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Ciclo de la Reconquista de Buenos Aires

Pantaleón Rivarola






ArribaAbajoRomance heroyco en que se hace relación circunstanciada de la gloriosa reconquista de la ciudad de Buenos Ayres, Capital del Virreynato del Río de la Plata, verificada el día 12 de Agosto de 1806. Por un fiel vasallo de S.M. a la Muy Noble y Muy Leal Ciudad, Cabildo y Regimiento de esta Capital

Con superior permiso Buenos Aires en la Real Imprenta de los Niños Expósitos. Año de 1807





Primera parte

Santísima Trinidad,
una, indivisible esencia,
desatad mi torpe labio
y purificad mi lengua,
para que al son de mi lira
y sus mal templadas cuerdas
el hecho más prodigioso
referir y cantar pueda.
Ya de tu sagrado fuego
mi débil pecho se llena,
e inflamado de su llama,
siento que mi voz se esfuerza.
¡Ea! escuchadme, señores,
que la relación comienza.
La muy noble y leal ciudad
de Buenos-Aires (¡qué pena!)
por un improvisto acaso,
o por una suerte adversa
del arrogante britano
se lloraba prisionera,
sin que pudiera romper
las fuertes duras cadenas
que hacían toda la gloria
de las lúgubres banderas.
Sus ilustres habitantes
en situación tan funesta,
siempre fieles a su Rey,
su triste suerte lamentan.
Las ninfas del Argentino,
y las graciosas Nereidas
penetradas de dolor
en sus plateadas arenas
con las lágrimas que vierten
la clara corriente aumentan,
y el eco de sus gemidos
repite en tristes cadencias:
¡ay! Ya no somos de España:
somos ya de Inglaterra.
¿Qué será de nuestra patria?
¿Qué de la religión nuestra?
despojo será sin duda
de la britana soberbia.
¿No habrá un David esforzado,
que valeroso se atreva
a humillar a este Goliat
la erguida cerviz proterva?
¿Dónde, amable España, están
los héroes de nuestra esfera?
¿Dónde están los Cides y Albas?
¿Dónde los Atriscos, Leivas,
los Montemares, los Gages,
los Ceballos y Villenas,
que os dieron tantas coronas
como batallas y guerras?
¿No hay alguno que valiente
a nuestros ecos se mueva
y de nuestro Cautiverio
rompa las duras cadenas?
Así lloraban las Ninfas,
así expresaban su pena,
corriendo por sus mejillas
en vez de lágrimas, perlas.
Entonces nuestro gran Dios,
cuya omnipotente diestra
a los soberbios humilla
y a los humildes eleva,
entonces compadecido
a nuestras súplicas tiernas,
suscita un nuevo Vandoma,
un de Villars, un Turena,
que émulo del mismo Marte
sea más que Marte en la guerra.
Es don Santiago Liniers
y Bremont: ocioso fuera
de este ilustre caballero
decir las brillantes prendas;
su religión, su piedad,
su devoción la mas tierna
al Santo Dios escondido
en misteriosa apariencia:
en los templos humillado
lo declara y manifiesta.
Este señor, pues, un día
que el seis de Julio se cuenta
del triste pasado año,
admirado ve y observa
que Jesús Sacramentado
a un enfermo se le lleva
encubierto y escondido.
Temiendo la gente nueva
le acompaña reverente,
le adora, y en su presencia
se enciende su devoción
y se avivan sus potencias.
Siente un fuego que le abrasa,
siente un ardor que le quema,
un celo que le devora,
una llama que le incendia,
sin furor que le transporta
por el Dios de cielo y tierra.
Los espíritus vitales
nuevo ardor dan a sus venas,
y allí mismo se resuelve
a conquistar la tierra,
para que el Dios de la gloria,
Señor de toda grandeza
sea adorado como antes,
descubierto, y sin la pena
de verle expuesto al desprecio
de genta insana y soberbia.
Dijo: y luego se prepara
con la devoción más tierna
para emprender con acierto
acción tan gloriosa y bella.
¡Qué cuidado! ¡Qué temores!
¡Qué sobresaltos le cercan!
¡Qué grandes dificultades
se le oponen a la empresa!
