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Conversando con Leopoldo de Luis

Gabriele Morelli

Cuando tenemos demasiado trabajo puede ocurrir que dejemos en el cajón de nuestro despacho materiales de una cierta importancia que en el momento no han encontrado su lugar apropiado; materiales que, desafortunadamente, con el paso del tiempo, acaban cayendo en el olvido. Hasta que un día abrimos justo aquel cajón e, inesperadamente, volvemos a encontrar aquellos viejos papeles.

Estoy hablando de las páginas de una entrevista, realizada en abril de 1987, relacionada con un trabajo de final de carrera que una alumna nuestra, Michela Finassi, escribió sobre la obra de Leopoldo de Luis, poeta y crítico fallecido en 2005. Con el fin de conocer mejor al autor, que yo había frecuentado largamente, aconsejé a Finassi ir a verle a Madrid, donde el escritor residía; me puse entonces en contacto con él y preparé el encuentro. A su retorno, la alumna contó entusiasta los días memorables que había pasado con el poeta, destacando su gran disponibilidad y generosidad, que se había traducido en una copiosa documentación que le había regalado: libros, artículos, reseñas y ensayos sobre su producción difíciles de encontrar; en esa ocasión, me entregó también el texto de una conversación con Leopoldo de Luis que hubiera querido utilizar para su trabajo. Discutimos también la posibilidad de publicar la entrevista, tras un necesario trabajo de revisión dado el carácter oral del texto. Luego no se hizo nada, el tiempo y el olvido lo borraron todo.

Han transcurrido más de veinte años desde aquella fecha: ahora Michela Finassi -que tiene el mérito de haber realizado la entrevista- es una conocida traductora de narrativa española; Leopoldo de Luis, en cambio, falleció hace algunos años, aunque permanece el importante legado de su obra y todavía queda vivo e indeleble el recuerdo de su humanísima persona. Ahora he considerado necesario rescatar del silencio -aportando modificaciones y recortando fragmentos imprecisos- estas páginas lejanas, que considero importantes y todavía actuales para la comprensión de la obra del poeta.

-Leopoldo de Luis habla de la relación con su padre y de sus estudios.

Mi padre era, para su época, un hombre muy progresivo (digo progresivo, no progresista, porque prefiero el concepto al sufijo -ista, que denota sumisión y una cierta normatividad).

Gran lector por vocación, mi padre era ordenado y sistemático en sus lecturas: cuando murió, encontré unos papeles con indicaciones de las lecturas de cada día, en las que se especificaban las horas dedicadas a cada materia diferente. Era un humanista -era abogado-, pero se interesaba por la ciencia hasta el punto de leer libros de biología, además de filosofía y literatura. Hombre de amplia cultura, de una cultura abierta y desinteresada, fue él quien me inició en la poesía y en particular en la poesía moderna. De hecho, cuando empecé a escribir los primeros versos, me atraían los autores del pasado que se estudiaban en la escuela secundaria, y no me daba cuenta de que los poetas modernos seguían caminos diferentes; fue entonces mi padre quien me ilustró e indicó las nuevas tendencias. En su biblioteca se encontraban las obras de los poetas del 27, de Altolaguirre, Alberti, García Lorca y Guillén. En mi casa siempre he visto libros, por eso creo haber sido afortunado, por haber tenido un ambiente propicio y estimulante y una persona de excepcional valor, experto en este campo, a mi lado. A mi padre, en su muerte, he dedicado un breve libro titulado El padre.

De pequeño estudié en un colegio francés; luego, durante muchos años, fui a un instituto público.

En los últimos 60 años hemos tenido unos profesores excepcionales, quienes, si bien enseñaban en secundaria, fueron maestros de generaciones enteras: uno de ellos fue mi profesor, Narciso Alonso Cortés. Era un hombre del 98, escribió diversas historias de la literatura y fue también poeta. Antonio Machado le dedicó una poesía y, de hecho, su estilo poético era cercano al del poeta sevillano; Alonso Cortés, además, formó parte de la prestigiosa Real Academia Española. También recuerdo a otro profesor que enseñaba en Madrid e influyó considerablemente en muchas generaciones de jóvenes: se llamaba José Rogerio Sánchez. Más cercano a mí, desde el punto de vista cronológico, es el presidente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el conocido crítico Guillermo Díaz-Plaja. Sus libros están en todas las bibliotecas públicas y en las casas de muchas personas que se dedican a diferentes aspectos de la cultura: representan, en el océano de la formación científica, una pequeña isla de amor a la literatura.

