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Don Quijote en Serbia: recepción de un personaje

Jasna Stojanović





En la historia de la recepción de Cervantes y sus obras en nuestra región, Don Quijote ocupa un lugar privilegiado. Pese al interés que han suscitado tanto las Novelas ejemplares como la obra dramática del autor, el corpus acerca de las mismas es incomparablemente menor si lo equiparamos al que poseemos sobre la gran novela. La recepción de este escritor español en la cultura serbia comienza ya a finales del siglo XVIII y precisamente con Don Quijote, en el momento en que Dositej escribe su Vida y aventuras (Život i priključenija) inspirándose en ciertas ideas de la novela. En su colección de tratados, titulada Consejos de razón sana (Sovjeti zdravago razuma) de 1784, apuntaba que el que tradujera Don Quijote al serbio le haría a su pueblo un favor mayor que el que le erigiera una iglesia.

Como vemos, el momento actual de esa recepción también vuelve a estar marcado por el libro sobre el hidalgo de la Mancha que un día partió a recorrer mundo en busca de aventuras. Hasta en nuestra cultura, que no puede presumir de tener gran tradición hispánica, se celebra este jubileo, lo que dice mucho a favor de la devoción al libro de Cervantes. (A su vez, creo muy significativo el hecho de que el último aniversario -la celebración del III Centenario de la publicación de Don Quijote en 1905, al igual que la de 1916, no se conmemoraran en absoluto en Serbia ¡Por lo que mucho hemos avanzado desde entonces!).

Sin embargo, no es mi intención hablar en esta ocasión de la profunda huella que ha dejado Don Quijote en nuestra hermosa literatura -he tratado este tema en el libro Cervantes en la literatura serbia, publicado por la editorial Zavod za udžbenike i nastavna sredstva. Lo que sí me gustaría hacer es mostrar cómo nuestros críticos literarios han interpretado y percibido al personaje de Cervantes: si éste ha sido aceptado y de qué manera; cómo ha sido valorado; qué características suyas hemos asimilado como nación; y finalmente, hasta qué punto nos hemos podido reconocer en él.

En cualquier caso, los primeros juicios críticos sobre el tema datan del siglo XIX. La inmensa popularidad europea de la novela cervantina alcanzó nuestras regiones en las primeras décadas de dicha centuria; nuestra gente culta leía Don Quijote en alemán y francés al no disponer aún de una traducción al serbio.

Božidar Petranović, un culto serbio de Zadar e historiador de la literatura universal escribió en 1838 un breve texto sobre el caballero manchego, texto que tenía que haber formado parte de su Historia de la literatura universal, obra concebida seriamente, pero que desafortunadamente nunca llegó a publicarse. Se trata de un escrito de apenas diez frases que, sin embargo, impresionan por su frescura y espontaneidad. Aunque con una formación racional, Petranović presintió la humanidad y complejidad del hidalgo, rasgos en los que insistirían tanto los románticos. Según él: «Todas sus peripecias [se refiere a don Quijote, nota de autor] tienen origen en generosas ideas que le fascinan; guiado por estos pensamientos, le vemos involucrado en muchas locuras con el ansia de defender al más débil, corregir las injusticias cometidas, alentar al oprimido». A continuación añade: «Además, dejando de lado sus ideas románticas acerca de la caballería de aquel entonces, ideas que le hacen gracioso, él era todo sentido común y justicia»; el autor termina con una pregunta retórica, anunciando la esencia de la percepción de este personaje en nuestra cultura -la inmensa simpatía que sentimos por él. Petranović se pregunta: «¿Qué héroe tan extraordinario es este don Quijote? ¿Y quién no lo querría por todas las tonterías que hace?».

