Acabada mi oración, oí hablar a las dos muchachos mis camaradas que estaban aguardando, al amor de los rayos del sol, que yo los llamase para ir también a rezar al bosque, donde teníamos una cruz muy bien hecha entre unas ramas de arrayán, y donde por las mañanas acostumbraba enseñarles las oraciones. Diles una voz y al punto estuvieron conmigo, y me dieron razón de cómo habían llegado ya los caciques con cántaros y tinajones de chicha y algunas aves para mi viaje, los cuales preguntaban cuidadosos por mí.
-Pues, recemos presto, les dije, que ésta me parece que será la postrera vez que os acompañe. Os ruego que no os olvidéis las oraciones que os he enseñado y que os acordéis de Dios, que podrá ser que haya ocasión de que esto venga a ser de cristianos y vosotros tendréis eso andado. Enterneciéronse los muchachos conmigo, significándome el pesar que tenían por quedar sin mi compañía, y aun me dijeron que si su padre les diese licencia, se vinieran de buena gana conmigo. Yo les agradecí la voluntad que me mostraban y les correspondí con otras amorosas razones; nos hincamos luego de rodillas y rezamos las tres oraciones que sabían. Después nos encaminamos al rancho, donde me estaban aguardando los caciques.
Al punto que llegué, me llamaron los caciques Tereupillán y Molbunante, que estaban sentados juntos, y me pusieron en medio de ellos. Los recién venidos me saludaron y me presentaron unas gallinas para mi viaje, unos bollos de maíz que llaman tamales y dos tinajuelas de chicha de frutilla seca o pasa, que es lo mejor que se platica y de mayor regalo. Presenté una de ellas al solicitador de mi rescate y diligente nuncio; repartí entre todos de los tamales y con grande regocijo nos brindamos los unos a los otros. Ya en este tiempo estaban sazonados los guisados, por lo que nuestro huésped pidió de comer. Ya he referido en otra parte de la suerte que comen, si bien se diferencian mucho los fronterizos de los que han sido criados con españoles y se hallan con más sosiego retirados en las ciudades antiguas o en sus contornos, como son La Imperial, Villarrica, Valdivia, Osorno, ya despobladas de los españoles. Después que yo llegué a casa de Tereupillán, hice una mesita a modo de banco para comer en ella los dos y ésta nos traían siempre con una camiseta blanca encima que servía de mantel, porque nunca me pude acomodar a comer en el suelo. De esta suerte comíamos, y el viejo estaba ya tan hallado, que de otro modo no podía acomodarse a comer. Trajeron la mesa a los tres y tras ella los guisados y viandas de varios géneros, y por postre, sazonadas manzanas, que en aquel tiempo eran estimables, porque en los árboles estaban otras ofreciendo su jugo deleitoso. Después de haber comido, como a las tres de la tarde llegó mi amigo fiel, el buen viejo Quilalebo, con la mujer española, su hija, la mestiza que con todo amor me había ofrecido y aun entregado, y un mesticito, gran amigo mío, hermano de la moza; en su compañía vinieron diez o doce mocetones para que juntamente con él nos acompañasen. Salí de los primeros a encontrarme con mi amigo, quien luego que me vio me echó los brazos con grande amor y regocijo, y su mujer de la propia suerte, diciendo a la hija que se llegase también a abrazarme, porque como corta y muchacha, se contentó con darme los �mari maris�, saludándome benévola.
Luego que se hubieron saludado los caciques, sentaron a Quilalebo al lado del mensajero que estaba a mi mano derecha, siguiendo el orden que teníamos antes. Sacáronle luego una cántara de chicha y yo le brindé con la otra compañera de la que presenté a Molbunante del regalo que me hicieron mis vecinos caciques. Probola, y me dijo:
-La que traigo del mismo género la aventaja en lo dulce y picante. Y será para que tú sólo bebas de ella.
-Pues, �tanta os parece que tengo que beber?, respondí.
-Brindarás a las �ilchas� que han venido a verte, me dijo muy risueño, porque era chancero y decidor.
Mientras estuvimos en esta conversación y brindándose los unos a 1os otros, asaron un ave y algunos pedazos de longaniza que había traído Quilalebo para nuestro viaje y se lo pusieron delante. En este tiempo, se fue acercando la noche y los fogones aumentádose de ollas y asadores, de sartenes para freír pastelillos, empanadillas y buñuelos, bien envueltos de mucha miel de abeja, que nos iban enviando acabados de salir del fuego.
Después de nuestra cena, sacaron el tamboril, y estando al fuego los caciques, principiaron el canto los más mozos y respondían los más viejos; las mujeres, que estaban en diferente corro y en división aparte, como más fáciles en desvanecérseles las cabezas, tenían adentro gran algazara y alboroto, cantando unas y riéndose otras. Levantose en esto Quilalebo, que era viejo de buen humor y de buen gusto, cogió el tamboril entre las manos y dijo a los compañeros:
-�Ea!, levántense todos los amigos, que nos hemos de holgar esta noche por la venida de Molbunante y el buen viaje de nuestro capitán Pichi Álvaro; salgan afuera las mozas y �malguenes� y quédense las viejas allá adentro.
Y esto dijo con tan buena gracia y donaire, que causó gran risa entre los circunstantes. Estaban algunas viejas, mujeres de aquellos caciques comarcanos, afuera del aposento, en otro fogón, y respondieron, allegándose a Quilalebo:
-Por eso seremos nosotras las primeras.
Salieron del aposento la señora, su hija y otras diez o doce muchachonas asidas de las manos, cantando y bailando al son del tamboril y de las flautas; hiciéronles espacio para que entrasen en medio del corro de los caciques, y así se armó el festejo y gran baile.
A todo esto, estaba yo sentado con mi viejo huésped, que era muy cuerdo, sagaz, prudente y de gran reposo, junto con el mensajero, platicando, bebiendo y comiendo de unos choros y erizos, con extremado pescado fresco.
Habiendo, pues, llegado al baile las mozas, me llamó Quilalebo, repetidas veces, y Tereupillán y Molbunante me aconsejaban que fuese, a lo que les respondí que fuésemos juntos. No les pareció mal mi respuesta y dijeron a Quilalebo que por qué no venían a brindarnos las �ilchas�, para que fuésemos a acompañarlas, que de esa suerte iríamos todos a festejarlas. Ya en este tiempo venían algunas con sus jarros de chicha encaminadas para nosotros. Las detuvo Quilalabo diciéndoles que aguardasen a su mujer y a su hija que iban a brindar al capitán Pichi Álvaro; llegaron a brindarnos a mí la señora con su hija y las demás a mis compañeros, con lo que nos obligaron a levantarnos de nuestros asientos y, después de haber bebido y hecho la razón, nos fuimos con ellas de la mano del modo que ellos lo acostumbran. Nos quedamos en la última hilera del círculo que hacían los danzantes, porque es antigua costumbre que los caciques y los indios más graves cojan la retaguardia, y también algunos mocetones solteros que llevan de las manos a las �ilchas�, por tener ocasión de hablarlas cuando tratan de casarse. La española y su hija me cogieron de las manos y llevaron en medio hasta el sitio donde al son de sus instrumentos cantaban y bailaban; y a su imitación, repetimos un romance que a mi despedida había compuesto -según supe- mi amigo Quilalebo en nombre de su hija, estando de la mano con ella, me dijo haber sido suya la compostura de la letra, porque mi ausencia le era de gran pesar. Y para que se reconozca que en sus joviales voces, algunos de sus romances constan de medidas sílabas, pondré la letra que cantaban:
| Abcuduam in, ema | ||
| Amotualu gatu, pichi Álvaro emi | ||
| Chali tuaei mi a | ||
| Güi maya Guan mai ta pegue, no el mi. |
Y para los ayunos del lenguaje, me pareció explicarlo en castellano idioma y a su imitación, en media lira, que es como sigue:
| Muy lastimado tengo | ||
| y triste el corazón porque me dejas; | ||
| a despedirme vengo | ||
| Álvaro, de tu vista, pues te alejas, | ||
| y a decirte cantando | ||
| que he de estar, en no viéndote, llorando. |
Este es, en suma, el sentido literal de este mote chileno, que unos con semblantes tristes, por acercarse mi ausencia, y otros con licores suaves, placenteros, cantaban y bailaban, mudando a ratos tonadas diferentes y romances varios.
