Dos o tres cosas que sé de él
Jorge Urrutia
Je scrute la vie de la cité et de ses habitants avec autant d'intensité que le biologiste scrute les rapports de l'individu et de la race en l'évolution. C'est seulement ainsi que je pourrais m'ataquer alors aux problèmes de pathologie sociale en formant l'espoir d'une vraie cité nouvelle.
(Jean-Luc Godard, Deux ou troischoses que je saisd'elle)
La puerta estaba entreabierta. Los visitantes entraban sin llamar para que los golpes en la madera, por cuidadosos que fuesen, no interrumpieran las reflexiones en las que se suponía sumidas a las gentes del interior. Tampoco convenía turbar el sueño de la muerte. A veces, algún inseguro se quitaba las gafas y buscaba leer con exactitud el nombre escrito pulcramente tras un pequeño cristal a la derecha de la puerta. Confirmaba su intención de penetrar en la amplia sala o, recolocándose los lentes, continuaba su rápido y silencioso caminar por el pasillo. El visitante solía saludar con un pequeño rictus que buscaba expresar lamentación y preguntaba: «¿Puedo pasar a verlo?». Avanzaba luego, procurando construir el silencio, hasta la habitación posterior y, de nuevo en la sala, parecía ya no temer ruido ni voz alguna y buscaba refugio junto a uno o dos conocidos para entablar conversación. Pero este visitante, el más alto, penetró decidido, se dirigió a mí, me dio la mano y en una voz profunda pidió quedarse a solas con él. Rogué a todos que salieran. Lo acompañé a la vitrina, casi escaparate, de la habitación del velatorio y me quedé dos pasos atrás. El visitante alto, con bufanda blanca y lentes gruesos, permaneció varios minutos hablando en silencio con el cadáver de Leopoldo. Se volvió. Me abrazó apretada y prolongadamente y, ensimismado, caminó hacia la puerta sin saludar a nadie. Antes de salir se detuvo y, mirándome, en lugar de respirar ya con avaricia, como todos hacían, recitó dos versos: «Llegó la soledad, la perra vieja / que venía royendo un hueso pobre»
.
¿Cómo decir aquello que nunca fue dicho? ¿Cómo descubrir lo que forjó al individuo si este nunca llegó a desvelarlo? Convertir en palabra lo que nunca fue palabra es el reto del profeta, por eso el profeta yerra; anunció que no habría guerras, que volverían los hombres sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces, que no alzaría espada gente contra gente y nadie ensayaría para la guerra. Pero la guerra siguió. La guerra sigue y forja a los hombres, los convierte en generales victoriosos, en triunfadores que se enriquecen, en intelectuales que luego dicen descargar su conciencia, en filósofos que venden su verdad como ética. También las guerras sellan a los hombres en la frente, los convierten en figuras del cansancio y dicen estos, por boca de David, que «mis días son como la sombra que se va; y heme secado como la hierba»
.
Por eso es necesario estudiar a los hombres, contemplar sus movimientos, escuchar sus palabras. Resistirse a la sequedad de la hierba. Estudiar los rostros que vivieron la batalla y quedaron marcados de tristeza. Analizar la vida de los habitantes en las ciudades y en las sendas. Luego, usar el escalpelo para diseccionar los órganos vitales más escondidos por si en ellos radicasen la bondad o la maldad. ¿Y cómo distinguirlas si, científicos, hemos apartado el sufrimiento? Nos educaron para no ocultar las emociones pero sí esconder los sufrimientos cotidianos. Así fue el transcurrir en nuestro castillo interior, con la esperanza de edificar un día una ciudad, una res pública, totalmente nueva. Tal vez una utopía. ¿Pero cómo decírtelo ahora, a ti, que lees estas páginas en este tiempo fuera de aquel tiempo, que solo lo imaginas como ficción literaria? O como la conquista de una América desconocida. Desde el puente imaginario de nuestro galeón dispuso el gobernalle para cumplir la navegación hasta este puerto en que me lees mal, interpretando posiblemente las tormentas, los ciclones o la travesía del mar de los Sargazos por el que sorprendían los piratas que creíamos solo de Salgari. Quedó en él un estigma misterioso que provenía de la guerra, una tristeza crónica que solo, años avanzados, borraba una sonrisa dedicada a sus nietos o una ironía disimulada cara a sus contertulios. Por eso Francisco Umbral pudo describirlo como el «mínimo y dulce Leopoldo de Luis, [...] de ojos pequeños y maliciosos, nariz grande, boca inexistente, rostro un poco rojizo, fácilmente alegrado y subido de color por la risa, y venía de sus oficinas de seguros lleno de versos, de cultura, de conversación, de chistes malos y poemas buenos»
.
Convertir en palabra lo que nunca fue palabra es también empeño del poeta. Siempre de quien busca narrar una vida que no es la suya o solo lo fue en parte. Así la del padre. Construye el hijo un monumento al padre y llega un día en que debe derribarlo. El hijo se resiste. Se niega a que el uno se haga sobre las cenizas del otro. Se rebela. También dijo Sigmund Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad. Sé bien que no hay valentía ninguna en aquel asesinato juvenil y que siempre deseamos reencontrarnos con la mano que nos guio tantos días. No buscar la muerte, ni siquiera simbólica, pues «no es el vencedor más estimado de aquello en que el vencido es reputado»
. El padre habita nuestro interior y nuestra mano no es capaz de blandir espada. «Hubo rebeldía, padre, y la puerta se cerró de un portazo»
, escribe Robert Lowell. Pero al cerrar la puerta el hijo queda fuera, a la intemperie. Abandonado por sí y a sí mismo. Miedoso tras la valentía. Bordeando la vida.
