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ArribaAbajoAntofagasta

Toma del Huáscar, Pisagua y Dolores


Poco más de ocho días habían transcurrido desde la internación de nuestro regimiento al Salar del Carmen, cuando en la mañana del 8 de octubre, al regresar del ejercicio cotidiano, comenzó a cundir en los cuarteles de la guarnición de Antofagasta -en las salas de oficiales primero, luego en las cuadras- un rumor sensacional.

-¡El Huáscar y la Unión están a la vista -se decía-, y hacen vapor a toda fuerza hacia el Norte! ¡Van perseguidos de cerca por nuestra escuadra!

En efecto: los que han podido procurarse anteojos de larga vista se dan cuenta del caso. Esta vez la cosa va de veras; los barcos enemigos huyen, huyen a no dudarlo.

Los nuestros les dan caza y parecen estrechar poco a poco la distancia. Pero se alejan todos cada vez más. Dentro de algunos instantes será imposible cerciorarse de visu de lo que realmente ocurre.

¡Cuánta expectativa, cuánta ansiedad!

Un ayudante de Estado Mayor sale del cuartel general...

-¿Qué hay de nuevo? -se le grita.

-¡El Huáscar, la Unión perseguidos! -contesta sin detenerse.

-Avisan de Mejillones que el combate es inevitable...

Y casi al mismo tiempo, como para dar razón a estas palabras, se oye a lo lejos, por el Norte, en dirección al mencionado Mejillones, un nutrido cañoneo sordo y lejano, pero del todo perceptible.

-¡Por fin! ¡Loado sea Dios!

Y la ansiedad oprime todos los corazones.

Transcurre así una hora.

Hacia medio día, gran alboroto, gran animación.

Frente al cuartel general se reúne apiñada y frenética una verdadera muchedumbre de oficiales, soldados y civiles.

¡Llegan ya noticias ciertas! El Huáscar, acorralado, hecho un armero, ha sido tomado frente a Punta Angamos. La Unión, como siempre, escapa. Se la persigue encarnizadamente.

Fácil será comprender el entusiasmo que provocan estas noticias. Dianas, repiques, abrazos, quepis al aire, embanderamiento general, cocktails de pisco y de champagne...

Los detalles precisos del combate empiezan a ser conocidos al caer de la tarde.

El Huáscar, acribillado, pero con su torre útil aún entra a la bahía de Mejillones, remolcado por el Matías Cousiño. Grau, muerto. El Cochraney el Blanco han evolucionado admirablemente, logrando encerrar al enemigo en un círculo sin salida, dentro del cual se vio forzado a aceptar combate. De Grau sólo se encontraron las piernas y un brazo. La granada, que penetró estallando en la torre de combate donde se hallaba, lo destrozó del todo y esparció sus restos en el mar. ¡Horrible detalle que no deja de conmovernos! Grau era un marino valiente y generoso. Ésta es la opinión que domina en nuestro ejército.

Otra buena noticia: Con el Huáscar han caído muchos prisioneros.

El enemigo se resolverá, probablemente a canjearlos por los sobrevivientes de nuestra Esmeralda, expectativa, que, a mí sobre todo, me llena de júbilo, pues entre esos sobrevivientes se encuentra un primo hermano mío muy querido, el guardia marina Arturo Wilson, salvado de entre las olas después del hundimiento de su gloriosa corbeta, por un bote del Huáscar.

El 12, cuatro días después del combate de Angamos, el buque cautivo, con nuestro hermoso tricolor enarbolado en la popa, hizo su solemne entrada en Antofagasta acompañado por el Cochrane.

Un pueblo entero, una muchedumbre frenética se agolpaba en el muelle para recibir al bravo Latorre y a sus compañeros de triunfo.

Las tropas oían misa a esa misma hora en la plaza principal del puerto, y aguardaron, arma al brazo, el final de la ceremonia religiosa para tomar parte en la manifestación, formando carrera de honor a los vencedores que debían desfilar por su frente.

Pocos momentos después, el general en jefe, los jefes de división, las autoridades todas, la oficialidad, el pueblo, daban el abrazo de bienvenida al guerrero, tan modesto como meritorio, que en Chipana y en Punta Angamos se había cubierto de gloria.

Nuestros bizarros marinos, respondiendo con gallardía el reto de «los Van Tromps», orgullosos y altaneros, que, parodiando al soberbio capitán holandés, habían jurado también «barrer los mares de buques enemigos», enarbolaban al tope de sus mástiles el gallardete vencedor, con que, a modo de látigo, habían correteado, hasta verlos esconderse debajo de sus lejanas baterías chalaquenses, a los restos inservibles de su mutilada escuadra, renovando así la hazaña del orgulloso almirante inglés que inventara aquella emblemático insignia, con idéntico propósito.

Los acontecimientos debían precipitarse desde entonces.

El asalto de Pisagua -presentido por los marinos extranjeros de la Thetis y la Turquoise y calificado por ellos como un segundo Sebastopol- dio a las fuerzas expedicionarias la llave del desierto.

Mientras algunos de nuestros compañeros de armas llevaban a cabo esta empresa, a nosotros se nos dejaba con el Santiago de guarnición en Antofagasta, listos para partir a la primera señal.

Los detalles del combate nos llegaron poco a poco. La lucha allí había sido terrible. Protegidas por los fuegos de la escuadra, nuestras tropas habían necesitado escalar alturas formidables, recibiendo a pecho descubierto el fuego mortífero de la altura.

Los zapadores y el Atacama tuvieron que sostener lo más recio del combate. Nuestros botes de desembarco debían luchar no sólo contra las balas sino también contra las rompientes y contra el embate de las olas arremolinadas. Los asaltantes, con el agua hasta la cintura, avanzaron sin embargo, impertérritos, tocaron la orilla y se precipitaron sobre las rocas.

Horas después Pisagua, sus aguadas y su ferrocarril quedaron en poder de los nuestros.

Ocupado Pisagua definitivamente, recibimos por fin orden de movernos. La vida de campamento, la familiarización con sus asperezas y rigores, los insultos de los peruanos, contribuían a aumentar grandemente nuestro deseo de que llegara, por fin, el momento de combatir.

Los Esmeraldas nos mostrábamos impacientes por salir al encuentro del enemigo.

Debía tocar a otros compañeros, sin embargo, una vez más, antes que a nosotros, este privilegio y esta dicha.

Al desembarcar en Pisagua en compañía del Santiago, supimos con envidia, casi con despecho, que la mayor parte de nuestros hermanos de armas se habían internado ya en el desierto, con el objeto de apoderarse de la línea interior del ferrocarril y de posiciones estratégicas indispensables.

El enemigo, reconcentrado en Pozo Almonte, los aguardaba.

Pocos días después, tuvimos noticia de que un nuevo y glorioso triunfo añadía aún mayor gloria a nuestros estandartes. Seis mil chilenos, reunidos en las alturas de Dolores, al mando del coronel Sotomayor, se habían medido contra todo el ejército peruano de Buendía, compuesto de 12.000 hombres, salidos de Iquique varios días antes, en combinación con las fuerzas bolivianas de Daza, que, partiendo conjuntamente de Arica y Tacna, debían reunírsele allí.

Pero Daza había «contramarchado» -según supimos después- y regresado a Arica... ¿Por qué? ¡Misterio!

Nuestro general en jefe, señor Escala, se había puesto a su vez en movimiento, saliendo aprisa de Pisagua con tres mil hombres más, después de haber ordenado al general Villagrán que mantuviera con nosotros y el Santiago la custodia de Antofagasta.

La acción de Dolores fue refinadísima.

Nuestra artillería hizo prodigios. El Atacama volvió a distinguirse, arrollándolo de nuevo todo ante su irresistible empuje. El Coquimbo, el Valparaíso y el 41 de línea, brillantes también.

Muy elogiados el mayor Salvo, el comandante Juan Martínez, el coronel Urriola y los ayudantes de Estado Mayor, Ramón Dardignac y hermanos Dublé Almeida, tan célebres estos tres últimos por la fama de audaces y valientes a toda prueba que habían adquirido en su vida privada.




ArribaAbajoParéntesis

Recuerdos de un duelo célebre y de una hazaña hermosa


Ya que he nombrado a los Dublé Almeida y a Ramón Dardignac, séame permitido, a modo de paréntesis y mientras llega el turno a la relación de importantes sucesos futuros, detenerme un momento ante los primeros de esos nombres, para recordar dos episodios del pasado -hechos reales, con contornos de leyenda- que me parecen de interés general, no sólo por referirse a compañeros de armas que en toda circunstancia supieron colocarse a la altura de su deber y de su reputación, sino porque, expuestos esos episodios en forma anecdótico, lograrán romper un tanto la forzada monotonía de esta parte de mis recuerdos militares.

Para nosotros los oficiales más jóvenes del ejército, y en especial para los del Esmeralda, dadas nuestra educación e índole, había algo de supremamente romántico -a lo Cid Campeador, a lo Dumas padre o a lo Espronceda-, en la envoltura de aquellos tres militares y hasta en el nombre de uno de ellos. «Dardignac» vibraba en nuestros oídos con toda la sonoridad y eufonía de un apelativo de mosquetero o espadachín célebre: de Jarnac, d'Artagnan u otro semejante.

