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Cuarto de estar en la planta baja de un hotel particular enclavado en una colonia de los alrededores de Madrid. Todo, respondiendo a la más actual arquitectura, es cómodo, alegre y luminoso. La parte del fondo, en su mitad izquierda, penetra algo en escena, formando, en planta, como un ángulo de cristales que separa la habitación del porche enlosado de piedra. En el porche hay muchas plantas verdes y algunas flores. Al fondo, cielo azul -es una mañana radiante-, árboles y, entre los árboles, la perspectiva de algunos hotelitos distantes que se pierden en la lejanía. En el porche hay muebles de jardín: silloncitos de hierro, pintados de blanco, con almohadones rojos, verdes o azules, y una mesa redonda con tapa de cristal. En la segunda mitad del fondo -la derecha- se encaja una pequeña escalera, de muy ágil y gracioso trazado, que termina a media altura, y en cuyo final hay una meseta. Esta meseta tiene una puertecita, naturalmente, en el fondo. Abajo, al pie de la escalera, hay un gran sofá, tapizado de un vivo estampado, y dos sillones. Delante del sofá, una mesita. En el lateral derecha, una puerta. A la izquierda, un arco sencillo que da paso a otras habitaciones. |
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(Cuando se levanta el telón no hay nadie en escena. Pían alegremente algunos pájaros en el jardín. Un reloj, dentro, toca suavemente las diez. De pronto, se abre la puertecita de la meseta y surge CRIS. Con el rostro muy alegre, baja los peldaños y se dirige a la puerta de la derecha, donde llama con los nudillos.) |
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CRIS.- Buenos días, señor Pepe. ¿Se ha despertado usted ya? ¡Señor Pepe! Ande, ande, levántese y no sea dormilón... ¡Dese prisa! |
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(Asoma el SEÑOR PEPE, muy alarmado.) |
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SEÑOR PEPE.- Oye... ¿Es que nos echan? |
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CRIS.- ¡Ay, no! |
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SEÑOR PEPE.- ¿Todavía no? |
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CRIS.- Pero, señor Pepe... ¿Qué está usted diciendo? |
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SEÑOR PEPE.- Mira, hija. Es que a mí me da el corazón que nos van a poner en la calle de un momento a otro... |
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CRIS.- (Indignadísima.) ¡Señor Pepe! ¡Qué desconfiado es usted! |
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(El SEÑOR PEPE se sienta en el sofá, lleno de confusiones.) |
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SEÑOR PEPE.- Si es que no me acabo de creer todo lo que nos está pasando desde anoche. ¡Ea! Si es que todavía no me explico cómo hemos caído aquí tú y yo y los otros. Si es que, en cuarenta años de taxista, me han pasado muchas cosas, pero como esta, ninguna... |
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CRIS.- Vamos, vamos. ¿Quiere usted callarse? ¿Todavía no ve usted que todo lo que pasó anoche en El Café de las Flores ha sido como un milagro? (Mirando en torno, satisfechísima, en un éxtasis jubiloso.) Sí, señor Pepe. Un milagro. Por eso estamos aquí... |
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SEÑOR PEPE.- Entonces, ¿es de veras? |
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CRIS.- ¡Sí! |
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SEÑOR PEPE.- ¿Nos quedamos? |
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CRIS.- ¡Sí! |
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SEÑOR PEPE.- ¿Y nos darán de comer? |
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CRIS.- ¡Todos los días! |
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SEÑOR PEPE.- ¡Qué barbaridad! |
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CRIS.- Y a todas las horas que queramos... |
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SEÑOR PEPE.- ¡Qué abuso! |
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CRIS.- Porque en esta casa hay de todo. ¡Ay, qué casa, señor Pepe! Hay un cuarto de baño, con espejos por todas partes, que se ve una repetida la mar de veces. Como que he tenido que cerrar los ojos para darme una ducha, porque me moría de vergüenza delante de tanta gente... |
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SEÑOR PEPE.- Pero ¿te has dado una ducha? (Con sincera admiración.) Lo que es la juventud... |
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CRIS.- (Con embeleso.) ¡Ay, sí! Me he dado una ducha como una señorita: sin regadera y sin barreño... |
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SEÑOR PEPE.- Por lo visto, es una casa con todos los adelantos... |
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CRIS.- Sí, señor. Y, además, estamos todos juntos, que hay que ver el sosiego que le entra a una de saber que no está sola. Cuando pienso en las congojas que he pasado en aquella alcoba de la calle de la Ballesta... Esta noche me dormí tan feliz que hasta he soñado y todo. Figúrese usted que iba yo paseando por toda la Costa Azul, con una sombrilla y un traje de baño de esos que están prohibidos, porque en la Costa Azul, para no llamar la atención, hay que ir muy exageradita, cuando de pronto va y se me acerca Gary Cooper y me dice: «¡Señorita! ¿Quiere usted que le lleve la sombrilla?». |
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SEÑOR PEPE.- ¿Eso te ha dicho? |
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CRIS.- Eso mismo. Y entonces, voy yo y le contesto: «Caballero, eso depende de sus intenciones». |
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SEÑOR PEPE.- ¡Bien contestado! ¡Ea! |
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CRIS.- Y no sé qué ha pasado después, porque se me ha borrado la Costa Azul; era la señorita Laura, que me ha dado un beso y me ha dicho: «Buenos días, Cris». ¿Se da usted cuenta? Buenos días, Cris. Y un beso. Lo que es no estar sola... |
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SEÑOR PEPE.- (Conmovido.) ¡Chica! ¿Vas a llorar? |
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CRIS.- ¿Cómo no voy a llorar, si eso no me ha pasado nunca? Nunca, señor Pepe, nunca. Como que estoy deseando que aparezca la señorita Laura por ahí para comérmela a besos. ¡Vamos! Y todavía no quiere usted creer que todo es un milagro... |
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SEÑOR PEPE.- ¡Je! |
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(Por la izquierda asoma el CHICO, que llama la atención prudentemente.) |
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CHICO.- ¡Chiss! ¡Abuelo! No sé si se habrán ustedes dao cuenta11. Pero esta casa es una mina... |
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SEÑOR PEPE.- ¡Caray! |
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CHICO.- ¡Chiss! Ahí dentro, encima de la consola, hay un reloj que, mal vendido, dan mil pesetas. Y un cuadro muy feo, de esos que están todo borrosos y no se distingue nada... Debe ser del Greco. Lo menos cincuenta duros. ¡Seguro! Porque de eso entiendo yo un rato... ¡Ay, madre mía, qué bien lo vamos a pasar! |
