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Tono que mantiene en otros poemas en donde aparece fugazmente Pedro de Utrilla. Así en el «descargo de Apolo» (Causa que se fulminó en el Parnaso...) aparentemente se ponderan sus cualidades ahorradoras, cuando en verdad se le somete a nuevas burlas: «que de una pieza se trae / esclavo, lacayo y dueño, / tan a un color que es lo mismo / el vestido y el pellejo» (vv. 293-296).

 

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Recordemos que el Diccionario de Autoridades dice de 'vejamen': «En los certámenes y funciones literarias es el discurso festivo y satyrico, en que se hace cargo a los Poetas, ù otros sugetos de la funcion de algunos defectos, ù personales, ù cometidos en los versos».

 

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El recuerdo de su venerado Quevedo (Boda de negros) en la descripción de boda «tan cumplida» surge a la vista del lector, así como la utilización conjunta del vocablo 'morcilla' para designar los dedos de las manos. De ahí que Caviedes afirme que «hubo sobradas morcillas». En el Vejamen... ya había caracterizado a Utrilla como «Licenciado Morcilla».

 

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Y buena prueba de ello lo refleja el soneto que dedica A un mulato cohetero que dejó de serlo y se hizo médico, a quien comienza apostrofando con «perdiguero o podenco de la Muerte», en un tono muy próximo al utilizado con Utrilla, que en el Vejamen, recordemos, se le llama «perdiguero de la caza». Otro tanto podemos ver en el poema Pregunta que hacen los alguaciles y escribanos sobre la peste de los perros, temerosos de que se les pegue a los gatos.

 

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Ataque que generaliza a los médicos procedentes de la Península, pues todos son meros «empleados» de la Muerte: «De España a Lima han pasado / tres médicos que han venido / con empleo de la Muerte, / con sus frangotes de estibio» (vv. 113-116).

 

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Nuevamente Caviedes efectúa un juego de palabras en torno a los vocablos 'doblado', 'doble' y 'doblar» («a muerto» de las campanas). La deliberada ambigüedad del poeta posibilita nuevas vías de interpretación.

 

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Vena que se podría ejemplificar en otros muchos posmas, como cuando, en su crítica a los médicos, llega a afirmar maliciosamente que el acierto de una cura se debe a «pretexto de la Parca» para que los demás enfermos llamen al médico matador pensando que los curará, o incluso subraye la personalidad real del enfermo como causa de la cuta, como hace en Habiéndose alabado mucho [el Doctor Melchor Vásquez] que habla sanado a un enfermo de una enfermedad grave y peligrosa, le hizo el autor estas décimas. «Un diablo en figura de hombre» escribe, y a renglón seguido aclara que se debe de tratar del «Judío Errante»: «Juan de Espera en Dios infiero / fue aquese hombre en mi sentir, / porque éste no ha de morir / sino en el día postrero» (vv. 21-24).

 

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Quizá resulte ocioso a estas alturas insistir en que es éste un procedimiento usual en la comicidad popular de todos los tiempos y que los juegos onomásticos burlescos son frecuentes en todos los escritores de la literatura barroca española y muy especialmente en Quevedo, que llevó la potencialidad degradadora del nombre propio hasta extremos inusitados. En la mente de todos está el estudio de Bajtin sobre la lengua de Rabelais, como para que ahora le dedique más tiempo. También es de gran interés el estudio de F. RIGOLOT, Poétique et onomastique. L'exemple de la Renaissance, Genève, Librairie Droz, 1977, aunque lamentablemente insinúe tan solo el valor de la onomástica poética en la literatura del Barroco. En cuanto al caso de Quevedo, me parece esencial el aparado que le dedica I. ARELLANO, op. cit., pp. 147-157.

 

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Para el desarrollo de este aspecto me ha sido de gran utilidad el artículo de Ángel IGLESIAS FEIJOO, «Eponimia, motivación y personificación en el español marginal y hablado», Boletín de la Real Academia Española, 1981, t. LXI, pp. 297-348. Especialmente las pp. 304-306.

 

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«¿Soldados son menester / donde se halla un doctor Barco / que puede abordar a un / bajel de vidas cargado?» (vv. 33-36).