El comentario de las traviesas fechorías del afamado buscador de aventuras -camorrista y altanero, pero bizarro y generoso en sus calaveradas juveniles-, distraía a menudo nuestras veladas de cuartel.

Las pasaré, sin embargo, por alto aquí, pues sería largo y prolijo el narrarlas en detalle. No así lo que atañe a los Dublé Almeida, cuya tradición de bravura, manifestada en forma y por causas del todo distintas de las de Dardignac, encuadra mejor dentro del género de estos apuntes, si bien por su índole, por su intensidad y gallardía, no deja de asociarse también en la mente con el recuerdo de héroes de capa y espada.

El Mayor de Ingenieros, D. Baldomero Dublé Almeida, muerto heroicamente en la batalla de Chorrillos, era, cuando le vi por última vez en la campaña, joven aún, de aire varonil y modales distinguidos. La expresión de su semblante había adquirido en el ejercicio de su profesión cierta severidad, acentuada por la fuerza de su mirada y por esa nobleza en el ademán que caracteriza siempre a nuestros militares de raza.

Su hermano Diego -que dichosamente aún vive- era por la misma época un apuesto comandante; ágil, delgado, erguido de cuerpo. Su rostro fino, ovalado, y por lo general enérgico también, solía revestirse de una sonrisa tan jovial, tan expresiva y tan simpática, que lo transformaba por completo.

Usaba -y sigue usando aún- perilla a la francesa, según la moda del segundo imperio, todo lo cual, agregado a la gracia de su persona y a la amenidad de su conversación lo hacían sobremanera atrayente a los que tenían la fortuna de tratarlo de cerca.

En semejante caso se encontraban algunos miembros de mi familia, con los cuales ambos Dublé se hallaban ligados por lazos de verdadera amistad.

Dentro de ese círculo íntimo escuché repetir y comentar muchas veces los hechos a los cuales he aludido más arriba y que narraré aquí, con pequeñísimas variantes, tal como me habían impresionado de niño y tal cual tuve ocasión de referirlos, diez años más tarde, a mis compañeros de armas, en algunas de aquellas recordadas noches de guarnición y de monotonía de cuartel.

Corría el año de 1866, célebre por los acontecimientos que debían desarrollarse en el Pacífico, con motivo de la toma de las islas Chinchas por los españoles.

Por esa época llegó a la bahía de Valparaíso, entre otros buques extranjeros, una hermosa fragata de guerra francesa, que, echando el ancla allí, quedó destacada en nuestras aguas, probablemente en previsión de las graves complicaciones internacionales que nos amenazaban.

El antiguo Café de la Bolsa, servía en aquella época de punto de cita, a la hora de las comidas y del cocktail, a la juventud porteña y a los oficiales chilenos francos o de servicio que solían dirigirse a la Intendencia. La oficialidad de los buques de guerra extranjeros no dejaba tampoco de hacer su visita al famoso Café de la Bolsa. Una tarde en que Baldomero Dublé Almeida, alférez de artillería a la sazón, se hallaba con otro compañero almorzando allí, o bebiendo alguna copa -no recuerdo exactamente el detalle-, entraron dos marinos del buque francés arribado la víspera, y dirigiéndose a una mesa, tomaron allí asiento.

No habían transcurrido dos minutos cuando Dublé y su compañero notaron que eran observados por los visitantes, no con el interés o siquiera curiosidad propios de militares entre sí, sino con cierta impertinencia y hasta con una sonrisita burlona, que no pudo menos de hacer subir la mostaza a las narices de los dos oficiales chilenos.

Los marinos franceses se hallaban cerca, tan cerca, que Dublé alcanzó a oír claramente de sus labios estas palabras, pronunciadas con todo socarrón y despreciativo por uno de ellos, en voz baja y en francés, idioma que él conocía tan bien como el propio:

-Regardez, mon cher, ou est venu se nicher la frange du pantalon de nos artilleurs!

Lo que, traducido, quería decir:

-¡Mire, compañero, dónde ha venido a parar la franja del pantalón de nuestros artilleros!

Aludía, incuestionablemente, el que hacía la sarcástica burla, al uniforme chileno, muy parecido, en el arma de artillería, al francés, y hasta copiado, quizás, de éste, como no tendría nada de particular que hubiese sucedido.

Dublé hizo un movimiento para levantarse con el propósito de corregir al insolente, pero fue detenido, no sin gran dificultad, por su compañero, que le demostró la necesidad de evitar por el momento un escándalo, en obsequio al uniforme que ambos vestían y en consideración al sitio donde se encontraban.

Pocas noches después, en el teatro principal de Valparaíso, el mismo Dublé tuvo, por segunda vez, que contenerse ante la petulancia de otro de los marinos extranjeros, que, a pesar de ser caballerescamente atendido por nuestro oficiales, no ocultaba su menosprecio por nuestro país, por sus costumbres y hasta por sus damas.

Estas impertinencias, aunque repetidas, no habían tenido consecuencia seria aún, pues los jóvenes chilenos habían resuelto no olvidar -hasta donde fuese ello posible- los deberes de cortesía a que les obligaba su carácter de anfitriones, cuando sobre, vino la noticia de la toma de las islas Chinchas por la escuadra española.

Durante un té, al cual habían sido invitados los huéspedes franceses, el mismo marino del incidente del teatro, que, por lo visto, «andaba buscándole cuesco a la breva», como se dice vulgarmente entre nosotros, tuvo la indiscreción, tal vez hallándose algo bebido, de celebrar la desagradable nueva, exclamando textualmente, a pesar de haber sido llamado ya una vez al orden por el alférez Dublé:

A la bonheure! ¡Por fin comienza la reconquista de estos pueblos bárbaros!

La medida se colmaba. El duelo, inevitable ya, quedó convenido allí mismo. Pero Dublé, al proponerlo, exigió que ese duelo fuera serio en absoluto.

-Nada de pinchazos en la epidermis: el insulto así lo exigía.

¡Y la réplica también! -contestó orgullosamente el marino francés, que haciendo honor, por fin, a sus galones y a su raza, aceptó de antemano y de lleno cualquiera condición.

Se eligió, desde luego, como arma, la pistola.

Pero... ¿y la policía?, ¿y las leyes, tan severas en Chile, contra el duelo? Un lance a pistola no se verifica sin ruido en parte alguna del mundo.

Mucho menos podría pasar inadvertido en una ciudad tan pequeña como lo era Valparaíso entonces, máxime cuando lo motivaban causas tan notorias como el incidente recordado.

Dublé propuso resueltamente resolver la dificultad con un recurso que, al extranjero, según tuvo ocasión de manifestarlo momentos después, no pudo menos que parecerle un tanto feroz, un tanto salvaje e inusitado; pero que concluyó, no obstante, por aceptar también, ante la consideración de que se hallaba en tierra extraña, donde no le era lícito dar siquiera pretexto a que se creyese que retrocedía por pavor.

¡Era francés, era marino, y había sido sofrenado públicamente y estando de uniforme!

El lance se verificaría pues, a pesar de todo, según las «anormales» exigencias del artillero chileno: a muerte, al caer de la noche, sobre el mar, afuera de la bahía de Valparaíso y dentro de un bote, cualquiera de esas chalupas mercantes largas y angostas, pero que, en todo caso, no miden nunca más de cuatro metros de eslora.

Los duelistas debían colocarse, cada cual, en uno de los extremos de la embarcación. Se echaría luego a la suerte a quién correspondía disparar primero, ya que el disparo simultáneo, a distancia tan mínima, hubiera acarreado la muerte segura de ambos adversarios, y este sacrificio, a más de resultar estéril, tendría la desventaja de desnaturalizar la significación del lance, resumido en estas palabras: desaparecer uno de los dos. Y todavía se convino en otro detalle más tétrico aún: el cadáver del que cayese sería atado por la cintura a una cuerda, dotada en su extremo libre de un peso suficiente para arrastrarlo al fondo del mar. De ese modo no quedaría rastro ni vestigio alguno de ese funesto lance presenciado tan sólo por los cuatro testigos de rigor.

Así se concertó.

-¡Duelo absurdo, sin embargo, duelo a la Araucana! -había observado nerviosamente el marino francés, como para dejar constancia de una protesta destinada a «salvar las formas».

-¡Duelo a muerte, verdadero duelo! -se limitó a replicar, impasible e implacable el oficial chileno.

Aquella misma tarde, a no larga distancia de la sombría silueta del navío de guerra francés, sobre cuyos masteleros blanqueaban inmóviles las jarcias enrolladas y las telas recogidas, a la vez que sobre la superficie de las aguas, rizadas apenas por una suave brisa, rielaban todavía en vibraciones de fuego los últimos reflejos de un sol de Otoño, se deslizó inadvertido el bote trágico, sobre el cual los dos duelistas acompañados por sus padrinos -quienes hacían a la vez de fúnebres remeros- iban a tomar la posición pactada...