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SEÑOR PEPE.- Oye, oye... |
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CRIS.- ¡Ay, señor Pepe! |
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CHICO.- (Entusiasmado.) ¡Huy! (Cuando se dispone a salir por la derecha, el CHICO se detiene ante un mueble y, con mucho mimo, toma entre sus manos un pequeño jarroncito.) ¡Qué lástima! Está nuevo y no lo toman. Habrá que romperle un piquito para que parezca isabelino... |
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(Sale. La chica y el viejo se miran, impresionados.) |
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SEÑOR PEPE.- ¿Has oído? Lo que sabe este chico de antigüedades... |
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CRIS.- (Asustadísima.) ¡Señor Pepe! Ese es un sinvergüenza... |
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SEÑOR PEPE.- Sí, hija... De primera. |
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(Asoma de nuevo el CHICO.) |
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CHICO.- ¡Abuelo! (Tiernamente.) Me ha sido usted simpático... |
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SEÑOR PEPE.- ¡Hombre! Muchas gracias... Es favor. |
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CHICO.- Y no puedo, ea. Tome usted. |
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SEÑOR PEPE.- ¿Qué me das? (Transición, indignadísimo.) ¡Ay! ¡Mi cartera! ¡Es mi cartera! ¡Me ha robado la cartera!... |
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CRIS.- ¡Chico! |
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SEÑOR PEPE.- ¡Granuja! ¡Golfo! ¡Sinvergüenza! |
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CHICO.- Bueno, bueno. (Modestamente.) Pero si no tiene importancia. Son juegos de sociedad. Un poco de ejercicio para no perder la forma... |
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(Y se va tan satisfecho. CRIS y el SEÑOR PEPE están muy apurados.) |
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CRIS.- ¡Corra, señor Pepe! No le deje usted solo, que si termina el inventario estamos perdidos... |
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SEÑOR PEPE.- Descuida, hija. Haré lo que pueda. |
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(Sale por donde marchó el CHICO. Al mismo tiempo aparece MARTA en el porche.) |
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MARTA.- Laura, Laura... |
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CRIS.- ¡Señorita Marta! |
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MARTA.- Hola, Cris. Estoy buscando a Laura y no la encuentro por ningún sitio. ¡Ay, Cris! ¡Qué fantástico es todo esto! ¡Qué casa! Hay una piscina en el jardín. Y unos árboles que dan una sombra de maravilla. Lo malo es que César está gruñendo porque dice que los árboles le estorban para pintar el paisaje... ¡Ay, Cris, qué feliz soy! |
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CRIS.- ¡Señorita! ¿Va usted a llorar? |
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MARTA.- ¡Claro! ¿No ves que estoy muy contenta? |
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CRIS.- (Comprensiva.) Entonces, ¿es que usted llora de todas maneras? |
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MARTA.- Sí, hija. Casi siempre... |
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(En el porche aparece LAURA. Tiene el rostro radiante. Viene de la calle, con sombrero. Trae numerosos paquetes de distintos tamaños y un ramo de flores. Al verla, MARTA y CRIS corren hacia ella.) |
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LAURA.- ¡Buenos días! |
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CRIS.- ¡Señorita! |
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MARTA.- ¡Laura! |
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LAURA.- Hola, Cris. Marta, querida... He salido para hacer unas compras... Nada. Cuatro cositas. Lo más urgente. Pero venid aquí. A ver esas caras... ¿Estáis contentas? |
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CRIS.- ¡Huy, señorita! |
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MARTA.- Y lo pregunta usted... |
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LAURA.- ¡Magnífico! Así me gusta. Yo os prometo que, en esta casa, todos vamos a ser muy felices... Ya veréis, ya veréis. Esta noche he hecho tantos proyectos... ¡Y estoy tan contenta...! Toma, Cris. Este paquete es para el señor Pepe. Este, para el chico... Esto, para ti. |
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CRIS.- ¿Para mí? |
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LAURA.- Vas a estar preciosa. Ya verás. |
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CRIS.- ¡Ay, Virgen! |
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LAURA.- ¡Corre! |
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CRIS.- Sí, señorita. |
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(Sale CRIS, gozosísima, con el montón de paquetes, por la derecha. Quedan solas MARTA y LAURA.) |
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LAURA.- Todo esto para César. Whisky, cigarrillos, libros, periódicos... Creo que los artistas necesitan muchas cosas superfluas para hacer algo útil. ¿Sabes? Para ti, en realidad, no sabía qué traer y te he comprado estas flores. ¿Te gustan? |
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(MARTA toma sus flores, las huele, se queda mirando a LAURA y se echa a llorar.) |
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MARTA.- Son preciosas... Preciosas. |
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LAURA.- Pero, mujer... ¿Por qué lloras? |
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MARTA.- Porque es la primera vez que me regalan flores sin mala intención... |
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LAURA.- ¡Oh! ¿De veras? |
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MARTA.- Usted no sabe lo que es la vida de una pobre chica como yo, que está sola, que no tiene a nadie... |
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LAURA.- ¿Por qué no voy a saberlo? (Sonríe con ternura y la atrae.) ¿No sabes que en el fondo de toda mujer hay siempre una pobre chica capaz de comprender a otra pobre chica? Un ramo de flores, una caja de dulces o un buen perfume, todo eso, tan bonito, ¡qué amargo es cuando va envuelto en una súplica o en una exigencia! Pero la pobre chica no tiene más remedio que aceptar. ¡Porque se vuelve loca por las flores, por los dulces y por los perfumes! Cuando la invitan a cenar, ella bien sabe por qué la invitan, pero no tiene fuerzas para negarse. Es tan bella la noche en un restaurante de lujo... De pronto, la pobre chica, nota que va a saltársele una lágrima. Y entonces cierra aprisa los ojos y se pregunta a sí misma que por qué la vida es como un hermoso cuento de hadas... que está prohibido. |
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MARTA.- Calle, por Dios, ¡Cállese! |
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LAURA.- ¿Ves como una mujer siempre puede comprender a otra mujer? ¡Pobre Marta, pobre chica, que todo lo sueña, que todo lo desea! Cuando él entró aquella mañana en la tiendecita de la calle de Serrano, creíste que era el final de toda esa vida... ¿No es eso? |
