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Covarrubias, en su Tesoro, define cautela como «el engaño que uno haze a otro ingeniosamente, usando de términos ambiguos y de palabras dudosas y equívocas». Mateo Alemán usa esta voz refiriéndose al juego de cartas (II, 281, lín. 15; III, 290, lín. 4). En el juego de la vida las cautelas del pícaro son las trazas y burlas con que engaña a los otros como los otros le engañan a él y se engañan entre sí. Pero, junto a las cautelas del Pícaro por antonomasia, están las sátiras.

 

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S. Gili y Gaya afirma que en el Guzmán «la complacencia en lo picaresco es tan marcada, hay tan visible regodeo en la pintura satírica de la sociedad, que tenemos que estimar como evidente que lo novelesco es la columna vertebral de la obra, y que los sermones son añadidos, pegadizos y no siempre oportunos, lo cual no impide el afán moralizador y el hondo sentimiento religioso con que fueron escritos» (Apogeo y desintegración de la novela picaresca, en «Historia General de las Literaturas Hispánicas», III, Barcelona, 1953, p. VI).

 

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M. de Unamuno, Ensayos VI, Madrid, 1918, p. 14.

 

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Todas las citas de Gracián refieren a la edición de sus Obras Completas por E. Correa Calderón, Madrid, 1944.

 

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Baudelaire hallaba incluso otro valor más sustantivo a los tópicos: «Existe-t-il -se preguntaba el genial poeta- ... quelque chose de plus charmant, de plus fertile et d'une nature plus positivement excitante que le lieu commun?» (Curiosités Esthétiques, ed. J. Crépet, Paris, 1923, p. 256).

 

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Ejemplos de dialogo con el lector: «¿Por qué piensas que uno raja, mata, hiende y hace fieros? Yo te lo diré...» (II, 143); «¿Quieres por ventura sacar las brasas con la mano del gato? Dilo, si lo sabes: que lo que yo supe ya lo dije...» (IV, 88).- Ejemplos de monólogo: «Vime tentado por llegar a dárselas; empero dije: ¡No, no, Guzmán! ¡eso no!; mejor será que tu ladrón se convierta y viva...» (III, 258); «Guzmán, ¿qué se hicieron tantas velas, tantos cuidados..., tantas pretensiones? Ya os dije, cuando en mi niñez, que lodo avino a parar en la capacha...» (V, 49). A veces ocurre que un soliloquio se torna bruscamente diálogo con el lector, como en el ejemplo recién transcrito, o en el siguiente, donde Guzmán, hablando consigo mismo («Aquí verás, Guzmán, lo que es la honra...», II, 45) pasa a formular una serie de preguntas retóricas encabezadas por el imperativo «dime», y a continuación, olvidando ser él mismo el que pregunta, añade: «Mucho me pides para lo poco que sabré satisfacerte; mas diré conforme a lo que alcanzo, lo que dello entiendo...» (II, 45).- El sistema de monólogo, diálogo y monodiálogo en esta »confesión general» de Guzmán de Alfarache está por estudiar, y sería tema curioso. Baste decir que esas transiciones y cambios de perspectiva consiguen principalmente dos efectos: vivificar la andadura de la narración y del discurso y crear un clima de intimidad -o siquiera de compañía- entre el galeote solitario y el discreto lector. La alegría de este ir juntos uno y otro se siente más vivamente en la Parte I, y de modo especial al comiendo de ella, que en la continuación. He aquí un ejemplo por muchos: «Preguntarásme ¿dónde va Guzmán tan cargado de ciencia? ¿Qué piensa hacer con ella? ¿Para qué fin la loa con tan largas arengas y engrandece con tales veras? ¿Qué nos quiere decir? ¿Adonde ha de parar? Por mi fee, hermano mio, a dar con ella en un esportón, que fué la ciencia que estudié para ganar de comer...» (II, 98).

 

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Semblanzas y estudios españoles, p. 73.

 

38

Introducción a la ed. aquí manejada del Guzmán, p. 11.

 

39

Introducción a La novela picaresca, ed. cit., p. 53 a.

 

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Abundante es la expresión de Alemán en un pasaje como el comprendido en: I, 165, líns. 27-166, lín. 16. Pero más que esta facundia, que recuerda levemente la incontinencia del Padre Guevara me parece característica de Alemán la proporción armoniosa de un tipo de frase elegante, aplomada y propensa a la concisión, como por ejemplo: «A la noche mi enfermedad crecía, la cama no era muy buena ni más mollida que un pedazo de estera vieja en un suelo lleno de hoyos. Venía el ganado paciendo por la dehesa humana del mísero cuerpo. Recordé al ruido; húbeme de rascar y comencéme a desvelar; fui recapacitando todo el sermón pieza por pieza. Entendí que, aunque habló con religiosos, tocaba en común a todos, desde la tiara hasta la corona, desde el más poderoso príncipe hasta la vileza de mi abatimiento» (II, 38). A veces se le escapan al prosista relampagueantes versos, como estos endecasílabos que bien podrían prohijarse a Quevedo: «con solo el fuego de la muerte sola» (III, 225; I, 13), «las brasas encendidas de la injuria» (IV, 115; I, 3). En fin, dentro de la integridad de la prosa alemaniana habría que considerar diversos componentes que sólo puedo aquí indicar: el sabor y el color de las descripciones (I, 209-215), la vivacidad casi «moderna» de muchos diálogos (II, 268-272; IV, 61-70), la suavidad con que el autor entremete refranes o cita versos de romances tradicionales, el plasticismo de ciertas semblanzas, como la del hipócrita (IV, 82-83), la propiedad de sus imágenes y símiles (III, 76-77), la mesurada y agradable forma de sus apólogos y alegorías, que Gracián tanto admiraba.

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