El descubrimiento de España [Selección]
Fernando Iwasaki Cauti

La radio del coche encendida a toda pastilla -a la ida o a la vuelta del colegio- influyó de manera especial en mi educación musical, hasta el punto que desde pequeño memoricé los nombres de numerosos artistas, sus letras más famosas, los títulos de sus canciones y el lugar que ocupaban en el ranking de la semana. Esa erudición radiofónica fue afinándome el oído de tal modo, que en un momento determinado logré reconocer a los cantantes italianos y a los españoles.
A mi madre le gustaban los argentinos como Palito Ortega, Luisito Aguilé y Leonardo Fabio, así como el chileno Lucho Gatica y el mexicano Javier Solís; mas entonces yo aún era incapaz de adivinar la nacionalidad de aquellos artistas tan sólo por sus acentos. En cambio, con italianos y españoles la cosa era muy distinta.
Por un lado, todos los cantantes italianos estaban roncos, afónicos o convalecientes de alguna afección respiratoria que les había dejado la voz carrasposa y nasal, como era el caso de Nicola di Bari, a quien imaginaba haciendo gárgaras después de acometer El corazón es un gitano o El último romántico. Dicha ronquera no respetaba ni siquiera a las mujeres, pues Rita Pavone, Silvana di Lorenzo y Valeria Mongardini también cantaban como si fueran tuberculosas. Sin embargo, esa aspereza tenía su encanto y era a la vez una seña de identidad, lo mismo que la «erre», ya que los italianos no podían pronunciar «ere» sino sólo «erre». Así, los temas de Domenico Modugno, Massimo Ranieri y Umberto Tozzi, debían entonarse rechinando las cuerdas vocales, arrastrando las «erres» y en un castellano macarrónico: Ma perrqué, si la rrosa ma rrosa, y lo es desde siemprre, io debo cambiarre...
A los españoles, en cambio, les pillaba por el ceceo y porque empleaban palabras que inexorablemente me obligaban a consultar el diccionario, tales como «abrevar», «escarceo», «sarmiento», y «cerúleo»; amén de otras -como «achilipú»- cuyo significado jamás descubrí. No obstante, aquellos cantantes solían cautivar a las adolescentes, quienes se arrobaban al oír baladas del estilo de:
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Por esos años también comencé a advertir que la proximidad de las chicas me producía una indescifrable sensación de vértigo en la barriga, y la necesidad de confesar mis sentimientos fue creciendo y entreverándose con la angustia de acabar rechazado, exánime o herido de melancolía. Yo tuve la mala suerte de vivir en un tiempo en el que todavía estaban en uso algunas ridículas convenciones como la «declaración», formulismo indispensable para tener enamorada y que exigía discursos afectados y chirriantes a través de los cuales uno debía pormenorizar -con doce años cumplidos- el indescriptible proceso de la mudanza de la amistad en amor. Aún ahora sé que no saldría airoso de una prueba semejante, pero al menos he aprendido que las explicaciones nunca deben darse antes sino después. A pesar de todo, las letras de los cantantes españoles terminaron proporcionándome los rudimentos de mi primer vocabulario amoroso, mi desarmada munición sentimental.
Como era de muy mal gusto declararse parafraseando las canciones de la radio, el sentido común aconsejaba emplear expresiones que más bien desconcertaran a las chicas, pues no era lo mismo susurrar «quiero coger tu mano» que «deseo rozar tu piel». Los españoles decían las cosas de tal manera -pensaba-, que a la fuerza debía sonar bonito. Pero no. Al cabo de tres sonadas calabazas me hice famoso por ser el huachafo que se declaraba como Junior, Danny Daniel y Camilo Sesto.
La verdad es que las canciones españolas demostraron ser poco eficaces en el contexto amoroso-limeño-pituco-adolescente en el que crecí, básicamente por tres razones fundamentales. A saber, psicológicas, sociológicas y religiosas.
Cualquiera que haya reflexionado acerca de las letras de las canciones de los géneros más representativos del folklore latinoamericano -boleros, rancheras, tangos y sambas-, habrá advertido que abundan el despecho, la tragedia, el sufrimiento y la desolación, así como los celos, la infidelidad y el amor no correspondido. Esos tópicos prevalecen también en las canciones y el imaginario musical del Perú, donde al menos en mi adolescencia no existían las condiciones psicológicas suficientes para procesar tanta felicidad, optimismo y porompompero recibidos a través de las canciones españolas.
