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ArribaAbajoParte II


Cuadro III

 

El mismo decorado. La acción continúa en el mismo punto en que acabó la parte primera.

 
 

En escena están EPIFANIO que acaba de entrar, sin duda alguna, pocos momentos antes, y ADRIÁN, que sentado en el sillón, abismado en sus pensamientos, parece ajeno a cuanto le rodea. En este momento toma nota de unos telegramas y unas tarjetas de visita.

 

EPIFANIO.-  ¿Le pasa algo, jefe? Vamos, algo distinto de lo que yo ya sé que le pasa.

ADRIÁN.-  No. ¿Es que no es bastante?

EPIFANIO.-  Bueno, sí... claro.

ADRIÁN.-  Es muy grave, Epifanio, lo que me sucede. Y muy sutil. ¿Qué ha sido María Ignacia para mí hasta hoy? Una sobrina encantadora, atractiva, todo lo que tú quieras, pero solamente eso. ¿Qué he sido yo para María Ignacia? Una persona de la familia, el tío Adrián. A saber, un hombre de experiencia, mundano y con éxito al que vio sonreír siempre como si la vida no tuviese problemas, pero nunca como marido ni posible ni probable. Y de pronto; fíjate tú que, a causa de una noticia periodística que aún no se sabe quién la ha puesto en circulación, María Ignacia y yo estamos desde hace una hora, para rechazarnos o para aceptarnos, que eso es lo de menos, estudiándonos, midiéndonos y pensando el uno del otro: -Si resulta que nos podríamos casar... Es casi una comedia, Epifanio.

EPIFANIO.-  ¿Tanto?

ADRIÁN.-  Sí, Sí... En su parte expositiva. Claro que el conflicto se producirá cuando María Ignacia y yo nos encontremos, porque, sean cuales sean nuestras relaciones, nos veremos ya a una luz distinta, ¿me entiendes?

EPIFANIO.-   (No muy convencido.)  Pues la verdad...

ADRIÁN.-  Tú, con tus prejuicios, con tus debilidades por el tremendismo, tal vez pienses que el conflicto sólo empezaría cuando, como consecuencia de un matrimonio entre parientes próximos nos naciese un hijo tonto, ¿no?  (EPIFANIO no contesta.)  ¡Ay, lo que es la deformación profesional! No, Epifanio, no. El conflicto, y no pequeño, empezaría mucho antes.  (Transición.)  Ahora recuerdo que yo en una ocasión...

EPIFANIO.-   (Se interrumpe.)  ¿Qué?

ADRIÁN.-  Es muy diferente... Y, sin embargo, tiene cierto parecido. Hace años pasé una noche entera al lado de la mujer de un amigo en el Parador de Gredos. Yo había ido a terminar Nubes de verano. Ella esperaba a su marido que, a causa de una avería de automóvil no llegó por fin. Estuvimos hasta que amanecía junto al fuego, hablando de mil cosas. Yo no la rocé un dedo. Ella seguramente no lo deseaba, porque era una mujer intachable, pero nuestra amistad concluyó allí. Siempre que volvimos a encontrarnos después, ella enrojecía, se ponía nerviosa. Yo quería tranquilizarme diciendo: Fuiste un caballero y acababa pensando: Hiciste el imbécil. No sé cual de esas dos posiciones era la justa. La realidad es que dejamos de ser amigos.

EPIFANIO.-  ¿Habrán dejado ahora de ser tío y sobrina?

 

(Suena el timbre de la puerta exterior.)

 

ADRIÁN.-  Por culpa de un periódico que ha hablado en voz alta. María Ignacia y yo no nos miraremos jamás en estado de inocencia, como en el primer día del Paraíso.  (EMILIO, cruza la escena.)  ¿Dónde va Emilio?

EMILIO.-  Han llamado.

ADRIÁN.-  ¡Ojo!

EMILIO.-  Descuide.

 

(Mutis por la derecha que deshace enseguida.)

 

Es el señor Núñez.

ADRIÁN.-  Que entre.  (A EPIFANIO que se sitúa cerca del secretaire.)  Compón el semblante: es un crítico el que llega. Gesto cordial, sonrisa de comisura a comisura, los brazos abiertos... Venga, Epifanio, no regatees simpatías o te hundes en el primer estreno.

 

(EPIFANIO, sin demasiada convicción, obedece a ADRIÁN. NÚÑEZ es un hombre gordo, desaliñado, que frisa alrededor de los setenta años. Trae los bolsillos llenos de cuartillas y papeles que le desbordan.)

 

NÚÑEZ.-  Buenos días, maestro.

ADRIÁN.-   (Le estrecha entre sus brazos.)  Querido Núñez... ¿Cómo va esa salud? ¿Qué fue aquello del forúnculo?

NÚÑEZ.-  Nada, nada.

ADRIÁN.-  Hay que cuidarse..... ¿A Epifanio Larroca le conoce usted? El día menos pensado, hará una crítica de alguna de sus obras.

NÚÑEZ.-  Encantado, encantado...

ADRIÁN.-  ¿Un whiskicito, querido Núñez?

NÚÑEZ.-  Es muy temprano, y el hígado...

ADRIÁN.-  Hay que empezar bien el día.

NÚÑEZ.-  No, no... Se lo agradezco igual.

ADRIÁN.-  A su gusto.  (Transición.)  ¿Qué le pareció el estreno de Gardoqui?

NÚÑEZ.-  Nada, pretenciosillo, envaradillo...

ADRIÁN.-  Ah... Créame que lo siento porque yo le quiero mucho. Pero no sé qué es lo que le pasa en estos últimos tiempos... Realmente, no da una.

NÚÑEZ.-  Ni nunca la ha dado...

ADRIÁN.-  Desde unos dolores de cabeza que tuvo hace unos años, parece otro. Pienso si no será a causa de las jaquecas.

NÚÑEZ.-  Sí, acaso lo de las jaquecas haya contribuido, pero yo creo que le viene desde que tuvo el sarampión de niño.

ADRIÁN.-  ¡Qué malo es usted, Núñez! Pobre Gardoqui... Se le pasará esta mala racha, porque él tiene público.

NÚÑEZ.-  Pues debe habérsele ido al Norte, porque en el teatro estos días no se le ve.

ADRIÁN.-    (Compungido.)  ¿Sí? ¿Va poca gente?

NÚÑEZ.-    (Cavernosamente.)  Ni un alma.

ADRIÁN.-  En fin; gajes del oficio, amigo Núñez... Bueno, ha sido usted encantador. Yo no quería que se molestase tanto.

NÚÑEZ.-  Si no es ninguna molestia... Como el que lleva los ecos de sociedad es Antonio Medina, fui a verle y le pregunté por derecho que de dónde había sacado lo de su boda. Él se quedó muy sorprendido. «¿Cómo de dónde? -me dijo-. ¡Él mismo me envió la nota con una carta suya!»

ADRIÁN.-  ¿Que yo...?  (NÚÑEZ busca entre las que lleva en el bolsillo, la carta en cuestión y se la tiende. Lee con sorpresa creciente.)  «Mi querido Medina: ¿Sería usted tan amable de publicar en su periódico la nota adjunta, relacionada con mi próxima boda? Gracias anticipadas de su siempre buen amigo...».

NÚÑEZ.-  ¿Qué pasa? ¿Usted no escribió esa carta?

ADRIÁN.-  Pues... no.

NÚÑEZ.-  Pero el papel es suyo.

ADRIÁN.-  Sí.

NÚÑEZ.-  ¿Y la firma?

ADRIÁN.-  No... La firma no es mía.

NÚÑEZ.-  ¿Está usted seguro?

ADRIÁN.-  Hombre, imagínese usted si no lo voy a estar.

NÚÑEZ.-  Permítame que le diga, don Adrián, que usted escribe muy bien, pero que firma muy mal.

ADRIÁN.-  Entiéndame: yo no me atrevería a decir que la firma no fuese mía si la hubiese visto aislada pero lo que sí le aseguro es que esa carta yo no la he firmado.

NÚÑEZ.-  Lo cual quiere decir que es falsa.

ADRIÁN.-  Exactamente.

NÚÑEZ.-  ¿Y sospecha de alguien?

ADRIÁN.-  Mire, Núñez. Yo creo que esto es una broma pesadita.

NÚÑEZ.-  Muy ingeniosa no es, no.

ADRIÁN.-  Y no tanto por mí, como porque hay otra persona de por medio.

NÚÑEZ.-  Ya, ya... En fin, siento no haberle podido decir cosas más agradables.

ADRIÁN.-  Bah, no se preocupe. Me las ha dicho tantas veces...

NÚÑEZ.-  Muy merecidas, siempre, don Adrián.  (Se pone de pie.)  O sea que, este muchacho, ¿escribe también?

ADRIÁN.-  Tiene una gran vocación... y talento, sí, señor.

NÚÑEZ.-  Lo celebro. Porque hay cada número por ahí... Hombre, ¿han leído ustedes la obra de ese autor inglés que empieza ahora y que se titula: Dos hermanos?

ADRIÁN.-  Yo, no.

EPIFANIO.-  Yo, sí.

NÚÑEZ.-   (A EPIFANIO.)  Qué monstruosidad, ¿eh?

EPIFANIO.-   (Seco y terminante.)  A mí me parece genial.

ADRIÁN.-    (Asombrado.)  ¿Cómo?

EPIFANIO.-  Genial.

ADRIÁN.-  No querrás llevarle la contraria a Núñez.

EPIFANIO.-  Yo digo que es genial.

NÚÑEZ.-  Amigo...

EPIFANIO.-  Epifanio Larroca.

NÚÑEZ.-  Pues bien, amigo Larroca: en mi opinión, es un disparate desde el principio hasta el fin. Y se lo aseguro yo, que llevo veinticinco años de crítico.

EPIFANIO.-  Eso, precisamente, le inutiliza para juzgar Dos hermanos.

ADRIÁN.-  Psss, cuidado, cuidado con esa lengüecita.

EPIFANIO.-  Repito, Dos hermanos es la mejor obra que se ha escrito desde 1900 hasta hoy.

ADRIÁN.-   (Silbante y con una cólera contenida.)  En Inglaterra, querrás decir.

EPIFANIO.-  Por su técnica, los actores en el patio de butacas y los espectadores en el escenario, por su diálogo hecho casi todo él de puntos suspensivos, por su tema de una audacia asombrosa, es una comedia sin rival.

ADRIÁN.-  ¿Cuál es el tema?

EPIFANIO.-  Dos hermanos enamorados de dos hermanos.   (Dirá esto último un poco borroso para justificar la réplica de ADRIÁN.) 

ADRIÁN.-  ¿Y esa es la audacia?

