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El escultor de su alma

Drama místico en tres autos

Ángel Ganivet

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Algo acerca de Ganivet

El 1.º de Marzo de 1899 se estrenó en el teatro de Isabel la Católica de Granada, un drama místico, original de Ángel Ganivet y titulado El escultor de su alma.

El público, deslumbrado por la brillantez y armonía de una versificación sonora y rotunda, hermana gemela de la que subyuga en las obras de Calderón y Lope, fascinado por la sublimidad de los conceptos que surgían de boca de los actores, cayendo sobre la sala como manantial inagotable de belleza que hería la imaginación y sacudía fuertemente el espíritu, quedó cautivo del poeta desde el principio del drama, y tributó a la obra y al autor una ovación tan entusiasta como no se ha oído otra en el coliseo granadino.

Nadie pidió el nombre del autor, porque era de antemano conocido, ni se pidió tampoco su salida a —4→ la escena, porque quien concibió y dio forma a aquella soberana producción dramática, no pertenecía ya al mundo de los vivos.

La sensación que produjo aquella obra genial, inspirando en el ánimo de los amigos y admiradores de Ganivet y en general de los granadinos, vivísimo deseo de conservarla impresa, me han inducido a publicarla, con lo que juzgo cumplir un deber; pues habiendo tenido la fortuna de que el autor me confiara su obra, enviándome desde Riga para su representación en Granada, el manuscrito original de El escultor de su alma, considero que la obra de que se trata merece ser difundida por medio de la imprenta, a fin de que no permanezca escondida esta valiente y genial tentativa de reconstitución de nuestro teatro, iniciada por un granadino que honra con su nombre el de esta ciudad y el de la patria española.

El escultor de su alma es la única obra de Ángel Ganivet que permanece inédita. Sus demás libros, aunque reducidos a un escaso círculo por lo corto de las ediciones, están ya impresos. Algunos, como Granada la bella, Cartas finlandesas y Hombres del Norte, los publicó en artículos El Defensor de Granada, y son muchos los lectores granadinos que los conservan cuidadosamente. No se halla en el mismo caso la producción dramática, y a satisfacer un deseo general, así como a rendir el debido tributo de admiración al ilustre y malogrado literato, se encamina la publicación de este libro.

Pero quien lo lanza a la publicidad no puede sustraerse al impulso, tan natural como explicable, de hacer algunas indicaciones sobre la producción de Ganivet, escribiendo estas deshilvanadas líneas, para —5→ dar a conocer al lector los rasgos más salientes de aquella insigne personalidad literaria.

Corta y gloriosa fue la vida del escritor granadino: no llegó a alcanzar los 33 años, entre el nacimiento ocurrido el 13 de Diciembre de 1865 y la muerte que tuvo lugar en Riga, el 29 de Noviembre de 1898.

El que tanto había de honrar con sus obras el nombre de Granada, no mostró de niño esas pretensiones impropias de la edad que tanto celebra el vulgo en los niños precoces y que, como son una desviación de la naturaleza, un desarrollo prematuro de las facultades intelectuales, concluyen casi siempre por hacer de los niños célebres, vulgares medianías, cuando no solemnes majaderos.

Comenzó el bachillerato a los quince años de edad, en 1880, y en el Instituto de Granada le conocí yo aquel año, también el primero de mis estudios.

Tal vez porque ni él ni yo habíamos hecho las primeras letras en la escuela, sino en nuestras casas, carecíamos de la acometividad de los demás muchachos del primer año de latín, y un tanto apartados de la general algazara, pronto nos conocimos, congeniamos, y se estableció entre nosotros el vínculo de la amistad más sincera que sin interrupciones ha durado hasta la muerte de Ángel.

La vida escolar de mi amigo fue desde el primer día un triunfo continuado y brillante; era siempre el primero en las clases, pero sin esfuerzo y sobre todo sin pedantería: desde entonces se pudieron apreciar en él dos condiciones sobresalientes en que —6→ se hallaba la fuerza de su producción futura: la independencia del juicio con el horror a las preocupaciones que hacen del hombre moderno un esclavo de las fórmulas, y su buena voluntad para propagar entre los condiscípulos cuanto él sabía y los demás no alcanzábamos.

Como detalle curioso de nuestra vida escolar en el Instituto, recuerdo que por aquel tiempo el autor de los magníficos versos que hacen de El escultor de su alma una de las obras de forma más brillante de nuestro teatro, sentía un profundo desdén por la rima y el metro. El profesor de Retórica quiso un día conocer las facultades poéticas de todos sus alumnos y, quizá con la esperanza de encontrar entre nosotros la crisálida de algún Zorrilla, escribió sobre el encerado, con clara letra, diez palabras que, formadas en columna una debajo de otra, constituían las terminaciones de los versos de una décima.

Para mañana, -nos dijo el catedrático- deben ustedes traer a clase una décima, y para ahorrarles el trabajo de los consonantes, ahí los tienen ustedes en el encerado. Todo se reduce a un trabajo de relleno que no puede ser más fácil.

Al día siguiente, no se reveló ningún poeta; pero se vio a cuanto alcanza la resistencia de una casa ruinosa, porque a pesar del diluvio de ripios que cayó aquella mañana sobre la clase de Retórica, el Instituto no se hundió.

Sólo un pequeño grupo de estudiantes no tomó parte en el concurso. Entre ellos figuraba Ganivet, que nos sorprendió con su retraimiento, y lo explicó en estas sustanciosas palabras:

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-Para decir tonterías en verso, mejor es escribir prosa, o no escribir ni en prosa ni en verso, que es lo que yo hago.

Bachiller por oposición en 1885, estudiante pensionado luego en las facultades de Filosofía y Letras y Derecho, Ángel Ganivet se fue formando una vasta y sólida cultura, cuyo fondo eran los clásicos griegos y latinos. Cuando salió de nuestra Universidad en 1890 con sus títulos por oposición en las dos facultades, Ganivet era un perfecto humanista, y como al mismo tiempo había vivido en continuo contacto con la naturaleza y con la gente del pueblo en su casa molino de las afueras de la ciudad, el humanista era un hombre completo, tan apto para ganarse la vida en clase de maestro de molinería, como para presentarse a disputar los cargos académicos en pública oposición.

Como a casi toda la juventud de nuestro tiempo, la Corte atrajo a Ganivet, quien levantó el vuelo apenas terminó sus estudios de Facultad. En este periodo, pierde mi memoria el rastro de Ganivet, de quien sé que pasó en Madrid trabajos que quizás hubieran dado en la sepultura con otra naturaleza menos fuerte, y en la degradación con otro espíritu menos templado que el suyo; que ganó en la Central, mediante oposición lucidísima el título de Doctor en Filosofía; luego y también por oposición, una plaza del Cuerpo de Archiveros, y por último, su ingreso en la carrera consular, en Febrero de 1892 en cuya fecha salió para Amberes, terminando con esto lo que pudiéramos llamar periodo preparatorio del insigne escritor y filósofo, que desde París envió su primer artículo a El Defensor de Granada, al que —8→ consagró desde entonces todas sus obras magistrales que eran susceptibles de publicación en esta forma periódica.

Cuando su nombre era ya conocido como el de un literato genial e insigne, muchos diarios españoles y extranjeros solicitaron su colaboración con verdadero empeño; pero él rechazó todas las proposiciones fiel a su propósito de dedicar a Granada los frutos de su ingenio y mostrarlos a sus paisanos desde las columnas de El Defensor, que consideraba como su propia casa.

De la estancia de Ganivet en Madrid, otros amigos que por aquel tiempo vivían en la Corte, cuentan detalles un tanto extraños que yo no he podido ni quiero poner en claro. Tal vez en alguno de esos detalles, convertido después por la fuerza de las circunstancias, y sobre todo por la nobleza nativa de nuestro insigne compatriota, en eje de su vida misma y preocupación constante de su espíritu, se encuentre el origen y la explicación de su trágica muerte.

A partir de 1892 el horizonte intelectual de Ángel Ganivet se ensancha de una manera prodigiosa; su estancia en Amberes, donde residió por espacio de cuatro años, con frecuentísimos viajes a París, le puso en comunicación directa con Europa. Dotado de asombrosas aptitudes para el estudio de los idiomas, dominó de tal modo el francés, que según él mismo decía llegó a habituarse a lo más difícil para un hombre: a pensar en un idioma que no es el propio. Ganivet se acostumbró a pensar en francés, y —9→ quizás en tan extraordinaria habilidad, se halle el secreto de una de sus más notables cualidades literarias, que es la sutilidad con que desdobla las ideas y las presenta bajo sus más diferentes aspectos con sencillez y desenfado admirables. Además del idioma de Racine en el cual escribió sus más íntimos desahogos pasionales en sonoros y castizos versos franceses, todos inéditos, Ganivet llegó a dominar casi todas las lenguas del Norte, y poseedor de este gran instrumento científico, pudo estudiar sin intermediarios, directamente, una inmensa variedad de autores que para la generalidad de los españoles son perfectamente desconocidos, o lo que quizás es peor, se conocen a través de las traducciones y los comentarios franceses, casi siempre tan acertados por lo que se refiere a las cosas del norte, como las famosísimas invenciones de manolas de navaja, toreadores, etc., etc., con que nuestros vecinos transpirenaicos han desfigurado a España para presentarla vestida de máscara a los ojos de Europa. Así nuestro autor pudo hacerse cargo de costumbres, hombres y producción literaria con verdadera serenidad de juicio, llegando por sí mismo al fondo de las cosas, y presentándolas tal como él las observaba: embellecidas por su temperamento de artista, realzadas por la comparación con las análogas de su patria, con la sencillez y amenidad que tanto cautivan en Granada la bella y Cartas finlandesas.

Supo Ganivet amoldarse al medio a que le llevó su carrera con facilidad maravillosa; pero al mismo tiempo que perfeccionaba su espíritu con inmenso caudal de observaciones y de estudios, supo hacer la obra, verdaderamente difícil, de adaptarlos a su —10→ propio temperamento, en tal forma que debajo de todos sus conocimientos, constituyendo su fondo doctrinal, se percibe siempre la filosofía y la moral de Séneca, que es su verdadero maestro; y bajo toda la balumba de escritores contemporáneos franceses, ingleses, alemanes, suecos, rusos, etc., siempre quedan intersticios por donde suben a la superficie, eternamente lozanas y frescas las flores peregrinas de las literaturas clásicas, y las soberanas creaciones del genio español.

La originalidad, el encanto de las obras de Ganivet, se hallan precisamente en ese don maravilloso de su espíritu que le permitió asimilarse tan variada cultura sin menoscabo de su personalidad. Fue europeo, sin dejar de ser español; antes bien, fortificando más y más su españolismo a cada bocanada de viento de fuera que recibía en pleno rostro.

Los viajes, las observaciones directas hechas sin prejuicio alguno, y su actividad incansable para el estudio, fecundado, claro es, todo ello por un talento extraordinario y por una fuerza de asimilación intelectual inmensa, formaron en poco tiempo la personalidad literaria de Ángel Ganivet; y cuando el escritor granadino hace sus primeras asomadas al palenque artístico, adviértese bien que sus armas tienen un temple excelente, que bajo ellas hay un espíritu de extraordinario vigor, que el nuevo combatiente lleva el bastón de mariscal, no en la mochila, como los soldados de Napoleón, sino muy a la mano; y que si no lo empuña desde luego en la diestra, débese más a desprecio de las jerarquías, por lo que tienen de formalismo vano, que a falta de alientos para blandirlo.

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Cuando Ganivet vino de Amberes a Granada en el verano de 1895, fue a dar con sus huesos, casi acabado de bajar del tren, en el Centro Artístico, de grata memoria, que ya entonces empezaba a dar las boqueadas recluido en un entresuelo insignificante de la Plaza Nueva. Allí nos vimos, al cabo de seis años de ausencia, una noche de las próximas al Corpus. Ángel Ganivet estaba ya entonces completamente formado: su saber se desbordaba en una conversación atrayente, curiosísima, que dejaba embobados a los oyentes. Por aquellos días, en el Centro, en la redacción de El Defensor, en cuantos sitios se instalaba la inolvidable tertulia, el cónsul de España en Amberes llevaba todo el peso de la conversación y se veía y se deseaba para contestar con la premura que exigía la impaciente curiosidad de sus amigos, el diluvio de preguntas con que le acosábamos. Cuestiones de arte, de política, de filosofía, costumbres exóticas, literaturas extranjeras, a todo se le pasaba revista como en un cinematógrafo, y tengo para mí que ante otro espíritu menos benévolo, pacienzudo y eminentemente pedagógico que el de Ángel Ganivet, hubiéramos parecido sus interlocutores bandada de chiquillos sin seso, o grupo de salvajes, por nuestra insaciable curiosidad, que se mostraba con inconscientes saltos de mono desde una a otra de las más distantes ramas del frondoso árbol de la sabiduría.

Desde entonces Ganivet, fue para sus amigos de Granada, lo más parecido a un oráculo, y surgió en todos el deseo de ver traducido en obras tan vasto saber y tan curiosas noticias; y como al mismo tiempo su inteligencia estaba ya en sazón para producir, —12→ nuestros deseos no cayeron en saco roto y aquel mismo año empezó a figurar en El Defensor la firma del genial escritor, cuya colaboración asidua a partir de tal fecha, constituye para dicho periódico, preciado timbre de gloria.

El 4 de Octubre de 1895 apareció el primer artículo de Ganivet fechado en París y en el que se daba noticia crítica de dos libros famosos: Lourdes de Zola y Jerusalem de Pierre Loti; al mes siguiente envió desde Amberes otros dos sobre Arte gótico uno, y el otro titulado Socialismo y música, que produjeron entre los intelectuales granadinos un movimiento general de curiosidad hacia la nueva firma, sentimiento que se convertía al año siguiente, al publicarse la primorosa colección de artículos Granada la bella, en sincera admiración y legítimo orgullo. Granada contaba con un literato insigne, y genuinamente granadino, como lo proclamaba aquella obra, que muchos consideran la mejor de nuestro paisano, y que desde luego es la más espontánea y más fresca de cuantas hacen imperecedero su nombre.

En todas las obras de Ganivet, salvo las de índole meramente crítica, hay un pensamiento fundamental que el autor nos va mostrando bajo aspectos diferentes y siempre bellos; pensamiento de honda y trascendental filosofía del cual nunca se separa el espíritu del escritor, ávido de inculcarlo a los lectores: el alma humana posee una fuerza creadora casi omnipotente y su verdadera misión no es otra sino la de obrar sobre sí misma para su propio perfeccionamiento.

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Esta labor interna de auto-creación y de robustecimiento moral, puede decirse que constituye el leitmotiv de las obras de Ganivet, y alcanza su mayor desarrollo en Los trabajos de Pío Cid, obra originalísima de la que sólo se han publicado dos tomos, quedando sin escribir lo más interesante de ella.

Ese pensamiento de la creación espiritual que en Los trabajos toma formas prácticas, y se nos muestra reducido al círculo familiar y de relaciones íntimas del infatigable creador, como se le denomina en la portada del libro, alcanza extraordinarios vuelos y formas estéticas valiosísimas en El escultor de su alma, donde ya el círculo se estrecha más y el creador, que en esta otra obra es Pedro Mártir, actúa sobre su propio espíritu en un anhelo infinito de perfección que nunca alcanza, hasta que purificado por el dolor, que es para Ganivet (y en esto tiene nuestro autor parentesco muy próximo con los místicos del Siglo de Oro), el verdadero crisol de la vida, fuego, yunque y martillo con que Pedro Mártir quiere forjar su alma ideal, logra la dicha de morir esculpido en forma eterna, de obtener el reposo después de una vida de lucha constante, abismándose en la con templación del ideal de Belleza, que simboliza su hija Alma.