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MARTA.- Sí... |
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LAURA.- Lo comprendo. (Sonríe.) Además, no se puede negar que es muy atractivo... |
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MARTA.- ¡Ay! ¿Cómo lo sabe usted? |
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LAURA.- Mujer... Eso no se pregunta. Las mujeres siempre nos enamoramos de un hombre porque es guapo o porque a nosotras nos lo parece, que es lo mismo. Claro que también hay eso que se llama un amor espiritual. Bueno. Pero cuando nos enamoramos de un hombre muy espiritual, procuramos que sea lo más guapo posible... |
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MARTA.- Yo creía que él sería ¡el último y el único! |
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LAURA.- Yo también... |
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MARTA.- ¡Ah! ¿Sí? |
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LAURA.- Sí... Las mujeres queremos siempre así. Para siempre. Somos fieles por naturaleza. Yo, la verdad, compadezco a esas mujeres que engañan a sus maridos. Creo que los engañan porque no tienen más remedio. Pero estoy segura de que a las pobrecillas les cuesta muchísimo trabajo... |
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MARTA.- Yo, ¡pobre de mí!, hasta había llegado a soñar que nos casaríamos en Barcelona. Como Mallorca está tan cerca... |
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LAURA.- ¡Oh! |
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MARTA.- Sí... Soñé todo eso. Porque le quería. Porque le quiero. |
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LAURA.- ¿Tanto? |
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MARTA.- ¡Sí! Esta mañana, al levantarme, llamé por teléfono a la tienda, a «Mariluz», y di las señas de esta casa. Porque aún es posible que él vaya allí a buscarme... |
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LAURA.- ¡Calla! ¿Quieres? (LAURA se levanta y da unos pasos hacia el porche.) |
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MARTA.- ¡Laura! Espere... ¿Y usted? ¿Está usted enamorada? |
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LAURA.- ¡Con toda mi alma! |
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MARTA.- (Muy contenta.) ¡Como yo! |
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LAURA.- Sí, hija. Me parece a mí que tú y yo coincidimos en todo... |
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MARTA.- ¿Es aquel que le hacía el amor en El Café de las Flores? |
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LAURA.- Sí... Aquel. No he querido a otro. ¿Sabes? |
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MARTA.- ¿Dónde está? |
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LAURA.- Se marchó anoche... |
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MARTA.- ¡Qué sinvergüenza! |
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LAURA.- Se despidió de mí aquí mismo, en esta habitación. Todavía le veo; todavía le oigo: «Laura, el amor no es eterno. Compréndelo. Es mejor separarnos ahora. Quizá después, más adelante, cuando pase el tiempo, todo vuelva a empezar de nuevo...». |
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MARTA.- ¡Dios mío! Pero ¿se puede hablar así a una mujer? |
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LAURA.- Sí, hija. Ahora, sí. Antes los maridos engañaban a sus mujeres con muchísimo respeto. Pretextaban un viaje a París, y, a la vuelta, hasta les traían un abrigo de pieles... Ahora ni siquiera nos engañan. Dicen la verdad. Dicen: «Ya no te quiero». (Transición.) Yo le oía temblando, con un deseo infinito de echarme a sus pies y pedirle de rodillas que tuviera lástima de mí, que no se fuera, que no me dejara sola. Pero no pude. Me dio un beso; el último. Y se fue. |
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MARTA.- ¿Adónde? |
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(LAURA se vuelve, la mira y sonríe.) |
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LAURA.- ¡Qué importa eso! Probablemente también tenía una cita en El Café de las Flores con una pobre chica como tú... |
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MARTA.- (Experta.) Alguna fresca... |
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LAURA.- ¿Tú crees? |
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MARTA.- ¡Seguro! Hay por ahí cada niña de esas que viven su vida... |
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LAURA.- Pero si ella no tiene culpa de nada... Ella, la pobre, solo tiene un enorme deseo de que la quieran. |
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MARTA.- ¡Ah! Entonces... (Transición.) Pobrecita. Ya ve usted, no la conozco y me da lástima. |
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LAURA.- (Con ternura.) Y a mí también, Marta. Te aseguro que me da mucha lástima... (Transición. Bruscamente va hacia la muchacha.) ¡Marta! No pensemos. No nos preguntemos más los unos a los otros. No importa quiénes somos ni de dónde venimos. Lo que importa es que estamos aquí, juntos, unidos. Sé que esta aventura es casi una locura. No tiene eso que la gente llama sentido común. Cuando yo era una chiquilla, siempre que mi madre me decía: «¡Laura! Ten sentido común», yo me echaba a llorar, porque el sentido común era siempre renunciar a algo muy bonito que yo soñaba. Desde entonces, odio ese sentido común de tanta gente que hace la vida estúpida y cruel. Esta casa, nuestra casa, Marta, será desde hoy un mundo aparte. En la vida, fuera de aquí, pasan a diario tantas cosas vulgares que hacen llorar... Desde hace miles de años, las gentes sufren por las mismas razones, separados unos de otros. Nosotros le haremos frente a la vida juntos, muy juntos... |
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MARTA.- (Impulsivamente.) ¡Sí, Laura! Lo que usted quiera. Todo lo que usted quiera... |
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(Aparece CÉSAR en el porche. Se queda mirándolo todo con un mal disimulado ensimismamiento. Entra. Se dirige al sofá y se sienta ante la mesita.) |
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CÉSAR.- (Hosco.) Buenos días. |
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LAURA.- Buenos días, César... |
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(CÉSAR contempla los objetos que hay sobre la mesita. Con una tremenda mordacidad.) |
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CÉSAR.- Whisky escocés, cigarrillos americanos y una novela francesa... |
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LAURA.- Bueno. (Amablemente.) Tenga usted en cuenta que esta es una casa muy española... |
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CÉSAR.- ¡Y qué casa! Todo es refinamiento; todo es lujo... Todo es comodidad (Mirando a todas partes francamente encantado.) Es un asco. |
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MARTA.- ¡Ay! Usted disculpe, Laura. Pero este hombre me pone nerviosísima. No lo puedo remediar. |
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(Sale MARTA, por la izquierda. Solos, LAURA y CÉSAR. Una pequeña pausa.) |
