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Cuentos color de humo y cuentos frágiles

Manuel Gutiérrez Nájera

Cuentos color de humo

Este cuento yo no lo vi, pero creo que lo soñé.

¡Qué cosas ven los ojos cuando están cerrados! Parece imposible que tengamos tanta gente y tantas cosas dentro... porque cuando los párpados caen, la mirada, como una señora que cierra su balcón, entra a ver lo que hay en su casa. Pues bien: esta casa mía, esta casa de la señora mirada que yo tengo, o que me tiene, es un palacio, es una quinta, es una ciudad, es un mundo, es el universo...; pero un universo en el que siempre están presentes el presente, el pasado y el futuro. A juzgar por lo que miro cuando duermo, pienso para mí, y hasta para ustedes, mis lectores: ¡Jesús, qué de cosas han de ver los ciegos! Esos que siempre están dormidos, ¿qué verán? El amor es ciego, según cuentan. Y el amor es el único que ve a Dios.

¿De quién es la leyenda de Rip-Rip? Entiendo que la recogió Washington Irving para darle forma literaria en alguno de sus libros. Sé que hay una ópera cómica con el propio título y con el mismo argumento. Pero no he leído el cuento del novelador e historiador norteamericano, ni he oído la ópera... pero he visto a Rip-Rip.

Si no fuera pecaminosa la suposición, diría yo que Rip-Rip ha de haber sido hijo del monje Alfeo. Este monje era alemán, cachazudo, flemático, y hasta presumo que algo sordo; pasó cien años sin sentirlos, oyendo el canto de un pájaro. Rip-Rip fue menos yanqui, menos aficionado a músicas y más bebedor de whiskey; durmió durante muchos años.

Rip-Rip, el que yo vi, se durmió, no sé por qué, en alguna caverna en la que entró... quién sabe para qué.

Pero no durmió tanto como el Rip-Rip de la leyenda. Creo que durmió diez años... tal vez cinco... acaso uno...; en fin, su sueño fue bastante corto: durmió mal. Pero el caso es que envejeció dormido, porque eso pasa a los que sueñan mucho. Y como Rip-Rip no tenía reloj, y como aunque lo hubiese tenido no le habría dado cuerda cada veinticuatro horas; como no se habían inventado aún los calendarios, y como en los bosques no hay espejos, Rip-Rip no pudo darse cuenta de las horas, los días o los meses que habían pasado mientras él dormía, ni enterarse de que era ya un anciano. Sucede casi siempre: mucho tiempo antes de que uno sepa que es viejo, los demás lo saben y lo dicen.

Rip-Rip, todavía algo soñoliento y sintiendo vergüenza por haber pasado toda una noche fuera de su casa -él que era esposo creyente y practicante- se dijo, no sin sobresalto: -¡Vamos al hogar!

¡Y allá va Rip-Rip con su barba muy cana (que él creía muy rubia), cruzando a duras penas aquellas veredas casi inaccesibles! Las piernas flaquearon; pero él decía: -¡Es efecto del sueño! ¡Y no, era efecto de la vejez, que no es suma de años, sino suma de sueños!

Caminando, caminando, pensaba Rip-Rip:

-¡Pobre mujercita mía! ¡Qué alarmada estará! Yo no me explico lo que ha pasado. Debo de estar enfermo... muy enfermo. Salí al amanecer... está ahora amaneciendo... de modo que el día y la noche los pasé fuera de casa. Pero ¿qué hice? Yo no voy a la taberna; yo no bebo... Sin duda me sorprendió la enfermedad en el monte y caí sin sentido en esa gruta... Ella me habrá buscado por todas partes... ¿Cómo no, si me quiere tanto y es tan buena? No ha de haber dormido... Estará llorando... ¡Y venir sola, en la noche, por estos vericuetos! Aunque sola... no, no ha de haber venido sola. En el pueblo me quieren bien, tengo muchos amigos... principalmente Juan el del molino. De seguro que, viendo la aflicción de ella, todos la habrán ayudado a buscarme... Juan principalmente. Pero ¿y la chiquita?, ¿y mi hija? ¿La traerán? ¿A tales horas? ¿Con este frío? Bien puede ser, porque ella me quiere tanto, y quiere tanto a su hija, y quiere tanto a los dos, que no dejaría por nadie sola a ella, ni dejaría por nadie de buscarme. ¡Qué imprudencia! ¿Le hará daño?... En fin, lo primero es que ella... pero ¿cuál es ella?...

Y Rip-Rip andaba y andaba... y no podía correr.

Llegó, por fin, al pueblo, que era casi el mismo... pero que no era el mismo. La torre de la parroquia le pareció como más blanca; la casa del alcalde, como más alta; la tienda principal, como con otra puerta, y las gentes que veía, como con otras caras. ¿Estaría aún medio dormido? ¿Seguiría enfermo?

Al primer amigo a quien halló fue al señor cura. Era él, con su paraguas verde, con su sombrero alto, que era lo más alto de todo el vecindario, con su breviario siempre cerrado, con su levitón, que siempre era sotana.

-Señor cura, buenos días.

-Perdona, hijo.

-No tuve yo la culpa, señor cura... no me he embriagado... no he hecho nada malo... La pobrecita de mi mujer...

-Te dije ya que perdonaras. Y anda ve a otra parte, porque aquí sobran limosneros.

¿Limosneros? ¿Por qué le hablaba así el cura? Jamás había pedido limosna. No daba para el culto porque no tenía dinero. No asistía a los sermones de Cuaresma porque trabajaba en todo tiempo, de la noche a la mañana. Pero iba a la misa de siete todos los días de fiesta y confesaba y comulgaba cada año. No había razón para que el cura lo tratase con desprecio. ¡No la había!

Y lo dejó ir sin decirle nada, porque sentía tentaciones de pegarle... y era el cura.

Con paso aligerado por la ira siguió Rip-Rip su camino. Afortunadamente la casa estaba muy cerca... Ya veía la luz de sus ventanas... Y como la puerta estaba más lejos que las ventanas, acercose a la primera de estas para llamar, para decirle a Luz: -¡Aquí estoy! ¡Ya no te apures!

No hubo necesidad de que llamara. La ventana estaba abierta: Luz cosía tranquilamente, y, en el momento en que Rip-Rip llegó, Juan -Juan el del molino- la besaba en los labios.

-¿Vuelves pronto, hijito?

Rip-Rip sintió que todo era rojo en torno suyo. ¡Miserable!... ¡Miserable!... Temblando como un ebrio o como un viejo entró en la casa. Quería matar; pero estaba tan débil, que al llegar a la sala en que hablaban ellos cayó al suelo. No podía levantarse, no podía hablar; pero sí podía tener los ojos abiertos, muy abiertos, para ver cómo palidecían de espanto la esposa adúltera y el amigo traidor.

Y los dos palidecieron. Un grito de ella -el mismo grito que el pobre Rip había oído cuando un ladrón entró en la casa-, y luego los brazos de Juan que lo enlazaban, pero no para ahogarlo, sino piadosos, caritativos, para alzarlo del suelo.

Rip-Rip hubiera dado su vida, su alma también por poder decir una palabra, una blasfemia.

-No está borracho, Luz; es un enfermo.

Y Luz, aunque con miedo todavía, se aproximó al desconocido vagabundo.

-¡Pobre viejo! ¿Qué tendrá? Tal vez venía a pedir limosna y se cayó desfallecido de hambre.

-Pero si algo le damos podría hacerle daño. Lo llevaré primero a mi cama.

-No, a tu cama no, que está muy sucio el infeliz. Llamaré al mozo, y entre tú y él lo llevarán a la botica.

La niña entró en esos momentos.

-¡Mamá, mamá!

-No te asustes, mi vida, si es un hombre.

-¡Qué feo, mamá! ¡Qué miedo! ¡Es como el coco!

Y Rip oía.

Veía también; pero no estaba seguro de que veía. Esa salita era la misma... la de él. En ese sillón de cuero y otate se sentaba por las noches cuando volvía cansado, después de haber vendido el trigo de su tierrita en el molino de que Juan era administrador. Esas cortinas de la ventana eran su lujo. Las compró a costa de muchos ahorros y de muchos sacrificios. Aquel era Juan, aquella, Luz... pero no eran los mismos. ¡Y la chiquita no era la chiquita!

¿Se había muerto? ¿Estaría loco? ¡Pero él sentía que estaba vivo! Escuchaba... veía... como se oye y se ve en las pesadillas.

Lo llevaron a la botica en hombros, y allí lo dejaron, porque la niña se asustaba de él. Luz fue con Juan... y a nadie le extrañó que fuera del brazo y que ella abandonara, casi moribundo, a su marido. ¡No podía moverse, no podía gritar, decir: -¡Soy Rip!

Por fin, lo dijo, después de muchas horas, tal vez de muchos años, o quizás de muchos siglos. ¡Pero no lo conocieron, no lo quisieron conocer!

-¡Desgraciado! ¡Es un loco! -dijo el boticario.

-Hay que llevárselo al señor alcalde, porque puede ser furioso -dijo otro.

-Sí, es verdad, lo amarraremos si resiste.

Y ya iban a liarlo; pero el dolor y la cólera habían devuelto a Rip sus fuerzas. Como rabioso can acometió a sus verdugos, consiguió desasirse de sus brazos y echó a correr. ¡Iba a su casa, iba a matar! Pero la gente lo seguía, lo acorralaba. Era aquello una cacería, y era él la fiera.

El instinto de la propia conservación se sobrepuso a todo. Lo primero era salir del pueblo, ganar el monte, esconderse y volver más tarde, con la noche, a vengarse, a hacer justicia.

Logró por fin burlar a sus perseguidores. ¡Allá va Rip como lobo hambriento! ¡Allá va por lo más intrincado de la selva! Tenía sed... la sed que han de sentir los incendios. Y se fue derecho al manantial... a beber, a hundirse en el agua y golpearla con los brazos... acaso, acaso a ahogarse. Acercose al arroyo, y allí, a la superficie, salió la muerte a recibirlo. ¡Sí; porque era la muerte en figura de hombre la imagen de aquel decrépito que se asomaba en el cristal de la onda! Sin duda, venía por él ese lívido espectro. No era de carne y hueso, ciertamente; no era un hombre, porque se movía a la vez que Rip, y esos movimientos no agitaban el agua. No era un cadáver, porque sus manos y sus brazos se torcían y retorcían. ¡Y no era Rip, no era él! Era como uno de sus abuelos, que se le aparecían para llevarlo con el padre muerto. -Pero ¿y mi sombra? -pensaba Rip-. ¿Por qué no se retrata mi cuerpo en ese espejo? ¿Por qué veo y grito, y el eco de esa montaña no repite mi voz, sino otra voz desconocida?

¡Y allá fue Rip a buscarse en el seno de las ondas! ¡Y el viejo, seguramente, se lo llevó con el padre muerto, porque Rip no ha vuelto!

¿Verdad que este es un sueño extravagante?

Yo veía a Rip muy pobre, lo veía rico; lo miraba joven, lo miraba viejo; a ratos en una choza de leñador, a veces en una casa cuyas ventanas lucían cortinas blancas; ya sentado en aquel sillón de otate y cuero, ya en un sofá de ébano y raso... no era un hombre, eran muchos hombres... tal vez todos los hombres. No me explico cómo Rip no pudo hablar, ni cómo su mujer y su amigo no lo conocieron, a pesar de que estaba tan viejo, ni por qué antes se escapó de los que se proponían atarlo como a loco, ni sé cuántos años estuvo dormido o aletargado en esa gruta.

¿Cuánto tiempo durmió? ¿Cuánto tiempo se necesita para que los seres que amamos y que nos aman nos olviden? ¿Olvidar es delito? ¿Los que olvidan son malos? Ya veis qué buenos fueron Luz y Juan cuando socorrieron al pobre Rip, que se moría; la niña se asustó; pero no podemos culparla: no se acordaba de su padre; todos eran inocentes, todos eran buenos... y, sin embargo, todo esto da mucha tristeza.

Hizo muy bien Jesús el Nazareno en no resucitar más que a un solo hombre, y eso a un hombre que no tenía mujer, que no tenía hijas y que acababa de morir. Es bueno echar mucha tierra sobre los cadáveres.

El vestido blanco

Mayo, ramillete de lilas húmedas que Primavera prende a su corpiño; Mayo, el de los tibios, indecisos sueños de la pubertad; Mayo, clarín de plata, que tocas diana a los poetas perezosos; Mayo, el que rebosa tantas flores como las barcas de Myssira: tus ojos claros se cierran en éxtasis voluptuoso y se escapa de tus labios el prometedor ¡hasta mañana!, cual mariposa azul de entre los pétalos de un lirio.

Hace poco, salía de la capilla, tapizada toda de rosas blancas, y entreteníame en ver la vocinglera turba de las niñas que con albos trajes, velos cándidos y botones de azahar en el tocado habían ido a ofrecer ramos fragantes a María. Mayo y María son dos nombres que se hermanan, que suavizan la palabra; dos sonrisas que se reconocen y se aman. No sé qué hilo de la Virgen une a los dos. Uno es como el eco del otro. Mayo es el pomo y María es la esencia.

Las niñas ricas subían joviales a sus coches; las niñeras vestían de gala; santo orgullo expresaban en sus ojos, aún llorosos, las mamás. Acababan de recibir la confirmación de la maternidad.

En uno de aquellos grupos distinguí a mi amigo Adrián; salí a su encuentro; besé a la chicuela, que todavía no sabe hablar sino con sus padres y con sus muñecas: sentí ese fresco calor de inocencia, de edredón, de brazos maternales, que esparcen las criaturas sanas, bellas y felices; y cuando la palomita de alas tímidas, cerradas, se fue con la mamá y el aya, ruborizada la niña y de veras, por la primera vez, Adrián y yo, incansables andariegos, nos alejamos de las calles henchidas de gente dominguera, para ir a la calzada que sombrean los árboles y que buscan los enamorados al caer la tarde y los amigos de la soledad al mediodía.

Adrián es un místico; pero no es, en rigor, un creyente. Lámpara robada al santuario, su flámula oscila, rebelde al aire libre; mas el aceite que la alimenta es el mismo que la hacía brillar, a modo de pupila extática, cuando, ya dormida la oración, velaba ella en el templo. Todavía busca esa llama la mirada de las monjas que rezaban maitines en el coro bajo; todavía siente con deleite el frío del alba, entrando por las ojivas; todavía la espanta el cuerpo negro de la lechuza, ansiosa de sorberla.

Como esa, hay muchas almas, en las que han quedado las creencias transfiguradas en espectros, que perturban el sueño con quejidos, solo perceptibles para ellas, o en espíritus luminosos, pero mudos; almas tristes, como isla en medio del océano, que miran con envidia a la ola sumisa y a la ola resueltamente rebelde; almas cuyos ideales semejan estalactitas de una gruta obscura, bajo cuyas bóvedas muge el viento nocturno; almas que se ven vivir, cual si tuvieran siempre delante algún espejo, y a ocasiones, medrosas, apocadas, o por alto sentido estético y moral, cierran los ojos para no mirarse; almas en cuyo hueco más hondo atisba siempre vigilante y duro juez; almas que no sintiéndose dueñas de sí mismas, sino esclavos de potencias superiores e ignotas, claman en la sombra: ¿en dónde está, cuál es mi amo?

Adrián, sujeto a todas las influencias, buenas y malas; pétalo en el remolino humano; susceptible de entusiasmos y desfallecimientos, tenía aquella mañana el espíritu en una nube de incienso.

Había vuelto a la edad en que nadie le llamaba «papá» y él decía: ¡Padre! Pero como en él proyecta la alegría inseparable sombra de tristeza; como le acompaña siempre «el pobre niño vestido de negro que se asemeja como un hermano», hablome así de su reciente júbilo:

-Tú no sabes cuánta melancolía produce un vestido blanco, cuando ya se ha vivido mucho para sí o para los otros. Esta mañana, al ver junto a la camita de mi niña el traje inmaculado que iba a vestir para ofrecerle, por primera vez, hermosas flores a la Virgen; al tocar ese velo sutilísimo que parece deshacerse como la niebla, si queremos asirla, sentí la vanidad del padre cuya hija comienza a dar los primeros pasos, a balbucear las primeras oraciones, y que, ataviada con primor, feliz porque de nada carece y todo ignora, camina al templo, ya conscientemente y como blanca molécula integrante de la comunión cristiana. La besé con más besos dentro de cada uno que otras veces.

Sonreí, reí al verla mirándose y admirándose en el espejo, como si preguntara: ¿Esa soy yo? Me encantaba la torpeza natural con que soltó a andar en su recamarita, cuidando de que el roce no ajara su vestido y levantando este con la mano para que no lo tocase ni la alfombra. Ya en el coche, la acomodamos en su asiento como a una princesa pequeñuela de cuento de hadas que va a casarse con el rey azul. Parecía una hostia viva, y es, en verdad, la hostia de mi alma.

En el templo, la ceremonia no es solemne, es tierna. Solemne, la imposición de órdenes sacerdotales; solemne, la toma de hábito; solemne, el oficio de difuntos; solemne, la pompa del culto católico en los grandes días de la Iglesia; tierna, vívida, pura, esta angélica procesión de almas intactas que lleva flores a la Virgen.

Los cirios se me figuraban cuerpecitos de niños que se fueron adelgazando, murieron y se salvaron; cuerpecitos cuya alma casta resplandece, en forma de llama, fija en las niñas blancas que van a poner las primeras hojas de su nido en el ara de María. La Madre de Dios parece como más madre rodeada por todas esas virginidades, ignorantes aún de que lo son; por todas esas inocencias que lo invocan. Las niñas sienten como que han crecido.

A la mía se la llevaron con las más pequeñas. Se la llevaron sin que ella resistiera. Se la llevaron... ¿sabes tú lo que esa frase significa? Antes y desde hace poco, solo en casa andaba sola... en casa, esto es, en mis dominios. Desde aquel momento ya se iba con otras, sin echarnos de menos a la mamá y a mí; ya no nos pertenecía tanto como la víspera; ya no eran nuestras manos su apoyo único; ya su voluntad, acurrucada antes, entreabría las alas. Del coro infantil se alzó el canto balbuciente, parecido a una letanía de amor, oída desde lejos. La vi a ella bajar con algún trabajo de la banca y dirigirse paso a paso, todavía vacilante, con su ramo de flores, a las gradas del altar. Alzándome sobre las puntas de los pies, procuraba no perderla de vista, con miedo de que cayera, temeroso de que llorara; y no cayó ni lloró, ni volvió la vista a vernos; la acariciaban, la sonreían, preguntábanla su nombre, y esas sonrisas oreaban mi espíritu, como hálitos de cariños desconocidos a los que nunca volveré a encontrar.

Se iba; pero se iba con la Virgen, con el ideal del amor, con el ideal del dolor vestido de esperanza.

A ella, a María, sí se la dejaba sin temores, porque estaba cierto de que iba a devolvérmela, y si no a mí, a la madre, porque madre fue ella. Algo como agua lustral caía de mi ser. Sí, vuelca, hija, tu canastillo de botones blancos en las gradas del altar; dile a la Virgen que ponga, por vela, un ala de ángel en la barca de tu vida; pídele la pureza que es la santa ignorancia del placer doloroso... mas ¿qué vas a pedirla, si sabes nada más pedir juguetes y la palabra vida no cristaliza todavía en tu entendimiento, ni, preguntona, ha salido de tus labios?

Después la vi volver. Los azahares temblaban en sus rizos rubios; parecía una novia. Llevaba de la mano a otra niña, más bajita de estatura: parecía una mamá.

Estas dos palabras: novia... mamá... dichas interiormente, despertaron en los ecos profundos de mi espíritu no sé qué rumores pavorosos. Hay otro vestido blanco, tal como este, de ofrecer flores, acaso más lujoso, más rico en nubes de encaje, traje de resonante y larga cauda. Hay otros azahares que no brincan de gusto en las móviles cabecitas de las niñas, sino que están quietos y rígidos en la cabellera de la desposada. Ese vestido aguardará en el canapé, cuando llegue una mañana triste del mañana.

Ahora, ese vestido blanco, esos azahares, yo se los di, son míos, porque ella es mía. Pero... el otro, los otros, serán de alguien a quien no conozco, de alguien que vendrá, con más poder que yo, a arrancármela, porque la humanidad se perpetúa por ineludible ley de ingratitud. Y entonces, esa barca no volverá a la orilla en donde estoy, tras una breve travesía en el lago quieto; se perderá en la alta mar de la vida, sin que puedan ampararla, sin que, a nado, me sea posible darle alcance. ¿Cómo, en qué tono, brotará entonces de esos labios la palabra Vida? En esa mar surge la bruma; allí lo Desconocido humano dice en voz alta su recóndito secreto; allí solo cuando el dolor exasperado grita, el padre oye... el pobre padre que desde lejos adivina y calla.

Cuando se siente esa angustia moral, vuélvese el espíritu a la Virgen, diciéndole: -Abre los ojos para que haya luz. Te lleva flores: como tú tienes tantas, guarda, las que te ofrece, para ella-. Y yo no sé si porque la luz de los cirios inflama los ojos, se nos saltan algunas lágrimas que el calor o el orgullo varonil evaporan.

¿Verdad que el vestido blanco es sugestivo? Ser novia... ser mamá... pedir de veras a la Virgen... saber lo que es la vida... ¡ya el traje blanco se vistió de luto!

Y hay otro traje blanco... ¡ah, no, jamás... no hay otro traje blanco!

Mi amigo, el místico a lo Verlaine y a lo Rod, había dado el último sorbo del ópalo verde que da el sueño y la muerte.

Dame de coeur

Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme, la pobrecita de cabellos rubios a quien yo quise durante una semana... ¡todo un siglo!... y se casó con otro.

Muchas veces, cuando, cansado y aburrido del bullicio, escojo para mis paseos vespertinos las calles pintorescas del Panteón, encuentro la delicada urna de mármol en que reposa la que nunca volverá. Ayer me sorprendió la noche en esos sitios. Comenzaba a llover, y un aire helado movía las flores del camposanto. Buscando a toda prisa la salida, di con la tumba de la muertecita. Detúveme un instante, y al mirar las losas humedecidas por la lluvia, dije, con profundísima tristeza:

-¡Pobrecita! ¡Qué frío tendrá en el mármol de su lecho!

Rosa-Thé era, en efecto, tan friolenta como una criolla de La Habana. ¡Cuántas veces me apresuré a echar sobre sus hombros blancos y desnudos, a la salida de algún baile, la capota de pieles! ¡Cuántas veces la vi en un rincón del canapé, escondiendo los brazos, entumecida, bajar los pliegues de un abrigo de lana! ¡Y ahora, allí está, bajo la lápida de mármol que la lluvia moja sin cesar! ¡Pobrecita!

Cuando Rosa-Thé se casó, creyeron sus padres que iba a ser muy dichosa. Yo nunca lo creí; pero reservaba mis opiniones, temeroso de que lo achacaran al despecho. La verdad es que cuando Rosa-Thé se casó, yo había dejado de quererla, por lo menos con la viveza de los primeros días. Sin embargo, nunca nos hace mucha gracia el casamiento de una antigua novia. Es como si nos sacaran una muela.

Sobre todo, lo que aumentaba mi disgusto era el convencimiento profundo de que iba a ser desgraciada. Me ponía como furia al escuchar las profecías risueñas de su familia. ¡Cómo! ¿Qué iba a ser Pedro un buen marido? Pero ¿no saben estas gentes -decía yo para mí- que Pedro juega? Atribuyen a la funesta ociosidad tan serio vicio; creen que una vez casado va a enmendarse... pero los jugadores no se enmiendan.

Y en descargo de mi conciencia, lo diré: yo habría visto, si no con alegría, con resignación a lo menos, el casamiento de Rosa-Thé con un buen chico. Pero lo contrario de un pozo es una torre; lo contrario de un puente un acueducto; lo contrario de un buen marido, eso era Pedro. No porque le faltasen prendas personales, ni salud, ni dinero, ni cariño a la pobre Rosa-Thé, pero sí porque aquel pícaro vicio había de seguirlo eternamente, como un acreedor a quien nunca acaba de pagársele.

Rosa-Thé no sabía que Pedro jugaba. En los primeros meses de matrimonio fue, con efecto, lo más sumiso y obsequioso que puede apetecerse para la vida quieta del hogar. Pero ¡ay!, a poco tiempo la pícara costumbre le arrastró al tapete verde. Comenzaron entonces los pretextos para pasar las noches fuera de la casa, la acritud de carácter, los ahogos y las súbitas desapariciones del dinero. Cierta vez, Rosa se preparaba para asistir a un baile. Pedro estaba ya de frac, esperando en el gabinete a su señora. Mas como es taba embebida aún en su toilette, y tardase todavía muy largo rato, Pedro entornó la puerta del tocador, y dijo a Rosa:

-Mira, mientras acabas de peinarte, voy a fumar al aire libre. Dentro de media hora volveré. Eran las nueve y media. En punto de las diez Rosa estaba dispuesta para el baile. Sentose en un silloncito y esperó. Sonó el cuarto, la media, los tres cuartos, y Pedro no volvía. Entonces comenzó a entrar en cuidado. ¿Qué le habría sucedido? A cada instante se asomaba al balcón, estrujando los guantes y el pañuelo. ¿Le habría atropellado un coche? ¡Anda tan embobado!, decía Rosa. ¿Habrá tenido riña con alguno? ¡Nadie está libre de enemigos! Sobre todo, ¡hay tantos malhechores en la calle! Y adelantando los sucesos con la impaciente imaginación, se figuraba ver entrar a su marido en angarillas con una pierna rota o muerto acaso. Y cada vez era más aguda su congoja, tanto que, al dar las once, mandó a un mozo a que fuera a buscarle por las calles, y luego a otro, en seguida a tres, hasta que el camarista y el lacayo, el cochero, el portero, y cuantos hombres había en la servidumbre, se emplearon en buscarle por calles y cafés, sin dejar punto de reunión por registrar, ni detuvieron un instante sus pesquisas.

Llegaban los sirvientes fatigados y sin noticia alguna de su amo; salían después con nuevas órdenes y siempre regresaban lo mismo que se iban. Por fin, pasada ya la media noche, Rosa ordenó que se pusiera el coche. Iba a buscar a Pedro. A todo escape, los caballos partieron del zaguán. Llamó Rosa a la puerta de muchas casas; apeábase el lacayo presuroso, y después de conferenciar con los porteros, subía luego al pescante, y el carruaje se lanzaba de nuevo por las calles con la mayor velocidad posible. A cosa de la una, pasó Rosa por una calle y vio abiertos e iluminados los balcones de una casa. Aquello debía de ser un club o cosa así. ¿Estaría Pedro en ese lugar? Parose el coche, y el lacayo, sin necesidad de llamar, porque estaba entornada la puerta, entró en el patio; subió las escaleras, y a poco rato volvió a bajarlas más aprisa todavía. Llegó a la portezuela del carruaje, por la que asomaba el semblante lívido de Rosa, y dijo, con la satisfacción del que trae una noticia largamente esperada.

-El amo está arriba; está jugando... Dice que no puede venir... que irá luego a la casa.

Y, efectivamente, a las seis de la mañana, Pedro se presentó en las habitaciones de la señora. La infeliz había pasado la noche en claro, sentada allí en aquel sillón, viendo, con la mirada fija de una loca, las manecillas del reloj que giraban alrededor de la muestra, vestida aún con su traje de baile, con flores en el cabello y en el pecho. Cada vez que sonaban pasos en la calle, Rosa-Thé se asomaba al balcón. Pero eran los pasos del gendarme o de algún ebrio que volvía tambaleando a su casa. Y las estrellas fueron brillando menos y los gallos cantando más. De rato en rato, Rosa escucha el ruido de un carruaje: era el de alguna de sus amigas que volvía del baile. Poco a poco la luz, primero tímida y blanquizca, se fue diseminando en todo el cielo. Pasó una diligencia por la esquina y se oyeron las campanas de la Profesa llamando a misa. Rosa no quiso entonces permanecer más tiempo en el balcón. ¿Qué dirían los que la vieran? Además sus dientes chocaban unos con otros, y un desagradable escalofrío culebreaba en su cuerpo. Rosa, tan débil, tan cobarde y tan friolenta, había pasado una buena parte de la madrugada en el balcón, y, lo que es peor, en traje de baile, con los hombros y la garganta descubierta.

Tan poseída de dolor estaba, que no observó la ligereza de su traje. Solo cuando la luz, entrando brusca por las puertas emparejadas del balcón, fue a retratarla en el espejo del armario, Rosa se vio ataviada para la fiesta y cubierta de flores, como una virgen a quien llevan a enterrar. Entonces, acurrucada en el sillón y cubiertos los hombros por un tápalo, soltó a llorar. ¡Había pensado en divertirse tanto en aquel baile! Porque Rosa era al fin y al cabo una chiquilla. ¡Se había puesto tan linda, no para cautivar a los demás, sino para que Pedro la llevase con orgullo! Y en lugar de la fiesta, las congojas, la angustia, y luego... luego la certidumbre horrible de que su esposo, sin tener piedad de sus dolores, la dejaba a las puertas de una casa de juego, donde probablemente se arruinaba. Rosa lloraba como una niña, y poco a poco iba arrancando de sus cabellos aquellas flores que tan primorosamente la adornaban. Y así pasó todavía una hora, oyendo el ruido de las escobas y las conversaciones de los barrenderos que barrían la calle.

Por fin conoció los pasos de Pedro. ¡Sí, era él!; secó sus lágrimas precipitadamente, tuvo vergüenza de haber llorado, la cólera venció en su ánimo al dolor y se dispuso a reñir, a desahogarse, a increpar con justicia a su marido. Pero... ¡en vano! La vista de Pedro la desarmó; venía lívido; derrengado, con los ojos de un hombre que ha perdido la razón, deshecho el lazo de la corbata blanca y erizado el pelo del sombrero. Apenas pudo hablar.

-Tienes razón... soy un miserable... He perdido todo... tus coches, tus alhajas... mis caballos... ¡nada tenemos! ¡Te he arruinado! ¡Te he arruinado! ¡Soy un canalla!

La cólera de Rosa-Thé se disipó como las sombras cuando viene el alba. Ante aquella desgracia inmensa quiso recuperar su sangre fría. ¡Era tan buena! Una ternura inmensa reemplazó las frases duras con que se proponía recibir a su marido. Y abrazando su cuello, acercando la cabeza descompuesta de Pedro a su seno, le atrajo a sí y lloraron juntos, largo rato, mientras la luz, indiferente a todo, saltaba alborozada y se veía en los espejos, en los muebles y vidrieras.

Rosa aceptó la pobreza con mucho valor. Tuvieron que buscar una casa humilde, quitar el coche, despedir a casi todos los criados, reemplazar el raso de los muebles con cretona e indiana, vivir, en suma, como la familia de un pobre empleado que gana ochenta pesos cada mes. Pero Rosa ponía tal arte en todo, economizaba tanto con su vigilancia y su trabajo, era tan decidora y tan alegre, que Pedro sentía menos el terrible peso de la pobreza. Al principio, Pedro, avergonzado de sí mismo y orgulloso de su mujer, se dedicó con alma y vida a trabajar. Y Rosa estaba más contenta que antes, porque ya no se iba por las noches y porque siempre le veía a su lado.

Sin embargo, no fue muy duradera esta ventura. Pedro volvió a juntarse con ciertos amigos que le arrastraron nuevamente al juego. Ya no podía apostar grandes cantidades como antes, pero sí dos, cinco o diez pesos. Primero se excusaba a sí mismo, diciendo en su conciencia: -No hago mal. Ahora que nada tengo, es cuando debo jugar. Es preciso que busque a toda costa el medio de sacar a mi mujer de la situación precaria en que vivimos. El juego me debe toda mi fortuna. Voy por ella.

Y comenzó de nuevo a fingir ocupaciones perentorias y a pasar buena parte de las noches fuera de su casa. No tardó Rosa en descubrir la verdad. Las exiguas cantidades que ganaba Pedro, y eran antes suficientes para cubrir su reducido presupuesto, no lo fueron después. Convencida de que aquel vicio era incurable y radical en su marido, cayó en el más profundo abatimiento. ¿A qué luchar? Sin atender a sus consejos ni oír sus súplicas, ni apreciar sus cuidados y trabajos, Pedro la abandonaba por los naipes.

Una terrible consunción se fue apoderando de ella. Ya no reía, ya no cantaba; perdió los colores frescos de su cutis, el brillo de sus ojos, la gracia de sus desembarazados movimientos, y se fue adelgazando poco a poco. Al cabo de algunos meses cayó en cama.

Los médicos dijeron que no atinaban con la cura de su mal; y con efecto, el único capaz de aliviarla era el marido. Este, instintivamente, comprendiendo que era la causa de la enfermedad, se enmendó en esos días, y, buscando dinero a premio, pidiendo prestado a sus amigos, se allegó los recursos necesarios para atender a la enfermita. Le llevaba a los mejores médicos y compraba todas las medicinas, por caras que fuesen. Un doctor dio en el clavo, al parecer (ahorro a mis lectores la descripción minuciosa de la enfermedad), y dijo: «Esto se cura nada más con tales y cuales medicinas».

Las compró Pedro, y, con efecto, Rosa-Thé se mejoraba visiblemente. ¿Por qué empeoró después? He aquí lo que ni Pedro ni el doctor se explicaban. Las medicinas eran infalibles, y habían surtido un efecto maravilloso. ¿De qué provenía, pues, la recaída? Solo yo lo sé, y voy a contarlo. Rosita me lo dijo la noche en que murió, mientras yo la velaba, porque habíamos vuelto a ser buenos amigos:

-No quiero aliviarme -me decía-. Tú sabes todo, las tristezas y las angustias que he pasado, la invencible fuerza de ese vicio que detesto y que domina a Pedro, mi amor a este y mi despego de la vida. ¡Estoy tan contenta así, enfermita! Pedro no juega, pasa los días a la cabecera de mi cama, y cuando estoy mala y cierro los ojos, fingiendo que duermo, oigo que solloza y siento la humedad de sus lágrimas en mi mano. Ahora me quiere, ahora no me abandona, ahora me cuida con las tiernas solicitudes de una madre. Si me alivio, volverá a escaparse, volverá a buscar lejos de mí las emociones del juego. Ya no le tendré a mi lado, ni sentiré sus labios en mi frente. Se irá, como se ha ido tantas veces, dejándome muy triste y solitaria. Si me muero, tal vez el recuerdo de la pobre víctima le aparte del camino porque va. No, no quiero aliviarme; quiero estar enfermita mucho tiempo. Por eso, cuando me trae la medicina, recurro a algún pretexto para quedarme sola, ¡y derramo el elíxir en el suelo!...

Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme la pobrecita de cabellos rubios a quien yo quise durante una semana... ¡todo un siglo!... y se casó con otro.

Juan el organista

- I -

El valle de la Rambla, desconocido para muchos geógrafos que no saben de la misa la medía, es sin disputa uno de los más fértiles, extensos y risueños en que se puede recrear, esparciéndose y dilatándose, el espíritu. No está muy cerca ni muy lejos: tras esos montones que empinan su cresta azul en lontananza, no distante de los volcanes, cuyas perpetuas nieves muerde el sol al romperlas; allí está. En tiempos tampoco remotos, por ese valle transitaban diariamente diligencias y coches de colleras, carros, caballerías, recuas, arrieros y humildes indios sucios y descalzos. Hoy el ferrocarril, dando cauce distinto al tráfico de mercancías y a la corriente de viajeros, tiene aislado y como sumido el fértil valle. Las poblaciones, antes visitadas por viajantes de todo género y pelaje, están alicaídas, pobretonas, pero aún con humillos y altiveza, como los ricos que vienen a menos. Restos del anterior encumbramiento, quedan apenas en las mudas calles caserones viejísimos y deslavazados, cuyos patios, caballerizas, corrales y demás amplias dependencias indican a las claras que sirvieron en un tiempo de paraderos o mesones.

En los años que corren, el valle de la Rambla no sufre más traqueteo que el de la labranza. Varias haciendas se disputan su posesión: una tira de allá, otra de acullá; esta se abriga y acurruca al pie del monte, aquella baja al río en graciosa curva, y todas, desde la cortesana y presuntuosa, que llega a las puertas de la población y quiere entrar, hasta la huraña y eremita que escala el monte con sus casas pardas, buscando la espesura de los cedros, ya en espigas enhiestas, ya en maizales tupidos y ondulantes, en cría robusta o en maderas ricas, paga tributo opimo cada año. Nada más fértil ni más alegre que ese valle, ora visto cuando comienza a clarear, ora en la siesta o en el solemne instante del crepúsculo. La nieve de los volcanes, como el agua del mar, cambia de tintes según el punto donde está el sol; ya aparece color de rosa, ya con blancura hiperbórea y deslumbrante, ya violada. Muchas veces las nubes, como el cortinaje cadente de un gran tálamo, impiden ver a la mujer blanca y a la montaña que humea. Es necesario que la luz, sirviendo de obediente camarera, descorra el pabellón de húmeda gasa para que veamos a los dos colosos. «La mujer blanca» se ruboriza entonces como recién casada a quien algún importuno sorprende en el lecho. Diríase que con la mórbida rodilla levanta las sábanas y las colchas. No así en las postrimerías de la tarde: la mujer blanca parece a tales horas una estatua yacente:

   Cansado del combate

en que luchando vivo,

alguna vez recuerdo con envidia

aquel rincón obscuro y escondido.

   De aquella muda y pálida

mujer, me acuerdo y digo:

¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!

¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!



Los sembrados ostentan todos los matices del verde, formando en las graduaciones del color, por el contraste con el rubio de las mieses, por los trazos y recortes del maizal, como un tablero de colosales dimensiones y sencillez pintoresca. Los árboles no atajan la mirada; huyen del valle y se repliegan a los montes. Son los viejos y penitentes ermitaños que se alejan del mundo. Lo que a trechos se mira son las casas de una sola puerta, en donde viven los peones; los graneros con sus oblongas claraboyas, el agua quieta de las presas, los antiguos portones de cada hacienda y las torres de iglesias y capillas. Cada pueblo, por insignificante y pobre que sea, tiene su templo. No encontraréis, sin duda, en esas fábricas piadosas los primores del arte: los campanarios son chicorrotines, regordetes; cada templo parece estar diciendo a los indígenas: «Yo también estoy descalzo y desnudo como vosotros». Pero, en cambio, nada es tan alegre como el clamoreo de esas esquilas en las mañanas de los domingos o en la víspera de alguna fiesta. Allí las campanas suenan de otro modo que en la ciudad: tocan a gloria.

La parte animada del paisaje puede pintarse en muy pocos rasgos. ¿Veis aquel rebaño pasteando; aquellos bueyes que tiran del arado; a ese peón que, sentado en el suelo, toma sus tortillas con chile, ínterin la mujer apura el jarro del pulque; al niño casi en cueros que travesea a la puerta de su casucha; a la mujer de ubres flojas, inclinada sobre el metate, y al amo, cubierto por las anchas alas de un sombrero de palma, recorriendo a caballo las sementeras? Pues son las únicas figuras del paisaje. En las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde aparecen también con sombreros de jipi y largos trajes de amazonas, en caballos de mejor traza, enjaezados con más coquetería, las «niñas» de la hacienda. También cuando obscurece podéis ver al capellán, que lleva siempre el devoto libro en una mano y el paraguas abierto en la otra para librarse, ya del sol, ya de la lluvia o del relente.

Y con estas figuras, los carros cargados de mieses, el polvo de oro que circunda las eras como una mística aureola, los mastines vigilantes, el bramido de los toros, el balar de las ovejas, el relincho de los caballos y el monótono canto con que acompañan los peones su faena, podéis formar en la imaginación el cuadro que no atino a describir. Ante todo, tended sobre el valle un cielo muy azul y transparente, un cielo en que no se vea a Dios sino a la Virgen: un cielo cuyas nubes, cuando las tenga, parezcan hechas con plumitas de paloma que el viento haya ido hurtando poco a poco; un cielo que se parezca a los ojos de mi primera novia y a los pétalos tersos de los «no me olvides».

- II -

A una de las haciendas de aquel valle llegó al obscurecer de cierto día Juan el organista. Tendría treinta años y era de regular figura, ojos expresivos, traje limpio, aunque pobre, y finos modales. Poco sé de su historia: me refieren que nació en buena cuna y que su padre desempeñó algunos empleos de consideración en los tiempos del presidente Herrera. Juan no alcanzó más que las últimas boqueadas de la fortuna paterna, con sumida en negocios infelices. Sin embargo, con sacrificios o sin ellos, le dieron sus padres excelente educación. Juan sabía tocar el piano y el órgano; pintaba medianamente; conocía la Gramática, las Matemáticas, la Geografía, la Historia, algo de Ciencias naturales y dos idiomas: el francés y el latín. Con estos saberes y esas habilidades pudo ganar su vida como profesor y ayudar a la subsistencia de sus padres. Estos murieron en el mismo mes, precisamente cuando el sitio de México. Juan, que era buen hijo, les lloró, y viéndose tan solo y sin parientes, entregado a solicitudes mercenarias, hizo el firme propósito de casarse, en un momento, en hallando una mujer buena, hacendosa, pobre como él y que le agradara. No tardó en hallar esta presea. Tal vez la muchacha en quien se había fijado no reunía todas las condiciones y atributos expresados arriba; mas los pobres, en materia de amor, son fáciles de contentar, especialmente si tienen ciertas aficiones poéticas y han leído novelas. Al amor que sienten se une la gratitud que les inspira la mujer suficiente desprendida de las vanidades y pompas mundanas, para decirles: «Te quiero». Creen haber puesto una pica en Flandes, se admiran de su buena suerte, magnifican a Dios que les depara tanta dicha, y cierran los ojos con que habían de examinar los defectos de la novia, para no ver más que las virtudes y excelencias. Los pobres reciben todo como limosna: hasta el cariño.

Juan puso los ojos en una muchacha bastante guapa y avisada, pobre de condición, pero bien admitida, por los antecedentes de su familia, en las mejores casas. Era hija de un coronel que casó con una mujer rica y tiró la fortuna de esta en pocos años. La viuda se quedó hasta sin viudedad, porque el coronel sirvió al Imperio. Mas como sus hermanas, hermanos y parientes, vivían en buena posición, no le faltó nunca lo suficiente para pagar el alquiler de la casa (veinticinco pesos), la comida (cincuenta), ni los demás pequeños gastos de absoluta e imprescindible necesidad. Para vestir bien a las niñas, como a personas de la clase que eran, tuvo sus apurillos al principio pero ellas luego que entraron en edad, supieron darse mañas para convertir el vestido viejo de una prima en traje de última moda y hacer los metamorfoseos más prodigiosos con todo género de telas y de cintas. Además eran lindas y discretas; se ganaban la voluntad de sus parientes, regalándoles golosinas y chucherías hechas por ellas; de manera que jamás carecieron de las prendas que realza la hermosura de las damas, y no solo vestían con decoro y buen gusto, sino con cierto lujo y elegancia. Cada día del santo de alguna, o al acercarse las solemnidades clásicas, como Semana Santa y Muertos, recibían ya vestidos, ya sombreros, ya una caja de guantes o un estuche de perfumes. Llegó vez en que ya no les fue necesario recurrir a los volteos, arreglos o remiendos en que tanto excedían, y aún regalaron a otras muchachas, más pobres que ellas, los desperdicios de su guardarropa. Las otras ricas las mimaban muchísimo y solían llevarlas a los paseos y a los teatros.