En cuanto a la aceptación de Cervantes y don Quijote, podemos decir con toda libertad que el siglo XIX estaba marcado por la figura de Djordje (Jorge) Popović-Daničar, primer traductor de la novela en esta región. Durante décadas y, ya desde sus días estudiantiles, Popović meditó sobre este libro que, a su juicio, es «la mejor novela del mundo». Después de publicar primero dos fragmentos en La semana de Novi Sad, decidió dejar la traducción por parecerle una hazaña demasiado difícil; luego, tradujo del francés una adaptación de Don Quijote para jóvenes, puesto que dicho idioma lo dominaba mejor (publicada en Pančevo en 1882). Finalmente, gracias a su excepcional perseverancia, logró publicar en Belgrado en 1895-96 la traducción integral de la obra en cuatro volúmenes. Durante mucho tiempo se dudó, pero hemos comprobado que manejó un original castellano; creemos que fue alguna edición publicada en París o en Leipzig en los años treinta del siglo XIX, cuyo texto estaría basado en la así llamada cuarta edición de la Real Academia Española.

La traducción de Daničar es obra de un entusiasta fervoroso de Cervantes. Pese a sus defectos, durante casi cien años ha supuesto la única traducción serbia gracias a la cual generaciones enteras llegaron a conocer la historia de Alonso Quijano. Digamos también que Djordje Popović escribió el prólogo a la traducción describiendo con fervor tanto al personaje de Cervantes como al de su protagonista. He aquí cómo describe al hidalgo manchego: «Al principio don Quijote no es más que un tonto, un tonto de verdad [...]. Pero eso dura poco. ¿Acaso pudo Cervantes permanecer mucho tiempo entre la locura y la estupidez? Poco a poco llega a querer a sus personajes, a esos hijos de su entendimiento - así es como los llama; pronto les dota de su inteligencia, de su espíritu [...]. Le otorga al señor un entendimiento sublime y profundo, que mismamente se puede obtener a través de una mente clara, unos estudios y reflexiones [...]»1. Popović consiguió que el viejo hidalgo se presentara cercano y cariñoso al lector serbio, tal y como fue para él mismo.

Hay que resaltar que Daničar se inspiró bastante en las ideas del cervantista y traductor francés Louis Viardot. Aún y así, y pese a su falta de originalidad, este prólogo fue de importancia vital para formarse una idea de Cervantes y su protagonista.

Asimismo, cabe mencionar el impacto que causó Turgueniev en nuestra percepción del caballero manchego. En un ensayo muy leído sobre Hamlet y Don Quijote, presenta al héroe cervantino como un luchador al que no desaniman los golpes del destino y que al final sale como vencedor. Semejante visión gozó entre nosotros de una comprensión y simpatía propiamente eslavas. Además, al pueblo serbio le es muy cercano ese espíritu, sobre todo aquel proveniente de los poemas épicos, donde no es nada extraño que los protagonistas muestren abnegación y humanidad heroica en la lucha por sus ideales. En todo caso, la época en la que la novela de Cervantes empezó a penetrar en nuestra literatura marcó de manera duradera la percepción de este libro y de su protagonista. Fue en momento en el que se sentaron las bases de la moderna cultura serbia y, a la vez, la época de valoración particular de las ideas de libertad y justicia, ideas que encarnaba el Don Quijote romántico.

Jaime Davičo, destacado sefardí de Belgrado, traductor y crítico de teatro, emitió en 1895 un juicio sumamente idealizado de la novela que, en nuestra opinión, es el reflejo de una actitud general en ese entonces. En un texto Davičo evoca la charla con el poeta Vojislav Ilić, a quien le parece que «todo en Don Quijote es una ilusión, tal y como lo es en la imaginación de un enfermo». Davičo, sin embargo, explica a su amigo que «Don Quijote representa el cuento del eterno genio de España y a la vez un cuento de anhelos caballerescos de almas ideales y justicieras, de todas las naciones y de todos los tiempos». «Cierto es», dice Davičo a continuación «que la imaginación de Don Quijote es compasiva y seria, pero bajo el gracioso traje de este [...] caballero late un corazón heroico que corre hacia una meta sublime que consiste en: proteger a los desprotegidos, castigar a los canallas y hacer justicia por todas partes con su espada y su voluntad. Es la encarnación de todas las virtudes»2. Según los testimonios de aquella época, parece que Davičo ayudó a Popović en la traducción de la novela ya que él mismo vertió al serbio dos entremeses cervantinos y los publicó en 1905 en las revistas literarias belgradenses. Aprovecharía esta ocasión para hacer hincapié en el importante papel que desempeñaron los judíos españoles como intermediarios entre la literatura serbia y española, contribuyendo valiosamente a nuestro conocimiento de Cervantes. Además de Davičo, cabe mencionar a Kalmi Baruh y a Jaime Alkalaj, quienes interpretaban y traducían al novelista como grandes conocedores que eran de él.