Péter Esterházy conoció el vértigo que orilla la muerte de la vida cuando, después de ensalzar a su padre como modelo de ética y de estética vital, entró en los archivos de historia contemporánea de Budapest y descubrió que había sido informador de la policía secreta y denunciaba a los amigos. Ese vértigo le hizo perder la humildad y carecer de misericordia. Al terminar de leer sus libros no sabe uno quién era más perverso, si el padre traidor a sus compañeros o el hijo carente ya de cualquier piedad. Menos aún de un intento de comprensión. «La vida de mi padre -escribe- es una prueba directa (y repugnante) del libre albedrío del ser humano»
. Decir eso hubiera merecido el silencio.
Yo he penetrado en los archivos políticos, en las oscuras oficinas donde se custodian los viejos y tristes documentos, en los libros de memorias, en los ficheros de los historiadores. Luego, tranquilo, me senté en un café frente a la estación del tren de cercanías, allá en Alcalá de Henares, sonreí y pedí un vaso de vino. Podía yo recordar con doble orgullo aquellos versos que para mí escribiera: «Hijo: en nombrarte se me va, hecho arrullo, / lo mejor de mi voz enamorada, / esta voz que se torna aliento tuyo»
. La voz que busca prolongarse, permanecer en otro, ser carne, casi como Bécquer buscaba la poesía hecha suspiros, risas, colores y notas. ¿Hasta qué punto he sabido responder a ese amor paterno? ¿Llegué a traicionar aquel arrullo? Nunca hallaré respuesta ni purgaré una culpa que ignorada me roe.
También ignoro si Esterházy pisó alguna vez el famoso y excéntrico palacio de su nombre. Nunca, de joven, debió preguntarse, sin embargo, por qué su padre, el conde, pudo conservar algunas prerrogativas bajo aquel régimen político. Sí escuchó, sin duda embelesado, las óperas que Haydn allí compuso. Heredó sin pudor el título nobiliario.
Construí mi palacio en una habitación oscura de una modesta vivienda de un barrio madrileño. Daba su ventana a un patio estrecho por el que volaban los olores de las cocinas de la vecindad. Parecía que todos comíamos lo mismo cada día, pues el eco de las verduras se entrelazaba con el del pescado frito y el quejido de la carne que cocía en el puchero. En medio, volaban las hadas y corrían Pulgarcito y el Conejo Blanco. Resonaban las coplas populares desde las radios. En aquel piso cayeron mis padres, Leopoldo y Mariquita, tras casarse el 4 de diciembre de 1944. Había pagado Leopoldo mil pesetas por un traje de estambre negro, para la boda, y otro de estambre gris de príncipe de gales. En el dormitorio, donde más tarde y por varios años estuvo también mi cuna, pusieron una cama, un armario ropero, una peinadora y dos silloncitos que significaron 2375 pesetas. Esas enormes sumas para la época debieron salir del traspaso de un cine de pueblo que mi padre regentó durante poco tiempo y que tuvo que abandonar porque los espectadores regateaban el precio de la entrada en la taquilla. Antes había sido vendedor a domicilio de los libros de autores clásicos de la editorial Aguilar; los imposibles compradores preferían leerle en voz alta sus propios escritos, viendo en él un receptor atento, imaginándolo editor en grandes empresas internacionales, crítico influyente o, por lo menos, persona en quien confiar las veleidades testimoniales de aquellos años oscuros de posguerra. En aquel piso oscuro y confiado Maruja dejó de ser Mariquita.
Al casarse, Leopoldo era ya empleado de una compañía de reaseguros de la que llegaría, muchos años después, a ser director adjunto. Más de una vez comentaba riendo que actuaba igual que varios poetas norteamericanos, como Wallace Stevens, vivía de trabajar en una empresa de seguros para compensar la inseguridad del poema. Y al cabo nada os debo, podría decir, con mi dinero pago la casa donde habito.
En su oficina de empleado buscó retratarlo Vicente Aleixandre en Los encuentros: «un rostro de un hombre atento, atentísimo al equilibrio, a la regularidad, a la claridad sin tacha de la escritura elegante. Sobre su cabeza, escaso el cabello. Una frente amplia, y descendiendo de ella una nariz pesante, levemente abultada en su extremo, y debajo, un poco oculta en esa postura, una boca pequeña...»
. En su oficina escondimos un día una maleta con libros y revistas que devenían peligrosos. Recuerdo acompañarlo los domingos para, escaso el cabello, trocearlos y, después, frente amplia, repartir por las papeleras de la calle, nariz pesante, los paquetitos que sacábamos en los bolsillos. Pareciera, boca pequeña, que íbamos adelgazando a ritmo de papelera, desde la oficina a la casa.
En algunas ciudades encontramos casas cuya visión inspira una melancolía similar a la que provocan los claustros más sombríos, los páramos más desiertos o las ruinas más tristes. Pero no era la nuestra como la casa de Eugénie Grandet, y en ella no se encontraban unidos el silencio del claustro, la aridez del páramo ni la osamenta de las ruinas. Estaba llena de vida. Una vida castigada, contradicha por la alegría de los chicos subiendo y bajando las escaleras teñida de colores, como una madeja de distintas lanas. Mis abuelos vivían tres pisos más arriba de nosotros, con mi tía Teresa, mi prima Maite y algo más de luz. La bondad siempre ilumina las situaciones más tristes. Yo subía todas las tardes, terminados los deberes del colegio, para jugar con ella, Maite, y con una vecinita de enfrente, que se llamaba Lola y era hija de un banderillero. La recuerdo siempre con un vestido rojo y una sonrisa enorme, abrasadora, deslumbrante. Por la escalera taconeaba una joven rubia y pizpireta que se llamaba Libertad y a la que había que llamar Isabelita. Mi prima elogiaba a Napoleón y sacaba brillo a una estatuilla del emperador a caballo que había comprado en su primer viaje a París. Muy pronto tradujo un libro, que era una novela de Jean Cau, y emprendió el camino para convertirse en una traductora modélica, dueña de un español extraordinario y capaz de encontrar todos los matices de las lenguas.