Rosa fue la que se casó con Juan. Las otras tres, por más ambiciosas o menos afortunadas, continuaron solteras. No faltó quien sabiendo el matrimonio, hiciera tristes vaticinios. «Juan -decían- gana la subsistencia trabajando, hoy reúne ciento cincuenta pesos cada mes; pero ¿qué son estos para las aspiraciones de Rosa, acostumbrada a la holgura y lujo con que viven sus parientes y amigas?». Y con efecto: era hasta raro y sorprendente que Rosa hubiera correspondido al pobre mozo. El caso es que, fuese por el deseo de casarse, o porque verdaderamente tomó cariño a Juan, Rosa aceptó la condición mediocre, tirando a mala, que el pretendiente le ofrecía, y se casó.

El primer año fueron bastante felices; verdad es que tuvieron sus discusiones y disgustos; que Rosa suspiraba al oír el ruido de los de los carruajes que se encaminaban al paseo: que no iba al teatro porque su marido no quería que fuese a palco ajeno; pero con mutuas decepciones y deseos sofocados, haciendo esfuerzos inauditos para sacar lustre a los ciento cincuenta pesos del marido, pasaron los primeros nueve meses.

Coincidió con el nacimiento de la niña que Dios les envió, el malestar y desbarajuste del Erario en los últimos días de Lerdo. Faltaron las quincenas, fue preciso apelar a los amigos, a los agiotistas, al empeño, y Rosa, en tan críticas circunstancias, se confesó que había hecho un soberano disparate en casarse con pobre, cuando pudo, como otra amiga suya, atrapar un marido millonario. Las tormentas conyugales fueron entonces de lo más terrible. Las gracias y bellezas de la niña no halagaban a Rosa, que deseaba ser madre, pero de hijas bien vestidas. No pudiendo lucir a la desgraciada criatura, la culpaba del duro encierro en que vivía para cuidarla y atenderla.

Poco a poco fue siendo menos asidua y solícita con su hija; abandonó tal cuidado al marido, y despechada, sin paciencia para esperar tiempos mejores, ni resignación para avenirse con la pobreza, solo hallaba fugaz esparcimiento en la lectura de novelas y en la conversación con sus amigas y sus primas.

Los parientes benévolos de antaño pudieron haberla auxiliado en sus penurias; pero Juan decía: «Mientras encuentre yo lo necesario para comer, no recibiré limosna de ninguno». Así es que cuando Rosa recibía algún dinero, era sin que Juan se enterase de la dádiva. Mas ¿cómo emplear aquellos cuantos pesos en vestidos y gorras, si Juan estaba al tanto de los exiguos fondos que tenía? Algunas compras pasaron como obsequios y regalos; pero aun bajo esta forma repugnaban a Juan. «No quiero -solía decir a su mujer- que te vistas de ajeno. Yo quisiera tenerte tan lujosa como una reina; pero ya que no puedo, confórmate con andar decente y limpia, cual cuadra a la mujer de un triste empleado». Rosa decía para sus adentros: «Tan pobre y tan orgulloso: ¡como todos!...». Esta misma altivez y el despego a propósito extremado con que trataba Juan a los parientes ricos de su esposa, le concitaron malas voluntades entre ellos. No pasaba día sin que por tierna compasión dijeran a Rosa: -¡Qué mal hiciste en casarte! ¡Mejor estabas en tu casa! Sobre todo, con ese talle, con esos pies, con esa cara, pudiste lograr mejor marido. No porque el tuyo sea malo; ¡nada de eso!, pero hija, ¡es tan infeliz! Y poco a poco estas palabras compasivas, el desnivel entre lo soñado y lo real, la continua contemplación de la opulencia ajena y las lecturas romanescas a que con tanto ahínco se entregaba, produjeron en Rosa un disgusto profundo de la vida y hasta cierto rencor o antipatía al misérrimo Juan, responsable y autor de su desdicha. Rosa procuraba pasar fuera de la casa las más horas posibles, vivir la vida fastuosa y prestada a que la acostumbraron desde niña, hablar de bailes y de escándalos y hasta -¿por qué no?- escuchar sin malicia los galanteos de algún cortejo aristocrático. Al cabo de seis meses transcurridos de esta suerte, sucedió lo que había de suceder: que Rosa dio un mal paso con su primo.

Juan no cayó del séptimo cielo como Luzbel. Conservaba aún los rescoldos de la amorosa hoguera que antes le inflamó; pero no estimaba ni podía estimar a Rosa. La había creído frívola, disipada, presuntuosa y vana; pero nunca perversa y criminal. Y Rosa -hagámosle justicia plena- no delinquió por hacer daño ni por gozar el adulterio, sino por vanidad y aturdimiento. Juan, tranquilo en su cólera, abandonó el hogar profanado y salió con su hija de la ciudad. ¿A qué vengarse? El tiempo, y solo el tiempo, ese justiciero inexorable, venga los delitos de leso corazón.

Huía de México, como se huye de las ciudades apestadas. No quería sufrir las risas de unos y las conmiseraciones de otros. Sobre todo quería educar a su hija, que contaba a la sazón dos años, lejos de la formidable tentación. La vanidad es una lepra contagiosa -decía para sí-, ¡tal vez hereditaria! Quiero que mi hija crezca en la atmósfera pura de los campos: las aves la enseñarán a ser buena madre. En los primeros días de ausencia, la niña despertaba diciendo con débil voz: -¡Mamá! ¡Mamá!

¡Cómo sufría al oírla el pobre Juan! Iba a abrazarla en su camita, y mojando con lágrimas los rubios rizos y la tez sonrosada de la niña, le decía sollozando: -¡Pobrecita! ¡Somos huérfanos!

Al año de esto, murió la madre de Rosita; Juan vivió con muchísimo trabajo, sirviendo de profesor en varios pueblos y ayudándose con la pintura y la música. Diez meses antes del principio de esta historia fue a radicarse en San Antonio, población principal del valle descripto en el capítulo anterior. Allá educaba a algunos chicos, pintaba imágenes piadosas que solía vender para las capillas de las haciendas y tocaba el órgano los domingos y fiestas de guardar.

Esto último le valió el sobrenombre de «Don Juan el organista». Todos le querían por su mansedumbre, buen trato y fama de hombre docto. Mas lo que particularmente le hacía simpático era el cariño inmenso que tenía a su hija.

Aquel hombre era padre y madre en una pieza. ¡Con qué minuciosa solicitud cuidaba y atendía a la pequeñuela! ¡Era de ver cuando la alistaba y la vestía, con el primor que solo tienen las mujeres; cuando le rezaba las oraciones de la noche y se estaba a la cabecera de la cama hasta que la chiquilla se dormía!

Rosita ganaba mucho en hermosura. Cuando cumplió cinco años -época en que principia esta historia- era vivo retrato de la madre. Las vecinas se disputaban a la niña y la obsequiaban a menudo con vestidos nuevos y juguetes. Por modo que Rosita andaba siempre como una muñeca de porcelana. ¡Y a la verdad que era muy cuca, muy discreta, muy linda y muy graciosa, para comérsela a besos!

Veamos ahora lo que don Juan el organista fue a buscar en la vecina hacienda de la Cruz.

- III -

-Adelante, amigo don Juan, pase usted-. Juan se quitó el sombrero respetuosamente y entró al despacho de la hacienda. Era una pieza bastante amplia, con ventanas al campo y a un corral. Consistía su mueblaje en una mesa grande y tosca, colocada en el fondo, precisamente debajo de la estampa de Nuestra Señora de Guadalupe. La carpeta de la mesa era de color verde, tirando a tápalo de viuda; pendiente de una de sus puntas campaneábase rueco trapo negro, puesto allí para limpiar las plumas; y encima, colocados con mucho orden, alzábanse los libros de cuentas, presididos por el clásico tintero de cobre que aún usan los notarios de parroquia. Unas cuantas sillas con asiento de tule completaban el mueblaje, y ya tendidos o apoyados en ellas, ya arrinconados o subidos a los pretiles de las ventanas, había también vaquerillos, estribos, chaparreras, sillas de montar, espadas mohosas, acicates y carabinas. De todo aquello se escapaba un olor peculiarísimo a crines de caballo y cuero viejo.

Don Pedro Anzúrez, dueño de la hacienda, escribía en un gran libro y con pluma de ave, porque jamás había podido avenirse con las modernas. Desde el sitio en que, de pie, aguardaba Juan, podía verse la letra ancha y redonda de don Pedro; pero Juan no atendía a los trazos y rasgos de la pluma; con el fieltro en la mano, esperaba a que le invitasen a sentarse.

-Descanse usted y no ande con cumplidos -dijo don Pedro, interrumpiendo la escritura.

Continuó tan serio y gravedoso como antes, añadiendo renglones a renglones y deteniéndose de cuando en cuando, para hacer en voz baja algunas sumas. Cerró luego el librajo, forrado de cuero, puso la pluma en la copilla llena de municiones, y volviéndose a Juan, le dijo así:

-Amigo mío, aproxime la silla y hablemos... ¡Eso es! ¿No quiere usted un cigarrillo?

-Gracias, señor don Pedro, yo no fumo.

-El señor cura habrá informado a usted someramente de lo que yo pretendo.

-Con efecto; el padre me dijo anoche que tenía usted el propósito de emplearme en su casa como preceptor de los niños.

-Eso es. Usted habrá observado que yo le tengo particular estimación, no solo por el saber que todos, sin excepción, le conceden, sino por las virtudes cristianas, tan raras en los jóvenes de hoy día, y que le hacen simpático a mis ojos. Usted es laborioso, humilde, fiel observante de la ley de Dios, honrando a carta cabal y padre cariñoso como pocos. Vamos. ¡Me gusta usted! Desde que trabamos amistad, con motivo de la fiesta del Carmen, cuando usted tocó el órgano en mi capilla, he comprendido que está usted fuera de su centro, y que hombre de educación tan esmerada merece mejor suerte y el auxilio de todos los que piensan como yo. Con que, ¿no tiene usted reparo en admitir lo que le propongo? ¿Acepta usted?

-Con el alma y la vida, señor don Pedro.

-Pues vamos ahora a tratar del asunto mercantilmente. Usted tendrá casa, comida y cincuenta pesos al mes. Por supuesto, vendrá usted con su hija. Mi esposa y mis dos hijas mayores quieren mucho a la niña, y tratarán a usted como a persona de la familia. Los deberes del preceptor son los siguientes: enseñar a mis dos chicos la aritmética, un poco de gramática, el francés y la teneduría de libros. ¿Convenidos?

-Señor don Pedro, usted me colma de favores. A duras penas logro conseguir en el pueblo la suma que usted me ofrece, y de ella salen el alquiler de la casa, el peso diario del gasto y el alumbrado, ¿cómo, pues, no admitir con regocijo lo que usted me propone?

-Pues doblemos la hoja. La habitación de usted será la que ya conoce... junto a la pieza del administrador. No es muy grande: consta de dos cuartos bastante amplios y bien ventilados. Además usted tiene como suya toda la casa. Más que como empleado, como amigo. Conque, ¿cuándo puede usted instalarse?

-Mañana mismo, si usted quiere.

-No, mañana es domingo, y no está bien que se trabaje en la mudanza. Será el lunes.

Don Pedro se levantó de su sillón. Juan, confundido, se despidió, y así acabó, con regocijo de ambos, la entrevista.

- IV -

No pintaré la vida que llevaba Juan en la hacienda de la Cruz. Trabajaba de nueve a doce con los niños, comía con la familia, y en las tardes se iba de paseo o a leer en el banco del jardín. Poco a poco le fueron tomando cariño todos los de la casa; mas sin que tales muestras de afecto le envalentonaran ni le sacasen de quicio, como suele pasar a los que por soberbia creen merecerlo todo. Juan consideraba que era un pobre empleado de don Pedro, y que, como tal, debía tratarle con respeto, lo mismo que a los demás de la familia. Y a la verdad que ni con linterna se hallarían personas más sencillas ni más buenas que la esposa y las hijas de don Pedro. Ni una brizna de orgullo había en aquellas almas, de incomparable mansedumbre. Juana, la hija mayor, era un poquito cascarrabias. También era la que llevaba el peso de la casa y tenía que tratar con los criados. Pero sus impaciencias y corajes eran siempre tan momentáneos como el relámpago. Enriqueta tenía mayor dulzura de carácter. Y en cuanto a la señora, caritativa, franca, inteligente, merecía ser tan feliz como lo era.

Juan agradecía a don Pedro y su familia más que la distinción con que le trataban, el cariño que habían manifestado a Rosita.

Enriqueta particularmente era la más tierna con la niña. Parecía una madre; pero una madre doblemente augusta: madre y virgen. Muchas veces, Juan intentó poner prudentemente coto a tales mimos, temeroso, tal vez con fundamento, de que la niña se mal acostumbrase y ensoberbeciera. Mas ¿qué padre no ve con alborozo la dicha de su hija? Lo que pasó fue que, gradualmente, aquellas solicitudes de Enriqueta, aquel tierno cuidado, despertaron en Juan un blando amor, escondido primero bajo el disfraz de la gratitud, pero después tan grande, tan profundo y tan violento, como oculto, callado y reprimido. El trato continuo, el diario roce de aquellas almas buenas y amorosas, daban pábulo a la pasión intensa del desgraciado preceptor. Pero Juan conocía perfectamente lo irrealizable que era su ideal. Estaba allí en humilde condición, acogido, es verdad, con mucho aprecio; mas distante de la mujer a quien amaba, como lo están los lagos de los soles. ¿Sabía, acaso, cuáles eran los propósitos de sus padres? Habíanla instruido y educado con esmero, no para compañera de un pobre hombre que nada podría darla, fuera del amor, sino para mujer de un hombre colocado en digna y superior categoría. Si la hablara de amor, sería como el hombre a quien hospedan por bondad en una casa, y aprovechando la ocasión más favorable, se roba alguna joya. No; Juan no lo haría seguramente. Corresponder de tal manera a los favores que don Pedro le había hecho hubiera sido falta de nobleza. Mil veces, sin embargo, el amor, que es gran sofista, le decía en voz muy baja: «¿Por qué no?».

- V -

Bien comprendía Juan la imposibilidad de que su amor permaneciera oculto mucho tiempo; pero medroso y convencido de su propia desgracia, alejaba adrede el día de la inevitable confesión. A solas, en la obscuridad de su alcoba, o en el silencio del jardín, imaginaba fácil y hacedero lo que después le parecía imposible. Mas como siempre nos inclinamos a creer aquello que nos agrada, poco a poco la idea de que sus sueños no eran de todo punto irrealizables, como al principio sospechó, fue ganando terreno en su entendimiento. Parecían favorecer esta transformación moral, las continuas solicitudes de Enriqueta, cada vez más tierna y bondadosa con Rosita y más amable con el pobre Juan. Este interpretaba tales muestras de cariño como prendas de amor, y hasta llegó a creer -¡tan fácil es dar oído a la presuntuosa vanidad!- que Enriqueta le amaba y que tarde o temprano realizaría sus ilusiones. ¿Con qué contaba Juan para subir a ese cielo entrevisto en sus alucinaciones y sus éxtasis? Con el gran cómplice de los enamorados y soñadores: con lo inesperado.

Lo peor para Juan era el trato íntimo que tenía con Enriqueta. Vivía en su atmósfera y sentía su amor sin poseerlo, como se embriagan los bodegueros con el olor del vino que no beben. Cada día Juan encontraba un nuevo encanto en la mujer amada. Era como si asistiese al tocador de su alma y viera caer uno a uno todos los velos que la cubrieran. Además nada hay tan invenciblemente seductor como una mujer hermosa en el abandono de la vida íntima. Juan miraba a Enriqueta cuando salía de la alcoba, con las mejillas calientes aún por el largo contacto de la almohada. Y la veía también con el cabello suelto o recostada en las rodillas de la madre. Y cada actitud, cada movimiento, cada ademán, le descubrían nuevas bellezas. E igual era el crecimiento de su admiración en cuanto atañe a la hermosura moral de Enriqueta. Todas esas virtudes que buscan la obscuridad para brillar y que nunca adivinan los profanos; todos esos atractivos irresistibles que la mujer oculta, avara, a los extraños, y de que solo goza la familia, aumentaban la estimación de Juan y su cariño. Tenían además aquellas dos vidas un punto de coincidencia: Rosita. Enriqueta prodigaba a la niña todas las ternezas y cuidados de una madre joven; de una madre que fuera a la vez como la hermana mayor de su hija. Cierta vez la niña enfermó. Fue necesario llamar a un doctor de México, cuyo viaje fue costeado por don Pedro. Enriqueta no abandonó un solo momento a la enfermita.

La veló varias noches, y al ver a Juan desfallecido de dolor, le decía, cariñosa:

-No desespere usted. La salvaremos. Ya le he rogado a nuestra Madre de la Luz que nos la deje. Venga usted a rezar conmigo la novena.

La niña sanó; pero el mísero Juan había empeorado. Precisamente el día en que el médico la dio de alta, Juan fue al comedor de la hacienda. Habían servido ya la sopa cuando don Pedro dijo en alta voz:

-Hoy es un día doblemente fausto. Rosita entra en plena convalecencia y llega Carlos a la hacienda.

Luego, inclinándose al oído de Juan, agregó:

-Amigo mío, para usted no tenemos secretos, porque es ya de la familia: Carlos es el novio de Enriqueta.

- VI -

¡Cómo, Enriqueta tenía novio! He aquí que lo inesperado, ese gran cómplice en quien Juan confiaba, se volvía en contra suya. ¡Y cuándo!... Cuando después de aquella enfermedad de la niña, durante la cual Enriqueta había dividido con él las zozobras y los cuidados, era más viva y más intensa su pasión.

Juan creyó morirse de congoja, y al volver a su pieza y ver a su hija que le tendía los escuálidos bracitos, exclamó, como en aquellos instantes supremos que siguieron al abandono de su esposa: «¡Ay, pobre hija, ya no tienes madre!». Con efecto, ¿no era Enriqueta la madre de Rosita? Pues también le iba a dejar huérfana, como la otra, a irse con un hombre a quien Juan no conocía aún, pero que odiaba. ¿Quién era aquel Carlos? Probablemente un rico... los pobres ponen siempre en defecto a los que odian. ¡Buen mozo! Juan no lo era, y comprendía instintivamente que el triunfo de su rival era debido a las cualidades de que él carecía. Inteligente... -No, inteligente no -murmuró Juan.

Poco a poco, la luz se fue haciendo en el cerebro del desgraciado preceptor. Y comenzó a explicarse claramente cuantos ademanes, acciones y palabras de Enriqueta interpretó favorablemente a su pasión. Era aquello un deshielo de ilusiones. El sol calentaba con sus rayos la estatua de nieve, y la figura deshacíase. Juan decía para sí:

«¡Qué necio fui! Yo tenía un tesoro de miradas, sonrisas y palabras; esto es, diamantes, perlas y oro. Y ahora un extranjero viene a mí, se acerca y me dice con tono imperioso: -Devuélveme cuanto posees. Nada de eso es tuyo. Todo es mío. ¿Recuerdas el rubor que tiñó su rostro cuando, delante de ti, le preguntaron si amaba a alguien? Tú imaginaste que ese rubor era la sombra de tu alma, y no era más que el calor de la mía. Una tarde la hallaste sola en el jardín y echó a correr para que no la vieras. -Me huye porque sabe mi cariño -dijiste para tus adentros-. ¡Pobre loco! Te esquivaba para ocultar la carta que yo le escribí y que ella leerá con los labios. Y esas miradas húmedas de amor que clavaba en tu rostro algunas noches iban dirigidas a mí. Hasta al acariciar la cabecita de tu hija pensaba en los niños que tendríamos, y, por lo tanto, en mí también. Cuantos recuerdos tienes son robados. Devuélveme tus joyas una a una».

Y cada vez se iba quedando más pobre y más desnudo. Hasta que al fin sus piernas flaquearon y cayó desfallecido en el suelo.

Juan no murió de pena porque la muerte no se apiada nunca de los infelices. En la noche de aquel terrible día llegó Carlos a la hacienda; Juan no quiso bajar al comedor, pero desde su pieza, sentado a la cabecera de la cama en donde dormía su hija convaleciente, escuchaba el ruido de los platos y las alegres risas de los comensales. ¿Cómo sería Carlos? La curiosidad impulsaba a Juan a salir callandito e ir a espiar por el agujero de la llave. Pero la repugnancia que el novio de Enriqueta le inspiraba y el caimiento de su ánimo, le detuvieron. A poco rato cesó el ruido, Juan oyó los pasos del recién llegado que atravesaba el patio tarareando una mazurca; la conversación de los criados que limpiaban la vajilla en la cocina, y luego... pisadas de mujer que se acercaban. Entonces recordó. Enriqueta tenía costumbre de ir todas las noches y antes de acostarse a ver a su enfermita y curarla bien. ¡Iba a entrar a la alcoba! Juan no tuvo tiempo más que para ocultar la cabeza entre sus brazos, tendido en la cama, y fingir que dormía. ¿Para qué verla? Sobre todo el llanto puede sofocarse mientras no se habla; pero las palabras abren, al salir, la cárcel de las lágrimas, y estas se escapan.

Enriqueta entró de puntillas, y viendo a Juan con extrañeza, titubeó algunos momentos antes de acercarse a la cama. Por fin se aproximó. Con mucho tiento y procurando hacer el menor ruido posible, cubrió bien a la niña con sus colchas. Después se inclinó para besar en las mejillas y en la frente a su enfermita. Juan oyó el ruido de los besos y sintió la punta de los senos de Enriqueta rozando uno de sus brazos. Tenía los ojos apretadamente cerrados y se mordía los labios. Cuando el ruido de las pisadas de Enriqueta se fue perdiendo poco a poco en el sonoro pasadizo, Juan se soltó a llorar.

- VII -

¿Para qué referir uno a uno sus padecimientos? Tres meses después de aquella noche horrible, Enriqueta se casaba en la capilla de la hacienda. Y -¡cosa extraña!- Juan, que no había tocado el órgano en mucho tiempo, iba a tocarlo durante la ceremonia religiosa. La víspera de aquel día solemne, don Pedro dijo al infortunado preceptor:

«Mañana, amigo mío, es día de fiesta para la familia; Carlos es buen muchacho y hará la felicidad de Enriqueta. A no ser por esta consideración, le aseguro a usted que estaríamos muy tristes... Ya usted lo ve... ¡Enriqueta es la alegría de la casa y se nos va! Pero hay que renunciar al egoísmo y ver por la ventura de los nuestros. Estas separaciones son necesarias en la vida. Yo quiero que la boda sea solemne. Verá usted, amigo mío, verá usted qué canastilla de boda le ha preparado a la muchacha su mamá. Ya pierdo la cabeza y me aturdo con tantos preparativos. Casamos a Enriqueta en la capilla para ahorrarnos los compromisos que habríamos tenido en México; pero fue necesario, sin embargo, invitar a los parientes más cercanos y a los amigos íntimos. Y ya habrá usted notado el barullo de la casa. No hay un rincón vacío. Pero, a todo esto, olvidaba decir a usted lo más urgente. Quiero, amigo don Juan, que mañana nos toque usted el órgano. Ya sé que hace usted maravillas. El órgano de la capilla es malejo; pero he mandado que lo afinen. Conque, ¿puedo confiar en su bondad?».

Juan aceptó. Había pensado no pasar el día en la casa: irse con cualquier pretexto al pueblo, al monte, a un lugar en que estuviera solo. Pero fue necesario que apurase el cáliz. ¡Convenido! Iba a tocar el órgano en el matrimonio de su amada. ¡Qué amarga ironía!

Pasó la víspera encerrado en su cuarto. ¡Qué día aquel! Al pasar por una de las salas para ir al escritorio de don Pedro, que le mandó llamar, Juan vio sobre la mesa la canastilla de boda de Enriqueta. Casualmente, la mamá estaba cerca y quiso enseñar a Juan los primores que guardaba aquella delicada cesta de filigrana. Y Juan vio todo: los pañuelos de finísima batista, el collar de perlas, los encajes de Bruselas, las camisas transparentes y bordadas, que parecían tejidas por los ángeles.

Por fin amaneció el día de la boda; Juan, que no había podido pegar los ojos en toda la noche, fue a la capilla, aún obscura y silenciosa. Ayudó a encender los cirios y a arreglar las bancas. Después, concluida la tarea, se subió al coro; Rosita le acompañó. La pobre niña estaba triste. Enriqueta la había olvidado por un novio y por los preparativos de su matrimonio. Además, con esa perspicacia de las niñas que han sufrido, Rosita adivinaba que su padre sufría.

Desde el coro podía mirarse la capilla de un extremo a otro. Poco a poco se fue llenando de invitados. Por la ventana que daba al patio, se veía la doble hilera de los peones de la hacienda, formados en compactos batallones. A las siete, los novios, acompañados de los padrinos, entraron a la capilla. ¡Qué hermosa estaba Enriqueta! Parecía un ángel vestido de sus propias alas. Se arrodillaron en las gradas del altar; salió el señor cura de la sacristía, precedido de la dorada cruz y los ciriales, llenó el presbiterio la aromática nube del incienso y comenzó la ceremonia. Juan tocó primero una marcha de triunfo. Habríase dicho que las notas salían de los angostos tubos del órgano, a caballo, tocando las trompetas y moviendo cadenciosamente las banderas. Era una armonía solemne, casi guerrera, un arco de triunfo hecho con sonidos, bajo el cual pasaban los arrogantes desposados. De cuando en cuando, una melodía tímida y quejumbrosa se deslizaba como un hilo negro en aquella tela de notas áureas. Parecía la voz de un esclavo, uncido al carro del vencedor. En esa melodía fugitiva y doliente se revelaba la aflicción de Juan, semejante a un enorme depósito de agua del que solo se escapa un tenue chorro. Después las ondas armoniosas se encresparon, como el bíblico lago de Tiberiades. El tema principal saltaba en la superficie temblorosa, como la barca de los pescadores sacudida por el oleaje. A veces una ola lo cubría y durante breves instantes quedaba sepultado e invisible. Pero luego, venciendo la tormenta, aparecía de nuevo airoso, joven y gallardo, como un guerrero que penetra, espada en mano, por entre los escuadrones enemigos, y sale chorreando sangre, pero vivo.

Aquel extraño acompañamiento era una improvisación; Juan tocaba traduciendo sus dolores; era el único autor de esa armonía semejante a una fuga de espíritus en pena, encarcelados antes en los tubos. Al salir disparadas con violencia por los cañones de metal, las notas se retorcían y se quejaban. En ese instante, el sacerdote de cabello cano unía las manos blancas de los novios.

Después la tempestad se serenó. Cristo apareció de pie sobre las olas del furioso lago, cuyas movibles ondas se aquietaron. Una tristeza inmensa, una melancolía infinita sucedió a la tormenta. Y entonces la melancolía se fue suavizando: era un mar, pero un mar tranquilo, un mar de lágrimas. Sobre esa tersa superficie flotaba el alma dolorida de Juan. El pobre músico pensaba en sus ilusiones muertas, en sus locos sueños, y lloraba muy quedo, como el niño que, temeroso de que lo reprendan, oculta su cabecita en un rincón. En la ternura melódica se unían los sollozos, las canciones monótonas de los esclavos y el tristísimo son del «alabado». Veía con la imaginación a Enriqueta, tal como estaba la primera noche que él pasó en la hacienda, allí, en esa misma capilla, hoy tan resplandeciente y adornada. La veía rezando el rosario, envuelta por un rebozo azul obscuro. Bien se acordaba: cuando todos salieron paso a paso, Enriqueta, que era la última en levantarse, se acercó al cuadro de la Virgen de la Luz, colgado en uno de los muros y tocó con sus labios las sonrosadas plantas de la imagen. ¡Cuánto la había querido el pobre Juan! ¡Se acabó! ¿A qué vivir? Allí está la lujosa y elegante al lado de su novio, que sonreía de felicidad. Y cada vez la melodía era más triste. En el momento de la elevación, las campanas sonaron y se oyó el gorjear de muchos pájaros asomados en las ojivas. Era el paje a quien obligan a cantar y que, resuelto, tira el laúd, diciendo: «¡Ya no quiero!». Mas a poco la música azotada por la mano colérica del amo, volvió a sonar, más melancólica que antes. Hasta que al fin, cuando la misa concluía, las notas conjuradas y rabiosas estallaron de nuevo, en una inmensa explosión de cólera. Y en medio de esa confusión, en el tumulto de aquel escape de armonías mutiladas y notas heridas, se oyó un grito. El aire continuó vibrando por breves momentos. Parecía un gigante que refunfuñaba. Y luego, el coro quedó silencioso, mudo el órgano, y en vez de melodías o himnos triunfales se oyeron los sollozos de una niña.

Era Rosita que lloraba sin consuelo, abrazada al cadáver de su padre.

Un 14 de julio

(Histórico)

Voy a referiros una breve y triste historia, y voy a referirla porque hoy habrá muchos semblantes risueños en las calles, y es bueno que los alegres, los felices, se acuerden de que hay algunos, muchos desgraciados. Es un episodio del 14 de julio, pero no del 14 de julio de 1789, sino del 14 de julio 1890. Y la heroína es una paisana nuestra, una hermosa y desventurada mexicana. ¡Ah! De ella hablaron mucho los diarios de París hace dos años: más que de Mme. Iturbe y de sus trajes, más que de la señorita Escandón y de su boda. Arsenio Houssaye, ese anciano coronado de rosas, le dedicó una página brillante, una aureola de oro como esas que circundan las sienes de las mártires. La piedad la amó un momento, un momento nada más, porque la piedad tiene siempre muchísimo que hacer. Y ahora que miro esas banderas, esas flámulas, esos gallardetes, símbolos de noble regocijo, pienso en la pobre mexicanita que pasó en París el 14 de julio de 1890.

Estaba casada con un francés que vino a nuestra tierra cuando la malhadada intervención. Aquí tuvo seis hijos... ¡ya sabéis que la pobreza es muy fecunda! Vivían penosamente, y el marido, esperanzado en hallar protección más amplia en su país, regresó a Francia con su mujer y su media docena de criaturas. Él era pintor, decoraba, hacía cuadritos de flores y de frutas para comedores, iluminaba retratos y tenía buena voluntad para admitir cualquier trabajo honesto. Pero he aquí lo que no hallaba. ¡Es tan grande París! ¡Hay en sus calles tanto ruido! ¡Es tan difícil percibir allí la voz de un hombre!

Altivo, orgulloso como era, jamás se habría resignado a pordiosear. La miseria, enamorada sempiterna del orgullo, vino a acompañarle.

Una noche, agotados ya todos sus recursos, dijo:

-Es preciso morir.

Le oyó el más pequeñuelo de sus hijos, y preguntó entonces a la madre:

-Mamá, ¿qué cosa es morir?

-Morir, hijito, es irse al cielo.

-¿Y cómo será el cielo? ¿Como el mar?

-No; el cielo es un jardín en donde hay muchas flores y muchas frutas y muchos juguetes para los niños.

-Sí, pero no serán para mí. También aquí hay todo eso y nada es mío.

-En el cielo cogen los niños que no son traviesos cuanto quieren.

-¡Mamá, vamos al cielo!

La muchachita, que escuchaba atenta, terció entonces en la plática:

-Pero el viaje ha de ser largo, muy largo... ¡De aquí al cielo!...

-No, mucho más cómodo y más rápido que el de México a Francia. Se duerme uno, y cuando despierta está en el cielo.

-¿Y allá hay fiestas como la de mañana, con fuegos artificiales y con músicas?

-Todo el año.

-Pues iremos.

Y aquellas criaturas, para quienes la tierra era tan dura, se alborotaron con la idea de ir al cielo.

¡Morir! ¡Qué hermosa palabra! Sonaba en sus oídos como suena, cantando, en los de algunos hombres.

-Pero no nos iremos todavía -dijo otro de los niños-. Mañana es el 14 de julio. Quiero ver los fuegos.

Padre y madre cruzaron una mirada suplicante.

-¡Esperaremos!

Casi habían olvidado ya su hambre con la esperanza de ir al cielo y se durmieron soñando en rehiletes de estrellas y en jugueterías de porcelana blanca, atendidas por ángeles. Solo la más chiquita, que no había entendido, dijo con voz desfalleciente:

-¡Mamá! ¡Papá!...

Los dos esposos se miraban sin hablar. ¿Cómo esperar a mañana?

-Yo puedo todavía, vendiendo lo último, juntar un franco. ¡Pedro, quiere Juanito ver los fuegos!

Y aguardaron... -Sería blasfemar escribir: esperaron-. El padre tenía una tablita de flores pintadas, que no había podido vender. Iba a regalársela a la buena señora del estanquillo. ¡Tal vez le diera algo!

Muy temprano fue. Ya cantaba la fiesta su himno triunfal en plazas y bulevares.

A poco abríase de nuevo la puerta del tabuco, y el pintor entraba de regreso.

-¿Qué te dieron?

Aquel, vencido, sin desplegar los labios, dejó caer en el suelo unas cuantas estampas.

Eso... para que los niños se diviertan. ¿No recordáis la historia de Schiavone? Aquel pintor veneciano también tenía mujer, seis hijos y hambre. También era soberbio. Y pintó no sé qué para los padres de la Santa Croce; fue a entregar su trabajo y los padres le dieron como recompensa un ramillete de rosas. También dejó caer las flores sobre la desnuda tarima, y la blanca Giacinta, su mujer, fue deshojando en los platos vacíos, y cuando ya no hubo más pétalos, dijo al esposo y a los hijos:

-Venid; ya está la cena.

Un instante después moría de hambre.

La mexicana sí había reunido ya algo más de un franco para pasar el día 14. Todos juntos salieron a la calle, para que los niños pasearan. ¡Qué alegría! ¡Qué esplendor!

Los muchachitos, débiles y enfermos, al pasar por frente a los aparadores, decían:

-Mamá, ¿qué hay en el cielo, pollo asado?

-¿Y jamón?

-¿Y pasteles?

La muchacha más grande, la de catorce años, veía con tristeza los escaparates de las tiendas de modas. Era hermosa, y se iba sin que el mundo lo hubiera conocido. Tal vez la pobrecita no creía en el cielo; pero en la muerte hospedadora sí. No engañaron sus oídos las músicas de viento; no engañaron sus ojos los fuegos artificiales; no engañaron su imaginación las promesas de cielo. Sí, el cohete sube; también resplandeciente quiere llegar a las estrellas... pero en el aire se apaga. Lo cierto es la armazón, es el esqueleto del «castillo» que un momento fulguró. Y lo cierto es la noche, densamente negra.

Ella fue la primera que dijo:

-¿Ya nos vamos?

Y los niños más chicos, en coro, repitieron:

-Sí, papacito; vámonos al cielo.

En el camino compraron un pan. Tenían más hambre, mucha hambre. En su tabuco devoraron aquel pan. El padre, no: no pudo; la madre no: no quiso.

Pero en ese pan habíase empleado hasta el último céntimo. Y para dormir bien, para dormir como ellos querían, el carbón era indispensable. -¡Ah! No hay cuidado -dijo la mayor-. La portera me fía.

Y salió. Y lo trajo.

No hubo necesidad de que apagaran la vela. También ella se apagó. Ardía el carbón, y su fulgor dantesco semejaba un boquete del infierno asomando en la sombra. ¿Quién llora? ¿Quién solloza? ¿Quién se queja? ¿Quién se retuerce? ¿Quién sofoca blasfemias? ¿Quién se ahoga?

La asfixia se lleva primero al niño de pecho, amordaza después a los más débiles; amarra a los padres para que presencien, impotentes, la agonía de sus hijos; y en medio de este horror y de esta espantosa lucha muda, rasga el silencio la voz de la hija mayor:

-¡Ya no! ¡Ya no! ¡Ya quiero morir! ¡Padre, perdóname!

Al día siguiente un vecino rompió la puerta; adentro estaban los cadáveres. Los sacan al aire, hacen esfuerzos inauditos... ¡Todo inútil!

¿Verdad que ese cuadro debió de ser horrible? La vida inventó un castigo, inventó un suplicio que no había soñado el Dante: ¡la madre estaba viva!

¡Ah! ¡Este sí que excede a todos los tormentos! Ugolino devora a sus hijos; pero los lleva dentro de sí. Y Ugolino muere. A aquella madre no la quiso la muerte.

¿En dónde está? ¿No se ha aplacado Dios? ¿No ha permitido que muera? ¡Santo cielo! Cuando asisto a las fiestas de este día, cuando miro reír y juguetear en la kermesse a tantos niños bien vestidos, pienso en las inocentes criaturas que, hambrientas y asfixiadas, perecieron ha dos años, y digo a las almas buenas:

-¡Una caridad, por amor de Dios!

... Señor, ¿en dónde está la pobre mexicana? ¡Si vive aún, dale la muerte de limosna!

Cuento triste

¿Por qué me pides versos? Hace ya tiempo que mi pobre imaginación, como una flor cortada demasiado temprano, quedó en los rizos negros de una espesa cabellera, tan tenebrosa como la noche y como mi alma. ¿Por qué me pides versos? Tú sabes bien que del laúd sin cuerdas no brotan armonías y que del nido abandonado ya no brotan gorjeos. Vino el invierno y desnudó los árboles; se helaron las aguas del río donde bañabas tu pie breve y aquella casa, oculta entre los fresnos, ha oído frases de amor que no pronunciaron nuestros labios y risas que no alegraban nuestras almas. Parece que un amor inmenso nos separa.

Yo he corrido tras el amor y tras la gloria, como van los niños tras la coqueta mariposa que se burla de la persecución y de sus gritos.

Todas las rosas que encontré tenían espinas, y todos los corazones olvido.

El libro de mí vida tiene una sola página de felicidad, y esa es la tuya.

No me pidas versos. Mi alma es como esos pájaros viejos que no saben cantar y pierden sus plumas una a una, cuando sopla el cierzo de diciembre.

Hubo un momento en que creí que el amor era absoluto y único. No hay más que un amor en mi alma, como no hay más que un sol en el cielo, decía entonces. Después supe, estudiando astronomía, que los soles son muchos.

Toqué a la puerta de muchos corazones y no me abrieron porque dentro no había nadie.

Yo vuelvo ya de todos los países azules en que florecen las naranjas de color de oro. Estoy enfermo y triste. No creo más que en Dios, en mis padres y en ti. No me pidas versos.

Preciso es, sin embargo, que te hable y te cuente una por una mis tristezas. Por eso voy a escribirte, para que leas mis pobres cartas junto a la ventana, y pienses en el ausente que jamás ha de volver. Las golondrinas vuelven después de larga ausencia, y se refugian en las ramas del pino. La brújula señala siempre el norte. Mi corazón te busca a ti.

¿De qué quieres que te hable? Deja afuera la obscuridad y haz que iluminen tu alma las claridades del amor. Somos dos islas separadas por el mar; pero los vientos llevan a ti mis palabras y yo adivino las tuyas. Cuando la tarde caiga y las estrellas comiencen a brillar en el espacio, abre tú los pliegos cerrados que te envío, y escucha las ardientes frases de pasión que lleva el aire a tus oídos. Figúrate que estamos solos en el bosque, que olvidé todo el daño que me has hecho, y que en el fondo del coupé capitoneado te hablo de mis ambiciones y de mis sueños. Óyeme como escuchas el canto de las aves, el rumor de las aguas, el susurro de la brisa. Hablemos ambos de las cosas frívolas, esto es, de las cosas serias. La tarde va a morir: el viento mueve apenas sus alas como un pájaro cansado; los caballos que tiran del carruaje corren hacia la casa en busca de descanso; la sombra va cayendo lentamente... aprovechemos los instantes.

Hace muy pocos días paseaba yo por el parque pensando en ti. La tarde estaba nublada y mi corazón triste.

¡Cómo han cambiado las cosas! Los carruajes que van hoy al paseo no son los mismos que tú y yo veíamos. Veo caras nuevas tras de los cristales y no encuentro las que antes distinguía. ¿Te acuerdas de aquella que encontrábamos siempre en trois quart a la entrada del paseo? Pues voy a referirte su novela. Amaba mucho; las ilusiones cantaban en su alma como una bandada de ruiseñores; se casó y la engañaron. Todavía recuerdo la impaciencia con que contaba los días que faltaban para su matrimonio. La noche que recibió el traje de novia creyó volverse loca de contento. Yo la miré en la iglesia al día siguiente, coronada de blancos azahares, trémula de emoción y con los ojos henchidos de lágrimas. ¿Quién nos hubiera dicho que aquel matrimonio era un entierro? Se amaban mucho los dos, o, por lo menos, lo decían así. Iban a realizar sus ilusiones; la riqueza les preparó un palacio espléndido y los que de pie en la playa la miramos partir en barca de oro, dijimos: ¡Dios la lleva con felicidad!

Unos meses después encontré a su marido en un café.

-¿Y Blanca?

-¡Está algo mala!

Era verdad, Blanca estaba mala; Blanca se moría. Enrique la dejaba por ir en pos de los placeres fáciles, y Blanca, sola en su pequeña alcoba, pasaba las noches sin dormir, mirando cómo se persiguen y se juntan las agujas en la muestra del reloj. Una noche Enrique no volvió. Al día siguiente, Blanca estaba más pálida: parecía de cera.

Hubiérase creído que la luz del alba, que Blanca vio aparecer muchas veces desde su balcón, le había teñido el rostro con sus colores de azucena.

-¿Por qué no viene? -preguntaba, sondeando con los ojos la obscuridad profunda de la calle.

Y graznaban las lechuzas, y el aire frío de la madrugada le hería el rostro, y Enrique no volvía. De repente suenan pasos en las baldosas. Blanca se inclina sobre el barandal para ver si venía. ¡Esperanza frustrada! Era un borracho que regresaba a su casa, tropezando con los faroles y las puertas.

Así pasaron días, semanas, meses: Blanca cada día estaba peor. Los médicos no atinaban la cura de su enfermedad. ¿Acaso hay médicos de almas?

Una noche Blanca le dijo a Enrique:

-No te vayas. Creo que voy a morirme. No me dejes.

Enrique se rio de sus temores y fue al círculo, donde le esperaban sus amigos. ¿Quién se muere a los veinte años?

Blanca le vio partir con tristeza. Se puso después frente a un espejo, alisó sus cabellos y comenzó a prendar entre sus rizos diminutos botones de azahar.

Dos grandes círculos morados rodeaban sus ojos. Llamó en seguida a su camarera, se puso el traje blanco que le había servido para el día del matrimonio y se acostó. Al amanecer, cuando Enrique volvió a su casa, vio abiertos los balcones de su alcoba; cuatro cirios ardían en torno de la cama. Blanca estaba muerta.

-¿Ya lo ves? La vida mundana, tan brillante por fuera, es como los sepulcros blanqueados de que nos habla el Evangelio. La riqueza oculta con su manto de arlequín muchas miserias.

Cierra tus oídos a las palabras del eterno tentador. No ambiciones el oro, que es tan frío como el corazón de una coqueta. Sé buena, reza mucho y ama poco.

Cuentos frágiles

Los amores del cometa

De oro, así es la cauda del cometa. Viene de las inmensas profundidades del espacio y ha dejado en las púas de cristal que tienen las estrellas muchas de sus guedejas luminosas. Las coquetas quisieron atraparle; pero el cometa pasó impasible, sin volver los ojos, como Ulises por entre las sirenas. Venus le provocaba con su voluptuoso parpadeo de media noche, como si ya tuviera sueño y quisiera volver a casa acompañada. Pero el cometa vio el talón alado de Mercurio, que sonreía mefistofélicamente, y pasó muy formal a la distancia respetable de veintisiete millones de leguas. Y allí le veis. Yo creo que en uno de sus viajes halló la estrella de nieve, adonde nunca llega la mirada de Dios, y que llaman los místicos infierno. Por eso trae erizos los cabellos. Ha visto muchas tierras, muchos cielos; sus aventuras amorosas hacen que las siete cabrillas se desternillen de risa, y cuando imprima sus memorias veréis cómo las comprarán los planetas para leerlas a escondidas, cuidando de que no caigan en poder de las estrellas doncellitas. Tiene mucha fortuna con las mujeres: ¡Es de oro!

