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Libros como el de Fray Jvan Meléndez, Festiva pompa, evito religioso, veneración reverente, fiesta, aclamación y aplavso a la feliz beatificación de la bienaventurada Virgen Rosa de S. María, Lima, 1671, o el de Francisco Antonio de Montalvo, El Sol del Nvevo Mvndo, ideado y compuesto en las esclarecidas operaciones del bienaventurado Toribio, Arçobispo de Lima, Roma, Imprenta de Ángel Bernavé, MDCLXXXIII (Lib. VI, cap. XXI, págs. 520-522), muestran la opulencia, la ostentación y la liberalidad de los dilatados festejos que se celebraron en Lima, con motivo de la aclamación de Santa Rosa (de un año de duración), o en el octavario por la beatificación del arzobispo de Lima (uno de los más de siete altares al aire libre estaba recubierto con láminas de plata de un valor superior a 300.000 pesos), tras los que, sin duda, se ocultaba la exaltación nacionalista de una religiosidad criolla. E igual opulencia se dio con la entrada del Conde de Castellar, en que se cubrió el suelo de la calle de Mercaderes con barras de plata y se aderezaron las acémilas del equipaje con testeras de plata y cobertores de oro, como subrayan Pedro Peralta Barnuevo, Lima fundada o conquista del Perú, Lima, Imprenta de Francisco Sobrino y Bados, 1732, t. II, Canto VI, octava LV, pág. 357 y nota n.º 53 en pág. 358 (El ejemplar que utilizo tiene la signatura R/ 1670-1 de la Biblioteca Nacional de Madrid), y Josephe and Francisco Mugaburu, Chronicle of Colonial Lima (Translated and Edited by Robert Rijal Miller), Univ. of Oklahoma Press, 1975, pág. 215. Lima fundada es una fuente esencial para los acontecimientos de esta época, sobre todo el Canto VI. La octava LI, por citar otro ejemplo, resume el esplendor de los festejos dedicados a Santa Rosa: «Argenteas barras todo el pavimento, / Todos, áureos Tapizes los balcones, / Cada Altar diamantino Firmamento / Cada Arco todo ya constelaciones»
(pág. 355).
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Demetrio Ramos, «Trigo chileno, navieros del Callao y hacendados limeños entre la crisis agrícola del s. XVII y la comercial de la primera mitad del XVIII», Revista de Indias, XXVI, n.º 105-106 (1966), págs. 209-232.
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Son básicos los estudios de Pablo E. Pérez-Mallaina y Bibiano Torres, La Armada del Mar del Sur, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1987, págs. 222-304: «Los años dorados del filibusterismo (1680-1688)», y Guillermo Lohmann Villena, Las defensas militares de Lima y Callao, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1958 (págs. 183 y siguientes), e Historia marítima del Perú, XVII y XVIII, Lima, Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, 1977, t. IV, págs. 424-432 [«Correrías de Bartolomé Sharp (1680-1681)»], y págs. 432-442 [«Davis y sus depredaciones (1684-1687)»].
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El proyecto de amurallar la ciudad de Lima se había dejado siempre de lado por considerar punto menos que inviable una invasión extranjera. Pero la noticia del saqueo de la ciudad de Veracruz por Grammont y Lorencillo, que llegó a Lima en octubre de 1683, excitó los ánimos de los vecinos de la ciudad. El Duque de la Palata se vio obligado a realizar esta obra ante «los repetidos gritos y el horror»
de los limeños, que ofrecieron un donativo para la construcción de la muralla de 150.000 pesos. Y en cuanto a la ciudad de Trujillo (1690), decidió dotarse con sus propios medios (como otras ciudades de la costa) de un circuito protector: un muro de adobe con una altura media de cuatro varas.
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María Encarnación Rodríguez Vicente, «Los caudales remitidos desde el Perú a España por cuenta de la Real Hacienda (1651-1739)», Anuario de Estudios Americanos, XXI, 1964, págs. 1-24, demostró el descenso acusado de ingresos, que de 6.000.000 de pesos pasó a 1.000.000; la reinversión de la mayor parte de éstos en los gastos de mantenimiento del virreinato; el aumento de los gastos militares; la caída en picado de las remesas de metales preciosos y de su periodicidad; y la decadencia del comercio limeño, como consecuencia de la irregularidad del régimen de flotas.
