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ArribaAbajoEspionaje

El croquis estaba adherido con cinta adhesiva al pizarrón del salón de reuniones del Estado Mayor.

Custodio, el ordenanza del coronel Martínez, recordó las palabras de su tío durante el asado en Areguá. «Las guerras pasan, no son frecuentes y hay que aprovecharlas».

Juan, el primo que vive en Encarnación, decía que el tío Eligio era un traidor, porque trabajaba en la embajada del Brasil, y era bastante claro que los brasileños verían con buenos ojos un eventual triunfo boliviano, en la guerra que ya duraba un año.

Pero Custodio sabía también que la vida es dura. Había empezado a comer todos los días, desde el momento en que el coronel Martínez le propuso que se enganchara y se convirtiera en su ordenanza. Ahora el coronel era ayudante del Jefe del Estado Mayor. Custodio tenía libre acceso al comando, y ese croquis, sobre el pizarrón, podía ser muy importante. Una tentación.

La línea inferior del croquis partía de algún lugar cercano a Encarnación, si es que el croquis estaba referido al mapa del país. Debía ser así, porque la zona del Chaco parecía un globo inflado hacia occidente, precisamente en el lugar en que los bolitas habían capturado algunos fuertes, y ahora retrocedían, empujados por el ejército paraguayo.

La línea terminaba cerca de Bahía Negra, donde estaban los depósitos de la Compañía Argentina Carlos Casado, protegidos de la aviación enemiga por la bandera de la neutralidad argentina. Allí se estibaban armas y alimentos. La cobertura servía. Cuando se   —32→   acercaba un avión boliviano, el embajador argentino protestaba y amenazaba con la ruptura.

Eso decían los oficiales del Estado Mayor.

Otra línea partía de algún lugar cerca del río Parapití, y cruzaba el Chaco hacia la frontera brasileña, se sumergía en el Pantanal, y a partir de allí, bajaba abruptamente hasta un lugar que podía ser Mato Grosso do Sul.

La tercera línea tenía como punto de partida Asunción. No es que dijera Asunción, ni que ese croquis se correspondiera absolutamente con el mapa del país, pero era muy parecido y las líneas parecían unir ciudades importantes.

Una cuarta línea hacía una extraña y sugestiva curva que abarcaba tres ciudades del este, se proyectaba hacia el sur y luego enderezaba recta hacia el centro del territorio nacional, en una obvia orientación hacia la frontera boliviana.

Seguramente era un mapa de abastecimiento o un plan de marcha, para los cuatro cuerpos de ejército principales.

A lo largo de las líneas se consignaban letras y números que podían indicar horas. Evidentemente un cronograma.

Custodio se asustó. Lo que pensaba le parecía un crimen. Al mismo tiempo sabía que la oportunidad se presentaba una sola vez, como decía la tía Mencia, cuando recordaba al tipo que la había invitado a Río de Janeiro, proyecto que rechazó, porque suponía que quería abusar de ella.

Desde entonces no había encontrado uno como aquél, que quisiera abusar de ella. Los que lo habían logrado, no le llegaban a la suela de los zapatos. No había conocido Río y seguía viviendo en Ibycuí, vieja, cansada y sin escuchar propuestas.

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Custodio minimizó la importancia del croquis, para que su condición de potencial traidor le doliera menos.

Lo copió en un papel de envolver pan y lo guardó debajo de la camisa. Sudaba y temblaba cuando apagó la luz de la sala.

Salió del cuartel, y sin detenerse en la casa de su novia Rosita, que lo extrañaría por su deserción, marchó hasta la casa del tío Eligio. El que trabajaba en la embajada del Brasil.

Esa misma noche, el coronel Souza, agregado militar de la embajada, se comunicó por radio con Río de Janeiro y transcribió las características del croquis.

Aprovechó lo que parecía ser una crisis inminente, para retener en la oficina a su nueva secretaria, una belleza con largas piernas, piel cobriza y sonrisa de Mata Hari, lo cual se correspondía perfectamente con la actividad específica del coronel, veterano oficial de inteligencia.

A continuación, solicitó una reunión informativa con el embajador, a quien le mostró el croquis. El diplomático pidió que no lo introdujera en las típicas infamias de los militares que trabajan en espionaje. Arrojó el croquis sobre la mesa del escritorio, y se acercó a la mesa bar, más atractiva para un buen diplomático, que los cuentos del coronel, y se sirvió un whisky. El coronel suponía estar trabajando para el Itamaraty indirectamente, o sea para la patria, de manera que hizo un esfuerzo y reprimió su indignación.

En lugar de haber sido recibido con entusiasmo por el representante oficial de su país, éste lo había agredido diciendo que su actividad podía entenderse como una infamia.

Despreciaba profundamente a ese civil oportunista, vividor y ambiguo, por un montón de razones que venían al caso, pero no perdería el tiempo en discutir. Con paciencia y tenacidad, se dedicó a   —34→   explicarle a ese ignorante estúpido, antipatriota y corrompido, que si los bolivianos llegaban al río Paraguay, el ejército brasileño podía avanzar hasta el mismo río, marchando desde el mar. Miró entusiasmado al embajador y concluyó triunfante: «Colorín colorado, esta guerra se ha acabado».

Durante la larga exposición del coronel, el mucamo del embajador arregló el escritorio principal. Sirvió whisky varias veces y fue clasificando las observaciones del coronel para hacer un informe, cumpliendo su misión como agente de espionaje de la misión militar argentina.

Había sido contratado por el servicio, dada su extraordinaria memoria fotográfica, de manera que tomó nota del croquis abandonado sobre el escritorio.

Sus idas y venidas pusieron nervioso al coronel, hasta que en un momento en que abandonó el salón, para traer otra botella de whisky, el militar hizo la pregunta que lo preocupaba.

-¿Ese hombre es de confianza?

-Como todo el personal que está bajo mi mando -dijo el diplomático, lo cual generó la tranquilidad que necesitaba el esforzado espíritu del jefe de la misión militar.

Esa noche trabajaron intensamente los servicios de inteligencia de los Estados Mayores de los ejércitos de Brasil y Argentina. Con la misma pasión inteligente y voluntad de entrega, el coronel actuó sobre su nueva secretaria, quien, además de convertirse a partir de ese momento en una amante extraordinaria, con méritos insospechados y fantasías sorprendentes, tuvo la serenidad necesaria para memorizar un importante material informativo, proporcionado por las fatigadas confidencias del coronel.

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La secretaria trabajaba para la inteligencia norteamericana. Había sido incorporada a la faena informativa, no solamente por sus méritos eróticos, evaluados correctamente por el soldado brasileño, sino por su inteligencia y memoria.

Al amanecer, cuando el coronel finalmente se rindió, como consecuencia de la dura batalla nocturna, indudable anticipo de la expansión de la guerra en el Cono sur, la secretaria marchó a su casa, convocó al agregado militar norteamericano y le entregó el croquis, además de un puntual informe sobre los proyectos del Estado Mayor brasileño relativos al desarrollo de la guerra.

Había amanecido sobre el lago Titicaca, cuando el croquis llegó a la mesa de trabajo del Jefe del Estado Mayor del ejército boliviano, en ese momento rodeado por ocho oficiales nativos y cuatro alemanes, uno de los cuales usaba monóculo, posiblemente con el objeto de poner la nota clásica, tradicional en un junker representante de la imagen poderosa de la Gran Alemania.

El croquis fue objeto de variados análisis estratégicos y tácticos, según la ubicación de la transparencia con el mapa de Paraguay, fabricada con la velocidad del rayo por los eficientes auxiliares alemanes, adjuntos al comando.

A media mañana un avión de la Fuerza Aérea Norteamericana encendió sus motores en Panamá, mientras esperaba a cinco oficiales de inteligencia que fueron depositados sucesivamente en Lima, La Paz, Río de Janeiro, Asunción y Buenos Aires.

Otro avión, de la Standard Oil Company, con el jefe y subjefe del servicio de inteligencia de la empresa, despegó minutos más tarde del aeropuerto de Los Angeles con destino desconocido pero obvio.

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La inteligencia argentina puso en movimiento sus estructuras operativas en Bolivia, Paraguay y Brasil y lo propio hicieron los brasileños con las suyas.

El agregado militar de la embajada paraguaya en Roma, encargado de la compra de armamento liviano, algunos cañones, varios aviones y dos cañoneras, recibió la inesperada visita del Secretario de Defensa de Italia. Se trataba de un acontecimiento extraordinario. El Secretario se había negado sistemáticamente a recibir al militar paraguayo. Esperaba primero que un buen amigo común lo entrevistara, con el objeto de saber cuál sería el monto de su comisión por la compra de las cañoneras.

Pero había recibido una comunicación urgente de Berlín, en la cual le informaban que el ejército paraguayo, apoyado por un aliado todavía no especificado, proyectaba una ofensiva inmediata contra las líneas bolivianas. Para confirmar su preocupación, exhibió el croquis que le enviara el jefe de la misión militar italiana en Berlín. El militar paraguayo miró atentamente el croquis. Insinuó una sonrisa de suficiencia, carraspeó y comunicó al excitado Secretario que si bien no tenía acceso a los planes de su Estado Mayor, a la vista del croquis la conclusión era obvia.

No dio más explicaciones. Su discreción estaba amparada por el secreto militar, como en cualquier «casus belli» y de esto se trataba. El Secretario de Defensa se fue sin saber si habría más compras de armamento y cuál sería su comisión por las cañoneras.

El Estado Mayor boliviano replegó una división blindada y adelantó dos que estaban a la vista de la frontera brasileña.

El Estado Mayor del ejército argentino ordenó a Fabricaciones Militares que acopiara sobre la frontera material pesado, y aprontara barcazas neutrales de Carlos Casado para transportar los equipos,   —37→   todavía no solicitados, pero sin duda indispensables para la ofensiva prevista.

El Comando en Jefe del ejército brasileño ordenó apostar cuatro divisiones sobre el río Paraná, comunicó la consigna H2O que consistía en construir rápidamente varios puentes de pontones sobre el río, y distribuyó abundante cachaza a los jefes, oficiales y suboficiales, con el objeto de prepararlos para la batalla que tendría lugar en las próximas horas, de acuerdo a lo que revelaba el croquis obtenido por su servicio de inteligencia.

El Primer Ministro británico recibió el croquis a través del FBI americano y del Intelligence Service. Dada la complejidad del tema, por tratarse del Cono Sur, del acceso a los grandes ríos y frente a la hipótesis de posibles yacimientos de petróleo en el Chaco, ordenó a su embajador en la Sociedad de las Naciones, que planteara una enérgica protesta contra el gobierno de Alemania, por su injerencia en la zona, conducta con la cual violaba desaprensivamente los acuerdos de Versalles.

El Jefe del Estado Mayor del ejército paraguayo recibió una copia del croquis a las dieciocho horas, con un detalle circunstanciado del movimiento de las tropas bolivianas en el frente, de las tropas brasileñas en la retaguardia y del transporte de material bélico argentino, que no sabían en qué lugar ocultar sin llamar la atención del enemigo.

Convocó a los oficiales del Estado Mayor para las 18.30. Los nueve oficiales miraron atentamente el croquis. Uno de ellos advirtió que ese croquis era muy parecido a uno que había sobre el pizarrón, sostenido con cinta adhesiva.

Se miraron estupefactos. El Jefe del Estado Mayor preguntó quién era responsable de ese croquis.

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El teniente Bogado, ayudante del coronel Sanabria, Jefe de Logística, se cuadró y espantó a los oficiales presentes con un rotundo: «Yo, mi coronel».

