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El conde León Tolstoy

Mercedes Cabello de Carbonero

- I -

Hay hombres que, a semejanza de los grandes monumentos, no es dable acercarse a ellos sin detenerse a contemplarlos. Tal es el conde León Tolstoy, novelista y filósofo, cuya originalidad es sin duda, en estos tiempos de vulgaridad e imitación servil, el sello que caracteriza su gran su perioridad.

No soy de la misma opinión de los que dicen que, las conveniencias diplomáticas y políticas y los interesados amores de Francia por Rusia, han sido los principales factores de la universal reputación del novelista ruso.

Cierto es, que no escasa parte han llevado en la resonancia de las novelas rusas, los entusiasmos artísticos con miras políticas de Francia, y quizá ciertas literarias rivalidades, nacidas en París, y que dieron margen para darle cruel lanzada al Pontífice del naturalismo, diciendo, que el solio de esta escuela lo ocupaban hoy los novelistas rusos.

Sea de ello lo que fuere, nosotros desligándonos de toda imposición o fascinación que el juicio ajeno o la distancia pudieran ejercer, haremos ligero estudio de las principales obras, y de las ideas de este escritor ruso, cuyo caudal literario y filosófico es ya respetable, como que pasan de veinte sus novelas, y no están en menor número sus obras filosóficas.

Y conste que en León Tolstoy, la ilusión óptica producida por el agrandamiento de una personalidad, es para nosotros completa; como que a más de la distancia que en casos tales es luna de aumento, la vida del novelista ruso se halla en estos momentos rodeada de todos los misterios de la leyenda, y con cierta aureola de místico apostolado, de evangélico ebionismo, que interesan la curiosidad y mueven la admiración, por lo mismo que vemos todo aquello a través de la distancia, y embellecido por los resplandores de una gloria literaria, largo tiempo reconocida y aplaudida.

Lo excéntrico, lo excepcional, lo raro que son los distintivos de las obras de Tolstoy, lo son también de su persona, y tal modo de ser ha dado motivo a que se le juzgue en el número de los neurópatas o desequilibrados, que la ciencia estudia clasificándolos como enfermos de vesania.

Descartándonos de tales apreciaciones, nosotros diremos que, en Tolstoy, el apóstol y el novelista, el pensador y el místico, se confunden y se dan la mano en íntimo consorcio y avenimiento, solo sí que, el apóstol empequeñece al novelista, y el místico al pensador.

Dicen las más autorizadas versiones que desde algunos años el conde León Tolstoy, ha renunciado con inquebrantable propósito a todas las grandezas mundanales, inclusive el cultivo de las bellas letras, que tan pródigamente diéronle fortuna y gloria a porrillo. Se comenta también que, queriendo dar ejemplo de humildad, se había refugiado en una tiendecilla de zapatero, donde sus manos aristocráticas manejaban los toscos instrumentos con los que fabricaba zapatos, para a semejanza de los obreros pobres, ganar el sustento con su trabajo.

Díjose también, más tarde, que, retirado del bullicio de la ciudad, vivía la vida del labriego, labrando la tierra ni más ni menos que un mujik.

Las versiones más recientes, la de Pompeyo Gener, por ejemplo, respecto a la vida de Tolstoy dice:

«Su traje es el de los mujiks, de esas pobres gentes del campo de la gran Rusia; su alimentación, la de sus siervos: ¿sus siervos? no, de sus amigos, de sus hermanos como él les llama. Su casa es una cabaña; su cama un montón de hierbas cubiertas con una piel y sostenidas a una cierta altura del suelo por unas tiras de cuero.

Quiere espiar sus errores de otro tiempo y rehúsa hasta los alimentos más necesarios. Su ascetismo espanta y admira a los mismos siervos habituados a la miseria y al sufrimiento. Tal régimen ha alterado su salud, pero rehúsa todo medicamento y no espera su salud, no la desea: su enfermedad es su hermana; como Job, su curación será la muerte».


Y por cierto que lo más lamentable y trascendental de estas violentas transiciones de la vida de Tolstoy, es su propósito de no escribir más novelas.

Cree Tolstoy que la novela debiera proscribirse por corruptora e incitadora de la sensualidad amorosa; considérala diversión nociva, y fuego derramado sobre los sentidos, para culminarlos en desbordamientos pasionales.

Y desde la alta cima de la gloria donde sus romances novelescos le colocaron, ha querido descender y hundirse en disquisiciones místicas y ergotismos de forma silogística, ajenos a todo principio de ciencia y moral positivas.

Hay un lado de incuestionable grandeza en la vida de Tolstoy, es aquel en que el noble y aristocrático conde, se desprende de todas sus riquezas y las reparte entre los pobres. Llámesele a esto, vanidad o abnegación, santidad o locura, misticismo o nihilismo, hay allí una acción, bella, magnífica, sublime.

Qué pocos hechos semejantes a este menciona la historia; y apenas con escasa autenticidad, los encontramos en algunas vidas de místicos de las primitivas sectas cristianas.

Sí, ciertamente, desprenderse de sus caudales en bien de los necesitados y desvalidos, cuando esos caudales, son, como los de Tolstoy, cuantiosos, no es tan hacedero, máxime si solo hay un móvil vanidoso y mezquino.

Y en el caso presente, harto claro se manifiesta la alteza de una acción noble y humanitaria.

El gran crítico francés, Francisco Sarcey, comentando estas excentricidades de Tolstoy dice:

«Son verdaderos en absoluto todos los detalles de la leyenda? Nada hay menos probable, porque algunos se contradicen. Pero el fondo de esas anécdotas que circulan respecto a Tolstoy es auténtico; y hay en Rusia cierto número de personas que lo tienen por chiflado; le entró la tarantela por el misticismo, el nihilismo y todas las enfermedades que acaban en ismo y que van todas a parar a la locura».


En Tolstoy hay dos fases, que casi son dos individualidades bien diversas, y que es fuerza al estudiarlas separarlas, que de otra suerte se caería en el error de atribuirle al filósofo los laureles conquistados por el novelista, o darle al místico los méritos que son propios del filántropo.

Tolstoy filósofo es menos filósofo que Tolstoy novelista.

Mirado por su faz de poeta objetivo, de novelador realista, de literato sintético, conocedor de todos los resortes con que el escritor fascina al lector, es admirable, magnífico, sublime; mirado como filósofo doctrinario, como apóstol de ese cristianismo socialista medioeval, como místico empapado en el pesimismo de Schopenhauer, y enamorado de esa especie de budismo, que es la antítesis de nuestra civilización; pues que nos llevaría a renegar de la razón, a aniquilar la riqueza, a destruir la industria, y a retrotraer el arte a su estado primitivo; mirado, pues, bajo estas faces de sus ideas y doctrinas, se empequeñece un tanto, y hay momentos en que se le encuentra, ilógico, apasionado, excéntrico, pesimista y hasta pequeño.

Tolstoy pertenece a ese número bien escaso, cuya individualidad de tal suerte se transparenta en las páginas de sus libros, que bien pronto el lector siéntese subyugado y fascinado, no tanto por una inteligencia, cuanto por un carácter o lo que es lo mismo, por un corazón, puesto que, como dice Smiles, ya se ha convenido que el carácter reside en el corazón, como la inteligencia en el cerebro.

Y esta impersonalidad, no solo se dibuja en sus obras filosóficas como Mi confesión, ¿Qué hacer?, en las que él ha derramado en raudales de ingenuidad, sus creencias, sus dudas, sus vacilaciones, y hasta sus pequeñeces, sino también en sus novelas, lo cual les da realce inapreciable.

Cuando Turguénev, ese gran poeta y creador de la novela realista en Rusia, dirigiose a Tolstoy, a quien consideraba su discípulo, decíale desde el lecho de muerte en que escribía: «-¡Ah, vuelve a tus trabajos literarios gran escritor de nuestra patria rusa!...».