EPIFANIO.-   (Con la severidad del dómine.)  Don Adrián: lamento que no me haya entendido usted bien. He dicho: dos hermanos enamorados de dos hermanos.

ADRIÁN.-    (Da un respingo.)  ¡Ah, caray!, Sí, la cosa varia.

NÚÑEZ.-  En efecto, don Adrián: Roberto y Óscar Wolff, enamorados de Edmundo y Christian Flatter.

ADRIÁN.-   (Recoge velas.)  Ya, ya.

NÚÑEZ.-   (A EPIFANIO.)  ¿Es así?

EPIFANIO.-  Exactamente.

ADRIÁN.-  No acabará en boda, me imagino.

NÚÑEZ.-  En el primer acto nos enteramos del problema, después de una serie de escenas un poco desconcertantes.

EPIFANIO.-   (Superior.)  Desconcertantes...

NÚÑEZ.-  Hombre, al principio se supone que Roberto y Óscar, de quienes están prendados es de unas enfermeras guapísimas del Hospital Clínico que aparecen por allí, pero muy pronto comprendemos que no, que el verdadero amor de Roberto y Óscar son dos internos de quinto de Medicina, Edmundo y Christian. Por eso digo que, esas primeras escenas, son un poco desconcertantes.

EPIFANIO.-  No me negará usted que la sorpresa dramática es completa.

NÚÑEZ.-  Eso, desde luego,

ADRIÁN.-  Continúe, Núñez.

NÚÑEZ.-  Para mí, sin embargo, la sorpresa mayor de la obra me la dan los padres, o sea Mr. Wolff y Mr. Flatter.

ADRIÁN.-  ¿Y por qué?

NÚÑEZ.-  Porque resulta que no se oponen.

ADRIÁN.-  ¡Ah!

EPIFANIO.-  Naturalmente.  (Con enorme vehemencia.)  No se oponen porque, conforme se revela en el diálogo, habían estado enamorados el uno del otro muchos años antes cuando estudiaban en Oxford, y consideran que el que sus hijos, a su vez, se enamoren entre sí, no es sino una consecuencia de la ley de las realizaciones tardías que llega a su plenitud en la segunda generación, como venganza de su fracaso en la primera.

ADRIÁN.-  En suma, los padres dan su consentimiento.

EPIFANIO.-  ¡Sí!

ADRIÁN.-  Y entonces, el nudo, ¿dónde está el nudo?

NÚÑEZ.-  En la actitud de las madres, que dicen que aquello es una indecencia que no se puede tolerar y que se empeñan en que sus hijos se casen con unas escocesas adineradas.

EPIFANIO.-  El autor ha querido encarnar en la figura odiosa de esas dos señoras, la vieja Inglaterra con sus prejuicios, con su estrechez de miras, con su imperialismo.

ADRIÁN.-  ¿Y en qué acaba todo?

NÚÑEZ.-  Pues, nada...

EPIFANIO.-  Ah, no, no intente usted resumir de cualquier manera uno de los finales más escalofriantes del teatro universal. Asqueados de una sociedad que se niega a entenderles y en actitud de protesta, los cuatro hermanos se ahorcan en su piso de soltero.

ADRIÁN.-  Y mueren, claro.

NÚÑEZ.-    (Con cierto desdén.)  Muere la mitad.

EPIFANIO.-  No me importa reconocer que eso sí es algo artificioso.

ADRIÁN.-  ¿Qué mitad?

NÚÑEZ.-  Las madres llegan a tiempo de salvar un hijo cada una. Los otros dos expiraron ya. Los hijos que se salvan no son, sin embargo, los que estaban enamorados entre sí.

ADRIÁN.-  Mala suerte.

EPIFANIO.-    (Fervorosamente.)  El epílogo pasa en el puerto de Liverpool; donde los dos hermanos supervivientes abandonan Inglaterra camino de un mundo mejor en el que reinen la comprensión y la libertad.

NÚÑEZ.-  ¿Qué le parece la obrita?

ADRIÁN.-   (Mira a EPIFANIO aviesamente.)  Mona.

NÚÑEZ.-  Creo que piensan traducirla haciendo que los internos sean unas alumnas de Medicina. Con lo cual...

ADRIÁN.-  Claro, cambia por completo. Apta para menores.

NÚÑEZ.-  Allí, ha sido el gran éxito de la temporada.  (Inicia el mutis.) 

ADRIÁN.-  Habrán ido a verla todos los hermanos de Londres.

 

(Mutis de ADRIÁN, precedido de NÚÑEZ, por la puerta de la derecha. EPIFANIO tal vez les hubiera acompañado, pero el teléfono se lo impide.)

 

EPIFANIO.-  Diga. Sí, es aquí. No, no es verdad. La noticia está equivocada. El señor Villalobos no se casa.

 

(ADRIÁN entra de nuevo. Muerde casi las palabras al dirigirse a EPIFANIO.)

 

ADRIÁN.-  Oye, sabandija envenenada, hipócrita redomado, víbora a media pensión, ¿con que éste es el teatro que a ti te gusta?

EPIFANIO.-   (Intenta hacer compatible su defensa física con su ataque dialéctico.)  Sí... porque es violento... y moderno.

ADRIÁN.-  Entonces, tú llevas muchos meses tomándome el pelo, ¿eh? Porque si a ti te gusta ese teatro, el que hago yo tiene que darte náuseas, ¿verdad?

EPIFANIO.-  ¡Don Adrián!

ADRIÁN.-  ¡Maldita sea! Me está bien empleado por tonto. ¡Se acabó el proteger a los noveles! Al primero que me salga al paso, le voy a pegar una patada en la espinilla que le dejaré temblando.

EPIFANIO.-  Le desconozco, don Adrián.

ADRIÁN.-  No seas inocente. Si en la literatura se dispusiese de la bomba atómica, hasta el poeta más dulzón la utilizaría. Contesta de una vez. Dos y dos son cinco te parece una birria, ¿no?

EPIFANIO.-    (Jugándose el todo por el todo.)  Pues... sí.

ADRIÁN.-  Y Nubes de verano otra, ¿verdad?   (Le persigue por la habitación, mientras EPIFANIO se escuda detrás de los muebles.) 

EPIFANIO.-  Sí.

ADRIÁN.-  ¿Y Prohibido para mayores? ¿Qué piensas de Prohibido para mayores?

EPIFANIO.-  Una comedia anticuada.

ADRIÁN.-  Quinientas representaciones en Madrid con veintisiete mil de media... y anticuada.

 

(EMILIO alarmado por las voces, entra en escena.)

 

Quítate de mi vista, rey de los pedantes, existencialista de plástico, polilla del Gijón, y no vuelvas a dirigirme la palabra si no quieres que te mate.

EMILIO.-  ¿Qué le pasa al señor?

EPIFANIO.-  Que tengo veinticinco años.

ADRIÁN.-  Debía estar prohibido.

EPIFANIO.-  Y él me los dobla.

ADRIÁN.-  Apártese, EMILIO... que voy a apretar entre estos dos dedos,  (Señala el pulgar y el índice de la derecha.)  un sapo que se ha colado de rondón en esta casa y que...

 

(Tira un viaje a EPIFANIO que, de no evitarlo la intervención de EMILIO, le alcanzaría. EMILIO en efecto, se interpone providencialmente. EPIFANIO abre la puerta de la derecha y se va. Se oye el golpe de la de la calle.)

 

EMILIO.-  Cálmese, señor, está usted excitadísimo.

ADRIÁN.-  Ya me calmo.

 

(Por la derecha aparece PURA. PURA, hermana de la cuñada de ADRIÁN, tía de MARÍA IGNACIA, es una mujer de unos 40 años. Apenas va maquillada. Tiene un aire sereno y seguramente mucha vida interior. Viste un sencillo traje de mañana. Es bellísima, señorial. ADRIÁN no la ve en un primer momento, porque está de espaldas a la puerta, pero EMILIO Sí.)

 

EMILIO.-    (Sorprendido.)  Ah, buenos días, señora.

PURA.-  ¿Quién salía como alma que lleva el diablo? ¿Epifanio?

EMILIO.-  El mismo, señora.

 

(Mutis derecha.)

 

PURA.-  Buenos días, Adrián.

ADRIÁN.-  ¿Qué tal, Pura?

PURA.-  Tú me explicarás esto.

ADRIÁN.-  Nada, que es un títere y le he puesto de patitas en la calle.

PURA.-  No, no me refiero a Epifanio; sino a María Ignacia.

ADRIÁN.-  ¡Ah! A María Ignacia.

PURA.-  ¿A quién si no?

ADRIÁN.-  ¿Tú hablaste con ella?

PURA.-  Se fue ayer a pasar el día en la finca de los Monteagudo y no volvió aún. Estará al llegar y, naturalmente, le hablaré apenas la vea pero, entre tanto, supongo que algo me podrás anticipar tú. Porque esta decisión calculo que habrá sido tomada entre los dos.

ADRIÁN.-   (Muy inocente.)  ¿Entre los dos?

PURA.-    (Parsimoniosamente.)  Voy de sorpresa en sorpresa, Adrián. Y se me ocurre que alguna deberías ahorrármela. ¿Qué os habéis propuesto? ¿Colocarme entre la espada y la pared? ¿Obligarme a consentir o a dar el escándalo? Te advierto que el rapto aún acortaba más el camino.

ADRIÁN.-  Mujer, el rapto...

PURA.-  Parece que habéis preferido el atraco. Todavía tendré que estarte agradecida.

ADRIÁN.-  Escúchame, Pura.

PURA.-  Quiero que sepas antes de nada que haré cuanto esté en mi mano para impedir un disparate.

ADRIÁN.-   (Sencillamente. Con un sencillo deseo de enterarse.)  Tú lo consideras un disparate.

PURA.-  A mí me molesta decir cosas desagradables. Pero cuando alguien se olvida de lo que no debe, es muy difícil evitarlo.

ADRIÁN.-  Yo las diré por ti, Pura. Sé que tengo cincuenta años, que hoy cumplo, por cierto, aunque te hayas olvidado de felicitarme.

PURA.-  No es ésta la ocasión.

ADRIÁN.-  Que los cincuenta años son muchos más de la mitad del camino de la vida y que es inmoral, cuando ya se cumplieron, el intento de enamorar a una muchacha de veinte.

PURA.-  Hombre, inmoral...

ADRIÁN.-  Que, si he decidido casarme, mejor será que me busque una mujer de otra edad y que deje en paz a María Ignacia.

PURA.-  Bueno.

ADRIÁN.-  Por añadidura, que un matrimonio entre tío y sobrina es peligroso para los hijos. En fin, creo que quedan pocas cosas desagradables que decir que no me las haya dicho yo mismo.