Pero, ya determinado,
los peligros atropella,
y por caminos secretos,
arroyos, y ocultas sendas
en alas de sus deseos
a Montevideo vuela.
¡Ea! genios tutelares
del reino y nación Hesperia,
dirigid a nuestro héroe
en ocasión tan estrecha.
Después de muchas fatigas,
gastos, trabajos y penas
firme siempre con sus designios,
a Montevideo llega.
Allí con sabia energía
vivacidad y elocuencia
propone a su ilustre Jefe
la acción que medita y piensa,
de reconquistar la plaza
antes que el socorro venga
de la Europa, o del Cabo
que los ingleses esperan.
El valiente y sabio Jefe
que la generosa idea
había ya concebido,
de tan distinguida empresa,
una expedición formada
tenía por mar y tierra,
pronta ya para salir
y para marchar dispuesta;
sin embargo, a Liniers oye,
medita, examina, ruega
al Señor de las victorias
para que en tantas tinieblas
le alumbre, encamine y guíe,
y que lo mejor resuelva.
Después de muchas consultas,
y meditaciones serias
determina valeroso
que reconquistada sea
la famosa Capital
que es de todo el reino puerta.
Expide convocatorias
de marcial ardor compuestas,
convidando generoso
a la más gloriosa empresa.
No así los valientes Griegos
viendo robada a su Elena
de Menelao al convite
corren presurosos, vuelan,
como nuestros compatriotas
oyendo la voz que suena
de este Mavorte español
se animan arden y vuelan.
Los valientes voluntarios
dejando sus conveniencias,
con valor inimitable
se alistan para la empresa,
sin escuchar los gemidos
y lágrimas las más tiernas
de sus amadas esposas,
hijos, y otras caras prendas,
llevando sólo en sus pechos
el honor que los alienta
por su Dios y por su Rey.
¡Oh, acción gloriosa! ¡Oh, grandeza!
La ilustre Gobernadora,
más ilustre por sus prendas,
con gracias y donativos
a los soldados alienta;
los exhorta con dulzura,
les reparte escarapelas,
y ellos, llenos de entusiasmo,
le ofrecen con entereza
de pelear hasta vencer,
o de morir en la empresa.


Segunda parte

Preparadas ya las tropas,
el bélico parche suena,
y a su horrísono clamor
acompaña la trompeta,
que en roncos sonidos dice:
arma, arma, guerra, guerra.
Todos parten presurosos
de Belona a la palestra,
rayos despiden sus ojos,
y sus corazones saetas.
El generoso caudillo
que a la expedición se apresta,
a pesar de su valor
y del laurel a que anhela,
por un casual incidente
que ni aguarda, ni le espera,
se halla cuando menos cree
impedido con urgencia
de desamparar su puesto,
en cuya situación seria,
no quedándole otro medio,
la expedición encomienda,
dando el mando y el bastón
a quien el Dios de la guerra
tenía ya destinado
para tan gloriosa empresa.
Parten de aquella ciudad
alegres por mar y tierra
los héroes, cuyo valor,
cuyo aliento y cuya fuerza
las edades posteriores
en armoniosas cadencias
cantarán para su gloria
y para emulación nuestra.
Con indecibles trabajos
fatigas, gastos, y penas,
bosques, arroyos, pantanos
y caminos atraviesan,
hasta llegar reunidos
a la orilla más frontera
de la ilustre capital;
y de allí como más cerca
el claro Argentino cortan
hasta la opuesta ribera.
Los ilustres Argonautas
plácidamente navegan;
los bajeles presurosos
corren la plateada esfera,
sus quillas cortan el agua
hincha el céfiro las velas;
los tritones bulliciosos,
y las hermosas Nereidas
con sus retorcidas conchas
y voces suaves celebran
de los nuevos campeones
el valor, la fe, y paciencia.
Al cabo de doce días
de trabajos y molestias
felizmente nuestros héroes
al puerto de Conchas llegan
y desde allí sin fatiga,
trabajo, angustia, ni pena,
al lugar de San Isidro
todos unidos se acercan.
Allí las gentes del país
de contento y gozo llenas
se apresuran a porfía
en obsequiar con franqueza
a sus reconquistadores
que como a padres contemplan.