Después explicó que ése era el itinerario y el cronograma diseñado para organizar la actividad de la limpiadora de las oficinas del Comando.

Estaba cansado de tropezar, cada mañana, con el balde y el escurridor.



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ArribaAbajoLa cita

El hombre se apoya en la puerta de la camioneta y mira hacia el río. La isla parece el lomo de una ballena gigante, sobre la cual, por alguna razón misteriosa, el plancton, los líquenes y el musgo han desarrollado una vegetación impenetrable. Imagina que desembarca en la breve playa de arena amarilla y marrón, y se introduce en una lujuria de color, gritos salvajes y rumores imprecisos.

Sin embargo, hace lo que tiene previsto. Trepa al asiento de la camioneta, abandona el puente y sale de la ciudad atravesando barrios de innoble vulgaridad, con mojones de desperdicios acumulados en las esquinas.

La ruta a Asunción se muestra como una invitación al tedio. Un sol de fuego convierte el viento que entra por las ventanillas abiertas en el aliento espantoso del demonio, en el caso de que el demonio exista y tenga verdaderamente un aliento pestilente.

Cada semana recorre la ruta entre Asunción y Ciudad del Este. Compra productos en Argentina y los vende en Brasil. Sus camiones transitan por el territorio paraguayo. Todo es más o menos ilegal. Tiene lugar un extraño juego de conveniencias internacionales a espaldas de los códigos.

Se trata de un negocio marginal y relativamente fuera de la ley, por lo cual debe vigilarlo de cerca. Una vez por semana sigue los camiones, espera que crucen la aduana y entrega la mercadería al comprador, del otro lado del río, lo acompaña al banco y cobra su dinero. Es la parte buena del negocio.

Termina la operación y cruza el puente entre Foz de Iguazú y Ciudad del Este. Mira la isla y recomienzan las fantasías a las que pone   —40→   término de manera abrupta. Hace una rápida comida en algún restaurante sucio y mal atendido y pone la camioneta sobre la ruta. Debe volver a Asunción con el dinero, envuelto en papeles de diario y escondido debajo de una camisa en el bolso de mano.

Nunca desembarcará en la isla. Sería abandonar el mundo.

El hombre conduce a regular velocidad sobre la cinta gris del camino. Se introduce en las falsas inundaciones que fabrica el espejismo que se diluyen y desaparecen antes de ser alcanzadas. Como las buenas cosas de la vida, reflexiona.

Un ómnibus de turismo, a una velocidad igual a la de su camioneta no le permite avanzar. Debe esperar la oportunidad y no correr riesgos inútiles. La ruta es angosta. Insuficiente. Construida con la avaricia corrupta de gobiernos ladrones. El tránsito es una aventura incierta.

El camino tuerce en una larga curva a la derecha y ningún vehículo avanza por la mano contraria. Decide adelantarse. Hace un rebaje de velocidad para concentrar la potencia del motor y acelera. Cuando está pasando al lado del ómnibus ve la mujer parada sobre la banquina. Una figura alta vestida de negro. La cabeza cubierta con un pañuelo del mismo color, como el albornoz que usan las campesinas. Inmóvil, al lado de la ruta, quiebra el horizonte. El tiempo se detiene. El ruido del motor y el silbido del viento son reemplazados por un silencio abisal.

El hombre se da cuenta que ésa es la muerte. Mira al frente, hacia el camino. Un enorme camión ocupa la ruta. En un aterrado acto reflejo frena y se coloca detrás del ómnibus. Termina la dramática maniobra cuando el enorme Scania pasa a su lado produciendo una enloquecida reverberación de viento caliente que penetra en la cabina de la camioneta como una tormenta en el infierno.

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Pasado el peligro mira por el espejo retrovisor. No hay ninguna figura vestida de negro. En realidad, no hay nadie. En todo caso desapareció, si es que alguna vez existió. Tiene la certeza de que ha visto la muerte. Un aviso extraño, sobrecogedor.

Una semana más tarde vuelve a Ciudad del Este. La misma rutina sin incidentes. Sobre la isla dos halcones planean soberbios, indiferentes al destino menudo de los hombres. Una súbita tristeza expresa la certidumbre de lo imposible. Nunca desembarcará en la isla. Es territorio transitorio de los halcones después de sus vuelos poderosos.

El hombre sabe que nada cambia y descubre la fatiga de vivir.

Con el dinero en el bolso de viaje emprende el regreso. La siesta es un lagarto inmenso que tapa el horizonte. Debe haber alguna manera de llegar a la isla. Pero no es bueno que esté cerca del puente, la gente le impedirá gozar de su intimidad y del vuelo de las aves. Detiene la camioneta en el lugar en que descubrió la negra figura junto al camino, en ocasión del viaje anterior. No tiene explicación para esta decisión inútil. Busca el rastro imposible de un acontecimiento inexistente ocurrido en otro tiempo. Debe encontrar alguna manera de llegar a la isla.

En ese momento, un camión intenta pasar un ómnibus de turismo y se enfrenta con otro, que avanza por la mano contraria. Para evitar el choque de frente el chofer desvía el volante hacia la banquina. Golpea con violencia la camioneta estacionada que estalla destrozada. El camión, tumbado en la cuneta, se arrastra a lo largo de cien metros entre el humo, el polvo, la exasperación de la tragedia. El chofer tiene la extraordinaria visión de un cuerpo que hace una extraña pirueta en el aire y cae con la ridícula y desalentadora desorganización   —42→   de un muñeco de trapo. Poco después se inclina sobre el cuerpo roto del hombre sobre el barro de la cuneta.

Varios minutos permanece llorando presa de desesperación. No advierte la presencia de la mujer vestida de negro, la descubre fugazmente cuando la extraña figura se interna entre los matorrales.



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ArribaAbajoDestino

El cartel indicaba 56 kilómetros hasta Cascavel y 235 hasta Foz de Iguazú. La vuelta a casa. Al mismo idioma, a los viejos sonidos y olores familiares. A la encantadora falta de eficiencia solidaria, acompañada de la seguridad de que, de una u otra manera, todo se puede y se resuelve, dentro de la relatividad de los hechos humanos.

El viaje desde Curitiba parecía interminable. El tiempo estaba muerto bajo el terrible sol de la siesta. El reflejo sobre el pavimento lastimaba los ojos y producía la angustiosa sensación de que la meta era todavía lejana. Que no había meta y el rugido del motor sobre el camino era una fantasía. El espejo serpenteante de la carretera trepó colinas, descendió por valles de esmeralda, bordeó sorprendidas estaciones de servicio.

Enigmáticos campesinos cubiertos con grandes sombreros de paja volvían la cabeza hacia el rojo resplandor del automóvil, que retornaba de la promesa de una fiesta fracasada y buscaba empecinado el aviso de la frontera.

Cascavel 56 kilómetros. Ignacio leyó el cartel mientras dejaba a su izquierda un campamento de vialidad, en el que enormes equipos amarillos, semejantes a exóticos dinosaurios mecánicos, otorgaban una cuota de civilización al paisaje, igual al que conocieron, trescientos años atrás, jesuitas y guaraníes, cuando elaboraron el proyecto que los condujo a la destrucción.

El auto descendió la cuesta y bordeó una colina cubierta de pinos y lapachos. En ese momento el crujido de misteriosas piezas móviles del motor terminó en una explosión seca, que grabó en la inteligencia   —44→   de Ignacio, en una fracción de segundo, la absoluta convicción del desastre.

Cualquier reflexión de orden práctico, que no se produjo, fue sustituida por una sensación profunda de soledad, abandono, coraje, escepticismo e irracional esperanza que generalmente agobia, estimula, derrota y hace vivir y morir, en un mismo tiempo, a los solitarios de la aventura.

El auto se detuvo. Ignacio continuó con las manos en el volante y los ojos fijos en un lejano espejismo sobre la ruta. Altas colinas cubiertas de vegetación escondían cualquier expresión de vida humana. Un pájaro gris voló hasta la cima de los cerros emitiendo extraños graznidos, que acentuaron la severidad del silencio. Ignacio pensó en la confusa definición de la palabra fatalidad. En realidad, no creía que tuviera un significado preciso. Millones de actos y omisiones lo habían conducido hasta ese lugar, en ese momento. Actos y omisiones propios y ajenos. Reales o imaginarios. Misteriosos.

No contempló la posibilidad de consultar a una sibila. Imaginaba, que habían muerto en un pasado irremediable. El mundo había cambiado, y la ciencia daba respuestas más ambiguas y menos satisfactorias que la mitología. La realidad era ahora menos ordenada. Imprevisible.

Ignacio hacía inútiles reflexiones, detenido como una minúscula partícula de polvo, en el centro mismo de la inmensidad de América.

Entonces vio por el espejo retrovisor un camión, que enfrentaba la selva y se disponía a trepar por la montaña. Descendió del auto y llamó a gritos la atención del conductor, cuando con una perezosa acelerada intentaba continuar la marcha. El hombre sintió curiosidad por el desconocido que gritaba y hacía gestos con los brazos,   —45→   como aspas de molino. El automóvil rojo humeaba lentamente por los flancos, como una pequeña locomotora fatigada.

Arriba estaba el pueblo. No muy grande, pero había un taller de reparación de autos. ¿Lejos? No tanto. Unos pocos kilómetros cuesta arriba. Claro, que podía llevarlo, y también le presentaría al patrón del taller. No podía decir que era su amigo. Tenía fama de buen mecánico. La sonrisa en la cara del camionero parecía una señal de nacimiento. Imborrable. Las orejas grandes y desproporcionadas también. Cuando Ignacio trepó a la cabina advirtió el olor a aguardiente barato y tabaco rancio que despedía el cuerpo de su providencial salvador.

El camión ascendió por un empinado camino empedrado, entre plantas cubiertas de flores y diversos colores. La sonrisa continuaba en la cara del camionero mientras observaba fijamente el camino, como hipnotizado por un laberinto que descubriera por primera vez.

El pueblo apareció de pronto. Como una revelación. La maleza florecida se abrió como un telón, para revelar lo que hasta ese momento parecía una quimera. Una fantasía de chofer borracho. La esperanza de un desesperado. Un pueblo con viejas casas de madera y unas pocas de material.

La avenida principal era ancha y desierta. Una meseta batida por el viento. Pasaron frente a la iglesia. Vieron gente sentada ante unos pocos negocios. No parecía importarles el sol inclemente, ni el viento abrasador, más intenso e insoportable que en la hondonada en que había abandonado el automóvil.

El camionero condujo lentamente hasta un extremo de la avenida principal. Un galpón de chapa definía su identidad con un cartel verde y amarillo: «Taller Mecánico los Dos Hermanos». Parecía un cementerio de autos abandonados. Algunos muchachos con vaqueros y camisetas de color indefinido, jugaban arrojando monedas   —46→   contra la pared. Negros, mulatos, rubios, caboclos. La caótica mezcla de genes que da al continente la fisonomía de su explosiva vitalidad. El guía golpeó las manos. Un tipo rubio de grandes bigotes, con las manos engrasadas, emergió como una aparición, del motor descubierto de un camión para transporte de ganado. Hablaron en un rápido y cerrado portugués provinciano. Ignacio imaginó que era el tema principal de ese diálogo incomprensible. La mirada larga, inquisitiva y fría del rubio, traducía su vacilación mientras tasaba el producto. Debía comprar o dejar pasar. Una sonrisa se insinuó debajo del bigote. Los ojos azules se achicaron provocando un montón de arrugas. El tipo había resuelto ocuparse del problema. Se volvió hacia los muchachos y gritó una orden. Uno subió a una camioneta y partió. El guía trepó al camión, hizo un gesto de despedida, se perdió en un recodo del camino que ya no era calle principal y descendió hacia la parte de atrás del pueblo, si es que un pueblo tiene parte de atrás o de adelante.

