Cinco antologías
Emilio Miró
Tan lamentable como cierto es que los libros de poesía tienen unas tiradas reducidas, una difusión casi limitada a poetas y críticos y algunos que otros contumaces y admirables seguidores del fenómeno poético (por lo general, jóvenes, estudiantes). El disco, la canción incluso (como los recientes ejemplos de Machado y Alberti, las estimables realizaciones de Paco Ibáñez e Ismael, con poetas clásicos y con poetas de nuestro siglo como, junto a los dos maestros citados, Lorca y Miguel Hernández, Salinas, Celaya, García Nieto, Blas de Otero...), puede equilibrar el bastante sombrío panorama, puede abrir cauces a futuros lectores ya interesados por el poeta que oyeron recitar o, sobre todo, cantar a su artista preferido. Y la atención a un poeta puede llevar a la poesía en general. La televisión puede también colaborar. Algo ya se hace; es cosa de intensificarlo, de elegir horas claves, de llevar a poetas -como a otros escritores- y críticos a debates y entrevistas, a exposiciones de sus obras, ante las cámaras. Todos los medios audiovisuales pueden desarrollar una importante contribución a este enriquecimiento de la sensibilidad colectiva.
Pero en la situación actual del libro de poemas claro está que hay poetas más leídos y populares que otros, pero incluso estos, ¿son todo lo leídos que deberían ser?, ¿son de verdad, auténtica, anchamente populares? Y estoy pensando, por supuesto, en los más directos y diáfanos, en los de mayor garra «popular» y temática social o -eterna, universal- amorosa.
La antología es, por tanto, absolutamente necesaria. Puede ganar lectores. Es imprescindible para los iniciados, para fieles seguidores de la poesía, para profesores y estudiantes, porque las ediciones privadísimas y, a veces, casi misteriosas de muchos libros y libritos poéticos los convierten en inencontrables, en ave no ya rara, sino fantasmal, incorpórea e intangible (salvo para contadísimos afortunados) en el mercado editorial.
Antologías recientes son las de Carmen Conde, Leopoldo de Luis y Luis Jiménez Martos, que hoy traigo a esta página.
La gran poetisa mediterránea, la autora de Ansia de la gracia y Mujer sin Edén, viene dándonos en los últimos años varias antologías, especialmente femeninas: Once grandes poetisas americohispanas publicada por el Instituto de Cultura Hispánica en 1966, y Poesía femenina española (1939-1950), que apareció en 1955 y reeditada en 1967. Y, ahora, esta Antología de poesía amorosa contemporánea1, volumen de casi 800 páginas, con un censo de 109 poetas (de ellos, 30 mujeres), incluidos por orden alfabético y con un desigual número de poemas (los poetas vivos han seleccionado, en su mayor parte, estos textos; Carmen Conde y su colaboradora la poetisa Angelina Gatell han antologizado a los poetas muertos y a algunos pocos vivos, pero de difícil o imposible localización). Desde los grandes del «98» e inmediatos, Unamuno, Antonio Machado (falta Manuel Machado, gran poeta erótico) y Juan Ramón Jiménez, pasando por Alberti, Aleixandre, Altolaguirre, Cernuda, Gerardo Diego, Guillén, Prados y Salinas (¿por qué falta García Lorca? Pienso en los espléndidos sonetos «El poeta pide a su amor que le escriba» y el titulado solo «soneto» que comienza «Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua...»
), hasta llegar a los poetas que sobrepasan los treinta años; entre los más jóvenes Félix Grande, José Batlló y la barcelonesa -nacida en 1940, es decir, con menos de treinta años al aparecer esta antología- Josefa Contijoch. También figuran Miguel Hernández y los poetas de la llamada generación del «36» -con la excepción de Luis Felipe Vivanco-: Leopoldo Panero, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, José María Souvirón (a caballo entre esta y la del «27»), la propia Carmen Conde; con ella, Gloria Fuertes, Concha Lagos, Susana March, Concha Méndez, Pura Vázquez, Elena Martín Vivaldi, Elena Andrés, Pilar Paz, Concha de Marco, Angelina Gatell, Reyes Fuentes, Julia Uceda, la catalana Clementina Arderíu, etc. La poesía catalana está representada, además, por Salvador Espríu, Pere Quart y Gabriel Ferrater: de todos ellos figuran textos catalanes sin traducción castellana y algunos traducidos -en los tres poetas por Batlló- sin los originales catalanes (a diferencia de la Arderíu, que es incluida con cuatro traducciones castellanas de José Corredor Matheos). Las gallegas Pura Vázquez y Luz Pozo Garza -poetisas bilingües, aunque de predominio castellano- figuran solo con poemas castellanos.
Cada poeta incluido va introducido por una biografía y una bibliografía: las diferencias en extensión e interés de esas notas son debidas, sin duda, a las personales elecciones de cada uno, en informar detalladamente de sus actividades literarias o darnos una breve síntesis de ellas.
