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ArribaActo III

 

Burgos. Una sala en la vieja casa de ANDRÉS, en lo más señorial de la ciudad. Un alto balcón. Una chimenea. Óleos con marco dorado. Sillería isabelina. Una cajita de música sobre una mesa camilla. Un misterioso y sutil polvo de años en los muebles, en los cortinajes, en las puertas, en los graves rostros retratados al óleo. Un recién llegado a este ambiente creería sencillamente que regresa al año 1870. Todo ha quedado como entonces: inmóvil e impune al paso del tiempo.

 
 

(En escena, FELISA, una viejísima ama de llaves, con largas y amplias ropas negras, cabellos muy blancos y gafas, cose junto a la chimenea encendida. Es casi la hora del atardecer. A poco entra TOMÁS, criado muy anciano, también de negro. Trae en la mano el correo. FELISA alza hacia él sus ojos.)

 

FELISA.-  ¿Quién?

TOMÁS.-  El cartero... Cinco cartas y un telegrama.

FELISA.-  ¡Cinco cartas! ¡Qué vergüenza! A esta casa nunca ha llegado más que una carta al mes. La del señor tutor, cuando el señorito era menor de edad. ¡Cinco cartas! ¿Qué dirán en Correos?

TOMÁS.-  Ya me ha preguntado el cartero, ya. Están muy intrigados. ¡Como en todos los sobres hay letra de mujer!

FELISA.-  ¿También hoy?

TOMÁS.-   (Con enorme pesar.)  Sí, Felisa. En los tres días que lleva el señorito en Burgos ha recibido diecinueve cartas. Todas son de mujeres que ni siquiera conoce...

FELISA.-  ¿Todas?

TOMÁS.-  ¡Todas!

FELISA.-  ¿Las has leído tú, Tomás?

TOMÁS.-   (Ruborizado.) Sí, Felisa.

FELISA.-  ¿Y qué dicen?

TOMÁS.-  Que vuelva.

FELISA.-  ¡Qué frescura!

TOMÁS.-  Que vuelva a Madrid... Por lo visto, están desesperadas. Las hay que se quieren matar.

FELISA.-  ¡Jesús, Jesús!  (Se santigua.) 

TOMÁS.-  Una de ellas le llama «Pajarito mío».

FELISA.-  ¡Pajarito! ¡Qué indecencia!

TOMÁS.-  Anda, pues si supieras otras cosas que le dicen... No te las puedo contar, Felisa, porque tú eres soltera.

FELISA.-  ¡Calla, calla! No me digas nada. No quiero saber lo que dicen. Esas mujeres de Madrid están condenadas. ¡¡Todas!! ¡Y el señorito, también! Cuando pienso que antes de irse a Madrid era un ángel de Dios. Pero de pronto se va un día a Madrid y empieza a hacer fechorías. Se casa y sigue hecho un pillo. Y ahora abandona a su mujer y se viene tan tranquilo a Burgos...

TOMÁS.-  ¡La pobre señora!

FELISA.-  Una mártir. No la conozco. Pero me da una lástima...

TOMÁS.-  ¡Quién iba a creer que el señorito!...

FELISA.-  ¡Mi pobrecito Andrés! Si no hubiera salido de Burgos... La culpa de todo la tiene Madrid. ¡Oh, aquellas mujeres!...

TOMÁS.-  Ya ves tú. Cuando yo estuve allí, de muchacho, me decían que nosotros estábamos anticuados...

FELISA.-   (Indignada.) ¡Anticuados en esta casa, y hemos puesto la radio hace dos años!

TOMÁS.-   (Que mira por entre las cortinas.) ¡Chiss! Habla más bajo, que te va a oír el señorito.

FELISA.-  ¿Qué hace?

TOMÁS.-  Lee. Así está desde que llegó: sin moverse del sillón de la biblioteca, menos el ratito que se va a la Alameda. Venga a leer un libro y otro. De cuando en cuando se queda adormilado y habla solo.

FELISA.-  ¿Qué dice?

TOMÁS.-  ¡María Luisa! Nada más.

FELISA.-  Menuda lagarta esa María Luisa...

TOMÁS.-   (Vuelve muy compungido al lado de la anciana y se sienta a su lado.) Felisa, yo estoy muy asustado... Aquí, en Burgos, todo el mundo conoce las historias del señorito. Como don Fabián, el hijo del Presidente de la Audiencia, va todas las semanas a Madrid, y allí se trata con gente muy importante, pues sabe todas las hazañas del señorito. ¡Y qué hazañas, Felisa! Hasta mujeres casadas y todo, no te digo más.

FELISA.-  ¡Virgen Santa!

TOMÁS.-  Se han corrido las voces que es un gusto. Yo no te lo quería decir, pero paso unas vergüenzas... La gente empieza a retirarme el saludo.

FELISA.-  ¿A ti?

TOMÁS.-  Como te lo digo. Ya sabes que en Burgos son muy mirados...

FELISA.-  ¡Ay, Dios mío! ¿Qué va a ser de nosotros?

TOMÁS.-  No lo sé, Felisa. Esta tarde no ha ido nadie a la Alameda. Como el señorito Andrés va todas las tardes...

FELISA.-  ¡¡Oh!!

TOMÁS.-  Las madres no quieren que sus hijas se crucen en la calle con el señorito...

FELISA.-  ¡Claro! Como que esto no es Madrid. En Burgos la gente es muy decente...

TOMÁS.-  Quia. No es por eso. Es que las muchachas están locas por el señorito...

FELISA.-  ¿Como las de Madrid?

