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Para explorar el tema de lo andrógino (que incluye la asexualidad de la virgen) en el campo socio-religioso, véase Eisler, Pagels, Ranke-Heinemann, Ruether, Stone y Witherington III. El libro de Bajtín sobre La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento también ayuda a explicar el parentesco que hace tiempo veo entre la mariolatría de sor Juana y su devoción a la diosa pagana-neoplatónica, Isis.

 

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En diversas partes de su obra declara, entre otras cosas, que «no es el sexo / de la inteligencia parte» (37: 31-32) y que ella misma no es «mujer que a alguno / de mujer pueda servirle» porque «mi cuerpo, / sin que a uno u otro se incline, / es neutro, o abstracto, cuanto / sólo el Alma deposite» (48: 103108).

 

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Beatriz aparece de cazadora Amazona, al comienzo de la comedia, perseguida por un galán a quien rechaza y quien, naturalmente, compara a la bella Amazona a la divina Diana (45-46). En la loa organizada como un debate (381: 141-68), una Venus marcial y un ejército de Amazonas disputan un punto de honor, cual guerreros caballerescos.

 

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Sobre el cuerpo «cósmico», véase los capítulos cinco y seis de CP (273-331; 332-93) y DI 170-78. El concepto bajtiniano de la índole transgresora del cuerpo «grotesco» constituye una especie de dialogismo o enunciado carnal, un cuerpo doble dialógico (CP 284-90); tal semántica del físico no sólo se relaciona con la discusión bajtiniana de la auto-imagen construida desde la óptica del Otro (ECV 34-35), sino que también, por localizar el cosmos dentro del cuerpo humano, alude a la tan comentada filosofía neoplatónica que impregna la obra de sor Juana, más notablemente en sus loas, el Neptuno alegórico y el magisterial Primero sueño. El énfasis de estos pensamientos sobre lo dualista, ambivalente, antitético y andrógino (lo pagano) es ubicuo en sor Juana. Para una discusión general del neoplatonismo y hermetismo, véase Yates. El vínculo neoplatónico con lo carnavalesco se ve especialmente claro cuando Bajtín cruza su descripción del cuerpo cósmico, del andrógino y del femenino divino con lo que dice de los viajes-sueños fantásticos y utópicos de la sátira menipea. Explícitamente, Bajtín relaciona las imágenes del cuerpo con el neoplatonismo cuando describe la percepción popular del hombre como «superior a todas las criaturas, incluyendo los espíritus celestes, porque no es solamente la existencia sino también el devenir» (CP 328).

 

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Extraña, tal vez, que la monja heterodoxa no haya incluido a la Virgen de Guadalupe en su panteón de diosas. La única alusión a la virgen mestiza de México que encuentro se presenta, realmente, en el limbo típicamente carnavalesco; si un lector oficial quisiera protestar el tema, sor Juana podría replicar que sólo se refería ingeniosamente a la quemadura que María recibió del Sol de Cristo: «Morenica la Esposa está, / porque el Sol en el rostro le da» (281: 1-2). Pero es sugerente su enfoque en la cara «morenica» de la Virgen-Iglesia en México. La poeta extiende el tropo hasta el final del villancico y es posible que me esfuerce demasiado por toparme con una Guadalupe popular, pagana y polémica donde tan lógico sería encontrarla. José Joaquín Blanco tal vez lo explique con su detallada referencia a la controversia en su fondo violenta sobre la Virgen mexicana; justamente en el momento de sor Juana, los criollos empezaban a adoptar a la Virgen Morenita como el adalid de su movimiento independentista (2: 50, 89-106, 220-46). El peligroso contexto político bien podría impedir la aparición en sor Juana de la encarnación mexicana de Isis y María.

 

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Paz resume bien estos aspectos de la crux ansata (423-27). Se pregunta si la monja evoca el antiguo símbolo egipcio porque «obedeció, como dicen ahora, a "un dictado del inconsciente"» o si «fue "un consciente desafío"»? (424). Para mí, fueron las dos cosas. La fuerza del carnaval, implícito en su cuadro biográfico-histórico y explícito en muchas de sus fuentes de lectura, debía haberla inclinado hacia la exploración artística de estos temas populares. Su inteligencia y amor a la justicia humana la impulsaría a arriesgarse, aún a sabiendas del peligro que corría por sus escritos.

 

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En sor Juana, esta figura está travestida más abiertamente en la diabla Eco del auto El divino Narciso.

 

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Los conceptos relacionados al «realismo grotesco» incluyen el desmembramiento (por medio del cual una precisa visión médica del cuerpo se funde con la filosofía cósmica) y el «blasón», fenómeno literario popularizado en el Renacimiento que designa la alabanza y la injuria a la vez, con el fin de renovar. Véase CP 294-96, 326, 361-62, 370-71 y 385.

 

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Otros retratos femeninos de sor Juana pueden considerarse semejantes modelos de la visión folclórica del cuerpo como «boca abierta» que dialoga con otros y el mundo. Véase, por ejemplo, cómo sor Juana también se niega a pintar a la condesa de Galve según la manera artificial y cosificadora de los «maestros». La visión tradicionalista tiende a orquestar una pose y quitarle al sujeto la potencial para crecer, cambiar e incluso morirse. El retrato que sor Juana hace de Elena (43) deja al cuerpo sin acabar, «abierto» a la transformación en la vida.

 

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El análisis de Josefina Ludmer del «saber» y «no saber» en la Respuesta es un punto de partida clásico para investigar este aspecto carnavalesco en sor Juana.

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