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LAURA.- Siento muchísimo que no le guste a usted mi casa... |
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CÉSAR.- ¡Bah! No se preocupe. A pesar de todo, creo que podré acostumbrarme. |
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LAURA.- Muchas gracias. |
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CÉSAR.- De nada. Claro que habrá que hacer algunas reformas... |
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LAURA.- (Con alarma.) ¿Usted cree? |
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CÉSAR.- ¡Sí! No hay más remedio. Por lo pronto, arrancaremos los árboles del jardín... |
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LAURA.- (Muy asustada.) ¡Ay, eso no! Los árboles, no. |
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CÉSAR.- (Enérgicamente.) ¡Le digo a usted que sí! Voy a pintar un paisaje y me estorban los árboles... |
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LAURA.- Pero, hombre, si con los árboles puede usted pintar un paisaje precioso. Yo he visto cuadros monísimos con árboles por todas partes, y un estanque en el centro con una barca, y muchos cisnes alrededor de la barca... |
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CÉSAR.- (Con un escalofrío.) ¡Señora! Tiene usted una lamentable mentalidad artística... |
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LAURA.- (Tímidamente.) ¿No le gustan los cisnes? |
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CÉSAR.- ¡Puaf! Todo eso pertenece a la vieja escuela. Pintura para burgueses decadentes. Yo quiero pintar Castilla. ¿Me oye? Esa Castilla seca, recia y dura... |
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LAURA.- Pero, César, ¡que estamos en Madrid! Esto no es Castilla... |
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CÉSAR.- (Estupefacto.) ¡Ah! ¿No? Entonces, ¿dónde cree usted que está Castilla? |
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LAURA.- Pues qué sé yo... en el campo. Cerca de Burgos. |
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CÉSAR.- ¡Señora! |
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LAURA.- Pero en mi casa, de ninguna manera... Pues no faltaría más. (Recapitulando.) ¡Ay, Dios mío! Si es que no sé lo que digo... ¿De verdad, de verdad, es preciso que cortemos esos árboles? |
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CÉSAR.- ¡Sí! |
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LAURA.- Está bien. (Con un suspiro.) Los cortaremos. |
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CÉSAR.- Bueno. También son necesarias algunas reformas en el interior. Pero nada de particular. Tirar algún tabique, abrir más ventanas. Hace falta luz, mucha luz. |
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LAURA.- (Suspirando.) ¿Nada más? |
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CÉSAR.- Nada más. Ya le dije que era cosa de poco. ¡Ah! Tengo que poner en su conocimiento algo muy importante. Si de verdad tiene usted interés en que yo continúe en su casa, le ruego que me destine una habitación para mí solo. Esta noche he dormido entre un taxista y un maleante. El chófer se ha pasado la noche soñando en voz alta. Al parecer, es uno de sus muchos encantos. El maleante huele que apesta. (Un silencio. LAURA baja la cabeza y sonríe.) Bien... ¿Por qué no dice usted algo? Supongo que después de todas estas impertinencias me pondrá usted en la calle. |
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LAURA.- ¡No! |
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CÉSAR.- ¡Ah! ¿No? |
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LAURA.- Todavía, no... |
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CÉSAR.- ¿Por qué espera usted? |
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LAURA.- Una curiosidad. Quiero saber cómo es usted cuando se le caiga la máscara... |
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CÉSAR.- ¿Mi máscara? |
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LAURA.- ¡Sí! Esa máscara de insolencia, de malhumor y de soberbia... |
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CÉSAR.- (Inmóvil.) ¡Laura! |
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LAURA.- ¿Cree que no me he dado cuenta de que todo eso es una mentira? Anoche, cuando llegamos aquí, se le saltaron las lágrimas como a un niño. Porque eso es lo que es usted. Un niño. Un niño grande, mal educado y rabioso. Un niño que se muere de pena porque no tiene juguetes, ni mimos, ni caricias, ni siquiera una cama donde dormir... ¿Por qué no es usted sincero? ¿Por qué finge hasta la crueldad? ¿Por qué no dice que lo que necesita es cariño, cariño y cariño? ¿Por qué miente? |
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(Un silencio. CÉSAR baja la cabeza. Luego la mira intensamente. Con poca voz.) |
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CÉSAR.- Porque no tengo más remedio... Porque tengo que defenderme. ¿Sabe? Porque si de verdad le dijera todo lo que siento en este momento me echaría a sus pies, llorando como un imbécil. Porque esta soberbia mía es lo único que me ampara de la compasión de los demás. Esa compasión que no puedo, que no quiero soportar... (Se deja caer en un sillón.) |
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LAURA.- (Sobrecogida.) ¡César! |
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CÉSAR.- ¡Laura! Yo soy un fracasado... |
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LAURA.- ¡No! Eso, no. |
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CÉSAR.- Sí... ¿No quería usted arrancarme la máscara? Pues esta es la verdad. ¡Soy un fracasado! Uno de tantos. He trabajado, he luchado, he soñado. ¿Comprende? Pero ha sido inútil. Cuando me oiga usted contar mis éxitos en París y en Roma piense usted que es todo mentira. Piense usted que la única verdad son muchos años de pena, de mentira y de soledad... Muchas lágrimas de coraje y de envidia derramadas en buhardillas sucias y en pensiones de mala muerte, y, por fin, desde hace tres noches, en la calle... |
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LAURA.- ¡Calle! No siga. ¡Dios mío! ¡Qué débil es! ¡Qué desamparado está! |
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CÉSAR.- ¡Sí! Ya puede usted compadecerme. Ya puede tener lástima de mí. ¿No era eso lo que quería? |
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LAURA.- ¿Quiere usted callar? (Él ha escondido la cabeza entre las manos. Ella se acerca y le pone una mano en un hombro.) ¡César! Usted no es un fracasado. ¡Usted tiene talento! |
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(CÉSAR alza los ojos y la mira con cierta esperanza.) |
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CÉSAR.- ¿Se me nota? |
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LAURA.- ¡Sí! Basta con mirarle a los ojos. ¡Luche! No pierda la fe. Tiene usted derecho a triunfar y triunfará... |
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CÉSAR.- (Ilusionándose progresivamente.) ¿Usted cree? |
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LAURA.- ¡Sí! |