Pero es que la vida estaba llena de matices. Mi padre nos enseñaba lo que podía decirse y lo que debía callarse en aquella España donde las familias de vencidos tenían que reconstruir su felicidad cada mañana. Sellados en la frente por la guerra, herrados en el rostro, como las esclavas de El celoso extremeño, aprendimos a no odiar, a no vivir heridos por el deseo de algún tipo de revancha y era ese nuestro mejor título nobiliario. Recuerdo con melancolía cómo nos alegraba sobremanera cada carta que llegaba del penal de Burgos, donde mi tío José Luis veía pasar lentamente las semanas para llegar a aquella de verano en la que, al fin, Maite lograba visitarlo cada día.
No es bueno que el arco esté siempre tenso, escribió Cervantes, e Imre Kertész, en las últimas líneas de Sin destino, se pregunta cómo explicar que en el campo de concentración también hubiera momentos de alegría. Y Leopoldo: «Se engaña el que suponga que fuimos una generación triste. Que no nos tengan lástima. Guardo hermosos recuerdos de mi vida en la guerra. Sobre un paisaje desolado puede haber un día radiante. En un campo de minas tal vez se dé una flor preciosa. A una ciudad sitiada no le faltará un rincón para amar. En un pueblo bombardeado acaso se encuentre una sonrisa. No estoy haciendo mera literatura. La mera -y huera- literatura es la del drama a posteriori, la consabida de la lágrima»
. Los milagros más sabios estaban en mantener el arco destensado en aquella España negra, en hacer alegría de todos los momentos, en convertir aquellas viviendas con cocina de carbón, patio de oscuridad y largas madrugadas, en claros rincones para el amor.
Sé bien que mezclo tiempo, que me salto la cronología como los chicos saltan en la rayuela, pero el tiempo carece de temporalidad, es un presente continuo, una constancia que superpone los momentos. Quienes distinguen el pasado del presente y del futuro son desgraciados que desconocen el valor del segundo, mendigos de la prisa, menesterosos del aliento, pordioseros del arrepentimiento. El presente lo es todo y solo la senectud conoce la paciencia y comprende la infancia, como solo la infancia hacina la experiencia. «Todo vuelve en las alas / de pájaros fugaces»
, aunque puedan los pájaros resultar imposibles.
Es difícil hoy comprender lo que era, durante mi infancia, la vida de una familia de vencidos en la guerra civil. La mía sufrió una doble derrota pues, poco antes de la rebelión militar, padeció la ruina de su negocio y se puso en peligro la tranquila vida burguesa de provincias. Mi abuelo, Alejandro Urrutia Cabezón (tenía un primo que se llamaba Cabezón Cabezudo, lo que también es mala suerte), era un socialista utópico y modernista que confiaba plenamente en la bondad del género humano. Dueño de un sentido ético que, llevado al extremo, puede acabar resultando perjudicial para los más queridos, perdió su trabajo como abogado de una entidad bancaria en Valladolid porque fue el único burgués en seguir la huelga general de agosto de 1917. Jorge Guillén lo recordaba con zapatos de charol, capa española, chalina y sombrero borsalino, leyendo El Socialista mientras caminaba por las calles vallisoletanas. Por entonces falleció su padre y, como hijo primogénito, fue a hacerse cargo de la agencia de alcabalas que los Urrutia regentaban en Córdoba. Por eso Leopoldo nació en esa ciudad el 11 de mayo de 1918, en la calle Ambrosio Morales, esquina a la del Reloj. Es verdad que en algunos escritos se dice que nació el año anterior, pero se debe a una confusión que creó él mismo cuando una Historia y antología de la poesía castellana decidió no incorporar a poetas nacidos después de 1917. La vida, pues, se sometió a la literatura.
Escribe Hannah Arendt, en sus crónicas de un famoso juicio, cómo a lo largo de las sesiones comprendió cuán difícil era contar lo ocurrido en términos que no fueran los transformadores del lenguaje poético. Esa apreciación reconoce la fuerza deformadora y creadora de la realidad que alcanza la lengua y permite comprender y subrayar el largo camino que va de los hechos a su comunicación. Quisiera yo que mi palabra pudiera testimoniar aquí, transparentándola, toda la verdad, pero soy consciente de que supongo, invento, lleno huecos, trabajo más sobre lo que ignoro que en la materia conocida. Mentir es no decir la verdad a sabiendas. No miento, por lo tanto, porque mi esfuerzo se vuelca en construir una existencia que fue como pudo y puede que fuera como la escribo. ¿Qué le importa más al lector, que yo narre lo que sucedió, dejando lagunas, insuficiencias, incomprensiones, desconocimientos, o que cuente lo que tuvo que suceder, a base de enhebrar, pespuntear, coser y asegurarlo con la aguja de la máquina Singer de mi pluma? Las lagunas y los claros del bosque son centros en los que no siempre es posible entrar. Desde la linde se los mira y el aparecer de algunos recuerdos no ayuda a dar el primer paso. Conozco, porque estoy jugando con frases de María Zambrano, que no hay nada que buscar en los claros del bosque, al menos nada determinado, prefigurado. Sin embargo, piso el claro y me sumerjo en la laguna. Lo que diga no será sin justificación, que tuvo que ser así porque para mí no pudo otra cosa ser. Muero porque no muero, decía la santa poeta. Y yo escribo porque no escribo, no escribo lo que fue porque solo me interesa lo que terminó en mí y en parte en Maite, y llegará hasta Elsa, Sergio, Amaya, nuestros hijos, y se prolongará en los nietos. Y así mi voz tendrá un eco y el eco golpeará en las paredes del aire y retumbará en los desfiladeros de la alegría de la pena que sintieron y sienten los míos. La alegría es traición si no se asienta en penas. Solo la sugerencia lleva a la verdad y no la exacta historiografía de lo que al fin y al cabo solo es relato de la muerte. Como aquellos dos versos de Leopoldo que Francisco Umbral recordó al salir del velatorio de su medio hermano. Y porque «se muere a solas, sí. A solas se agoniza / frente a la eternidad, / bajo su gigantesca mano oscura: / la nunca seca fuente de los siglos»
. Como aquel momento en el que Maruja, en la calle de San Bernardo, volvió a ser Mariquita.