Un momento más, y el bote se detiene. Dos formas humanas se incorporan entonces. Se dirigen a los extremos opuestos de la embarcación e irguiéndose luego allí como esos marineros venecianos que, en la popa el uno y en la proa el otro, gobiernan sus góndolas en medio del silencio de las agua dormidas del Adriático, quedan un momento inmóviles y en actitud expectante...

Resuenan tres palmadas y luego el eco de un tiro... otro enseguida.

Una de las siluetas abre desesperadamente los brazos, vacila un segundo y cae pesadamente. Momentos después, el cadáver desaparecía en el mar, como había quedado convenido.

¡La suerte, justiciera en tal ocasión, había sido propicia al provocado!...

La embarcación pone proa hacia tierra. Una vez llegada al muelle, los tripulantes franceses -marinos ambos y compañeros del que ha caído en el lance- se reembarcan sin pisar tierra, en un bote propio que les aguarda atracado a las gradas de aquél y se hacen conducir a bordo de su buque.

Éste leva anclas antes del amanecer y desaparece. Su comandante, sin esperar la llegada de luz del día, resolvió, sin duda, hacerse a la mar en medio de las sombras de la noche, considerando que, dados los antecedentes del fatal e inevitable caso -antecedentes que sus oficiales debieron comunicarle con todos sus detalles- la resolución de ahogar aquél en el silencio era el único partido razonable, sobre todo cuando las circunstancias del hecho no daban lugar ni a reclamaciones ni a represalias.

Diego, el otro hermano, era poseedor de una medalla otorgada por la reina de Inglaterra, con motivo de un acto humanitario grande y hermoso, llevado a cabo por el distinguido artillero, que relatamos a continuación:

«Sólo en detalles tengo que rectificar hoy esta relación. Debo esos detalles a la gentileza del propio hijo del protagonista, don Diego Dublé Urrutia, secretario de nuestra legación en Austria y poeta ya ilustre. Escrita esta parte de mis recuerdos, quise confirmar, veinte años después, los datos que poseía por simple tradición familiar, como lo he dicho, y me comuniqué en tal sentido con el joven Dublé. He aquí algunos párrafos de su carta íntima. Me perdonará el que los publique en obsequio al interés que entrañan:

'La historia anecdótica de ambos hermanos Dublé Almeida, que vivieron unidos por una fraternidad extraordinaria, ha continuado confundiéndose después de muerto mi padre en Chorrillos. Mi padre, como usted sabe, murió muy joven, pero no sin dejar recuerdos personales, algunos de los cuales, como el legendario duelo, han pasado a la tradición.

En cuanto a las anécdotas que corren en Chile sobre la vida juvenil de ambos, están mezcladas de errores y confusiones, pero todas son en el fondo verdaderas. El duelo, pues, corresponde efectivamente a mi padre... Y aquí una explicación.

Una vez en alta mar, los remeros del bote, en que debía llevarse a efecto el duelo, se metieron debajo del banco; al francés, como de más alta graduación, se le cedió la popa, y mi padre ocupó la proa, que es, sin duda, la parte más incómoda de un bote. La chalupa con los padrinos se alejó un poco y se dio orden de disparar. Designado el francés por la suerte, disparó primero, exclamando con un gesto a la francesa:

-Así tira un francés.

La bala rozó el quepis de mi padre, porque ambos duelistas habían conservado su cubrecabezas.

-Así tira un chileno -exclamó a su vez mi padre.

Y su bala fue a herir al teniente entre los ojos, matándole en el acto. Volvieron las chalupas al puerto, pasando ante el buque de guerra francés, que ya tenía sus fuegos encendidos, para dar parte del hecho y dejar a los testigos del muerto. El comandante guardó a mi padre, que subió a bordo, toda clase de consideraciones. Lo invitó a asilarse en el buque y a partir con él, porque se temía que, una vez sabedor el Gobierno de lo acontecido, pudiera perseguirse al duelista.

Le ofreció asimismo una copa de coñac; pero mi padre, terriblemente impresionado por la tragedia, no aceptó ni el asilo ni la copa, dando por ello las gracias.

El buque levó anclas de allí a poco.

El secreto del duelo no había trascendido al público, hasta que la aparición inesperada del cadáver, al tercer día, vino a hacer pública la tragedia en Valparaíso. Hubo que enterrar el cadáver con los honores del caso. El pueblo, las señoras, el ejército, todo el mundo, se puso de parte de mi padre, aunque se le cambió de guarnición mandándosele a Ancud, donde se ocupó durante algún tiempo en dibujar y levantar los fuertes del puerto.

Desde ese día, este duelo sin precedente pasó a la tradición y leyenda popular, las cuales lo adornan a su antojo, ignorantes como han estado siempre de los detalles del suceso.

El efecto producido en mi padre -que era todavía un muchacho- por esta tragedia fue enorme.

Cambió de carácter, transformándose instantáneamente en un hombre reposado y prudente. Nunca conversó con ningún extraño de este asunto. Durante los años de matrimonio de mi madre jamás le habló de su duelo, que ella ignoró siempre, hasta después de la muerte de su marido.

Yo mismo lo he sabido por la voz pública en los colegios o en las reuniones populares a que he sido aficionado cuando muchacho.

Sólo hace un año le oí contar a mi tío Diego, los detalles verdaderos.

Siendo Dublé pasajero en un buque mercante británico, y hallándose un día sobre cubierta, ya en alta mar, se oyó de súbito el grito aterrador de ¡hombre al agua!

El vapor marchaba a toda fuerza de máquina, ocho o diez nudos en aquel tiempo. La víctima era una linda criatura de cinco años de edad, caída al mar durante un fuerte balance y mientras jugaba con ella el médico de a bordo, muy cerca de un portalón y a corta distancia del sitio donde Dublé, sentado en un sillón de hamaca, leía tranquilamente.

Al desaparecer el niño, el doctor, que no sabía nadar, perdió la cabeza, atinando sólo a echar a correr dando voces despavoridas de auxilio.

Dublé Almeida, excelente nadador, no vaciló un segundo: arrojó al puente su chaqueta, se deshizo de sus botines y de un salto se lanzó al mar.

Cuando al cabo de cinco minutos pudo, por fin, detenerse el vapor, los náufragos se divisaban atrás a larga distancia...

Se había preparado, entre tanto, un bote, pero no sin que esta operación hiciese perder algunos momentos más, momentos de angustia suprema, sobre todo para la pobre madre del chico, que loca de dolor lanzaba gritos desesperados.

Los remeros, después de prolongada y vigorosa brega contra el oleaje contrario, lograron llegar hasta donde, jadeante ya, extenuado por el esfuerzo inaudito, se hallaba el arrojado nadador, bregando a su vez, pero con la cabeza de la criatura sostenida triunfalmente a flote, fuera del agua, merced al abundante cabello por el cual la tenía asida.

El ropaje suelto del niño, inflado un tanto por el aire, el caer éste al agua, había contribuido a sostener el cuerpecito durante algunos instantes, dando lugar a que su salvador pudiese desde los primeros momentos arrebatárselo al abismo.

Terminado el viaje y una vez ya en tierra, la alborozada madre y el atribulado doctor pidieron juntos la «Victoria Cross» -si no me equivoco- para el bizarro oficial chileno, distinción que, como queda dicho, le fue otorgada'».






ArribaAbajoDe Iquique a Pacocha

El 23 de diciembre ocupamos el puerto de Iquique, abandonado por su guarnición y autoridades, después de las noticias del desastre de Dolores.

Los cónsules extranjeros, reunidos en junta, se habían trasladado la víspera a bordo del Cochrane, buque bloqueador, con el objeto de hacer entrega formal de la población.

Inmediatamente se dispuso que un batallón de nuestro regimiento se trasladase allí, con el objeto de custodiar la plaza y mantener el orden, durante la proclamación de las nuevas autoridades chilenas.

El caballeresco capitán de navío D. Patricio Lynch, quedó designado como Jefe Político y Comandante General de Armas.

¡Iquique! ¡Con cuánto orgullo hicimos flamear allí nuestra bandera!

La misma población, que había contemplado ensoberbecido el hundimiento de la corbeta Esmeralda, veía ahora, respetuosa y humillada, relucir por primera vez los botones amarillos de estrellas chilenas sobre las casacas del regimiento de idéntico nombre, cuyos oficiales y soldados acudían a estrechar entre sus brazos a los heroicos sobrevivientes de la gloriosa nave. Sólo el día anterior habían podido ser arrancados por sus propios camaradas -los marinos del Cochrane-, de los inmundos calabozos en que se les tuviera hasta entonces.

Lo primero que hicieron nuestras autoridades fue dirigir una proclama a la tropa y un bando al pueblo. En ambos documentos se recomendaba el mayor orden, la disciplina más absoluta, con el objeto de exhibir una muestra elocuente de nuestra cultura y nuestra civilización.

El señor Lynch -que poco después debía conquistar tanta gloria en el ejército por sus actos- comenzó a demostrar desde aquel momento, y con aplauso general, su espíritu organizador, su tacto, su energía, sus altas cualidades de jefe. Durante nuestra permanencia en Iquique se le hicieron con tal motivo repetidas manifestaciones de simpatía, demostraciones que él recibió con aquella actitud deferente, pero desinteresada, que le era peculiar.