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CÉSAR.- ¡Dígamelo, Laura! ¡Dígamelo otra vez! |
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LAURA.- ¡Sí, César! Estoy segura de que es usted un gran artista. Debe usted pintar maravillosamente. Por lo menos, por lo menos pinta usted como Velázquez... |
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CÉSAR.- (Algo molesto.) ¡Caramba! ¿Por qué me compara usted con Velázquez? |
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LAURA.- ¿No le gusta? |
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CÉSAR.- Nada. (Con sincera repugnancia.) Es un pintor reaccionario... |
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LAURA.- Bueno. Pues si no le gusta Velázquez, pongamos que pinta usted como Picasso... |
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CÉSAR.- (Mohíno.) Picasso está muy anticuado. |
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LAURA.- (Riendo.) ¡Oh! |
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CÉSAR.- (Con humildad.) ¿Se burla? |
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LAURA.- No... (Mirándole.) Escuche, César. ¿Me promete usted que desde hoy volverá a soñar? |
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CÉSAR.- ¿Lo quiere usted? |
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LAURA.- ¡Se lo suplico con toda mi alma! |
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CÉSAR.- (Ilusionado.) Sí... Entonces, sí. A veces yo también creo que todavía es tiempo. Después de todo, no puedo, no quiero darme por vencido. (De pronto.) ¡Laura! |
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LAURA.- (Alegrísima.) ¿Qué? |
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CÉSAR.- ¡Voy a pintar su retrato! |
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LAURA.- ¿De veras? ¡Ay, qué alegría! |
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CÉSAR.- Bueno. Pero no se haga usted ilusiones... Mis retratos nunca se parecen. |
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LAURA.- Ya, ya me lo figuro. Eso se queda para Velázquez... (Se miran. Se ríen. Un momento.) ¡César! |
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CÉSAR.- Laura... |
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LAURA.- ¿No hay una mujer en su vida? |
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CÉSAR.- No... |
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LAURA.- ¿Nunca? |
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CÉSAR.- Una vez. En París. Me hizo compañía durante algún tiempo. Pero se cansó de esperar el triunfo que no llegaba. Y se fue... |
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LAURA.- Es extraño... |
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CÉSAR.- ¿Por qué? |
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LAURA.- No comprendo a esa mujer... |
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(Sale. CÉSAR se queda mirándola como en éxtasis. Emocionadísimo.) |
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CÉSAR.- Laura... ¡Laura! ¡Oh! |
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(Sube las escaleras de dos en dos. Desaparece por la puertecita de la meseta. Queda, por un segundo, la escena sola. Y en el porche surge la figura de GONZALO. Es un hombre joven todavía, de grata presencia, que viste con elegante desaliño. Quizá tiene algunas canas, pero ello no le resta juventud en absoluto. Entra con bastante recelo, comprueba que no hay nadie en la estancia y toca un timbre. A los pocos momentos entra RITA. Una doncella joven. Y al descubrir a GONZALO se da un gran susto.) |
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RITA.- ¡Ayyy! ¡El señor! |
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GONZALO.- El mismo. Pero no grites. No soy un fantasma ¿Por qué ese susto? |
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RITA.- Pero si anoche se despidió el señor diciendo que se iba a Barcelona... |
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GONZALO.- Justo. Eso fue anoche, a las once, hija mía. Pero a las once y media se me paró el coche en la calle de Velázquez... Lo de siempre: el carburador. Cuando tengo una avería, como no sé arreglarla, me pongo a pensar. Y pensando, pensando, comprendí que el viaje a Barcelona era una enorme locura. ¿Y qué quieres, Rita? Tuve miedo y decidí no ir a Barcelona. ¿No dicen que es de sabios cambiar de opinión? |
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RITA.- ¡Claro! Pero el señor no es un sabio... |
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GONZALO.- (Ofendidísimo.) ¡Caramba! ¿Y tú qué sabes? |
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RITA.- ¡Ay! Entonces, ¿dónde ha pasado el señor la noche? |
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GONZALO.- En un hotel. Dije que era americano y me dieron habitación... Tampoco podía volver aquí anoche, compréndelo. Era demasiado pronto. Además, esta noche a solas conmigo mismo ha sido decisiva para mi vida... (Con repentino entusiasmo.) ¡Rita! Ven aquí. Eres la primera persona con quien cruzo la palabra al volver a mi casa y no tengo más remedio que hacerte a ti mis confidencias. Rita, yo ya he cumplido cuarenta años... |
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RITA.- ¡Cuarenta y cinco! |
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GONZALO.- (Muy curioso.) ¿Cómo lo sabes? |
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RITA.- Porque la cocinera no se fía de nadie y lo tiene todo apuntado... |
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GONZALO.- ¡Qué barbaridad! (Transición.) Bien. En realidad, ¿qué importan cuarenta o cuarenta y cinco años? Lo interesante es que yo ya he llegado a esa edad en que un hombre debe de mirar hacia dentro, hacía sí mismo, y decirse: ¡Gonzalo! ¿Qué puede ofrecerte de nuevo la vida? Nada, absolutamente nada. De ahora en adelante, todo lo que te suceda ya te habrá sucedido antes otra vez. La vida es muy poco original: todo se repite. Se repite la primavera y se repite la Navidad, y la Fiesta del Dos de Mayo se celebra todos los años para que se enteren los franceses... Pues ¿y la desesperante monotonía del amor? No hay más que dos clases de mujeres: las que se enamoran de uno y las que se enamoran de los demás. A los hombres nos gustan las que se enamoran de los otros, y es muy natural, porque las que se enamoran de uno se ponen pesadísimas... Porque me río yo de eso que llamamos una gran pasión. Pero, hombre, ¿es que no sabemos todos que una gran pasión es una lata que no se le puede recomendar a nadie? (Con aire de triunfo.) Pues bien: ¡todo eso acabó! |
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RITA.- ¿De verdad, señor? |
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GONZALO.- ¡Sí! Estoy cansado de esta vida mía, en la que todo empieza a repetirse. Esta noche he reflexionado mucho y he resuelto vivir en paz... Nada menos. Desde hoy, me encierro aquí, en mi casa, con mi mujer. No más aventuras. No, no más emociones. ¡Tranquilidad! Por suerte, estamos en las afueras de Madrid y hasta aquí no llegan los ruidos del mundo. ¡Qué feliz voy a ser en esta paz! Pero, Señor, ¿cómo no me he dado cuenta hasta hoy de que en mi casa había tanta tranquilidad? (Se abre la puerta de la meseta y, ante el estupor de GONZALO, baja CÉSAR las escaleras, ligero, felicísimo, tarareando muy bajito una cancioncilla, y se dirige a la puerta de la derecha.) ¡Oiga! |