Desde luego, mis estudios no fueron solo literarios. Después de la escuela secundaria, estudié pedagogía, materia a la que quizás me hubiera dedicado por completo si no hubiera llegado la guerra a interrumpirlo todo.

-¿Cuáles han sido, entonces, los autores con mayor influencia sobre su obra poética?

En mi formación han influido muchos poetas. Creo que, cuando un poeta coge el bolígrafo para escribir una composición, en su mano están todos los siglos anteriores. Por otro lado, pienso que nos influye más aquello con lo que sentimos mayor afinidad, así que, entre los poetas del pasado, he leído sobre todo a Jorge Manrique, Fray Luis de León y Calderón de la Barca. En mi libro Teatro real se encuentra el gran teatro de Calderón, aunque no de manera directa. Me siento también especialmente cercano a algunos poetas hoy olvidados, cuya poesía de carácter civil siempre me ha resultado atractiva, como la de Manuel José Quintana y Gaspar Núñez de Arce. Pese a ser consciente de que su poesía ha sido superada por el simbolismo, estoy convencido de que su tono cívico ha ejercido una clara influencia, aunque de modo subterráneo, sobre los representantes de la poesía social española. Finalmente, lo que más ha marcado mi formación ha sido ante todo la lectura de la obra de Antonio Machado, la relación personal que tuve durante la Guerra Civil con Miguel Hernández y, además, el profundo vínculo humano y literario con Vicente Aleixandre.

A simple vista no parece que Vicente Aleixandre ejerza gran influencia sobre mí: sin embargo, su huella es visible no solo en las pruebas de la experiencia literaria, sino también en relación al significado de la poesía y, en general, en relación a la visión del mundo. El Aleixandre que más me ha influido no es el último, de libros como Historia del corazón y En un vasto dominio, donde proclama que la poesía es ante todo comunicación, una teoría que contrasta con la del conocimiento, sostenida por la generación de los años cincuenta. El magisterio aleixandrino que mejor comprendo es anterior: aquel de la concepción del mundo primigenio, pre-adamítico. Para el autor de La destrucción o el amor la llegada del hombre sobre la tierra, en vez de ser síntoma de progreso, implica la afirmación de una vida no auténtica: su aparición significa la extinción de numerosas especies animales, la destrucción de la naturaleza. Aleixandre, queriendo representar una visión pesimista del mundo, escribe en un poema del libro El mundo a solas: «Sólo la luna sospecha la verdad, y es que el hombre no existe»; y esto afirma en Sombra del paraíso: «Humano, nunca nazcas». En realidad, en esta tierra privada de amor y, en cambio, rica en odio, el hombre es retratado como un fósil y el mundo como un lugar frío, sin vida, que la luna observa con indiferencia desde lejos.

-¿Cuánto ha influido su participación en la Guerra Civil en su visión negativa del mundo?

Creo que la terrible experiencia de una guerra, y aún más de una guerra civil, deja una marca profunda. La mía ha sido una generación marcada por la infamia de la lucha civil, sobre todo porque se ha alargado en una posguerra dura y difícil, y eso solo puede influir negativamente sobre la concepción que el poeta tiene del mundo.

A dicha visión negativa aluden las composiciones del libro Con los cinco sentidos, «Aquellas sopas de ajo» y «Mordí una naranja amarga», vinculadas a experiencias vividas directamente. El poema «Aquellas sopas de ajo» recuerda la comida que nos daban en la cárcel en la que estaba recluido; mientras que «Mordí una naranja amarga» se refiere al campo de concentración, donde una plantación de naranjas amargas era el único alimento disponible para calmar nuestra hambre. Existe también otro poema -señalado por el escritor Max Aub en el libro Historia- en el que se dice que aunque haya pasado mucho tiempo y la ciencia haya hecho grandes progresos y las naciones hayan cambiado a causa de las guerras, como han cambiado los mapas del mundo, nosotros, los hombres de mi generación, seguimos viviendo del mismo modo, intentando simplemente existir y resistir.

-En su poema «El mismo muerto», del libro Del temor y de la miseria, aparecen sentimientos análogos a los que el poeta italiano Salvatore Quasimodo expresó en su poema «Hombre de mi tiempo» del libro Día tras día.