PURA.-  Pues, mira, reconozco que has tenido esa habilidad.

ADRIÁN.-  Para ser justos, convendría recordar que hay otras razones que también tienen su peso y disculpan, un poquito, esos matrimonios desiguales, como lo sería el de María Ignacia conmigo.

PURA.-  Ya lo sé, Adrián, ya lo sé... Hombre maduro, hombre seguro.

ADRIÁN.-  Sí. El hombre maduro es fiel.

PURA.-  Posiblemente.

ADRIÁN.-  Si algún desliz comete, es aprovechando las brasas de lo que ya pasó, sin encender ninguna candelilla nueva, que es lo peligroso.

PURA.-  Sí.

ADRIÁN.-  Sueña permanentemente con la casa y no sólo los días de lluvia, como el hombre joven... El hombre maduro es la serenidad. El hombre del que la mujer sabe siempre donde está y a qué horas vuelve. El hombre que no olvida que a la mujer, le gustan siempre más las perlas que los versos.

PURA.-  ¿Siempre?

ADRIÁN.-  El hombre maduro cierra su garçonière, el joven la alquila. El hombre maduro entrega lo que gana a su mujer y le pide una parte para tabaco. El hombre joven se queda con el sueldo y hay que sacárselo. El hombre maduro cambia los plomos que se funden y los pañales, desatranca las pilas, despide a las criadas difíciles, se enfada con la Telefónica. El hombre que no olvida que a la mujer le gustan réplica, el joven con un puñetazo solamente.

PURA.-  Eres un poco sectario.

ADRIÁN.-  El hombre maduro se contenta con que le quieran las amigas de su mujer. El hombre joven exige que se le enamoren. El hombre maduro habla a su suegra como si la cortejase. El joven como si la combatiese. El hombre maduro deja conducir el coche a su mujer, aún en los puertos. El joven, sólo en las rectas.

PURA.-  Te pasas haciendo el elogio del hombre maduro. Barres para dentro.

ADRIÁN.-  Puede que me deje vencer por espíritu de clase.

PURA.-  Cálmate, cálmate. En todo caso no olvides que una mujer tiene cierto derecho a ver cómo se va haciendo maduro a su lado el hombre que conoció de joven.

ADRIÁN.-  Eso quiere decir que tú desaprobarías el que yo me casase con María Ignacia.

PURA.-  Pero eso te lo he dicho desde el principio y no puede sorprenderte.

ADRIÁN.-    (Se ríe.)  Tengo tanta afición a mi oficio de autor de teatro, que te he dejado hacer la escena de la oposición como si realmente estuviese justificada.

PURA.-  ¿Es que no lo está?

ADRIÁN.-  Yo no he pensado nunca en casarme con María Ignacia.

PURA.-  ¿Y entonces la noticia...?

ADRIÁN.-  Yo no la he dado. Mi palabra de honor.

PURA.-  ¿Quién entonces?

ADRIÁN.-  ¿Y si hubiese sido María Ignacia?

PURA.-  ¿Y por qué?

ADRIÁN.-  Puede haber más de una razón que le empuje a ello, pero suponte que por la más directa y simple de todas, porque le interese yo.

PURA.-  Con la mano en el corazón. ¿Crees de verdad que María Ignacia te quiere?

ADRIÁN.-  ¿Estás convencida de que no?

 

(Suena el timbre de la puerta exterior.)

 

PURA.-  ¿Y tú? ¿La quieres tú? No irás a decirme que sí. Aún ayer almorzaste con Nany en Valentín.

ADRIÁN.-  Pronto te han informado.

PURA.-  Eres muy popular, Adrián. ¿La quieres, dime? Contesta sí o no.

 

(MARÍA IGNACIA, aparece súbitamente por la derecha. EMILIO, detrás de ella, hace acto de presencia un segundo y, a continuación se vuelve a ir por la misma lateral. MARÍA IGNACIA, sencillamente adorable, viste un traje de excursión. El sol la ha tostado -van a decírselo muy pronto-; pero antes lo advertirá el espectador.)

 

MARÍA IGNACIA.-   (Con un punto de turbación.)  Hola.

ADRIÁN.-  Hola.

PURA.-  Cuánto te ha tomado el sol.

MARÍA IGNACIA.-  Es que estuvimos bañándonos.  (Ante un movimiento de PURA. Imperceptiblemente atemorizada.)  ¿Te vas?

PURA.-  Sí.

MARÍA IGNACIA.-  Y... ¿por qué?

PURA.-  Pues... exactamente no lo sé. Pero me voy. Volveré a enterarme de lo que decidís.

 

(Y ya vencidas las dudas, si las tuvo, hace mutis.)

 

MARÍA IGNACIA.-    (Tras una pausa.)  ¿Qué me miras?

ADRIÁN.-  Nada, nada.

MARÍA IGNACIA.-  Felicidades.

ADRIÁN.-   (Con precipitación.)  ¿Por qué?

MARÍA IGNACIA.-  Por tu cumpleaños.

ADRIÁN.-  Ah, sí... Gracias.  (Pausa bastante incómoda.)  Oye, María Ignacia...   (Nueva pausa.) 

MARÍA IGNACIA.-  Dime.

ADRIÁN.-  Leíste el periódico, claro.

MARÍA IGNACIA.-  Me lo leyeron.

ADRIÁN.-  Bien. ¿Y qué piensas?

MARÍA IGNACIA.-   (Sumisamente. Casi sin protesta.)  ¿Por qué hiciste eso?

ADRIÁN.-  ¿El qué?

MARÍA IGNACIA.-  ¿Por quién no me preguntaste antes?

ADRIÁN.-  Antes ¿de qué?

MARÍA IGNACIA.-  De mandar la noticia a los periódicos.

ADRIÁN.-   (Con profundo y muy contenido asombro. Casi sin modular.)  ¿Cómo...?

MARÍA IGNACIA.-  Sí, ¿por qué te decidiste por ti mismo, como si yo no contase para nada?

ADRIÁN.-   (Sin resistirse a la tentación que se le presenta súbitamente de aparecer como responsable de todo.)  Ya ves...

MARÍA IGNACIA.-  Estás acostumbrado a tratarme como una chiquilla, a tomar tus decisiones por mí. Y las cosas han cambiado mucho.

ADRIÁN.-  Sí, claro.

MARÍA IGNACIA.-  Y en un caso así, mi opinión vale algo, ¿no?

ADRIÁN.-  Sí.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Qué fue lo que te empujó a hacer eso sin consultarme?

ADRIÁN.-  Pues...

MARÍA IGNACIA.-  ¿Qué habías visto en mí que te permitiera dar por supuesta mi conformidad?

ADRIÁN.-  No, no realmente.

MARÍA IGNACIA.-  Es verdad que estaba siempre contigo, que me llevabas a todas partes, que me tenías a tu lado en los estrenos y era tu mascota. No se te olvidaba nunca el día de mi santo, y sabías en qué fecha hice el último examen del bachillerato. Y en qué fecha me operaron de apendicitis.

ADRIÁN.-  Febrero del 50.

MARÍA IGNACIA.-  Tenías derecho a esperar de mí que correspondiese de alguna manera a tanta ternura, a tanto cariño como el que me demostrabas. Hubiera sido una anormal si me dejase indiferente... Pero de ahí a suponer que mi reacción sería la de casarme contigo había mucha distancia.

ADRIÁN.-  Claro. Tú nunca me habías mirado de esa forma.

MARÍA IGNACIA.-  No... A mí no se me hubiera ocurrido nunca pagarte con esa moneda. Yo rezaba todas las noches para que terminase lo de Nany y para que Dios te hiciese feliz pero no se me pasaba por la imaginación pensar que pudiese ahorrarme el Padrenuestro viniendo a esta casa como tu mujer, a vivir junto a ti.

ADRIÁN.-  Ya.

MARÍA IGNACIA.-  A veces, llegaba a desear que la vida te pusiese en situaciones difíciles para hacerte entonces una exhibición de mi cariño. Yo he soñado que estabas a punto de ahogarte y que me echaba al agua y te salvaba. Y que te quedabas sin dinero y yo rompía mi hucha y vendía mis trajes para dártelo todo. ¿Sabes, también, lo que soñé cuando aquel tipillo de Tomás Agüero  (ADRIÁN toca madera.)  se metía en sus críticas con todas tus comedias? Que yo iba a la redacción muy decidida y preguntaba por él y le clavaba un cortaplumas en el corazón.  (Se ríe de sí misma.)  Bueno, esos eran sueños nada más... Pero con los ojos muy abiertos me juré a mí misma que siempre, estuviese donde estuviese si yo sabía que me necesitabas, iría a reunirme contigo.

ADRIÁN.-  Gracias, María Ignacia.

MARÍA IGNACIA.-  Y ahora te quiero hacer un pregunta. De eso, a desear ser tu mujer, ¿hay o no mucho camino que andar? No me contestes con prisa, porque es muy serio lo que acabo de preguntarte.

ADRIÁN.-    (Con una íntima pena, como si adivinara adónde conduce esa pregunta.)  ¿Sí?

MARÍA IGNACIA.-  ¡Huy! ¡Ya lo creo! Porque todo lo que te he contado que siento por ti, es tan cierto como que me he de morir, y si tú me dijeses que una mujer para casarse con un hombre no necesita sentir algo distinto, me casaría contigo a cierra ojos. Por eso te pido que reflexiones un poco antes de responderme.

ADRIÁN.-  Y tú, ¿qué opinas tú?

MARÍA IGNACIA.-   (Casi sin atreverse.)  Que no es bastante.

ADRIÁN.-  Y aciertas, María Ignacia; no lo es.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Verdad...? Ya me parecía a mí.  (Transición.)  Sin embargo para serte completamente franca he de confesarte algo.

ADRIÁN.-  Soy todo oídos.

MARÍA IGNACIA.-  Volviendo a mis sueños... Otro era que, si algún día me casaba cuando mi marido tuviese...  (Se adivina a quién se refiere.)  Cierta edad fuese tan elegante, tan listo y tan bueno...  (Se ha ido acercando atraída por un impulso irreprimible. Alguien se atreverá a pensar que para besarle, pero pronto caerá en la cuenta de su grosero error, cuando la vea guarecerse limpiamente en su regazo.)  como tú...  (Las últimas palabras las pronuncia con una gran ternura.) 

ADRIÁN.-   (Le acaricia el pelo lentamente.)  Gracias, María Ignacia.  (Ella ahora; casi por primera vez en todo el diálogo, levanta hacia él su mirada -su limpísima mirada- y le sonríe.) 

MARÍA IGNACIA.-  Qué serios nos hemos puesto; ¿verdad?