No me había sido presentado. Yo, comúnmente, no recibo a las cuatro y treinta y dos minutos de la madrugada; y ese gran noctámbulo deja sus sábanas azules muy temprano, para espiar la alcoba de la aurora por el ojo de la llave, luego que la divina rubia salta de su lecho con los brazos desnudos y el cabello suelto. Su pupila de oro espía por la cerradura del Oriente. Tal vez en ese instante la aurora baja las tres gradas de ópalo que tiene su lecho nupcial, y busca para cubrir sus plantas entumecidas, las pantuflas de myrthos que los ángeles forran por dentro con plumas blancas desprendidas de sus alas. Y él la mira; la circunda con el áureo fluido de sus ojos; la palpa con la vista: siente las blandas ondulaciones de su pecho; ve cómo entorna los párpados, descubriendo sus pupilas color de no me olvides, y recibe en el rostro las primeras gotas de rocío que van cayendo de las trenzas rubias, cuando la diosa moja su cabeza en la gran palangana de brillantes, y aliña con el peine de marfil su cabellera descompuesta por la almohada. El cometa está enamorado. Por eso se levanta muy temprano.

Cuando los diarios anunciaron su llegada yo dudé de su existencia. Creí que era un pretexto del sol para obligarme a dejar el lecho en las primeras horas matinales. El padre de la luz está reñido conmigo porque no le hago versos y porque no me gusta su hija el alba.

La blancura irreprochable de esa mujer me desespera; y desde que amo con toda el alma a una morena, odio a las rubias, y sobre todo a las inglesas. La noche es morena... ¡como tú! ¡Perdón! Debía haber dicho: ¡como usted!

Pero el cometa, a pesar de estas dudas, existía. Un sacerdote que va a decir su misa antes del alba le había visto. No era, pues, un pretexto del hirviente sol para tenerme desvelado y vengarse de todos mis desvíos. Los panaderos le conocían y saludaban. El gran viajero del espacio estaba en México.

Los graves observadores de Chapultepec no han desplegado aún sus labios, y guardan una actitud prudente para no comprometerse. No saben todavía si ese cometa es de buena familia. Y tienen sobradísima razón. No hay que hacer amistades con un desconocido que, a juzgar por la traza, es un polaco aventurero. Sobre todo, no hay que fiarle dinero. ¿A qué ha venido?

La honradez del cometa es muy dudosa. Sale a la madrugada del caliente camarín en que duerme la aurora, y no contento aún con deshonrarla de este modo, espía por la cerradura de la llave hasta que acaba de lavarse. Yo no sé si la aurora es casada; pero séalo o no, la hora a que el cometa sale de su casa no habla muy alto en pro de su reputación.

El cometa no es caballero. Hace alarde de sus bellaquerías: sale con insolencia, afrentando a los astros pobres con el lujo opulento de su traje, y, sin respeto al pudor de las estrellas vírgenes, compromete la honrosa reputación de una señora. No tiene vergüenza. Cuando menos debía embozarse en una capa.

Vanamente esperé que el gran desconocido apareciera en el cielo raso de mi alcoba. Para este excursionista, que no viene de Chicago, no hay hombres notables ni visitas de etiqueta. Tuve, pues, que esperarle en pie y armado, como aguarda un celoso al amante de su mujer, para darle, al pasar, las buenas noches. Eran las cuatro y media de la madrugada. Las estrellas cuchichearon entre sí, detrás de los abanicos, y algo como un enorme chorro de champagne, arrojado por una fuente azul, se dibujó en Oriente. Era el cometa. La luna, esa gran bandeja de plata en donde pone el sol monedas de oro, se escondía, desvelada y pálida, en Oeste. Los luceros y yo teníamos frío.

Mas si el cometa no presagia ahora el desarrollo de la epidemia, ni la contingencia de un conflicto internacional con Guatemala, sí puede chocar en el océano obscuro del espacio con esta cáscara de nuez en que viajamos. Tal conjetura no es absolutamente inadmisible. Hay 281 millones de probabilidades en contra de esa hipótesis; pero hay una a favor. Si el choque paralizara el movimiento de traslación, todo lo que no está pegado a la superficie de la tierra saldría de ella con una velocidad de siete leguas por segundo. El tenor Prats llegaría a la luna en cuatro minutos. Si el choque no hiciera más que detener el movimiento de rotación, los mares saldrían de madre descaradamente y cambiarían el Ecuador y los polos. ¡Qué admirable espectáculo! ¡Los mares vaciándose, como platones que se voltean, sobre la tierra! El astrónomo Wiston cree y sostiene que el diluvio fue ocasionado por el choque de un cometa: el que apareció nuevamente en 1680.

Podía también el bandolero del espacio envolvernos en su opulenta cola de tertulia. Los come tas debían usar vestido alto. Por desgracia, sus grandes colas áureas, eterna desesperación de las actrices, tienen a las veces treinta y hasta ochenta millones de leguas. Si la extremidad de una de esas colas gigantescas penetrase en nuestra atmósfera, cargadas como están de hidrógeno y carbono, la vida sería imposible en el planeta. Sentiríamos primero una torpeza imponderable, como si acabáramos de almorzar en el restaurant de Recamier, y luego, gracias al decrecimiento del ázoe, un regocijo inmenso y una terrible excitación nerviosa, provocada por la rápida combustión de la sangre en los pulmones y por su rápida circulación en las arterias. ¡Todos nos moriríamos riendo a carcajadas! Servín abrazaría a Joaquín Moreno, y García de la Cadena al general Aréchiga.

Pero ¿quién piensa en ese horrible fin del mundo, oh vida mía?

El olor de las rosas dura poco y el champagne se evapora en impalpables átomos, si le dejamos, olvidadizos, en la copa. Nuestro cariño vuela adonde van las notas que se pierden, gimiendo en el espacio. Mañana tú tendrás canas y yo arrugas. En tus rodillas saltarán contentos tus chicuelos. Descuida; tenemos tiempo para amarnos, porque el amor dura muy poco. Cierra de noche tus balcones para que no entre muy temprano la luz impertinente de la aurora, y procura que duerma tu previsión, para que no adivines los desengaños y las decepciones que nos trae el porvenir. El mundo está viejo, pero nosotros somos jóvenes. Cuando estés en un baile, no pienses nunca en la diana del alba ni en el frío de la salida, porque tus hombros desnudos se estremecerán, como sintiendo el áspero contacto de un cierzo de diciembre, y sentirás subir a tu garganta el bostezo imprudente del fastidio. La esperma brilla, y hay mucha luz en los espejos, en los diamantes y en los ojos. La música retoza en el espacio, y el vals, como la ola azul de un río alemán, arrastra las parejas estrechamente unidas como los cuerpos de Paolo y de Francesca.

Las copas de Bohemia desbordan el vino que da calor al cuerpo, y la boca entreabierta de la mujer derrama esas palabras que dan calor al alma. El alba se espereza entretanto, y piensa en levantarse. No pensemos en ella. Afuera sopla un viento frío que rasga las desnudas carnes de esas pobres gentes que han pasado la noche mendigando y vuelven a sus casas sin un solo mendrugo de pan negro.

No pienses, por Dios, en la capota de pesadas pieles que duerme, aguardándote, en el guardarropa, ni en los cerrados vidrios de tu coche. Fin del mundo y salida de un baile todo es uno. Final de fiesta mezclado de silencio y de fatiga; hora en que se apagan los lustros y cada cual vuelve a su casa; aquellos a dormir bajo las ropas acolchonadas de su lecho, y estos a descansar entre los cuatro muros de la tumba. Las bujías pavesean, lamiendo las arandelas del enroscado candelabro; los pavos del buffet muestran sus roídos caparazones y sus vientres abiertos; los músicos, luchando a brazo partido con el sueño, como Jacob con el ángel, no encuentran aire en sus pulmones para arrojarlo por el agudo clarinete, ni vigor en sus flojas articulaciones para esgrimir el arco del violín; sobre la blanca lona que cubre las alfombras hay muchas flores pisoteadas y muchas blondas hechas trizas; las mujeres se van poniendo ojerosas, y el polvo de arroz cae, como el polen de una flor, de sus mejillas; los cocheros, inmóviles, duermen en el pescante, envueltos hasta la frente con sus carricks; este es el fin del baile, este es el fin del mundo. Pero -aguarda un momento-, ¡falta el cotillón!

   Restons! L’étoile vagabonde

dont les sages ont peur de loin,

peut-être, en emportant le monde,

nous laissera dans nôtre coin!



El cometa no viene a exterminarnos. Sigue agitando su cabellera merovingia ante la calva respetable de la Luna, y continúa sus aventuras donjuanescas. Tiende a Marte una estocada y se desliza como anguila por entre los anillos de Saturno. ¡Míralo! Sigue lagartijeando en el espacio, bombardeado por las miradas incendiarias de la Osa. Reposa en la silla de Casiopea y se ocupa en bruñir el coruscante escudo de Sobieski. El Pavo real despliega el abanico de su cola para enamorarle, y el ave indiana va a pararse en su hombro. La Cruz austral le abre los brazos, y los Lebreles marchan obedientes a su lado. Allí está Orión que le saluda con los ojos, y el fatuo Arturo viéndose en el espejo de las aguas. Puede rizar la cabellera de Berenice, e ir, jinete en la Jirafa, a atravesar el Triángulo boreal. El León se echa a sus pies y el Centauro le sigue a galo pe. Hércules le presenta su maza y Andrómeda le llama con ternura. La Vía Láctea tiende a sus pies una alfombra blanca, salpicada de relucientes lentejuelas, y el Pegaso se inclina para que lo monte.

Pero vosotros no lo poseeréis, ¡oh estrellas enamoradas! Ya sabe que otros de sus compañeros se han perdido por acercarse mucho a los planetas. Como los hombres cuando se enamoran, se han casado. Perdieron su independencia desde entonces, y hoy gravitan siguiendo una cerrada curva o una elipse. Por eso huye y esquiva vuestras redes de oro; ¡es de la aurora! Miradle cómo espía a su rubia amada por la brillante cerradura del Oriente. El cielo empieza a ruborizarse. ¡Ya es el día! Las estrellas se apagan en el cielo, y los ojos que yo amo se abren en la tierra.

La mañana de San Juan

A Gonzalo Esteva y Cuevas.


Pocas mañanas hay tan alegres, tan frescas, tan azules, como esta mañana de San Juan. El cielo está muy limpio, «como si los ángeles lo hubieran lavado por la mañana»; llovió anoche, y todavía cuelgan de las ramas brazaletes de rocío que se evaporan luego que el sol brilla, como los sueños luego que amanece; los insectos se ahogan en las gotas de agua que resbalan por las hojas, y se aspira con regocijo ese olor delicioso de tierra húmeda, que solo puede compararse con el olor de los cabellos negros, con el olor de la epidermis blanca y el olor de las páginas recién impresas. También la Naturaleza sale de la alberca con el cabello suelto y la garganta descubierta; los pájaros se emborrachan con el agua, cantan mucho, y los niños del pueblo hunden su cara en la gran palangana de metal. ¡Oh mañanita de San Juan, la de camisa limpia y jabones perfumados!, yo quisiera mirarte lejos de estos calderos en que hierve grasa humana; quisiera contemplarte al aire libre, allí donde apareces virgen todavía, con los brazos muy blancos y los rizos húmedos! Allí eres virgen: cuando llegas a la ciudad tus labios rojos han besado mucho; muchas guedejas rubias de tu undívago cabello se han quedado en las manos de tus mil amantes, como queda el vellón de los corderos en los zarzales del camino; muchos brazos han rodeado tu cintura; traes en el cuello la marca roja de una mordida, y vienes tambaleando con traje de raso blanco todavía, pero ya prostituido, profanado, semejante al de Giroflé después de la comida, cuando la novia muerde sus inmaculados azahares y empapa sus cabellos en el vino. ¡No, mañanita de San Juan, así yo no te quiero! Me gustas en el campo, allí donde se miran tus azules ojitos y tus trenzas de oro. Bajas por la escarpada colina, poco a poco; llamas a la puerta o entornas sigilosamente la ventana, para que tu mirada alumbre el interior, y todos te recibimos como reciben los enfermos la salud, los pobres la riqueza y los corazones el amor. ¿No eres amorosa? ¿No eres muy rica? ¿No eres sana? Cuando vienes, los novios hacen sus eternos juramentos; los que padecen se levantan vueltos a la vida, y la dorada luz de tus cabellos siembra de lentejuelas y monedas de oro el verde obscuro de los campos, el fondo de los ríos y la pequeña mesa de madera pobre en que se desayunan los humildes bebiendo un tarro de espumosa leche, mientras la vaca muge en el establo. ¡Ah! Yo quisiera mirarte así cuando eres virgen y besar las mejillas de Ninón... ¡sus mejillas de sonrosado terciopelo y sus hombros de raso blanco!

Cuando llegas, ¡oh mañanita de San Juan!, recuerdo una vieja historia que tú sabes y que ni tú ni yo podemos olvidar. ¿Te acuerdas? La hacienda en que yo estaba por aquellos días era muy grande, con muchas fanegas de tierra sembradas e incontables cabezas de ganado. Allí está el caserón, precedido de un patio, con su fuente en medio. Allá está la capilla. Lejos, bajo las ramas colgantes de los grandes sauces, está la presa en que van a abrevarse los rebaños. Vista desde una altura y a distancia, se diría que la presa es la enorme pupila azul de algún gigante, tendido a la bartola sobre el césped. Y ¡qué honda es la presa! ¡Tú lo sabes!...

Gabriel y Carlos jugaban comúnmente en el jardín. Gabriel tenía seis años; Carlos, siete. Pero un día la madre de Gabriel y de Carlos cayó en cama, y no hubo quien vigilara sus alegres correrías. Era el día de San Juan. Cuando empezaba a declinar la tarde, Gabriel dijo a Carlos:

-Mira, mamá duerme, y ya hemos roto nuestros fusiles. Vamos a la presa. Sí mamá nos riñe le diremos que estábamos jugando en el jardín.

Carlos, que era el mayor, tuvo algunos escrúpulos ligeros. Pero el delito no era tan enorme, y además los dos sabían que la presa estaba adornada con grandes cañaverales y ramos de zempasúchil. ¡Era el día de San Juan!

-¡Vamos! -le dijo-; llevaremos un Monitor para hacer barcos de papel, y les cortaremos las alas a las moscas, para que sirvan de marineros.

Y Carlos y Gabriel salieron muy quedito, para no despertar a su mamá, que estaba enferma. Como era día de fiesta, el campo estaba solo. Los peones y trabajadores dormían la siesta en sus cabañas. Gabriel y Carlos no pasaron por la tienda, para no ser vistos, y corrieron a todo escape por el campo. Muy en breve llegaron a la presa. No había nadie: ni un peón, ni una oveja. Carlos cortó en pedazos el Monitor e hizo dos barcos, tan grandes como los navíos de Guatemala. Las pobres moscas, que iban sin alas y cautivas en una caja de obleas, tripularon humildemente las embarcaciones. Por desgracia, la víspera habían limpiado la presa, y estaba el agua un poco baja. Gabriel no la alcanzaba con sus manos. Carlos, que era el mayor, le dijo:

-Déjame a mí que soy más grande. Pero Carlos tampoco la alcanzaba. Trepó entonces sobre el pretil de piedra, levantando las plantas de la tierra; alargó el brazo e iba a tocar el agua y a dejar en ella el barco, cuando, perdiendo el equilibrio, cayó al tranquilo seno de las ondas. Gabriel lanzó un agudo grito. Rompiéndose las uñas con las piedras, rasgándose la ropa, a viva fuerza, logró también encaramarse sobre la cornisa, tendiendo casi todo el busto sobre el agua. Las ondas se agitaban todavía. Adentro estaba Carlos. De súbito aparece en la superficie, con la cara amoratada, arrojando agua por la nariz y por la boca.

-¡Hermano! ¡Hermano!

-¡Ven acá! ¡Ven acá! No quiero que te mueras.

Nadie oía. Los niños pedían socorro, estremeciendo el aire con sus gritos; no acudía ninguno. Gabriel se inclinaba cada vez más sobre las aguas y tendía las manos.

-Acércate, hermanito, yo te estiro.

Carlos quería nadar y aproximarse al muro de la presa; pero ya le faltaban las fuerzas, ya se hundía. De pronto se movieron las ondas y asió Carlos una rama, y apoyado en ella logró ponerse junto al pretil y alzó una mano; Gabriel la apretó con las manilas suyas, y quiso el pobre niño levantar por los aires a su hermano que había sacado medio cuerpo de las aguas y se agarraba a las salientes piedras de la presa. Gabriel estaba rojo y sus manos sudaban, apretando la blanca manecita del hermano.

-¡Si no puedo sacarte! ¡Si no puedo!

Y Carlos volvía a hundirse, y con sus ojos negros muy abiertos le pedía socorro.

-¡No seas malo! ¿Qué te he hecho? Te daré mis cajitas de soldados y el molino de marmaja que te gustan tanto. ¡Sácame de aquí!

Gabriel lloraba nerviosamente, y estirando más el cuerpo de su hermanito moribundo, le decía:

-¡No quiero que te mueras! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No quiero que se muera!

Y ambos gritaban, exclamando luego:

-¡No nos oyen! ¡No nos oyen!

-¡Santo ángel de mi guarda! ¿Por qué no me oyes?

Y entretanto fue cayendo la noche. Las ventanas se iluminaban en el caserío. Allí había padres que besaban a sus hijos. Fueron saliendo las estrellas en el cielo. ¡Diríase que miraban la tragedia de aquellas tres manitas enlazadas que no querían soltarse y se soltaban! Y las estrellas no podían ayudarles, ¡porque las estrellas son muy frías y están muy altas!

Las lágrimas amargas de Gabriel caían sobre la cabeza de su hermano. ¡Se veían juntos, cara a cara, apretándose las manos, y uno iba a morirse!

-Suelta, hermanito, ya no puedes más; voy a morirme.

-¡Todavía no! ¡Todavía no! ¡Socorro! ¡Auxilio!

-¡Toma! Voy a dejarte mi reloj. ¡Toma, hermanito!

Y con la mano que tenía libre sacó de su bolsillo el diminuto reloj de oro que le habían regalado el Año Nuevo. ¡Cuántos meses había pensado sin descanso en ese pequeño reloj de oro! El día en que al fin lo tuvo no quería acostarse. Para dormir lo puso bajo su almohada. Gabriel miraba con asombro sus dos tapas, la muestra blanca en que giraban poco a poco las manecitas negras y el instantero que, nerviosamente, corría, corría, sin dar jamás con la salida del estrecho círculo. Y decía: -¡Cuando tenga siete años, como Carlos, también me comprarán un reloj de oro! -No, pobre niño; no cumples aún siete años, y ya tienes el reloj. Tu hermanito se muere y te lo deja. ¿Para qué lo quiere? La tumba es muy obscura, y no se puede ver la hora que es.

-¡Toma, hermanito, voy a darte mi reloj; toma, hermanito!

Y las manitas, ya moradas, se aflojaron, y las bocas se dieron un beso desde lejos. Ya no tenían los niños fuerza en sus pulmones para pedir socorro. Ya se abren las aguas, como se abre la muchedumbre en procesión cuando la Hostia pasa. ¡Ya se cierran y solo queda por un segundo, sobre la onda azul, un bucle lacio de cabellos rubios!

Gabriel soltó a correr en dirección del caserío, tropezando, cayendo sobre las piedras que lo herían. No digamos ya más: ¡cuando el cuerpo de Carlos se encontró, ya estaba frío, tan frío, que la madre, al besarlo, quedó muerta!

¡Oh mañanita de San Juan! ¡Tu blanco traje de novia tiene también manchas de sangre!

La novela del tranvía

Cuando la tarde se obscurece y los paraguas se abren, como redondas alas de murciélago, lo mejor que el desocupado puede hacer es subir al primer tranvía que encuentre al paso y recorrer las calles, como el anciano Víctor Hugo las recorre sentado en la imperial de algún ómnibus. El movimiento disipa un tanto cuanto la tristeza, y para el observador nada hay más peregrino ni más curioso que la serie de cuadros vivos que pueden examinarse en un tranvía. A cada paso, el vagón se detiene, y, abriéndose camino entre los pasajeros que se amontonan y se apiñan, pasa un paraguas chorreando a Dios dar, y detrás del paraguas la figura ridícula de algún asendereado cobrador, calado hasta los huesos. Los pasajeros ondulan y se dividen en dos grupos compactos, para dejar paso expedito al recién llegado.

Así se dividieron las aguas del Mar Rojo para que los israelitas lo atravesaran a pie enjuto. El paraguas escurre sobre el entarimado del vagón, que a poco se convierte en un lago navegable. El cobrador sacude su sombrero, y un benéfico rocío baña las caras de los circunstantes, como si hubiera atravesado por en medio del vagón un sacerdote repartiendo bendiciones a hisopazos. Algunos caballeros estornudan. Las señoras de alguna edad levantan su enagua hasta una altura vertiginosa, para que el fango de aquel pantano portátil no la manche. En la calle la lluvia cae conforme a las eternas reglas del sistema antiguo: de arriba para abajo. Mas en el vagón hay lluvia ascendente y lluvia descendente. Se está, con toda verdad, entre dos aguas.

Yo, sin embargo, paso las horas agradablemente encajonado en esa miniaturesca arca de Noé, sacando la cabeza por el ventanillo, no en espera de la paloma que ha de traer en el pico un ramo de oliva, sino para observar el delicioso cuadro que la ciudad presenta en ese instante. El vagón, además, me lleva a mundos desconocidos y a regiones vírgenes. No, la ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, ni acaba en la calzada de la Reforma. Yo doy a ustedes mi palabra de que la ciudad es mucho mayor. Es una gran tortuga que extiende hacia los cuatro puntos cardinales sus patas dislocadas. Esas patas son sucias y velludas. Los ayuntamientos, con paternal solicitud, cuidan de pintarlas con lodo mensualmente.

Más allá de la peluquería de Micoló hay un pueblo que habita barrios extravagantes, cuyos nombres son esencialmente antiaperitivos. Hay hombres muy honrados que viven en la plazuela del Tequesquite, y señoras de invencible virtud cuya casa está situada en el callejón de Salsipuedes. No es verdad que los indios bárbaros estén acampados en esas calles exóticas, ni es tampoco cierto que los pieles-rojas hagan frecuentes excursiones a la plazuela de Regina. La mano providente de la Policía ha colocado un gendarme en cada esquina. Las casas de esos barrios no están hechas de lodo ni tapizadas por adentro de pieles sin curtir. Son casas habitables, con escalera y todo. En ellas viven muy discretos caballeros, y señoras muy respetables, y señoritas muy lindas. Estas señoritas suelen tener novios, como las que tienen balcón y cara a la calle en el centro de la ciudad.

Después de examinar ligeramente las torcidas líneas y la cadena de montañas del nuevo mundo por que atravesaba, volví los ojos al interior del vagón. Un viejo de levita color de almendra meditaba apoyado en el puño de su paraguas. No se había rasurado. La barba le crecía, «cual ponzoñosa hierba entre arenales». Probablemente no tenía en su casa navajas de afeitar... ni una peseta. Su levita necesitaba aceite de bellotas. Sin embargo, la calvicie de aquella prenda respetable no era prematura, a menos que admitamos la teoría de aquel joven poeta, autor de ciertos versos cuya dedicatoria es como sigue:

A la prematura muerte de mi abuelita

a la edad de noventa años.



La levita de mi vecino era ya muy mayor. En cuanto al paraguas, vale más que no entremos en dibujos. Ese paraguas, expuesto a la intemperie, debía asemejarse mucho a las banderas que los independientes sacan a la luz el 15 de septiembre. Era un paraguas calado, un paraguas metafísico, propio para mojarse con decencia. Abierto el paraguas, se veía el cielo por todas partes.

¿Quién sería mi vecino? De seguro era casado, y con hijas. ¿Serían bonitas? La existencia de esas desventuradas criaturas me parecía indisputable. Bastaba ver aquella levita calva, por la que habían pasado las cerdas de un cepillo, y aquel hermoso pantalón con su coqueto remiendo en la rodilla, para convencerse de que aquel hombre tenía hijas. Nada más las mujeres, y las mujeres de quince años, saben cepillar de esa manera. Las señoras casadas ya no se cuidan, cuando están en la desgracia, de esas delicadezas y finuras. Incuestionablemente, ese caballero tenía hijas. ¡Pobrecitas! Probablemente le esperaban en la ventana, más enamoradas que nunca, porque no habían almorzado todavía. Yo saqué mi reloj y dije para mis adentros: -Son las cuatro de la tarde. ¡Pobrecillas! ¡Va a darles un vahído! Tengo la certidumbre de que son bonitas. El papá es blanco, y si estuviera rasurado no sería tan feote. Además han de ser buenas muchachas. Este señor tiene toda la facha de un buen hombre. Me da pena que esas chiquillas tengan hambre. No habrá en la casa nada que empeñar. ¡Como los alquileres han subido tanto! Tal vez no tuvieron con qué pagar la casa, y el propietario les embargó los muebles. ¡Mala alma! ¡Si estos propietarios son peores que Caín!

Nada; no hay para qué darle más vueltas al asunto: la gente pobre decente es la peor traída y la peor llevada. Estas niñas son de buena familia. No están acostumbradas a pedir. Cosen ajeno; pero las máquinas han arruinado a las infelices costureras, y lo único que consiguen, a costa de faenas y trabajos, es ropa de munición. Pasan el día echando los pulmones por la boca. Y luego como se alimentan mal y tienen muchas penas, andan algo enfermitas, y el doctor asegura que, si Dios no lo remedia, se van a la caída de las hojas. Necesitan carne, vino, píldoras de fierro y aceite de bacalao. Pero ¿con qué se compra todo esto? El buen señor se quedó cesante desde que cayó el Imperio, y el único hijo que habría podido ser su apoyo tiene rotas las dos piernas. No hay trabajo; todo está muy caro, y los amigos llegan a cansarse de ayudar al desvalido. ¡Si las niñas se casaran! Probablemente no carecerán de admiradores. Pero como las pobrecitas son muy decentes y nacieron en buenos pañales, no pueden prendarse de los ganapanes ni de los pollos de plazuela. Están enamoradas sin saber de quién, y aguardan la venida del Mesías. ¡Si yo me casara con alguna de ellas!... ¿Por qué no? Después de todo, en esa clase suelen encontrarse las mujeres que dan la felicidad. Respecto a las otras, ya sé bien a qué atenerme. ¡Me han costado tantos disgustos! Nada, lo mejor es buscar una de esas chiquillas pobres y decentes, que no están acostumbradas a tener palco en el teatro, ni carruajes, ni cuenta abierta en la Sorpresa. Si es joven, yo la educaré a mi gusto. Le pondré un maestro de piano. ¿Qué cosa es la felicidad? Un poquito de amor, un poquito de salud y un poquito de dinero. Con lo que yo gano podemos mantenernos ella y yo, y hasta el angelito que Dios nos mande. Nos amaremos mucho, y como la voy a sujetar a un régimen higiénico, se pondrá en poco tiempo más fresca que una rosa. Por la mañana, un paseo a pie en el Bosque. Iremos en un coche de a cuatro reales hora, o en los trenes. Después, en la comida, mucha carne, mucho vino y mucho fierro. Con eso y con tener una casita por San Cosme; con que ella se vista de blanco, de azul o de color de rosa; con el piano, los libros, las macetas y los pájaros, ya no tendré nada que desear.

   Una heredad en el bosque.

Una casa en la heredad;

en la casa, pan y amor...

¡Jesús, qué felicidad!



Además ya es preciso que me case. Esta situación no puede prolongarse, como dice el Gran Duque en La Guerra Santa. Aquí tengo una trenza de pelo que me ha costado cuatrocientos setenta y cuatro pesos con un pico de centavos. Yo no sé de dónde los he sacado: el hecho es qué los tuve y no los tengo. Nada; me caso decididamente con una de las hijas de este buen señor. Así las saco de penas y me pongo en orden. ¿Con cuál me caso? ¿Con la rubia? ¿Con la morena? Será mejor con la rubia... digo, no, con la morena. En fin, ya veremos. ¡Pobrecillas! ¿Tendrán hambre?

En esto, el buen señor se apea del coche y se va. Si no lloviera tanto -continué diciendo para mis adentros- le seguía. La verdad es que mi suegro, visto a cierta distancia, tiene una facha muy ridícula. ¿Qué diría, si me viera de bracero con él, la señora de Z? Su sombrero alto parece espejo. ¡Pobre hombre! ¿Por qué no le inspiraría confianza? Si me hubiera pedido algo, yo le habría dado con mucho gusto estos tres duros. Es persona decente. ¿Habrán comido esas chiquillas?

En el asiento que antes ocupaba el cesante, descansa ahora una matrona de treinta años. No tiene malos ojos; sus labios son gruesos y encarnados: parece que los acaban de morder. Hay en todo su cuerpo bastantes redondeces y ningún ángulo agudo. Tiene la frente chica, lo cual me agrada, porque es indicio de tontera; el pelo negro, la tez morena y todo lo demás bastante presentable. ¿Quién será? Ya la he visto en el mismo lugar y a la misma hora dos... cuatro... cinco... siete veces. Siempre baja del vagón en la plazuela de Loreto y entra en la iglesia. Sin embargo, no tiene cara de mujer devota. No lleva libro ni rosario. Además, cuando llueve a cántaros, como está lloviendo ahora, nadie va a novenarios ni sermones. Estoy seguro de que esa dama lee más las novelas de Gustavo Droz, que el Menosprecio del Mundo, del padre Kempis; tiene una mirada, que si hablara sería un grito pidiendo bomberos. Viene cubierta con un velo negro. De esa manera libra su rostro de la lluvia. Hace bien. Si el agua cae en sus mejillas, se evapora chirriando, como si hubiera caído sobre un hierro candente. Esa mujer es como las papas; no se fíen ustedes, aunque las vean tan frescas en el agua: queman la lengua.

La señora de treinta años no va indudablemente al novenario. ¿Adónde va? Con un tiempo como este nadie sale de su casa si no es por una grave urgencia. ¿Estará enferma la mamá de esta señora? En mi opinión, esta hipótesis es falsa. La señora de treinta años no tiene madre. La iglesia de Loreto no es una casa particular ni un hospital. Allí no viven ni los sacristanes. Tenemos, pues, que recurrir a otras hipótesis. Es un hecho constante, confirmado por la experiencia, que a la puerta del templo, siempre que la señora baja del vagón, espera un coche. Si el coche fuera de ella, vendría en él desde su casa. Esto no tiene vuelta de hoja. Pertenece, por consiguiente, a otra persona. Ahora bien: ¿hay acaso alguna sociedad de seguros contra la lluvia o cosa parecida, cuyos miembros paguen coche a la puerta de todas las iglesias para que los feligreses no se mojen? Claro es que no. La única explicación de estos viajes en tranvía y de estos rezos a hora inusitada es la existencia de un amante. ¿Quién será el marido?

Debe de ser un hombre acaudalado. La señora viste bien, y si no sale en carruaje para este género de entrevistas es por no dar en qué decir. Sin embargo, yo no me atrevería a prestarle cincuenta pesos bajo su palabra. Bien puede ser que gaste más de lo que tenga o que sea como cierto amigo mío, personaje muy quieto y muy tranquilo, que me decía hace pocas noches:

-Mi mujer tiene para el juego una fortuna prodigiosa. Cada mes saca de la lotería quinientos pesos. ¡Fijo!

Yo quise referirle alguna anécdota, atribuida a un administrador muy conocido de cierta aduana marítima. Al encargarse de ella dijo a los empleados:

-Señores: aquí se prohíbe ganar a la lotería. ¡Al primero que se la saque lo echo a puntapiés!

¿Ganará esta señora a la lotería? Si su marido es pobre debe haberle dicho que esos pendientes que ahora lleva son falsos. El pobre señor no será joyero. En materia de alhajas solo conocerá a su mujer, que es una buena alhaja. Por consiguiente, la habrá creído. ¡Desgraciado! ¡qué tranquilo estará en su casa! ¿Será viejo? Yo debo de conocerle... ¡Ah!... ¡Sí!... ¡Es aquel! No, no puede ser; la esposa de ese caballero murió cuando el último cólera. ¡Es el otro! ¡Tampoco! Pero ¿a mí qué me importa quién sea?

¿La seguiré? Siempre conviene poseer un secreto de mujer. Veremos, si es posible, al incógnito amante. ¿Tendrá hijos esta mujer? Parece que sí. ¡Infame! Mañana se avergonzarán de ella. Tal vez alguno la niegue. Ese será un horrible crimen, pero un crimen justo. Bien está; que mancille, que pise, que escupa la honra de ese desgraciado que probablemente la adora.

Es una traición, es una villanía. Pero al fin, ese hombre puede matarla sin que nadie le culpe ni le condene. Puede mandar a sus criados que la arrojen a latigazos, y puede hacer pedazos al amante. Pero sus hijos -¡pobres seres indefensos!- nada pueden. La madre los abandona para ir a traerles su porción de vergüenza y deshonra. Los vende por un puñado de placeres, como Judas a Cristo por un puñado de monedas. Ahora duermen, sonríen, todo lo ignoran; están abandonados a manos mercenarias; van empezando a desamorarse de la madre, que no los ve, ni los educa, ni los mima. Mañana esos chicuelos serán hombres, y esas niñas, mujeres. Ellos sabrán que su madre fue una aventurera, y sentirán vergüenza. Ellas querrán amar y ser amadas; pero los hombres, que creen en la tradición del pecado y en el heredismo, las buscarán para perderlas y no querrán darles su nombre, por miedo de que lo prostituyan y lo afrenten.

Y todo eso será obra tuya. Estoy tentado de ir en busca de su esposo y traerle a este sitio. Ya adivino cómo es la alcoba en que te aguarda. Pequeña, cubierta toda de tapices, con cuatro grandes jarras de alabastro sosteniendo ricas plantas exóticas. Antes había dos grandes lunas en los muros; pero tu amante, más delicado que tú, las quitó.

Un espejo es un juez y es un testigo. La mujer que recibe a su amante viéndose al espejo, es ya la mujer abofeteada de la calle.

Pues bien: cuando tú estés en esa tibia alcoba y tu amante caliente con sus manos tus plantas, entumecidas por la humedad, tu esposo y yo entraremos sigilosamente, y un brusco golpe te echará por tierra, mientras detengo yo la mano de tu cómplice. Hay besos que se empiezan en la tierra y se acaban en el infierno.

Un sudor frío bañaba mi rostro. Afortunada mente habíamos llegado a la plazuela de Loreto, y mi vecina se apeó del vagón. Yo vi su traje: no tenía ninguna mancha de sangre. Nada había pasado; después de todo, ¿qué me importa que esta señora se la pegue a su marido? ¿Es mi amigo acaso? Ella sí que es una real moza. A fuerza de encontrarnos somos casi amigos. Ya la saludo.

Allí está el coche; ella entra en la iglesia. ¡Qué tranquilo debe estar su marido! Yo sigo en el vagón. ¡Parece que todos vamos tan contentos!

La balada de Año Nuevo

En la alcoba muelle, acolchonada y silenciosa, apenas se oye la blanda respiración del enfermito. Las cortinas están echadas; la veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen de la Virgen vela a la cabecera de la cama. Bebé está malo, muy malo... Bebé se muere...

El doctor ha auscultado el blanco pecho del enfermo; con sus manos gruesas toma las manecitas diminutas del pobre ángel, y frunciendo el ceño ve con tristeza al niño y a los padres. Pide un pedazo de papel; se acerca a la mesilla veladora y con su pluma de oro escribe... escribe. Solo se oye en la alcoba, como el pesado revoloteo de un moscardón, el ruido de la pluma corriendo sobre el papel, blanco y poroso. El niño duerme; no tiene fuerzas para abrir los ojos. Su cara, antes tan halagüeña y sonrosada, está más blanca y transparente que la cera; en sus sienes se perfila la red azulosa de las venas. Sus labios están pálidos, marchitos, despellejados por la enfermedad. Sus manecitas están frías como dos témpanos de hielo... Bebé está malo... Bebé está muy malo... Bebé se va a morir...

Clara no llora; ya no tiene lágrimas. Y luego, si llorara, despertaría a su pobre niño. ¿Qué escribirá el doctor? ¡Es la receta! ¡Ah, si Clara supiera lo aliviaría en un solo instante! Pues qué, ¿nada se puede contra el mal? ¿No hay medios para salvar una existencia que se apaga? ¡Ah!, sí los hay; sí debe haberlos; Dios es bueno; Dios no quiere el suplicio de las madres; los médicos son torpes, son desamorados; poco les importa la honda aflicción de los amantes padres: por eso Bebé no está aliviado aún; por eso Bebé sigue muy malo; ¡por eso Bebé, el pobre Bebé, se va a morir! Y Clara dice, con el llanto en los ojos:

-¡Ah! ¡Si yo supiera!...

La calma insoportable del doctor la irrita. ¿Por qué no lo salva? ¿Por qué no le devuelve la salud? ¿Por qué no le consagra todas sus vigilias, todos sus afanes, todos sus estudios? ¿Qué, no puede? Pues entonces de nada sirve la medicina: es un engaño, es un embuste, es una infamia. ¿Qué han hecho tantos hombres, tantos sabios, si no saben ahorrar este dolor al corazón, si no pueden salvar la vida a un niño, a un ser que no ha hecho mal a nadie, que no ofende a ninguno, que es la sonrisa, y es la luz, y es el perfume de la casa?

Y el doctor escribe, escribe. ¿Qué medicina le mandará? ¿Volverá a martirizar su carne blanca con esos instrumentos espantosos?

-No, ya no -dice la madre-; ya no quiero. El hijo de mi alma tuerce sus bracitos, se disloca entre esas manos duras que lo aprietan, vuelve los ojos en blanco, llora, llora mucho, ruega, grita, hasta que ya no puede, hasta que la fuerza irresistible del dolor le vence, y se queda en su cuna quieto, sin sentido y quejándose aún, en voz muy baja, de esos cuchillos, de esas tenazas, de esos garfios que le martirizan, de esos doctores sin corazón que tasajean su cuerpo, y de su madre, de su pobre madre, que lo deja solo. No, ya no quiero, ya no quiero esos suplicios. Me atan a mí también; pero me dejan libres los oídos para que pueda oír sus lágrimas, sus quejas. ¡Lo escucho y no puedo defenderlo!, ¡veo que lo están matando y lo consiento!

El niño duerme, y el doctor escribe, escribe.

-¡Dios mío, Dios mío! No quieras que se muera: mándame otra pena, otro suplicio; lo merezco. Pero no me lo arranques, no, no te lo lleves. ¿Qué te ha hecho?

Y Clara ahoga sus sollozos, muerde su pañuelo, quiere besarlo y abrazarlo -¡acaso esas caricias sean las últimas!-; pero el pobre enfermito está dormido, y su mamá no quiere que despierte.

Clara lo ve, lo ve constantemente con sus gran des ojos negros y serenos, como si temiera que al dejar de mirarlo se volara al cielo. ¡Cuántos estragos ha hecho en él la enfermedad! Sus bracitos, rechonchos, hoy están flacos, muy flacos. Ya no se ríen en sus codos aquellos dos hoyuelos tan graciosos, que besaron y acariciaron tantas veces. Sus ojos -negros, como los de su mamá- están agrandados por las ojeras, por esas pálidas violetas de la muerte. Sus cabellos rubios le forman como la aureola de un santito.

-¡Dios mío, Dios mío!, ¡no quiero que se muera!

Bebé tiene cuatro años. Cuando corre parece que se va a caer. Cuando habla, las palabras se empujan y se atropellan en sus labios. Era muy sano: Bebé no tenía nada; Pablo y Clara se miraban en él y se contaban por la noche sus travesuras y sus gracias, sin cansarse jamás. Pero una tarde Bebé no quiso corretear por el jardín; sintió frío; un dolor agudo se clavó en sus sienes y le pidió a su mamá que le acostara. Bebé se acostó esa tarde, y todavía no se levanta. Ahí están, a los pies de la cama, y esperándole, los botincitos, que todavía conservan en la planta la arena humedecida del jardín.

El doctor ha acabado de escribir, pero no se va. Pues qué, ¿le ve tan malo? El lacayo corre a la botica.

-¡Doctor, doctor!, ¿mi niño va a morirse?

El médico contesta, en voz muy baja:

-Cálmese usted; que no despierte el niño.

En ese instante llega Pablo. Hace quince minutos que salió de esa alcoba y le parece un siglo. Ha venido corriendo como un loco. Al torcer la esquina no quiso levantar los ojos, por no ver si el balcón estaba abierto. Llega, mira la cara del doctor y las manos enclavijadas de la madre; pero se tranquiliza: el ángel rubio duerme aún en su cuna -¡no se ha ido!-. Un minuto después, el niño cambia de postura, abre los ojos poco a poco y dice, con una voz que apenas suena:

-¡Mamá! ¡Mamá!...

-¿Qué quieres, vida mía? ¿Verdad que estás mejor? ¡Dime qué sientes! ¡Pobrecito mío! ¡Trae acá tus manitas, voy a calentarlas! Ya te vas a aliviar, alma de mi alma. He mandado encender dos cirios al Santísimo. La Madre de la Luz ya va a ponerte bueno.

El niño vuelve en derredor sus ojos negros, como pidiendo amparo. Clara lo besa en la frente, en los ojos, en la boca, en todas partes. ¡Ahora sí puede besarlo! Pero en esa efusión de amor y de ternura, sus ojos, antes tan resecos, se cuajan de lágrimas, y Clara no sabe ya si besa o llora. Algunas lágrimas ardientes caen en la garganta del niño. El enfermito, que apenas tiene voz para quejarse, dice:

-¡Mamá, mamá, no llores!

Clara muerde su pañuelo, los almohadones, el colchón de la cunita. Pablo se acerca. Es hora ya de que él también lo bese. Le toca ya su turno. Él es fuerte, él es hombre, él no llora. Y entretanto el doctor, que se ha alejado, revuelve la tisana con la pequeña cucharilla de oro. ¿Qué es el sabio ante la muerte? La molécula de arena que va a cubrir con su oleaje el océano.

-¡Bebé, Bebé, vida mía! Anímate, incorpórate. Hoy es Año Nuevo. ¡Ven! Aquí en tu manecita están las cosas que yo te fui a comprar en la mañana. El cucurucho de dulces, para cuando te alivies; el aro con que has de corretear en el jardín; la pelota de colores para que juegues en el patio. ¡Todo lo que me has pedido!

Bebé, el pobre Bebé, preso en su cuna, soñaba con el aire libre, con la luz del sol, con la tierra del campo y con las flores entreabiertas. Por eso pedía no más esos juguetes.

-Si te alivias, te compraré una carretela y dos borregos blancos para que la arrastren... ¡Pero alíviate, mi ángel, vida mía! ¿Quieres mejor un velocípedo? ¿Sí...? Pero ¿si te caes? Dame tus manos. ¿Por qué están frías? ¿Te duele mucho la cabeza? Mira, aquí está la gran casa de campo que me habías pedido...