Ignacio quedó solo bajo el sol. Abandonado, expectante. Indeciso. Se preguntó qué podía pasar en ese pueblo desconocido, en una montaña desconocida, en un territorio que nadie llegaría a conocer jamás.

Se propuso no pensar en antes, sino esperar el después. El auto era de una marca francesa, los mecánicos eran malos en todas partes, la posibilidad de conseguir repuestos una hipótesis improbable. El tiempo que duraría el trabajo de reparación y su resultado, constituían un absoluto misterio.

Entró al galpón en sombras y encendió un cigarrillo. Observó las piruetas brillantes de las monedas, antes de estrellarse contra la pared.

Los muchachos hablaban y reían. Ignacio trató de adivinar qué podía ser tan gracioso. Había en ellos algo innoble, sucio, malévolamente   —47→   primitivo, casi demoníaco. Más profundo y condenable que la desprolijidad exterior.

La suciedad forma parte de la naturaleza de un taller mecánico. La ropa sucia de tierra y grasa, las manos de color indefinido, los pantalones rotos por arrastrarse debajo de los vehículos. Pero el ominoso clima deshumanizado que generaban a su alrededor, no tenía que ver con el trabajo ni con el descanso.

El rubio de bigotes salió de la oficina, en el fondo del galpón, con una caja de herramientas en la mano. La camioneta regresó con un pasajero. Seguramente el hermano. La razón social estaba completa. «Taller los Dos Hermanos». El nombre generaba una espontánea sensación de solidaridad. De trabajo constructivo y armónico. Colaboración fraterna con implicancias sentimentales.

No era lo que expresaban de manera ambigua, indefinible, oscura. Como si el nombre en el cartel, tuviera como propósito ocultar otra realidad. Inconfesable, odiosa, casi obscena.

Podrían haber dicho: Vamos a ocultar la vergüenza. Disimulemos. Evitemos que se den cuenta.

Ignacio tuvo la certeza de que el sol y la indefinible fatalidad conspiraban para inclinarlo hacia la sospecha y la irracionalidad. Eran sólo dos tipos que se ganaban la vida engrasándose las manos. Hasta podía ser que fueran buena gente y entendieran algo de mecánica.

En la camioneta iniciaron el descenso hasta la ruta, donde esperaba el agotado auto rojo. Ignacio relató lo que había ocurrido. En realidad, lo que había visto y oído. Abrieron la tapa del motor y comenzaron a estudiar el problema. Los hermanos hablaban entre sí, hacían conjeturas y desarrollaban teorías. Trataron de encender el motor. Se escuchó un ruido que amenazó con el éxito después que el gemido largo, angustioso, exasperante de la batería, pretendió   —48→   obligar a un esfuerzo que el motor no estaba dispuesto a asumir. «Hay que remolcarlo». Habían traído un cable con ese propósito. Después treparon perezosamente la colina. Los rayos del sol caían verticales. La sombra era apenas una idea imprecisa que bordeaba la montaña, se apretaba debajo de los árboles y formaba dibujos extraños y variables debajo de los pies de los pocos peatones que marchaban a refugiarse en sus casas, huyendo de la impiedad del medio día.

«Esto será largo» -dijo el de bigotes. El hermano asentía. «Ahora hay que comer. Después habrá que desarmar y ver cuál es el problema. Si necesitamos repuestos va a ser grave. Aquí no hay». Hablaba consigo mismo, con el hermano, con Ignacio, con el mundo, con el abismo misterioso y diabólico de la mecánica. Se haría todo lo posible. Pero después de comer. No mencionó la siesta, que se hamacaba como una hipótesis ineludible en su voz arrastrada, campesina, colmada de falsas seguridades, que pretendía convencer a Ignacio que había acudido al lugar correcto, en el momento justo. Los mecánicos son iguales en todas partes. Soberbios, misteriosos, ignorantes, ineficientes, improvisados, solidarios y aprovechadores. La rueda de la fortuna y del azar.

Ignacio estaba entregado. Tuvo alguna noción de lo que podía ocurrir, a partir del momento en que llegó a ese pueblo. Ahora estaba convencido de que jamás podría especular con certeza sobre el momento de la partida. Comenzaba un largo viaje interior. Doméstico, esperanzado, desesperanzado, árido, errático, aburrido, excitante. Tal vez inútil, pero definitivamente irremediable.

Le dijeron que el tiempo era imprevisible. Que no se podía medir, afirmación metafísica asombrosa en boca de un mecánico serrano. Probablemente aludía a imponderables subjetivos que condicionaban la idea pura del tiempo, del transcurrir, de la inercia existencial.   —49→   Establecía una relación sutil entre la extensión de la vida humana y el tránsito, no solamente por la tierra, sino por el universo.

Quería significar que su tiempo, su trabajo, sería valioso. Más que valioso, costoso. Caro. Los hermanos preparaban el atraco.

Dejaron el auto en el taller y llevaron a Ignacio a un restaurante en el extremo del pueblo. Pasaron por la casa del rubio, quien le dijo a su mujer, una bonita joven, que llegaría tarde a comer. «Es un nuevo cliente» explicó, señalando a Ignacio. La muchacha lo miró indiferente. Como se mira la fotografía de un desconocido en una crónica necrológica. La emoción se le había muerto bajo el sol árido que agobiaba el aburrimiento. Sin esperanza de cambio. El futuro sería una machacona repetición del pasado.

En el restaurante, dos chicos servían los platos de comida, sin preguntar previamente lo que deseaban. La cerveza era también un rito que no requería preguntas ni respuestas. Ignacio se sentó junto a la ventana. Los vecinos disimularon su curiosidad. No miraban francamente. Cuando pasaban a su lado, con paso cansino, echaban un vistazo a la ventana. De paso, al forastero. Tomaban nota de su presencia sin comprometerse. Pusieron varios platos sobre la mesa. Carne, porotos negros, arroz, ensalada, farofa. «¿Cerveza?» «Sí». Correspondía la pregunta.

Descubrió la muchacha al fondo del salón, cerca del mostrador. Estaba sola. Sería una turista. De otra manera estaría integrada a los hombres y mujeres que se apretaban alrededor de las mesas, en medio de un estruendo sordo y continuado. La rubia lo miraba con sus grandes ojos azules, impávidos, inmutables, curiosos.

Ignacio se sumergió en lúgubres pensamientos.

La comida, la cerveza y el calor produjeron un resultado devastador. Pidió hablar con el dueño del restaurante y le preguntó cuál era el mejor hotel.

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-El de la viuda. A pocas cuadras. Es limpio y tiene un televisor. ¿Se va a quedar mucho?

La pregunta pareció empujarlo a un abismo, donde lo único previsible era el torbellino alucinante de la caída. Le dijo lo que había ocurrido con el auto. El patrón lo miró con gesto fatigado: «Esas cosas se sabe cuándo empiezan. Nunca cómo, ni cuándo terminan».

La muchacha salió del restaurante cuando el patrón explicaba cómo llegar al hotel. El hombre advirtió su presencia y dijo:

-Usted tiene suerte. La señorita Estela vive en el hotel y seguramente va para allá. ¿No es así?

La muchacha dijo que lo acompañaría.

-Extranjero, ¿no?

Cada uno contó su historia. Ignacio repitió la de su auto. Estela era maestra. Contratada por la municipalidad y la sociedad de fomento. No había escuela oficial. Lamentó lo del auto.

-No es un buen lugar para encontrar soluciones técnicas.

La miró alarmado. Caminaban por las calles con empedrado irregular. Cambió de lugar el bolso de mano para tomar del brazo a la muchacha. Quiso evitar que tropezara, con sus tacos altos. Repitió la historia por tercera vez, ante la señora Herta que ensayó un comentario fatalista. Sencillamente dramático y veraz, como el formulado por el patrón del restaurante. «Entonces no sabe cuánto tiempo se queda».

La viuda, flaca y arrugada, blanca, casi traslúcida, a veces gris, tenía el perturbador aspecto de una aparición fantasmal. Todo era un monótono blanco y gris. Su piel, el pelo, la ropa, las paredes, el   —51→   aire, los cuadros, el tiempo. Seguramente su historia. Nunca pudo saberlo. Sólo lo imaginó.

Estela era una imagen discordante, con su vestido de un intenso amarillo, que terminaba arriba de las rodillas.

El hotel, pulcro, parecía un hospital. Un cementerio íntimo, ascético y frío. Una especie de casa de velatorios como una estepa deshabitada. Le indicó su habitación. Podía elegir cualquiera. La única ocupada era la de Estela.

Ignacio se desvistió y se introdujo bajo la ducha. Dejó correr el agua sorprendentemente fresca sobre su cabeza, durante un largo rato. Quería olvidar el calor. Buscó explicaciones para hechos inexplicables, como si la rotura del motor respondiera a estímulos oscuros e indescifrables. Un enigma existencial y no un hecho fortuito, previsible o imprevisible, lógico en todo caso. Posible. Apenas la consecuencia de la destrucción de un mecanismo, como consecuencia de su propia actividad, o del esfuerzo continuado. El mismo episodio, en una ciudad cualquiera carece de importancia. Allí se traducía en angustia impotente.

Un rumor en la habitación vecina le recordó que era la habitación de Estela. Una hermosa muchacha. Se preguntó por qué habría terminado en ese pueblo. Una pequeña comunidad de blancos, en un continente de negros y mulatos. La expresión, terminada, no le pareció justa. ¿La habrían traído por rubia o por buena profesora? La ocurrencia le hizo sonreír.

Se acostó y durmió un sueño profundo, pesado, en el cual los misteriosos mecanismos del inconsciente buscaron evadirlo de una realidad que parecía incontrolable.

Despertó por los golpes en la puerta. El ruido fue penetrando lentamente en su conciencia. Advirtió que había oscurecido. Se puso un pantalón y abrió.

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El rubio de bigotes lo miró con pena. La mentirosa formalidad solidaria con que se mira a un condenado. Sin brusquedad, como si fuera solamente el portavoz neutral de la adversidad, describió los detalles de la catástrofe. «Se quemó la junta del motor. La bancada tiene un agujero. Fue la temperatura. El termostato no funcionó. Por eso se quemó todo. Fundió, ¿sabe? Hay que traer repuestos de algún lado. Aquí no hay. Se lo había dicho. Se puede rectificar, en Cascavel. No sé cuánto puede demorar. Además, hoy es viernes. Tal vez el lunes vamos para allá».

Más detalles. Algunos repuestos pueden hacerse en el mismo taller de Cascavel. La voz del mecánico se fue perdiendo en el universo interior de Ignacio, que apenas escuchaba. Buscaba alternativas que no pasaran por la lógica elemental, que su interlocutor desarrollaba con minuciosidad. Con lúcido regocijo intelectual. «Tiene que ver, señor -concluyó-, acompáñeme al taller».