ADRIÁN.-  Sí, caramba. La culpa es mía.

MARÍA IGNACIA.-  Me alegro que lo reconozcas.  (El diálogo toma un ritmo más alegre, pero sin perder su sombra de melancolía.)  Te has portado como un niño impulsivo.

ADRIÁN.-  ¿Por qué?

MARÍA IGNACIA.-  Mandando esa noticia a los periódicos.

ADRIÁN.-   (En voz baja. Con un aire travieso.)  Si yo no he sido el que la mandó...

MARÍA IGNACIA.-  ¿Cómo?

ADRIÁN.-  Yo, no.

MARÍA IGNACIA.-  Pero ¿es posible?

ADRIÁN.-  Te lo aseguro.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Y has permitido que te dijera todo lo que te he dicho cuando con una sola palabra podías habérmelo evitado?

ADRIÁN.-  Confieso mi culpa.

MARÍA IGNACIA.-  El autor dramático, ¿verdad?

ADRIÁN.-  Bueno, tal vez sí.

MARÍA IGNACIA.-  El gusto de dejar hablar, dejar hablar a todos mientras tú vas tomando notas secretamente. Y de improviso... paf, uno que sale en tus comedias clavado de tal manera, que se le reconoce en el acto.

ADRIÁN.-   (Bromea.)  En los tres.

MARÍA IGNACIA.-  Y eso, ¿no está prohibido?

ADRIÁN.-  Al contrario, eso lo premia la crítica diciendo: «Es la verdad misma». Pero escúchame, ¿quién demonios ha podido mandar la noticia?

MARÍA IGNACIA.-    (Se lleva la mano a la boca.)  Tía Pura... ¡Ay, Jesús!... Es un disparate solo el pensarlo, ¿no?

ADRIÁN.-  Yo creo que de tomo y lomo.

MARÍA IGNACIA.-  Te quiere tanto... te pone siempre tan por las nubes que, a lo mejor, como sabe lo que congeniamos...

ADRIÁN.-  No, no... ¿Por qué iba a recurrir a ese ardid? Es absurdo. Comprometiéndote... Y además... Tenías que haberla oído.

MARÍA IGNACIA.-   (Con un puntito de malicia; basta de rebeldía.)  ¿Se opone?

ADRIÁN.-  Pues sí, María Ignacia, para que te fíes.

MARÍA IGNACIA.-  Se opone por sistema. Cuando lo de Antonio Sanchiz...

ADRIÁN.-  Calla... Y un pretendiente despechado, ¿no podría ser?

MARÍA IGNACIA.-  ¿Cuál?

 

(Suena el timbre de la puerta exterior.)

 

ADRIÁN.-  Tú sabrás mejor que nadie.

MARÍA IGNACIA.-  Qué absurdo... ¿Cómo han dado al periódico la noticia?

ADRIÁN.-  Por esta carta.

 

(Se la deja y MARÍA IGNACIA se pone a leerla atentamente. La puerta se abre y entra EMILIO.)

 

EMILIO.-   (En voz baja.)  Está don Roberto. ¿Qué le digo?

ADRIÁN.-  Pues, ¿qué le va a decir? Que pase.

 

(ROBERTO entra por la derecha. EMILIO cruza la escena y hace mutis por la izquierda.)

 

ROBERTO.-    (Al ver a MARÍA IGNACIA hace un gesto de sorpresa y como si no quisiese ser inoportuno inicia el mutis prevalido de la circunstancia de que MARÍA IGNACIA, abstraída en la lectura, apenas si se ha dado cuenta de su llegada.)  Oye... El undécimo no estorbar.

ADRIÁN.-  ¿Qué tonterías se te ocurren?

ROBERTO.-  Venía a buscarte conforme habíamos convenido, para tomar una copa. Nany me ha llamado al Mirlo Blanco. Ya puedes suponer cómo está.

ADRIÁN.-  Es una histérica.

MARÍA IGNACIA.-  ¡Ayyy!  (Es un grito que corta el diálogo entre ROBERTO y ADRIÁN.)  ¡Ya sé quién es!  (Transición.)  Hola, don Roberto.

ROBERTO.-  Buenos días, María Ignacia.

MARÍA IGNACIA.-  ¡Epifanio!

ADRIÁN.-  ¿Ese criminal común?

MARÍA IGNACIA.-  Pobre... ¿Por qué le insultas?

ADRIÁN.-  Naturalmente. Es que tú ignoras... Pero, dime. ¿Por qué crees que es él?

MARÍA IGNACIA.-  No sé... es una corazonada.

ADRIÁN.-  Contesta: ¿por qué ese salteador de caminos, ese contrabandista, ese profanador de tumbas ha podido mandar tal noticia?

MARÍA IGNACIA.-  ¡Ah!

ADRIÁN.-  ¿Y qué es lo que te ha hecho pensar que pudiera ser él? Aunque ya lo sé.  (Apocalíptico, Casi como un marido burlado.)  Mi alusión a los pretendientes. ¿Es que Epifanio te hacía el amor? ¡Quiero saber la verdad!

MARÍA IGNACIA.-  Pues mira, a su modo, quizá sí.

ADRIÁN.-  ¿Qué decía yo? Si es el sinvergüenza más grande del país.

ROBERTO.-  No exageres, Adrián. Los hay mayores.

ADRIÁN.-  ¡Y pensar que le he criado a mis pechos y que he sido para él como una madrecita delicada! ¡Maldita sea! Al primer autor joven que me encuentre en despoblado; lo aplasto como a una hormiga.

ROBERTO.-  Telefonéale.

ADRIÁN.-  Si le he echado de esta casa hace media hora con viento fresco... No se pondría. Pero hay que obligarle a que venga.

ROBERTO.-  ¿Puedo servirte de algo, Adrián?

ADRIÁN.-  Ya lo creo que sí. Vas a ir al Gijón, Entras por las buenas. Lo buscas, lo coges por la barba y te lo traes vivo o muerto.

ROBERTO.-  Lo intentaré.

ADRIÁN.-  Digo lo de vivo o muerto, porque así, a las buenas, no te será fácil; pero para que no se resista a volver, le dices que he notado la falta de los candelabros de plata del comedor, que sospecho de él y que voy a denunciarlo a la Comisaría más próxima. Y aunque no sea sino para defenderse, vendrá... Salvo que se los haya llevado, que todo podría ser.  (Va a la izquierda.)  ¡Emilio!

EMILIO.-   (Desde dentro.)  Señor...

ADRIÁN.-    (Solemne.)  ¿Faltan los candelabros del comedor?

EMILIO.-  Si acabo de limpiarlos...

ADRIÁN.-  Nada, entonces.  (A ROBERTO y MARÍA IGNACIA.)  Se conoce que no se le ocurrió. Hale, Roberto, listo.

ROBERTO.-  Bueno, bueno... a ver si tengo suertecilla. Ah, por cierto, esto me lo dieron en la portería.

 

(Y le entrega un paquete, en efecto, muy bonitamente preparado. Ya continuación hace mutis)

 

ADRIÁN.-  ¿Y qué es esto?

MARÍA IGNACIA.-  ¿Me dejas que te lo abra?   (Y empieza a abrirlo sin esperar el permiso de nadie.) 

ADRIÁN.-    (Que pasea excitadísimo.)  Verle entrar por esa puerta y saltarle al cuello, será todo uno. Después, le meteré astillas entre las uñas y les prenderé fuego.

MARÍA IGNACIA.-  Qué sanguinario.

ADRIÁN.-  Luego, lo llevaré al descansillo, le haré enfilar la escalera y he de verle rodarlas hasta vuestro piso como un saco de patatas. Pam, pam, pam.

MARÍA IGNACIA.-  ¡Huy, mira!  (Enseña un cenicero.) 

ADRIÁN.-  ¿Quién mandará ese cenicero?

MARÍA IGNACIA.-  El Presidente de la Sociedad de Autores.   (Ya a seguir leyendo la tarjeta que lo acompaña, pero se detiene un poco azorada.) 

ADRIÁN.-  ¿Qué dice?  (Lee.)  «Quiero ser el que ponga la primera piedra de tu nuevo hogar». Y un cenicero... y pensar que si lo de la boda fuese verdad recibiríamos doscientos iguales.

MARÍA IGNACIA.-   (Con monería.)  Pero como no lo es...

ADRIÁN.-  No.  (Con dulzura y firmeza a la vez.)  Sería un disparate.

MARÍA IGNACIA.-  Eso creo yo, tío Adrián.

ADRIÁN.-  Tío Adrián... Te oigo llamarme así con un acento nuevo. Es la primera vez que me lo llamas hoy.

MARÍA IGNACIA.-  Puede.

ADRIÁN.-  Pulguita.

MARÍA IGNACIA.-  Tampoco tú me habías llamado así.

ADRIÁN.-  Tienes razón... Y pensar que esta confianza tan dulce, tan limpia que hay entre nosotros, este cariño tan hondo y tan puro hubiera podido... no sé... rayarse...

MARÍA IGNACIA.-  ¿Lo hubiéramos permitido?

ADRIÁN.-  No, pero aun sin querer...

MARÍA IGNACIA.-  En todo caso, el riesgo ya pasó.

ADRIÁN.-  Sí, pero tenemos que vacunarnos para que nunca nos amenace.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Y cómo?

ADRIÁN.-  Repitiendo muchas veces los nombres con los que nos hemos llamado y nos hemos querido toda la vida.

MARÍA IGNACIA.-  Tío Adrián.

ADRIÁN.-  Pulguita.

MARÍA IGNACIA.-  Tío Adrián.

ADRIÁN.-  Pulguita.

MARÍA IGNACIA.-  Tío Adrián.

ADRIÁN.-  Pulguita.

 

(Se abrazan y se besan los dos castamente, apretadamente, llorando y riendo a la vez, repitiendo en efecto sus nombres mientras cae el...)

 

 
 
TELÓN
 
 


Cuadro IV

 

La misma escena. Han transcurrido unos minutos, desde la terminación del cuadro anterior.

 
 

MARÍA IGNACIA está asomada al balcón, a la espera de alguien. A los pocos segundos abandona su observatorio y se acerca a la puerta de la izquierda.

 

MARÍA IGNACIA.-  ¡Tío Adrián, tío Adrián! Ahí viene Epifanio. Lo trae don Roberto.

ADRIÁN.-   (Entra en escena.)  ¿Esposado?

MARÍA IGNACIA.-  No seas mala persona, tito. Bajaron de un taxi. Por cierto, Epifanio intentó pagarlo.

ADRIÁN.-  Farsante...

MARÍA IGNACIA.-  Y deben de estar subiendo en el ascensor.