Los ojos del enfermito se iluminan. Se incorpora un poco y abraza la gran caja de madera que le ha traído su papá. Vuelve la vista a la mesilla y mira con tristeza el cucurucho de los dulces.

-Mamá, mamá, yo quiero un dulce.

Clara, que está llorando, a los pies de la cama, consulta con los ojos al doctor; este consiente, y Pablo, descolgando el cucurucho, desata los listones y lo ofrece al niño. Bebé toma con sus deditos amarillos una almendra, y dice:

-Papá, abre tu boca.

Pablo, el hombre, el fuerte, siente que ya no puede más; besa los dedos que ponen esa almendra entre sus labios y llora, llora mucho.

Bebé vuelve a caer postrado. Sus pies se han enfriado mucho; Clara los aprieta con sus manos y los besa. ¡Todo inútil! El doctor prepara una vasija bien cerrada y llena de agua casi hirviente. La pone en los pies del enfermito. Este ya no habla, ya no mira, ya no se queja; nada más tose, y de cuando en cuando dice, con voz apenas perceptible:

-¡Mamá, mamá, no me dejen solo!

Clara y Pablo lloran, ruegan a Dios, suplican, mandan a la muerte, se quejan del doctor, enclavijan las manos, se desesperan, acarician y besan. ¡Todo en vano! El enfermito ya no habla, ya no mira, ya no se queja: tose, tose. Tuerce los bracitos como si fuera a levantarse, abre los ojos, mira a su padre, diciéndole: «¡Defiéndeme!», vuelve a cerrarlos... ¡Ay! Bebé ya no habla, ya no mira, ya no se queja, ya no tose; ¡ya está muerto!

Dos niños pasan riendo y cantando por la calle:

-¡Mi Año Nuevo! ¡Mi Año Nuevo!

La hija del aire

Pocas veces concurro al Circo. Todo espectáculo en que miro la abyección humana, ya sea moral o física, me repugna grandemente. Algunas noches hace, sin embargo, entré en la tienda alzada en la plazoleta del Seminario. Un saltimbanco se dislocaba haciendo contorsiones grotescas, explotando su fealdad, su desvergüenza y su idiotismo, como esos limosneros que, para estimular la esperada largueza de los transeúntes, enseñan sus llagas y explotan su podredumbre. Una mujer -casi desnuda- se retorcía como una víbora en el aire. Tres o cuatro gimnastas de hercúlea musculación se arrojaban grandes pesos, bolas de bronce y barras de hierro. ¡Cuánta degradación! ¡Cuánta miseria! Aquellos hombres habían renunciado a lo más noble que nos ha otorgado Dios: al pensamiento. Con la sonrisa del cretino ven al público que patalea, que aúlla y que les estimula con sus voces. Son su bestia, su cosa. Alguna noche, en medio de ese redondel enarenado, a la luz de las lámparas de gas y entre los sones de una mala murga, caerán desde el trapecio vacilante, oirán el grito de terror supremo que lanzan los espectadores en el paroxismo del deleite, y morirán bañados en su propia sangre, sin lágrimas, sin piedad, sin oraciones.

Pero lo que subleva más mis sentimientos es la indigna explotación de los niños. Pocas noches hace, cayó una niña del caballo que montaba y estuvo a punto de ser horriblemente pisoteada. ¿Recordáis a la pobrecita hija del aire que vino al mismo circo un año hace? Todavía me parece estarla viendo: el payaso se revuelca en la arena, diciendo insulsas gracejadas; de improviso miro subir por el volante cable que termina en la barra del trapecio a un ser débil, pequeño y enfermizo. Es una niña. Sus delgados bracitos van tal vez a quebrarse; su cuello va a troncharse y la cabeza rubia caerá al suelo, como un lirio cuyo delgado tallo tronchó el viento. ¿Cuántos años tiene? ¡Ay!, ¡es casi imposible leer la cifra del tiempo en esa frente pálida, en esos ojos mortecinos, en ese cuerpo adrede deformado! Parece que esos niños nacen viejos.

Ya se encarama a los barrotes del trapecio, ya comienza el suplicio. Aquel cuerpo pequeño se descoyunta y se retuerce; gira como rehilete, se cuelga de la delgada punta de los pies, y, por un milagro de equilibrio, se sostiene en el aire, detenido por los talones diminutos que se pegan a la barra movediza. A ratos, solo alcanzo a ver una flotante cabellera rubia, suelta como la de Ofelia, que da vueltas y vueltas en el aire. Diríase que la sangre huye espantada de ese frágil cuerpo, que tiene la blancura de los asfixiados y se refugia únicamente en la cabeza. El público aplaude... Ninguna mujer llora. ¡He visto llorar a tantas por la muerte de un canario!

Cuando acaba el suplicio, la niña baja del trapecio, y, con sus retratos en la mano, comienza a recorrer los palcos y las gradas. Pide una limosna. Pasa cerca de mí: yo la detengo.

-¿Estás enferma?

-No; pero me duele mucho...

-¿Qué te duele?

-Todo.

La luz de sus pupilas arde tenuemente como la luz de una luciérnaga moribunda. Sus delgados labios se abren para dar paso a un quejido, que ya no tiene fuerzas de salir. Sus bracitos están flacos, pálidos, exangües. Es la hija del dolor y de la tristeza. Así, tan pálida y tan triste era la niña que miré agonizar, y cuya imagen quedó grabada para siempre en mi memoria. La infancia no tiene para ella tintes sonrosados, ni juegos, ni caricias, ni alegrías. No: no es el alma que viene, es el alma que se va.

Di, pobre niña, ¿qué, no tienes madre? ¿Naciste acaso de una pasionaria, o viniste a la tierra en un pálido rayo de la luna? ¡Si tuvieras madre, si te hubieran arrebatado de sus brazos, ella, con esa adivinación incomparable que el amor nos da, sabría que aquí llorabas y sufrías; traspasando los mares, las montañas, vendría como una loca a libertarte de esta esclavitud, de este suplicio! No, no hay madres malas, es mentira. La madre es la proyección de Dios sobre la tierra. Tú eres huérfana.

¿Por qué no moriste al punto de nacer? ¿Por qué recorres con los pies desnudos ese duro país del sufrimiento? Di, pobre niña: ¿qué, tú no tienes ángel de la guarda? Estás muy triste: nadie endulza tu tristeza. Estás enferma: nadie te cura ni te acaricia blandamente. ¡Ah!, ¡cómo envidiarás a esas niñas felices y dichosas que te vienen a ver, al lado de sus padres! ¡Ellas no han sentido cómo la recia mano de un gimnasta desalmado quiebra los huesos, rompe los tendones y disloca las piernas y los brazos, hasta convertirlos en morillos elásticos de trapo! Ellas no han sentido cómo se encaja en la carne viva el látigo del adiestrador que te castiga. Para ellas no hay trabajo duro; no hay vueltas ni equilibrios en la barra fija. ¡Tienen madre!

Di, pobre niña: ¿Por qué no te desprendes del trapecio para morir siquiera y descansar? Tú, enferma, blanca, triste, paseas lánguidamente tu mirada. ¡Cómo debes odiarnos, pobre niña! Los hombres -pensarás- son monstruos sin piedad, sin corazón. ¿Por qué permiten este cruentísimo suplicio? ¿Por qué no me recogen y me dan, ya que soy huérfana, esa madre divina que se llama la santa Caridad? ¿Por qué pagan a mis verdugos y entretienen sus ocios con mis penas? ¡Ay, pobre niña!, tú no podrás quejarte nunca a nadie. Como no tienes madre en la tierra, no conoces a Dios y no le amas. Te llaman hija del aire; si lo fueras, tendrías alas; ¡y si tuvieras alas, volarías al cielo!

¡Pobre hija del aire! ¡Tal vez duerme ahora en la fosa común del camposanto! La niña mártir de la temporada no trabaja en el trapecio, sino a caballo. Todo es uno y lo mismo.

Oigo decir con insistencia que es preciso ya organizar una sociedad protectora de los animales. ¿Quién protegerá a los hombres? Yo admiro esa piedad suprema que se extiende hasta el mulo que va agobiado por el peso de su carga, y el ave cuyo vuelo corta el plomo de los cazadores. Esa gran redención que libra a todos los esclavos y emprende una cruzada contra la barbarie, es digna de aprobación y de encarecimiento. Mas ¿quién libertará a esos pobres seres que los padres corrompen y prostituyen, a esos niños mártires cuya existencia es un larguísimo suplicio, a esos desventurados que recorren los tres grandes infiernos de la vida: la Enfermedad, el Hambre y el Vicio?

Historia de una corista

CARTA ATRASADA

Para edificación de los gomosos entusiastas que reciben con laureles y con palmas a las coristas importadas por Mauricio Grau, copio una carta que pertenece a mi archivo secreto y que -si la memoria no me es infiel- recibí, pronto hará un año, el día mismo en que la troupe francesa desertó de nuestro teatro.

La carta dice así:

«Mon petit Cochon bleu:

Con el pie en el estribo del vagón y lo mejor de mi belleza en la maleta, escribo algunas líneas a la luz amarillenta de una vela hecha a propósito por algún desastrado comerciante para desacreditar la fábrica de la Estrella. Mi compañera ronca en su catre de villano fierro, y yo, sentada en un cajón, adonde va a sumergirse muy en breve el último resto de mi guardarropa, me entretengo en trazar garabatos y renglones como ustedes los periodistas, hombres que, a falta de Champagne y de Borgoña, beben a grandes sorbos ese líquido espeso y tenebroso que se llama tinta. Acaba de terminar el espectáculo, y tengo una gran parte de la noche a mi disposición. Yo, acostumbrada a derrochar el capital ajeno, despilfarro las noches y los días, que tampoco me pertenecen: son del tiempo.

Si hubiera tenido la fortuna de M. Perret, mi compañero; si la suerte, esa loca, más loca que nosotras, me hubiera remitido en forma de billete de la lotería dos mil pesos, ¡diez mil francos!, no hubiera tomado la pluma para escribir mis confesiones. Los hombres escriben cuando no tienen dinero, y las mujeres cuando quieren pedir algo.

A falta, pues, de otro entretenimiento, hablemos de mi vida. Voy a satisfacer la curiosidad de usted, por no mirarle más tiempo de puntillas asomándose a la ventana de mi vida íntima. La mujer que, como yo, tiene el cinismo de presentarse en el tablado con el traje económico del Paraíso, puede perfectamente escribir sin escrúpulos su biografía.

No sé en dónde nací. Presumo que mis padres, un tanto cuanto flacos de memoria, no se acordaron más de mí unas cuantas semanas después de mi nacimiento. Todos mis recuerdos empiezan en el ahumado cubil que vio correr mis primeros años, en compañía de una vieja, cascada y sesentona, que desempeñaba oficios de acomodadora en un pequeño teatro parisiense. ¿Por qué me había recogido aquella buena mujer? Jamás pude saberlo, aunque sospecho que en esta buena acción había tenido poquísimo que ver la caridad.

Yo cuidaba de la cocina y hacía invariablemente cuantos remiendos eran necesarios en el deshilachado guardarropa de mi protectora. Algunos pellizcos y otros tantos palmetazos eran la recompensa de mis afanes diarios. Comíamos mal y se dormía peor, porque si el espectáculo terminaba después de media noche, y yo esperaba puntualmente la vuelta de la acomodadora, tenía, en cambio, que ponerme de pie en cuanto el alba rayaba, para aderezar, como Dios me daba a entender, el pobre almuerzo y arreglar los vetustos menesteres de la casa.

Muy pocas veces iba al espectáculo. Mi protectora temía, fundadamente, que el trato con la gente de teatro malease mis costumbres. Pero conforme iba creciendo crecían también mis ambiciones. El tugurio en que vivíamos sofocaba mis instintos de independencia y de alegría. Un joven iluminador que vivía pared por medio de mi buhardilla me había hecho conocer que era bonita.

Cumplí diez años, doce, quince, y una mañana alegre de septiembre lie con precaución una maleta, puse en ella los chillantes guiñapos con que solía vestirme en día de fiesta, y sin esperar la vuelta de madame Ulises, falta de otra cosa que tomar, tomé la puerta.

Puntos suspensivos.

Si tiene usted el hilo de Ariadna, sígame como pueda en el gran laberinto parisiense. Si no lo tiene, ni es sobrado hábil para marear costeando los escollos, confórmese con seguirme desde lejos cuando aparezca de nuevo a flor de tierra. Víctor Hugo ha dicho:

   En los zarzales de la vida deja

alguna cosa cada cual: la oveja

su blanca lana, el hombre su virtud.



En donde dice hombre ponga usted mujer: es una simple corrección de erratas.

Heme de nuevo aquí, ya menos pobre, después de mis excursiones subterráneas. Las puertas de un teatro se abren a mi belleza en formación y el cielo de las bambalinas cubre con sus harapos mi descoco. El empresario era un hombre gotoso, enfermo y sucio, que pagaba perfectamente mal a todas las infelices figurantas. Con lo que yo ganaba en aquel teatro podía comprar tres pares de botines y algunas cuantas cajas de cerillos. Pero esta era una cuestión completa mente secundaria. Yo no aspiré jamás a vivir, como artista, del teatro. Apenas sabía leer; mis grandes conocimientos musicales hubieran atraído sobre mi cabeza un aguacero de patatas cocidas.

O el arte no se había hecho para mí, o yo no había nacido para el arte. Lo único que buscaba en el teatro era a manera de la exposición permanente y bien situada de un aparador aristocrático, Cuando la mujer se resuelve a hacer de su belleza un negocio por acciones, el mercado mejor es un teatro.

Los que nada conocen ni saben de los bastidores se figuran que la puerta de ese jardín de las Hespéridas está muy bien guardada por dragones y endriagos fabulosos. En ese paraíso... de Mahoma, por supuesto, al revés de todo otro paraíso, es libre la entrada para los pecadores.

Yo, sin embargo, perdida como un átomo en la masa color de rosa de los coros, vivía penosa mente, codeada por la miseria, víctima de las privaciones.

Mi belleza, magnífica y extraordinaria para el pobre iluminador, mi exvecino, pasaba inadvertida en aquel teatro, como la pieza de raso, azul o blanco, pasa también inadvertida en la gran tienda llena de encajes, seda y telas de oro. La competencia era temible. Como la esposa de Malborough desde lo alto de su torre, yo esperaba, no el regreso, sino la aparición de alguno que no conocía aún.

Pero ¡ay!, ningún príncipe ruso, ningún lord inglés se puso a la vista en esa larga temporada. Yo supongo que los príncipes rusos son unos entes imaginarios que solo han existido en el cerebro hueco de los novelistas. El dinero se iba alejando de mí, como las golondrinas cuando llega el invierno y los amigos cuando llega la pobreza.

Mi antigua protectora se acordó de mí. Me hizo proposiciones ventajosas, y seducida por sus grandes promesas, vine a América, el país del oro. Los yanquis, que conocen admirablemente todas las mercancías, con excepción de la mujer, me tomaron por una verdadera parisiense. En Nueva York se cena.

Hay rostros colorados y sanguíneos que valen diez millones, y espantosas levitas abrochadas que encierran una fortuna en la cartera. Yo no hablo inglés; pero ellos hablan oro. Para contestarles bastábame una palabra solo del vocabulario:

Yes.

Los americanos son los únicos hombres que hablan en plata.

La Habana es un país privilegiado. Hace mucho calor. Los negros sirven para hacer resaltar la blancura hiperbórea de las europeas.

Hay hombres que a fuerza de vivir entre panes de azúcar se acostumbran a desmigajar su fortuna como un terrón puesto dentro del agua. Pero la Habana es el país del azúcar y Nueva York es el país del oro. No me habléis de las razas ni de las figuras: no hay hombres más gallardos que los yanquis.

Mis impresiones de viaje tocan a su término. Ya estamos en México. Me habían dicho que esta era la tierra de la primavera. Yo, sin embargo, no la he visto más que en el exuberante corsé de la Leroux y en los ramos que manda comprar todas las noches el director de orquesta. Me esperaba ver correr arenas de oro por las calles, como corrían entre las ondas del Pactolo; por desgracia, no he hallado más que periodistas complacientes, amigos que suelen cenar de cuando en cuando, y elegantes gomosos que nos tratan como si fuéramos damas del Faubourg Saint-Germain. Es una simple equivocación: Notre Dame de Lorette queda más lejos.

Cada noche me miro cortejada entre los bastidores por una turba de elegantes y de pollos que me hablan con la cabeza descubierta, tirando escrupulosamente el cigarro para no molestarme con el humo. Y todos se disputan mis sonrisas, me dirigen mil flores que transcienden al hotel Rambouillet y -¡oh colmo de los colmos!- hasta me escriben cartas. Los más audaces de ellos suelen invitarme a tomar una grosella o un champagne... vermouth. Me encuentran en las calles, y apartándose, corteses, para cederme la acera, se quitan el sombrero. Algunos calaveras me han besado la mano.

Aquí tampoco hay príncipes rusos. Pero, en cambio, llevo una completa colección de autógrafos, a cual más precioso. Esta ha sido la primera ciudad en que me tratan como se trata a una señorita. Ya verá usted si tengo razón para estar agradecida».


Fantasías y viajes

Crónicas color de rosa

Febrero 5 de 1882

[...] Gaiffer!

Ne creuse point plus bas, tu trouverais l’enfer.


(Víctor Hugo)




No, yo no haré esta vez mi crónica color de rosa. He perdido mi capital de buen humor, y estoy enfermo. Voy a escribir la crónica color de sombra; negra como los ojos que yo adoro y como las trenzas de Graziella.

La música es una amante dócil y obediente que se somete a todos los caprichos, como la odalisca que para complacer a su señor le ciñe el cuello con el collar divino de sus brazos, o guarda su reposo en actitud discreta, refrescando la atmósfera con su abanico. Llega a nosotros de puntillas, para no despertarnos si dormimos; toca a nuestra puerta y nos pregunta: «¿Qué sentimientos quieres que despierte en ti?». Por eso ayer reímos con la misma armonía con que hoy lloramos. La música no se impone, no domina: es el lenguaje que se acomoda a todas las pasiones; la lengua del león, que a fuerza de acariciar lamiendo el pie de su señor, hace una llaga. En una misma nota piensa Fausto, solloza Margarita y ríe Mephisto.

Si hubiera estado alegre, habría reído como un loco ante las cabriolas salvajes de Boulotte y los furores cómicos de Barba Azul. Pero estaba triste, profundamente triste, y mientras brotaban, alharaquientas, de la orquesta, las canciones báquicas y las canciones offenbáquicas, yo pensaba, no en los grotescos personajes que veía en el escenario, sino en la triste, en la vaga, en la romántica leyenda de Barba Azul.

Barba Azul es uno de los personajes con quienes trabamos amistades desde niños. Su figura torva y pavorosa está en el primer libro que leemos. Viene a nosotros con las heroínas y los héroes de esas leyendas sobrenaturales que se refieren a los niños por la noche, para que la audición de lo maravilloso los consuele de haber venido al mundo. Viene con Aladino, el mozo apuesto cuya lámpara maravillosa se asemeja a la antorcha de la fe; con Alí-Baba, el arquetipo de los bandoleros; con esa pobre, esa humilde, esa infeliz caperucita roja, a quien el ogro aprieta entre sus brazos musculosos; con todos los dioses y semidioses de ese olimpo que se extiende entre la selva donde Macbeth vio a las brujas y las brumas opalinas del Brocken. Barba Azul, como Judas, recibe las primicias de nuestro odio.

Los niños de hoy leen poco esas leyendas. Los cuentos de hadas se han modificado como las magias. La vara de marfil se ha convertido en una caña imantada, y Morgana, el hada extraordinaria, ha aprendido matemáticas. Los niños de hoy que reciben una educación más acertada, leen la historia de Robinsón, ese poema de la voluntad, y recorren los países inexplorados con los héroes de Julio Verne. Ya no viajan por el país azul de los sueños; su caballo no tiene alas; está movido por vapor.

Yo, sin embargo, pienso con delicia en esos cuentos que escuché de niño, y cuyo simbolismo comprendí más tarde. La leyenda es la forma popular del pensamiento en la Edad Media. Esos sencillos cuentos que entretenían nuestros ocios, de niños, entretuvieron y consolaron a todo un pueblo. El vasallo, el siervo y el esclavo se consolaron de las congojas y asperezas de la realidad con el dorado mundo de los sueños. Vivía durmiendo. Todos le rechazaban; él, encorvado sobre la gleba, sufría solo, y cuando sonaba la última hora del trabajo, iba a cerrar los ojos a su choza para no ver los seres y las cosas, y viajar por el mundo de las quimeras y de las idealidades. Así nació la mística leyenda de oro. Los pobres, los humildes, los menesterosos, se consolaban con la contemplación de esos santos que llegaron al cielo con las plantas desangradas, miserables y desnudos. La Iglesia los alentaba y les decía: «El camino del cielo es un camino de dolores». Esa esperanza inmensa fue como el alimento de su alma. El ala del sueño los llevaba a Dios. La leyenda les daba a comer su cuerpo y a beber su sangre.

Los cuentos de hadas nacen, cuando hombres y mujeres dejan el comutismo grosero de la villa y empieza a determinarse la santa idea de la familia. La villa era como el ergastulum de los antiguos: una mezcla promiscua de hombres y mujeres. Su moral era idéntica a la moral de los patriarcas, que creían cometer pecado uniéndose en matrimonio con una extranjera, y no permitían más que el consorcio entre parientes. Los Penitenciarios de aquel tiempo, en los que se refieren por menor los pecados vulgares, conservan el recuerdo de estas épocas. La idea de la familia no nació hasta que el hombre, como el ave, pudo hacer un nido. Entonces murió la hembra y apareció radiante la mujer.

Ya está sola; ya tiene una cabaña hecha de tablones mal unidos, por cuyas rendijas se cuela silbando el viento de invierno; ya tiene hogar, ya tiene un banco, un lecho y un cofre.

   Trois pas du coté du banc,

trois pas du coté du lit,

trois pas du coté du coffre,

et troit pas Revenez ici1.



En ese hogar naciente y miserable nace la leyenda. En los rincones está el duende familiar. Encima de la cama revolotean las hadas por la noche. El esclavo que vive en la indigencia busca con la imaginación un mundo de servidores obedientes. Las hadas eran trabajadoras; todavía se dice: cose como una hada. Mientras la mujer hila en su tosco huso, los duendes y las hadas vuelan en su torno. ¿Quiénes eran las hadas? Unas reinas de Galia, que no quisieron reconocer a Jesucristo, y que están condenadas a vivir mientras el mundo exista. ¡Triste pena! Antes eran enormes; hoy son diminutas, como la reina Mab, cuya carroza regia está hecha en una cáscara de nuez. Las kowriggwans -hadas enanas- son las reinas de ese brumoso mundo sobrenatural.

Seguid la filiación de esos maravillosos cuentos de hadas. Cada uno nace de un dolor y de una lágrima. El dolor ha creado el arte en todas sus manifestaciones y sus formas. Seguid el curso de los ríos, y llegaréis al océano, Seguid la historia de la leyenda, y llegaréis al corazón del pueblo. Ese ogro que devora a los pequeños no es más que el símbolo popular de las terribles Hambres que asolaron, como un viento de muerte, en la Edad Media. Esos diamantes que adornan como estalactitas la corona de Aladino, son las cristalizadas lágrimas del pueblo. Sueña el ciego que ve y el pobre que posee. Ansia de amor sobrecoge sus almas, y crean ese admirable cuento de la Hermosa durmiente que les aguarda en el silencio de los bosques. Miran en torno suyo y ven a la mujer afeada por el trabajo y la miseria; entonces, para redimirla, para purificarla, inventan esa fábula doliente de una hermosa oculta bajo la forma de una bestia. Todos persiguen con la vista las curvas que dibuja en el espacio el Pájaro azul, esto es, el ideal. Todos repiten como un coro aquella exclamación de Rückert: ¡Alas! ¡Alas! Allí está el ahogado dolor de la aldeana, a quien dice el corazón: Debes ser bella para agradar a tu señor; y a quien responde el ondulante espejo del arroyo: ¡Tú eres fea! Ahí está la congoja del vasallo que riega de sudores y llanto el terruño, pero que tiene un alma, ¡alma que sueña con las erguidas castellanas de vistosos trajes que atraviesan en su caballo blanco la llanura!

Es el antiguo idilio del Oriente; la rosa que se enamora del ruiseñor; la cosa inmóvil enamorada de la cosa alada. Pero aquí la rosa no tiene espléndido matiz; está desnuda de hojas, y el ruiseñor es un ave cobarde de rapiña. Ahí está escrita la eterna aspiración al ideal. La imaginación, macerada por el ayuno, es la que crea mejor palacios fabulosos.

Los hambrientos son los autores del mundo sobrenatural. Toda esa riqueza, todas esas pedrerías que abundan en las leyendas y en los cuentos, fueron creadas por un pueblo que carecía de pan y carecía de amor; forman la historia de su aspiración. Por eso vemos cómo en la leyenda, la esclava ama tanto que llega a ser amada; y el Monstruo se enamora de tal suerte, que se vuelve hermoso.

Esas leyendas marcan también las injusticias y las ignominias. La compasión popular desciende como un rocío sobre el dolor. Ahí está la madrastra que golpea a la niña Cenicienta, y la garrida castellana presa en las redes del feroz Barón. Todo lo que sufre y todo lo que llora tiene cabida en esas narraciones. Los animales, en los cuentos de hadas, tienen alma también, como nosotros. Leed el cuento de Piel de asno. Creeríase escrito por Michelet. La redención sublime del amor alcanza a todos. La leyenda es la historia de la Edad Media contada por la mujer.

La historia de Barba Azul es una de las formas del matrimonio en la Edad Media: el matrimonio del señor feudal con la vasalla. La antigüedad de esta leyenda se remonta al siglo XIV. En los siglos anteriores, la vasalla no tenía entrada a la alcoba de su señor por la puerta del matrimonio. La mujer de la nobleza era la digna hembra del señor feudal. Tenía su corte de amantes, como Leonor de Guyenna, y usaba en su tocado dos cuernos. Las hijas de Felipe el Hermoso son las personificaciones del carácter de la mujer en aquel tiempo. Isabel hace que sus amantes asesinen al marido. Pero, al lado de estas euménides de la concupiscencia, aparece la plebe ya que puede convertirse ya en señora del Barón. Dos leyendas ponen de relieve la resignación de la mujer y la crueldad del marido en estos matrimonios: Grisélides y Barba Azul. Las mujeres de la nobleza decían: «El amor entre marido y mujer es imposible». Grisélides, a todos los insultos y a todos los ultrajes contestaba: ¡Te amo! Era el alma nueva que iba a purificar el mundo antiguo.

Barba Azul es el señor feudal que pisotea todas las leyes y que piensa defenderse de Dios con sus mesnadas.

Las mujeres que mata no pueden ser iguales suyas; son invariablemente sus vasallas. Si fueran sus iguales, cada asesinato traería una vergüenza, y Barba Azul queda constantemente impune. No es un hombre; es un apetito. Su amor digiere mil mujeres por año. Barba Azul es la forma lasciva del feudalismo.

Piensan algunos que esa leyenda es la historia de Gille de Retz, juzgado por hechicero en el siglo XV y condenado a morir entre las llamas. En la torre de Gille de Retz se hallaron las osamentas de ciento cuarenta niños que él mató para satisfacer sus concupiscencias y operar sortilegios. Sin embargo, la leyenda de Barba Azul existía ya en aquellos tiempos. Para mí no es la historia de un personaje determinado; es la cifra y compendio del feudalismo. Es el don Juan Salvaje, el don Juan por derecho de conquista.

Sería curioso delinear la historia de estos gran des devoradores de mujeres, explicando las diversas figuras populares y legendarias que han tomado, según el momento histórico en que se examinen.

Don Juan -dice Saint Víctor- no es un libertino vulgar. Es la aspiración encarnada, el entusiasmo hecho hombre, el enamorado errante que busca por el mundo la querida sublime de sus sueños, y que pisa con planta desdeñosa los mil y tres escalones -mille e tre- de una escala de mujeres, para llegar a esa forma perfecta que le abre los brazos en el fondo de las nubes. El vicio ha profanado su cuerpo; pero un deseo celeste habita en su corazón. Una fuerza fatal le impele por ese camino de atentados y de seducciones. Engaña sin mentira; abandona sin traición, sin cobardía. Los corazones que desgarra esta ave de presa del amor le dirían de buen grado lo que dice la cabeza cortada del Klephta al águila que la devora: «Come, ¡oh pájaro!; nútrete con mi juventud, nútrete con mi bravura, que tu ala y tu garra crecerán». Don Juan es el deseo insaciable e impaciente, que ninguna copa llena, que ningún amor satisface, que teniendo muy alto su ideal, ha menester las alas del ángel para llegar a él, y que desesperado de alcanzarle, se revuelca en el fango, con los ojos clavados en su visión inaccesible.

Lovelace desdeñaba las conquistas fáciles y solo perseguía a las mujeres inaccesibles. El amor en Lovelace no es una pasión: es el instinto de la lucha, la necesidad de vencer. Su divisa es la del romano de Virgilio: «Abatir a los soberbios». Yo amo la oposición, dice en alguna parte. I love opposition. La resistencia lo exalta, el obstáculo lo excita, la seducción es para él una guerra que tiene su plan y sus reglas, y cuyas maniobras deben tender a la capitulación de la mujer, como la táctica del capitán a la derrota del enemigo. Así, cuando Clarisse Harlowe se le presenta tan impregnada de virtud como él de vicio, revestida de la estricta armadura del deber, provista de las armas que dan la vigilancia y la prudencia, resuelta a morir primero que caer, ¡con qué ímpetu tan ardoroso ataca a ese adversario digno de él! ¡Qué obsesión tan tenaz! ¡Qué máquina de ardides y de astucias! ¡Todas las bellezas del universo alineadas a su paso no le arrancarían ni una mirada! ¡Clarisse es para él la mujer única, la idea fija, el único ser que puede desearse! La pone cerco, conforme a la estrategia, como si pusiera cerco a una ciudad, con minas, contraminas y circunvalaciones infinitas. Mueve él solo para conquistarla, más estratagemas, más prestigios, que el infierno mismo para conquistar a San Antonio. Por malvado que sea, un hombre tan soberbio llega a cautivar la atención y el interés de todos. Se le admira, se le teme como a un tigre real, nacido para el ardid y la destrucción. Y tanto, que no parece ridículo cuando dice que se cree igual al César, y que solo por capricho limita sus conquistas al mundo femenino. ¡Maldito sea -exclama- si soy capaz de unirme a la primera princesa de la tierra, sabiendo, o simplemente imaginándome, que vaciló un momento entre un emperador y yo!

Octavio de Parisis, el don Juan Parisiense, carece de esta épica soberbia. No es más que un voluptuoso indolente, cuyos deseos jamás tienen los arranques del amor. Su poeta le hizo demasiado irresistible; las más grandes conquistas le cuestan apenas unas cuantas escaramuzas; no tienen más que el trabajo de dejarse querer. Los corazones caen cocidos y guisados en la alforja de este cazador de alcoba. La pasión no acompaña a su fortuna, rápida como una sonrisa. Toma a las mujeres, las pierde, las recoge, las arroja con una ligereza implacable. No son en sus manos más que unos juguetes efímeros. El remordimiento cosquillea apenas su indiferente escepticismo, pero nunca lo muerde.

Octavio entierra a sus víctimas bajo la ceniza de sus tabacos, entre un suspiro y un epigrama. Arroja sus queridas pasadas al olvido, como los sultanes de la antigua Turquía arrojaban sus odaliscas al Bósforo. Estas víctimas, muertas en el campo del deshonor, le inspiran una lástima igual a la que siente el general triunfante por los soldados muertos en la lucha.

¿Será Barba Azul la forma de don Juan en la Edad Media? No hay en él amor, no hay aspiración al ideal, no hay lucha ni combate; no hay más que deseos. Como ser organizado, es inferior al conejo y al cerdo de la India. Es, sin embargo, un ser rigurosamente histórico. Barba Azul es el castellano que usa de ese derecho odioso que los franceses llaman el derecho del señor, y los españoles el derecho de pernada. En esta historia, sin embargo, hay otra cosa que estudiar. El castellano no recibe ya a la plebeya para deshonrarla simplemente: la hace su esposa y la mata en seguida. La dignidad de la mujer sube una grada más. No es una cosa; es una víctima. A medida que la dignidad de la mujer vaya creciendo, las costumbres se irán suavizando. El mundo se ha perfeccionado por el amor. Después, Barba Azul no matará ya a sus mujeres. Hércules habrá caído a los pies de Onfalia. Caperucita amarra los brazos del ogro.

Todo el horror que inspiraba el feudalismo solloza y llora en esa historia. Para ponerla en música se necesitaría anotar el rumor de las cadenas y el chasquido de los látigos. Gaïffer, el castellano de una leyenda que creó Víctor Hugo, manda cavar un foso al pie de su castillo. -¡Quiero saber sobre qué cimientos descansa mi fortaleza! -dice el castellano. Los obreros trabajan ocho días: el foso es más profundo que los de Cataluña y de Guyenna. Al cabo de ese tiempo se descubre una roca y un cadáver. En la roca está escrito este nombre: Barrabás. Y cavan todavía: transcurre otra semana y aparece un esqueleto cuya mano descarnada aprieta aún unos cuantos dracmas de oro: ¡Judas! Y cavan más: el tiempo pasa y se descubre un cuerpo disyecto, en cuyo cráneo enorme está escrito con letras de fuego este letrero: ¡Caín! Y cavan más. El hacha no encuentra piedras ya: se llena el foso de retorcidas víboras de fuego, y una voz exclama: -Gaïffer: no caves más: ¡has llegado a la puerta del infierno!

Ese es el castillo de Barba Azul. Ese es el feudalismo.

Febrero 26 de 1882

Lo primero que se me ocurre al presenciar en nuestras calles el desfile de los carruajes y de los jinetes en la tarde de Carnaval, es hacerme a mí mismo esta pregunta: ¿Qué, para proteger a esos cuatro barrenderos de peluquería que han escondido sus harapos de trastienda bajo los pliegues de un raído dominó; para mirar los rostros enharinados de esos mozos de café que azotan el aire con las mangas enormes de pierrot, se han apostado los gendarmes con espada en mano, se ha puesto en movimiento la ciudad y ha caído sobre el lodoso pavimento de las calles ese lujo de riego que solo se permite el municipio en días como este? La multitud desciende por las grandes avenidas con el rumor de la marea que sube; los caballos caracolean; los coches pasan con el sonoro ruido de los muelles nuevos; y sube confusamente a los balcones, coronados de cabezas rubias, blancas, negras y parduzcas, ese rumor de fiesta en que se mezclan relinchos de corcel, giros de ruedas, gritos de vendedores, risas de pilluelos, el estruendo creciente de los pasos y las voces cobrizas de las máscaras. Esto no es precisamente le monde ou l’on sennui de Pailleron, ni tampoco le monde ou l’on s’amuse; este es más bien le monde ou l'on s’ettouffe. El sol lanza sus resplandores metálicos a las fachadas blancas de las casas, y las héticas hojas de los árboles, como las manos de Mme. Privat, apenas se mueven. Yo no concibo qué placer puede encontrarse en este hervidero humano, que produce el olor corrompido de las carnes oliscadas. Los codos de los transeúntes, duros y angulosos, se encajan como cuñas en mi cuerpo; yo aspiro a convertirme en chimenea, y arrojo enormes bocanadas de humo, para formarme a modo de una atmósfera especial que me precava de ese imposible olor a podredumbre; siento el mareo y busco inconscientemente el agrio limón que debiera poner entre mis labios; los barrenderos de peluquería y los mozos de café siguen paseando en sus carretelas destartaladas... ¡Pobres insensatos!, ¡han creído de buena fe que se divierten!

¡Oh, si pudiera tender el vuelo a las copas redondas de los fresnos, acurrucarme en el deshilvanado y descosido manto de sus hojas, y, hecho tres dobleces, observar desde allí, con los ojos de lechuza, esta gran procesión de vanidades, vestidas con el traje del domingo! Advierto que en los fiacres y en los humildes alquilones reina alegría mayor que en los carruajes elegantes. Los niños se asoman por las portezuelas, chupando un morillo de transparente caramelo; la mamá, como una Ceres de obrador, llena con su enagua almidonada y su vistoso traje de moiré todo el carruaje; y el padre, con su levita nueva y su chistera, que renovó la plancha ayer mañana, saca de cuando en cuando la cabeza, como diciendo con mal oculta satisfacción: ¡todo esto es mío! De aquella arca de Noé salen exclamaciones de alegría, risas perladas y gritos infantiles de estupor.

Los coches elegantes son más serios. El señor va tan serio y tan grave como su lacayo. Los niños han aprendido a no reírse. Todos conservan posiciones rectilíneas e inflexibles. Los cuerpos parecen de cartón y los brazos de acero. Cuando saludan, creeríase que un titiritero oculto mueve las pitas de cáñamo y levanta las manos de cabritilla hasta que tocan el ala del sombrero. Las sonrisas se dibujan en las fisonomías femeniles con una precisión mecánica. Nunca los labios se abren ni más ni menos. Estas gentes van al paseo como el oficinista marcha a su oficina. El ruido del carruaje los arrulla: van durmiendo con los ojos abiertos.

Hay damas que suben a los asientos del landó, como Cleopatra al trono de marfil. Los maridos parecen figuras decorativas puestas allí para llenar el hueco. Repito la observación que he hecho muchas veces: en la espalda de muchas señoritas podría ponerse el rótulo que en el escaparate de las dulcerías suele ponerse a los rorros de porcelana: «Yo sé decir papá y mamá: valgo diez pesos».

Los movimientos de cabeza son acompasados, como la sonrisa y como los saludos. En ese coche rumia la última pierna de carnero un señor muy formal y muy obeso. Decididamente, su cochero es más distinguido. Algunas damas de la vida triste han alquilado coches a dos pesos la hora. Llevan trajes de novia: ¿van de máscara? Aquel acatarrado personaje lleva las riendas y dirige el faetón; su lacayo tiene miedo de morir estrellado. El personaje llega al término de la calzada e intenta inútilmente dar la vuelta. Los caballos se obstinan en seguir adelante. El personaje es obediente, por fortuna, y no quiere contrariar la voluntad de sus caballos. Sigue, pues, rumbo a Chapultepec. Allí entrará al bosque y los caballos forzosamente darán vuelta. ¡Dios le tenga de su mano! Yo me alejo, diciendo interiormente aquellos versos de M. Voltaire:

   Petits papillons d’un moment,

misérables marionnettes,

que volez si rapidement

de Polichinelle au néant

dites-moi donc ce que vous êtes!



Paso a paso, me fui alejando de aquel tohu bohu insensato. Había llegado a creer que estaba en el tiznado fondo de alguna olla enorme de puchero; veía pasar junto a mí opulentas coles y zanahorias escarlatas, y escuchaba sobre mi cabeza el tartajeo de la grasa hirviente. ¡Dios mío! ¡Si algún gigante galopín hundiera su cuchara en esta masa...! Paso a paso me voy, pues, alejando de las fiestas. ¿A qué ha venido esta compacta multitud? ¿Consistirá la diversión en sentir doce veces por minuto la presión de un zapato americano sobre el charol de nuestros botines? Los cuatro barrenderos de peluquería y los jóvenes mozos de café pasan de nuevo. Diríase que esta muchedumbre viene al paseo las tardes de Carnaval para decir: por aquí pasarían las máscaras si las hubiera.

Luego que yo me considero libre, como el M. Graindorge de Taine, exclamo: ¡Señor, tú que salvaste a los hebreos del horno ardiente, y libertaste del áspid y del basilisco a tus elegidos, Señor, yo te doy gracias! ¡No me hiciste mujer, y, por lo tanto, la única cola que me toca defender es el corto faldón de mi levita! ¡Por una gracia particular de tu misericordia soy bastante flaco, y ningún codo pudo encajarse en mi cuerpo como en un cojín! ¡Por un favor especialísimo de tu providencia, libre estoy de excrecencias molestas en el pie! Solo tres veces me han pisado, y eso en el dedo gordo, que es el más resistente. Comí poco, y no temo morir de apoplejía. ¡Señor, Señor, yo te doy gracias!

Apenas acababa mi oración mental, el faetón de las damas de la vida triste pasó cerca de mí. Una mendiga sucia y haraposa me pidió una limosna. Yo le arrojé, compadecido, una moneda, que ella tomó con ansia, mirando cómo se alejaba el coche de las princesas de la almohada. Luego que el faetón se perdió en la noche, la mendiga, señalando con su huesosa mano el sitio por donde el faetón desapareció, me dijo:

-Caballero, ¡Dios preserve a sus hijos de mis hijas!

La turba alegre de Carnaval despertó en mí muy serias reflexiones. Las ideas pasaban por mi cerebro como una negra procesión de entierro. Pocas noches hace, sentí un fenómeno parecido en la agonía de la ópera francesa; las fáciles melodías de Le jour et la nuit me entristecieron. No sentía dejar la costumbre de embrutecerme tres horas cada noche en el teatro, ni lamentaba el no ver más los preciosos stradivarius de Mme. Vallot. No pensaba en la inmensa soledad de las noches que iban a seguirse; mas mientras Méziéres cantaba con su voz nasal:

¡Les portugais sont toujours gais.

Q’il fasse beau, q'il fasse laid!



Yo, con honda tristeza, preguntaba: ¿Cómo morirán estas mujeres? Aquella era la última noche que las veíamos; esa turba de pájaros borrachos iba a alejarse para siempre de nosotros; volverán otras compañías de ópera bufa; pero Paola Marié y sus cortesanas, como las golondrinas de Gustavo de Bécquer, no vendrán.

Y bien: ¿cómo morirán esas mujeres?

¡Triste vida la de esos pobres cómicos a quienes aplaudimos o silbamos por la noche, según lo quiere la voluble aguja de nuestro carácter tornadizo! Hay muchos dramas que se representan tras de la cortina, muchas batallas que se riñen entre bastidores, muchos cadáveres que se sepultan en la fosa común del escenario. Nosotros, que nos dejamos seducir constantemente por las apariencias, poco nos curamos de ir a desentrañar esas verdades. Hacer reír es más difícil de lo que parece, sobre todo cuando se sienten impulsos de llorar.

Hace poco leía en los periódicos franceses los últimos momentos de Helene Petit ¡Qué agonía tan amarga! ¡Qué obscura y triste muerte!

Helene era joven aún; tenía la edad de Julieta. Paola Marié, que era su amiga, me decía una noche, mostrándome una de sus cartas: «Helene morirá joven, tiene una enfermedad incurable; vive enamorada». ¡Ay!, ¡es verdad!; en esa vida trabajosa de las tablas, el amor es un mortal enemigo. Allí, más que en ninguna otra parte, la frase de Chamfort es verdadera, y el amor no es más que el cambio de dos caprichos y el contacto de dos epidermis. La realidad es una madre huraña que se venga implacable de los hijos que la abandonan, dándoles la muerte. Por eso Helene estaba enferma; por eso se moría. No supo plegar a tiempo su bagaje de quimeras y ponerse a la cola de ese enorme monstruo humano que cruza las estepas de la vida con el contento de su vientre lleno y la esperanza del profundo sueño.

La vida real es una jaula más o menos estrecha, más o menos dura; pero en la que siempre tenemos el pan que aplaca nuestra hambre desapoderada y el agua que satisface nuestra sed.