Del propio modo que en Los trabajos y El escultor, muéstrase el mismo pensamiento fundamental en las demás obras de Ganivet, si bien bajo otros aspectos más interesantes si cabe que en las obras citadas. Así, en La conquista del Reino de Maya, Pío Cid construye un estado social aprovechando la materia prima que le ofrece un pueblo joven y cándido.

En Idearium español, obra importantísima de filosofía —14→ política en la que el autor se eleva a prodigiosas alturas en una admirable concepción sintética de la Historia, el trabajo de auto-creación se encomienda a las energías propias de la raza española, y en la restauración del espíritu español que hace cuatro siglos se escapó de España, es donde encuentra el insigne hijo de Granada la única forma de redención posible para este desventurado pueblo que hoy se agota por no encontrar nuevos ideales con que sustituir los que ya cumplió hace siglos en la Historia de la Humanidad. Por último, en la obra más espontánea y más fresca de Ganivet, en Granada la bella, la idea fundamental se desdobla en otro aspecto no menos interesante, sugestivo y amable, que el autor expresa en el primer capítulo de lo que pudiéramos llamar Estética de las ciudades, diciendo que va a exponer los principios «de una ciencia o arte desconocidos hasta el día, y que este arte nonnato puede ser definido provisionalmente como un arte que se propone el embellecimiento de las ciudades por medio de la vida bella, culta y noble de los seres que las habitan».

Como fácilmente se alcanza por esta enumeración, las obras de Ganivet, dejando aparte las meramente literarias, como son Hombres del Norte y Cartas finlandesas, tienen entre sí estrecha conexión; unas a otras se complementan y es necesario leerlas todas para atisbar cual es el verdadero alcance y significación de muchas afirmaciones que, aisladas, pueden resultar extravagantes y aún incomprensibles para un lector frívolo. De la grandeza de la idea fundamental en que participan todas, nace la necesidad de leerlas despacio, con detenimiento y atención. —15→ Diose en ellas Ganivet todo entero a sus lectores, y sus libros hacen meditar mucho y hondo.

De aquí nace la atracción irresistible que ejercen sobre el espíritu: la curiosidad se despierta hábilmente y después se satisface con un raudal inagotable de ideas; a veces, cuando ya se llega a tocar casi la solución del problema que embebe nuestro ánimo, Ganivet no concluye el cuadro o lo termina con una pincelada de misterio, que nos deja entre nieblas y vaguedades, y nos hace experimentar una sensación penosa, como la del viajero que después de fatigosa ascensión a elevadísima cumbre, no encontrase ante sus ojos el panorama abierto que esperaba, sino otro monte más agrio, más vertical y más sombrío que limitara a pocos metros el horizonte.

En obras tan profundas, el misterio es inevitable: la razón, como los pulmones, sólo puede ejercitarse libremente hasta ciertas alturas; excedidas estas, el organismo muere, y la razón se extravía.

Ganivet no era un teórico ni un sofista; era un hombre que cuando se convencía de la verdad de un principio, sobre prestarle su adhesión intelectual, hacía todo lo posible por llevarlo a la práctica.

He aquí un hecho que demuestra plenamente la verdad de esta afirmación.

Como la mayoría de los pensadores modernos que se apartan de la vulgaridad, el autor del Idearium entró en la gran corriente de protesta contra la actual organización de la propiedad, corriente que hoy conmueve al mundo. Mostrábase decidido adversario de ella, y a diferencia de la turba-multa de reformadores —16→ que predican la liquidación y el reparto, a reserva y sin perjuicio, como dice la conocida fórmula, curialesca, de barrer hacia adentro todo lo posible, Ganivet, sin predicar nada, con la tranquilidad senequista que formaba su idiosincrasia intelectual y moral, se vino a Granada, buscó a un notario, pagó los derechos correspondientes a la Hacienda, y donó cuanto le correspondía de la herencia de sus padres a sus hermanas. Él se daba por suficientemente heredado con la educación superior que había recibido.

Rasgos de esta índole, de perfecta ecuación entre los principios morales que profesaba y su conducta, hay muchos en su vida. Por esto a la generalidad de las gentes, esclavas del formulismo, parecía Ganivet un extravagante, y era preciso conocerlo a fondo para apreciar en todo su valor la valentía de su proceder, y la habilidad suma con que, sin ceder un ápice de sus convicciones, supo no molestar jamás a los que no participaban de ellas; antes bien entre los adversarios jurados de sus teorías, encontró entrañables amigos y fervientes admiradores.

La pasión por el trabajo, la incansable actividad para la producción literaria y filosófica, fueron la forma práctica con que se tradujo en la vida del autor el pensamiento fundamental de sus obras, la auto-creación a que me refería poco antes; y ya que vuelvo sobre el tema, pareceme, oportuno decir que aquel principio tan fielmente observado en la práctica, no condujo al llorado amigo ni a las arrogancias del superhombre preconizadas por el filósofo que ha trastornado más cabezas en estos tiempos, ni al aislamiento, y la concentración en su propio espíritu. Aunque no muy devoto de la ley de las mayorías, aunque con la —17→ energía moral suficiente para quedarse sólo en la profesión de un principio sin experimentar terrores, la frase de Ibsen el hombre es más grande cuando está más solo, no se ha escrito para Ganivet. Buscaba su espíritu la comunicación activa con otros espíritus, gustaba de la contradicción y de la propaganda, y siendo por extremo tolerante huía de imponer a nadie sus criterios, limitándose a despertar en todos el afán del trabajo, del perfeccionamiento espiritual, que cada uno debía emprender desde sus privativos puntos de vista, y sin abdicar de las convicciones sinceramente profesadas.

La tendencia expansiva de aquella inteligencia superior, espoleó en Granada a no pocos, que poseyendo brillantes cualidades para las letras y las ciencias, necesitaban un impulso extraño para salir de sus ensueños y vaguedades. Este impulso, vencedor de la crónica abulia granadina, lo dio Ganivet, y de sus conversaciones al aire libre ante la Cofradía del Avellano mientras estuvo en Granada, y de la correspondencia que constantemente sostenía con todos desde el extranjero, surgió en nuestra capital una especie de renacimiento que murió en flor, y se deshizo en lamentaciones al morir Ganivet. ¡Quién puede calcular la pérdida enorme que para el movimiento literario granadino representó su muerte!

En el periodo de tres años desde 1896 a 1898, las letras granadinas adquirieron considerable impulso de que dan claro testimonio las colecciones de El Defensor de aquella época, cuyas páginas contienen infinidad de trabajos, muchos de singular mérito, debidos al estímulo de Ganivet sobre sus paisanos y amigos.

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De entonces acá, hemos vuelto a la afición platónica, y los escritores que tanto se estimularon entonces, parece que cayeron a los profundos abismos del prosaísmo cuotidiano: a la lucha por el pan los que viven de su trabajo en profesiones tan opuestas al arte como la burocracia, los registros, las notarías, la medicina o el foro; a la bonhomie contemplativa e infecunda los que tienen asegurado el garbanzo por sus medios de fortuna. El afán de leer, y más todavía el de escribir, han menguado desde entonces de una manera inverosímil.

La primera obra que publicó Ganivet fue Granada la bella, cuyo capítulo inicial apareció en El Defensor el 23 de Febrero de 1896.

Partiendo de aquel principio fundamental que ya expuse en otro párrafo, Ganivet censura con desenfado y valentía poco comunes la serie de manías que han convertido a las ciudades en campo experimental de los mayores absurdos y truena contra la epidemia de reformas que han pasado casi todas las grandes urbes de Europa y que tarde y con daño ha venido a apoderarse de este humilde rincón granadino.

Las demoliciones y los ensanches, destruyendo a capricho barriadas enteras, tal vez, las más interesantes desde el punto de vista del arte y la arqueología, han quitado a las poblaciones el sello espiritual que supieron imprimirlas sus habitantes, han destruido la fisonomía de cada una para convertirlas a todas en ridícula alineación de casas, manzanas y calles que nada inspiran al sentimiento y a la imaginación, como no sea la idea desconsoladora de la vulgaridad.

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Éste es sólo uno de los puntos de vista de la originalísima Estética urbana que aplicando los principios del sentido común a su amadísima ciudad, creó Ganivet en Granada la bella. La cuestión del alumbrado y la limpieza, la del agua, la de la educación popular, la del arte, en sus diversos aspectos, y con especialidad en sus relaciones con la naturaleza, la casa, los monumentos y la mujer, forman la gradación admirable que eleva en cada capítulo el interés de Granada la bella, que es la obra de un artista, un filósofo y un buen granadino, hecha de una pieza, como vulgarmente se dice, escrita a vuela pluma en dos semanas, y a pesar de ello, brillante y tersa de estilo, cuajada de pensamientos felices, y tratando por primera vez, al menos en España, cuestiones importantísimas de la más diversa índole; pero todas relacionadas íntimamente, como una de tantas fases de la ley universal de armonía, que se muestra así en los dominios de lo meramente ideológico, como en la naturaleza, en la vida individual como en la vida colectiva.

Granada la bella no es sólo una «Estética urbana» es también un ensayo felicísimo de una ciencia que ahora empieza a mostrarse con caracteres propios y a recoger en un sistema de doctrina1 sus materiales antes dispersos, la Psicología colectiva. Ese ensayo, lo aplicó Ganivet a lo que él más directamente tenía experimentado, su ciudad natal, y puede afirmarse que Granada la bella es el más completo y fino análisis del carácter granadino. Aunque las cuestiones se encuentran sólo esbozadas a pincelada larga, en este libro hay materiales sobrados para una construcción científica de excepcional importancia —20→ y extraordinario desarrollo, que seguramente formaba uno de los planes de producción futura que se proponía Ganivet.

Poco más de un año después, a principios del verano de 1897, llegó a Granada, con el autor, un nuevo libro. Era éste La Conquista del Reino de Maya que inicia el ciclo importantísimo de obras en que figura Pío Cid. El primer efecto que produjo La conquista entre los literatos granadinos fue de estupor: Ganivet había dado un salto inmenso, que a muchos pareció salto en las tinieblas.

Sin embargo, y aunque a primera vista no lo parezca, tal vez la génesis de La conquista se pueda descubrir en Granada la bella. El objeto del estudio del autor en las dos obras, es el mismo, la población. Pío Cid, con todos sus caracteres extraordinarios y sus no menos extraordinarias aventuras, dista mucho de ser el protagonista de La conquista; su influencia sobre los negros del África Oriental, entre cuyos lagos se supone el fantástico reino de Maya, se basa exclusivamente en sus dotes de adaptabilidad y merced a ellas, explotando hábilmente el medio donde actúa, gracias a su cultura superior de europeo, Pío Cid va moldeando la masa; pero ésta es en realidad la que se mueve, y la que con sus extrañas contorsiones de pueblo infantil que va poco a poco avanzando por el camino del progreso, teje la interesante y complicadísima trama de esta novela, que bajo la forma de narración de viaje encubre un tratado de Psicología de las multitudes, una crítica despiadada de muchos oropeles a que llamamos —21→ civilización los europeos, y a la vez un sistema completo, dentro de la reducida extensión de la obra, de lo que antes se denominaba colonización y conquista y hoy disfrazamos con las palabras penetración e influencia.

Está ya bastante vulgarizada la idea de que los héroes tradicionales a que la historia primitiva de los pueblos atribuye las grandes hazañas por cuyo influjo las tribus llegaran a constituir la ciudad y las ciudades otros organismos más perfectos, no son sino símbolos; y sus trabajos heroicos, la forma plástica, fácilmente trasmisible a las generaciones futuras, de los grandes esfuerzos colectivos, realizados por muchos hombres y en el trascurso de muchos años y aun siglos para ir consiguiendo estados políticos y sociales más perfectos. Un desarrollo de esta idea en forma novelesca es La Conquista. Pío Cid es el símbolo de la evolución del pueblo Maya, y a afirmarme más sólidamente en esta opinión contribuye en primer término la extraña forma en que se verifica su aparición entre los negros, y la candidez, con que estos se apresuran a ungirlo con los prestigios de lo sobrenatural, y a esparcir por todos los ámbitos de la nación maya la nueva estupenda de la resurrección milagrosa del elocuente Arimí, y su regreso de las sombrías regiones de Rubango, o reino de la muerte.

Así como en Granada la bella se estudia el alma colectiva de un estado social superior, relativamente perfecto y en reposo, en La Conquista el estudio se refiere a una sociedad rudimentaria, que da los primeros pasos y en la cual se ha iniciado el movimiento evolutivo. En esto se encuentra a la vez —22→ la razón de las concomitancias y de las enormes disparidades de las dos obras a que me refiero: el fondo es el mismo; pero lo circunstancial es tan diferente como lo fueron las tribus nómadas de las nacionalidades modernas.

En La Conquista hay mucho que estudiar: instituciones respetabilísimas aparecen en ella puestas en solfa de una manera despiadada. El lector que sólo sepa arañar la corteza del libro recibirá una impresión desconsoladora. Quien logre elevarse sobre sus preocupaciones, hallará en él mucho bueno y encontrará lecciones admirables sobre el justo valor de algunas cosas, que, presentadas completamente en cueros como las presenta Ganivet, descienden desde las alturas de grandeza a que las ha elevado la rutina, a los abismos de ridiculez en que quizás se halle su verdadero lugar. Díganlo si no, la famosa danza de los uagangas, crítica sañuda del parlamentarismo, y la invención de los rujús disección habilísima de las instituciones de crédito.

La conquista concluye con el Sueño de Pío Cid, página hermosísima que quita el amargor de boca y es en pocas palabras una reivindicación completa de nuestros calumniados conquistadores y colonizadores. Pío Cid, vuelto a España, hállase paseando a las altas horas de la noche en uno de los patios del Escorial. Vencido de cansancio tiene una visión: es la sombra de Hernán Cortés que se le acerca familiarmente, y como antiguo conocido le saluda, instigándole a que publique la historia de sus aventuras en Maya.

-«¿A qué bueno pueden servir esos descubrimientos y esas conquistas, que no traen consigo ningún —23→ provecho?- dice Pío Cid. Y la sombra de Cortés le replica:

-«¿Y en qué libro está escrito que las conquistas deban producir provecho a los conquistadores? ¿Qué utilidad trajeron a España las grandes y gloriosas conquistas de todos conocidas y celebradas? Ellas se llevaron nuestra sangre y nuestra vida a cambio de humo de gloria. ¿Qué significa ni qué vale un siglo, dos o cuatro de dominación real, si al cabo todo se desvanece y el más noble viene a quedar el más abatido y el más calumniado? Quizás nuestra Patria hubiera sido más dichosa si reservándose la pura gloria de sus heroicas empresas hubiera dejado a otras gentes más prácticas la misión de poblar las tierras descubiertas y conquistadas y el cuidado de todos los bajos menesteres de la colonización. Por esto tu conquista me parece más admirable. No será útil a España ni debe serlo; pero es gloriosa y no ha exigido dispendios que en nuestra pobreza no podríamos soportar. Los grandes pueblos y los grandes hombres pobres han sido, son y serán; y las empresas más grandiosas son aquellas en que no interviene el dinero, en que los gastos recaen exclusivamente sobre el cerebro y el corazón».

Quien tan hermosos conceptos puso en labios del legendario conquistador que habla en las líneas copiadas como hablar pudiera, al personificarse en un hombre, el espíritu de la raza, era no sólo un filósofo genial y un escritor ilustre; era algo más noble; era un alma justiciera y un gran español.

En este terreno del patriotismo, aquilatado por las largas ausencias de su país, la percepción directa —24→ de la vida en el extranjero, y la comparación entre las cosas de su patria y la de otras naciones, Ganivet alcanza su mayor altura. Tocó de cerca mucho de lo que a nuestros ojos, y por razón de perspectiva se nos antoja maravilla, y lo encontró burdo y tosco, como telón de teatro; por una reacción natural de su espíritu recordó entonces la historia, las instituciones y el carácter de su patria, y las vio en su verdadero valor; ni tan bellas como durante siglos nos las ha presentado un optimismo ciego, ni tan deformes y tristes como los modernos Jeremías las ven ahora, al dar como inevitable en fecha muy cercana la ruina y destrucción de nuestra nacionalidad.