En medio de su ruido y algazara, sacaban las mujeres asadores de carne de gallinas, longanizas y abundancia de mariscos, entreverando pastelillos fritos, empanadillas, rosquillas y buñuelos. Y estos refrescos fueron ordinarios en el curso de la noche, la que pasaron en continua boda, comiendo, bebiendo y cantando, que ésta debe ser la causa de no privarse del juicio con la facilidad y presteza que los fronterizos �aucaes�, los cuales comen poco y beben mucho, por lo que a los pocos lances desvarían y tienen entre sí mil disensiones y pesados ruidos. Esto no vi jamás entre los caciques ni indios imperiales, sino holgarse con mucha paz, conformidad y concordia.
En medio de estos entretenimientos, pasada la medianoche, pedí licencia a los caciques, principalmente a Quilalebo, que había dejado el tamboril a otro compañero cuando mudaron el romance. Habiendo venido en mi demanda, me dijo:
-Vamos primero a mi aposento, y verás lo que te han traído mi mujer y mi hija para el camino, y cenarás de algunos regalos que están haciendo para mí.
Contra todo mi gusto, fuimos adentro, donde me hizo manifestación de lo que me había traído. Y verdaderamente que solicitaba yo apartarme de su lado, parece que con más ahínco me buscaba. Me hizo sentar a su lado para que le ayudase a comer de una tortilla de huevos que le trajo su mujer, con mucha miel encima; le ayudé a tomar un bocado, y tras él, vino su hija a brindarme con un buen jarro de chicha de frutilla. Habiendo bebido ella antes y estando con nosotros, le dijo el viejo que me hiciese la cama en un rincón del aposento y que ella me fuese a acompañar por la despedida. Y como estaba más alegre el suegro y era de jovial condición, le dijo otras razones a más que humanas. Al instante que oí sus liviandades y que con todas veras deseaba que comunicase a lo estrecho a su hija, me valí de mi ordinario patrocinio, que es poner el espíritu y el alma en Dios y los demás sentidos en sus manos. Eché a chanza sus palabras y con mucha risa y muestras de contento le dije que estimaba en mucho sus favores, pero que primero habíamos de volver al baile un rato y alegrarnos con los demás amigos; que ya se me había pasado el sueño y quería volver a cantar el romance que su hija había compuesto a mi despedida, porque estaba agradecido a su amor y buena voluntad.
-Vamos, pues, capitán, me respondió el viejo, que tras nosotros irán nuestras mujeres; que ahora están enviando de comer a todos los danzantes.
Salimos del aposento y en nuestra compañía mi amigo el mestizo hermano de la moza. Al llegar al baile, dije a Quilalebo que me apretaba una necesidad forzosa, que luego volvería a acompañarle, a lo que me respondió que fuese muy en buena hora, en compañía de su hijo Millayeco, que así se llamaba el mesticito. Salimos del rancho y dejamos a nuestro viejo en medio del tropel y jovial bullicio; estando ya fuera, dije a mi compañero que me aguardase a las espaldas del rancho, en donde con toda brevedad me tendría en su compañía. Me aparté hacia unos arbolillos que estaban esparcidos detrás de la casa y, poniendo las rodillas por el suelo, levanté los espíritus al cielo, y pedí a nuestro Dios favor y ayuda para librarme de aquel empeño en que me hallaba.
Por haberse pasado algún tiempo más del que juzgó mi compañero que pasase, pues me llamó dos veces, puse fin a mi oración y salí de mi retiro con algún consuelo, encontrando a mi amigo medio dormido. Con esto nos fulos para adentro en demanda de Quilalebo, a quien encontramos sentado al amor del fuego con Tereupillán y el mensajero Molbunante. Nos recibieron con un buen vaso de chicha, algo fuerte para mí, de la cual brindé a mi camarada Quilalebo, que estaba ya algo dormido. Yo rogaba a Dios que se acabase de privar de su sentidos por eximirme de su compañía; y parece que oyó Nuestro Señor mis súplicas, porque después del brindis que le hice, quedó con la cabeza tan pesada, que estando en buena plática con los demás caciques, se quedó dormido cabizbajo. Juzgo que fue permisión del cielo, porque jamás lo vi en los demás convites en que con él me hallé tan cargado ni tan ajeno de su juicio. Como lo viera Tereupillán de aquella suerte, mandó que le trajesen una frazada y un cojinete para echarlo sobre él, hasta que lo llevasen a su cama, y yo quedé con sumo gusto, por recogerme a un rincón de su casa a hacer lo propio. Esto fue ya al cuarto del alba, muy cerca del día, de modo que hallé ocasión de decir a mi huésped que me hallaba desvanecido y con la cabeza pesada, por cuya causa me mandó hacer la cama algo distante del fogón. Convidé al mesticito con la cama, y me respondió que por qué no iba a dormir a su aposento, pues allí me habían dispuesto en qué dormir y que su hermana me aguardaba.
-Ya me veis, amigo, cómo estoy, le dije, que no puedo ni aun abrir los ojos de tanto que he bebido, y no quiero que me vea de esta suerte.
En esta ocasión -que es justo y conveniente a veces fingirse dementado y parecer privado de juicio- di a entender a mi compañero que las bebidas varias y continuas me habían perturbado los sentidos de tal suerte, que ni atrás ni adelante podía dar un paso. Así, le rogué que me llevase a la cama y él me asió de un brazo y me puso de pie, y arrimado a sus hombros, me acerqué al lecho, donde me dejó caer como desgobernado y sin fuerzas. Y habiéndole dicho que se acostase conmigo, respondió que más quería irse al baile, de modo que me dejó solo y de la suerte que yo deseaba.
Después de haber el sol esparcido sus lucientes rayos, recordé cuidadoso por ver el estado en que se hallaban mis compañeros y amigos y los que habían quedado entretenidos en el baile. Levanté la cabeza y hallé cerca de mí a los dos muchachos hijos de Tereupillán, tan postrados y vencidos de sueño, como rendidos y fatigados del continuo ejercicio de la noche. A su imitación, estaban los caciques sosegados, pues con la luz de la aurora habían cesado los joviales instrumentos y sólo algunas viejas con las mujeres del dueño de casa asistían el fuego, disponiendo las ollas y asadores para el regalo de los forasteros. Luego que vi la casa sosegada y sin ruido, me levanté del pobre lecho en que yacía, y encaminé mis pasos al acostumbrado bosque donde todas las mañanas daba su alimento al alma. Allí, con toda devoción, hincadas las rodillas en tierra ante una cruz que tenía puesta entre las ramas verdes, recé mis oraciones, principiando con un salmo del profeta rey, que dice así: �Señor de cielos y tierra, �quién ha de poder asistir en tu sagrado templo, o quién en tu monte santo podrá tener alivio ni descanso?�
Cuando salí del bosque, era más tarde de lo que presumía, pues hallé a mis amigos los dos hijos de mi huésped y al mesticito bañándose en el estero con mucho gusto; me refresqué también con ellos y juntos nos volvimos al rancho.
Ya estaban los caciques sentados al fuego, después de haberse bañado en el estero; otros, a las espaldas del rancho, se abrigaban debajo de unos árboles frondosos, reparados del frescor del aire que corría. Llegué a donde estaban platicando y disponiendo la marcha de nuestro viaje; sentáronme en medio de Quilalebo y Molbunante y sacáronme de almorzar unas longanizas y un capón bien asado, y en otro asador un cuarto de carnero que, estilando por todos lados su jugo mantecoso, convidaba su vista al gusto más postrado. Comimos el regalo entre los circunstantes y los huéspedes se fueron aumentando con los que estaban afuera retirados, de manera que Tereupillán, dueño y caporal del rancho, mandó que todos sacasen de comer de lo que hubiese y los rezagos de chicha que habían quedado. Acabaron de comer a más de las cuatro de la tarde, habiendo principiado entre las diez y las once. Entonces dijo nuestro mensajero, que ya era tiempo de ir previniendo el viaje, porque, en poniéndose el sol, era forzoso el marchar. Salimos al reparo de los árboles, que a las espaldas del rancho estaban frescos y apacibles.