TOMÁS.-  ¡Igual!

FELISA.-  ¡Qué horror!

TOMÁS.-  Yo creo que las mira... y ya está.

FELISA.-   (Se santigua.) ¡Tiene el demonio dentro!

TOMÁS.-   (Emocionadísimo.) Felisa, se me parte el alma, pero tengo que reconocer que el señorito Andrés es un barbián...

FELISA.-  ¡Un sinvergüenza! ¡El mismísimo demonio!  (Casi llorando.)  ¡Qué castigo para nuestra vejez! Después de servir durante cincuenta años en una familia donde todos han sido caballeros y grandes señores, ahora, a nuestros años, el último descendiente, el huérfano, que parecía un bendito, vuelve a casa, ¡a esta casa, Tomás!, convertido en un golfo rematado. ¡Con la decencia que siempre hubo entre estas paredes! ¡Si los muertos levantaran la cabeza!  (Transición.)  ¿Y dices que te han retirado el saludo?

TOMÁS.-   (Compungido.) Sí, Felisa.

FELISA.-  Entonces, ¿qué dirán de mí? ¡Porque yo soy soltera!

TOMÁS.-   (Preocupadísimo.) ¡Figúrate! Es lo primero que he pensado yo...

 

(Se oye la campana de una iglesia. TOMÁS y FELISA, súbitamente, se incorporan y rezan a dúo.)

 

FELISA.-  ¡El Ángelus! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!...

TOMÁS.-  En el nombre del Padre...

LOS DOS.-  El Ángel del Señor anunció a María...

 

(Murmuran su oración durante una pausa. Mientras, aparece ANDRÉS. Viste con desaliño y lleva una gruesa bufanda al cuello. Se detiene en la puerta y contempla tiernamente a los viejos. FELISA y TOMÁS, al otro lado, le observan con un recelo casi supersticioso.)

 

TOMÁS.-  ¡¡Él!!

FELISA.-   (Persignándose otra vez.)  ¡El demonio! (Rezan con ahínco.)  «He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí...» (Siguen rezando los dos.) 

ANDRÉS.-   (Conmovido.) ¡Oh!

FELISA.-  ¡Amén!

TOMÁS.-  ¡Amén!

 

(Se vuelven a sentar los dos muy juntitos.)

 

ANDRÉS.-   (Encantado.)  ¡El toque de Ángelus!  (Un reloj da, a lo lejos, seis campanadas.)  ¡El reloj de la catedral! ¡Estas calles en silencio! Este anochecer tranquilo... ¡Burgos! Esto es la paz, esto es vivir.

FELISA.-   (Bajo, a TOMÁS.)  ¡Huy, qué hipócrita es!...

ANDRÉS.-  A esta hora, en Madrid, empiezan a encender los anuncios luminosos. Las gentes van deprisa y hablan a voces; se empujan unos a otros. Las muchachas salen a pasear a la Gran Vía. Pasa una hora, dos horas, tres horas. Las chicas continúan paseando. Parece que las sigue un grupo de muchachos; pero, quia, son ellas las que siguen a los muchachos. ¡Si lo sabré yo, que a veces he tenido que escapar corriendo hasta la plaza de España!

TOMÁS.-   (Casi con admiración.) ¿Es posible, señorito?

ANDRÉS.-  Sí, Tomás, sí. Como soy tan célebre...

FELISA.-   (Se santigua.) ¡Satanás!

ANDRÉS.-   (Con una dulce ternura en la evocación.) Dentro de unos minutos mi mujer empezará a vestirse para salir a tomar el aperitivo. Cierro los ojos y puedo verla... ¡Qué bonita está! El sombrero negro, el abrigo de pieles.  (Suspira.)  Mientras se toma un «martini» seco, les contará a sus amigas mi fuga con la princesa...

TOMÁS.-   (Bajo.) ¡Cristo! ¡Se ha escapado con una princesa!

FELISA.-  ¿Qué habrá hecho ella?

TOMÁS.-   (Temblando.) ¡Cualquiera sabe! Como no tiene escrúpulos...

FELISA.-  ¡Satanás! ¡Satanás! ¡Dios nos salve!

ANDRÉS.-   (Allá, en el balcón, en su mundo.)  Si ella hubiera querido, qué felices hubiésemos sido aquí los dos...

FELISA.-  ¿De quién habla?

TOMÁS.-  ¡Toma! ¡De Su Alteza!

ANDRÉS.-  Hoy hace tres meses de aquella tarde. ¡Quince de octubre! Fue a esta misma hora. La iglesia de San Ginés rebosaba de gente. El órgano, las flores, ella a mi lado, maravillosa... ¡Oh! (Esconde, emocionado, la cara entre las manos. Una pausa.) 

FELISA.-  ¿Qué hace?

TOMÁS.-  Me parece que le remuerde la conciencia...

FELISA.-   (Soberana.) ¡Castigo de Dios!

 

(ANDRÉS, en una transición, se incorpora y se limpia nuevamente los ojos. Se separa del balcón y viene a primer término con los criados.)

 

ANDRÉS.-  ¡Ea! Todo acabó. Yo estoy en Burgos otra vez. ¡Si supierais cuánto me he acordado de esta casa! Y de vosotros, tan buenos para mí, tan abnegados... ¡Mis pobres viejos!

 

(En un doble abrazo rodea los hombros de los dos ancianos, que se estremecen.)

 

TOMÁS.-  ¡Oh!

FELISA.-  ¡Huyyy!