Ausente de su país, el fondo imborrable de españolismo que atesoraba el granadino ilustre adquirió mayor relieve; estudió para su patria y para el honor de su patria como obrero incansable; y más español cuanto más lejos de España le empujaba el destino, escribió la obra más consoladora, y de más noble hermosura, de más sano patriotismo y de más elevada filosofía política que se ha publicado durante el último siglo en nuestro país.

Esta obra es el Idearium español, libro que en poco más de ochenta hojas contiene la sustancia de centenares de volúmenes. La índole de las materias que contiene, la concisión con que están expuestas, pues, el Idearium es un compendio cuyo desarrollo aplazó el autor para más tarde, hacen dificilísimo dar idea de esta obra. Sin embargo, de estas dificultades, he aquí un extracto de extractos, una especie de quinta esencia del bellísimo libro.

Considerando la nación española como un gran ser —25→ que vive en la Historia, dedica el autor la primera parte de su libro a analizar el espíritu nacional en todas sus fases: espíritu religioso, espíritu territorial, espíritu militar, espíritu jurídico, espíritu artístico; y del estudio de estas fases, que el autor explica llevando la convicción al ánimo de quien lo lee, pasa a examinar el desarrollo histórico de la nación y demuestra cómo por un extravío de las aptitudes naturales de nuestro espíritu, independiente y de resistencia como definidamente peninsular, pero contrario al ideal conquistador que su territorio impone a los países continentales, España se lanza a la conquista y realiza una expansión militar como no se conoce otra en la Historia, abarcando con sus únicas fuerzas todo el mundo, y semejando, por ello nuestra política internacional en la Edad Moderna, una rosa de los vientos.

No correspondía ni a nuestras aptitudes ni a nuestras fuerzas obra tan colosal, lograda a costa del empobrecimiento de nuestra vida interior y propiamente nacional que debe tener su asiento en la península, y tras la expansión vino la decadencia representada en un largo Calvario de cuatro siglos, que se inicia apenas llegado el apogeo de nuestro poderío con el descubrimiento y la conquista de América. Extraviado en esta forma el rumbo histórico de la nacionalidad, se pierden unas aptitudes y otras no llegan a su completo desarrollo como ocurre en el arte español cuyo siglo de oro, es solamente un anuncio de lo que hubiera sido el genio nacional desarrollándose en su propia y natural esfera.

España agobiada bajo el peso de sus grandezas llega a la época presente debilitada y empobrecida; —26→ apenas puede sostener el recuerdo de su antiguo esplendor, y sus últimas colonias2 son para ella no un objeto de beneficio, sino pesada carga como lo fueron siempre, porque en el espíritu nacional no encarna la idea de la colonización como la entienden algunos pueblos, limitada a explotar la colonia; sino el sentimiento más noble de la asimilación de las razas y la propaganda de las ideas.

En estas condiciones hay que considerar cerrado nuestro período histórico que arranca de la toma de Granada, abandonar la antigua teoría que computaba la grandeza de las naciones por la extensión de su dominio material y entrar de lleno en otra evolución histórica cuyo principio tiene que ser la reconcentración de las fuerzas nacionales en sí mismas y el desarrollo de todas nuestras energías en el verdadero territorio de la patria, en el viejo solar europeo de donde ha de surgir la nueva fase de nuestra historia y la dominación duradera del genio de España en el mundo mediante la conquista ideal, ante la que son efímeras e infecundas todas las obras cimentadas en la fuerza. Hay que reconstituir en cierto modo la nacionalidad española, precisa la restauración espiritual de España, si hemos de cumplir la noble misión que nos corresponde en la historia futura, la que estaríamos cumpliendo, sin aquella distracción del espíritu territorial: la de constituir un centro de universal cultura que convierta a España en una Grecia cristiana.

Al mismo tiempo que ordenaba Ganivet los materiales —27→ del Idearium y de La conquista, no descuidaba su colaboración asidua en El Defensor, y desde Helssingfors enviaba a este diario sus notabilísimas Cartas finlandesas que comenzaron a publicarse en Octubre de 1896 y terminaron en Julio de 1897.

Ésta es la obra de Ganivet en que hay menos elemento personal, pues se limita a dar noticia a los lectores de sus observaciones acerca de la vida y costumbres finlandesas. Es una obra curiosísima en la que se pone de manifiesto el fino espíritu observador y analítico de Ganivet; aunque por su índole se presta a las descripciones, éstas no abundan en las Cartas, por lo menos en la forma usual y corriente; Ganivet apenas se fija en la superficie de las cosas, no es un colorista; va derecho al fondo, al espíritu de lo que observa, y por esta razón sus descripciones toman, apenas iniciadas, un carácter reflexivo, de comparación de unas cosas con otras, de consideraciones tan luminosas acerca de lo que describe, que el objeto descrito se nos representa rápidamente y en su totalidad, a las primeras pinceladas. Las cartas finlandesas son una descripción orgánica, si cabe el empleo de esta palabra, del país a que se refieren; las cartas segunda, tercera y cuarta son por el asunto, (etnología, teoría constituyente y política general) las que alcanzan mayor altura; la carta vigésima es un admirable estudio de crítica literaria sobre el poema épico finlandés Kalevala, y todas las demás forman con estas, una obra sumamente interesante, de estilo amenísimo, que se apodera del lector desde las primeras páginas, y le interesa de tal suerte que no hay medio de dejar el libro sin llegar al final.

—28→

Una de las cualidades que más asombran en Ganivet, es la fecundidad de su inteligencia: las cuatro obras a que me he referido se escribieron en poco más de un año, desde Febrero del 96 a Mayo del 97; la labor que desde esta fecha hasta Noviembre del 98 realizó el autor, es no menos importante en calidad y cantidad pues a este último período corresponden, además de los artículos que figuran en El libro de Granada, publicado después de su muerte, y escrito en colaboración, los dos tomos de Los trabajos de Pío Cid, las monografías de crítica literaria Hombres del Norte, y el drama a que este incoherente trabajo sirve de prólogo.

Los trabajos son la obra de Ganivet sobre que se ha escrito menos. De un lado la índole de la obra, poco accesible a la primera lectura, y de otro la circunstancia de haber quedado por terminar, explica el silencio de los amigos y compañeros del autor. De Los trabajos puede decirse, como con razón decía uno de los más discretos apologistas de Ganivet refiriéndose a la totalidad de su obra, que puede compararse a una estatua que el escultor hubiera comenzado a labrar por el pie, dejándola sin concluir; sólo se sabe de ella que tiene los pies en dirección a Oriente y que pisa firme. Adivínase por la belleza del fragmento la hermosura que hubiera llegado a alcanzar la obra terminada; pero lo más noble de ella, el contorno del pecho y de la cabeza, la expresión del rostro, quedó para siempre enterrado con el maravilloso artífice.

Los trabajos de Pío Cid es la obra más cuidada de Ganivet; puso en ella el autor sus mayores empeños, y aún parece que trató de reflejar en sus —29→ páginas su propia vida. Lo imaginativo se mezcla en esta producción con lo histórico y real en términos que hacen dudar muchas veces donde acaba la autobiografía y da principio lo novelesco. Capítulos casi enteros hay en Los trabajos que reproducen con fidelidad fotográfica escenas y conservaciones que ante nuestros ojos se han desarrollado las unas, que aún suenan en nuestros oídos las otras, y llenándolo todo, el carácter enigmático, incoherente, con frecuencia contradictorio del protagonista. A veces Pío Cid semeja un andante caballero de nuevo cuño empeñado en desfacer espirituales entuertos; otras lo vemos complacerse en amargar a los que le rodean, lanzándolos, implacable, desde las cimas de la ilusión a la realidad impura que apaga los más nobles entusiasmos; su alma es una mezcla singular de cínico y de asceta, de sacrificios y de caídas, una perpetua contradicción, algo parecido al flujo y reflujo de las olas. En aquel carácter no hay más que dos notas permanentes: el desprecio de los intereses materiales y de las vanidades mundanas, y la serena tranquilidad con que son aceptados los vaivenes de la vida.

Pío Cid es un profundo estudio psicológico, y a la vez de moral y de filosofía universales; por el espíritu superior de aquel hombre, condenado a una vida oscura por su propia voluntad, van pasando todos los grandes problemas de la Ética; podrá participarse o no del criterio moral con que el protagonista de Los trabajos los resuelve; pero hay que descubrirse con respeto ante la magnitud de la empresa acometida por el autor, la valentía con que hace lo que pudiéramos llamar disección de las almas —30→ y el inmenso caudal científico de que alardea. Pío Cid es el espíritu del hombre moderno, atormentado por su propia cultura intelectual, el Promoteo de nuestros días, encadenado a la roca de su limitación, roídas sus entrañas por el buitre de la duda.

La infinidad de complejísimas cuestiones que en este admirable y misterioso libro se proponen, anunciaba el autor a sus amigos que quedarían resueltas, y tal vez en sentido muy diferente del que por la lectura de los dos primeros tomos se pudiera colegir, en el Testamento de Pío Cid, coronación y remate de la Odisea de este Ulises del mundo moral.

El pensamiento íntimo de Ganivet quedó truncado por su prematura muerte; el espíritu de Pío Cid incompleto, y la obra trascendental del insigne granadino, velada por las sombras del misterio. La esfinge sigue muda, y dijérase que una vez más ha devorado al viajero.

Las ideas que expuso Ganivet en uno de los más interesantes capítulos de Granada la bella acerca de «lo viejo y lo nuevo» tienen su aplicación práctica a la literatura dramática en la genial producción que con el título El escultor de su alma, drama místico en tres autos me envió desde Riga en Noviembre de 1898, días antes de su muerte.

Preocupándole la decadencia de nuestro teatro, hizo en El escultor una valiente tentativa encaminada a marcar los rumbos de la reconstitución posible del arte dramático mediante la adaptación de lo genuinamente nacional, lo que gloriosamente fructificó en siglos pasados, al espíritu de la época.

La representación de la obra, que fue un verdadero —31→ triunfo, dio lugar a los más apasionados comentarios, pues reconociendo todos su indiscutible mérito, diferían en cuanto a su fondo filosófico, y mientras unos, de acuerdo en esto con el pensamiento del autor, calificaban el drama como una producción que cabe dentro de la más pura ortodoxia, ya que el espíritu rebelde y antirreligioso de Pedro Mártir queda vencido al final del drama, otros por el contrario le atribuían una significación demoledora y una tendencia completamente negativa, no faltando tampoco quienes, apartándose de las dos interpretaciones, entendieran que el fondo del drama no afecta a las creencias religiosas, y que todo él se reduce a una teoría estética desarrollada en una acción dramática.

En realidad El escultor de su alma, merece la calificación de drama místico que le diera su autor.

El pensamiento artístico que guió a Ganivet cuando lo escribía, o mejor dicho, cuando lo pensaba, era el de adaptar los autos sacramentales del siglo de oro a las ideas y aspiraciones de nuestros días. Esta tendencia percíbese bien clara en el auto primero o auto de la fe cuya versificación emula las esplendideces de la forma calderoniana, y el concepto aparece sutil, algunas veces alambicado y siempre de gran altura filosófica. El auto segundo o del amor es de estilo más moderno, más plástico y por consiguiente más comprensible; y por último el auto de la muerte con que finaliza la obra, vuelve afectar el sello de grandeza hierática que ya se percibe en el primero, y deja al espectador suspenso, atónito y deslumbrado.

La idea principal de este drama singularísimo es —32→ también la auto-perfección del espíritu humano, conseguida mediante la lucha y el dolor; por eso le cuadra perfectamente la denominación de drama místico.

Pero al mismo tiempo El escultor de su alma es una creación grande y profundamente humana; en esta cualidad se halla el secreto de su fuerza dramática y su poder de fascinación3 sobre los públicos que ha de ir aumentando según transcurra el tiempo y el drama sea más conocido y se divulgue. Entre las cuatro figuras que intervienen en la acción y que han de tomarse como símbolos y no como figuras de carne y hueso (en cuyo último caso algunas escenas, de las más bellas ciertamente, no tienen explicación) sobresale la del protagonista Pedro Mártir en quien Ganivet quiso encarnar el hombre natural. Pedro Mártir es un personaje al que no es difícil encontrar parentesco en la literatura dramática; pero en honra del autor y de la grandeza del tipo hay que decir que esos parientes de El escultor son las primeras figuras del arte universal, y se llaman Prometeo, Edipo y El Doctor Fausto. Las tres tienen con Pedro Mártir ciertos puntos de semejanza y ninguna se confunde con él; puede decirse que las cuatro figuras son otros tantos aspectos de una sola; la figura desolada del hombre, esclavo de la propia imperfección, combatiente siempre vencido y nunca domado, titán que trata de escalar el cielo por la conquista de la luz y prisionero eterno de las sombras.

En torno de esta colosal y novísima concepción del espíritu humano y de sus luchas, que aunque pretendiera explicarla no lo conseguiría, muévense —33→ otras figuras simbólicas: Cecilia personificación de la mujer creyente, y admirable contraste del espíritu rebelde de Pedro Mártir; Alma la creación humana, hija de la razón y de la fe, y símbolo de la belleza ideal, y por último Aurelio en quien se sintetiza la vanidad del mundo y es la única figura pequeña del drama, que está todo lleno por las dudas y rebeldías de Pedro Mártir, las ternuras de Alma y la resignación heroica de Cecilia, junto a las cuales la mediocridad de Aurelio resuena como una calabaza hueca.

Aún cuando en el segundo tomo de Los trabajos de Pío Cid, alude Ganivet, al referir las sustanciosas pláticas del protagonista con sus amigos de la «Cofradía del Avellano» a una tragedia que parece ser El escultor, de la que dice tenerla ya escrita, aunque sin bautizar, yo creo que el drama a que me estoy refiriendo ahora, no estaba escrito en aquella fecha, que es la del verano de 1897, sino que se escribió después, o por lo menos lo reformó el autor grandemente. Para ello me fundo en que Ganivet, no era hombre que dilatase la publicación de sus obras, una vez escritas y hasta setiembre de 1898 no me habla en sus cartas particulares de El escultor; y por otra parte encuentro el fundamento a mi creencia en que la referida producción parece de los últimos meses de su vida, pues ya se observan en ella ciertos rasgos de pesimismo tan acentuados, una tendencia al absoluto reposo como felicidad suprema, y un tan grande desprecio de todo lo terrenal, que no parece, sino que quien tales pensamientos concebía y expresaba, encontrábase ya casi desprendido —34→ de este mundo y mirando de frente el eterno arcano.

Al escribir este drama, como siempre que se elevaba a las puras regiones del ideal, Ganivet tenía el alma puesta en Granada, y así lo revela no sólo que el lugar de la acción es la Alhambra, a cuyos torreones está dedicado uno de los fragmentos poéticos más hermosos de la obra, sino que Ganivet quiso estrenarla en su tierra, y que los derechos de autor se dedicasen a aumentar el fondo disponible para erigir una estatua en esta ciudad al genial artista granadino Alonso Cano.

Por lo que hace a la forma literaria de esta audacísima y genial obra que cierra con broche de oro la producción de Ángel Ganivet, no necesito hacer demostración alguna: pronto saldrá el que me leyere (si hay quien tenga esa paciencia) del erial de este difuso y desmañado prólogo, para entrar en el campo amenísimo de El escultor. En él desde las primeras escenas percibirá los destellos geniales de aquel soberano talento; en esas páginas comprenderá que no han sido la amistad y el cariño los que me han guiado en esta exposición de los méritos literarios de Ganivet, sino el sentimiento de la más sincera y estricta justicia.