El prólogo de Carmen Conde transmite la pasión, el fervor por la poesía -de un modo especial por el amor- de la escritora: «El amor ha sido, es y será el infatigable motor de la vida creadora y extática»
, afirma al principio. Gran parte de estas palabras prologales está dedicada a las poetisas, comentando, incluso, particularidades temáticas de algunas de ellas (entre otras, dos no incluidas -Ángela Figuera y María Elvira Lacaci- por su obra casi exclusivamente social o social-religiosa). Carmen Conde justifica este desequilibrio prologal, volcado casi por completo a lo femenino, porque «es en la poética de ellas, las poetisas, en donde se ve y reafirma el tremendo avance que para su propia conquista dio la mujer española también en poesía»
.
Después de Jacinto López Gorgé con su Medio siglo de poesía amorosa española (1900-1950), de 1959, y su Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964), de 1967, esta última con un total de cuarenta poetas (la primera Ángela Figuera y el último Carlos Sahagún, en orden cronológico de nacimiento), seis de los cuales no han sido incorporados a la suya por Carmen Conde, esta edición, de más populares alcances (por su difusión, por su precio) puede contribuir, y mucho, al conocimiento de una de las grandes parcelas de la poesía española de este siglo. A alumbrar lectores de poesía. Es una lástima que el descuido editorial haya permitido la aparición del volumen con numerosas y gravísimas erratas (entre otras, de las más ostensibles son: el poeta y crítico «Eugenio de Nora» convertido en Eugenio de «Mora» y el gran libro de Blas de Otero «Ancía» en «Ansia») que pueden resultar fatales -ya que no sabrá rectificarlas- para el lector ajeno a nuestra poesía.
El poeta Leopoldo de Luis publicó en 1965 su Poesía social. Antología (1939-1964) en la serie «Poesía Española Contemporánea» de Ediciones Alfaguara, que así se iniciaba. Este importante volumen ha reaparecido, con distinto formato, en 1969 y ahora las fechas límites son 1939-1968. Se vuelve a incluir el largo, documentado e interesantísimo estudio inicial sobre el tema (antecedentes, ramificaciones, connotaciones, precisiones sobre el término «poesía social», etc.) que en su momento comenté, y se añaden unas «Notas a esta segunda edición»: nos aclara en ellas Leopoldo de Luis cómo ha actualizado la bibliografía de los poetas incluidos, cómo en algunos pocos años ha sustituido «un poema por otro de libro más reciente»
. Y, sobre todo, «la mayor novedad es la incorporación de algún nombre nuevo». Son, concretamente, Jesús Lizano, Félix Grande y Manuel Vázquez Montalbán, que cierra el volumen, mientras que Carlos Sahagún queda ahora en penúltimo lugar. Un total de treinta poetas frente a los veintisiete de la primera edición. Los nuevos llevan también, al frente de los poemas incluidos, una «poética», unas declaraciones o notas sobre la poesía social, sobre la «suya» en particular. Dignos de destacar son las del barcelonés de 1939 Vázquez Montalbán, quien escribe: «Es más social la poesía más sociable, que llega, objetivamente, a más gente. Es menos social la menos sociable, la que sólo leemos unos 2.500 españoles». El autor de Una educación sentimental se enfrenta lúcidamente con la comunicación de masas de nuestros días y, en sarcástica contrapartida, con la circulación escasísima de los poemas. Y termina sus «Rápidas notas sobre la llamada "poesía social"» casi con un R. I. P.: «Tras unos años en que la "poesía social" se autojustificaba porque había una identidad entre la intención de la protesta y su formalización, en la actualidad la significación de "poesía social" se corresponde a la función de un modesto tirachinas»
.
También en 1969 Leopoldo de Luis ha dado a la luz su Poesía religiosa. Antología (1939-1964)2, cuarta y última de la serie «Poesía Española Contemporánea», que inició, como acabo de escribir, la «Social» de él mismo, y las «Cotidiana» de Antonio Molina y «Amorosa» de Jacinto López Gorgé, más arriba citada. Treinta y ocho poetas: desde Ramón de Garciasol, nacido en 1913, cuarto en la «Social», hasta el sacerdote Víctor Manuel Arbeloa, de 1936, con dos libros publicados. En la nómina, además de Arbolea, el jesuita barcelonés Jorge Blajot, de 1921; Jesús Tomé, de 1927; José Luis Martín Descalzo, de 1930, además, novelista, dramaturgo, ensayista; y Carlos de la Rica, también de 1930, con cinco libros publicados, editor de la colección poética «El toro de barro» y miembro de grupos postistas, de la revista El Pájaro de Paja. Mujeres, dos nada más: Concha Zardoya, profesora en Universidades norteamericanas desde hace muchos años, estudiosa y crítico de la poesía española contemporánea, y María Elvira Lacaci, autora de libros religiosos y social-religiosos, como Sonido de Dios y Al este de la ciudad. A la hora de las ausencias -cosa inevitable en una antología, y a la que con sinceridad y humildad se refiere Leopoldo de Luis en sus amplias notas iniciales- echo de menos dos presencias femeninas de modo especial (porque Carmen Conde queda excluida por los límites cronológicos de estas antologías): Gloria Fuertes, en cuya obra lo religioso salta acá y allá, entre el humor y el patetismo, la esperanza y el amor, y Concha Lagos, autora de un importantísimo libro religioso Tema fundamental. Entre las ausencias masculinas lamento también -Rafael Morales las ha señalado- las de dos poetas prematura, lamentablemente desaparecidos: José Luis Hidalgo y Carlos Salomón. Pero, naturalmente, una antología es algo personal y el antólogo incluye y excluye a quienes desea.
