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A ninguno de los autos sacramentales de sor Juana se le puede datar con certeza. Georgina Sabat-Rivers coloca la creación del Hermenegildo entre 1680 y 1691 (176-7). El Divino Narciso apareció en 1691; El mártir del Sacramento, San Hermenegildo y El cetro de José al año siguiente. Sin convicción alguna, el Hermenegildo generalmente se tiene por el segundo auto escrito.
Sobre el interés literario y temático de este auto, Octavio Paz concluye que «la versión de sor Juana de la historia de Leovigildo y Hermenegildo no sólo es sumaria sino injusta. Pinta a Leovigildo vacilante y cruel como todos los tiranos, bajo la influencia perversa de un obispo arriano que se llama Apostasía, mientras que Hermenegildo y su mujer, la católica franca Irgunda, son las imágenes de la fe, la caridad y el amor filial» (454), visión de los sucesos y sus protagonistas que Paz claramente rechaza. José Joaquín Blanco, en su historia reciente de la literatura mexicana colonial, desprecia la estética de la obra, describiéndola como «algo desmañada» y de tema «abstruso y ajeno» (54).
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Incluso los estudiosos más devotos a sor Juana no le han hecho caso al Hermenegildo, y poco más a El cetro de José. Por motivos estéticos y hermenéuticos, El Divino Narciso es claramente el más coherente y emotivo de los autos de la monja, pero la atención exagerada que se le ha prestado a este solo texto distorsiona la impresión global que tenemos de la contribución que ella hizo al drama religioso. Tanto el Hermenegildo como el Cetro significativamente afirman la ideología no-conformista que se ha encontrado más accesible en sus obras privilegiadas. Unos cuantos analíticos, entre ellos Georgina Sabat-Rivers y María E. Pérez, han rescatado el Hermenegildo y el Cetro de un desplazamiento casi completo en el campo crítico. No obstante, se les da más atención a las loas que a los propios autos. Entre obras que incluyen análisis de los autos dentro de un marco americanista recomiendo, también, el estudio interesante de George H. Tavard.
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El tópico de los regalos de Cristo a la humanidad (sus finezas) conforma un leitmotiv a través de la obra sorjuanina. Ella pronuncia su palabra más enfática -y peligrosa- sobre el tema en la Carta atenagórica de 1690. La Carta, un ejercicio en disputación retórica que refuta, punto por punto, lo que hacía 40 años un jesuita portugués había predicado sobre las finezas de Cristo, originó el escándalo que culminó en la decisión súbita y aún misteriosa de sor Juana de renunciar su carrera literaria, dos años antes de su muerte en 1695. Al final del documento, sor Juana presenta su creencia personal, la cual afirma que el acto más amoroso de Dios son los «beneficios negativos», los que se niega a hacerle al hombre, y esto porque Dios «sabe lo mal que... hemos de corresponder» los beneficios (404: 435). Según la monja, Dios ha dejado al humano en la libertad de escoger y actuar según le dicte su propia conciencia (404: 435-9). El peligro en esta afirmación es que deja fuera al sacerdote mediador del proceso de unir el alma humana con Dios, y plantea en cambio un contexto teológico en el que Dios como Creador del mundo sin embargo ya no participa en el desarrollo espiritual del hombre. Este tipo de pensamiento se acerca heréticamente al «pensamiento libre» y antidogmático del Siglo de las Luces. Véase Elías Trabulse (17-8) y mi «Dios todavía es mujer».
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Georgina Sabat-Rivers (276) dice que el Hermenegildo y su loa, dirigidos los dos al rey, la reina y la madre reina de España (369: 463-73), tuvo que haberse compuesto entre 1680 y 1691, y que probablemente fue el primero de los tres autos que escribiría. No se representó ningunas de estas obras en Madrid o en México, pero sor Juana las escribió pensando que lo estarían. Es más, dice Sabat-Rivers, es probable que el mensaje en pro del pueblo indígena de las loas de El cetro de José y El Divino Narciso figurara en las decisiones de no estrenar las obras en teatro (277).
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Sor Juana basa su argumento en la clásica Historia de España (1601) del padre Juan de Mariana.
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Sin querer ser irreverente, ésta es la imagen de un Dios quien, como el Hijo de Sí Mismo, se Hablaba a «Sí Mismo» cuando rezaba y predicaba durante el tiempo que escogió andar entre mortales. (María, por supuesto, sería al mismo tiempo la madre y la esposa de Dios, lo cual es un concepto de la divinidad multipersonal que resulta sólo un tanto menos complicado que los romances familiares de paganos que construían su idea del Creador Supremo).
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Véase el capítulo anterior de este volumen, y mi «Dios es todavía mujer», citado en nota 3 del presente. Entre estudios de que me valgo para estos análisis figuran toda la obra de Mikhail Bakhtin, pero más especialmente Rabelais; y las obras de Carroll, Eisler, Pagels, Paglia, Ranke-Heinemann, Reuther, Warner y Witherington III.
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Sobre la filosofía espacial que históricamente ha orientado la mentalidad mexicana, antes y después de Cortés, véase Broda. Para una «aplicación» de esta orientación cosmológica en la modernidad, véase por ejemplo las crónicas de Carlos Monsiváis. Su prólogo «Lo marginal en el centro» (11-5), de la colección Entrada libre, explica que los tercos problemas de la sociedad y el gobierno contemporáneos de México se arraigan en el centralismo extremo, estructura autoritaria (y prehispánica) que o no deja al campo más que las migajas de un banquete económico servido a la capital o atrae poderosamente a un campo que se sumerge en el vórtice de la ciudad de México y sus metrópolis satélites.
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En un romance, por ejemplo, se queja de que «la virtud y la costumbre / en el corazón pelean, / y el corazón agoniza / en tanto que lidian ellas» (57: 58). En otro poema, una décima, sor Juana lucha por escoger entre la lealtad ciega al sentimiento y la obediencia consciente a la inteligencia:
| (99: 21-30) | ||
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Sobre hermetismo, neoplatonismo y la Cábala mágica, véase, por ejemplo, Paz, Trampas, especialmente (212-41); Yates y Pascual Buxó.