Y Turguénev, conocedor de los talentos artísticos de Tolstoy, conminábale para que abandonara esas lucubraciones místico- filosóficas que tanto debían extraviar su intelecto.

- II -

La sonata de Kreutzer, la más atrevida y hermosa de todas las novelas de Tolstoy, es un tratado de fisióloga de las pasiones, realzado por observaciones, por afirmaciones, y situaciones de ánimo tan nuevas, tan naturales, tan bien descritas, que el lector se siente subyugado, y sin poder protestar de ciertas doctrinas fuertemente excéntricas y novedosas en demasía.

¡Cuánto conocimiento del corazón humano!... ¡Cuánta luz derramada sobre ese eterno problema de la unión sexual, que es el vínculo misterioso e íntimo de la vida matrimonial!...

Ni Balzac, ese novelista del análisis con sus grandes investigaciones psíquico-pasionales, ni Flaubert, ese otro novelista de la anatomía con sus estudios del instinto y la pasión; ni Zola con todo su árbol genealógico de los Rougon Macquart, en que con tanto ahínco ha pretendido estudiar el documento humano, nadie como Tolstoy, ha descorrido con mano atrevida el velo de la vida matrimonial, para señalar la llaga viva, sangrienta, cancerosa, que os la causante de las desventuras conyugales.

La sonata de Kreutzer es una obra escrita a modo de proceso jurídico, en el que, el juez ha develado faltas, quizá crímenes, hasta hoy considerados como cosas naturales, como deberes sagrados, no solo por el vulgo, sino aún por la gente culta.

Quizá si en La sonata haya deducciones exageradas, y abultamiento de las causas del mal; no es dable en una obra de arte, cuyas tendencias son revolucionarias, permanecer en el término medio, en el punto justo de la razón y la conveniencia.

Pero sí podemos decir que es el grito de alarma dirigido hacia esas legiones, a quienes Schopenhauer llama el eterno femenino: legión que avanza hacia la conquista de los derechos de la mujer, creyendo equivocadamente poder alcanzarlos, olvidando que la causa de su esclavitud, no reside en ella misma, sino en las pasiones concupiscentes del hombre.

Pero también -y este es el lado inmoral de La sonata- toda ella es sangrienta, cruzada contra el matrimonio; toda ella tiende a probar que, el odio y el desprecio, son para los cónyuges, consecuencia inmediata de su mismo estado.

Refiriéndose a los primeros días del matrimonio, dice: «¡Si los jóvenes que sueñan con la luna de miel, supiesen qué desilusión les aguarda!... ¡Pero qué desilusión! Yo no sé de veras, por qué todos creen indispensable disimularlo».

Refiriéndose a ciertos sentimientos inherentes al matrimonio, dice: «A la manera de los muchachos alegres que cuando no tienen de qué reír, se ríen de su propia risa, nosotros no encontrábamos razones para odiarnos, y nos odiábamos porque nos rebosaba el odio naturalmente».

«Pero todavía era más extraordinaria nuestra manera de reconciliarnos sin venir a cuento. Algunas veces, sí mediaban palabras, explicaciones y hasta lágrimas; pero otras me acuerdo de que después de llenarnos de improperios, de repente, y sin más preparativos, ¡venían los abrazos y las efusiones amorosas!...».


Y lo que hay de curioso en el moralista ruso es que, esas crudas descripciones que revelan su odio al matrimonio, provienen de un sentimiento de moralidad exagerado. Supone él que los casados viven en degradante disolución de los sentidos, y enaltece y encomia la vida del hombre y de la mujer célibes.

Y cuando se le observa que ¿cómo se propagará el género humano?

«-¿Y qué falta hace que se propague? -responde con vehemencia:

-¿Cómo que falta hace? Pues entonces no existiríamos.

-¿Y para qué se necesita que existamos?».


Este diálogo que figura en la novela, manifiesta hasta qué punto llegan las incongruencias y exageraciones de Tolstoy.

La sonata de Kreutzer, es la historia de un rico hidalgo contada por él mismo; el cual habiendo asesinado a su esposa, fue absuelto por los Tribunales de Justicia. La manera como principiaron sus amores, las causas que lo compelieron al matrimonio, los celos, los disturbios conyugales, la vida íntima de los casados, todo está allí comentado, explicado y maravillosamente expuesto, para justificar al fin aquel asesinato. Aunque los celos y el supuesto adulterio de la mujer, aparecen como causales del crimen, la tesis sostenida por Tolstoy, manifiesta que ese crimen no fue más que un accidente, una consecuencia lógica de lo que en todos los matrimonios acontece.

La causa de la muerte dada a la mujer no es otra, que, el que sus formas a través de las mallas de un jersey le inspiran la concupiscencia de la carne.

En La sonata hay páginas terribles que, cuando pasan del relato sencillo al grito revelador de la protesta; cuando develan la pasión innoble, el instinto bestial, el crimen y la corrupción, aceptados y justificados por la tradición y la costumbre, se siente el deslumbramiento que producirían mil antorchas alumbrando nuestros ojos que han estado en tinieblas.

La cuestión femenina, la gran cuestión de la emancipación de la mujer, está allí planteada y resuelta, sin dejarnos por el momento más esperanza que las evoluciones sociales que, en lo porvenir puedan realizarse cambiando así la condición de la mujer al lado del hombre.

Es decir, cuando en sus relaciones matrimoniales llegue a ser, menos hembra y más mujer.

- III -

Los que dicen que Tolstoy sigue la escuela naturalista de Zola, hacen una afirmación de incalificable ignorancia. Zola al lado de Tolstoy es un novelador que adolece de miopía intelectual; no alcanza a ver sino lo superficial, lo que tiene muy cerca de su vista. Si nos encanta y nos seduce, es por el colorido, por la magia con que nos describe aquello mismo que diariamente vemos. Tolstoy a semejanza del bacteriologista, descubre familias y mundos desconocidos para el vulgo, para ese vulgo que mira la naturaleza y la vida sin más auxilio que su propia vista.

En las novelas de Zola hay largas páginas pesadas, inútiles, desabridas que el lector perezoso podría muy bien suprimirlas, sin que le interrumpan la relación ni le mutilen el cuadro.

En Tolstoy un párrafo dejado de leer, quizá define una situación de ánimo interesante, quizá contiene una idea que despierta en el lector un mundo de profundas reflexiones... Zola diluye sus ideas en un océano de papel; Tolstoy las sintetiza, las extracta, de tal suerte que un párrafo, una línea, una palabra, dejaría un vacío en aquel todo armónico, que forma la urdimbre de doctrinas y enseñanzas que en todas sus novelas se encuentran.

Zola ocupará en la historia del arte de fines de este siglo, el puesto de poeta, de cantor de las perversiones humanas. Los Rougon Macquart, serán en lo porvenir, la epopeya de la bestia humana, lo épico de la corrupción de este siglo, que bien puede justificar sus grandes faltas, con sus más grandes cualidades. Zola ha calumniado a su raza y a su época. Su imaginación, dominada por esa obsesión sugestiva, que le representa imágenes de seres repulsivos y neurópatas, no ha alcanzado a retratar esos cuadros normales, en que la sociedad y la Naturaleza, actúan y se agitan al impulso del corazón y del sentimiento. Sus novelas hanse convertido en clínicas de vesania, donde el asesinato impulsivo, la bestialidad inconsciente aparece como los arquetipos de su escuela

Hay más, Zola materialista y ateo, no ha prestado ningún servicio a su causa, ni ha combatido a la causa contraria, en el terreno del arte y la filosofía.

Lourdes que hubiera podido ser la obra maestra de la novela filosófica y sociológica de la moderna literatura, es meramente una obra artística, de indisputable mérito sin duda, pero en la cual el elemento filosófico no corresponde a la magnitud de la idea que desde la primera jornada se forma el lector.