Volviendo al caballero de La Mancha, queremos subrayar que esta imagen idealizada tampoco cambió sustancialmente en el siglo XX, si bien aparecía en distintas «versiones» o tonalidades. Isidora Sekulić, por ejemplo, la interpreta a su manera: percibe a Don Quijote como sediento de fama, pero no de fama vana, que corrompe al individuo, sino de la que cambia y enaltece el mundo. Ella dice que Don Quijote lleva una vida elevada y noble, y que la compasión y la imaginación mueven su voluntad con una fuerza y perseverancia extraordinarias. Ella también cree que es un héroe trágico, al afirmar que aunque anhela la fama, no anhela la felicidad3.

Para Zdravko Jagodić, hoy día olvidado editor de la revista Pensamiento cristiano (Hrišćanska misao) entre 1937 y 1940, Don Quijote, siguiendo la concepción nietzscheana del super hombre, es un héroe. Es un hombre liberado de los rescoldos de la época, un hombre consciente o, dicho de otra manera, es esencia y espíritu. Jagodić recuerda que «Lo eterno en el hombre [...] es lo que queda al reducir todas las características que bajo la influencia del clima, la raza, el terreno, etc. tienen su principio y fin en el tiempo. [...]. El héroe vive en aquello que une a la gente y se mantiene por encima de todas las ideologías particulares»4. Como las críticas del héroe afectan a todo y a todos, se trama un complot contra él y éste tiene que morir solo. Teniendo todo esto en cuenta, el ingenioso hidalgo, según la opinión de este teólogo serbio, es una «Imitatio Christi». «Don Quijote se hizo cargo de una misión divina a pesar de ser un hombre. Por lo que de ahí procede su componente trágico»5.

Los años treinta añadieron nuevos matices a la mencionada percepción del hidalgo manchego. En esta época y debido a la Guerra Civil, España, su cultura y su literatura se convirtieron en temas actuales en las tribunas, tertulias y en la prensa siendo Don Quijote percibido como símbolo auténtico de España y del pueblo español en la lucha por su libertad. En aquel momento Marko Ristić hablaba de él como de un «guerrero soñador»6.

Los años cuarenta fueron años difíciles para la cultura y la literatura. No fue hasta comienzos de la década de los cincuenta cuando las actividades espirituales recuperaron su vitalidad. Se emprendió la reedición de Don Quijote: la editorial Novo Pokoljenje de Belgrado publicó la traducción de Popović, la cual ya no se podía adquirir en el mercado desde hace mucho tiempo y que iba acompañada del texto de Heinrich Heine. Asimismo se publicaron adaptaciones y fragmentos en varias revistas literarias.

En cambio, los años sesenta fueron muy fructíferos gracias a las distintas interpretaciones que del personaje de Cervantes hicieron conocidos críticos, escritores y filósofos: Nikola Milošević, Ivo Tartalja, Milan Damnjanović y Radovan Vučković. El tratado de Milošević sobre un Cervantes nihilista y un don Quijote grotesco sin sentido de la realidad, afirma dos cosas: en primer lugar, la idoneidad de la novela cervantina para prestarse a diversas lecturas; en segundo, gracias a esta contribución, la crítica serbia se acercó por primera vez a las interpretaciones modernas de la novela como obra cómica. Además, este texto de 1962, titulado «Don Quijote y el nihilismo» adquiere importancia porque abre una nueva etapa en la percepción serbia de esta obra, una percepción que desde un punto de vista superficial (que es el que se percibe primero) raras veces se adentraba en capas ideológicas más profundas y durante mucho tiempo sólo tuvo en cuenta los juicios de intérpretes extranjeros. Milošević, sin embargo, hizo su propia síntesis basada en una literatura muy variada y presentó distintos y originales puntos de vista con respecto a la novela.

