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11

«Tenemos, pues, una naturaleza virgen que domeñar, una sociedad entera que organizar, una nación nueva que hacer surgir de entre el caos de la primitiva ignorancia». José Pedro Varela, La educación del pueblo (Montevideo: Biblioteca Artigas, 1964), t. II, p. 22; «Es un sueño tal vez [...] pero un sueño digno del más legítimo patriotismo, el que nos hace ver en el porvenir de nuestro país, pequeño por el número de sus habitantes, y aun por la extensión de su territorio, pero marchando al frente de los pueblos que hablan nuestro idioma, por su instrucción, por su saber, por su laboriosidad, por su industria, y contribuyendo activa y poderosamente a salvar nuestro idioma, nuestras costumbres buenas, y aun nuestra raza, de una ruina inevitable, a que está condenada si todos, los grandes y los pequeños, continuamos devorándonos los unos a los otros...». La legislación escolar (Montevideo: Biblioteca Artigas, 1964), t. I, p. 170.

 

12

Cuenta fundamentalmente la labor realizada por el segundo romanticismo de Francisco Bauzá, Carlos M.ª Ramírez e Isidoro de María en el campo historiográfico; de Carlos Roxlo, Juan Zorrilla de San Martín y Eduardo Acevedo Díaz, en el literario; y de Juan Manuel Blanes en el pictórico.

 

13

Ardao, Espiritualismo, p. 229.

 

14

Arturo Ardao, Etapas de la inteligencia uruguaya (Montevideo: Departamento de Publicaciones de la Universidad, 1971), p. 291. (Sub. nuestro)

 

15

La permanentemente autoalimentada polémica acerca de los lineamientos ideológicos del modernismo es prueba irrefutable de esa quiebra ideológica que experimentan los miembros del movimiento, y que lleva a Real de Azúa a delimitar las borrosas fronteras de un «ambiente espiritual caracterizado, como pocos, en la vida de la cultura, por el signo de lo controversial y lo caótico». «Ambiente espiritual del Novecientos», Literatura uruguaya del 900 (Montevideo: Número, 1950), p. 15. Varios años más tarde afinará la definición como «una sub-ideología de elevado nivel axiológico y expresivo pero no más». «El modernismo literario y las ideologías». Escritura (Caracas, 3, 1977), p. 52.

 

16

Alfredo R. Castellanos, La Cisplatina, la Independencia y la República caudillesca (Montevideo: EBO, 1977); Aparicio Saravia, el caudillo y su tiempo. (Montevideo: Arca Edit., 1975.

 

17

«Manifiesto de 1855», en Carlos Real de Azúa, comp., Uruguay y sus problemas en el siglo XIX (Montevideo: CEDAL, 1968), p. 10. Las implicancias ideológicas que podrían extraerse de su relación evocativa de la figura de Lamas, son riquísimas, ya que si ambos reniegan de la política partidaria, censura agriamente el proimperialismo de Lamas [Epílogo, 772].

 

18

«En tanto ideólogos, [a los modernistas] les cabía la conducción espiritual de la sociedad, mediante una superpolítica que se diseñó contra la política cotidiana, cuyas “miserias” se obviarían mediante vastos principios normativos». Ángel Rama, La ciudad letrada (Hanover, N. H.: Ediciones del Norte, 1984) p. 110.

 

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«Le dandy is the being dramatized and allegorized by Lautréamont in his character Maldoror. The dandy, according to Baudelaire, has critical intelligence and a finely developed sensitivity and character, but he is constantly aspiring to a coldness of feeling, a hardness of character, an insensibility, an inscrutability. This is a tight-fitting mask which he must forge every day in order not to betray himself when in the world. The dandy learns how to feign hostility and indifference until they become naturally instinctive in him. His fear is the same as Maldoror's fear -that to appear sincere in his worldly relationships would be equivalent to appearing ridiculous». Wallace Fowlie, Age of Surrealism (Bloomington: Indiana University Press, 1960), pp. 36-7.

 

20

«The primitive man is conservative in an extreme degree». Herbert Spencer, The Principles of Sociology (New York: D. Appleton and Co., 1923), t. I, p. 71.