Después que todos estuvieron fuera, así varones como mujeres, sentados en tapetes o esteras, trajeron un ramo de canelo y se lo entregaron a Molbunante para que con él en la mano diese principio al parlamento y fin alegre y ostentoso de nuestro convite. Levantose éste y, poniéndose en medio del círculo que los demás hacían sentados, formando otra a las espaldas las mujeres, razonó con elegancia, pues como era fronterizo y de buen arte, todos estaban pendientes de sus labios. A los fines de su parlamento significó el estar muy agradecido a mi amo Maulicán, no tan solamente por la liberalidad con que había entregado para el rescate de su cuñao Taygüelgüeno y de otros caciques que estaban presos, sino también porque con todo esfuerzo me había defendido de la furiosa intención y rabiosa ira de los caciques y soldados de la parcialidad de la cordillera; y que no menos lo estaba de Tereupillán, de Quilalebo y de los demás caciques imperiales, que con todo amor y regalo me habían tenido seguro, quieto y defendido. Por esta causa, se hallaban todos como obligados a servirles, lo que prometía darían siempre que quisieran experimentar sus voluntades. Otras razones que al intento pronunció fueron de todos bien escuchadas y aplaudidas con los vítores que acostumbran. Entregó el ramo de canelo a Tereupillán, quien se puso en el sitio que había ocupado Molbunante.
Dio principio el viejo venerable a su razonamiento con estilo retórico, sólido, macizo y grave, y por sus varoniles voces y maduros años, tenían todos los oyentes suspensos los sentidos y los ojos fijos en sus palabras y blancas canas.
Por abreviar, dejo muchas razones que dijo a Molbunante, encaminadas a que no fuesen los fronterizos tan crueles ni tan inclinados, pasada la refriega, a derramar sangre de españoles; que la fortuna era varia y se trocaban los tiempos por instantes. Volviéndose a hablar conmigo, prosiguió su discurso para despedirse de toda su parcialidad, en donde había sido mi comunicación y asistencia más continua:
-Voz, capitán, amigo y compañero, que os ausentáis de nosotros y nos dejáis lastimados y tristes, no nos olvidéis, significando a los españoles que no somos tan malos ni de inclinaciones tan perversas como nos hacen, pues no podréis decir que haya habido alguno que perdiéndoos el respeto, os haya dicho una mala palabra, ni aun mirado con malos ojos. �No es así esto, capitán?
Y yo le respondí, como los demás, el �veillicha�, diciéndole:
-Es verdad lo que referís, y yo estoy y estaré toda mi vida con el reconocimiento debido a vuestros favores y al amor y voluntad que he experimentado en todos los caciques principales y especialmente en mi �quempo� y amigo verdadero Quilalebo.
-Claro está, capitán, que habéis de obrar conforme a vuestra sangre y obligaciones. Lo que os ruego de mi parte es que cuando estéis entre los vuestros, os compadezcáis de los cautivos; no permitáis que los vejen ni que a sangre fría los ahorquen ni entreguen a los indios amigos, como suelen hacerlo, para quitarles la vida atrozmente, y que solicitéis sus rescates. Haced con ellos, finalmente, lo que con vos hemos hecho, y cuando no con tantas finezas, par lo menos que reconozcan los pobres que habéis estado cautivo y atribulado en ocasiones. Imitad a vuestro padre Álvaro, que aunque es tan gran guerrero y ha muerto a muchos de los nuestros, peleando en las batallas, jamás a sangre fría ha quitado la vida a ningún cautivo; antes se hallan muchos que por su piedad y buen corazón están libres en sus tierras, gozando de su quietud y descanso. Y con esto, capitán, no tengo que deciros sino que tengáis buen viaje y os lleve Dios con bien a vuestra tierra y a los ojos de vuestro amado padre.
Así dio fin a su razonamiento y todos dieron voces de alegría; soplaron con la boca y el aliento el aire y estremecieron la tierra con pisadas, que es lo que acostumbran al final de sus parlamentos.
Ya en este tiempo se había traspuesto el sol y tenían los caballos prevenidos, por lo que Molbunante trató de apresurar nuestro viaje, porque antes que amaneciese, habíamos de llegar a emboscarnos todo el día en su casa para volver a caminar de noche. Mi camarada Quilalebo dispuso todo lo que habíamos de llevar para nuestro regalo; me ensilló el caballo de camino que para mi viaje había traído y, como no acostumbran más carga que las gurupas, en breve espacio se dispuso todo. Llegué a despedirme de las mujeres de mi huésped y de la española y su hija, que se habían entrado al rancho mientras ensillábamos los caballos. Encontrándolas en medio de la casa, les dije que se quedasen con Dios; que ya se había llegado el plazo de mi partida, y que mirasen lo que me mandaban y lo que se les ofrecía de su gusto. Con estas razones, que pronuncié con alguna ternura, respondieron las viejas con lágrimas en los ojos y ayes y suspiros en los labios, diciendo:
-�Ay!, �ay!, que se nos va nuestro capitán y compañero.
A su imitación, las muchachas, principalmente la mestiza, con mis amigos los muchachos, levantaron de punto los sollozos y voces lastimadas, de manera que me obligaron a llorar con ellos y a decirles que si no tuviera padre, a quien amaba tiernamente, y no fuese entre los míos tan solicitado con repetidos mensajes como lo habían visto, que tuviesen por cierto que no dejara su amad. compañía, porque me habían obligado sus agasajos, sus cortesías, amores y regalos, a corresponderles con voluntad y afecto. Con esto, fui abrazando a las mujeres y a la mestiza, pues, como las veía llorar sin medida, no. acertaba ya a hablarles palabra. Y volviendo el rostro para salirme, me sucedió lo propio que al poeta profano:
| Tres veces toqué el umbral | ||
| con los pies torpes y tardos, | ||
| y otras tantas mis cuidados | ||
| me volvieron al portal. |
Animé como pude el corazón lastimado y volví adentro a despedirme de nuevo, como si no lo hubiera hecho.
Volví a decirles, que me mandasen y mirasen lo que gustaran que les enviase, y sólo una vieja me pidió una bacinilla de las ordinarias de azófar. Las demás me dijeron que lo que yo quisiera enviarles recibirían por tener con qué hacer memorias de mí. En esto, me dieron prisa mis compañeros, porque la noche abrochaba ya su obscuro manto. Salí de la casa con harto dolor y sentimiento, pues cuando me puse a caballo, se asieron de mí los dos muchachos mis compañeros y el mesticito, llorando y diciendo a voces que se querían venir conmigo, con lo que volvió a formarse adentro, y aun en todos los circunstantes, mayor llanto.
De la misma suerte, con mi ausencia y partida se entristecieron todos, muchachos, varones y mujeres, de modo que hasta en los más ocultos rincones de la casa no había más que lágrimas y voces confusas y lastimosas. No digo otras acciones que pasaron, no refiero otras circunstancias, porque no parezca encarecimiento ni exagerado decir. Sólo diré que cuando llegué a echar los brazos a Tereupillán, no pude hablarle palabra, porque al buen viejo le regaron las lágrimas el rostro.
Despedidos salimos de nuestros amigos imperiales cuando el sol dio sus veces a la luna, con cuyos resplandores caminamos a buen paso Molbunante con sus diez compañeros; Quilalebo, con otros tantos mocetones; un hijo de mi camarada Tereupillán, de muy buen arte, con otros de su ahillo y en su edad iguales; entre unos y otros seríamos si no treinta, muy cerca de este número. Marchamos toda la noche a más que ordinario paso y llegamos a casa de Molbunante, que estaba conjunta con la de su cuñado Taygüelgüeno, a los últimos fines de la noche. Sus mujeres, hijas y parientes me hospedaron con gran agrado y regocijo, por ser yo el trueque y rescate de su marido. Diéronnos de almorzar regaladamente a todos, y Quilalebo, por su parte, sacó las longanizas, empanadas y tamales que traía dispuestas para nuestro viaje. Sentados a la redonda de muy buenos fogones, comimos y bebimos, y al descubrir el sol sus claras luces, dimos al descanso los fatigados cuerpos.
Más de las dos de la tarde me pareció que serían cuando me recordaron mis compañeros y dieron aviso de haber llegado Maulicán con otros seis o siete caciques de su parcialidad, amigos, vecinos y paniaguados, ya que los unos y los otros eran también amigos y aficionados de Taygüelgüeno, Licanante y Huichuvilo, que eran los caciques que se hallaban presos y por quienes se había de efectuar mi rescate y el de Diego Zenteno de Chávez, que en la misma ocasión fue cautivo, siendo soldado de mi compañía y de mi propia edad y aspecto.