«El mismo muerto» es una poesía vinculada a los acontecimientos de las últimas guerras, terribles como todas las guerras, en las que se mata de maneras diferentes que en épocas primitivas. Pero el muerto sigue siendo el mismo que cuando el hombre iba por los bosques a matar con el hacha.

-En 1956 Pablo Corbalán, en un artículo publicado en Informaciones (Madrid), afirmaba que usted había preferido una poesía iluminada por el canto, mitigando la otra tendencia, «aquella que rompe las alas y oscurece». ¿Cómo juzga tal juicio?

Yo no juzgo porque estoy a favor de la libertad de crítica, como es natural. En este caso, creo que el crítico quiere decir que una poesía demasiado proclive a cantar el dolor no es del agrado del lector, que rechaza los sentimientos pasivos de renuncia. Yo, por mi parte, no estoy de acuerdo con esta tesis: de cada gran poesía -y ciertamente no es mi caso- se puede sacar una moraleja, que puede ser constructiva y positiva. Una frase de Camus expresa muy bien este concepto: «Una filosofía pesimista no entra en contradicción, en el campo de las acciones, con una moral activa y positiva». Que el poeta sea pesimista no significa que se quede con los brazos cruzados, que renuncie a luchar, que se considere en definitiva fuera de la realidad.

-Usted ha sido llamado neorromántico por el pesimismo y la oscuridad que velan su poesía. ¿Qué opina al respecto?

En primer lugar, hay que distinguir entre el romanticismo entendido como actitud hacia la vida y el romanticismo como movimiento literario. Del segundo me considero ajeno. Hay toda una gama de motivos y sentimientos -como la atracción hacia el misterio, el retorno a la Edad Media y, sobre todo, la sobrevaloración del yo- que no me interesan y no se encuentran en mi poesía. A este propósito querría hacer una rectificación: más que hablar de la poesía que escribo, hablo de la que quisiera escribir, pues la intención y el resultado siempre están distantes. Creo que intenté abrir la poesía a una visión colectiva hecha de sentimientos simples y comunes: eso es lo más lejano que puede haber de la sobrevaloración del yo propugnado por el romanticismo. Si queremos llamar romanticismo a una cierta actitud de decepción frente a la vida, entonces sí me siento yo también partícipe de un cierto halo romántico. Sin embargo, en muchos de mis versos, expreso un sentimiento realista y siento la necesidad de sumergirme en la realidad, de tocarla y no perderme en sueños y vanas idealizaciones. Creo que mi poesía no puede considerarse de evasión o de ensueño, al contrario, está estrictamente vinculada con las instancias de la realidad cotidiana.

-¿Usted piensa que la sociedad en la que vive es capaz de comprender plenamente su poesía?

Seguramente no. Por lo general, un poeta nunca es comprendido completamente por la sociedad de su época, no lo soy yo ni ningún otro. La sociedad española lee muy poco y lo que lee normalmente no es poesía. La poesía siempre ha tenido una recepción escasa y limitada: eso no quiere decir que sea inútil y gratuita. Al contrario, la poesía tiene un fin importante y una gran utilidad: actúa sobre dos zonas de nuestro ser difíciles de identificar: la «sensibilidad» y la «conciencia». La poesía incide sobre la sensibilidad, modificándola, y sobre la conciencia, haciendo que responda a los estímulos emotivos creados por la palabra poética. Es una acción muy lenta, pero estoy convencido de que la sensibilidad del hombre crece y se enriquece gracias a la poesía.

Un movimiento como el surrealismo consiguió transformar la sensibilidad de las personas: hoy se aceptan cosas que en el pasado hubieran resultado absolutamente intolerables. Hace cincuenta o sesenta años no podrían haberse comprendido las imágenes publicitarias que hoy la gente, en cambio, aprecia y considera innovadoras, fascinantes y sugerentes. El gusto ha cambiado porque la sensibilidad ha cambiado, y eso ocurre gracias a los movimientos estéticos que crean una nueva sensibilidad, a los movimientos literarios y artísticos que enriquecen nuestra mente.