En efecto, los cantantes de la península -y sobre todo de las islas adyacentes- eran capaces de componer festivas melodías sobre temas tan írritos e intrascendentes como Un rayo de sol y Mami Panchita o -peor todavía- Una lágrima cayó en la arena y La chica yeyé. La dichosa candidez que transmitían era tal, que hasta un marido calavera -de esos que regresan a los tres años de haber salido a comprar tabaco- podía ser perdonado con sólo entonar Hola, amor mío; hola, vuelvo a casa. Pero lo más sorprendente era la feliz resignación de aquel amante burlado cuya novia se fue buscando el sol en la playa. ¿Cómo era posible tanta filosofía con sólo mirar su fotografía? Si Eva María hubiera sido peruana, de ella no habría quedado ni su bikini de rayas. Ya lo dice un exquisito vals del cancionero criollo:
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Como se puede apreciar, Yo no soy esa de Mari Trini o Soy Rebelde de Jeanette, fueron canciones sublevantes que fomentaron en el Perú la autonomía y la disidencia de las mujeres.
Y es que el amor peruano -que según Unamuno es «baboso»- no estaba psicológicamente preparado para el éxito, la felicidad y el placer, sino más bien para la derrota, el resentimiento y la represión. De ahí que el carpe diem español fuera mal entendido en mi país, ya se tratara de una conquista, un amor platónico, una efusión irrefrenable, un repudio e incluso una traición.
Por otro lado, desde un punto de vista sociológico la típica balada española era considerada de mal gusto por ciertos sectores de la sociedad limeña, mas no por sus letras casposas y cursis, sus elementales sonsonetes melódicos o la precaria entidad artística de sus intérpretes, sino por estar cantadas en castellano. En realidad, en un país hispanohablante de grandes diferencias raciales y económicas como el Perú, cantar en inglés se había convertido en un símbolo de status estético y social. Así, quienes no podían hacerlo eran despreciados por ignorantes o en todo caso por huachafos, sambenitos ambos muy inoportunos si se trataba de enamorar. De hecho, doy fe que a varias chicas no les daba lo mismo Juan Bau que Cat Stevens.
Años más tarde comprobé que en inglés también era posible perpetrar horrendas huachaferías como las de Neil Diamond, Barry Manilow, Christopher Cross o los Carpenters -esos precursores de Pimpinela-, pero las malas canciones en inglés siguieron siendo mejor aceptadas que algunas buenas baladas en castellano. Semejante arbitrariedad habría permanecido indemne de no haber sido por dos hallazgos musicales de la alta burguesía limeña: Joan Manuel Serrat y Mocedades.
Prohibidas las importaciones por la dictadura militar, ciertos autores o grupos musicales tan sólo podían ser conocidos en el Perú gracias a la curiosidad de quienes tenían la ocasión de viajar a Europa, Estados Unidos u otros países de América Latina como Argentina y México. Así empezaron a llegar los primeros discos de Serrat y Mocedades, que muy pronto se convirtieron en objetos de culto de los niños y niñas «bien» de Lima, porque tenían canciones «súper profundas que te hacían pensar, y sentir súper, en general».
Sin embargo, aunque había hermosos temas de amor en los álbumes de Serrat y Mocedades, tales composiciones tampoco fueron del todo eficaces para hechizar adolescentes, porque sus letras enseguida provocaron sospechas y encendieron las alarmas de algunas familias muy piadosas y decentes.
En honor a la verdad no fue el caso de Mocedades -cuyas melodías causaban furor en todas las parroquias de Lima- sino más bien el de Serrat, pues el cantautor catalán se imaginaba a las mujeres como frutas jugosas, sin ellas su cama era ancha y pregonaba que si alguna vez fue bello y bueno, había sido enredado en cuellos y senos. ¿Cuántas señoras limeñas que nunca tuvieron un sueño en la piel comenzaron a inquietarse cuando sus hijas no regresaban poco antes de las diez? Serrat resultó entoces demasiado «profundo» para la iglesia católica, apostólica y peruana, entre otras cosas por sostener que de nada sirvieron las monjas y que una mujer no necesita bañarse cada noche en agua bendita. Además, seguro que Serrat era drogadicto porque todo le sabía a yerba.
Así, las únicas canciones españolas que podían haber espabilado la libido de la juventud limeña, no cumplieron su cometido porque fueron patrimonio de un estamento social que apenas advirtió el peligro que entrañaban las neutralizó. De ahí que algunos temas de Serrat corrieran la triste suerte del repertorio de Mocedades: se convirtieron en canciones de misa.
Ignoro si fue por ambigüedad ibérica o reduccionismo peruano, pero la mayoría de composiciones que llegaban de España eran susceptibles de ser cantadas en misas, convivencias, vigilias y retiros, mas sólo después de realizar las operaciones mentales correctas. Es decir, dando por hecho que toda manifestación amorosa o de íntima sensualidad eran en realidad expresiones de arrebatado misticismo y amor fraterno. Algo parecido -en suma- a lo que hizo la dictadura franquista con Mogambo y con casi toda la poesía de San Juan de la Cruz.
