1
PRÍNCIPE DE LA PAZ, Memorias, Madrid, BAE, 1965, II, p. 92.
2
ESCUDERO, J. A., Curso de Historia del Derecho, Madrid, 1995, p. 719.
3
PRÍNCIPE DE LA PAZ, op. cit., II, p. 100.
4
Godoy consideró a Caballero uno de sus principales enemigos personales y personaje funesto en la orientación política de la monarquía, apreciación esta última compartida con muchos de sus contemporáneos, pero aparte de su inquina personal, creo que resulta ilustrativa, para el asunto que nos ocupa en estas páginas, la siguiente opinión expuesta en sus Memorias (op. cit., I, pp. 258-259): «Caballero, en una época en que las doctrinas de la Francia eran con razón tan temibles a los reyes, consiguió no diré dominar, pero sí tener inquieto y receloso el benigno corazón de Carlos IV. Este buen rey, sin entregarse ciegamente a sus consejos, le creyó en muchas cosas, le juzgó un hombre honrado, lo estimó necesario y le llevó a su lado como una especie de fiador sobre los muelles del Gobierno, que contuviese su disparo». (La cursiva es mía). Un estudio riguroso de la actividad política de Caballero tal vez podría hacer variar algunas de las apreciaciones actuales sobre el poder de Godoy a partir de su cese en la Secretaría de Estado.
5
La prensa francesa, sin duda por instigación de Napoleón Bonaparte, se hizo eco en diferentes ocasiones de la pretensión de Godoy de ocupar el trono español. En 1803 Bonaparte fue más lejos y, en un intento de desembarazarse de Godoy, denunció a Carlos IV, en carta privada, «l'espèce de détrônement où le Prince de la Paix se plaît a répresenter son souverain» (citado por FUGIER, A., Napoleón et l'Espagne, París, Alcan, 1930, I, p. 231). Años más tarde, el «partido fernandino» hizo su principal bandera de ello en el ataque a Godoy, como quedó patente en los papeles descubiertos en poder del príncipe de Asturias durante los episodios de la Conspiración de El Escorial (vid. MARTÍ GILABERT, F., El proceso de El Escorial, Pamplona, 1965).
6
Suele pasarse por alto un detalle muy revelador: para ser admitido en el círculo de los príncipes de Asturias, Godoy contó con la recomendación del brigadier Miguel Trejo, primer teniente de Guardias de Corps (carta de Luis Godoy a sus padres, 12-9-1788, citado por DE TAXONERA, L., Godoy, Príncipe de la Paz y de Bassano, Barcelona, Juventud, 1946, pp. 54-55).
7
El texto completo del Decreto es el siguiente: «Por mi Real Decreto de 28 de febrero del corriente año tube a bien nombrar al Conde de Aranda para que sirviese interinamente el encargo de mi primer Secretario del Despacho; y en consideración a su avanzada edad, y a que conviene a mi real Servicio que este empleo esté servido en propiedad: he venido en relevarle de la interinidad que exerce conservándole todos los honores que le corresponderían como propietario y el empleo que obtiene de Decano de mi Consejo de Estado; para poder emplearle en otras comisiones no menos importantes a mi Real Servicio, por la satisfacción que tengo de su persona y del celo y amor con que siempre me ha servido. Y para sucederle en el referido encargo de primer Secretario de Estado y del Despacho, he nombrado al Duque de Alcudia, por la confianza que me merece, conservándole el empleo de Sargento Mayor de mis Reales Guardias de Corps. Tendreislo entendido para su cumplimiento = Señalado por S.M. = En S. Lorenzo a 15 de Noviembre de 1792: A D. Antonio Valdés»
. (Archivo General de Palacio, Papeles Reservados de Fernando VII -en adelante citado como AGP, T. 104, fol. 112).
8
AGP, T. 104, fol. 114 (Reproducido por ESCUDERO, J. A., Los cambios ministeriales a fines del Antiguo Régimen, Sevilla, Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1975, p. 15).
9
DE LARRA, M. J., «Memorias originales del Príncipe de la Paz», en Artículos completos, Madrid, Aguilar, 1961, p. 999.
10
En los medios cortesanos españoles llamó la atención que un joven de 25 años sustituyera en la primera Secretaría de Estado al Conde de Aranda, que accedió al mismo puesto con 74 años de edad, y al de Floridablanca, que lo dejó cuando contaba 64 años. En otros países del entorno europeo se produjo asimismo la elevación a cargos similares de hombres muy jóvenes (Napoleón, Pitt, Metternich, etc.), por lo que el argumento de la juventud resulta irrelevante.