Entre los extranjeros que residían en Tacna tuve la suerte de encontrar a un matrimonio inglés, Mr. y Mrs. Ryder, respetables comerciantes que durante largos años habían vivido en Chile y a quienes conocía yo con cierta intimidad.

Difícil me sería describir el entusiasmo de estos viejos a la vista de nuestros soldados. Habían presenciado desde la azotea de su casa el combate y hundimiento de la Esmeralda, cuyos detalles me repetían con lágrimas en los ojos.

El teniente Simpson, del Cochrane, conocía también mucho a estos honrados extranjeros y los visitaba a menudo conmigo.

-¡Chile, Chile!, ¡for ever! - era la exclamación favorita de Mr. Ryder, cada vez que juntos alzábamos una copa en recuerdo de la tierra querida.

Los rastros dejados por la permanencia del ejército peruano no se habían borrado aún. El más evidente era la desmoralización de las costumbres. Una plaga -plaga en todos los sentidos- de mujeres de mala vida, infestaba la población. Porta estandarte de éstas era la famosa Anita Buendía, linda chilena de dieciocho años de edad, llamada así en recuerdo del famoso general de este apellido, cuya pasión por la muchacha se hizo célebre, al punto de haberla explotado en descargo de la derrota enemigos políticos de aquel personaje, dentro de su propio país, muy particularmente algunos corresponsables en campaña.

Estos aseguraban que Anita era nada menos que espía de nuestro ejército y que el general Buendía, reblandecido por la edad y por los vicios, fue durante largo tiempo su víctima inconsciente.

La verdad del caso es que Anita no sólo no negaba su antigua relación con el general, sino que se enorgullecía de ella, si bien resultaba innegable también que la chica era digna de su fama.

Linda, picaresca, vivaracha y provocativa, hubiera sido capaz de trastornarle los cascos al mismísimo ejército de Godofredo de Bouillón, con toda la austeridad de su destino.

Las noticias del combate de Tarapacá vinieron a perturbar durante algunas horas nuestras juveniles alegrías de cuartel y nuestro orgullo de «invencibles».

Los primeros rumores se referían a «una sorpresa de consecuencias graves». Pero pronto supimos la verdad: el resultado del combate de Tarapacá -no tan brillante como el de Dolores- estaba sin, embargo, muy lejos de significar una derrota. Retiradas en orden nuestras fuerzas, después de resistir horas enteras contra un enemigo muy superior en número, la impresión que nos quedó definitivamente en el ejército fue la de un sangriento drama de la guerra, con actos de heroísmo sublime, seguidos de pérdidas dolorosas.

La del comandante del 21 de línea, don Eleuterio Ramírez nuestro «bravo entre los bravos», fue sobre todo muy sentida.

Los españoles residentes en Iquique nos dieron pruebas de confraternidad que no es posible pasar en silencio y que el señor Lynch tomó en cuenta muy especialmente. Ellos fueron los promotores más decididos de esas demostraciones de respeto y de buen propósito que tienden a suavizar asperezas y facilitar la acción de los que hacen la guerra con el propósito sincero de llegar a la paz. Ellos, los españoles, dieron cristiana y digna sepultura a los restos de Prat y sus compañeros, y con su eficaz concurso contribuyeron constantemente a mantener el orden.

Haciendo honor a la tradicional hidalguía y generosidad de su raza, supieron, los que eran comerciantes, mostrarse honrados y justos en los beneficios a que lícitamente creían deber limitarse cuando se trataba de vender artículos de diverso género a nuestros soldados, conducta que contrastaba singularmente con la de mercachifles de otra nacionalidad, establecidos allí como verdaderos vampiros...

Pero, todo eso ha pasado ya y mejor será hoy no menearlo.

Así termina el mes de noviembre.

Los primeros días de diciembre nos traen dos ecos de bulto. ¡Prado, el Presidente del Perú, ha huido vergonzosamente a Europa, abandonando el campamento de Arica! Piérola, nuevo «Bonaparte» aparece entonces en la escena, y con un gesto olímpico recoge para sí la corona de los Incas, que ha rodado por el suelo, proclamándose, ipso facto, «Protector de la Raza Indígena».

Su lema será: «Guerra a muerte a los chilenos bandidos».

Diez días después el contraalmirante Montero, para no ser menos, y en su afán de soplarle la dama a su compadre boliviano Daza, con el propósito evidente de gobernar solo en el campamento aliado de Arica, maniobra de tal modo y tan bien que, al llegar Daza de Tacna, se encuentra con que ha sido reemplazado en el mando supremo, no sólo «aquende» sino también «allende».

El único derecho que le queda es el de pataleo, al cual se entrega en cuerpo y alma.

Se susurra, sin embargo, que Campero, proclamado Presidente provisorio de Bolivia, saldrá de La Paz a poner las cosas en orden y a Montero en su sitio.

Veremos.

Y «vemos» en efecto: no tardan en precipitarse los sucesos. Campero llega y asume el mando en jefe.

Tendremos, pues, que habérnoslas -según es fama- con un verdadero general en lo futuro. Dícese que Campero es ilustrado, hábil y enérgico.

Otra vez: Veremos.

El año de 1879 termina, por fin, pero no con él nuestras impaciencias.

¡El momento de combatir no llega aún para nosotros! Nuestro regimiento se halla convertido, sin embargo, por su instrucción, su disciplina y su marcial talante, en un verdadero cuerpo de línea, reputado ya como uno de los mejores del ejército.

Nuestros ejercicios llaman la atención de nacionales y extranjeros, por la seguridad, la precisión en los movimientos, el bizarro aspecto de la oficialidad y de la tropa, el intachable pulimento de las armas y la limpieza del uniforme, llevado por nuestros soldados con corrección tan rigurosa que el ojo más exigente no podría descubrir en él la menor falta, ya sea en el conjunto, ya en los detalles.

Cada uno de nosotros se esmera en rivalizar en este sentido y en exhibir, ante la inspección del jefe inmediato, su mitad, su compañía, su batallón o el regimiento todo como modelo en su género.

Una sola nota discordante había venido en cierta ocasión a perturbar toda esta armonía.

La narraré aquí detalladamente, no por lo que tiene para mí de personal, sino para probar cuán estricta era la severidad de nuestros jefes y, también, para demostrar al final de la narración, cuánta hidalga nobleza hay en el alma del soldado nuestro y en qué grado sabe éste apreciar, pasado el primer momento de fiereza irreflexivo, el verdadero sentimiento de justicia.

Me hallaba yo de guardia un día, cuando, al amanecer y poco antes de diana, se me presentó al cuarto de banderas de mi compañía, muy emocionado, un sargento para prevenirme que había «conato de sublevación en las cuadras» y que el movimiento -empezado en mi propia compañía y encabezado por el soldado Francisco Canchú, cuya reputación de díscolo, poco sobrio y altanero eran proverbiales-, amenazaba cundir y tomar proporciones alarmantes.

El pretexto era el rancho y quejas relativas a él, expuestas en forma de sordas murmuraciones desde días atrás por los más descontentadizos, y sobre todo, por Canchú, que en esos momentos aconsejaba en alta voz la resistencia formal y absoluta a seguir recibiéndolo.

Es de notarse que, por aquellos momentos, tropezaba nuestra Intendencia General con grandes dificultades para procurarnos víveres frescos, por motivos plenamente justificados y que habían entorpecido momentáneamente el funcionamiento normal del servicio de transportes.

Me trasladé en el acto a la cuadra designada y me encontré con que allí se preparaba un verdadero motín.

Sin perder tiempo hice formar desarmada a la tropa, avanzaron los cabos al frente, varilla en mano y, después de identificar al promotor principal del desorden (que habría podido tener consecuencias fatales para la disciplina del cuerpo, sino se le hubiera sofocado en el acto), hice aplicar a Canchú, por cuenta propia y bajo mi grave responsabilidad de subalterno, cincuenta azotes, ya que no había tiempo para aguardar órdenes superiores, dada la circunstancia de que a esas horas me hallaba yo como oficial de guardia y único responsable de la tranquilidad del cuartel.

Los jefes y la mayor parte de los capitanes, como acontece en guarniciones improvisadas, no tenían alojamiento, por falta de acomodo, allí, y se hospedaban en la vecindad, en distintas casas u hoteles.

El enérgico correctivo produjo el efecto moral deseado en la tropa que lo presenció, dominada, aunque nerviosa.

Pero no así en el culpable, quien, después de recibirlo, protestó entre dientes, irritado y altanero, murmurando, en voz perfectamente perceptible, que el castigo no le hacía variar de opinión.

Otros cincuenta varillazos concluyeron por hacerlo entrar en vereda.

Pero no quise disolver la formación: hice bajar la compañía al gran patio del cuartel y la dejé allí de «plantón» a cargo de sus sargentos, mientras mandaba el parte detallado del caso a mi jefe inmediato, para que éste lo transmitiera a su vez a la superioridad.

No habían transcurrido veinte minutos después del toque de diana, cuando se presentaron el comandante y el coronel. Este último, según su temperamento, sobremanera irritado y nervioso.

