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«El cartero»: el precio de la inocencia

Sergio Ramírez





El film El Cartero, del joven director iraní Dariush Mehrjui, producido en el año de 1971, resulta una sorpresa por provenir de un país en donde el registro de la imagen fotográfica se halla vedado por los cánones religiosos.

Al comentar la película húngara Libre aliento hacía notar el carácter insustituible que el conflicto individual tiene en el arte para describir el conflicto social; y eso es precisamente lo que este director del tercer mundo enseña en El cartero (otro celebrado film suyo, La vaca se ha presentado también en Europa).

Inspirada en la obra Woyzeck de Büchners, esta película cuenta la historia de un cartero en un pequeño poblado persa del mar Caspio; ínfima y humilde criatura, la más mínima de todas como en las parábolas del Evangelio, este hombrecito que mira siempre al mundo con ojos de asombro tras sus lentes de pulpería, es llevado a la locura tras un proceso de opresión, sutil y cotidiano, que lo somete, dentro de esa inconsciencia del mal establecido como sistema y que tiñe de negro todas las relaciones, a su destrucción.

Empleado como cartero en el correo local, tiene que desempeñar además otros oficios, desde criado de un potentado provinciano a conejillo de indias de un obscuro veterinario. Colecciona, como ambición de su vida, bonos comerciales para adquirir una alfombra, debe su bicicleta, debe el radio y el banco le destina un agente implacable que anda en su persecución para cobrarle. Y para colmo de su desgracia tiene una bonita mujer, seducida al fin por el hermano menor del potentado que llega a la vieja finca empeñado en convertir la crianza de ovejas a la antigua, en una moderna empresa de destace de cerdos. Del pastoreo a la porqueriza, porque esta es una parábola de cerdos y ovejas.

En el curso de una grotesca fiesta ofrecida por el potentado (campesino rico vestido de frac y polainas) a vecinos y principales, el cartero se detiene frente a la ventana de una alcoba al pasar con la bandeja cargada de bebidas, a presenciar la entrega de su mujer al ingeniero renovador del feudo. Este será el sello de la tragedia porque luego habrá de matarla a puñaladas -como en cualquier crónica roja centroamericana.

La indefensión. La inocente oveja trasquilada primero, más tarde degollada, termina degollando ella misma, y pierde la partida. A nadie podrá ocultarse que el victimario es la víctima y esa es la parábola. La opresión no solo es asunto de látigo, sino de acorralamiento cruel, de ruptura del ámbito de la intimidad, que es el de la dignidad. El anónimo cartero, ahora solitario junto al cadáver de su esposa en el despoblado donde le ha dado muerte, es ya sujeto de la crónica roja a partir de la llegada de reporteros y fotógrafos que registran su prendimiento, y se lo entregan a las jaurías cuya diversión consiste en la lectura del sabroso crimen pasional de la semana. La cámara en primer plano, la voz del periodista, interrogan la rueda de rostros de los que han llegado corriendo desde las vecindades al lugar de los hechos y conocen al cartero. «Siempre ha sido un imbécil», dirá el potentado; «es un enfermo mental» dirá el veterinario; calla el rostro indiferente del seductor de la mujer y los hombres del pueblo se quedarán repitiendo al cerrarse el film, que era un buen hombre, un hombre de gran corazón. Puro, inofensivo, la oveja.

Como tanto Mehrjui como el chileno Miguel Littin filman esa despiadada realidad de los países del tercer mundo, donde materia de juego es por igual la inocencia que la brutalidad, las conexiones entre El cartero y El chacal de Nahueltoro se hacen evidentes. Y las imágenes nos permiten identificar a las verdaderas víctimas.

Pero en El cartero habrá, pues, una moraleja, nos dirá el director Mehrjui, y la consigna en una entrevista: «el dominio de los cerdos seguirá siendo inevitable mientras la oveja solo pueda pagar el precio de su propia inocencia».

Berlín, 14 de diciembre de 1974.





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