Lo mismo pasó en los años cincuenta y sesenta con la aparición en España de la poesía social. Hoy, la sociedad española manifiesta actitudes que, estoy seguro, están influidas expresamente por la poesía social: la gente se ha acostumbrado a escuchar -incluso cantados- los poemas de Gabriel Celaya, Blas de Otero y otros autores, poemas que hablan de libertad y justicia. Cuando estos poetas vivían bajo el régimen, era recurrente la palabra «apertura», queriendo expresar el deseo de libertad frente a una cultura dominada por la dictadura franquista; una cultura que debía liberarse del oscurantismo de la censura para poder crecer. Tal apertura ocurre gracias a la palabra poética, gracias a la actividad intelectual y artística que en aquel momento era reprimida por la dictadura de Franco. Los poetas de los años cincuenta y sesenta asumieron como suyo este concepto, que luego ha dado resultados positivos a través del impulso de la actividad política, del magisterio de las cátedras universitarias y, sobre todo, repito, de la participación de los intelectuales que han propiciado el cambio de nuestra sociedad.

-Hablemos de la importancia de la poesía social. José Antonio de Cáceres Peña afirma que la contradicción de la poesía social reside en el hecho de que el poeta expresa su solidaridad con la masa sin conseguir o sin querer ser él mismo masa; es decir, que el poeta quiere atraer a los demás pero quedándose fuera, encerrado en sí mismo.

Sería un error pretender que la poesía social anule a su creador. El hecho de que este se ocupe del dolor y de la esperanza de la gente no significa que no sea consciente de que él es el autor de la obra literaria. El poeta se enriquece de todo lo que le rodea, de todo lo que le inspira. Podemos, de hecho, considerar la poesía como una forma de restitución; el poeta devuelve a los demás a través del verso aquello que ha recibido y continúa recibiendo en el tiempo. En este sentido, considero el arte popular un producto colectivo, no en el sentido de que provenga de un yo anónimo y general, sino según lo indicado por Juan Ramón Jiménez, que habla de «una tradición popular del arte». La masa no crea, es el individuo quien lo hace. Desde luego el poeta no es un ser privilegiado ni un hombre que vive fuera de la realidad; al contrario, él es consciente de la deuda que ha contraído con los demás. Podemos entonces considerar la poesía social como aquella que da voz a la gente, rechazando la experiencia de la idolatría narcisista.

-En su libro Teatro real usted dice que «nadie gobierna la escena. / La luz sólo la luz, sigue alumbrando». ¿Cuál es su actitud ante Dios?

El libro Teatro real, así como El extraño, está impregnado de una reflexión filosófica, entonces muy difundida, que me ha interesado mucho, el Existencialismo. Estos libros reflejan mi idea agnóstica del mundo.

-Giovanni Pascoli decía que solo el poeta realmente capaz de volver a ser un niño consigue percibir las cosas más pequeñas y esenciales para transmitirlas a los demás. Eso me parece que ocurre en su poesía, donde se percibe una gran atención hacia los niños y las cosas humildes de la vida cotidiana.

Pienso que muchas veces el poeta escribe atraído por el estupor que nace de la visión de las cosas, por lo tanto, vive una eterna adolescencia; algo parecido a lo que encontramos en la poesía de Pascoli. El poeta está motivado, por muchos años que pueda tener, por la maravilla que el mundo suscita en su alma adolescente.

-¿Qué relación tiene con sus poetas contemporáneos?

Puedo decir que tengo relaciones de amistad. No solo soy amigo de los poetas de mi generación, sino que lo soy también de los más jóvenes: el terreno de la poesía es infinito, y no existe competitividad. Además, no solo soy amigo de estos poetas, sino que me gusta leerlos y comprenderlos, a pesar de que mi poesía pueda ser diferente de la suya.

-¿Entre todos los libros que usted ha escrito, Teatro real, Juego limpio y La luz a nuestro lado siguen siendo sus favoritos?

Entre los libros citados no están los que más amo, sino en todo caso los que menos me gustan. Aquellas antologías pertenecen a un período lejano: hoy miro con especial predilección las antologías Una muchacha mueve la cortina e Igual que guantes grises. Entre mis obras anteriores destaco Teatro real.

-¿Usted ha escrito obras de teatro?