Siento que a la grandeza de la obra que hoy se publica, no hayan podido corresponder mis fuerzas; pero quédame la satisfacción de haber dicho acerca de Ganivet y de sus libros admirables, lo que lealmente opino de ellos; las grandes lagunas que en la exposición y crítica de esas obras fácilmente hallará quien lea este prólogo, producto son exclusivo de mi limitación, en la esfera del conocimiento, —35→ y aún también del tiempo y sobre todo de la tranquilidad y reposo, indispensables para vencer en empeños de esta índole, que requieren laboriosa preparación.

Si engañado por el buen deseo he querido levantar una montaña, y la montaña, me ha caído encima, que la benevolencia del lector me salve.

Francisco Seco de Lucena.

Granada Mayo 1904.

—38→
PERSONAJES



EL ESCULTOR,Pedro Mártir.
CECILIA, su amante.
ALMA, hija de ambos.
AURELIO, novio de Alma.

La escena en la Alhambra. Época indeterminada.

—39→

Indicaciones para la representación

PERSONAJES

El escultor (el hombre natural) tiene unos 30 años en el primer auto y 45 en los otros dos. Debe tener tipo algo árabe (barba negra) y viste en el auto primero una especie de sobretodo blanco a modo de vestido de casa; en el segundo viste de mendigo; en el tercero entra como está en el segundo y se pone el manto como si quisiera revivir su juventud.

Cecilia (la mujer creyente) es rubia, tiene 20 años en los tres autos y viste como la describe El escultor en el auto primero, escena de las sombras.

Alma (la creación humana) es morena, casi niña, 15 años. Viste de rosa en el auto segundo, y blanco (traje de desposada) en el tercero.

Aurelio (la vanidad del mundo) 20 años; es tipo de artista, viste traje ligero, convencional, pero no a la moda.

Escena. Es esencial que el teatro esté casi a oscuras en los autos primero y tercero. El segundo es en primavera. La escena con todos los detalles que reclama la acción.

El drama no es de acción sino plástico, y aunque no están marcadas las escenas, deben marcarse en las pausas con nueva agrupación de los personajes. La declamación muy lenta en los autos primero y tercero, y natural en el segundo. Interpretación libre, a juicio de los actores; pero sin alterar el texto.

—41→

Auto de la Fe

Estancia subterránea de una torre de la Alhambra, amueblada como para lugar de cita de dos amantes. Hay muchas estatuas. Luz débil de un candelabro sobre la mesa y cerca un diván donde medita recostado.

EL ESCULTOR

(Después de una pausa.)

¿Qué es la vida que vivimos?
¿Es el dolor que sufrimos?
¿Es el placer que gozamos?
¿Es la idea que pensamos?
¿Es la ilusión que fingimos?
5

(Pausa.)

Nace en la idea la ilusión
y entre ambas la mente duda...
Placer en dolor se muda...
y todos reflejos son
de una mísera ficción.
10

(Levantándose. Descriptivo.)

¿Qué es placer? Toro de raza,
pujante, de bella traza
que pisa veloz la arena,
y el fuerte bramido llena
el ámbito de la plaza...
15
—42→

(Reflexivo.)

Mas... ese toro pujante
que encendido en noble fuego
lucha bravo y muere luego...
¿No es el ciego caminante...
y el abismo está delante?
20

(Pausa.)

¡Dolor! El toro abatido
por estocada traidora,
que su coraje devora
oyendo al caer herido
del pueblo el loco alarido!
25
Mas... si hablara el toro fiero
quizá dijera altanero:
al fin esta muerte mía
fue morir con valentía;
luchando, y matando muero.
30

(Larga pausa. Descriptivo.)

¿Qué es placer? Yegua rumbosa
de estampa fina y garbosa.
Va por su dueño montada
y ricamente enjaezada,
y el cuerpo sacude airosa.
35

(Reflexivo.)

Mas... el rendaje la apena,
y acaso el cuello levanta
como el esclavo que canta
al compás de la cadena
que amarrada al cuerpo suena.
40

(Pausa.)

¡Dolor! Jaco de desecho
por un picador montado
y con un ojo vendado...
y un cuerno que rasga el pecho
—43→
y va al corazón derecho!
45
Mas... si el caballo pudiera
hablar, acaso dijera:
ya se acabó mi agonía
más generosa y más pía
que el hombre ha sido esta fiera.
50

(Pausa. Se pasea mirando a la puerta de la izquierda, cuya cortina descorre dejando ver la entrada de una galería oscura. Vuelve sentarse.)

Lleva el placer al dolor
y el dolor lleva al placer
vivir no es más que correr
eternamente al redor
de la esfinge del amor!
55
Esfinge de forma rara
que no deja ver la cara...
mas yo la he visto en secreto
y es la esfinge un esqueleto
y el amor en muerte para.
60

(Levantándose.)

¡Amor! ¡Torpe sucumbir!
¡Dolor! ¡Noble combatir!
¡Amor! ¡Llorar tras la muerte!
¡Dolor! ¡Resistirle fuerte!
¿Cuál es más bello morir?
65
¡Placer! La cadena rota:
el grito de libertad
de la esclava Humanidad;
y de esa libertad brota
dolor que jamás se agota.
70

(Pausa. Encarándose con las estatuas.)

Estatuas que me miráis,
¿también vosotras vivís?
—44→
¿También lloráis... y reís?
¿También vosotras pensáis
y vuestra idea expresáis
75
como hombres de carne y hueso?
¡No! ¡Sois figuras de yeso!
¡No! Que aunque hablándoos estoy
os conozco... el autor soy...

(Cogiendo en peso una pequeña escultura.)

¡Cáscaras huecas! ¡Sin peso!
80

(Deja la escultura y se dirige a ella en tono burlón.)

Tú eres Cupido, el infiel...
el que a los hombres acechas
para clavarles tus flechas
untadas de amarga hiel
que forman llaga cruel...
85

(Vuelve a pasear meditando.)

¿Son las humanas criaturas
risibles caricaturas
de una excelsa realidad
de una sublime verdad

(Señalando a las estatuas.)

como estas pobres figuras?
90

(Larga pausa.)

¿Cómo este libro leeré
dándome sólo una letra?
¿Quién la realidad penetra
del mundo? Si nada sé;
sólo sé que moriré!
95

(Pausa. Habla consigo.)

¿Y a qué quieres saber más?
¿No sabes que morirás?
¿No este saber bastante?
¿No está la verdad delante?
¡Sí! Muriendo la hallarás.
100
—45→

(Pausa. Como si quisiera irse de sí.)

¡Desprecia ese cuerpo inerte,
que es el nido de tu muerte!
Ese es el caos, donde yace
la luz que en tu muerte nace
si has luchado... ¡si eres fuerte!
105

(Exclamando.)

¡Quiero luchar! ¡Quiero ser!
¿Qué? No lo sé; no me importa...
Sé que la vida es muy corta
y si la dejo correr
no puedo al morir nacer.
110

(Pausa.)

¿Qué es, sin libertad, la vida?
Es la rabia de la fiera
que entre hierros prisionera
ora salta enloquecida,
ora se postra abatida...
115

(Enérgico.)

Como un torrente furioso
correr saltando, espumoso...
¡libre! Quiero yo vivir...
¡Aunque al cabo haya de ir
a hundirme al mar tenebroso!
120

(Se sienta. Larga pausa.)

Yo también tuve ideales
de artista; ¡sueños banales!
Yo también me imaginaba
que las obras que creaba
eran obras inmortales...
125

(Con sentimiento.)

Ya sólo quiero crear
la estatua que estoy creando
y ahora la estoy comenzando
—46→
y no la podré acabar
hasta que pueda espirar...
130

(Levantándose imperioso.)

¡Porque esta estatua soy yo!
Mi obra está dentro de mí...
¡Que sólo el que crea en sí
puede afirmar que creó
y que algo al morir dejó!
135
Pierde el trabajo que diere
todo artista que quisiere
dar vida al algo inmortal
en papel lienzo o metal...
¡Todo eso es materia y muere!
140

(Pasea mirando a las estatuas, y por último se acerca a la mesa coge un pedazo de barro informe y se queda contemplándole. Muy lento.)

De mis obras que nacieron
sólo mi «Alma» me cautiva...

(Se sienta en el diván.)

¡No está hecha y ya está viva!

(Absorto mirándola.)

Bellos ojos que se hicieron
con lágrimas que cayeron
145
y que estos surcos labraron...

(Muy lento.)

Ésta es mi obra más bella...
mas yo no soy autor de ella...
pues mis ojos la crearon
con lágrimas que lloraron...
150

(Se queda dormido abrazado a su «Alma». Aparece por la puerta abierta CECILIA andando con sigilo; lleva en la mano un cabo de vela que pone, encendido, sobre la mesa.)

CECILIA

(Con voz apagada.)

¿Duerme?... Sí... duerme soñando...
—47→
¡Silencio!... ¿En qué soñará?
Abrazado a su «Alma» está...
dormido, la está adorando...

(Como hablando con alguien.)

Es su obra predilecta...
155
y es sólo barro liviano...
y de ahí dice el insano
que formar un Dios proyecta.

(Como reconviniéndole.)

¡Insensato! No comprendes
en tu orgullo desmedido
160
que Satán te ha sugerido
esa creación que pretendes...

(Mirando arriba.)

¿Cómo es posible, Señor,
pues que los orbes sustentas
que a un hijo tuyo consientas
165
que contigo sea traidor?
¡Mándanos todos los males
mas no permitas piadoso
que aliente el ser orgulloso
que te suscita rivales!
170

(Pausa.)

¡Duerme! ¡Ojalá que durara
su sueño una eternidad
y que Dios con su bondad
en sueños le iluminara!
Yo sufriría al perderle;
175
mas gozosa le perdiera,
si perdiéndole, supiera
que en los cielos he de verle.

(Pausa. Vuelve a mirar hacia arriba.)

¡Ten, Señor, misericordia
de esta infeliz hija tuya!
180
—48→
¡Déjame libre que huya
de esta mansión de discordia!

(Interroga con las manos cruzadas.)

¿Por qué me has hecho caer
en esta cárcel oscura?
¿Por qué a esta prueba tan dura
185
me has querido someter?

(Mirándole.)

¿A este hombre sin entrañas
cómo me has dejado amar?
Me has dejado aprisionar
¡y al verme presa te extrañas!
190

(Con aire infantil.)

Yo no tenía experiencia
del mundo ni del amor...
Amarte a Ti con fervor...
¡Ésta era toda mi ciencia!
Mi fe, la fe que me diste,
195
la fe que tu gloria alcanza.
Mi esperanza, la esperanza
que en el alma me pusiste.

(Con arrobamiento.)

Yo ignoraba que la vida
está de escollos sembrada
200
e iba así... tan confiada

(Se echa a andar, estática.)

por el cielo embebecida...
Cuando de pronto sentí

(Se lleva la mano al pecho.)

en el pecho un aguijón
que me hería el corazón,
205
e inerte al suelo caí.

(Le mira.)

¡Era él!.. Y fui su esclava...
—49→
¿Qué era lo que yo sentía?
Sólo sé que me atraía
su hermosura tosca y brava.
210

(Se queda mirándole con amor.)

Acaso es crimen amarle...
y este es mi mayor tormento...
Cerca de él, el sufrimiento
me mata; y muero al dejarle.

(Pausa.)

¿A quién pediré consejo?
215
¡Huérfana! Sola en el mundo
veo este enigma y me confundo
y pienso... y lloro... y me quejo,
sin que nadie me comprenda.
¡Ah! ¡Sí! ¡Tú, señor, me escuchas,
220
Tú me asistes en mis luchas,
Tu fe es para mí una prenda
de que voy por buen camino,
Tú sabes que con mi fe
a este ciego arrancaré
225
de su espantoso destino!

(Suena el toque de oración por la galería abierta. CECILIA se acerca a la entrada, se arrodilla, y reza.)

EL ESCULTOR

(Despertando.)

¿Eres tú?.. Cuanto has tardado...
Hoy que más quería hablarte.
Pronto tendré que dejarte

(Se dirige a ella.)

y ansiaba estar a tu lado,
230
en esta última hora...
CECILIA
¿A dónde tienes que ir?
—50→
EL ESCULTOR
Mañana debo partir
al despuntar de la aurora.
CECILIA
¿Pero adonde?
EL ESCULTOR
No lo sé.
235
CECILIA
¿Tú estás loco?
EL ESCULTOR
¡Loco o cuerdo
me voy; ya es firme mi acuerdo
y aunque me maten, me iré!
CECILIA
¿Y si yo no lo consiento?
EL ESCULTOR
Me iré también. Yo en mi mando
240

(Echa a andar.)

míos son los pies con que ando
¡y mío es mi pensamiento!
CECILIA
¿Cómo es tuyo, si no sabes
a donde vas?
EL ESCULTOR
Si supiera
adonde voy, no me fuera...
245
¿Saben donde van las aves?
¡No! Se lanzan a volar
libres por el firmamento...
Van a buscar alimento...
Aire libre a respirar...
250
CECILIA
Mas las aves no se alejan
—51→
del nido de sus amores...
¿Serán los hombres peores
que también a su amor dejan?
¿No te basta la amargura
255
que por ti llevo sufrida?
¿Quieres quitarme la vida?
¿Cavarme la sepultura?
¡Qué duro conmigo eres!
¡Mi vida, mi honor te he dado!
260
¡Todo lo he sacrificado,
por ti! ¿Dime, que más quieres?
EL ESCULTOR
¡Me has dado más que pedí..!
Tú eres rica, inagotable...
Yo en cambio soy miserable
265
y poco... nada te di.
Todo el amor que tenía
te lo he dado, tuyo es...
así, sin amor me ves...
Sin amor, por culpa mía...
270
Yo mi pobre amor te daba
y en tu pecho lo encendiste.
Tú, el tuyo ardiente me diste
y en mi pecho se apagaba...

(Con ternura.)

Mas, pensando, me consuelo
275
que cuanto amor he tenido
¡todo!, ¡tuyo sólo ha sido!
¡Lo juro por ese cielo
en que tú, tienes tu fe!
¡Y juro que si algún día
280
vuelve a amar el alma mía
a ti sola te amaré!
—52→
CECILIA

(Llorando.)

¿Y a tu hija? ¡La inocente
que hoy ha aprendido a llamarte!
¿Cómo ha podido Dios darte
285
esta luz resplandeciente?
¡Ensueño de un querubín!
¡Destello de santo amor!
¡Rosa de divino olor
cogida de su jardín!
290
¡Esta Alma mía sin ventura
que ha acabado de nacer
y ya empieza a padecer
las penas de tu locura!

(Pausa.)

Si tú quisieras ser bueno...
295

(Abrazándole.)

¡qué felices nos harías!
¡Y tú, qué feliz serías!

(Pausa. Describiendo.)

Un hogar de encantos lleno...
Una esposa que te ama
con cuanto amor atesora,
300
y una hijilla seductora
que en nuestros pechos derrama
la paz, con su alegre juego
haciéndonos olvidar
este vivir y penar
305
que ahora nos quita el sosiego.

(Pausa.)

¿Qué dicha puedes soñar
más grande sobre la tierra?

(Él se sienta preocupado.)

¡Todo en el amor se encierra
—53→
cuando sabemos amar!
310

(Pausa.)

¿Por qué no amas tú, qué tienes?
¿Qué agravios has recibido?
¿Con quién estás ofendido?
¿Con quién tus guerras mantienes?
¡Con nadie! Tus quejas son
315
hijas del aire, son sueños.
Son fantásticos empeños
que te nublan la razón.
Si mi puro amor desdeñas
es porque no le conoces.
320
¿Cómo de mi alma las voces
oirás, si al hablarte, sueñas?
Tú sufres, no comprendiendo
mi amor, quieres de él librarte.
Yo también sufro al amarte;
325
pero te amo más, sufriendo.