Recordé de mi sueño deseoso de ver al que fue dueño de mi persona y vida, y también por juzgar que con ellos había llegado mi soldado, compañero y amigo, a quien tanto deseaba llevar en mi compañía. Con estas esperanzas, salí fuera del rancho con Quilalebo y los otros que habían entrado a darme el parte. Llegamos al sitio donde estaban sentados a orillas de un estero deleitable, brindándose los unos a los otros con más de veinte tinajones de chicha. Luego que Maulicán vio que me iba acercando, se levantó a gran prisa a abrazarme y yo le extendí los brazos con gran regocijo y alegría; los demás caciques, a su imitación, me saludaron y en medio de mi amo, de Quilalebo, y Molbunante me hicieron sentar. Después de haberme puesto por delante un cántaro de chicha, me trajeron un plato de buen porte de frutillas frescas, y sin exageración había algunas que de dos bocados no les podíamos dar fin, porque de la suerte que entre nosotros se benefician las viñas, de la propia y aun con más cuidado labran ellos sus frutillares, de que hacen mucha cantidad de pasa para sus bebidas. Tras este regalo, que fue para mí de gusto, nos enviaron de comer aunque no con la abundancia y sazón que en La Imperial teníamos. Estando entretenido en este ejercicio, trató Molbunante de que aquella noche prosiguiésemos nuestro viaje, y como no vi que apareciera el soldado Diego Zenteno, dije cuidadoso que dónde estaba el español que habíamos de llevar en cambio y rescate de Licanante, sobrino del cacique Pailamacho. Respondió mi amo que se habían hecho las diligencias, y aunque su dueño quedó, a los principios, de entregarle por sus pagas, cuando enviaron a traerle, no le hallaron en casa, por haber salido para la costa a negocios que se le ofrecieron. Estas razones fueron para mí de gran disgusto, ya que deseaba en extremo llevar a este soldado, por haberle prometido hacer de mi parte lo posible por librarle de trabajos y peligros cuando Dios fuese servido de que se tratase mi rescate. Así, me resolví a decirles que yo no podía irme sin soldado Diego Zenteno, por haber escrito al gobernador que le llevaría, en mi compañía, por lo que ellos me dijeron que escribiese y que no sería razón que faltasen a lo que con él y conmigo habían quedado. Con esta mi resolución, entraron en consulta y determinaron enviar aquella noche por él y traerlo sin dar parte a ninguno de los que con él asistían, ya que el amo había de ser pagado en volviendo. Les agradecí grandemente el arresto que hacían, diciendo que sería muy estimada su acción, así de los españoles como de los caciques presos. Con esto, despacharon al instante por mi soldado y aquella noche le acecharon a que saliese por agua al estero como lo acostumbraba, y encontrándose con él, le significaron lo que le importaba callar la boca, no hacer ruido y seguir a los que habían ido en su demanda. El mancebo obedeció gustoso y sin pesar halló lo que deseaba. Subiéronle a las ancas de un caballo y a toda prisa cogieron el camino, y al recibir las aves con sus sonorosas voces a la aurora, llegaron con el deseado cautivo a nuestra presencia. Fue recibido con aplauso común y alegres demostraciones y yo llegué a echarle los brazos; él, sin poder hablarme, prorrumpió en lágrimas y ambos quedamos un buen rato abrazados, con lágrimas de alegría en el rostro, producidas del amor y cristiano afecto de nuestros corazones.
A los primeros rayos de la aurora entramos todos juntos en el rancho; allí las mujeres de Molbunante tenían bien dispuestos los fogones y nos dieron de almorzar a aquellas horas, después de lo cual volvimos a dar al pasado sueño rienda suelta.
Muy cerca del mediodía, recordamos los unos y los otros, y como Molbunante estaba cuidadoso de no faltar al plazo señalado, dispuso que comiésemos temprano, que habían de hacer a mi despedida los caciques. Por no dilatarme en repetidas ceremonias, daré por despedidos los amigos y predicados los sermones, en que me pusieron por delante el agradecimiento que debía tener a sus agasajos, especialmente Maulicán, por haber contrastado con valor y esfuerzo con toda la parcialidad y distrito de la cordillera y con otros comarcanos suyos.
Salimos para tierra de cristianos a los veinte y siete días de noviembre, año de 1629. Agregáronse al número que salimos de La Imperial más de cincuenta lanzas, de modo que fueron en mi compañía más de ochenta indios, todos bien armados y resueltos a defenderme de los enemigos serranos. Y aunque a mí me armaron con coselete y lanza y a mi compañero de la propia suerte, lo que teníamos dispuesto era que cuando llegase la ocasión -que rogábamos a Dios que no llegase-, procuraríamos evadirnos de en medio, del tropel de su contienda y abrigarnos del bosque más cercano. Toda la noche marchamos a muy buen paso con los resplandores de la luna, con gran vigilancia y orden militar, echando por delante corredores muy ligeros y por los costados y retaguardia de la misma suerte, para que fuesen explorando las montañas y los pasos más estrechos. Al descubrir el sol sus resplandores, que fue a los veinte y ocho del citado mes y año, nos hallamos muy cerca de Curaupe, estero que llaman de Los Sauces, a donde llegamos como a las ocho o nueve del día a refrescarnos y a dar algún alivio a los caballos. Aunque ya estábamos fuera de los caminos y pasos que nos causaban recelo, con todo eso nos ocultamos algo separados del camino y sobre el árbol más crecido pusieron su atalaya o centinela. Ataron a sogas largas nuestras bestias a las orillas del estero, donde nos pusimos algo separados del concurso Quilalebo, Molbunante y Diego Zenteno. Hice descargar el matolaje que traía y que había hecho guardar, y del cual comimos todos, porque como aquella noche siguiente habíamos de amanecer en el fuerte y presidio de Nacimiento, le dije a Quilalebo que convidásemos a todos nuestros aliados y �digüeñes�. Hízolo así mi amigo y todos participaron de lo que comíamos, cual del pedazo de empanada, cual de la longaniza, de la carne, de los bollos y rosquetes. Tras esto, para refrescarnos, dimos tras las bolsas y talegas de harina tostada, y en unas �guámparas� hicimos la bebida acostumbrada entre ellos y aun entre nosotros los soldados muy bien recibida, porque los que tienen comodidad de mezclarla con azúcar, chocolate molido y canela, hacen una bebida bien sazonada, fresca y de mucho sustento, principalmente para estos indios, que para una jornada de quince o veinte días no llevan más sustento que el bolsillo de harina a la gurupa, la cual desleída con agua en sus �guámparas� les sirve de vianda y de bebida. Después mudaron al que estaba atalayando y le dieron de comer como los demás, con lo que quedamos debajo de la sombra a reposar la comida y a dar alivio al fatigado cuerpo.
A las seis de la tarde, poco más o menos, tuvieron los caballos ensillados, y estando ya todo dispuesto, me despertaron mis amigos, me ayudaron a subir al caballo y proseguimos nuestra derrota poco antes de ponerse el sol. Caminamos a trote largo y a ratos a galope por las faldas de Guadaba, que son unas lomas rasas y en partes escabrosas, y salimos por la quebrada que llaman del ají. Como la luna nos era favorable por estar muy cerca de su lleno, alargamos el paso a media rienda, y al amanecer nos hallamos esguazando el estero del Vergara por arriba del fuerte, a distancia de una legua algo más o menos. Y al descubrir el sol sus hebras de oro, a los veinte y nueve de noviembre, día del ínclito mártir San Saturnino y víspera del señor y glorioso apóstol San Andrés, llegamos a los muros del fuerte de Nacimiento con bandera de paz de un blanco lienzo, que habíamos puesto en una caña brava, para que yo en las manos la llevase. Habiendo dejado las armas que traían como a distancia de una cuadra, nos acercamos todos a la contramuralla que tenía el fuerte. Adentro estaba la muralla, de otros más gruesos y firmes postes, y por dentro, sus festones y parapetos, sus cubos y baluartes en las esquinas, con sus piezas de artillería que barrían los lienzos de la fortaleza.