Sin decirme una palabra sobre el asunto, y después de haber oído de mis labios la confirmación del parte, el coronel ordenó al corneta que tocara a reunión, y una vez listos los oficiales, hizo formar el batallón íntegro, con sus armas, en el vasto patio, donde se hallaba aún de pie a compañía, en cuyo seno había brotado el conato de sublevación.

En presencia entonces de los oficiales de servicio arengó a la tropa con voz sonora y vibrante, condenando el hecho y no sólo aprobando en absoluto mi actitud, sino disponiendo que el insubordinado cabecilla y sus cómplices avanzaran al frente para recibir otros cincuenta varillazos «por cuenta del señor coronel».

Concluyó manifestando que a la primera tentativa de motín haría formar consejo de guerra «sobre el tambor» al culpable o los culpables, para que fueran inmediatamente pasados por las armas.

Tal fue el único desorden que tuve ocasión de presenciar en el regimiento durante los dos años y medio de mi permanencia bajo su glorioso estandarte.

La reflexión respecto a la grandeza de alma de nuestro Roto, prometida para el final de este capítulo, quedará suficientemente anunciada con la simple mención del detalle que la motiva: ese mismo Canchú que en los primeros instantes de irritación y de despecho había jurado ante sus camaradas -sin que, por lo que a mí respecta, atribuyera yo mayor importancia a la denuncia- había jurado que me fusilaría por la espalda en la primera batalla, fue quien, por lo contrario, como se verá más adelante, acudió al final de ella en mi auxilio, cuando extenuadas ya mis fuerzas por el cansancio, después de cuatro horas de marcha y otras tantas de incesante lucha, desfallecía ya, por fin, en una hondonada solitaria y desierta, quedando tendido en el suelo, a merced de una bala cualquiera, enemiga o traidora.




ArribaAbajoPrimera expedición

Campamento de Pacocha


En el mar, 24 de febrero de 1880.

¡Por fin estamos en marcha!

Después de los largos meses de guarnición en Iquique, entramos ya de lleno en las operaciones militares.

Hoy se ha embarcado el ejército expedicionario, compuesto de catorce mil hombres, más o menos, de las tres armas.

Ocupan los diversos batallones y regimientos dieciséis navíos, que navegan en convoy, resguardados por los acorazados y las corbetas de la escuadra. Nosotros vamos en el Loa.

El rumbo que llevamos es constante y, al decir de los marinos, el más seguro y directo para llegar al puerto de Pacocha, donde debemos efectuar el desembarco.

El reconocimiento practicado por el coronel Martínez ha debido manifestar a los generales peruanos cuál será el punto elegido por los nuestros para preparar la expedición a Tacna. Nada sabemos aún sobre el número y calidad de las tropas que defenderán las costas rechazando nuestro asalto. La opinión más general es, sin embargo que nos opondrán sólo una débil resistencia sostenida por avanzadas, las cuales se retirarán después para reunirse al grueso de su ejército.

La animación y el entusiasmo son grandes entre los soldados, ansiosos ya de recibir su bautismo de fuego: todos deseamos que se nos dispute el desembargo y aprontamos nuestro ánimo para imitar el arrojo de los asaltantes de Pisagua. El tema de las conversaciones es el próximo encuentro, y nuestro único anhelo divisar por fin los uniformes enemigos.

26 de Febrero de 1880.

Son las tres de la tarde.

En este momento el convoy, muy cercano a la costa, pone proa hacia tierra, y el Blanco Encalada, que ha avanzado gran trecho, toma posesión de la bahía de Ilo.

Un cuarto de hora después llega al Loa la orden de enviar a tierra un piquete del Esmeralda, que llevará la misión de explorar la costa, escalar los cerros y plantar allí nuestro pabellón.

Todos nos precipitamos al frente, solicitando de nuestro querido comandante Holley el privilegio de llevar a cabo tan tentadora comisión.

Resulta favorecido por la suerte Martiniano Santa María, el distinguido y bizarro teniente de la cuarta compañía del primer batallón.

Se le ve radioso saltar al bote y tomar su puesto allí con diez soldados que le acompañan. A poca distancia se le reúne otro bote tripulado por gente del Blanco Encalada, desprendida casi al mismo tiempo del costado de la nave capitana. Ambos bogan aceleradamente hacia la costa.

Con los anteojos de larga vista examinamos la playa y las elevadas colinas que forman el puerto y no distinguimos señales de tropas peruanas. Todo anuncia que nuestras esperanzas serán defraudadas de nuevo y que el desembarco y posesión de plaza se hará tranquilamente, como en Iquique. Las pérdidas ocasionadas por la resistencia de Pisagua han debido probar al enemigo que más le vale presentar resistencia con el grueso de su ejército. De esta opinión son los jefes del buque y los del regimiento embarcado.

Una hora más tarde.

¡Abandonada! ¡La plaza se halla abandonada! Martiniano Santa María ha plantado el pabellón nacional sobre el más alto de los morros y se procede al desembarco que se lleva ordenadamente a término.

Nótase en la tropa el descontento ocasionado por una ilusión perdida. ¡Todos hubieran deseado un triunfo menos fácil!

Una vez en tierra, protegido por la escuadra, nuestro ejército se instalará y levantará allí su campamento.

¿Cuándo comenzará la marcha por el desierto? Ninguno de nosotros lo sabe aún.

Con motivo de haber trascurrido muchos días sin que nuestras divisiones abandonaran su última instalación e ignorantes nosotros los subalternos de los planes de los conductores de la guerra, comenzamos por tratar de hacer lo más llevadera posible la vida de nueva guarnición que el estado de cosas nos imponía.

Nos hallábamos en un puerto miserable y privado de los recursos más indispensables. En efecto, el pueblecillo de Pacocha no merece ni el nombre de tal: le sobra el de villorrio o caserío.

A nuestra llegada entrábamos como en una ciudad de muertos: ni una sola de las casas estaba habitada, de modo que los regimientos se hospedaron en ellas de rondón. El sólo edificio medianamente importante era el ocupado por el general en jefe y su séquito.

Sometidos a la abundante, pero poco variada ración de campaña, carecíamos en absoluto de los placeres de la mesa, que por primera vez echábamos de menos. ¡Ni restaurantes, ni fondas, ni siquiera la más ordinaria de las cocinerías en qué regalar el paladar con algún plato nuevo! Nuestra cocina era servida por los asistentes, convertidos a la vez en panaderos y lavanderos, pues en muchas ocasiones no nos era posible obtener en tiempo oportuno el «amasado» del ejército.

¡Primeras privaciones y primeros sufrimientos!

El tiempo iba a deslizarse otra vez entre ejercicios militares y monótonas guardias de cuartel, que harían más pesados aún los insoportables calores de la estación en aquella atmósfera siempre ardiente e impura.

El día 28 vimos con sobresalto, que la Magallanes entraba al puerto con bandera a media asta, señal de mala noticia.

Poco después supimos lo ocurrido.

El bravo comandante Thompson había sucumbido heroicamente combatiendo con el Huáscar contra las fortalezas de Arica.

Temerario, como siempre, quiso acercarse tanto a ellas que una bala enorme de cañón lo arrolló, arrojando su cadáver destrozado al mar.

La espada que llevaba al cinto quedó profundamente incrustada de punta en las planchas de madera de la cubierta, en el sitio mismo que ocupaba el Jefe cuando fue azotado por el proyectil.

Esta pérdida, como es natural, nos emocionó grandemente. Thompson era otra de las figuras de leyenda de nuestra tradición militar.

Joven aún, hermoso de figura, alto, fornido; de ojos claros, grandes y serenos, a pesar de la firmeza de la mirada, recuerdo que cuando le vi y hablé por vez primera, una tarde en Iquique, a bordo del Amazonas, en cuya cubierta se hallaba, de pie, apoyado sobre un mástil, con la gorra del uniforme echada atrás sobre el cabello rubio y abundante, me hizo el efecto de uno de esos Wikings descritos en el Edda escandinavo, no sólo por la gallardía del talante, sino también por la altivez del ademán, por cierta brusquedad soberbia -ruda pero franca- que sentaba bien a su tipo especial y al rango que ocupaba a bordo.

Los meses de marzo y abril nos parecieron eternos. Acampados al pie de montes de arena, que daban principio a un desierto de desesperante aridez, nuestra vista carecía por completo de la delicia, no comprendida hasta entonces, de poder posarse sobre las verdes alfombras de la campiña y las hojas de los árboles.

¡Ni un helecho, ni una flor, ni el más pequeño vestigio de vegetación!

¡Cómo pensaba yo en aquellos momentos en los lindos paisajes ofrecidos a cada paso por los hermosos campos de la patria lejana! No podía darme cuenta del por qué hasta entonces, viviendo la vida de las grandes ciudades, no había notado jamás la falta que hace al hombre la contemplación de las lozanías de la naturaleza. ¡Preciso era vivir en el desierto, respirar el aire seco y quemante de sus arenas para sentir la sed del perfume refrescante de una flor y la brisa embalsamada de una tarde de primavera!