ANDRÉS.-  Reanudaremos nuestra vida de antes, todas nuestras antiguas costumbres. A propósito, Felisa; me gustaría que me prepararas en el comedor un vasito de leche bien caliente con muchos bizcochos. Desde que salí no he vuelto a tomar leche con bizcochos. En Madrid no está bien visto...

FELISA.-   (Le mira de reojo. Por última vez, desde la puerta.)  ¡Leche con bizcochos! ¡Hipócrita! ¡Hipócrita! (Y sale.) 

ANDRÉS.-   (Se sienta junto a la mesa camilla.)  ¡Ajajá! A las seis, la merienda; a las nueve, la cena. Así hoy y mañana y toda la vida. Lo demás ha sido una pesadilla.  (Mira en torno y sonríe.)  Todo está igual. ¡Hasta nuestra cajita de música! (Levanta la tapa de la cajita de música y se oye una melodiosa y suave musiquilla.)  ¿Oyes, Tomás?

 

(Pero, mientras, TOMÁS ha cerrado precipitadamente las puertas, ha corrido las cortinas y ahora se vuelve hacia ANDRÉS con aspecto de verdadera alarma.)

 

TOMÁS.-  ¡Señorito!

ANDRÉS.-  ¡Tomás! ¿Qué cara es esa? Parece que sucede algo grave...

TOMÁS.-  Sí, señorito. Gravísimo.

ANDRÉS.-  ¿Qué dices?  (Cierra la caja de música.) 

TOMÁS.-  ¡Chiss! Delante de Felisa no podía hablar, porque como es soltera, y es tan decente, y no ha salido de Burgos, se asusta enseguida... Yo soy otra cosa. Yo soy más moderno.

ANDRÉS.-  Pero, ¿quieres hablar?

TOMÁS.-  ¡Chiss! Lo primero que ha de saber el señorito es que han telefoneado del Gobierno Civil...

ANDRÉS.-  ¿Eh? ¿Has dicho del Gobierno Civil?

TOMÁS.-  Sí señorito. El secretario del gobernador me ha dicho que su excelencia el gobernador ruega al señorito que guarde compostura mientras esté en Burgos...

ANDRÉS.-  ¿¡Cómo!?

TOMÁS.-  Sí, señorito. Eso ha dicho. Que Burgos es una ciudad muy formal y que el gobernador no quiere conflictos...

ANDRÉS.-  ¿Qué dices?  (Aterrado.)  ¿El gobernador?

TOMÁS.-   (Suspira.) Hasta el gobernador, sí, señorito.

ANDRÉS.-  ¡Qué horror! Entonces es que les han contado...

TOMÁS.-  ¡Todo!

ANDRÉS.-  ¡Y se lo han creído!

TOMÁS.-  Sí, señorito. En Burgos se saben las andanzas del señorito al dedillo...

ANDRÉS.-  ¡¡Mis andanzas!! ¡Ah, no! Esto, no. Yo hablaré. ¡Diré toda la verdad! ¡Diré que todo es mentira!

TOMÁS.-   (Comprensivo.)  ¡Claro! ¡Qué va a decir el señorito!

ANDRÉS.-  ¡Tomás! Bueno. ¡Esto es la locura! ¡Adiós paz y tranquilidad de Burgos! ¡Adiós soledad! Estoy perdido. Se enamorarán de mí todas las mujeres, como si lo viera.

TOMÁS.-   (Taciturno.)  Ya han empezado.

ANDRÉS.-  ¡Tendré que huir! ¡Tendré que escapar de aquí!

TOMÁS.-  Yo creo que sí, señorito. Porque lo de menos es que el señorito esté desacreditado, eso ya no tiene remedio...

ANDRÉS.-   (Furioso.) ¡Que no tiene remedio! ¡Idiota!

TOMÁS.-  No, señorito. Lo peor es...

ANDRÉS.-  ¡Oh! Pero, ¿hay más? ¡Habla!

TOMÁS.-  ¡Chiss!  (Misterioso.)  A mediodía ha llegado a Burgos una señorita de Madrid que ha preguntado por el señorito...

ANDRÉS.-   (Estupefacto.) ¿Una mujer? ¿Quién es esa mujer?

TOMÁS.-   (Muy moral.) De Madrid. Calcule el señorito. Está en el Gran Hotel. El conserje del Gran Hotel es primo mío y me ha llamado enseguida, muy asustado. Porque la señora parece de las decididas. Lo primero que hizo al llegar fue pedir una conferencia con Madrid. Y el conserje le oyó decir por teléfono que el señorito es el hombre de su vida...

ANDRÉS.-   (Un respingo.)  ¡Yo! ¡Un cuerno!

TOMÁS.-  Y después dio orden de que le manden los vestidos de primavera.

ANDRÉS.-  ¿Eh? Pero ¡si estamos en enero!

TOMÁS.-  Sí, señor. Pero, al parecer, la señora ha venido para quedarse...

ANDRÉS.-  ¡No! ¡Quedarse, no!

TOMÁS.-  ¡Digo! Y me temo que debe de estar al llegar...

ANDRÉS.-  No, no, no... Eso, no. Tomás. ¡Aquí, no!

TOMÁS.-   (Dramáticamente.)  ¿Qué dirá el gobernador?

ANDRÉS.-  ¡Ah, no, no! ¡Nunca! ¡Jamás! Me escapo. Me marcho ahora mismo. Soy capaz de irme a América. ¡O a la India!  (Transición.)  Pero, ¿quién es esa mujer? ¿Qué señas tiene?

TOMÁS.-  No la conoce nadie... Digo yo si será alguna de esas señoras que le escriben al señorito. Como son tan desahogadas...