Un socialista utópico no es la persona más adecuada para cobrar impuestos y, en muy poco tiempo, en 1920, tuvo que emprender la familia el retorno a Valladolid donde, al cabo de los años, Alejandro pudo acabar también con el negocio del abuelo Leopoldo, Leopoldo Luis Cea, que consistía, fundamentalmente, en un laboratorio de apósitos premiado en distintas exposiciones internacionales. El amor del padre por Andalucía, y especialmente por Córdoba, era intenso y marcó la educación de los hijos. Venían constantemente a la conversación la figura de Julio Romero de Torres -del que un cuadro, Nieves, presidía la casa-, el Círculo de la Amistad, Juan Díaz del Moral -el notario de Bujalance-, la Historia de las agitaciones campesinas andaluzas. En un poema solo recogido en su obra completa, el poeta reconoce su origen: «Voy a beber el vino de mi estirpe / en tus dorados y remotos cálices»1
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Mientras, se edificaba lento y seguro el despeñamiento familiar, el otro Leopoldo, el más próximo, fue haciendo sus estudios en el colegio de don Narciso Alonso Cortés, conocido erudito e historiador literario, a quien Antonio Machado calificó de poeta de Castilla. El padre incitaba a los hijos a la lectura e, incluso, les leía en voz alta por la noche. Un soneto de Leopoldo lo recuerda:
Los hermanos en torno de la mesa.Lámpara familiar su luz deslía.La voz del padre extrae la poesíade hermosa historia que en su voz regresa.Knut Hamsun, Shakespeare, Lagerlöf, Cervantes,Andersen, Verne, Amicis, Bécquer, CarlosDickens. La Navidad. Hoy, recordarloses reencontrar los viejos habitantesde una casa infantil pero invisibledonde una voz fue llave imprevisibleque abrió la puerta a la literatura.Aún, cuando vuelvo a libros tan queridos,me parece sentir en mis oídosla amada voz del padre en la lectura.
Hacia 1933 se produce una quiebra importante en el negocio, mantenida oculta en lo posible por el padre, que prefiere alejar a los hijos. Los dos hermanos, Teresa y Leopoldo, marchan a continuar estudios en Madrid, alojándose ella en la Residencia de Señoritas y él en la Residencia de Menores, ligadas ambas a la famosa Residencia de Estudiantes.
Al arruinarse del todo la familia2, el matrimonio Urrutia se traslada también a la capital, probablemente a principios de 1936, pues el padre, tras algún intento de marcharse al extranjero3, obtiene una plaza en el Ministerio de Trabajo y es destinado a Toledo para ocuparse de los Jurados Mixtos, probablemente por ayuda del Ministro Eloy Vaquero, amigo suyo cordobés. Leopoldo termina el bachillerato en el Liceo Francés, cursa Magisterio y comienza Filosofía y Letras. Hace amistad con José Luis Gallego -quien luego se casará con su hermana Teresa-, con Germán Bleiberg, con Rafael Múgica -que más tarde firmará como Gabriel Celaya-, con Rafael Manzano y otros escritores jóvenes del momento, entre ellos Miguel Hernández. Asiduo de las actividades literarias, asiste a la lectura de la conferencia de Juan Ramón Jiménez, «Política poética», en la Residencia de Estudiantes. «Señoras y señores: yo no sé cómo decidir si el estado normal del mundo, del mundo del hombre, de nuestro mundo, es la guerra o la paz»
. ¿En qué estado estábamos nosotros en aquella casa de largo pasillo, estrecho patio de vecinos y alta esperanza, en la paz o en la guerra? ¿Cómo contemplar aquel mundo desde estas páginas que ahora escribo, cómo pensar en este desde aquel salón de la Residencia, desde las calles agitadas del 15 de junio de 1936? ¿Cómo contar lo que resulta imposible de imaginar, atravesado el tiempo, elevarlo a la palabra? La ascensión del verbo. «Las juventudes políticas que hoy se están preparando, ya lo sabemos, para administrarnos mañana o para administrar a los que han de venir después de nosotros, deben estarse preparando en la poesía, lo digo otra vez, la poesía del trabajo»
. ¿Qué venían a decir estas palabras en junio de 1936 y qué significan ahora ochenta y dos años más tarde?
Empieza Leopoldo a escribir poesía. Junto a algunos de aquellos jóvenes publica la revista Pregón Literario, en cuyo primer número encontramos uno de sus poemas iniciales, «Cuando llegue la hora...», de un evidente romanticismo juvenil. «Cuando llegue la hora... / no será un despertar de vano sueño, / será el renacimiento de un ensueño, / del ensueño que es todo y que no es nada»
. Pero todo ensueño se romperá en julio de 1936, al mes de la conferencia de Juan Ramón. A las pocas semanas, bajo la responsabilidad de Jorge Renales -quien luego firmará como Jorge Campos-, Leopoldo Urrutia, Jacinto Luis Guereña y otra maestra, cuyo nombre olvido si alguna vez lo supe, llevaron a las playas de Levante un convoy de hijos de milicianos, para librarlos del frente de Madrid. A su regreso a la capital, se presenta como voluntario al Batallón Pasionaria del Quinto Regimiento. De repente, a los 18 años, se ha convertido en un hombre con todas las responsabilidades. Y en carne de cañón. «Cuatro en punto de la tarde / de un otoño madrileño. / El puente de Andalucía / ha cruzado un Regimiento, / Regimiento de Milicias, / hecho con hijos del Pueblo, / que por la Patria y la Idea / saben muy bien dar el pecho. / El puente de Andalucía / ha cruzado un Regimiento, / Regimiento "Pasionaria" / que viene rompiendo el fuego. [...] ¡Pasionaria! ¡Pasionaria! / ¡Yo soy de tu Regimiento!»
