DESconfianza
Luisa Valenzuela
En la avioneta de unos amigos sobrevolamos el otro día la provincia de Buenos Aires. Como el río Salado, la pampa húmeda toda ella estaba fuera de madre. Un paisaje de reflejos feérico, ahí abajo, un país lacustre como una extensión infinita de los esteros del Iberá, con bandadas de garzas y flamencos rosados. Pero ya se sabe: lo que es belleza desde el aire resulta desolación y miseria en tierra firme, si esto, hoy, puede ser llamado tierra firme.
En más de un sentido.
Las pampas inundadas parecerían ser la puesta en acto de la metáfora que prevalece en nuestro país. Porque ya no podemos saber dónde estamos parados; todo parece moverse bajo nuestros pies, la realidad se nos vuelve insustancial y chirle.
En el terreno institucional, como en el agropecuario, la mayor parte de las cosechas se nos van perdiendo. Hasta la cosecha de arroz se pierde, también el en el plano metafórico. Porque ¿qué puede sembrarse en la ciénaga que es hoy nuestra realidad nacional? Sólo puede crecer, ¡y cómo crece!, la desconfianza. La sospecha.
Todo germen de duda eclosiona hoy hasta convertirse en una maleza que amenaza con cubrirnos.
Las aguas bajan turbias.
No se trata ahora de esperar a que bajen sino de drenar las tierras: las conciencias. No va a resultar nada sencillo, con tanta corrupción ambiente, con tanto desaforado hasta dentro del propio Fuero Judicial. Con tanta muerte que queda sin explicación.
Con el Gran Suicidado se esfuma parte de lo que pudo haber sido una esperanza de alcanzar algún atisbo de ese tan elusivo elemento llamado verdad.
La verdad que últimamente nos es tan escamoteada. Nuestra única posibilidad de cura.
Una tras otra se han ido acumulando en la Argentina una serie de tumbas sin sosiego. Cuando tenemos la suerte de que haya tumbas, de que las lápidas no sean tan sólo nombres en una larguísima lista de desaparecidos. Tratemos ahora de que todo el país no se convierta en una tumba a la verdad, en un descomunal monumento al engaño.
Borrón y cuenta nueva parecería ser el lema de algunos poderosos. Sólo que ya sabemos por trágica experiencia que toda cuenta nueva que sigue al borrón es siempre una resta.
Nos van dejando cada vez más pobres en credulidad, misérrimos en confianza.
Y sin confianza no puede construirse una democracia. Una democracia en serio, no reflejos y espejismos para ser sólo vistos desde el aire. No este simulacro que intentan vendernos como si se tratara del verdadero producto.