Hablaron los caciques por entre los maderos y preguntaron si estaban los caciques prisioneros dentro del fuerte; respondieron que sí, que sólo se aguardaba el barco para que llegase Licanante, por quien se había de rescatar Diego Zenteno.
-Pues, hagamos luego el trueque, dijo Molbunante, que después, si llegare Licanante, se efectuará el trueque del soldado.
-Sea muy en hora buena, dijo el capitán y cabo de la gente de guerra del fuerte, vengan a la puerta con nuestro capitán bien deseado, y entrando por las puertas de estos muros, saldrán los caciques prisioneros. En el ínterin que se apearon los que se habían de allegar conmigo, Molbunante, Quilalebo, Millalipe, hijo de Tereupillán, y otros seis o siete principales, salieron a la contramuralla el capitán bien armado y todos sus soldados, que serían hasta setenta u ochenta, de la propia suerte, con sus picas, mosquetes y arcabuces, y se pusieron en ala al son de la caja y otros instrumentos bélicos. No dejaron de recelarse mis compañeros, diciéndome que para qué salía el capitán con las armas en las manos, cuando ellos estaban sin ellas. Les respondí que aquello se usaba entre nosotros y que bien sabían ellos que no podíamos hacer traición alguna con los que entraban bajo la real palabra.
-Y voz, Molbunante, bien sabéis que esto es así, pues habéis entrado y salido entre los nuestros todos las veces que os ha parecido, sin que hayáis experimentado ningún doble trato.
-Es verdad, respondió Molbunante, y así, nos podemos allegar a las puertas con todo seguro.
-Vamos, pues, dijo Quilalebo, que yo iría con el capitán a cualquier parte que quisiera llevarme, con toda confianza sin recelar ni temer peligro alguno.
-Mucho me alegro, Quilalebo, de que estéis tan satisfecho y asegurado de lo que os estimo, pues cierto que primero permitiera que a mí me quitasen la vida que veros atribulado por mi causa. Y no tan sólo por vos -a quien he tenido en lugar de padre- hiciera estas manifestaciones, sino también por el más mínimo de vuestros soldados, que con sobrado amor han venido en mi compañía explorando los caminos y asegurando mis recelos.
Con esto, nos arrimamos a las puertas de la contramuralla; las abrieron con gran regocijo, y el capitán advirtió a Molbunante que apartasen los caballos, porque habían de disparar la artillería y hacer la salva a mi recibimiento; hicieron así, y al entrar yo y salir los caciques prisioneros, después de habernos abrazado con notable regocijo de los unos y los otros, dieron una muy buena carga de mosquetería y arcabucería y luego con las piezas de artillería que estaban en los cubos para la guarnición de todo el fuerte.
Salieron los caciques rescatados y yo me quedé entre los míos, después de haber recabado con súplicas con todos mis amigos que aguardasen el barco que traía a Licanante para el rescate de mi compañero Diego Zenteno y algunos de ropa que repartirles. Y ellos con gusto se dilataron aquel día.
No sé cómo significar el placer que manifestaron aquellos pobres soldados, abrazándome unos y otros, cual por los brazos y cual por las piernas, unos por delante y otros por las espaldas, dándome infinitos parabienes. Y yo, con lágrimas de alegría en mis ojos, no les acertaba a hablar palabra; muchos me miraban con ternura por verme lastimado y en diferente traje del que solía tener en mis prosperidades, pues me veían descalzo de pie y pierna, con unas mantas largas sobre las carnes no acostumbradas a aquel traje. Entramos a la fortaleza, dejando con llave las puertas de la contramuralla, y encontrándonos con el cura y vicario de aquella plaza, que salía a la puerta a recibirme, nos fuimos todos a la iglesia, donde con rendidos corazones alabamos a nuestro Dios y Señor.
Después me dijo el capitán que fuésemos a su casa a mudar de traje y almorzar un bocado en el entretanto que llegaba el mediodía; le respondí que, con su licencia, no había de salir del templo sin oír misa, que era lo que más deseaba, por hacer muchos días que carecía de tan gran consuelo. Pusieron luego por obra el cantar misa y yo la oí de rodillas con toda la devoción que pude y con gran consuelo del alma.
Llevome el capitán a su casa, habiendo aguardado a que se desvistiese el sacerdote, que fue con nosotros y los demás soldados reformados y soldados del presidio. Me entró luego en su aposento, en donde troqué las viles vestiduras que llevaba y salí mudado en quien solía, con un vestido nuevo bien obrado, un coleto guarnecido de ante, espada y daga al cinto, y lo demás que era necesario para adorno y lucimiento de un cautivo liberado.
Salimos, al rato después, a dar vuelta a las murallas, lo que yo deseaba hacer por ver a mi compañero para consolarlo y por volver a rogar a mis amigos que esperasen un día para llevar por delante al sobrino del cacique Paylamacho, quien lo agradecería mucho. Nos arrimamos a la muralla a conversar con los indios, que por la parte de afuera estaban alojados con el pobre y afligido soldado, quien me significó que los caciques decían que no podían aguardar más de aquel día y que a la noche se habían de ir sin falta alguna. Saludé a los amigos y convidé a comer a Quilalebo, Molbunante, Millalipe, a los dos caciques que se habían rescatado por mí y a otros seis caciques de los principales. Antes de entrar, rogué al capitán que llevase para los demás un quintal de cecina, una fanega de pan y una botija de vino... Les hice poner la mesa y darles de comer muy a su gusto, con asistencia del vicario, del capitán, la mía y muchos otros soldados. Habiendo dado fin a su comida, salieron de la muralla muy gozosa y cerraron las puertas. Con esto, nos sentamos a comer, en el aposento del cabo, el cura, el capitán Marcos Chavari -que había sido despachado con los caciques presos a efectuar con brevedad mi rescate y era persona muy conocida entre los indios por haber estado muchos años cautivo-, el capitán, yo y otros dos o tres camaradas suyos.
Cuando acabamos de comer, los soldados tenían dispuestos unos saraos, entremeses y danzas, y porque gozasen de ellos nuestros amigos huéspedes, salimos fuera de los muros, y entre ellos y la contra estacada nos pusimos bajo unas sombras que al propósito tenían dispuestas.
Volví a convidar a Quilalebo y a los demás caciques dentro del fuerte; los sentamos en medio de nosotros, donde con comodidad y gusto pasaron la tarde entretenidos. Yo la tuve muy alegre de haber visto a los caciques y a los demás compañeros, que asomados por entre las estacas, unos risueños, otros mesurados y algunos con las bocas abiertas, parecían suspensos y elevados de ver la variedad en las figuras, unas ridículas, otras bien compuestas y algunas formidables, entre diversos bailes y entremeses.
Acabada la fiesta sobre tarde, hicimos que cenasen los caciques; enviamos a los demás pan, carne y vino y antes que saliesen les rogué que aguardasen el barco hasta las nueve del día siguiente, que si para ese tiempo no hubiese llegado, no los molestarían mis súplicas.
Después de puesto el sol entramos a nuestra fortaleza y nos fuimos a la iglesia a rezar el rosario, y después de haberlo acabado llamé al vicario y, con la mayor devoción que pude, confesé mis culpas y pecados. Salimos de la iglesia el cura y yo, después de haberse confesado otros penitentes, y hallamos al capitán que nos esperaba con la mesa puesta. Después de otras circunstancias que dejo por no dilatarme, me llevó a la cama, muy limpia y aseada, que me tenía dispuesta, por no haber llegado la mía ni la ropa que se aguardaba en el deseado barco. Me acosté, dando infinitas gracias a Dios porque me hallaba entre sábanas limpias y colchones, los que verdaderamente extrañé por algunos días. Y si voy a decir en puridad lo que siento, aquella primera noche, aunque venía fatigado del camino, no pude dar rienda suelta al sueño, porque lo más de ella se me pasó en dar vueltas a menudo, sin poder hallar sosiego en parte alguna, que el cuerpo estaba ya acostumbrado a los pellejos y mala frezadilla.