El sexo suave, con modos
muy obligantes se empeña
en servir a nuestros héroes,
de cuyo valor esperan
sacudir el duro yugo
de la esclavitud inglesa.
Detén aquí, pluma mía,
detén tu vuelo y carrera
mientras en breve episodio
mi pobre numen celebra
una acción la más brillante
que en las edades postreras
será el honor de este suelo,
y gloria de nuestra Iberia.
En el campo que se nombra
de Perdriel por una hacienda,
cuyo dueño así apellida,
y desde hoy por excelencia.
En este sitio y lugar,
que con corta diferencia
dista de la capital
poco más de cuatro leguas,
algunas gentes armadas
de fusil y bayoneta
con dos tristes cañoncitos,
sin avantrén ni cureñas
se iban juntando sin orden,
sin guardias ni centinelas,
para unirse con el cuerpo
de tropas que ya se espera.
El General Beresford
que esto sabe con certeza,
el día menos pensado
de noche el viaje acelera
con tren de volantes fraguas,
y sobre toda esta fuerza
quinientos de sus soldados
con sus sables y escopetas.
Los nuestros que descuidados
dormían a rienda suelta,
reciben secreto aviso
que el Inglés armado llega.
Al punto el caso consultan,
entre ellos lo conferencian.
Los Blandengues se retiran
en orden y con prudencia,
porque aun no están en estado
de empeñarse con violencia
en acción tan peligrosa,
inútil y tan expuesta
a la derrota total
de nuestras pequeñas fuerzas;
y éste era el prudente medio
que allí tomar se debiera.
Pero ¡oh valor español,
superior a cuanto pueda
referirse en las historias,
fábulas, romances, poemas!
Cuarenta y nueve resuelven
mantenerse en la palestra,
y sostener el ataque
de toda la gente inglesa.
Dijeron, y luego al punto
se preparan a la guerra.
Viva España, dicen todos,
y muera la Inglaterra.
Rómpese el fuego, y el campo
un Vesubio representa,
los tiros de artillería
por todas partes resuenan.
Aquí el bravo Pueyrredón,
lleno de valor se apresta,
y sin temor de la muerte
embiste, corre, atropella,
y un carro de municiones
hace generosa presa;
mátanle el brioso caballo,
pero con gran ligereza
en ancas de otro montando,
sin daño escapa, ni ofensa.
Aquí otros dos Pueyrredones.
y Orma con brío, y destreza
por el Rey y por la patria
dan las más gloriosas muestras.
Aquí don Martín Rodríguez
con heroica gentileza
y su primo don Juan Pablo
constantemente pelean.
Aquí don Antonio Tejo
su intrepidez manifiesta
en el brío con que embiste,
y ataca la gente inglesa.
Aquí el intrépido Ansoátegui
con otros de igual braveza
su fe, valor y constancia
claramente manifiestan.
Aquí, finalmente, todos
como unos héroes pelean;
nadie muere, y se retiran
con orden y gentileza,
dejando en el campo algunos
muertos de la gente inglesa.


Tercera parte

En San Isidro las tropas
sufren tempestad deshecha,
la que a beneficio nuestro
dirige la Providencia.
Allí a nuestro General
noticia le dan secreta,
que Guillermo Beresford
con trenes y soldadesca
de la ciudad ha salido,
y que viene en busca nuestra.
Tócase al arma al instante,
fórmanse todos en guerra,
y lloviéndoles encima
sin reparos, ni defensa,
valientes, como sufridos,
la noche pasan entera.
Algún tanto reparados
de borrasca tan severa
marchan los héroes invictos,
y a la Chacarita llegan
en donde son obsequiados
con gusto, amor y franqueza
todas las gentes a gritos
los aclaman y vocean;
todos ofrecen sus bienes,
su pan, su vino, y pobreza:
tan disgustados estaban
con la autoridad inglesa.
Los Blandengues de a caballo,
soldados de la frontera,
en número bien crecido
al ejército se agregan,
con innumerable gente
que de todas partes llegan,
de valor y patriotismo
honor y religión llenas.
En esa misma mañana
horas de las diez y media,
a un puesto importante arriban,
de la ciudad media legua,
y es una grande llanura,
que de una posesión vieja
corrales de Miserere
se domina en la tierra.
