Crónica de prensa. Concha Zardoya, María Eugenia Rincón, José García Nieto
Emilio Miró
ZARDOYA, Concha, Hondo Sur, El Bardo, número 43, Madrid, 1968
Entre Chile, España y Estados Unidos, pero figura indiscutible de las letras españolas actuales, la poeta, profesora, crítico, Concha Zardoya aumenta incesantemente su bibliografía en el doble cauce de su obra: la creación y la crítica, la propia poesía y las calas sobre otros poetas, las traducciones y las ediciones críticas. Muchos son sus libros de poemas publicados, desde el primero, «Pájaros del Nuevo Mundo», aparecido en la colección «Adonais», en 1946; al año siguiente obtuvo un accésit al premio Adonais por su libro «Dominio del llanto», y «Debajo de la luz» conseguía el premio Boscán correspondiente a 1955. Entre ellos y después, otros títulos de libros de poesía. Hasta este último, reciente libro Hondo Sur, íntegramente «americano»
, que «recoge con palabras de la propia poetisa colocadas al frente del libro -impresiones y experiencias vividas en el Sur de los Estados Unidos a lo largo de diez años. Pero ha sido escrito en ausencia -en California, Nueva York e Indiana- y a través del recuerdo»
. La nostalgia va a ser un elemento primordial en las primeras partes del libro tres, exactamente: «Los bosques sumergidos», «Las sombras lloran», «Sobreviven los nombres»-, que, sin embargo, no representan ni la mitad de este extenso volumen. El tono elegiaco es el predominante (recordemos que uno de sus libros, de 1961, se titula «Elegías»), El paisaje con toda su riqueza y variedad, las espléndidas mansiones, todo lo que fue vida y esplendor y hoy es solo cenizas, desvencijadas presencias que solo el poeta puede salvar de la total inexorable destrucción. El viejo y lacerante tema del «ubi sunt?» nos golpea, especialmente en el poema «Valcour Aimé», de la tercera parte,
¿En dónde el papagayo, los faisanes,los ciervos y las aves de tu caza?¿En dónde están tus cisnes y tus peces?¿En dónde el mármol blanco de tus gradas?[...]¿Quién sepultó la ciencia de tus años?¿El noble meditar que te ganabaen las tardes de lluvia, cuando el díaempezaba a dormirse entre tus cañas?
Endecasílabos y asonancia en los versos pares. Romance heroico, cuartetas romanceadas. En «Hondo Sur» predominan las formas tradicionales, endecasílabos, octosílabos y otros metros, y junto a la rima vocálica también aparece la consonante o total. Como dice también Concha Zardoya en sus palabras iniciales, sencillez en la forma para hacer más sencilla y fácil la comunicación, la transmisión de sus emociones, de su esperanza y su dolor: el español, el del Sur, el de la propia poetisa, como ella misma proclama en el primer poema del libro, y que le da el título («El hondo Sur, el Sur que yo he vivido, emerge para España en este canto. / ¡El dolor español, el dolor mío, / con el dolor del Sur, unificados!»
).
«Debajo del silencio» es la cuarta parte de Hondo Sur, y su título nos pone ya en la pista de su contenido. Poesía del negro, poesía testimonial, que compadece y denuncia, que cuenta y canta los pesares y las esperanzas, la esclavitud pasada y la libertad soñada, el presente todavía no absolutamente liberador:
Este Sur, en el centro de los días,es un pozo clamando por un cielo,por un norte de luz y de justicia.
Testimonio que culmina en los dos poemas finales de la serie: «El agua es cruel» («El agua es cruel, el agua de Alabama»
) y, sobre todo, «Ku Klux Klan», continuidad en el tiempo de la crueldad y el horror («Y los niños se esconden en el sueño / que viene a despertarlos con horrores / ya vividos ayer por otros niños»
).
