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Véase después del v. 2015 la glosa al pie de la c. 188 (tomo III) del ms. Chacón: «No pasó adelante con esta comedia». Por otra parte, no es éste el único texto que Góngora ha dejado incompleto, baste pensar en la famosísima Soledad Segunda, en el Panegírico al Duque de Lerma, o aun en romances («Con su querida Amarilis», «De Tisbe y Píramo quiero», «Érase una vieja»), letrillas, tercetos y canciones («Doña Menga de qué te ríes?», «Escribís, oh Cabrera, del Segundo», Canción del Conde de Lemus, etc.). Y si la anotación a esa última canción escrita por Antonio Chacón nos informa que don Luis «No acabó esta canción, porque supo luego no ser cierta la nueva de la muerte del Conde» (tomo I, c. 166), o una análoga glosa (ibídem, c. 262) señala la añadidura posterior por parte de Góngora de 43 versos (vv. 937-79) a la Soledad Segunda, faltan noticias que aclaren la interrupción del Doctor Carlino. Tampoco nos ayuda mucho la defensa valiente de Juan de Espinosa Medrano en contestación a las acusaciones de Manuel de Faria («Las Soledades, Panegírico y dos comedias tuvieron principio, pero no tuvieron fin, ni aun medio; y el Polifemo acabado tiene poquísima traza») quien afirma que: «Eso imperfecto, eso por acabar, que se dejó Góngora, es mucho mejor, que lo muy concluido y sellado de otros [...] Lo grande no está en lo mucho», y en particular: «Pues del ingenio de Góngora se ha de presumir que no acabase una Comedia, porque no pudo, cuando no hay hoy zapatero de viejo en España, y aun en nuestras Indias, que no las escriba a docenas?» (Juan de Espinosa Medrano, Apologético en favor de D. Luis de Góngora..., en Lima, en la imprenta de Juan de Quevedo y Zárate, año 1662, ff. 31v, 32r y v). El campo de las hipótesis queda, pues, abierto. De todas formas, me parece creíble, como afirma Robert Jammes, que en la decisión de interrumpir la composición del Doctor Carlino pueda haber influido la dificultad de representar el texto (por razones escenográficas y por el contenido inmoral de algunas partes del diálogo) según la opinión de algún comediante a quien don Luis había enseñado su manuscrito todavía inacabado (Études sur l'oeuvre poétique de don Luis de Góngora y Argote, Bordeaux, Féret et Fils, 1967, p. 523).

 

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La acción, que se desarrolla en una ciudad andaluza no identificada, ocupa el espacio de un solo día y está repartida de manera muy regular en los tres actos: empieza por la mañana en el I, prosigue hasta el ocaso en el II, mientras los personajes anuncian para aquella noche la conclusión de sus engaños (en el acto III que falta). Sobre la análoga localización espacio-temporal en Las firmezas de Isabela y sobre la postura de Góngora con respecto al Arte nuevo de Lope, cf. Laura Dolfi, Il teatro di Góngora, «Las firmezas de Isabela», Pisa, Cursi ed., 1983 (Istituto Ispanico, Universidad de Florencia), vol. I, pp. 19-39.

 

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También don Luis en Las firmezas de Isabela aplaza el enfoque del tema principal (la constancia amorosa de la mujer) a la escena 6.ª y la salida a escena del protagonista Camilo hasta la 7.ª. Sobre la técnica de la dilación narrativa en el teatro de Góngora, cf. aún ibidem, pp. 187-220.

 

4

La imagen vuelve irónicamente, pero todavía con alusión a Carlino, en los vv. 900-3 sucesivos: «A fe que ha sido el Doctor, / como docto y como diestro, / famoso abogado vuestro / en las audiencias de Amor.» Para ésta y las siguientes citas remito a la edición de las Obras completas de Luis de Góngora por Juan e Isabel Millé y Giménez, Madrid, Aguilar, 1966.

