21
En realidad este descrédito ya habla hecho acto de presencia en la literatura alrededor de 1580, con los romances burlescos de Góngora, Al lector interesado le recomiendo las páginas que dedica Ramón MENÉNDEZ PIDAL, Romancero hispánico, Madrid, Espasa-Calpe, 1953, t. II, pp. 196-202, que siguen teniendo validez.
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Son numerosos los casos en que Valle y Caviedes opone el ideario hipocrático de servicio y desinterés a la avaricia de los médicos de su época. Y los poemas preliminares nos brindan suficientes ejemplos de lo afirmado. Ya en la Dedicatoria (v. 32) Caviedes les acusa de que «matan por mosca»
. La anotomía del hospital de San Andrés increpa a los hombres (vv. 181-185 del Parecer) para que no sean necios y mueran de balde, sin pagar, además, «el verdugo, / los cordeles y el cuchillo»
. Y el propio autor vuelve sobre ello en el Prólogo (vv. 65-68): «Y después que le han quitado / la hacienda, lo despabilan; / y de achaque de pagarlos / muere muerte de codicia»
.
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¿Recordaba Caviedes la representación tradicional de la Muerte, transmitida en la Dança General de la Muerte, cuando la presenta en su Dedicatoria? No estoy seguro de ello. Personalmente creo que es mucho más probable que tuviera presente la considerable iconografía barroca -y los cuadros de Valdés Leal constituyen un ejemplo excelente- en torno al atropello de tiaras, coronas y honores temporales, realizado por tan «poderoso esqueleto»
. Tampoco hay que olvidar que Quevedo también la había caracterizado así y que muy bien pudo tomarla de él.
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En diversas ocasiones a lo largo del poemario Caviedes juega con el doble sentido de «instrumental clínico»
y «armas ofensivas»
. A guisa de ejemplos y sin afán de exhaustividad, recordemos el romance A un desafío que tuvo el dicho corcovado con otro cirujano tuerto sobre salir discordes en una junta (pp. 182-186), en que el postemero, la tienta, los parches, la matalista y la purga son utilizadas en el duelo, hasta que la intervención providencial de la Muerte, sosiega a sus campeones: «¡No haya más, fuertes guerreros! / Envainen en los estuches / mis fatales instrumentos,»
(vv. 58-60); el ya varias veces citado Memorial que da la muerte al virrey... (pp. 220-227, vv. 94-102): o el también citado Habiendo presentado un memorial el doctor Machuca en que pretendía que la semilla de los pepinos se destruyese por ser nociva... (pp. 234-242), en el que el autor propone convenir a los médicos en soldados, cambiando muías por caballos, pinzas por estoques, parches por adargas, jeringas por carabinas, y «golillas y guantes ricos / por golas y por manoplas»
(vv. 162-163).
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Como es bien sabido, un rasgo característico del Barroco Español es la superposición antitética de las «apariencias»
(el engaño, la presunción, etc.) a la «realidad verdadera»
(el personaje real, frente al simulado, el amor y lo erótico degradado, etc.), con lo que se oponían las realidades transitorias a lo realmente trascendente. Éste es el trasfondo de lo que se ha dado en llamar el desengaño barroco, que en la cultura española adquiere diversas actitudes. Para el caso concreto de la poesía de Valle y Caviedes, véase Eduardo HOPKINS RODRÍGUEZ, «El desengaño en la poesía de Juan del Valle Caviedes», Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 2, 1975, pp. 7-19. En este artículo se toca, desde la óptica de la fuga del espíritu heroico de su comunidad, la parodia burlesca que yo he desarrollado.
26
M. L. CÁCERES (1976, pero al parecer 1944, p. 50, Juan B. Lastres, Historia de la medicina peruana, Lima, Imprenta Santa María, 1951, vol. II, La medicina en el virreinato y G. LOHMANN VILLENA (1990, «Nomenclátor de personas y asuntos mencionados en la obra de Valle y Caviedes», pp. 821-894, y «Ojeada sobre la enseñanza de la medicina y los médicos de Lima a fines del siglo XVII», pp. 897-909). Todos ellos se han basado en los estudios de Hermilio Valdizán, aunque LOHMANN VILLENA haya profundizado con una labor de indagación y archivo digna de encomio.
27
Op. cit., cap. XIX, pp. 146-154: Caviedes, verdugo de los médicos, llega a reconocer que «descartado lo risible, queda siempre mucho de verdad en lo afirmado por este gran satírico»
(p. 153); aunque a continuación desvalorice su testimonio («sólo trató con los humildes cirujanos romancistas»
), concluyendo: «¿Fue un resentido social? ¿Fue un toxicómano? Su vida nos indica que estuvo rodeada de dilapidación y de tóximos, maguer de algún mal sifilítico...»
(p. 154).
28
Ibi, cap. XXIII, El ejercicio de la medicina en el siglo XVII, pp. 181-185, y muy especialmente, pp. 181-183· En el fondo, y sin olvidar las penurias económicas del virreinato en los últimos decenios del siglo XVII, los estudios de medicina en Perú son la imagen degradada de los estudios de medicina en España, con el añadido de la extraordinaria precariedad de que se lamentan numerosas personalidades de la centuria, a la que los virreyes sucesivos quisieron poner remedio infructuosamente.
29
He manejado la versión de José Hipólito UNANÚE, Obras científicas y literarias, Barcelona, Serra Hnos. y Rusell, 1914, t. II, pp. 9-27. En relación con los médicos del siglo XVII dice: «Creíanse demasiado instruidos los que poseían un fárrago de recetas (2) adquirido por una práctica grosera, o que juzgaban explicar y ordenar por el hombre quimérico, que se habían figurado en la mente, las leyes reales del cuerpo físico. En uno y otro caso corría un riesgo evidente la salud del pueblo»
(p. 15).
30
José María LÓPEZ PIÑERO, Los comienzos de la mediaría y de la ciencia moderna en España en el último tercio del siglo XVII, en Medicina e Historia, fascículo XLIII, abril de 1968. Para este punto concreto, p. 5.