(Pausa.)

Yo también imaginaba
un amor más venturoso:
amor de esposa a su esposo,
amor que no se ocultaba,
330
amor justo, consagrado
ante el altar de mi fe,
no este amor, con que cegué;
no este amor que tú me has dado.

(Acusando.)

Y quizás tu maldad nace
335
de este engaño criminal
pues siempre se cobra en mal
el mal que a otros se hace.

(Pausa.)

Yo no me duelo por mí
—54→
ni por la hija de mi vida
340
en hora triste nacida...
¡Mi dolor es más por ti!
Me duele tu obcecación
y me da espanto el perderte
en la vida, y en la muerte
345
pues no mereces perdón.

(Pausa.)

Hay hombres desventurados
que por su sino fatal,
por los caminos del mal
van, sin saber, arrastrados:
350
hombres de flaco entender
o de endeble voluntad,
que al caer en la impiedad
caen acaso, sin querer.
A estos, Dios también les culpa
355
pero puede perdonarles,
porque, amoroso, al juzgarles,
ve un motivo de disculpa.
Mas de hombres de claro juicio,
de voluntad poderosa,
360
que con jactancia orgullosa
se lanzan al precipicio...
de estos, Dios nunca se apena
con ellos es implacable
y con fallo inexorable
365
al infierno los condena.

(Pausa.)

También un hombre creyente
puede errar a Dios buscando
y morir, quizá adorando
a un ídolo que en su mente
370
—55→
nació y ocupó el lugar
que sólo a Dios es debido;
y el Señor, compadecido
puede también perdonar
pensando que aquel error
375
hijo fue del buen deseo...
Mas el miserable ateo
¿en dónde hallará favor?

(Vuelve a acercarse cariñosamente.)

Tu alma es noble, lo sé bien;
grande aún en sus desvaríos...
380
Tú no eres de esos impíos
que inspiran odio o desdén.
Quizá tu mayor nobleza
sea tu amor a la verdad...
mas tu amor es ceguedad
385
y en él tu delirio empieza.

(Sentenciosa.)

¡La verdad, espada fina
con dos filos cortadores,
hiriendo humanos errores
hiere la verdad divina
390
siempre que en manos se ve
que no saben manejarla,
que no aciertan a empuñarla
por el puño de la fe!
EL ESCULTOR
¡Yo tengo mi fe en mí mismo
395
y tú la pones en Dios!
¿Quién acierta de los dos?
CECILIA
¡Tu fe se llama egoísmo!
EL ESCULTOR
Mas si voy a la victoria...
—56→
CECILIA

(Violento.)

Tu fe es la rabia maldita
400
que en las tinieblas se agita;
y mi fe es luz de la gloria.
EL ESCULTOR
Pero esa gloria es incierta,
y es una gloria ganada
con el alma esclavizada...
405
y mi gloria es libre y cierta,
¡no me la pueden quitar!
¡Está en mi alma esculpida!
Está con ella fundida
y con ella ha de quedar.
410
CECILIA
¿Dónde?
EL ESCULTOR
Sube a donde alcanza
con la fuerza de su vuelo.
¡Podrá remontarse al cielo
si tiene arranque y pujanza!
La fuerza yo se la doy
415
con mis luchas en la tierra...

(Se levanta.)

¡Esta vida es una guerra
y yo cobarde no soy!

(Imperioso.)

¿Qué es mi alma? Es un metal
sin forma, de poco brillo...
420

(Golpeando en la mesa.)

¡Con fuego, yunque y martillo
forjaré mi alma ideal!
¡Ya imagino estar oyendo
duros, secos martillazos
—57→
y ver saltar los chispazos
425
del fuego en que estoy ardiendo!

(Pausa.)

¿Qué me ofreces tú? La calma;
la paz que vivir desdeña,
la fe que en la muerte sueña
para dar reposo al alma.
430
Y esa admirable quietud
la amortajas con primor
y con cánticos de amor
la encierras en su ataúd.

(Con energía.)

¡Quiero ser libre! ¡Vivir!
435
¿Es un crimen? ¡Si lo fuera
no es mayor que si viviera,
esclavo, haciendo sufrir!

(Pasea.)

CECILIA

(Se acerca y le echa los brazos.)

Si yo no sufro, mi vida...
Yo en ti presa estar deseo.
440
¡Si a veces, tu imagen veo
con la de Dios confundida...!
Y esto no es un desvarío...
¡No! Bien sé que Dios desea
que mi alma tuya sea
445
pues siendo tuya, eres mío...

(Se aparta de él enojada, viendo su sequedad.)

Este abandono me hiere.
Si... por no verme te vas.
¡Te vas! ¡Y muerte me das!

(Recobrando el ánimo.)

¡Pero el alma mía no muere!
450
Mi amor te pesa ¿Qué haré?
—58→
¡No... no me doy por vencida!
Tú aquí has de volver, con vida;
y yo, aquí, muerta, estaré.

(Pausa.)

¡Yo estaré muerta! ¡Tu vivo!
455
¡Mas te juro que has de verme
y que has de reconocerme
y que has de ser mi cautivo!
¡Cuando viva, yo tu esclava!
¡Cuando muerta, tú mi esclavo!
460

(Con seguridad.)

Porque es mi fe un duro clavo
que aún sobre los clavos clava.

(Coge la luz para retirarse y lo mira con dulzura.)

¿Me das un beso?

(Él la coge la mano y la besa en la mejilla.)

Otro... Dos...
Mi beso de despedida...
y otro a tu Alma dormida.
465

(Él la besa en la frente.)

Ya no puedo más... Adiós.

(Apoyándose en la pared, cerca de la puerta.)

¿Y la partida es...?
EL ESCULTOR
Me iré
al despuntar de la aurora...
CECILIA
¿Y te vas tan a deshora...?
¿Y a donde vas...?
EL ESCULTOR
No lo sé...
470

(Acercándose a ella.)

Voy lejos, lejos... muy lejos
a donde quiera el azar...
—59→
y siempre me han de alumbrar
de tu alma los reflejos...
Sigo a una fuerza imperiosa
475
que aquí en mi pecho se esconde
y me arrastra... no sé adonde...
¡Perdón! ¿Serás rencorosa?
Tú y mi hija vais conmigo
¿Cómo olvidaros podría?
480
Si venciera, vencería
también con ella y contigo.
CECILIA
Dios te acuerde la victoria
de quitarte esa ilusión
y volverte a la razón...
485

(Maternal.)

Lleva siempre en la memoria
esta piadosa sentencia:
«Sin fe se puede vivir
mas no se puede morir».
Ella te dará prudencia
490
en cuantos trances te hallares.

(Pausa.)

EL ESCULTOR
«Sin fe se puede vivir».
CECILIA
Te la voy aquí a escribir...

(Vuelve a la mesa y escribe.)

Y al volver a estos lugares
deshecha ya tu ambición
495
este encargo cumplirás...

(Le da un beso en la frente y se va.)

A nuestra hija lo darás...

(Desde la puerta.)

Un beso... y el corazón...

(Hace el gesto de arrojarle el corazón.) (Pausa.)

—60→
EL ESCULTOR
¡Se ha ido...! Amando... y creyendo...

(Se acerca a la mesa y lee.)

«Sin fe se puede vivir
500
mas no se puede morir».

(Se deja caer en el diván.)

¡Y yo me estoy ya muriendo!

(Después de meditar un rato, se levanta con sobresalto y como si tuviera perturbada la razón, se acerca a la puerta y dice angustiado:)

¿Qué escucho? Ecos dolientes que me dejan.
Sus pasos que de mí tristes se alejan...

(Silencio.)

¡Son sus pasos amantes que se quejan!
505

(Pausa.) (Se tapa los ojos y extiende la mano como para fingir el ensueño.)

La vi llegar, en sueños, silenciosa
volando como bella mariposa
con su túnica blanca, vaporosa...

(Pausa.)

Suelto al aire el espléndido cabello
los bucles descendían hasta el cuello
510
formando un marco de oro al rostro bello.

(Pausa.)

Y en ese rostro había una mirada
y a la mirada, hallábase asomada
una imagen de un alma enamorada.

(Interrumpe el sueño.)

¿Qué es lo que veo? ¿Es ella? ¿Es su figura?
515

(Mira a las estatuas.)

¡No! Es la sombra que traza una escultura.
Es la imagen que finge mi locura.

(Reanuda el sueño.)

La vi en sueños, rezando con fervor;
y, dormido, mirarme con amor;
—61→
y, despierto, increparme con ardor...
520
Vi lucir en su frente la humildad
y nacer en sus ojos la bondad
y brotar de sus labios la verdad...

(Interrumpe de nuevo el sueño.)

¡Qué miro! ¡Es una cuna! ¡Mi hija duerme!
También mi amada hija viene a verme.
525

(Retrocediendo.)

¡No me acuses! ¡No puedo defenderme!

(Pausa.)

¡Un espíritu puro aquí palpita!

(Escuchando un rato.)

¿Qué oleaje de amor aquí se agita?

(Gritando alto como si preguntase a alguien.)

¿Quién esparce en mi cueva agua bendita?

(Pausa.)

¿Quién ruge? ¡También ruge la ilusión!
530

(Mira al fondo.)

¿Qué es eso? ¿Es la figura de un león?

(Coge una espada de la panoplia y acomete resuelto. Derriba una estatua.)

¡Soy yo mismo! ¡Es mi sombra! ¡Otra ficción!

(Pausa. Mira la estatua caída. Como recobrando el imperio sobre sí.)

¡Callad! ¡Espectros! ¡Callad!

(Blande la espada.)

¿Sois quizás lamentaciones
que exhalan los eslabones
535
que quebró mi voluntad
amante de libertad?
¿Sois quizás vanos sonidos
con que aturde mis oídos
mi amor, ardiendo en despecho
540
al ver que en mi duro pecho
sus ayes mueren perdidos?

(Escucha.)

—62→
¡Un ser solo aquí se agita,
soy yo solo! Y aún creyera
que no soy yo, si no oyera
545
como el corazón palpita

(Se lleva la mano al pecho.)

y con voz sorda me grita...
su grito que no es de amor
es de rabioso dolor,
pues rebelarse ha intentado
550
y ahora se rinde domado
¡y yo he sido el domador!

(Escucha.)

¡Soy yo solo! Y afirmara
que soy un fantasma vano
si este martillo inhumano
555
de herir mi pecho cesara
y el dolor no más sonara...
¡Que en este soñar incierto
del vivir, hay algo cierto;
la lucha al alma acrisola
560
y al cesar, el alma es sola
cual diamante en un desierto!

(Escucha.)

¿Quién cerca de mí respira?
Si... un corazón dolorido
que exhala un hondo gemido...
565

(Pregunta con tristeza.)

¿Quién en mis labios suspira?
Y en ellos un beso espira...

(Deja caer la espada.)

Es que acaso revivió
el beso que ella me dio...
Es el último aleteo
570
—63→
de la muerte del deseo
que en ese beso murió.

(Pausa.)

¡No! ¡Un nuevo afán me tortura!
¿Qué llama es esta cruel?
¿Estos deseos que en tropel
575
me arrastran con ansia impura
al mundo de la locura?

(Se dirige a la puerta del fondo y la abre como para irse, se apoya en el marco y exclama:)

¡Oh! ¿Qué lágrimas son estas
que como espadas enhiestas,
hiriendo sin compasión
580
me suben del corazón?
¡Libertad! ¡Qué cara cuestas!

Telón

—64→

Auto del Amor

Jardín de un carmen en la Alhambra, cuyos torreones se ven en el fondo. Puesta de sol. «Alma» habla con un canario en una jaula haciéndole mimos: canta bajo en tono de granadinas.

ALMA
«Echame niña bonita
lágrimas en un pañuelo
y las llevaré a Granada
que las engarce un platero».

(Una voz dentro: ¡Alma! Se va con la jaula.)

AURELIO

(Subiendo por la escalinata del fondo y contemplando el paisaje.)

Vergel tranquilo y riente
5
que Dios creó en un ensueño,
edén donde el amor mío
vive de amor prisionero,
valle umbroso, donde habita
el encantado silencio,
10
río en que ninfas de oro
con sus amantes los genios
vienen, y en noches de luna
bailan sus desnudos cuerpos.
—65→
Torres, de rojo, encendidas:
15
¡Rubor que enciende en secreto
la palabra que al oído
os dice amoroso el cielo!
Yo os saludo en la hora santa
en que muere el sol...
ALMA

(Saliendo.)

¡Aurelio!
20
Cuánto has tardado esta tarde

(Le tiende las manos.)

hace mucho que te espero.

(Mirándole con atención.)

¿Qué tienes Aurelio mío?
AURELIO
¡Nada...! No sé... Nada tengo.
Es decir... me apena ver
25
sombras en tus ojos bellos.
ALMA
No se aparta de mi mente
ese triste pensamiento...
AURELIO
Ojalá toda tu vida
ignoraras el secreto...
30
ALMA
¡Oh! ¡Qué triste desventura!
Hallar un padre y perderlo.
Antes le tenía huérfana
y ahora vive y no le tengo...
AURELIO
Quién sabe aún, si algún día
35
querrá deshacer su yerro
y volverá arrepentido...
—66→
si vive... todo es incierto...

(Pausa.)

Yo aun confío averiguar
cual sea su paradero;
40
dicen que estuvo en Italia.
Mas hace ya tanto tiempo...
y después se pierde el rastro
y ¿quién sabe si habrá muerto?

(Hablando consigo.)

Triste es que se malograra
45
un hombre de tanto mérito:
dicen cuantos hablan de él
que era un artista de genio.

(Se oye tocar una guitarra en el fondo, y los novios se acercan a la escalinata para mirar. Después de una pausa canta el ciego desde abajo.)

«Una virgen la más bella
tengo yo de fina talla,
50
y voy a ponerle al pie
como ofrenda una guitarra».
«La guitarra de oro puro,
las cuerdas, hilos de plata,
los trastes de pedrería
55
y las clavijas de nácar».
«Cuando los ángeles bajen
la tocarán con sus alas
y alegrarán a la Virgen
los sones de la guitarra».
60

(AURELIO saca unas monedas, y ALMA las toma y se las echa al ciego que vuelve a cantar.)

«Tu padre que está en la tierra
y tu madre desde el cielo
te premien tu caridad
con el pobrecito ciego».

(Vuelven los novios de la mano.)

—67→
ALMA
¿No te has fijado en la copla
65
que ha cantado el pobre ciego?
«Tu padre que está en la tierra
y tu madre desde el cielo».
AURELIO
Son coplas improvisadas...
ALMA

(Sentándose.)

¡No...! El corazón está inquieto.
70
Desde que te oí decir:
Tu padre vive, me creo
que lo tengo ya delante
y un vago presentimiento
me dice que le he de ver
75
y que le he de ver sufriendo...

(Aparece subiendo por la escalinata EL ESCULTOR vestido como un mendigo, con larga cabellera y barba entrecanas, y aire envejecido.)

AURELIO
¡Otro mendigo! Ya ves
que no se puede ser bueno.

(Saca unas monedas.)

Ahora vamos a tener
desfile de pedigüeños
80
pues los pobres olfatean
donde reparten dinero...

(ALMA toma las monedas y va a darlas al mendigo.)

EL ESCULTOR
Guarda, hija mía, ese cobre
para el que busque riqueza.
Yo he hecho voto de pobreza
85
y por mi gusto soy pobre...

(Humilde.)

—68→
Sólo pido el pan que sobre
para ir matando esta vida
miserable y dolorida...
y ahora ya no pido nada
90
porque tu bella mirada
me da, sin que yo te pida.
ALMA

(Entrando a buscar pan.)

Hermano, espere un instante.

(Pausa.)

AURELIO

(Después de mirar al pobre con atención.)