 

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Cf. las referencias a la venganza en los vv. 246, 1351, 1517 o la alusión a los celos en los vv. 207, 590, 876, 1004, 1125, 1742. Obsérvese cómo también las posibles sospechas resultan a veces elemento dialéctico que facilita el engaño; piénsese, por ejemplo, en los celos de Gerardo que Carlino utiliza para convencer a Enrico de que Casilda le quiere (vv. 1125, 1742) o en los de Lucrecia, de los que el doctor se aprovecha para disuadir a Tancredo de que vuelva a su casa e impida la consumación del adulterio deseada.

 

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Se puede pues hablar de una sola acción desdoblada con perfecta simetría contra Tancredo y Enrico. El paralelismo que ya había empezado en la 1.ª escena del I acto con el cuento de Gerardo, que alude con idéntica estructura sintáctica (frase hipotética, frase interrogativa compartidas en dos estrofas) a las insidias de los rivales y a la consiguiente imposibilidad de eludir el castigo, continúa con la organización del dúplice desquite amoroso (deshonra de Lucrecia y de Leonora, vv. 199, 287) y con el fraude financiero que les quita respectivamente a Tancredo cien escudos y a Enrico una cadena de oro. El paralelismo prosigue después incluso a nivel de escenas y diálogos. Piénsese, por ejemplo, en la llegada de Tancredo a casa de Casilda en la escena 4.ª, a la de Enrico en la 6.ª y en la confluencia de los dos personajes en la 7.ª con una alternancia de palabras «en secreto» antes con Casilda y luego con el doctor, con las paralelas intervenciones «aparte» en los vv. 1218-21 y, en fin, con la ilusión de lograr los favores de Casilda y con la consiguiente cita nocturna prometida y confirmada gracias a la mediación de Carlino (vv. 1190-93, 1210-11, 1476, 1759-60).

 

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Considérese paralelamente la justificación análoga que Carlino ofrece con referencia a Gerardo: «Venganza es y no apetito» (v. 246).

 

8

La acción, desarrollada en el I acto en casa de Carlino, de Casilda y en la calle, se traslada ahora a casa de Lucrecia y después otra vez a la calle donde, cerca de la vivienda de don Tristán la comedia se interrumpe. Además, no hay escenas bien delimitadas, sino, como subraya Robert Jammes (Études sur l'oeuvre..., cit., pp. 509-13), graduales variaciones de lugar que siguen el movimiento de los personajes (Carlino, por ejemplo, no deja nunca las tablas durante todo el I acto) y que impondrían en el recitado ante el espectador o la utilización de una escena simultánea o la abolición total de escenas.

 

9

El personaje de Leonora propone de nuevo el tópico de las bodas forzadas como secundario en el interior del enredo (Enrico ha planeado casar a su hermana con el viejo y rico don Tristán), y es justamente la posibilidad de eludir el casamiento desagradable lo que Carlino utiliza para inducir a la hermana de Enrico a una cita nocturna con Gerardo: «Represéntele el afán / que tendrá si a don Tristán / se la concede su hermano» (vv. 276-78). También por esta vez, igual que para con la defensa del honor, Góngora finaliza el tema escogido (la constricción en amor y la consiguiente búsqueda de una alternativa -Gerardo, Leonora- para las bodas) al provecho de los protagonistas y a un divertido espíritu de burla.

 

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Para llevar a cabo su engaño Carlino se aprovecha del hecho de que nadie está enterado de los mudados sentimientos de Gerardo y de su desinterés actual por Casilda. El proyecto del médico de fingir un duelo que, implicando al joven le imponga esconderse unos días para huir de la justicia, es en efecto acogido favorablemente por Enrico, quien lo considera un modo fácil para poder quedar, y sin riesgo alguno de que llegue su rival, en casa de la mujer deseada, Casilda. E igualmente, Carlino enseña el mismo artificio a Gerardo, a quien le parece instrumento llano para comprometer la honra de Leonora y asegurarse unas ventajosas bodas. Ambos jóvenes se encuentran implicados así en una acción de la que perciben sólo unos aspectos parciales que la alteran. Como ya en Las firmezas de Isabela el enredo se presenta a los personajes articulado en un variado perspectivismo (cf. a propósito de esto Laura Dolfi, Il teatro di Góngora, cit., vol. I, pp. 159-75).

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