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Cédula Real del 23 de abril de 1689. Tomada de Guillermo Lohmann Villena (1990, pág. 7, nota n.º 13). El propio Lohmann muestra que la crisis fue agravándose en los años siguientes. En 1699 los labradores y los hacendados solicitaron, apoyándose en esta Cédula, la reducción de censos y réditos a la tercera parte de su valor y la condonación de los réditos caídos desde 1692, año en que se hicieron patentes la esterilidad de la tierra y la falta de cosechas.
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El libro del Dr. Diego Andrés Rocha, Tratado único y singular del origen de los indios del Perú, Méjico, Santa Fe y Chile, publicado en Lima, 1681 (edición manejada: Madrid, Imprenta de Juan Cayetano García, 1891), recoge la Copia de carta que el autor escribió a su hijo el general D. Juan Enríquez de Sangüesa residente en la villa de Cochabamba, donde fue corregidor, justicia mayor sobre el cometa del año 1680, págs. 143-174, en donde sigue la concepción cometológica tradicional, que consideraba a los cometas como heraldos de desgracias: «Dirás que también los cometas desde el principio del mundo, según lo que llevo dicho, indican desdichas y castigo del mundo [...] Lo más que se puede conjeturar es que traen daños, pero quién discurrirá qué daños han de ser éstos»
(pág. 163). Combina su óptica providencia-lista con observaciones atinadas e, incluso, llega a oponerse a la creencia general de que la tormenta que hubo en Lima seis meses antes de la presencia del cometa, anunciara «gran mortandad»
: «[¿]Siendo esto así, porque en esta ciudad de los Reyes habrá seis meses que se oyeron por el cerro de San Cristóbal dos truenos tan horribles, y dos relámpagos tan fuertes, donde nunca ha habido truenos ni relámpagos, ni hay memoria de tal cosa, por eso hemos de decir que son anuncios de gran mortandad en estas partes?»
(pág. 168). Y concluye afirmando que: «Será lo que Dios quisiere...»
. De ahí la importancia de resaltar, como ya hiciera Giuseppe Bellini, «Actualidad de Juan del Valle y Caviedes», Caravelle, 7 (1966), págs. 153-164, la modernidad y la independencia de juicio de Caviedes en el poema que compuso a la aparición del cometa.
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Pedro de Peralta Barnuevo, Lima fundada, cit., t. II, Canto VI, octava XC, pág. 381. Rubén Vargas Ugarte, La elocuencia sagrada en el Perú en los siglos XVII y XVIII, Lima, Gil, S. A., Impresores, 1942, págs. 45-49, nos ofrece un buen ejemplo de ello en los sermones morales del P. Aguilar durante la semana de Misiones que organizaba, entre el 12 y el 20 de octubre de 1687, el P. Alonso Messia. El tono apocalíptico y casi ascético de los mismos debió de parecer premonitorio a los asistentes.
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Además de los anteriores, suficientemente notorios para ser reseñados de nuevo, la Biblioteca Nacional de Madrid recoge los manuscritos siguientes: Relación del temblor que sucedió en Lima. Lunes, 20 de Octubre 1687 (Ms. 18760/36); una carta del Duque de la Palata a S. M. sobre el terremoto del día 20 de octubre, fechada en Lima, el 8 de diciembre de 1687 (Ms. 9375, ff. 142-145); y otra de fray Domingo Álvarez de Toledo, O. F. M., al P. General, sobre el mismo asunto, fechada en Lima, el 29 de octubre.
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En dicha declaración Doña Beatriz alega ser mayor de veinticinco años, propietaria del trapiche Nuestra Señora de Copacabana, que se encontraba en ruinas como consecuencia de los terremotos que habían asolado la comarca, que ni su marido ni ella estaban en condiciones de desplazarse a Tincomayo para rehabilitar el complejo, y que con el producto del traspaso podrían explotar otras minas que poseían en la región. Cinco días después (17 de marzo) Doña Beatriz de Godoy traspasaba a María Ruiz de Mosalve -testaferro del presbítero, como aclara el testamento de Caviedes de 1683- la maquinaria, los edificios accesorios y los terrenos que ocupaban, amén de la asignación de indios, herramientas y pertrechos inherentes al complejo, y se reservaba la propiedad de las minas, la tina, el rodillo y la tela de cedazo que existían en el molino (G. Lohmann, 1990, págs. 37-38).