El afamado doctor Moorne, en un juicioso estudio acerca de Lourdes, dice: «En las cinco jornadas en que está dividida la obra, no se ve el pensamiento trascendental de la misma, ni tendencia docente alguna, Zola en Lourdes ha sufrido una lamentable equivocación».

Si, la equivocación del artista que pudiendo fotografiar almas, se contenta con fotografiar cuerpos.

Que hay colorido, que hay belleza, quién puede negarlo; pero es el colorido que nos hace ver, oír y palpar, la pústula que supura, el verdoso pus que chorrea, el dolor del agonizante, la pomposidad de un espectáculo deslumbrador para aquellas multitudes fanáticas y doloridas que concurren a Lourdes. Zola ha puesto mayor atención y esmero en describir el tren blanco cargado de podre y de pestilenciales mías más, que en describir las dudas del joven abate Pierre, personaje poco ilustrado y bien desabrido; y es allí donde aparece la potencia del artista junto con la del filósofo.

Y tan cierto es esto, que con Lourdes ha sucedido algo bien curioso: tan descontentos han quedado de la obra los místicos como los libres pensadores. Para los primeros Lourdes es una impiedad, para los segundos no es más que la obra con que el autor de Nana espera congraciarse y purificarse con el fin de obtener un sillón entre los inmortales de la Academia francesa.

Lourdes en su género es inferior a L'Assommoir y a Germinal.

Leconte de Lisle detestaba a Zola, y no le perdonaba aquel Jesucristo que figura en La Tierra. «No soy cristiano -decía- pero aunque ateo, respeto a los dioses, así se llamen Cristo, Júpiter o Buda. Zola debiera haber respetado a Jesús; un ser que ha sido Dios durante mil ochocientos años».

Los personajes de Zola no simbolizan por lo general sino cuestiones que atañen a la lucha externa de la vida, ya sea social o individual, y en la cual actúan los instintos más bien que los sentimientos...

¡Cuánta distancia entre ambos noveladores!... ¡Ni aún el término de comparación es posible establecer entre ellos!...

En las novelas de Tolstoy, los seres que tanto abundan en las novelas de Zola, los neurópatas, los desequilibrados, los inconscientes y los criminales, se encuentran en menor número y actuando, aún más débilmente que en las novelas de los Goncourt, las de Paul Bourget, las de Daudet o de cualesquiera de los noveladores de la escuela moderna.

No imita ni sigue una escuela determinada, Tolstoy es demasiado original para que pueda suponerse que es discípulo de un maestro, o soldado de un general. Pertenece a los hombres que se emancipan y crean, y no al de los que se esclavizan e imitan.

El mismo Dostoievski, el Shakespeare de la novela rusa, según dicen sus críticos, es menos profundo, menos atrevido, así que lleva como Tolstoy el escalpelo de la crítica a las vísceras de los seres que componen esta sociedad moderna.

En la novela La guerra y la paz, que es considerada por gente docta como la más notable de las novelas de Tolstoy, no se encuentra aquel sello de originalidad, de verismo de novedad, como en la Sonata sin que carezca de esa peculiaridad propia del novelista ruso.

De las páginas de Guerra y paz se desprende no tanto la historia de aquella titánica campaña de Napoleón I, que de tema sirviérale a Tolstoy, cuanto algo que hasta hoy ningún novelista ni historiador ha visto ni estudiado, en esas hecatombes tantas veces descritas y fotografiadas con el nombre de batallas.

Pues bien, tan solo Tolstoy ha manifestado que en esas masas de hombres, hay masas de espíritus, de corazones, de instintos, que más poderosos que las armas, son ellos los que luchan, los que vencen y deciden las batallas.

Ni Stendhal en su admirable descripción de Waterloo, ni Victor Hugo en esas vibrantes páginas de Los Miserables, ni Thiers en sus prolijas y minuciosas descripciones, nadie como Tolstoy ha mirado el lado psíquico, la metamorfosis del hombre convertido en fiera.

Más que al artista de rico y brillante colorido, vemos allí al psicólogo y al fisiólogo que se propone compulsar los estremecimientos del corazón, las vibraciones del alma, las vacilaciones del miedo, de ese instinto preponderante, que se aferra al ánimo, precisamente cuando la inminencia del peligro le amenaza.

Vogüé en su estudio de la novela rusa, manifiesta que en Guerra y paz más que en otras obras de Tolstoy, se trasparenta ese nihilismo ruso que, después de inundar su epidermis ha penetrado hasta las vísceras más delicadas de su organismo.

El nihilismo, preciso es reconocerlo, es la reacción de los que, al no encontrar cosa alguna buena en este mundo, y llevando en el alma los ideales del Bien y la Justicia, anhelan el aniquilamiento y la destrucción de todo lo existente.

En Tolstoy el nihilismo es la protesta del hombre bueno, es la voz del que pide, vida más racional, sociedad mejor organizada, amor más noble, individuo menos animalizado, ciencia más amplia, ¡y mundo menos adverso a los sentimientos generosos y altruistas del ser humano!...

Y poseído de negativismo pesimista, habla de la vida para menospreciarla, de la sociedad para maldecirla, del amor para acusarlo de sensualismo brutal, de la ciencia para suprimirla por vanidosa, arrogante y necia, ¡y del individuo como de un todo que debe aniquilarse y refugiarse en la selva negra del Nirvana brahmánico!...

El nihilismo ruso, lo mismo que sus demás congéneres anarquistas, no son más que condensaciones de ideas -(si así puede decirse) que como se condensan en la atmósfera los fluidos eléctricos, para luego desatarse en horrible tempestad; así se condensan en la atmósfera social las ideas las inspiraciones, los anhelos, y, sin llegar a tomar una forma precisa y definitiva, se revelan, luchan, estallan y se aferran a la conciencia humana, como altísimo ideal, que le presta fuerza para el combate, para el martirio y el sacrificio de la vida misma.

Los Derechos del Hombre nacieron de en un medio a las turbas de los feroces descamisados famélicos y sanguinarios de fines de siglo XVIII; por qué el derecho de la justicia, no nacerá de esa burguesía anarquista, que hoy miramos con horror, ¡sin prever que ellos quizá llevan en su alma, los gérmenes de una regeneración de la conciencia humana hoy extraviada y pervertida!...

Un libro de gran folio sería apenas suficiente si hubiéramos de estudiar todas las novelas de Tolstoy en las que, como en Marido y Mujer, El Canto del Cisne, El Dinero, El Trabajo, Los Hambrientos, El Dinero y el Trabajo y otras más, ha fotografiado a la sociedad rusa, difundiendo a la vez ideas de confraternidad y democracia, en pretenda de aquel gobierno autócrata.

En su novela Ana Karenina Tolstoy paréceme más francés que ruso. La historia de unos amores adúlteros, pero sinceros, apasionados y juveniles, sirviéronle de tesis para ese delicado romance.

Adivinase bien claramente, en este semi-filosófico romance el temperamento del autor, que, con genial tendencia le lleva a apostolicar, a sostener una tesis manifestando que, si bien puede haber pureza en el sentimiento y delicadeza en el amor, no debe un alma noble, desligarse de las leyes sociales ajustadas, a la moral; y por más que todo le sea favorable, ha de faltarle la aprobación de la propia conciencia.

Esto en cuanto al fondo de la obra; en cuanto a la forma, al ropaje de ese dogma de moral social; Ana Karenina es una égloga (si es posible la comparación) saturada de brisas campestres, de cánticos de aves, y descripciones de virgiliana poesía.

El escritor naturalista desplegó las alas del poeta, y en esos momentos fue tan realista como en sus mejores descripciones de La guerra y la paz.