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CÉSAR.- (Indiferente.) ¿Es a mí? |
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GONZALO.- ¡Sí! A usted. ¿Adónde va? |
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CÉSAR.- ¡Caramba! ¿Y a usted qué le importa? |
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(Sale tranquilamente. GONZALO, en pie, está boquiabierto.) |
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GONZALO.- ¿Has oído? |
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RITA.- ¡Sí, señor! |
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GONZALO.- ¡Dice que a mí qué me importa! ¡Y me lo dice en mi propia casa un individuo a quien no conozco! (Transición.) ¡Rita! ¡Pellízcame! |
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RITA.- (Con dignidad.) ¡Ay, no señor! Si lo que quiere el señor es aprovecharse de una servidora... |
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GONZALO.- (Furioso.) ¡Te digo que me pellizques! |
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(Surge otra vez CÉSAR y se dirige resueltamente hacia la doncella.) |
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CÉSAR.- Oye... ¿Para qué se usa ahora esta habitación? |
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GONZALO.- (Estallando.) ¡Dile que a él qué le importa! |
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CÉSAR.- (Con severidad.) ¡No digas groserías! |
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RITA.- (Muy impresionada.) No, señor. |
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CÉSAR.- Y dile a ese señor que se calle. |
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RITA.- Sí, señor. (A GONZALO.) ¡Cállese usted! |
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GONZALO.- (Boquiabierto.) Pero, Rita... |
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RITA.- (Apuradísima.) ¡Ay, Dios mío! |
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CÉSAR.- Vamos, vamos. ¿Quieres decirme de una vez para qué se emplea esta habitación? |
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RITA.- Pues en esta habitación nunca hay nadie. Como es el cuarto de estar... |
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CÉSAR.- ¡Ah! Pues se acabó. Aquí pondré yo mi estudio. Porque yo necesito un estudio para trabajar. ¡Y voy a trabajar muchísimo! (CÉSAR, al salir apaciblemente hacia el jardín, se detiene junto a la muchacha.) Oye. Procura que se vaya pronto ese individuo... No me gusta. |
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RITA.- ¿No? |
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CÉSAR.- ¡No! |
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(Sale CÉSAR. La muchacha se acerca a GONZALO, muy apurada.) |
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RITA.- ¡Ay, señor! Lo siento mucho, pero me parece que el señor se va a tener que marchar... |
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GONZALO.- (Estupefacto.) ¿Quién? ¿Yo? ¿Por qué? |
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RITA.- Porque a ese señor no le ha sido usted simpático... |
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GONZALO.- ¡Ah! ¿No? |
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RITA.- No, señor. Y cuando él lo dice... |
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(GONZALO, abrumadísimo, se deja caer en un sillón y se limpia el sudor con un pañuelo.) |
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GONZALO.- Esto es fabuloso, increíble. Toma posesión de mi casa, quiere convertir mi cuarto de estar en su estudio particular y, además, quiere echarme porque no le gusto... ¡Rita! ¿Quién es ese hombre? |
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RITA.- Pues mire usted. A este no le conozco. Pero los otros son muy campechanos... |
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GONZALO.- Pero ¿es que hay más? |
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RITA.- ¡Huy! Sí, señor. |
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GONZALO.- ¡Rita! ¿Qué ha pasado esta noche en mi casa? |
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RITA.- (Muy apurada.) ¡Ay, señor! Yo no sé nada. Pero si el señor hace caso a una servidora, lo mejor será que el señor se marche en seguidita... |
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(Sale casi llorando. GONZALO se queda solo. Irritadísimo.) |
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GONZALO.- ¡Rita! ¡Rita! (Atraídos por las voces de GONZALO, surgen en la derecha CRIS, el SEÑOR PEPE y el CHICO. Los tres han cambiado su indumento. CRIS viste un vestido encantador. El SEÑOR PEPE, hecho un gran señor, lleva una excelente bata, unas magníficas zapatillas y, al cuello, un gran pañuelo de seda. El CHICO viste de un modo elegantemente deportivo. Un pantalón claro. Una camisa audaz y el calzado que corresponde. Los tres, muy juntos, se quedan inmóviles contemplando a GONZALO con la más sincera sorpresa. Este, al verlos, aumenta su estupor. Se queda callado.) ¡Oh! Por favor. ¿Quiénes son ustedes? |
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(El CHICO, la CRIS y el SEÑOR PEPE se miran entre sí y luego le miran a él.) |
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CRIS.- Pues aquí... el señor Pepe. |
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SEÑOR PEPE.- ¡Je! Servidor. |
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CRIS.- Yo soy la Cris. |
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GONZALO.- Mucho gusto. |
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CRIS.- Una servidora para lo que usted mande. Y este es el Chico. Aquí donde le ve, es muy habilidoso para hacer juegos de manos... |
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CHICO.- (Muy servicial.) ¡Huy! ¿Quiere que le haga uno? |
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CRIS y SEÑOR PEPE.- (Al tiempo.) ¡No! |
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GONZALO.- Un momento, un momento. Lo que yo quiero saber es por qué están ustedes aquí... |
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CRIS.- ¡Toma! Porque estamos solos en el mundo... |
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GONZALO.- ¿De veras? |
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CRIS.- (Muy risueña.) ¡Sí, señor! |
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GONZALO.- Pero ¿los tres? |
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TODOS.- ¡Sí, sí! ¡Los tres! |
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(El SEÑOR PEPE, la CRIS y el CHICO se sientan satisfechísimos. GONZALO los mira impresionado.) |
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GONZALO.- ¡Vaya por Dios! Cuántas penas hay en esta vida... (Ya francamente interesado.) ¿Y son ustedes muy desgraciados? |
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SEÑOR PEPE.- (Encantado de la vida.) ¡Huy! Para qué le vamos a usted a contar... |