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No solía hablar de su intervención en la guerra civil. Comentaba que no hubo ningún mérito en participar en ella. Todos hubieran preferido no tener que ir. En un artículo de El País, en 1986, escribió: «Yo me enteré por primera vez de lo que es un fusil en el campo de batalla. El día de mi bautismo de fuego los silbidos de los proyectiles me parecieron pájaros. ¡Estaba tan bonita aquella mañana del reciente otoño!»
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Hecho carne de cañón. Allí en el barrio de Usera y próximo a los mataderos, tras ver a la caballería mora entrar en la Glorieta de las Pirámides y rechazarla, es herido en noviembre de 1936. Todo lo escribe en los tempranos romances de guerra que publicará en un libro de 1937, Romances de un combatiente, y serán recogidos en distintos romanceros de la guerra civil.
¡Ay que una bala enemigavino a alojarse, silbando,en mi cuerpo que se abrióen rojos jirones trágicos!Tendido en la tierra fría,tendido en el suelo áspero,quedé con los ojos fijosen el oscuro diáfanode la noche, ya delgada,que se iba, lenta, borrando.Me encontró el alba difusaal nuevo cielo mirando,por la trinchera calientey por el campo sangrando;rota mi carne, clavadapor un dolor apretado.
La experiencia personal aparece en esos tempranos poemas que él no quiso luego volver a publicar y, cuando aparecieron en algunas antologías reeditadas, los miraba con signos de lamentación. Era ya más fuerte el criterio estético que la emoción del momento. Él mismo sabía desde el principio lo caedizo de esa poesía visceral y de testimonio y lo confesó en una breve autocrítica que cierra el pequeño volumen: «Varios de estos romances [...] merecerán (han merecido algunos ya) la estima de algunos buenos gustadores de belleza poética, otros -no se me oculta ni tengo empacho en declararlo- únicamente [...] como índices de intensidad emocional del momento de la lucha»
. Produce melancolía recorrer sus versos, ya tan bien construidos, e imaginar lo que en ellos se narra. «Con bata blanca y cruz roja / vino a ser nuestra enfermera, / a curar carne del pueblo / que carne del pueblo es ella». Como, un año más tarde, cuando vemos el «Romance del estudiante que dejó de serlo»:
El libro donde estudiéguardádmelo, camaradas.Cuando vuelva, si es que vuelvo,he de volver a sus páginas.¡Si me quedo con la guerra,si por el campo me matan,dejad que en sus hojas frías,dejad que en sus hojas blancasotros nuevos estudiantesaprendan a amar a España!
Mi tío José Luis Gallego fue el primer periodista de la República en entrar en Teruel, en los días iniciales de 1938. Nunca le pregunté cómo convertir en palabra lo que nunca fueron sino hechos, esperanzas, dolor, piedras caídas. Todo aquello que tuve que aprender a sortear de niño desde el barrio obrero madrileño donde transcurrió nuestra infancia. El 26 de enero de 1945 había sido condenado a muerte y decidió dejar en completa libertad su corazón «para que él fuese vertiendo en el caz del verso bien amado -y en la medida que su guerra poética se lo permitiera- las aguas todas que manasen de las fuentes de sus momentos de tristeza, de esperanza, de duda o de serenidad, frente a la crucial situación de vida o muerte, atravesada»
. Me hubiera explicado que todo lo soporta la palabra, que en ella hay que creer y de ella hay que esperar. «Confío en vuestros mármol desnudo y asomado, / Altaneras palabras palpitantes»
. Nunca pude preguntárselo, porque la adolescencia se prolonga más de lo que creemos. Y aprende uno tarde, pese a todo, la importancia irremisible de la soledad.
Cada uno para sí y dios para todos. ¿O Dios? Nunca supe qué confesionalidad arrastra la mayúscula. Sí me quedó claro que la frase, oída más de una vez en el colegio, no responde a un criterio de reparto. Tampoco estoy seguro de que encierre realmente un sentido solidario. Como si al distribuir caramelos dijésemos: «a cada uno le corresponde uno, y los dos que sobran los troceamos para todos»
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Cada uno para sí reclama la necesidad de responsabilizarnos de nuestros propios actos. Lo que queda fuera del esfuerzo, de la voluntad y del alcance individual, permanece en manos del destino, de la suerte, de la casualidad, de que decida otro con su propio criterio. Si un dios existiese, tendría cosas más importantes que hacer y no el ocuparse del devenir de nuestros caramelos. Por eso, el refrán popular afirma, con sabia precisión, que a dios rogando y con el mazo dando, pues lo que no se obtenga con el propio esfuerzo no hay dios que lo otorgue, si lo otorga es que es injusto, y si es injusto no es dios. Por otra parte, bien que nos dieron con el mazo.
Leopoldo se hubiera quedado muy serio al leer esto. No porque no tuviera larga experiencia de trabajos ni porque el mazo no lo hubiera dejado dolorido, sino por la aparente seguridad religiosa de estas líneas. A lo más que llegó fue a decirme que no era suficientemente pedante para afirmar que dios existe, ni suficientemente pedante para afirmar que dios no existe. Nunca, en cualquier caso, faltó al respeto a credo o práctica religiosa alguna, porque aquello en lo que tanta gente cree merece siempre deferencia. Para él, la religión era una disciplina y, con Unamuno, podía constituirse en ayuda para la gerencia de la vida de quienes carecen de fuerza interior suficiente. Por eso no nos acompañaba cuando mi madre me llevaba, en Jimena, a refugiarme bajo el amplio y pesado manto de Nuestra Señora de los Ángeles. Mi madre pedía protección para nosotros y debió de surtir efecto su convencimiento porque casi conseguimos pasar de perfil, durante mi infancia, entre las más duras represiones del franquismo.