Así fueron convertidos en autores de música sacra Massiel, Julio Iglesias, Basilio, Raphael y José Luis Perales, pero especialmente Mocedades. No obstante, el acervo musical de las parroquias peruanas ya tenía copyright español, aunque los feligreses no fueran cabalmente conscientes. ¿Cuánto habrían ganado por sus derechos los apócrifos autores de Saber que vendrás, Pescador de hombres, Qué alegría cuando me dijeron, Santa María ven y otros éxitos dominicales? Hasta que no salga el compact jamás lo sabremos.
Las parroquias de los barrios residenciales de Lima fueron las primeras en incluir los temas de Mocedades en sus oficios religiosos, desde donde se propagaron por todo el país cual eruptiva o -antes bien- como el fuego de una hoguera. ¿A qué se debía esa repentina efervescencia? Entre otras razones, a que cualquier adolescente habría deseado vender la paz de un niño durmiendo. Mocedades tuvo entonces la dudosa virtud de apremiar la más empalagosa sensiblería espiritual de aquellos chicos y chicas acomodados a los cuales no les bastaba con las colectas anuales del Domund y que veían sus vidas meciéndose en el mar, porque en realidad también se sabían perezosos, de piel dorada y marineros, sobre todo si eran socios del Yatch Club o el Regatas Lima.
Por otro lado, las tímidas exploraciones de Mocedades en el erotismo eran de una sensualidad tan angelical que, o bien se limitaban a dar a una casa color y a un lecho calor, o no eran inteligibles en Lima, ya que al no haber chimeneas nadie podía oler a leña de otro hogar. En cualquier caso, gracias a ese dechado de dichosas chocheces, la pituquería limeña descubrió la existencia del charango y la quena, dos instrumentos de los Andes peruanos que no habían sido inventados por Mocedades, como le expliqué una vez muy serio a una chica, mezcla de chanel y fango («No-me-lo-pue-do-cre-er», me respondió musical).
Con todo, la canción de comunión por excelencia, el salmo más estimado por las devotas mocedades peruanas no era otro que Eres Tú, que en los cancioneros de las parroquias elegantes de Lima se escribía con «T» mayúscula porque Tú era Él. Así, cuanto más exclusiva y selecta era la concurrencia de aquellas iglesias, más sofisticada y polifónica era la ejecución del Eres Tú y más rubias e inalcanzables las niñas del coro, quienes en las estrofas trepidantes y trascendentales de la pieza multiplicaban sus trinos en turbadora armonía:
En las vetustas catedrales medievales los himnos y cantos sacramentales constituían una de las inefables vías para disfrutar de la contemplación divina, pero en las burguesas parroquias de Lima la música era el único camino posible para gozar de la compañía de vírgenes y ángeles. Así fue como entré al coro de Santa Rita, con la esperanza de seducir a una de mis celestiales compañeras. Sin embargo, mi estrategia coral estaba condenada al fracaso, porque yo reemplazaba al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en todas las canciones, imaginando que era ella quien venía a mi orilla o que yo era el ciervo que a su fuente de agua fresca iba veloz.
Por eso en las misas de cada domingo, llegado el día de mi pasión voluntariamente aceptada, tomaba la guitarra y me partía como un pan sobre las cuerdas diciéndole: Eres tú, tú eres (entre todas las mujeres); mas ella sólo me sonreía -bilocada y traspuesta- desde su místico embeleso, porque nunca imaginó que ella fuera «Tú»; es decir, Él y no yo. Creo que la única vez que la besé fue cuando le di fraternalmente la paz.
Por lo tanto, como Serrat me hubiera creado opinión de procaz y Mocedades olor de santurrón, elegí ser hortera porque las baladas huachafas y cursis al menos eran dulces, acarameladas y pegajosas, como todo el mundo en aquella edad ingenua y sentimental. Sin embargo, yo, que tantos cantantes he sido, no he sido nunca aquel en cuya voz rebullía Noelia.
Una de mis más ridículas ensoñaciones adolescentes consistía en suponer que era capaz de conquistar cantando a las chicas que me gustaban, y recuerdo muy bien que dentro de aquel irresistible repertorio eran mayoría las canciones de Nino Bravo, a quien admiraba por el poderío de su voz, la hermosa cadencia de sus melodías y también -lo reconozco- por los melosos remilgos de sus letras, que en las baladas quedaban bien, pero que en honor a la verdad habrían deslucido cualquiera de aquellos bruñidos posters poblados de crepúsculos y lunas llenas, rimas de Bécquer y pensamientos de Khalil Gibran, que alguna vez obsequiamos a nuestro primer amor.
No obstante, mis sueños se cumplieron cuando conocí a otra incondicional de Nino Bravo en un campamento de verano. Con ella hice castillos en la arena y en el aire mientras le contaba y le cantaba la historia de mi vida -cual trovador medieval con bronceador-, hasta que me pidió que le dedicara Noelia.
