31
Covarrubias, en su
Tesoro, define cautela como «el engaño que uno haze a otro
ingeniosamente, usando de términos ambiguos y de palabras
dudosas y equívocas»
. Mateo Alemán usa esta
voz refiriéndose al juego de cartas (II, 281, lín. 15; III, 290, lín. 4). En el juego de la vida las
cautelas del pícaro son las trazas y burlas con que
engaña a los otros como los otros le engañan a
él y se engañan entre sí. Pero, junto a las
cautelas del Pícaro por antonomasia, están las
sátiras.
32
S. Gili y Gaya
afirma que en el Guzmán «la complacencia en lo picaresco es tan marcada,
hay tan visible regodeo en la pintura satírica de la
sociedad, que tenemos que estimar como evidente que lo novelesco es
la columna vertebral de la obra, y que los sermones son
añadidos, pegadizos y no siempre oportunos, lo cual no
impide el afán moralizador y el hondo sentimiento religioso
con que fueron escritos»
(Apogeo y
desintegración de la novela picaresca, en
«Historia General de las Literaturas
Hispánicas», III, Barcelona, 1953, p. VI).
33
M. de Unamuno, Ensayos VI, Madrid, 1918, p. 14.
34
Todas las citas de Gracián refieren a la edición de sus Obras Completas por E. Correa Calderón, Madrid, 1944.
35
Baudelaire hallaba incluso otro valor más sustantivo a los tópicos: «Existe-t-il -se preguntaba el genial poeta- ... quelque chose de plus charmant, de plus fertile et d'une nature plus positivement excitante que le lieu commun?» (Curiosités Esthétiques, ed. J. Crépet, Paris, 1923, p. 256).
36
Ejemplos de
dialogo con el lector: «¿Por
qué piensas que uno raja, mata, hiende y hace
fieros? Yo te lo diré...»
(II, 143);
«¿Quieres por ventura
sacar las brasas con la mano del gato? Dilo, si lo sabes:
que lo que yo supe ya lo dije...»
(IV, 88).- Ejemplos de
monólogo: «Vime tentado por
llegar a dárselas; empero dije: ¡No, no,
Guzmán! ¡eso no!; mejor será que tu
ladrón se convierta y viva...»
(III, 258);
«Guzmán,
¿qué se hicieron tantas velas, tantos cuidados...,
tantas pretensiones? Ya os dije, cuando en mi
niñez, que lodo avino a parar en la capacha...»
(V, 49). A veces ocurre que un soliloquio se torna bruscamente
diálogo con el lector, como en el ejemplo recién
transcrito, o en el siguiente, donde Guzmán, hablando
consigo mismo («Aquí
verás, Guzmán, lo que es la
honra...»
, II, 45) pasa a formular una serie de preguntas
retóricas encabezadas por el imperativo «dime»
, y a continuación,
olvidando ser él mismo el que pregunta, añade:
«Mucho me pides para lo poco
que sabré satisfacerte; mas diré conforme a
lo que alcanzo, lo que dello entiendo...»
(II, 45).- El
sistema de monólogo, diálogo y monodiálogo en
esta »confesión general» de Guzmán de
Alfarache está por estudiar, y sería tema curioso.
Baste decir que esas transiciones y cambios de perspectiva
consiguen principalmente dos efectos: vivificar la andadura de la
narración y del discurso y crear un clima de intimidad -o
siquiera de compañía- entre el galeote solitario y el
discreto lector. La alegría de este ir juntos uno y otro se
siente más vivamente en la Parte I, y de modo especial al
comiendo de ella, que en la continuación. He aquí un
ejemplo por muchos: «Preguntarásme ¿dónde
va Guzmán tan cargado de ciencia? ¿Qué
piensa hacer con ella? ¿Para qué fin la loa con tan
largas arengas y engrandece con tales veras? ¿Qué
nos quiere decir? ¿Adonde ha de parar? Por mi fee,
hermano mio, a dar con ella en un esportón, que
fué la ciencia que estudié para ganar de
comer...»
(II, 98).
37
Semblanzas y estudios españoles, p. 73.
38
Introducción a la ed. aquí manejada del Guzmán, p. 11.
39
Introducción a La novela picaresca, ed. cit., p. 53 a.
40
Abundante es la
expresión de Alemán en un pasaje como el comprendido
en: I, 165, líns. 27-166,
lín. 16. Pero más
que esta facundia, que recuerda levemente la incontinencia del
Padre Guevara me parece característica de Alemán la
proporción armoniosa de un tipo de frase elegante, aplomada
y propensa a la concisión, como por ejemplo: «A la noche mi enfermedad crecía, la cama
no era muy buena ni más mollida que un pedazo de estera
vieja en un suelo lleno de hoyos. Venía el ganado paciendo
por la dehesa humana del mísero cuerpo. Recordé al
ruido; húbeme de rascar y comencéme a desvelar; fui
recapacitando todo el sermón pieza por pieza. Entendí
que, aunque habló con religiosos, tocaba en común a
todos, desde la tiara hasta la corona, desde el más poderoso
príncipe hasta la vileza de mi abatimiento»
(II,
38). A veces se le escapan al prosista relampagueantes versos, como
estos endecasílabos que bien podrían prohijarse a
Quevedo: «con solo el fuego de la muerte
sola»
(III, 225; I, 13), «las
brasas encendidas de la injuria»
(IV, 115; I, 3). En fin,
dentro de la integridad de la prosa alemaniana habría que
considerar diversos componentes que sólo puedo aquí
indicar: el sabor y el color de las descripciones (I, 209-215), la
vivacidad casi «moderna» de muchos diálogos (II,
268-272; IV, 61-70), la suavidad con que el autor entremete
refranes o cita versos de romances tradicionales, el plasticismo de
ciertas semblanzas, como la del hipócrita (IV, 82-83), la
propiedad de sus imágenes y símiles (III, 76-77), la
mesurada y agradable forma de sus apólogos y
alegorías, que Gracián tanto admiraba.