Nunca le oí crítica alguna de la religión o de la irreligión y, aunque fue traicionado por los jesuitas con los que había compartido actividades culturales en algún momento de su primera juventud, nunca los juzgó en conjunto. Era un agnóstico modélico. Como hubiera dicho Tierno Galván, para él no era posible conocer nada que esté fuera de las posibilidades de conocer y las posibilidades de conocer se agotan en lo finito. En el poema «Santos recintos», de su poemario Elegías de Struga, se desprende cómo, a la manera de Unamuno, vivía en el ansía y añoraba el misterio. «Van místicos por monasterios / y sufíes van por mezquitas. / Entrar y salir de recintos / de fe los veo con envidia. / Agnosticismo, viejo perro / que roe el hueso de mi vida»
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En la ciudad mexicana de Guadalajara existe una librería religiosa, «La Puerta de la Fe, S. A.». Esa sociedad anónima le hace a uno pensar en las finanzas. Leopoldo hubiera dicho que las finanzas dejan poco margen a la moral. Nada más. Nada menos. Pese a lo que escribí antes, heredé su agnosticismo y, por ello, supe comportarme con enriquecimiento personal en templos católicos, protestantes, islámicos, budistas o judíos. No necesito más. Nuestros dioses están próximos y se hablan en el espejo. Siempre conversamos con el hombre que continuamente nos acompaña y nos enseñó el secreto de la filantropía. Vivimos, pues, dejados de las manos de dios, pero no de la bondad o de la inteligencia. Afirmaba, con el apóstol Juan, que mientras se tenga luz hay que creer en ella para ser hijos de luz. Creía que la acción solo puede seguir al recogimiento de la reflexión. Por eso, como su padre, sabía leer a Robert Barclay. «Te acercaste a los hijos de la luz / porque la luz brotaba de ti mismo»
, escribió pensando en su padre.
Nunca ha quedado clara la diferencia entre la crónica, en que debieran consistir estas líneas, y la literatura, donde han ido a parar, lo que, al fin y al cabo y como él hubiera preferido, no es sino lo mejor que pudiera suceder. Estimaba que nada de su vida tiene especial interés, que quienes escriben autobiografías no son sino pretenciosos convencidos de ser muy importantes. Encontraba su satisfacción en la simplicidad. Solo le molestaban los colonialistas eruditos, es decir, los que se atribuían hallazgos que otros habían hecho antes. Fuera de esto era cordial, pacífico, receptivo, generoso. Respondía a mano a todas las cartas o libros que se le enviaban. Se levantaba tempranísimo para escribir sus respuestas, allí, sobre el poema de Alberti diluyéndose.
Busco deslizarme hacia la crónica, ser exacto, testimoniar, informar a los lectores. Decir que la historia del país lo condujo a la satisfacción y, luego, a cierto desaliento, a un escepticismo que prefería atribuir a que envejecía. Su poesía pareció dejar las preocupaciones neorrománticas y sociales, para insistir en lo existencial, manifestar su seguridad materialista, la serenidad de quien nada espera tras la muerte. Una muchacha mueve la cortina, Del temor y de la miseria, La sencillez de las fábulas, Tríptico de la materia humana, El viejo llamador, y tantas plaquettes abandonadas al albur de pequeñas colecciones no venales. En el último poema que escribiera, dejado encima de su mesa, sobre los versos dibujados y ya borrosos de Alberti, puedo leer: «No he nacido: tan sólo soy intento / y al filo de la muerte ahora me siento / una aventura tristemente rota»
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Una aventura rota. Aquel herido del barrio de Usera pasó por las manos de cirujanos y enfermeras, fue llevado al hotel Palace, hecho hospital de sangre, y luego al de Alicante. Allí vuelven las charlas con Miguel Hernández y vienen sus intervenciones en los actos de Altavoz del Frente, la participación en el teatro de agit-prop y, todavía con bastón, la escuela de Oficiales en Campaña de Paterna, la dirección del Centro de Reclutamiento de Gandía, el posterior destino como oficial al frente sur, su conversión en oficial de Estado Mayor, un nuevo destino junto al general Escobar en el ejército de Extremadura, su asistencia al general a la hora de rendirse en Ciudad Real ante el general Yagüe, cruel y mentiroso, el 27 de marzo de 1939. Luego la plaza de toros de la ciudad convertida en campo de concentración, en condiciones especialmente lamentables, el paso por el penal de Ocaña, el cínico juicio por «auxilio a la rebelión». Todo ello lo asentó en el campo de concentración de la sierra de Cádiz y le obligó a repetir el servicio militar, también a disimular su nombre tras un medio seudónimo. Un rosario de viajes y malhadados destinos, de tremendas experiencias, con la poesía siempre, la Segunda antolojía de Juan Ramón en el petate, los romances de guerra, las charlas con Juan Alcaide en La Mancha, los recuerdos de Miguel Hernández... Sin embargo, fuera de los romances, poco nos queda traducido en poema de aquella larga experiencia. Con «Dos décimas la muerte», en la revista Chabola y la página literaria del periódico Odiel, de Huelva, nacerá Leopoldo de Luis. El miedo (o la precaución) siempre manda. Pero también, allí, en un pueblecito gaditano con castillo y río conoció a Mariquita. En el pueblo, un zapatero remendón midió más tarde mi pie con una tira de periódico, me hizo unos botos y eché a andar por el mundo y los recuerdos. Solo se escribe caminando.
Muchos años más tarde, en Con los cinco sentidos (1970), un poema recordará una anécdota de cuando, prisionero transportado en un vagón de mercancías, con destino al campo de trabajos forzados, Leopoldo fuerza un portón y, junto a la vía, los compañeros se hacen con unas naranjas que resultaron amargas.
Morder una naranja amarga dejauna huella que el tiempo no disuelve.Con el sabor de la naranja amargaen los huertos del Sur la guerra inscribesu derrotada humillación, jalonasu acorralada estela. El hambre puedey la ignominia puede ser la pulpacarminativa de naranja acre.......................................................Los vencidosaquí se van tragando gajo a gajosu naranja o su penamientras transportan piedras o reponenla pista militar, mientras perforanuna montañas o levantan muros.