El tema «negro» continúa en las restantes partes del libro: «Proverbios negros», «Nanas», «Spirituals», «Bailes y sones» y «Odas y elegías». Es inevitable el recuerdo de Nicolás Guillén y de otros representantes de la gran poesía negra antillana (tema que ha estudiado recientemente el poeta y profesor argentino Antonio Pagés Larraya), pero Concha Zardoya sabe darles encanto y frescor muy personales y un rico caudal de popularismo, temas y ritmos tradicionales, costumbres y ritos, creencias y magias, gozo de vivir, danza y canto, aire de naturaleza pura y libre, corre por estos poemillas, generalmente muy breves y en metros muy cortos (junto a otros -octosílabos, hexasílabos, etcétera- abunda el pentasílabo). En «Odas y elegías», última parte del libro, en cambio, figuran los poemas más largos de Hondo Sur, y, con la excepción de un solo poema en heptasílabos («Crucifixión en Texas»), toda ella está en verso de arte mayor, puede decirse que en endecasílabo, metro casi exclusivo; en cuanto a la rima, hay asonancia o falta en varios poemas en endecasílabos blancos y uno solo en versos libres.
De nuevo Concha Zardoya es hondo poeta testimonial, voz dolorida y solidaria, conciencia ética frente a la violencia y el desprecio del hombre. Poesía severa, poesía de la dignidad humana, en esa línea que entre otros, cultiva Ramón de Garciasol, aunque en este el acento es más intelectual y en Concha Zardoya es más cordial o emocional. Ejemplar es la «Oda a Martín Luther King» (antes de su asesinato), universal anhelo de justicia donde otra vez funde la poetisa «su» tierra americana y «su» tierra española («... esa vieja canción de la justicia / que todos esperamos en España, / aquí y allí, por siempre rediviva»
). El testimonio es acusación, grito de dolor y palabra de amor, en los dos poemas finales, el citado «Crucifixión en Texas» y «Elegía a Langston Hughes (1902-1967)», de la más combativa, cálida y honesta poesía «negra» escrita por un poeta español. También en esta parte última figuran dos de los poemas más logrados, más ricos de lenguaje y de ritmo, especialmente el primero, más de aliento épico el segundo, escritos por su autora: «Oda al jazz» y «Las montañas del Sur».
Recibir a través del mar, de la distancia la poesía de Concha Zardoya es algo entrañable para quien siente muy honda la presencia viva de nuestros españoles ausentes. Y, además, Hondo Sur nos llega en una -pocas son- de las más prestigiosas colecciones poéticas de nuestra tierra.
RINCÓN, María Eugenia, Frontera de la sombra, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1968
De veintidós poemas consta este libro: cinco en la primera parte, «Elegía del padre», y diecisiete en la segunda, que da título a todo el volumen. El versolibrismo es el vehículo expresivo de esta poetisa y por él camina con soltura y dominio, salvo en las pocas ocasiones en que el ritmo desfallece o el prosaísmo amenaza peligrosamente. Pero María Eugenia Rincón consigue un libro cálido y entrañable en la tan cultivada -y no siempre lograda- línea intimista, buceando en el recuerdo y la nostalgia con una palabra desnuda y sugerente, potenciada más por su temple emocional que por su selección o fastuosidad.
La breve primera parte de «Frontera de la sombra» pertenece totalmente, como su nombre nos indica, al género elegiaco; «Elegía del padre» es también el título del segundo de estos cinco poemas. El primero de todos, el que abre el libro, «Dolor del mar», me interesa de un modo especial por su tema, por esa presencia del mar, muy significativa para la poetisa, que vuelve a él en otro poema de la segunda parte, «inmutable mar»
. En «Dolor del mar», del recuerdo de otros inviernos en la playa, cuando el padre estaba allí y con él sus palabras, María Eugenia Rincón salta audazmente a la inquisición del mar, a la búsqueda en él de señales o respuestas. Incesante diálogo por el que se justifica este tirón, esta llamada, este venir a él
a escucharle, a sufrirle,a hundirle hondo mi brazohasta el primer peldaño de su orillay penetrarle luegohasta sus entrañas,donde cuervos de aire van sorbiendo sin prisael castigo o la muertede su inmensidad.