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CHICO.- (Satisfechísimo.) ¡Anda! ¡Que si somos desgraciados! |
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CRIS.- (Igual.) Mucho, mucho... ¡Más desgraciados que nadie! |
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GONZALO.- ¡Qué barbaridad! Pobrecillos... (Atónito.) Pero, de todos modos, lo que no comprendo bien es por qué están ustedes precisamente aquí, y no en el hotel de al lado, por ejemplo... |
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CRIS.- ¡Hombre! Porque tenía que ser aquí. |
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SEÑOR PEPE.- ¡Claro! Y mire usted: yo me encuentro tan bien y tan ricamente que ya no hay quien me eche... |
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GONZALO.- ¿Está usted seguro? |
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SEÑOR PEPE.- ¡Je! ¡Segurísimo! |
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(CRIS se adelanta como respondiendo a una inspiración repentina.) |
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CRIS.- ¡Oiga! ¿Es que, por causalidad, usted también está solo en el mundo? |
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GONZALO.- (Sorprendido.) ¿Yo? Pues qué quiere que le diga... Ahora me parece que sí. |
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CRIS.- (Encantada, aplaudiendo.) ¡Bravo! ¡Bravo! ¿Han oído ustedes? ¡Otro que está solo en el mundo! |
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SEÑOR PEPE.- ¡Otro! ¡Otro! |
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CHICO.- (Encantado.) ¡Otro desgraciado! ¡Ay, qué suerte! (Los tres se sienten felicísimos. La chica y el viejo se acercan a GONZALO y le dan palmaditas en la espalda. El CHICO le estrecha la mano vigorosamente.) ¡Enhorabuena! |
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GONZALO.- ¡Hombre! ¿Usted cree? |
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CRIS.- Vamos, hombre. Pero ¿por qué no nos ha dicho antes que estaba solo en el mundo? Siéntese aquí... |
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SEÑOR PEPE.- Eso, eso... |
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LOS TRES.- Hala, hala... |
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CRIS.- Póngase a gusto. Como si estuviera en su casa. |
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GONZALO.- Gracias, muchas gracias. Estoy muy impresionado... La verdad es que yo no esperaba esta acogida, ni muchísimo menos. |
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CRIS.- (Sentimental.) Pobrecillo... Se ha emocionado. |
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TODOS.- Pobre, pobrecito... |
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CRIS.- Oiga. ¿Y está usted solo desde hace mucho tiempo? |
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GONZALO.- Pues... ¿Quién puede decir dónde acaba y dónde empieza la soledad? Está uno alegre cuando los demás están tristes. Se entristece uno cuando los demás se ponen alegres. ¿No es la peor soledad la que sufre el hombre rodeado de gente? |
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CRIS.- ¡Ya está! Eso es que usted tiene mucha vida interior... |
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GONZALO.- Eso es. Pero ¿tú sabes lo que es vida interior? |
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CRIS.- Sí, señor. Los berrinches que se da una sin que se entere nadie... |
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GONZALO.- (Muy admirado.) ¡Lo que sabe esta chica! |
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(Aparece MARTA por el arco de la izquierda. Al ver a GONZALO se queda inmóvil, tensa por la sorpresa, casi sin voz.) |
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MARTA.- Gonzalo... |
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TODOS.- ¿Eh? |
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(GONZALO se pone en pie lívido, como ante una aparición sobrenatural.) |
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GONZALO.- Marta... Tú. |
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(Todos los demás han enmudecido contemplando a MARTA y a GONZALO, estupefactos.) |
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MARTA.- ¡Gonzalo! Eres tú... ¡Tú! Has venido. (Corre y se refugia apasionadamente en sus brazos.) ¡Oh, Gonzalo, Gonzalo! Si yo sabía que vendrías... Si el corazón no me engaña. Si por eso llamé a «Mariluz». Porque estaba segura de que me buscarías. ¿Por qué no viniste anoche a nuestra cita de El Café de las Flores? ¿Por qué? (Transición, comiéndose las lágrimas.) No, no quiero que te disculpes. Calla, calla. No quiero saberlo ahora. Después. Lo importante es que estás aquí, que has vuelto por mí... (Se suelta y se vuelve emocionadísima hacia los demás.) ¡Cris! Ha venido. Me quiere, Cris. ¿Lo estás viendo? ¿Te das cuenta? Me voy a volver loca de alegría... |
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CRIS.- ¡Señorita! |
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MARTA.- Pero ¿dónde está Laura? Es necesario que lo sepa en seguida... Tiene que saberlo. ¡Laura! ¡Laura! Vamos. Ayúdenme a buscarla... ¡Laura! |
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CRIS.- Cálmese, señorita... |
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MARTA.- Laura, Laura... |
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GONZALO.- ¡Marta! ¡Espera! |
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(Salen por el porche del jardín, bulliciosamente, MARTA, CRIS, el SEÑOR PEPE y el CHICO. Al punto, bajo el arco, aparece la figura de LAURA. Entra y se apoya en la pared. Baja los ojos para no mirarle o para ocultar una lágrima.) |
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GONZALO.- Laura. |
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LAURA.- ¡Calla! |
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GONZALO.- ¿Has oído? |
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LAURA.- Todo... Sabía que estabas aquí. |
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GONZALO.- ¡He vuelto por ti, Laura! Porque te quiero. Porque no puedo vivir sin ti. Anoche estaba loco... Tienes que perdonarme. |
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LAURA.- ¡Calla! |
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GONZALO.- ¡He vuelto por ti! Te lo juro. Ni siquiera sé por qué está esa mujer en mi casa. ¡Ni todos los demás! |
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LAURA.- Calla... No grites. Que no te oigan. Los encontré anoche, en la terraza de El Café de las Flores... ¡En «nuestro café», como le llamábamos tú y yo cuando éramos felices! Allí estaban solos, en medio de la calle, debajo de las estrellas. En la más amarga y triste soledad. Como tú me dejaste a mí. Allí estaba también esa pobre muchacha, dispuesta a hacer una locura porque un miserable, fingiéndose libre, la había hecho el amor y en la última hora no tuvo valor para acudir a la cita decisiva. |
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GONZALO.- ¡Oh, Laura! |