ANDRÉS.-  ¿Dónde está el correo de hoy?

TOMÁS.-  ¡Aquí!

ANDRÉS.-  ¡Pronto! No perdamos tiempo. ¡Abre esas cartas! Necesitamos saber quién es esa mujer.

TOMÁS.-  ¡Sí, sí, señorito!

 

(Cada uno a un lado de la mesita, abren apresuradamente las cartas que trajo TOMÁS. Los dos están nerviosísimos y rasgan los sobres temblorosos.)

 

ANDRÉS.-   (Leyendo.) Hum... Consuelo. ¡No es esta!

TOMÁS.-  Una que pide un retrato al señorito. Se llama Angelita... Tampoco.

ANDRÉS.-  Una señorita de diecisiete años... Quiere que la escriba una carta de amor para presumir con sus amigas. ¡Qué barbaridad! Y me manda su fotografía... Y tiene cara de inocente. Bueno; esto es increíble.

TOMÁS.-   (Lee aterrado.) ¡Señorito! ¿Qué es «La taberna del Diablo Rojo»?

ANDRÉS.-  Un cabaret.

TOMÁS.-   (Trágico. Con la carta abierta en la mano.) ¡La animadora va a entrar en un convento y el señorito es el responsable!  (Estremecidísimo.)  ¡Pobrecilla! La verdad es que el señorito no tiene perdón de Dios.

ANDRÉS.-   (Que ha rasgado y leído el telegrama.) Calla. Aquí está.

TOMÁS.-  ¡Señorito!

ANDRÉS.-   (Lee con un temblor en la voz.) «Voy a tu lado. Punto. Yo soy tu sueño. Punto. Yo soy María Luisa...»  (Se sienta desmayado.) ¡¡Oh!! ¡María Luisa!

TOMÁS.-  ¡María Luisa!

ANDRÉS.-  ¿Quién es esta mujer? ¿Cómo sabe?...  

(La campanilla de la puerta de entrada repica alegremente. ANDRÉS y TOMÁS se estremecen. Se quedan casi sin voz. Se miran asustadísimos.)

  ¡Tomás! ¿Oyes?

TOMÁS.-  ¡Sí, señorito!  (Balbuciente.) Han... Han llamado.

 

(Silencio. Los dos giran la cabeza y clavan los ojos con verdadera angustia en la puerta de entrada. Una mano levanta el cortinón y aparece FELISA. Sin moverse de allí, llama a TOMÁS con la mano.)

 

FELISA.-  ¡Chiss! Tomás...

 

(TOMÁS acude. FELISA se santigua, y luego habla secretamente al oído del criado.)

 

ANDRÉS.-   (Casi no se le oye.) ¿Qué?

TOMÁS.-  Es ella...

ANDRÉS.-  ¡Ella!

TOMÁS.-  Ella, sí, señor...

UNA VOZ DE MUJER.-   (Dentro.) ¿Dónde está mi «boy»?

ANDRÉS.-  ¡Oh!

FELISA.-  ¡Oh!

TOMÁS.-  ¡Oh!

 

(Una mujer aparece en la puerta de la entrada. Es joven y bien vestida. Mundana y desenvuelta. Una sonrisa radiante y a veces un brillo de picardía en los ojos. ANDRÉS, FELISA y TOMÁS la miran atónitos. Los criados se quedan en un rincón, cerca de la puerta de salida. Intrigadísimos.)

 

DESCONOCIDA.-   (Tierna.) ¡Oh, mi «boy»! Mi querido Andrés. ¡A mis brazos!

 

(Y va decididamente hacia ANDRÉS con los brazos abiertos. Él, de un salto, retrocede.)

 

ANDRÉS.-  ¡No!

DESCONOCIDA.-  ¡Andrés de mi alma! Al fin, a tu lado. Para siempre...

ANDRÉS.-  Un momento, señora. Más despacio. ¿Quién es usted?

DESCONOCIDA.-   (Riendo.) ¡Oh! Pero, ¿es que no sabes? ¿Es que no te envié un telegrama? ¡Qué chiquillo eres! Yo soy María Luisa...

ANDRÉS.-   (Asustadísimo.)  Vamos, señora. Usted se confunde...

DESCONOCIDA.-  ¡Oh! Si lo sabré yo... Y tú eres Andrés. Y esta es tu casa. ¡Tu casa!  (Mira muy divertida de un lado a otro.)  Es curioso. Todo es igual, igual que yo me lo imaginaba. Una casa muy seria, muy seria. ¡Terriblemente seria!

FELISA.-   (Bajísimo.) ¡Anda! ¡Pero si esta habitación es muy alegre!

TOMÁS.-  Eso creo yo.

ANDRÉS.-  ¡Señora! ¿Quién es usted?

DESCONOCIDA.-   (Recorre con los ojos las paredes de la sala.)  Todo tiene un carácter imponente. Pero, pobrecito mío, qué días tan tristes has debido pasar aquí, solo. Si yo hubiera sabido que me necesitabas tanto, hubiese venido muchísimo antes...

ANDRÉS.-  No, no... Señora, está usted equivocada. ¡Le aseguro que se confunde!

DESCONOCIDA.-   (Ante los retratos.) Tus antepasados... No sé por qué, pero en estas casas siempre tenéis antepasados. Es una manía... Mira: el viejecillo ese del bigote es muy gracioso...

TOMÁS.-  ¿Oyes?

FELISA.-   (Consternada.) ¡Le hace gracia el almirante!