Amaneció otro día, el cielo entre nublado y claro, y al dar los buenos días a su capitán el sargento de guardia, le oí decir que corría Norte picante y claro, que era lo que necesitábamos para que el barco subiese río arriba. Consoleme infinito y di los buenos días al capitán, quien me respondió desde la suya diciendo que, por creerme todavía dormido, no me los había enviado a dar con el sargento, el que luego fue a darme parte del tiempo que corría. Signifiqué al sargento y al huésped el desasosiego grande que aquella noche tuve, por haber extrañado la cama, razón por la cual ya me estaba vistiendo al salir el sol. Mi desvelo y el haber desconocido los colchones les causaron mucha risa. Levanteme con bien y con algún gusto de ver que soplaba el Norte apresurado; salí a la plaza de armas y encaminé mis pasos a la iglesia. En este tiempo, se levantaron el capitán y cabo de aquel fuerte, el cura y vicario, el capitán Marcos Chavari, el alférez de la compañía y otros reformados de ella, y unos y otros fueron en mi demanda, a darme aviso de cómo los indios trataban ya de hacer su viaje y llevarse consigo al pobre Diego Zenteno.
Salimos afuera y por entre las estacas de la contramurallas hablamos a los caciques, dándoles a entender que Dios había enviado el viento Norte que corría para que con toda brevedad llegase el barco que tanto deseábamos todos.
Con la palabra que nos dieron los caciques de aguardar hasta el mediodía, nos fuimos a la iglesia a dar consuelo al espíritu, y yo recibí al Señor de lo criado con gran regocijo de mi alma, en compañía de los capitanes Juan Quesada, cabo de dicho fuerte, Marcos Chavari, muchos soldados y reformados del fuerte, que fueron los más dél, y las mujeres, porque con el ejemplo de su mayor y cabeza, los más de ellos imitaban sus pasos.
A las diez del día, salimos de la iglesia y volvimos afuera a ver el estado en que se hallaban los detenidos caciques. Y cuando creímos que por habernos dilatado en nuestros devotos ejercicios estarían a caballo o a pique, por lo menos, de poner los pies en los estribos, los hallamos sosegados almorzando en diferentes fogones y los caciques durmiendo a la sombra de unos árboles frutales que estaban replantados fuera de los muros. Hablamos con el soldado Diego Zenteno y dimos algún alivio a la aflicción y pena que tenía, diciéndole las diligencias que habíamos hecho con el Señor, que todo lo puede, para que los caciques no se apresurasen y el barco llegase con toda brevedad. En esto, nos divisaron los caciques, y al punto se allegaron a donde estábamos y me representaron la fineza que por mi causa habían hecho en haber aguardado todo un día más, en el que estaban hasta aquellas horas, y que ya no podían dilatar más tiempo su viaje.
-Está muy bien lo que decís, respondí a Molbunante, que fue el que me propuso estas razones.
Y le signifiqué cuán deseoso estaba de corresponder a ellas con algunos dones y regalos, para cuyo efecto les había suplicado que aguardasen el barco, que juzgaba muy cerca, por haberle sido favorable el viento. Pero que ya no tenía que pedirles ni suplicarles más que una cosa, y era que mientras entraban a comer un bocado en nuestra compañía, que enviasen a caballo dos o tres amigos mocetones a la punta del cerro que enfrente de nosotros poco más de media legua se mostraba, de la cual divisarían el río abajo más de tres leguas, y si puestos en la cumbre no lo descubriesen, al punto que ellos llegasen pondrían en ejecución sus intentos y darían principio a su viaje.
-Muy bien lo ha dispuesto el capitán, dijo mi amigo Quilalebo, que cuando de aquí no salgamos hasta la tarde, importa poco, pues de noche y con luna ha de ser nuestra marcha más segura.
En esto convinieron todos y llamaron al instante tres mancebos de los más diligentes.
Salieron los exploradores, después de haberles dado de comer, y entraron los caciques a ser nuestros convidados; enviamos de comer a los de fuera y al atribulado cautivo le enviamos desde la mesa, aunque con el susto que le acompañaba no podía pasar bocado. Sentamos a los caciques a la mesa y los acompañamos, entreverados los unos con los otros. En medio del placer y gusto que mostrábamos, nos tenían cuidadosos los espiadores y la posta que estaba en la garita. Acabamos de comer, dimos gracias a Dios por sus beneficios y nos levantamos de la mesa. Apenas salimos a la plaza y nos sentare al fresco, cuando el soldado de la garita dio voces a los de abajo y dijo cómo nuestros exploradores estaban dando vueltas de escaramuza sobre el cerro.
-Buena señal, dijo Molbunante, que sin duda han descubierto el barco.
-�Quéralo Dios así!, dijimos todos.
Y con gran regocijo salimos a divisarlos por entre las estacas de la contramuralla; cuando llegamos a descubrir nuestros centinelas, venían ya bajando a muy buen paso la ladera. Antes que llegasen a darnos parte de lo que habían visto, volvió a decirnos el de la garita que asomaba el barco por la punta del cerro y a poco espacio lo divisamos todos; y como el viento le era favorable, dentro de una hora dio fondo en el estero de Vergara, bajo una loma o eminencia en que estaba fundada nuestra fortaleza. Puesta encima nuestra mosquetería de mampuesto, se aseguraba la condición dél, como lo dispuso el cabo en el entretanto que se desembarcó todo lo que traía, se subió a los almacenes, y el barco quedó en el río con su arráez y marineros, con sus anclas dando fondo en el medio del río. Éste, en aquella parte, es tan hondable y peligroso, que desde que entran hasta que salen nadan los caballos, y con gran riesgo de ahogarse, como ha acontecido a muchos, a causa de que, dicen, viene muy de remanso y con cantidad de raíces correosas y largas debajo, en que acontece enredarse los caballos.
Con la llegada de nuestro deseado barco, llegaron también Licanante y un capitán amigo y confidente de mi padre con otros de casa, que me traían la cama, vestidos, ropa blanca y más de ochocientos pesos en ropa y géneros que yo había enviado a pedir para mis amigos y enviar a las mujeres que me agasajaron en sus tierras. Trajeron también treinta botijas de vino para brindarles; los convidé que entrasen a merendar un bocado y, después de haberlo hecho muy a su gusto todos los ochenta indios dentro de las murallas, les entregué cuatro botijas de vino y les repartí la hacienda que me habían traído, conforme las calidades de cada uno y según la amistad que les debía. A Quilalebo, como más amigo, le di un vestido entero de paño azul -que es color que apetecen mucho-, calzón, capotillo y capa con sus vueltas de tafetán carmesí, sombreros, medias y zapatos, que aunque no los acostumbran, los guardan para su borracheras y festejos, que es cuando se visten en traje de españoles. Llevó también para su mujer y su hija veinte varas de listones de diferentes colores, media docena de peines, muchas chaquiras, punzones y topes de plata, algunas agujas y todo lo que me pidió y tuvo gusto de llevar. Finalmente, no hubo ninguno que no llevase alguna cosa de los géneros que he referido.
Entre los que venían de La Imperial, había participado de los géneros menudos, deseaba mucho uno llevar una capa. Llegose a mí en secreto y me dijo que le diese una capa por un tejillo de oro que traía marcado, y que se acordaría de mí toda su vida. Le respondí que no había quedado ninguna, pero que le daría paño o le buscaría entre los soldados. Llamé al sargento que estaba presente y le encargué la diligencia porque aquel indio fuese consolado; éste me trajo al punto la capa por el paño, se la entregué al indio y volvile su tejo de oro, diciéndole que entre los soldados podría conchabarlo por lo que quisiese. Agradeciolo en extremo y con él conchabó otras cosas entre los del fuerte.
Con esto, los despedimos, ya que el sol iba cubriendo sus rayos y abrazándolos a todos; salieron de la muralla, enfrenaron los caballos, y dando muchos �mari-maris�, se fueron en paz y con mucho gusto.
Otro día por la mañana, que fue primero de noviembre, fui oír misa, que rogué a nuestro cura fuese por mi intención; y por ser pobre, le dejé cuarenta pesos de ropa buena de Castilla y dos tejillos de oro que había traído, que eran del porte de un real de a ocho cada uno. Él me pidió encarecidamente una manta que sobre otras camisetas traje puesta, la cual verdaderamente parecía de terciopelo carmesí muy fino. Aunque la tenía dispuesta para hacer memoria de mis pasados trabajos -como los calzones de campana que traje puestos y otra camiseta pequeña que tuve muchos años en mis cujas-, se la di de muy buena gana porque fue de su agrado y estimación.
