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Volumen 14 - carta nº 334

De JUAN VALERA [1]
A   MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO

Zarauz, 31 agosto 1897

Mi querido amigo Menéndez: a principios de julio se me fué Vd. de Madrid sin decir oxte ni moxte, y desde entonces no tengo noticias suyas directas. No lo extraño ni me quejo, porque, sin duda, ha de andar Vd. muy atareado y en asuntos de mayor importancia y utilidad que escribir cartas con poco o nada que decir en ellas, a no llenarlas de reflexiones filosóficas.

Yo estoy peor de la vista, casi ciego, y tan flojo de piernas y tan lleno de dolores reumáticos, que no puedo leer, ni pasear, ni entretenerme en cosa alguna. Así es que estoy tristísimo y aburrido, y aunque Vd. no me escriba, le escribo yo buscando consuelo.

La noticia de la muerte de Cánovas me sorprendió en Madrid todavía; de suerte que retardé mi venida a este lugar para asistir, como asistí, al entierro de aquel ilustre personaje, a quien, a pesar de algunas quejillas que contra él podía tener, estimaba yo y aun le estaba agradecido.

Aquí llegué el 16 para variar de decoración, tomar el aire del mar y del campo y acompañar a mi mujer y a mi hija. Esta última se divierte bastante, porque Zarauz está muy divertido y animado. Yo soy el que no me divierto. Pero ¿qué le hemos de hacer? Ya en ninguna parte puedo divertirme.

He traído conmigo a D. Pedro de la Gala para que me sirva de secretario y de amanuense; pero me siento muy estéril, más seco que un esparto, por donde me valgo de él poco o nada para que me lleve la pluma, aunque me es muy útil como lazarillo y acompañante. Me sirve también de interlocutor y bien lo necesito porque apenas tengo aquí nadie con quien hablar, salvo los Embajadores de Alemania y de Italia. El último, sobre todo, porque tiene sus ribetes de literato y hasta creo que ha escrito comedias y novelas que no he leido nunca y que sospecho no han de ser muy famosas ni muy aplaudidas en su tierra.

Recientemente ha venido por aquí un sujeto más entretenido para mí que los Embajadores y con quien echo largos párrafos sobre literatura española, que él conoce tan bien, que me admira, porque es extranjero, y es raro que un extranjero sepa tanto de nuestras cosas. Este señor, con quien charlo mucho y que es muy amable, se llama Mérimée, profesor de la Universidad de Tolosa y sobrino del ilustre autor del Teatro de Clara Gazul, de Carmen y de Colomba . Él ha leído casi todo cuanto yo he escrito, y yo he tenido que confesarle con alguna vergüenza que no he leído nada suyo, si bien sabía de él y tenía muy buen concepto de sus obras, por lo que le había oído decir a Vd. y que le he repetido, lo cual le ha lisonjeado en extremo, pues tiene de Vd. la elevada opinión que Vd. merece.

Todavía no he entendido bien, o él no ha explicado a las claras el determinado propósito con que ha venido esta vez a España. Tal vez a expensas de su Gobierno. Lo que sí afirma claramente, quién sabe si por halagar mi españolismo, es su intención de distraer al público francés del estudio y de la admiración de las letras alemanas y de otros pueblos del Norte y de trabajar para que las nuestras sean en Francia más conocidas y estimadas. Lo que es él las conoce y las estima muy por completo. Y no sabe sólo de las cosas antiguas, sino que ha leído también a todos los autores contemporáneos; en el teatro, desde Echegaray hasta el último sainetero o zarzuelista; en erudición y en crítica, a usted, a Clarín , a Cotarelo, a Balart y a no pocos otros, y, por último, a los poetas líricos y a los novelistas buenos, medianos y hasta insignificantes. A Pereda le tiene en grandísimo aprecio.

Presumo que el Sr. Mérimée se volverá desde aquí a Francia, sin ir a nuestra heroica villa y corte, porque no está aquí solo, sino con su mujer y sus hijos.

Si no estuviese yo tan ciego y tan averiado, propondría al Sr. Mérimée que me acompañase y que, dejando aquí su impedimenta, se viniese conmigo y, naturalmente, con Periquito porque yo no puedo ya andar solo, primero a Deva en coche y luego por ferrocarril a Bilbao y a Santander, donde haríamos a Vd. una visita y veríamos y admiraríamos su interesante y rica biblioteca. Pero yo no valgo ya para esto, apenas ando y veo tan poco que si viajo, no viajo como persona, sino como baúl, sin ver nada.

No quiero hablar a Vd. de política, de la que estará, sin duda, tan harto como yo y de la que sabrá por los periódicos. Sólo diré que, muerto Cánovas, la jefatura del partido conservador pertenece, en mi sentir, a Alejandro Pidal, con sumisión de Silvela y con exclusión de Romero Robledo, porque los partidos son como los árboles, que prosperan y dan más sazonados frutos no dejándoles todo el ramaje, sino podándoles bien y a tiempo.

Tampoco sería nociva una buena poda en nuestro partido fusionista. Los jefes de uno y de otro partido, a fin de alcanzar buen éxito y provechosas victorias, debían imitar a Gedeón, que despidió a la mayoría de los soldados y se quedó con muy pocos, aptos para el oficio.

Como no escribo, sino dicto, voy extendiéndome demasiado, y para no cansar quiero ya terminar esta carta.

Adiós. Escríbame y no me olvide. Mis señas: Gran Hotel. Guipúzcoa. Zarauz.

Mi hijo Luis está en San Sebastián acompañando al Duque Ministro y auxiliándole en el amasijo y cochura de sus diplomáticos pasteles.

Créame Vd. siempre su afectísimo y buen amigo

Juan Valera

Dé Vd. cariñosas expresiones mías a Amós de Escalante, a Pereda y, si siguen por ahí y Vd. los ve, a Gaspar Núñez de Arce y al héroe de Sagunto.

 

Valera - Menéndez Pelayo, p. 531-534

[1] Sólo la firma es de letra de Valera.