y DIANA, ella se va acercando poco a poco y le mira fijamente.) |
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DIANA.- (Muy bajo.) ¿De manera que sois vos? (Él dice que sí con la cabeza.) ¿Sois vos el hombre que desde hace tres días se esconde entre los árboles del parque? (Él afirma, ella se indigna.) ¿Y os parece bonito? (Él se encoge de hombros, como diciendo que no, pero que no tiene más remedio.) Desde hace tres días sois la comidilla de mis damas de honor... (Él suspira.) Pero, ¿no habéis meditado vuestra osadía? ¿No sabéis que muy cerca de aquí está el Palacio Real? ¿No sabéis que yo puedo mandar que os prendan los soldados del Rey? (Él mira al techo.) ¡Hablad! ¡Os lo ordeno! (Altiva.) ¿Quién sois vos que os creéis con derecho a enamoraros de la favorita del Rey? |
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VALENTÍN.- (Muy tímido.) ¡Señora! Me parece que aquí hay una confusión... |
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DIANA.- ¿Cómo? |
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VALENTÍN.- Yo... yo no estoy enamorado de vos. |
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DIANA.- (Asombradísima.) ¿Que no estáis enamorado de mí? |
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VALENTÍN.- No, señora. (Suspira. Da vueltas entre las manos a su sombrero y mira al suelo.) Lo siento muchísimo. |
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DIANA.- (Un poco picada.) ¡Ah! ¿Sí? |
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VALENTÍN.- Sí, señora. Os ruego que me perdonéis. (Muy dignamente.) Pero, siendo vos la amante del Rey, estaría muy feo que yo os hiciese el amor. Sería completamente inmoral. |
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DIANA.- (Asombradísima.) ¡Aaaah! Pero, ¿es que vos sois moral? |
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VALENTÍN.- (Muy ufano.) ¡Oh! ¡Muchísimo! |
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DIANA.- ¡Que raro! ¿De dónde venís? |
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VALENTÍN.- De provincias. |
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DIANA.- ¡Ah, vamos! ¡Ya decía yo! (Un silencio.) Pues si no es el amor el que os empuja... (Él dice que no con la cabeza.) ¿Es que sois un ladrón? (Él niega, con gran dignidad.) ¿Tampoco? Pues si no sois enamorado ni ladrón, no sé qué sois vos. No lo entiendo. Decidme. ¿Por qué os escondéis en el parque? ¿Qué queréis de mí? |
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VALENTÍN.- ¡Señora! Yo necesito vuestro poder. |
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DIANA.- (Indignada.) ¿Qué? ¡¡Otro!! Pero esto es el colmo. ¡Resulta que todos quieren disponer de mi poder! Pues, no, señor; no quiero. ¡Mi poder es para mí y nada más! ¿Lo oís? ¡Ea, ya podéis salir! |
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(Le vuelve la espalda, muy enojada. VALENTÍN se acerca, suplicante.) |
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VALENTÍN.- ¡Señora! Permitidme que os explique todo. Desde hace tres días espero la ocasión de hablaros un momento a solas, sin la vigilancia de vuestras damas de honor. Necesito que me oigáis. Solo para eso he andado muchas leguas desde mi aldea hasta aquí... |
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DIANA.- (Transición.) ¡Ah! ¿Sois de una aldea? |
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VALENTÍN.- ¡Sí, señora! |
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DIANA.- (Contenta.) ¡Mira qué bien! Yo también soy de pueblo. ¿Vuestra aldea es del sur? |
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VALENTÍN.- (Nostálgico.) No, señora. Está allá, en el norte. Es un pueblecito perdido entre la niebla y las lluvias. Allí he vivido desde niño, al lado de mi tío, que es el señor cura de la aldea. |
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DIANA.- (Con ternura.) Mi pueblecito está rodeado de campos de trigo. Al atardecer, las espigas parecen de oro. También hay cerca un bosque y un río. (Riendo.) Allí encontré al Rey una mañana, perdido entre los árboles del bosque. El pobrecillo se había extraviado de la cacería y no hacía más que estornudar... Si no llego yo, se queda como un pajarito. Claro que él ha contado en la Corte que me salvó de las garras de un lobo. Es más embustero... ¡Pero yo le guardo el secreto! (Transición.) Bueno, como los dos somos de pueblo, os voy a tratar con más confianza. Dime, ¿cómo te llamas? |
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VALENTÍN.- Valentín. |
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DIANA.- ¿Valentín? |
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VALENTÍN.- Soy estudiante de Letras. |
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DIANA.- ¡Estudiante! ¡Bravo! Me gustan los estudiantes. (Muy curiosa.) Y, ¿qué traes a la Corte, Valentín? |
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VALENTÍN.- (Muy nervioso.) Señora, yo... (Se decide heroicamente.) ¡Yo traigo un programa político! |
