Volumen 13 - carta nº 432
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De JUAN VALERA |
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A MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO |
Madrid, 9 agosto 1895
Mi querido amigo Menéndez: Escribo a Vd. valiéndome de amanuense, porque tengo la vista perdida y me cuesta muchísimo trabajo escribir de mi propio puño.
Hace ya cerca de un mes que estoy aquí de vuelta de Viena. Mucho sentí que a mi llegada Vd. se hubiera ido ya a Santander, no teniendo ya el gusto de verle, pero me consuela la esperanza de que este otoño y este invierno nos veremos a menudo. Yo estoy tan averiado y tan para mandado recoger, que trato de jubilarme y de no volver a abandonar la patria aunque volviesen al Poder mis amigos y tuviesen el antojo benigno de enviarme de Embajador a la metrópoli lodosa de Juliano.
Lo que me aflige más, en el estado poco satisfactorio de mi salud, es la dificultad con que lucho para escribir, ya al dictado, ya por mí mismo, porque tengo multitud de planes y de proyectos que temo no se realicen y vayan a parar informes y latentes al otro mundo cuando yo también me vaya. Lo menos he proyectado y planeado en mi cabeza media docena de novelitas que se quedarán por escribir y que serían, si yo acertase a escribirlas como las imagino, mucho más entretenidas, trascendentes y filosóficas que La buena fama.
Mucha gana tengo de saber si Amós Escalante ha leído esta extraña producción mía y qué ha pensado sobre ella, porque yo tengo la mejor opinión de su ilustrado criterio y de su buen gusto.
Supongo a Vd. tan atareado como siempre, componiendo libros y más libros con su portentosa facilidad, por lo cual, a pesar de dicha facilidad, no extrañaré ni me picaré de que Vd. tarde en contestarme y de que me conteste por estilo conciso.
Madrid, con el verano, está hecho un yermo. Apenas veo a nadie conocido y no hay juntas de reunión donde yo asista, salvo los Jardines del Buen Retiro, que ya me cansan y donde sólo encuentro y hablo a veces con Abarzuza y con el gran Bañuelos.
Al Monstruo sólo una vez le he visto y hablado; le supongo ocupadísimo en salvar la integridad de la patria, procurando que no perdamos Cuba.
Con un canónigo del Sacro Monte he ido una vez a la Dirección de Instrucción Pública, y allí he visto a Sánchez Moguel, cuya suciedad y cuya pedantería inoportuna y desatinada me sorprendieron un poco, como a persona que viene de un país en que ha tratado a pocos sabios y donde los pocos sabios que ha tratado se lavan algo más, y sobre todo son modestos, y si pecan por algo es por lo encogidos e irreverentes. La inoportunidad de Sánchez Moguel rayó en delirio cuando le presenté a mi canónigo, tratando de lucirse con descubrimientos que había hecho y de demostrarle que todas las reliquias que en el Sacro Monte se veneran son una grandísima porquería; que D. Pedro de Castro no era un memo inocente que se había dejado engañar, sino un bandido y un falsario, y que todas las leyendas piadosas en que el Sacro Monte se funda son un atajo de absurdas mentiras. El canónigo, al verse atacado, aunque sólo por gala y no por rencor, trató de defenderse, y hubiera habido allí una larga y acalorada polémica si yo no intervengo afirmando que importa poco que sean verdad o no lo sean los orígenes del Sacro Monte, el cual puede muy bien tener, y hasta conviene que tenga, en el principio de su historia algo de fabuloso y legendario, como sucede con las historias de Asiria, Persia, Grecia y Roma y otros grandes imperios y repúblicas.
Luego me habló Sánchez Moguel de no sé cuántos descubrimientos estupendos que había logrado hacer en Portugal, sobre todo respecto a Camoens, cuyas Lusiadas , según él, tienen su precedente en España, o sea, si yo no entendí mal aquellos enredos, que dicho poema es más de inspiración castellana que portuguesa. Confieso que tuve la tontería de no decir a aquel pozo de ciencia que tenía razón en todo, porque él quiere traer la convicción a mi alma, y me ha pedido cita, que no he podido menos de dar; de modo que mañana vendrá a convencerme y a convertirme de las tres de la tarde en adelante. En suma, el tal Sánchez Moguel es uno de los personajes más grotescos que pueden concebirse.
Y ya que hablo del Sacro Monte, diré a Vd. que me ha chocado mucho (sin que ni el abad, que es mi amigo de toda la vida, ni el canónigo rector del colegio, que está aquí ahora, me hayan dicho nada) que alguien me haya traído una lista de diecinueve códices arábigos que el Sacro Monte posee y que quiere vender. Yo no entiendo jota de códices arábigos ni del valor e importancia que se les debe dar; pero, sin duda, uno de estos códices al menos debe ser precioso porque es un tratado de Medicina del famoso Averroes, de la época misma de su autor, si el que ha escrito el catálogo no se equivoca. Como quiera que sea, yo pienso interrogar a mi canónigo, porque si el Sacro Monte necesita dinero y quiere vender los códices, lo mejor será que alguien los compre en España y se queden aquí.
A Tamayo le he visto y hablado dos o tres veces. Está más atropellado que yo, y lo siento de veras, porque es uno de nuestros mejores amigos.
También he visto con frecuencia al Conde de la Viñaza, que va a Bélgica de Ministro. Aunque rabien los de la carrera, por cuyo porvenir me intereso, ya que está en ella mi hijo Luis, yo no puedo menos de aplaudir este nombramiento. El Conde es discreto, simpático e instruído, tiene dinero, buena facha y habla bien el francés, y hará en Bruselas un papel más brillante que cualquier otro de la carrera a quien allí enviasen.
Como escribe otro por mí y dictar no me cuesta trabajo, me voy extendiendo más de lo que pensaba y hablando a Vd. de todas las cosas y de otras muchas más.
Nada me sorprende y me aflige tanto como la desenfrenada tunantería de Romero Robledo y de algunos otros conservadores. No sé por qué están furiosos contra la Reina Regente y la van poniendo por ahí como un trapo.
Y dicen también mil horrores del general Martínez Campos, el cual, a mi ver, muestra gran valor y patriotismo, y ni a él ni a nadie se le puede exigir que sea un César, un Alejandro, un Gonzalo de Córdoba o un Hernán Cortés. Si Dios quisiese suscitar un genio guerrero para honra y provecho de España, ya hubiera parecido y la rebelión de los chichitos cubanos estaría ya terminada, sin necesidad de haber enviado ochenta mil hombres a Cuba; pero como no tenemos tal genio guerrero, no hay más que jorobarse, aprobar lo que hace Martínez Campos y darlo por bien hecho y seguir sacrificando hombres y caudales, ya que no queremos decir a los chichitos: idos a paseo, sed libres y convertíos en una asquerosa republiquilla o en un imperio ridículo como el de Faustino I; mientras no vayan a ir los yankees y os barran como quien barre una basura.
En fin, ya basta de discursos, pues recelo que en otro tono me voy pareciendo a Sánchez Moguel. Válgame por disculpa el deseo que tenía de charlar con Vd. y de desahogar un poco la bilis.
Mi mujer y mi hija están en Zarauz. Luisito está aquí destinado en el Ministerio. Tal vez dentro de pocos días iremos él y yo a pasar en Zarauz un par de semanas.
Consérvese Vd. bueno; escríbame, si tiene tiempo y humor, y créame siempre su afmo. amigo
Juan Valera
Valera - Menéndez Pelayo , p. 517-520.