No obstante, el hilo romántico, por así decirlo, sigue presente por ejemplo en los textos de Sreten Marić y Svetozar Koljević, siendo este primero el que, en particular, dejó una profunda huella. Su ensayo «El loco trágico», de título muy significativo, ofrece una visión del Quijote como Caballero del Libro. Marić considera la novela como una reflexión sobre la literatura, sobre la importancia del Libro y su enfrentamiento con la vida. Don Quijote es «un triste santo del calendario intelectual apedreado con la burla». Marić se refiere a él como al alter ego de Cervantes, idea que no es nada nueva7. A continuación dice que la tragedia de Don Quijote se fundamenta justamente en el hecho de que es un loco lúcido: «Él se da cuenta de una cosa más, [...]: que la realidad española no es lo único que está podrido, vacío o fuera de lugar, sino que incluso los ideales son miserables y están podridos cuando la realidad no los nutre»8. Al mismo tiempo Marić subraya la ambigüedad del personaje cuando dice: «El Caballero de la Triste Figura es a la vez la encarnación caricaturesca del dogmatismo y el representante del libre espíritu; es la caricatura del dogmatismo por todo aquello que le hace estar loco y obsesionado y es representante del libre espíritu por lo que le hace sabio e inteligente, o sea, por todo aquello que le hace ser un hombre apreciado y respetado por todos los personajes del libro»9. El ensayo de Sreten Marić perdura de forma singular en nuestra cultura: se reeditó al menos cuatro veces en treinta años siendo la primera vez en 1968 y la última en 1998.

La idea de la ambigüedad de la novela y de su protagonista está presente desde hace mucho en la literatura cervantina, pero la podemos encontrar también en los escritos de Svetozar Koljević. Según este exégeta, Don Quijote es a la vez el personaje más gracioso y el más fascinante de la obra. Koljević explica este punto de vista diciendo que es «la expresión de la verdad eternamente ambigua del destino humano»10. Por eso el fanatismo de Don Quijote es positivo: no representa solamente la expresión del egoísmo, sino también el esfuerzo magnífico y noble de transformar la realidad. Es la expresión de aquella fuerza primitiva que crea la historia, transforma las relaciones humanas y la vida. Vemos que este crítico se inspira -una vez más- por la interpretación romántica. El héroe cervantino es consciente de sus propias limitaciones y de su impotencia, y también de que se engaña a sí mismo, lo que le hace trágico: «La fantasía de Don Quijote, que representa el esfuerzo humano por liberarse de los grilletes de su propio egoísmo hasta alcanzar la libertad concebida como la visión final de la justicia social y existencial, adquiere el matiz trágico de la eterna aspiración humana hacia una vida mejor, más honorable y bella, una aspiración que desde tiempos inmemoriales ha sido la primera fuente de todos los logros humanos. Una aspiración en la que, yendo contra la realidad, uno se convierte en el autor de su propio destino»11. En ese contexto, Koljević también se centra también en la ironía cervantina que se refleja justamente en el personaje principal, a menudo escéptico y dudoso de sus propias aventuras y alucinaciones.

