Casa grande, de Luis Orrego Luco
Hernán Díaz Arrieta
Es el aspecto que llamaríamos sociológico y su repercusión.
Ello aparece claro en el interesante estudio de Domingo Melfi que viene de prólogo.
Melfi toma el libro terriblemente a lo serio. Casa grande -escribe- recogió muchos de los clamores y angustias que sobrenadaban en el proceso de la descomposición social. Fue por estas razones rudamente combatida. Presentar los vicios y debilidades de una sociedad que en la superficie aparecía bañada en el suave brillo del esplendor, mostrar el verme que roía lentamente las entrañas, las flaquezas y caídas de muchos de sus miembros, constituía un delito que no podía quedar sin sanción inmediata. El autor fue condenado al aislamiento, se llegó hasta a negarle el saludo en la calle y la prensa afecta a los intereses que se creían amagados por el novelista cayó sin piedad sobre él.
Cualquiera creería que Casa grande llegó a convertirse en cuestión político-económica, y de hecho lo insinúa Melfi cuando la empareja con Sinceridad, de Alejandro Venegas.
No. Eso es inexacto. El estrépito que desde el primer instante causó la obra de Orrego Luco provino de los retratos o, mejor, de los originales que creyeron reconocerse en los retratos de personajes de la alta sociedad allí puestos en escena y, a menudo, naturalmente, en ridículo. De ahí la explosión, las protestas y el escándalo, no tan grande ni sangrientos como a la distancia resultan y como la propia víctima, interesada en ellos, los presentó. En esas lluvias de ataques y en esas «escenas en los bailes» a causa de la novela hubo también mucha novela. A los caballeros y las señoras que se decían satirizados les encantaba salir en letras de molde, en aristocrática compañía, y estar de actualidad. Para el autor, ese aparente furor, esas protestas significaban algo que ningún novelista ni escritor de ninguna clase rechaza de veras: el éxito. Al subrayarlo y defenderse los acentuaba saboreándolos.
Todo eso se veía, entonces, porque flotaba en la atmósfera.
Pero la imaginación puebla los aires antiguos de figuras más graves que la realidad y les atribuye un propósito trascendental, consecuencias adecuadas al presente.
Con Casa grande se repitió el fenómeno ocurrido en Madrid, años atrás, con Pequeñeces del P. Coloma.
Es inevitable con las novelas del gran mundo. Este mundo, sumamente pequeño, se compone de unas cuantas personas notables y por ende conocidísimas. No bien se perfila uno de sus rasgos, todos lo señalan y comentan.
¿Cómo impedirlo? Escribiendo novelas impersonales, incoloras, inofensivas, pintando tipos desprovistos de carácter y vida verdadera. No hay más. El escándalo no sólo constituye factor del éxito, sino que desde cierto punto lo justifica. Una obra borrosa, hecha sin conocimiento directo y por noticias cae en la indiferencia. Pese a su título, a muchas anécdotas personales y a su «intención social» «Las cachetonas» pasaron inadvertidas, sin herir a nadie.
La clave, para dar en el clavo, ha de ser auténtica.
Orrego Luco pertenecía a la clase alta y su novela Un idilio nuevo la había intranquilizado. Casa grande abrió las compuertas, dejó pasar el torrente. Entre las víctimas cayeron amigas y amigos suyos, incluso parientes cercanos, como Manuelita Vásquez, una de las satirizadas que todavía vive.
Melfi cree que fueron «los intereses que se creían amagados». Habla de la crisis moral profunda que empezaba. Siempre se ha hablado de la «crisis moral profunda por que atravesamos», y basta leer los sermones clásicos para advertir las verdades que la alta clase tiene costumbre de oír, desde hace siglos sin alterarse, sin cambiar ni corregirse. ¿Qué no enrostraban desde sus cátedras a la Corte en los siglos monárquicos, Bossuet, Massillon, Bourdaloue? «Sicul erat in principio et nunc et semper et in saecula saeculorum...». Así era en el principio, es ahora y será siempre, por los siglos de los siglos».
Leída u hojeada hoy, Casa grande, por un lado pierde, y gana por otro, considerablemente. Entonces le reprochaban los detalles, el exceso de frivolidades apuntadas, aquel inventario de objetos que volvía lenta su lectura. Todavía algunos hacen sonreír. A una observación de Peñalver, el «Senador», siempre entre comillas, Ángel Heredia responde «al mismo tiempo que abría su 'necessaire' de piel de cocodrilo, sacando la batería de frascos de cristal con tapas de plata y monogramas de oro...». Un poco más y sabemos la marca, la tienda, el precio. Superabundan, asimismo, las medias de señoras, las medias negras, las medias caladas, apenas entrevistas y sensacionales en aquel tiempo.
Pero ahí ya asoma una diferencia en las costumbres. Otros detalles acentúan el cambio.
Entre las buenas y sabrosas páginas del libro, merecen releerse las que consagra el novelista a un veraneo en el campo. Vemos la gran casa antigua, la hacienda patriarcal con numerosos servidores y la colonia de invitados que se divierte y hace bromas un poco de colegio, en una especie de vuelta a la infancia, aunque por debajo se desarrollan las intrigas. Una vena rústica interrumpe la agitación mundana un tanto ficticia, que llena los otros capítulos de la novela y se suceden cuadros bien coloreados:
«El grupo de jóvenes -página 83- penetró en las casas viejas del fundo, pasando junto al escritorio del mayordomo y del contador. En el fondo del gran patio había enormes galpones con techo de zinc; allí se lechaban más de doscientas cincuenta vacas todas las mañanas, desde las cuatro. Por todas partes se veían mujeres con la cabeza cubierta por pañuelos de lana encarnados, celestes, amarillos o tabaco, sentadas en pisitos de paja, sacando leche que caía en balde y cubos de metal, llevados inmediatamente a los depósitos y enfriadores. Mugido constante de vacas y terneros cortaba el aire, junto con gritos de vaqueros que llegaban a caballo, con sombreros de pita de anchas alas y mantas de colores vistosos, haciendo sonar las espuelas. A lo lejos se veía el grupo de vacas ya lechadas que volvían al potrero, arreadas por un huaso entre nubes de polvo, carreras y saltos de terneros...»
