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He traducido con la fidelidad posible todo lo que media entre la nota precedente y ésta. Mr. Lande, que tan indulgente es para conmigo en todo su trabajo, me perdonará si le digo que es completamente inexacto todo lo que aquí expone, por más que parezca verosímil y lógico a los que juzgan de las cosas vascongadas sin conocerlas más que superficialmente o por apreciaciones y relatos de liberad imente falsos y hostiles. En las Provincias Vascongadas todos son fueristas, cualesquiera que sean sus opiniones políticas, su vecindad, su ilustración y su riqueza; y Mr. Lande se habrá convencido de ello al saber que al visitar el rey Don Alfonso a Bilbao, entre las primeras aclamaciones que ha oído y las primeras inscripciones que ha leído en los arcos triunfales con que se te recibía, figuraba la de «¡Vivan los fueros!» Precisamente la población más ilustrada y rica es la que mayor interés tiene en la conservación de éstos, porque es dueña de casi toda la riqueza territorial, urbana y fabril. Los fueros no han influido para nada en la rebelión carlista a la que en todo caso habrán favorecido los contrafueros, que han sido tan numerosos desde 1839, en que se confirmaron solemnemente, y sobre todo desde 1868 a 1870, en que empezó la rebelión en las Provincias Vascongadas, que a esta última fecha apenas quedaba del Código foral más que la portada. Cierto que entre Bilbao y el resto de Vizcaya había antagonismos sobre representación en las Juntas generales so el árbol de Guernica, porque la invicta y populosa villa, que realmente tiene títulos muy grandes a la consideración de todo el país, pretendía obtener en ellas representación proporcionada al número, la riqueza y la cultura de sus vecinos; y a esta pretensión se oponía por sus contradictores: que el fuero, partiendo del principio de que el derecho no se funda en el número ni en la riqueza, hace a todos los pueblos de Vizcaya iguales en derecho; que, teniendo Bilbao sólo un voto como los demás pueblos, vecinos suyos han sido lo menos la mitad de los que han formado el gobierno universal del Señorío desde que este gobierno se organizó, casi como hoy existe, el año 1500; que la mayor riqueza, la mayor ilustración y las mayores relaciones que Bilbao tiene dan a la invicta villa influencia equivalente a la mitad de todos los votos del resto del Señorío; y, por último, que si sobre esta legítima y natural influencia se añaden a Bilbao votos, Bilbao monopolizará por completo el gobierno de Vizcaya, inconveniente tanto más grave, a pesar de la generosidad, la cultura, el vizcainismo y el espíritu liberal de aquel admirable pueblo, cuanto que en Bilbao no se eligen los apoderados por el voto directo de todos los vecinos, como sucede en casi todos los demás pueblos de Vizcaya. Si las libertades forales se salvan del naufragio que hoy corren, no seré yo el último que proclame a Bilbao el primero de sus salvadores, y, por tanto, el más digno de la gratitud y recompensa de Vizcaya.
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Aquí también incurre Mr. Lande, por culpa mía que no le di informes tan latos como debiera, en confusiones que debe aclarar el que, como yo, no tiene más riqueza que su honra. No se me citó ante ninguna autoridad, porque oírme antes de condenarme hubiera sido concederme lo que se concede hasta a los asesinos más viles. Demasiado sabía la media docena de seudo-liberales que aspiraron a la gloria de arrancar de mis manos el primer pedazo de pan que Vizcaya había puesto en manos que escriben libros, que yo no era carlista, ni lo había sido, ni lo podía ser a no perder el juicio o la vergüenza; pero sabían también que sólo calificándome de tal se me podía atropellar, y de tal me calificaron.
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No tan pronto, pues aquello fue a fines de agosto de 1870, y permanecí en Bilbao hasta fines de agosto de 1873, combatiendo la causa carlista en el libro y en la prensa. Yo era el primer redactor de El Correo Vascongado, que con este objeto y el de defender la de Don Alfonso XII fundó y dirigió mi querido amigo don Sabino de Goicoechea. Aquel periódico tuvo el atrevimiento de proclamar a Don Alfonso XII en plena república y pleno carlismo. Yo, sin aspira a recompensa alguna personal, anuncié que «Don Alfonso era la paz», y mi profecía se ha cumplido.
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Por el mismo tiempo salieron a luz las Narraciones populares, y escribí un libro titulado Madrid por fuera.
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Entre algunos críticos españoles se hizo muy de moda en tiempo no lejano la acusación de que «se rebelaba contra la crítica» el escritor que osaba tomar la pluma aunque sólo. fuese para fin tan sencillo y justo como el que me movió a rectificar la afirmación de que «en todas las composiciones del Libro de las montañas sonaban las campanas», haciendo notar respetuosamente al crítico que había oído campanas sin saber dónde; pues el libro se componía de ciento ocho composiciones, y en más de noventa ni siquiera decían las campanas este badajo es mío. Estoy seguro de que Mr. Lande no ha de decir que me rebelo contra la crítica si me atrevo a exponerle tímidamente una duda que me asalta. Si el pensamiento capital de los tres libros que cita no es más que un pretexto, y todo lo demás se reduce a encomios de mis compatriotas (que por cierto no se hallaban en estado de comprar libros cuando éstos salieron a luz), ¿cómo no duermen aún en las librerías las copiosas ediciones que de ellos se hicieron, en vez de agotarse en pocos meses, como sucedió con la del Gabán y la chaqueta? Las novelas largas que escribí en mi juventud fueron caballerescas; y, en efecto, he reconocido que no me llamaba Dios por este camino. Aunque es pobre mi inventiva, me parece cosa fácil el idear una novela en que se sucedan sin cesar las peripecias y los acontecimientos más inesperados; pero confieso, aunque se censure mi franqueza, que no tengo afición a la novela, cuyo principal atractivo es el «a ver en qué queda».
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El autor de los reparos críticos a que se alude aquí fue mi amiguísimo don José de Castro y Serrano, cuyo artículo se tradujo y colocó al frente de los Cuentos de color de rosa en una hermosa edición en alemán, hecha en Augsburgo hacia 1862.
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Yo no he suministrado a Mr Lande noticia alguna de mi personalidad física, ni aun enviándole mi retrato fotográfico. Por París debe andar algún español que me conoce personalmente, y con sus confidencias al ilustrado escritor francés ha mostrado que me conoce mejor que algunos señores de más acá.