Corre el período en Ana Karenina lento y voluptuoso asemejándose a la corriente de los grandes ríos, bajo del arbolado de los bosques. Su armonía solo es comparable a la que produce la brisa de la selva en los cañaverales mecidos suavemente en una tarde primaveral.

Allí se siente el inmenso órgano de la naturaleza vibrando bajo el cielo sombrío de esa Rusia, llena de misterios, de problemas, de luz y de sombras; pero también de fuerzas vivas, poderosas, que tal vez en lo porvenir llegarán a regenerar y rejuvenecer, a esas empobrecidas, ¡y ya caducas razas occidentales!...

Tolstoy tiene páginas de esas que viven y sobreviven, como todas las que han sido escritas al calor del genio.

Su naturalismo, no pertenece a ese genio condenado a seguir las veleidades del gusto y de la moda; y que ora se le eleva al quinto cielo, como se le hunde en los abismos del olvido.

Y no seguirá esa ley de las transformaciones literarias, por ser él el que más se acerca a la naturaleza y mejor copia la vida de cuantos hoy cultivan el género.

Si el naturalismo de Tolstoy muriera, sería siguiendo aquel principio del cual no recuerdo si Vauvenargues o La Rochefoucauld han dicho: «Nada manifiesta más la debilidad del espíritu humano, como el ver la facilidad con que hoy admiramos lo que ayer despreciábamos y despreciamos lo que ayer admirábamos».

Nunca tan gráfica esta observación como en los cambiantes de esos dos rayos de luz, que se llaman romanticismo y naturalismo: el primero es un cadáver, el segundo se aproxima al sepulcro con paso seguro pero rápido.

Y para que esas caprichosas veleidades del espíritu humano, sean más inexplicables, tras el Medanismo zoloniano, tras el materialismo de Buchner y Claudio Bernart y tras el transformismo darwinista, una reacción místico-idealista se inicia hoy en Europa.

Así como las exageraciones idealistas de Chateaubriand, Lamartine y George Sand nos llevaron por violenta reacción hasta caer en el naturalismo de Medán; así este, después de hacernos chapotear en el fango de todas las podredumbres sociales, ha llevado a la generación presente a refugiarse en el misticismo espiritualista y cristiano.

Yo diría que ni Paul Verlaine, cantando en admirables versos a la Virgen del Cielo y al Todopoderoso, ni el místico Melchor Vogüé con sus Horas de Historia ni Turguénev y Dostoievski con sus novelas místicas; ninguno de ellos ha contribuido tanto a la reacción místico-literaria, como el pontífice del naturalismo, como Emilio Zola; es decir, ha contribuido por antítesis, por reacción, echando en el platillo de la balanza todo el peso de las groserías y vulgaridades de una época literaria, para que así se levantara el platillo contrario hasta donde no llegaran los miasmas pestilenciales de tales vitandas inmundicidades.

No ha mucho tiempo, cuando Richepin acababa de publicar su libro Les Blaspheme un crítico notable desde las columnas de Le Figaro, decía: «Yo me pregunto: ¿en el taller de qué escultor se cincelarán a esta hora los ídolos desatinados a reemplazar aquellos que despedaza en su libro Jean Richepin?...».

Mucho hubiérase asombrado el crítico francés, si entonces se le hubiera dicho, que los ídolos que habían de adorar los discípulos de Richepin, deberían salir, no de las celdas conventuales ni de las sacristías de curas santeros, sino de la famosa mesa de trabajo de un poeta como Verlaine, a quien Anatole France ha llamado «el Sócrates moderno, el mejor y más grande de los poetas» y también de novelista como Tolstoy y Dostoievski, y casi podía decirse que también saldrán del laboratorio de M. Pasteur, que dice que «se lava las manos y se santigua asustado al salir precipitadamente de la mansión misteriosa en que viven los microbios».

Sí, ¡una reacción mística se opera hoy en Europa!... Saludémosla como a la bienvenida, si es que en sus alas de ángel trae, la reacción espiritualista, el ideal levantado de las almas buenas; saludémosle, si ella es síntoma de rejuvenecimiento del espíritu, de ese nostálgico anhelo, que todos en el alma sentimos, hacia a esferas superiores, hacia donde moran esas visiones celestes que llamamos el Bien y la Justicia, y hacia donde el alma ansía volar como a la patria ausente, ¡y siempre amada!... Pero ¡ah! reneguemos de esa reacción, si solo es síntoma de caducidad, de chocheces de este siglo viejo que al verse próximo a hundirse en el abismo de los tiempos, se postra de rodillas, se da golpes de pecho, y enciende la cera milagrosa de bien morir presentando un caso semejante al del gran Newton, que después de haberse encumbrado hasta las esferas celestes para descubrir las maravillosas leyes de la gravitación universal, concluye su vida de octogenario, ¡consagrando sus días a los comentarios del profeta Daniel y del Apocalipsis de San Juan!...

Así, este nonagenario siglo, lejos de llamar al médico que le diagnostique su incurable enfermedad y su inevitable muerte, se propone hacerse abluciones y echarse asperges de agua bendita, para lavar las grandes culpas de su edad juvenil; sus culpas de gran filósofo, de gran reformador, de gran revolucionario.

Sí, saludemos esa reacción mística e inclinemos la frente ante ella, siempre que su impulso sea progresivo hacia la luz, ¡no reversible hacia el oscurantismo!...

Que no sea necesario decirles a esos místicos reaccionarios, como decía Renan: «La fe que se ha tenido no debe ser una cadena. Queda uno en paz con ella, cuando se la ha envuelto cuidadosamente en el sudario de púrpura en que duermen los dioses muertos...».

- IV -

Dije al principiar este estudio que el Tolstoy novelista era más filósofo que el Tolstoy filósofo, y será preciso que tal afirmación no quede sin su correspondiente prueba. En ningún otro libro puede estudiarse mejor las ideas filosóficas y místicas de Tolstoy que en Mi confesión y también algo, aunque no tan preciso, en Mi religión y en Qué debe hacerse.

Allí se propone Tolstoy probar que, habiendo consultado los problemas de la vida, buscando soluciones en las ciencias positivas, no ha encontrado más que contradicciones y deficiencias.

No alcanzo a explicarme cómo es que un hombre conocedor de las ciencias positivas y de las teorías transformistas y evolutivas modernas, puede hallar el caos y la duda, si es que ha llevado sus investigaciones ajeno a todo determinismo preconcebido y a toda parcialidad sectarista y apasionada; no lo comprendo, si es que él ha bebido en fuentes sanas y ha nutrido su espíritu con las jugosas y sólidas enseñanzas que de las ciencias modernas se desprenden.

No me lo explico ni lo comprendo, por más que en Tolstoy encuentre un caso digno de observación y estudio.

Algunos críticos han acusado a Tolstoy de ignorancia absoluta de las ciencias fisiológicas y psicológicas. Quizá si no merezca otra acusación que la de apasionado y sugestionado por sus propias ideas místicas; ellas aun en los momentos de mayor escepticismo, le llevan a disposiciones e incongruencias, en las que, bien a las claras se adivina que lo sobrenatural y divino, son en él, ideas prefijas e innatas.

Después de su infancia, después de esa epopeya bellísima que él describe en un libro entero que ha titulado Mi infancia llega su juventud, su edad viril, y con ella llega la duda, el pesimismo, el ateísmo y las ideas de suicidio, que son sintomáticas de enfermedad psíquica.

Ni su educación empapada en los principios de la iglesia cristiana ortodoxa, ni el misticismo de su familia, fueron parte a salvarle de esa crisis que ha entenebrecido su espíritu y aniquilado su intelecto.

Llega, pues, una época de su vida, en la cual sus ideas, sus creencias y el estado general de su ánimo, le llevan a cruel e irónica conclusión, que él define con estas palabras:

«-Mi vida es un bromazo inicuo y estúpido que Alguien me está dando».