ADRIÁN.-  ¡Emilio!

MARÍA IGNACIA.-  Por Dios, tío Adrián, no te dispares. Cuenta hasta ciento antes de decirle nada.

ADRIÁN.-  Estate tranquila. Sabré contenerme.

 

(EMILIO entra por la izquierda.)

 

Emilio, cierre el balcón.

MARÍA IGNACIA.-  Si hace un día estupendo, tío Adrián.

ADRIÁN.-  Sí, pero estamos en un sexto piso y quiero evitarme la tentación de tirar a alguien a la calle.

 

(Suena el timbre de la puerta exterior. EMILIO, obediente, ha cerrado el balcón.)

 

La puerta, Emilio.

 

(EMILIO hace mutis por la derecha.)

 

MARÍA IGNACIA.-   (Medio en broma medio en serio.)  Serenidad, tito.

 

(Entra en primer término, con aire enfurecido, EPIFANIO. Detrás ROBERTO. A continuación EMILIO, que se marcha por la izquierda.)

 

EPIFANIO.-  ¡A ver quién se atreve a decir que me he llevado los candelabros!

ADRIÁN.-  Nadie. Ése ha sido el pretexto de que me he valido para que vinieras.

EPIFANIO.-  ¿Cómo?

ADRIÁN.-  Los candelabros están en su sitio.

EPIFANIO.-  Y entonces; esta broma ridícula, ¿qué objeto tiene?

ADRIÁN.-  Sin levantar la voz.

EPIFANIO.-  Es que no puedo tolerar...

ADRIÁN.-  Porque bueno fuera que tú, que no tienes ni la menor idea de cómo se escribe una escena, quisieses ahora sacarte la espina haciéndome una.

EPIFANIO.-  ¿Que no sé? Pienso enterrar su putrefacto teatro en el plazo máximo de tres años: Acabo de jurarlo en el Gijón.

ADRIÁN.-  Muy bien. Primero, responderás ante los Tribunales de tus delitos.

EPIFANIO.-  ¿De qué delitos?

ADRIÁN.-  No de los literarios; naturalmente, porque con estas leyes absurdas, resulta que a uno puede gustarle Dos hermanos y seguir en libertad, no; de la falsificación de firmas, que, según mis informes, se castiga con la cárcel.

EPIFANIO.-  ¿De qué firmas habla?

ADRIÁN.-  De la mía, en las cartas que has mandado a la Prensa.

EPIFANIO.-  ¡Ah!   (Es un «ah» impreciso, más que de aquel al que atrapan en el cepo, de aquel al que le sugieren, inesperadamente, una idea acertada.) 

ADRIÁN.-  Confiesa: fuiste tú quién dio la noticia de mi boda a los periódicos.

EPIFANIO.-  Sí.

ADRIÁN.-  ¡Tenías razón, María Ignacia! ¿Y cómo no lo vi yo desde el primer momento? Si no podía ser otro más que él. ¿Y con qué motivo, si se puede saber?

EPIFANIO.-    (Levísima pausa.)  Para desenmascararle.

ADRIÁN.-  ¿A mí?

EPIFANIO.-  Sí. A usted, que llevaba mucho tiempo jugueteando al lado de María Ignacia, envolviéndola con sus malas artes de Don Juan, llenándole la cabeza a la pobre niña de mil ideas falsas sobre la vida y las gentes; formándole una quinta columna en el cerebro y en la sensibilidad, para que cuando se decidiese a dar el paso decisivo reaccionase a favor suyo.

ADRIÁN.-   (Sordamente.)  Bicho.

EPIFANIO.-  Siempre el equívoco del tío Adrián. El tío Adrián para arriba, el tío Adrián para abajo. Los regalitos, las atenciones, las entraditas, las copas en Balmoral -al que destruiremos también, dicho sea de paso- todo, todo con el mismo objeto. La corte, indirecta y muy medida, a las amiguitas para que ellas le encontraran encantador y le sirvieran su propaganda a domicilio. Envenenándola, anestesiándola, por lo menos, a fin de que, a la hora H la cosa fuese como un paseo militar por un país conquistado.

ADRIÁN.-  Podría hacerte callar estrangulándote o abrir el balcón sencillamente, pero prefiero que sueltes toda la bilis que traes almacenada.

EPIFANIO.-  ¡Qué bilis ni qué historias! Sólo la verdad. ¿Y el fingirse débil y enfermo, teniendo una salud de toro, que a mí no me duelen prendas, para que ella viese que sí, que estaba sano? ¿Y el dárselas de viejo para que ella pensase que no lo era tanto? ¿Y el hacerse la víctima cuando algún crítico le cantaba las cuarenta y le ponía a caldo? Maniobras para que María Ignacia le compadeciera, farsa.

ADRIÁN.-  Y la noticia en el periódico, claro...

EPIFANIO.-  Era levantar el telón, de pronto, era enfocar la linterna al rincón oscuro, acabar con tantos equívocos y medias tintas y situar a cada uno en su puesto: a ella en el de Caperucita y a usted en el de Lobo Feroz.

ROBERTO.-   (Protesta.)  ¡Oh, no!

ADRIÁN.-  Déjale, déjale que se vacíe.

EPIFANIO.-  Desde ese momento ya no podía seguir jugando con dos caras. Había que elegir entre ser el tío Adrián o el señor Villalobos. Claro que yo contaba con la sensatez de María Ignacia; aunque todo lo temiera de su egoísmo.

ADRIÁN.-  ¿De mi egoísmo?

EPIFANIO.-  Sí; porque lo que esta muchacha se merece es un hombre de su edad, que hable su mismo lenguaje y con el que descubrir el mundo a la vez. Porque lo bonito es que todo sea nuevo para los dos y no solamente para uno. Cantar la misma canción a coro y no con tres compases de retraso. Llegar a lo alto de la montaña a la misma hora y ver el paisaje con la misma luz.

ADRIÁN.-  Vaya, un hombre como tú es lo que necesita María Ignacia.

EPIFANIO.-  No, mejor que yo. Porque yo comprendo que no soy muy recomendable. Yo no soy diplomático ni arquitecto, que es lo que enloquece a las niñas casaderas, ni voy tampoco camino de serlo. Yo soy un escritor, y por estos barrios, las madres cuando ven que un tipo así ronda a sus hijas, telefonean a la Comisaría más próxima.

ADRIÁN.-  Luego, eso que has hecho no es en beneficio tuyo y mirando por ti.

EPIFANIO.-  No, señor; mirando por mi quinta y por el bien de mi país.

ADRIÁN.-  Los pícaros celos, ¿no han representado papel ninguno?

EPIFANIO.-  Sin, tener por qué avergonzarme de nada, declaro, señores, que María Ignacia me gusta muchísimo. Y he terminado.

 

(Y sale, dando un portazo. Hay un instante de estupor, al que sigue una auténtica sensación de descanso. MARÍA IGNACIA sonríe un poco enigmáticamente.)

 

ADRIÁN.-  ¡Bueno! Ya se descubrió el misterio.   (Se sitúa lo más distante posible de la puerta de entrada.) 

MARÍA IGNACIA.-   (Con una irresistible simpatía hacia EPIFANIO.) ¡Qué caso...!  (Le sonríe lejanamente.) 

ROBERTO.-  Estos jóvenes de hoy salen finos.

MARÍA IGNACIA.-  Y palabrería no le falta.

ROBERTO.-    (A ADRIÁN, reprobatorio.)  ¿Cómo le has tolerado?

 

(ADRIÁN se encoge de hombros con un ademán de superioridad.)

 

MARÍA IGNACIA.-    (Impertinentilla.)  El autor dramático...

ADRIÁN.-    (Súbitamente.)  ¡Cuidado! Yo no he oído la puerta de la calle. Ese tío está ahí todavía.  (Se dispone a cruzar con rapidez de un extremo a otro, cuando EPIFANIO reaparece.)  ¿Qué he dicho?

EPIFANIO.-   (Se apoya con las manos contra la puerta. Muy dueño de sí.)  ¿Le gustó la escena?

ADRIÁN.-  ¿Cómo?...

EPIFANIO.-  ¿Me sigue creyendo incapaz de escribirlas?

ADRIÁN.-  ¿Es que no es verdad lo que acabas de confesar?

EPIFANIO.-  Lo de María Ignacia, sí. Lo de la carta, no...

ADRIÁN.-  ¿No la falsificaste tú?

EPIFANIO.-  ¡No!

ROBERTO.-  ¡Esto sí que es bueno!

ADRIÁN.-  ¡Júrame que no mientes!

EPIFANIO.-  Se lo juro por Beckett.

ROBERTO.-  El de «volverán las oscuras golondrinas», ¿no?

MARÍA IGNACIA.-   (Soñadora.)  No, no... el de «Esperando a Godot».

ADRIÁN.-  ¿Quién ha sido, entonces?

EPIFANIO.-  ¿Qué culpa tengo de que usted esté tan ciego que no lo vea?

ADRIÁN.-  ¿A quién acusas, di, a quién?

EPIFANIO.-  A don Roberto...

ROBERTO.-    (Airadísimo.)  ¡Oye, niño del demonio...!

ADRIÁN.-    (Lo contiene.)  Calma, calma...  (A EPIFANIO.)  ¿Y por qué precisamente a don Roberto?

EPIFANIO.-  Porque don Roberto anda rondando a Nany desde hace mucho.

ROBERTO.-  ¡Desvergonzado!

EPIFANIO.-  Niéguelo, si se atreve. Y la manera más directa de salirse con la suya es que usted se case y la deje libre.

ROBERTO.-  ¿Qué quieres decir? ¿Qué yo he mandado la carta?

ADRIÁN.-  Don Roberto es un caballero y un amigo, ¿lo oyes?

EPIFANIO.-  Todo lo que quiera. Pero Nany no se anduvo con pelos en la lengua.

ROBERTO.-    (A ADRIÁN.)  ¿Me dejas que le dé su merecido?

EPIFANIO.-  ¡Ay, qué miedo!

ADRIÁN.-  Epifanio: sigue la flecha.  (Le señala con el dedo la puerta de la calle.)  Al fin... solos.

 

(MARÍA IGNACIA no ha perdido un sólo instante su sonrisa enigmática durante toda la escena.)

 

ROBERTO.-  Adrián, yo te juro que...

ADRIÁN.-  ¡Basta! Se acabó. Sea quien sea el responsable de todo, doy por terminadas mis pesquisas. ¿Conformes?

MARÍA IGNACIA.-  Pero, ¿quién pudo ser?

ADRIÁN.-  Si esto fuese una comedia, yo a ojos cerrados acusaría a Emilio.  (A EMILIO que ha entrado un momento antes.)  ¿Eh? ¿Qué opina usted?