En las décadas posteriores se siguió escribiendo sobre el héroe cervantino: Aleksandar Bjelogrlić y Aleksandar Milosavljević publicaron sendos ensayos sobre su locura, reiteradamente contrastada con la de Hamlet; Tihomir Brajović elaboró un análisis de la relación de Don Quijote con la picaresca, etc. En los años ochenta se produjo una gran novedad en la interpretación de la novela y su protagonista, al originarse la crítica académica que poco a poco fue introduciendo métodos interpretativos más rígidos y más objetivos. No obstante, pese a esta diversificación en la exégesis de Cervantes, hay que decir que la mirada a más de ciento sesenta años de ininterrumpida tradición crítica en torno a Don Quijote, revela lo siguiente: por un lado, el momento de la recepción, antes que nada, fue de importancia crucial. La realidad política serbia de mediados y de la segunda parte del siglo XIX engendró un gran interés por el escritor español, al igual que por algunos otros grandes autores del romanticismo europeo (Hugo, por ejemplo); por otro lado, nuestra joven sociedad burguesa, al liberarse de los turcos, se encontraba en un gran fervor patriótico y en busca de la afirmación nacional y social. Cervantes respondió a las expectativas de los intelectuales de la época tanto por el mensaje humano de su libro como por el altruismo del hidalgo manchego. En este empeño por construir una nueva sociedad avanzada, en contra del absolutismo y el feudalismo, las ideas de don Quijote sobre la necesidad de ayudar a los desprotegidos, los pobres y los oprimidos, de eliminar la ignorancia, la pobreza y el abuso de poder cobraban un sentido especial. El mismo Cervantes encarnaba esta actitud vital, siendo él mismo un individuo atormentado, condenado a luchar constantemente contra los golpes del destino.

Aparte de la difusión universal de este mito de la cultura moderna, los motivos de la simpatía por el hidalgo manchego tal vez haya que buscarlos también en la mentalidad de nuestro pueblo, formada por una historia dolorosa y constantes luchas por la libertad y la independencia. Este aspecto heroico, que los románticos, sobre todo los franceses, atribuyeron tanto a Cervantes como a su caballero, se ganó la simpatía de los intelectuales serbios del XIX. Aunque en nuestra tradición no existieron ni la caballería ni la literatura caballeresca tal y como florecían en Europa Occidental, sí que existió el poema popular, lleno de héroes fuera de lo común, cuyos motivos para ir a la batalla, como destaca Miodrag Popović, no eran ni «la vanidad heroica, ni la lealtad del vasallo a su soberano, sino los ideales», como en el caso de don Quijote. En la idiosincrasia del pueblo serbio están implantados los valores que reconocemos en la concepción romántica del hidalgo manchego: temeridad y abnegación, humanidad y generosidad con los demás, al igual que el estar siempre preparado para enfrentar nuevas batallas.

Hay una componente más de nuestra épica oral que, acaso, ha posibilitado una fácil recepción de la obra de Cervantes. Se trata del motivo poético de la supresión de los límites entre la vida y la muerte, es decir, el heroísmo como camino hacia la eternidad, presente sobre todo en el mito kosovar. Numerosas semejanzas tipológicas de Don Quijote y nuestra poesía épica oral -que valdría la pena investigar- tiene su correlato en «la mentalidad de la gente de esta región, su anhelo por el monólogo épico y por la viva descripción de los hechos históricos» (Z. Konstantinović, Visión comparativa de la literatura serbia)12. Además, esas narraciones épicas, que representan la síntesis de las ideas y de los valores vitales, están arraigadas profundamente en la vida del pueblo y en su modo de entender el pasado. Por eso, no es de extrañar que a finales del siglo XIX Don Quijote fuera percibido también como una obra maestra por su valor educativo (recordemos la recomendación de Davičo de que dar al público serbio la traducción de Don Quijote significa «entregarle otra Biblia en las manos; es decir, animar y fortalecer su alma y corazón en aquellos días de abatimiento general»13).

Es innegable que tanto Miguel de Cervantes como los valores estéticos y éticos de Don Quijote jamás han sido objeto de polémica o de crítica negativa de parte de los lectores serbios, lo que desde un principio hasta nuestros días ha influido sustancialmente en la dirección que ha tomado la recepción crítica y la percepción de su arte, que hemos intentado esbozar en las páginas anteriores.





 
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