DESCONOCIDA.-  Todo está muy bien, pero tendremos que hacer algunas reformas. Sí, sí. En este rincón pondremos un bar americano...

ANDRÉS.-   (Atónito.) ¡Un bar americano!

FELISA.-  ¡Qué poca vergüenza!

DESCONOCIDA.-  ¡Y aquí una gramola!

FELISA.-  ¡Oh!

DESCONOCIDA.-  En fin, habrá tiempo para todo, porque, afortunadamente para ti, voy a estar a tu lado toda la vida...

ANDRÉS.-  ¡No!  (Desfalleciendo.) ¡Toda la vida, no! Eso, no.

DESCONOCIDA.-  Lo he decidido ya. ¡Contigo hasta la muerte!

ANDRÉS.-   (Se limpia el sudor.) Bueno. Esto es el colmo. Yo no puedo más. Yo me vuelvo loco.

TOMÁS.-   (Embobado.)  ¿Qué las dará?

 

(TOMÁS y FELISA se miran consternados.)

 

DESCONOCIDA.-  Supongo que habrás mandado preparar mi habitación. Me gustaría que tuviese sol por las mañanas... Y flores, muchas flores. Yo no puedo vivir sin flores.

ANDRÉS.-  Pero, señora, ¿qué dice usted? Una habitación para usted en esta casa. Vamos, que no. ¡Qué dirían en Burgos!

DESCONOCIDA.-   (Riendo.) ¡Oh! Comprenderás que no he venido a tu lado, desde Madrid, para vivir en el Gran Hotel...

TOMÁS.-   (Todo prudencia, coge a FELISA del brazo y se la lleva.)  Vámonos Felisa. Que empiezan a hablar de la habitación y tú no puedes oír esto...

FELISA.-   (Horrorizada.) ¡Satanás! ¡Satanás!

 

(Y salen los dos de puntillas. Quedan ANDRÉS y la DESCONOCIDA frente a frente.)

 

DESCONOCIDA.-   (Risueña y coqueta.) Ahora dime la verdad. ¿Estás contento?

ANDRÉS.-   (Empequeñecidísimo.) ¡Je! Muchísimo. Ya lo creo... Loco, completamente loco. Figúrese usted...

DESCONOCIDA.-  ¡No me llames de usted!

ANDRÉS.-  Pero, señora, si no tenemos confianza...

DESCONOCIDA.-   (Irritada.)  ¡No me llames señora! ¡Es ridículo!

ANDRÉS.-  Usted perdone.

DESCONOCIDA.-   (Golpea el suelo con el pie.) ¡No me llames de usted!

ANDRÉS.-  Como tú quieras.  (Muy sofocado.)  Pero me parece lo más correcto. Ten en cuenta que no estamos presentados...

DESCONOCIDA.-  ¡Dale! ¿Todavía no sabes quién soy?

ANDRÉS.-   (La mira. Un silencio.) No, no lo sé... ¡Qué más quisiera yo!

DESCONOCIDA.-  Eres pesadísimo, Andrés. Y muy poco amable... Desde que llegué no has tenido una atención para mí. Cuando pregunté si habías preparado mi habitación, te pusiste colorado.

ANDRÉS.-   (Dignamente.) Señora, compréndalo usted. Es que estamos en Burgos. Y yo quiero evitar murmuraciones...

DESCONOCIDA.-   (Ríe con toda su alma.) ¡Oh! Eres extraordinario... Pero no te escapes. Y ven aquí.  (Sonríe, seductora.) Mírame. ¿Reconoces ya a tu María Luisa?

ANDRÉS.-   (La mira en silencio. Una pausa. Con suave pena.) No, no es usted.

DESCONOCIDA.-  ¿Es que no te parezco bastante bonita?

ANDRÉS.-   (Con rubor.) No es eso... Usted es muy bonita. Pero María Luisa era distinta. Era todo... y nada. Los sueños son así. María Luisa no ha existido. ¿Cómo puede usted ser ella?

DESCONOCIDA.-  ¡Oh!

ANDRÉS.-  Usted es una desconocida que ha llegado hoy a Burgos, que se ha presentado en mi casa, que quiere una habitación con flores, ¡y que dice que es María Luisa!  (Con melancolía.)  ¡Pero no es usted María Luisa!

DESCONOCIDA.-  ¡Andrés!...

ANDRÉS.-  Quite usted, señora. ¡Si lo sabré yo! Lo que también quisiera saber es cómo ha conocido usted mis sueños y por qué se está usted burlando de mí...

DESCONOCIDA.-  ¡Burlándome!  (Con un suave matiz de decepción y de melancolía.)  ¡Dios mío! ¡Así sois todos los hombres! Pasáis la vida con los ojos cerrados, en un puro sueño. Os creáis la imagen de una mujer ideal, a la que amáis sobre todas las cosas. Y cuando esa mujer toma vida, se hace realidad y se presenta ante vosotros y os dice: Mírame, querido mío, amor mío, yo soy tu sueño. Aquí estoy. Soy tuya... (Transición.)  Entonces, vosotros os encogéis de hombros ante esa mujer y de buena gana le pediríais la documentación.

ANDRÉS.-  ¡Si las mujeres de los sueños llevasen cédula!...

DESCONOCIDA.-   (Amorosa.)  Haz un esfuerzo. En la vida, para encontrar el ideal, hay que poner un poco de imaginación... Cierra los ojos...

 

(Con mucho mimo tapa los ojos de ANDRÉS con sus dedos. Él se deja, sin atreverse a protestar.)

 

ANDRÉS.-  Si usted se empeña...