EMILIO.-  ¡Qué cosas tiene el señor!

MARÍA IGNACIA.-  En fin, a quien sea, buen provecho le haga.

ROBERTO.-  Bueno. Ya no hay tiempo para tomarse una copa. Me voy al Mirlo Blanco, que la comida de la noche me preocupa mucho.

ADRIÁN.-  Como gustes. Allí nos veremos, entonces.

ROBERTO.-  Ya sabes el menú. Timbal de langosta, pollos en cacerola y espárragos dos salsas. ¿Qué te parece?

ADRIÁN.-  Sensacional.

ROBERTO.-  Hasta luego. Adiós, María Ignacia.

MARÍA IGNACIA.-  Adiós, don Roberto.

 

(Mutis de ROBERTO por la derecha precedido de EMILIO.)

 

ADRIÁN.-  ¿La declaración de Epifanio, te sorprendió mucho?

MARÍA IGNACIA.-  A cualquier cosa le llamas tú una declaración.

ADRIÁN.-  Mujer, un poco extraña sí ha sido, y públicamente... que no se acostumbra... Pero, declaración, al fin y al cabo.

EMILIO.-   (Cómplice.)  Doña Pura.

 

(MARÍA IGNACIA, asaltada de una súbita idea, coge a ADRIÁN del brazo. Así, ambos, como una pareja de enamorados hacen frente a PURA que, en el primer momento, los mira sin saber a qué atenerse.)

 

MARÍA IGNACIA.-    (Con aire de recitado.)  En la iglesia de los Jerónimos han contraído matrimonio la señorita María Ignacia Villalobos Solís...

ADRIÁN.-  Alias Pulguita...

MARÍA IGNACIA.-  ...que lucía precioso traje blanco de organza con velo de tul ilusión, y el autor de la aplaudida comedia Nubes de verano...

ADRIÁN.-  Lee tío Adrián.

MARÍA IGNACIA.-  Apadrinaron a los contrayentes...

PURA.-  Oye, niña del demonio: ¿estás hablando en broma o en serio?

ADRIÁN.-  Tranquilízate, Pura. En broma.

PURA.-    (Recelosa.)  Con vosotros nunca sé a qué atenerme.

ADRIÁN.-  ¿No te inspiro confianza?

PURA.-  Pues... no.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Y yo?

PURA.-  Tampoco. Habéis nacido él uno para el o...   (Se contiene a tiempo de completar la frase que resultaría, en estos momentos, especialmente inoportuna. ADRIÁN y MARÍA IGNACIA se miran con una graciosa complicidad.) 

ADRIÁN.-  Pura: después de una larga conferencia, María Ignacia y yo hemos decidido continuar como hasta ahora. Nos hemos llevado tan bien así que sería aventuradísimo el que ella hiciese de su tío su marido.

PURA.-  Vaya...

MARÍA IGNACIA.-  ¿Contenta?

PURA.-  Que seáis muy felices, hija mía.

ADRIÁN.-  Lo procuraremos. Y si queréis almorzar conmigo en cualquier lado para celebrar mi cumpleaños, a tiempo estáis.

PURA.-  Almuerza tú en casa con nosotras, es mejor.

ADRIÁN.-  Estupenda idea.

PURA.-  ¿Bajas, entonces?

ADRIÁN.-  Dentro de cinco minutos.

PURA.-  Hasta luego.

 

(Mutis por la derecha.)

 

MARÍA IGNACIA.-  Adiós, tío Adrián.

 

(ADRIÁN la coge por la cintura y le da un azote allí donde la espalda etc.)

 

ADRIÁN.-  Adiós, Pulguita.

MARÍA IGNACIA.-   (Dolorida.)  ¡Auuuu!...

 

(Y se va detrás de su tía.)

 

ADRIÁN.-  ¡Emilio!   (Abre el balcón y se asoma un momento a la calle. Después, se vuelve de cara al público, se desabrocha la americana y se palmotea el pecho optimista.) 

EMILIO.-  Mándeme el señor.

ADRIÁN.-  El invierno se acabó para siempre. Voy a quitarme el chaleco.

EMILIO.-  Magnífico: cámbiese también de corbata.  (ADRIÁN se quita el chaleco. EMILIO hace mutis y vuelve enseguida con una corbata de lazo y unos zapatos de ante. Le enseña el lazo.)  ¿Le gusta?

ADRIÁN.-  Ya lo creo.  (EMILIO se la cambia) ¿Se acuerda, Emilio? Viéndole a usted hacer la corbata de lazo al galán del Fontalba se me ocurrió proponerle que continuase representando, en mi casa y por tiempo indefinido su papel de valet. Fue un «coup de foudre».

EMILIO.-  ¿Qué significa eso, señor? Sabe que yo nunca hice extranjeros.

ADRIÁN.-  Un flechazo, Emilio.  (Se toca el lazo. Simplemente al tacto le asegura que salió bien.)  Perfecto. Ah, zapatos de ante. Bueno. Conforme.

EMILIO.-    (EMILIO se arrodilla paralelamente al espectador y va cambiándole los zapatos; atándoselos cuidadosamente y limpiándoselos.)  Por cierto, dice el señor que si esto fuese comedia, sería el criado el que habría mandado la carta.

ADRIÁN.-  Hasta el espectador de menos imaginación lo adivinaría.

EMILIO.-  Pues esto debe de ser una comedia, señor, y no se ha equivocado, porque el de las cartas he sido yo.

ADRIÁN.-  ¿Qué estoy oyendo, Emilio? ¿Y quién las firmó?

EMILIO.-  Yo mismo. Aprendí sin darme cuenta firmando los certificados.

ADRIÁN.-  Sí, sí... Y ese giro de...

EMILIO.-  No, los giros no.

ADRIÁN.-  Digo el giro de, «para muy en breve se anuncia».

EMILIO.-  Ése no es mío, señor. Se lo copié a don Fernando Velasco.

ADRIÁN.-  ¿Y por qué se le ocurrió lo de María Ignacia?

EMILIO.-  Porque yo hubiese jurado que bastaba darles la idea para que la cosa fuese sobre ruedas.

ADRIÁN.-  Y todo, ¿con qué finalidad, Emilio?

EMILIO.-  Con la de que el señor se case.

ADRIÁN.-  No lo entiendo, Emilio.

EMILIO.-   (Enfadado.)  Señor, con todos los respetos, a mí me parece que usted tiene una idea falsa de la vida.

ADRIÁN.-  ¿Sí...?

EMILIO.-  El señor supone que será siempre como ahora, y no. Después vienen los cálculos al riñón y la hiperclorhidria y los insomnios. Y es muy molesto pasar todo eso en soledad.

ADRIÁN.-  Ya.

EMILIO.-  Puesto que el señor está en pleno éxito y como una rosa, pienso que es el momento de casarse. Hoy todavía lo puede hacer a la par; si se retrasa mucho, tendrá que dar momio.

ADRIÁN.-  Bien, hombre.

EMILIO.-  De mi lealtad, no dudará el señor. Pero como a la vista del escándalo que se ha armado, temo haberme excedido, y aunque mis intenciones eran buenísimas, pongo mi cargo a su disposición.

ADRIÁN.-   (Con la mirada en un punto impreciso.)  Calle, calle...

EMILIO.-  No dude en prescindir de mí Del Teatro Español me han avisado para una traducción y...

ADRIÁN.-    (Sin contestarle de una manera precisa.)  Es curioso... Antes, eran sólo las madres de las niñas en estado de merecer las que cercaban nuestra soltería. Ahora, hasta el servicio nos pone trampas.

EMILIO.-  Señor...

ADRIÁN.-  Cuando hoy por la noche me presente en El Mirlo Blanco, supongo que me aplaudirán como a los reyes que salieron indemnes de un atentado. En fin, Emilio, me voy. Si algún regalo de boda llega para mí, devuélvalo sin vacilar. ¿Ha oído? Porque, no lo dude. Yo sigo soltero hasta nueva orden.

 

(Inicia el mutis por la derecha, mientras cae el...)

 

 
 
TELÓN
 
 






ArribaEpílogo

 

Han pasado siete meses desde que concluyó el acto anterior. Es de noche.

 
 

En el momento de comenzar la acción, MARÍA IGNACIA está en escena. Ha cambiado mucho. Va peinada de manera diferente. Como se sabrá muy pronto, come fuera de casa. Vestirá por tanto, con cierto empaque. A los pocos segundos de levantarse el telón, entra EMILIO por la izquierda.

 

EMILIO.-  El señor tardará ya muy poco.

MARÍA IGNACIA.-    (Sentada frente a la mesa de la derecha, lee uno de los libros y lo guarda en la biblioteca.)  No le he entendido bien antes, Emilio. ¿Es que se estaba cambiando de traje o es que no se ha levantado todavía?

EMILIO.-   (Un poco sonrojado.)  Es que... no se había levantado aún.

MARÍA IGNACIA.-  Pero, ¿es que se había acostado a dormir la siesta o es que no se había levantado ni para almorzar?

EMILIO.-  Es que no se levantó hoy.

MARÍA IGNACIA.-  Pero ¿es que se encontraba mal y por ese motivo se quedó en la cama, o es que se quedó en la cama a pesar de encontrarse bien?

EMILIO.-  No, no... bien estaba... Vamos, de salud.

MARÍA IGNACIA.-  ¿De qué está mal, entonces?

EMILIO.-  De ánimo. Lleva muchos días apenadísimo después de lo del... estreno.

MARÍA IGNACIA.-  Sí, ha tenido mala suerte. No merecía el fracaso.

EMILIO.-  Desde luego que no. Claro que tampoco el señorito Epifanio merecía el éxito.

MARÍA IGNACIA.-   (Misteriosa.)  Quién sabe...

EMILIO.-  Y ya lo ve usted.  (Transición.)  Hay que darle ánimos a don Adrián, señorita. Dígaselo a doña Pura.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Y por qué mella, especialmente?

EMILIO.-  Porque yo sé que la señora tiene mucha influencia sobre él.

MARÍA IGNACIA.-  Y a las nueve de la noche, ¿para qué se levanta el señor? Y con el frío que hace. ¿Come fuera?

EMILIO.-  ¿Es que la señorita no venía a buscarle?

MARÍA IGNACIA.-  No, no... Yo voy a la cena del Premio Saturno... y justo con sus entradas. A recogerlas había subido.

EMILIO.-  Ah, pues entonces... no sé. A mí me preocupa mucho. Está rarísimo, se lo aseguro.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Qué es lo que dice y lo que hace?

EMILIO.-  Fíjese que le han gustado Los diez mandamientos.

MARÍA IGNACIA.-  ¿A usted, no?