Y luego agrega: «Aunque yo no reconocía a ningún Alguien que me hubiera creado, esa idea de que alguno se había burlado de mí, necia y malvadamente, trayéndome al mundo, era la forma con que solían manifestarse más a menudo mis inquietudes».

Esta situación de ánimo, casi la calificaríamos de lógica y natural, dada la fiebre juvenil, dada la efervescencia pasional, la ebullición siempre desordenada de la imaginación de un poeta, de un soñador.

Pero más tarde, después que él dice haber buscado en los conocimientos adquiridos por los hombres, la explicación de todas esas cuestiones, que cual puntos negros se le aparecían en su espíritu, es entonces, cuando le encontramos asaz pesimista y harto ilógico en sus conclusiones.

«-Buscaba -dice- en todas las ciencias y no solo no encontré nada, sino que me convencí de que todos los que como yo han buscado en la ciencia, tampoco han encontrado nada.

Y no solo no encontraron nada, sino que reconocieron con claridad que la misma cosa que a mí me conducía a la desesperación -el absurdo de la vida- es el único, el indudable saber accesible al hombre.

-La vida -decíame-, es un mal desprovisto de sentido; es cierto, pero vivía; vivo aún, y toda la humanidad sigue viviendo y vive siempre.

Los que estamos persuadidos de la necesidad absoluta del suicidio y no nos atrevemos a realizarlo, ¿no somos verdaderamente unos cobardes, sin lógica, digámoslo sin ambages, necios que nos enorgullecemos de nuestra necedad, como un cretino de su papera?...».


¡Desoladora doctrina y más desoladora conclusión!...

¡La vida es un mal y el suicidio es la ancha puerta por donde todos debemos salir!

No, la vida no es un mal en el sentido absoluto de la palabra, como lo dicen los filósofos pesimistas; tampoco es una prueba como lo pretenden los místicos y creyentes.

Comprendemos que la vida en ciertos seres, lleva imbíbita la nostalgia de las almas que van cual desterradas por la áspera pendiente del vivir; comprendemos las ansias de luz, de esa idealidad desconocida y soñada que pone tristezas en el alma y amargor en el corazón; pero es preciso no olvidar que para ellos más que para otros, la vida tiene muchas cosas bellas, bañadas por la luz del cielo y por la del alma; ¡por la luz del sol y por la luz del amor!...

No nos referimos, pues, a esos seres excepcionales que como Byron, Leopardi y otros, llevan un volcán en el pecho y una tempestad en el alma: para ellos sin duda hay reconditeces y sinuosidades que llenan de abismos la vida no así para el hombre que desapasionadamente mira la vida y busca su explicación en el libro siempre abierto de la Naturaleza. Ese hombre sabe que la vida no es más que uno de los fenómenos producido por las combinaciones de la materia, en su eterno movimiento de acción y reacción. Sabe que no hay vida individual, independiente de las leyes que rigen la vida general y colectiva.

Somos nada más que una parte pequeñísima de un gran todo, que a nuestro pesar nos lleva y nos alienta. Y tan insignificante es en la creación la existencia de toda la humanidad, que si ella desapareciera, se extinguiera en toda la superficie de la tierra, no se alteraría ni se modificaría una sola de las leyes que rigen al Universo.

Y Tolstoy que quiere que se suprima el egoísmo, el yo individual, como un medio de incorporarnos en la totalidad de la Humanidad, no acierta a suprimirle cuando se entrega a sus investigaciones acerca de la vida y su finalidad.

A qué fin, repite una y mil veces, y en torno de estas fatídicas palabras se agrupan todas sus angustiosas lucubraciones, y sus crueles dudas.

Él no acepta la premisa de Kant que dice: «No son las ideas de Dios y de la inmortalidad las condiciones de la ley moral, sino solamente del objeto necesario de una voluntad determinada por esta ley; es decir del uso práctico de nuestra razón pura; así no podemos vanagloriarnos de conocer y de percibir, no ya la realidad sino la posibilidad de estas ideas».

Tolstoy no declara tampoco como Schelling que: «en la existencia en la voluntad, hay algo irracional»; él pide soluciones, no para la vida misma, sino para el más allá de la vida y del mundo terrenal.

La Naturaleza procede con tal majestad en sus leyes y evoluciones, y la Ciencia la estudia con tal rectitud y honradez que todo aquel que se le acerque -no con los ojos vendados por ideas preconcebidas y doctrinarias- queda satisfecho, tranquilo y consolado.

Más poeta que filósofo y más sonador que hombre de ciencia se presenta Tolstoy, cuando queriendo definir la vida y su finalidad, se dirige angustiosamente estas preguntas: ¿Qué soy? ¿Para qué vivo? ¿Por qué vivo?

Si tales interrogaciones hubieran sido dirigidas como dice Tolstoy a las Ciencias Positivas y ellas con la elocuencia de su larga experimentación y sus luminosas investigaciones, hubiéranle demostrado conclusiones tan claras y seguras acerca de los problemas de la vida, que no dejan lugar a dudas ni vacilaciones; ellas le hubieran dicho que, en la vida de la humanidad se realiza la teoría evolutiva, idéntica en sus procedimientos a la evolución zoológica de la creación de los seres.

Y de esta ley que se verifica en la naturaleza y en la sociedad, debemos deducir el por qué y el para qué de nuestra vida.

El ser más pequeño, el hombre más miserable, tiene su razón de vida, su misión sagrada: forma parte de un pueblo, de una raza, que trabaja y evoluciona incesantemente para alcanzar su perfeccionamiento.

Herbert Spencer, ha estudiado y demostrado con asombroso caudal de ejemplos, que la evolución se realiza en todos los sistemas organizados, y que los mismos fenómenos se suceden en la evolución de un organismo humano, que en el de una sociedad, siguiendo este paralelismo hasta en sus más ínfimos detalles.

Spencer, aceptando la teoría darwinista, ha probado que así como por medio del orden zoológico se han formado y perfeccionado todos los seres; y a virtud de una evolución lenta y constante han seguido la ley de selección y perfeccionamiento, llegando a formarse tipos relativamente perfectos, hasta alcanzar a producirse el organismo superior del hombre; así también en el orden sociológico, todos los individuos que forman la raza humana, están subordinados a las leyes de transformación y progreso que los llevan a un fin conocido seguro y grandioso.

Y si las leyes zoológicas después de largas y laboriosas evoluciones han culminado en el organismo superior del Hombre, las leyes sociológicas, han culminado en el Pensamiento del hombre: ese sello con que la Naturaleza ha marcado su definitiva superioridad.

Y desde el humilde ganglio vibratorio del mundo orgánico, hasta el aparato nervioso del hombre civilizado actual, hay la misma distancia, que del hombre esclavo de la animalidad brutal, hasta el hombre que ha realizado las sublimidades del Arte y de la Filosofía, pináculos de la sensibilidad y de la intelectualidad superiores.

Estas son las dos escalas paralelas que bajo sus leyes fijas e ineluctables ha estudiado la Ciencia, siguiendo las transformaciones por las que ha pasado la célula monástica para llegar hasta el organismo delicado y perfecto del hombre; y luego después de millares de siglos de llegar al hombre primitivo, ¡culminar en el hombre del siglo XIX!...

¡Cuánta distancia entre el uno y el otro!

Allí entre las capas terrestres le vemos todavía, con su cráneo deprimido, con sus mandíbulas prominentes, con sus largos brazos y su cuerpo cebruno y velludo. Allí están sus osamentas, como la base granítica de nuestra civilización, y como comprobante de que el hombre para elevarse y colocarse sobre todos los seres de la creación, no tuvo más que dos factores: el lenguaje y la inteligencia.

Cuando después de largo estudio y meditación se llega a este convencimiento, ya es nimio y pueril preguntar: ¿Qué soy? ¿Para qué vivo? ¿Por qué vivo?