Ignacio terminó de vestirse y ordenó la poca ropa de cambio que traía en el bolso de mano. La Beretta quedó solitaria en el fondo. Ignacio controló la carga y la escondió en lo alto del ropero, debajo de unas mantas. Se peinó, guardó los cigarrillos en el bolsillo de la camisa, y marchó hasta la puerta del hotel. Era de noche y una ligera brisa intentaba barrer la tortura agobiante del calor. En el taller estaba el hermano del rubio y los muchachos que jugaban a arrimar monedas a la pared. Sobre una gruesa mesa de madera el motor del auto parecía un esqueleto destripado. Todos miraban fascinados. La luz en el medio del taller, sobre la mesa, y la presencia de los mecánicos, le daba a la escena una sugestiva fisonomía de quirófano. El cirujano mayor señalaba y explicaba. Los otros, serios y concentrados, aprobaban vagamente. La explicación era para el padre de la víctima, que llegaba lentamente a la convicción de que se trataba de un caso terminal. Los muchachos del taller ya no eran muchachos. Como si se hubieran convertido en hombres. Habían   —53→   perdido el aspecto relajado, infantil, irresponsable, de la mañana. No es que hubieran crecido. Tampoco se los advertía más maduros. La decrepitud moral de una vida innoble se expresaba en los rostros herméticos, duros, despiadados. Eran los mismos, pero otros. El sol se había llevado la apariencia juvenil y desenfadada de las cabezas despeinadas y las camisetas sucias. Bajo la violenta luz azul revelaban su verdadera índole.

El rubio de bigotes cuyo nombre, Paulo, fue dicho entonces por primera vez, intentaba con éxito generar el mayor desaliento con expresiones terminantes, simples, esquemáticas. Enfatizaba la ausencia de alternativas, la carencia de elementos técnicos y repuestos. Destacaba la imposibilidad de prever el tiempo que demandaría el trabajo, y arriesgaba las posibles soluciones al problema como fantasías remotas. La criatura estaba muerta y no se podía hacer un milagro.

Ignacio advirtió que Paulo también había cambiado. Su expresión, más que su rostro. Así como la mirada cambia los ojos de la gente, el muchacho saludable, solidario, sinceramente preocupado por encontrar una solución al problema, se había transformado, por sutil malabarismo de su arquitectura sicofísica, en un tipo frío, duro, experimentado. Más que maduro, despectivo y escéptico. Sin la menor generosidad para el extranjero, viajero solitario, frustrado por un manotón de la adversidad, en ese árido camino en las montañas, a igual distancia del comienzo y del fin, pero atrapado en la mitad del viaje.

Las palabras del dueño del taller ponían en evidencia una realidad demasiado terrible para ser absolutamente real. La complicidad silenciosa de la banda, tornaba más obvia esa circunstancia. Ignacio descubrió que el auto ya no le interesaba. Se trataba solamente de un objeto útil, ahora destruido. Una curiosa metamorfosis   —54→   lo había convertido en un pretexto. El tema último y primero. La condición circunstancial y efímera que enfrenta a los hombres, en la lucha por afirmar su vitalidad, urgiéndolos a cambiar las circunstancias que propone la adversidad.

El auto era una fórmula alrededor de la cual, algunos hombres se enfrentaban para definir sus objetivos. Egoístas, torpes, fútiles, generosos, apasionados, reales o irreales. El auto, el cadáver, generaba vida. Actividad, lucha, enfrentamiento, violencia. Tal vez muerte. Cuando nada puede hacerse, la alternativa consiste en cambiar el punto de vista sobre las cosas.

Querían que se fuera. En el camino podía tomar un ómnibus y marchar a la frontera para comprar repuestos. Durante su ausencia ocultarían el auto. Después lo mirarían con sorpresa y curiosidad. Comentarían el extraño reclamo de un extranjero sobre el destino del auto rojo perdido en la montaña. Gracioso y terrible. Infame y posible.

Sin embargo, no le propusieron que se marchara. El melancólico epílogo del extranjero recorriendo la montaña en busca del auto colorado, fue una licencia de su imaginación. Se le ocurrió cuando tuvo la certeza de que pretendían hacerlo víctima de una farsa. Pero les faltaba fuerza, crueldad, la decisión necesaria para hacerlo desaparecer.

Ignacio comprendió que no debía separarse del auto. En esa relación, hombre máquina, se fundaba la condición de su sobrevivencia. La gente del pueblo debía conocer la historia del extranjero y su máquina destruida, así como la relación con el taller de Los Dos Hermanos. Lo sabía el patrón del restaurante. También la viuda del hotel y Estela. Esa gente cobraba una nueva dimensión en relación con su drama. La popularidad del tema impediría que alguien tomara decisiones irreversibles. Si no resolvían el problema, la gente   —55→   del pueblo debía saberlo. Podía cambiar de taller, o remolcar el auto hasta Cascavel. Ignacio concluyó que debía hacer cualquier cosa, menos aceptar quietamente la revelación sobre la cual tomó conciencia bajo la tétrica luz del galpón. El enemigo había preparado la guerra mientras dormía. Debía recuperar el tiempo perdido. Paulo terminó el largo y desalentador monólogo. Ignacio se propuso desconcertarlo.

-Tengo hambre -dijo-, es viernes y hoy no se puede hacer nada. Mañana hablaré a mi casa. ¿Hay teléfono aquí, no? El fin de semana me da una oportunidad para pensar. De todas maneras ustedes encontrarán una solución. Traeremos los repuestos de Cascavel o de cualquier otro lugar. Ya veremos. No hay apuro. La vida no termina en un motor roto. Vamos Paulo, te invito a comer.

Sin esperar respuesta se volvió y marchó hacia la puerta.

Las palabras resonaron extrañas en el hermético silencio del taller. Los muchachos continuaron mirando estúpidamente el motor desarmado. Ignacio se volvió a mirarlos. Bajo la luz azul el galpón ya no parecía un quirófano, sino la sala de disección de la morgue. Todos abandonaron el lugar en silencio. Tomaron rumbos diferentes con cierta indecisión, aunque conocieran su destino. Con la imprecisa actitud de los feligreses que abandonan la iglesia.

Paulo no aceptó la invitación. El verdugo no quería confraternizar con la víctima. Una comida genera confidencias y puede concluir en la amenazadora posibilidad de la simpatía.

Ignacio fue a comer al restaurante que conocía. Los chicos que servían a los parroquianos le habían parecido simpáticos durante la mañana. Ahora veía en ellos una expresión maligna. Las palabras de recepción que pretendían ser amables, se le antojaron mentirosas. Falsas. Los imaginó dispuestos a conspirar con el cocinero   —56→   para que introdujera en la comida alguna sustancia agresiva, pudibunda, venenosa, destinada a acelerar la destrucción del forastero. Una etapa necesaria, antes que la banda del taller lo hiciera desaparecer definitivamente.

Comió sin ganas y la cerveza lo enfermó. Había muchos parroquianos. El ruido ensordecedor de las conversaciones se detenía cerca de Ignacio, creando en su entorno inmediato un abismo de silencio profundo, ominoso, vacío de toda condición humana. Estaba inmerso en otra dimensión, en el mismo lugar y al mismo tiempo. El asco le provocó deseos de vomitar. Llamó al patrón y le dijo que se sentía mal. El hombre se ofreció a llevarlo hasta el hotel. Demostró preocupación por su salud.

Ignacio descubrió, con lucidez de acorralado, que el patrón cumplía un rol en la conspiración. El objetivo sería robarlo y abandonar el cadáver en cualquier rincón de las colinas. Fingió aceptar la simpatía solidaria que le ofrecían, pero rechazó la oferta.

Caminó vacilante las pocas cuadras que lo separaban del hotel. Entró en la habitación, gris e impersonal, con el estado de ánimo de quien visita el nicho que le pertenecerá en el futuro. En el baño se desnudó y vomitó lo poco que había comido. Tomó una ducha prolongada, como si quisiera liberarse de la sutil tela de araña que envolvía su destino. Comenzó a temblar acosado por un frío intenso, insospechado en ese lugar, y en esa época del año. Sintió que el frío penetraba por la ventana, se alzaba del piso, descendía del techo blanco y opresivo y fue introduciéndose lentamente en sus huesos. Buscó con desesperación las frazadas que había visto en el ropero. Se metió en la cama cubriéndose con todas. El frío no cesaba y las frazadas parecían de escarcha. Apagó la luz para no ser observado. Estaba seguro que era espiado desde algún lugar cercano o remoto. Alguien debía observar su deterioro, para informar a quienes conducían   —57→   la conspiración. Ellos decidirían acelerar o retardar el proceso, para que el fin llegara en el tiempo y en el lugar adecuado. Ignacio había caído en una trampa cuyas insólitas e inesperadas alternativas fueron previstas mucho tiempo atrás. Antes que su propia existencia hubiera generado la caótica acumulación de miseria, pecado, grandeza, heroísmo y cobardía que modelan la condición humana.

Episodios imprevisibles que conducen a través de la vida y la muerte, escapan al tiempo real de la existencia. Somos sorprendidos en el camino. El azar, cruel o amable, nos empuja a tropezones por circunstancias que se definen como la edad del hombre.

Pensamientos pretenciosos e infantiles se mezclaban en su agonía hecha de sudor frío, miedo e impotencia. Concluía, con fatigada esperanza, en la convicción de que un motor roto no podía ser el punto de partida, el origen, la causa elemental de un proceso destinado a conducirlo a la destrucción, la decrepitud física y posiblemente la muerte.

Durmió azotado por terribles presentimientos. El sueño fue una suerte de vigilia inconsciente, de la que participaron los personajes, que en algún lugar de ese pueblo perdido en la inmensidad del continente, proyectaban el próximo acto del drama.

El sueño profundo, la imitación de la muerte, llegó de la mano de la madrugada y fue solamente un abismo negro, inmenso, una aproximación a la idea del absoluto, sin gente ni fantasmas, sin miedos ni alegrías, y se prolongó hasta bien entrada la tarde del sábado. Terminó cuando la viuda golpeó la puerta del cuarto y le preguntó si se sentía bien.

Recordó los episodios del día anterior. La noche colmada de malignidad y violencia, la certeza de su destino como víctima inevitable. No necesitaba nada. No saldría de la habitación.

  —58→  

La crisis comenzaba a ceder. El frío fue reemplazado por una intensa fatiga y un dolor agudo que se iniciaba en las articulaciones, y se extendía a lo largo de brazos y piernas, como si una extraña contaminación invadiera su cuerpo como anticipo del desenlace.

Estela golpeó la puerta que separaba los cuartos. Permaneció acostado sin responder. Los golpes, sin violencia, suaves y discretos, se repitieron. Finalmente fue hasta la puerta y la abrió. No tenía llave. La muchacha lo había escuchado durante la noche. No, no había gritado. Tampoco parecía el parloteo incomprensible de la pesadilla. Había oído un quejido doloroso, como la protesta angustiada e impotente de un niño con frío. No se atrevió a entrar. Golpeó suavemente la puerta, pero Ignacio no respondió al llamado.

-¿Qué pasa, Ignacio?

Volvió a la cama y la muchacha se sentó a su lado. Creyó descubrir en sus ojos una inesperada ternura. Se sintió incómodo. La puerta sin llave, el encuentro casual, la vecindad de los cuartos. Demasiadas coincidencias. Tal vez desempeñaba un rol en la conspiración. Tenía al enemigo a su lado. Ahora lo advertía. Miró aterrado a su alrededor. Estaba en una trampa.

Pero no debía ser así. Su mirada era de interés y afecto. Quizá estaba simulando. ¿Quién sabe? Intentó abrazarla torpemente y la muchacha se resistió. Sin violencia.

-No he venido para esto. Estoy preocupada. Parecés un chico abandonado. De alguna manera, yo también me siento sola -sonrió- no estoy buscando una aventura.

-Todos buscamos la aventura. Siempre.

-Puede ser. Pero en otras circunstancias. No en este clima de miedo que veo en tu cara. Lo escuché durante la noche.

  —59→  

-¿Cómo sabés que tengo miedo?

-No lo sé. Lo veo. Siento en tu mano que estás temblando.

No podía estar asociada al enemigo. Debía echar un ancla en la racionalidad, porque de otra manera terminaría loco. Estela era muy bella.