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DIANA.- (Estupefacta.) ¿Un... qué? |
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VALENTÍN.- Un programa político. |
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DIANA.- (Alarmada.) ¡Dios mío! ¿Es que sois un sabio? |
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VALENTÍN.- ¡Quia, no señora! Los sabios no tienen programa político. Y si lo tienen, no vale. (Superior.) Todo lo que se les ocurre a los sabios está anticuado... |
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(Ella, que se ha apartado unos pasos, le mira con un poco de miedo.) |
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DIANA.- ¡Un político! Pues nadie lo diría. Yo creía que la política era cosa de los grandes señores, como el señor de Gravelot... |
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VALENTÍN.- ¡Pchs! (Suficiente.) Eso era antes. |
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DIANA.- Y ¿para qué necesitas mi poder? |
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VALENTÍN.- (Solemne.) ¡Para salvar al país! |
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DIANA.- ¡Anda! Lo mismo que Gravelot. |
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VALENTÍN.- ¡Señora! ¡Con vuestra influencia y mi programa, juntos los dos, salvaremos al país! ¡Nuestra alianza es un deber patriótico! |
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DIANA.- (Sobrecogida.) ¿Tú crees? |
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VALENTÍN.- ¡Sí, señora! El país va a la ruina si no le salvan las nuevas ideas... Todo está podrido. Dicen los filósofos que el espíritu de nuestra Corte influye en el extranjero. Y hasta se asegura que somos el cerebro de una civilización. Pero nadie dice que nuestra civilización es una civilización pervertida. Con el actual sistema político... |
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DIANA.- (Entusiasmada.) ¡¡Bravo!! (Aplaude.) ¡Qué bien hablas, Valentín! |
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VALENTÍN.- ¿Os gusta? |
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DIANA.- ¡Huy, si te oyera el señor de Gravelot! |
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VALENTÍN.- (Cada vez con más ímpetu.) Con el actual sistema político, el país solo puede sentir orgullo de sus vicios. Esta es la horrible verdad. Y, ¿por qué? Porque todo lo gobierna la inmoralidad... |
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DIANA.- ¡Bravo! Eso es lo que yo digo. ¡Sigue, Valentín! |
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VALENTÍN.- (Complacido.) ¿Os parece que tengo bastante desenvoltura? ¿Verdad que sirvo para la política? Mi tío, el señor cura, que es mi maestro, dice que soy un predestinado... Él es el autor de mi programa político. |
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DIANA.- Y, ¿cuál es su programa? |
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VALENTÍN.- (Solemne.) La moral. |
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DIANA.- ¡Ah! La moral... (Escéptica.) ¿Nada más? |
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VALENTÍN.- ¡Señora! ¿Os parece poco? |
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DIANA.- (Triste.) Es que la gente de aquí no quiere ni oír hablar de decencia, Valentín. Tú no los conoces. ¡Yo estoy más desesperada!... |
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VALENTÍN.- (Con orgulloso brío.) ¡A mí me oirán! Y los convenceré. Cuando en la Corte sepan qué hermoso es gobernar con la moral, se quedarán encantados. Lo que pasa es que no lo han probado nunca... |
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DIANA.- ¡Qué bonito es todo lo que dices! |
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(Ella está sentada ahora en el canapé. Él se acerca y se desliza de rodillas a sus pies. Ella, muy cerca, le mira con ingenua ternura.) |
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VALENTÍN.- ¡Yo venceré! ¡Os lo juro! Pero para llevar adelante mi política, os necesito a vos. Cuando en la aldea supimos que la nueva favorita era una campesina, presentí que estaríais a mi lado como uno de los nuestros. Y no me he equivocado. Sois como yo imaginaba. Señora, yo os pido vuestra ayuda. Señora, yo necesito de vos que me introduzcáis en la Corte... |
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DIANA.- (Asustada.) Pero, hombre, Valentín, ¿te das cuenta de lo que me pides? |
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VALENTÍN.- ¡Sí! ¡Quiero gritar la verdad en todos los rincones de Palacio! ¡Hablaré a los ministros! ¡Me oirá el mismo Rey! |
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DIANA.- (Escandalizada.) Pero, hombre, ¿serías capaz de hablarle al Rey de moral? ¡Qué frescura! |
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VALENTÍN.- Si fuera solo, los centinelas de la guardia me arrojarían a puntapiés. Pero si voy a la Corte de vuestro brazo, me presentarán armas como a un noble. ¡Llevadme a la Corte, señora, os lo ruego! No puedo volver a la aldea fracasado. Allí todos confían en mí y rezan por mi triunfo... |