La escena puede presenciarse aún igual; la evolución del campo es lenta y no sufre los trastornos que la ciudad.
Sin embargo, también allí las fechas se marcan. Véanse dos etapas:
«En el centro del patio, dos mecánicos se ocupaban de limpiar y aceitar el gran motor, que alzaba su caja negra junto a la trilladora. Las máquinas y motores han desterrado, desde hace ya muchos años, a las antiguas y pintorescas trillas con yeguas».
Se añoraban las trillas a yeguas: hoy las «cosechadoras» que pasan haciendo mágicamente todo el trabajo hacen añorar el motor que respiraba, que era un ser vivo, y los inmensos montones de paja, grandes como montañas, en los potreros, junto a la trilladora.
El cinematógrafo, novedad entonces, parecía de brujos. El «Senador» Peñalver, parásito elegante y experimentado, dormía en la noche a pierna suelta «con la satisfacción de quien acababa de ganarse veintisiete pesos cincuenta al póker». El numerario es lo que habla con más precisa y evocadora vivacidad. Viene una baja bursátil y Ángel Heredia se siente arruinado: «Ángel -página 220- seguía preocupado con el desastre financiero de setenta y tres mil pesos, capaz de tumbar a un Banco...». Más adelante, cuentas minuciosas: «Sentía sobre sus espaldas el peso de enorme tren de rico y sin fortuna, sacando la cuenta: quinientos pesos de arriendo de casa, trescientos para el coche y el cochero, cuatrocientos francos a la 'nurse', ciento cincuenta al 'chef' de cocina, mil doscientos de mesa y repostero. Aquello formaba un total de cuarenta mil pesos...» al año.
Se dirá: espejismo; eran pesos de varios peniques, no de fragmentos. Multiplicando como se debe, se obtienen sumas parecidas a las de hoy. Tampoco en eso hemos cambiado tanto. Ya entonces comienza o se acentúa el fenómeno fantasma, la fatalidad económica, el gran misterio: la inflación.
Casa grande data del llamado del resurgimiento, cuando brotó aquel auge bursátil inaudito y los millones corrían. Era 1905. Había oro para convertir el billete; pero se lanzó papel al mercado y vino el incendio.
Oigamos a Domingo Melfi:
«Se encontraban ya prontos los fondos para la conversión metálica... y los bancos tenían repletas sus cajas con ese objeto; pero todos temían esa operación financiera, a pesar de que el cambio internacional se encontraba muy cerca de la par. Hubo un Ministro de Hacienda que, diciéndose partidario del oro, postergó la conversión y arrojó cuarenta millones más de papel al mercado. Los hombres de negocios comprendieron que el descenso del cambio venía, teniendo que subir considerablemente la cotización bursátil de los valores y acciones con base de oro. Los bancos, en cuyas cajas se desbordaba inútil su propio dinero y el depósito del Fisco, abrieron la mano a todo el mundo, se echaron a la calle a ofrecerlo... Vino entonces el alza afiebrada, repentina, enorme; las acciones subían diez puntos en una rueda. Todos compraban y vendían acciones exigibles, sin tenerlas a mano, sin garantías de ninguna especie. La Bolsa se había transformado en una gigantesca mesa en la cual todos jugaban...».
Como la fiebre del oro, la fiebre del papel enloquecía a los hombres y todo el mundo especulaba. Ya no se vendían objetos materiales, ni siquiera imágenes o títulos: se compraban y vendían esperanzas, promesas, estados de ánimo.
Hoy como ayer.
«Hasta las mujeres se habían entregado a la especulación, desenfrenadamente. Repetíanse anécdotas de boca en boca de millonarios improvisados -página 24-, Zutano está inmensamente rico con una negociación de azúcar de Viña del Mar: compró a 25 y están a 130... Mengano se va a Europa, pues no sabe qué hacerse con la plata». Se hablaba de un abogado que acababa de invertir trescientos mil pesos en un chalet de campo; otro había regalado setenta mil pesos a una bailarina de ópera.
La vieja y sólida moral crujía por todos lados, bajo la presión de los apetitos; el viejo sueño de Chañarcillo, de California, de paraf, se repetía en la Bolsa fabricante de oro.
Hasta que sobrevino la catástrofe.
Hecha según el método realista que arranca de Balzac, Casa grande, por su tema, se acerca al ídolo contemporáneo, objeto hoy de escarnio, al Paul Bourget, que Proust hizo envejecer cien años en un día.
No es raro que resulte anacrónica.
Y se explica que, por lo mismo, provoque interés: siempre complace abrir un álbum de retratos antiguos y nunca dejan de sugerir sus imágenes reflexiones curiosas o melancólicas, irónicas o inútiles.
Casa grande tiene de eso lo suficiente para suplir su falta de estilo, que la invalida como obra de arte, y la inseguridad de su sicología, rica en frases hechas.