Pero las aves y las almas viven tristes en esa clausura; el mejor día la puerta de la jaula queda entornada por algún descuido, y la pobre cautiva, si es el alma, vuela al ideal; si es el ave, vuela al bosque. Los bosques están llenos de cazadores, y el mundo ideal está habitado por los desengaños.

Helene, sin embargo, no murió de amor. Nosotros hemos abolido el romanticismo. Murió de pleuresía, como el tendero que ha salido sin capa de su casa y a quien sorprende por la noche algún chubasco; como el apuntador que vive engarabatado como los carámbanos en la húmeda concha de un teatro miserable; como se mueren todos los poetas, todos los artistas y todas las mujeres en el prosaico siglo XIX.

Helene ha sido la primera víctima del naturalismo escénico. El Asommoir había pasado ya de la centésima representación, El público, que muchas veces había confundido a Helene Petit con las actrices de vaudeville y ópera bufa, pudo ex clamar al verla en el papel de Gervasia: ¡Es una artista! Y era una artista, es cierto; había, por fin, hallado la expresión de su genio, como aquel músico de que habla en sus leyendas Henri Heine, y que pasó su vida estudiando diversos instrumentos sin provecho, hasta la víspera de su muerte, en que acertó a tocar maravillosamente el clarinete.

También para Helene llegó la vieja muerte a la hora en que el reloj marcaba con su timbre de oro el rápido minuto de la gloria.

La haraposa petrolera entró al hotel de la graciosa comedianta, confundida con los empresarios que iban a comprarla y con los periodistas que iban a venderse. Helene no oyó sus pasos, porque marchaba sobre coronas de laurel, como sobre una alfombra persa. Pegó sus labios de mármol a los labios rojos, y el alma huyó, como las golondrinas al áspero contacto del invierno.

Hay en el Asommoir una escena, cruda como la carne que sirven en las fondas: Gervasia riñe en el lavadero con Virginia. Pleito de lavanderas: cada una toma un cubo de agua hirviendo y se lo arroja a la otra. Luego luchan cuerpo a cuerpo; se desgarran el traje con las uñas; brota sangre por los arañazos que zebrean los hombros de cada luchadora... y en seguida... una cortina humana cubre lo demás. En cada representación del Asommoir cuidaba el director de escena de poner en el foro cubos de agua tibia. Por desgracia, la última noche en que Helene salió a la escena olvidó el regisseur esta precaución. Virginia tomó un cubo de agua fría y lo arrojó a las piernas de Gervasia. Dos semanas después la actriz, enferma ya de una afección pulmonar, decía:

-Doctor, ¿usted no me ha visto nunca representar la agonía de Mimí? Pues voy a salir a escena; espere usted un poco.

Pocas artistas mueren así, en plena juventud, al pie del cañón, cuando el laurel de la victoria más reciente está fresco y vivo aún en sus sienes. Las más languidecen y decaen, tienen menguante; sienten caer la nieve de los años en su cabellera y mueren poco a poco, paulatinamente, con los dientes que se caen y las canas que salen. El público las abandona. Entonces comienza para ellas la vida trashumante de los viajes. Paola Marie está, por ejemplo, en el declive de su vida artística. Está a cinco años de la conjunción. París es a manera de una luz fuerte y cruda que deja ver todas las arrugas. Cuando la pata de gallo se dibuja en la sien, la artista deja su teatro y sube a la carreta cuyas bondades cantó Scarron en el Roman comique. Las medianías artísticas viven con mayor regocijo en las ciudades de provincia. Allí la actriz que en la Renaissance o en los Bufos hacía el papel de Paquita canta Giroflé; el actor que desempeña el papel de Carabinero en los Brigantes canta de primer tenor o de primer barítono.

Así se forman todas las compañías trashumantes que van a recorrer las provincias, y América, con excepción de los Estados Unidos, es la gran provincia.

Nada hay más triste ni más amargo que este declive de la vida artística. Las grandes diosas parisienses mueren llenas de polvo y arrumbadas en el rincón telarañoso de un teatro, junto a las sillas desvencijadas, los telones desteñidos y los muebles rotos. Algunas se casan, como Hortensia Schneider. Siempre se encuentra un alemán para estas redenciones. Otras agonizan en el hospital, después de haber retorcido con su mano nerviosa la crin dorada de la fortuna: son las hijas pródigas. Su quiebra casi siempre es fraudulenta. La justicia remata sus trajes, cuyo soberbio lujo perdió a tantas mujeres; sus joyas, que costaron tantas lágrimas como brillantes tienen; su lecho, suntuosamente impúdico; el reloj que contó las horas del amor y que ya no señalará las horas de la muerte; el sillón cuyos mullidos almohadones guardan todavía la huella de su cuerpo voluptuoso; los mármoles, tan desnudos como ellas, y los bronces, tan obscuros como sus almas: todo cae bajo la vista inquisidora de la curiosidad nunca saciada, desde la taza de porcelana china que conserva los asientos terrosos del té, hasta los pliegues de la soberbia sábana de Holanda. El cochero de la diosa arruinada compra los carruajes y los caballos, para establecer un sitio; las modistas rescatan los vestidos y los mismos amigos compran las alhajas que antes le habían dado, para adornar con ellas otros brazos y otros cuellos. ¡Triste suerte la de estas mujeres! ¡Todo las abandona, hasta los muebles!

Pasaron ya los días en que las haciendas, los dominios, las casas de comercio, los talleres, colgaban de sus oídos, en figura de pendientes, cosquilleaban su cuello bajo el color de finas esmeraldas o se enredaban en sus brazos níveos, figurando soberbios aderezos. En aquel tiempo -in diebus ille?- un gran señor les regalaba su palacio y una sociedad anónima contribuía con los muebles. Si lo hubiera querido, sus amantes habrían cubierto de oro hasta los granos de cebada que comía su corcel en la caballeriza.

Hortensia Schneider dio durante el segundo Imperio un gran banquete. Al terminar la fiesta, cuatro negros llevaron al salón una tina de mármol sonrosado. Vaciáronse más de ochenta botellas de champagne, y la diosa de la opereta entró en aquel baño, digno de una Cleopatra parisiense.

Cinco minutos después, Hortensia salía del champagne como Afrodita del Océano, y los alegres comensales escanciaban en sus copas el líquido, hirviente aún, de la marmórea tina.

Pero estas grandes apoteosis pasan; esas mujeres insaciables que digieren trescientos sesenta y cinco ricos cada doce meses, cuando el año no es bisiesto, tienen también su inevitable decadencia, Son los monstruos de colmillos agudos expresamente creados para devorar a los imbéciles. Si con oro se pudiera forjar un rayo de sol, ellas lo habrían forjado en algún día lluvioso. Los banqueros dejaban en sus casas el reloj, la cartera, hasta el anillo mismo de las bodas. Pero una noche la ruina llama con sus dedos nudosos a la puerta. ¿Qué viento arrastró en su vuelo vertiginoso los bancknotes? ¿En qué hoguera se consumieron las alhajas? Muchas onzas cayeron en los cofres; pero estos, como el tonel de las Danaídes, no tuvieron jamás fondo. ¡Oh, si pudieran llenarse por sí solos, como el cofre de la princesa de Bagdad! Los caballos se van, como si también fueran amantes. El telón, que figura un palacio, se levanta, y queda la cabaña sucia y pobre.

La maternidad es el consuelo supremo de esta decadencia. Pero ¡cuán pocas de esas grandes princesas de la ruina tienen ese sagrado privilegio! Hoy está en boga entre las grandes actrices de París lo que podría llamarse la maternidad artificial. Margarita Ugalde, la actriz que acaba de crear el papel de Manola en Le jour et la nuit, posee una gran muñeca, a la que da el nombre de hija. Sabe decir papá y mamá; puede ver todo con sus ojos de esmalte y nunca llora. No tiene el defecto que las niñas tienen: nunca crece. Cuando mamá quiere, duerme; cuando mamá quiere, despierta. Dice papá de igual manera a todos los amigos de la casa. Es obediente. Los goznes de su pequeño cuerpecito están limpios y nuevos. Nadie puede seducirla.

Cuando la Ugalde vuelve a su palacio, cargada de ramilletes y coronas, va a besar la frente fría de la muñeca. Y es que la mujer necesita ser madre, o, cuando menos, parecerlo. Pero en el mundo de los bastidores las niñas viven poco, o, cuando viven, se escapan el mejor día con un corista. Por eso las princesas de la ruina jamás tienen una cabeza rubia y pequeñita que besar, cuando los aplausos se van alejando, como se aleja para el viajero que viene de Veracruz el ruido de las olas. El mundo las abandona y las arroja como se tira una camisa sucia; la miseria, de formas angulosas, arrima su desvencijado y pobre asiento al mármol de la agonizante chimenea. Las mujeres que viven muy acompañadas mueren solas.

La representación había acabado. La sala estaba casi a obscuras. En el pórtico se oía la voz sonora y brusca de Comelli, dando las últimas órdenes. La compañía fue desfilando. ¡Adiós y buena suerte! ¿Cómo terminarán estas mujeres?

México en invierno

La Navidad, con voz aguardentosa, llama a la dócil puerta del estómago. Los aparadores ostentan detrás de los cristales, empañados por el frío, todas las obras maestras de la glotonería. El severo jamón, con gravedad de hombre político, se pavonea dichoso al lado de los eternos salchichones, envueltos en su funda plateada, como los ricos egoístas y los tabacos de la Habana. El pavo, atravesado por un puñal luciente, abre su pico inmóvil, pidiendo misericordia. Los chorizos se juntan, atados como galeotes, y formando collares pantagruélicos, excitan los apetitos más reacios. El gas alumbra con su luz descocada e insolente, las pilastras y torres de lustrosas latas, anchas y angostas, oblongas y cuadradas, todas resplandecientes como el acero bruñido y reflejando la llama tranquila de los quemadores. Por entre las marañas y guedejas de heno mal peinado, cuelgan cuerpos de azúcar y ángeles de caramelo. Las cajas de galletas, abiertas con malicia, dejan ver sus hileras color de oro. Pendientes de las ramas puestas en el aparador, figurando árboles, danzan alegremente las pequeñas canastas de nervioso mimbre, o de cabellos argentinos. Adentro, tras el gran mostrador siempre ocupado, los dependientes, con la chaqueta negra abotonada, se multiplican destapando botes, abriendo cajas y cortando quesos. Sobre aquel círculo inmenso, forrado de latón, descansa un queso suizo respirando glotonería por cada uno de sus mil ojuelos. Las botellas, escalonadas como batallones de prusianos, con sus cascos plateados y amarillos, preparan el ataque en pelotones. Allí descubro el Château-Larose, carmíneo, como las ardientes mejillas de la señorita P..., el Jonhanisberg fluido y transparente; el finchado Oporto, que da la petulancia, y el verdoso Rin, que da el amor. ¡Paso a los coraceros! El Champagne, aparatoso y fatuo, como buen francés, lleno de condecoraciones y dorados, cautiva los ojos con su lujo aristocrático. Las bodegas del Marne se han vaciado para llenar esos escaparates. Ahí están las botellas alemanas, con sus cuellos de caballos de carrera, largos y flacos, hechos para uso de las grullas y de los berlineses; las botellas francesas, coquetas y relucientes, con trajes de amazona y sombrerillos de lofóforos; los grandes vinos españoles, los grandes señores de los vinos, altivos y severos, como nobles castellanos delante de su rey; las cosechas de Andalucía, los líquidos transparentes, que tienen un átomo de sol en cada gota; los tarros de cognac, los barriles de Burdeos, con la bronceada espita abierta y derramando el generoso líquido en las botellas de verdinegro vidrio; el ajenjo, color de océano, y la chartreuse, color de ámbar; toda la interminable descendencia de la uva, toda la tumultuosa variedad de vinos, acecha al comprador, parapetada en los escaparates; y las botellas, altas y chaparras, gruesas y delgadas, adustas y coquetas, airosas y desgarbadas, provocan y llaman a los glotones transeúntes, con el descaro de una turba de loretas, tirando de la levita al extranjero que pasa a media noche por los bulevares.

La mar, la eterna esclava, envía diariamente a nuestras fondas, gruesas de ostras y cargamento de pescado. El huachinango, abierto por mitad, muestra su blancura láctea y su carne de camelia. El pámpano se sonroja detrás de las vidrieras. Los caracoles se juntan al camarón rojizo. Y junto a estos criollos de la mar, asoman siempre altivos los pescados extranjeros, el salmón, la langosta, el makerel, el maquereau, el calamar y la lamprea, en promiscuo ayuntamiento con el jamón endiablado y con el jamón en pasta, el turquey y el chicken, el beef-touque y el paté de foie gras, las aceitunas, los pickles, las anchoas.

Los pasteleros no se dan un punto de descanso. El horno, constantemente encendido, tuesta con sus besos de fuego la obediente masa. Una dorada y apetitosa costra rodea las grandes empanadas, rellenas de jamón o sardinas. La viuda Genin encarcela en los aparadores de cristales grandes ejércitos de pasteles, todavía calientes, y cada vez que levanta su cubierta, sube de aquella masa un humo tenue que acaricia los olfatos lerdistas de los parroquianos. Messer vende bombones a carretadas. Zepeda vacía sus bodegas para abastecer a los clientes. Acabo de ver, en pie, junto a un aparador, a un pobre viejo, que tiritando de frío, con las manos ocultas en los bolsillos del pantalón, prendido con un alfiler el cuello del raído saco, y calado el grasiento sombrero hasta los ojos, contemplaba con tristeza mezclada de codicia, la sana rubicundez de los jamones y la blancura aristocrática de los pescados. ¡Pobre viejo! Estaba cenando mentalmente. Sus ojos, resplandecientes de glotonería, hubieran devorado hasta las velas de esperma que danzaban en el aparador, pendientes de las ramas. ¡Bien se conoce que esta noche es Nochebuena!

¿En dónde iré a tomar la sopa de almendra? Las nueve noches de posadas han transcurrido para mí monótonas y tristes. He visto muchos cohetes en el aire, muchos canastos cargados de provisiones en las calles, muchos balcones iluminados y muchas sombras bailando tras de las persianas. Pero los profanos estamos excluidos de esas fiestas de familia. Las casas más hospitalarias han tapiado sus puertas, prohibiéndonos la entrada. No ha habido más remedio que ir a refugiarse en algún teatro, pensando en la ópera bufa que llegará dentro de pocos días, o esperar a que suene la media noche, bostezando, en los billares desiertos de Iturbide.

Unos cuantos americanos juegan muy gravemente al pokart en aquella mesa. Tres hombres políticos discurren en la cantina acaloradamente, en tête-à-tête con tres vasos de ajenjo. Un viejo de barba blanca, algo amarillenta cerca de la boca, por la vecindad del cigarro, apura a pequeños sorbos su café, leyendo atentamente algún periódico. El salón está escasamente concurrido. La doble hilera de luces, escondidas en bombillas blancas, se extiende con la gravedad de todas las líneas rectas, hasta el fondo. El forro verde de las mesas alineadas toma un tinte obscuro por la débil claridad de los reverberos, que están a media luz. En la gran mesa, dos veteranos del billar juegan una guerra de piña. Las bolas blancas corretean dispersas, y poco a poco van cayendo en las buchacas. Los dos jugadores permanecen mudos; solo se escucha el golpe seco de los tacos y el choque opacamente sonoro del marfil. Estoy seguro que va apostada en este juego una gruesa cantidad. El que ahora tira, con su chaqueta gris, su sombrero de alas anchas, su pantalón bombacho y el interminable bejuco de oro, que se enreda formando arabescos en los botones de su chaleco, tiene todo el tipo de un jugador de oficio. El otro tiene cara más bonachona: apostaría a que pierde.

En dos mesas se juega carambola. Un grupo de curiosos o desocupados, observa a aquellos estudiantes que vienen a estudiar la geometría en el tapete verde del billar. Lo demás del salón está desierto. Un ochentón embozado hasta las cejas y cubierta la nariz por una gran bufanda de cuadros blancos y aplomados, ronca patriarcalmente junto al polvoroso mármol de una mesa. Por las puertas a medio abrir, que comunican con el pórtico, se ven pasar sombras chinescas, cuyas líneas percíbense claramente cuando la luz del salón frontero a los billares las alumbra. En el salón del hotel, un hombre grueso, sentado junto a la mesa redonda, lee un periódico. El sofá y los sillones de bejuco abren en vano sus brazos africanos. La lámpara de gas está a medio encender, y un pasajero aficionado, cuya figura no puede distinguirse desde aquí, toca al piano la invocación de Beltramo en Roberto el Diablo.

En los corredores del hotel reina la misma soledad, la misma sombra. Las persianas están todas corridas, y apenas si por entre los intersticios de alguna se escapan los vergonzantes rayos de una luz. Los extranjeros que viven en aquellas habitaciones deben aburrirse soberanamente.

Yo no soy extranjero, y, sin embargo, me aburro tan soberanamente como ellos. La luz eléctrica proyecta su claridad hiperbórea como el sol polar, y yo tirito de frío como debió tiritar Norteskiold.

   Car l'hiver ce n’est pas la bise et la froidure

et les maisons deserts qu’hier nous avons vu;

c’est le coeur saus rayons, c’est l’ame sans verdure,

c’est ce que je serais cuand vous n’y serez plus!



Es necesario saborear a pequeños sorbos los últimos días del año que se va. He aquí que vuelve San Silvestre, y tocando con el nudoso bordón a nuestra puerta, exige el recibo legalmente estampillado de los trescientos sesenta y cinco días que hemos gastado. ¡Hele ahí, pobre viejo a quien el calendario, como una casa de vecindad toda alquilada, no ha podido dar más que la obscura y última buhardilla! ¡Hele ahí! ¡San Silvestre: calienta tus entumecidos miembros junto a la chimenea; toma un vaso de ron, y luego vete!

Yo de mí sé decir que no acompañaré con un suspiro el fúnebre Corbillard del año muerto. ¡Puede en buena hora escurrirse con los años que le precedieron en el amplio almacén de accesorios, en donde el gran maquinista guarda las viejas lunas y los rayos enmohecidos! Sus doce meses me aparecen ahora con un vestido gris, liso y monótono. Como Fervacques, veo con tristeza que no corre una sola cuenta roja en el rosario de esos días color de plomo, ¡Al revés de esos años juveniles que brillan en mi vida como esos clavos de oro sembrados en el muro que miró Bossuet, este aparece grave, huraño y seco, bien oculto en los pliegues de una levita larga y ancha! ¡Ni una aventura galante! ¡Ni un día que se presente en mis recuerdos con la escala de seda que colgaba de los balcones altos de Julieta! ¿Será culpa del año? ¿Seré yo culpable? Con la edad ha venido la prudencia... relativa, señoras, relativa.

Como un viajero que vuelve de los países más extraños y escucha indiferente o distraído las narraciones más fantásticas, me siento a orillas del camino, y asisto, espectador impasible, a la comedia humana, que desarrolla ante mi vista sus mil decoraciones, brillantes, nuevas y diversas en la superficie, pero iguales, eternamente iguales en el fondo. Los amores y los duelos, los suicidios y los crímenes, los que se arruinan y los que se enamoran no me conmueven ya: ¡he visto tantos! ¡Ay!, ¡esas emociones que se llevaron enredadas en su traje los años juveniles son las que echo de menos! Aquellos años exhalan todavía un débil perfume que me suele subir a la cabeza. Los caducos encajes de punto de Ginebra, que duermen con el sueño de los justos en el baúl de rosa de mi abuela, huelen todavía a bergamota, el perfume aristocrático de aquellos tiempos. El listón color de cielo, esos renglones diminutos y torcidos, la máscara deshilachada, el roto encaje, las flores amarillas y el retrato en su estuche de terciopelo, que guardo en el cajón de los recuerdos, huelen aún a juventud.

Dieron las once en ese nido de lechuzas que se llama el campanario, y me dispuse a recorrer las calles. La perspectiva altamente romántica de quedarme en casa, esperando el primer aleteo de los fantasmas que vagan por la atmósfera al sonar la media noche, me aterraba. Ya había dispuesto mi paletot de invierno para salir a recorrer las calles, espiando por los vidrios de cada balcón iluminado esas tranquilas fiestas de familia que pasan como un soplo de calor por todo el cuerpo. Las iglesias, siempre abiertas para los menesterosos, me convidaban a pasar la noche, oyendo las tres misas del gallo. La doble hilera de puntos luminosos que rodea las bóvedas de San Bernardo estaba ya encendida. Los cirios del altar alzaban, pidiendo luz, sus pabilos negruzcos. En el coro -un coro que me hace temblar de miedo, pensando en su desplome no remoto- había ya algunas luces encendidas, y el organista, todavía cubierto por un deshilvanado cachenez, preludiaba casi dormido algunas notas, que salían desentonadas y agrias por los estrechos tubos, como si el aire de la noche las hubiera acatarrado. Los músicos iban llegando paulatinamente, envueltos en sus capas y asomando por lo bajo la herradura de un violín, el agujero angosto de los clarinetes o el dorado brillante de los bronces; los atriles, maltrechos y empolvados, salían de sus escondrijos, produciendo ese choque de madera apolillada que se escucha en los coros de las iglesias y en las bodegas de los teatros. Paquetes azules de velas esteáricas, con su etiqueta blanca coronada por una estrella de oro, yacían despedazados en el suelo. Sobre uno de los atriles extendíase el papel de música, amarilleado por los años, y contigua, en un candelero grasiento de latón, la vela, blanca como una novia en la mañana de la boda, iluminaba con su luz de virgen los garabatos retorcidos de las notas. Los músicos, templando sus respectivos instrumentos; los quejidos del órgano, enojado por aquel despertar a media noche, y el bullicio de monaguillos y sochantres producían una churrigueresca mezcla de sonidos que bramaban de ira al verse juntos, y que subían a esconderse en las cornisas, ceñudos y desapacibles, como viejos sargentos de cuartel a quienes una falsa alarma hace abandonar de madrugada sus jergones. Abajo, en la nave recta de la iglesia, había poquísimos devotos. Las bancas, color de caoba, formadas en dos batallones, frente por frente del altar mayor, severas y desnudas, estaban en espera del obscuro merino de las viejas y de la seda crujiente de las jóvenes. Únicamente la devota anciana que debía pedir una limosna para el culto, en la cerrada reja de las bancas, rezongando entre dientes una oración cualquiera, iba arrimando trabajosamente la mesilla sobre la que brillaba, limpia y tersa, una grande charola de Cristoffle. Dos sacristanes mocetones sacudían el púlpito, cuya lámpara de gas estaba ya encendida.

Algunos mozos entraban con gran estrépito en el templo, trayendo a cuestas reclinatorios y sillones.

De cuando en cuando oía el rumor aristocrático de un coche que se detenía en la puerta; luego el sonido metálico de una moneda cayendo sobre la gran charola de Cristoffle: volvía la cara y encontrábanse mis ojos con algunas de las reinas sin corona de nuestros paseos y nuestros teatros, que ludiendo la falda de su traje contra el correcto pavimento entarimado, entraba majestuosamente e iba a arrodillarse en el bordado reclinatorio, que un lacayo obediente le ponía. Junto a mí estaba una anciana, dormitando.

En la sacristía notábase mayor bullicio y movimiento. Los inmensos cajones de madera, que se incrustan en cómodas enormes de nogal, abiertos como un baúl en día de viaje, dejaban ver el oro resplandeciente de palios y casullas, la nítida blancura de las sobrepellices, y las jorobas tétricas de los bonetes. Unos cuantos chiquillos retozaban, apoyándose mutuamente en los cirios gruesos que llevaban en las manos. El capellán, todavía de sotana y de manteo, paseaba agitadamente registrando los cajones, en tanto que uno de los sacristanes, con su chaqueta gris y su amplio pantalón, ya roto de las rodillas, alistaba sobre la mesa el ornamento. Las vinajeras, a medio llenar, permanecían sobre una de las cómodas.

¡Oh noche «azul y fría» de Navidad, como te apellidaba Baudelaire! Con cuánto afán te aguardan en sus camitas bien calientes esos pobres niños a quienes regocijas de antemano con el son de tus panderos. Tú eres para ellos -¡pobres seres que todavía conversan con el cielo!- el sueño de muchas noches y la esperanza de los largos días. El niño Noël desciende por las veredas azules del espacio, cortando esas margaritas de oro refulgente que nosotros llamamos estrellas. Viene poco a poco, cargando la pesada maleta donde trae los juguetes y los regalos infantiles, el pastel sabroso y la muñeca de lustrosa porcelana. El pobre niño tiene frío: ha dejado la ardiente zona en donde el sol destrenza su coruscante cabellera y extraen la helada atmósfera en donde boga, como el cadáver de la exangüe Ofelia, ese astro muerto que se llama luna. Abotona bien su capotillo de pieles y ajusta a su pequeño pie los grandes zuecos. Los hilos de la escarcha caen del cielo y prenden en el capotillo del rapaz sus delgadas cabezas de alfileres. Ya viene el niño Noël, ya está muy cerca. El árbol de Navidad espera su llegada para encender las luces de la esperma. Bebé coloca en la chimenea sus botincitos y se duerme.

Cuando la luz penetra por las rendijas de la puerta, salta Bebé de su camita y corre a ver lo que Noël dejó en sus diminutas botas. Pero ¡ay!, el raso turco no guarda ahora más que un billete perfumado. Dice así:

«Bebé:

Has sido muy travieso, y muy desaplicado; no me esperes».


Los ojos de Bebé se llenan de lágrimas -¡dos violetas cuajadas de rocío!-. Toma el billete, y mirando a la aya con tristeza, dice en voz muy baja:

-No es absolutamente necesario que enseñes esta carta a mi mamá.

Crónica color de bitter

No tiembles ya; las aves azoradas, que volaban en todas direcciones, han vuelto a pararse en las cornisas de las casas y en las cruces de las torres; los árboles no sacuden más sus cabelleras trágicas, y el dormido titán que habita las entrañas de la tierra yace descoyuntado, inerme y mudo, como el demente cuando pasan sus accesos. Acerca a tus delgados labios, que el temor amarillea, la taza en que hierve el té, casi tan rubio como tus cabellos. Reposa tu cabeza sobre mi hombro y deja que se coloreen tus mejillas con los matices escarlatas de los mirtos. ¿No ves? El sol arroja, como siempre, su menuda lluvia de oro, y las amedrentadas golondrinas vuelven a travesear en la cabeza calva de san Pedro y en las túnicas de piedra que visten los profetas en sus nichos. La bomba azul que cuelga del pulido artesonado y que guarda tu sueño por las noches, vacila cada vez más lentamente, como la rapazuela juguetona que se queda dormida en el columpio. El reloj que contó nuestros minutos de pasión ha detenido sus agujas negras en la hora del terror; pero mi mano moverá de nuevo el péndulo y verás cómo torna a caminar, a manera del infeliz hebreo que no dio de beber a Jesucristo. Vuelva la sangre a circular por tus venas, como ya ha vuelto el movimiento de la vida a las calles, henchidas de carruajes y de gente. No tiembles más: descansa aquí, sobre mi pecho, mientras acerco a tus labios pálidos la taza, como si diera su tisana a un niño enfermo. ¿No quieres que pongamos en el té unas gotas de cognac? Ya nada tienes que temer: habla, sonríe; no danzan ya las copas en la mesa, ni el cordón de la campana azota las paredes. Ha concluido el terremoto; y la materia, eternamente esclava, no se mueve con bruscas rebeldías; solo tu corazón late violentamente junto al mío. La muerte, que pasó sobre nosotros cerniendo sus grandes alas de lechuza, está muy lejos. La luz se está riendo de nosotros.

El pastel que dejaste mordido sobre el plato blanco; la diminuta copa de chartreuse, que no tuviste tiempo de apurar; mi cigarro encendido, y el coqueto escarpín color de rosa, que abandonó sobre la alfombra tu pie impaciente, nos observan con burla socarrona. Afuera bulle nuevamente el caudaloso río de la vida.

Los coches pasan, y los caballos, que momentos antes se detenían, abriéndose de manos, vuelven a galopar, hiriendo con sus cascos las achatadas piedras de la calle. Los balcones se abren, y en ellos aparecen caras afligidas, rostros pálidos y cuerpos temblorosos de pavor. Poco a poco la sangre vuelve a colorear esas mejillas y la sonrisa juguetona, que había huido como una mariposa cuando mira la sombra de la mano que va a caer sobre sus alas, vuelve otra vez moviendo sus élitros ruidosos, y entorna los delgados labios de carmín. Tus nervios se aquietan; tu manecita blanca tiembla menos, y el ondular agitado de tu seno ya se va sosegando poco a poco. Toma el té. Los duendes malos, que habitan como topos en las profundas minas llenas de carbón, nos tuvieron envidia, y celosos de mí, quisieron espantarnos correteando por las betuminosas galerías, adonde nunca llega el rayo mágico del sol. El aire comprimido, no encontrando el respiradero de los volcanes, quiso abrirse paso bruscamente, como el viento que sale por los cañones de algún órgano. El gigante, en cuyo peso enorme descansa el globo, se despertó al oír los gritos de los duendes, y esperezándose en su lecho de granito sacudió la tierra. Las torres se bambolearon como si fueran a caerse; los árboles se mecieron sin que el aire soplara, agitando sus copas, y tú, convulsa de pavor, dejaste caer la leve cucharilla con que desmenuzabas el azúcar en la taza, y el azul «no me olvides» que arranqué a mi ojal para ponerlo entre tus labios.

No tengas miedo ya. El enorme gigante duerme y los duendes revoltosos apenas se atreven a asomar sus cabecitas en los obscuros socavones de las minas. La luz se está riendo de nosotros. Toma el té.

¡Si hubieras podido contemplar el espectáculo que presentaba la ciudad en ese instante! La mueca trágica y el guiño cómico se miraban confundidos, como en los dramas de Shakespeare. Los dependientes saltaban el mostrador de las tiendas e iban a arrodillarse en medio de la calle. Los jugadores se asomaban a las puertas de Iturbide con los tacos en las manos. Un escribano bajó las escaleras de su casa en mangas de camisa. Aquella acartonada lady yankee se tendió boca abajo sobre el piso. Todos interrogaban los edificios oscilantes con miradas de pavor, como el náufrago, sacudido por las olas, interroga el obscuro seno de los mares.

Los rieles del tramway, movidos por el terremoto, se agitaban espejeando como dos víboras de plata. Y de las puertas cuyas mamparas se columpiaban tristemente, salían como en tumulto hombres en bata, damas cubiertas apenas por el ligero peinador, niños trémulos, e iban a arrodillarse en medio del arroyo, con las manos cruzadas sobre el pecho, clavados los ojos en el cielo.

El sol, indiferente, derramaba su luz cruda sobre esta escena desgarradora. Las aves, sintiendo que los edificios vacilaban, salían de las cornisas y tejados agitando sus alas con espanto. En ese instante los ateos creían en Dios.

La madre corría a la cama donde descansaba el pequeñuelo, para llevarlo por la calle. Los prudentes se colocaban en los quicios de las puertas. Los que no decían ¡Jesús!, proferían lo más enérgico de las interjecciones españolas. Mientras las torres de la catedral se dirigían sendos saludos, inclinando sus enormes sombreros de campana, un ratero hacía cosecha de relojes en la plaza.

En los salones de las fondas quedaban los sombreros y bastones, huesos a medio roer y botellas volcadas en el suelo. La grasa se cuajaba en los platos y el vino se evaporaba en las copas. Algunos salieron a la calle con la servilleta puesta, y otros levantaban al cielo sus manos armadas de tenedores. Ninguno, sin embargo, atendía en esos momentos a los cómicos episodios ni a las figuras caricaturescas. Las caras tenían todas la expresión adusta que da Echegaray a los rostros de sus personajes en el tercer acto de sus dramas. El monstruo eternamente esclavo se desencadenaba, y las cosas adquirían extraño espíritu. La catedral se asemejaba a un hipopótamo fabuloso que fuera a triturar con su pezuña de granito las copas de los fresnos y el gran zócalo de piedra. Las fachadas hacían muecas de clown, y las cruces en lo alto de las torres parecían gimnastas en trapecio.

En aquellos segundos de congoja, las ideas pasaron por los cerebros con una rapidez de cinco mil leguas por hora. Un panorama de cataclismos, desarrollándose al girar, como la tela de un transparente, presentó sus cuadros torcidos, sus figuras chuecas y sus escenas de desplome, a la imaginación de aquella muchedumbre. Lisboa, la Martinica, Ischia y Chio, pasaron en tropel por la memoria de algunos. Yo vi bailar en el espacio azul la esbelta cúpula de Santa Teresa, como si algún gigante de buen humor hubiera lanzado al viento su montera; me pareció que las columnas del teatro avanzaban sobre mí a paso de carga; sentí sobre mi cabeza las herraduras del caballo que monta Carlos IV, y en un momento de pavor creí que la estatua de Colón jugaba a la pelota con el mundo. El viento movía los anchos pliegues de los hábitos que visten los frailes en el monumento de Colón y las guedejas pétreas de sus barbas. La robusta matrona que representa la ciudad de México me llamaba con movimientos de sirena. San Agustín, en el bajorrelieve de la biblioteca, sufría un vértigo, y el ángel que corona la torre de Jesús agitaba sus alas, como águila que va a tender el vuelo. ¡Oh cuántas ideas caben en dos minutos treinta y tres segundos! Las casas se desmoronaban ante mis ojos como castillos de barajas, las piedras caían mezcladas con cabezas, y apenas si quedaban algunos paredones oscilando, como ebrios en la puerta de una taberna. Caídas las fachadas, se miraba el interior de algunas casas: desmelenados y aturdidos bajaban los vecinos por las ruinosas escaleras, cuyas gradas se movían como pedales de piano; en una alcoba alzaba desde la cuna sus bracitos flacos un pobre niño abandonado; las grandes vigas se columpiaban un momento en el espacio, y caían a plomo aplastando cabezas y desquebrajándose; remolinos de polvo se levantaban ocultando todo, y un inmenso clamor, compuesto de imprecaciones y plegarias, subía al cielo.

De repente pasó la borrachera, los santos de piedra se recogieron en sus nichos, cesó el cancán de las torres y se fueron desvaneciendo en el espacio los cuadros que dibujaba la imaginación.

¿Cuántos minutos habían transcurrido? Un segundo o un siglo. El tiempo no se mide con los cronómetros. Es un viejo enfermo que de improviso corre como un mozo.

En aquellos instantes de terror, los minutos fueron horas, días, años, como lo son para los tomadores de opio. Las ideas se atropellaban en los cerebros, como los espectadores al salir de un teatro que se incendia. Medimos el tiempo como lo mide el pasajero en el puente de un barco que va a hundirse. Por una delicadeza de las leyes naturales, en ese instante se detuvieron los relojes.

Pero ha pasado ya la pesadilla, despertamos y volvemos en torno la mirada. Las cosas todas están en sus puestos. La tierra no se mueve, los armarios están tranquilos. No tenemos ceñido el cuerpo por las víboras, ni chupa nuestra sangre, mordiéndonos la nuca, algún vampiro. Los búhos y las lechuzas que danzaban sobre nuestras cabezas han desaparecido, yendo a esconderse en los viejos campanarios.

Los transeúntes se saludan en las calles, como si volvieran de un largo viaje. Comienza a borrarse de los rostros la amarillez del miedo, y respiran con más desembarazo los pulmones. Los que han tenido más terror experimentan las agradables emociones del convaleciente que vuelve a la vida. Las rosas parecen más frescas y más bellas las mujeres. Se ve el cielo más azul y se acaricia la cabeza del niño que todavía solloza en un rincón. De cuando en cuando, sin embargo, se alza la cabeza para mirar si no se mueven los candiles y si el cordón de la campanilla se está quieto. Las cuarteaduras de la pared inspiran miedo.

Por la noche, las jóvenes acercan sus catres a la cama de la madre, y despiertan a cada instante sobresaltadas, creyendo que repite el terremoto. El botiquín de la casa, abierto de par en par, muestra los deshechos paquetes de tila y las rugadas hojas de naranjo. Los padres refieren con espeluznantes detalles el terremoto que derribó la cúpula de Santa Teresa. Los chiquitines se duermen en las rodillas de la madre, y los novios amartelados de las niñas hablan poco de amor. Al día siguiente están muy concurridas las iglesias. Se oye misa con gran devoción, y al salir del templo, los novios, aprovechándose del tumulto, se aprietan la mano furtivamente. En la noche, el amante cobra con usura el beso que no pudo recibir la víspera.

Toma el té. Ya ha pasado el terremoto. Estamos juntos y te amo. La muerte no acobarda más que a los enamorados que están ausentes. Si ha de venir, que nos mate a los dos de un mismo golpe. La muerte que yo temo es la que llega con sigilo y con cautela, arrastrándose por la alfombra de la alcoba. Si tú me sobrevives, te irás alejando de mi recuerdo como el barco se aleja de la playa. La pena del amor es el olvido. Nuevas flores brotarán en los jardines para que los enamorados trencen sus guirnaldas, y otras aves despertarán con el golpe de sus alitas en los vidrios, a Romeo dormido en los brazos de Julieta. El dolor no es eterno. Las fuentes se agotan, y los claveles se marchitan, y el amor se apaga.

Por eso querría morir con todos los seres que amo, y hacer junto con ellos el duro viaje por lo desconocido y por lo eterno.

Pero la tierra no vacila ya; tu corazón late más sosegado, y la lámpara azul de tu alcoba no se columpia como la Sara del poeta. Ven conmigo; acabemos de comer...

- I -

Me gusta llegar de noche a una ciudad desconocida para mí; tomar, luego que llego al paradero del ferrocarril, el tranvía o el coche que han de llevarme hasta mi alojamiento; encerrarme en el cuarto; tenderme en la cama a buena hora, y descansar allí del viaje, libre de importunos, con la botella de viejo Oporto en el buró, un buen libro junto a la botella y abierta la aromosa caja de tabacos. En las capitales, en los grandes centros de población, difícil, si no imposible, es tal sosiego; la calle nos llama, el bullicio nos provoca, cedemos a las tentaciones de la luz y echamos a andar sin rumbo fijo, como revolotean algunas aves marinas en torno de los faros. En esas ciudades la vida nocturna es intensa, atrae, fascina, tiene hechizos irresistibles de mujer; no así en los pueblos pequeños, que se recogen temprano y cuyos faroles de aceite cabecean, soñolientos, desde las ocho de la noche.

A Jalapa llegué bastante después del obscurecer; de modo que pude entregarme a la voluptuosidad de adivinarla y de sentirla antes de verla; a ese placer delicado que tanto se parece al de estar a obscuras, cerca de una hermosa que duerme. Para los que buscan lo exquisito en el sentimiento, nada más atractivo que el misterio. El placer aumenta en razón directa del trabajo que nos cuesta disfrutarlo, y por lo mismo nos parece más bella la mujer que se recata, y más precioso favor el que nos concede cuando permite que nuestra mano le alce el velo. La sombra de las capillas, la más espesa todavía de los viejos confesonarios, la celosía cerrada, el tenebroso pasadizo en donde suenan besos de meninas y de pajes; la tortuosa calleja iluminada por el candil de algún retablo, dan a los inimitables Cuentos de España e Italia, narrados por Alfredo de Musset, secreto y prestigioso encanto.

Viajando solemos sufrir grandes desengaños, sobre todo si hemos leído antes lo que otros escribieron acerca de los parajes que vamos a conocer. En esos libros aparecen el lugar, el campo, el paisaje, la marina, la ciudad, el pueblo, el villorrio, el monumento artístico, no tales como son, sino tal como los sintió el temperamento del viajero. Así, por ejemplo, el último libro de Paul Bourget, titulado con tanto acierto Sensaciones de Italia, no es propiamente una descripción de las ciudades que recorre el viajador, sino la colección de hojas sueltas en que fue fijando algunos de los estados de su alma. No serán así los frescos de Perugino, los del Pintirruchio, no será así Volterra, ni Orvieto, ni la Umbría; no despertará en todos las mismas ideas, hermosamente tristes, que despertó en Bourget la contemplación de Asís; pero así vio él frescos, pinturas, catedrales y paisajes. La belleza que percibimos es un triángulo cuyas tres líneas componentes son: el objeto mismo, el que lo mira y el instante en que lo mira.

Antes de conocer a Jalapa tal como es quise volver a verla como la había soñado, como la había visto descripta en prosa y verso; y arropado en la cama, trasegaba en los desvanes de mi atestada memoria, ya gozoso con el hallazgo de un bonito verso, ya ufano si descubría entre montones de periódicos, atados con groseros balduques, algún artículo de Altamirano, ya tarareando alguna romanza o villancico de Juan Peza, o haciendo poderíos por reconstruir lindas estrofas de Roa Bárcena, tramadas por él con esplendentes hilos de damasco y descosidas en mi recuerdo por el tiempo, que manosea y desgarra todo. ¿Son de Roa estos versos?

   De cuanto he visto no hay cosa

Que así me halague y sonría,

Como mi ciudad natía,

Como Jalapa la hermosa.



¿Describió esta hermosa tierra en aquella adorable poesía, tan cándidos como vellón de cordero que sale del baño, titulada La primera comunión? En los repliegues de la memoria se me ocultan, riendo de mi torpeza, los traviesos recuerdos; y como no tengo libros a mano para hacer el recuento de los primores que he leído, inspirados por Jalapa, me resigno a dejar que corretee la turba juguetona, sin preguntar a cada chicuelín cómo se llama ni quienes son sus padres, ya que mis viejas, entumecidas piernas, no me permiten dar alcance a esos ágiles versos, siempre mozos. Recordando cree uno a veces estar a orillas de un lago: la onda llega retozona hasta tocar nuestros pies, y tal parece, por lo saltarina, aro de fino acero lanzado por la mano de una niña; mas al intentar pararla, con sesgo inesperado burla nuestro intento, y huye, reidora, de las rocas. Una garza alza el cuello, y se chapuza antes de que nuestra escopeta haya disparado; los peces vestidos de seda y pedrerías, como príncipes de Oriente, hienden el agua, se aproximan airosos a la ribera; pero aunque lleguemos con júbilo a sentir el frescor de sus escamas, escurridizos, se nos escapan de las manos.

En ocasiones, una palabra, un lugar, un color, un perfume, así como asusta el tiro de una arma de fuego a los pájaros que se hospedan en el árbol, hacen que bullan nuestras memorias y en bandadas se dispersen. No sabíamos que anidaban en la encina o el haya de que salieron; las teníamos olvidadas, y casi al punto que las vemos, desaparecen. Otras veces sucede que la memoria nos devuelve cuerpos de náufragos, ideas, sentimientos que creíamos perdidos para siempre en el obscuro piélago, y que de improviso reaparecen, traídos por la marejada. No es posible hacer el inventario de lo que guarda ese caserón de la memoria, lleno de escondrijos, pasadizos, puertas de escape, cómodas con cajones de cien tretas, baúles de doble fondo, bodegas subterráneas y tapancos polvosos velados por cortinajes de telarañas. Todos los días entran nuevos huéspedes a esa posada, y no sabemos -¡tantos son!- los números de los cuartos que ocupan, ni si en ellos están o si han salido; pero es de notarse que jamás se ocultan o pierden para siempre, y cuan do menos lo esperábamos abren las puertas de sus cuartos, salen a encontrarnos, o de súbito saltan como esos muñecos de goma elástica que, en tres dobleces, guardan algunas cajas de cartón.