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DIANA.- ¿Tanto lo deseas, Valentín? |
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VALENTÍN.- ¡Con toda mi alma! |
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DIANA.- (Alegremente.) Entonces... Vendrás conmigo a la Corte. Llevaremos la moral a Palacio. |
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VALENTÍN.- ¡Oh, gracias, señora! |
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DIANA.- Vete pensando lo que quieres ser, ministro, gentilhombre, mariscal o sabio. A mí me da igual... Y al Rey también. |
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VALENTÍN.- ¿Tanto podéis? |
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DIANA.- ¿Qué habías creído? (Se pone en pie muy erguida, alza un brazo y hace un gesto de cómica insolencia.) ¡El Poder soy yo! |
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(Suelta una gran carcajada.) |
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VALENTÍN.- ¡Oh, señora! |
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(Ella le mira y deja de reír, pero aún tiene la sonrisa en los labios.) |
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DIANA.- Dime, Valentín: ¿eran lindas las muchachas de tu aldea? |
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VALENTÍN.- Quizá ninguna era tan linda como vos. |
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DIANA.- (Con una involuntaria e irreprimible coquetería.) ¿De veras, Valentín? (Una brusca transición. Enfadadísima consigo misma, le vuelve la espalda airadamente.) ¡Oh, bueno! Se acabó. Vete ya. |
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VALENTÍN.- ¡Señora! |
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DIANA.- (Furiosa.) ¡He dicho que te vayas! ¿Es que no me has oído? ¿Qué más necesitas pedirme? (VALENTÍN, un poco sorprendido y en silencio, marcha hacia el fondo. Ella, sin mirarle, cambia y susurra muy bajito.) Adiós, Valentín. Mañana vendrás a recoger mis instrucciones. Iremos juntos a la fiesta del embajador... |
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VALENTÍN.- (Sonríe.) A vuestras órdenes, señora. |
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(Y desaparece por el jardín. Ella corre hasta la cristalera y le despide, agitando en el aire su pañuelo de encaje. Y surgen juntas, casi de puntillas, MARIETA, CELIA e INÉS.) |
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INÉS.- ¿Era un poeta? |
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CELIA.- ¿Era un caballero? |
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MARIETA.- ¿Era un príncipe? |
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DIANA.- No... Era un estudiante. |
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INÉS.- ¡Qué romántico! |
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MARIETA.- ¿Os ha hecho el amor? |
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DIANA.- (Sonríe.) Un poco... Pero él no se ha dado cuenta. |
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(Entra LUCÍA apresuradamente.) |
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LUCÍA.- Diana, Diana. Ha llegado un oficial de la guardia y trae para ti este pliego del Rey... |
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TODAS.- ¡Del Rey! |
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DIANA.- ¡Un pliego del Rey! ¡Dámelo! (Toma el pliego de manos de LUCÍA, lo desdobla y lee. Las demás la rodean.) «Yo, el Rey...» ¡Ay, aquí, aquí! «...en atención a los méritos que la adornan, y a propuesta del muy noble y sabio señor de Gravelot, vengo en nombrar a la señorita Diana de Lenoir Marquesa del Reino...» |
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TODAS.- (Muy emocionadas.) ¡Marquesa! |
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LUCÍA.- ¿Dice marquesa? |
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DIANA.- Sí, sí... Eso dice. «Dado en Palacio...Yo, el Rey». ¡Oh! |
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LUCÍA.- ¡Hija mía! ¡Marquesa tú! ¡Marquesa mi niña!... |
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LAS DAMISELAS.- (Alborozadas.) ¡Marquesa! |
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(MARIETA, CELIA e INÉS la rodean y le hacen grandes reverencias.) |
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MARIETA.- ¡Señora marquesa! |
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LUCÍA.- ¡Viva nuestra señora la marquesa de Lenoir! |
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TODAS.- ¡Viva! |
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DIANA.- (Deslumbrada.) ¡Dios mío, yo marquesa! ¡Qué bueno es Carlitos! ¡Yo, marquesa! Si no puedo creerlo. (De pronto, una transición.) Oye, tía Lucía. Pero, ¿tú crees que esto es moral? |
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TELÓN |
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