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Cito por la primera edición de Alfaguara Hispánica, 1989. Tres golpes de timbal es una novela compleja, en la que «mezclando tiempos y violando espacios» (256) Moyano ha combinado una vez más realidad y ficción en torno a sus personajes arquetípicos.
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Aunque el referente del exilio y la violencia argentina de los años setenta parece el contexto natural de la fábula, la narración puede leerse a diferentes niveles. Puede hacer referencia a una historia bíblica, universal, americana o argentina. Existen indicios suficientes que remiten a esos niveles, es decir que permiten universalizar el referente histórico, motivador de la memoria y del deseo del narrador, que en principio es el del exilio argentino.
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Recuerdo que por aquellos tiempos en que escribía esta que habría de ser su última novela, Moyano había alquilado un altillo en un viejo inmueble de la calle San Bernardo de Madrid, donde decía sentirse feliz con la sola compañía de las palabras. Recuerdo también que me comentaba divertido que llevaba escritos doscientos folios y apenas había «contado» nada, lo que era indicio de la importancia que daba al lenguaje, a los sonidos armónicos que lograba crear, en definitiva, a la belleza de la lengua. Que su prosa «sonara» bien era para él primordial (en el texto se dice que los sonidos, por pertenecer al mundo natural, encierran más verdad que las palabras, que pueden ser manipuladas). Sin embargo, ese interés por conseguir una «prosa musical» no fue bien comprendido: Carmen Balcells (otro motivo de felicidad en estos años: ¡por fin le llevaba su obra!) le devolvía los manuscritos exigiendo que «pasaran más cosas», que hubiera más anécdota.
Al acabar la novela, la dolorosa despedida puede leerse en el capítulo «El defectuoso adiós del minalteño» (236-240), en el que dice entre otras cosas: «A mí me abandonaban las palabras [...] y no sabíamos como decirnos adiós»
, «Yo era
-dice más adelante- uno de esos habitantes sometidos de las grandes ciudades, un hombrecito, un preso que soñando con la libertad inventó todo eso escribiendo solitariamente, y ahora se encontraba con la tristeza de tener que poner punto final a sus historias y a sus sueños»
(241).
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Para Moyano existe una diferencia radical entre la Historia y lo que él llama la parte humana de la realidad que, según dice, es cada vez más pequeña, y forma parte indisoluble del mundo natural. En la parte humana de la realidad cada nuevo acontecimiento surge como en el orden natural (el noviazgo entre dos jóvenes que se aman es una «floración») y, como en la naturaleza cada nuevo brote exige la poda de todo lo que dificulte su existencia, de ahí que se pida limpiar la casa de eternidades silenciosas, es decir, del pasado. Según esto, para Moyano, en el transcurso de la vida cada presente hay que vivirlo como presente absoluto. Los viejos son los únicos que pueden atrasar el reloj para poder revivir en sueños tiempos felices, pero aún en ellos se mezcla el presente con el pasado (52). La Historia es para él lo artificial, lo añadido a lo natural: la que construyen los poderosos y los triunfadores, la que introduce la desarmonía en la naturaleza sojuzgando, violentando, marginando o matando a los más débiles. Mientras la realidad humana no es fruto de la política, ni del progreso, sino todo lo contrario: parece abocada a desaparecer en razón de la política y el progreso (es decir, de la Historia). En este sentido su última novela es también un discurso contra el poder.
Frente a los contenidos recogidos por la Historia, Moyano también oponía los propios del Arte:
| (Daniel Moyano, «El milenio se despide», El Mundo, Suplemento Cultural La esfera, Madrid, 19 de marzo de 1991) | ||
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Que es lo propio de una la sensibilidad posmoderna.
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«El estudio de ese antiguo tratado del lenguaje (la gramática de Nebrija) me ha enseñado a querer a las palabras. Las escribo [...] viéndolas florecer [...] y son música como afirma el gramático. Cada vez que escribo una siento el latido de objeto encerrado por los signos. Las oigo vivir. Las palabras sacan a las cosas del olvido y las ponen en el tiempo; sin ellas desaparecerían. Los cóndores por ejemplo, caerían a mitad del vuelo. Por eso cada vez que escucho el aleteo con que estas grandes aves se lanzan al espacio, digo cuidadosamente "cóndor" de modo que suenen bien todas sus letras, para que la palabra, además de las alas ayude a sostenerlo»
(Tres golpes de timbal, p. 12). La palabra «Lumbreras», escrita al comienzo de una hoja, crea la realidad del pueblo que se nombra, el piano comienza a tener realidad en la escritura de Eñe; las palabras tiene vida propia, «suenan como latidos». En definitiva, «Las cosas entran en lo real buscando la palabra»
(Ibid., p. 14).
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El subrayado es mío. Al homenajear al lenguaje a su vez pone de relieve lo que le une al nuevo contexto en el que quiere integrarse definitivamente.
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Carente de vanidad, Moyano hace extensible este poder creador a todos los seres vivientes. Según escribe en la novela, somos (los humanos)
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La naturaleza es pues orden y belleza y los pensamientos y acciones de los hombres, que a ella pertenecen, deben ser presididos también por los mismos principios. Los asesinos, los que matan «se organizan bajo las diferentes formas de poder, creyendo que copian fielmente la mecánica del universo, y que con ello alcanzarán la estabilidad o inmortalidad que ella posee»
(Ibid.). Pero son la perturbación de la naturaleza. Los asesinos borran la memoria de los vivos (57) y con ello contribuyen a convertir el cosmos en caos porque la memoria es garantía de continuidad y sobrevivencia de lo bueno y de lo malo.
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Esta actitud hedonista también coincide con las funciones paradigmáticas de la posmodernidad.
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Por ejemplo, en ese mundo creado por el narrador, cuando el pasado es desagradable puede anularse, y cuando el presente no es grato puede ser modificado. De ahí también que a los minalteños se les haya olvidado la palabra irse, que designa algo que no les gusta, y en su lugar hayan adoptado otra palabra mucho más agradable como volver (54) o incluso hayan hecho desaparecer definitivamente palabras como adiós o no, dos palabras que no existen en Minas Altas. También las palabras que recuerdan un pasado ingrato pueden hacerse desaparecer (por ejemplo, la palabra «Lumbreras», que remite a los acontecimientos de la masiva matanza del grupo del Sietemesino y al posterior exilio de los sobrevivientes, se fragmenta y se pierden sus letras por separado). Se puede incluso hacer revivir lo muerto y lo pasado: el cronista escribe Lumbreras y el pueblo de ese nombre revivió. Se puede hacer sonreír a quienes nunca lo hicieron (191-194) o convertir a los ancianos asesinos en viejitos enternecedores como los demás (225-227).