Desde aquí el General
a su Ayudante le ordena,
lleve un oficio al Inglés,
en que le intima con fuerza
desampare la ciudad
con brevedad y presteza,
si experimentar no quiere
los rigores de la guerra,
que solos quince minutos
permite para respuesta.
Detenido el ayudante,
la comitiva y trompeta
el acampamento nuestro
en breve tiempo regresa.
Segunda vez nuestro jefe
manda a su Ayudante vuelva
con la última intimación;
que, si detenerlo intenta,
no volverá otra vez
a usar esta diligencia,
estandose a las resultas
de los derechos de guerra.
Entonces, vino el britano,
sagaz disculparse intenta,
y que a defenderse siempre
está pronto, le contesta.
Recibido ya este oficio
nuestro General ordena
que al parque de artillería
que el título y nombre lleva,
del Retiro, se dirija
el avance y gente nuestra.
Los intrépidos Miñones
con la gente granadera
a este interesante punto
se encaminan, corren, vuelan
con dos preñados obuses
que a su frente armados llevan.
Todo el ejército sigue
y aquel camino atraviesa,
que es sumamente molesto
y andar aun se puede apenas.
Es innumerable el pueblo
que aquí se junta y congrega;
los cañones van volando
en brazos de gente nuestra;
quien su valor manifiesta
y su militar pericia
en lo que manda y ordena.
A su lado le acompaña
un joven de ilustres prendas,
don Victorio de García
y Zúñiga, quien se empeña
en servir con prontitud
la municiones de guerra.
A estos por la misma calle
siguen con igual braveza
el teniente de navío
don Juan Ángel Michilena
y don Cándido Lasala
con la marina de guerra.
Por la calle de las Torres
con heroica fortaleza
el intrépido Murguiondo
el pecho al fuego presenta
con un cañón de a dieciocho,
hijo de la Parca fiera,
y un obús de treinta y seis
que diestramente maneja.
Por otras calles entraron,
con invicta fortaleza
el generoso Mordell
con su marina francesa.
Los fuertes Malvín y Ellauri
y el valiente Chopitea;
los insignes partidarios
Núñez, Vivas y Valencia;
los Álvarez de Bragaña,
los Pueyrredones y Arenas
Méndez, Ferrer, Somellera,
Fontín, Irigoyen, Pasos,
Viamont, Zamudio y Correa,
Córdoba, Toledo, Ruiz,
Miranda, Cos e Iglesia,
ya no alcanzan los fusiles,
sables, pistolas, ballestas:
todos claman en voz alta
¡viva España: el inglés muera!
Avanzan por fin los nuestros
al parque que dicho queda,
como furiosos leones
que temen perder la presa.
Avanzan con gallardía,
sin que nada estorbar pueda
de su intrépido valor
la invencible ardiente fuerza.
Hieren, matan, acuchillan,
y en breves momentos queda
por nuestro el parque y su plaza
con las calles que le cercan.
A golpe tan impensado
se asusta el Inglés, se altera,
y con cuatrocientos hombres,
y tren volante que lleva
hacia el Retiro se avanza
con ardor y ligereza.
Pero el valiente Agustini
con frescura los espera,
y con su obús a metralla
con tal primor tirotea,
que los ingleses huyendo,
corren a carrera abierta,
quedando muertos algunos
aun en la misma carrera.
Si a este tiempo el General
el último avance ordena,
el fuerte, plaza, y ciudad
toman ya sin resistencia,
porque el inglés fugitivo
sólo en escaparse piensa;
pero la noche iba entrando,
y exigía la prudencia
no exponerse a una emboscada
de las que admite la guerra,
o por no dañar al pueblo
que ignoraba esta sorpresa.
Luego que el fuego suspende
y la gente se sosiega
el pabellón español
se enarbola y la bandera,
con gritos y aclamaciones
de toda la gente nuestra.
¡Viva el Rey! dicen unos;
otros: ¡muera Inglaterra!
El día once siguiente
guerrillas bravas comienzan;
los valientes Catalanes,
y las gentes que se agregan,
persiguen a los ingleses
con tal valor y destreza
que en aquel entero día,
y mañana del que empieza,
acabaron con las guardias,
soldados, y centinelas
que ocupaban las entradas
de la grande plaza nuestra.