EMILIO.-  Por Dios, señorita. No olvide usted que yo trabajé con Rambal que sabía de eso más que nadie. Cuando vi lo del paso del Mar Rojo, me entró tal risa que pienso confesarme.

MARÍA IGNACIA.-  Pues a mí, la verdad...

EMILIO.-  Ahora parece que van a estrenar otra mucho más larga, que dura día y medio. Aconsejan que se lleve uno muda y cepillo de dientes. No sé dónde vamos a parar. Las películas cada vez más grandes y las comedias cada vez más chicas...  (Suena el timbre del servicio.)  Perdóneme.

 

(Y hace mutis por la izquierda. MARÍA IGNACIA curiosea un momento la habitación. EMILIO regresa enseguida.)

 

MARÍA IGNACIA.-  ¿Se arregló ya?

EMILIO.-  Casi... pero tome las entradas, por si lleva prisa y no puede esperarle.

MARÍA IGNACIA.-  Sí, sí, le esperaré. Lo del Premio Saturno no comienza hasta las diez y media.

EMILIO.-  ¿Es uno de esos premios que se conceden a los postres?

MARÍA IGNACIA.-  Justo, Emilio. Éste es a la mejor novela de angustia del año.

EMILIO.-  Estas comidas despistan mucho. En el consomé, por ejemplo, el favorito es José Gómez, y apenas han empezado a servir la lubina, resulta que ya no es él, sino Juan Fernández. Juan Fernández se las promete muy felices y de pronto, zas, el plato de pollo y a freír espárragos Fernández. Vienen los espárragos y el candidato es Antonio Gutiérrez y así van cambiando, hasta que, a la hora del café, resulta que le dan el premio a un señor de Crevillente que estaba escuchando la radio en ese momento y que ni se había presentado siquiera. ¿Y es grande el premio? Porque los hay de cien y de doscientas mil...

MARÍA IGNACIA.-  ¿Éste de hoy? No, un objeto de arte nada más. Es lo que tiene de original el Saturno.

EMILIO.-  Don Adrián fue jurado una vez del Premio Hércules. ¿No se acuerda la señorita?

MARÍA IGNACIA.-  Pues no.

EMILIO.-  A la mejor comedia extranjera sin toxicómanos. Se declaró desierto.

 

(ADRIÁN entra por la izquierda. Viste un traje claro, en el que detonarán el brazalete y la corbata negra.)

 

ADRIÁN.-  Hola, Pulguita.

MARÍA IGNACIA.-   (Le besa cariñosamente.)  Pero, tío Adrián: ¿de luto aún?

ADRIÁN.-  El lunes se cumple el primer mes del estreno. Pienso llevarlo hasta entonces.

MARÍA IGNACIA.-  Me parece una exageración.

ADRIÁN.-  «Matías Sanjulián» era como un hijo mío.

MARÍA IGNACIA.-  Bueno, bueno, allá tú.

 

(EMILIO hace mutis por la izquierda.)

 

ADRIÁN.-  ¿Te dio Emilio las invitaciones?

MARÍA IGNACIA.-  Sí, sí. Aquí las tengo.

ADRIÁN.-  ¿Con quién vas, si puede saberse?

MARÍA IGNACIA.-  Tú le conoces, tío Adrián, y yo estaba deseando decírtelo.

ADRIÁN.-   (Una levísima pausa.)  ¿Epifanio?

MARÍA IGNACIA.-  A nadie se lo he contado; ni a la tía Pura.

ADRIÁN.-  Te agradezco la confidencia: (Sin ninguna reserva.) Mira, mira... ¿Y te gusta?

MARÍA IGNACIA.-  Estoy estudiándolo. Y dudo... Pero, por lo menos, me interesa.

ADRIÁN.-  Es natural.

MARÍA IGNACIA.-  No es fácil conocerle, porque tiene una capa de cinismo que lo enmascara un poco. No sé de qué grosor es. El cinismo, si es profundo, asusta; si es superficial, resulta divertido.

ADRIÁN.-  El cinismo y la crueldad son dos defectos para los que se necesita un poco de inteligencia y eso le da cierto prestigio literario. ¿Te ha dicho que te quiere?

MARÍA IGNACIA.-   (Se ríe.)  Sí, varias, veces.

ADRIÁN.-  ¿Y tú a él?

MARÍA IGNACIA.-  Yo, no.

ADRIÁN.-  ¿Y por qué? ¿No le quieres?

MARÍA IGNACIA.-  Sin tu venia, no.

ADRIÁN.-   (A medias asombrado, a medias irónico.)  ¿Cómo, cómo...?

MARÍA IGNACIA.-  Epifanio se portó mal contigo. Y yo no soy capaz de decirle nada agradable mientras tú no le perdones.

ADRIÁN.-  Caramba, María Ignacia. Te lo agradezco mucho. Pero por mi indulto, que no quede.

MARÍA IGNACIA.-  Si un día subiese a verte, ¿le pondrías mala cara?

ADRIÁN.-  ¿Por qué? Viniendo a través de ti, llegaría purificado.

MARÍA IGNACIA.-  Y si subiese ahora mismo, ¿le abrirías la puerta?

ADRIÁN.-  Ajá... ¿Es que está abajo?

MARÍA IGNACIA.-  En realidad, donde está es arriba, en el descansillo, esperándome. No tiene que subir, sino que bajar, pero el que llegue aquí, subiendo o bajando te es lo mismo, ¿no?

ADRIÁN.-    (Magnánimo.)  Claro, claro.

MARÍA IGNACIA.-    (Con monería. Tímidamente.)  ¿Le aviso?

ADRIÁN.-  Avísale.

 

(MARÍA IGNACIA le sonríe, desde la puerta hace mutis. ADRIÁN, a EMILIO que llega por la izquierda.)

 

¿Sabe quién va a entrar por esa puerta dentro de un segundo, Emilio? Epifanio el futuro de María Ignacia, mi sobrina. ¿Qué le parece?

 

(EMILIO no tiene tiempo de contestar lo que le parece. EPIFANIO entra remolcado por MARÍA IGNACIA. Viste, un traje oscuro.)

 

EPIFANIO.-  Hola, don Adrián.

ADRIÁN.-  Hola, hombre.  (Silencio.)  Pasa, Pasa... Siéntate.

EPIFANIO.-    (EPIFANIO le obedece. EMILIO se va por la derecha con aire ofendido.)  Muchas gracias.

ADRIÁN.-  Y enhorabuena por tu éxito.

EPIFANIO.-  ¿La ha visto usted?

ADRIÁN.-  No, todavía no. Pero pienso verla.

EPIFANIO.-  Avíseme cuando quiera: le dejaré un palco.

ADRIÁN.-  No, no. Tomaré una butaca. Hay que predicar con el ejemplo. Me contaron el tema. Es atrevidillo.

EPIFANIO.-  ¡Bah!

ADRIÁN.-  Un comerciante fuerte como un roble, natural de Palencia por añadidura, y que aguanta que su mujer le toree con el médico del Seguro de Enfermedad.

EPIFANIO.-  Es un drama social, don Adrián.

ADRIÁN.-  Sí; sí, pero a pesar de eso... a mí no me hubiera extrañado que el público...

MARÍA IGNACIA.-  Pues reaccionó muy bien.

ADRIÁN.-  Ya, ya. Es evidente...  (Transición.)  ¡Ay! No se puede olvidar que, don Pedro Calderón de la Barca está haciendo méritos para entrar en la Nato.

MARÍA IGNACIA.-  Te gustará mucho, tío.

ADRIÁN.-  ¿Cuándo es la cien?

MARÍA IGNACIA.-   (Rápido.)  El nueve por la tarde.

ADRIÁN.-    (ADRIÁN no deja de subrayar con una leve sonrisa la precisión de MARÍA IGNACIA.)  Bueno, hombre, bueno...  (Se queda un momento pensativo mirando a EPIFANIO, con un aire que no se sabe bien si de aprobación o de melancolía.)  La verdad es que no es nunca fácil que los jóvenes y los que ya dejamos de serlo nos entendamos. Nosotros empeñados en creer que nos llevamos a la tumba todo el talento que hay en el país, vosotros, convencidos de que sólo cuenta el que traéis.

MARÍA IGNACIA.-  No digas eso, tío Adrián.

ADRIÁN.-  Estad tranquilos, triunfaréis siempre. ¿Y, sabéis por qué? Porque la juventud tiene enamorado al tiempo como la Rosina de El barbero de Sevilla, a su tutor. Y el tiempo os da todos los gustos, todas las locuras que le pedís. Acabaréis saliéndoos con la vuestra. Con el arte abstracto, con la música dodecafónica, con Beckett... En fin.

MARÍA IGNACIA.-   (Risueña.)  En fin, ¿qué tío Adrián?

ADRIÁN.-  Que es ley de vida que los jóvenes nos roben las sonrisas de las mujeres y los aplausos, las dos cosas que valen más en la tierra. Y que es inútil rebelarse contra esa ley.

MARÍA IGNACIA.-  Tío Adrián, nada de ponerse triste.

EPIFANIO.-  Yo quería decirle que El caso de Matías Sanjulián, a mí me ha gustado mucho.

ADRIÁN.-  ¿Sí? Vaya, hombre.

EPIFANIO.-  Y que yo fui de los que aplaudieron.

ADRIÁN.-  Dirás en todo caso, el que aplaudió.

MARÍA IGNACIA.-  ¡Huy, no exageres! Fuimos muchos, y uno de ellos, desde luego, Epifanio, que yo lo vi.

ADRIÁN.-  Pues... muy agradecido.

EPIFANIO.-  No; no. La escena del segundo acto me parece un acierto.

ADRIÁN.-    (Halagado pero deseoso de que no se le note.)  ¿Cuál? ¿La escena con el capitán de Intendencia?

EPIFANIO.-  Sí.  (Con el aire del técnico que sopesa una materia delicada.)  Tiene fuerza y se dicen unas cosas... Yo la oí elogiar mucho en el entreacto.

ADRIÁN.-  ¿Ah, sí?

MARÍA IGNACIA.-  Si no, no lo diría. Epifanio es muy sincero.

ADRIÁN.-  Ya, ya... ¿Y qué? Preparas algo nuevo; supongo.

EPIFANIO.-  Pues mire, la verdad, sí.

ADRIÁN.-  ¿Comedia, drama?

EPIFANIO.-  Drama, por Dios, ¡espero que no!... Preparo una comedia rosa.

ADRIÁN.-  Vaya, hombre. ¿Abandonas las barricadas?

EPIFANIO.-  No hablo de proyectos literarios, sino personales, don Adrián.

ADRIÁN.-  Explícate.