-¿No quieres Un beso y una flor? -le pregunté algo inseguro de mis posibilidades.
-Yo te daré las dos cosas si me cantas Noelia -me respondió con inocente coquetería.
El cielo empezaba a teñirse con los colores de los satinados posters cuando recité la introducción, y a medida que llamaba a Noelia fueron acercándose nuevas parejas, acaso atraídas por el instinto o por el timbre cada vez más alto de la canción. Yo tenía la esperanza de que el estrépito del mar sofocara mi voz, pero el caso es que llegué al verso irremediable con el oxígeno justo:
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Y en efecto, grité: ¡¡¡Noeeeeeeliaaaaaaaarrrggghhh!!!, aboliendo así el momento, la magia y el poster. Nunca más me dirigió la palabra y ya no sé qué será de Noelia.
Qué complicado era declararse, balbucear las frases esenciales sin demasiados tropiezos, dar con el tono apropiado y sostener la mirada precisa, ni imperativa ni suplicante, ni pícara ni solemne. Acaso para ello servían las canciones -pensaba-, esas baladas tan tiernas cantadas en un castellano inusitado y sorprendente, como de libro de cuentos antiguo encontrado en el desván de la abuela.
Yo tenía la certeza de que mis declaraciones eran originales y conmovedoras, y atribuí a la ignorancia de las chicas mis primeros fracasos. Entretanto las iba desbastando y enriqueciendo con nuevas frases que espigaba de los últimos éxitos, hasta que urdí una suerte de fórmula magistral que llegó a ser mi declaración standard, mi protocolo amoroso.
Varios años más tarde acepté mansamente su ineficacia, porque el espíritu de las propias baladas españolas terminó inmunizándome contra la angustia y otros achaques del corazón. Ya olvidé a cuántas chicas espanté con mi trasunto musical, mas todavía restallan en mi memoria -como relámpagos negros- las melodías de cada verso enamorado:
«Quiero decirte que aunque no somos amigos desde niñez, en tu amistad he puesto toda mi fe. Y es que te estoy amando locamente, pero no sé ni cómo te lo voy a decir. Ya sé que tienes quince años y que yo no he cumplido aún los dieciséis, ¿pero quién a los quince años no ha dejado su cuerpo abrazar? Te amaré, te quiero y te querré. En realidad, nadie te espera como lo hago yo ni te ha soñado como te sueño yo; pero ahora yo necesito saber si quieres ser mi amante, mi enamorada amante. Si lo vas a pensar, hoy tengo todo el tiempo del mundo, y si me amas -como yo te amo- seremos felices aunque no seamos ni Romeo ni Julieta. Pero recuerda que te quiero así distinta por ser sincera, y que si me rechazas todas las promesas de mi amor se irán contigo, aunque no debes olvidar que gracias a ti fui paloma, por querer ser gavilán». |
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La primera vez que oí el nombre de Colón fue en la cola del cine Canout, cuando alguien le gritó a mi padre: «¡Oiga, señor! No sea colón, pues». La segunda fue en casa, cierta vez que dije algo tan obvio que mi mamá me respondió burlona: «¡Qué colón que eres, papacito!». Pero a la tercera fue la vencida y recién en segundo de primaria recibí puntual información acerca del verdadero Colón; es decir, Cristóbal.
Todo lo que aprendí sobre Colón en el colegio cabría en muy pocas líneas: su lugar de nacimiento es desconocido, aunque hay razones para pensar que fue genovés; sostenía que era posible llegar al Oriente navegando por Occidente; sus teorías fueron desoídas en numerosas cortes europeas antes de llegar a España convertido en mendigo; en el convento de La Rábida el clérigo Juan Pérez avaló sus proyectos y le llevó ante los Reyes Católicos; una vez firmada la Capitulación de Santa Fe zarpó del puerto de Palos al mando de tres carabelas; el 12 de octubre de 1492 avistó tierra y tomó posesión de aquellos parajes en nombre de la Corona de Castilla; después de cuatro viajes regresó a España cargado de cadenas y, finalmente, falleció convencido de haber hallado una ruta hacia el mítico Cipango. Como se puede apreciar, el Almirante fue una suerte de atónito bienaventurado que apenas disfrutó los beneficios de su fortuna, y por eso Colón no me parecía un nombre sino un apodo.
Las primeras asignaturas de historia que cursé en la universidad también arrumbaron al genovés a un papel secundario, ya que los hechos del descubrimiento y conquista de América debían estudiarse dentro de Historia del Perú I, donde todo el protagonismo se lo llevaba Pizarro. En realidad, la expedición colombina ni siquiera figuraba en los programas de Historia Universal, que para mayor indiferencia establecían que el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna se había producido gracias a la caída de Bizancio en 1453. Al parecer, la humanidad habría obtenido granjerías más provechosas de la expansión otomana que del descubrimiento del Nuevo Mundo.