Empeñada así la acción
socorro que los sostenga,
suplican a nuestro Jefe,
y éste en situación tan bella
entra con toda la gente
mas que en marcha, de carrera,
y todos a grandes voces,
su entusiasmo manifiestan.
Avanzan por ocho calles
que son otras tantas guerras,
pues estaban defendidas
con cañón y soldadesca.
Los ingleses a montones
ocupan las azoteas,
torres, ventanas, balcones,
y desde allí tirotean,
con la singular ventaja
de que nadie los ofenda.
Pero nuestros españoles
cada uno parece un César;
rompen por entre las balas,
por entre el fuego atropellan.
¿No habéis leído que el Vesubio,
no habéis oído que el Etna
embravecido a las veces
contra las nubes se altera,
y que erupciones terribles
arroja de azufre y piedras,
que el espanto y el horror
a larga distancia llevan?
Así, pues, en este día
la implacable Parca horrenda
de las fraguas de Vulcano
rayos despide y centellas,
que la muerte a todas partes
con horrible aspecto llevan.
El valiente General
que en su compañía lleva
al Coronel de Pinedo,
con denuedo marcial, entra
por la calle de Mercedes,
en donde una bala austera
por el faldón del vestido
y demás ropa atraviesa,
dejando libre aquel cuerpo
que el Señor de cielo y tierra
defiende por su piedad.
religión y fe sincera.
No se oye otra voz a todos
que la brava cantinela:
avance: fuego; a ellos:
viva España: el inglés muera.
Por la calle de Cabildo
el jefe segundo entra
don Juan Gutiérrez de Concha,
con otros varios sujetos
de tanto valor y fuerza,
que a su vista desparecen
lo que las historias cuentan
de los Héctores de Troya
de los Aquiles de Grecia.
El valiente Agustín Sousa,
capitán de raras prendas
hizo brillar su valor,
su lealtad y gentileza
de que dio las mas cabales
y las mas brillantes pruebas;
una bala de fusil
que silbando viene fiera
corre, y por la misma boca
de su carabina cuela,
inutilizando el arma
que dignamente maneja.
Pero el brioso Sonsa entonces
arroja el arma por tierra
y otra mas segura toma
que le da la Providencia.
A estos héroes generosos
una amazona se agrega,
que, oculta en varonil traje,
triunfa de la gente inglesa:
Manuela tiene por nombre
por patria tucumanesa.
Aquí un prodigio admirable
una maravilla resta
que referir sin segunda
en las historias de guerra.
Innumerables muchachos
en medio del fuego entran;
ellos arrastran cañones,
y cartuchos acarrean:
ellos rompen su ropita
para tacos, y vocean:
¡viva España y Carlos Cuarto,
y muera la Inglaterra!
Muerto un artillero nuestro,
un niño toma la mecha
y prende fuego al cañón
con valor y fortaleza.
Al fogonazo que ven
de la artillería inglesa,
con vivacidad pueril
se arrojan todos por tierra,
repitiendo muchas veces
esta misma diligencia
con tanta felicidad,
con tal primor y destreza
que ninguno pereció;
nadie hubo que herido fuera,
en lo que alabar debemos
la Divina Providencia.
Más de dos horas duró
el combate y dura guerra,
sin que ventaja se note
de España e Inglaterra.
Todos embisten con furia;
todos matan y pelean;
nadie cede, nadie huye,
cada uno vencer intenta.
En la fuerza del combate
y vigor de la pelea
un duro plomo incendiado
que despide una arma inglesa,
se dirige a Pueyrredón:
su noble pecho atraviesa,
y de su caballo al pie
cae tendido por la tierra,
víctima de nuestra patria.
y lealtad la mas sincera.
Otra bala de metralla
atrevida rompe y quiebra
del generoso Fantín
en el combate una pierna,
de cuyo adverso fracaso
la horrorosa Parca fiera
los laureles le arrebata
que su valor mereciera.