Después la misa cantada de Nuestra Señora, habiéndose confesado mi compañero Diego Zenteno y recibido al Señor, salimos de la iglesia; el capitán nos llevó a almorzar a su casa a todos los que habíamos de hacer el viaje y aquellas pobres mujeres casadas del fuerte me regalaron con más de lo que sus fuerzas podían permitirles, por cuyo agradecimiento fui a visitarlas y a despedirme de ellas con agrado y cortesía, habiéndoles dejado algunas cosas de las que me sobraron en la repartición. Al capitán y cabo no tuve con qué agradecerle y recompensar sus favores más de con dejarle hasta veinte arrobas de vino de las que sobraron, cuatro o cinco quintales de cecina y otros pocos de dulces.
Salimos del fuerte los que habíamos de embancarnos: el capitán Pedro de Ayala, camarada y amigo de mi padre; el capitán Marcos Chavari, el sargento Juan Ángel; un confidente de mi casa, a cuyo cargo vinieron la ropa, mi cama y los vestidos; mi camarada Diego Zenteno, yo, los indios, marineros y el arráez del barco. Me despedí de todos los soldados que habían salido a la contramuralla a ponerse de mampuesto, con sus armas en las manos; abracelos a todos y al capitán, quien me dijo que no podía bajar por no poder desamparar su fuerte ni salir de sus muros; que a mi padre le diese un abrazo en su nombre y le dijese cuán en la memoria tenía las honras y favores que de su mano había recibido. Con esto, nos fuimos a embarcar, acompañados de algunos reformados que envió el cabo con sus armas, quedando los demás soldado y la mosquetería de mampuesto hasta que nos embarcásemos y volvieran los reformados a su fuerte. Entramos en el barco, y al salir del puerto o surgidero, nos dieron el buen viaje los de arriba, y los de abajo, imitando sus voces, respondían. El barco a punto de navegar, nos hicieron la salva con una buena descarga de mosquetería y arcabucería, y con los sombreros hicimos las cortesías debidas al capitán, que desde lo alto de su fuerte estaba con su sombrero correspondiendo a nuestras acciones. Así, el río abajo, dimos principio a nuestra navegación.
Las diez del día poco más o menos serían cuando salimos del puerto y fuimos surcando el agua con toda comodidad, y aunque no faltaron tropiezos, que suelen ser ordinarios cuando el río viene bajo de verano, por un banco de arena movediza que tiene, con facilidad se atropellaron, pasando por encima de ellos, a causa de que el barco era chato y sin quilla y de ir en favor nuestro la corriente.
Entre tres y cuatro de la tarde, dimos fondo en la playa del fuerte de San Rosendo, donde hallamos dos compañía de a caballo que el gobernador había despachado para escoltarme, por hacerme aquella honra o porque los capitanes lo pidieron por ser amigos míos y de mi padre. Uno de ellos era el capitán Pedro Fernández de Córdova, gran soldado y de los capitanes de opinión que tenía el ejército, y a quien, después de la pasada derrota e infeliz suerte nuestra, pasaron al estado de Arauco a aquel tercio de San Felipe de Austria; el otro era el capitán Alonso Cid, soldado antiguo, de sobradas experiencias y de valor conocido. Saltamos a tierra, y al poner los pies en ella nos hicieron la salva los soldados. Los capitanes, con algunos reformados, estaban en la playa a pie, con caballos ensilados para que en ellos montásemos, lo que hicimos, porque hasta el sitio donde el fuerte estaba fabricado habría más de dos cuadras de un arenal prolijo y enfadoso. Llegamos a los muros del pequeño fuerte, que sólo servía de tener bastimentos para subirlos arriba al Nacimiento, en él no había más de quince o veinte hombres con un cabo; y aunque estuvimos resueltos a pasar de largo sin apearnos, éste no quiso permitirlo hasta que merendásemos un bocado que su mujer tenía dispuesto. Por darle gusto y ver a la señora su esposa y no dejarla corrida, entramos y fuimos bastante regalados. Agradecimos al cabo sus agasajos, volvimos a dar rienda a los caballos y por disposición de los capitanes fuimos aquella noche al fuerte y reducción de San Cristóbal. Cogimos el camino de la vega a orillas del río Laja, y luego que los indios amigos, que los capitanes habían dejado de centinelas nos divisaron se dejaron caer por una loma abajo, que daba gusto verlos descender, más de ciento cincuenta indios bien armados y en caballos ligeros salieron al encuentro a nuestra caballería. Antes de llegar, como obra de dos cuadras, dieron principio a unas vueltas de escaramuza en señal de alegría, haciendo que unos con otros peleaban; cuando nos fuimos acercando a ellos, nuestros capitanes hicieron dar una descarga de arcabucería y también salieron algunos de los nuestros a escamucear con ellos. Hicimos un alto y llegó el capitán Diego Monje con los principales caciques de su reducción a darme la bienvenida. Proseguimos nuestra marcha y al ponerse el sol llegamos al fuerte de San Cristóbal, donde fui recibido con sumo consuelo de todos los soldados y del cabo, y después de haber hecho la salva dispararon la pieza de artillería con que tocaban arma cuando se sabía que el enemigo entraba a nuestras fronteras. Y esto fue por obra del gobernador, para saber con certidumbre cuándo y a qué hora llegaba yo a aquel fuerte, porque se oía con toda claridad -n el tercio de San Felipe, a dos cuadras de él.
Todas estas honras y favores bien considero que no se me debían y que el permitírmelas el gobernador era por la estimación que hacía de los grandes méritos y servicios de mi padre y por lo que todo el reino le debía, así soldados españoles como indios amigos. Porque yo entonces era muchacho sin más conocimiento de las cosas que el me habían dado los trabajos y penalidades del cautiverio.
Entramos en el fuerte a aquellas horas y las compañías de a caballo se alojaron fuera de la muralla, habiendo echado antes centinelas y postas a lo largo, en los vados del Laja, por asegurar de los enemigos de la campaña y por ser obligación de los indios amigos de aquel fuerte tener aquellos pasos guarnecidos.
El capitán Luis de Toledo, Mejía era cabo y gobernador de aquella fortaleza, en cuya guarnición asistía una compañía de infantería con ochenta hombres pagados y más de doscientos indios reducidos que estaban también bajo muralla con su capitán y dos a tres tenientes y cabos de cuadra.
Otro día por la mañana, después de haber oído misa y almorzado regaladamente, subimos a caballo, y en nuestra compañía salieron los indios amigos que llegaron hasta cerca del cuartel. Media legua antes de llegar a él, vimos venir hacia nosotros una tropa de caballería en la que acercándose más reconocimos al capellán mayor del gobernador, que era un fraile grave y presentado de la orden de Nuestra Señora de las Mercedes, y otro religioso, tío mío, predicador y presentado de la religión sagrada de nuestro padre San Agustín, que asistió con el gobernador desde que se iniciaron los trámites de mi rescate hasta que se efectuaron; el vicario y cura del tercio de San Felipe y otros muchos capitanes vivos y reformados, amigos de mi padre y camaradas míos, que salieron a recibirme y a hacerme aquella honra.
El capellán mayor, de parte del presidente, me dio un recado cortés y amoroso, después del cual, y de haber abrazado a todos, proseguimos nuestro viaje con grande regocijo, corriendo los unos, escaramuceando los otros, dando voces y gritos de contento. Llegamos al cuartel y, al entrar por las puertas de la muralla, encontramos por fuera de ellas muchos pobres soldados que con las bocas, con los ojos y sombreros me daban mil parabienes, y las mujeres desde las murallas imitaban sus acciones manifestando el placer y júbilo que con mi llegada tenían. Entramos y, al emparejar la compañía de a caballo que iba de vanguardia, dio una carga de mosquetería la de infantería, que estaba formada en ala en la plaza de armas, y respondieron las compañías de escolta que venían conmigo. Con esto, llegamos a la casa del gobernador, que salió a recibirme a la puerta, acompañado del sargento mayor del reino y de algunos capitanes que le asistían. Luego que llegué a su presencia, me eché a sus pies con todo rendimiento; el gobernador me levantó con todo respeto, amor y cortesía, significando el consuelo y gusto que había recibido con verme ya fuera de peligro y de que se hubiera efectuado mi rescate en su tiempo, antes que llegase el sucesor que por horas esperaba. Y era así, porque no se pasaron veinte días sin que diese fondo en el puerto de la Concepción el gobernador don Francisco Lazo de la Vega, que a los veinticinco de diciembre saltó a tierra. El gobernador era el cordobés famoso y señor de la villa del Carpio, don Luis Fernández de Córdova y Arce, persona de grandes prendas, agradable, cortés, muy jovial placentero con sus súbditos.