Nuestros temas de conversación, agotados casi, por la falta de variedad en los acontecimientos, no nos distraían ya. Sabíamos de memoria, a fuerza de leerlos, los pocos libros, propios y ajenos, que lográbamos tener en las manos; de suerte que la llegada de los periódicos de la patria, con la correspondencia de la familia, era un acontecimiento colosal que nos volvía locos de placer a la vez que nos prestaba materia para unos cuantos días de charla. Pero, ¡ay!, esta satisfacción no nos visitaba, por desgracia, con frecuencia y apenas si cada semana nos era dado saborearla una sola vez.

Volvían a ponernos nerviosos de vez en cuando las correrías de la Unión, sus entradas furtivas a los puertos ocupados por nuestras armas, semejantes a las del zorro que aprovecha de la oscuridad de la noche y del sueño del gallinero para robar un pato o comerse un pollo.

Pero el hecho es que nos molestaban y que tales «hazañas» -la de Villavicencio sobre todo- contribuían a llenar de júbilo y a envalentonar a nuestros enemigos.

En los días más insoportables de calor y de fiebre, recuerdo que solíamos reunirnos en grupo de amigos bajo las tiendas de campaña y allí tratábamos de inventar algo que pudiera distraernos. Las ideas más locas y más peregrinas se nos ocurrían entonces, y era de verse cómo celebrábamos hasta lo más trivial y ridículo.

Convertidos en verdaderos colegiales, nuestros gustos se hacían pueriles, de suerte que nos acontecía lo que al prisionero que tras largos años de calabozo encuentra placer en la observación del objeto más insignificante: una piedra de la muralla que se va desgastando, un insecto que trabaja su agujero o, como Picciola en el delicioso romance de Saintine, una flor que crece entre las rendijas del pavimento.

Por eso no es de extrañarse que al fin jugáramos, como los muchachos, a las sesiones de congreso o al carga burro, faltándonos poco para entretenernos con soldaditos de plomo, ¡que hasta ese recurso hubiéramos tentado si le tuviéramos a mano!

Como prueba de ello, voy a consignar aquí, a la manera de anécdota, un recuerdo que dará mejor idea de lo que digo:

Entre las circunstancias que hacían más insoportable aún nuestro campamento de Pacocha, se destacaba como muy principal la de una horrible plaga de moscas y mosquitos que poblaban el aire en tan enorme cantidad, que durante las horas más ardientes del día penetraban por millares en nuestras tiendas y nos mortificaban de mil maneras, especialmente en la comida, en el sueño de la tarde y en la lectura.

Al caer de la noche, afortunadamente, se recogían, pero sin abandonar el interior de las tiendas. En el estrecho espacio superior de la tela que, como se sabe, tiene generalmente la forma de un cono, se reunían agrupados en masa compacta, haciendo el efecto de tapizar de negro toda esa región.

Por supuesto, que era este momento el elegido para nuestra venganza. Cerrando herméticamente la entrada de la tienda, nos armábamos de uno o dos periódicos, a los cuales poníamos fuego, suspendiéndolos hasta mitad de la altura sobre al punta de los sables. Esta sola operación bastaba para hacerlos caer al suelo a nuestros enemigos, mutilados y, por consiguiente, sin medios de escaparse. Allí eran barridos por los asistentes y arrojados al exterior, donde quedaban sepultados por la arena quemante aún. ¡Horrible suplicio, digno de los tiempos de la Inquisición, pero que no alcanzaba, por cierto, a igualar a las torturas que ellos durante todo el día nos habían hecho sufrir!...

Pero estos recursos extremos no bastaban: al día siguiente el suplicio era aún mayor, pues el número de los enemigos parecía aumentar. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Nuestros medios de defensa no nos bastaban, de modo que la derrota sería segura. Forzoso era a toda costa arbitrar medidas supremas.

-¡Un congreso extraordinario! -nos dijimos- ¡Preciso es convocar un congreso que discuta el punto y dicte alguna medida salvadora!

La idea pareció perfecta y fue aceptada por unanimidad. Una hora después se ponía en ejecución.

Los damnificados por la invasión acudieron graves y silenciosos y tomaron sus asientos. Se constituyó rápidamente la mesa directiva, compuesta, como de ordinario, de presidente, secretario, redactor, etc.; se abrió solemnemente la sesión, un orador pidió la palabra y empezaron los discursos.

En el momento que escribo tengo aquí sobre mi mesa el extracto de esas piezas curiosas, que he conservado con la escrupulosidad digna de archivo tan original. Al pasar mi vista por ellas las celebro aún y río como reía entonces cuando, haciendo a la vez de taquígrafo y redactor de sesiones, las iba anotando.

En medio de lo burdo de la forma, dictada por el más grotesco de los asuntos, ¡cuánto rasgo chispeante, cuántas ocurrencias saladas, con no escaso acopio de reflexiones verdaderamente inteligentes no hallaría quien, como yo, pudiera leerlas!...

Pero no, para apreciar esos discursos se necesitaría conocer el carácter y las genialidades de quienes los pronunciaban, el recinto en que se celebraba la sesión y, en fin, haber presenciado aquella reunión de una docena de jóvenes, entre los cuales once a lo menos tenían talento, reunión propia de muchachos y que, por unos de esos caprichos de la índole humana, ocasionaba en aquel momento de ocio supremo placer positivo a hombres cuya solemne misión les tenía allí agrupados para jugar muy en breve la más seria de las partidas. Sin su color local, sin el marco especialísimo que lo encerraba, aquel cuadro no tendría, por tanto, el atractivo que yo solo puedo ahora encontrarle. Me limitaré, sin más detalle, a declarar que, terminado el interesante debate, en el cual lleváranse la palma los oradores Martiniano Santa María, Joaquín Pinto Concha y Juan de Dios Santiagos -el primero como el último muertos víctimas del deber en aquella misma campaña-, fue adoptado por aclamación el proyecto de Pinto, que obtuvo, por tanto, el premio.

Estas y otras candideces por el estilo sirviéronnos en muchas ocasiones para matar el tiempo. La suprema ley del aburrimiento, como lo he dicho, imponía a veces recursos que en cualquiera otra circunstancia habrían parecido absurdos y ridículos.




ArribaAbajoLa noticia de una victoria

El valle de Moquegua, explorado poco antes por el coronel D. Arístides Martínez, era, al decir de los que lo conocían, un deliciosísimo oasis en aquel desierto implacable.

Sin embargo, se tenía por muy peligroso aventurarse en él sin haberse rodeado antes de mil precauciones. Aparte de las probables emboscadas, la tropa destinada a cruzarlo debía temer la falta de abrigos y tiendas. En toda esa región el aire que se respira, mezclado con las emanaciones envenenadas de la selva y sus pantanos, ocasiona esas terribles fiebres palúdicas llamadas tercianas, enfermedad tan cruel como rebelde a todos los tratamientos.

En aquellas circunstancias hablábase, no obstante, del valle de Moquegua y de la ciudad del mismo nombre como de una tierra de promisión. Sabíase que la vegetación, abundante, rica en frutas y legumbres de diversas especies, brindaba a los vencedores mil promesas que significarían el fin de las penalidades por entonces.

Pero no se podía llegar definitivamente a Moquegua, defendida por un respetable ejército, sin apoderarse antes de la llave de la ciudad: la formidable posición de los Ángeles. Era ésta una empinada cuchilla, árida y pedregosa, que desde largo tiempo atrás gozaba de fama sin igual como sitio de atrincheramiento inexpugnable.

¡Cuál no sería, pues, nuestro regocijo cuando al amanecer del día 23 las diversas bandas de música del campamento, que repetían sin cesar y de una manera inusitada el toque de diana, hicieron pública la noticia tan esperada!

El cuartel general acababa de recibir el despacho que comunicaba el asalto de la cuesta de los Ángeles, llevado a cabo durante la oscuridad de la noche, con arrojo imponderable, por los cuerpos de la división a las órdenes de Baquedano.

El ilustre general (entonces aún no lo era en jefe del ejército) había combinado un ataque a la ciudad con el asalto de la guarnición que defendía la fortaleza.

Un solo regimiento podía llevar a cabo esta última empresa, más que temeraria: el Atacama, compuesto de jóvenes mineros de Copiapó, habituados a escalar precipicios y diestros en el manejo del cuchillo, como ayuda importante para tal efecto.

Cúpoles, pues, a ellos la gloria de la jornada que será siempre una de las más brillantes páginas de la historia de la primera campaña.

Agazapados y recatándose en las sombras de la noche, unas veces arrastrándose, otras clavando el corvo entre la maleza para sostenerse, los atacameños seguían la rápida pendiente y ganaban cada vez más terreno.

Hacia el amanecer, y después de largas horas de fatigosa ascensión, llegaba ya a la cumbre cuando fueron descubiertos por un centinela de la guarnición.

Diose entonces la señal y comenzó el ataque apoyado por los fuegos de nuestra artillería colocada a distancia conveniente y en ventajosa posición por el general Baquedano.