El fuerte Álvarez Bragalla,
de inmortal gloria y braveza,
cuando mas fogoso avanza,
cuando mas vivo pelea,
es herido de cruel plomo
desde un alto o azotea,
que le abre sangrienta herida,
y le hace astillas la pierna,
de cuyo lance fatal
el alma a su Dios entrega,
dejando en su patriotismo
religión y fe sincera
ejemplo de imitación
y a su familia nobleza.
El valiente castellano
por nombre Tomás Valencia
entra con brío al combate,
con valor y gentileza
sin que le amedrente el fuego
ni le asusten bayonetas:
embiste, avanza, sin miedo
los peligros atropella;
pero cuando más fogoso
persigue la gente inglesa
un rayo volante viene,
le hiere y rompe una pierna,
y de su resulta pasa
para la celeste esfera,
dejando de su lealtad
y valor la mejor prueba.
Otros varios esforzados
dignos de memoria eterna
por la religión y el Rey
en esta sangrienta guerra
gloriosamente murieron,
para reinar en la esfera
con coronas de laureles
en azul campo de estrellas.
Entretanto indecisa
y dudosa la acción queda,
hasta que el famoso Chain,
lleno de ardor y braveza,
resuelve avanzar con brío
hasta la Real Fortaleza,
si la tropa de marina
guarda su espalda en reserva:
se le asegura este auxilio,
y entonces con ligereza
hasta la gran plaza avanza,
donde Balbín se le agrega.
Embisten con valentía
con su gente brava y fiera.
Ya se acobarda el inglés,
ya desmaya, ya flaquea,
ya vuelve la espalda y huye
a ganar la fortaleza;
nuestra gente los persigue,
llena de ardor y braveza,
y entonces pone su Jefe
parlamentaria bandera;
pero nuestro General
por su ayudante le ordena,
que se rinda a discreción
de la española franqueza,
si experimentar no quiere
todo el rigor de la guerra.
En lance tan apurado,
y situación tan estrecha
el pabellón español
enarbola a vista nuestra.
¡Oh! soberano Señor,
Majestad de cielo y tierra,
¡qué labio podrá explicar,
ni qué brillante elocuencia
los gritos y aclamaciones
al ver tan gloriosa seña!
Unos se explican con voces,
otros con lágrimas tiernas.
Ya se dan los parabienes
del éxito de la empresa
se abrazan sin conocerse
las gentes de gozo llenas.
Las campanas todas juntas
de Conventos y de Iglesias
en repiques muy alegres
la ilustre victoria expresan.
Todos alaban a Dios,
y a la Virgen madre nuestra,
al verse ya libres de
la dominación inglesa,
mucho más considerando,
por circunstancias muy ciertas
que ha sido favor del Cielo
una gloria tan completa,
por la cual debemos todos
con devoción la mas tierna
tributar a Dios las gracias
con alabanzas eternas.
El brillante ilustre Cuerpo
que de la Unión nombre lleva,
cuyos Comandantes son
los fuertes a toda prueba,
don Felipe Sentenach
y don Joseph Forneguera,
y su sargento mayor
el don Tomás de Valencia
es el primero que logra
enarbolar su bandera
en la gran plaza que estaba
de ingleses toda cubierta,
abriéndose con la espada
cañones y bayonetas
por entre el fuego y las balas
camino y segura senda
al templo de inmortal gloria
que su valor les presenta.
Y vos, ¡oh! gran Carlos Cuarto,
dueño y señor de esta tierra,
recibid los corazones,
que con amor os presentan
estos humildes vasallos
que tan distante os veneran.
No queremos otro rey,
más corona que la vuestra.
Viva España en nuestros pechos;
nuestra lealtad nunca muera,
y vos, ilustre Ciudad,
ciudad fiel a toda prueba,
recibid los parabienes,
de todos la enhorabuena.
Pide al Señor que gloriosa
felicidad os conceda,
y que la paz y concordia
sea en vuestro suelo perpetua.
Finalmente, ¡oh! compatriotas,
sombra de, gloria perpetua,
cuya lealtad y valor
no sabe explicar mí lengua,
dignos de mejor elogio,
y de mas alta elocuencia,
recibid de nuestro afecto
y gratitud más sincera
la voluntad que os consagra
quien os ama y os desea
por los siglos de los siglos
la felicidad eterna.



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