He escrito pocas, algunas durante la Guerra Civil pero, más que obras de teatro, son romances puestos en escena. Se representaban en los teatros llamados «Altavoz del frente», un teatro de carácter social creado por el Comisariado para la Cultura para dar a conocer y difundir textos, romances y también literatura de propaganda a los luchadores de la retaguardia y de los frentes del ejército republicano. Uno de los títulos que recuerdo es «La madre espera su vuelta». Después no he escrito más para el teatro y ni siquiera he escrito novelas, solo he compuesto relatos breves, muchos de los cuales he publicado. Generalmente, se distinguen por un elemento poético común: el lenguaje, más lírico que narrativo, que afecta también a la trama y a las temáticas principales. En prosa he escrito numerosos artículos: artículos sobre todo literarios, biografías y ensayos sobre poesía.

-¿Cuáles son sus intereses actuales?

Tengo poesías inéditas, pero no estoy muy interesado en publicarlas. A menudo he escrito poesía instintivamente, pero mi trabajo nunca ha sido constante: hay períodos en los que escribo ininterrumpidamente todos los días y otros en los que callo durante semanas o casi meses. Ahora me estoy ocupando de algunos trabajos de crítica: uno sobre la obra de Miguel Hernández, dirigido a un público estudiantil; también acabo de terminar un estudio sobre un poeta español muy conocido, que vivió entre los siglos XVIII y XIX, Manuel José Quintana.

-¿Cómo pasa su tiempo libre?

Me gusta leer, escribir, repasar, volver a leer... Por ejemplo, últimamente, me ha interesado mucho la historia. Además, amo ir al cine, sobre todo para distraerme. No me gustan mucho las películas que hacen pensar demasiado: para eso están los libros. Comprendo y admiro el cine como arte pero, como espectador, mi preferencia va hacia las películas de fantasía y evasión porque me permiten distraerme de las preocupaciones cotidianas.

En el pasado me gustaba viajar; ahora ya no, me he vuelto muy sedentario. Sin embargo sigo sintiéndome atraído por los viajes cerca del mar. El mar es un espectáculo continuo que me fascina: un espectáculo sugerente, que no me aburre nunca. Creo que se debe al movimiento creado por el agua: aunque se repita, el mar es una realidad siempre en movimiento. En cambio, la montaña me inspira una gran melancolía, quizás porque es estática.

-El autor habla de su obra, del formalismo en poesía y de los poetas de hoy en día.

Aparece con una cierta frecuencia en mi poesía el tema del hijo. Desde luego, no soy el único en tratarlo: autores del comienzo del siglo XX -como Enrique de Mesa y Enrique Díez Canedo- también tratan el tema. A continuación, el tema desaparece y solo después del final de la Guerra Civil lo volvemos a encontrar. Por ejemplo, en la obra de Miguel Hernández el hijo es un tema recurrente. Es comprensible que la generación de la posguerra, que sufrió tanto, quiera pensar en el futuro y en los hijos; quizás sea esta la verdadera razón: la esperanza en el futuro y la proyección de nosotros a través de la presencia de nuestros hijos.

Con el tiempo, el interés cambia y es sustituido por la figura del padre. Tema bastante curioso, pues en poesía es más frecuente el de la madre. No faltan, sin embargo, estupendos ejemplos en el pasado lejano: pienso en Jorge Manrique, autor de las Coplas por la muerte de su padre, donde el sentimiento filial supera todo lo que puede clasificarse como motivo común de aquella época. Si nos acercamos a nuestro tiempo, recuerdo este soneto de Antonio Machado, muy conocido, que el poeta dedicó a su padre:

Esta luz de Sevilla... Es el palacio

donde nací, con su rumor de fuente.

Mi padre, en su despacho. La alta frente,

la breve mosca, y el bigote lacio.

Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea

sus libros y medita. Se levanta;

va hacia la puerta del jardín. Pasea.

A veces habla solo, a veces canta.

Sus grandes ojos de mirar inquieto

ahora vagar parecen, sin objeto

donde puedan posar, en el vacío.

Ya escapan de su ayer a su mañana;

ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,

piadosamente mi cabeza cana.



Como se puede ver, en los versos del poema asistimos a una continua transposición temporal: el poeta observa al padre, tal y como era en el pasado, pero al final son los ojos del padre, inmersos en su presente («Ya escapan de su ayer a su mañana») que lo miran, ya anciano, con el pelo blanco. Los tiempos vienen y van, mientras el lector vive una doble existencia que va del padre al hijo.

Otro motivo que aparece en la poesía de la posguerra, presente también en mi obra, es el de las costumbres familiares, de la cotidianidad, de las cosas de cada día, de los objetos que nos rodean y que nos ayudan a vivir. La poesía de la cotidianidad es una tabla de salvación ante lo que perdemos cada día en el naufragio de la vida.