Somos la cima terminal de la inmensa cadena zoológica de los seres. Vivimos cumpliendo leyes fatales, ineludibles, que en el hombre pueden sintetizarse con una sola palabra: progreso. En cuanto al ¿por qué vivo? del ilustre conde León Tolstoy, uno de los talentos más brillantes de esta época, es sustancialmente el mismo ¿por qué vivo? que diría (caso que hubiera podido sentir y decir) el hombre primitivo, el salvaje troglodita, que en las primeras manifestaciones de la humanidad, vivió disputándole su presa al oso de la caverna y al reno de las épocas terciarias. ¿Cuál es la diferencia sustancial que separa al hombre del siglo XIX del hombre primitivo?

Ninguna. Y tanto derecho no tuvieron ellos para preguntarse: ¿para qué vivo? ¿por qué vivo? como lo tenemos nosotros...

Ellos vivieron su vida angustiosa, miserable y animal, para que nosotros llegásemos a vivir esta vida culta, tranquila y civilizada; esta vida que, en el correr de los siglos, distara tanto de la perfección y el progreso alcanzados, como distamos hoy nosotros de nuestros primeros ascendientes de las épocas prehistóricas.

Sí, hay una embriología humana, como hay una embriología zoológica.

El hombre de hoy es la obra del hombre de ayer, y el hombre de mañana será la obra del hombre de hoy.

Si pues todos llenamos una inmensa y sublime misión en el mundo: ¿para qué preguntarnos por qué vivimos y para qué vivimos?...

Subir, subir siempre, esa es nuestra misión, sin olvidar que, cada escalón que avanzamos, representa cuando menos diez siglos en la vida de la humanidad.

No podemos, pues, retroceder, como pretende Tolstoy al proclamar el estado salvaje, la ignorancia absoluta y el saber rudimentario, como el más perfecto y feliz que el hombre puede apetecer. Tampoco podemos adelantarnos a nuestra época, y vivir hoy como vivirán nuestros descendientes en los siglos venideros. Seguimos un curso lento, gradual, seguro y siempre ascendente: es el mismo que ha seguido la Naturaleza, para llegar desde los seres rudimentarios -las moneras y los zoófitos- hasta el hombre.

No es, pues, lógico ni razonable el pedirle a las Ciencias positivas y experimentales, soluciones que son propias de la metafísica y la teodicea, esas ciencias infantiles, que de todo en todo se alejan del método experimental y práctico que hoy predomina en el campo del saber humano.

Pompeyo Gener en su erudito y hermoso estudio de las enfermedades exóticas, en la literatura moderna, dice: «El que se turba hoy con las corrientes científicas, es el que también se hubiese turbado en el seno del cristianismo más ascético. Una concepción positivista y puramente científica del Mundo, exige una moral aún más pura que la de las teologías; solo que hay muchas inteligencias obscuras que se creen poseedoras de la verdad absoluta, cuando solo están embriagadas con el humo de una pseudociencia de tercera mano».

El conocimiento perfecto de la Ciencia, conduce a la moral más rígida, como a la más íntima tranquilidad de espíritu.

La comparación de Tolstoy es exacta, cuando en sus investigaciones dice:

«Mientras buscaba solución al problema de la vida, experimentaba enteramente el mismo sentimiento que el hombre que se extravía en un bosque. Al llegar a un claro trepa a un árbol y ve espacios sin límites, pero no ve ni una sola casa, y comprende que allí no pueden encontrarse. Entonces vuelve a la espesura del bosque, a las tinieblas; pero tampoco hay allí ninguna señal de refugio.

Así erré por la selva de los conocimientos humanos, entre las claridades de las ciencias matemáticas y experimentales, quienes a la vez que descubriéndome horizontes luminosos, no podían suministrarme ningún refugio. Vagaba en medio de los conocimientos teóricos, cada vez más oscuros, a medida que en ellos me persuadí que no había ni era posible haber ninguna salida».


La explicación de estas tinieblas que Tolstoy ha encontrado en los bosques científicos (sigo su metáfora) es bien sencilla. Es que él las ha consultado como místico y no como filósofo; ha pretendido hallar en ellas la solución de ideas preconcebidas, de tendencias atávicas, que por ser en él innatas, lleváronle a suponer que el misticismo y, el sobrenaturalismo, forman la esencia misma de la vida.

En el libro Mi infancia donde tan ingenuamente nos deja conocer sus primeras impresiones, sus primeras tendencias, sus primeros pensares, se ve que frenológicamente, Tolstoy era más místico que filósofo, más soñador que clarividente, más poeta que hombre práctico.

El ilimitado horizonte de lo divino, el más allá de la vida de ultratumba, el sobrenaturalismo actuando en el mundo con todo su séquito de divinidades de primero y de segundo orden; todas estas ideas, todas estas deducciones, acongojan y torturan su espíritu desde bien temprana edad.

- V -

Pedirle a las ciencias luz para ver más claro y definir mejor las creaciones de nuestra imaginación, sugestionada siempre por el sentimiento de lo maravilloso y sobrenatural, es como acercar una antorcha a esos fantasmas que en las tinieblas se dibujan, y de cuya existencia solo están persuadidos los niños o los ignorantes.

Los fantasmas desaparecen con la luz del día y lo sobrenatural con la luz de la Ciencia.

Ver la realidad y la vida, desprendidas de todas las quimeras de la imaginación, es propio solo del hombre que ha madurado su espíritu con el estudio de la naturaleza considerada bajo todos sus aspectos científicos.

No hallando, pues, Tolstoy en las ciencias experimentales, sino definiciones de orden puramente positivo y práctico, resuelve abandonarlas y se propone buscar sus ideales en una teodicea doctrinaria, y de todo en todo ajustada a la tradición ortodoxa del cristianismo docente.

Pero desgraciadamente allí, no solo dice que halló el vacío, sino también el ridículo y la impostura.

«Y a pesar mío -dice- me vi llevado al estudio, a la investigación de esa Escritura, a la investigación que hasta entonces me había dado tanto miedo. Y me dirigí al estudio de esa misma teología, que por vana había ya rechazado con tanto desprecio. Entonces me parecía ser una serie de contrasentidos inútiles; entonces me rodeaban por todas partes los fenómenos de la vida que me parecían claros y llenos de sentido; al paso que ahora me daría por satisfecho con rechazar lo que no entre en mi dura cabeza; pero no sé dónde ir».


Y en otro lugar dice: «Y me sometí. Encontré en mi alma un sentimiento que me ayudó a soportar aquello: la humillación de mí mismo. Me humillé, pues; tragué esa Sangre y ese Cuerpo sin sentimiento ninguno de mofa, con el deseo de creer. Pero la herida estaba hecha, y sabiendo de antemano lo que me esperaba, ya no pude presentarme por segunda vez a comulgar».

He aquí el punto a que lo conduce el misticismo a Tolstoy; al anonadamiento de su razón, a la humillación del espíritu, al quebrantamiento del carácter, sin más resultado práctico, que presentar el triste espectáculo de una razón preclara en lucha con la teología de su época.

Si Tolstoy hubiera seguido el método cartesiano; si después de citar a juicio a todas las creencias humanas, hubiera hecho en torno suyo el vacío, para luego fundar una creencia asentada sobre su propia razón y sus conocimientos científicos... ¡Qué obra tan bella, tan fecunda, tan bienhechora, hubiera legado a la posteridad!...

Tolstoy no llega a ninguna conclusión precisa, no delinca con nitidez y claridad el símbolo a quien él rinde sus adoraciones. Podríamos decir de Tolstoy lo que dice Macaulay de Milton: «son más las ideas que sugiere que las que expresa».