EPIFANIO.-  Preparo mi matrimonio con María Ignacia.

ADRIÁN.-  Caramba.

EPIFANIO.-  Si consigo convencerle a usted.

ADRIÁN.-  No, querido, a mí, no. A ella.

EPIFANIO.-  María Ignacia me dice que a usted.

ADRIÁN.-  Si se tiene convencida a la novia no sé para qué demonios se necesita convencer al tito.

MARÍA IGNACIA.-  Me hace feliz oírte.

 

(Suena el teléfono. EPIFANIO que está cerca de él instintivamente lo coge.)

 

EPIFANIO.-  Sí, la casa de don Adrián Villalobos. ¿Quién es?... Un segundo.  (A ADRIÁN.)  Es alguien de la Fox...  (Hace ademán de pasarle el aparato. ADRIÁN lo rechaza y le invita al mismo tiempo a que se entere de lo que quiere.)  Dígame lo que sea... Sí, sí... conforme... Aguarde un momento.  (A ADRIÁN.)  Que acaba, de recibir un cheque en dólares con los derechos de Nubes de verano, que si lo manda o si prefiere cobrarlos en Suiza.

ADRIÁN.-    (Excitadísimo.)  ¡Por Dios, en Suiza no!

EPIFANIO.-  No, no. Es mejor que...

ADRIÁN.-   (Toma el aparato.)  Soy Villalobos. Encantado... No, no... El chequecito lo lleva usted al Instituto de Moneda, ¿comprende usted?  (Entretanto MARÍA IGNACIA y EPIFANIO se acercan y se hablan en voz baja amorosamente.)  Para que no haya bromas, y el total me lo ingresa usted en mi cuenta corriente. ¿Entendido? Muy bien, muy bien... Pues muchas gracias, mister Johnson. Adiós.   (Y cuelga.) 

MARÍA IGNACIA.-  Tío Adrián, has estado simpatiquísimo. Nos marchamos.

ADRIÁN.-  Como gustéis.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Quieres que te telefonee lo del Saturno?

ADRIÁN.-  No, no me apasiona tanto. Además, he de ver a Roberto.

MARÍA IGNACIA.-  Hasta mañana, entonces.

ADRIÁN.-  Hasta mañana.

EPIFANIO.-  Don Adrián, yo...

ADRIÁN.-  Tú, ¿qué?

EPIFANIO.-  Usted sabe que para mí, de los de más de cincuenta años... no hay nadie que le iguale.

ADRIÁN.-  Vaya, hombre. Te lo agradezco.

EPIFANIO.-  Buenas noches.

ADRIÁN.-  Buenas noches.

 

(Hace mutis por la derecha. MARÍA IGNACIA se queda como rezagada unos segundos en el umbral, mientras EPIFANIO sale. Después se acerca a ADRIÁN.)

 

MARÍA IGNACIA.-  ¿Verdad que no es malo?

ADRIÁN.-  Seguramente, no, María Ignacia.

MARÍA IGNACIA.-  ¿Serás mi padrino, verdad?

ADRIÁN.-  Cuenta conmigo.

MARÍA IGNACIA.-   (Le besa.)  Te adoro, tío Adrián.

ADRIÁN.-  Adiós, Pulguita.  (Mutis de MARÍA IGNACIA. ADRIÁN queda un segundo pensativo.)  ¡Emilio!

EMILIO.-  Mándeme el señor.   (Trae un periódico de la noche y se lo entrega.) 

ADRIÁN.-  ¿Cuándo se estrenó la comedia de Epifanio?

EMILIO.-  El 28 de octubre, creo.

ADRIÁN.-  Entonces...  (Cuenta con los dedos y rezonga para sí.)  ¿Qué demonio es eso de que celebran las cien el nueve? Le meten de clavo quince representaciones... Vaya con los de la nueva ola. Empiezan como nosotros... Sáqueme el abrigo, ande.  (Y abre el periódico allí por donde suele andar la sección de teatros. De pronto hace un gesto de asombro.)  ¡No!  (EMILIO entra con el abrigo.)  No es posible.

EMILIO.-  ¿Pasa algo, señor?

ADRIÁN.-  Supongo que esta noticia no la habrá mandado usted al periódico.

EMILIO.-  ¿Qué noticia?

ADRIÁN.-  «Hoy por la mañana han contraído matrimonio en la iglesia del Perpetuo Socorro, la bellísima actriz Nany Castellanos y el conocido industrial don Roberto Páez. La boda se celebró en la más estricta intimidad».

EMILIO.-  Le juro, señor, que yo no tengo nada que ver con todo eso.

ADRIÁN.-  No es necesario que me lo jure.  (Transición.)  Para que se fíe uno de los compañeros de colegio. ¡Qué desvergüenza!

EMILIO.-  Pero ¿el señor no sabía nada?

ADRIÁN.-  Hombre, yo sabía que a don Roberto, Nany le parecía el non plus ultra. Claro; por eso había desaparecido el muy bergante. Llévese, llévese el abrigo. Iba al Mirlo Blanco a ver si lo encontraba.

EMILIO.-  No doy dos pesetas por la felicidad de don Roberto.

ADRIÁN.-  ¡Bah! Nos empeñamos en creer que la felicidad viaja siempre por la carretera real. ¡Tantas veces prefiere los caminos vecinales...!

EMILIO.-  Vea, como todos se casan.

ADRIÁN.-  ¿Y qué, hombre? Usted ignora la cantidad de matrimonios que han fracasado la noche del estreno y a los que no se les han dado las cien representaciones.

EMILIO.-  Sí, pero si sale bien es lo mejor del mundo.

ADRIÁN.-  O lo peor, si sale mal. Y en todo caso, ¿quién le manda a uno exponerse?  (Transición.)  El matrimonio... el matrimonio...

EMILIO.-  Una mujer, señor, al lado de uno...

ADRIÁN.-  Una mujer, sí, claro, ¿quién lo duda? es un encanto, pero llega un momento en que nos dice adiós con el pañuelo desde la ventanilla del tren y nos deja en la estación con el que vende las cervezas... o sigue a nuestro lado y engorda y empieza a roncar; lo cual es más grave.  (Entretanto, EMILIO prepara la mesa.)  ¿Qué hace, Emilio?

EMILIO.-  ¿Es que no va a comer?

ADRIÁN.-  Pues... no. Ando con poco, apetito...

EMILIO.-  Aliméntese, señor, y déjese de chiquilladas.

ADRIÁN.-  Más gente ha muerto de comer mucho que de comer poco.

EMILIO.-  Sí, pero de aquellos todavía algunos se salvan.

ADRIÁN.-  No, de verdad, Emilio. Le agradezco el interés pero no me insista.

EMILIO.-  ¿Se encuentra mal?

ADRIÁN.-  Estoy aburrido, eso es todo. Hace unos meses, ¿se acuerda?, me hablaba de la hiperclorhidria y de los cálculos del riñón como anuncio de la vejez.

EMILIO.-  ¿Nota algún síntoma el señor?

ADRIÁN.-  ¿De eso? Ninguno...

 

(Mutis un tanto enigmático de EMILIO.)

 

Pero la vejez la anuncia, en ocasiones no el dolor físico, sino un pájaro inmenso que mueve sus alas, sus grandes alas, lentamente, que tiene su nido en el horizonte y que vuela hacia nosotros. ¿Sabe qué pájaro es ése? El hastío. Todo aquel que cumplió cincuenta años lo vio pasar alguna tarde delante de su ventana.  (Ahora se da cuenta de que EMILIO se había ido.)  Anda, demonio, estaba hablando a las paredes... ¡Emilio! Venga para aquí, hombre... Me siento en vena de confidencias...  (Transición.)  ¿Será con las paredes con lo que están condenados a dialogar los solteros... o los viejos...?  (Oye a EMILIO hablar y se extraña.)  ¿A quién telefonea usted, Emilio?  (EMILIO no contesta. ADRIÁN vuelve a coger el periódico. Parece dispuesto a leerlo, pero EMILIO entra por la izquierda en una actitud tan rara que ADRIÁN se intranquiliza.)  ¿Qué le sucede, Emilio?

EMILIO.-  Acabo de avisar a doña Pura.

ADRIÁN.-  ¿Por qué?

EMILIO.-  Cuando al señor le dio el ahogo hace cerca de un año, me aconsejó mucho que, si le repetía, le avisase inmediatamente.

ADRIÁN.-  De acuerdo, pero a mí no me ha dado ahora ninguno, que yo sepa.

EMILIO.-  Como aquel, no; pero me parece que el que le estaba dando era más grave y que doña Pura, que tanto quiere al señor y que es tan buena, a lo mejor se lo curaba.

ADRIÁN.-  ¡Emilio!

EMILIO.-  Señor: usted está enfermo, sin saberlo, de soledad. Es un mal espantoso, pero que se remedia fácilmente.

ADRIÁN.-  ¡Emilio!

EMILIO.-  Doña Pura le quiere, está enamorada de usted. ¿No lo ha notado?

ADRIÁN.-  ¿Qué disparates son esos?

EMILIO.-  Yo la vi la otra vez. Sólo una mujer enamorada le cuida como ella. Y ahora, siento que no haya oído el grito que dio por teléfono.

ADRIÁN.-  Pues le vas a decir que...

 

(Suena el timbre de la puerta, nerviosamente.)

 

EMILIO.-  Señor, yo se lo pido. Hágase el enfermo. No me descubra. Es sencillísimo. Mire...  (Él mismo se tumba en el sofá y simula un gesto, como actor que es, bastante expresivo.)  Ya que tiene la suerte de que alguien le quiera, no la desperdicie.  (Suena el timbre.)  Fíjese la angustia, el sufrimiento que revelan esos timbrazos. Es la última oportunidad, señor.  (Dramático.)  Contaré tres antes de abrir. Pero cuando entremos, espero encontrarle a usted ahí  (Señala el sofá.) , y con cara de angina de pecho.

 

(Hace mutis y cierra la puerta detrás de sí.)

 

ADRIÁN.-   (Muerde las palabras.)  Maldito Emilio...

PURA.-   (Desde dentro.)  ¡Adrián! ¡Adrián!  (ADRIÁN con una mirada de contrariedad se desata el nudo de la corbata, y se tumba en el sofá siguiendo las instrucciones que le marcó EMILIO. PURA entra apenas cumplida su pantomima.)  ¿Qué te pasa?

 

(EMILIO, tras ella, se frota maliciosamente las manos. Ya puede sentirse contento. PURA y ADRIÁN no tardarán en casarse, como EPIFANIO y MARÍA IGNACIA, como ya lo hicieron ROBERTO y NANY. Cae rápidamente el...)

 

 
 
TELÓN
 
 

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