Le pidió que comieran en su cuarto.

-¿Por qué no? Vigilaré que no vuelvan los fantasmas. Vamos a jugar a las visitas. Me pondré un lindo vestido.

Le dio un fugaz beso en la mejilla y marchó a su cuarto. Cerró la puerta. Unos minutos después Ignacio escuchó correr el agua de la ducha.

Decidió preparar el contraataque. Aun en el caso de que Estela formara parte del bando enemigo, lo cual era tan probable como improbable, la adoptaría como un enlace con la realidad, una aliada por su mera presencia física. Involuntaria tal vez. Esas cosas se conocen cuando son irremediables.

Recordó lo ocurrido desde el momento en que se produjo el accidente. Los hermanos en el taller, las miradas de los mecánicos, los comentarios solidarios o indiferentes, las insinuaciones imprudentes, que apuntaban al desenlace inexorable.

Tomó un baño, se vistió y caminó hasta el centro del pueblo. Compró pan, jamón y queso, varias botellas de agua mineral y un cartón de cigarrillos en la despensa de un alemán, que lo observó con ojos vacíos, de un gris amarillento.

Volvió al hotel y pasó frente a la recepción sin saludar a la viuda. Entró en la habitación y cerró la puerta con doble vuelta de llave. Eran las nueve, cuando Estela golpeó suavemente la puerta, lucía   —60→   deslumbrante, con un vestido color verde agua que contrastaba con la piel dorada por el sol. Si cumplía el rol de instrumento del enemigo, era un instrumento irresistible.

Juntaron las mesas de luz, y distribuyeron las viandas en sus propias bandejas. Ignacio sirvió el cognac que traía en su equipaje.

Hablaron de la infancia, de la familia, de la ambición y de las frustraciones. De la soledad. La luz central de la habitación se tornó insoportable. Encendieron el velador.

Una cálida intimidad, coloreada por los reflejos cobrizos de la pantalla del velador, transformó la ascética y fría habitación, en un refugio de tiernas sensaciones. Ninguno supo quién tomó la iniciativa, tal vez fue solamente un impulso espontáneo aunque previsible. Ignacio la desvistió lentamente. Gozaba con su belleza. Estela mantuvo los ojos cerrados hasta que la inclinó suavemente sobre la cama.

Se amaron con ternura. Una entrega desesperada mezclada con lágrimas y besos.

Cuando descansaban uno junto al otro, tomados de la mano, Ignacio advirtió las lágrimas sobre su hombro.

No supo explicarlas. Después, desde el fondo de su agotamiento, en un lúcido retorno de su fuga, se abrió camino como por un túnel invadido por sueños destruidos, la convicción de que esas lágrimas expresaban culpa por la traición.

El enviado del enemigo introducido en su intimidad, había gozado, sentido, vivido y muerto en una caótica contradicción entre la misión que le habían encomendado y su naturaleza. Estela lloraba su destino.

Ignacio se propuso no revelar su descubrimiento. Tenía un secreto a su favor, que utilizaría en el momento oportuno.

  —61→  

Así transcurrieron los cuatro días siguientes. Salía al caer la noche para comprar alimentos y volvía a encerrarse en la habitación, cuidando de trancar la puerta sin olvidarse de echar el pasador. Estela se introducía cada noche en esa rutina, cumpliendo el rol que Ignacio le había adjudicado como amante y traidora.

El cuarto día extremó las precauciones. Apoyó el respaldo de una silla debajo del picaporte, para que nadie pudiera forzar la puerta. El rubio lo visitaba periódicamente para informarle sobre los progresos que hacían en la reparación del auto. Ignacio escuchaba detrás de la puerta. No la abrió ni cuando Paulo pretendió mostrarle el presupuesto del taller que haría la rectificación de la bancada. No se dejaría sorprender. El sexto día unos golpes enérgicos, lo devolvieron a la abominable realidad.

La voz campesina del rubio sonaba enérgica. Casi imperiosa. «Está todo listo, señor. Se pudo hacer el arreglo. Tiene que probarlo usted. Nosotros ya lo hicimos».

Llegó el momento de la decisión. Durante muchas horas de insomnio, abrumado por una irreversible fatiga moral, fue armando el complejo rompecabezas, en el cual las piezas eran los actos que debía producir para dar el salto al vacío que no significaría la muerte, sino la oportunidad de sobrevivir.

Guardó la ropa en la bolsa de viaje. Se bañó y afeitó con deliberada lentitud. Quería manejar el tiempo. La oportunidad debía ser el motor de las circunstancias, para no ser arrastrado a la crisis como una marioneta sin voluntad. Se vistió y colocó la pistola bajo la camisa, apretada contra su cuerpo por el cinturón. Salió de la habitación y saludó a Paulo con una sonrisa. En la recepción pidió la cuenta. La viuda le pidió que volviera alguna vez. Era un buen pueblo para descansar.

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El auto rojo lucía como una llamarada bajo los rayos oblicuos del sol, que penetraban por la claraboya del taller. Ese era el motivo. El punto de partida y el objetivo final. La condición del destino. Ignacio abrió el baúl trasero y guardó el bolso de viaje. Subió al auto y lo puso en marcha. Arrancó sin problemas. Aceleró varias veces y el rugido de bielas y válvulas le sonó a música celestial.

Descendió del auto y los hermanos lo invitaron a pasar a la oficina. Le mostraron la cuenta de gastos sin apremio, como quien tienta la distancia hasta el hocico del perro enfurecido. La previsión había sido correcta. Muchos cientos de dólares. La mitad del valor del auto. Ignacio hizo preguntas y los hermanos contestaron con tono profesional y didáctico. Todos sabían que la cuenta era un disparate, pero cumplían su rol con impavidez de jugadores de poker, apostando al pozo grande.

La rabia de Ignacio había quedado enredada entre las sábanas sudadas del hotel de la viuda. La rabia fue antes, cuando imaginó lo que se proponía la banda del taller de Los Dos Hermanos.

Todo estaba bien, aunque le parecía un poco caro. Provocó una reacción sincera y de buen humor: «No todos los días caen por aquí extranjeros desesperados, que deben continuar su viaje». Era cierto. Ignacio lo miró con simpatía. «Comprendo». Propuso que los hermanos lo acompañaran a probar el auto. En la ruta sabría si todo estaba en orden. Tenía que realizar un largo viaje y no podía correr riesgos. Era razonable. Subió al auto y se sentó frente al volante. Paulo a su lado, el hermano atrás.

Ignacio condujo el automóvil por el camino que había tomado el camionero que lo llevó al taller el día de la catástrofe.

En ese momento Estela llegó al taller. La dueña del hotel la había enterado de la partida de Ignacio. Desconcertada, herida por esa fuga sin despedida, quería mirar por última vez ese rostro de niño   —63→   que casi había llegado a amar. Le señalaron el auto rojo al final de la calle.

Salieron del pueblo y treparon por la montaña cubierta por la vegetación de un verde intenso y brillante, salpicado de flores blancas y amarillas. En un recodo del camino, en la cima de la colina, Ignacio se detuvo. Dejó el motor en marcha y descendió maravillado por el paisaje. La belleza del valle se extendía hacia el oriente. A lo lejos advirtió pequeñas manchas parduzcas que revelaban la presencia de pueblos iguales. Los hermanos lo acompañaron. Permanecieron silenciosos a su lado participando de la emoción que lo embargaba, mientras aspiraba la fresca brisa de la montaña. Después se apartaron, en una actitud respetuosa hacia la concentración casi religiosa del extraño forastero, que contrastaba con la decisión de ocultarse en el hotel, sin gozar de la belleza del lugar. Ignacio sabía que juntaban coraje para la decisión final. Comenzarían el premeditado movimiento que terminaría despeñándolo hacia el fondo del valle.

Entonces se volvió. Advirtió un relámpago de comprensión en la mirada de Paulo, antes que recibiera el tiro en medio del pecho, lo que ocurrió un segundo antes que su hermano, de quien nunca supo el nombre, cayera abatido por otro disparo cuando corría hacia el automóvil. Los estampidos fueron parte del silencio. Una consecuencia del silencio, y de ninguna manera su interrupción. No fue un desorden en la armonía incorruptible de la tarde, sino el perfeccionamiento de un orden eterno, abismal, cósmico, del cual la vida era una parte insustituible, así como la muerte una condición ineludible y necesaria.

Arrastró los cuerpos hasta el barranco y los vio rebotar contra las piedras dibujando grotescas figuras que nada tenían que ver con la dignidad de la condición humana.

Había sido más eficiente que el enemigo. Le había torcido el cuello   —64→   a la tragedia, haciendo que sus ojos eternos miraran hacia otro rumbo. Se sentía fatigado pero en paz. Descendió lentamente la colina buscando un camino que lo condujera a la carretera, sin pasar por el pueblo. Durante media hora transitó erráticamente por angostos caminos vecinales hasta que advirtió en el fondo del valle la cinta brillante del camino.

Una extraña exaltación lo empujaba con una mezcla de horror, vergüenza y compasión de sí mismo, hacia los dos hermanos y hacia Estela, derrotados y humillados en la lucha despiadada por la sobrevivencia.

Lanzó el auto rojo por la carretera huyendo de un destino que se había atrevido a cambiar.

El auto respondió a la presión del pie en el acelerador, en el límite de su máxima potencia.

El cartel indicador advirtió: «Cascavel 56 kilómetros». Pasó velozmente junto a un campamento de vialidad, donde enormes equipos amarillos descansaban como dinosaurios petrificados. Cuando se aproximaba al fondo de la hondonada oyó el estallido del motor. El terror lo destruyó como a un espejo roto. El auto se detuvo. Ignacio sintió un frío insoportable, como si un chorro de agua helada se derramara desde el cuello, corriera por la espalda y le apretara la cintura.

Enormes pájaros grises quebraron el silencio con sus graznidos, incorporando una cualidad desesperante a su soledad.

Miraba la faja plateada de la carretera, cuando fue sorprendido por un ruido inesperado. Por el espejo retrovisor vio el camión que enfrentaba la montaña. Bajó del auto y corrió a pedir auxilio.



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ArribaAbajoCrónica colonial

El camarero resbaló, gesticuló con los brazos para recobrar el equilibrio, entonces la bandeja partió como lanzada por un discóbolo, imagen que de ninguna manera podía corresponderse con una cafetería. Los platos y tazas volaron en diferentes direcciones.

Una taza rebotó sobre el saco de un muchacho que miró sorprendido cómo se extendía sobre su camisa una húmeda mancha de café. Se quitó los pequeños anteojos redondos, sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y comenzó a pasarlo sobre el saco y la camisa. Mientras se dedicaba a esta operación inútil se volvió hacia el camarero, sentado en el suelo a su lado, en una posición exótica para ese lugar y le preguntó si se había hecho daño.

Paula lanzó una carcajada, reprimida por una mínima sensación de vergüenza. El muchacho la miró y sonrió. El camarero se puso de pie e intentó ayudar en la limpieza del traje. Paula quiso colaborar, pidió al camarero agua caliente para continuar la tarea, cada vez más inútil y pidió disculpas por la carcajada.

El joven, delgado y de mediana estatura, comentó que se trataba solamente de algo que podía ser reparado, aunque no en ese lugar ni tampoco en ese momento. El pelo castaño, enrulado a la moda, agregaba una cualidad infantil a su rostro de líneas finas y equilibradas. La mirada de un azul intenso, con un impreciso brillo de humor, tornaba inviable cualquier hipótesis de reproche. Con un estilo descontraído, buenas maneras y un ligero acento extranjero dijo llamarse Eddy Montt Stuart.

