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Como explica R. Menéndez Pidal, Los godos y la epopeya española. «Chansons de geste» y baladas nórdicas, Madrid: Espasa-Calpe (Austral), 1969, pág. 31, los españoles siempre vieron en los godos la fuente de toda nobleza y desde los más altos magnates hasta los ínfimos hidalgos se vanagloriaban de su ascendencia goda. El mismo Urrea en su Diálogo de la verdadera honra militar los elogia recordando las palabras de Teodorico a los romanos: «Imitad pues a nuestros godos que saben emplear las armas contra sus enemigos y conservar la modestia y paz con sus amigos»
, (fol. 31v). Por otro lado, este nacionalismo hispanogodo se encuentra ya apuntado en libros de caballerías precedentes, concretamente lo estudia brillantemente, en este mismo número de Edad de Oro, Javier Guijarro Ceballos, «El ciclo de Clarían de Landanís [1518-1522-1524-1550]», en los dos primeros libros del llamado ciclo de los clarianes, cuyos autores presentan una diferente concepción de los intereses carolinos. Frente a la europeización que de los mismos hace Velázquez del Castillo en el Clarían de Landanís, Alvaro de Castro, autor del Libro segundo de don Clarían de Landanís, opta por su nacionalización, de ahí la importancia que cobran los caballeros españoles de noble sangre goda que acuden en socorro de Vasperaldo en el capítulo 38.
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El viaje así entendido parece estar vedado a las mujeres. Giannozzo Manetti, en su Elogio no fúnebre sino triunfal de la ilustre señora numantina doña Inés, dirigido a su hijo el noble caballero Nuño de Guzmán, después de comentar la afición de esta mujer por los libros, señala que ella «hubiera preferido nacer hombre, para poder viajar por el mundo como le diera la gana» y la compara con Paula, la santa matrona romana, pág. 304 de la ed. de J. N. H. Lawrance, Un episodio delproto-humanismo español. Tres opúsculos de Nuño de Guzmán y Giannozzo Manetti, Salamanca: Biblioteca Española del Siglo XV, 1989.
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Transcribe parte del pasaje y comenta el episodio P. Geneste, op. cit. págs. 505-507, destacando su carácter costumbrista y colorista. Estilística y retóricamente, dicho pasaje guarda estrecha conexión con las relaciones de fiestas, pues describe con minuciosidad y detalle la disposición y atavíos de las cuadrillas así como los enfrentamientos posteriores, cfr., p. e., las relaciones estudiadas por J. M. Díez Borque, «Los textos de la fiesta: "ritualizaciones" celebrativas de la relación del juego de cañas», en La fiesta, le ceremonia, el rito. Coloquio internacional. Granada, Palacio de la Madraza, 24/26-IX-1987, eds. P. Córdoba y J.-P. Étienvre, Granada: Casa de Velázquez-Universidad de Granada, 1990, págs. 181-193.
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En torno a los cinco años, el niño pierde el nombre de infante, y pasa a llamarse puer en latín, que en castellano quiere decir mozo. La mocedad se prolonga hasta los catorce, quince o dieciséis años, según explica Don Juan Manuel en varias de sus obras estudiadas por C. García Herrero, «La educación de los nobles en la obra de don Juan Manuel», en La familia en la Edad Media. XI Semana de Estudios Medievales. Nájera 2000, coord. J. I. de la Iglesia Duarte, La Rioja: IER, 2001, págs. 39-91, pág. 53. Sobre la educación caballeresca en esta edad y la participación en torneos, véase P. Riché y D. Alexandre-Bidon, L'enfance au Moyen Âge, Tours: Seuil-Bibliothèque National de France, 1994, págs. 160-161. La sortija de caballeros niños celebrada con motivo de la boda de la infanta María de Castilla con el príncipe Alonso de Aragón (1415), estudiada por P. Cátedra, «Realidad, disfraz e identidad caballeresca», en Libros de caballerías (De «Amadís» al «Quijote»). Poética, lectura, representación e identidad, Congreso Internacional (Salamanca, 4-6 de junio de 2001), en prensa, ejemplifica históricamente los juegos de esta caballería infantil.
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Diálogo de la verdadera honra militar, primera parte, fol. 29r. En la segunda parte, explica cómo Godofredo de Bouillon fundamentó la caballería sobre cuatros actos virtuosos y Arturo sólo admitió en la Tabla Redonda a los vencedores de los siete peligros del mundo, fols. 66v-67r. Sin embargo, en el primer libro de Clarisel se dice que sólo el anciano rey de Londres consiguió vencer los siete peligros del mundo que el rey Artús no pudo (fol. 228v a).