Sólo una hora duró el combate, al cabo del cual, clavado por la mano de un soldado del bizarro regimiento copiapino, flameó en la cumbre de la montaña

Entre tanto, la caballería cargaba con ímpetu en el valle y ponía en fuga al resto de los defensores, muchos de los cuales caían prisioneros.

El resultado de esta acción debía necesariamente ser de alta trascendencia para las armas de Chile, dejando el camino abierto y el ejército peruano cortado y sin comunicación posible, el día de la tan suspirada marcha tenía que llegar pronto a los soldados, aprisionados, por decirlo así, en Pacocha.

Así lo entendimos todos, y por eso desde el primer momento en que se tuvo noticia de la victoria, tan honrosa para el pabellón nacional como significativa por las consecuencias que debía producir, la alegría y la animación volvieron a aparecer nuevamente en las tiendas de campaña.

A la vez que se comentaban los detalles de la jornada, celebrándolos con ruidosas manifestaciones, se hablaba de partida, se ponía orden en el equipo y armamento de los batallones, se afilaban las espadas y pulían las bayonetas hasta dejarlas relucientes y, ¡ay..., se quemaban para inutilizarlas las cartas de los seres queridos, papeles tantas veces releídos durante las mortales horas de inacción! El campamento lucía entonces aquel aspecto de fiesta y de agitación que precede al día de una marcha o de una batalla.

El próximo capítulo será consagrado a describir la penosa travesía por el desierto y sus horas de agonía y fatiga.




ArribaAbajoEl desierto

El mes de abril de aquel año comenzaba. Diferentes jefes del ejército habían regresado al campamento, después de reconocer minuciosamente los diversos caminos que al través del desierto conducían a las posiciones en que debería, según todas las probabilidades, aguardarnos el enemigo.

De la futura expedición sólo sabíamos que debía llevarse a cabo por el desierto, venciendo un sinnúmero de dificultades; que partiríamos por ferrocarril hasta un punto vecino, llamado el Hospicio, para seguir desde allí a pie en jornadas de algunas leguas, con dirección a Locumba, Sama y Tacna y, por último, que nuestro equipo habría de ser lo más ligero posible, por lo pesado de las marchas, durante las cuales estaríamos obligados a llevarlo personalmente en un simple rollo a la espalda.

Tomadas estas últimas precauciones y bien provistos de charqui, pan y otros alimentos, nos ocupamos enseguida de pasar revista a la tropa, a la cual teníamos especial encargo de hacer toda clase de recomendaciones para evitar, sobre todo, la carencia de agua y víveres, que no obtendríamos ya en abundancia, pues era preciso transportar el rancho en mulas, lo que naturalmente hacía necesaria la parquedad.

La una del día sería cuando nos pusimos en marcha, almacenados, por decirlo así, en los vagones del ferrocarril insuficientes para contener las numerosas divisiones.

Los oficiales que tenían deberes de semana se acomodaban de la mejor manera posible entre los soldados de sus compañías, quedando así privados del privilegio que gozábamos los demás de poder instalarnos más o menos cómodamente en los departamentos reservados en época normal a pasajeros de segunda y primera clase.

Con el corazón feliz y llenos de entusiasmo, hacíamos resonar cien «¡hurras!» que se perdían entre el ruido de la locomotora y su tren, y el murmullo del mar, del cual nos separábamos dejándolo a cada momento a mayor distancia.

Haciendo zigzag y trepando una empinada cuesta, apenas bastaban las fuerzas de dos poderosas máquinas para arrastrar el convoy compuesto de mayor cantidad de carros que los que ordinariamente hacen el servicio de la línea, destinada por los peruanos al trasporte de pasajeros y de mercaderías, consistentes estas últimas principalmente en azúcares, cereales y vinos, elemento principal del comercio de cabotaje y del tráfico entre las poblaciones interiores y puertos de la costa.

La dificultad de la ascensión, a cada momento más lenta, se hizo después de dos horas insuperable, pues a fin de aumentar la presión, los maquinistas habían agotado su depósito de agua (provisión indispensable y preciosa en aquellas circunstancias por la escasez que de ella había) hasta el extremo de ser necesario interrumpir la marcha por falta de vapor.

Este contratiempo que, por otra parte, veníamos previniendo desde que observábamos cómo las ruedas de la locomotora, sin fuerzas para prenderse a los rieles, resbalaban furiosamente agitadas por el violento empuje de los pistones que imprimían convulsiones bruscas al convoy entero, nos dejaba, por consiguiente, en mitad de nuestro camino, destinados o a pasar en él la noche, o a seguir a pie la marcha hasta llegar a la planicie de Hospicio, donde nos aguardaban ya las otras divisiones.

Con la nuestra se había querido hacer el ensayo de facilitar la traslación; pero, por lo visto, el ferrocarril de que podía disponerse -dada la distancia, lo reducido del material y la escasez del agua- no servía para el caso.

Diose, por tanto, la orden de formación, y momentos después nos pusimos en marcha al paso de camino, es decir, sin compás alguno; pero manteniendo siempre la distancia y llevando, para más comodidad, el fusil terciado a discreción.

¡Primera marcha! ¡Cómo nos sentíamos orgullosos de emprenderla y de probarnos mutuamente nuestra resistencia!

El suelo que pisábamos era movedizo y ardiente de modo que nuestros pies caldeados por la arena, que en aquel momento recibía aún casi de lleno los rayos del sol tropical, sufrían verdaderamente.

Ignorantes de lo que son las largas caminatas por tales regiones, no habíamos querido escuchar los consejos de los más prácticos, que nos recomendaban la conveniencia de cambiar nuestras delicadas botas de cuero fino por el tosco calzado de la tropa.

Pero, a pesar de todo, nuestro amor propio vencía y ninguno de nosotros, por todo el oro del antiguo Perú, habría consentido en ser el primero que confesara el cansancio y el malestar que visiblemente se iba apoderando de todos.

Libres de hablar o no, ya que durante la marcha puede ello hacerse sin inconveniente, desde nuestros puestos nos disimulábamos nuestras sensaciones con estos o parecidos diálogos:

-Teniente, ¿cómo va el cansancio?

-Estoy como una pluma.

-¿Y el capitán X?... ¡Parece que comienza a darse por vencido!...

-¿Yo?... ¡Y ni aún con dos leguas más! Estoy acostumbrado: en la hacienda hacía todos los días excursiones iguales...

-Sí; pero no con este maldito rollo a la espalda, que ya me carga como si fuera una montaña...

Y aquí lo bueno:

-¡Ah! ¡Ah!... -ya apareció aquello: ¡El hombre lo confiesa!...

El sorprendido en tal lapsus, fatal para su prestigio, se disculpaba, trataba de explicarlo; pero sin convencer del todo a los demás.

Entre tanto los soldados, a su vez, se daban mil bromas en su estilo propio y especial...

-¡Qué hay, Rafael..., ya vais arrastrando una pata! ¡Cuidado, que hay que guardarlas para corretear a los cholos!...

Y otro:

-¡Bien haya en el potrero, largo y repelao! ¿Y no hallaremos por él una ramadita para despuntar el vicio?...

Se hacía, pues, gasto de buen humor y se marchaba riendo y chanceando todavía, pero bajando poco a poco el diapasón, que al fin de una hora alcanzaba el tono del reniego in pettore, para concluir por una maldición al maquinista y su máquina, al Perú y al desierto y sus arenales...

Al caer la tarde, es decir, después de más de cuatro horas de marcha, que nos habían parecido eternas, no era posible disimular más: todos confesábamos el cansancio y esperábamos con ansiedad el momento de hacer alto.

Según nuestros cálculos, lo más largo de la jornada debía estar ya hecho y, por consiguiente, la distancia que nos quedaría aún que recorrer no podía ser muy considerable.

Desde nuestros puestos en las filas nos era imposible darnos cuenta cabal de lo que adelantábamos en la marcha.

Juzgándolo, sin embargo, por el estado de nuestras piernas, el espacio avanzado debía ser enorme; pero ateniéndonos a lo que la vista nos indicaba, los cerros de la costa, que hacía tantas horas habíamos dejado a retaguardia, parecíannos aún de igual dimensión, sin que uno sólo de sus detalles se borrase o atenuase siquiera ante el poder de la distancia.

Por una circunstancia semejante, las sinuosidades de los pequeños montículos que se destacaban al frente en el horizonte y en la dirección que seguíamos, presentaban el mismo aspecto constantemente. A lo lejos, envueltos en una atmósfera espesa y temblona los veíamos dibujarse con mil cambiantes e indecisas ondulaciones que nos hacían el efecto de las aguas de un río correntoso. Este curioso fenómeno, debido a la rarefacción del aire por la distancia y el calor de los rayos del sol que enardecen la arena reflejándose en ella, nos llamó la atención entonces por ser la primera vez que lo veíamos. Más tarde se nos hizo, sin embargo, familiar; pero no sin darnos, de cuando en cuando, la oportunidad de observar alguna nueva circunstancia que nos sorprendía y admiraba.

El brillo del reflejo de la luz sobre la arena se atenuó de pronto, pero esa arena y el ambiente adquirieron juntos una tonalidad más subida, más profunda, algo del amarillo anaranjado, con tintes de oro, aquí y allá, en el cielo y en el suelo...