Paula decidió adoptarlo. Fue seducida por el dominio de sí mismo, su delicada belleza y la sorprendente indiferencia ante el desastre producido en su ropa por el involuntario resbalón del camarero. Era un hombre singular.

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En las mismas circunstancias sus amigos hubieran exhibido otra actitud. Hijos privilegiados de una sociedad formalmente refinada y profundamente violenta, vivían convencidos de que la fuerza física, expresada en gestos y gritos, implicaba una explícita ratificación de hombría. La violencia resultaba la conducta necesaria para responder a la misteriosa agresión de las circunstancias.

En la situación de Eddy habrían reaccionado contra el camarero. Aun contra las tazas de café.

Eddy Montt Stuart, amparado por el dato impreciso de ser vagamente hijo de un alto funcionario de la Embajada Británica, se convirtió en una pieza insustituible en el brillante, ocioso y divertido mundo al que accedió de la mano de Paula. Participó de una intensa actividad social preservando su individualidad, sin asociarse plenamente a la manera de sentir y vivir de sus nuevos amigos.

El inglesito, decían, tiene su propio mundo, pero es simpático e inteligente. Sedujo por igual a mujeres y hombres, impuso su personalidad sin proponérselo, a través de una sutil e imprecisa energía que parecía surgir de una actitud pasiva, neutral, sin aristas ni fisuras, indiferente a los hechos que vivía y protagonizaba. Como si estuviera con sus amigos y también en otra parte. Parecía transparente y a la vez impenetrable.

Paula lo quiso saber todo sobre Eddy y la curiosidad se contagió a los otros miembros de la tribu.

El nuevo huésped de la comunidad accedió a satisfacer esa curiosidad, soslayando sus misterios personales. Una tarde relató historias viejas y nuevas, leyendas, tradiciones y costumbres de su país, ante un auditorio ligeramente hostil, después insólitamente atento y finalmente verdaderamente interesado, que siguió las alternativas de las aventuras protagonizadas por reyes, príncipes, amantes, duques y soldados.

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Trágicos episodios guerreros y crónicas apasionantes de amores adúlteros, fueron relatados con melancólica precisión, como si el narrador aceptara que la memoria hubiera reemplazado la vida intensa de un bello y excitante mundo perdido. Un mundo en el cual parecía subliminalmente inmerso, pero que no podía rescatar totalmente por razones inescrutables.

Su padre debía ser un hombre del Intelligence Service. Un James Bond jubilado. Quizá un funcionario sacrificado por pecados ajenos, vinculados a la traición o al espionaje, que vivía su exilio moral en un recodo de Sudamérica, lejos de la corte y sin esperanza de retorno. Un soldado de Su Majestad en el ostracismo, después de cumplir con su deber.

Algunas historias cargadas de emoción generaron extrañas hipótesis sobre la vida de Eddy. En medio de una inesperada confidencia confesó que no conocía el Palacio de Buckingham. Su familia descendía por vía indirecta del escocés Duque de Stuart, quien en una circunstancia tormentosa enfrentó a Jorge V. La realeza, entonces más homogénea y menos liberal, no perdonó esa expresión de soberbia.

Los Stuart tuvieron prohibida la entrada al palacio hasta que Isabel II asumió el trono. A partir de ese momento las cosas cambiaron sutilmente.

La abuela Stuart fue invitada a tomar el té con la reina madre, pero no entró al palacio por la puerta principal, sino que debió utilizar una puerta lateral por la cual transitaron, en los últimos siglos, confidentes misteriosos, portadores de secretos inconfesables, adúlteros nobilísimos, conspiraciones frustradas y exitosas e insidias destinadas a corromper el poder. También usaban esa pequeña puerta lateral, los amigos ajenos al protocolo como la familia de Eddy, porque no obstante las cuentas pendientes, más aún cuando se trataba   —68→   de cuentas reales, la historia no podía ser cambiada por la caprichosa voluntad de una persona, aunque esa persona fuera el mismo rey, desaparecido años atrás por muerte natural, para desdicha del imperio y por suerte para la familia Stuart. La justicia se restableció, y el perdón llegó, pero con limitaciones.

Eddy se convirtió en el centro de la actividad social del grupo de amigos de Paula. En toda reunión, cumpleaños, casamiento, aniversario o fiesta de rutina el inglesito, noble, aunque nunca lo dijo, encabezó la lista de invitados.

El conflicto entre los Stuart y la monarquía en los tiempos de Jorge V fue objeto de conjeturas. Un acertijo al que cada uno aportó variadas, ingeniosas e insólitas hipótesis.

Los más vulgares arriesgaron la opinión de que el Duque había huido con el dinero destinado a las actividades secretas del Imperio. Los románticos imaginaron a Jorge V entrando en la alcoba real, en el mismo momento en que el Stuart huía por la ventana, ante la consternación de la reina, no por la llegada del rey, sino por la huida del duque.

Las mujeres adherían a esta tesis y concluían con que un rey debía rodear sus actos de mayor publicidad, porque para eso era el primero entre los primeros y no debía correr riesgos inútiles.

No se atrevieron a comunicar estas razonables conjeturas a Eddy, porque no quisieron herir sus sentimientos, ni agredir su vena patriótica, cualidad natural en un inglés, más todavía cuando se trataba de un inglés descendiente de un duque, aun cuando fuera por vía indirecta.

El propio Eddy develó el misterio en un momento de debilidad, circunstancia a la que no escapa ningún hijo de hombre y mujer cualquiera sea su origen, noble o plebeyo.

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La tradición adjudica la creación del Crepe Suzette a un episodio protagonizado por una amante de Jorge V, durante una noche de parranda real en París. El postre con que culminó la comida fueron los vulgares panqueques. Suzette, graciosa, apasionada y temperamental se habría sentado en la falda de su augusta majestad, y en un gesto imprudente destinado a abrazar la voluminosa y real humanidad de su amante, volcó sobre los panqueques el alcohol encendido de una de las lámparas que alumbraban la mesa del banquete. Los panqueques fueron sometidos a una inesperada y nueva cocción.

La consecuencia social y política fue que un nuevo producto enriqueció la gastronomía francesa hasta el día de hoy. Los Crepes Suzette.

El rey estimó que de todas las batallas libradas por los ingleses en Francia durante la Guerra de los Cien Años, ninguna había sido más heroica, original y creativa.

El episodio cubrió de gloria la imagen del rey y fue difundido por él mismo con relativo recato, por lo que fue conocido en Europa, Inglaterra y en un sector importante de Oriente Medio, donde el ejército de su majestad se batía con los afganos. Suzette fue inmortalizada.

Con mordaz ironía Eddy comentó que la historia verdadera, tenía una variante. El protagonista fue el octavo duque de Stuart y no Jorge V.

Si se hubiera tratado solamente de reivindicar méritos por la victoria en una batalla, o destacar el acierto en la firma de un convenio con los prusianos, para defender los intereses del imperio en Oriente, Stuart no hubiera discutido la paternidad del asunto. Pero se trataba de Suzette y de la introducción de una revolución gastronómica en el mundo moderno.

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La soberbia del duque pudo más que la devoción al imperio, la obediencia al rey y la necesaria humildad frente a las tradiciones que caracterizaron la conducta libre, heroica y valerosa de los aristócratas de la rubia Albión.

Con condenable inmodestia revindicó su participación en el episodio. Se trataba de su amante y no la del rey. Fue su falda el lugar en que Suzette decidió recalar su trasero con entusiasmo, y fue también su dinero un protagonista importante porque el duque pagó la fiesta, lo cual no era poca cosa para un escocés. El rey Jorge, fue solamente su ilustre invitado.

El ingrato episodio colmado de valores imponderables, creó un abismo entre los Stuart y la corona, hasta que Isabel II decidió olvidar la afrenta y tendió un puente generoso destinado a acercar a las familias, pero oficializando la versión propalada por el rey Jorge. Los Stuart traicionaron la memoria de su antepasado por amor a la soberana y aceptaron la versión oficial. Un té con la reina madre en el palacio de Buckingham valía el sacrificio. También justificaba la vergüenza.

Eddy terminó el relato y hubo un brillo particular en sus ojos, algo parecido a las estrellas que titilan en la mirada de los actores, durante los primeros planos, en las escenas dramáticas de las películas norteamericanas. Eddy se emocionó con su propio relato. La tradicional flema británica lo había abandonado.

Se produjo un silencio tenso como el que separó durante varios años a las dos grandes familias británicas. Los Crepes Suzette adquirieron una nueva dimensión y todos fueron conscientes de la profundidad del drama de los Stuart.

Otro día Eddy comentó que Dios había puesto a los ingleses en esa pequeña isla para que construyeran un imperio. Le recordaron la   —71→   condición de los nativos sometidos y explicó que durante la construcción del imperio, no había tiempo para tratar de entender a los nativos. Pareció una expresión de soberbia, pero fue dicha con naturalidad, como quien puntualiza un mero dato objetivo.

Eddy desaparecía con frecuencia. Cuando volvía a comunicarse con Paula, no era posible saber en dónde había estado, aunque sugería viajes por el interior del país en compañía de su padre, el misterioso funcionario de la Embajada Británica.

En una oportunidad Paula lo llevó hasta su domicilio. Eddy tocó el timbre en una puerta lateral de la embajada, alguien que Paula no pudo ver desde su auto, abrió la puerta y el muchacho se introdujo en el edificio mientras saludaba con el brazo en alto a modo de despedida.

El inglesito fue el niño mimado de la sociedad porteña. Se lo encontraba en partidos de polo, inauguraciones de discotecas, exposiciones de pintura, presentaciones de libros, fiestas privadas, excursiones a estancias vecinas a la capital.

Fue invitado a participar de dos cacerías en San Martín de los Andes, en el establecimiento de un alemán que había montado un sofisticado negocio de caza para turistas ricos, donde tuvo el excepcional privilegio de disparar primero a un ciervo escogido para la ocasión. El alemán explicó que si bien sentía una profunda antipatía por los ingleses, era respetuoso de las jerarquías y a su establecimiento concurrían muchos burgueses millonarios, pero muy pocos aristócratas verdaderos.

Eddy se alejó nuevamente, como hacía con frecuencia.

Paula organizó una fiesta sin ningún motivo especial, aunque vivió secretamente el proyecto como un homenaje al descendiente del duque de Stuart. Lo amaba. No solamente por su calidad humana,   —72→   educación, cultura, buenos modales y estilo, le resultaba imposible ignorar que se trataba de un miembro de la realeza, ligeramente desplazado, pero con un linaje de centenares de años según había averiguado en la Enciclopedia Británica en el capítulo dedicado a los Stuart.

Llegó el día previsto para la fiesta y Eddy no se comunicaba. Paula comenzó a desesperar, de manera que tomó una decisión heroica. Fue hasta la Embajada Británica y oprimió el llamador en la puerta principal. Demoraron en atender pero finalmente se abrió la puerta. Un hombre grueso, rubicundo y con una sonrisa que le dividía la cara de hipertenso, le preguntó en qué podía servirle. Paula supo que era el portero, deducción verdaderamente obvia si se acepta que los porteros usan mandiles a rayas en las horas de trabajo y llevan un plumero en la mano como en este caso.

-Busco al señor Montt Stuart.

-¿A quién?

El rostro del portero varió de la simpatía espontánea a la intriga sospechosa.

-¿Quién dijo, señorita?

-Al señor Montt Stuart.

La voz inicialmente imperativa de Paula descendió unos decibeles. Impaciente por saber algo de Eddy tal vez había penetrado frívolamente algún secreto de la misión.