Paul Valéry, a quien le preguntaba: «Maestro, ¿este rigor formal no le impide decir algunas cosas?», contestaba: «Sí, me impide decir algunas, pero me hace decir mejor otras». Yo comparto plenamente el juicio de Paul Valéry, grandísimo poeta.

Por otro lado, me asombra que los surrealistas, cuya preocupación principal era la de encontrar nuevas ideas e imágenes inusuales, hayan descuidado la rima. De hecho, la rima estimula sugerencias, inventa asociaciones sorprendentes. Cito, otra vez, una composición de Antonio Machado, que dice:

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

-ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.



Utilizando la conocida imagen de la flecha de Cupido, Machado afirma un nuevo concepto del amor, original y muy personal, y lo hace mediante la rima. Acercando «indumentario» a «hospitalario», confiere al sentimiento del amor un significado materno, protector y no solamente erótico. Y eso no ocurre por casualidad: la rima no es el resultado de una simple coincidencia o el fruto de un artificio; al revés, genera una serie de implicaciones insospechadas y conexiones sorprendentes. De aquí se deduce que la rima es un elemento importante en poesía. Es cierto que su uso gratuito puede causar inconvenientes; si la rima resulta demasiado fácil, al punto que el lector pueda anticiparla, la poesía ha fracasado en su objetivo. Hoy en día, muchos poetas han abandonado el uso de la rima; y eso empieza con los representantes de los Ismos, que han revolucionado la métrica, prefiriendo el verso libre. Existe, de todas maneras, el fundado peligro de que algunos poetas, queriendo reivindicar completa libertad formal, rechacen la medida del ritmo y acaben por comprometer el resultado poético. La poesía necesita un ritmo. Podemos evitar la rima pero no el ritmo, sin el cual no hay poesía. El ritmo es la frontera que separa la poesía en verso del poema en prosa.

Por lo que a mí concierne, siempre he seguido con atención la génesis y la elaboración del texto poético, intentando obtener una forma rigurosa. Creo que es importante respetar el valor de la estrofa, de los paralelismos, de los encabalgamientos... en fin, seguir con dedicación el desarrollo general y armónico de la poesía. Eso no atenúa ni reduce la espontaneidad de la creación, al revés, la enriquece. Solo hay que recordar lo que decía Antonio Machado:

Verso libre, verso libre…

líbrate, mejor, del verso

cuando te esclavice.



En los últimos años, la joven poesía española se caracteriza formalmente por un cierto neoesteticismo o neosurrealismo e, incluso, por un nuevo modernismo. Los autores que siguen dichas tendencias parecen mirar la experiencia de los poetas precedentes marcados por ideas análogas: algunos han vuelto a estudiar a Manuel Machado, representante del modernismo de tendencia parnasiana; otros miran a los poetas cercanos al surrealismo, como por ejemplo Juan Larrea, quien en vida ejerció una gran influencia. Cada generación vuelve a descubrir un valor del pasado y, observando con desapego, se da cuenta de su importancia y de por qué ha dejado de existir. Si, en cambio, el autor está vivo, más allá de la ventaja de poder hablar con él, existe el inconveniente de la falta de perspectiva y del juicio crítico de la criba del tiempo. Generalmente, las nuevas generaciones prefieren mirar a las más lejanas que a las actuales; es decir, están más cercanas a los abuelos que a los padres. A lo mejor ocurre lo que yo llamo influencia contraria, es decir, que los poetas de generaciones cercanas en el tiempo, aunque no sean las actuales, a las que yo creo pertenecer, evolucionan siguiendo el estímulo de los más jóvenes. Es un fenómeno que se impuso en la posguerra, cuando la corriente realista expresada por los nuevos poetas contagió a los más ancianos. Todo eso demuestra que estudiar la obra de un poeta de hoy en día, independientemente de los años que tenga y aunque su obra esté concluida, presenta para el crítico grandes dificultades. La verdad es que el trabajo de la crítica literaria es admirable y, a la vez, complejo y difícil por las diferentes elecciones y situaciones que tiene que valorar, y los diferentes enfoques críticos, todos válidos, de los que hoy disponemos: el histórico, biográfico, sociológico, estructuralista, etc. No creo que un enfoque excluya a otro: a mi manera de ver son todos complementarios.