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LAURA.- Allí mismo comprendí que era ella. Tu cita de anoche coincidía con tu despedida de esta casa. Le habías hecho el amor en nuestro café, en tu rincón favorito: junto al piano... Y ya ves, no tuve fuerzas para odiarla. La vi tan sola, tan abandonada, tan sin culpa. Me pareció como algo mío, quizá porque en una misma noche nos habías traicionado a las dos, o quizá porque creí que alguien debía darle un poco de lo mucho que tú le habías hecho soñar... |
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GONZALO.- ¡Perdóname, Laura! He reflexionado mucho esta noche... Todo eso acabó. |
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LAURA.- Todo eso acabó. Y eso es lo único que sabe resolver tu frivolidad. Pero ¿y para ella, estás seguro de que también se acabó todo? ¿No la has visto llorar de alegría creyendo que vienes a buscarla? ¿Qué haría si supiera que vienes a buscarme a mí? Y yo, ¿crees que puedo dejarla otra vez en su soledad, en medio de la calle, otra vez en tus brazos o en los de otro todavía más desaprensivo que no tenga escrúpulo en acudir a la última cita? ¿Y a los demás, crees que puedo devolverlos a su soledad, a su miseria, a su pena? ¡Ah! No. Eso, no. Desde que entraron en esta casa han dejado de ser desgraciados. Se sienten seguros, sueñan, se ríen. Son todos como niños. ¡Son dichosos! Porque creen que están viviendo un milagro... (Transición.) ¡Gonzalo, ellos no pueden saber que tú eres mi marido! |
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GONZALO.- ¿Qué dices? Tú eres mi mujer y esta es mi casa... |
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LAURA.- Calla. Si supieran que tú eres mi marido y has vuelto, si supieran que ya no estoy sola como ellos, huirían de aquí como si yo los hubiera engañado. Lo sé... Me quieren porque mi soledad me acerca a la suya. Y no puedo separarme de ellos. ¿Comprendes? Me necesitan. Duermen y no quiero que despierten... ¡Gonzalo! Si es verdad que me quieres todavía, prométeme que no les dirás a ellos que eres mi marido... |
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GONZALO.- Pero esto es una locura. ¿Qué pasará después? |
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LAURA.- No lo sé. No quiero saberlo. Solo sé lo que valen en unas cuantas vidas unas pocas horas de felicidad... |
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(Entra MARTA por el porche.) |
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MARTA.- ¡Laura! La estábamos buscando... |
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LAURA.- Discúlpame, querida. Me entretuve hablando con Gonzalo... Como ves, no hizo falta que nos presentaras. |
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MARTA.- (En voz baja.) ¿Ha hablado usted con él? |
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LAURA.- Un poco... |
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MARTA.- ¿Y qué le parece? |
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LAURA.- (Mirándola.) ¿A mí? |
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MARTA.- Sí, sí. A usted. Vamos, quiero decir que si le gusta. |
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LAURA.- Sí, hija. No lo puedo negar... |
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MARTA.- ¿Has oído, Gonzalo? (Muy contenta.) Laura dice que le gustas... |
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GONZALO.- ¿Ah! ¿Sí? (Ceñudo.) Pues es la primera vez que me lo dice... |
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MARTA.- ¡Hombre! (Riendo.) Ten en cuenta que os acabáis de conocer... |
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GONZALO.- ¡Ah, claro! Eso es verdad. |
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(Surge CÉSAR en el porche y va hacia GONZALO.) |
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CÉSAR.- ¡Demonio! Ya me ha dicho Marta. ¡Enhorabuena! |
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GONZALO.- Gracias. |
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CÉSAR.- ¿Por qué no me lo dijo usted? Pues le advierto que estuve a punto de ponerle de patitas en la calle... |
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GONZALO.- ¡Je! |
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(Entran a un tiempo, por donde se fueron, CRIS, el SEÑOR PEPE y el CHICO. Todos corren y rodean a MARTA, que está sentada a la izquierda.) |
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CRIS.- ¡Señorita! |
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SEÑOR PEPE.- ¡Aquí está! |
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CHICO.- ¡Huy! |
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CRIS.- ¿Dónde se ha metido? La hemos buscado por todas partes... |
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(LAURA se ve rodeada por todos ellos, los mira con cariño, entrañablemente. Luego dirige una larga mirada a GONZALO.) |
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LAURA.- ¿Dónde voy a estar? Aquí, con vosotros. ¿Verdad, Cris, que ya no sabríamos separarnos? |
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CRIS.- ¡No, señorita! |
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LAURA.- Por cierto... Voy a darles a todos una noticia. Desde hoy tenemos un huésped más. Gonzalo se queda una temporada con nosotros... Después de todo, fuera de esta casa tampoco tiene a nadie. |
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(Todos se alborozan.) |
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TODOS.- ¡Bravo! ¡Bravo! |
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MARTA.- (Emocionadísima.) ¡Laura! ¿Es verdad eso? ¿Es verdad? |
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LAURA.- ¡Claro! |
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MARTA.- ¿Te quedas con nosotros? |
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GONZALO.- Sí... Me quedo. Haré lo que diga Laura. |
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MARTA.- (Alegrísima.) ¡Laura de mi alma! (Corre hacia ella y la besa.) |
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TODOS.- ¡Oh! |
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(MARTA corre hacia GONZALO. Se cuelga de su cuello y le besa también.) |
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GONZALO.- (Espantado.) Pero, Marta... |
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TODOS.- ¡Oh! |
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CRIS.- (Romántica.) ¡Chico! ¿Te has fijado qué beso? |
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CHICO.- (Emocionadísimo.) ¡Huy! |
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MARTA.- (Ruborizada.) Ustedes disculpen. No lo he podido remediar... Es la alegría. Pero ¿qué es eso, Laura? ¿Está usted llorando? |
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(Corre y se arrodilla a los pies de LAURA, que se seca una lágrima.) |
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LAURA.- No es nada... Tú no tienes la culpa. Son viejos recuerdos. |
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MARTA.- ¿Algún otro beso? |
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LAURA.- Sí... Otro beso. ¡Muchos besos! |
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TELÓN |
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