-Debe haber algún error. En la embajada no hay nadie con ese nombre.

Paula advirtió que su interlocutor se expresaba con un fuerte acento italiano, mientras movía el plumero con el cual proclamaba su condición de empleado de menor jerarquía. Este tano no participa   —73→   de la vida confidencial de la embajada. Es solamente un mucamo, se dijo con impaciencia.

-¿No hay otra persona que pueda atenderme?

La voz recuperó el nivel de los decibeles.

-No señorita. Si usted se refiere a los funcionarios, trabajan por la mañana. El único que está es el embajador, pero no puedo ir a decirle que buscan en la embajada a una persona que no es de la embajada, que eso es lo que respondo, pero insisten. El embajador, si me recibe, pensará que estoy loco. Llevo muchos años trabajando aquí y no quiero que me despidan.

Paula se sintió impotente a la vez que intrigada. El tano era un muro impenetrable.

-Pero yo -vaciló- he traído a Eddy varias veces.

-¿Eddy?

Al portero se le iluminó la cara.

-¿Cómo dijo que se llamaba ese señor?

-Montt Stuart.

-Debe ser una confusión -reflexionó el portero-. Aquí hay un Eddy. Pero no se llama como usted dice, Eduardo Esminitrato, es su nombre.

-Debe estar equivocado. No es la misma persona -insistió Paula.

-Puede ser -vaciló el portero-. Podemos salir de dudas. Se volvió hacia el interior del edificio.

-Eddy -gritó-. Parece que alguien te busca.

-Voy papá -respondió Eddy.



  —74→  

ArribaAbajoEl comisario y la samaritana

Enrique creyó que el policía le rompería el brazo. El tipo lo empujó hacia el interior de la comisaría, entre un grupo de oficiales que miraron al muchacho con la cara ensangrentada. Sentía las piernas como de trapo. Incontrolables. El empujón final lo hizo trastabillar y cayó en medio de la habitación. El brazo quedó libre pero no pudo moverlo cuando intentó incorporarse. Se puso de rodillas y miró a su alrededor. Entonces divisó a través de la sangre coagulada sobre sus ojos, al hombrecito con anteojos, parado al lado del escritorio. Fumaba lentamente mientras miraba al muchacho que parecía haberse introducido en un remanso de paz, después de las trompadas y patadas de los últimos días.

Permaneció arrodillado un largo rato, hasta que el hombre lo ayudó a incorporarse sin dejar el cigarrillo, que terminó aplastando sobre la mesa. No era una oficina común. El escritorio podía servir para cualquier cosa. Por ejemplo para aplastar cigarrillos. Pero para ningún trabajo que tuviera relación con la burocracia administrativa de una comisaría.

-Vos sos Enrique Llanos y te gusta meterte en líos.

El muchacho no contestó. No era una pregunta. Tampoco hubiera podido expresarse con claridad. Tenía los labios hinchados por las trompadas.

Miró un almanaque colgado en la pared, igual a los que exhiben las gomerías. Una rubia de perfil con unos senos gigantescos invitaba a comprar Pirelli.

-No sé qué hacer con vos. Mejor me decís qué hablabas con el hijo de puta del capitán Barrios en El Molino.

  —75→  

Enrique no entendió el sentido de la pregunta. No sabía por qué el capitán Barrios era un hijo de puta. Lo encontró por casualidad. El oficial lo invitó a tomar café. Tres años antes estaba destinado en el Liceo Militar donde Enrique hacía el bachillerato. Nunca habían sido amigos.

-No sé, señor. Lo encontré por casualidad y me invitó a tomar café.

El policía hizo un moderado gesto de fastidio. Sus movimientos eran lentos y la voz apenas un susurro monótono.

-No vale la pena que te hagas el estúpido. No sirve. Al capitancito lo tengo fichado. Está en la conspiración. Inteligencia dice que sos el contacto en la facultad.

El muchacho intentó poner cara de sorpresa. Sintió el fracaso, y pretendió componer un gesto de indiferencia. Ninguna intención podía filtrarse entre las costras de sangre de la cara. La boca le dolía. Igual que los ojos. Sintió que se iba a desmayar y avanzó un brazo para apoyarse en la mesa.

-Sabemos de las reuniones en el Café del Temple.

El hombrecito resopló suavemente. En su rostro apareció una expresión de abatimiento.

-¿Por qué no estudian, en lugar de meterse en líos, carajo?

Hablaba mirando la puerta. La ventana con las persianas cerradas daba a un pasillo, del que llegaba un rumor de policías y presos. La rubia desde el almanaque invitaba a la alegría. El tipo estaba cansado de hablar con pendejos que le complicaban la vida.

-No quieren entender.

  —76→  

Observaba fijamente un punto en la pared detrás de Enrique. Hablaba con el mundo, con la vida, con su historia de profesional fatigado.

Por la persiana se filtraba la luz gris del crepúsculo.

-Si no querés contar nada, te paso al Negro. El se ocupará de vos. -Sonrió levemente-. Ustedes conocen al Negro. ¿No? Enrique no sabía quién era el Negro. Tampoco le importaba. Estaba seguro que si recibía otra trompada, se moría.

Pero recibió muchas trompadas y no se murió. El Negro parecía un escuerzo con brazos como troncos y manos de picapedrero.

-Hablá pibe. El comisario es demasiado buen tipo, pero al final se cansa. Si te aplica la máquina estás jodido. Es un artista.

Se desmayó y lo tiraron en un calabozo de un metro por metro y medio. Cuando despertó descubrió que la humedad del piso estaba compuesta por una mezcla de orina y excrementos. Quería ponerse a llorar. Juró que mataría al comisario. No al Negro, una bestia sin cerebro. Al hijo de puta del comisario Aguirre. El de la voz suave. «Guantes Blancos», lo llamaba el Negro. Ese no se ensucia las manos. Es electromecánico -decía- y se reía a carcajadas. Golpeaba por rutina, sin pasión. Cumplía su deber de matarife profesional. Al final, los tipos salían muertos o destruidos.

Enrique buscó en su memoria algún dato que pudiera parecerse a una confesión. Estaba dispuesto a confesar cualquier cosa para terminar. Quería desmayarse y no podía. No sentía los golpes. En el suelo seguían las patadas. El Negro le pisó las manos.

-Tenés lindas manos, pibe. No te van a servir más.

En la penumbra del calabozo advirtió que el comisario Aguirre lo miraba. Evaluaba cuánto podía durar. Si no le importaba morirse o   —77→   si en realidad no sabía nada. Tenía aguante el pendejo. Eso no le molestaba, solamente le hacía perder el tiempo.

Una semana más tarde lo tiraron desde un auto, cerca del cementerio de Flores. Estuvo varias horas sin reaccionar, sobre una vereda de tierra. Los perros se acercaron a olerlo. No podía incorporarse ni pedir auxilio. La boca parecía un estropajo.

*  *  *

Enrique llegó a la facultad rengueando. Le había quedado esa secuela de las sesiones de tortura. Fue a la biblioteca y se encontró con David. No se veían desde la secundaria.

-¿Qué te pasó, pibe? Te veo mal.

El gobierno había caído tres años antes. Le contó la historia con vergüenza. No por lo que le había ocurrido, sino porque a nadie le importaba. No salió en los diarios como víctima de la dictadura. Tampoco como héroe. No pretendía serlo, pero le hubiera gustado alguna muestra de solidaridad.

Cuando salió del hospital algunos políticos lo escucharon. Miraron con temor a todos lados e hicieron discursos privados sobre la crueldad del régimen. Después nada. La vida continuó su rutina. Finalmente dejó el bastón y volvió a los estudios.

David era un buen amigo. Los padres lo habían enviado al exterior para protegerlo de la policía. No porque fuera un conspirador, sino porque algún funcionario de orden político podía pensar que lo era.

Fueron a la cafetería. Los compañeros saludaban de lejos. Algunos pocos se acercaron. Pensaban que había sido un terrorista. A tres años de la caída del gobierno, eso no era ni bueno ni malo. Sólo un   —78→   accidente que podía ocurrirle a cualquiera. Pero no le había ocurrido a cualquiera. Enrique se preguntaba por qué a él. Nunca lo sabría. Ya no importaba.

Ese sábado fueron a una fiesta. Enrique conoció una rubia delicada, suave y seductora, estudiante de otra facultad. Alicia Burgos. Una semana más tarde se habían enamorado.

Los padres de Enrique viajaron al exterior y se quedó solo en el departamento de Palermo. Alicia fue a visitarlo. Como era previsible, hicieron el amor.

La rubia suave y delicada introdujo en sus relaciones la imaginación más refinada y sutil. Reveló el fácil dominio de un compendio de erotismo, para el cual parecía haberse preparado toda la vida. Enrique se sumergió en un apasionante deleite, secundando las extraordinarias iniciativas de esa muchacha sorprendente. Durante dos semanas vivieron un amor que fue adquiriendo características angustiosamente perturbadoras. Las ocurrencias de Alicia precipitaron a Enrique en un descontrol que por momentos dejaba de ser placentero.

Se sentía conmovido por su belleza, y asombrado por su fantasía.

El extraño y violento mundo de ilimitado erotismo, descubierto por Alicia, fue introduciendo una nueva cualidad en la personalidad de Enrique. De víctima de los actos deliciosos y terribles, iniciados por la muchacha, se convirtió en victimario. Descubrió una nueva naturaleza del dolor, cercana al éxtasis.

Alicia fue transformándose en un instrumento manejable, capaz de recibir la oscura violencia de Enrique, que se expresaba en detalles aparentemente intrascendentes y verdaderamente insoportables.

El fin de cada cita era una huida. Una liberación, durante la cual se juraban que sería la última vez.

  —79→  

No habría un nuevo encuentro. Si lo hubiera, se renovaría esa condición desesperante que habían introducido como un lenguaje inevitable.

No cumplieron el acuerdo. El deseo de un nuevo encuentro, imperioso y compulsivo, contenía la angustia necesaria, provocada por una apasionada voluntad de destrucción, demorada en el entretenimiento del dolor.

El castigo, sutil o violento, se convirtió en una necesidad más poderosa que el sexo y el éxtasis.

Una noche en un hotel, Enrique sintió el impulso irresistible de cortarle el cuello. Fue en el mismo momento en que Alicia, montada sobre su estómago, exhibiendo toda su radiante belleza, fantaseó con la idea de castrarlo.

La profunda relación que los unía, desde que iniciaron la audaz exploración de los sentidos, los detuvo al borde del fin.

La muchacha se sentía aturdida por la desesperante sensación de aproximarse a un territorio sin retorno. Decidió no volver a verlo.

Le dijo: Hemos sido felices y desdichados. Dementes. Terminaríamos por destruirnos de puro gozo. Como no nos veremos más, quiero que me recuerdes con mi verdadero nombre. No me llamo Alicia Burgos. Mi apellido es Aguirre.

En ese momento fue cuando Enrique decidió estrangularla. Al día siguiente supo que su padre era comisario.



  —80→  

ArribaAbajoEl jefe

Lyssette vio los dos hombres que se acercaron a Juan, cuando éste la despedía con un gesto de la mano. No entendió qué relación podía tener su enamorado con dos tipos de aspecto tan siniestro.

Los hombres hablaron brevemente con Juan y subieron al auto que se alejó a marcha lenta. Lyssette decidió que llamaría a Juan para preguntarle por esos hombres extraños, sin embargo, no tendría oportunidad de hacerlo, durante las tres semanas siguientes.

-Me alegro que esté tranquilo, doctor. La verdad es que ahora se pasó -dijo uno de los hombres.

-¿Tanto? -comentó Juan con indiferencia.