El horizonte, hacia el lado del mar, se divisaba envuelto en una especie de nimbo color de lila y color de malva. ¡Cuán hermoso!

Continuamos marchando y haciendo conjeturas sobre la distancia recorrida, sin que nuestras opiniones resultaran de acuerdo sobre el último punto.

Las indicaciones de los guías no nos eran conocidas, pues estando ellos al servicio del Estado Mayor y de los destacamentos de avanzadas, a los cuales acompañaban, no podíamos verlos. No debían tardar, sin embargo, en desvanecerse nuestras ilusiones y con ellas las esperanzas de llegar pronto al término de la caminata.

Un oficial ayudante del Estado Mayor pasaba en aquel momento por el costado de las filas comunicando a los jefes una orden superior. Suponiendo, y con razón, que por él podríamos salir de dudas, le interrogamos al punto:

-¿Qué distancia nos queda aún?

-Otro tanto de lo andado...

-¿Para llegar a Hospicio?...

-Para hacer el primer alto y descansar.

-Acamparemos entonces en despoblado...

-A lomo de arena... y ¡abur!, ¡que voy deprisa!...

Se comprenderá el efecto que en nuestro ánimo hizo tal noticia: (¡Otro tanto!... ¡y habíamos andado más de cuatro horas!...) ¿Cómo podía ser que, caminando a buen paso, constantemente, y sin hacer otras paradillas que las necesarias para dejar que las filas de adelante tomaran su distancia, sólo hubiéramos llegado a mitad de camino?

Este problema, sin solución para mí entonces, pude resolverlo sencillamente más tarde con la experiencia, que me demostró que cada paso que se da sobre la arena profunda y movediza equivale sólo a medio paso sobre terreno firme, a causa de que el pie resbala hacia atrás haciendo que el cuerpo se incline involuntariamente, todo lo cual contribuye a fatigarlo y aun a extenuar las fuerzas en poco tiempo.

Comenzaba ya a anochecer cuando empezamos a descender un plano inclinado de terreno que, haciéndose más y más irregular, convertía la marcha en un verdadero tormento. El rollo en la espalda, el revólver con sus cien tiros y el sable del cinto aumentaban poderosamente la dificultad, sobre todo por haber tenido nosotros la fantasía de proveernos en la maestranza de artillería de Santiago de unas hojas toledanas de tamal-,-o sólo apropiado al uso de la tropa de caballería, que habían formado parte del armamento de la fragata española María Isabel. ¡Este sable pesadísimo, con su vaina de metal, nos había parecido más eficaz para el caso de un combate cuerpo a cuerpo! Su inutilidad y sus inconvenientes sólo se nos ponían de manifiesto cuando ya no había remedio.

Sin lo excepcional, pues, de mi situación, me habría sido dado admirar, en toda su imponente grandiosidad, el espectáculo de la puesta del sol en el desierto. Más tarde, acampado sobre las altas mesetas que forman muralla a los valles profundos, únicos oasis de ese cruelísimo despoblado, no podía menos que reflexionar en lo poco que valen para el hombre los esplendores de la naturaleza y la magnificencia de sus más sublimes manifestaciones, cuando para admirarlos le faltan a la vez la tranquilidad del espíritu y el reposo del cuerpo. Según mis ideas de entonces, ni Horacio, ni Quintana, ni Fray Luis de León, ni Rioja, debieron sentirse cansados y hambrientos, cuando entonaron sus cantos magistrales en alabanza de la creación.

Por una peculiaridad rara y enteramente especial de aquel desierto y su clima caprichoso, al caer de la tarde la temperatura cambia bruscamente, de modo que de insoportable por lo ardiente, pasa a ser intensamente fría, y tanto que durante la noche las brisas heladas entumecen el cuerpo, no bastando el abrigo más denso para entibiarlo.

La marcha en tales casos es el mejor preservativo; pero allí, lenta, como forzosamente tenía que ser por la fatiga y la debilidad, no producía el resultado benéfico que habría sido tan útil. Fue necesario, pues, desenrollar el capote y cubrir con él las espaldas, alzando el capuchón, con lo cual, más que de soldados parecía el regimiento una peregrinación de silenciosos frailes franciscanos.

Muy pronto la oscuridad se hizo absoluta: las constelaciones brillaban en un cielo purísimo cuya limpidez no enturbiaba una sola nube, pero sin que su luz pálida y tenue alcanzase a despejar el manto de negras tinieblas tendido en toda su inmensa extensión sobre la superficie del suelo arenoso.

El silencio absoluto e imponente de la noche, turbado sólo por el ruido uniforme de los yataganes que chocaban con las caramayolas de metal daba aún mayor sombra a ese cuadro de tintas negras y monótonas digno de un agua fuerte a lo Raffet, y que no se borrará jamás de mi memoria. En esos momentos por vez primera me sentía preocupado y pensaba en la posibilidad de una sorpresa, que hubiera sido de fatales consecuencias para los nuestros.

Instintivamente clavaba la vista en el horizonte, hundiéndola en la oscuridad y mantenía el oído atento al menor ruido, que en ocasiones me parecía como el de un lejano y nutrido tiroteo de fuego graneado. ¡Curioso poder de la imaginación, bajo cuyo imperio, no obstante, han confesado después haberse encontrado la mayor parte de mis compañeros, sobre todo durante los servicios de avanzadas en puestos cercanos al enemigo!...

Pasaron dos horas más sin la menor novedad. Al cabo de ellas, por el rumor que desde la cabeza de las filas venía trasmitiéndose sucesivamente hasta las de mi compañía, pude cerciorarme de que tocábamos el término de la jornada de aquel día y que el punto en que debíamos acampar estaba cercano. Esta idea me dio nuevas fuerzas, cosa que debió suceder igualmente a los demás, pues las hileras comenzaron a redoblar el paso.

No me había equivocado: cinco o diez minutos después recibíamos la orden de hacer alto y acampar.

Los ayudantes abandonaban su colocación al lado del coronel y trasmitían la orden de descansar, recomendando el silencio y la abstención de fumar, sacrificio bien penoso para los soldados, que hubieran dado meses de suple por el permiso de una puchadita, como decían.

Hecho el orden en la tropa y seguros ya de que todos quedaban en sus puestos, nos ocupamos en arreglar nuestra cama para entregarnos al sueño que tanto necesitábamos... (¡Nuestra cama!...) ¿Podían merecer este nombre una mala manta y un capote?... Y, sin embargo, era lo único de que disponíamos, pues el resto del equipo se hallaba, con el de los demás cuerpos de la división, a mucha distancia aún, trasportado por las mulas que conducían los arrieros destinados a este trabajo, bajo la custodia de los piquetes designados para el caso.

A poca distancia de nosotros, en medio de la oscuridad, se divisaba un bulto de forma regular, pero que no podía distinguirse bien. Como hasta aquel momento habíamos seguido la línea férrea, se nos ocurrió que sería la casucha de algún guarda y, en tal caso, ¡qué recurso!... A lo menos algunos de nosotros podríamos pasar la noche bajo techo.

Un capitán, dos tenientes y tres subtenientes de los que pertenecíamos a las compañías cuya colocación correspondía al lugar en que se hallaba aquello que suponíamos ser hospedaje -y quienes, por tanto, quedábamos en situación de alejarnos unos pasos sin inconveniente y sin faltar a nuestro deber-, nos dirigimos hacia el bulto con la intención de tomar tranquila posesión de él, pues debía hallarse abandonado.

No tardamos en convencernos de nuestra buena suerte; el objeto que veíamos servía para el caso maravillosamente: el descuido de la administración de los ferrocarriles del Perú nos favorecía, procurándonos un alojamiento inesperado. Con efecto, por una casualidad grande y atribuida sólo a negligencia, se hallaba a poca distancia de los rieles, medio enterrado en la arena, un vagón de carga, desmantelado de puertas y ruedas, pero techado aún y más o menos exento de rendijas y aberturas en las paredes.

Arreglamos nuestras mantas, que a la vez nos servían de colchón y frazadas -pues las doblábamos en el extremo para cubrirnos así los pies- y, haciéndonos mutuamente almohadas de nuestros cuerpos, nos tendimos, forrados en los capotes, con el capuchón calado hasta las orejas. Sin más preámbulos, tras de cuatro o cinco chanzas con que celebrábamos los diversos incidentes que iban haciendo poco a poco, y a medida que nos colocábamos, más cómicas y curiosas nuestras posiciones respectivas, nos quedamos profundamente dormidos.

Por lo que a mí toca, me sentía tan molido y fatigado que hoy me admiro de cómo tuve aún ánimos para tomar mi parte en el jaleo, y sólo recuerdo que un minuto después me dormí con un sueño tan pesado como no lo he tenido en mi vida. Debí, soñar, sin duda, porque a la mañana siguiente, al abrir los ojos, aún me creía muellemente engolfado entre las sábanas de mi cama y renegando de no haber notado que las persianas de mi cuarto quedaban abiertas la noche anterior... ¡Tanta era la luz del sol que entraba «como por su casa» por entre las rendijas del vagón providencial!...