Tampoco la Facultad de Letras le hizo justicia al Almirante, pero al menos compensé aquella turbia laguna con la lectura de los cronistas de Indias, quienes me dieron pistas para comprender la persistencia de esas brumas que difuminan la figura de Colón. Así, de las crónicas se desprende que los méritos del despistado genovés fueron mínimos, ya que el apoyo de los Reyes se lo debía a los frailes de La Rábida, la enderezada navegación a la pericia de los hermanos Pinzón y el propio descubrimiento a Rodrigo de Triana, que según Gonzalo Fernández de Oviedo fue «natural de la villa de Lepe» y el primero en divisar el continente americano. En el colmo del escamoteo, se tenía por cierto que la ruta descubierta se la había revelado en las islas Madeira un moribundo marinero español. De ahí que el cronista López de Gómara negara que el Almirante hubiera tenido alguna noticia sobre la existencia de las Indias «hasta que topó con aquel piloto español, que por fortuna de la mar las halló».
En realidad, Colón habría sido incapaz de urdir teoría geográfica alguna, pues no era cosmógrafo ni hombre de letras. De hecho, en 1492 no reparó en las nuevas constelaciones del estrellado cielo antillano y todo el bagaje intelectual del Diario de su primer viaje se reduce al mapa de Toscanelli. Es decir, que antes del descubrimiento ni siquiera había leído la Historia Natural de Plinio o El Millón de Marco Polo y -por descontado- tampoco la Imago Mundi de Petrus de Alliaco ni la Historia Rerum de Eneas Silvio Piccolomini. Sin embargo, para defenderse de las críticas de sus enemigos el Almirante acabó recurriendo a esas y otras autoridades, a las cuales llegó a citar con boticaria erudición. Cuánta razón tenía López de Gómara cuando afirmaba que «No era docto Christóval Colón, mas era bien entendido». Pero ante sus contemporáneos el Almirante no sólo era una especie de truchimán, sino además un extranjero.
En efecto, los inmigrantes instalados en España desde los tiempos de la unificación de las coronas de Castilla y Aragón, controlaron muy pronto la banca, el comercio y la usura, malquistándose así con una sociedad prejuiciosa que les requería y despreciaba a la vez. Ello facilitó la adhesión de los extranjeros residentes en la península, quienes formaron factorías, negocios y familias entre sí, como en el caso de Colón.
Casado con portuguesa y vinculado a casas comerciales de Lisboa, Colón se avecindó en Sevilla, donde hizo negocios con los florentinos Simón Verde y Amerigo Vespucci, y donde una docena de banqueros genoveses financiaron algunos de sus viajes. Para mayor agravio castellano, el milanés Pedro Mártir de Anglería publicó en Sevilla sus Décadas del Nuevo Mundo (1511), obra de manifiesta propaganda colombina y de extraordinaria acogida en Italia. Por lo tanto, no debería extrañarnos que los cronistas españoles emborronaran la imagen de Colón y exageraran los presuntos méritos de sus compatriotas -los Reyes Católicos, fray Juan Pérez, los hermanos Pinzón, Rodrigo de Triana y el anónimo piloto de Madeira- en la gesta de las tres carabelas, porque de lo contrario habría prevalecido la peligrosa idea de la exploración y colonización del Nuevo Mundo como una empresa «extranjera».
El descubrimiento de América no sólo supuso una revolución geográfica, sino también una controversia teológica: ¿por qué el Nuevo Mundo no aparecía en las Escrituras?, ¿acaso figuraba en la Biblia con otro nombre? El propio Colón se atrevió a insinuarlo cuando afirmó que La Española era el legendario Ofir, asiento de las ricas minas del rey Salomón; pero tales especulaciones sólo proporcionaron nuevos argumentos a sus criticastros, quienes le reprocharon al Almirante no haber descubierto ningún lugar desconocido y además de infringir la Capitulación de Santa Fe, donde el impetuoso genovés se había comprometido a fondear en la India Oriental.
No obstante, la exégesis canónica le allanó el camino al escrutinio de los textos clásicos, y así el estudio de la geografía y la historia del Nuevo Mundo se pobló de referencias al Diluvio, a las zonas tórridas entresacadas de Plinio, a los viajes de Josafat, al Timeo de Platón, a la clarividencia de los profetas y al continente perdido de los atlantes. Obnubilados por la Biblia -esa summa de la literatura fantástica-, los doctores de la Iglesia incluso sentenciaron que un apóstol de Cristo había impartido doctrina en las Indias Occidentales, cumpliendo la consigna que el mismo Cristo dejó a sus discípulos antes de ascender a los cielos: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura»
(Marcos 16, 15).