DESCONOCIDA.-  Así, con los ojos cerrados, ¿no ves otra vez a aquella mujer?

ANDRÉS.-  Sí... Siempre que cierro los ojos, la veo.

DESCONOCIDA.-  ¿Puedo ser yo?  (Le suelta y sonríe.) 

ANDRÉS.-   (Inefable.) No... Es Catalina. Mi mujer.

DESCONOCIDA.-  ¿Cómo?

ANDRÉS.-  Sí... Toda ella es como la otra mujer de mi imaginación... Ya ve usted: he venido a Burgos para olvidarla, y no puedo dejar de pensar en ella. ¿Me comprende usted?

DESCONOCIDA.-  Sí...  (Muy despacio. Una pausa.) 

ANDRÉS.-  ¿Se ha puesto usted triste?

DESCONOCIDA.-  ¡Bah!... Un poco.

ANDRÉS.-  Y ahora... ¿Me dirá usted quién es y por qué ha venido?

DESCONOCIDA.-   (Lentamente.) Ya... ¿Para qué?  (Se calla. Una transición.)  Sin embargo, Andrés, si tú quisieras; si hicieras un esfuerzo...

ANDRÉS.-   (Retrocediendo.) ¿Qué va usted a hacer?

DESCONOCIDA.-  ¿No quieres darme un beso?

ANDRÉS.-   (Retrocede, casi da un brinco.)  ¡Quia! No, señora. Eso sí que no... ¡Cuidadito! Y le advierto a usted que estas cosas me dan a mí mucha vergüenza...

DESCONOCIDA.-   (Riendo.)  Andrés... ¡Pero Andrés!

ANDRÉS.-   (Sofocadísimo.) Ya me estoy poniendo colorado. ¡Palabra! No se acerque... ¿Me oye? Y no se aproveche de que estamos solos, ¡que grito!

 

(Ella se aparta riendo, y entre grandes carcajadas se deja caer en el sillón.)

 

DESCONOCIDA.-  ¡Andrés! ¡Chiquillo!

ANDRÉS.-  ¡Je! Tiene gracia, ¿verdad? Cómo se ríe usted... Cómo se ríe... (En una brusca transición, aprieta los puños, gira hacia ella y grita trémulo, con lágrimas.)  ¡Cállese! ¡No se ría usted más! ¡No me vuelva loco! ¡Cállese! ¡Cállese!

DESCONOCIDA.-   (Sin reír ya. Sobrecogida.)  ¡Andrés!

ANDRÉS.-   (Un paso.)  ¡Qué ridículo! ¿Verdad? Pero no se ría usted más...  (Ella retrocede.)  Y márchese de aquí... ¡No quiero volver a verla! Ya ni siquiera me importa saber quién es usted. Quiero estar solo, solo, ¡solo! Pero, ¿es que no me oye? Márchese... ¡Márchese!

 

(Asoma entre las cortinas la cabeza de TOMÁS.)

 

TOMÁS.-  ¡Señorito!

ANDRÉS.-  ¿Qué quieres?

TOMÁS.-  ¡Otra!

ANDRÉS.-  ¿Qué?

TOMÁS.-  Otra señora, que ha llegado de Madrid para ver al señorito...

ANDRÉS.-   (Ronco.) ¿Otra? ¡No! ¡Que se vaya! ¡Tomás!

TOMÁS.-  ¡Señorito!

ANDRÉS.-  Acabo de decidirlo. Prepara mi equipaje... ¡Mañana, por la mañana, me voy a Brasil! ¡Pero de incógnito!  (Sale de estampía.) 

DESCONOCIDA.-  ¡Mi pobre «boy»!

 

(En escena quedan TOMÁS y la DESCONOCIDA. Se alza la cortina del fondo y aparece FELISA, que, con sus pasitos cortos de siempre, precede a CATALINA. CATALINA se queda unos instantes en el umbral mirándolo todo con curiosidad. Los dos viejos fisgan a las dos mujeres francamente inquietos.)

 

FELISA.-   (Cautelosa.)  Ven conmigo.

TOMÁS.-  ¿Qué quieres?

FELISA.-  ¡Vamos a averiguar cuál de las dos es la princesa!

 

(Salen juntos. CATALINA avanza despacio hacia la desconocida.)

 

CATALINA.-  Buenas tardes...

DESCONOCIDA.-   (Con absoluta naturalidad.) ¡Hola! Pase, pase... Tanto gusto.

CATALINA.-  Gracias.

DESCONOCIDA.-  De nada. Siéntese y póngase cómoda.

CATALINA.-  Muy amable...

DESCONOCIDA.-  Bueno; eso de la comodidad es un decir. Yo creo que en esta casa lo más nuevecito lo compraron cuando la guerra de Cuba. Si habrá pasado tiempo, que estos muebles se han vuelto a poner de moda. Son una monería. Ya ve usted, yo quería traer una gramola, y se han asustado...

CATALINA.-  Lo creo.

DESCONOCIDA.-  Me parece que nos debemos presentar.  (Sonriente.)  Mis amigos me llaman Manolita la Sentimental.

CATALINA.-   (Estremeciéndose.) ¡Encantada!

DESCONOCIDA.-  ¿No ha oído usted hablar de mí?

CATALINA.-  No, no...

DESCONOCIDA.-  Es raro. En Madrid sueno bastante. ¿Y usted?

CATALINA.-  No... Yo no sueno nada.

DESCONOCIDA.-  No sea usted modesta... Con el aire que tiene... Debe usted dar más guerra...