- Sí -rió el otro-, así dicen en el Departamento.

Juan había sido denunciado por pagar con cheques sin fondos. No un cheque por error, sino más de cincuenta, que alcanzaban una cifra multimillonaria.

No es que fuera un deportista de los cheques sin fondo, ni que pretendiera mantener una disputa con el orden financiero, había utilizado ese recurso heroico, para pagar el precio total por la compra de Harpers, una tienda que ocupaba una manzana en el centro de la ciudad.

La operación debía perfeccionarse con la venta posterior del negocio, antes que vencieran las fechas de los cheques. Los planes fundados en este delicado equilibrio padecen el acoso del azar y sus autores son víctimas de lo imprevisible.

  —81→  

Juan no hacía su primera experiencia en el área que las costumbres y la ley califican como campo del delito, pero en este caso, una circunstancia fortuita agravó y apresuró el desenlace.

El marido de Lyssette era abogado de la empresa destinataria de los cheques. Radicalmente ajeno a la idea del humor, el abogado no pudo soportar que Juan le regalara a su mujer dos bellos candelabros de plata, y más insoportable fue que le enviara la factura, para que asumiera el correspondiente pago. Para su mente de formación burguesa se trató de un exagerado e inaceptable abuso de confianza.

Juan estaba convencido que el marido de Lyssette no tenía mucha relación con su propia esposa, pero sí tenía una directa relación con las esposas metálicas que le oprimían las muñecas sin misericordia.

-Ese maricón, cornudo e hijo de puta -dijo, cuando era empujado sin necesidad, para que entrara a la oficina del comisario.

Durante los tres días siguientes fue alojado en un pequeño y húmedo calabozo, en el sótano del departamento de policía. Apenas había un hombre de estatura normal, de manera que fue difícil para Juan, con casi dos metros de altura, someterse a la incomodidad del lugar. El calabozo, fétido y sin ventilación, exigía una absoluta condición de invertebrado para adecuarse a sus dimensiones.

La vida de Juan estaba llena de contrastes. Desde ese imaginario mirador sepultado en la oscuridad, se transportó con el ímpetu de la fantasía hasta su enorme departamento ubicado en el lugar más elegante de la ciudad. Debía el alquiler de los últimos seis meses, el sueldo de Andrés, su mucamo, y diversas facturas de restaurantes, sastrerías y galerías de arte, porque le encantaba rodearse de objetos bellos y valiosos.

  —82→  

El fiel Andrés fue la única persona con la cual le permitieron comunicarse.

No se sorprendió por la digresión aventurera de su patrón, se comprometió a cuidar del departamento y asumió la responsabilidad de responder a los llamados telefónicos de amigos y enemigos, informando que el señor estaba cazando leones en Sudáfrica.

Juan fue llevado a la Penitenciaría Nacional después del interrogatorio preliminar, realizado por el secretario del juzgado. El juez salió de su oficina unos minutos, para cumplir con un deber de amistad. Sorprendió a policías y empleados al estrecharse en un afectuoso abrazo con Juan, que se apoderó de la rosada y fláccida humanidad del magistrado como protegiéndolo con sus brazos largos y musculosos.

Su delgadez disimulaba la fuerza que se expresaba con serena energía, a través de la fría mirada instalada en sus ojos oscuros, como dos centinelas sobre la aguda nariz aguileña.

No puede decirse que su ingreso a la penitenciaría fue triunfal, porque generalmente esa definición no se compadece con el hecho de marchar al encierro por un lapso imprevisible.

Más bien podía advertirse una actitud expectante en los internos, que variaba entre el respeto y una curiosa indiferencia. Observaban con cierta tensión la marcha cadenciosa del nuevo preso, hacia el destino enrejado que le habían adjudicado.

El lugar no le era desconocido. Tampoco eran desconocidos algunos de los ocasionales compañeros.

El Cabezón Hernández, inmerso en su uniforme de interno que parecía recién salido de la tintorería, hizo un gesto cariñoso con la mano. El Sapo Aníbal no pudo contener una explosión de afecto y orgullo cuando el doctor pasó frente a su celda.

  —83→  

Todos advirtieron que el doctor, no era conducido ni guiado, apenas escoltado por dos guardianes que marchaban a su lado, aunque ligeramente más atrás.

Esa primera noche Juan decidió que el tiempo era valioso y debía aprovechar la reclusión para pensar. La posibilidad de salir de la cárcel era incierta, y un hombre creativo no debía someterse a la adversidad cobardemente y sin lucha.

A las dos de la mañana escuchó a su vecino de celda que intentaba hablarle.

-¿Me escucha, doctor? Soy el Pique Salomón. Amigo del Cabezón Hernández. Me pidió que le hablara. Tengo comunicación con la calle y tal vez usted necesite enviar algún mensaje.

Juan no contestó. Hernández era un viejo y leal amigo, un mal intencionado hasta podía decir que era un compinche, pero ese Pique era un desconocido. Tal vez un alcahuete de los tiras.

-¿Me escucha, doctor?

Decidió responder.

-No sé quién sos, Pique. Mañana nos vemos en el patio.

Al día siguiente, cuando salieron para la caminata en el patio soleado, el Cabezón le dijo que el Pique trabajaba en la imprenta de la cárcel. Como allí había gente de afuera, era fácil comunicarse con el exterior.

-Es un buen tipo, jefe. Sirve.

Dos días más tarde Juan había perfeccionado teóricamente el diseño de una nueva idea.

Durante el fin de semana Lyssette vino a visitarlo. La frustración de no poder tocarlo, a través de la malla de alambre del locutorio,   —84→   le provocó un acceso de llanto. Lyssette lo amaba. Dijo que mataría a su marido, porque lo consideraba culpable de la situación de su amante.

-No, mi amor. Tranquilícese. Lo que me pasa no es nada. Lo único importante es nuestro amor. Esto terminará y volveremos a gozar juntos de la vida, que es buena y generosa.

Durante la segunda visita, una semana más tarde, le pidió que revisara el escritorio de su marido, para ver si encontraba acciones de alguna de las compañías que representaba.

-Es importante, mi amor. Después te contaré cuál es la idea.

El domingo siguiente Lyssette comentó que había encontrado un paquete de acciones de la Metalúrgica El Fortín. En la misma caja en que estaban las acciones, había una carta del presidente del directorio de la empresa, dando instrucciones a su marido, para la asamblea de accionistas que tendría lugar a fin de mes. Al terminar la visita Lyssette le pasó a través del enrejado un rollo de dólares, y le pidió disculpas porque era lo único que tenía.

Cuatro días después, el Cabezón recibió una noticia que le cambiaría la vida. Después de cinco años, el pedido de libertad condicional solicitado por su abogado, había prosperado.

Conducta ejemplar, espíritu solidario con la autoridad, buenas costumbres.

-¿Cuándo salís? -preguntó el doctor-. En veinte días. Tal vez un mes.

Juan se dedicó a Salomón, que sería un protagonista fundamental en el proyecto. El Pique no era solamente un operario de la imprenta. Sus méritos no habían sido evaluados correctamente por el alcalde de la prisión. Cumplía una condena de diez años por fabricar   —85→   planchas de impresión de billetes, que habían circulado durante varios años sin inconvenientes. La cosa anduvo bien hasta que la perra que vivía con él, la expresión era suya, lo vendió a la poli. Fue una reacción banal. Descubrió que el Pique la engañaba con la manicura de la peluquería de la esquina.

Con esa información, analizada en profundidad, Juan pudo cerrar el circuito de su pensamiento, proyectando la acción, a partir de la perfección de la teoría.

No es difícil satisfacer las expectativas reales de una idea, casi académica, si cada uno desempeñaba su rol con inteligencia. Lyssette le entregó a la manicura, que se había mantenido fiel a Salomón, no como la perra, dos acciones de la Metalúrgica El Fortín.

Cumpliendo una orden interna del administrador de la imprenta de la penitenciaría, se compró el papel adecuado. Salomón aplicó su experiencia, pasión y prolijidad de artista notable al grabado de la plancha. Las acciones estuvieron terminadas en una semana.

El Cabezón Hernández salió en libertad cinco días antes de fin de mes. Respiró profundamente frente al portón de la penitenciaría, se volvió hacia el guardia que lo había acompañado, dobló el brazo a la altura del codo, cruzó la otra mano sobre el ángulo preciso, y con el dedo mayor de su mano derecha, produjo un gesto que no requería explicaciones.

En la sastrería que le indicó Juan, escogió un traje azul con delicadas rayas blancas, que estaba casi terminado, porque no tenía tiempo de encargar uno nuevo, compró dos camisas celestes con cuello blanco, y una corbata con las insignias del regimiento de la guardia de fusileros de la reina de Inglaterra. En la tienda vecina eligió un sombrero Orión gris claro, después se instaló en el Plaza Hotel y   —86→   durante varios días se paseó por las calles y comió en restaurantes de lujo.

El día de la asamblea de accionistas de la Metalúrgica se duchó, afeitó, vistió y perfumó a primera hora. El traje le ajustaba perfectamente.

Tomó un taxi hasta la casa del Tuerto Aguirre, donde el viejo compañero de aventuras, también de la patota del doctor, lo esperaba con la caja que contenía las acciones y con un auto último modelo alquilado.

A las diez de la mañana comenzó la asamblea de la empresa.

El Cabezón presentó al inspector de justicia las acciones fabricadas por Salomón. El funcionario las contó e inscribió en el registro. La información se difundió entre los accionistas presentes, el presidente de la empresa tambaleó sobre el estrado preparado especialmente para la ocasión y un murmullo de sorpresa, admiración y rencor rodeó al tipo, con aspecto de nuevo rico, que miraba indiferente a la multitud, mientras su chofer le encendía un puro.

-Voy a hacer una moción de orden -dijo el Cabezón-, propongo como presidente de la empresa, para el próximo período, al doctor Juan Enciso. Estas acciones, que representan la mayoría, le pertenecen. Soy su apoderado, según prueba la documentación que obra en poder del señor funcionario de Inspección de Personas Jurídicas.

Otro buen trabajo del Pique Salomón. Los documentos habían sido legalizados en la imprenta de la penitenciaría.

El presidente de la empresa miró a su abogado, el marido de Lyssette, con odio profundo. Había sido traicionado. Solamente con la complicidad del abogado podía hacerse una maniobra que condujera a   —87→   la compra secreta de las acciones que tenía en custodia, protagonizando una vileza imperdonable.

-Algo más, señores accionistas -enfatizó el Cabezón Hernández-, el doctor -hizo un gesto despectivo en dirección al marido de Lyssette- debe ser reemplazado en el patrocinio de la empresa. No es confiable.

Se volvió buscando un cenicero y varias manos se extendieron para recoger la ceniza del largo puro, que evidenciaba los gustos delicados del representante del mayor accionista de la Metalúrgica. Dos días después las acciones fueron ofrecidas en la bolsa de valores, y adquiridas por un especulador desprevenido.

Con el dinero obtenido el doctor Juan Enciso pagó a los abogados, obtuvo la eximición de prisión, recompensó la deliberada negligencia del alcalde de la prisión, la colaboración del encargado de la imprenta y resolvió también algunos problemas particulares del juez sonrosado y afectuoso, que buscó la argumentación jurídica necesaria para ponerlo en libertad.

Seis meses más tarde el magistrado tuvo que entender en una causa por defraudación y falsificación de acciones, contra el doctor Juan Enciso, quien en ese preciso momento dormitaba bajo los cocoteros, que lo protegían del sol del Caribe, en la exclusiva playa del Ocean Club, en Bahamas.

A su lado, la dulce Lyssette lo miraba conmovida.



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