¿Sois quizás un peregrino
que dicen que ha poco vino
95
como pobre mendicante
de Roma, por penitencia?
EL ESCULTOR
No sé. Acabo de llegar
tras de mucho caminar
y después de larga ausencia.
100
AURELIO
¿Sois de aquí?
EL ESCULTOR
Sí, de aquí soy.
AURELIO
¿Y qué habéis hecho esos años?
EL ESCULTOR
Estuve en países extraños...
AURELIO
¿Y acabáis de llegar hoy?
EL ESCULTOR
Ahora mismo. Y mi primera
105
visita fue a estos lugares:
—69→
estos son mis patrios lares
y aquí es mi casa postrera.
AURELIO
¿Hace mucho que faltáis?
EL ESCULTOR
Quince años.
AURELIO
¿Y por qué os fuisteis?
110
EL ESCULTOR
Por correr mundo.
AURELIO
¿Y corristeis?
EL ESCULTOR
Corrí...
AURELIO
¿Y ahora mendigáis?
EL ESCULTOR
Mendigo.
AURELIO
¿Porque queréis?
EL ESCULTOR
Porque quiero.
AURELIO
¿Por pereza?
EL ESCULTOR
He hecho voto de pobreza.
115
Lo he dicho. ¿No lo sabéis?
AURELIO
Sois hombre de mucha historia.
¡Cuánto debéis de saber!
EL ESCULTOR
Algo diera por perder
la mitad de la memoria.
120
—70→
AURELIO
¿Y halláis esto muy cambiado?
EL ESCULTOR
Las cosas siguen igual...

(Indiferente.)

Sólo cambia el personal...
Todavía no he encontrado
ningún rostro conocido...
125
AURELIO
Entonces, conocería
a un escultor que vivía
aquí...
EL ESCULTOR
Amigos hemos sido.
AURELIO

(Viendo volver a ALMA hace gesto de silencio y dice en voz baja.)

Tenemos que hablar... Le espero...

(Señalando.)

allí, en el carmen de enfrente.
130
EL ESCULTOR
Si mi memoria no miente
allí vivía un caballero
llamado don Juan de Dios
Alfan...
AURELIO
¡Mi padre!
EL ESCULTOR
Y su esposa
doña Aurelia... ¡dama hermosa!
135
AURELIO
¡Mi madre! ¡Muertos los dos!

(ALMA le da al mendigo un pedazo de pan y él se sienta a comer en la escalinata. Los novios se retiran hablando bajo, como para dejarle en libertad.)

—71→
EL ESCULTOR

(Se levanta y va examinando el jardín, y recita poco a poco.)

El tierno rosal... ya añoso
vive... y la gruta cerrada...
y la fuente sosegada...
y el viejo ciprés medroso...
140
y el estanque bullicioso,
donde los peces corrían
cuando a mi amada veían

(Parte el pan en pedazos y lo echa.)

venir a traerles pan...
Todas las cosas están
145
como estaban aquel día.

(Irguiéndose.)

Y yo también soy quizá
el mismo que entonces era...
Blanca está mi cabellera,
y el cuerpo encorvado va
150
y el alma deshecha está...
Pero aún golpea el corazón
con tan robusta pasión
que de este cuerpo maldito
trasmutándolo en granito
155
hará una nueva creación.

(Se sienta en el banco de hierro de espaldas a la gruta y después de contemplar los torreones del fondo:)

(Muy lento.)

¡Qué silenciosos dormís
torreones de la Alhambra!
Dormís soñando en la muerte
y la muerte está lejana.
160
Sale el sol y vuestros muros
tiñe con tintas doradas;
sale la luna y os besa
—72→
con sus rayos de luz blanca,
y vosotros dormís siempre
165
y la muerte está lejana.
La noche serena os cubre
con su túnica estrellada
y la noche tenebrosa
os prende en sus negras alas;
170
y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana.
Puras gotas de rocío
vuestras almenas esmaltan;
la lluvia, cruel, azota
175
vuestras macizas murallas
y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana.
La brisa amorosa os trae
dulces caricias del alba;
180
sopla el vendaval airado
y a las viejas puertas llama;
y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana.
Un sueño de largos siglos
185
por vuestros muros resbala;
cuando llegue a los cimientos
vuestra muerte está cercana.
¡Quién fuera como vosotros
y largos siglos soñara
190
y desde el sueño cayera
en las sombras de la nada!

(Se oyen pasos de los novios que vuelven, y el mendigo se retira detrás de la puerta.)

ALMA

(Mirando a todos lados.)

¿Querrás creer que ese hombre
—73→
de la barba, me dio miedo?
AURELIO
¿Por qué?
ALMA
Te vas a reír
195
si lo que he visto te cuento.
AURELIO
¿Qué has visto?
ALMA
Todas las noches

(Se sienta junto a la puerta.)

se me aparece entre sueños
la imagen de un hombre extraño
no es joven... y no es muy viejo...
200
nunca puedo retener
su imagen, aunque me esfuerzo...
Es un señor venerable
barba larga, noble aspecto;
se sienta aquí en el jardín
205

(Volviéndose a mirar.)

en aquel banco de hierro
mirando a unos lindos niños
que le distraen con sus juegos...
Yo salgo, y veo a aquel hombre
y le digo: -«Caballero,
210
¿busca usted a mi marido?
No -contesta- sólo vengo
a ver a estos niños... Llora
y se va, y se acaba el sueño...
¿Quién sabe si esto será
215
algún aviso del cielo?
AURELIO

(Se sienta frente a ella.)

Siempre imaginando estás...
—74→
Raras escenas urdiendo...
y lo que es vano fantasma
crees que es anuncio profético...
220
Antes, siquiera, tenías
ensueños más lisonjeros:
gratas visiones de amor
que oía con embeleso...
Ahora tu padre es tu amor
225
de él tu espíritu está lleno...
no le has visto y tanto le amas
que harás que de él tenga celos...

(Se acerca más.)

¡Ya no piensas nunca en mí!
Fijo está tu pensamiento
230
y clavado en esa idea
que siempre en tus ojos leo...
Yo también perdí a mis padres
y aunque era niño, recuerdo
sus rostros y muchas veces
235
delante de mí los siento.
Mas pronto las sombras pasan
y caigo bajo el imperio
de tu amor que es mi ilusión
y en todas partes te encuentro...
240

(Poetizando.)

Sonando en las ondas de aire...
y en las estrellas luciendo...
de la flor en el perfume
y del ave en el gorjeo...
en el latir de mis venas
245
y el respirar de mi pecho...
ansia de mi corazón...
idea de mi cerebro...
—75→
¡Luz celeste de mis ojos!
¡Del alma divino fuego!
250

(Pausa.)

Otras veces me contabas
tus más ocultos deseos
y hablando de nuestro amor
los dos, uno solo eramos:
uno el corazón latía...
255
uno solo nuestro aliento:
nuestras manos se enlazaban
formando eslabón estrecho,
se buscaban las pupilas
dándose callados besos...
260
y las almas se veían
y se amaban en silencio.

(Triste.)

Ya no somos los dos uno...
yo oigo suspirar tu pecho...
tus manos abandonadas
265
quedarse en mis manos siento.
Tus bellos ojos, velados
me miran, sin darme besos...
y nuestras almas se hablan
por no mirarse en silencio...
270

(Pausa.)

Luego yo te recitaba
poesías que el sentimiento
no el arte, me iba dictando...
y era mi mayor contento
que tú después las guardaras
275
como amoroso recuerdo
en el viejo relicario
que tienes junto a tu lecho.
Y tú también me leías
—76→
tus versos, divinos versos...
280
sonrisas de tu mirada
y suspiros de tu seno...
dulces plegarias de niña...
del alma puros acentos...

(Pausa.)

¿No te acuerdas ya que un día
285
me hiciste un ofrecimiento?

(Fingiendo seriedad.)

Fue solemne compromiso
¡No te rías! ¡Hablo en serio!
ALMA

(Emocionada y forzando la risa.)

¿Hubo algún contrato escrito?
¿Hubo testigos al menos?
290
AURELIO
Eran testigos los peces
y a su testimonio apelo...
Fue hablando junto al estanque...
Verás que bien lo recuerdo.
Llevabas un traje rosa
295
con lazo de seda negro
y en la cabeza un clavel
que te traje de mi huerto...
Estabas de pie en el borde...
ALMA

(Levantándose.)

No sigas por Dios, Aurelio;
300
serás capaz si te dejan
de estar hablando un día entero.
AURELIO

(Levantándose también.)

Pero el hablar no me impide
que cumpla lo que prometo.
—77→
¡Si todos fueran lo mismo...!
305
Parece que tienes miedo
de que yo te exija el pago
de la promesa que has hecho...
Si pronto has de ser mi esposa
¡Por qué mostrar tal despego?
310

(Yendo detrás de ella.)

Me vas perdiendo el cariño...
ALMA
Prueba es de que te lo pierdo
que hoy he escrito una poesía
dedicada a mi amor nuevo.
AURELIO
¡A ver! ¡Dame que la lea!
315
ALMA
¡No es posible! ¡Estése quieto!

(Fingiéndose ofendida.)

La poesía la leerá
aquel a quien la he compuesto.
AURELIO
Léela tú... mas léela pronto...
ALMA

(Sacando el papel y sentándose en el centro del jardín.)

Antes me harás juramento
320
de no exigirme que cumpla
promesas que acaso fueron
hechas, sin pensar cumplirlas,
como infantil pasatiempo...
AURELIO
Eres de veras cruel
325
Alma, cuando quieres serlo...
¿Qué de hacer? Olvidaré...
¡Palabras! Se os llevó el viento.

(Trae una silla y se sienta enfrente de ALMA.)

—78→
ALMA

(Lee.)

«Si quieres que te cante una canción
dame la inspiración!
330
Tus negros ojos en mis ojos clava,
mírame con pasión
y sienta yo el gemir de tu alma esclava.
Escuche yo tu acento condolido
murmurarme al oído
335
quejas de amor, ardiente e insaciable
y con fuerte latido
tu corazón junto a mi pecho hable.
Así cuando mi alma esté anegada
en la mar encrespada
340
de tus ojos ¡Aurelio!, mi amargura
en deleite trocada
soñará por tu amor nueva ventura.
Luego juntas tu boca con la mía
oirás la melodía
345
de una canción, que suave y vaga suena,
suspirada poesía
que los ojos de llanto de amor llena».

(Dobla el papel para guardarlo.)

AURELIO
No la guardes, yo la quiero

(ALMA se levanta y él va detrás.)

¡Anda! ¡Dámela! Sé buena...
350
Si no me la das, te exijo
que me cumplas la promesa.
ALMA
Si pides con condiciones
no hay cuidado que la tengas...
Miren pues, los tiranuelos
355
qué pronto asoman la oreja.
—79→
AURELIO
¿Quieres que te lo suplique
de rodillas...?
ALMA
Me da pena
de verte tan humildito.
¡Vaya! Toma... y no la leas...
360
AURELIO

(Leyendo.)

Si ya la has leído tú,
¿por qué no? ¡Ah! ¡Estás descubierta!
No es «mírame con pasión»
lo que has escrito ¡perversa!
Es «bésame con pasión»
365

(Mostrándolo.)

lo que has escrito a la letra...
Sí... ¡Bésame con pasión!

(Le coge la mano y se la besa.)

¡Te besaré hasta que muera!
ALMA
No seas imprudente ¡Aurelio!
Que alguien puede vernos. ¡Deja!
370
AURELIO
Perdóname...
ALMA
Adiós.
AURELIO
¡Mi Alma!
ALMA
No estás bien de la cabeza...
¡vete ya...! Te lo suplico.

(Queriendo soltar la mano.)

O harás que me ponga seria.
—80→
AURELIO
Ya te obedezco, me voy.
375
Adiós... Perdona la ofensa.

(De repente le da un beso en la boca.)

ALMA
Aurelio. ¡No te perdono!

(AURELIO huye por la escalinata y ALMA se quita una flor de la cabeza y se la arroja.)

AURELIO

(Desapareciendo.)

¡La promesa! ¡La promesa!

(ALMA se echa de pechos en la verja para verle. El mendigo sale con sigilo y se sienta en el banco de hierro. ALMA se vuelve y al entrar en casa ve enfrente al viejo de la barba y retrocede temerosa.)

EL ESCULTOR
¡Buena niña! ¿Huyes de mí?
¡No apartes de mí los ojos!
380
Si el verme te causa enojos,
aunque nunca te ofendí,
dímelo y saldré de aquí...
Mas tal muerte no me des.
¡Mírame! ¿Qué crimen ves
385
en mi rostro envejecido?
Huellas hay de haber sufrido,
mas sufrir ¿qué crimen es?

(Pausa.)

Quizás te enciende en rubor
pensar que alguien ha mirado
390
cuando tu amante te ha dado
su primer beso de amor
¡y el castigo fue una flor!

(Se tapa los ojos.)

Mas no temas, no vi nada...
Yo también tuve mi amada
395
—81→
e hice de amor la experiencia.
Y ahora, al fin de mi existencia
amor es agua pasada...

(Pausa.)

Años ha que en esta umbría
vi yo a una niña muy bella,
400
¡tú pareces hija de ella!
¡Cuál su primor no sería!
ALMA

(Acercándose.)

¡Mi madre! Decid ¿qué hacía
cuando la visteis?
EL ESCULTOR
Rezando
debía de estar o soñando...
405
pues sus labios murmuraban
y se diría que estaban
con alguien del cielo hablando.
Y aún creía sola hallarse
en aquel dulce embeleso
410
cuando oyó el rumor de un beso
en sus labios deslizarse...
Y no vio al hombre acercarse.
¡Siempre hay galanes traidores
rondando nidos de amores
415
con vuelo de mariposas...
y siempre hay niñas piadosas
que cambian besos por flores...
ALMA

(Dominando su vergüenza.)

¿Y recordáis cómo era
el hombre que se acercó?
420
¡Era mi padre! Mas yo
nunca le vi y aún creyera
—82→
que murió si no tuviera
fijo este presentimiento:

(Preocupada.)

Voz, que aunque es muda, la siento
425
hablar en todo mi ser,
y decirme «Le has de ver
y ya se acerca el momento».

(Se acerca más.)

¿No recordáis su figura?
¿Cómo era?
EL ESCULTOR
No tan gentil
430
como Aurelio... Más viril
y más tosca era su hechura...

(Le coge la mano.)

Alto... así... de mi estatura...

(Irguiéndose.)

¡Bella pareja formaban.
los amantes que aquí estaban!
435
Acaso la dicha tuya
envidiar deba a la suya
la pasión con que se amaban...
Pues que de aquella pasión
naciste tú, hija, que eres
440
única entre las mujeres
que embellecen la creación...
¡flor de una santa ilusión!

(La mira con arrobamiento.)

ALMA

(Candorosa.)

Breves fueron tus desvelos
¡Madre! Te fuiste a los cielos
445
a poco de yo nacida...
y me has dejado sumida
—83→
en estos tristes anhelos...

(Con unción.)

¡Contempla esta soledad
en que vivo, e intercede
450
con El que todo lo puede!
¡Implora al Dios de bondad
para que tenga piedad
e infunda amor en la mente
de mi pobre padre ausente!
455
Que con su luz le ilumine
y a mis brazos le encamine
que ya le aguardo impaciente.

(Pausa.)

¿Y no volvisteis a verle?
EL ESCULTOR
Sí... mas luego me marché
460
lejos... muy lejos... no sé...
ALMA
¿Y podréis reconocerle
si le veis?
EL ESCULTOR
Sin vacilar.
ALMA
¿Y por qué os fuisteis tan lejos?
EL ESCULTOR
Esos son recuerdos viejos
465
muy penosos de contar.

(Se sienta abatido.)