Así, mientras reposaba, aparecían en mi memoria, como a modo de lámparas que, dando paso a la luz, se abren y cierran luego en el corredor de algún hotel, versos, retazos de oriental prosa, inspirados por Jalapa. Eran como caras de viejos conocidos, cuyos nombres recordaba con esfuerzo, si recordarlos podía. Algo de don Pepe Esteva, algo de Roa, algo del maestro Prieto, una pincelada esplendente de Nacho Altamirano, una serenata de Bablot, una cavatina de Peza, y, todo junto, la Jalapa de la poesía, la Jalapa que sintieron y me hicieron sentir artistas próceres. ¿Sería así, tan cuajada de flores, tan rica de color? ¿La envolvería la neblina como blanca mantilla de andaluza? Ella dormía con sosiego de madre joven, cuyos sanos y hermosos hijos ya están soñando con golosinas, besos y juguetes. La oía dormir y la esperaba. El alba iba a alumbrar su primera sonrisa.

Ínterin Jalapa despertaba, entregábame al placer de sentirme fuera de la ciudad gomosa que con tenazas de pulpo nos aprieta. Esta sensación de alivio y descanso es la que experimentamos al salir de las estufas que chorrean sudor en el baño turco y recibir la ducha de agua tibia. Ya estoy lejos... ¿Lejos de qué? ¡Tal vez de mí! Un muelle entorpecimiento de los sentidos, un sueño de todo el cuerpo, algo así como que se hace el muerto en el río de la vida, es lo que uno siente. Respiramos con libertad, el aire nos pesa menos; una desconocida que, por breves instantes, se parece a la dicha, nos sonríe. ¡Ah!, mañana no repicará la campanilla del portón; mañana dará el alba cuando yo haya descansado; mañana veré algo hermoso, lo no visto aún... que es lo único hermoso.

Precisamente, mientras venía el sueño mentiroso a hablar conmigo, hojeaba uno de los últimos libros de Guy de Maupassant: Sur l’eau. De los últimos... sí... ¡tal vez no escriba otros! Y en ese libro hallaba el análisis de mi propio estado de alma. Ya hablaré, en estas «notas», de ese libro que él escribió con todos sus nervios y que yo oí como si todos mis poros fueran oídos. Dice Maupassant:

«Siento la calma, el tibio y blando sosiego de una mañana primaveral en el mediodía, y hasta me imagino que semanas, meses, años ha, dejé a las gentes que hablan y se agitan. Siento que me entra la embriaguez de estar solo; la embriaguez apacible del reposo que nada turbará, ni blanca esquela, ni mensaje azul, ni el timbre de mi puerta, ni el ladrido de mi perro. Ya no me llamarán, ya no me invitarán, ya no me arrastrarán oprimiéndome con sonrisas, acosándome con cortesías. Estoy solo, verdaderamente solo, verdaderamente libre... Quince días sin hablar; ¡qué alegría!».


¡Oh pobre Maupassant, que estabas solo! Ya

¡Tu alma es un castillo solitario

que habitan los fantasmas...!



Pero ¡cómo palpita en esas breves líneas el tedium vitae, el anhelo de aislarse, emanciparse y vivir uno para sí y para los suyos!

En el libro de Bourget, citado antes, y que tenía también en mi buró, se ve asimismo la tristeza, pero menos agudamente nerviosa que la de Maupassant, y más rayana en la pía resignación de Ernesto Renan. Los dos grandes artistas iban, uno a Italia, el otro al mar, a vivir solos. Los dos huían.

Mató mi luz el sueño. ¿Cómo será Jalapa?

- II -

En Jalapa la luz es perezosa Tarda mucho en salir de sus colchas de nubes, y, sin duda, para no despertarla, para que ningún ruido turbe su reposo, las campanas no dan el toque de alba. Extraña este silencio de las torres, sobre todo cuando la víspera se ha amanecido en la tórrida Puebla. En Puebla no descansan las campanas. Parece que todas a la vez entonan la letanía, y ya una con penetrante retintín llama a misa, ya otra con grave entonación de abad convoca al coro; grita esta, canta aquella, gruñe la de más allá, y el aire se llena de rumores metálicos, que chocan como escudos de combatientes en la brega, que corren como carros de aurigas, que majan como los mazos en el yunque. En Jalapa los pájaros son los que reciben al nuevo día. Despierta uno porque el sueño se despide, no porque un campanazo lo haga huir espantado.

Apenas hubo luz salí a la calle. ¿Luz...? Sí; pero como luz de veladora vista al través de porcelana blanca y diáfana. La neblina, envolviendo la cara de la luz, asemejábala a esas majas que, por coquetería provocativa, se tapan el rostro con la mantilla, dejando solo ver los ojos. Salía del baile esa luz toda cubierta de encajes.

No puedo decir que hiciera frío. Hacía frescor. Sentí al salir lo que se siente en un baño tibio cuando el agua empieza a enfriarse: la sensación voluptuosa que produce el calor cuando se va poco a poco, o la boca amada cuando se desprende lentamente de la nuestra.

La neblina de Londres ha de ser bruma, turbia, como de color de remolino. La que se alza del lago, mi buena y triste conocida, es casi azul y tan delgadita que parece convaleciente. Cuando la besa el sol se le enrojecen los pómulos, como a las tísicas. Esta neblina de Jalapa es blanca, blanca; parece, de veras, el velo con que va cubierta la sultana, cuando en palanquín, vuelve del baño. Se adivina que detrás de ese velo hay un cuerpo hecho de rosas y húmedo todavía. Se sienten deseos de morder esa gasa para llegar al brazo.

De cerca no la sentimos, no la vemos. ¡Es como la dicha! Pero ¡allí está, a pocos pasos, como la dicha también! En donde aparece más blanca y más hermosa es en el fondo de esas hondonadas que llaman calles en Jalapa: por ejemplo, en el camino que va al Dique. Se espesa, se agrupa para subir hasta la iglesia, cual numeroso coro de novicias.

Entre la niebla siente uno que las ropas se le mojan; y en la cara, como si con pulverizadores la rociaran. Pero ¿llueve en realidad? Yo veía puntitas de aguja atravesar sesgadamente el aire, pero me fijaba en el agua quieta de la fuente, y ninguna gota la hería: tan sutiles son así las briznas de agua que salpica esa llovizna. Parecíame que estaba dentro de una gran pompa de jabón.

Y nada mejor que esa neblina me dio la imagen de las tristezas muy calladas. ¿No os ha ocurrido al hablar con un amigo, al leer algún libro, sentiros empapados en vapor de lágrimas? Y los ojos del amigo están pensativos; pero no lloran. El libro habla de flores, de poesías, tal vez de bailes. Pero no, no nos engañamos; se ha mojado en llanto nuestra alma... ¡sale vapor de lágrimas de esa boca, de ese libro!

Mirando, en mañana de niebla, esa bajada al Dique, releí la Sinfonía en blanco mayor de Teófilo Gautier. ¡Qué deslumbrante blancura la de ese trozo pentélico! Pero, en verdad, vi defraudado mi propósito. No se compadecía con la niebla esa blancura. La celebrada por el apolíneo Theo es la mate, la humana, la marmórea, la que puede palparse; y esta de la neblina es tenue, incorpórea, inmaterial. No la podía cantar el gran pagano, amador de la forma; el artista supremo de quien paso, equivocadamente, por devoto ferventísimo. No: la poesía de Gautier es el paraíso de mis ojos; pero cuando cierro estos para recordar, para soñar, para oír las voces de mi espíritu, busco a los poetas que han sufrido y han amado, y a los que hablarme saben de esperanzas.

La poesía de la niebla, o es lamartiniana o es fantástica, a manera de la de Uhland. En esas gasas de vapor se envuelve la imaginación muy a su gusto. Y como esa inmensa red de encaje vuela allá, con ella va la fantasía.

¿Veis cómo se confabulan esas nubes, de luengos trajes talares, en la cumbre del cofre? Abajo, trepa, azuleando, el humo de la fogata prendida por el leñador que hace carbón. Arriba, las viejas nubes hacen niebla.

Vinieron ellas del Citlaltepetl que alza su pico de cisne olímpico para coger una estrella; vinieron de la nieve; trayendo a cuestas grandes témpanos y diligentes hilanderas, tejen niebla.

El que era trozo informe de hielo ya es carrete de hilo muy delgado, que ellas van desenredando. Caen las hebras sutilísimas, levántalas el aire, enróscanse en espiras, únense en guedejas, flotan en el aire, espumean, se condensan, se enmarañan; y los husos de las nubes siguen girando con rapidez vertiginosa, y la rueca no para, y se enreda la atmósfera en las mallas de esa impalpable, aérea, blonda blanca.

¡Ah, viejos árboles de Pacho!... No gustan de viejos verdes las honestas nubes. ¡Ya os pusieron canas! Va la niebla llegando como un soplo que apaga, pero que al apagar no hace lo negro, hace lo blanco.

¿Y vosotros, oh altos liquidámbares? El invierno os desvistió y tendéis los rugosos brazos desnudos, pidiendo hojas... Ya van a envolveros en limpias sábanas de baño.

La niebla, todavía dispersa, corretea en sueltas bandadas. Todavía está en el campamento, vivaqueando, antes de formarse en batallones para la batalla. En las copas de los árboles parece corte de palomas. Y cuando la vemos en la cuenca, en la hondonada, en la barranca, pensamos en las lavanderas cuyos brazos están cuajados de lejía, o en las que trepan ágiles y airosas por la loma, llevando en la cabeza los lebrillos que rebosan ropa blanca.

Luego la niebla cae y vence y cierra. Sentimos la humedad y abrimos el paraguas; pero el vapor de agua se nos sube a las barbas. Para esta lluvia chicuelina y brincadora no hay puerta cerrada, no hay rendija estrecha, no hay abrigo, no hay defensa.

Esa humedad que nunca llega a ser visible, que no mancha ni descascara la pared, que no enferma, que no huele, está en todas partes. La dejamos en la calle y la encontramos en la alcoba. Nos vestimos, y queda dentro del vestido. Nos metemos en la cama, y está escondida calentándose en las sábanas.

¿Para qué guarecernos en la casa? Quédese el gato apelotonado en el sillón. Nosotros a la calle. A la calle; a sentir ese beso fresco de mujer que sale del baño.

La blancura impalpable nos rodea. Abrid los ojos para no ver más que un color. Sentíos dentro de un pomo de polvo de arroz. ¿Que no veis nada? ¡Ah, entonces el arte no ha dicho aún a vuestros ojos: Abríos! Coppee sí puede ver, puesto que ha dicho:

¡Et partout on voi neiger

des plumes de tourtourelles!



Estáis arrebujados en la falda nívea de una novia, ¿Sabéis lo que flota en la atmósfera? Aroma de azahares. Hay nupcias en el aire.

Arriba de los tejados danzan bayaderas; ondulan túnicas de gasa; brilla una zapatilla de cristal cuando algún rayo de sol llega furtivo, culebreando, a asomar su pupila de oro por la rejita más abierta del encaje. Están celebrando con gran fiesta a la santa preferida de la inmortalmente blanca madame Recamier: a santa Muselina.

Enfrente, en la azotea del palacio de la señora marquesa, un baile. Todas van peinadas de polvo. Las golas de los abates no tienen una sola mancha. Hay armiño en vez de alfombra. Y cuando el sol espía y huye para que no le atrapen, brilla el oro en el tisú lentejuelado de los caballeros.

Más allá, bajando, en esa planicie que apenas divisamos porque la cubre una tela que parece de vaho, marcha la caravana de los árabes. El aire agita sus alquiceles. Y en el lado opuesto al norte, alean los mares de la niebla pálida, los de ondas frías, los de indecisos horizontes que ha pintado con espíritus de colores, con reflejos de nieve, el admirable Pierre Loti.

En medio está el templo con su toga blanca. Tal parece Araón en la montaña. Y más cerca de nosotros... ¿no miráis? ¿Quién es ese caballero enharinado que parece salir de los brazos de la hermosa panadera que tenía muchos escudos? Pareciome, al pronto, el comendador, el convidado de piedra, pero al acercarme vi que no era.

Un pantalón... un frac... una barba aguzada... una nariz zorra... un ojo de águila... una calva de genio... ¡él mismo! ¡Lerdo!

La magia de la niebla habíame hecho olvidar, y despierto en el parque de Jalapa. No os he contado aún cómo es la linda perfumista que ama y sueña, abanicada por los liquidámbares. La neblina pasó ya por mi mano su jabón de coco para que escriba de Jalapa. Os hablaré de ella el jueves; y el domingo, desayuno en el Dique, almuerzo en el Molino.

No intento describir esta ciudad ni traer a cuento los innumerables recuerdos históricos que encierra. He titulado mi artículo «Morelia», porque pensando en ella, viendo con la imaginación sus fértiles campiñas, su paseo de San Pedro, su umbrosa y melancólica calzada, sus viejos templos de fábrica española, sus amenos jardines y sus ruinosos monasterios, he empezado a escribirlo. Me parece estar en la loma de Santa María, coronada por lo que llaman y llamó la piedad cristiana de nuestros padres el Calvario; en ese pueblecito, todo lleno de flores, que se me figura un Mixcoac subido en hombros de indios a la cúspide del cerro. Desde allí es encantador el aspecto de Morelia; habrá otras ciudades más bellas, pero no conozco ninguna más simpática. Verla por primera vez desde ese punto o desde la Loma del Zapote, y desear bajar para mirarla más de cerca, para refugiarse en sus nidos blancos, todo es uno. Se ve larga, como acostada y dormida en suave colina. Las torres de su catedral son muy esbeltas y pocos metros menos altas que las torres de la nuestra. Muchas otras torrecillas y cúpulas de capilletas empínanse como asomadas a las espaciosas azoteas de las casas. No hay ningún río caudaloso en que Morelia pueda verse, porque no es coqueta ni presumida, sino humilde. Está acostada cuan larga es, a semejanza de una segadora rendida por el cansancio, y solo las torres de su catedral son las que se alzan sobre las puntas de los pies, las que no duermen para cuidarla, velando el sueño en que reposa, para espiar y ver de lejos si se acerca algún peligro. En todo el espacio que separa a Morelia de Santa María falta la inmensa sombra, la sombra luminosa, porque el héroe hasta a su sombra comunica luz del gran Morelos. En la ciudad está Ocampo; aquí planea Morelos.

Y por cierto -dicho sea al pasar- que ni Morelos ni Ocampo tienen todavía un monumento digno de su gloría en lo que fue Valladolid. Hay dos estatuas de Morelos en la ciudad. Una, la primitiva, ha mudado de sitios varias veces. Parece que los morelianos quieren despedirla y despacharla a México. Ha poco la dejaron cerca de la antigua garita, por donde entraban las diligencias en aquel entonces. Ahora se viene a México por otro rumbo, y los morelianos, siempre corteses, la acompañaron hasta la plazoleta más próxima al paradero del ferrocarril. Allí se está. No es una estatua, es un muñeco puesto en el remate de una columna muy delgada y muy alta, como figura tallada en el puño de un bastón, extremadamente larga. Conocí a ese muñeco cuando tenía color de bronce; luego lo vi verde; ahora está blanco.

Otro Morelos hay en uno de los jardines de la plaza Mayor; pero este Morelos es muy bajo de cuerpo, bastante gordo, y como tiene un papel en la mano izquierda y cierto aspecto de bondad candorosa, más bien parece un respetable miembro del ayuntamiento leyendo su discurso de dieciséis de septiembre.

El Ocampo que está en el centro del otro jardín, en uno de los costados de la catedral, parece más buen hombre todavía que el cura de Tarácuaro. Está de frac, y así, frente al palacio, tiene el aspecto de un diputado a la legislatura y de estar aguardando a que se abran las puertas para entrar al baile. Su pantalón y su frac no hacen ni una arruga. Son de corte irreprochable. Por eso dice una muy inteligente amiga mía que el autor de esa estatua erró la vocación: debió haber sido sastre.

Ahora, puesto que a la plaza hemos bajado, podemos discurrir por la ciudad. La catedral es hermosa; la rodea un buen enverjado de hierro, y el interior del templo, de orden dórico, está dividido en tres naves majestuosas. ¡Hubierais visto sus torres, como yo las vi, iluminadas por millares de candilejas, a guisa de festones luminosos enredados en ellas! En los costados de la catedral hay dos jardines, que bien quisiéramos en México, por frondosos, limpios y esmeradamente cultivados. También hubo en esos jardines, durante las noches de la fiesta, pintoresca iluminación veneciana; pero esta iluminación, dispuesta con el mayor arte, tenía un carácter que nos es más familiar: el de todas las iluminaciones patrióticas. Globos verdes, y blancos, y encarnados, prendidos en las ramas de los árboles a manera de frutos fabulosos de algún nuevo jardín de las Hespérides, formando arcos aquí, guirnaldas acullá, y, en conjunto, una gran bandera tricolor.

En el centro de estos dos estandartes deslumbrantes erguíanse las torres del templo, todas vestidas de luz, pero de luz uniforme, color de oro pálido. Diríase que todos los cirios de los altares, de los candiles y del coro habían salido a las cornisas para ver la fiesta. No se miraban sus cuerpos blancos, como si estuvieran ellos enterrados en la piedra y solo sacaran afuera las curiosas e inquietas cabecitas. Tampoco a los ángeles que vemos en algunos lienzos místicos se les mira el cuerpo. Y allí estaban, en las cornisas, en las horneras, en los calados, en los frisos, muy juntos, muy unidos, muy despiertos, hablándose con esos parpadeos que parecen cuchicheos, sonrisas maliciosas de la luz; moviendo sus cabecitas de fuego, como se mueven las cabezas de los niños, con los ojos muy abiertos y muy sueltos los finos rizos rubios, en las gradas de algún teatrillo de Guignol.

Esas travesuras de la luz me recordaron otras semejantes que vi en el bosque de San Pedro.

El bosque de San Pedro es el paseo más hermoso de Morelia. Por eso mismo son muy pocos los que van a él. Mi erudito amigo don Juan de la Torre calcula que hay en él veintidós mil árboles. Para formarse, pues, aproximada idea de él debe tenerse en cuenta que los árboles de nuestra Alameda de México, en la actualidad, no llegan a dos mil. El bosque de San Pedro es majestuoso, imponente, hermosamente triste. Más que paseo, se me figura aquel un enorme monasterio de árboles. Tienen estos, en ese sitio de meditación y de quietud, no sé qué aspecto cenobítico. Cuando el viento agita sus hojas se escucha como colosal murmullo de oración, como un salmo cantado a media voz por innúmero de monjes en algún coro gigantesco, cuya sillería nos imaginamos que es de ébano. ¡Qué felices son los morelianos, puesto que tienen la soledad tan cerca de ellos! Todo en ese bosque es intrincado, enmarañado, y todo en él está inculto. He pasado allí las últimas horas de la tarde, y llegué a creer que la noche no bajaba a aquel sitio agreste, sino que salía de él, como una hamadríada sale de la hendida encina para ir a la ciudad. Algunas de sus grandes calles, de sus grandes bóvedas, parecen túneles de hojas; en el fondo se ve un pequeño arco azul... es la luz que se va, y antes de irse se asoma para ver quién queda adentro del bosque.

Aquí y allá se encuentra una que otra banca de piedra, no hechas para rozar la falda leve de una muchacha enamorada, sino la burda estameña de algún hábito monacal. Instintivamente se busca el convento, que ha de estar no lejos, y se espera el encuentro con algún fraile pensativo que pasee, breviario en mano y camándula al cinto. Cae la noche y obsérvase entonces el efecto de luz que recordé al contemplar las torres iluminadas de la catedral: incontables luciérnagas culebrean, mariposean o se fijan y mueren en la hierba. Nada más bonito que estos volantes «no me olvides». En algunos trechos parece el campo alfombrado con hojas de violeta que se transparentan, iluminadas por abajo. Se diría que muchos duendes retozones, por pasatiempo, se ocupan en encender átomos de aire, y en apagarlos apenas encendidos. Otras veces están las luciérnagas paradas momentáneamente en las obscuras hojas, y tal creemos que nos ven las hojas. ¡Y tiene algo de beso esa mirada que dura! Hay mucha sombra; no se ve nada; pero vemos luciérnagas, es decir, vemos el aire.

Así me figuro el limbo de que hablan los místicos: ¡una atmósfera hecha de luciérnagas!

Saliendo del bosque de San Pedro, se entra a lo que llaman la calzada. Más de quinientos metros tiene esta calzada, que es una larga calle de fresnos. A ambos lados tiene hileras de bancos o lunetas de piedras. Atrás de esas bancas, y a poca distancia de ellas, están las casas adonde van a veranear las familias acomodadas de Morelia.

Se respira con amplitud y fuerza en aquella frondosa nave. De cuando en cuando pasa el tranvía, y ese nos lleva, material y moralmente, a la ciudad. Menos nos habla de civilización y de cultura urbanas la luz eléctrica con que alumbran la calzada, porque al cabo y al fin la luz eléctrica tiene mucho de fantástico. Los focos, suspendidos de los árboles, pueden hacernos creer que aquel lugar está alumbrado con las lunas viejas que envejecieron y fueron dadas de baja en el año.

En un extremo de la calzada está la plazuela de Villalongín: se llamaba antes «de las Ánimas», y lleva ahora el nombre dicho antes en memoria de un hecho insigne. «Hubo un tiempo -dice el Sr. De la Torre- en que la iglesia de las Ánimas, después de cerrada al culto, se destinó a la reclusión de señoras, y la esposa del insurgente Villalongín, perseguido por el Gobierno español, fue encerrada en aquella, con la mira de obligar por este medio a su marido a que depusiese las armas; el jefe Villalongín, lejos de desistir de sus patrióticos propósitos, acompañado de su asistente penetró un día a la ciudad, salvando los puestos militares, y extrajo de la reclusión a su esposa, con gran sorpresa de los guardias y de la población entera».

¡Cuántos otros serían capaces de ejecutar el propio acto de heroísmo para dejar en reclusión a sus mujeres!

En esta plaza de Villalongín, o de las Ánimas, nos abocamos a la ciudad. Ya está allí la gran arteria de Morelia; se ven las luces de las tiendas, los escasos transeúntes; mas, sin medio de evitarlo, volvemos la vista atrás, buscando al monje que debe de acompañarnos. Allá, en el otro término de la calzada, está el santuario de Guadalupe, y aunque cerca de él se ve el lindo jardín azteca, modernísimo, elegante, trazado y hecho durante el gobierno del Sr. Jiménez, no podemos sacudirnos la impresión monacal que llevamos encima. Por añadidura pasan al lado nuestro -voy con usted, lector- hombres envueltos en anchas capas, y que, o son sacerdotes, o lo fueron, o van a serlo.

Todo en Morelia, y a pesar de la estatua de Ocampo, es clerical. Y allí, sin duda, el clero fue muy rico, y aún conserva restos de su opulencia. Lo dicen los treinta templos -entre templos propiamente dichos y capillas- que existen todavía, amén de los extinguidos; lo dicen las ruinas de esos conventos tan grandes, como las del Carmen y las suntuosas fábricas levantadas allí por jesuitas o por frailes. Lo que es ahora Escuela de Artes -y, por cierto, hermosísimo edificio- fue antaño colegio de jesuitas. Lo que es ahora palacio de Gobierno fue seminario, y en él se educó Ocampo. Y para no intrincarnos ni hacer referencia a otros grandes conventos, como el de San Francisco, y muchos más, básteme citar las construcciones nuevas emprendidas recientemente por el clero: el soberbio Seminario y el Colegio de Guadalupe, destinado a la enseñanza de las niñas.

Pero estas instituciones eclesiásticas, así como las civiles u oficiales, merecen capítulo aparte.

El lector ha de estar cansado; y ¿cómo no, si yo, que me quiero más y me oigo más que él a mí, lo estoy también?

También la catedral está de buen humor, y en las torres loquean las campanas. Adentro yo no sé lo que dirán los señores canónigos en el salón de los hermosos gobelinos; pero afuera, el repique vocea la buena y grata nueva, esparciendo alegría. Ya es la mañana del trabajo o del paseo urbano; la mañana de la vida social, no la fresca del campo humedecida por el alba, ni la caliente y modorra de la alcoba. El alto funcionario llama a su barbero; el empleado de poco sueldo y poca ropa, luciendo su lustroso traje negro -desmanchado la víspera-, corre a la barbería. Esa señora, que ya dejó lavados y vestidos a los chicos, entra a misa. Esos muchachos que hoy no van a la escuela, se dispersan, como canicas de una caja volcada en el jardín. El cura se desayuna. El yankee almuerza. Estudiante enciende el puro. Cantinero prepara muchos sandwichs. Diputado a la legislatura, ya es hora de que proteste gobernante nuevo.

En la compañía -¡cosa rara!- hay pocos devotos. Como repican tanto las campanas grandes, no se oye la voz temblorosa de las campanitas que llaman a divino sacrificio. Desbórdase la gente por las calles, que están ahora con primor engalanadas. Cerró el comercio sus tiendas porque así lo quiso y no porque ninguno lo ordenara. Perdió un día de ventas, pero ganó un buen gobernador. Hay cortinas, hay flámulas, banderas, en todos los balcones. Los colores de Francia, los de España, los de Alemania, los de Italia, los de Suiza, los de Bélgica, forman espléndido cinturón a la ciudad. Las calles de Mercaderes, tan limpias, tan alegres y elegantes, parece que se abren paso con dificultad entre dos hileras de barcos empavesados. En la plaza, colgando de los árboles, faroles venecianos forman arcos de triunfo, para que pase por debajo de ellos, con altivez y brillo de victoria, tu mirada, ¡oh Augusta! ¡Oh Hermosura!

Casi es imposible penetrar en el salón de la ley. Los soldados están donde es su sitio, abajo, de guardianes. Arriba aguardan los representantes del pueblo en sala abovedada que semeja galería de templo egipcio. Llega el gobernador: tipo militar; de veterano, pero no de viejo; varonil, pero no duro; valiente, pero no fanfarrón ni petulante. Su mirada es inteligente y recta; pasa sobre las cabezas como acero de general que da, a caballo, una señal de mando. Y no por eso es soberbia ni despótica: baja también y se detiene con cariño en el soldado raso, en el herido. Revela al jefe y al afectuoso camarada. Manda a tiempo.

El presidente de la Legislatura, joven y distinguido, lee un discurso bien pensado y bien escrito. El gobernador contesta en otro de alma honrada y de forma serena. Lo pronuncia con voz clara, vibrante; pero a veces se emociona y su voz tiembla, como la mano del sacerdote ferviente al ir a tocar el ara santa. Esa palabra tiene buen corazón.

Después protestan los insaculados, y la comitiva oficial dirígese a palacio, hendiendo la compacta multitud. No es palacio ese que tiene el ejecutivo de Puebla. Es una gran vivienda. En el salón, decorado sin lujo, reciben los nuevos felicitaciones y oyen lo que dicen las esperanzas balbucientes. Noto sinceridad en aquellas, y trasluzco en estas mucha fe en el porvenir. No tienen miedo; confían en el hombre que escogieron.

Luego se va al banquete, y este es en el Colegio del Estado, edificio que honra a América y también a sus fundadores, los jesuitas. En el aula mayor, de tallada y solemne sillería; frente a lienzos descoloridos por el tiempo, que representan a obispos y a próceres benefactores de la institución; vacante la presidencia, porque ya el teólogo amarillo y de corva nariz no está en la cátedra, tendieron sobre mesa muy larga los manteles blancos. ¡Cómo contrasta la «pieza montada», esbelta y modernísima, con la madera, adusta y venerable, de la viuda sillería! ¿Qué dirán las almas de doctores y maestros si por acaso viven ocultas en los tallados y vetustos asientos, al oír los disparos del champagne? Eso sí: brindis no oyeron. Muy cuerdamente los desterraron, como a poetas, como a perniciosos, quienes con tino y buen gusto dispusieron el festín.

Termina este, y ciento cincuenta invitados se derraman, conversando alegremente por las amplias crujías, por corredores y salones, o salen a recorrer las calles, vestidas de fiesta.

En la noche hay serenata. Sube el cohete vestido de máscara, con cerrado, estrecho dominó de luto, y cuando ya no podemos alcanzarle, quítase el antifaz, lanza un grito burlón, y para más mofarse de nosotros, el espléndido, el loco, el príncipe magnífico sacude su escarcela y deja caer piedras preciosas que no llegan a nuestras manos, ya tendidas y abiertas, porque se pierden, juguetonas, en el aíre. Las estrellas, esas estrellas de Puebla que brillan tanto y que ven con tanto amor, miran enredarse en el cuello nubio de la Noche sartas orientales de oro y de diamantes, de rubíes y de zafiros. ¡Y qué hermoso está el parque, y cuán hermosas las que en él pasean! ¿Esas pupilas cayeron también de esas estrellas?

Poco a poco el silencio va cayendo y la sombra se va ahondando. Dijo bien el poeta: «¡Muy tristes, muy tristes son las músicas que se van!». La catedral se ha cubierto, de la cabeza a los pies, con su velo de madre superiora. Habla de cuando en cuando; mas con voz pausada, lenta, grave. Alza un oremus o gime el Eheu fugaces. Se ven luces dispersas: son las de las monjas vigilantes, que rondan el silencioso dormitorio.

Volvamos al hotel. Allá espera la llama azul del ponche, que es la última que se apaga. Llevo un buen recuerdo más.

Cuaresma del Duque Job

Domingo de la tentación

¿Recordáis haber visto en nuestra Academia de Bellas Artes un cuadro que representa la tentación de Jesús? El demonio muestra al hijo de Dios varias bandejas llenas de frutas y de flores y sostenidas por las manos de unos ángeles, que no sé si son hombres o mujeres, porque los ángeles no tienen sexo. Y parece decirle: -¡Si me obedeces, si te entregas a mí, te comerás todas esas uvas, todos esos melocotones, todas esas peras! -¿Recordáis haber visto el cuadro aquel? Pues bien, así no fue la tentación de Jesucristo.

Hay otro lienzo -¡vaya si es otro!- que tiene el mismo asunto. Es de Ary Scheffer, y recuerdo haberlo contemplado en un artículo maravilloso de Renan... suprimid el adjetivo «maravilloso», por inútil, y la frase no perderá nada de su fuerza: en un artículo de Renan. El demonio es allí hermoso. -¡Por qué hemos de hacerlo feo, cuando Dios lo hizo bello?, ¿por qué hemos de ponerle cuernos, si no somos sus mujeres?, ¿por qué hemos de imaginarlo repugnante, si a todos, por desgracia, nos simpatiza tanto? -Y en actitud gallarda, altivo, ofrece a Jesús el señorío y dominio de la tierra. Dan ganas de decirle: -Te estás equivocando; ese humilde esenio puede más que tú; ese es Dios. -Y dan ganas también de decir a Jesús: -¡Aquí ya no eres Jehová, que eres Jesús; desengaña a ese truhan buen mozo y perdónalo, porque hace ya muchos años que sois enemigos!

La tentación, en ese cuadro, es seductora: ¡así han de ser las verdaderas tentaciones! La de la serpiente en el Paraíso fue muy tonta. ¿Qué ofrecía la serpiente? Lo que ofrece cualquiera india en cualquier esquina: ¡una manzana! Por honra de Adán y por honor de Eva, puesto que somos, al fin, de su familia, quiero creer que esto de la manzana solo es símbolo, y que la serpiente, en realidad, les ofreció otra cosa. Es más: quiero creer que no hubo tal serpiente, porque las serpientes no pueden haber sido hechas por Dios ni haber estado en el Paraíso; y las mujeres, desde la primera hasta la última, fueron, son y serán, incapaces de entrar en conferencia con animales semejantes.

De por sí la tentación es hermosa. Leed la Tentación de san Antonio escrita por Flaubert. ¿Cómo pudo resistir aquel santo? Ya era cosa de decirle a Dios: -¡Siempre mejor no voy al cielo! -Pero, como era santo, no lo dijo, e hizo bien.

La tentación es bella, señoritas, y no solo despliega sus encantos para seducir a las que pueden perder a toda la humanidad, como Eva; no solo habla en la cima de una montaña; a cada paso, en cualquier mostrador, ya ofreciendo un sombrero, ya un vestido, ya una joya, habla al oído. En el poema de Goethe, la tentación es un cofrecito con alhajas. Fausto, para vencer a Margarita, no necesitó la intervención del diablo que le acompañaba: bastábale el dinero que el mismo diablo le había dado. Esto, a mi juicio, constituye uno de los defectos de la heroína. Margarita no se enamora de Fausto por su bravura, como Desdémona de Otelo; ni por irresistible simpatía, como Julieta de Romeo; ni por su genio, ni por su ciencia, ni por su belleza, sino por sus joyas. Fausto se vende al diablo y compra a Margarita. Y por eso ni Fausto ni Margarita son simpáticos. ¡No son simpáticos, y por eso, tal vez, son tan humanos!

La tentación, desde los tiempos más antiguos, ha enamorado a la mujer con las ojeadas de la moneda de oro y con los rayos de las piedras preciosas. Júpiter, para poseer a Danae, se convirtió en lluvia de oro. Los enemigos del alma son tres: no sé cuántos son los enemigos de la mujer; pero uno de ellos, señoras y señoritas, es el diamante.

Yo no tengo motivo alguno de disgusto con esta piedra, acaso porque no la conozco íntimamente, sino de vista nada más; pero cuando pienso en los males que ha causado, no puedo menos que condenarla. Ya Shakespeare había dicho: «El oro y los dones brillantes tienen una elocuencia muda que mueve el corazón de la mujer, muy más que los discursos más hermosos».

Para poseer honradamente ese pedazo de carbón ennoblecido por la luz, la mujer aspira a atrapar un marido rico. Los perjuicios que ocasiona al caer en esta tentación serán, señoras y señoritas, el tema de mi discurso.

Desde luego debemos entendernos respecto a la palabra marido. Un marido viejo no es un marido. Hablo, pues, de los jóvenes, y entre estos aseguro que hay en México muy pocos ricos. Se puede conseguir un novio hijo de padres ricos; pero un novio que sea rico es muy difícil de obtener. Es necesario importarlo. Los pocos que hay tienen mucha demanda en el extranjero y sus familias los exportan, para casarlos en Europa con la depreciación necesaria. Los padres acaudalados les mantienen a sus hijos varios caballos, un cochero, diversos vicios, la ignorancia y alguna enfermedad. Estos hijos tienen muchas necesidades artificiales, lo que equivale a tener mucha familia, a ser pobres. Aquí el dinero se va acabando como se acaba el arbolado de los montes, porque cortan árboles para durmientes o para leña, y nada siembran. La progresión descendente es esta: bisabuelo, millonario; abuelo, rico; padre, acomodado; hijo, pobre; nieto, limosnero. No creáis, por consiguiente, que haya ricos. Esa es una voz que hacemos circular para que nos presten dinero en Berlín. Aquí hay algunos que fueron ricos, otros que van a ser ricos, pocos que parecen ricos; pero ricos no hay. Se trata de construir un ferrocarril, y lo construyen los ingleses o los americanos; se trata de establecer una industria, y la establecen los españoles; se vende algo, y lo venden los franceses; pide el Gobierno dinero prestado, y se lo prestan los alemanes. En México hay casas, hay haciendas, hay libranzas; pero no hay dinero. El dinero de México está en las minas. De allá lo sacaremos, en bajando, pero no tenemos todavía para comprar la escalera.

Llamaremos, pues, rico a un joven que tenga caballo, por la misma razón con que podríamos llamarle caballero. Este joven no sabe trabajar, porque nos ha quedado inveterada la hidalguía española y los hidalgos no trabajaban. Todo oficio, menos el de usurero, está aquí muy mal visto. En la misma clase media se siente invencible repugnancia a toda ocupación manual. Los pobres hacen versos; los ricos se hacen pantalones; pero hacer zapatos, hacer velas, hacer cerillos, es cosa de plebeyos y pecheros. De la nobleza, que nunca tuvimos, nos ha quedado la ociosidad. Investigad el origen de los mayores capitales mexicanos: es el agio o el contrabando, con excepción de los que derivan de las minas o del juego. No hay, pues, muchos ricos que puedan vanagloriarse de sus ascendientes. Pero, a pesar de eso, se consideran nobles, y como tales nobles, no trabajan. El pobre piensa hacer a su hijo abogado, o médico, o ingeniero; pero nunca sastre, ni panadero, ni boticario. Si el muchacho no sirve para el estudio y en el examen lo reprueban, se hace literato.

El rico no piensa hacer nada de sus hijos. Antes hacían a uno mayorazgo, a otro militar y a otro sacerdote. Ahora a todos los dedican al vicio. No quieren que sigan una carrera, porque en las escuelas del Estado se corrompen. Entre la escuela y la cantina optan por la cantina. Prefieren que pierdan el honor en un garito, a que pierdan la creencia de que san Pascual Bailón anuncia con tres toques la hora de la muerte.

El joven rico, en consecuencia, es un hombre que se va a comer los huesos que dejó en el plato el padre, al levantarse de la mesa. Como no sabe hacer nada, su caudal se extingue. Por el instinto de la propia conservación busca para esposa a una heredera. Y gracias a estos injertos, tenemos todavía familias acomodadas en México. Suele acaecer, no obstante, que uno de estos señores que tienen caballo y cuenta ilíquida en la sastrería, se case con una pobre. Este es el bizarro paladín, el joven príncipe, en que sueñan ustedes, ¡oh hermosas dormidas! La mujer entonces entra a la misma categoría que ocupa el caballo: los padres de su esposo la mantienen. Ella es siempre la desdeñada. Tiene que tratar poco a su familia, porque esta hace mala figura en la casa de su marido. Tiene que ser mala, porque forzosamente deseará que mueran sus suegros, para ser ella algo por sí misma. El marido juega, y sus padres, que no supieron educarlo, le echan a ella en cara que no haya podido corregirlo. Siempre es la advenediza, la postiza en la casa, la agraciada, la favorecida. Suele tener brillantes en el cuello; pero tiene también muchas lágrimas en los ojos. No tiene; le dan. No vive; le prestan la vida y se la cobran diariamente.

¡Señoras que me oís: decid si esto no es cierto a todas las señoritas que me escuchan!

Se me preguntará si quiero que todos los matrimonios sean los de une chaumière et ton coeur!, en francés, y los de «contigo pan y cebolla» en España. ¡No, tampoco! Los matrimonios los debe hacer el amor: a unos les hace bien y a otros les hace mal; pero él debe hacerlos. Os aconsejo, sin embargo, que no os caséis con un pobre de solemnidad. El amor come, el amor se viste. Los hambrientos y los desnudos se mueren. La miseria es una puerta muy grande: por ella entran el tedio, el deshonor, el crimen. Exigid a vuestros maridos mucho amor; pero también un poco de dinero. No crean ustedes: este es un personaje indispensable; es el apuntador, y si él no habla, se le puede olvidar a la esposa su papel.

Pero no busquéis, señoritas mías, una canastilla de boda, sino un esposo que sepa amaros y que pueda manteneros. No os unáis a un hombre que se crea superior en rango y casta a vosotras, o cuya familia, al menos, piense así. Si sois ricas, tampoco os caséis con un pobre, a menos que lo améis inmensamente y él os ame lo mismo y estéis ciertas de que lo preferiréis a todo. Un pobre puede dejaros con lo que llamaba la madre de los Gracos sus mejores joyas: con los hijos, y llevarse las peores joyas: los brillantes.

Lo que os encarezco es que no busquéis el diamante, esperadlo. Cuando cae naturalmente, como el rocío en el pétalo, es hermoso y es bueno.

Hablo ante un auditorio distinguido, de cuya religiosidad y buena conciencia tengo muestras evidentes, y por eso creo inútil el deciros que no busquéis el diamante por otros caminos. Pero siempre, señoritas... no lo busquéis.

Semana del hijo pródigo

No fue, en verdad, lastimosa la vida del hijo pródigo, cuyas aventuras nos refiere el Evangelio, porque si bien es cierto que hubo de sufrir serios apuros y de pasar por lances apretados, también lo es que antes de estos merecidos infortunios se regaló a cuerpo de rey, y que después de ellos consiguió el perdón de su padre y anejó a este la paterna hacienda. Guardad, pues, vuestras lágrimas para derramarlas por más justa causa, tanto por lo que llevo dicho, cuanto porque el hijo pródigo no existió y solo figura en el Nuevo Testamento como personaje de parábola, esto es, de ficción romanesca que entrañe alguna advertencia moral o alguna enseñanza religiosa. El hijo pródigo es la humanidad que en los tiempos prósperos se descarría y olvida de Dios, y en los adversos torna al redil, impetra la clemencia del Señor y la consigue. Bueno será, a pesar de todo, que no fieis mucho de esa piedad suprema, dándoos, mientras la sangre os hierva, a vida alegre, con el propósito de arrepentiros en la vejez, porque pudiera acaecer que declararan en suspenso la parábola, privándoos de las garantías libérrimas que otorga al ciudadano, y vuestra conducta en todo caso sería siempre dañosa para la sociedad honesta, que prefiere no cometer delitos a llorarlos después de cometerlos. No porque san Dimas fue ladrón queráis serlo vosotras; ni porque la Magdalena amó mucho améis demasiado, señoras mías; ni porque el hijo pródigo anduvo a salto de mata, haciendo fechorías, imitéis su vida truhanesca, esperanzadas en la misericordia de Dios. Estos fueron casos raros que no ocurren todos los días, y la regla general, la que casi siempre está vigente, es la de que «quien mal anda, mal acaba».

Cumpliendo mi propósito de aplicar el Evangelio a las necesidades de la vida moderna y de la industria, voy ahora a hablaros de la prodigalidad y de los hijos pródigos.

La prodigalidad es para nosotros como las enfermedades son para los médicos: malas cuando las tienen ellos; buenas cuando las tienen otros. Ser pródigo es un defecto y una recomendación. El manirroto que despilfarra su dinero se queda sin él, pero el agraciado que lo recibe aumenta su caudal. De modo que nos conviene que los demás sean pródigos, siendo nosotros económicos. La prodigalidad, por otra parte, ha merecido honores de la canonización. ¿Qué es la caridad, sino una prodigalidad santa? ¿Qué fueron san Vicente de Paúl, san Juan de Dios y tantos otros, sino grandes pródigos, en beneficio de la humanidad? La prodigalidad, en consecuencia, no es un delito en sí: lo pecaminoso es el emplearla malamente. La prueba es que, en el Evangelio, el hijo pródigo aparece perdonado y el avaro en los infiernos, porque la avaricia es pecado estéril que no redunda en provecho de nadie, e indicio inequívoco de ceguedad de corazón. Jesús dijo a un joven rico: «Da todo lo que tienes y sígueme», ordenándole así bienhechora y santa prodigalidad. No me cansaré, pues, de repetiros que en ese sentido seáis pródigos, porque buena falta nos estáis haciendo. Hubo antaño generosos ricos-homes que fundaban hospicios, hospitales; construían fábricas suntuosas destinadas a escuelas y colegios; daban trabajo o pan a los menesterosos; y ogaño, los ricos-homes envían a sus hijos a las escuelas del Estado o no los mandan a ninguna; protegen a la mujer desvalida, comprándole por una bicoca sus pulmones y su sangre, gastados en la costura, para enriquecerse con el producto de ella; protegen el comercio y la industria prestando dinero con excesiva usura, y en cuanto a proteger las bellas artes se limitan a tomar una suscripción de la Moda Elegante, para la señora de la casa, a pagar malamente a un mal pintor algún pésimo retrato al óleo, y a abonarse al teatro, en el primer abono nada más, cuando viene alguna compañía de ópera. Esto no impide que, de cuando en cuando, se haga lenguas la prensa para loar y enaltecer el nombre de tal o cual millonario magnánimo que tuvo la abnegación de gastarse cien duros por una sola vez, en comprar unas cuantas sábanas para regalarlas al hospital. Y cuenta que no hablo de ciertas otras caridades interesadas, caridades de contrato, de «te doy para que des», que también tienen resonancia en los periódicos. Lo peregrino es que, tras de ser avaros, gozan esos señores, entre los estultos, cuando menos, que son muchos, fama de generosos y caritativos. La única explicación que encuentro a esos ditirambos de la Prensa es que, siendo ocurrencia extraordinaria la de que un rico dé algo de su peculio al indigente, hay que echar las campanas a vuelo cuando el prodigio se realiza. Porque está probado que en México los pobres, los que nada tienen, son los que dan más. Se trata de una de esas fiestas que llaman de caridad, no sé por qué, y las señoras ricas son las que piden y los hombres pobres somos los que damos. Debía ser al revés, pero no lo es. Por de contado que exceptúo de mi censura a algunas personas ricas, de esas que no tienen Diario Oficial, ni gacetillero de cámara, ni pregonero de virtudes, que hacen el bien por el bien mismo. Pero esto no quita que aquí los pobres sean los más caritativos, y que, como los recursos de estos son exiguos y como los ricos viven apegados a su tesoro, se vea el Gobierno obligado a ser muy pródigo, para que los pobres no ladren de hambre ni los enfermos mueran en el quicio de cualquiera puerta, y para que los niños se instruyan, y para que haya ejército de empleados que mantenga el comercio, la industria y las bellas artes.