En consecuencia, Colón había llegado en 1492 a unas tierras que ya eran mencionadas en el Génesis, que aparecían en los Diálogos de Platón, que los mercaderes fenicios explotaron en tiempos de Salomón, que Plinio había descrito en su Historia Natural, que fueron evangelizadas según las Escrituras y que un desconocido piloto español recorrió antes que arribara a ellas un advenedizo genovés con carnet de descubrir. «¡Qué colón que eres, papacito!», le hubiera espetado mi madre al Almirante.
En el colmo de la fatalidad, en 1513 Balboa descubrió el Mar del Sur, en 1519 Cortés conquistaba México, en 1522 Elcano dio la vuelta al mundo y en 1532 Pizarro sometió a los Incas del Perú. ¿Quién iba a recordar a Cristóbal Colón después de tantas epopeyas y hazañas realizadas por los castellanos? En menos de cincuenta años las inéditas riquezas de las Indias desmesuraron los yerros colombinos y el Almirante devino en personaje insignificante, en un héroe menor.
De ahí que las crónicas de la conquista del Perú -sobre todo las redactadas a partir de 1550- no le concedan a Colón ni la más mínima importancia. Fue el caso de Pedro Sarmiento de Gamboa, quien en su Historia Índica (1572) no denotó interés alguno por el descubrimiento, sino más bien por demostrar que camino a Ítaca Odiseo recorrió Campeche y Yucatán, y que los incas eran descendientes de los antiguos atlantes. Algo semejante ocurrió con Miguel Cabello Valboa, quien dedicó dos de las tres partes de su maciza Miscelánea Antártica (1586) a remendar pasajes bíblicos con la historia de los pueblos mediterráneos y los flamantes lugares descubiertos en las Indias, mencionando a Colón de refilón como coetáneo del Inca Huayna Cápac. Tampoco le prestó demasiada atención el jesuita Joseph de Acosta, pues en su empeño de excusar la ignorancia de Platón y Aristóteles con respecto al continente americano, aseveró en 1590 que «así sucedió en el descubrimiento de nuestros tiempos, cuando aquel marinero (cuyo nombre aún no sabemos, para que negocio tan grande no se atribuya a otro autor sino a Dios) habiendo por un terrible e importuno temporal reconocido el Nuevo Mundo, dejó por paga del buen hospedaje a Cristóbal Colón la noticia de cosa tan grande»
(Historia Natural y Moral de las Indias, XIX). Pero quien remató al Almirante hurtándole todo mérito fue el Inca Garcilaso, pues en sus Comentarios Reales de los Incas (1609) relata una sorprendente historia que no me resisto a transcribir:
Cerca del año de mil y cuatrocientos y ochenta y cuatro, uno más o menos, un piloto natural de la villa de Huelva, en el condado de Niebla, llamado Alonso Sánchez de Huelva, tenía un navío pequeño, con el cual contrataba por la mar, y llevaba de España a las Canarias algunas mercaderías que se le vendían bien; y de las Canarias cargaba de los frutos de aquellas islas y las llevaba a la isla de la Madera, y de allí se volvía a España cargado de azúcar y conservas. Andando en esta su triangular contratación, atravesando de las Canarias a la isla de la Madera, le dio un temporal tan recio y tempestuoso, que no pudiendo resistirle se dejó llevar de la tormenta, y corrió veinte y ocho o veinte y nueve días sin saber por dónde, ni adónde; porque en todo este tiempo no pudo tomar el altura por el sol, ni por Norte. Padecieron los del Navío grandísimo en la tormenta, porque ni les dejaba comer ni dormir: al cabo de este largo tiempo se aplacó el viento, y se hallaron cerca de una isla; no se sabe de cierto cuál fue, mas de que se sospecha que fue la que ahora llaman Santo Domingo [...] El piloto saltó en tierra, tomó el altura, y escribió por menudo todo lo que vio, y lo que le sucedió por la mar a ida y a vuelta; y habiendo tomado agua y leña, se volvió a tiento, sin saber el viaje tampoco a la venida como a la ida, por lo cual gastó más tiempo del que le convenía. Y por la dilación del camino les faltó el agua y el bastimento, de cuya causa, y por el mucho trabajo que a ida y venida habían padecido, empezaron a enfermar y morir de tal manera, que de diez y siete hombres que salieron de España, no llegaron a la Tercera más de cinco, y entre ellos el piloto Alonso Sánchez de Huelva. Fueron a parar a casa del famoso Cristóbal Colón, genovés, porque supieron que era gran piloto y cosmógrafo, y que hacía cartas de marear. El cual los recibió con mucho amor, y les hizo todo regalo por saber cosas acaecidas en tan extraño y largo naufragio, como el que decían haber padecido. Y como llegaron tan descaecidos del trabajo pasado, por mucho que Cristóbal Colón les regaló, no pudieron volver en sí, y murieron todos en su casa, dejándole en herencia los trabajos que les causaron la muerte. |
| (L. I, c. III). | ||
Como se puede apreciar, para una mayoría de españoles de los siglos siguientes el Almirante sólo fue un oportunista albacea que se aplicó a explotar sin conmiseración el inestimable legado del legítimo descubridor naufragado, muerto y sepultado. «¡Oiga, señor! No sea colón, pues», provocaba decirle. Pero mientras semejantes resquemores reconcomían las entendederas de España y sus colonias, en el resto del mundo el genovés era considerado un héroe y un fascinante personaje.