Lo que sobre todas las cosas preocupa a Tolstoy, es el fin, el objetivo de la vida humana, idea que le persigue y aturrulla con desapoderada tenacidad. En torno de este angustioso pensamiento agitase su alma, y sin acertar a darle fijeza a su pensamiento, narra las evoluciones, expone con detalles los errores que se apoderaron de su mente, y nos cuenta día a día, aquel vaivén de sus creencias, sin que lleguemos a conocer su término, sino el punto en que hoy han tocado.

Y en esas agitadas mareas de la duda, Tolstoy tiene más que otro alguno, el inapreciable mérito de la sinceridad, de esa ingenua franqueza que le compele a decir cuanto piensa, cree y espera, sin cuidarse más que de decir la verdad.

Entre ese párrafo de deducciones que de su agitado espíritu surgían, solía hacer algunas como esta: «En el universo todo sucede por la voluntad de Alguien que hace servir nuestras vidas para la realización de un fin que no conocemos...».

Lo quimérico e ilógico de esta doctrina salta a primera vista.

Decirnos que servimos para un fin desconocido es desquiciar todas nuestras ideas de justicia, de moral, de virtud, puesto que, jamás nos será posible definir o dilucidar, cuándo nos comportamos bien, y cuándo mal; es decir, cuándo nuestra conducta está en conformidad con nuestra finalidad, y cuándo en contra de ella.

Si los dogmas religiosos no tuvieran otra conclusión que esta impuesta por Tolstoy, preferible sería no solo por su lógica, sino por su grandeza, lo que la Ciencia le dice al hombre, esto es: que él es, la cima más alta, la eflorescencia magnífica y divina del árbol zoológico, cuyas raíces se pierden en las épocas primitivas; allá donde la vida aparece como imperfecto borrador, de las fuerzas creadoras de la Naturaleza y sus últimos ramajes, han de llegar un día a tal altura, que allí el hombre realizará en su vida íntima y social, todas las perfecciones y grandezas que hoy le atribuimos a seres imaginarios.

En esta doctrina, aceptada hoy por casi todos los hombres que han puesto las ciencias, al servicio de la Sociología, hay finalidad, hay grandeza, hay objetivos para la vida.

No obstante, preciso es reconocer que, a pesar de sus dudas y vacilaciones, Tolstoy se nos presenta de acuerdo con los positivistas, los sociologistas y transformistas. Como ellos él abriga la convicción de que «el fin principal de la vida consiste en el mejoramiento humano».

En Tolstoy se adivina claramente al hombre cuyas creencias llevan por fuerzas impulsoras, no la razón y el convencimiento, sino el sentimiento y el amor a la Humanidad. Tan solo así se explican sus violentos ataques contra la filosofía, la civilización y contra la razón misma, impropios del hombre que estudia la vida, desde las alturas de las ciencias históricas y filosóficas. De aquí que cuando se hunde en sus lucubraciones acerca de la nada de la existencia, llega a esta desoladora conclusión:

«No podía dar ningún sentido razonable a ningún acto de mi vida. Solo me asombraba, cómo no había podido comprender eso desde el principio, diciendo para mí:

¡Hace tantísimo tiempo que todo esto lo conoce todo el mundo! Si no es hoy será mañana; vendrán las enfermedades y la muerte -ya han venido- para los seres amados y para mí, y nada quedará excepto gusanos y podre. Sean las que fueren mis acciones, tarde o temprano quedarán en el olvido y yo no existiré ya. ¿Por qué pues tomarse afanes? Lo asombroso es cómo puede el hombre no ver esto y seguir viviendo.

Solo se puede vivir mientras estamos ebrios de vida; pero cuando se pasa la borrachera, no puede menos de verse que todo esto no es más que una superchería estúpida. Lo cierto es que ni siquiera hay en ello nada risible ni ingenioso; sencillamente no es más que estúpido y cruel».


Y de después de estas ideas de Tolstoy, ocúrreseme decir: Yo no sé hasta qué punto tendrá un escritor el derecho de verter la hiel de sus dolores y entenebrecer con sus ideas el alma de los seres sensitivos; yo no sé si un hombre benéfico que lleva el alma henchida de ternuras infinitas y la voluntad de nobles intenciones, no llegará a decirse, allá en las reconditeces de su conciencia, que las alas de su fantasía, como las de los ángeles de Klosptock, derraman ráfagas de luz, pero de luz quemante, abrasadora y asesina del alma; yo no lo sé, porque nadie que yo sepa, se ha cuidado de precavernos de esta, que debiera llamarse higiene moral; pero ¡ah! la duda y el pesimismo que nos roban la fe en el porvenir excelso de nuestra raza humana, debieran quedar proscritos de la literatura como de la filosofía...

Es que todavía, ni los hombres de ciencia ni los de iglesia, ni menos los poetas, han alcanzado la convicción, de que este mundo en que se alimenta nuestro espíritu, podemos formarlo y edificarlo a nuestro albedrío; perverso, triste y desesperanzado, si arrojamos en las sociedades, en el medio ambiente, ideas de intolerancia, de pesimismo y desconsuelo; alegre plácido y feliz, si al contrario, vertemos ideas de justicia, de confraternidad y tolerancia!...

- VI -

Si hubiéramos de descomponer a semejanza del químico, el sistema religioso de Tolstoy, para determinar las partes componentes de él, diríamos que hay algo del fatalismo budista de Sakia-Muni, mucho y en dosis fuertes, del ascetismo cristiano de San Francisco de Asís, y no poca parte del pesimismo desolador del sombrío Spinoza; sin que ello impida el que se trasparente al antiguo nihilista, al exaltado creyente, con sus símbolos difusos, casi en estado latente, como son todos los de los nihilistas y anarquistas modernos.

Como Sakia-Muni, el Salvador de la India, que decía a sus discípulos: «Vivid religiosos ocultando vuestras buenas obras y mostrando vuestros pecados», así Tolstoy quiere que la humildad extrema, todo lo que es base de la vida individual, de la personalidad autónoma, de la expansión y perfección del hombre, quede anonadado, destruido, por ser contrario a la moral y a la vida del espíritu.

Su ascetismo le lleva a fulminar sus anatemas, contra todos los placeres que la civilización y el refinamiento de las costumbres nos procura. El vino, el tabaco, la vida muelle, no son a su concepto más que, medios de evitar los instintos concupiscentes del individuo.

Y no solo contra los medios físicos que halagan los sentidos se anda reñido Tolstoy, también a semejanza de las primeras sectas cristianas, reniega y se enfurruña contra la belleza física -ese don supremo de la naturaleza- contra las desnudeces que la moda y la etiqueta le exigen a la mujer; y lo que culmina en el sumo de la exageración, es que, también reniega del aseo, de la limpieza corporal; de eso que, hasta es instinto en algunas razas de animales, y que en el hombre, viene a ser algo que atañe a su dignidad, a su superioridad, y que realza al ser moral tanto como al físico.

En sus santas cóleras contra toda doctrina insuficiente para resolver el problema de la vida, ajustado a la concepción por él formada, Tolstoy ataca al Positivismo comtiano, desconociendo con manifiesta parcialidad, las faces bellas, sublimes y esencialmente sociológicas de esa doctrina, a la que, su autor, convencido de haber dicho la última palabra en la jerarquía de las ideas místicas, la llamó «La Religión de la Humanidad».

Sin aceptar en su totalidad la doctrina positivista de Comte y tomando de ella sus conclusiones esenciales, es sin disputa la más aceptable, la más humana y la más civilizadora, de cuantas han aparecido en esta época esencialmente racionalista.

¡Cuánta diferencia entre el nihilismo-místico-fatalista del conde León Tolstoy y el positivismo altruista de Augusto Comte!...

Comparémosle no sea más que por mero estudio de estas dos faces que la fe moderna presenta, en sus anhelos de renovación religiosa.