El segundo poema es de clara filiación «juanramoniana», ya en su mismo título: «Inmutable mar», con versos que se entroncan con los del meditador de la inmensidad, eternidad e inmutabilidad marinas en «Diario de un poeta recién casado». Posteriormente titulado, más certeramente, «Diario de poeta y mar». Pero junto a estos versos de María Eugenia Rincón («El tiempo, que nos transforma a todos, / no ha podido cambiarte, mar. / Tú sólo permaneces más allá de generaciones y de lágrimas. / Una burla parece, eterno mar, tu invariable vida»
. «Tú, mar, el indiferente al dolor»
. «Todo cambia pero tú permaneces»
), en todo el libro hay un mayor desgarrón afectivo entre la hermosura, el grito alborozado, la embriaguez «de tu vino azul»
y todo lo que es monotonía, pasar de los años, melancolía y dolor. Todo lo que la poetisa sintetiza con exactitud en su apasionada protesta final: «¡Oh tiempo, lentamente, certeramente corrosivo!»
. También en el poema «Hora vacía», encontramos el mar, «ese mar de mi infancia»
, y en la segunda parte «Dadle mi protesta continuada al mar / si es que quiere aceptarla»
, del poema «Testamento».
En esta segunda parte del libro, la más larga, la más importante, María Eugenia Rincón, partiendo de una posición fuertemente individualista («No nos sirve el "nosotros"»
, «Igual que la sonrisa, el "nosotros" se escinde»
, del poema «Nosotros»), aborda temas eternos: el amor, la esperanza, la comunicación, la soledad, Dios... Poesía como medio de conocimiento, como vehículo para alcanzar -o intentarlo- las laderas inciertas, oscuras o misteriosas del hombre, sus repetidas y angustiosas preguntas, sus abismos. Como en tantos otros poetas españoles de hoy, cruzan estos poemas los vientos fríos de la desolación, las nubes sombrías del fracaso, las agoreras aves del olvido y la muerte. Me refería yo a cierta frustración generacional, comentando en ÍNSULA el último libro de José Ángel Valente, La memoria y los signos. Triste resignación, desvalimiento, fatiga: «Nadie nos releva del trabajo angustioso de vivir. Estamos, sí, cansados. Pero Dios no se ablanda»
(del poema «Un año nuevo»), Con «más ceniza en el alma»
, ni siquiera el amor es suficiente. «¡Amor, qué soledad, qué honda, qué dura!»
(del poema «Ausentes»), porque otro ha de ser el amor que nos salvaría, que rompería todos los diques con su desbordamiento, que asaltaría todas las fronteras de sombra con su luz. «Entonces, sí», es el título de este poema final del libro. Solo entonces todo sería distinto, «algo definitivo»
quedaría, «algo que ya no fuese posible romper o escindir»
.
María Eugenia Rincón se coloca limpiamente en una poesía intimista y reflexiva, de personal narración lírica y raíces existenciales, en la que vienen golpeando muchos poetas españoles de estos años.
GARCÍA NIETO, José, Hablando solo, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1968
Este libro obtuvo el Premio de Poesía Castellana «Ciudad de Barcelona», correspondiente a 1967. Después de sus «Memorias y compromisos», comentado por mí en estas páginas, retorna el poeta de «La red» con este volumen formado por cuatro poemas-homenaje a Rubén Darío y por doce sonetos alejandrinos todos titulados y bajo el común y aunador título «Los sonetos del hombre que vuelve la cabeza».
Los cuatro homenajes a Darío están escritos en verso libre, en el que el impecable sonetista ha mostrado y demostrado ya su maestría (la gran prueba fue «Memorias y compromisos»), Poemas bastante largos (sobre todo los dos primeros), en ellos el recuerdo y el homenaje lo son más porque van fundidos, entrelazados con el propio testimonio, con la palpitante confesión de quien también participa en la hermosa y dolorosa tarea de la poesía, en este «mester» de lúcidos y alucinados. Hondamente se vuelve García Nieto hacia la poesía y el poeta:
... andares el destino del poeta,como lo es tocar con el llanto primerola realísima tierradejándola fecunda con los sueños.