En Italia tuvo varias reimpresiones la Historie... e vera relatione della vita e de'fatti dell'ammiraglio Christoforo Colombo (1571) entregada a la estampa por el propio Hernando Colón; Tommaso Stigliani le dedicó su poema heroico Del Mondo Nuovo (1617) y el cardenal Pietro Ottoboni le compuso una ópera, Il Colombo, en 1690. En Francia fue exonerado por Montaigne y más tarde por el abate Raynal de la despellejadura de la conquista española, e incluso a mediados del siglo XIX fue promovida desde París su disparatada causa de beatificación. En Alemania Schiller escribió el Kolumbus (1795) y Alexander von Humboldt dejó reiterados testimonios de admiración en varios fragmentos de su vasta obra. Pero fueron los ingleses quienes con mayor ahínco se consagraron a glorificar a Colón.
Así, Francis Bacon le honró con una gran estatua en su New Atlantis (1626), Milton lo bendijo en su inmortal Paradise Lost (1667), y un curioso texto publicado en Londres en 1682 -De jure maritimo et navali- aseguraba que Christopher Columbus era en realidad un piloto inglés exiliado en Génova. Esa anglosajona pasión colombina tuvo un auge extraordinario en la colonización norteamericana, donde numerosos ríos, cordilleras, mesetas y poblados recibieron el nombre de Columbia. Casi podríamos decir que un nuevo país brotó al conjuro de Christopher Columbus.
En efecto, pocas naciones como los Estados Unidos de América han profesado por Cristóbal Colón una admiración tan incondicional y desenfrenada, pues la exaltación del Almirante ha sido invariable desde 1776. De tal suerte, los padres de la independencia americana fundaron la Columbian Order y uno de ellos -Joel Barlow- urdió el extenso poema épico The Columbiad (1787); las primeras monedas de la Confederación llevaron el epígrafe «Inmune Columbia» y en 1786 apareció en Philadelphia la Columbian Magazine, revista de pensamiento y divulgación científica que perseveró en el empeño del American Mercury. La temprana exploración del oeste americano también comenzó bajo los auspicios de Colón, pues a bordo de una barcaza llamada Columbia el pionero Robert Gray descubrió en 1792 la desembocadura del río más caudaloso de la costa oeste norteamericana, conocido todavía como Columbia River.
Para entonces el vetusto King's College de Nueva York ya se había convertido en Columbia University (1784) -una de las más prestigiosas universidades del mundo- y en Washington DC se fundó el Columbian Institute, que más tarde daría origen al célebre Smithsonian Institution. Pero la imagen heroica y romántica de Colón se entronizó en el imaginario americano gracias a la obra de Washington Irving, The Life and Voyages of Columbus (1828), que en menos de tres años tuvo vertiginosas ediciones y fue traducida a más de seis lenguas. Colón se convirtió así en una figura literaria a quien honraron otros escritores como Walt Whitman, Alfred Tennyson o James Fenimore Cooper, autor de trepidantes novelas de aventuras como The Last of the Mohicans (1826); mas confieso que para mí los mejores homenajes de la literatura norteamericana fueron «La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall» de Edgar Allan Poe y los relatos marineros de H. P. Lovecraft, donde sin mencionar a Colón abundan contraseñas que remiten al Libro de las Profecías y al Diario del primer viaje. Después de todo, el Almirante también se había zambullido en la ficción cuando anotó que había visto huellas de grifos, que tuvo noticia de los monstruos cinocéfalos y que una noche divisó tres sirenas en el océano, aunque menos hermosas que las de los mares de Guinea.
