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«Cuadernos», en familia

Daniel Moyano





La revista Cuadernos Hispanoamericanos llegaba puntualmente por correo a las pequeñas ciudades del llamado interior argentino, culturalmente marginado, y hubo quien la recibió de manos de un cartero que la repartía a lomo de mula por las aldeas cordilleranas.

Cuando recibíamos ese paquete, cuya forma, inconfundible, empezábamos a gozar antes de que el cartero lo extrajera totalmente de su gran saco de cuero, uno se sentía perteneciente a una familia bastante dispersa y muy lejana, por más lejos que viviera y por más aislado que estuviese.

Corrían los años del comienzo del «boom», y Cuadernos era el único contacto posible que teníamos con los contenidos de esos nuevos vientos.

Allí, por los artículos o las reseñas bibliográficas, nos enterábamos de lo que se publicaba, y aunque no pudiéramos comprar los libros porque por ese entonces, a 1500 kilómetros de Buenos Aires, no había librerías (y sospecho que todavía no las hay), por lo menos nos enterábamos de sus contenidos; a veces podíamos leer incluso fragmentos que citaban y a través de ellos imaginarnos el resto.

En esta revista empezó a publicar mucha gente ignorada por Buenos Aires.

Enviábamos sin inhibiciones nuestros trabajos, porque para los españoles no éramos escritores «del interior», como nos llamaban despectivamente los porteños, sino escritores sencillamente argentinos, como cualquier otro que habitase el país en cualquiera de sus latitudes. Y además nos pagaban.

Los 25 ejemplares de la separata que regalaban cuando te publicaban un texto, traían nuestro nombre en la portada.

Conozco un caso de un joven narrador que nunca pudo publicar un libro, pero que guarda esos 25 ejemplares encuadernados como si fuesen sus obras completas, y que son su orgullo.





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