¡Sed pródigos, pues, ¡oh millonarios!, para que los pobres podamos ser lo mismo!

Y aquí entraré en consideraciones de otro linaje. Así como el rico en México es sobrado avaro, el pobre es extremadamente pródigo. Parece que todos llevamos en la bolsa muchos billetes de banco expedidos por la provincia, y que creemos cobrar al día siguiente. Mañana ese es nuestro cajero. Y ¿quién es mañana? Cuando va uno a buscarlo siempre es hoy, mañana nunca tiene dinero, mañana es un tramposo que se esconde de sus acreedores... ¡oh, mañana no existe! Se enfada uno con él cuando acudimos, sin hallarle, a una cita que él no nos dio. Pero esta es injusticia soberana: mañana cumple los compromisos que contrae, mañana paga sus deudas; mañana existe para el trabajo, para el ahorro, para la previsión, para el prudente, para el laborioso, para el entendido. Pero mañana no es un cajero universal como queremos que lo sea, y no cubre sino los libramientos de aquellas personas que le dieron sus fondos en depósito.

El artesano, por ejemplo, cobra el sábado en la noche su jornal, y el domingo lo gasta íntegro en los toros, diciendo para sus adentros: «¡Ya mañana veremos!». ¿Qué ha de ver? Que mañana no paga boletos de sol para corridas de toros, que mañana es hoy y, más todavía, que es peor que hoy. ¿En qué confiaba ese artesano? Pues confiaba en lo que confía una buena parte de los mexicanos pobres: en el milagro. Por esta misma confianza en lo sobrenatural, por este misticismo exaltado de un pueblo que siempre está esperando al cuervo que ha de traerle el alimento en el pico, son perjudiciales las loterías. Notad con cuánto desenfado gasta el hombre que lleva en su cartera un billete de lotería. Si al desvestirse echa de ver que se quedó sin un centavo, no se apura, y dejando sobre el buró su billete de lotería, dice con mucho aplomo: «Mañana temprano mandaré cambiar este billete de seiscientos pesos». De modo que no solamente malgastó, al comprar ese entero de a dos reales, un vigésimo de botines para él, sino que al adquirirlo tomó también un enervante del trabajo y un excitante de la prodigalidad.

Aquí el empleado gasta en una semana su quincena y la tercera parte de la otra, que empeña, para equilibrar su presupuesto, a un usurero. A medida que nuestros pesos valen menos en Europa, nosotros creemos que valen y duran más. No solo se cree en la inmortalidad del alma, sino en la inmortalidad del peso. Y se giran libranzas y se giran más libranzas contra un señor que ni siquiera nos conoce, contra ese mañana fabuloso que jamás está en su casa. La experiencia nos enseña que cuando llueve lo que cae es agua, para indicarnos que debemos comprar paraguas; pero nunca jamás llueve dinero; está probado que solo los ricos se sacan la lotería; que nadie se tropieza con un diamante; que ya todos los parientes ricos que tenían los mexicanos murieron intestados, antes de que nosotros naciéramos; que el que juega, pierde; que no hay herencias; que no hay mecenas; que nadie perdona a sus deudores, por más que rece todos los días el padrenuestro; que no hay milagros, que no hay cuervos, que no hay plata; y, sin embargo, todos nos conducimos como si la Providencia, al nacer nosotros, nos hubiera dicho: «¡Gasta, hijo, que yo pago!».

Meditad en el Evangelio del día, que es el que os he explicado, hermanos míos.

¡Sed más pródigos, ¡oh ricos!, para no correr la desastrada suerte del avaro que no encontraba en el infierno quien le diera una gota de agua para mitigar su sed!

¡Sed menos despilfarrados, ¡oh pobres!, y no creáis en la parábola del hijo pródigo, porque ya se acabaron los padres como el suyo, y para vosotros no hay más padre que «nuestro Padre que está en los cielos» y nuestro otro padre D. Francisco Díaz de León, que está en el asilo de mendigos!

Semana de Lázaro

El Evangelio nos refiere, señoras mías, la resurrección de un buen hombre llamado Lázaro. En este suceso vosotras representáis excelente papel, porque si el Salvador revivió al difunto Lázaro, fue por dar gusto y consolar a sus dos afligidas hermanas. Podéis, pues, enorgulleceros de haber contribuido a la resurrección de un hombre, ya que de la muerte de tantos otros se os acusa.

El milagro no se ha repetido. A los muertos los entierran sin remisión, y aun a algunos vivos también. Hay, sin embargo, algunos muertos que, por exceso de discreción, no quieren decir que lo están; muertos disfrazados de vivos que logran escapar a la solicitud de los sepultureros, a los tiernos y cariñosos cuidados de los médicos, a las ventajas que para todo difunto, convicto y confeso, ofrece la agencia de inhumaciones. Estos muertos se quedan en la vida chasqueados, como viajeros modernos que llegan al andén cuando ya han partido los vagones; y por ahí andan sin dirección fija, haciendo tiempo que llegue otro tren. Ya no quieren volver a la ciudad, por no exponerse a regresar de nuevo tardíamente; ya se despidieron de todos sus amigos, ya guardaron su ropa en la maleta, y se quedan en la estación horas enteras, aburridos, callados y estorbando.

¿No habéis observado cuánta gente sobra en el mundo? Malthus dijo que sobraría; yo digo que sobra. Hay muchas botellas vacías en esta gran casa de la humanidad; pero las botellas vacías llénanse otra vez con licor nuevo; el hombre, no. Los de mal corazón y buena desvergüenza confesarán que algunas personas les están sobrando. Los más tímidos y de mejores sentimientos dirán, hasta acaso caritativamente: Este señor le está sobrando a este otro. Pero lo indisputable es que muchos sobran, que hay mucha gente inútil y estorbosa en este extenso paradero, y que, para una gran parte de ella, el tren de la muerte es como el tren de Laredo, que no se sabe cuándo llegará. Ninguno vive tanto como un muerto. Conozco a muchos de quienes hace largos años, lustros, décadas, estoy diciendo con íntimo convencimiento: «¡Ya se van!» ¡Y helos de pie, viendo partir a los que, acaso por más jóvenes y ágiles, les toman la delantera y suben de un salto al tren obscuro y húmedo que va directo a su final destino, sin detenerse nunca ni jamás desrielarse!

De esos embalsamados, de esas momias, está llena la mitad del mundo. Cuando se habla de ellos, la frase toma la forma de epitafio: era, se dice, verbi gratia, un literato notable; era apuesto, galán, afortunado. Y «¿ahora qué es?», preguntamos nosotros. Pues nada, ya no es nada, ya fue. Se quedó con un centavo de cerebro. Todavía de cuando en cuando quiere escribir y escribe: pero sus artículos producen el mismo efecto que una vieja desnuda. Se vació la botella y ya no sirve sino para que en su cuello coloque el estudiante pobre un cabo de vela. El vino que antes contuvo embriagó a la mujer hermosa, rio en la copa del potentado, fue alegría en el corazón, idea risueña en la mente de los jóvenes... ¡Pero ahora la botella está vacía! ¿Por qué no la arrojan a la basura? Para una botella de Borgoña debe de ser muy penoso y degradante sentir que luego la llenan de petit-bleu y en seguida de aguardiente, y después de alguna medicina que huele mal, y, por último, le tapan la boca con un cabo de vela, que la gotea de sucio sebo. Y como la botella es ese hombre. Ya está lleno de una poción de botica: pronto le pondrán entre los labios la vela de los agonizantes.

¡Qué triste debe ser acordarse uno de sí mismo como de persona extraña! ¡Hermosa muerte la del que cae en plena lucha, en plena juventud, en pleno vigor! Ese muere, pero no se siente muerto; se despide, no lo echan. ¡Más hermosa muerte aún la de aquel cuya vida fue transformándose sin perder su decoro, y tuvo estaciones como la Naturaleza; la del que brilló primero con luz propia, como el sol, y luego con la luz refleja de sus obras, como la blanca y apacible luna; la del que supo ser joven y ser viejo; la del que se mira revivido y continuado con sus hijos; la del que no huye de la existencia como un prófugo, ni se va de ella arrastrado por la Policía como un borracho, sino que se desprende lentamente de la vida, como el esposo de los blancos brazos de su mujer que ya se duerme!

Pero estos infelices a quienes la mala suerte los saqueó y dejó desnudos; estos que llegan a prematura decrepitud sin talento, sin dinero, sin hijos y con vicios; estos que sobreviven a todo lo bueno que tuvieron; estos que no se van porque la enfermedad no quiere soltarlos; estos que para hacerse la ilusión de que viven han menester de darles la vida artificial de la embriaguez; estos que nos piden vergonzantemente una peseta, como si no la pidieran para ellos, sino para los deudos indigentes de algún amigo que tuvimos rico, brillante y que murió muy joven; estos que nos ven como diciendo: «¿Te acuerdas de él», estos piden a gritos que la muerte los tenga presentes, que no los olvide como los han olvidado todos; estos sí sobran. Y, sin embargo, ¡cuán poderoso debe de ser el sentimiento de la propia conservación, cuando vive y no se asfixia ni envenena en este pantano de la vida! Esos enfermos le cobran cariño a su cama de hospital; esos trasnochadores quieren entrar lo más tarde posible a su casa, que es el cementerio: presencian los funerales de su inteligencia, de su dignidad, de su decoro, y no se van con todo eso que era suyo y que los llama, por no separarse de la copa de tequila, de la colilla de cigarro, del grasiento naipe.

Y miles, y millones más, están sobrando en este valle de lágrimas. Pensad en aquel otro: su mujer lo abandonó; sus hijos han desaprendido a quererlo y se han enseñado a despreciarlo; ya no puede ser nada, y cuando ya no se puede ser nada, cuando ya no se va a ninguna parte, lo mejor a que uno puede aspirar es a ser muerto.

Este deshonra con sus desmanes y escándalos a una familia honrada, aflige a sus padres y pervierte a sus hijos: está ya muerto para la vida, y sobra. Ese le sobra a su mujer. Aquel está empeñado en ser hombre político porque fue hombre político, y le sobra al Gobierno. El de más allá seca y marchita con sus manos enjutas y arrugadas los verdes laureles que conquistó en la juventud... ¡A todos estos que ya no pueden volver a su casa, que ya guardaron toda su ropa en la maleta y que aguardan en la estación sin hacer nada, llévatelos, Señor! ¡Tú, que resucitaste a Lázaro, acaba de matar a estos otros Lázaros, a estos muertos abandonados por la muerte!

Hay otros, sin embargo, que también están muertos y que sí necesitan de resurrección. Hay botellas vacías que no han servido aún y cuyo cristal terso aguarda el vino generoso que ha de llenarlas. ¿Veis este frasquito? Es de Bohemia: su tapón diminuto es de plata. Ese frasco fue hecho para guardar algún perfume, pero está vacío. Es un niño rico, de buena familia; su padre vive en el club, la mamá en los paseos, en los teatros, en los bailes, o durmiendo. No vive, porque vivir, para él, ha de ser estar lleno de amor, y está vacío. La madre da primero el cuerpo, y después, beso a beso, va derramando el alma gota a gota por los labios del niño. Los brazos no son brazos hasta que no saben cruzarse sobre el pecho. Los ojos no son ojos hasta que no saben ver el cielo. Ese niño está en su cuna como en coqueto ataúd de raso blanco. Si le ha olvidado la madre, ¿cómo la vida no lo ha de olvidar? ¿Veis qué blanco? Parece un cirio apagado de cera intacta. ¡Señor, llena ese pomo transparente de perfume! A ella le diste un hijo: dale a él una madre. ¡Señor, prende una luz en esa vela blanca! ¡Señor, resucita a esos muertecitos que no han vivido todavía y que están en sus cunas aguardando almas!

Abrid el ventanillo del vagón si vais de viaje. ¿Veis en la puerta de aquella casucha a un muchachillo de cutis atezado, casi desnudo, que casi ladra y casi hopea cuando el tren pasa? La india lo hizo como hace una tortilla y lo echó al canasto. Por ahora sus hermanos son el perrito, el gallo, el cerdo. No es un frasco de perfume, como el otro; pero sí es una vasija de barro, también vacía. ¡Señor, echa, aunque sea atole, en ese jarro! Que se funden muchas escuelas. Allí se llenan estas ollitas trigueñas, de leche pura y sana. ¡Resucita, Señor, a estos muertos tirados en el campo, para que no sean más tarde carne de cañón, ni hueso de presidio, ni abono de la tierra, sino hombres! ¡Entierra a los padres y a los hijos resucita!

¡Y no solo resucita a estos niños que nacieron muertos: también a los jóvenes, también a los hombres, también a las mujeres, que aún son susceptibles de resurrección, devuélveles la vida! Esta joven que no tiene ideales, que no siente amor, que compra un traje pagándolo con ser esposa, en el sentido brutal de esta palabra, y piensa en adquirir un coche pagándolo con su deshonra, a esta que está muerta, resucítala antes que sea adúltera, como resucitaste a Magdalena y como resucitaste a la Samaritana. Si es adúltera, mátala ya. ¡A la única mujer a quien no dijiste si la perdonabas, fue a la adúltera!

A todos los que están muertos porque sus padres no les dieran la vida del espíritu, la vida, en fin, revívelos, Señor. ¡Y el avaro que está muerto, porque yace enterrado en su dinero inmóvil; al que no ama, y está muerto, porque vive sepulto en su egoísmo; a todos esos dormidos que parecen muertos en la sombra y silencio de la noche, despiértalos con el clarín alegre de la aurora!

Hay muchos jóvenes también a quienes puedes todavía resucitar. Allí miro a uno que ronca o gruñe, de codos en la mesa de una cantina. ¿Vive?... No, porque el borracho es un muerto intermitente. Cada vez que se va a dormir es que va a morirse de una vez; pero la Muerte, al sentir el tufo del licor, se echa para atrás y lo deja dormido. Cuando está en su juicio, cuando parece vivo, es que anda prófugo. Es un esclavo que huye escondiéndose, agazapándose en lo más intrincado de la selva, porque le queman y le sangran todavía los latigazos de su amo: el vino. Jura no volver; pero apenas ha dado algunos pasos cuando el tirano lo atrapa, y como en la servidumbre ha perdido las fuerzas, vuelve a echarse, a manera de perro soñoliento, a los pies de su señor. Algunas ideas sobreviven en su cerebro, como náufragos bregando entre olas de alcohol. ¡Qué asoladora inundación! Primero la oleada cubre la memoria; luego la dignidad; en seguida la inteligencia toda; al último, la vida. El hombre cree que bebe la copa, y se engaña, porque la copa lo bebe a él. Él la vacía primeramente de un solo trago; pero la copa cobra lo que perdió y el hombre tiene que llenarla con algo de su entendimiento, con algo de su corazón, con algo de su alma. Parece tan estrecho un vaso, ¡y en él, no obstante, se han ahogado tantos hijos, tantas madres, tantas esposas, tantas vidas! Se arroja alcohol al fuego para que este arda más; y alcohol a la idea para apagarla. ¡El ebrio es muerto, pero si aún no pasan los tres días que Lázaro pasó sin vida, resucítalo! Tal vez todavía es joven; tal vez el dolor lo llevó del brazo y le dijo: «¡Ven y olvida!»; ¡tal vez las ideas enflaquecidas y anémicas de ese hombre, gastadas por un exceso de trabajo, no tenían fuerzas ya para salir del cerebro, y era preciso que salieran para que le llevasen a la vuelta el pan de cada día, y entonces el alcohol, que es fuerte y vigoroso, le dijo: «¡Yo te las empujaré!»; tal vez de este naufragio flotan, salvos aún, en el océano, algunos sentimientos buenos, asidos a una lancha, a una balsa, a un mástil roto... ¡Si es así, resucítalo, Señor!

A estas resurrecciones milagrosas podéis ayudarnos mucho, señoras mías, como ayudasteis a la de Lázaro, en figura de Marta y de María. Nada hay que despierte tan pronto como un beso de amor. La mujer da la vida y puede volverla a dar a los que casi la han perdido. No solo se es madre en los momentos del alumbramiento: se es madre antes y después. Es madre cuando con un rayo de amor crea la mujer sentimientos buenos en el alma de un hombre, y cuando despierta alguna actividad dormida en su ánimo; es madre cuando, como la Cordelia del Rey Lear, sostiene al padre anciano; es madre siempre que es buena y siempre que ama. Por eso, señorita, puede usted, cuando quiera, realizar el prodigio de ser Virgen y Madre, como María de Nazareth.

Semana de Dolores

Esta es la semana más triste de la Cuaresma, porque en ella se hace memoria de la aflicción inmensa de una madre. En los altares quedan veladas las imágenes, o diríase que todos los santos se van al cielo, para acompañar a Jesús en los solemnes días de la pasión, o que se cubren asustados con un velo para no ver las terribles escenas del Calvario.

Nosotros hemos dado al viernes de Dolores un carácter simpático y alegre. Es el día en que la hostia blanca baja a los labios del niño, y cierra y sella esa carlita, que, cuando el hijo hace su primera comunión, le envían todas las madres a la Virgen; es el día en que la joven se corona de más flores, el día en que el trigo nace, para adorno del altar, como si también fuera otro hijo rubio de María.

Pero ¡qué triste, sin embargo, está la Dolorosa! ¡Yo no hablo de las grandes Dolorosas que ponen en los templos; hablo de la que conozco, de la mía, de la que estaba a la cabecera del lecho en que nací, de aquella cuyas lágrimas vi yo a través de las primeras mías! No la alegran las rojas amapolas, ni las espigas doradas, ni los cirios blancos con sus rosetas de papel picado, ni las aguas de colores, ni las armonías de la orquesta que toca música de Rossini. ¡Para una madre que va a perder a su hijo no hay consuelo! ¡Y eso que el Hijo de María iba a resucitar, iba a subir al cielo, como que es inmortal, como que es Dios! Pero también iba a sufrir tormentos indecibles, y por eso la Madre acongojábase. También iba a separarse de ella, y como la Virgen era mujer y madre al cabo, no sería extraño que aun sabiendo a ciencia cierta que su hijo era Dios, pensara al verle expirar crucificado: «¡Si se habrá muerto!... ¡Si ya nunca lo veré!». Puede ser que esta sea una blasfemia; pero yo la digo, a reserva de desdecirme, si el obispo, mi superior jerárquico, me lo ordena. Y lo digo porque todas las madres son medrosas, y porque a alguna que lloraba a su hijo muerto, dije yo: «Consuélese usted, porque su niño está en el cielo» ¡y la señora siguió llorando todavía!

Son muy buenas las madres, y por lo mismo os encarezco a todos que seáis buenos hijos, y de los buenos hijos voy a hablaros.

Oigo decir de muchos jóvenes que son buenos hijos. Esta es una cualidad que se concede fácilmente. Parece como que no la queremos, como que no nos causa envidia, como que nos sobra, y por eso la damos a cualquiera. Llamar a alguien buen escritor, buen músico, buen sastre, cuesta trabajo a los escritores, a los músicos y a los sastres; pero llamar al mismo buen hijo, o buen hombre, es cosa llana y corriente para los hombres y para los hijos. De modo que hay muchos buenos hijos recibidos y titulados... aunque no ejerzan su profesión; porque entre esos buenos hijos, ¡cuántos desalmados y Caínes hay, así como también, muchos de aquellos a quienes se apoda con el mote, entre despreciativo y cariñoso de «buen hombre», merecen el presidio y hasta la horca!

Cada vez que se anuncia un parricidio, la sociedad se alarma, la indignación se enciende, todos los «buenos hijos» leen con horror y espanto la noticia, sacudiendo con mano temblorosa el periódico que la publica y que ellos leen al desayunarse... si bien es cierto que no siempre ese movimiento convulsivo nace de ira justa y noble, sino algunas veces, cuando menos, de los desórdenes y excesos que el «buen hijo» comete por las noches. «¡Parece imposible que haya almas tan negras!», exclaman todos. «¡Que lo ahorquen!», repiten. Y al oír tales voces se siente uno satisfecho de sí mismo, de su buen corazón, de su ternura, y orgulloso de pertenecer a un mundo en el que hay tantas personas excelentes.

Infortunadamente he perdido esa ilusión, y como aquel que se acostumbró al uso de los venenos, hasta el grado de que ya estos no le dañaban, yo me he acostumbrado a presenciar parricidios, y ya no me asustan, y me parecen tan vulgares como cualquiera defunción de un tifoideo. He llegado a tal punto, que no solo absuelvo, sino que trato a muchos honorables parricidas. Esto de haber matado uno a su padre constituye un pequeño defecto: es como el fumar, un vicio muy común y ya aceptado; es, en resumen, una pequeña mancha que se lava con derramar sobre ella algunas lágrimas, a la hora en que la víctima está expirando. En cierto modo, el parricidio es lógico: ¿no dicen que los padres nos dan la vida? Pues entonces no les quitamos la vida, aunque parezca que se las quitemos: nos la dan.

Tan cierto es esto, que la misma sociedad llama a incontables parricidas «buenos hijos».

La doctrina enseña que hay diversas maneras de matar. De modo que el asesino, en muchas ocasiones, puede decir a sus jueces: «¿Cómo están ustedes, compañeros?». Lo punible en el asesino es la brusquedad, el uso de armas cortantes o de fuego, el matar sin aviso previo y de golpe y porrazo. No tiene licencia de portar armas y se le prohíbe que compre un veneno en la botica sin exhibir la receta del facultativo; pero si respetando estas prudentes taxativas se da sus mañas para matar de otra manera, la justicia no se mete con él: es hombre honrado.

En el hijo es casi natural la propensión a matar a sus padres. Algunos cumplen pronto su comisión, despachan, a la mayor brevedad posible, su trabajo, y en cuanto llegan al mundo matan a la madre. Cuando menos, hacen todo lo posible para conseguirlo. Si no lo logran, es porque el médico, un intruso, los saca a la fuerza antes de que cumplan su cometido.

Las señoras tienen la conciencia de que sus hijos han de ser sus asesinos. Por eso desde que el muchacho empieza a andar le dicen, a propósito de cualquiera rabieta y de cualquiera travesura: «¡Me estás quitando la vida!». Y esto que ellas dicen en broma, porque las madres son más ciegas que el amor, es la verdad en muchos casos. El muchacho está afilando sus armas, para hacer uso de ellas en el momento oportuno.

De Fulano se dice: «Tiene muchos defectos; pero es un buen hijo». A mí siempre me ha llamado mucho la atención este elogio, ¿Cómo ha de ser un buen hijo el que es un mal hombre? De sus defectos tengo pruebas sobradísimas: se embriaga, juega, deshonra una mujer, etc., etcétera. ¿En qué consiste entonces su bondad filial? Si no afligen a la madre estos vicios y escándalos del hijo, si no la apena pensar que él ha de enfermarse y que será por fuerza mal esposo y padre peor, entonces, y sin remedio, es una mala madre. Y si es buena y si sufre por tales desmanes y deshonras tales, ¿cómo ha de ser buen hijo el que la hace sufrir, el que le está abreviando la existencia? Aunque lo vea darle de besos a la anciana, aunque le oiga hablar de su santa madre, aunque mire cómo respetuosamente la acompaña a la iglesia, por complacerla, dos o tres veces cada año, aunque escuche los sollozos y los gritos que lance el día en que acaba de matarla, nunca podré creer que es un buen hijo. Pues, ¿sabéis qué es ser bueno? ¡Es dar bondad! Que me digan en buena hora: «¡Quiero ser un buen hijo, pero no puedo!». Eso tal vez sea cierto; pero no me obliguéis a admitir una moneda falsa. Le diremos buen hijo porque no somos sus padres, y ellos se lo dirán y hasta lo creerán, porque lo son, y será un buen hijo para afuera, para la galería, para las costureras que leen novelas de Pérez Escrich y lloran en el Campanero de San Pablo, para los que creen en el patriotismo de ciertos oradores que hablan de la Patria, y hasta para nosotros que no tenemos nada que ver con él y que no le daríamos dinero en préstamo, ni a nuestra hija por esposa; mas para Dios, para la Verdad suprema, no es ni puede ser buen hijo.

Y de esos «buenos» está lleno el mundo. ¿Cómo serán los malos, santo cielo? Y los hay a millares que no disfrutan la reputación ni la fama de los parricidas, pero por falta de equidad en los juicios del mundo y no porque no lo sean. ¿Veis a esa madre? Su esposo os dirá que no ha perdido ningún hijo, y ha perdido todos. Porque ya no son suyos, porque no la aman como debían amarla, porque se fueron, porque se los llevaron, porque ya nunca volverán. Ella los aguarda, porque el amor es terco, incrédulo de la muerte; ella les habla, como se habla en oración con el muerto que yace bajo la losa del sepulcro. Y cree que la oyen y que le agradecen las flores que les lleva... pero, ¡ya están muertos!

¿Sabéis por qué las madres dan a luz a sus hijos con dolor? Pues porque la Naturaleza se resiste a que los dejen ir y la madre quiere tenerlos dentro ella misma; porque solo allí están seguros, porque solo de allí no se los roban. Algo más tarde, la madre siempre tiene miedo de que le hurten a su niño, y por eso se asusta cuando no lo ve a su lado, y lo estrecha en sus brazos, como si quisiera volvérselo a meter dentro del seno. Prevé que cuantos la cercan son ladrones; el libro de la escuela, la jovencita que sonríe... Y esos siquiera son ladrones generosos, porque al cabo devuelven lo robado, porque no matan para robar; pero ¡el garito!, ¡la mujerzuela indigna!... ¡el vino!...

Si María, con ser madre del Hijo bueno por excelencia, de Jesús, sufrió tanto, ¿cómo habrán de sufrir y padecer las desgraciadas que tengan hijos malos?

Señoritas:

No os asombren los parricidios, porque diariamente se cometen,

Buen hijo:

No aguardes a que tu madre muera para saber que la tuviste.

Hijos buenos:

Amad a vuestras madres por todos los que no aman a las suyas.

Buenas almas:

¡Orad por todas las madres Dolorosas!

Domingo de Ramos

Refiere el Evangelio, hermanas mías, que entró Jesús en Jerusalem montado en una pollina, y que el pueblo tendía las capas a su paso y agitaba palmas, en muestra de regocijo, y entonaba hossannas. Esta triunfal entrada a la ciudad santa me parece muy semejante, en muchos casos, al solemne día del matrimonio. Jerusalem es, por ejemplo, santa Brígida. A la pollina ha reemplazado el landó en que llegan los novios. La ciudad... digo, la iglesia, está adornada y de fiesta. Al observar el infinito número de flores que hay, orlando las columnas y tapizando las paredes, se cae en cuenta de que para la feliz pareja es aquel su día de Ramos, el principio de su Semana Santa. El órgano canta ¡hossannas! como el pueblo de Jerusalem. La multitud se divide en dos grandes masas, para abrir calle a los triunfadores, y un murmullo de admiración cortesana se alza y se extiende en la majestuosa nave de la iglesia. ¡Ya entraron en Jerusalem! ¡Ya comenzó la gran Semana!

Os hablo, por supuesto, señoritas, de los matrimonios hechos ligera y atolondradamente. Para los que se hacen como Dios manda, Jerusalem es más piadosa y menos tornadiza. Para estos, al día de Ramos siguen la Anunciación, el Nacimiento y otras fiestas simpáticas y poéticas. Mas para los primeros, en pos del Domingo de Ramos vienen indefectiblemente las Tinieblas, el «pase de mí este cáliz», los azotes, el pésame, y, por último, un amigo traidor que mete la mano en el plato, un desesperado que se ahorca o un amor muerto y sepultado que nunca, nunca resucitará.

Para que no paséis por este calvario voy a haceros algunas advertencias.

Ante todo, caballeros y damas, no entréis en Jerusalem, o sea en el matrimonio, con el fin de hacer alguna redención. Hay algunos varones, ejemplares y magnánimos, que suelen decir a la que va a ser su esposa: «Yo te perdono porque amaste mucho». Esto es de consecuencias desastrosas. Procuren ustedes, caballeros, que sus futuras hayan amado lo menos posible. Nuestro maestro Víctor Hugo dijo: No maldigáis a la mujer que cae; pero no dijo que nos casáramos con ella.

Y en cuanto a ustedes, señoritas, ruégoos también que no penséis en redenciones. Muchas de vosotras aman o creen amar a un botarate, a un perdido, a un jugador, a un ebrio más o menos adelantado, y al pensar en casarse, se dicen para su coleto: «¡Mi amor lo redimirá!». Esto es muy noble, aunque algo andaluz; pero tened en cuenta que la única redención que se ha realizado fue a expensas de la vida del Redentor.

Tampoco, señoritas -y esto os lo digo para que seáis felices-, imaginéis que vais a hallaros la felicidad. Suenan algunas que, al casarse, su vida mudará completamente, y que toda será sonrisas, mimos, cariñosos halagos de la suerte, y como la vida siempre es vida, como las enfermedades, los pesares, etc., no se guardan con el vestido de novia, que ya no vuelve a usar la esposa, el desencanto es lamentable. A mí no me dan lástima los que se quejan de no ser dichosos. Esto es quejarse de que no hay sol por la noche. Pues, si no hay, ¿para qué vamos a quejarnos? Confórmense ustedes con obtener los premios chicos, las «aproximaciones» en la lotería, porque el premio principal solo le toca a uno, y ese uno casi siempre es un desconocido a quien nunca llegamos a conocer.

Alejandro Dumas (hijo) daba estos consejos algo tristes, pero algo ciertos, a una muchacha casi tan buena como vosotras, a la Anita de Francillón: «No te diré como tu confesor o como Hamlet, el primero con su fe y el otro con su duda: Entra a un convento. No; tú tienes otro destino que cumplir, tan abnegado y útil como el de las monjas; pero no pidas al amor más de lo que el amor te puede dar. Pídele, por el matrimonio, el medio de cumplir tu natural destino, y si te da la maternidad, queda satisfecha. Sé indulgente para con el hombre y reconocida para con Dios».

Prefiero, hermanas mías, que entréis en el matrimonio con alguna desconfianza y hasta con algún temor, a que entréis con desmedidas esperanzas. Pensad que de la pasión, del apóstol traidor, de la cruenta agonía, podéis libraros, y de seguro os libraréis si obráis cuerdamente; pero bueno es que no vayáis enteramente seguras de escapar al ayuno de los días santos y a los azotes más o menos leves que la suerte aplica siempre a todos los humanos. Procurad sobre todo que vuestro amor no muera, o que solo muera aparentemente, como el Salvador, para resucitar a los tres días, y vivir la inmortal y serena vida del espíritu.

No penséis al casaros, señoritas: «Voy a ser feliz». Decid: «Vamos a ser dos, y mis penas y mis alegrías aumentarán, porque sufriré con él y gozaré con él». Y cuando seáis dos, sed tres y... cuatro luego... ¡Vaya!, hasta cinco, para que podáis ajustar al sistema decimal; pero... no os aconsejo, os deseo que no agreguéis muchos sumandos, porque las sumas largas son complicadas y dificultosas. En fin: sumad, sumad cuanto queráis; pero a medida que el esposo vaya aumentando las multiplicaciones en el libro de caja. Dividid poco, o, mejor dicho, entre pocos: el amor entre los vuestros. Restad menos.

Yo creo que la felicidad, a pesar de lo que antes dije, o, más bien, para explicar lo que dije antes, no es tan difícil de encontrar. Solo que, como no la conocemos, pasa inadvertida por nosotros y no asimos su brazo, ni siquiera la saludamos. Y luego exclama el hombre: «¡Ah!, ¿conque era aquella?...» ¡Y sí, aquella... era!

Nosotros creemos que la felicidad es una señora muy alta, muy hermosa, muy rica; y la felicidad es bajita de estatura, algo pálida, algo melancólica, que de todo se asusta, que por todo se ruboriza; pero muy buena, muy bonita, muy de su casa, muy humilde. Al hallarla decimos: «Esta ha de ser la hermana menor de la felicidad, la hormiga de la casa, la Marta que trabaja». Y no; es la misma. Como no hace ruido, cuesta trabajo saber en dónde está. Como es muy vergonzosa, casi siempre está escondida. Pero vosotras, señoritas, la encontraréis, sin duda alguna, siempre que no la esperéis, porque la felicidad está muy ocupada y no puede ir a todas las casas en que la aguardan, sino siempre que la busquéis solícita y cariñosamente.

Cásense ustedes, ¿no ven que todo lo que vuela tiene dos alas? Pero si no os sentís con la prudencia y tino necesarios para saber acomodarse con otro carácter, para triunfar de vosotras mismas -porque es triunfar el ser vencido por amor-, entonces no os caséis, a menos que no queráis ser asesinos. El amor sabe mucho; preguntadle. Y si así lo hiciereis, señoritas, el amor os lo premie; y si no, os lo demande.

Domingo de Resurrección

Hemos llegado, al fin de esta Cuaresma, y antes de abandonar, acaso para siempre, el encarrujado sobrepelliz, la sotana de raso y el solideo de seda negra, quiero daros las gracias por la paciencia con que os habéis dignado escucharme, ejercitando así, en este tiempo santo, una de las virtudes que más recomienda el apóstol, que más recomiendo yo a las casadas que me oyen, y que más necesito en esta vida, no obstante que la tengo, y sublimada, en mi nombre, o mal nombre, periodístico. Tanta es la excelencia de esta virtud, que ni aquel justo Job, patrono mío, llegó a poseerla en toda su plenitud, puesto que renegó de la vida y maldijo el instante en que nació.

Como habéis observado, en estas breves pláticas me he dirigido más particularmente a vosotras, ya usando para ello el tratamiento de usted, o ya el de vos, según estaba de humor; pero excluyendo siempre el llano , que es el que emplean generalmente, para hablar entre sí, las gentes que no se quieren. Y para hablar singularmente con las señoras y las señoritas he tenido varios motivos, entre otros, el de que muy más agradable es conversar con las mujeres que con los varones. Los hombres además asisten a los templos con menos frecuencia que vosotras; si asisten, es de noche; y yo por las noches no predico: voy al teatro.

Repito, pues, que doy cumplidas gracias, particularmente a mi auditorio femenino, y os suplico que seáis indulgentes y me perdonéis las palabras severas, las cariñosas reprensiones que hayan salido de mis labios. Como confesor, soy mucho más benévolo, y si alguna de las hermosas señoritas que me dispensan en este instante su atención quiere decirme sus pecados, tras la calada rejilla del confesonario, yo la prometo que al bajar del púlpito, a la hora del crepúsculo, tan propicia para ocultar el natural rubor de las afligidas penitentes, prestaré atento oído a cuanto diga, y le daré cuantos consuelos pueda, absolviéndola, al fin, de todos sus pecados, como la Iglesia manda, menos de aquellos cuya remisión está reservada a Roma.

Mas si el deber del confesor es absolver, el deber del predicador es fulminar, en caso dado, rayos de ira santa, para que brote en las almas el arrepentimiento; y por eso, solo por eso, he sido, a ratos, duro con vosotras.

Observaríais también que uno de los principales fines de mis conferencias ha sido el de llevaros al cielo por la vía angosta del matrimonio, que no es la más directa, pero sí la más frecuentada, la más apetecida por las mujeres, para ponerse en camino de la bienaventuranza. Yo no os digo, como el terrible Kempis: «Sed felices en el cielo». Yo quiero que ganéis la gloria, un marido en la tierra, y que seáis tan dichosas como es posible serlo en este valle de lágrimas, haciendo partícipes de vuestra dicha a los demás. Para lograr tan santo fin os aplicaré, pues, en esta plática, la extremaunción de mis consejos.

Conmemora hoy la Iglesia el milagro de la Resurrección. Los enemigos del Salvador le creían muerto; juzgábanse vencedores de aquel a quien algunos llamaban Dios; y, para vergüenza de esos falsos sabios, para castigo de esos ingratos, acaeció que alzando sin esfuerzo la dura losa del sepulcro, Jesús, inmortal y triunfante, subió al cielo.

Os parecerá extravagante, señoras mías, que el misterio de la Resurrección pueda servir de tema a uno de estos discursos cuyo fin principal, como ya he dicho, es el de encaminaros para que seáis felices en el matrimonio. Veréis, empero, cómo tal sospecha peca de ligereza, porque entre los enemigos de las casadas -y ellos son más que los del alma- figura la «resurrección» en primer término. Y entiéndase que no hablo con las viudas, porque de algunas de estas sería enemigo mucho peor. Voy a explicarme.

No aspiréis, señoritas, a casaros con un hombre que no haya amado o no haya sido amado nunca.

La gramática que yo aprendí enseña que la palabra Virgen es común de dos; por modo que se dice, según reza la gramática misma, «el virgen Juan». Pero ni la gramática, ni nadie, ha dicho nunca «el virgen Pedro, el virgen Jorge o el virgen Anastasio». De modo que san Juan tiene la culpa de que dicho vocablo sea común de dos, y muerto él, ya queda el virgen exclusivamente relegado al género femenino.

Tened, por ende, en consideración, que vais a uniros con un hombre que ha tenido tantas novias cuantas sus años le hayan permitido... y en el género «novia» clasifico a muchas que nada más lo fueron en el deseo o en la imaginación del amador, y a otras, también... que se pasaron a mayores. No os disgustéis, sino alegraos, de estos antecedentes: no se expide un título profesional al que antes no ha cursado sus estudios preparatorios.

La mujer, generalmente, se encela de la actriz a quien el marido visita, de la amiga a quien frecuenta, de aquellas a las que, en suma, cree rivales. Los celos -y esta advertencia va de paso- son unos malos cazadores que siempre casi yerran el tiro. La mujer que debe inspirar temor a la esposa -a menos que lo sea de un vicioso, de un desvergonzado o de un imbécil- no es la que conoce, no es la que mira: es la desconocida o es la muerta.

«Pero las muertas -me diréis-, ¿qué daño pueden hacernos?». Ante todo, hermosas oyentes, os diré que no todos los que se mueren están muertos, porque hay algunos que lo fingen; ni todos los que están muertos siguen siendo, puesto que hoy celebramos la fiesta de la resurrección. Hay muertos cesantes... ¡la cesantía lleva hasta el otro mundo sus estragos!

Mas yo os declaro que, sin vida o con ella, la mujer solo muere cuando deja de vivir en el recuerdo.

Suponed que vuestro marido adquirió una fosa a perpetuidad para cada uno de sus antiguos amores. Parece que en los camposantos todo está inseguro: rejas, macetas, candeleros, y hasta lápidas, menos los huesos de los cadáveres, no codiciados por ninguno. Pues bien, señoritas: para vosotras, por desgracia, no es así; para vosotras hasta los cadáveres se escapan y huyen de sus fosas. El hombre os dice: «Aquí están todas mis muertas», y tenéis que arrojar -¡oh, envidiables sepultureras de sentimientos!- una paletada de tierra diaria en esas fosas para que las pobres muertas se estén quietas. Pero esto, ¡os es tan fácil! ¿No regáis cada mañana vuestros tiestos de flores?

No es el esposo -sigo suponiéndolo bueno y enamorado de vosotras al casarse- el que resucita a esas difuntas: primeramente porque, en lo general, no lo merecen; y luego porque el corazón del hombre es generoso: olvida a las que le han dicho que lo han olvidado.

Pero el peligro, señoritas, está en que vosotras, sin sospecharlo, resucitáis a esas rivales más terribles, más invencibles que las otras, precisamente porque ya no existen y porque las circunda la aureola de la muerte. ¡Cada error en que incurráis en vuestra vida íntima hará pensar o decir a vuestro esposo: aquella otra no hubiera hecho lo mismo! Y tal vez sí se habría conducido igualmente o peor; pero ¿cómo probarlo? El hombre se complace en revestir de cualidades ideales todo aquello que no conoce y todo aquello que no posee. Tomamos el desquite de los vivos diciendo que los muertos eran mejores. Por manera que de todos vuestros defectos, ¡oh, señoras!, se van formando las virtudes de las otras. Y de una querida en presente, de una rival en activo servicio, podéis decir, y las más veces casi siempre con justicia: «¡Mira cómo es inferior en todo a mí; compárala: aquí estamos!». Pero a una que se fue, a una que ya no vive, a una que ni siquiera conocisteis y cuyo nombre no pronuncia jamás vuestro marido, ¿cómo podéis sujetarla a juicio?, ¿cómo podéis acriminarla? Esa vence como el Cid muerto, montada en esa bestia que se llama la imaginación.

Y lo malo es que la glorificación de esos amores muertos conduce insensiblemente a los amores vivos. Y entonces vuestra dicha ya no tendrá remedio, ya no tendrá indulto; ya estará entregada al brazo seglar.

Dicho se está que lo que acabo de apuntar es también aplicable a los hombres, y si no me dirijo a ellos, es por dos razones: la primera, porque no han venido a oírme; y la segunda, porque nosotros os creemos cuando decís que nunca habéis amado. De modo que los varones, en concepto vuestro y bajo la fe de vuestra palabra, tenemos menos difuntos ajenos que enterrar.

Cuando paséis, señoritas, por el día de Ramos, temed el domingo de Resurrección. Bien sencillo ha de seros no temerlo, siendo afectuosas, siendo complacientes, siendo buenas... y no siendo otras muchas cosas; o, lo que es igual, amando mucho, pero mucho... a uno. No resucitéis con un capricho a las que, más caprichosas tal vez que vosotras, duermen el sueño de la muerte en la memoria.

Ahora solo me falta daros mi bendición y mi mano... para que religiosamente la beséis. Sed felices, como yo lo soy; y que Dios os conceda un buen marido, que a todas os deseo.

El crimen de la profesa

Hay semanas color de sangre y la que acaba de pasar (¿acaban las semanas en sábado?) es una de ellas. Desde el lunes hasta el día de hoy solo se ha hablado de puñales, cuchillos, cordeles para liar a la víctima de un odioso homicidio, reparto de alhajas robadas, hecho en la caverna de una antigua prostituta, quejidos de anciano agonizante, muerto a puntillazos, rostros pavoridos, sangre y estertor. Digna de tomarse en consideración es la circunstancia de que todos los presuntos reos de este crimen habían estado ya en la cárcel, aunque por delitos relativamente mínimos. A excepción de Coleta, que nunca es tuvo en la cárcel, sino en peores lugares, los acusados han sido todos huéspedes de lo que en Belén pudiera llamarse el cajón de la basura moral. Fueron a él por robos, por estafas, por homicidios perpetrados en riña, por delitos que infaman, pero que no tronchan la cabeza de un hombre. Y ahora han ganado un ascenso en su carrera, han subido, han trepado brutalmente a las gradas del cadalso. Ya están a la altura en que pueden ser vistos por toda la nación.

