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Oscar Terán (2008, pp. 139-140) observa los efectos culturales, antes que científicos, de la teoría biológica darwiniana de la «evolución» en tanto «sucesión de especies que se alternan en su desarrollo» por adaptación al medio cambiante, dado que dicha teoría recibió leves variaciones al ser aplicada al estudio de las sociedades y, en particular, «al cruzarse con la idea entonces dominante de "progreso"». En efecto, en la teoría de Darwin, dice Terán, no hay «evolución o progreso sino simplemente supervivencia de hecho de una especie favorecida, por razones genéticas enteramente azarosas [...]». Sin embargo, para el autor, el efecto ya no científico sino cultural de la teoría darwiniana residió en cuestionar severamente el dogma creacionista judeo-cristiano inscrito en el Génesis bíblico. Como se verá, el ensayo de Ugarte utiliza este repertorio evolucionista darwiniano para entender el proceso de conformación de las sociedades hispanoamericanas.

 

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Según Carlos Altamirano, entre 1890 y 1916 «la sociología en la Argentina marcha entre dos polos: el naturalista y el psicológico [...]. En esos años los razonamientos de la ciencia social se incorporaron al bagaje intelectual de las elites, junto con la idea de que esa ciencia no podía ser ignorada en un país que iniciaba su carrera en dirección al industrialismo. Ciencia del cambio controlado (el progreso), la sociología debía ser a su vez una ciencia del orden [...]. Esta misión general atribuida a la sociología no sólo era una idea corriente de la cultura positivista, sino que estaba en consonancia con la visión que los grupos intelectuales tenían de su papel dentro del régimen liberal-conservador» (Neiburg y Plotkin, 2004, p. 37). Manuel Ugarte pertenece a la generación siguiente a la de los «profesores» que inauguraron la ciencia social en Argentina (José Ramos Mejía, Juan Agustín García, Ernesto Quesada, Rodolfo Rivarola, José Nicolás Matienzo y José Ingenieros) y no comparte con ellos el ethos de profesor o científico. Como veremos, es desde su residencia en París y como consecuencia del incremento de su actividad política cercana al Partido Socialista Argentino, cuando comenzará a escribir sobre «problemas sociales».

 

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Ugarte, 1904; del mismo autor, 1907 y 1911. Se ha analizado más extensamente el libro de 1904 en Merbilhaá, 2007, pp. 241-264.

 

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Ugarte, 1902 y 1905.

 

5

Véase Tarcus, 2007, p. 174.

 

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Sin mencionar los escritos de Ugarte, los del resto de los intelectuales son, respectivamente: Continente enfermo (1899); Ariel (1900); «El imperialismo a la luz de la sociología» (1906); Pueblo enfermo (1910); Idola Fori (1910); La Evolución política y social de Hispano-América (1911); Las democracias latinas de América (1912) y La creación de un continente (1913).

 

7

Uno de los pocos nombres de autor que figuran en el libro es precisamente el de Simón Bolívar, mencionado en una nota: «Una de las proposiciones presentadas hace un siglo por Bolívar al Congreso de Panamá, estipulaba que las repúblicas latinas debían considerarse "como aliadas y confederadas"» (Ugarte, 1953, p. 95, n. 1).

 

8

El término ha sido acuñado por Terán, 2000.

 

9

Ugarte, 1953, p. 318. Fue consultada la primera edición de El porvenir de la América latina que se encuentra sólo en la Biblioteca Nacional de España, y cotejada con la de 1920, en la que se sustituye el calificativo «latina» por «española» tanto en el título como en el cuerpo del libro. El autor lo aclara en el prólogo de dicha edición, a la vez que afirma que se trata de una reedición de su libro anterior fechado en 1911. En este trabajo, las páginas citadas corresponden a la edición de El porvenir de América latina compilada por Jorge Abelardo Ramos (1953).

 

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El libro fue reeditado en 1920 con un cambio, ya desde el título, en el término con que designaba al subcontinente. En el prólogo a esta reedición, lo justifica por considerar el primer título «un poco vago» y porque el nuevo «mejor expresa el pensamiento del autor» (Ugarte, 1920, p. XIX), lo que apoya nuestra hipótesis de una motivación fuertemente circunstancial, dada por la cuestión de la latinidad, tanto en los debates europeos finiseculares entablados en torno suyo, como en su aplicación a las discusiones promovidas alrededor de la identidad americana. Esto, en despecho de que hacia los años 1930 se haya constituido una larga tradición cimentada en el concepto de América Latina, que resignificaba los sentidos que habían circulado en el periodo de entresiglos. Hacia 1930, Ugarte optará incluso por el término de Iberoamérica.