CATALINA.-  ¡Señora, por Dios!

DESCONOCIDA.-  Por lo visto, viene usted de Madrid para ver a Andrés.

CATALINA.-  Sí.

DESCONOCIDA.-  Pues lo siento, pero ha perdido usted el viaje...

CATALINA.-  ¿Usted cree?

DESCONOCIDA.-  Seguro. Yo también he venido desde Madrid. Y nada. Un fracaso.

CATALINA.-  ¡Ah! ¿Sí?

DESCONOCIDA.-  Como lo oye. Y cuidado que una tiene recursos. Pues como si no. Le he pedido que me diera un beso, y se ha puesto como un basilisco.

CATALINA.-  Es natural... (Sonríe.)  No tiene costumbre.

DESCONOCIDA.-  Y, además, me ha echado de su casa.

CATALINA.-  ¡Oh!  (Ríe divertida.) 

DESCONOCIDA.-   (Picada.) ¿Le hace a usted gracia?

CATALINA.-  Muchísima. (Transición.)  Entonces, supongo que se irá usted enseguida...

DESCONOCIDA.-  Oiga usted, señora...

CATALINA.-  ¡Largo!

DESCONOCIDA.-  ¿Eh?

CATALINA.-  ¡Fuera de aquí! Es usted una intrusa.

DESCONOCIDA.-  ¿Qué dice?

CATALINA.-  Los medios de que se ha valido usted para llegar a mi marido son indignos.

DESCONOCIDA.-  ¡Su marido! Acabáramos... ¡Patinazo!

CATALINA.-  ¡Mi marido, sí! Estoy enterada de todo. Sé muy bien quién es usted.  (Indignadísima.)  ¡Usted es la amante del primo Germán!

DESCONOCIDA.-   (Franca.) Sí, señora. Pero me tiene más harta...

CATALINA.-  ¡No me importa eso nada! Resulta que Germán era el confidente de mi marido desde que nos casamos; conocía toda la intimidad de nuestro matrimonio. Mis sueños, mis ilusiones, la timidez de Andrés, esa quimera suya de María Luisa. Todo, todo... Pero lo que Andrés ignoraba es que Germán se divertía mucho contándoselo todo a usted. Y cuando Andrés marchó de Madrid, a usted se le ocurrió que sería una broma estupenda venir a Burgos y hacerse pasar ante ese infeliz por la María Luisa de sus sueños. ¡Y ha tenido usted el cinismo de pedirle un beso!

DESCONOCIDA.-   (Lógica.) Señora, póngase usted en mi caso.

CATALINA.-  ¡No me da la gana de ponerme en su caso! Ha sido una ocurrencia muy original, muy divertida, muy propia de una mujer como usted.

DESCONOCIDA.-  ¡Sin faltar!

CATALINA.-  Gracias que a Germán le dio miedo la broma, porque la conoce a usted, y vino a contármelo todo; y esta mañana me ha obligado, casi a la fuerza, a salir con él de Madrid. Me ha traído en su coche. Y abajo está esperándola a usted. Con que ¡largo!; que si usted es Manolita la Sentimental, va usted a saber enseguida quién es Catalina.

DESCONOCIDA.-  Vaya por Dios. De manera que ya cree usted que lo sabe todo.

CATALINA.-  ¿Es que hay más?

DESCONOCIDA.-  ¡Oh! ¿Qué sabe usted, señora? ¿Y qué sabe ese sinvergüenza de Germán? La última verdad de cada uno no la adivina nadie. ¿Cómo van ustedes a saber la mía...?  (Mirando con ternura la puerta por donde salió ANDRÉS.)  Germán me hablaba a todas horas de su primo Andrés. Decía que no había otro hombre como él, tan extraño, tan tímido... Pero como usted estaba empeñada en tener por marido a un balarrasa... Lo que de veras tenía usted a sus pies era un hombre enamorado que guardaba para usted lo más hermoso que puede ofrecer un hombre a una mujer: el primer beso. Germán se reía a carcajadas. Pero yo no hacía más que pensar en Andrés.  (Transición.)  De usted no me acordaba, naturalmente.

CATALINA.-  Me lo figuro. Es lo corriente.

DESCONOCIDA.-  Sí, señora.  (Sonríe.) Le veía algunas tardes, Recoletos adelante. Lo cierto es que me fui enamorando poco a poco del pobre Andrés...

CATALINA.-  ¡Como todas! No falla.

DESCONOCIDA.-  No, señora.  (Sonríe.) Yo me enamoré de él por lo contrario que las demás...

CATALINA.-  ¡Ah!

DESCONOCIDA.-  Las otras se enamoraban de él por su fama, por su historia de mujeriego, por su leyenda... Son así. Yo sabía que la fama de Andrés era un cuento. Yo me enamoré de él por él mismo, porque es un infeliz, un pobre muchacho, un ignorante...

CATALINA.-  ¿Eso es verdad?  (Muy bajo. Un murmullo casi.) 

DESCONOCIDA.-  Sí... Está una muy harta de esos tipos que ustedes llaman irresistibles.  (Suspira.) Y Andrés es lo que se llama un mirlo blanco.

CATALINA.-  ¡Un mirlo!

DESCONOCIDA.-  ¡Completo! (Pequeño silencio.)  Ayer me decidí y tomé el tren. ¿Por qué no había de ser yo esa mujer que él ha soñado?  (Silencio.)  Pero la mujer de su sueño está muy dentro de él. Es algo más que una pesadilla. ¡María Luisa existe!

CATALINA.-   (Sin voz.) ¿Quién es?

