Dámaso y los espejos
Ricardo Gullón
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Era un caso raro. Había cumplido treinta y seis años y soñaba con una rubia que se le había cruzado en una estación del Metro el día que llegó a la mayor edad. Se llamaba Dámaso, medía un metro setenta y siete y se entusiasmaba con los relatos de Edgar Poe; su debilidad eran las corbatas azules: las tenía en todos los tonos, azul de cielo, azul de mar, pálidas, casi negras, lisas, a rayas, con motas, haciendo reflejos, de nudo, de lazo. El baile para las noches del sábado y el cine para las restantes. Odiaba la radio y le distraían las historias de aparecidos.
Cuando lo encontré estaba preocupado. Desde antes de saludarme apuntaba el gesto de las confidencias:
-Me ocurre algo grave -dijo- que me obliga a tomar determinaciones serias. He pensado casarme, pero no sirvo para hacer un dócil amante, me disgustan demasiado las faltas de puntualidad en las citas y el olor a plátano de las uñas pintadas, no podría soportarlo constantemente a mi lado. Por otra parte, me obsesiona el recuerdo de aquella mujer, no puedo olvidarla, y casarme con otra sería cometer para con su sombra una infidelidad, se trataría de un caso de bigamia espiritual premeditada; ya no es posible encontrarla, llevo trece años buscándola y he renunciado a seguir, su rostro es para mí el de siempre, en tanto que los años habrán ido marcando su paso en el que le quedó a ella. Pero sobre todo, que nada se conseguirá porque ya no es tiempo.
Rectificó el cruce de las piernas y deshizo con la mano una arruga que se iniciaba a la altura del muslo, oprimiendo de arriba abajo la raya del pantalón con el índice y el pulgar de la mano derecha.
-Sí -continuó-, ya es tarde. El matrimonio hay que descontarlo. Y como algo hay que hacer, he decidido testar; por eso te llamé, para que tú, —101→ perito en leyes, me digas cómo hay que hacerlo. Quiero un testamento en el que no falte nada y que la posteridad admire como una pieza notable del género: la voluntad final de un hombre que hasta entonces no la tuvo o no la supo tener.
Yo había pensado en un deseo desequilibrado y me sorprendió lo concreto de su afán: hacer testamento era, después de todo, un deseo razonable, y yo temía que se le hubiera ocurrido emprender una aventura hacia las estrellas o buscar en las alcantarillas a la rosa de los vientos.
-Si te parece -añadió- podemos ir aquí cerca a un establecimiento en donde podremos hablar y tomarás la minuta. Hoy es sábado y tengo que divertirme, es mi día destinado al placer, ya que sólo tomado a fecha fija puedo utilizarlo, porque si no lo tomo así, suele olvidárseme que estoy gozando y no obtengo el fruto preciso, en tanto que adquiriéndolo en dosis previstas voy prevenido para no descuidarme y apurar la jornada que dedico al esparcimiento.
Estaba exaltado con su idea y como si algo le ardiera muy adentro. Y nada más sentarnos a la mesa de un concert con orquesta negroide se fue encogiendo, achicando el tono de su voz y desviando lo directo de la mirada. Era un ciclotímico y estos desniveles en él lo normal, tan pronto alzado a cumbres de animación como dejándose hundir en valles enervados donde perdía capacidad de acción, arrastrado a la deriva como un palo en el agua de un riachuelo.
Extrajo de no sé qué profundidades una voz cautelosa que yo no le conocía, y para estrenarla me dijo:
-Me ocurre algo terrible. Y tú ni siquiera te has interesado por mí cuando te dije que deseaba hacer testamento.
-¿Te sientes enfermo? ¿Vas a dedicarte a la propaganda política?
Y enseguida apercibo que mi inquietud tardía llega a destiempo, cruzándose en el camino de sus confidencias.
Con la mano hizo un gesto que pedía silencio y su rostro se agarrotó en una mueca que algunos -yo no- llamarían nada menos que «sonrisa sardónica».
-No es eso. Si sólo se tratara de una enfermedad no te habría molestado, me disgusta hacer de un incompleto, un espectáculo. Mi organismo funciona bien e incluso el hígado, que un tiempo pareció crujir, se ha tranquilizado. La política es un ir y venir, en busca de un provecho, que no me interesa. Lo que me sucede -y al llegar aquí se inclinó sobre mí con tal insistencia, que una muchacha vecina tosió discretamente- es peor, angustiosamente —102→ peor. Sobre mí cuelga una amenaza que nadie puede conjurar; soy un condenado y lo sé.