Entrome a su sala y sentados en una silla de campaña el capellán mayor fray Francisco Ponce de León, mi tío fray Juan Jofré de Loaisa, el cura y vicario del tercio, don Luis Jofré de Loaisa, deudo mío, y el sargento mayor Juan Fernández Rebolledo, me repitió con encarecimiento no haber tenido día de mayor consuelo y gusto después de nuestra pasada derrota; de manera que ya deseaba el sucesor, pues había conseguido lo que con tanto ahínco solicitara, que era ver en su tiempo efectuado mi rescate, que a los más pareció imposible.
Mandó traer de comer, porque la mesa estaba puesta, e hizo llamar a Diego Zenteno, quien después de haber abrazado al gobernador, luego que estuvimos en su presencia, se quedó afuera con sus amigos. Y como el tercio estaba falto de gente, después de haber comido le rogó que volviese a continuar el real servicio y que le honraría en la primera ocasión, porque verdaderamente le quería bien y deseaba sus aumentos. Y como los ruegos del príncipe son mandatos que obligan más que los imperiosos cuando los súbditos son de obligaciones y dóciles naturales, así lo hizo el camarada, quedándose en la compañía que le pareció más a su gusto.
Después de haber comido con todo regalo y ostentación de príncipe, pedí licencia al gobernador para ir a dar una vuelta y visitar a los compañeros y a reconocer el alojamiento de mi deudo, porque mi tío tenía su cama y la mía acomodadas.
Salimos de su casa con apercibimiento de que volviese a la tarde porque teníamos que comunicar algunas cosas de importancia de la tierra del enemigo y de sus designios; con su permiso, pues, nos despedimos y encaminamos a la casa de mi pariente. Al salir por las puertas del palacio, fueron tantos los que nos iban acompañando que apenas me dejaban dar paso adelante. Llegamos a casa del vicario, a donde fueron muchas mujeres y amigos confidentes a verme y todos los capitanes del ejército. Finalmente, no quedó chico ni grande que nos manifestase su alegría y sumo contento.
Por otra parte, dábanme prisa los amigos de mi padre que fueron a Nacimiento por mí, para que saliésemos aquella tarde a dormir a la campaña y madrugásemos otro día, por el deseo que tendría mi padre de verme ya en su presencia. Así, por abreviar mi viaje, fui a las cuatro de la tarde a despedirme del gobernador, pidiéndole licencia para pasar adelante. Sentándose en una silla de honor y yo en otra, nos quedamos solos hablando algunas cosas de las que el enemigo platicaba. Tuvo particular gusto de la poca conformidad que le dije tenían unas parcialidades con otras, por cuya causa las juntas que hacían eran muy limitadas y de poco número, y que del río del Imperial para adelante no había quién se moviese a tomar las armas sino algunos mocetones solteros y otros pobres aficionados al pillaje de la guerra, que los caciques que tenían comodidad y descanso en sus casas no querían ni había quien los moviese de su quietud y regalo, porque decían que sólo los pobres y los faltos de entendimiento continuaban los ejercicios militares y los peligros que acarrean; que sólo por la patria y por gozar de libertad en ella se podían tomar las armas y arriesgar gustosamente las vidas, y también en las ocasiones que no se pueden rehusar, por no padecer calumnias de cobardes ni de tímidos; pero que buscarlos sin ocasión ninguna era ofrecer las acciones a la muerte y dar bastantes muestras de locura. Estando en estas razones, entraron mi tío y el capitán Pedro de Ayala.
-Si vuestra Señoría es servido, dijo mi tío, y nos da licencia, acudiremos a un convite que los amigos han dispuesto a mi sobrino.
-Está muy bien dispuesto, dijo el gobernador, y me alegro infinito que a la feliz suerte de nuestro cautivo hagan todos muchas demostraciones de alegría; y yo de mi parte lo agradezco y holgara hallar con qué manifestar el regocijo que me acompaña; sólo con estas militares insignias lo podré hacer.
Hizo sacar una rica banda con sus puntas y encajes de oro fino, una ancha espada turquesca muy guarnecida, con su tahalí bordado sobre terciopelo liso de color azul oscuro, y unas mangas bordadas en lo propio, hermanadas con sus guantes y medias. Y para el viaje mandó que me llevasen dos cajitas de conserva escogida, la una de ricos orejones de las provincias del Cuzco, que son los mejores dulces que se platican, un cajoncillo de biscochuelos cubiertos y otro de chocolate de regalo bien aderezado. Estimé con extremo la fineza de nuestro presidente, echándome agradecido a sus pies.
Con esto, mi tío le pidió licencia para salir del cuartel al tocar el alborada -que es cuando se rompe el nombre- y que así se sirviese su señoría de echarnos su bendición por no aguardar a que recordase por la mañana.
Una hora antes de tocar las cajas, se levantó mí tío a decir misa y, en el entretanto que la oímos, dispusieron las camas, las cargaron y ensillaron los caballos. Cogimos la derrota para Gomero, que así se llamaba una estancia y heredad de mi padre, donde, además de los indios para la labranza y beneficio de la hacienda, había otros cuarenta en las minas de Quilacoya. Y por llevar algunos pesos de oro de camino para las gastos que se me podían ofrecer y limosnas para unas misas, me fui a estar dos días en aquella hacienda.
Otro día, a cinco de diciembre, proseguimos nuestro viaje para la ciudad de San Bartolomé de Chillán y en tres días nos pusimos en mi casa, a los siete del mes, poco antes del medio día. Sin llegar a la presencia de mi padre, le envié a pedir licencia para ir ante todas cosas a oír misa a la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, que estaba a media cuadra de mi casa, en la misma calle. Todos los del lugar que salieron a recibirme con asistencia del corregidor me acompañaron en la iglesia y hasta ponerme en presencia de mi padre no quisieron perderme de vista. Entretanto que oímos misa, mandó el corregidor que la compañía de infantería tuviese las armas dispuestas para que cuando los soldados de a caballo diesen una descarga al entrar por las puertas de mi casa, respondiesen con otra los mosqueteros y con una pieza sellasen los estruendos. Aguardamos a mi tío, quien, después de haberse desnudado de las vestiduras sagradas, salió a donde estábamos. Nos fuimos caminando a pie el corregidor con los alcaldes y otros del cabildo, el cura y vicario de la ciudad, el comendador de aquel convento, algunos religiosos de San Francisco y otros de la orden de predicadores. Los mozos y soldados a caballo festejaron con carreras mi llegada y al son de las trompetas y cajas de guerra, al entrar por las puertas de mi casa, dieron la carga los soldados de a caballo y respondió la infantería en la Plaza de Armas.
Con el referido acompañamiento, entré a la presencia de mi amado padre, que en su aposento estaba en cama, echado a más no poder por su penoso achaque de tullimiento. Al punto que puse los pies sobre el estrado que le tenían puesto arrimado a la cuja, me puse de rodillas y con lágrimas de sumo gozo le regué las manos, besándoselas varias veces; y habiendo estado un rato de esta suerte, sin podernos hablar en un breve espacio de tiempo, mi rostro sobre una mano suya, la otra sobre mi cabeza, me mandó levantar tan tiernamente, que movió a los circunstantes la ternura.
Después de la acción referida, acompañada de otras que el amor y el regocijo me pudieron permitir, nos sentamos a la mesa con los convidados y dimos fin a un banquete bien dispuesto, sazonado y espléndido. No refiero particulares circunstancias de festejos, regocijos y otros entretenimientos con que los de la patria celebraron mi llegada. Déjolo al buen discurso de cada uno y a la consideración del más atento.
Para dar fin glorioso a nuestra historia, diré que otro día por la mañana, que lo fue de la Concepción de la Virgen, fuimos a confesar y comulgar a la iglesia de nuestro padre San Francisco mi padre y yo, porque era gran devoto de esta Señora y patrón y bienhechor de aquel santo convento. Por su patrocinio y amparo fue Dios servido de librarle con bien -aunque- tullido- de los infortunios que trae consigo el militar estruendo en esta sangrienta guerra inacabable...