El mayor interés de esta antología religiosa reside en la amplitud con que está concebida, en la apertura que representa a posturas ajenas a una iglesia, a unos dogmas, a una tradición. Leopoldo de Luis escribe que, a su juicio, «hay dos clases, en líneas generales, de poesía religiosa: la que responde a un sentimiento interior, existencial, y la que maneja asuntos relacionados con la religión en sus manifestaciones externas»
. Y, a continuación, repasa «lo religioso en la poesía española contemporánea»
, en breve pero lograda y útil síntesis, desde Unamuno, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. En el tercer apartado de estas valiosas notas prológales, «Los poetas de esta antología», señala algunos aspectos y características de los incluidos, y nos anticipa la anchura de su selección: «Desde la poesía de ortodoxia católica de Valverde, a la poesía de una religiosidad difuminada, vagamente panteísta, que sin invocar a la divinidad ni penetrar en lo metafísico, muestra estremecida unción frente a lo creado, fundiéndose en la armonía del orbe como es para mí la de Claudio Rodríguez»
.
Como en todas las antologías de esta serie, las «Poéticas» de los antologizados contribuyen al interés del volumen. Pero como de muy diferentes calidades son estos poetas y sus poemas, así también son muy diversos los grados de interés de sus escritos teóricos. Desde las palabras sencillas y sinceras hasta las pomposas declaraciones. Desde el pequeño ensayo hasta la nota brevísima. Y no falta la sorpresa de algunos -como la de José Hierro- por figurar en una antología «religiosa». También José Luis Prado Nogueira en su poética-carta a Leopoldo de Luis se pregunta si es la suya «suficiente "religiosidad"»
, no está seguro de su papel en una antología de este tipo. La poética de Vicente Gaos reafirma las posiciones de Leopoldo de Luis al referirse a las diferencias entre poesía religiosa y poesía católica, «poesía devota», «poesía sacra», porque no hay que confundir a la primera «con poesía predicativa de ningún credo expreso. Para que la poesía sea religiosa, no es necesario que hable Dios»
. Y, como ya señaló Dámaso Alonso, viene a identificar «poesía religiosa» con «poesía».
Por razones obvias se ha escrito mucha poesía religiosa en estos últimos treinta años. Una antología como esta, hecha con rigor, era muy necesaria para clarificar, para guiarnos por tan copioso cargamento. Si de algo peca Leopoldo de Luis es de generosidad al incluir algunos nombres que aportan más bien poco, cuya originalidad temática y calidad formal son escasamente importantes. Porque ahora que esté tan de moda hablar y escribir de la «mala» poesía social -queriendo ignorar lo que hubo y hay de «buena»-, también es muy saludable que se comprueben las calidades de nuestras poesías amoroso y religioso. Porque en una y un otro -como en la «social»- se han escrito magníficos libros, espléndidos poemas, junto a repetición, mimetismo, vulgaridad, lenguaje tópico y gris, lugares comunes y huera y gris, que no alta, hermosa y renovadora, retórica.