Aquí en Granada empezó
mi vida de peregrino...
de aquí la voz del destino
imperiosa me apartó,
470
y a otras tierras me llevó...
—84→
¡Cuántas gentes conocí!
¡Mas donde quiera que estaba
conmigo siempre llevaba
un amor que murió aquí!
475

(Pausa.)

ALMA
¡Qué triste debe de ser
que nuestro amor se nos muera!
¡Yo digo que más valiera
para eso... no nacer!
Yo también tengo mi amor
480
y si ese amor me faltara
quizás, loca, me matara
de no matarme el dolor.
EL ESCULTOR
A mí la suerte me hirió
pero no quiso matarme...
485
Quiso sin piedad probarme
y sin piedad me probó...
¡y con crueldad se ensañó!
¡Pero yo! Nunca cedí...
siempre firme, resistí
490
y al cabo de mi camino
bajo este cielo divino
hallo el amor que perdí...
ALMA

(Se sienta a su lado.)

Entonces, pues vuelve a hallarla,
su novia no moriría.
495

(Con aire de reconvención infantil.)

¡Ya comprendo! Ello sería
que debisteis engañarla...
y arrepentido, al volver
ella os habrá perdonado
—85→
pues, ¡quien de joven ha amado
500
viejo guarda algún querer!
EL ESCULTOR
No, hija mía, se murió...
quizás la maté yo mismo
y en prueba de mi heroísmo

(Sarcástico.)

este nuevo amor me dio.
505

(Le coge a ALMA la mano. Pausa.)

(Esta décima y las tres siguientes, en tono descriptivo, señalando unas veces al rosal, otras a los torreones, según el texto.)

¿Ves aquel viejo rosal
que está junto a la ventana?
Mira la rosa temprana
que al beso primaveral
abrió el cáliz virginal.
510
Ya el sol, su amante, la deja
y tras la torre bermeja
esconde su disco ardiente,
y ella se apoya doliente
en los hierros de la reja.
515

(Pausa.)

En ese mismo rosal,
cuando aún vivía mi amor
vi yo una rosa de olor
que a la caricia estival
abrió el seno virginal...
520
También su amante la deja
y tras la torre bermeja
se hunde, su fuego ocultando
y ella se muere llorando
en los hierros de la reja.
525

(Pausa.)

¡Pasan fugaces los años
—86→
nuevos años, nuevas flores,
nueva flor, nuevos amores!
Nuevo amor, nuevos engaños
y más hondos desengaños.
530
¡Sigue el sol su luminosa
carrera, y rosa tras rosa
se abre, viendo al sol salir
y muere al verle morir
tras de la torre ruinosa!
535

(Pausa.)

Quien pudiera rosa ser
que en naciendo se deshace
y muere allí donde nace...
¿Para qué tanto saber
y luchar, y padecer,
540
si al cabo en la hora postrera
cuando la muerte certera
me hiere, todo lo olvido
y sólo un sepulcro pido
en el lugar que naciera.
545

(Oculta el rostro entre las manos.)

ALMA
¡Tristeza me da escucharos!
Soy niña, apenas entiendo
qué es vivir; ¡pero comprendo
qué es sufrir! Quisiera hablaros
con el alma y consolaros.
550

(Piadosa.)

Mas tampoco sé explicarme.
EL ESCULTOR
¿Cómo podrás consolarme
bella niña, si el pesar
que sufro, nace de amar
—87→
a quien nunca podrá amarme?
555

(Se pone el sol.)

ALMA
¿Y por qué no os ama, hermano?
¿Porque sois de humilde cuna?

(Niega él con la cabeza.)

¿Porque no tenéis fortuna?

(Niega también.)

¿Quizás porque sois anciano
no acepta ya vuestra mano
560
la nueva amada que os dio
la amada que se murió?

(Niega también.)

EL ESCULTOR
Soy noble, y rico, y pudiera
hacerme amar si quisiera...
No es esa la causa, no.
565
ALMA
Bien al oíros se entiende
que como noble pensáis
y como prudente habláis...
mas si esa dicha depende
sólo de vos, me sorprende
570
no la queráis alcanzar...
Decís que no os podrá amar
y decís que si queréis,
haceros amar, podéis.
¿Cómo este enigma aclarar?
575
EL ESCULTOR
En verdad que eres aguda
más que a tus años conviene...
La vida misterios tiene
que ante ellos la razón duda
y el alma se queda muda...
580
—88→
Yo a tus puertas he llegado
y tú limosna me has dado
pensando que era un mendigo,
y traigo un caudal conmigo
que jamás nadie ha igualado.
585

(Saca un collar.)

Mira este collar de perlas...
Cada perla es un tesoro.
Mil veces su peso en oro
he pagado por tenerlas...
¿No te da gozo de verlas?
590

(Mostrando una por una.)

Mira qué engarce más bello

(Se lo pone en el cuello a ALMA.)

Cada perla es un destello
de luz, que bajó a bañarse
al mar, a purificarse
para acercarse a tu cuello.
595
ALMA

(Con sobresalto.)

Bellas vuestras perlas son
mas tomadlas, no las quiero

(Se quita el collar.)

A esas perlas yo prefiero
la paz de mi corazón.

(La escena queda casi a oscuras, gradualmente.)

EL ESCULTOR

(Guarda las perlas y saca un grueso diamante.)

Mira este hermoso diamante
600
no hay en el mundo otro igual.

(En tono narrativo.)

¡De noche... en un arenal
africano, un caminante
vio lucir su luz brillante
—89→
como en el cielo una estrella!
605
Siguió de la luz la huella
y la luz ante él huía,
y él tras de la luz corría
hasta que al fin dio con ella.
Largo rato, embelesado
610
estuvo, en sus manos viendo
aquella piedra luciendo...
y como estaba rendido
luego se quedó dormido.
Cuando a poco en sueños vio
615
que del diamante salió
un espectro luminoso
que con acento imperioso
de esta manera le habló:

(Se levanta.)

«Yo soy el alma de un padre
620
que piensa en su hija amada.
Levántate que ya pronto
asoma la luz del alba.
Atraviesa este arenal,
sube a las altas montanas,
625
a las llanuras desciende,
recorre todas las playas,
navega en todos los mares,
entra en todas las moradas,
y por todas partes mira
630
si está mi hija adorada...
La has de conocer al punto:
su belleza es sobrehumana;
su rostro es el limpio espejo
en que su alma se retrata
635
y su alma es la más bella
—90→
que en el mundo fue creada.
La has de conocer al punto
y al conocerla has de amarla.
Lleva contigo el diamante
640
donde oculta está mi alma
y pónselo sobre el pecho
a mi hija idolatrada.

(Se lo pone.)

Verás brillar con más fuerza
del diamante la luz clara...
645
Es que mi alma se alegra
brillando junto a su alma».
ALMA

(Se levanta, sin atreverse a mirar el diamante.)

¡Señor! ¿Por qué este misterio?
¿Quién sois? Decidme, ¡os lo pido!
EL ESCULTOR
Un esclavo que ha sufrido
650
largo y duro cautiverio.
ALMA
¿Mas si sabéis donde está
mi padre, por qué calláis?
¿Por qué así me atormentáis?
EL ESCULTOR
Ten esperanza... El vendrá...
655
ALMA

(Dirigiéndose a él ansiosa.)

No sabéis la pena cruel
que sufre mi pecho amante
siempre soñando, anhelante
en el padre amado... y él
jamás se acuerda de mí.
660
Muy niña me abandonó
—91→
y acaso ya me olvidó...
Se fue muy lejos de aquí...
No sé adónde. ¡Oh! ¡Si volviera!
¡Sí... volverá! Y al hallarle
665
con más pasión he de amarle
que si siempre le tuviera.

(Pausa.)

¿Qué es un padre? No lo sé...
Sé que por él soy deudora
a Dios, del bien que atesora
670
mi alma, que obra suya fue.

(Enajenada.)

¿Por qué en la angosta caverna
en que el alma esclava gime
nace esta luz que redime
y guía a la gloria eterna?
675
¿Por qué en mi pecho mezquino
labrado de tosca arcilla
este amor tan puro brilla
como un destello divino?
¿Y por qué en mi mente oscura
680
que llena de sombras siento
nace el claro pensamiento
que se remonta a la altura?

(Pausa.)

¿Quién es mi padre? Lo ignoro,
mas sé que mi amor es suyo.
685
EL ESCULTOR

(Marcando por primera vez su amor oculto.)

¿No es de Aurelio el amor tuyo?
¿No le amas?
ALMA
Sí, le adoro...
Cada amor tiene su nombre
—92→
Se ama a un padre, yo imagino
con algo de amor divino...
690
Y a un esposo como a un hombre.
Por Aurelio amor sentí
después de verle y hablarle,
y a mi padre empecé a amarle
de niña, y nunca le vi.
695
Mi padre me abandonó
sin que mi amor se entibiara...
¿Y si Aurelio me dejara?
¿Podría quererle yo?
Aurelio es como un hermano
700
con él me gusta jugar...
Por el jardín pasear
puesta mi mano en su mano...
y hacer con él travesuras...
y cantar con él canciones...
705
y hablar con él de ilusiones...
y soñar con él locuras...
Y mi padre... ¿qué sería?

(Infantil.)

¡Dios mío! Si no lo sé.
¿Cómo a mi padre amaré?
710

(Mirándole.)

¡Sí, creo que le amaría
con religioso fervor,
como a un ángel que viniera
y del cielo me trajera
un mensaje del Señor!
715
EL ESCULTOR
Yo tampoco sé, hija mía,
aunque mucho he meditado
sobre el amor, y aunque he amado
—93→
mucho, qué amor le tendría
a una hija, si la hallase;
720
mas pienso que mi cariño
sería como el de un niño
que en su cuna despertase,
y al abrir los ojos viera
que su madre cariñosa
725
le contempla silenciosa
sentada a la cabecera...

(Se interrumpe exclamando.)

¡Detrás del vivir soñado
viene el morir sin soñar!
¡Ay de aquel, que al despertar
730
no tiene a su amor al lado!

(ALMA se acerca solícita.)

Mas yo no quiero un amor
que de mí se compadezca,
quiero que por mí padezca,
que sufra con mi dolor...
735
que vea en mí el mundo entero
como yo en él lo veré,
yo en él sólo pensaré;
que en mí solo piense, quiero.

(Pausa.)

¿Cómo podré yo vivir
740
si está en brazos de otro dueño?
¿Ni cómo turbar su ensueño
con ayes de mi sufrir...?
Tengo un solo corazón
y amo en una sola parte...
745
Ese amor que se comparte
es una triste ficción...
—94→
ALMA

(Con serenidad compasiva.)

Vuestro amor es egoísmo
y es locura y es pecado...
que al prójimo está mandado
750
amarle como a sí mismo...
Amar a todos debemos,
a cada cual a su modo,
y amar a Dios sobre todo
si el cielo ganar queremos.
755
Solo a Dios hay que adorarle
y el hombre que audaz pretende
igualársele, le ofende
pues sólo debe imitarle.
EL ESCULTOR
Si yo a una hija encontrara
760
haría de ella un Dios...
Lejos del mundo los dos
¿Quién nuestra dicha igualara?
Sus más pequeños antojos
cumplir ¡qué noble delicia!
765
¡Sentir su suave caricia
y ver la gloria en sus ojos!
Contarle mis aventuras
del tiempo en que loco fui
y en que por loco sufrí
770
tan amargas desventuras...
y luego satisfacer
su inquieta curiosidad
mostrándole una verdad:
¡la sola que hay que saber!
775
¡Verdad que yo he descubierto!,
de los sabios ignorada...
—95→
Verdad que hallé sepultada
en la arena del desierto.

(ALMA cubre el diamante con la mano.)

No es la verdad el diamante
780
también en él hay ficción;
un diamante es un carbón,
arena con luz brillante...

(Reanuda sus ideas.)

Esa verdad la diría
cuando en amor abrazadas
785
y a los espacios lanzadas
juntas su alma y la mía
fueran, y allá desde el cielo
vieran aquí a los humanos
cual enjambre de gusanos
790
que hormiguean por el suelo...

(ALMA retrocede.)

¿Qué es el hombre? Un muladar
en donde cae una perla.
¡Ay del que no sabe verla
y la deja mancillar!
795
¡Amor! Eterna mentira,
sólo un amor me fue fiel:
el odio duro y cruel
que a mi alma el mundo inspira.

(Como corrigiéndose.)

Y este odio es amor santo
800
es la flor de la belleza
que sacude la impureza
que manchó su limpio manto.
¡Ah! Si yo tuviera fe
también en Dios pensaría
805
y pensando en Él, vería
—96→
con amor cuanto se ve...
Mas ¿dónde, en qué, mi amor fundo
si estoy con el cielo en guerra?
¡Creando un Dios en la tierra,
810
para amar en él al mundo!

(ALMA que ha ido retrocediendo, se esconde cerrando la puerta diciendo:)

ALMA
¡La tentación!
EL ESCULTOR
¡Abre!
ALMA

(Desde adentro.)

No.
EL ESCULTOR
Abre. Te voy a decir
un secreto que al morir
tu madre me confió.
815
ALMA
¡Venid mañana de día!
EL ESCULTOR

(Golpeando.)

¡Abre!
ALMA
¿Quién sois? Tengo miedo.
EL ESCULTOR
Decirte quien soy no puedo...

(Golpea varias veces, y al fin se retira y se sienta en el banco.)

Si yo dijera: ¡Hija mía!

(Pausa.)

Nunca en mi vida he mentido
820
y hoy he mentido cobarde.
¿Qué fuego es este que arde
en mi pecho dolorido
—97→
ofuscándome el sentido?
¿Es del alma un resplandor?
825
¿Es de la carne un clamor?
¿Quién conoce los linderos
que separan los senderos
de un amor y de otro amor?

(Pausa. Aparece una luz sobre el torreón donde antes estaba el sol poniente.)

(Levantándose.)

Veo una luz peregrina
830
que allá de lo alto desciende...
Luz que mi espíritu enciende
con una llama divina
que a los cielos me encamina.

(Se extingue la luz y aparece otra, sobre la gruta cerrada.)

Veo una luz fatua que yerra,
835
flor de un sepulcro que encierra
cenizas que yo adoré
y por esa flor iré

(Se acerca a la gruta.)

¡a los centros de la tierra!

(Desaparece detrás de la gruta.)

Telón

—98→

- III -

Auto de la Muerte

La misma escena del auto primero. Entra EL ESCULTOR por la puerta del fondo llevando de una mano a ALMA, vestida de blanco, con traje de desposada, y en la otra una luz. Se dirige a la mesa y enciende el candelabro.

EL ESCULTOR
¿No percibes el silencio
que en esta estancia secreta
flota? Largos años ha
ninguna planta la huella.

(Reconoce la estancia, cierra la puerta del fondo y se pone el sobretodo blanco con que apareció en el primer auto. Se acerca a la mesa y contempla a su ALMA.)

ALMA
Decidme el grave secreto
5
que mi madre santa y buena
al morir os confiara
y sacadme de esta cueva.
EL ESCULTOR
Esta fue tu humilde cuna.
Aquí en esta pobre celda
10
el amor veló tu sueño
antes que al mundo nacieras...
—99→
ALMA

(Temerosa.)

Augurio fatal, funesto,
es de mi oscura existencia
haber nacido a la vida
15
en esta cárcel tan negra
donde al respirar me ahogo,
y al mirar me quedo ciega...
Sacadme pronto de aquí
que ya mi esposo me espera.
20
EL ESCULTOR
Descubre el minero el oro
en el seno de la tierra:
y halla el esclavo el diamante
bajo la abrasada arena;
en los abismos del mar
25
coge el pescador la perla
y de día al antro oscuro
llega la luz de la estrella
y los amores más puros
nacen en hondas cavernas...
30
Tú aquí al respirar te ahogas
y al mirar te quedas ciega...
Para mí tiene este aire
perfumes que me embelesan
y al mirar, en luz me abraso
35
y el fuego de amor me quema

(ALMA retrocede.)