En los Estados Unidos sólo George Washington supera en popularidad a Christopher Columbus, pero la Casa Blanca -residencia del presidente en Washington DC- se encuentra en el distrito de Columbia. Asimismo, Columbus es la capital de Ohio y el nombre de más de media docena de ciudades repartidas por Indiana, Georgia, Nebraska y Mississippi; lo mismo que Columbia, capital de Carolina del Sur y la más importante de otras homónimas poblaciones de Missouri, Mississippi, Pennsylvania y Tennessee. Por otro lado, la primera Exposición Universal se celebró en Chicago para conmemorar el IV Centenario del Descubrimiento de América y fue conocida como la World's Columbian Exposition; la mayor empresa de radiotelevisión norteamericana es la Columbia Broadcasting System (CBS, Inc.); la gran obra de consulta de los Estados Unidos es la Columbia Encyclopædia; uno de los estudios de cine más representativos de Hollywood pertenece a la Columbia Pictures, Inc. y -entre otros halagos- el primer transbordador espacial de la NASA fue precisamente el Columbia. Por contra, en España «Colón» sólo es un detergente.
¿Por qué el país que le debe toda su trascendencia histórica le ha despreciado de esa arbitraria manera? Si en Inglaterra se le honró como descubridor, en España muchos le escamotearon tales méritos; si en Francia tuvo fama de gobernante justo, en España fue apostrofado como «tirano faraón»; si en Alemania alabaron su ciencia y su curiosidad por la naturaleza, en España fue tachado de indocto e ignorante. Ni siquiera el valor le ha sido reconocido, pues hasta hoy en España se habla con más frecuencia del huevo de Colón, cuando el plural le haría más justicia al osado genovés.
Pero mientras el moderno Diccionario de la Real Academia Española no admite nombres propios y sí la curiosa expresión Huevo de Colón como «cosa que aparenta tener mucha dificultad, pero resulta ser fácil al conocer su artificio»
(¿como el descubrimiento de América?); Covarrubias incorporó la siguiente voz en su viejo Tesoro de la lengua castellana o española (1611):
COLÓN. Nombre propio del que descubrió las Indias Occidentales [Conquistó e incorporó en la Corona de Castilla, don Cristóbal Colón, un nuevo mundo. Mereció salir, no sólo al lado de su rey, sino sentarse en su presencia. Fue Almirante de las Indias, Comendador y Virrey dellas; pero fuele a residenciar persona de bien diferente porte, y envióle preso a España. Con grillos entró en Sevilla; murió y mandó en su testamento que le enterrasen con ellos, para que viniese en la memoria de los siglos un desengaño tan grande]. |
Las murmuraciones y el vilipendio infligidos a Colón tuvieron su origen en siglos de represiones de toda índole, pacatos providencialismos religiosos y prejuicios estamentales que amputaron de la mentalidad española el aprecio por el éxito, la felicidad y el placer. Mas la «memoria de los siglos» no ha olvidado aquellos indignos grilletes, y por eso españoles y latinoamericanos padecemos el Complejo de Colón: nos escuece que nuestros méritos no sean reconocidos, pero jamás reconocemos los méritos ajenos. Si alguien cree haber descubierto algo, ya dirán que un anónimo piloto lo hizo antes. Si el descubrimiento resulta verdadero siempre habrá quien susurre que todo fue gracias al poder de los reyes, al enchufe del Juan Pérez de turno o a la ubicuidad de un Rodrigo de Triana. Y si uno alcanzara a disfrutar las prebendas del hallazgo, no faltará el Bobadilla industrioso en hierros y cepos. En suma, que por causa de la maldición del Almirante nunca nos libraremos de que alguien nos diga que somos unos colones o que no seamos colones, en cualquiera de las acepciones que conocí antes de saber quién era Colón.
Sin embargo, el cine y la literatura nos han enseñado que todas las historias de maldiciones y cuerpos encadenados pueden terminar felizmente si se exhuma la tumba apropiada. ¿Dónde están los despojos del Almirante para destrabar los grillos que aprisionan el mezquino espíritu hispano? Habría que ser Colón para descubrirlos.
La historia reza que en 1506 Cristóbal Colón fue sepultado en la iglesia de San Francisco de Valladolid, pero en 1509 su hijo Diego ordenó trasladar los restos a la cartuja sevillana de Santa María de las Cuevas. De ahí salieron en 1544 rumbo a Santo Domingo, hasta que fueron traspalados a La Habana cuando España perdió la soberanía de la isla en 1795. No obstante, al producirse la independencia de Cuba en 1898, las reliquias colombinas volvieron a cruzar el océano para hallar definitivo reposo en la catedral de Sevilla. Con todo, a pesar del documentado trasiego de sepulcros, cuatro ciudades se precian de atesorar los escombros del Almirante.
A guisa de coda debo añadir que se consuelan en vano quienes barruntan que algún día el tiempo y la historia pondrán las cosas derechas y su memoria reparada, pues todavía quinientos años después de su fortuito descubrimiento, Cristóbal Colón ha sido acusado de genocida, paladín del capitalismo y precursor de la hecatombe ecológica. El «Síndrome del Almirante» es implacable, pero es menester precisar que Colón -como Edipo- jamás tuvo su complejo.