DESCONOCIDA.-  Usted.

CATALINA.-  ¿Yo?  (Con emoción.) ¿Todavía?

DESCONOCIDA.-  Sí... siempre.  

(CATALINA, pensativa, baja los ojos. La DESCONOCIDA frunce el ceño.)

  Pero, señora, ¿puedo saber por qué tiene usted ese empeño en que el pobre «boy» sea un Don Juan?

CATALINA.-  Porque cuando le conocí me hizo creer que lo era...

DESCONOCIDA.-   (Ríe tiernamente.) ¡Qué embustero!

CATALINA.-  Y porque lo necesitaba.

DESCONOCIDA.-  ¡Ah!

CATALINA.-  ¡Qué sabe usted! ¡Qué sabe él! ¡Qué sabe nadie! ¿No dice usted que cada uno tiene una verdad que no comprende nadie? Yo tengo la mía... A nosotras, cuando somos unas chiquillas, la vida se nos presenta como una maravillosa aventura: el amor, la felicidad. Todo es hermoso. Pero pasa el tiempo, y las mujeres como yo comprendemos que aquellas locas aventuras de nuestros sueños, tan bonitas, no son para nosotras, sino para ustedes... Sí, sí. Ustedes se lo llevan todo. Claro que su mala fama les cuesta... Pero se lo llevan. A nosotras, en cambio, nos queda lo vulgar, lo monótono, el hastío de todos los días. Un marido que engorda de año en año, y el recuerdo de un sueño imposible que se aleja cada día más. Cuando me casé con Andrés le creía el hombre más seductor del mundo. ¡El hombre ideal! Y entonces soñé que en mi propio hogar tendría para toda la vida ese amor de aventura que solo encuentran las mujeres como usted.  (Calla. Sonríe tímida.) He sido un poco loca... ¿No es cierto?

DESCONOCIDA.-   (Ríe muy bajo. Con cierta amargura.)  Casi nada. ¡Si usted supiera que el hombre ideal, cuando aparece, suele ser muchísimo más tonto que los demás! Señora, no hay más que un hombre ideal: cualquier infeliz que se enamore de una María Luisa... (Con una imperceptible melancolía.)  En fin. Vino usted decidida a arrancarme el pelo, y hemos terminado haciéndonos confidencias. Me voy, porque si sigo a su lado cinco minutos más, acabaríamos llamándonos de tú, y, la verdad, no estaría bien visto...  (Ya en la puerta.) 

CATALINA.-   (Un impulso.) ¡Manolita!  (La otra sonríe y espera.) No, nada...Abríguese bien. Hace frío.

DESCONOCIDA.-   (Sonríe.) Gracias... Buenas noches.  (Sale.) 

 

(Sola CATALINA, en medio del silencio de la estancia. Tras el balcón ha cerrado la noche. Maquinalmente levanta la tapa de la cajita de música y surge la armoniosa gracia de un viejo vals. CATALINA sonríe. Ya es de noche absoluta. Toda la habitación está en sombras y apenas se distingue la silueta de CATALINA. Un resplandor azul detrás de los cristales del balcón. De pronto, toda la habitación se inunda de una vivísima luz blanca. Y ANDRÉS, que ha encendido las lámparas, aparece pegado a la misma puerta por donde salió. Totalmente absorto, sin voz casi por el asombro.)

 

ANDRÉS.-  ¡Catalina! ¡Tú!

CATALINA.-   (Sonriente.)  Andrés...

ANDRÉS.-  ¿Qué es esto, Catalina? Tú aquí... ¡Tú en Burgos!

CATALINA.-  ¿Sabes que has tenido una magnífica idea al decidir que pasemos nuestra luna de miel en tu casa? Me encanta este ambiente. Y Burgos es adorable...

ANDRÉS.-  ¿Qué? Catalina, ¿eres tú? ¿No estoy dormido?

CATALINA.-  No, Andrés.  (Naturalísima.) Nos hemos casado esta tarde en San Ginés. Hoy es quince de octubre. Lo demás ha sido un sueño que ha durado tres meses... Esta es nuestra noche de bodas.

ANDRÉS.-   (La mira a ella y mira en derredor, incrédulo y boquiabierto.) ¡Burgos! ¡Quince de octubre! ¡Tú!  (Transición.)  No me engañes, Catalina.

CATALINA.-   (Acercándose a él, muy mimosa y femenina.) Andrés... Voy a preguntarte algo muy importante. Estamos solos y soy tu mujer. Di, Andrés. ¿Soy la primera mujer de tu vida?

ANDRÉS.-   (Avergonzadísimo y desconsolado.) ¡La primera, Catalina, la primera! Soy un pobre hombre. Una calamidad.

CATALINA.-  ¡Oh!  (Radiante.) Pero ¿es posible tanta felicidad?

ANDRÉS.-   (Atónito.) ¿Qué oigo? Cuando yo digo que estoy dormido...

CATALINA.-  ¡Andrés de mi vida! (Le rodea el cuello con sus brazos y le besa.) 

ANDRÉS.-  ¡Oh!

 

(Asoman por entre las cortinas los rostros de FELISA y TOMÁS.)

 

TOMÁS.-  ¡Esta es la princesa!

 

(Se retiran. Desaparecen. CATALINA se desprende de los brazos de ANDRÉS y le mira con embeleso.)

 

CATALINA.-  Andrés... ¡Eres un mirlo blanco!

ANDRÉS.-  ¡Caramba!...  (Emocionadísimo.)  Un mirlo...


 
 
TELÓN
 
 



 
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