Tolstoy no ha aportado a la sociedad rusa, y a los corazones sedientos de fe y de ideal, más que sus dudas, sus angustias, sus desesperaciones, abriendo así inmenso vacío en el que las almas sensitivas y delicadas sentirán la asfixia moral, muy más matadora para el alma, que la asfixia física para el cuerpo.

Dentro de esta cuestión sociológica, Comte ha creado un orden completo de ideas fundamentales; por ellas comprueba que el espíritu humano en sus manifestaciones religiosas, es progresivo y perfectible, y tiende a expandirse, siguiendo la línea ascendente de la inteligencia humana. Y así quedan marcadas las tres grandes etapas por las cuales las creencias religiosas han atravesado, principiando por el fetichismo de los egipcios y el politeísmo de los griegos, para llegar al antropomorfismo monoteísta del cristianismo, y por fin a la fe demostrada del Positivismo científico.

En el campo de la moral sociológica, Tolstoy solo propone el retroceso, la vuelta hacia el estado agrícola primitivo, hacia la civilización rudimentaria, como medios de bienestar y felicidad social.

Comte al colocar las bases del edificio de sus doctrinas sociológicas ha puesto en contribución a todas las demás ciencias positivas y exactas, de suerte que todas ellas vengan a redundar en bien de la moral social; que en el positivismo, no es la moral anémica de sangre empobrecida por el ayuno y las mortificaciones o idiotizada por el fanatismo, sino la que se deduce de la hermosa armonía del cuerpo y del espíritu.

Tolstoy, rodando siempre bajo el mismo punto, ha construido su sistema religioso fundándolo en ese su misticismo especialísimo, compuesto de fatalismo semi-budista, y ascetismo cristiano, y cuya moral lleva por principio el proclamar la supresión de la vida, y la reproducción del género humano; lo cual puede ser fuente de la más profunda inmoralidad, toda vez que contraría los instintos más poderosos y los sentimientos más delicados del corazón.

Comte, cuya moral está fundada en el mens sana in corpore sano, no impone privaciones ni penitencias a sus discípulos, comprende que el «vivir a todas luces» que es uno de sus preceptos, será el regulador más seguro para la conducta individual. Lejos de aceptar el ascetismo y las privaciones materiales estas quedan tácitamente proscritas de su doctrina; a tal punto que, los más eminentes predicadores positivistas como Ingersoll en los Estados Unidos de América, amenizan sus conferencias en el campo de la filosofía, dando a sus oyentes muchas y minuciosas reglas para la higiene y buena alimentación, y quieren que la mujer en el hogar, vigile esmeradamente los alimentos, y la vida holgada de la familia, sin más limitación, que aquello que pudiera tocar los linderos del vicio.

Tolstoy no encuentra otros arbitrios ni más refugio para asegurar la pureza de las costumbres y la impecabilidad del individuo, que encerrarse en un ascetismo misántropo, esencialmente disociador, que es la forma más desquiciadora del egoísmo individual.

Tolstoy es el místico que se hace filósofo, y Comte es el filósofo que se hace místico.

Tolstoy forma sus dogmas religiosos con las miradas convertidas hacia el pasado; hacía los albores de una teodicea nacida en esas regiones de Oriente, más apropiadas para las visiones apocalípticas o para las creaciones voluptuosas de musulmánicas razas, que para crear un código moral aplicable a estas regiones de razas inquietas y revolucionarias.

Comte aceptando la herencia moral de ese pasado, ha formado sus teorías positivistas con la mirada puesta en el porvenir, en una civilización cuyos primeros destellos hoy apenas vislumbramos, y cuyos albores nacieron allá entre esos hombres prodigiosos, ¡que se llamaron los Convencionales de la Revolución francesa!...

Para Tolstoy el amor es la forma suprema del egoísmo, y «solamente el que mata en sí la raíz de todo egoísmo, toma posesión del Universo, y disuelve en él su propia individualidad»; lo cual es completamente utópico e impracticable.

Para Comte, el amor es la expansión suprema del ser, por medio del amor llegó él a la concepción completa de la vida, al altruismo y al amor a la Humanidad que fueron dos rayos de luz que alumbraron su misión apostólica en los últimos días de su vida.

Y no establecemos otros términos de paralelismo y comparación entre ambas doctrinas, porque comprendemos que, las preeminencias y supremacías de una doctrina, deben deducirse, no de su teodicea dogmática, sino solo de su parte sociológica y moral.

Bajo esta faz, los principios de las doctrinas de Comte quedan a inmensa altura sobre las de Tolstoy, como que el comtismo es esencialmente sociológico, y el tolstoísmo profundamente disociador.

Malamente pretenderá alguien establecer puntos de comparación y similitud entre Tolstoy y los filósofos positivistas de principios del siglo, por más que en el amor a la Humanidad se asemeje Tolstoy a Comte, a Littré, a Haeckel, Huxley y demás filósofos naturalistas.

Tolstoy, ya lo hemos dicho, es más poeta que filósofo, y bajo esta faz aproximase más bien a los poetas psicólogos y filósofos como Goethe.

Ya González Serrano trazó con mano maestra un hermoso paralelismo entre estas dos culminantes individualidades.

«Ambos -dice- cultivan el arte, como la ciencia de nuestras ignorancias, como protesta contra lo que es y en pro de vaga aspiración a lo mejor (un ideal). Uno y otro desde el arte irradian con la trascendencia de sus creaciones a la filosofía, y son por igual poetas y filósofos. Los dos condensan en el mismo punto final en la misma conclusión práctica su doctrina filosófica. Goethe declara verbo existente su principio: la acción; Tolstoy confiesa que Dios es la vida misma».


Hasta aquí la opinión de González Serrano; nosotros señalaremos otro punto de similitud: Tolstoy con sus doctrinas repletas de hondo y cruel pesimismo, ha contribuido quizá más a la propagación del suicidio que Goethe con su Werther.

Tolstoy considera el suicidio, como un refugio; como la única fácil salida para huir de los males de la vida; Goethe lo presenta como remedio de una pasión amorosa y desgraciada, como un mal pequeño, que puede curar un mal inmenso.

Goethe y Tolstoy, ambos sintiéronse acometidos de doloroso arrepentimiento, así que llegaron a la edad madura, y contemplaron los efectos que sus ideas producían en la sociedad.

Goethe pretendió cambiar el desenlace de su Werther y suprimir todas las ideas que apoyaban el suicidio de su héroe, que no era otro que él mismo.

Tolstoy también se arrepiente de su labor artística, y hubiera querido, no solo cambiarla sino suprimirla por completo.

¡Qué admirables son las trasformaciones del espíritu humano, y las evoluciones que se suceden en la vida de un solo hombre!

Estudiar una vida, puede ser tan complicado y difícil como estudiar el universo mismo.

¡Cuántas grandezas a lado de pequeñeces antípodas!... ¡Cuánta luz radiante, proyectando densas tinieblas!...

¡Acaso el genio sea más que la resultante de estos contrastes!...

De todos modos, doblemos nuestra rodilla y postrémonos reverentes ante los genios superiores; ellos son los verdaderos bienhechores de la humanidad.

Y bajo la influencia de estas ideas terminaremos este estudio declarando, que abrigamos la íntima convicción de que de los muchos lugares que afean las doctrinas filosóficas y místicas de Tolstoy, ellos no alcanzarán jamás a empequeñecer al poeta, al filántropo al genio artístico, al pensador profundo, que hoy, con sello singularísimo se destaca como astro de gran magnitud en el cielo del arte moderno.

Y cuando el gran pueblo ruso, despierte de su largo sueño, e irguiéndose fulgurante con las ideas por Tolstoy difundidas, de democracia republicana, confraternidad universal, nivelamiento de la justicia social; entonces el nombre de Tolstoy, no solo será inscrito entre los primeros poetas del mundo, sino también entre los grandes bienhechores de la Humanidad.