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Comenta el episodio M. R. Lida de Malkiel, «La visión de trasmundo en las literaturas hispánicas», apéndice a la obra de H. R. Patch, El otro mundo en la literatura medieval, México: FCE, 1983, págs. 416-417, y lo apunta como posible fuente para el encantamiento de Narcisiana recreado por Núñez de Reinoso, Historia de los amores de Clareo y Florisea, aunque, como bien puntualiza J. B. Avalle-Arce, La novela pastoril española, Madrid: Istmo, 1974, pág. 44, n. 18, la fuente común es el texto de Silva apuntado.
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Esta invención era conocidísima en la Edad Media, especialmente en la poesía cancioneril como ha estudiado F. Rico, «Un penacho de penas. De algunas invenciones y letras de caballeros», en sus Textos y contextos. Estudios sobre la poesía española del siglo XV, Barcelona: Crítica, 1990, y en relación con el Cancionero General, I. Macpherson, The «invenciones y letras» of the «Cancionero General»; , London: Department of Hispanic Studies, Queen Mary and Westfield College, 1998, n.º 42, 80 y 81. A dichos ejemplos ha de sumarse el de la Momería concertada de seis comentada por P. M. Cátedra, «Teatro fuera del teatro: tres géneros cortesanos», en Teatro y espectáculo en la Edad Media. Actas. Festival d'Elx 1990, ed. L. Quirante, Alicante, 1992, págs. 31-46. Jugando con el término, Urrea glosa también en el Cancionero general de obras nuevas (Zaragoza, 1554), recopilado por Esteban de Nájera y editado por C. Clavería, Barcelona: Edicions Delstre's, 1993, pág. 175, el famoso mote de Garci Sánchez de Badajoz «Más penado y más perdido y menos arrepentido», recogido en el Cancionero General de 1511.
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La composición aparece inicialmente en el libro primero y en boca de Orfelín. Los mismos versos los canta el enano Membrudín en los fragmentos zaragozanos conservados correspondientes al libro III, y los transcribe P. Geneste, art. cit., pág. 377, si bien no figuran en el ms. 163 de la Biblioteca Universitaria. También se recoge la misma composición en el Filorante (fol. 349r.) estudiado por J. M. Lucía Megías, «Algunas reflexiones sobre la difusión manuscrita de los libros de caballerías a la luz de Filorante», págs. 960-961.
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La impronta bucólica patoril del episodio amadisiano la señala E. C. Riley, «A Premonition of Pastoral in Amadís de Gaula», BHS, LIX (1982), págs. 226-229, y la comenta también J. B. Avalle-Arce, «La penitencia de Amadís en la Peña Pobre», en Homenaje a Josep María Solá-Solè. Homage, Homenaje, Homenatge, II, Barcelona: Puvill, 1984, págs. 159-170 (págs. 167-168). Para otros ejemplos caballerescos, véase M.ª R. Aguilar Perdomo, «La penitencia de amor caballeresca: Lisuarte, Florambel, Felixmarte y otros enfermos de amor», en Fechos antiguos que los caualleros en armas passaron. Estudios sobre la ficción caballeresca, ed. J. Acebrón, Lérida, en prensa.
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El recuerdo viene a la mente cuando el pastor Lauresni entra como escudero al servicio de su enamorado Orfelín y enamora a la doncella Dorense, lo mismo que la dama-pastora Felismena sirve como criado a su amado don Félix bajo la nombre de Valerio y enamora a Celia. Véase, Jorge de Montemayor, La Diana, ed. J. Montero, Barcelona: Crítica, 1996, libro segundo, pág. 99 y ss. No se han estudiado las conexiones con Montemayor, pero es posible que existieran pues, como recuerda M. S. Carrasco-Urgoiti, The Moorish Novel. El «Abencerraje» and Pérez de Hita, Boston: Twayne, 1976, pág. 62, a finales del 1550 y 1560, el conde de Aranda patrocinó un grupo de historiadores y poetas, algunos de los cuales eran próximos a Jorge de Montemayor, quien a su vez había cruzado versos con Cetina, el gran amigo del aragonés. Huellas de la Diana y de la Arcadia de Sannazaro se aprecian en la onomástica de los personajes protagonistas de la aventura que sigue a la comentada, la de la pastora Selvagia, narrada por su padre, el rústico Montano, en los capítulos XX y XXI del segundo tomo.