21
Ibidem, p. 7.
22
Bourdieu, 1980, p. 22.
23
Ugarte, 1953, p. 20, subrayado nuestro.
24
Ibidem, pp. 23, 21 y 35, respectivamente.
25
Todorov (2001, pp. 195-211) muestra con exhaustividad el modo en que la doctrina racialista está vinculada al surgimiento del «cientifismo iluminista» de Diderot a Buffon. Un momento posterior, que culmina en el pensamiento racialista, se ubica en la segunda mitad del siglo XIX y está basado en los desarrollos de Taine, Gobineau y Renan. Todorov, señala que Renan dio al término un tratamiento complejo haciendo un uso ambiguo de la raza al asociarle un rasgo lingüístico y relanzar así el concepto: «puesto que con él (y algunos de sus contemporáneos), "ario" y "semita" dejarán de ser términos usados para designar familias de lenguas, para aplicarse a las "razas", es decir a los seres humanos». Al mismo resultado llevarán, como veremos, los trabajos de muchos contemporáneos y sucesores, como Hippolyte Taine o Gustave Le Bon. Gobineau, que cree que las razas están fundadas en las diferencias de sangre, constituye una excepción en esa segunda mitad del XIX. Pero este cambio en la noción no hace que Renan y Le Bon dejen de ser racialistas (el caso de Taine es distinto): simplemente transponen los prejuicios comúnmente vinculados a la raza, al plano de la cultura. Y, aunque sea cultural y ya no físico, el determinismo que profesan no es por ello menos inflexible. «Al ser miembros de una raza, dirá Renan, no podemos escapar a su dominio; la educación no sirve de mucho» (pp. 200-201).
26
Ugarte, 1978, p. 12.
27
Ibidem, p. 15.
28
Remitimos al análisis de Nuestra América (1903) de Carlos Octavio Bunge y su idea de la mezcla racial como elemento explicativo de los males americanos desarrollado por Carlos Altamirano en «América Latina en espejos argentinos», 2005, pp. 109-114. Más adelante volveremos sobre este artículo.
29
Aunque no mencione a estos escritores, podemos reconocer sus postulados en las alusiones de Ugarte (Ibidem, p. 10): «Algunos arguyen que desde el punto de vista del porvenir hispanoamericano debemos felicitarnos de ello. Pero hoy no cabe el prejuicio del hombre inferior. Todos pueden alcanzar su desarrollo si los colocamos en una atmósfera favorable. Y aunque las muchedumbres invasoras han minado el alma y la energía del indio, no hay pretexto para rechazar lo que queda de él. Si queremos ser plenamente hispanoamericanos, si queremos ser los argentinos, los chilenos, los mexicanos de hoy, si queremos situarnos y alcanzar significación definitiva en el tiempo y en el mundo, el primitivo dueño de los territorios tiene que ser aceptado como componente en la mezcla insegura de la raza en formación»
(subrayado nuestro).
30
Ver el análisis de Nuestra América de Martí, en Julio Ramos, 1989, pp. 229-243.