Mas la belleza aguanta. Lo soporta todo. Juan Ramón en el petate militar, para Leopoldo. Juan Ramón en la celda, luego, para José Luis. Porque la presencia del uno siempre estará en el pensamiento del otro. En el ejemplar de la Segunda antolojía, Leopoldo escribiría un «Soneto de gracias a J. R. J.», aún inédito, que termina: «Y aprendí a ver la claridad de todo, / la sencilla pureza, de tal modo / vuelto por ti emoción dulce y sonora // que soñé hacer lo que tu verso gana: / tirar la piedra de hoy para mañana / encontrarla hecha sol frente a la aurora»
. José Luis, en otro soneto, escrito en la celda, diría para seguir la pureza: «... Yo quiero prolongarte: ser la más delicada / ramilla de ese tronco por ti entregado al viento»
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La claridad lo invadió todo en aquella casa de la calle Jerónima Llorente. Yo me despeñaba por la escalera desde el cielo, casi patinaba, resbalaba, descendía alegre. La pureza de Juan Ramón iluminaba aquella infancia que, pese a todo, fue feliz. Una infancia de hijos de vencidos que escuchaba día a día hablar de poemas, de poetas y de belleza, teñía de color y tal vez, para nosotros de inconsciencia, la peculiar historia de nuestra represión. La belleza fue nuestra venganza.
Tenía Leopoldo fama de amable en aquellas calles del barrio obrero de Madrid en donde vivía. Frecuentaba un único establecimiento donde compraba el periódico todas las mañanas y fotocopiaba los poemas que luego leería en alguna institución. Al ir perdiendo vista, pedía que le ampliaran el tamaño de la letra y llevaba de viaje folios apaisados en los que nunca cabía un poema entero, ni siquiera un soneto. Cuando los vecinos llegaron a descubrir en los periódicos que era un escritor distinguido con el Premio Nacional de las Letras, comentaban entre sí: quién lo iba a pensar, ese señor tan simpático, siempre tan educado. Él subía en el ascensor hasta el sexto piso y contemplaba por los cristales el lejano paisaje de la sierra madrileña. Luego se sentaba y leía el periódico extendido sobre su mesa de trabajo. Raramente leía sin tener el libro totalmente horizontal. Necesitaba apoyo, asegurar el texto, fijar sobre el metal o la madera el enunciado. Muerta Maruja, se aferraba más y más a la mesa. «Llegó la soledad, trago salobre / que añade sed a una amargura añeja»
, escribió en el último soneto que publicase. «Llegó la soledad, caja vacía / para guardar sortijas de tristeza, / para descomponer pieza por pieza, / la máquina de amor de cada día»
. Pertenece a un libro escrito en un sanatorio, hace poco derribado. Estaba en la calle San Bernardo, esquina a La Palma. La calle ancha de San Bernardo. Lo fue escribiendo en un cuaderno escolar en la pequeña mesita de la habitación donde moriría Maruja. «Llegó la soledad, pájaro herido, / pájaro que arruinó su propio nido, / pájaro de sombríos aletazos»
. Cuaderno de San Bernardo. Allí, en un Madrid histórico, fue apagándose la vida de una compañera de sesenta años. «Llegó la soledad y no me he muerto. / La soledad me abre su desierto / y me quedo a vivir entre sus brazos»
. Se había ido apagando también la dedicatoria de Rafael Alberti puesta al pie de un poema impreso a gran tamaño y que Leopoldo había encerrado bajo el cristal de la mesa, como para escribir apoyado en los maestros. El sol lo fue borrando todo lentamente, testimonio de una vida que transcurre y pasa. Pasa el tiempo su látigo, dice un poema de Leopoldo que acentúa el encabalgamiento. «Pasa el tiempo / su látigo»
. La vida, al fin y al cabo, es un látigo inmisericorde. O termina siéndolo. Uno acaba siempre dando cuatro golpes fuertes en la puerta de la desgracia. Porque a los cachorros de hombre acaba amamantándolos la ubre de la discordia. Escribió El extraño y recordaba a Camus continuamente, aunque no creo que estimase el suicidio como el único problema filosófico realmente serio. Teatro real, Juego limpio, La luz a nuestro lado, De aquí no se va nadie son libros que fundamentan y desarrollan su poesía social y acompañan la famosa antología que publicó en 1965. Ilustran su clara preocupación por la vida de todos. «El hambre, triste pie que pisa / por el mundo. El dolor que a tanto ser acuna. / Mientras exista un niño sin pan y sin sonrisa / yo renuncio a la luna»
. Aunque su primer poema social pudiera ser «Fútbol modesto», del libro El árbol y otros poemas: «Delgados muchachitos, / pálidos obrerillos con sus botas gastadas, / bajo sus trajes grises, que van a hacer deporte / o a aprender que ellos mismos son un balón doliente / que a puntapiés manejan los grandes jugadores de la vida»
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Me he sentado en su mesa de trabajo. Contemplado su pluma no empuñada ya. Leído sus papeles, notas, adversarios, libros marcados. Busqué las mínimas huellas ya de las líneas de Alberti. Y desfilaron por el cristal imágenes de mi infancia, allá en el otro piso aún más modesto, donde él había llegado en 1944, sangre, sudor y lágrimas, ya sin cabalgadura, ni lanza, ni espada, ni pica. Desarmado. Cautivo no, excarcelado. Desfilaron las noches en que lo veía midiendo con una cinta marrón la caja de las pruebas y capillas, los telegramas que anunciaban los premios literarios que, durante tantos años equilibraron el presupuesto familiar, juegos florales, fiestas patronales, convocatorias de homenaje, pero también los silenciados reconocimientos de los escritores exilados en México, en Venezuela, en los países de la lejana Centroeuropa, la tarde adolescente en que lo acompañé a casa de Celaya y conversamos de las formas poéticas con Blas de Otero y de literatura francesa con Federico Sánchez, que se despidió de mí. Pasan así mismo, como en una cabalgada, la firma que falsifiqué en mi cuaderno de notas del colegio, la miserable respuesta de aquel ministro de Información a los escritores que le enviaron una carta contra la represión de las huelgas mineras asturianas, el libro recién aparecido al que se acaricia despaciosamente el lomo.
