1
Vv. 5-11. La espectacularidad y aspecto teatralizante de las fiestas y ceremonias en el Barroco son glosados aquí someramente por el Vejete. Sobre el tema puede verse, además del fundamental ensayo de E. Orozco, Teatro y teatralidad del Barroco, Barcelona, 1969, el riguroso estudio de J. Gallego, Visión y símbolos en la pintura española del Siglo de Oro, Madrid, Aguilar, 1972, pp. 132 y ss., y A. Bonet Correa, «La fiesta barroca como práctica del poder», Diwan, nums. 5-6, 1979, pp. 53-85.
2
El recuerdo al entremés de Quiñones de Benavente El gorigori es evidente, no sólo en el nombre del protagonista (don Estupendo Ordóñez de Argamasa), sino en sus palabras: «Gran pensión es ésta / de vivir en la Plaza un caballero, / pues paga todo el año su dinero, / y el día que ha de ver la fiesta en ella, / le echan de casa, y quédase sin vella» (Cotarelo, t. II, p. 639b), El resto de la trama se aparta sensiblemente de la pieza de Calderón.
3
Vv. 23-27. Realiza el Vejete una caracterización del soldado fanfarrón (que aparecerá de inmediato) tópica del entremés: un personaje atento exclusivamente al efecto sobre sus interlocutores, fantaseando constantemente sobre glorias pretéritas infladas por la retórica. Como dice Eugenio Asensio, op. cit., pp. 51 y ss., se autocaracteriza por un mundo verbal situado en el ayer. Sobre esta figura típicamente entremesil, vid. también L. García Lorenzo, «De reyes y soldados: entre burlas y veras», en Risa y sociedad en el teatro español del Siglo de Oro, citada, pp. 153-161.
4
Según Robert Jammes («La destrucción de Troya: 'entremés' attribué a Góngora», Criticón, núm. 5, Université de Toulouse-Le Mirail, 1978, p. 50), «seor Matanga» debía ser un nombre simbólico que evocaba al Vejete enamorado.
5
Vv. 66-82. La inserción de cuentecillos es habitual en los graciosos calderonianos. Los ejemplos más brillantes quizá sean Coquín (El médico de su honra) y Juanete (El pintor de su deshonra), ambos verdaderos ensartadores de cuentos más o menos a propósito de la acción. La anécdota de este entremés no aparece registrada por M. Chevalier en Cuentecillos tradicionales en la España del Siglo de Oro, Madrid, Gredos, 1975, en la sección «De clérigos, predicadores y sacristanes» (pp. 46-59). Aquí el estilo indirecto utilizado, al ser fácilmente dramatizable, desborda la simple interpolación. Sobre la inclusión de cuentecillos en las obras de Calderón, vid. nuestra Introducción. Cf. n. a los vv. 120-128 del entremés de La Casa Holgona.
6
Costumbre del siglo XVII fue el ocultar las mujeres su rostro con un velo o manto al ir por la calle. Los comentaristas de la época distinguían entre cubiertas (las que por decoro se echaban por la cara el velo para sustraerse a las miradas masculinas) y tapadas (que recurrían a este artificio para estimular el deseo de los hombres). Como se ve en vv. 90-92, el Sargento capta, de inmediato, la índole de las damas en cuestión. Cf. Deleito y Piñuela, J., La mujer, la casa y la moda en la España del Rey Poeta, Madrid, Espasa-Calpe, 1946, pp. 63-66. Vid. también n. al v. 3 del entremés La Casa Holgona.
7
Almagre: especie de tierra colorada para untar o teñir (DA).
8
Bodoque: pelota o bola de barro endurecido que sirve como munición para las ballestas (DA). Parece que nos encontramos ante una versión del clásico «matapecados» o «fool-whip» de la escena shakesperiana.
9
Esforzar: vale también colaborar o ayudar en alguna cosa (DA).
10
Para cortar la hemorragia se empleaban ataduras hechas de lienzo, parches, vendas, estopas, mechas e hilas. Sobre la herida podían aplicarse otros remedios, como huevos, hierbas, bálsamos, aceites y ungüentos. Cf. A. Albarracín Teutón, op. cit.