Continuidad en el oficio, en la pasión. Fidelidad a un deber, a una herencia. Esto es «Carta sin acabar», el poema inicial de la serie. Pero sobre todo es, como los poemas siguientes, ejemplo de entrañable y auténtico lirismo, nunca ahogado por la narración, jamás despeñado en el prosaísmo. La palabra poética de García Nieto se ha enriquecido por dentro, se ha despojado de inútiles galas y se ha concentrado y potenciado. Cuando emplea la retórica es la exigida por el poema, la necesaria y funcional, la que fluye naturalmente. Ejemplo de esto es el segundo homenaje, expresivamente titulado «Esto no es un poema», «En lo alto del tejado» y «Ya no tengo miedo». Los dos restantes amplían y matizan este apasionado documento de fidelidad poética, de solidaridad con la palabra y sus cultivadores, de humildad y desasosiego, de dudas y cobardías, de reconocimiento final:
una sola palabra pronunciadacon feahuyenta la soledaden el cuarto oscuro del niño,en el cuarto oscuro del hombre,en el cuarto oscuro del mundo.
No podía José García Nieto hacer mejor homenaje a quien dejó bien explícita y tajante su repulsa, su temor, a los vacíos, fríos y pomposos de los «centenarios» y todas las conmemoraciones oficiales. Ejemplos de antitópico, de huida completa y lograda del lugar común en el fervor o la imitación, son el más fervoroso homenaje a quien hizo de la poesía su razón de existencia, a quien hizo de la poesía española algo nuevo, como recién nacido, para todos los poetas venideros.
Los sonetos en verso alejandrino son ese golpear de que hablaba al comentar «Frontera de la sombra». El hondero de sí mismo en libros anteriores, el inquisidor de las vacilaciones y los miedos, los deslumbramientos y las negaciones, vuelve aquí, se adentra de nuevo en las zonas de penumbra o misterio. Habla «a» y «de» su hija, de Dios y del amor, de sí mismo y los demás, hace de su existencia «balance» (título del primer soneto). Cansancio, ignorancia, tristeza, la menesterosidad humana, «tanta luz apagada»
. Son palabra rebelde, tensa, pregunta o exclamación, grito o súplica, domesticada, bridada por el metro y la rima, que dispone de la mayor amplitud del alejandrino, pero que no puede desatarse del cauce de los catorce versos.
También fe y esperanza, presentida aurora final, definitiva, pero nunca gratuita, fácil conquista, evasión de la noche y sus interrogantes, como en el soneto octavo «Todavía no sé», en el que a pesar de su negativa experiencia, el adverbio es ya una puerta abierta, tal vez porque él sigue «preguntando ante esa puerta oscura»
. El soneto final, «Con un verso de Antonio Machado», es otro magnífico ejemplo de homenaje y personal recreación. La soledad del poeta, tema tan querido del autor de «La hora undécima», cierra el libro, dándole sentido y título. Latidos místicos pero aún muy lejos de la «Llama de amor viva», individualísimo sentir, que así llega a cantar y contar. El hombre solo frente a Dios, a veces lejano, separado por vacíos y miedos, a solas consigo, con su soledad en su espera, en su viva pero difícil esperanza:
Hablo solo... ¿Y espero hablar con Él un día?Cuando lo pienso, dudo de la palabra mía,y escucho mi silencio desde esta noche oscura.
Poesía de un hombre, que puede ser la de cada hombre, la del hombre-isla, tan frecuente en la actual poesía española, incapaz de integrarse en el archipiélago humano. Hay que preguntarse si porque no puede o porque no quiere. Toda la problemática existencial de nuestro tiempo -con fe o sin ella, en prosa o en verso- aquí reside. ¿Qué frontera hay entre la confesión y el masoquismo? No olvido el insustituible «dolorido sentir»
pero tampoco el irrenunciable «un corazón solitario no es un corazón»
. ¿Cómo, por dónde, tender el puente?