Veo mis manos ya tan parecidas a las suyas, con esas manchitas marrones que permiten contar los años, como las estrías de los tocones de esos árboles del Parque del Oeste, el viejo frente de batalla. Oigo entre los árboles el silbido de las balas que le parecieran un día cantos de pájaros. Mis manos son ya sus manos, heredan la tradición del verso, la retórica del canto, la cesión del dolor. Lo que no es tradición es plagio, dijo Eugenio d'Ors. Pasa el tiempo su látigo.
«Doy vueltas al contorno de la casa / en la que debo entrar, pero no hay puerta. / No hay ventanas. La calle está desierta. / No sé cómo este muro se traspasa»
. La casa ya no es la casa. Pero entro en ella que ya no es ella. Busco a mi padre que no puede estar. Et ainsi de suite. Es un absurdo círculo del recuerdo al presente y de este otra vez hacia el pasado. Pero el tiempo sabemos que nunca tiene tiempo.
Los padres mueren solos. No es preciso empujarlos, llevarlos en la barca hasta el centro del Sena y, abrazados a ellos, hacerles perder el equilibrio. No disputamos con él quién permanece junto a Teresa Raquin. Ningún excursionista deberá apoyar luego nuestra declaración. No disputamos con el padre. Solo compartimos complicidades. Nos contempla. Y, además, el padre es el río que nos lleva. «Humana estirpe: río irretornable. / En él voy y lo escucho en mi pecho, y lo toco. / Ya te vas deshecho, padre, en lo insondable. / Yo en mi gota de agua me ahogo poco a poco»
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Escribió Karl Jaspers en 1958 que «frente a la bomba atómica, considerada simplemente como el problema de la existencia de la humanidad, sólo hay otro problema con el mismo valor: el peligro de la dominación totalitaria con su estructura terrorista que anula toda libertad y toda dignidad humana»
. El peso cotidiano de la dominación totalitaria nos hacía sin duda olvidar la amenaza de la bomba atómica. ¿Qué amenaza? No vivíamos ese terror subterráneo de otros países. Ya teníamos bastante con nuestro propio terror, tan habitual como el miedo a que la lechuga de las ensaladas se hubiera regado con aguas fecales. Hoy todo esto puede mover a risa, pero no nos reíamos de ello por entonces. Estábamos convencidos de que lo importante era hacer la patria, la hija patria.
Aquí, en este piso de la calle Rodón, que ya no conserva ni el nombre, veo a este nieto mío, bisnieto suyo al que no conoció. Quiero entregarle el fuego que ya se me apaga entre estas manos con manchitas marrones. En esta habitación en la que duermes, le digo, trabajaba mi padre. Su mesa recibía en la mañana la claridad del día y, desde ella, contemplaba el cielo rojo de la tarde. Es muy posible que, al dormir, aún respires el eco de un poema perdido por la estancia, o un halo de inspiración que olvidase el día en que salió definitivamente hacia un hospital de versos sin retorno. El padre de tu abuelo queda para ti muy lejos. No te haces a esas marcas que el tiempo sigue para ordenar la vida y los recuerdos. Apenas si los tienes, aún construyes la pequeña cestita en que guardarlos, huevos de la aventura, manzanas de la esperanza. No sabes aún que la vida es ciervo herido por un bosque de amargura. Siguen para ti, con sus delantalitos blancos, el lagarto y la lagarta que perdieron su anillo de desposados.
Leopoldo es para ti solo un nombre. ¿Cómo hacer para que se llene el nombre exacto de vida, respire junto a ti, os miréis a los ojos? ¿Cómo conseguir que hagas tuyo en palabras lo que nunca viviste? Llegarías así a explicarnos esa vida que contemplas casi sin asideros y nos darías la esperanza de una ciudad verdaderamente nueva.
En esta habitación juegas a veces a hacer magia. Todo, Guillermo, puede ser digno de un mago. Y esa magia tal vez consiguiera traértelo aquí, hacer que te hablase desde las paredes que protegen tu sueño. Un escritor es sueño permanente, magia continua, doma de los caballos de la aurora, caja de sorpresas, bosque cuyas hojas, cayendo de una en una, envuelven a un lector que, como tú, lee acompañado de su cesta de recuerdos poco a poco llenándose, ojalá que a mi lado mucho tiempo. No saques nunca un pañuelo de una chistera falsa. Busca la madeja de colores de la poesía que siempre inunda nuestra casa.
Creíamos entonces, Guillermo, que lo importante era hacer la patria, cuando la patria es leerte un cuento tranquilo por la noche. Escuchar el silencio. Oler el perfume que permanece y nos lleva al pasado que sentimos presente. Hablan de la antorcha. De una llamita entregada. De un aliento. Aprenderás los tópicos como los aprendimos. Conocerás el taller, la madera y las virutas, las plumas del minero, el trigo, el pan y el agua, la tinta que cobra forma. Sabrás que eso que llaman patria se hace día a día, con lo que cada uno tiene a mano, tú también con los juguetes que ordenas por el cuarto, se construye con sudor y cansancio, con recuerdos y deseos, con la invención del tiempo, con ilusión de amor y con «la rosa de la esperanza aún en la sonrisa»
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Levantaba las manos, allí en la cama del hospital, decía «el mar, el mar», como aquellos viajeros de la Grecia antigua, «cuidado con las olas», como todas las madres al niño por la playa. Recordaba sin duda sus veranos infantiles. E intentaba aferrarse a algo invisible por el aire con unas manos en extremo blancas y afiladas. Luego, recuperaba la conciencia y hablaba de poetas, de amigos, de lecturas, recordaba a Maruja, preguntaba por los nietos, que no se queden esta noche, no se duerman mañana en el trabajo. Pedía noticias. No sabíamos que en casa lo esperaban docenas de poemas inéditos, proyectos de libros, cartas por contestar. Siguió haciendo la patria hasta el último día. Domingo. Ocho de la mañana.