La veterana, admirable, colección «Adonais» ha confeccionado un bello, cuidado volumen extraordinario para conmemorar sus veinticinco años de vida (cifra verdaderamente excepcional en una colección de poesía). Esta Antología general de Adonais (1934-68)3 es un auténtico regalo con sus ciento cuarenta y siete poetas, agrupados por años (de las publicaciones de sus libros en la colección), que inaugura Rafael Morales en 1943 con su soneto «El toro», y cierra, en 1968, el muy joven Antonio Colinas. Todos los autores incluidos figuran con un solo poema, con excepción de los Premios «Adonais», representados con dos (el primero, Vicente Gaos, con su libro Arcángel de mi noche; el último -en la antología- el hondureño Roberto Sosa, Premio «Adonais» 1968, con su libro Los pobres). Prácticamente, todos los poetas españoles (con muy pocas excepciones) aparecidos después de la guerra civil han sido poetas de «Adonais». Del grupo del «27», Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego (los que permanecieron en España); de los poetas del «36», Carmen Conde, Souvirón, Ridruejo, Vivanco, Muñoz Rojas, Alfonso Moreno (que compartió el Premio «Adonais» de 1943 con Vicente Gaos y José Suárez Carreño); faltan, porque no figuran en la colección, Leopoldo Panero y Luis Rosales. Poetisas, desde Ernestina de Champourcín hasta Elena Andrés y Angelika Becker; poetas catalanes como Clementina Arderíu, J. V. Foix, Salvador Espríu; tampoco falta la representación hispanoamericana, con el cubano Gastón Baquero o el argentino Marcos Ricardo Barnatán. De los poetas españoles de la posguerra, los más importantes ausentes de «Adonais» son, para mí, Blas de Otero, Gloria Fuertes y Jaime Gil de Biedma.
Luis Jiménez Martos, actual director de la colección, firma un prólogo titulado «A los veinticinco años de Adonais». haciendo historia de su nacimiento y posterior trayectoria, recordando las sucesivas capitanías de Juan Guerrero Ruiz y José Luis Cano; escribe después sobre las nuevas promociones, los últimos poetas aparecidos en «Adonais», los premios más recientes desde Félix Grande: Diego Jesús Jiménez, Joaquín Caro Romero, Miguel Fernández y Joaquín Benito de Lucas. Destaca también Jiménez Martos «la poesía traducida en Adonais»
, como el volumen de «Lírica medieval catalana», en traducción del poeta Enrique Badosa, las «Elegías de Bierville» del gran poeta catalán Carles Riba, la Antología de la nueva poesía portuguesa, en selección y traducción del poeta y portuguesista Ángel Crespo; y las traducciones del portugués Torga, de Eliot, de Ezra Pound, de Saint John Perse, de Hölderlin, entre otros.
Revelación de nombres, contribución admirable a nuestra cultura poética, es lo que ha venido haciendo, seguirá haciendo, Adonais.
Igualmente responsable de esta otra antología, Poesía hispánica 19684, es Luis Jiménez Martos. Como en él conviven poeta y crítico, su cuidado, su amor por la poesía es hondo y riguroso: estas antologías anuales claramente lo proclaman. La selección de material poético procedente de libros o revistas es nutrida (más de trescientas páginas tiene esta última) y hecha con absoluta independencia tanto en lo referente a lo ideológico como a lo estético. En este volumen figuran maestros como Aleixandre y Alberti, poetas tan diferentes entre sí como Manuel Álvarez Ortega, Alfonso Canales, Gabriel Celaya, Blas de Otero, José García Nieto. José Agustín Goytisolo, Luis López Anglada, Leopoldo de Luis, Luis Rosales, etc. Poetisas. Poetas jóvenes en muy abundante representación, abarcando todas las últimas tendencias: Pedro Gimferrer, Diego Jesús Jiménez, Ángel García López (el muy reciente último «Adonais»), Joaquín Caro Romero, Alfonso López Gradolí, Manuel Ríos Ruiz, Juan Luis Panero, Antonio Hernández, José Luis Rodríguez Argenta, José María Velázquez, Carlos Oroza, etc. La nómina es muy amplia: sesenta y un poetas españoles de expresión castellana; siete en lengua catalana (entre ellos, Espríu, Foix, M. Manent, Pere Quart); once en lengua gallega siete en lengua euskera; diecisiete hispanoamericanos (con un total de nueve naciones), y dos poetas hispanistas: la austríaca Angelika Becker y el turco Solimán Salom, de poesía y residencia españolas.
Casi todos están representados con un poema y algunos con dos. Después de cada poema figura la indicación de su procedencia (ficha bibliográfica del libro o título y número de la revista). Al final de la antología, un «Índice bibliográfico» (exclusivamente de la obra poética) de todos los incluidos: muy útil para el lector que se inicia. El volumen se abre con un prólogo, que Jiménez Martos llama «Puerta abierta a la poesía de un año», en donde, pequeña historia de la serie, pasa revista a la evolución poética a lo largo del año, destaca hechos (faustos o infaustos) de nuestra poesía, y se detiene especialmente en algunas parcelas del contenido de su antología: en esta ocasión, los poetas de América, los poetas en lengua euskera (que se ofrecen en edición bilingüe, frente a los catalanes y gallegos en solo los textos originales) y los tres poetas de humor antologizados, entre los que quiero yo destacar al barcelonés de expresión castellana Enrique Badosa, con sus originalísimas y personalísimas, aún inéditas en libro, Historia en Venecia, libro útil para recordar y repasar, para introducir a muchos en el fluir incesante de la actual poesía hispánica. Que se mejora de año en año.