ALMA

(Con humildad.)

Decidme el grave secreto
que mi madre santa y buena
al morir os confiara
y sacadme de esta cueva.
40
—100→
EL ESCULTOR
Hay una mancha en tu vida
que es misterio de tu esencia;
mancha de gran excelencia
pues la pureza escogida
ante ella muere vencida.
45
A un hombre tu madre amó
y a su amor le sujetó
queriendo darle la fe...
y tal su desdicha fue
que presa en su amor quedó.
50

(Pausa.)

Fue un sublime desvarío
no fue la torpe flaqueza
fue la firme fortaleza,
la fe, en dar la fe a un impío
y vida a un sepulcro frío...
55
Él rompió el amante lazo
y ella murió en el regazo
de la fe con que le amaba...
y en una cuna lloraba
el fruto de aquel abrazo.
60

(ALMA llora.)

En tanto el padre corría
buscando nuevos placeres:
amor de nuevas mujeres
para embriagar en la orgía
el infierno que sufría...
65
Y buscó también la muerte
sin que quisiera su suerte
que la hallase en parte alguna
pues la implacable fortuna
le hizo cada vez más fuerte.
70
—101→
Pasó trabajos muy rudos
viviendo en tierras lejanas
de su cabeza las canas
y de su brazo los nudos

(Señalándose.)

de ello son testigos mudos...
75
Le acusaron sin razón
y sufrió larga prisión...
y vio el desierto africano
y está labrada su mano
por la uña del león...
80

(La muestra la mano.)

(ALMA abre los brazos y se queda en suspenso, escuchando.)

Y como aguilucho herido
que siente el plomo en el ala
veloz cual flecha se exhala
y va a morir a su nido...
vuelvo yo a mi edén perdido.
85
Y una tentación más dura
el destino me procura...
Te hallo a ti y renazco en ti...
pues al punto en que te vi
vi a mi amor en tu figura.
90

(ALMA se aparta de él.)

Sé que es un crimen nefando
que sienta por ti este amor;
sé que es horrible impudor
estar de mi amor hablando
y estar tu alma mancillando...
95
Pero esas galas nupciales
esas flores virginales
y joyas de desposada
con que estás ataviada,4
¡son mis emblemas mortales!
100
—102→

(Pausa.)

Un sueño agitó mi vida
y este sueño fue mi Dios
y tras de este sueño en pos
se lanzó el alma atrevida...
y al volver a mi guarida
105
con mi sueño ya olvidado
hallo en ti el sueño soñado...
Sí, mi ensueño está en tu rostro
y ante mi ensueño me postro
y adoro al Dios que he creado.
110

(Se arrodilla.)

Ser de mi alma creador
crear un alma inmortal
en mi alma terrenal,
ser yo mi propio escultor
con el cincel del dolor;
115
solo, sin Dios, esto fue
lo que en mis sueños soñé...
y ahora que voy a morir,
despierto y veo surgir
la escultura de mi fe.
120
Pero esta fe no está en mí
y esta fe debe ser mía...
Es la fe en que yo creía
cuando sin fe concebí
la estatua que vive en ti...
125
¡Tú eres mi alma creada!
¡Tú eres la estatua soñada!
Y aunque eres mi hija, te adoro
y de rodillas te imploro
el favor de una mirada...
130

(Implora.)

¡Ten piedad de un pobre ciego!
—103→
¡No te escapes de mis brazos!
¡No rompas, Alma, estos lazos!
¡No te hagas sorda a mi ruego!
¡No te dé espanto este fuego!
135

(Se levanta gritando:)

¡En eterna hoguera a arder
quiero condenado ser,
mas déjame que te quiera!
¿Qué me importa, Alma, la hoguera
si ardiendo te he de querer?
140

(Pretende coger a ALMA y queda como clavado en el centro de la escena. ALMA huye, y cogiendo un pedazo de estatua rota, golpea en la puerta del fondo, con gritos entrecortados.)

ALMA
¡Aurelio! ¡Estoy prisionera!
¿Te has olvidado de mí?
¡Ven a sacarme de aquí
y no me dejes que muera
en las garras de la fiera!
145

(Golpea.)

Es un hombre muy cruel
tiene aleonada la piel...
yo luchar con él no puedo...
me vuelvo loca de miedo
de verme sola con él.
150

(Golpea.)

¡Aurelio! ¡Soy yo! ¡Tu esposa!
Mira que quiero vivir,
que no me dejes morir
enterrada en esta fosa.

(Con terror, mirando a su padre.)

Que ya la fiera me acosa...
155
Que me ahogo en esta tumba...
Que mi cuerpo se derrumba...

(Con acento desgarrado.)

¡Que el cerebro me golpea
—104→
y el alma ya me flaquea,
y quizás, débil, sucumba!
160

(Cae de rodillas. Se oye arriba una detonación.)

¡Aurelio! ¡Aurelio! ¡Señor!

(Se acerca a su padre y corre por la estancia golpeando las paredes.)

El que se quita la vida...
tiene en el pecho una herida...

(Señala el corazón.)

¡Aquí, aquí, siento el dolor!
EL ESCULTOR

(Impasible.)

Un muerto.
ALMA

(Ante su padre.)

¡Abridme!

(Ve un puñal en la panoplia, lo coge y vuelve frente su padre.)

¡Valor!
165
EL ESCULTOR

(Se desgarra la ropa y muestra el pecho blanco, marmóreo.)

Hiere aquí con golpe rudo
traspasa este mármol mudo...
¡Mas, cómo podrá el acero
lo que el grito lastimero
de la hija amada no pudo!
170

(ALMA deja caer el puñal.)

¡Aunque mil lenguas tuviera
y aunque en mil lenguas hablara
ni un destello te explicara
del dolor que a mi alma entera
da el dolor que te lacera!
175
Si con mil lenguas te hablara
y en mil lenguas me explicara
ni un reflejo te dijera
del placer que a mi alma entera
—105→
da el dolor que te apesara...
180
Sufro de verte sufrir,
gimo de oírte gemir,
me duele como me miras,
lloro al oír que suspiras
y muero al verte morir.
185
Me enamora triste verte
y admiro tu honestidad
y adoro tu santidad,
y vivo al ver que eres fuerte,
¡y vas a matar la muerte!
190

(Pausa.)

Hubo un hombre, que al amarte
quiso al mundo esclavizarte
con un amor material...
Si su amor fuera ideal
mejor pensara en matarte...
195
¡Palabras de amor! ¡Sonidos!
Y los sonidos, materia...
Habla la sangre en la arteria
bullendo con sordos ruidos
y del pecho los latidos...
200

(Violento.)

¡Y este corazón que late
es el grito de un combate!
¡Y el astro, que horrendo estalla
el eco de una batalla!
¡Y uno solo es quien se bate!
205

(Pausa.)

Es que el espíritu quiere
libertarse de su escoria...
¡Un latido, una victoria!
¡El más noble el que más hiere!
—106→
¡Y sólo triunfa el que muere!
210

(ALMA se hinca de rodillas a los pies de su padre.)

ALMA

(Sollozando.)

¡Oh, señor, tened piedad!
Mi voz quiere gritar: ¡Padre!
¡Mi alma piensa que mi madre
cayó en vuestra liviandad
y murió en vuestra crueldad!
215

(Coge el puñal del suelo.)

¡Matadme, pues que nací
y al nacer vuestra hija fui!
Tomad, señor, el puñal

(Pone el cuello humilde.)

heridme, no me haréis mal
pues yo no vivo ya en mí.
220
EL ESCULTOR

(Coge el puñal y dice amoroso:)

¡Tú ignoras, hija querida
los secretos de la vida!
Ignoras que el noble asiento
del vivir, es el tormento...
y el placer vida perdida.
225
¡Al amor esclavizamos
y las huellas materiales
que en las carnes virginales
deja el amor que anhelamos,
cadenas son que forjamos!
230

(Pausa.)

¡Ven y acércate a mi pecho
sienta yo tu abrazo estrecho
y el calor de tu mirada
sobre esta escultura helada
en que estoy firme y derecho!
235
—107→
Yo también esclavo he sido
y tu hermosura serena
fue mi última cadena...
mas he luchado y vencido
y a un mundo nuevo he nacido...
240

(ALMA se levanta y se abraza a su padre que la acaricia.)

¡Qué noble eres, Alma mía...
y más que noble eres buena...
y más que buena eres pura...
y más que pura eres bella...!
Entre todas las mujeres,
245
bendita sea tu belleza.

(La besa en la frente.)

ALMA
¡Ay! ¡Padre! Señor! ¿Qué es esto?
¿Qué dicha tan pura es esta?

(Se aparta de sus brazos y va andando con las manos juntas sobre el pecho.)

¡Yo me muero, padre mío!
¡Y muero en la gloria eterna!
250

(Queda petrificada junto a la puerta del fondo.)

EL ESCULTOR

(Arrancándose del sitio en que está clavado.)

Alma, hija mía, ¿no hablas?

(Se acerca a ella y la va tocando cabeza, cuerpo y brazos, y repitiendo:)

¡Piedra! ¡Piedra! ¡Piedra! ¡Piedra!

(Se cubre el rostro con las manos, y como si estuviera perturbado va andando como en la escena de las sombras del auto primero y hablando bajo.)

(Suenan lejanas chirimías.)

Vida y muerte sueño son
y todo en el mundo sueña...
Sueño es la vida en el hombre
255
sueño es la muerte en la piedra.

(Se acerca a su hija.)

—108→
En esos ojos cerrados
quedó grabada una idea:
«Más que ver lo que ve el hombre
vale estar ciego en la piedra».
260

(Pausa.)

En esos rígidos labios
quedó una palabra yerta:
«Más que hablar lo que habla el hombre
vale estar mudo en la piedra».

(Pausa.)

Y de este pecho en el fondo
265
hay una esperanza muerta:
«Más que la vida en el hombre
vale la muerte en la piedra».

(Abre los brazos e invoca al cielo.)

Si vida y muerte son sueño...
Si todo en el mundo sueña...
270
¡Yo doy mi vida de hombre
por soñar muerto en la piedra!

(Pausa. Se llena la escena de densas tinieblas y ALMA desaparece detrás del telón del fondo.)

¿Quién oscurece mi vista
con estas densas tinieblas?
¡Alma! ¡Hija! ¿Dónde estás?
275

(Palpando.)

¡Dadme luz que quiero verla!

(Sale CECILIA por la puerta de la izquierda como en el primer auto y se pone delante del ESCULTOR.)

CECILIA
La está ante sus ojos viendo
y aún, el ciego, no la ve...
Yo soy la luz de la fe
que estás a gritos pidiendo.
280
EL ESCULTOR

(Sin inmutarse.)

¿Eres tú?
—109→
CECILIA
¡Si! ¡Yo! ¡Yo soy!
¡Antes de morir, aquí
volver a verte ofrecí
y lo he cumplido, aquí estoy!
¿No te da espanto de verme
285
después del mal que me hiciste?
¿Después que muerte me diste?
EL ESCULTOR
¿Qué mal podrías hacerme?
¿Por qué guardarme rencor?
¡Si te hice alguna maldad
290
culpa a la fatalidad,
siempre tuyo fue mi amor!
¡Ni aún como padre he sabido
amar! ¡Pues a la hija mía
porque a ti se parecía
295
tu mismo amor le he tenido!
¡Y ahora como a un Dios la adoro!
¡Es mi hija, es mi creación!

(Amenazando.)

¡Ay de aquel que sin razón
me arrebate mi tesoro!
300
CECILIA

(Sentenciosa. Muy marcado.)

Puede la humana criatura
crear una obra y amarla...
Mas la luz para mirarla
la tiene Dios en la altura.
EL ESCULTOR
¡Luz quiero, luz para verla!
305
CECILIA
Con esta luz la verás.
—110→
EL ESCULTOR
¡Dámela!

(Quiere cogerla.)

CECILIA
¡Sí, la tendrás
si eres digno de tenerla!
Antes te has de arrepentir
has de doblar la rodilla
310
que sólo aquel que se humilla
puede a los cielos subir.

(Se pone la mano en el pecho.)

¡Oh corazón indomable
si este amor no te cogiera
quizás tu dueño muriera
315
como bestia miserable!
¡Mas te acosan dos amores
que presto te apresarán!
¡Dispónte! ¡Que a llegar van
a ti, los grandes terrores!
320

(Amorosa.)

Si tú a nuestra hija vieras
lo mismo que yo la veo,
acaso por el deseo
de verla siempre, creyeras.
EL ESCULTOR
¿Dónde está? ¿Cómo la ves?
325
CECILIA

(Mira al cielo, en éxtasis.)

¡Está allí! ¡En lo alto! ¡Oh! Es ella...
Ella es... el alma más bella
que en todos los cielos es...
EL ESCULTOR
Voy con ella.
—111→
CECILIA

(Deteniéndole.)

¡Desdichado!
¿Cómo, si no tienes alas?
330
¿Cómo los cielos escalas
si estás aquí encadenado?
EL ESCULTOR

(Violento.)

¡Con fuego de mi pasión
mis cadenas fundiré
y para volar, tendré
335
las alas del corazón!
CECILIA
Mas la puerta está cerrada.
¿Cómo abrirla si no sabes?
EL ESCULTOR

(Va a la panoplia y coge la espada.)

Aunque la cierren mil llaves
la forzaré con mi espada.
340
CECILIA
¿Y los ángeles armados?
EL ESCULTOR

(Furioso.)

¡Angeles... y serafines
arcángeles... querubines...
todos... serán degollados
cual rebaño de corderos...!
345
¡Oh! ¡Los hombres han de ver
que a cántaros va a llover
la sangre, siglos enteros!
CECILIA

(Espantada.)

¡Huyo! No puedo escucharte.
¡Dios tus blasfemias perdone!
350
—112→
EL ESCULTOR

(Frenético.)

¡Al mismo Dios si se opone
le paso de parte a parte!

(Da una estocada a fondo.)

CECILIA

(Desde la puerta; deja caer la luz apagada.)

Mi fe no puede domarle
pues inmensa es su impiedad.
¡Señor! Tu inmensa bondad
355
sola, puede conquistarle.

(Se abre el telón de fondo y aparece ALMA, como estatua de una Virgen, en una gloria. Su traje, idéntico al en que quedó petrificada; pero tiene además aureola de santidad. Suenan cerca las chirimías.)

EL ESCULTOR

(Deja caer la espada y cae de rodillas ante la estatua de su hija. CECILIA se arrodilla y reza.)

¡Alma! ¡Mi hija..! ¡El Ideal...!
¡La Fe...! ¡Mi obra maestra!

(Pausa.)

¡La muerte! La muerte fría...
viene... la muerte de piedra...
360
la siento entrar en el pecho...
La siento andar por las venas...
La siento apagar mis ojos...
La siento ligar mi lengua...
¡Oh qué ventura es morir
365
esculpido en forma eterna!

(Queda petrificado con los brazos extendidos adorando a su hija.)

Telón lento

NOTA

La presente edición está copiada literalmente del manuscrito original, de puño y letra de Ganivet, enviado por éste desde Riga. A D. Francisco Seco de Lucena en los primeros días de Noviembre de 1898, con el encargo de que gestionase el estreno de El Escultor, en el teatro de Granada.

Tal y como lo escribió Ganivet, sin supresión ni alteración alguna se publica respetando así los deseos expresados por el insigne granadino en las Indicaciones para la representación que preceden al auto primero.

Los artista que estrenaron El escultor de su alma la noche del 1.º de Marzo de 1899 en el teatro de Isabel la Católica fueron don Francisco Fuentes (Pedro Mártir); la señora Díaz (Cecilia); la señora Guillén (Alma), y el señor Rivelles (Aurelio).