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En sor Juana, Cristo se funde con María. Son frecuentes las imágenes que los presentan como reflejos una del otro (Egan 327-29). De esta forma María llega a formar parte igual de la Trinidad, conjunto de aspectos divinos que remeda varios de los trinos gnósticos (332).
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Jorge Luis Borges incorpora la misma imagen geométrico-gnóstica de Dios en su relato canónico, «El Aleph»: «Alanus de Insulis [habla] de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna» (1: 625). De hecho, la obra borgiana está empapada de la visión platónico-gnóstica del cosmos, con énfasis particular sobre la rama mágico-herética de esta filosofía, la Cábala, filosofía numerológico-onomástica que expusieron los judíos españoles del siglo XIII. Ver, por ejemplo, aparte de «El Aleph», los relatos «La muerte y la brújula», «El Sur», «Las ruinas circulares», «El acercamiento a Almustásim», «Tlon, Uqbar, Orbis Tertius», «La lotería de Babilonia» y «La forma de la espada», además de sus ensayos «Una vindicación de la Cábala», «Una vindicación de Basílides» (l: 209-16) y «La Cábala» (2: 267-75). José Isaacson se acerca a un análisis de lo gnóstico en las ficciones filosófico-fantásticas del argentino, en «Borges y la cábala, o el escritor frente a la palabra».
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Antonio Alatorre nos ha dado la mejor discusión que conozco sobre cómo sor Juana, en un momento, despidió a su confesor, el padre Núñez, diciendo que las constantes quejas de éste ante su oficio de escritora «irrita mi paciencia» hasta tal punto que «ya no puedo más». Lo gnóstico de su postura, si se quiere, se ve en la independencia rebelde que demuestra («¿quál era el dominio directo que tenía Vuestra Reverencia para disponer de mi persona y del alvedrío... que Dios me dio?» así como su aseverancia de que
| (Alatorre 625 -26) | ||
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Carta Atenagórica, 404: 413: El «entendimiento humano» es una «potencia libre... que asiente o disiente necesario a lo que juzga ser o no ser verdad». Y, Respuesta a sor Filotea de la Cruz, 405: 468, aludiendo a la feroz crítica que se le hacía a su Carta atenagórica, en la que debate un sermón del padre Vieyra: «Llevar una opinión contraria de Vieyra fue en mi atrevimiento, y no lo fue en su Paternidad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi entendimiento tal cual ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solar?»
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Ver Carrof, Kristeva, Eisler, Warner. Desde varias perspectivas (psicológica, antropológica, teológica, literaria) estos autores trazan un linaje convincente para la Virgen, descendencia que comienza con la Gran Madre Diosa de la tierra, pasando por la Isis egipcia y sus contrapartes griega y romana, para coexistir con la Sophia gnóstico-hermética.
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Había sectas gnósticas tan ascéticas que rehusaban casarse, procrear o de cualquier manera atender al cuerpo. Ni querían tocar la tierra o comer de sus frutos. A fuerza de la pura voluntad, querían convertirse en espíritu y regresar inmediatamente a la Pleroma para reunirse al Cuerpo Divino. Ver Couliano y Filoramo, sobre todo.
Los Padres de la Iglesia detallaron los ritos y creencias de las sectas gnósticas minuciosamente, a fin de condenarlos como heréticos. Sor Juana pudo aprender del gnosticismo de sus lecturas «ortodoxas» de Ireneo, Agustín, Crisóstomo, Jerónimo, et al.
Sobre el impulso del andrógino psicológico de dirigirse hacia la autonomía, especie de «virginidad social», ver Kari Weil (115, 145-69).
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Se cita por el número de volumen porque se trata de una nota del editor Méndez Plancarte.
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De veras, la trinidad cristiana predilecta de sor Juana es totalmente femenina y consiste en María, Eva y Ana (60), «la Trivia Diosa» (3). Que María es la «segunda Eva» redimida es un artículo de la fe gnóstica, y también de la mariolatría febril del medioevo. El linaje divino que sor Juana así establece va de Eva a Ana, madre de María, hasta la hija Virgen.
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Miguel de Unamuno señala que «las herejías son necesarias para la salud filosófica, y aún más la teológica, de una cultura» (traducción mía, citado en Kerrigan 11).
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En un villancico, María es «la valiente Belona, / de Dios armada, / que al Infierno y sus huestes / vence y espanta» (XXXVIII: 33-6).