El crimen en sí es un crimen vulgar: homicidio por robo. No denuncia la bestialidad del Chalequero y de la de Bejarano, quienes si se ayuntaran como macho y hembra engendrarían unos monstruos. No; se desprende del proceso que esos hombres querían beber copas de tequila, vasos de pulque; querían ir a la casa de juego; querían llevar dinero a prostitutas; y para alimentar esos vicios, no para satisfacer necesidades, se decidieron al robo, y este los condujo fatalmente al cobarde asesinato.

Ninguna madre hambrienta, ninguna esposa en la indigencia les aguardaba en el hogar. Del lecho manchado en sangre, del lecho en que yacía el cadáver, a la cantina, a la sacristía de la tienda, al jergón de la perdida. Salieron del figón, pasaron por la pulquería, fueron al homicidio y regresaron a la cantina.

Entristece el alma pensando en las madres de esos desventurados. Ellas no les pedían nada; ellas vivían quién sabe cómo; pero sin esperar el auxilio de sus hijos, que pernoctaban fuera de la casa o llevaban vida de Periquillos y de aventureros; ni amor filial, ni cariño conyugal, ni el ingente, apremiante deber de llevar pan a los hijos expirantes de hambre, intervinieron en este delito. La prostituta, el figón, el alcohol, el pulque, el coche de bandera amarilla, el empeño, la baraja, he aquí lo que se ve pasar en este proceso vulgarísimo. Ni siquiera la locura aparece excusando a los reos y pidiendo compasión para ellos. Todos son cuerdos. El único algo desequilibrado es Nevraumont. Pero este desequilibrio que se nota en la manera con que mira, en el modo con que acciona, parece un desequilibrio de delirium tremens. Treffel conserva suficiente sangre fría para alegar como abogado, y como abogado muy hábil. Es el médico de su deshonra, y procura aliviarla. La cara moral de Sousa me parece una de esas caras empalidecidas por muchas noches de parranda. Me figuro sus ojos del color del tapete verde. Caballero es vulgar, de los que riñen junto al puesto de enchiladas de una pulquería. Huele a hojas con catalán. Reyero es gris; Martínez, negro.

No conozco a ninguno de ellos; pero doy la impresión que de sus fisonomías internas me ha dejado la lectura del proceso. Los tres que van apareciendo como autores principales del delito, además de Martínez, que fue el brazo, el cuchillo, habían recibido buena educación y eran aptos para la lucha por la vida. Treffel sirvió como soldado a su nación; es vivo, sagaz, mañoso y de voluntad enérgica y emprendedora. Nevraumont tiene talento, virilidad y astucia. Sousa es listo. Pudieron medrar honradamente, poniendo en actividad sus aptitudes; pero el vicio pasó sobre estas cualidades su esponja empapada en alcohol y las borró. Se quejan sin razón de la sociedad y de la suerte esas personas que desperdician sus elementos de trabajo, que llegan a no inspirar confianza, y entonces piden protección y apoyo. Si con los ojos irritados por la embriaguez de la víspera; si en la puerta de la casa de la querida, al que conoce sus desórdenes y el desamparo en que dejan a sus familias, van a pedir ayuda generosa, ¿qué de extraño tiene el que la niegue? ¿Cómo ha de merecer trabajo ni socorro quien es capaz de robar y de ser cómplice en un homicidio, no por pasión, no por hambre, sino por vicioso? La sociedad suele ser injusta; pero casi siempre es previsora, y se defiende.

Lo que también aflige al leer esta causa es la edad de algunos de los reos. ¡Qué triste primavera de la vida! ¡Por qué resbaladiza pendiente han ido rodando al abismo! ¡Ah, si los padres, hablando, no fueran los abnegados encubridores de tantos crímenes ocultos!... Primero el hurto doméstico, el platón de China que se perdió, el diccionario que no parece, la quincena que en la calle le robaron al hijo, la cuenta del sastre que es preciso pagar, el reloj empeñado, la criada despedida porque entró a la recámara cuando el ropero estaba abierto y después vieron que faltaba en él un billete de diez pesos; luego, la noche en que la madre espera ansiosa y llorando en el balcón al hijo que no viene; la madrugada en que baja a abrirle el zaguán y lo halla tambaleándose y tiene que subirlo casi en brazos; las náuseas del borracho al día siguiente, el cuidado para ocultarlo a los ojos de los criados; los amores con la portera en el tapanco de la pobre buharda, y afuera de la casa, como escenario de la depravación callejera, el billar, la cantina, la ventana abierta impúdicamente en algún callejón, la vivienda sucia adonde van como a resumidero el sueldo y la salud del aspirante a criminal, el jefe de la oficina que se queja de su vicioso subalterno, el zapatero que cobra, la riña con el gendarme y la primera entrada a la comisaría.

¡Cuántos dramas encubren la sombra de la noche y el silencio de las madres!

Partiendo de la comisaría, el descenso es más rápido. Se pide dinero prestado a los amigos del padre; se saca algo fiado en nombre suyo en cualquiera casa de comercio; se va el escribiente fuera de la oficina porque el jefe lo echó; los robos domésticos dejan de ser domésticos; se pillea, se estafa, se vive con la querida hambrona que estimula y explota los hurtos de su amante; se contrae amistad con otros ladrones; se juega, se bebe, ya no en la cantina ni en la tienda, sino en el figón; se comparece ante un juez correccional... y el mejor día, quiero decir, la peor noche, se encuentra el joven en una relojería, frente a un cadáver, y se ve al mes siguiente en el banquillo de los asesinos.

Obsérvese el escenario en que se mueven los autores y cómplices del homicidio a que aludo. El fonducho de Reyero, la taberna de San Felipe, la cantina de la «India», la tienda de Tacuba, las carnitas, el pulque, la casa de Coleta: todos se embriagan, todos pegan, todos huelen mal, ¡todo sucio! ¡Ni un ápice de pasión; ni un grito verdadero de necesidad! ¡Todo vicio!

Martínez mata con la inconsciencia y brutalidad de nuestros léperos. Es la bestia humana. Caballero, que había proyectado el robo, deja la dirección de este a Nevraumont, por el encogimiento con que el trigueño ve al blanco y el respeto rencoroso con que, a pesar suyo, ve el hombre del pueblo a aquel de clase superior a quien está habituado a obedecer. Sousa no entra por que es más débil. La virilidad de Nevraumont le ha arrancado la dirección de lo que llamaban su negocio. Treffel y Nevraumont son los que, compitiendo en astucia, habilidad y codicia, se disputan la mejor parte del robo. Martínez es el indio desconfiado, caviloso y cruel que mata para que no lo roben los dos blancos.

Coleta espera las alhajas para ir a tomar un ponche a la cantina.

Ni emoción, ni pasión, ni novedad, ni destreza hay en este crimen vulgarísimo que sugiere tan tristes reflexiones.

Obertura de primavera

Este, según cuentan los que saben de esas cosas, es el mes de las golondrinas. En él vuelven las muy egoístas, las que se van cuando tenemos frío; las que no cenan con nosotros en la Nochebuena; las que no quieren acompañarnos a visitar los sepulcros de nuestros muertecitos en Noviembre... ¿Por qué he dicho muertecitos?... ¡Ah, sí, ya entiendo: porque todos los seres queridos de nuestra alma que se han muerto nos parecen niños, criaturas, hijos nuestros que se han ido... y que ya nunca, nunca volverán! Y les decimos muertecitos para igualar el cariño, el amor que les tenemos, con el cariño, con el amor que sentimos por los más amadas: por los hijos.

Ya vuelven las revoltosas golondrinas. Pero ¿de dónde vuelven? Dicen algunos que de África... Yo no puedo creerlo. ¿Qué han de ir a hacer esas inocentes entre tanto negro? Tal las quiero, que no me resigno a suponerlas ingratas ni egoístas; no me imagino que se van para no acompañarnos en las tristezas del invierno: creo que se mueren en una tarde azul de octubre, y que al venir la primavera resucitan. ¿Morir no es dormir? ¿Nacer no es despertar? Y me confirma en esta opinión el observar que nunca vienen golondrinas nuevas. Como ustedes habrán observado, siempre son las mismas. Y hasta regresan a la misma casa, al mismo nido que antes ocupaban, y que, en su ausencia, no se alquila a nadie. Si se fueran de viaje, unas se quedarían allá, otras se casarían con algún pájaro rico de los Estados Unidos; naufragarían tal vez algunas; morirían otras... y nada de eso pasa. Las golondrinas que vienen, siempre son las mismas... y vestidas lo mismo, como buenas hermanas.

Un sabio -para mí los grandes poetas son los sabios- dijo de no sé cuáles golondrinas: «¡Esas no volverán!». A semejanza de Platón, Gustavo Adolfo Bécquer desterró de la república de la atmósfera a sus poetas, a las golondrinas. Pero el tirano Bécquer se engañó: esas golondrinas, sentenciadas por él a ostracismo perpetuo, sí volvieron... nada más que ya a él no lo encontraron. Las golondrinas vuelven, tan frescas y tan alegres como de costumbre. Los que ya no volvemos cuando nos vamos, somos nosotros. Y, ¿cuándo nos vamos? Algunos creen que cuando nos morimos, cuando cerramos los ojos, cuando ya no hablamos. Pero no es así; entonces se va uno el último... el capitán del barco, que en caso de naufragio es el postrero en salir de la nave que se hunde. Pero ya antes hanse ido muchos.

Porque uno no es uno, sino muchos. ¿Soy yo acaso el mismo que hace diez años? ¡No, ese ya se fue! No nos despedimos de nosotros mismos, porque somos de casa y nos tratamos con muchísima confianza. La ciencia misma prueba claramente que este cuerpo nuestro de hoy, no es nuestro cuerpo de ayer ni será nuestro cuerpo de mañana. Las moléculas viajan eternamente. ¡Quién sabe en dónde estarán las partículas que formaban mi mano derecha cuando escribí con ella, hace doce años, mi primer artículo!

El cuerpo, el yo material, es una casa de huéspedes... un hotel. ¡Y el alma!... ¡Oh, el alma, muda mucho más! Diríase que no paga la casa y que a menudo la despide el propietario. Primero vive en un templo; luego entra de interna en un colegio; después pone casa, para quitarla a poco; y así va de mudanza en mudanza, hasta que el cuerpo se fatiga, se echa en tierra, y el alma, lanzada por el último casero, se va a esconder en no sabemos qué lugar, sin dejar a nadie su dirección. ¿Es usted acaso, señora, la misma mujer que escribió la primera carta al primer novio, y que quiso morir cuando recibió la última de él? No, ¿verdad? La prueba es que esa quería morirse y usted vive. Esa es señorita y usted es señora. ¡Aquella pobre joven se murió!

La vida es una estación de ferrocarril en la que todos vamos a despedirnos diariamente de nosotros mismos. El yo de hoy le da en esa estación un abrazo muy estrecho al yo de ayer... y se queda esperando al de mañana.

Por algunas horas está haciendo recuerdos del ausente; pero cuando llega el otro, sube para irse al vagón mismo en que este vino, ¡y así siempre! ¿Qué es el pretérito en gramática? Es un epitafio. Es un Hic jacet. Casi siempre cuando decimos «dije», lo que queremos decir es «ya no lo digo». Arrepentirse es enterrar a un muerto, es vestirse de luto por uno mismo. Yo creí... Yo esperé... Yo amé... ¿Qué significa todo esto? Que ya no existe el que creía; que ya no existe el que esperaba; que ya no vive al que amó. Ese yo es un intruso, es un entrometido. Es un deudo de alguien que murió y que desea, impíamente, hacerse pasar por el difunto. Es, en resumen, un suplantador.

Todos morimos muchas veces. En una misma persona se muere el niño, se muere el joven, se muere el pensador, se muere el poeta, se muere a veces el hombre honrado... y así hasta que se va el último tren. Por eso creo que se equivoca Bécquer: las golondrinas vuelven siempre. Pero ya no nos encuentran. ¡Ya nos fuimos!

Las golondrinas que «aprendieron nuestros nombres», como decía Bécquer, refiriéndose al nombre de él y al de su amada, regresan y se acuerdan de ellos; pero los nombres son los que han cambiado. Ellas se acuerdan... y puede ser que nosotros no nos acordemos. La ventana no se ha movido; el beso suena siempre lo mismo; siempre es beso; el «yo te amo» tiene hoy las mismas sílabas que ayer; pero a la ventana asoma otra mujer; el beso va a posarse en otros labios, y el «yo te amo» va a esconderse en otro oído.

Las golondrinas vuelven y se visten de pardo porque están de medio luto... por la mitad de nosotros que murió. Las que no vuelven son las otras golondrinas: los seres amados a quienes perdemos. Jesús resucitaba; pero Jesús ya se murió. Y cuando se piensa en estos ausentes -y se piensa en ellos siempre- dice uno, hablando con este eterno interlocutor nuestro -que ha de existir, porque si no existiera no tendríamos jamás con quien hablar-: «Señor, no resucites a los muertos que yo amo; pero resucita mi alma para que espere y crea volver a unirse a ellos. Resucita a los vivos que están muertos. Y después, en voz baja, se le dice también: ¡Y tampoco te lleves, ¡oh Dios mío!, a estas pequeñas golondrinas que anidan en nuestra casa, que alegran nuestro hogar, que purifican nuestra vida... porque esas golondrinas, sí, no vuelven!».

¡Muy buen viaje!

Cortésmente os acompañamos, queridos enemigos nuestros, hasta el umbral de la casa. La cuadrilla, compuesta de doce respetables caballeros, que ha venido a robarnos y nos ha robado un año de existencia, amén de muchas ilusiones y de algunas verdades, se despide ahora, o, lo que es lo mismo, cambia de nombres y de trajes para continuar cometiendo las mismas fechorías.

Esos doce señores tienen casi todos la propia estatura, pulgada más, pulgada menos. Solo uno, el travieso, el medio loco, es un poco más bajo. Cada cuatro años crece como si se empinara para ver quién es el mero presidente, pero en seguida recobra su habitual tamaño. Este chiquitín parece un cascabel.

Antes de que se alejen esas doce personas, que ya están con el sombrero en la mano, debemos saludarlas con respeto, como se saluda generalmente a los ladrones. ¡Veámoslas por última vez, pero no tales como son, porque a nadie es bueno ver tal como es, sino como las disfraza nuestra fantasía, como las pinta la memoria! No iguales, no uniformadas, no con sus treinta o treinta y un casillas de tablero invariable, sino distintas individualizadas como las vemos al través de los recuerdos.

¿Qué es Enero? Es un niño; pero no un niño recién nacido, sino un niño que ya come dulces, compra juguetes, pide dinero a su papá y empaña con su vaho el cristal de los aparadores. Le gustan todos los colores así como de joven le gustarán todas las bonitas. Salta como la pelota, corre como el aro, gira como el trompo. A veces es ya un verdadero general: la prueba es que maltrata a sus soldados. A ratos deja la espada por la prestidigitación, por la caja de suertes o de escamoteos, y se convierte en hombre político; color de rosa es su cutis, porque Enero no come pan como nosotros, sino merengues, caramelos y cerezas.

Este mes no existía antes. Es francés. Hay quien opina que vino con su tambor flamante y su corneta de brillantísimo latón cuando vinieron los zuavos. Pero él lo niega. Asegura que llegó en un baúl de una cantatriz de ópera bufa. Poco a poco fue recibiendo su equipaje: las bolsas de dulces, las capitas de raso acolchonado, los muñecos que dicen si como los diputados, las muñecas que cuestan mucho como las mujeres, los ferrocarriles de hojalata, las casitas de madera. Antes no había más que un niño de porcelana, el Niño Dios. Desde que vino el francesito Enero hay muchos rorros.

Tras de Bebé llega Cascabel.

Es el más rehilete que no cesa de moverse. Ya ese no es niño... ¡qué ha de ser! Cierra el rector la puerta del colegio, apaga los faroles de los claustros, ronda las celdas con paso cauteloso, espía por los agujeros de las cerraduras: todos duermen. Tranquilo, pues, retírase a su cuarto. Pero apenas ha abierto el viejo rector su libro de pergamino, apenas se ha sentado en el sillón de cuero, cuando Febrero, que se fingió dormido, entorna la puerta de su celda, atraviesa de puntillas los pasadizos, y los corredores, baja las escaleras sin hacer ruido, como baja una bolita de azogue por el plano inclinado de un espejo... Salta las tapias de la huerta... ¡y allá va por la calle obscura, rumbo al teatro! ¡Qué colegial! ¡Qué alegre y decidor es Cascabel! ¡Qué bien sabe arrancar una careta... con los labios! ¡Y cómo duerme en Marzo el chiquitín desvelado!

¡Ah! Marzo es triste. Es el regaño después de la travesura. La mamá se pone sería. Cascabel le anda huyendo el cuerpo; pero al cabo la entrevista es inevitable. Inútil fue que Cascabel se quedara a fumar con una tía, inútil que llegara a su casa después de media noche: la señora espera. Y fue preciso oiría.

¿Cómo paga Febrero su estudiantil escapatoria? Pues como la pagan todos los hijos de padres católicos antes de cumplir los quince años, yendo hipócritamente compungidos a la sacristía de alguna iglesia, en donde los aguarda el confesor de la mamá. Mes de Cuaresma.

La rosa se quita su corsé. La violeta abre los ojos. El agua no es lluvia aún, es rocío. El pájaro sale de la escuela. Y en la atmósfera azul, cantando bras dessous bras dessus, corren Abril y Mayo por los campos. Abril es hombre; mujer, Mayo. ¿Que si se casaron? Creo que sí, pero no lo aseguro. En todo caso se casarían ayer: todavía se aman mucho. Muy lindo es el sombrerito que lleva ella. Muy elegante la corbata de él. Están contentos de la vida los dos novios. Y ni él conoce a ella ni ella a él.

En llegando al último día del mes risueño comienza el año a entristecerse. Ya va de bajada. Junio y Julio no están tristes habitualmente, pero sí de malhumor. Riñen con sus mujeres, padecen reumas de cuando en cuando. ¿Veis a ese caballero de paletot de hule, sombrero hongo y de paraguas inglés que se dirige al teatro, al club o a algún café en noche lluviosa? Ese caballero es Junio que se aburre en su casa. Y ¿aquel otro que va a la casa de una amiga? ¡Ese es Julio!

Agosto reconcilia a los esposos mal avenidos. Trae un niño rubio para ellos y... para otros un puñado de oro. Por algún tiempo recobra el año su alegría; pero ya no es amor el que lo anima: es la ambición, es el deseo de gloria, es la lucha por conquistar el vellocino de oro.

¡Qué ruido hace Septiembre! Tambores, clarines, disparos de cañón... ¡seré fuerte!, ¡seré poderoso!, ¡seré rey! ¡Es el hombre en plena virilidad, corriendo en pos de la fortuna o de la gloria! Pero a poco el delirio se apacigua: ¡allí está Octubre! El crepúsculo azul envuelve el alma, se siente uno cansado; se desea, no la muerte, pero sí el sueño. Después de todo, la gloría es vana. Mejor es la dicha del hogar. Mejor es llevar a los niños de paseo en esas tardes que comienzan a ser largas, para que los papás puedan ir a la calzada con sus hijos. Mejor proveerse de pieles para el invierno. Ya tenemos nuestra casa, nuestra mujer, nuestra familia, ¿para qué ir en busca de aventuras?

Pero la vida no perdona. El apuntador llama a otro personaje y este se presenta: es Noviembre. Las campanas se estremecen cuando él llega. La Naturaleza encógese aterida y la noche comienza a ser muy larga, como para acostumbrarnos a la muerte.

Noviembre es blanco; pero no como el traje de las novias, no como el azahar, como la cera. Él nos enseña lo que Renan llama la última ciencia: la resignación al olvido.

Y ya en Diciembre todavía vivimos; pero no en nosotros, sino en nuestros hijos. Es el mes niño, y no el mes viejo, como lo pintan los artistas que no saben verlo. Por eso Jesús quiso nacer en él, y por eso vemos cómo se alegran todos los niños en diciembre. Es el mes de los cohetes y de las zamponas, de los panderos y de los rabeles, el mes en que hasta el mismo Dios es niño.

Nosotros vemos jugar a nuestros hijos y vamos cerrando los ojos poco a poco.

Llega San Silvestre, reza las oraciones de los agonizantes, y mientras los niños dejan sus botincitos en la chimenea para ver qué deja en ellos el nuevo año, nosotros nos vamos, por no estorbar, y seguros de que nada trae ya para nosotros.

El cielo está muy azul

El cielo está implacablemente azul. Cuando sale uno del baño matinal, azotado por el chorro de agua fría que, a manera de látigo, nos azuza para que corramos, el calor aún tibio de la atmósfera parece voluptuoso; la tersa limpidez de las capas superiores cautiva la mirada, y ese sol refulgente que parece salir de caza levantando nubes de polvo en su camino, semeja gallardo, altivo, triunfador. Ni una nube en las crestas de las montañas; los blancos rebaños que Eolo cuida, no aparecen. Ni franjas color de rosa ni cintas color de ámbar en el horizonte. Todo azul.

Sin embargo, fijándonos un poco echamos de ver que ese azul está un tantico sucio. No se ha lavado todavía con agua fresca y para disimular el desaseo se ha puesto polvo de arroz en la cara. Es un azul deslavazado, que no ha dormido bien y conserva la fiebre del insomnio. Otras veces lo vemos profundo, intenso, enérgico. Ahora no: está desleído.

Como las almas, el cielo necesita la lucha para resplandecer. Si triunfa de las cerradas nublazones, de los negros nimbus, esplende. La calma prolongada le deja soñoliento, pálido. Alzo hoy los ojos para verle y se me figura que es un desierto. Ninguna caravana de árabes, envueltos en sus blancos alquiceles, cruza por esa extensión; no se presenta ningún camello amarillo y giboso en el horizonte; no se columbra al mercader que de Damasco viene con su mula cargada de telas color de escarlata, ni se presume que puede haber, en donde los montes lindan con el cielo, un oasis, una cisterna, un sitio húmedo y sombroso; no hay una sola nube en el espacio.

A medida que el día avanza aumenta el calor. Cae sueño sobre la Naturaleza. Las acacias que al soplo de la brisa ríen moviendo sus calados abanicos, están ahora inmóviles. El árbol no sacude sus hojas, y parece pintado con lápiz verde sobre fondo azul pálido. Tiene la vegetación ese color brillante, mas sin vida, de los tibores japoneses. El agua anda despacio y sin tararear ninguna de sus canciones favoritas. La tierra está echada.

En otras ocasiones tal parece que la tierra se mueve y hace fiestas. Ora bebe agua, ora deja que el aire haga danzar la arena; ya hace cosquillas a las espigas, que se retuercen riendo; ya dice no sé qué palabras a las rosas: y las ruboriza. Pero bajo esta atmósfera pesada, ni el menor movimiento se percibe en ella. Camina el buey con mayor lentitud; no ladra el can; las ovejas salen a pastar con el cansancio y el desgano del oficinista que vuelve al interrumpido trabajo por la tarde; los pastores se tienden sobre la hierba con la cara hacia el suelo, y ni el gallo animoso cacarea. Es la siesta; pero la siesta sin esperanza. ¡Ni una sola nube!

No es piadoso este cielo. Es como esos espíritus monótona y egoístamente buenos, que viviendo vida contemplativa no ejercitan la caridad. Prefiero el cielo apasionado, el iracundo, el que, como Don Juan, anda a estocadas con alguaciles y cuadrilleros de la Santa Hermandad, el que se emboza y desenvaina el rayo; ese cielo que tonante blasfema y que fecunda la Naturaleza. Bueno es que la inmensidad azul tenga sus días de campo, sus días en que vista de muselina vaporosa, y sus noches de fiesta, en las que luzca sus alhajas. Pero ha de pasar también, para que sea completamente hermosa, por crisis de amor y celos; han de relampaguear sus ojos por la pasión encendidos... para eso, más feliz que diosas y mujeres, tiene pupilas color de cielo o profundamente negras, a su antojo.

La tierra quemada y reseca tiene sed. El río corre furtivo y vergonzante, por lo hondo, para que no le vea ella y tenga que decirla: nada tengo. Y cuando miro la sedienta mazorca, delgaducha, amarilla, que se empina a modo de chicuela que no alcanza con sus manos el brocal del pozo, pienso en las criaturas indigentes que no tendrán acaso alimento mañana. Entonces ese cielo azul me parece de acero, frío, cruel.

La sequía destruye nuestras sementeras. El sol las asaetea. La tierra no tiene ya jugo que dar, y ha de sufrir lo que la madre cuando ve enjutos sus senos y mira hambriento al hijo. Parece desmayada la Naturaleza. Hay agua para nosotros, agua para nuestro vino, agua para nuestro baño sibarítico, agua para la magnolia que se ostenta en jarrón de porcelana; pero no hay agua para el pan del pobre.

El especulador se regocija y acapara cereales. Para ese el hambre es una celestina. Esa le lleva a las vírgenes, le corrompe a las esposas, le vende a vil precio los humildes muebles del obrero. Para ese la sequía es fecunda y pródiga. Come él hambre ajena.

¡Son hermosos los trigales cuando la lluvia los alienta a tiempo! Los segadores emprenden, cantando, su tarea, porque el buen trigo no se queja de que lo corten con la hoz: no le duele, y quiere convertirse en blanca harina. El trigo es apacible, manso, rubio. En sus campos se aman castamente Ruth y Booz. Es el oro en la edad de la inocencia. Es el oro que tiene blanca el alma. Tanto lo amó Jesús que quiso perpetuamente unirse a él. La hostia es suya.

Rebosa el granero; viene chirriando la carreta, abrumada por el peso de los haces; rodea la era un nimbo místico; la hoz brilla como la mirada de una joven que acaba de hacer alguna buena obra... ¡qué alegría en los campos!, ¡qué olor de cuerpo sano despide la Naturaleza! El grave, noble buey, está contento de sí mismo.

Más tarde la blanca, leve harina, saldrá como purificada del molino para ir al horno, en donde, por amor al hombre, se convierte en alimento. Fue rubia, fue blanca; luego es buena. Salva al niño enfermito; sirve de apoyo al achacoso anciano. Es la contestación que manda Dios a los que le piden el pan de cada día.

Pero ahora, pensando en la sequía que aniquila el maíz, como por reflejo, esos trigales, esas ondulantes sábanas de oro, transformándose en mi imaginación, se me presentan en distinta forma. Veo el petate agujereado en donde duerme el indigente; veo la luz amarilla de la vela de sebo pegada a la tarima; y la transparente amarillez del niño hambriento, y hasta las flores tristes, color de ocre, que los pobres les llevan a sus muertos.

Esas noticias pidiendo agua que nos transmite el telégrafo; esas cifras que, secas, aparecen en las cotizaciones de la bolsa, señalan un hecho desconsolador: la sed está haciendo hambre. El maíz se pierde; la tortilla, ese único viático que recibe el indio para su caminata por la tierra, encarecerá dentro de poco; el fríjol sube de precio, y la cazuela del peón ya no va llena al campo de labranza... la caridad abre sus ojos asustados y se prepara a tender la mano suplicante.

Vuelvo la vista al cielo y está azul, muy azul, sin una nube. Todas las nubes se agruparon en los obscuros horizontes de la vida.

Hechicera y hechizador

La galantería francesa acaba de cometer un acto de injusticia, condenando a Gabriela Bompard a veinte años de trabajos forzados. Eso es injusto, muy injusto; merecía que la ahorcaran.

Eyraud va a sufrir la pena de muerte. Y ese pobre hombre no ha sido más que una víctima de la desvergonzada mujerzuela que por vestirse de pieles no hizo ascos a la piel humana. En resumen: lo que hizo Eyraud fue comprar a la Gabriela un vestido de piel de Gouffé, que él va a pagar con su pellejo.

Yo disculpo a ese canalla que ni siquiera es un gran criminal. Lo considero incapaz de sentir el placer del crimen. Un hombre que mata porque le gusta la sangre, es más disculpable que el que mata porque le gusta el dinero. En Eyraud todo es bajo: sale del alcohol, del fango, de las enaguas sucias. Dobla el cuerpo de Gouffé, y lo mete, arrugado y hediondo, en la maleta, de igual modo que dobla y guarda la camisa usada. Asesina por llevar un trapo a esa perdida y por beber algunas copas de cognac. No es hermosamente malvado; no es artista, no es inventor ni original como homicida. Se le debe pinchar, como a pingajo, con el gancho del trapero. Su cabeza estará mejor en el canasto de la basura que en el cesto de la guillotina.

Pero ese hombre enlodado; ese hombre cuyo ser moral sale del proceso como salen de la atarjea los que limpian albañales; ese huérfano de la vergüenza, a quien mató al nacer, tiene una disculpa en su favor: amó a Gabriela.

Me horroriza haber estampado esta verdad asquerosa... pero, es verdad... ¡Amó a Gabriela! La vendía, la entregaba, se prostituía con ella; pero la vendía para comprarla; la entregaba para que no se le fuera; se prostituía con ella para hacerse amar de esa prostituida. ¿Y esto es amor? A primera vista repugna llamarlo así. Es como si a un sapo lo llamáramos Romero. Pero es amor, es amor en el sentido bestial de la palabra. Así aman los cerdos en la piara. Poco importaba a Eyraud que esa mujer perteneciera a todos, con tal que entre esos todos estuviera él. Se habían confundido esos dos cuerpos en una misma inmundicia y tenían el color del mismo estercolero. Iban, no abrazados voluptuosamente, como Paolo y Francesca, sino abrazados brutalmente, a veces como quien besa y a veces como quien muerde, por los círculos tabernosos de su infierno.

Ya había consentido él en que ella no tuviera vergüenza, con tal de que toda su desvergüenza fuera suya, a ratos. Ya habían celebrado un pacto para robar juntos y gastar lo robado en compañía. Pero con esta cláusula: Gabriela robaba para sí, y en circunstancias apretadas para él. Eyraud robaba siempre para ella, y a veces para él.

Repito que da asco llamar amor a este ayuntarse de dos enamorados impudores. Pero no hay otra palabra que exprese la invencible tendencia de un ser a otro ser.

Veamos ahora cuál de esos dos amores tuvo un minuto de ser amor, dentro del mismo fango. Cuando Eyraud mata a Gouffé obedece a su hembra, la complace, le lleva el puñado de monedas que le pide y le entrega su vida. Es un monstruo; pero es un monstruo que monstruosamente quiere... me resisto siempre a decir amar... Eyraud comete un homicidio por Gabriela. Gabriela no fue capaz siquiera de callar para salvar al hombre a quien había perdido. De ese bellaco hizo ella un asesino. Y cuando él no tenía ya nada que darle, tiró su cabeza al canasto, como se tira un sombrero viejo al cajón de la basura. No obró por celos; no por arrepentimiento, ni por venganza. Quiso exhibir su desfachatez y su descaro en el banquillo de la justicia, como antes lo había exhibido en la butaca del teatro.

¿Cómo ha de tener excusa esa mujer? Por mujer le perdonan la vida los jurados. Y porque pertenece al sexo femenino, porque es hembra, la considero más culpable. No habría pedido la pena de muerte para ella, porque no la pido para nadie; pero sí habría demandado que se le impusiera, cuando menos, pena igual a la de Eyraud. Este fue su perro de presa; ella la que le dijo: ¡Sus, a él!

¿Cuándo fue mujer, verdaderamente mujer esa Gabriela? Toda mujer agradece que la amen o que la soliciten, a menos que odie a quien la solicita. Gabriela no odiaba a Gouffé. Lo cita, lo llama, lo ve llegar convulso de pasión, y en los momentos en que toda mujer es mujer, ella es hiena. Todo lo ha preparado como haciendo un guiso. Ya está la salsa, y solo falta el pavo para torcerle el pescuezo. Lava ella sus brazos para que sea más corredizo el nudo. En el momento oportuno llama al mozo -a su amante- para que la ayude; y luego vuelve a lavarse, con absoluta naturalidad, como la mujer que vuelve de hacer en la cocina una ommelette soufflé. Ni siquiera es supersticiosa esa mujer, como lo son generalmente las mujeres; ni siquiera es cobarde. Duerme cerca del cadáver como cerca de un ebrio. Y luego ayuda a plegarlo en tres dobleces, lo ata y lía como si fuera almohada, hace con su cabeza lo que haría con una capota para hacerla caber en la sombrerera; cierra la maleta, y marcha al paradero del ferrocarril cantando coplas de la última opereta.

¿Esto es mujer? Cuando más me ha repugnado es cuando la he visto desde aquí sonreír y hacer la comedia en el jurado. ¡Engañando hasta el fin, para ser consecuente consigo misma! ¡Siempre novelera, siempre usando de embustes y trapacerías, siempre en busca de aplausos y miradas! ¿A qué apeló? A decir que había sido hipnotizada, y que durante la hipnosis Eyraud le sugirió la idea del crimen. Casi, casi, intenta presentarse como una víctima de la ciencia o como una sensitiva.

Por supuesto que en este asunto hay un hipnotizado; pero el hipnotizado es Eyraud. Todos, cuál más, cuál menos, estamos hipnotizados por alguno o por algunos, y sobre todo por alguna o por algunas. No es nuevo que hagamos muchas veces la voluntad ajena, ni necesito decirlo en griego para que lo crean, así como las cocineras no necesitan conocer la ley económica de la oferta y la demanda para saber que cuando en el mercado hay muchos chícharos, los chícharos valen menos. Todo hombre enamorado es un fenómeno de hipnotismo. Todo hombre nace con la sugestión de conseguir dinero. Los honrados trabajan, y los pícaros roban. Y como Eyraud es un miserable, y como quería a Gabriela bestialmente, cuando esta le pedía dinero, él lo robaba. Hubo un momento en que para robarlo necesitó matar, y asesinó.

¡Medrados quedaríamos con esta irresponsabilidad de los criminales, que, en defensa de la Bompard, ha proclamado la escuela de Naccy! Esa doctrina debe haber sido sugerida por algún criminal. Pero si un hombre sugiere a otro que cometa un crimen, la sociedad sugiere a los jueces que castiguen a ambos criminales.

En todo caso, como ya lo dije, si en este caso hay un hipnotizado, naturalmente hipnotizado, ese es Eyraud. Él tiene una disculpa: amó a su modo, como el bruto. Su hembra nunca amó.

Mañanas de Abril y Mayo

En estas mañanas que parecen salir del horno, he releído un libro que para mí no es libro, sino remordimiento, porque aún nada he dicho de él; y tan delicioso es el libro cuanto amigo mío el autor: las Tradiciones y leyendas michoacanas de Eduardo Ruiz. Y es el caso que con tal lectura mi ánimo se refresca, porque también el calor agobia los espíritus. He vuelto a gozar, en alma, de esa sensación de frescura que oreó mi pensamiento y mi cuerpo en el lago Pátzcuaro. He recordado bonito.

No puedo comparar la sensación que en mí produce el recuerdo del lago, sino con la que me causa la poesía de Lamartine: es una sensación azul. ¿Por qué no atribuir color a las sensaciones si el color es lo que pinta, lo que habla en voz más alta a los ojos, y, por los ojos, al espíritu? Y siento color de rosa cuando recuerdo mi primera mañana en la tierra caliente, la salida del sol contemplada desde el mirador del palacio de Cortés; siento color de plata cuando recuerdo mi noche de luna en el mar, y siento color azul, cuando vuelvo a ver en mi memoria el lago de Pátzcuaro. Y no, no era azul cuando lo vi. La mañana estaba fría y lluviosa. El chubasco arreció cuando salimos del hotel, y corriendo, resbalando aquí, escurriéndonos allá en la tierra húmeda, cubiertos por la manta de viaje, atravesábamos el campo como muchachos que salen a mojarse cuando llueve, y ríen, y cantan, no porque el aguacero les alegre, sino porque están alegres de vivir. Para llegar al barco tuvimos que pasar, uno tras otro, por angostas vigas que ya casi flotaban en el agua. ¡Qué agradable es tener miedo no teniéndolo, y asustar a la compañera a quien se ama, empujándola para detenerla y jugando así a salvarla de riesgos que no hay!

Una vez dentro del barco, pusimos a secar nuestros abrigos de camino en la caldera. El sitio en que viajaban los pasajeros de primera clase era la toldilla, porque no tenía aquel buquecito ya perdido, más camarote que el del capitán. Íbamos, por consiguiente, a la intemperie, con los pies metidos en el agua, que entraba por todas partes; apenas encontrábamos refugio junto al tosco y primitivo timón, que manejaba y dirigía un más tosco y más primitivo timonel.

Lo apremiante era poner a salvo de la lluvia y de la inundación los canastos que contenían nuestras provisiones para el almuerzo; abrigar bien la gallina con las servilletas; envolver el pan en periódicos, como se envuelve en sus pañales a un muchacho; poner sobre todo esto los platos boca abajo, y no dejar afuera más que las puntas de los cuchillos, los dientes de los tenedores, como bayonetas o marrazos de centinelas, y el cuello de las botellas, que se empinaban para no sofocarse. Ya terminada esta faena laboriosa, pude volver los ojos a mirar el lago. Íbamos solos en el vapor. ¿Quiénes otros se hubieran atrevido a navegar por gusto en medio de tan recio temporal? La luz del sol, velada por densas nublazones que cubrían todo el cielo, parecía la luz de una veladora de porcelana blanca. El lago turbio, inquieto, formado como de nieve derretida; el sol triste, amarillo, como muy lejos, como enfermo, detrás del nublado; las crudas ráfagas de viento que amorataban nuestras caras; el aire sin aves; los horizontes sin montañas; todos blancos; la atmósfera sin ruidos, recordábanme las cristalinas descripciones que hace Pierre Loti de los mares de Islandia.

-¿Aclarará, capitán?

-Es bien difícil; ¡muy mal día tendremos!

El capitán era un canadiense, joven de no mal talante y ya algo versado en el español. Parecía de buena familia y regular instrucción. En el cuartito o agujero del timonel, sentada en un banco de palo, pálida, con los ojos bajos, cosiendo maquinalmente y como perdida la imaginación en remotas tierras, iba la mujer del capitán, joven también, no fea, pero como enfriada, como nevada en su sangre por la pobreza y los afanes de la vida. Estaba recién casada... ¡Qué luna de miel tan triste! Pasará los días en Ibarra esa mujer -pensaba yo- contemplando desde la ventana el lago, el cerro de Iguatzio que divide el lago, y las chalupas que lo surcan como huecas flechas de madera, sin oír más que el cacareo de los gallos en el corral o el gruñido de los cerdos; no hablará con ninguno porque no conoce nuestro idioma; comerá sola en la desierta y desmantelada fonda, cerca del arriero que allí almuerza; y cuando caiga la tarde, cuando se enciendan las estrellas en el cielo, y escasas luminarias en las próximas islitas, irá a aguardar a su marido para cenar y dormir, hasta que los cascabeles de las mulas que llevan el guayín de Ibarra al paradero de los trenes, la despierten y le indiquen que es hora ya de levantarse. ¡En la cena, por la noche, en los patios y corredores del hotel, verá pasajeros ufanos y felices; novios que hacen su viaje de bodas, y para ella no hay más que soledad, reclusión, silencio y pobreza, o la monotonía de navegar continuamente en aquel barco sucio y tiznado de hollín, que siempre se detiene en los mismos puntos para recoger balsas cargadas de madera y remolcarlas! Bajo aquel cielo gris, dentro de aquella atmósfera de vapor de agua, la mujer del capitán me parecía una palidez y un frío más.

Raras canoítas atravesaban el lago, que estaba muy alborotado. Pero ¡qué delgadas, qué angostas y qué esbeltas son estas canoítas que hienden, de verdad, el agua como flechas! Vistas de lejos, semejan pajaritos negros que se bañan volando. Ya de cerca, simulan anguilas largas. Se aproximan, y vemos que lo primero que nos pareció sombra de ala es una diminuta embarcación en cuya caja oblonga apenas cabe la india, porque la india es flaca, o el muchachito que lleva a vender al mercado los pescados blancos. Se creería que son palos de escobas montados por enanas brujas acuáticas. No navegan, andan estos pescadores. Y la embarcación forma como parte de ellos mismos. Vemos moverse las palitas de los remos, y pescador y chalupa se nos figuran un palmípedo que chapotea zabullido en el agua.

Otras canoas son más grandes y cuentan con varios remos. Pero la mayor, a cierta distancia, tiene el aspecto de una araña que anda a brincos sobre las ondas. Cuando el vapor silba, pensamos que se van a asustar y que van a volar o a zambullirse más todos esos animalitos. ¡Cómo respeta el oleaje esas débiles embarcaciones! En las primeras horas de aquella mañana el viento levantaba verdaderas olas. El lago, cansado de su eterna mansedumbre, se revolvía iracundo, molesto por la lluvia impertinente. Inclinado sobre el barandal de la toldilla, entreteníame en ver salir el agua hirviente por encima de la rueda del barco, como túnica de encaje hecha jirones y estrujada. Esa es el agua colérica, la que echa espuma por la boca. La azotan; a golpes la traen a la caldera; la queman; le cierran el paso con leños carbonizados, y cuando al fin logra escapar, sale furiosa, con su vestido de blonda blanca destrozada por las brutales manos de sátiros infernales. Y se echa de cabeza al lago, para refrescarse, para bañarse, porque también hay agua en que se baña el agua.

Pues qué, ¿creéis que el agua es una misma? ¿No veis que hay una azul, y otra verde, y otra color de rosa, y otra color de oro, y otra plomiza, y otra blanca, y una que canta, y otra que se queja, y una que salta al cielo como dardo de plata, y otra que se echa en la tierra como un monstruo cansado? No sabemos distinguirlas; nuestra vista no es bastante perspicaz para apreciar sus diferencias; pero cada gota de agua es distinta de las otras. Se juntan porque se aman, y son las únicas que realizan el ideal, para nosotros inasequible, del amor: fundirse uno en otro. ¿Veis una ola? Pues es el ejército de una nación de gotas que se echa encima de otra para conquistarla. El agua vive. Cuando llueve, el agua bebe; cuando besa las plantas y las flores de la orilla, el agua come; cuando se filtra en las entrañas de la tierra, el agua entra a trabajar en las labores de sus minas; cuando sube en nubes tenues de vapor, el agua manda a Dios su incienso místico. ¿Qué es la neblina? ¡Es su oración de la mañana! ¿Que son las nubes? Son los titanes del agua que intentan escalar el cielo y caen despeñados, en castigo de su osadía. ¿Qué es el arroyo? Es el agua campesina que apacienta rebaños. ¿No veis las espumas triscadoras del arroyo? Pues es el hacendado que recorre majestuosamente sus dominios. Entrad en una gruta: ese es un claustro, ese es un monasterio para el agua eremita. Tomad las estalactitas: son las urnas cinerarias del agua muerta. Venid ahora a este lago: ¡este es el lugar apartado, misterioso y tranquilo, en donde el agua pasa su luna de miel y duerme y mira el cielo!

Ahora que el cielo en las noches solo alumbra con relámpagos, nubes enfermas de las que no puede caer aún la lluvia, pienso con delicia en esa mañana húmeda, ya tan lejos de mi vida.