Se me ocurrió preguntarle cuál era su aperitivo predilecto, inquirir el precio de su corbata, que hoy hace variantes en tornasol, solicitar su opinión sobre el último linchamiento en Carolina del Sur. Pero le vi tan obstinado en su preocupación que comprendí no lograría distraerle sin antes agotar el tema iniciado; callé, por tanto, y seguí escuchándole.
-A todas partes donde voy me persiguen. No consigo verme lejos de ellos, libre de sus bocas ávidas de morderme, con un deseo constante de consumirme hasta lograr que yo sea suyo, hasta mi total aniquilamiento. Porque lo que ellos quieren es, absorberme, acabar conmigo, que he debido ofenderles sin saber dónde. Lo sé, a ellos no les hacen falta pruebas y estoy condenado sin haber sido oído. Yo me resignaría a la condena, pero antes, que escuchen mis razones, mis descargos, que los compulsen con la acusación y después que deduzcan con todo rigor las consecuencias. Imagínate que yo no les he perseguido nunca, no les he darlo motivos de queja, al contrario, desde que tuve sospechas de su enemiga mi casa les ha estado abierta, todas mis habitaciones son suyas y no queda un centímetro de pared que no les esté destinado, a cualquier parte que mire me los encuentro, tranquilos porque están seguros de que no les escaparé, de que me tienen en su poder, pues que el mundo les pertenece y todo intento de evasión fracasaría porque al más lejano lugar que huyera me seguirían. ¿No te has fijado nunca? Son fríos, parecen cadáveres, pero es que tienen un alma de hielo y que no saben del tiempo, puesto que su vida está ausente del pulso y del pasar.
Llegó un momento en que yo mismo creí que algún mal sujeto me estaba aojando. Y sin poder resistir, le pregunté:
-Pero ¿quiénes son ellos?
-¡Cómo! ¿No te lo figuras? ¿Quiénes van a ser? -Acercó los labios a mi oído y dijo por dos veces, muy calladamente: -Los espejos, sí, los espejos; hace tiempo empecé a notar que no eran, como ligeramente creía, objetas inanimados. Fue un día del octubre último; estaba frente al lavabo, afeitándome, cuando advertí que su luna no estaba como siempre, la expresión le había cambiado y tenía el gesto de un reloj parado en las cuatro; me esforcé en descifrar el misterio que aquella mañana se me aparecía. Desde entonces toda mi vida se ha ido en añoranza de piedras negras, de agujeros délficos, hasta que muertas tantos días he conseguido comprender. He ido recogiendo en los espejos del camino respuestas caídas a interrogantes —103→ lanzados a veinte kilómetros, horas de diálogo me revelaron secretos. Sólo uno callan, la razón de su enemiga y mi condena.
Del bolsillo de la americana sacó un espejito de mano y lo contempló, contemplándose. La muchacha de la mesa de al lado reincidió en su tosecita, unida esta vez a un golpe de codo a dos amigas que sorbían, saboreándole, un ponche de ron y que se interrumpieron para mirar a Dámaso con cierta divertida curiosidad que cuajó en un cuchicheo de las tres cabezas agrupadas en haz y rematado por una carcajada. Yo me azaré y él no se apercibió de nada.
-Por eso quiero hacer testamento. Todos los signos me indican que el final se acerca, ha triunfado la conjura, tiene buenos auxiliares, las aguas son suyas y al reconocerme sonríen. Un día u otro acabarán conmigo, pronto. Si no consigo escaparles...
Las últimas palabras apenas se oyeron y pareció dar por terminada la revelación. Quedó callado un instante, tomó una copa de coñac con soda y entabló diálogo con las chicas de la carcajada, que terminó en la pista bailando con una de ellas. Cuando volvió a sentarse era otro hombre; había olvidado los espejos, el testamento, y se preocupaba de no sé qué estupendo específico contra la calvicie. Pasado un rato marché, y hasta ayer no volví a tener noticias de él.
Me llamaron por teléfono.
-Venga enseguida; el señorito lleva tres horas en el cuarto de baño, y no contesta.
Cuando llegué a la casa, los criados y el portero se agrupaban en el pasillo esforzándose por ver a través del hueco de la cerradura. Di con los nudillos en la puerta y de un golpe salté el pestillo, que apenas hizo resistencia. El cuarto estaba ceñido de espejos a todos los aires; dentro de la bañera sonreía un Dámaso desnudo, tranquilo ya y dichoso porque eran suyos todos los misterios. El gas se escapaba del mechero con un silbido tenue; cerré la espita y abrí de par en par las ventanas. De la calle subía un recio olor de primavera.